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Una taza de té

Una taza de té

Por Adrián Chacón Juárez

Una tarde, un joven aprendiz se acercó a su maestro lleno de dudas y hasta un poco cansado del ritmo de aprendizaje y de ciertas respuestas de su maestro, que no lo conducían a la acción, sino a la mera contemplación. En tal estado de duda, enojo y confusión preguntó a su maestro si no habría alguien que le pudiera enseñar temas más aptos y relevantes para la vida moderna.

El maestro un poco triste al escuchar la pregunta de su aprendiz, pero convencido de que responderle de la manera lo más precisa posible era lo mejor, le contestó:

-Existe un gran sabio maestro al norte del país. Lo llaman el maestro del té, él te puede enseñar todo cuanto es relevante para la vida moderna, si es eso a lo que aspiras.

A lo que el alumno respondió velozmente que sí, el maestro le dio el nombre del gran sabio maestro del té y le indicó cómo llegar a las montañas del norte, donde podría encontrarlo.

El joven alumno tuvo miedo al escuchar que debía cruzar todo el país y subir montañas para conocer al maestro del té, pero lleno de esperanza, pues aún confiaba en la sabiduría de su maestro, emprendió el largo y arduo camino.

En su camino al norte, donde moraba el maestro del té, el alumno se encontró con un gran río que debía cruzar, tal como se lo había anticipado su viejo maestro. Por su fuerte caudal, el río debía cruzarse solo durante ciertas temporadas del año, pero aún así requería un gran esfuerzo físico, porque las corrientes exigían aún a los más avispados nadadores.

Aprovechando que faltaban aún algunos meses para la bajada del caudal, el joven aprendiz comenzó a ejercitarse, nadando algunos minutos diariamente en el río, y alejándose cada vez un poco más de la orilla.

Pronto conoció a alguien que, junto con él, se preparaba para cruzar el río. Pero que luego de unas semanas decidió intentar el cruce. Todos en el pueblo, le señalaron que sería un error ya que el caudal aún era copioso y las corrientes feroces. Sin embargo, éste no cambió su decisión e incluso invitó a nuestro joven aprendiz a intentarlo el mismo.

No obstante la insistencia de su compañero, nuestro joven aprendiz, más guiado por el miedo que por otra cosa, decidió no intentarlo y esperar la bajada del río. Cuando su compañero lo intentó estuvo apunto de ahogarse en más de una ocasión, pero siempre era devuelto a la orilla por el tremendo caudal. Al anochecer, y sin haber conseguido cruzar el río, finalmente cesó en sus vanos intentos. La vergüenza llenó sus ojos y se apartó del lugar sin hablar con nadie y para nunca mas intentarlo.

Tan sólo unas pocas semanas más tarde, el joven aprendiz presenció la bajada importante en la cauda del río y más fortalecido que nunca por las semanas de preparación hizo su intento de cruzar el río. Lo logró con esfuerzo, pero sin peligro.

Nuestro aprendiz continuó su camino hasta que una tarde se detuvo en un poblado a presenciar un festival del año del mono. En el festival llamó poderosamente su atención una hermosa bailarina que tenía una gracia física que era casi espiritual. Apenas alcanzaba a apreciar sus ojos tras los hermosos tocados que adornaban su tradicional danza.

Pensó por un momento en marcharse y continuar su camino sin demora, pero fue tal su infatuación que decidió permanecer en aquel pueblo para intentar conocer a la dama.

Más pronto que tarde consiguió un trabajo de alfarero, y poco más adelante se cruzó nuevamente con esos ojos. La conoció y comenzaron a entablar amistad. Por mucho que él disfrutaba de platicar con ella y de su compañía, y aún y cuando esos ojos mágicos seguían haciendo surgir en él una gran emoción, pronto se dio cuenta de que, continuar con aquella aventura, le impediría conocer al maestro del té. Por lo que decidió que había andado ya mucho tiempo, y pasado muchas vicisitudes, para ahora dejarse detener por lo que él consideró un impulso desmedido de sus emociones y prosiguió su camino. Despidiéndose, no sin dolor, de aquellos ojos, que al despedirse de él se llenaron de llanto.

Finalmente, una tarde, luego de años de andar se encontró a las faldas de las montañas del norte, donde, de acuerdo con las palabras de su maestro, habría de encontrar al maestro del té.

Subió el monte con la agilidad y esperanza de ver sus esfuerzos retribuidos y se encontró con una sencilla choza negra de carrizo y al pie de ésta, un anciano. El maestro del té.

Corrió hacia él, y se arrojó a sus pies, apresuradamente le contó de su largo trayecto y de su intención de adquirir de él su gran conocimiento.

El maestro del té accedió a tomarlo por alumno, no sin antes reprenderlo por abandonar a su maestro.

A la mañana siguiente, el maestro del té se despertó muy temprano, antes del amanecer, y sin dar aviso se encaminó a realizar sus actividades ordinarias.

Poco más tarde, el emocionado aprendiz despertó y lo buscó sin poder hallarlo, por lo que decidió que mientras esperaba su regreso cortaría leña del bosque para prepararse para la fría anoche.

Ya muy tarde, bien entrada la noche, el maestro del té regresó y se sorprendió al ver que su nuevo aprendiz había hecho ya varias cosas para esperarlo; segado el arroz, cortado leños, cargado agua del pozo, comenzado la construcción de su cuarto, entre otras cosas menores.

El maestro casi en silencio lo invitó a sentarse al lado del fogón, donde con calma colocó un pocillo con agua que vertió parsimoniosamente.

Esperó en silencio que el agua hirviera para después poner en ella cuidadosamente unas cuantas hojas de té y permanecer en silencio y casi sin moverse.

En ese silencio, y en esa calma el aprendiz entendió la lección del maestro y prorrogando el silencio espero que el agua con aquellas hojas hiciera infusión.

¿Una Pascua de chocolate?

¿Una Pascua de chocolate?

Por Reinhard Bingener

(Publicado en el Frankfurter Allgemeine Zeitung, Jueves 28 de marzo de 2024. Traducción F. Galindo)

Desde febrero ríen los conejos de pascua en los anaqueles de los supermercados, y también los coloridos huevos de chocolate descansan desde hace semanas en las vitrinas. Una buena noticia para la celebración de Pascua, porque se aplica la regla de que no hace falta preocuparse por la permanencia de las tradiciones, siempre y cuando se promuevan en el súper.

Y sin embargo la transformación alcanzada en la era del consumismo tiene un precio. En la mezcla pascual de símbolos cristianos y paganos de la fecundidad, parece que los símbolos paganos llevan la ventaja. La Pascua se transforma así en una animado festival de primavera. Y todos los contenidos que no sepan a la dulce y crocante pasta de chocolate son relegados fuera de la vista, de manera amigable pero contundente.

Dramaturgia de los días de fiesta

La pérdida cultural pesará más que la ocasionada por un proceso similar en torno a la Navidad. Pues la Pascua comprende no solo un aspecto del cristianismo, sino todo su horizonte de sentido: En el Domingo de ramos se contemplan las esperanzas intramundanas vinculadas a la entrada de Jesús en Jerusalén. En el Jueves santo se contemplan los aspectos de la comunidad y la ética que se relacionan con la Última cena y el Lavatorio de los pies. El Viernes de dolores contempla el sufrimiento y nuestra condición mortal; y en el Domingo de Pascua se contemplan las esperanzas trascendentes unidas a las resurrección de Jesús.

Quien se sumerge en esta dramaturgia de los días santos — así sea titubeante o guardando una distancia crítica — se topará de manera casi forzosa con que todos estos temas no pertenecen a un pasado lejano o afectan a personas ajenas, sino que también tocan su propia existencia.  Al margen de que 2024 es el año de Immanuel Kant, es difícil imaginarse que quien contempla al crucificado en una iglesia el Viernes de dolores o en Pascua no se enfrente con la cuatro conocidas preguntas del filósofo de Königsberg: ¿Qué puedo conocer? ¿Qué debo hacer? ¿Qué me está permitido esperar? ¿Qué es el ser humano?

Disolución de las preguntas por el sentido

Para muchos de nuestros contemporáneos, sino es que para la mayoría, resulta difícil dar una respuesta definitiva a estas preguntas, a causa de la conciencia moderna oscilatoria sobre la verdad. Este es el precio que el individuo de una sociedad desarrollada paga a cambio de una visión abierta del mundo. ¿Debemos concluir entonces que es mejor ni siquiera pensar al respecto? Quizá sea posible marear el sentido humano por el infinito con el sabor del rompope. ¿Qué nos lo impide?

Sin embargo también la gradual disolución de las preguntas por el sentido tiene un costo. Pues con ellas se disuelve también gradualmente la conciencia sobre lo efímero y confuso de nuestro ser: En comparación con el cosmos el ser humano no es nada; en relación consigo mismo, en cambio, es todo. Y la aceptación de esta totalidad del ser humano, que vale no solo para uno mismo, sino para cualquier otra persona, es una de las raíces más fuertes del humanismo que vincula entre sí a los seres humanos de todo tiempo y lugar.

Un ser del Sábado santo

La mirada en la fragilidad del ser ayuda también a ponderar los problemas en su proporción adecuada. La notoria irritabilidad de la sociedad quizá tenga mucho que ver con que tanto mazapán y relleno cremoso en nuestra vida obnubilan los sentidos. Las expectativas se vuelven disparatadas y la impaciencia se acrecienta. Debates sobre las pensiones y la pobreza se llevan a cabo sin ser conscientes de cuán grande es el lujo histórico en el que vivimos. Debates sobre el clima y el agro tienen lugar desde una reticente ignorancia de las leyes fundamentales de la física o excluyendo el consenso generalizado de los biólogos. Debates sobre el aborto que transcurren sin que siquiera se mencione el conflicto ético fundamental que presenta el aborto. Debates sobre la identidad en los que el presente se erige como maestro de escuela que sujeta al pasado a su implacable juicio.

El común denominador de estos debates es la carencia de humildad y una actitud de reclamo centrada radicalmente en cuestiones materiales. Una reconciliación con la historia de la Pascua no nos librará de estos espasmos como por arte de magia. Pero sí fortalecerá el sentido por la Conditio humana — por el valor del alma humana, y también por los límites de la capacidad humana de dominación y poder. Si el ser humano se esfuerza constantemente, es capaz de generar grandes cosas. Pero respecto a las preguntas esenciales de su existencia no es ningún Prometeo, pues la respuesta  a estas preguntas no está al alcance de su mano.

El ser humano es un ser del Sábado santo: Busca su lugar entre la certeza de la propia muerte y la esperanza de la salvación y la permanencia. Año con año la celebración de la Pascua nos recuerda nuestra posición.

Fuente: F.A.Z.

Dos Papas misericordiosos

Por Salvador Fabre

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En algunos ambientes católicos se ha vuelto frecuente contraponer los pontificados de san Juan Pablo II con el de Francisco. No es tan frecuente, sin embargo, el intento por resaltar los puntos en común, las sintonías. No olvidemos, además, que fue Francisco el que canonizó a san Juan Pablo II, y fue san Juan Pablo II quien primero ordeno obispo y más tarde creó cardenal a Jorge Mario Bergoglio.

Uno de los puntos en los que indudablemente hay más sintonía es en la contemplación que ambos Papas hacen de la Misericordia de Dios. San Juan Pablo II lo traía muy arraigado de su propia piedad personal, a través de santa Faustina Kowalska, a quien él canonizó. Fruto de esa devoción a la Misericordia de Dios es la encíclica Dives in Misericordia, publicada en 1980,  en los albores de su pontificado y, por último, como señal claramente sobrenatural, murió la víspera de la fiesta de la Divina Misericordia, por él instituida.

Jorge Mario Bergoglio, en cambio, vivía más la misericordia por una vertiente práctica. Fueron bastantes sonadas sus luchas por las personas que eran explotadas en el trabajo, la trata de personas, o la labor de la iglesia en los barrios más pobres de Buenos Aires. Está su costumbre, fuertemente arraigada, de lavar los pies en un penal durante el Jueves Santo. Ha propuesto, además, un modo práctico de vivir la misericordia para todos los católicos: el penúltimo domingo del Año Litúrgico, domingo XXXIII del Tiempo Ordinario, instituyó la “Jornada Mundial de los Pobres”: “Esta Jornada tiene como objetivo, en primer lugar, estimular a los creyentes para que reaccionen ante la cultura del descarte y del derroche, haciendo suya la cultura del encuentro.” Sugería hacer un acto concreto de caridad personal con un pobre, como invitarlo a comer o a tomar un café.

Digamos entonces que uno puso las bases doctrinales, teológicas, mientras que el otro las vive ordinariamente, como forma de cristalizar su fe y su amor cristianos. Ahora bien, la dimensión de la misericordia es doble: Juan Pablo II pone el acento en que Dios es Misericordioso, Francisco también, y también ambos ponen énfasis en el segundo aspecto de la Misericordia: todos estamos necesitados de ella. Por decirlo con un símil, la misericordia no es un lujo sino un producto de primera necesidad. Ambos Pontífices, cada uno a su modo, hacen hincapié en este hecho.

De forma que la enseñanza de ambos es semejante: cada uno de nosotros debe saberse sujeto de una particular misericordia de Dios; también cada uno debe esforzarse por vivir la misericordia con los demás. Es una manera, quizá la más sublime junto con perdonar, de poner en práctica esa “imagen y semejanza” de la cual nos habla el Génesis (Gn 1, 26), que tenemos cada uno con Dios. Nuestro camino de vuelta hacia Él está marcado por la Misericordia, de Él hacia nosotros y de nosotros con nuestros semejantes.

Indudablemente san Juan Pablo II nos ayudó mucho a comprender con un poquito más de profundidad el misterio de Dios, que es fundamentalmente Misericordia, como su atributo esencial. Si “Dios es Amor”, como indica san Juan (1 Juan 4, 16), ese Amor tiene apellido: Misericordioso. Esa es la profundización que la Providencia ha querido que tengamos en nuestros tiempos sobre el misterio de Dios; profundización en extremo iluminadora y útil, pues nos ayuda a verlo como a un Padre, “a no tener miedo”, como sugería san Juan Pablo II al inicio de su pontificado.

Pero Francisco nos ha ayudado más a comprender el misterio del hombre, precisamente por su invitación a la acción. Es decir, a descubrir esa vertiente personal de misericordia, que nos ayuda a crecer en comunión con nuestros semejantes y a descubrirnos a nosotros mismos. En otras palabras, hay una versión posible de nosotros mismos capaz de hacer habitualmente cosas reales y concretas por los demás. Al mismo tiempo insiste en que la Iglesia es la “casa de todos”, precisamente porque hay lugar para todos, nadie debe ser excluido porque todos podemos y debemos tener misericordia con él, precisamente porque cada uno, anteriormente, ha sido objeto de la misericordia divina.

Salvador Fabre

Bachiller en Teología, Doctor en Filosofía

masamf@gmail.com

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