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Los amigos que perdemos

Los amigos que perdemos

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Algunos amigos se mueren. Los buenos amigos mueren siempre prematuramente. Y queda la inquietud, la tristeza, de no haberlos disfrutado cuando aún estaban con nosotros; de no haberse despedido; de haber permitido que la distancia y las obligaciones fueran un obstáculo para la amistad.

También hay personas que pudieron haber sido buenos amigos, que al momento de conocerlos, intuimos alguna afinidad de carácter o de objetivo. Pero luego quizá no hubo tiempo para que floreciera la amistad. ¿Cuántas amistades se habrán perdido por falta de tiempo? Siempre falta tiempo.

Otros fueron nuestros amigos en un momento y lugar específico de nuestra vida, y quizá pensamos que las amistades durarían para siempre, porque pasamos con ellos momentos que marcaron profundamente nuestra vida. Pero al cambiar las circunstancias, la amistad se enfrió, y luego se apagó.

Algunos amigos los perdemos porque cambiaron mucho, se volvieron “desconocidos”. No queda con ellos más que compartir que el pasado común. Pero la persona de hoy, no es la de antes.

Quizá también perdemos amigos porque cambiamos nosotros. Porque nuestros intereses difieren, y ya no nos entusiasman las mismas cosas ni nos une ningún proyecto. Quedamos sin nada que decirnos, y aparentemente sin nada que ofrecer.

Otros amigos los perdemos porque cometimos algún error. Porque los lastimamos, a veces sin querer, y no supimos o no quisimos pedir perdón. O cuando intentamos pedir perdón, era demasiado tarde. O simplemente no fuimos perdonados, eso también puede suceder.

Es muy triste perder amigos. Uno piensa que no le va a pasar, que será cuidadoso…y luego pasa.

¿Habrá manera de recuperar las amistades perdidas?

Las amistades que perduran no están atrapadas en el pasado. Y ayuda para conservar a los amigos aceptarlos como son, aunque hay límites, y no todas las conductas son compatibles con una amistad. Traiciones y deslealtades pueden terminar una amistad; también envidias, amarguras y resentimientos.

La envidia es perniciosa, porque impide al supuesto amigo alegrarse por nuestros (modestos) logros. Algunos de estos falsos amigos siempre tienen un comentario mordaz, una palabra hiriente, una fina o no tan fina ironía para arruinar o al menos enturbiar cualquier momento feliz.

Aprender a perdonar y aprender a pedir perdón ayuda a conservar a los amigos. Esperar sin exigir y dar sin llevar la cuenta.

Hay amistades que perduran, maduran y crecen con el tiempo.

Hay amigos que aparecen en los momentos más oscuros, cuando nos sentimos atrapados en un callejón sin salida; cuando nos araña el fracaso y nos acosa la frustración y el desánimo. Amigos que siempre te hacen sentir bien, que te reciben de puertas abiertas, que te hacen reír con sus historias, que siempre tienen una palabra de aliento: tiempo, confianza y gozo son elementales para una amistad.

Hay también amigos que dan buenos consejos en los momentos más oportunos; consejos estratégicos, claves para la vida profesional. Amigos que saber vernos cualidades y talentos que nosotros no alcanzamos a ver; que saben mirar a lo lejos donde nosotros no encontramos más que niebla. Amigos que nos animan a intentar aquello que nos parece inaudito. Amigo que nos acompañan y nos enseñan a ser audaces. Amigos que te regalan su compañía, sabiduría y tiempo. A esos, que se cuentan con los dedos de la mano, no hay que perderlos. Y si tienes la fortuna de que no te alcancen para contarlos los dedos de la mano, llama a un amigo.

Canonizaciones difíciles

Canonizaciones difíciles

La Iglesia no es inmune a la cultura, finalmente está formada por hombres de su tiempo y debe transmitir sus mensajes en esas coordenadas espacio temporales y, por lo tanto, culturales. En ese sentido, no es impermeable a la moda de lo “políticamente correcto” ni a la corriente “woke” o “de la cancelación”. Parece ser que ha habido santos -personas que, podemos suponer con bastantes visos de credibilidad, están en el Cielo- que sin embargo han sido “cancelados” y no se pueden canonizar. No es gratuita esta pretensión de declararlos “santos antes de tiempo”, pues tienen fama de santidad, sus vidas han dejado una profunda estela de bien en la Iglesia y en la historia de la humanidad, y se ha estudiado concienzudamente su vida. ¿Cuál es su error? Pretender acceder a los altares en el momento equivocado.

Sierva de Dios Isabel la Católica

Sin hacer una investigación exhaustiva, me vienen a la mente dos ejemplos: la Sierva de Dios Isabel la Católica y el Venerable Fulton J. Sheen. Isabel I de Castilla murió con fama de santidad, aunque su proceso comenzó muy tarde, en 1974, es decir, se trataría de un proceso histórico que intentaría determinar su fama de santidad a lo largo de los siglos, como una especie de “culto inmemorial” al estilo del Beato Duns Escoto, que a su vez determine, a través de una estricta indagación histórica, cómo vivió heroicamente las virtudes cristianas. A parte de eso, la cristiandad y la civilización occidental tienen una deuda enorme con Isabel: gracias a su apoyo América fue descubierta, y fue defensora de los derechos de los indígenas como personas humanas, adelantándose por siglos a la Declaración de Independencia de los Estados Unidos. En efecto, la reina les da el tratamiento de súbditos libres y reconoce sus derechos humanos. A partir de ese momento, los reyes de España se consideraron protectores de los indígenas, por lo menos durante el reinado de los Habsburgo. Es verdad que algunos colonizadores, encontraban la manera de eludir la ley, pero la ley estaba escrita y fue promulgada por Isabel I.

¿Cuál es el pecado imperdonable de Isabel la Católica? La expulsión de los judíos sefardíes del reino de España. Comprender este hecho implica sumirse en su contexto histórico. Obviamente, con ojos del siglo XXI nos parece una barbaridad, pero quizá no lo fuera tanto desde la perspectiva del siglo XV, que fue cuando ocurrieron los eventos. Justo en ese momento se estaba fraguando el concepto de “nación” o “estado” en su sentido moderno. La nobleza perdía el poder, el cual se concentraba en la figura de los reyes. Había diversos elementos que componían el cóctel de una nación: un solo rey, una sola lengua, una sola moneda, una sola religión. Por eso, en el siglo siguiente se adoptó la consigna: “cuius regio, eius religio”, es decir: según sea la religión del rey, esa será la religión del pueblo que él gobierna. Y esta norma se adoptó en todo el territorio europeo. Es decir, mirando el contexto religioso, fue una medida “normal”, aunque, objetivamente injusta; pero esa injusticia estaba más allá del horizonte de interpretación de la reina. Su beatificación supondría un duro golpe al diálogo interreligioso mantenido con los judíos desde el Concilio Vaticano II, y por ese motivo está en stand-by.

Venerable Fulton J. Sheen

El caso del Venerable Fulton J. Sheen es más sorprendente. Iniciado su proceso durante el pontificado de san Juan Pablo II, declarado Venerable por Benedicto XVI, aprobado por Francisco el milagro que debería abrirle las puertas a la beatificación -finalmente, un milagro documentado atribuido a su intercesión vendría a ser como el acta notarial de que efectivamente se encuentra en el Cielo-, fijada su fecha de beatificación para el 21 de diciembre de 2019, fue suspendida pocos días antes de celebrarse. Este evento, sin duda, resulta novedoso para la añosa historia de la Iglesia, nunca había sucedido algo así. ¿El motivo? Un obispo juzgó que el comportamiento del obispo Sheen con un sacerdote que tuvo una conducta sexual inapropiada en 1963 pudiera ser mal entendido por el Fiscal General de Nueva York. Sobra decir que la investigación histórica realizada durante el proceso exoneraba completamente a Sheen del caso, afirmando rotundamente que “nunca había puesto a niños en peligro”. Pero, dado el revuelo actual sobre el triste caso de la pederastia clerical, donde no hay presunción de inocencia sino de culpabilidad, aconsejaron meter en la congeladora su beatificación, a pesar de su milagro, los frutos en conversiones de su predicación y su magnífica doctrina.

Mirando retrospectivamente, pienso que algunos de los santos más grandes de la historia de la Iglesia, no serían canonizados con los criterios actuales. Me vienen a la memoria dos ejemplos: san Ambrosio de Milán y san Cirilo de Alejandría. San Ambrosio es culpable de lo que podríamos denominar “la primera quema de una Sinagoga en la historia”, perpetrada por monjes en Raqqa, actual Siria. El emperador Teodosio intentó castigar a los culpables, pero Ambrosio, furibundo antisemita, impidió que lo hiciera, sugiriendo que la Iglesia tenía derecho a hacerlo. Mientras san Cirilo de Alejandría, quien también fue antisemita (destruyó su Sinagoga y los expulsó de Alejandría), es culpado por instigar el salvaje asesinato que el populacho perpetró contra Hipatia de Alejandría, filósofa, matemática y astrónoma. Cabe hacer notar que ambos son doctores de la Iglesia y “campeones de la ortodoxia”: san Cirilo es el principal promotor, dentro del Concilio de Éfeso en el 431 d.C., de que María siguiera considerándose “Theotokós”, es decir, “Madre de Dios”; y san Ambrosio de la conversión de san Agustín, quizá el pensador católico más prominente de la historia. Pero en su época, ser antisemita no te bloqueaba el camino a los altares.

San Ambrosio de Milán

En su tiempo el antisemitismo no era un pecado, ahora sí lo es. La Iglesia ha reconocido, quizá un poco tarde, su parte de culpa en la formación del antisemitismo gracias al gran san Juan Pablo II, que en el contexto de la “purificación de la memoria” publicó: “Nosotros recordamos: Una reflexión sobre la Shoah”. San Ambrosio, san Cirilo e Isabel la Católica obraron con buena conciencia, aunque lo que hicieron objetivamente estuvo mal. Pero en su tiempo eso no se percibía y ello no les impidió a los primeros dos el acceso a los altares, a la última sí. Pienso que lo mismo le sucede a Fulton J. Sheen, durante su vida no había la sensibilidad que hay ahora, y por ello la Iglesia vacila al ponerlos como ejemplo. Pero, finalmente, pienso que eso les tiene a ellos sin cuidado, pues seguro estarán ya disfrutando de la visión de Dios en el Cielo, aunque nosotros no queramos reconocerlo.

Fiducia supplicans

Fiducia supplicans

Apenas un día después de cumplir sus 87 años, Francisco ocupaba los titulares de los principales medios de comunicación a nivel mundial. Los encabezados decían, jubilosos, más o menos lo siguiente: “el Papa autoriza las bendiciones de las parejas gay”. Y, por una vez, tenían razón. Normalmente los titulares de los medios profanos suelen ser muy tendenciosos, amarillistas, escandalosos, más cuando tratan de asuntos eclesiales. Pero, en esta ocasión, tenían razón. ¿Un triunfo del “lobby gay”? ¿Se confirma la existencia de un “lobby gay” dentro del Vaticano y a altísimo nivel? Yo diría, no. Más bien se trata de un triunfo de la misericordia, de una lanza a favor de la prudencia pastoral, que prima sobre la rigidez del derecho. De una realidad que expresa cómo la Iglesia es una realidad viva, que se resiste a ser encorsetada, y da cauce a las necesidades pastorales del “Pueblo de Dios”.

Pero, vamos por partes. Como en todo, resulta preciso matizar, para no simplificar una realidad compleja, o verla sólo de modo superficial, porque, más en este caso, se trata de un cambio muy profundo. Lo que afirma la Declaración Fiducia supplicans en realidad es muy simple. Estaba ahí, y no nos dábamos cuenta. Se limita a hacer dos distinciones, una de ellas novedosa. Distingue con claridad primero entre “liturgia” y “piedad popular”. En ese sentido, una cosa son los sacramentos y otra las bendiciones -tradicionalmente consideradas “sacramentales”-. En segundo lugar -y esto es lo novedoso, por eso el documento adquiere la categoría de “Declaración”- establece dos niveles dentro de las bendiciones. Podríamos decir, simplificando, que se tratan de las bendiciones propias del bendicional y reguladas por la Iglesia universal, las conferencias episcopales o las diócesis, por un lado (es decir, las bendiciones de siempre) y, por otro, las que pudiéramos denominar “bendiciones espontáneas”, en un nivel inferior. Al mismo tiempo, con un sólido sustento escriturístico, el documento nos ilustra sobre cómo las bendiciones pueden ser, a su vez, “descendentes” (de Dios hacia nosotros) o “ascendentes” (de nosotros a Dios).

El caso es que, en ese nuevo apartado de bendiciones, caben las bendiciones a personas en situación irregular. No sólo parejas del mismo sexo, también parejas heterosexuales que no están casadas religiosamente, sino sólo civilmente o en unión libre. En sentido más amplio a cualquier clase de pecador -todos lo somos-. El único requisito es evitar cualquier equiparación al matrimonio canónico, es decir, crear confusión acerca de la naturaleza del sacramento. En este ámbito, el texto reafirma la doctrina invariable de la Iglesia al respecto: se da únicamente entre mujer y varón, y debe estar abierto a la vida, con intención de permanecer unidos hasta la muerte.

Las bendiciones de parejas del mismo sexo o en situación irregular, entrarían dentro del ámbito de la piedad popular, y se dejarían a la prudencia pastoral del ministro. En este sentido, ¡cuántas veces no se ve “forzado” el sacerdote a bendecir a unos borrachos! (por algún extraño motivo los atraen, por lo menos en México). Pero, en ocasiones, no sólo a borrachos, también a travestis o a prostitutas. ¿Ya olvidamos aquello del Evangelio: “los publicanos y las prostitutas los precederán en el Reino de los Cielos” (Mateo 21, 31)? Y, en general, a todo pecador, tristemente incluso a narcotraficantes. Nuevamente, todos somos pecadores. El texto afirma con claridad, citando a Francisco: “cuando se pide una bendición se está expresando un pedido de auxilio a Dios, un ruego para poder vivir mejor, una confianza en un Padre que puede ayudarnos a vivir mejor”.

Personalmente me resultan particularmente esperanzadoras las siguientes palabras de Francisco citadas por el documento:

“Las decisiones que, en determinadas circunstancias, pueden formar parte de la prudencia pastoral, no necesariamente deben convertirse en una norma. Es decir, no es conveniente que una Diócesis, una Conferencia Episcopal o cualquier otra estructura eclesial habiliten constantemente y de modo oficial procedimientos o ritos para todo tipo de asuntos […] El Derecho Canónico no debe ni puede abarcarlo todo, y tampoco deben pretenderlo las Conferencias Episcopales con sus documentos y protocolos variados, porque la vida de la Iglesia corre por muchos cauces además de los normativos”

¿Por qué? Por que nos liberan de la camisa de fuerza en la que a veces nos mete el derecho canónico. Y corroboran aquellas otras palabras, tantas veces olvidadas de la Escritura: “la letra mata, pero el Espíritu vivifica” (2 Corintios 3, 6). La rigidez de la norma a veces daña a las personas, eso sucede en todo derecho, pero particularmente en el eclesiástico. Por eso Francisco da un paso histórico dándole un protagonismo pastoral a la prudencia del ministro y, a través de él, a la acción del Espíritu Santo (“El Espíritu sopla donde quiere…” Juan 3, 8), sobre la norma codificada.

Por eso me parece histórico este documento, pues más que una “victoria del lobby gay”, me parece una victoria del Espíritu sobre la norma. Un triunfo de la pastoral sobre el Código. En realidad, la sumisión social al código es reciente -Napoleón lo promulga en 1804-, en la Iglesia es más reciente (1917). En todo caso, se trata de una puesta en práctica de las últimas líneas del último canon del Código (1752): “la salvación de las almas debe ser siempre la ley suprema en la Iglesia”. Francisco, simplemente, está siendo consecuente con esta máxima, con la que a veces no concuerdan, en la práctica, los 1751 cánones precedentes.

Humanismo cristiano y trabajo

Humanismo cristiano y trabajo

Que el cristianismo ha supuesto una toma de conciencia sobre el valor del trabajo queda fuera de toda duda. Quizá la referencia más clara a este tema en la Escritura, se encuentre en la tradicional versión vulgata de la Biblia -la que fue compilada por san Jerónimo, y que se usó en la Iglesia Católica hasta 1981-, cuando afirma -cito primero en latín y luego traduzco, por estar redactada esta versión en el original en esa lengua- Homo nascitur ad laborem, et avis ad volatum”. “El hombre nace para trabajar y el ave para volar” (Job 5, 7. Vg).

Esto es así por designio originario de Dios, ya en el Génesis, el primer libro de la Biblia, antes de que el hombre cometiera el pecado original, se consigna con claridad: “Tomó Yahveh Dios al hombre y le dejó en el jardín del Edén, para que lo trabajase y lo cuidase” (Génesis 2, 15).  En el Nuevo Testamento, por su parte, también hay referencias sustanciales sobre el valor del trabajo, la más importante, y un tanto misteriosa, todo hay que decirlo, aparece en el evangelio de san Juan, capítulo 5º, versículo 17: “Mi Padre trabaja siempre, y yo también trabajo”. ¿Por qué es importante esta referencia? Porque nos señala al trabajo como un medio para identificarnos con Dios. Jesús afirma con claridad que Él y el Padre siempre trabajan. Los años de vida oculta de Jesús (la tradición nos dice que fueron 30), son más que elocuentes: Jesucristo dedicó la mayor parte de su vida a trabajar, a desempeñar un sencillo oficio manual, de forma que era conocido como “el hijo del Carpintero”, lo que denota cómo san José tenía prestigio profesional en su pueblo. Jesús nos estaba salvando y redimiendo mientras trabajaba, no “a pesar de su trabajo”, sino precisamente “con su trabajo”.

San Josemaría Escrivá de Balaguer

Para el cristiano, pensar en el trabajo de Jesús, es un rico filón espiritual; de hecho, hay toda una “espiritualidad del trabajo”, según la cual, el trabajo es un medio a través del cual el hombre puede alcanzar la unión con Dios, mientras se perfecciona a sí mismo y al mundo que le rodea. Es decir, no es sólo una especie de “terapia ocupacional” o un medio para transformar el mundo; ni siquiera, únicamente, la forma de sacar adelante, honradamente, a una familia. Es eso, pero es mucho más, se configura como la forma de cumplir la misión que Dios nos ha dado de transformar el mundo y dirigirlo a su plenitud. Por eso el trabajo adquiere una “dimensión vocacional”. Quizá quien ha desarrollado más profundamente esta espiritualidad del trabajo en el mundo contemporáneo sea san Josemaría Escrivá. El cual tiene palabras verdaderamente inspiradas e inspiradoras al respecto, como las siguientes:

“El trabajo nace del amor, manifiesta el amor, se ordena al amor. Reconocemos a Dios no sólo en el espectáculo de la naturaleza, sino también en la experiencia de nuestra propia labor, de nuestro esfuerzo” (Es Cristo que pasa, n. 48).

Resulta revolucionario por dos motivos: en primer lugar, por vincular el trabajo al amor, es decir, a la actividad más sublime del hombre. Descubrir cómo, en el fondo, es el amor el motor del trabajo. De esta forma podemos decir, sin temor a equivocarnos, que alguien que ama su trabajo tiene uno de los ingredientes más importantes para ser feliz en la vida. En segundo lugar, y en esto es un pionero en la espiritualidad de la Iglesia, porque ofrece en el espectáculo de nuestro propio trabajo, de nuestro esfuerzo y nuestro cansancio al realizarlo, un modo privilegiado de “contemplar a Dios”, de descubrirlo. Ya no sólo podemos ver a Dios en el espectáculo de un atardecer, del mar o la montaña, también podemos descubrirlo en nuestra labor cotidiana.

En la misma línea hilvana el Papa Francisco su propuesta espiritual, al alcance de todos. Así, el 1 de mayo de 2020, decía en la homilía de la misa de san José Obrero:

“Y el trabajo es lo que hace al hombre semejante a Dios, porque con el trabajo el hombre es un creador, es capaz de crear, de crear muchas cosas, incluso de crear una familia para seguir adelante. El hombre es un creador y crea con el trabajo. Esta es la vocación… Es decir, el trabajo tiene en sí mismo una bondad y crea la armonía de las cosas – belleza, bondad – e involucra al hombre en todo: en su pensamiento, en su actuación, en todo. El hombre está involucrado en el trabajo. Es la primera vocación del hombre: trabajar. Y esto le da dignidad al hombre. La dignidad que lo hace parecerse a Dios. La dignidad del trabajo”.

Papa Francisco

Francisco frecuentemente vincula la noción de “trabajo”, con la de “dignidad”. Dicho de otro modo y abruptamente: la gente no necesita solamente dinero, necesita saberse útil, aportar a la sociedad, desarrollar su creatividad, crecer como persona; y esto lo consigue a través de su trabajo. Por eso resulta profundamente humanista la valoración cristiana del trabajo, pues contribuye determinantemente para que la persona humana fundamente y desarrolle su dignidad, es un ingrediente indispensable de su propia felicidad.

A veces se nos presentan paraísos ideales en los que no trabajamos. Es la distopía del futuro donde todo lo harán las máquinas, la inteligencia artificial. Nosotros nos dedicaríamos exclusivamente al ocio, a descansar. Hay algunos elementos de verdad en estas propuestas: el ocio permite pensar, dedicarse a la contemplación; todos necesitamos del merecido descanso. Pero una vida sin trabajo, al final del día sería aburrida, abominable, vacía de sentido. Por eso, hoy más que nunca, ante los desafíos de la inteligencia artificial y la robótica, que amenazan con volvernos superfluos o prescindibles, es necesario reivindicar el trabajo como elemento primordial de la dignidad humana. ¿Qué quiere decir eso? Que debemos “dinamitar” la distopía, para construir, hasta donde sea posible, la “utopía”, es decir, el mejor mundo posible, uno de cuyos elementos primordiales, es la capacidad de aportar al mundo e intervenir en la sociedad, de crear a través de nuestro trabajo.

Trabajo en equipo

La sociedad enfrenta entonces un doble desafío. Por un lado, en el mundo altamente industrializado, no suprimir el trabajo humano, no declarar superflua y superada la creatividad humana, por la inteligencia artificial, la robótica y la automatización de los procesos. En el mundo subdesarrollado, en cambio, el panorama presenta varias dificultades acuciantes: crear fuentes de empleo para todos, remunerarlas suficientemente, proporcionar el justo descanso. De hecho, todavía hay mucho trabajo infantil, muchas condiciones laborales infrahumanas, muchas formas veladas de esclavitud, y una gran carencia de empleos, tanto para jóvenes como para personas maduras. Todo esto ofrece un panorama desesperanzador y agudiza la división existente en el mundo.

Por eso, para contribuir a consolidar la dignidad humana y que ésta no sea letra muerta, papel mojado, ideal irrealizable, resulta imprescindible realizar una profunda reflexión sobre el papel del trabajo en la vida y en la sociedad humana, por un lado. Por otro, acoger el desafío de crear fuentes de trabajo acordes con dicha dignidad, en el que cada persona pueda aportar algo de su personal creatividad e ideales. La tecnología debe confluir entonces en ese sentido, para facilitar el desarrollo del trabajo, no para suprimirlo porque, de nuevo, si se suprime, se cercena una importante dimensión humana, atentando ello contra el auténtico humanismo.

Por eso, la reflexión filosófica y teológica sobre el trabajo debe acompañar acompasadamente a la evolución del mismo gracias a la ciencia y la tecnología. Se precisa entonces de un diálogo interdisciplinar entre ciencia, tecnología, filosofía y teología, para construir un futuro con trabajo, que permita al ser humano desarrollar todas sus capacidades y alcanzar su plenitud humana, su felicidad en una palabra. En ese desafío improrrogable nos encontramos inmersos en la actualidad.

Bronze sculpture called Cumil (The Watcher) or Man at work, Bratislava, Slovakia
Celibato matrimonial

Celibato matrimonial

Oxímoron: “Figura retórica de pensamiento que consiste en complementar una palabra con otra que tiene un significado contradictorio u opuesto”. Pues no. En este caso no se trata de un “oxímoron”, sino de una triste realidad. Aunque parezca descabellado, absurdo o contradictorio, tristemente hay parejas que viven esta realidad absurda. No en vano, la vez que más se me ha alebrestado el auditorio en clase, fue cuando les expliqué el “débito conyugal”. Varias alumnas lo consideraron una especie de violación. Por contrapartida, es frecuente que algunas mujeres -es más común en ellas- tengan “a dieta” a su marido, por periodos más o menos extensos de tiempo o, de forma indefinida, y viceversa también. Sí, aunque usted no lo crea, hay maridos que no se acercan a su mujer sino para consumir los sagrados alimentos.

Con mucha más frecuencia de lo que hubiera imaginado, me lo he encontrado a lo largo de mi experiencia de acompañamiento espiritual. Recuerdo una vez que un marido me pidió por favor -sabía que yo hablaba con su mujer- que la convenciera de cambiar su “mortificación cuaresmal”, ya que había decidido no tener intimidad conyugal durante ese periodo de tiempo. Al pobre esposo se le hacía muy duro esperar cuarenta días, hasta la pascua, para tener intimidad con su mujer.

Pero también ha habido experiencias en sentido inverso. Una mujer, en el mismo contexto de asesoría espiritual, preguntaba inocentemente si era normal la actitud sexual de su marido: llevaban décadas sin tener intimidad. La actividad sexual se había limitado, rigurosamente, a ser “instrumento para la procreación”. El marido consideró que, habiendo tenido ya cuatro hijos, podían dejar de tener acercamiento sexual para siempre. ¿Se trataba de un anacoreta que había accedido al matrimonio sólo para satisfacer a sus padres? Tristemente, la respuesta es no. Se trataba, más bien, de una persona con inclinación homosexual, que había acudido al matrimonio para cuidar las apariencias. Antes -no hace mucho- estaba mal visto ser abiertamente homosexual, así que, para cubrir el expediente, algunas personas con esta tendencia accedían al matrimonio para cuidar las formas sociales, pagando la factura la pobre desafortunada que había sido instrumentalizada por su marido, para aparentar “normalidad” en el seno de una sociedad conservadora. De hecho, un buen amigo, activista homosexual, me lo confirmó abiertamente: “antes las personas homosexuales en países católicos teníamos dos opciones, para salir honrosamente parados en la sociedad: casarnos o entrar al seminario”. Eso explica cómo, muy tardíamente, descubrió la Iglesia Católica el porcentaje de sacerdotes pederastas en su seno (el 80% de las víctimas de abuso son niños, no niñas). De forma que fue hasta el año 2005 cuando se prohibió que entraran en el seminario personas con inclinación homosexual.

En el caso anterior -no es el único- no me ha quedado más remedio que recomendarle a la mujer -a la víctima debería decir- que tramitara su nulidad matrimonial. Un matrimonio así es una farsa, una simulación, en realidad nunca ha existido. Pero claro, no es fácil tomar esa decisión, no resulta sencillo explicarles a los hijos que su papá en realidad es gay, y hacerles tomar conciencia -¡qué duro!- de que su existencia es simplemente el resultado de la estrategia para “cumplir las expectativas sociales” de su padre o, dicho más crudamente, que su vida es fruto de un maquiavélico plan para cuidar las apariencias; una obra teatral que ha dado como fruto su propia existencia. Por eso, algunas mujeres prefieren seguir como siempre, en atención a los hijos, desarrollando su papel en la inhumana obra de teatro, en la que involuntariamente se han visto forzadas participar. Finalmente, todo hay que decirlo, es más sencillo que ellas se acostumbren a no tener intimidad sexual, a que lo haga su marido. Lo injusto de esta situación resalta, pues el marido lejos de “estar a dieta”, tiene intimidad sexual “bajo el agua”, es decir, mantiene una vida sexual activa, de carácter homosexual, que oculta hábilmente a la sociedad y a su propia esposa, hasta que ella lo descubre (el celular siempre traiciona).

De todas formas, siempre es bueno “vivir en la verdad” o, por lo menos, intentarlo. No es bueno ni saludable vivir en la simulación. Una de las “ventajas” de nuestra sociedad permisiva es que ya no son necesarias esas simulaciones. Las personas homosexuales tienen ahora todo tipo de salidas airosas -de hecho, están de moda, ahora son privilegiadas-, de manera que ya no se ven forzadas a arruinarle la vida a su esposa/o respectivamente o, peor aún, probar suerte en el seminario.

Ateísmo maduro

Ateísmo maduro

¿Puede un ateo celebrar a un santo? ¿Puede un protestante venerar a un santo? A primera vista, la respuesta es no. Sin embargo, en realidad, depende. ¿De qué depende? Del lugar donde se celebre. Si en ese lugar han sido superados viejos prejuicios anticatólicos y los clichés que ello lleva consigo, es posible que un católico, un protestante y un ateo vayan de la mano para recordar la figura de un santo, por la impronta que ha dejado en la cultura y en la civilización de ese lugar. Tal es el caso de Alemania, donde ateos, protestantes y católicos celebran a san Martín de Tours (11 de noviembre) o a san Nicolás de Bari (6 de diciembre).

San Nicolás en Alemania

Me lo hacía considerar, recientemente, una amiga que vive en Alemania. Comentando cómo los niños hacen una procesión de velas, al atardecer, durante toda una semana, para celebrar a san Martín de Tours. Son seguidos, mezclándose entre ellos, por católicos, protestantes y ateos. Todos se unen a la fiesta, por considerarla parte del patrimonio cultural alemán. Digamos que la identidad germana incluye la celebración de san Martín, de forma que su fiesta va más allá de las estrictas fronteras del catolicismo, para ser un santo de todos los alemanes (lo que no deja de ser curioso, pues su tumba está en Francia y su origen es húngaro).

Algo análogo sucede con san Nicolás de Bari que, como se sabe, es el antecedente histórico de la figura de Santa Claus (del alemán Sankt Niklaus) y Papa Noël. Originalmente los regalos se entregaban a los niños el 6 de diciembre, día de su fiesta. Se cambió a Navidad la fecha de entrega de los presentes gracias a la reforma protestante, que dio mayor importancia al Christkind, al nacimiento de Jesús, siendo el Niño Jesús quien traía los regalos. Curiosamente también, lo de la chimenea como lugar por donde entra Santa Claus para repartir los regalos, tiene su origen en una tradición, según la cual san Nicolás dejó caer sobre la chimenea de una casa pobre, una bolsa con monedas de oro, ya que el padre de esa familia había decidido dedicar a sus tres hijas a la prostitución, porque no tenía dinero para darles dote.

Procesión de San Martín en Berlín

Ahora bien, lo que vemos en Alemania, supone la existencia de un ateísmo y un protestantismo maduros que, sin renunciar a su propia identidad y a sus propias ideas, reconocen la presencia de elementos católicos en la configuración de la cultura en la cual viven. Tienen la madurez para reconocer un hecho histórico y cultural: cómo los elementos católicos han contribuido a conformar la identidad alemana. Digamos que su culto no es religioso, sino nacional. Son, respectivamente, ateísmos y protestantismos maduros, que han superado el estadio de beligerancia contra el catolicismo, y tienen la capacidad de reconocer las cosas buenas que éste ha proporcionado a su patria a lo largo de la historia.

Dicha madurez me hacía pensar que en América Latina estamos muy lejos de conseguirla. Por acá, con mucha frecuencia, los grupos evangélicos conciben su identidad en clave antagónica con el catolicismo. Es decir, lo que los aúna, muchas veces, es tener un enemigo común: la Iglesia Católica. Por lo tanto, construyen su propia identidad en confrontación con el catolicismo, de manera que son incapaces de reconocer nada bueno en él, pues dejarían entonces de tener una razón para existir. Se trataría, en consecuencia, de protestantismos inmaduros, que necesitan de la confrontación con el catolicismo para definir su identidad. En ese sentido, es difícil que un evangélico practicante reconozca el valor que tiene la Virgen de Guadalupe en la conformación de la identidad mexicana, o el Señor de los Milagros en la cultura peruana.

Procesión del Señor de los Milagros en Lima

También, en América Latina, nos encontramos con frecuencia, con grupos ateos beligerantes. Más que ateos, en realidad son antiteístas, pues definen su identidad en confrontación con los valores católicos, mientras copian los modus operandi de las religiones, por ejemplo, su talante proselitista y agresivamente polémico. Quizá la manifestación más evidente de ello sean algunas de las actividades que organizan, por ejemplo “la parrillada hereje”, una carne asada que se realiza el Viernes Santo. Buscan hacer coincidir su evento social con la conmemoración litúrgica del Viernes Santo, como una especie de bautizo de fuego, en el cual se pone en evidencia cómo han roto definitivamente con sus creencias católicas, aunque, irónicamente, todavía dependen de ellas.

¿Cómo sería un ateísmo maduro en América Latina? A mi entender debería cumplir con dos condiciones: la primera, ser pacífico, operar bajo el lema: “vive y deja vivir”. No entender que “el enemigo” es el creyente, sino dejar a cada quien seguir su camino: si ateo, ateo; si creyente, creyendo. La segunda característica -y la más difícil- es reconocer el valor objetivo de lo que la cultura católica ha proporcionado a las tradiciones del país, contribuyendo decisivamente a forjar su identidad. Bajo ese prisma, nada de extraño tendría que un ateo participara en la procesión del Señor de los Milagros, o celebrara el 12 de diciembre a la Virgen de Guadalupe.

Basílica de Guadalupe el 12 de diciembre

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