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Humanismo cristiano y trabajo

Humanismo cristiano y trabajo

Que el cristianismo ha supuesto una toma de conciencia sobre el valor del trabajo queda fuera de toda duda. Quizá la referencia más clara a este tema en la Escritura, se encuentre en la tradicional versión vulgata de la Biblia -la que fue compilada por san Jerónimo, y que se usó en la Iglesia Católica hasta 1981-, cuando afirma -cito primero en latín y luego traduzco, por estar redactada esta versión en el original en esa lengua- Homo nascitur ad laborem, et avis ad volatum”. “El hombre nace para trabajar y el ave para volar” (Job 5, 7. Vg).

Esto es así por designio originario de Dios, ya en el Génesis, el primer libro de la Biblia, antes de que el hombre cometiera el pecado original, se consigna con claridad: “Tomó Yahveh Dios al hombre y le dejó en el jardín del Edén, para que lo trabajase y lo cuidase” (Génesis 2, 15).  En el Nuevo Testamento, por su parte, también hay referencias sustanciales sobre el valor del trabajo, la más importante, y un tanto misteriosa, todo hay que decirlo, aparece en el evangelio de san Juan, capítulo 5º, versículo 17: “Mi Padre trabaja siempre, y yo también trabajo”. ¿Por qué es importante esta referencia? Porque nos señala al trabajo como un medio para identificarnos con Dios. Jesús afirma con claridad que Él y el Padre siempre trabajan. Los años de vida oculta de Jesús (la tradición nos dice que fueron 30), son más que elocuentes: Jesucristo dedicó la mayor parte de su vida a trabajar, a desempeñar un sencillo oficio manual, de forma que era conocido como “el hijo del Carpintero”, lo que denota cómo san José tenía prestigio profesional en su pueblo. Jesús nos estaba salvando y redimiendo mientras trabajaba, no “a pesar de su trabajo”, sino precisamente “con su trabajo”.

San Josemaría Escrivá de Balaguer

Para el cristiano, pensar en el trabajo de Jesús, es un rico filón espiritual; de hecho, hay toda una “espiritualidad del trabajo”, según la cual, el trabajo es un medio a través del cual el hombre puede alcanzar la unión con Dios, mientras se perfecciona a sí mismo y al mundo que le rodea. Es decir, no es sólo una especie de “terapia ocupacional” o un medio para transformar el mundo; ni siquiera, únicamente, la forma de sacar adelante, honradamente, a una familia. Es eso, pero es mucho más, se configura como la forma de cumplir la misión que Dios nos ha dado de transformar el mundo y dirigirlo a su plenitud. Por eso el trabajo adquiere una “dimensión vocacional”. Quizá quien ha desarrollado más profundamente esta espiritualidad del trabajo en el mundo contemporáneo sea san Josemaría Escrivá. El cual tiene palabras verdaderamente inspiradas e inspiradoras al respecto, como las siguientes:

“El trabajo nace del amor, manifiesta el amor, se ordena al amor. Reconocemos a Dios no sólo en el espectáculo de la naturaleza, sino también en la experiencia de nuestra propia labor, de nuestro esfuerzo” (Es Cristo que pasa, n. 48).

Resulta revolucionario por dos motivos: en primer lugar, por vincular el trabajo al amor, es decir, a la actividad más sublime del hombre. Descubrir cómo, en el fondo, es el amor el motor del trabajo. De esta forma podemos decir, sin temor a equivocarnos, que alguien que ama su trabajo tiene uno de los ingredientes más importantes para ser feliz en la vida. En segundo lugar, y en esto es un pionero en la espiritualidad de la Iglesia, porque ofrece en el espectáculo de nuestro propio trabajo, de nuestro esfuerzo y nuestro cansancio al realizarlo, un modo privilegiado de “contemplar a Dios”, de descubrirlo. Ya no sólo podemos ver a Dios en el espectáculo de un atardecer, del mar o la montaña, también podemos descubrirlo en nuestra labor cotidiana.

En la misma línea hilvana el Papa Francisco su propuesta espiritual, al alcance de todos. Así, el 1 de mayo de 2020, decía en la homilía de la misa de san José Obrero:

“Y el trabajo es lo que hace al hombre semejante a Dios, porque con el trabajo el hombre es un creador, es capaz de crear, de crear muchas cosas, incluso de crear una familia para seguir adelante. El hombre es un creador y crea con el trabajo. Esta es la vocación… Es decir, el trabajo tiene en sí mismo una bondad y crea la armonía de las cosas – belleza, bondad – e involucra al hombre en todo: en su pensamiento, en su actuación, en todo. El hombre está involucrado en el trabajo. Es la primera vocación del hombre: trabajar. Y esto le da dignidad al hombre. La dignidad que lo hace parecerse a Dios. La dignidad del trabajo”.

Papa Francisco

Francisco frecuentemente vincula la noción de “trabajo”, con la de “dignidad”. Dicho de otro modo y abruptamente: la gente no necesita solamente dinero, necesita saberse útil, aportar a la sociedad, desarrollar su creatividad, crecer como persona; y esto lo consigue a través de su trabajo. Por eso resulta profundamente humanista la valoración cristiana del trabajo, pues contribuye determinantemente para que la persona humana fundamente y desarrolle su dignidad, es un ingrediente indispensable de su propia felicidad.

A veces se nos presentan paraísos ideales en los que no trabajamos. Es la distopía del futuro donde todo lo harán las máquinas, la inteligencia artificial. Nosotros nos dedicaríamos exclusivamente al ocio, a descansar. Hay algunos elementos de verdad en estas propuestas: el ocio permite pensar, dedicarse a la contemplación; todos necesitamos del merecido descanso. Pero una vida sin trabajo, al final del día sería aburrida, abominable, vacía de sentido. Por eso, hoy más que nunca, ante los desafíos de la inteligencia artificial y la robótica, que amenazan con volvernos superfluos o prescindibles, es necesario reivindicar el trabajo como elemento primordial de la dignidad humana. ¿Qué quiere decir eso? Que debemos “dinamitar” la distopía, para construir, hasta donde sea posible, la “utopía”, es decir, el mejor mundo posible, uno de cuyos elementos primordiales, es la capacidad de aportar al mundo e intervenir en la sociedad, de crear a través de nuestro trabajo.

Trabajo en equipo

La sociedad enfrenta entonces un doble desafío. Por un lado, en el mundo altamente industrializado, no suprimir el trabajo humano, no declarar superflua y superada la creatividad humana, por la inteligencia artificial, la robótica y la automatización de los procesos. En el mundo subdesarrollado, en cambio, el panorama presenta varias dificultades acuciantes: crear fuentes de empleo para todos, remunerarlas suficientemente, proporcionar el justo descanso. De hecho, todavía hay mucho trabajo infantil, muchas condiciones laborales infrahumanas, muchas formas veladas de esclavitud, y una gran carencia de empleos, tanto para jóvenes como para personas maduras. Todo esto ofrece un panorama desesperanzador y agudiza la división existente en el mundo.

Por eso, para contribuir a consolidar la dignidad humana y que ésta no sea letra muerta, papel mojado, ideal irrealizable, resulta imprescindible realizar una profunda reflexión sobre el papel del trabajo en la vida y en la sociedad humana, por un lado. Por otro, acoger el desafío de crear fuentes de trabajo acordes con dicha dignidad, en el que cada persona pueda aportar algo de su personal creatividad e ideales. La tecnología debe confluir entonces en ese sentido, para facilitar el desarrollo del trabajo, no para suprimirlo porque, de nuevo, si se suprime, se cercena una importante dimensión humana, atentando ello contra el auténtico humanismo.

Por eso, la reflexión filosófica y teológica sobre el trabajo debe acompañar acompasadamente a la evolución del mismo gracias a la ciencia y la tecnología. Se precisa entonces de un diálogo interdisciplinar entre ciencia, tecnología, filosofía y teología, para construir un futuro con trabajo, que permita al ser humano desarrollar todas sus capacidades y alcanzar su plenitud humana, su felicidad en una palabra. En ese desafío improrrogable nos encontramos inmersos en la actualidad.

Bronze sculpture called Cumil (The Watcher) or Man at work, Bratislava, Slovakia
Naufragios: el dilema entre el Atlántico Norte y la Ruta del Mediterráneo

Naufragios: el dilema entre el Atlántico Norte y la Ruta del Mediterráneo

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Un famoso dilema ético nos cuestiona si accionaríamos una palanca para desviar un tranvía que está a punto de arrollar a cinco personas, a sabiendas de que al cambiar de vía el tranvía arrollaría a una persona. Han surgido variantes a este dilema: en ocasiones eres tú quien conduce el tranvía; en otras sólo accionas la palanca; incluso podrías ser tú ese único individuo a quien se dirige inminente el tranvía fuera de control. En algunas variables, se propone que se siente menos culpabilidad al accionar la palanca o presionar un botón, a pesar de que la consecuencia sea la misma que la de que arrojar desde un puente a un hombre muy gordo para detener al tranvía. En otra variable la vía es “un bucle”, o sea que, aunque lo desvíes, en cierto punto el tranvía volverá a la vía principal y el impacto contra alguna persona tendrá lugar.

En otra variante, no se trata de un tranvía, sino de mineros: cinco mineros quedan atrapados en la mina, si accionas la palanca, una roca se desplazará y podrás liberar a los cinco trabajadores, pero un minero morirá inevitablemente, porque la roca desviará el curso y lo aplastará.

Incluso se han hecho simulaciones en las que vas conduciendo un auto que se estrellará con otro; si lo desvías puedes salvar tu propia vida, pero atropellarás a alguien. La mayoría de quienes realizaron esta simulación, giraban el volante inmediatamente. Porque se trataba de un desconocido. Pero cuando la simulación cambiaba la cara del desconocido por la del hijo de cada persona, la mayoría permanecía en el carril y prefería estrellarse antes que arrollar a su propio hijo. Así pues, existen múltiples variaciones del dilema del tranvía.

Imagen: McGeddon

La ética utilitarista elegiría salvar el mayor número de vidas posibles. En este caso siempre se elegiría salvar a cinco, aunque se tenga que sacrificar a un inocente. La ética deontológica, que elige seguir un supuesto deber y tiene vertientes kantianas consideraría inmoral arrojar al hombre gordo del puente para detener al tranvía, pero no vería con tan malos ojos accionar la palanca, porque no se utiliza a alguien como medio para salvar a los demás. Incluso podría ocurrir que la persona vea que un tranvía se dirige hacia ella y se mueva para evitarlo.

La solución no es sencilla, de otro modo no sería un dilema y a esto hay que sumar la intención, el doble efecto y los daños colaterales. Estos experimentos mentales, que a veces pueden parecer demasiado abstractos y descabellados por las variables que se van sumando, tienen la finalidad de ayudarnos a tomar decisiones cotidianas o al menos a tomar partido y formar una opinión frente a situaciones extraordinarias. Y quizá es una situación extraordinaria precisamente lo que hemos observado en estos días.

Un submarino con cinco personas desaparece en el Atlántico. Un barco con al menos 700 personas naufraga en el mar Jónico. ¿A quién destinas mayor esfuerzo y recursos para la búsqueda y rescate? ¿Acaso esta situación no es semejante al dilema del tranvía?

Ahora hay que añadir los detalles. El submarino Titán de la empresa Ocean Gate realizó una inmersión el domingo 19 de junio para buscar los restos del Titanic en el Atlántico Norte, a 700 kilómetros de Terranova, Canadá y perdió la comunicación poco tiempo después.

Lugar aproximado del Titanic y desaparición del Titán.

Se trata de un submarino que no cuenta con ninguna certificación técnica oficial; que en el 2018 fue demandado por uno de los ingenieros, David Lochridge, quien consideró no se cumplían lineamientos de seguridad; que incluso es comandado por un control de una consola de juegos que fue adaptado, algo común en sumergibles, pero que no deja de resultar extraño; para la travesía, los participantes deben firmar unos documentos en los que aceptan las posibilidades de daños físicos e incluso la muerte; un submarino que en el 2022 perdió la comunicación con la nave nodriza durante tres horas –cuenta el periodista David Pogue, quien a pesar de sus temores hizo la expedición por cuestiones laborales; cada pasajero turista (además de la tripulación y eventuales pasajeros científicos) paga ordinariamente un costo de 250,000 dólares.

La expedición consta de ocho días en altamar para enseñar a los pasajeros turistas lo necesario para tripular el submarino y eventualmente realizar la inmersión. El pequeño submarino hecho con fibra de carbono y titanio puede sumergirse hasta cuatro mil metros y tiene capacidad para cinco personas, que deben ir sentadas y realmente no tienen mucho espacio. El oxígeno alcanza para 96 horas aproximadamente, pero algunos expertos aseguran que se trata de un estimado, porque quizá los tripulantes intenten respirar un poco menos para alargar la duración, de ahí que se trate de una búsqueda contra reloj.

Twitter David Pogue.

Al limitado oxígeno debemos añadir la oscuridad del fondo marino, las bajas temperaturas, las corrientes marinas, la posibilidad de quedar enganchado al naufragio del Titanic y creo que es importante considerar el factor humano: no sabemos cómo puede reaccionar cada individuo ante la desesperación de una posible inminente muerte tan terrible.

La noticia ha despertado furor por varios factores: porque el Titanic y su imaginario atrae por sí mismo; por el costo de la expedición; porque la ironía de que se considere el submarino Titán una punta de lanza mientras que es comandado por un control de Xbox; porque se trata de varios millonarios atrapados; y porque se ha hecho un derroche de recursos y desplegado una búsqueda y que cuesta millones de dólares, mientras que otros rescates no tienen tanta cobertura y ni de cerca esos recursos.

Los cinco hombres a bordo del Titán son un empresario y explorador británico –Hamish Harding–, un excomandante de la armada francesa y experto en el Titanic –Paul Henri Nargeolet–, el padre e hijo de una familia multimillonaria pakistaní –Shahzada y Suleiman Dawood­­­–, y el fundador de Ocean Gate ­–Stockton Rush– quién además es marido de Wendy Rush, la tataranieta de Isidor e Ida Straus, una pareja millonaria que murió en 1912 en el naufragio del Titanic. Se trata de cinco personas que conscientemente aceptaron los riesgos de la aventura y que además tenían grandes fortunas.

Twitter David Pogue sobre el uso del control de Xbox.

En la otra vía, se encuentra uno de los más grandes naufragios de los últimos meses en el Mediterráneo, con un número indefinido de migrantes procedentes de un barco pesquero que zarpó de Libia. Hasta el momento la guardia costera griega ha rescatado a 106 personas, pero al menos 79 han muerto y hay varios desaparecidos. ¿Quiénes iban a bordo? En este caso no tenemos los nombres, ni una breve semblanza, simplemente sabemos se trataba de migrantes. La llamada de auxilio ocurrió el martes desde la zona más profunda de ese mar, conocida como la Fosa de Calipso, que tiene una profundidad de cuatro mil metros, por lo que los rescates en esta zona son difíciles. El martes por la noche un buque de la Guardia Costera divisó la embarcación y ofreció ayuda, pero la ayuda fue rechazada, el barco continuó su recorrido y poco tiempo después se volcó.

La guerra y la pobreza orilla a la migración y con ella los traficantes de personas se han enriquecido. El año pasado la Organización Internacional para las Migraciones registró al menos 3,800 muertes en esta ruta. Lucran con los esfuerzos económicos de los migrantes, que en comparación con los 250,000 dólares podrían parecer mínimos, pero que en realidad valen mucho más porque se trata quizá de los ahorros de toda una vida; como la parábola de la viuda que da sólo una pequeña moneda como ofrenda, pero que vale más porque no ha dado lo que le sobra, sino lo necesario para vivir (Marcos 12, 41 – 44).

Para darnos una idea de la dificultad de esta travesía, les recomiendo la película Las nadadoras de Sally El Hosaini, basada en la historia de dos hermanas sirias que huyen de la guerra con la esperanza de llegar a Alemania. Las hermanas y su primo sobreviven la ruta del Mediterráneo en una balsa, en parte porque ellas se arrojaron al mar y nadaron parte de la travesía. Después de una estancia en un campo de refugiados en Grecia continuaron el camino mayormente a pie hasta Alemania.

Una de las hermanas participó en las Olimpiadas de Río de Janeiro, mientras que la otra es voluntaria y ayuda a rescatar migrantes, pero puede ser encarcelada por su labor, ya que esta ayuda humanitaria también se considera de cierta forma ilegal. A modo de pequeña crítica, sin quererme desviar del tema, quisiera señalar que en la película también se puede observar la dificultad de un migrante “promedio”, que tiene que lidiar con un nuevo idioma y de encontrarse en un lugar en el le será casi imposible progresar laboralmente. Quizá en su lugar de origen tenían alguna calificación técnica o profesional; mientras que en el nuevo lugar tendrán que empezar desde cero y en muchos casos aspirarán únicamente a trabajos manuales. Estos migrantes “comunes” se distinguen de casos excepcionales en los que el migrante es buen deportista o tiene alguna otra gran habilidad que lo ayuda a destacar.

Operación Tritón de Frontex. 15 de junio 2015.
Fuente: Fuerza de Defensa Irlandesa.

Retomando el tema, las redes sociales ardieron, porque es indignante la cantidad de recursos destinados a las búsquedas y recursos de ambos casos. Los esfuerzos y el dinero para rescatar a los tripulantes del Titán son millonarias: Estados Unidos ha enviado aviones, a la Guardia Costera y a la Marina, Canadá ha enviado médicos y barcos, los franceses sumergieron un robot. ¿Quién asume estos costos?

Bien sabemos que las aseguradoras no suelen asegurar este tipo de empresas; y más si consideramos que los cinco pasajeros firmaron un documento en el que son conscientes y aceptan el peligro físico y la posible muerte. Así pues, los rescates por lo general son pagados por los contribuyentes, salvo en ciertas excepciones. Por ejemplo, si tienes un accidente en el monte o en el mar en Croacia el rescate –así sea que utilicen un helicóptero– no tendrá ningún costo para la víctima; mientras que en otros lugares como Austria, Alemania o Estados Unidos sí habrá un pequeño costo, especialmente si el accidente ocurrió por la imprudencia de la víctima.

¿Es imprudente sumergirse en un submarino sin certificación, manejado por un control casi de juguete, con tripulantes inexpertos, en una zona profunda, oscura, helada y con una fuerte corriente marina? La pregunta es más retórica … por lo que a mí respecta, me parece una gran imprudencia e incluso temerario.

El límite para la esperanza era el jueves 22 de junio a las 13:00 horas (Europa) porque se consideraba que a esa hora se agotaría el oxígeno, sin embargo, la búsqueda continuó al menos hasta las 19 horas cuando los guardacostas anunciaron que encontraron restos significativos; incluso para ese momento se sumaron nuevos barcos al rescate, pero lo que se ha encontrado son restos del submarino. A las 21 horas la Guardia Costera de Estados Unidos en su rueda de prensa dio por fallecidos a los cinco hombres; parece que a casi 500 metros del Titanic, implosionó el Titán. Se encontraron los restos del submarino, cinco piezas, pero no creen probable recuperar los cuerpos.

Titanic partiendo de Southamton el 10 de abril de 1912.
Foto: Francis Godolphin Osbourne Stuart.

Volvamos al dilema del tranvía, claro, en este caso no es un tranvía, sino un submarino y un barco. Si siguiéramos la lógica de la ética utilitarista, lo evidente y justo sería destinar la mayoría de los esfuerzos, tiempo y recursos a rescatar a los migrantes del barco pesquero del Mediterráneo y prevenir futuros naufragios, en lugar de rescatar a cinco personas que aceptaron los riesgos de satisfacer su curiosidad para ver las ruinas del Titanic. Pero no se destinaron los mismos recursos, a veces pesa más el dinero y eso también es utilitarista.

Se podría argumentar que no es el mismo caso, porque las víctimas de ambos naufragios se encuentran en lugares diferentes; pero en febrero del 2022 un barco pesquero gallego, Villa de Pintaxo, se hundió casi en las mismas coordenadas que el Titán, muy cerca de Terranova, Canadá. 24 tripulantes murieron y tres personas sobrevivieron; basta decir que el despliegue para el rescate no fue tan abrumador como en el caso del Titán.

Entonces ¿acaso los cinco pasajeros del Titán valen más que los 700 del barco pesquero o que los tripulantes del Villa de Pintaxo? El dilema del tranvía sigue sin resolverse, incluso si se considerara una mayoría cuantitativa y no cualitativa. No creo que se puede resolver con una ética utilitarista y tampoco deontológica. Así como tampoco creo que una vida valga más que otra.

Para cada caso se debería intentar salvar a todas las personas, mantener la esperanza y agotar las posibilidades. ¿Es inmoral el despliegue de recursos para intentar rescatar a los cinco hombres del Titán? Lo es si comparamos las víctimas de otros naufragios y también resulta de cierto modo injusto y por eso nos escandaliza. Pero no debemos olvidar que en ambos naufragios las víctimas murieron de manera horrorosa.

Para morir da lo mismo si pagaste 250,000 dólares o 1000 euros; da lo mismo si eras turista o migrante; nada de eso importa. Porque varios hombres tendrán una sepultura marítima; porque a varios se les han llenado los pulmones de agua; porque habrán muerto congelados o les habrá faltado el oxígeno.

Los cinco o los cientos vivieron sus últimos minutos sabiendo que morirían de un modo horrible; no creo que alguien tenga los nervios de acero para resignarse con tranquilidad ante tal escenario y es por ello, que tanto los cinco, como los miles que yacen en el fondo marino merecen nuestra compasión.

¿Tenemos que compartirlo todo?

¿Tenemos que compartirlo todo?

Por Mauricio Valdez

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Pertenezco a una generación que fue educada con la idea de que tenemos que hacer la diferencia en el mundo, ese es el espíritu del tiempo que nos ha tocado vivir.

Crecí en una familia tradicional y asistí a un colegio católico; y me acuerdo de varias veces en las que destaqué en alguna actividad o demostré algún talento y escuchaba interpretaciones aplicadas de la parábola de los talentos (Mateo 25:14-30). Recuerdo sentirme presionado y sentir casi una obligación por poner esos talentos al servicio de los demás y en la construcción del Reino de Dios porque no quería ser como aquel que enterró sus talentos. No quería ser un cobarde al que le quitaran sus talentos para dárselos a otro.

Este pensamiento se llevó a un extremo, sobre todo por los que yo considero malos formadores: el niño canta bien, entonces que cante en el coro de la iglesia porque sino está enterrando sus talentos; el niño dibuja bien, entonces que pinte arte cristiano porque sino está enterrando sus talentos; el niño habla elocuentemente, entonces que predique en los retiros de la parroquia porque sino está enterrando sus talentos; y así podríamos continuar con ejemplos y llenar varias páginas.
Creo que podrás estar de acuerdo conmigo en que esto es una mala interpretación de la parábola de los talentos, quizá hasta convenenciera, pero cuando era niño no era tan evidente.

Pasaron los años y aunque nunca fui un niño que obedeciera en todo y siempre cuestioné a los que me formaban, algo de aquella malinterpretación se quedó en mi inconsciente y no sabía por qué cuando aprendía algo sentía una necesidad inmediata por enseñarlo. El auge de las redes sociales, especialmente Twitter, no ayudó nada. Cada vez que leía algo, así fuera un capítulo de 10 páginas de un libro sentía la necesidad de compartir una idea en Twitter para olvidarla antes de poder hacer algo con ella que le sirviera a alguien más.

Después de muchos años me di cuenta que por ahí no iba la cosa, que no tengo la obligación de enseñar o compartir un concepto o una idea apenas entra en mi cabeza, y mucho menos sin antes haberla procesado y aprendido bien, porque es evidente que el aprendizaje es mucho más complejo que leer 3 páginas (a veces ni eso).

Foto: Sanket Mishra.

Un día me di cuenta que el uso excesivo de las redes sociales me distraía más de lo que me ayudaba; aprendí que hace falta tener momentos de reflexión para procesar lo que aprendemos durante el día, utilizar nuestro cerebro para conectar puntos, atar cabos, generar ideas, procesar y comprender.

Hice una pausa, dejé de usar redes sociales por un tiempo largo y cada vez sentía menos la necesidad de compartir cada cosa que hacía. Pude disfrutar algo tan simple como armar un rompecabezas que al final iba a volver a desarmar y escribir en una libreta que nadie iba a leer, que aunque parezcan actividades tan simples no sabía por qué tenía años sin hacerlas. Quizá algún rezago inconsciente de esa parte de mi formación, quizá combinado con la llegada de las redes sociales con la ansiedad que generan, las constantes comparaciones y la necesidad de compartirlo todo como si eso evitara la pérdida de los recuerdos y la memoria. Estos efectos no sólo los he notado en mí, también los observo en mucha gente de mi generación y sobre todo en los más jóvenes.

Después de este detox de inmediatez, empecé a notar cada vez más lo mucho que opina la gente sin tener conocimiento de los temas, sin citar a nadie, realmente sin conocer. Cada vez sueno más anciano cuando digo cómo me preocupa que los jóvenes por esa necesidad de querer hacer una diferencia hablan de temas que no conocen con una autoridad que no le vi ni a Aristóteles.

No pretendo criticar a nadie, porque los entiendo, yo también sentí esa necesidad de aportar algo, también sentí que sino opinaba del tema de moda estaba enterrando mis talentos, que iba a pasar por este mundo sin pena ni gloria; sé que no es su culpa, y también sé que el hecho de que eso se haya exponenciado no es porque vengan con otro chip o porque esta generación venga “revolucionada”, es porque las herramientas que usan para consumir contenido y para crearlo han sido perfeccionadas al grado que la polarización de ideas ha llegado a unos extremos que nunca creí ver.

Hoy tengo la oportunidad de ser docente de la materia de Comunicación en una Universidad para alumnos de aproximadamente 20 años, y por la naturaleza de la materia hay varios trabajos en los que tienen que hacer un video explicando cualquier tema que les interese. Muchos hablan de algún deporte que practican o algo de arte que conozcan, pero observo que muchos se van por la crítica social. Quieren concientizar a la sociedad de una postura que tienen sobre un tema importante, y noto la polarización, poco pensamiento crítico, poca argumentación y mucho adoptar la postura del influencer que esté de moda como si fuera propia, sin haberla analizado realmente.

Mi trabajo es retroalimentar sus habilidades de comunicación, dicción, tono de voz, manejo de nervios, etc. Me abstengo de enfocar mi aportación en el contenido ya que no es mi papel, pero a veces no encuentro las palabras para recomendarles analizar más, pensar más, formarse un pensamiento propio, ya que creo que lo pueden tomar como otra polarización opuesta a una postura que ellos creen está formada. Además no quiero proyectar mis propios traumas en ellos diciéndoles que no tienen que opinar de todo lo que está de moda y no pasa nada si leen más y escriben menos.

Creo que también es parte de mi propio proceso no tener que aportar algo cuando no me toca, un poco quitarme esa presión de pensar que si no les digo algo estoy pecando de omisión, quién sabe, igual y yo soy el que está equivocado.

El pensador, Rodin. Expuesto en la Plaza Mayor de Cáceres. Foto: Jesús Castillo.

Aunque he experimentado mucha paz en no opinar sobre todo, no publicar todo lo que hago y vivir mi día a día sin documentar todo, también a veces me pregunto si no compartir absolutamente nada y no opinar de absolutamente nada sea un extremo del que me tengo que cuidar, y la respuesta la encontré en Aristóteles, precisamente en temas como el vicio, la virtud, y la prudencia. Y lo voy a citar a continuación.

“La virtud es, por tanto, un hábito selectivo, consistente en una posición intermedia para nosotros, determinada por la razón y tal como la determinaría el hombre prudente. Posición intermedia entre dos vicios, el uno por exceso y el otro por defecto”.

Aristóteles, Ética a Nicómaco.

Sí, yo sé que Aristóteles no nos da la respuesta a cada situación concreta en la que podamos encontrarnos en un dilema moral, pero sí que nos enseña un principio que nos toca a nosotros aplicar a cada caso particular.

Es importante buscar siempre el punto intermedio, y mientras escribía eso noté una contradicción, porque “siempre” no es un punto intermedio, pensé en borrarlo pero mejor evidencio mi propio error para que tú como lector no tomes todas mis palabras como verdaderas.

ChatGPT tras bambalinas

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(Ilustración de Markus Winkler, tomada de Unsplash)

Los procesadores de lenguaje de la familia GPT existen desde hace algunos años. GPT-3, por ejemplo, existe desde 2020, y es el antecesor directo de las serie GPT-3.5, a la que pertenece ChatGPT. Uno de los sucesos por los cuales los procesadores de lenguaje han alcanzado un lugar importante en el diálogo público fue la liberación, el 30 de noviembre del 2022, de ChatGPT para uso del público en general.

Hay varias razones por las que ese acceso público a procesadores de lenguaje ha causado preocupaciones. Varios colegas que dan clases en universidades o en preparatorias me han manifestado su inquietud por que “ahora los alumnos pueden pedirle al robot que les escriba el ensayo de las entregas finales”. Sabemos, incluso, que estos procesadores de lenguaje se han usado para responder preguntas de investigación a científicos y humanistas proporcionando los artículos más relevantes al respecto. Más aún, éste es un ejemplo de artículo de investigación reciente que se ha escrito en colaboración con ChatGPT: https://doi.org/10.1016/j.nepr.2022.103537.

Esto podría desvalorizar el trabajo de los humanistas e investigadores, pero no precisamente por culpa de los desarrollos tecnológicos. El impacto de la tecnología en la sociedad se debe a dos razones. Una, el hecho de que las tecnologías, por diseño, establecen una tendencia de uso: las escopetas nos inclinan más a usarlas para matar, y los estetoscopios nos inclinan más a usarlos para curar. Otra, que quisiera remarcar aquí, es la manera en que se presentan estas tecnologías en el discurso público.

La mayoría de los historiadores de la ciencia están de acuerdo en que el primer tratado de mecánica relevante en la historia son los Problemas mecánicos, que se atribuye a Aristóteles y se conjetura que fue escrito por Arquitas de Tarento. En las primeras dos páginas del tratado leemos una reflexión sobre cómo ocultar el mecanismo de una máquina causa un gran asombro, y cómo el asombro se disipa una vez que conocemos la explicación. Mucho del sensacionalismo en torno a la inteligencia artificial se basa en ese asombro. Es muy importante decir que, en el fondo, lo que sucede tras la interfaz de los procesadores de lenguaje son operaciones matemáticas: álgebra lineal y cálculo multivariado, junto con algunos procesos heurísticos.

La siguiente imagen es un resumen básico de la estructura de un modelo generador, como ChatGPT:Diagrama
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La principal razón por la que muchas profesiones pueden desvalorizarse con los desarrollos de la Inteligencia Artificial se debe más a la falta de comprensión respecto de lo que estos modelos realmente hacen. Piénsese, además de la labor académica, en el diagnóstico médico o en otro tipo de profesiones que involucran el razonamiento a partir de la evidencia. Corremos el riesgo de ignorar que estos modelos no son sensibles a problemas que están más relacionados con la sensibilidad social y moral que con el mero cálculo. O, peor aún, que pueden ser diseñados para dar propaganda a ciertas ideas, o para inclinar la balanza del discurso público.

La siguiente imagen está tomada de un artículo escrito por A. Abid et al., “Persistent anti-muslim bias in Large Language Models” (doi.org/10.1145/3461702.3462624), y muestra la tendencia de GPT-3 a asociar al islam con violencia. Un  artículo sumamente importante en evaluar los riesgos sociales en los procesadores de leguaje es “On the dangers of Stochastic Parrots” (“Sobre los peligros de los cotorros estocásticos”, https://doi.org/10.1145/3442188.3445922), que le costó a uno de sus autores, Timnit Gebru, que lo corrieran de Google.

Gráfico, Gráfico de barras
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La tecnología es fascinante, pero a veces por razones distintas a las que nos empuja a creer la propaganda. Quizás, los grandes desarrollos tecnológicos, en vez de a un estado de bienestar y de despreocupación en el que las máquinas y los robots hacen todo el trabajo que no queremos hacer los humanos, nos llevan más bien a una sociedad que exige mayor responsabilidad ciudadana y que exige un tipo de conocimiento que algunos han querido llamar ‘alfabetización digital’. La presencia de grandes desarrollos tecnológicos nos compromete a los ciudadanos a tener más conocimiento científico, y a ser más cautelosos sobre cuándo sí y cuándo no el uso de una herramienta es conveniente para todos, si queremos bogar por mejores sociedades.

Quizá inevitable

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“Quizás sólo sea necesario esperar que la rueda de su tiempo vuelva a pasar frente a nosotros
y nos permita entender que nos resulta inútil ir en busca de aquello que jamás estuvo perdido”.

Docuserie “Historia de América latina”, Los mayas (ep 6).

“Disculpe, señora, ¿puedo hablar con usted un momento?” “Dicen que ustedes los mexicanos eran muy abiertos y es posible entablar este tipo de conversaciones casuales entre extraños. Ah, sí, soy extranjera, pero en esta década ya nadie es de ningún lugar. Todos nos hemos mezclado y los trabajos son muy fluctuantes como para arraigarse a una ciudad. Un día estás en una ciudad cálida, otra en una construida en las montañas y en otra te aventuras a las ciudades Isla o penínsulas que están semi tragadas por el agua. ¿Español? Ah, sí, lo hablo, verá, eso de la lengua universal nunca funcionó. Fue mucho más importante aprender todos los lenguajes posibles, dicen que sí hay algo más vital para el hombre no es que todos nos entendamos, sino que unos pocos nos entendamos, la exclusión siempre existirá, porque el poder siempre será lo más importante, al final, hablar español fue un idioma muy necesario para la supervivencia de la mayoría en ciertas ciudades y para entablar ciertos negocios, por eso lo hablo. Sí, al final no cambiamos mucho. Por eso ustedes son verdaderamente un “país” muy interesante para nosotros los de afuera. ¿Mi nombre? Samanta. Sí, aún tenemos nombres, ¿quién le contó eso de los números? Lo que usted menciona quizá es el número de cuenta encriptado para identificarnos que traemos en el celular, muchas veces más importante que el nombre, lo admito, pero aún no hemos abandonado su uso. Bueno, ¿puede dejar de hacer tantas preguntas? Yo de lo que quiero hablar es Edge of Domino. ¿Oyeron hablar de él? Sí, fue una gran tragedia. ¿Le molesta si lee esta carta?”

”¿Qué le pareció? Sí, yo no la entiendo muy bien. Pero Tadeo, un muchacho de por acá… ah, sí, ese.  ¿No sabía que también es famoso afuera de su país? Nos ha llamado mucho la atención lo que él hace. Las plantillas que crean las inteligencias artificiales nos acostumbraron a algo muy concreto en los programas, y ver algo tan diferente nos llamó la atención al instante. Además de que ayuda a los que quieren mudarse a este mundo. En fin, el chiste es que él me dijo que esta carta pudo evitar la tragedia. Pero aún no veo por qué sería ¿Que quién la escribió?”

Samanta estaba pensativa, sintió un nudo en el pecho, estuvo a punto de llorar, y la señora, pese a sentirse algo asustada por ciertas cosas que le había escuchado decir y que no tenían nada de sentido, no pudo evitar sentir cierta empatía y le colocó la mano en el hombro.

México era un país que, como Cuba, se convirtió en una cápsula del tiempo, aislado de todo el mundo. Pero no por un dictador, ni nada por el estilo, sino por un extraño fenómeno que no nos detendremos explicar, ya que sólo una persona con un grado avanzado en el estudio de la física cuántica y, extrañamente, de la alquimia y mitología podría entender. Sólo digamos que México, o la Ciudad de México para ser más precisos, desapareció, el mundo cambió y, de la nada, volvió a aparecer. Claro, había una diferencia, este México, pese a conservar cosas de ese pasado de la humanidad, lucía muy diferente, como si hubiera sido más bien reconstruido al momento antes del desastre ecológico que vivió y su desaparición, era una Ciudad de México con canales de agua, trajineras y canoas, pero con una extraña tecnología que a veces parecía magia.

Cuando ocurrió la reaparición de México en el mapa, Samanta jugaba un juego con una inteligencia artificial que estaba diseñando, se llamaba: la última palabra. Consistía en un simple juego de dominó. El detalle era que una alarma era programada de manera aleatoria. Si esta sonaba, los jugadores debían de parar el juego y colocar dos fichas de su mano en la mesa. Si sólo le queda una, se le daba una aleatoria de la mano del contrincante, en caso de que no haya ninguna sobrante o también el contrincante sólo tuviera una, el programa les daba una aleatoria de las que se hayan jugado. Cada uno debía decir un número, quien se acercara más al número total que sumaban ambas fichas de su contrincante, ganaba el juego. Era interesante, puesto que a veces, la partida terminaba y no sonaba ninguna alarma, en ese caso, ganaba el que ganaba la partida normal. Lo cuál lo hacía un juego con muchas posibilidades y muchas estrategias que podrían ser arruinadas si la suerte no te sonreía. En el programa que jugaba, habían varios niveles, donde según el nivel, los algoritmos de la máquina se iban haciendo cada vez más complejos y la máquina tenía herramientas para predecir mejor qué ocurriría después.

Este cochino juego le costó su trabajo y su relación, pues aunque su novio al principio la ayudaba con la programación, luego de un rato le pareció muy ridículo y frustrante. Pero ella estaba empecinada por lograrlo, se lo debía a su hermanita quien, víctima de tantas enfermedades nuevas, se la pasaba todo el día en la cama y le pidió un juego que la mantuviera entretenida y le enseñara cómo funcionaba el mundo de afuera, pues temía que el encierro le haría difícil entender al mundo si alguna vez lograra salir. El prototipo salió muy bien. Pero su hermana tenía una queja algo extraña e inesperada.

—¡Quiero sentir que la máquina es superior! Quiero que pueda ganar más veces que las que yo hago para sentir un verdadero reto ¿Te acuerdas del video que me dejó ver el doctor? Era de un filósofo y un poeta que hablaban sobre un texto de un escritor muy antiguo llamado Ted Chiang (¿Sí se llamaba así?). Bueno ahí dijeron algo raro, de que la vida ya escribió nuestro final, y que nosotros no le podemos ganar, sólo fingir que lo intentamos y, al final, ganamos así.

—¿Y eso qué quiere decir?

—¡No tengo idea! Pero si arreglas el juego para que pueda predecir mejor las tiradas quizá lo entienda.

—¿Y por qué quieres entender eso?

—¡Porque lo necesito! —gritó entre lágrimas.

Su hermana murió tres días después, y ella, víctima de una severa depresión, decidió lograr mejorar la inteligencia artificial. Quizá si ella entendía esa frase gracias al juego se sentiría mejor. Se dio cuenta de que, para hacerla más perfecta, no sólo debía de contar de una manera eficiente las fichas del juego para tratar de predecirlas, sino también debería de poder predecir la aletoriedad del otro sistema de tiempo para saber cuándo sonará la alarma, además de volver más eficientes los cálculos que necesita para ganar, pues el exceso de cálculos, alentarían el proceso. Aunque ahí estaba el detalle ¿Cuántos cálculos eran suficientes?

Finalmente, después de varios intentos, estaba frente al nivel legendario, creía que lo había logrado, pues la maestría que mostró durante el juego normal de domino era diferente, como si cada pieza que tiraba, cada error, cada cosa que permitía que pasara, cada ficha que comía estuviera fríamente calculada. Sonó la alarma, y Samanta se excitó. ¡Sonó justo cuando ella se deshizo de su tercera ficha y sólo le quedaban dos! Eso quería decir que todo había sido fríamente calculado para facilitar el cumplimiento de su labor:

—Estas son mis dos fichas —escribía la inteligencia en la bandeja de texto— ¿Me muestra las suyas?

—Sí, claro. Estoy emocionada por perder.

—¿A qué se refiere? ¿No se trata de ganar?

—Es que yo gano si tú ganas.

—¿Es una trampa? ¿Cómo que usted gana si yo gano?

—Ambos ganamos si tu aciertas, a eso me refiero. Verás, se lo debo a alguien que quiero. Si tu triunfas yo ya no le deberé nada y me sentiré tranquila con mi espíritu. Realizada.

—¿Entonces ambos ganamos si te sientes realizada? ¿Qué se requiere para que te sientas realizada?

—Bueno, si descubro el significado de una frase luego de terminar el juego, entonces no le deberé a alguien a quien quiero, supongo. Aunque, ahora que lo reflexionó, es una victoria agridulce. Porque me hubiera gustado hacerlo a tiempo. ¿Me explico? Pagarle a una persona que amo cuando aún puedo. Ayudarla y darle cariño cuando aún vale la pena, ¿no crees? —sintió como si una revelación terrible estuviera apunto de ocurrir, una que la haría romper la máquina de ira, esa máquina no le iba a regresar a su hermana con una estúpida reflexión filosófica, y había perdido todo por recuperar un fantasma. Pero, antes de poder hacerlo, las palabras de la computadora la intrigaron de sobre manera.

—En ese sentido, si logro hacer que la jugada más imposible de la realidad, salvar al prójimo, se realice, todos ganamos, ¿no?

—No hables más, suenas muy raro. Sigamos con el juego. A ver, me toca adivinar tus fichas. “Declaro que tus fichas sumarán un número cercano al 27”. ¿Tu predicción?

La máquina no respondía. Sólo aparecía la leyenda “formulando cálculos” ¿Qué tanto formulaba? ¿No ya la había atrapado y sabía cuáles eran las dos fichas que le quedaban? ¿O ella había mal entendido el proceso y sólo fue la casualidad? Estaba impaciente, ya casi llevaban dos minutos, y la inteligencia no respondía. Ella trató de reiniciar, pero sólo lee salió una ventana con el anuncio: por favor, espere a que se termine de realizar el cálculo pertinente para el juego de la vida.

Se impaciento un poco, trató de ver si estaba trabada o qué, pero sólo no respondía ¿Habrá sido demasiado que falló al final? ¿O fue esa rara charla que sobrecargó con información innecesaria? Después de todo, es una máquina que no busca hacer todos los cálculos, sino los cálculos altamente eficientes; charlas demás podrían poner en riesgo su cálculo, ¿o no? ¿Esa rara charla fue predeterminada para alterar algunos cálculos más? ¿Cálculos de qué? Finalmente, llegó un mensaje a su bandeja y lo leyó:

—Lo lamento, hemos perdido los dos.

—¿A qué te refieres no puedes calcular el número?

—No es eso, es que el amor de su vida se suicidará en cinco días, y usted no podrá llegar a tiempo para hacerle saber que usted existe, y que se pueda permitir otro día más de vida. Le deberá una persona que ama sin saberlo, y esto ninguna máquina lo podrá arreglar.

—¿Qué diablos dices? —reflexionó— ¿Sergio está bien? —Se estremeció— ¿Estás diciendo que me equivoqué con él? Maldición. Sabía que había algo raro con el hecho de que no me llamara más ¿Le dolió tanto nuestra ruptura?

—Sergio es uno de los amores de tu vida, pero no corre ningún peligro. No sé qué le deparará el destino, pero a él no le debes nada, mi cálculo sólo aplica a él hasta ayer.

—Momento, ¿entonces, por qué lo llamas amor de mi vida? ¿No sólo hay uno?

—Usé sus terminologías, el amor de tu vida es alguien que te trasforma, que su presencia sólo te hace creer que tu vida se transcribe a su alrededor y una vez que se va, te mata, para comenzar una nueva vida, una resurrección donde puede haber otro amor de tu nueva vida. El amor es el fénix humano. A veces con uno basta y mueres antes de saber que habían otros. En realidad, por probabilidad, la mayoría de la gente tiene 27 amores de su vida (dependiendo de la cantidad total de población en el mundo), algunos más otros menos, sólo que el esparcimiento de estos y el timing es tan variable que tal vez sólo conozcas a dos o tres, o a uno. En tu caso, hay varios chicos y chicas que cumplen con las características para transformar tu vida. Eres de las afortunadas, pese a que desperdiciaste gran parte de tu tiempo programándome, aún estás en buen momento para toparte con varias de estas personas, según mis cálculos, luego de mi creación te volverías millonaria e ibas a tener a tres al mismo tiempo. Toda una mujer feliz.

—¿Entonces? ¿Por qué dices que perdí? ¿Quién podía ser esta persona que sobresale para hacernos perder?

—En realidad, es un lastre, me irritó encontrarlo en los cálculos. Porque esta persona sólo te tiene a ti como posible amor de su vida, ya nos arruinó todo.

—¿Cómo que sólo yo?

—Sí, según mis cálculos, esta persona, por alguna anomalía estadística, sólo podrá amarte a ti. Y si no te ama, no se podrá amar a sí mismo. Según mis cálculos, otra locura, pero más frecuente de lo que la lógica humana es capaz de predecir. Y él será el único de su país, pero el primero de una avalancha de los nuestros en los territorios que rodean su valle.

—¿País? ¿No es un término muy anticuado? ¿Dónde vive, entonces?

—En México.

—¿Qué? —saltó con un calofríos— Recuerdo ese nombre, para estudiar español leí algunos antiguos escritores de ese lugar; pero, desapareció, se lo tragó el espacio cuando todavía existía la idea de país, antes de que se descentralizaron los gobiernos luego de la guerra y el desastre de la década pasada. Es más, según yo ni siquiera fue un país, sino una sola ciudad de ese país. El resto del territorio fue absorbido.

—No, justo cuando escribiste 27, México volvió a aparecer. Podrás ver las noticias luego de nuestra charla y comprobar este extraño suceso. Apenas se están enterando los señores feudales de este asunto. Yo fui el primero en notarlo, cosa que casi retuerce mi funcionamiento.

—¿Pero por qué volvió a aparecer? ¿Por qué se fue en primera instancia?

—Información irrelevante para mi cálculo, sólo sé que por eso, al reaparecer en esta dimensión, de pronto, las probabilidades le dieron a este sujeto la posibilidad de tener un amor de su vida, tú. En su dimensión, era ninguna.

—¿Y por qué se matará? ¿Por qué debo ir a salvarlo si hace sólo unos minutos su existencia era improbable para las ramificaciones de mi vida?

La maquina comenzó una narrativa inverosímil, tanto que se atropellaba de vez en cuando. Según sus cálculos de predicción, ella terminaría la conversación y vería en las noticias que México ha vuelto. Una especie de cosquillas, de sensación de esperanza se formaría en ella ¿Quién era esta persona tan ínfima que, pese a ser fácilmente reemplazable por todos los amantes que tendrá, la quería conocer? ¿Era por una sensación mesiánica de tener el poder para salvarle la vida a otro? ¿Su computadora era Dios y ella una deidad superior al crearla, o una especie de súper mujer o chamana al escucharla? Empacaría sus cosas ¿pero habría vuelos a México? ¿Alguna forma de llegar? La inteligencia artificial le daría las señas de las aventuras marítimas, un tipo de turismo que hacía que zarparas en embarcaciones especiales donde la gente se perdía en ellas por meses, en ellas había la posibilidad de bajar en tierras desconocidas si se quería. Pero le tomaría cuatro días llegar a tierras cercanas antes conocidas como Veracruz, a menos que secuestrara el barco. Ahí se encontraría con dos amores de su vida. Difícil decisión. Iniciar esta aventura junto a esta chica y este chico guapísimos y perderse en millones de aventuras, o ignorarlos. Los ignoraría, y ellos le guardarían un rencor bestial que, por detalles irrelevantes para la inteligencia artificial, causarían otro cambio matemático de probabilidades que cortarían la posibilidad de encontrarse con otros seis amores de su vida.

Pero ella seguiría su camino con seguridad. Bajaría en lo que llamaban México y trataría de viajar hasta donde él se encontraba, pero le tomaría dos días. Tarde, llegaría justo a la calle donde, caminando bajo la lluvia, ahí, el amor de su vida, se había tragado días antes con ayuda de la lluvia unas pastillas que lo mataron. Ella lloró al llegar a ese lugar, como si las gotas sobre su piel le hiciera sentir la caída en el asfalto que su amado experimentó ahí. El hecho de que estuviera en México hizo que fuera imposible que conociera a tres personas que, en un futuro, la llevarían a otros dos amores de su vida que ya no podrían ser.

Entonces, se quedaría ahí, aún sabiendo que ya no lo encontraría, recorriendo una ciudad particularmente extraña para sus estándares, pero con una carga nostálgica en sus muros, por alguna razón tendría recuerdos inexistentes de lo que la relación con ese chico sería.

Luego ocurriría el Edge of Domino, una semana en la que la gente tomaría por iniciativa suicidarse en los territorios foráneos a México. Sería un gran suicidio colectivo que causaría un gran impacto. Tres de sus posibles amores morirían ahí, no porque se suicidaran, sino porque ocurría que con tantos suicidios se incrementarían accidentes colaterales que le costaría la vida a mucha gente. ¿Dije tres? No, quiero decir catorce. Sería verdaderamente un caos en los territorios feudales que culminarán en uno que otro estallido revolucionario, y muchas otras muertes como consecuencia. El narcisismo se volvería contradictorio y, pese a que habría creado poblaciones estáticas que preferían mantener el estatus quo antes que sacrificar la integridad de sus cuerpos, generaría locura en la mente de las personas que se unirían a esta revolución sin temor a morir por… ¿por qué pelearán? Un misterio, sería la primera revolución sin sentido, ahora nadie manipularía los hilos. La gente sólo saldría a matar al extranjero, al otro, al vecino por impulso, así como hacían sus trámites, sus trabajos, su alimentación y sus horas de sueño: el genocidio de hombres sin dirección alguna.

Curiosamente, aunque la mayoría de la población fallecería durante este desastre, el único mexicano que se iba a suicidar en esas fechas será el amor de la vida de Samanta. Cosa que muchos mexicanos no podrán entender. Si bien será un adelantado a su época, también era un extranjero en sus tierras, pues nadie, por lo que sea que hayan vivido durante su desaparición, creerían tan racional el suicidio como sí lo harían en los territorios feudales.

Por esto último, se harían comunes los extranjeros que huirían a México para escapar de la catástrofe y limpiarse de los aires enfermos de su sociedad autodestructiva. Así que algunos programas locales abrirían segmentos de sus programas para entrevistarse con los nuevos y saber cómo había sido el mundo afuera y que opinaban del de aquí adentro. Obvio, Tadeo no será el primero, pero sí el mejor en hacerlo. Llevaría acabo sondeos increíbles gracias a su carisma con la gente y apoyaría a los nuevos extranjeros. Entonces, Tadeo se encontraría  con Samanta, quien vendría de encontrarse con algún uno de los amores de su vida, pero ella no  podría enamorarse de ese también, por alguna razón.

—¿Y usted, señorita? ¿Cómo está?

—Bueno, algo vacía.

—¿Vacía? ¿Qué le hace falta?

—Alguien —diría temblando, odiándose por hacerlo, nunca por ningún hombre o mujer se permitía ser tan vulnerable. Porque eso no es correcto. Pero a estas alturas, ella ya no haría lo correcto.

—Ah, ya veo, viene a buscarse un amor mexicano. Fíjese que varios extranjeros han llegado aquí y han encontrado pareja.

—Yo ya no… sí, yo lo voy a encontrar. A eso vine. A encontrarme con el amor de mi vida —diría sin la sensación de vergüenza ajena que en otro tiempo solía ocurrir.

—Vaya —suspiraría— ¿Sabe?, no se ofenda, pero usted de verdad es muy bonita.

—Ora, Tadeo, eres casado. —intervino el camarógrafo.

—No, no me mal interpreten. Es que mirándola así, como que me dio sentimiento. Como que quiero presentársela a mi amigo. Lástima que lo perdí hace unos días —no podría aguantar el llanto— ¿sabe? Yo no sería nada sin él. Chance y no era tan guapo, un tipo normal. Pero qué listo era y cuántas habilidades tenía. Yo hice lo que pude porque él siempre me apoyó y siempre sin pedirme nada a cambio. “No quiero nada de dinero” me dijo “no tiene sentido para mí”. Esa era su frase, ¿sabe? “¿Para qué?” Nunca se quiso superar o ser más agresivo, decía que no quería pertenecer al sistema, a la sociedad, que no la entendía, que se sentía aparte ¿Por qué jugar un juego que no me interesa? ¿Pero sabe qué lo mantenía con vida? Me decía: “Es irracional y estúpido, pero volví a soñar con ella”. Una mujer en sus sueños que quería mucho como a ninguna viva pudo. Creía que si la conocía a ella quizá podría ver algo más allá de una pila de dominós —sacaré una nota.

—¿Aún con esa nota, Tadeo? —dijo el camarógrafo.

—Esto lo iba a leer en un programa. Le dije que se expresara en el micrófono, que nos leyera esto y quizá alguien llamaría y diría que lo entiende. Quizá así se abriría al mundo y dejaría de temer tanto. Mire, esta es la frase que más me duele.

—Tadeo, quedamos en que esa carta y todo esto no lo contaríamos al aire. Mira, ahora somos el sitio del optimismo, de la buena vibra y el desmadre a diferencia del mundo que nos rodea. Vas a espantar a los turistas —agregó el camarógrafo.

—¿Y no crees que ellos quieren oír esto también? Mire, señorita, ahí está esta frase: “tengo mucho miedo, porque cuando voy a atreverme a algo veo como una columna de dominós frente a mí, y si doy el primer paso, todo se vendrá abajo. Cualquier paso hacia el frente, es un paso hacia la nada. Si tan sólo tuviera a alguien a mi lado que me hiciera reírme del desastre y bailara conmigo en las noches, pero las expectativas no tienen sentido del humor, y eso es todo lo que tengo a mi lado”.

—¿No ves que nos escucha el planeta entero? —gritó enojado el camarógrafo.

—Si esto lo hubiera leído mi amigo en ese primer programa, nadie se hubiera suicidado.

—¿Cómo no? ¿No te acuerdas lo que sigue en su carta? Si por eso se suicido. Se metió toda esa mierda en su cabeza.

—Los que se quieren suicidar no quieren escuchar a alguien que les dice desde arriba que todo está bien con nuestro puto optimismo, quieren escuchar a alguien en el fango con una gota de esperanza, y esta carta lo tenía, lo tenía. Porque…

Tadeo quedó helado, miró de nuevo a Samanta, ahora todo tenía sentido, ese sentimiento. ¿Podría ser la misma chica de los mentados sueños? Entonces, recordaría esas frases cuando lo invitó al programa: “Siento que podría conocerla, ahora sí, que las dimensiones chocaron, es posible conocerla, pero puta, ya estoy muy cansado”.

Luego ella tomaría la carta, un camión y hablaría con una señora desconocida sobre si esa carta, a tiempo y leída ante el mundo, haría la diferencia.

Por suerte, ahora habla con otra señora completamente diferente, muchos días antes, porque luego de escuchar esta narrativa, la inteligencia artificial pudo calcular una cierta serie de procedimientos nuevos, pero se quemó y se desprogramó antes de poder terminar de ajustar y dictaminar las consecuencias de lo que haría, no sin antes mandar a imprimir la carta. Hasta el momento, dicha predicción funcionó, pues en vez de enojar a los amores de su vida en el crucero, les habló desde el corazón. Los que iban en ese crucero iban a suicidarse en un par de meses, serían los primeros en iniciar el movimiento de Edge of Domino. Tal vez por eso les llegó la historia a un nivel irracional, tener esperanza de que algo podría ser diferente. En sólo dos días llegaron a México, y algunos la apoyaron para que sólo tardara dos días en llegar. Claro, se perdió inevitablemente, porque, nuevamente, las consecuencias y los cambios en el tiempo no estaban del todo calculados a la perfección, ya que no estaban en lo que había narrado, ¿o sí?

La mujer que leyó la carta no entendía cómo en tan pocos días Tadeo era tan conocido si apenas estaba empezando y no había oído hablar de ningún programa a extranjeros. Pero en vez de reclamarle eso, al ver sus lágrimas, le dio su opinión de la carta:

—Quien haya escrito esta carta trata de convencerse a sí mismo de que debe morir, pero se nota de que, muy en el fondo, buscaba lo contrario.

Entonces, en el mundo de la acción, llovió, y ella bajó del camión. Tadeo terminaba de hablar con el futuro suicida tras tomar un café y unas crepas cerca de donde ella había bajado. Acordaron que escribiría algo de lo que él siente para el podcast del día siguiente, y él se quedó un rato más, escribiendo dicha carta con lágrimas y una taza de té de manzanilla. Salió del café y, contradiciendo la narrativa, tiró la carta. Samanta vio su espalda. Se aceleró su corazón ¿Por qué amaba esa espalda? No sabía si tras los cambios igual había ahuyentado a todos sus posibles amores de su vida como en la narrativa de la inteligencia artificial. Él sintió un escalofrío y se paró en seco. Ella se emocionó. Le gritó su nombre. Dios, no tenía idea si todo cambiaría, si todo saldría bien y esa carta leída al mundo le daría una razón para no iniciar el Edge of domino, o si ella ya lo había hecho al hablar con los del crucero. Él tenía ya las pastillas en su garganta, las había tragado justo cuando la miró y unas lágrimas de felicidad lo rodearon. Ella lo abrazó con fuerza, sabiendo que ya había tragado las pastillas y, sin embargo, también sonriendo. Entonces, conjugó un verbo sin darse cuenta.

¿Tenemos que compartirlo todo?

Reflexión seria-jocosa y contumaz acerca del libro electrónico

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Por Uriel Iglesias

(Ofrezco aquí una reflexión donde invito al lector que así lo desee, a acompañarme en mis pensamientos (acotados por paréntesis) frente a la exposición. Siéntase libre de brincarse estos paréntesis o léalos hacia sus adentros).

El debate entre los libros electrónicos y libros físicos tiene ya por lo menos un par de décadas y, en distintos momentos, ha presentado tensiones, seguidas de profecías y retractaciones. No sé hasta qué punto se pueda hablar con detalle de esta inquietud generalizada, pero me queda claro que todos han oído hablar algo del tema y todos, de una u otra manera, se cuestionan sobre esto; sin olvidar, ante todo, que se está consultando una publicación en formato digital.

Las opiniones de los tecnólogos y tecnólatras se habían apresurado a inicios del milenio y quizá un poco más adelante, a dar juicios terminantes, y, cual Daniel en la soledad, sentenciaban: el libro físico será substituido sin duda alguna por el formato digital. Inclusive los más entusiastas, mientras se apuraban a quemar incienso al nuevo e-book, precisaban que, quienes poseen (poseemos) muchos libros, se vayan (nos vayamos) acostumbrando a su eventual desaparición so pena de vernos como anacrónicos modelos. E-book, por supuesto, porque las nuevas profecías deben escribirse en inglés. (Algo del síndrome mesiánico muy propio de los Estados Unidos aquél, que proviene desde ciertos personajes que complementan los Testamentos hasta la profética Hollywood reciente, donde, por supuesto, todo ocurre o en un elegante suburbio neoyorkino o en San Francisco, desde Aliens hasta Godzilla). Al paso del tiempo, parece, sin embargo, que esos entusiastas de la tecnolatría han fracasado, pues entre editoriales, con ciertas excepciones, no se ha documentado esa transmigración y, acaso, lo que hay es una cada vez más generalizada ignorancia que no pasa sólo por los libros electrónicos o los físicos. Parece que, como la Bella y la bestia, a la bestia, además de los modales, se le olvidó leer (Me refiero, por supuesto, a la película de Disney) tras diez años de abandono (¿cuánto lleva el debate?). Otros, mucho más moderados, apuntaban una coexistencia entre ambos formatos donde quizá ciertos textos habrían de ser más leídos en un formato, y otros sí habrían de migrar casi por completo al formato electrónico. Tal es el caso de revistas y periódicos cuyo consumo en medios electrónicos ha sido mucho más abundante que el resto de los textos. La pregunta importante es: ¿por qué? 

Siempre es bueno atacar a los tecnólatras (en parte por incumplir el primer mandamiento de la ley de Dios dada a Moisés), pero más allá de esta siempre correcta actitud de señalar el error, hay que ser más concretos. ¿Por qué no funcionó el libro electrónico como se pensó?, ¿qué pasó con los émulos de Isaías, o habrá pasado algo parecido a los caballos de aquél general que confundió cosa por nombre? (Me refiero, con el mero afán de parecer un poco más culto, a la anécdota que narra Cicerón en su brevísimo texto De fato, o sobre el hado, donde discute si es posible predecir el futuro con base en que ya existe de antemano una determinación del mismo. Quienes sean doctos, conocen que la doctrina estoica, que era apreciada por Cicerón, consideraba un camino marcado por la providencia, ante el hado (de donde proviene el nombre del tratadito, tristemente masticado por los dientes del tiempo), el hombre tenía que padecer. De ahí provienen importantes reflexiones morales; sin embargo, me permito referir brevemente al hecho: cierto oráculo vaticinó la muerte a un rey a manos de un caballo. El rey, aterrorizado, ordenó que todo caballo de su reino fuese eliminado para evitar que se cumpliera la profecía, sólo para morir tiempo después aplastado por una roca en un paso llamado El caballo. La enseñanza, cabe aclarar, se enfoca sobre todo en cómo, al obsesionarse con un fin, podríamos terminar cumpliéndolo. Reflexiona así Cicerón hasta qué punto hay un determinismo o si nosotros somos quienes cumplimos ese determinismo al conocerlo. La reflexión ha sido impresionantemente extensa, y muchos autores a lo largo de la historia se han cuestionado estos temas. En el siglo XX, Karl Popper en La miseria del historicismo haría lo propio bajo el caso que, de intentar predecir, el sesgo humano haría que dicha profecía se vuelva realidad y, por lo tanto, sería imposible saber si se cumplió porque efectivamente la profecía era cierta o porque nosotros con nuestras acciones la llevamos a cabo. El tema no es ajeno y se ha tratado en todavía más textos, desde la interesante Historia del futuro, escrita por el jesuita Antonio de Vieira (una de cuyas polémicas, no directamente relacionadas con él, habría de formar la Carta atenagórica de Sor Juana) hasta los horóscopos contemporáneos. Pero he de reconocer que me separo del tema). 

Retomando el punto, es cierto que al principio hubo una exponencial oferta y compras para los libros electrónicos, que, vistos con frialdad, es algo propio de las modas. Mi padre compró hace poco más de dos décadas uno de los primeros libros electrónicos que sólo contenía una versión de Blancanieves. A la larga, la poca memoria y otros dispositivos superaron con rapidez a este primer libro electrónico que mi padre todavía conserva. (Antes de que el lector se haga una idea de mí, no soy una persona tan entrada en años, aunque sí me tocó ver en el cine Toy Story y Titanic, pero, en mi defensa, era pequeño). Yo mismo recuerdo hace alrededor de una década haber ido a una tienda de electrónicos y observar por lo menos cinco marcas distintas de libros electrónicos, de los cuales recuerdo uno que me llamó la atención: la marca Papyre. No recuerdo más, pero con el tiempo todas estas marcas se acabaron. Que me sea conocido, en la actualidad sólo se popularizan el Kindle de Amazon y el Kobo que lo vende sobre todo Porrúa. Es posible que haya muchos más pero al menos están fuera de la esfera de mi conocimiento. 

Ahora bien, los debates no del todo carentes de sentido, apuntaban ventajas a las computadoras, sobre todo en torno a la tinta electrónica en comparación con las incipientes tabletas cuyo desarrollo parece suplir en algunos puntos las funcionalidades de los libros electrónicos; sin embargo, a pesar de sus capacidades superiores, se olvida lo básico: que un libro electrónico sólo sirve para leer, mientras que una tableta, para muchas cosas más. Podría parecer una ventaja mayúscula, pero, si se piensa en segunda instancia, se verá que no lo es tanto. En resumidas cuentas: distrae. Distrae mucho. Si uno lee con confianza y concentración, al recibir el veinteavo aviso de ofertas o el acoso de cierta compañía que no acepta un no por respuesta, se pierde la concentración y, en contraparte, el sentido de la lectura. Luego entonces, se dificulta la lectura. Las tabletas y teléfonos son productores de ruido, distracción y diversión, y, por lo tanto, no funcionan correctamente para la concentración. Es más, diría que son dos de los más importantes distractores, cuya conectividad sirve para todo menos para estar conectados y para leer. (Léanse en este mismo medio las disertaciones de Alberto Domínguez contra las redes sociales para profundizar más en el tema). En suma: más aplicaciones, más tecnología: una afrenta contra la lectura.

Hay otro punto que, paradójicamente, se debe a fallas tecnológicas y es el que podría sorprender al lector: en efecto, el libro electrónico es arcaico. Y es que el libro electrónico, e-book o en tableta, a pesar de su aparente novedad, se fundamenta en principios sumamente antiguos cuya tecnología fue superada por el libro. Me explico: la tecnología del libro electrónico es la misma que usaba el rollo de papiro, no el libro, sea como codex membraneceus, o como libro actual. Es decir: a usted le están vendiendo una tecnología obsoleta por más de milenio y medio, pero como si fuera nueva. (Dirían los críticos al consumo: una rebranding magistral (recuérdese que se tienen que usar conceptos en inglés, de lo contrario quedaría muy outfashioned), ya que, tras mil quinientos años, la patente ha expirado y cualquiera la puede usar). Use usted, lector ingente, cualquier instrumento como este mismo medio electrónico, y verá que tiene que “enrollar” la pantalla, sea para arriba y abajo o para alguno de los lados en el caso de otros formatos. Eso es justamente un papiro, un volumen papyraceus. Es como si alguien le vendiera alimento para caballos a Volkswagen: simplemente absurdo. (En efecto, los caballos de fuerza de los carros, me enteré bastante tarde en mi vida, no se refieren a caballos en sí, aunque hay una relación en origen).

La razón por la que éste dejó de usarse se debe a tres principales problemas: el primero es la naturaleza propia del papiro, que es difícil de conseguir, al ser sólo endémico de Egipto y que su material lo vuelve frágil al pasar cierto tiempo, y fuera del clima árido se torna muy difícil de conservar. El segundo es su capacidad material, que lo vuelve vulnerable y poco práctico para cargar obras voluminosas, además de ser difícil de guardar y muy espacioso, ya que requiere una cobertura, parecida a una urna, cilíndrica que impide aprovechar su almacenamiento en pleno sentido. Por ejemplo: hay un debate por las muy distintas cifras en torno a la cantidad de libros que contenía la Biblioteca de Alejandría. Algunos sin duda eran papiros y otros libros, pero la disputa radica en si son volúmenes, es decir, número de rollos, u obras como tal. (Para que se entienda mejor: una obra como la Ilíada, que contiene veinticuatro cantos cabía típicamente en un solo libro. Por supuesto, si contiene un comentario puede ser en muchos más, pero en estricto sentido se puede imprimir en un solo volumen, inclusive en forma bilingüe, tal y como aparece la versión de Rubén Bonifaz Nuño en la UNAM (La primera versión apareció en dos hace ya un cuarto de siglo, pero a partir de la segunda se puede encontrar en uno solo, grueso, eso sí, pero uno solo.) Esta misma obra, en el formato antiguo, se encontraría en veinticuatro rollos, ya que un rollo de papiro no puede ser demasiado extenso, so pena de romperse. Para que se me entienda: ponga veinticuatro ollas volteadas y verá el tremendo espacio que éstas ocupan. Se explica así, por qué se prefirió paulatinamente un cambio.) 

La tercera y última razón (y acaso la más importante) radica en que son obras de difícil consulta. Las dos primeras podrán objetarse y en su engrandecimiento tecnológico estarán resueltas, por lo tanto serían poco efectivas en el debate que aquí propongo: el libro electrónico las ha superado con creces, pero no la tercera. El papiro complicaba la consulta porque no podía hacer uso de un objeto sencillo: el separador. (En efecto, este pequeño instrumento que se obsequia en muy variados lugares, contiene la razón para refutar al libro electrónico). No se podía usar porque la propia estructura del papiro al ser doblado perdería el separador y, más bien, podría romper el material si se utilizara un separador que se adhiriera al rollo. (Compare, por ejemplo, las hojas múltiplemente engrapadas y desengrapadas, sobre todo para efectos de burocracia que la gente suele llevar en sobres manila o de plástico, importados por filibusteros chinos y cómo se preservan arrugadas, imperfectas y feas a pesar de tener un uso muy corto). Pero no sólo es la señal en sí, sino la facilidad para brincar entre páginas y hacer, oígalo bien: una lectura interactiva. Es decir, que la computadora no es interactiva, pero el libro sí. Así es. Haga usted, afamado lector, este experimento: agarre un libro que tenga enfrente, el que sea. Sosténgalo con la mano izquierda y con la derecha utilice los cuatro dedos para separarlo en cuatro lugares distintos. Una vez con el dedo puede ir de una a otra página de forma inmediata. Ya si quiere utilizar al máximo, puede usar separadores, desde los sencillos hasta los imantados y separar varias páginas. Esto es más evidente en el uso de los misales y los breviarios, donde normalmente hay varias tiras para poder ir y venir entre el ordinario, el tiempo, el santoral, las oraciones, el propio del tiempo y las distintas rúbricas, pero se aplica para casi cualquier libro, sobre todo aquellos que contienen notas o comentarios al final, lo cual nos da una lectura en varios sentidos sólo por su materialidad, al cual podremos aplicar otros tantos sentidos, sean meras notas personales, sean subrayados tenues con lápiz (pues quienes subrayan con marcatexto en libros y sobre todo libros de biblioteca merecen ser ahorcados, ahorcados y arrastrados por cuatro caballos) o sean los sublimes quattuor sensus ex Scriptura, como enseña San Buenaventura en su décima tercera colación al Hexamerón. (Que, dicho sea de paso, no es sólo una teoría de lectura, sino que la expone en función de la separación entre Iglesia Militante e Iglesia Triunfante, como recordará el lector cuando en su catecismo se comentaron los últimos artículos del Credo que corresponde a la primera parte del catecismo en sí. Es decir: implica comprender su sentido y su acción que, como miembros de la Iglesia Militante, debemos). 

(A propósito de los comentarios de las obras, pienso, por ejemplo, en las obras de Sor Juana Inés de la Cruz editadas por el padre Méndez Plancarte, cuyo extenso y erudito cuerpo de notas se apunta al final. Permítaseme hacer una diatriba: debo decir que lamento en buena medida la substitución del primer volumen por parte de Antonio Alatorre en las ediciones canónicas del Fondo de Cultura Económica. Es cierto que la filología en torno a Sor Juana avanzó desde la edición de Méndez Plancarte, pero no la erudición, que fue substituida por los socarrones comentarios, mínimos en muchos casos, de Alatorre y su muy vergonzoso conocimiento de filosofía que contrasta con la del padre Méndez Plancarte. ¿No acaso se podría haber realizado un punto medio, es decir, incorporar al trabajo del anterior, en vez de sacar sólo una versión omitiendo todo lo que hizo Méndez Plancarte? Me lamento de esto. En este caso, sin embargo, hay un problema que es lo invasivo del comentario, que es la razón por la cual la interactividad del libro funciona mejor. En la edición de Méndez Plancarte, éstos se leen al final, así que uno puede disfrutar del poema y si quisiera un apunte, irse al final. Pero, al tener el comentario molesto de Alatorre a pie de página donde se mezcla desde las variantes textuales y las enmendaciones hasta uno que otro interpretativo, sobre todo con referencias obscuras. En suma: termina uno odiando la entrometida voz de Alatorre). 

Por otra parte, el libro, el codex membraneceus nos da una facilidad para darle un uso mucho más completo al libro en cuanto objeto, ya que puede cambiar de sección de libro en cuantas secciones guste usted, darle circularidad y no perder de fondo el hilo de lo que uno está leyendo. O, si así lo prefiere, puede leer un libro en un solo sentido. Hay libros que lo permiten así, otros que lo demandan y otros que requieren ir poco a poquito y dejar un separador para regresar tiempo después. Nada de eso se puede hacer fehacientemente con el papiro que nos proporciona una lectura lineal. Esto no se puede hacer ni con un papiro ni tampoco con un libro electrónico. Es cierto que uno puede hacer marcas, pero jamás darle esa circularidad. Esto es un defecto de origen que, si bien la tecnología ha tratado de corregir, no puede cambiar todo de inmediato porque está comprometido su principio, y éste, por mucho que se aminore, perfeccione o modifique, no cambia substancialmente las formas que pueden generarse a partir de él.

Por otra parte, hay un aspecto de materialidad que rara vez se toma en cuenta. Libros hay de muchos tamaños, formatos, tipos de letra, caja de texto y demás que tienen una función concreta. Inclusive, el uso de la caja de texto y la ruptura de los párrafos, para una mejor lectura es un proceso gradual para leer mejor. Roger Chartier apuntaba que la famosa biblioteca azul de libros, una editorial popular, popularizó el uso de párrafos más pequeños para que fuese más sencillo leerla como parte de la revolución de la Modernidad. La observación es correcta, aunque la conclusión no. Como buen francés, él parte de que todo surgió en Francia y en la Modernidad, en lo que yo llamo la modernitis, una enfermedad muy grave y para la cual no hay muchos médicos que la curen. La morbilidad consiste en que el mundo se inventó en algún punto de la modernidad, en la imprenta o en Francia, o en los tres si se puede. Yo como no soy francés y estoy más cerca de Zacazonapan (y de los lugares que narra la canción de Antonio Zamora) que de París y mi maestra de geografía me hizo aprenderme muchos países con sus capitales, conozco más del mundo, al menos en memoria. A esto agréguese que tampoco comparto las tesis de la modernitis, y que estoy más cerca de Joseph de Maistre, el honroso contrarrevolucionario, que de Chartier, y creo y quiero decir algo desde estas humildes palabras. (Quejaránse de esto algunos de esta situación, pero algo de lo insular puede dar frente a la gran capital. Recuerdo que una profesora atribuía a cierto jesuita expulsado (¿Clavigero, Cavo? No lo sé) los versos: “Prefiero Tacubaya, pueblo inmundo/ a Roma, capital del mundo”. No he encontrado la referencia, pero así está conservado en mi cuaderno y, como no le daré derecho a réplica a la maestra, tendrá que tomarse por bueno. Seguramente la cita es falsa o por lo menos inconclusa, ya que no suelen los poetas combinar el endecasílabo con el eneasílabo. Lo arreglaría así: “Prefiero Tacubaya, pueblo inmundo,/ por sobre Roma, capital del mundo” para que se balancee el dístico, pues no hay cosa más triste que un verso “mal contado”. (Permítase aquí también aquí enmarcar mi desprecio a los autores de verso libre. No es personal, pero sí profesional mi oposición)). Esta tendencia se observa desde los manuscritos. El corazón de Chartier se detendría si supiera de la existencia del Manual de Dhuoda, una noble mujer que escribió un manual, un librito chiquito, para que su hijo estudiase los fundamentos de la teología por allá del siglo IX. (Dhuoda estuvo relacionada en los escándalos palaciegos de Luis el Piadoso, hijo de Carlomagno). Ojalá, por su salud, nunca lea este texto, pues ya es un hombre mayor. Pero lo cierto es que libros pequeños o grandes o más adornados o más sencillos tienen una razón de fondo y la misma materialidad nos indica cuál es la finalidad del propio libro y preexisten a la imprenta, y a la barbarie asesina y misantrópica que fue la Revolución Francesa. No en balde los libros de arte son grandotes y algunos se pueden llevar en la mano. Depende de la materia que traten, porque ésta depende ciertos fines. Considere este caso: va a llevar un escritorio de un lugar X a uno Y.  ¿Qué hace, agarra cualquier carro o se fija antes en uno que pudiese tener potencialmente la posibilidad de que quepa sin lastimar el mueble? Debe, entonces, adecuarse a la propia necesidad.

(Nota bene: ésta es la razón por la cual cuando usted entra en una librería tradicional, lo recibirán los libros de arte. No tanto por la belleza o porque usted empiece por la parte gráfica, sino porque es grande y pesado, y en nuestro país, tan noble y único, existe una raza que viene de no sé dónde y que tienen varios nombres: los cacos, rateros, ratas o demás, así que hay que protegerse porque la justicia conmutativa no funciona mucho. (Dicen algunos: “Lo mejor de México es su gente”). Haga usted la cuenta: un libro de arte es mucho más difícil de robar. Inclusive para eso nos sirve la materialidad. Un libro electrónico, siempre es igual, no se ostentan estas diferencias.)

Otro tema de fondo es el proceso de aprendizaje mismo. Sin entrar en el debate epistemológico de fondo, el aprendizaje y como lo pueden atestiguar el grueso de quienes educan jóvenes (donde me incluyo), se comprueba el adagio escolástico: nihil in intellectu quod non praeter in sensu (No hay nada en el intelecto que no pase antes por los sentidos). Existen aquí algunas precisiones, pero para no entrar a los pormenores de la sutileza filosófica, implica que, en cuanto a hombres, tenemos cuerpo. Puede usted comprobarlo si se pellizca un brazo o si golpea su cabeza frente a una pared. Este punto nos lleva, en segundo lugar, a que el cuerpo sirve para algo. Seguramente usted lo ha sospechado, independientemente que sea torpe como yo para el deporte, pero hay algo de funcionalidad en el mismo. Y, tercer punto: ese cuerpo es nuestro contacto con el mundo. Es, si usted quiere, un contacto problemático, pero existe y es nuestro medio de conocimiento. No en balde, a los niños se les enseña a partir de elementos concretos que puedan tocar, babear, aventar, y luego percibir y después abstraen: pueden los niños ver dos manzanitas, tocarlas y a partir de ahí aprender el concepto de los números, que es abstracto. Enseñar directamente los números significaría un fracaso en la formación, porque no se rompe el ciclo de aprendizaje, así de sencillo. Y esto no queda únicamente confinado a los niños, sino que también entre los adultos es necesario. 

Esto tiene muchas consecuencias, por supuesto, el primero es el fracaso y error de todos (así es, todos) los racionalistas desde Descartes hasta la fecha (es duro de escuchar, sobre todo para los seguidores de Descartes y otros racionalistas, pero deben saber que estaba equivocado y que dedicarle más tiempo de estudio no aligera los errores, como tampoco podrán salvarlo de éstos), lo cual no es raro, y, en segundo lugar, la resolución de los problemas en torno a problemas tales como la consciencia. Es decir: si usted pensaba que podía salvar sólo su cerebro y consciencia y congelarlo en alguna elegante carnicería para que en un futuro pusieran ese cerebro en un robot o en un trozo de carne motorizado, lamento decepcionarlos, pero no se puede ni se podrá. (Cfr. La película Robocop donde el agente Murphy es una excepción). 

Detrás, además, de estos debates, hay una cierta postura, llamémosle por facilidad y sin demasiado compromiso, racionalista (de ratio, organizar), el cual podría y, a menudo desemboca en un deshumanizar al hombre y pretenderlo una máquina. La irrupción tecnológica ha sido brutal en todos los aspectos, y un tema obsesivo para ser tratado por cuantos textos se encuentren y opiniones, y, sobre todo, en su aplicación educativa. Y ante esto se han desplegado preguntas que no se alejan mucho de lo que aquí estoy planteando, tales como: ¿Se debe involucrar a los niños, a los jóvenes en el conocimiento oculto de la computadora o no? El proceso de llegar a objetos abstractos e irreales, como los que aparecen en la computadora en vez de lo concreto ha generado grandes distorsiones y, no sólo dentro de la esfera de cosas concretas, sino más allá. Los buscadores que indudablemente auxilian para encontrar de forma rápida algunos datos, son muy eficaces para esa finalidad, pero, en contraparte, presentan una terrible desventaja: elimina la necesidad de revisar con más detalle en, por ejemplo, una enciclopedia. En consecuencia, se deja de leer el texto en búsqueda sí de un dato concreto, pero también el trabajo para poder llegar al mismo y, por tanto, el proceso de conocer se vuelve exclusivamente utilitario y, por lo tanto, limitado. 

He procurado a algunos alumnos la búsqueda en enciclopedia de papel no tanto por los datos que podrían encontrar con mayor velocidad en cualquier navegador, sino para que aprendan, desde el momento de buscar correctamente la letra en la cual está el artículo que necesitan, hasta pensar cómo funciona éste y qué partes del artículo son útiles o no y lo difícil que es encontrar un dato preciso. Ya un segundo punto mucho más deseable es la lectura de las fuentes que lo sustentan: he aquí donde se desarrolla el conocimiento. Desde el inicio hay objeciones porque el alumno cree que mi intención es que aprendan datos, pero se equivocan: quiero que se tarden, quiero que no encuentren, quiero que lean y que, acaso se pierdan, se equivoquen, vuelvan a rectificar y acaso encontrar otro artículo que no habían pensado que estaría y que, ojalá, les llamase la atención. Muchas veces a los profesores no interesa el resultado tanto como el proceso para llegar a él, por desaseado o caótico que pudiera pasar. Quizás el resultado sea correcto, pero el proceso no y eso implicaría que, de volver a dejar un ejercicio parecido, lo que fue en uno acierto, en otro un error llegaría a ser. En cambio, la búsqueda de un proceso correcto, aunque yerre el resultado, evaluará que, en otro momento, se comprenderá el tema y, por lo tanto, cuando cambie la finalidad, el aprendizaje quedará. 

Planteo así, de fondo que buscar o seleccionar la tecnología con exclusivos criterios de practicidad es completamente errado. Es cierto que muchos procesos se pueden acelerar y corregir con indudable acierto, pero también existe un arte en la lentitud, pues de lo contrario sólo pasaremos a un cambio de mera acreditación donde todos fingimos hacer las cosas y los demás fingen preocuparse por las mismas. Por eso debo reclamar la urgencia de eliminar los argumentos simplones de la tecnología en los libros y también orillar a que se reflexione que, en muchas ocasiones, la tecnología, por muy innovadora, puede ser proporcionalmente obsoleta.

Así pues, el libro electrónico y su tecnología papirácea es, reitero, como venderle alimento para caballos a Volkswagen, que no usa caballos reales para que sus coches arranquen. El tema es que, como ya se ha perdido esta reflexión y una hojeada a la cultura universal, entonces se asume una especie de tabula rasa y, por lo tanto, se comete una estafa al vender algo obsoleto cual si fuese nuevo. Puedo así concluir con lo evidente: erraron los tecnólatras. Y eso es bueno.

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Nota del editor.- A este ensayo, en realidad, el autor le dio un título un poco más largo, que dice así:

Reflexión seria-jocosa y contumaz acerca del libro electrónico, o sobre cómo venderle alimentos de caballos a Volkswagen, en la que se trata de temas variados que tienen como elemento común la lectura y los títulos extensos que escribió un viandante del antiguo reino de la gran Anáhuac mientras esperaba a que se enfriaran las tortillas antes de comer los sagrados alimentos sobre mesas cubiertas de manteles de plástico usualmente entre la sexta y nona hora donde, según el Breviario, se da gracias ante el sudor de la frente

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