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Humanismo cristiano y trabajo

Humanismo cristiano y trabajo

Que el cristianismo ha supuesto una toma de conciencia sobre el valor del trabajo queda fuera de toda duda. Quizá la referencia más clara a este tema en la Escritura, se encuentre en la tradicional versión vulgata de la Biblia -la que fue compilada por san Jerónimo, y que se usó en la Iglesia Católica hasta 1981-, cuando afirma -cito primero en latín y luego traduzco, por estar redactada esta versión en el original en esa lengua- Homo nascitur ad laborem, et avis ad volatum”. “El hombre nace para trabajar y el ave para volar” (Job 5, 7. Vg).

Esto es así por designio originario de Dios, ya en el Génesis, el primer libro de la Biblia, antes de que el hombre cometiera el pecado original, se consigna con claridad: “Tomó Yahveh Dios al hombre y le dejó en el jardín del Edén, para que lo trabajase y lo cuidase” (Génesis 2, 15).  En el Nuevo Testamento, por su parte, también hay referencias sustanciales sobre el valor del trabajo, la más importante, y un tanto misteriosa, todo hay que decirlo, aparece en el evangelio de san Juan, capítulo 5º, versículo 17: “Mi Padre trabaja siempre, y yo también trabajo”. ¿Por qué es importante esta referencia? Porque nos señala al trabajo como un medio para identificarnos con Dios. Jesús afirma con claridad que Él y el Padre siempre trabajan. Los años de vida oculta de Jesús (la tradición nos dice que fueron 30), son más que elocuentes: Jesucristo dedicó la mayor parte de su vida a trabajar, a desempeñar un sencillo oficio manual, de forma que era conocido como “el hijo del Carpintero”, lo que denota cómo san José tenía prestigio profesional en su pueblo. Jesús nos estaba salvando y redimiendo mientras trabajaba, no “a pesar de su trabajo”, sino precisamente “con su trabajo”.

San Josemaría Escrivá de Balaguer

Para el cristiano, pensar en el trabajo de Jesús, es un rico filón espiritual; de hecho, hay toda una “espiritualidad del trabajo”, según la cual, el trabajo es un medio a través del cual el hombre puede alcanzar la unión con Dios, mientras se perfecciona a sí mismo y al mundo que le rodea. Es decir, no es sólo una especie de “terapia ocupacional” o un medio para transformar el mundo; ni siquiera, únicamente, la forma de sacar adelante, honradamente, a una familia. Es eso, pero es mucho más, se configura como la forma de cumplir la misión que Dios nos ha dado de transformar el mundo y dirigirlo a su plenitud. Por eso el trabajo adquiere una “dimensión vocacional”. Quizá quien ha desarrollado más profundamente esta espiritualidad del trabajo en el mundo contemporáneo sea san Josemaría Escrivá. El cual tiene palabras verdaderamente inspiradas e inspiradoras al respecto, como las siguientes:

“El trabajo nace del amor, manifiesta el amor, se ordena al amor. Reconocemos a Dios no sólo en el espectáculo de la naturaleza, sino también en la experiencia de nuestra propia labor, de nuestro esfuerzo” (Es Cristo que pasa, n. 48).

Resulta revolucionario por dos motivos: en primer lugar, por vincular el trabajo al amor, es decir, a la actividad más sublime del hombre. Descubrir cómo, en el fondo, es el amor el motor del trabajo. De esta forma podemos decir, sin temor a equivocarnos, que alguien que ama su trabajo tiene uno de los ingredientes más importantes para ser feliz en la vida. En segundo lugar, y en esto es un pionero en la espiritualidad de la Iglesia, porque ofrece en el espectáculo de nuestro propio trabajo, de nuestro esfuerzo y nuestro cansancio al realizarlo, un modo privilegiado de “contemplar a Dios”, de descubrirlo. Ya no sólo podemos ver a Dios en el espectáculo de un atardecer, del mar o la montaña, también podemos descubrirlo en nuestra labor cotidiana.

En la misma línea hilvana el Papa Francisco su propuesta espiritual, al alcance de todos. Así, el 1 de mayo de 2020, decía en la homilía de la misa de san José Obrero:

“Y el trabajo es lo que hace al hombre semejante a Dios, porque con el trabajo el hombre es un creador, es capaz de crear, de crear muchas cosas, incluso de crear una familia para seguir adelante. El hombre es un creador y crea con el trabajo. Esta es la vocación… Es decir, el trabajo tiene en sí mismo una bondad y crea la armonía de las cosas – belleza, bondad – e involucra al hombre en todo: en su pensamiento, en su actuación, en todo. El hombre está involucrado en el trabajo. Es la primera vocación del hombre: trabajar. Y esto le da dignidad al hombre. La dignidad que lo hace parecerse a Dios. La dignidad del trabajo”.

Papa Francisco

Francisco frecuentemente vincula la noción de “trabajo”, con la de “dignidad”. Dicho de otro modo y abruptamente: la gente no necesita solamente dinero, necesita saberse útil, aportar a la sociedad, desarrollar su creatividad, crecer como persona; y esto lo consigue a través de su trabajo. Por eso resulta profundamente humanista la valoración cristiana del trabajo, pues contribuye determinantemente para que la persona humana fundamente y desarrolle su dignidad, es un ingrediente indispensable de su propia felicidad.

A veces se nos presentan paraísos ideales en los que no trabajamos. Es la distopía del futuro donde todo lo harán las máquinas, la inteligencia artificial. Nosotros nos dedicaríamos exclusivamente al ocio, a descansar. Hay algunos elementos de verdad en estas propuestas: el ocio permite pensar, dedicarse a la contemplación; todos necesitamos del merecido descanso. Pero una vida sin trabajo, al final del día sería aburrida, abominable, vacía de sentido. Por eso, hoy más que nunca, ante los desafíos de la inteligencia artificial y la robótica, que amenazan con volvernos superfluos o prescindibles, es necesario reivindicar el trabajo como elemento primordial de la dignidad humana. ¿Qué quiere decir eso? Que debemos “dinamitar” la distopía, para construir, hasta donde sea posible, la “utopía”, es decir, el mejor mundo posible, uno de cuyos elementos primordiales, es la capacidad de aportar al mundo e intervenir en la sociedad, de crear a través de nuestro trabajo.

Trabajo en equipo

La sociedad enfrenta entonces un doble desafío. Por un lado, en el mundo altamente industrializado, no suprimir el trabajo humano, no declarar superflua y superada la creatividad humana, por la inteligencia artificial, la robótica y la automatización de los procesos. En el mundo subdesarrollado, en cambio, el panorama presenta varias dificultades acuciantes: crear fuentes de empleo para todos, remunerarlas suficientemente, proporcionar el justo descanso. De hecho, todavía hay mucho trabajo infantil, muchas condiciones laborales infrahumanas, muchas formas veladas de esclavitud, y una gran carencia de empleos, tanto para jóvenes como para personas maduras. Todo esto ofrece un panorama desesperanzador y agudiza la división existente en el mundo.

Por eso, para contribuir a consolidar la dignidad humana y que ésta no sea letra muerta, papel mojado, ideal irrealizable, resulta imprescindible realizar una profunda reflexión sobre el papel del trabajo en la vida y en la sociedad humana, por un lado. Por otro, acoger el desafío de crear fuentes de trabajo acordes con dicha dignidad, en el que cada persona pueda aportar algo de su personal creatividad e ideales. La tecnología debe confluir entonces en ese sentido, para facilitar el desarrollo del trabajo, no para suprimirlo porque, de nuevo, si se suprime, se cercena una importante dimensión humana, atentando ello contra el auténtico humanismo.

Por eso, la reflexión filosófica y teológica sobre el trabajo debe acompañar acompasadamente a la evolución del mismo gracias a la ciencia y la tecnología. Se precisa entonces de un diálogo interdisciplinar entre ciencia, tecnología, filosofía y teología, para construir un futuro con trabajo, que permita al ser humano desarrollar todas sus capacidades y alcanzar su plenitud humana, su felicidad en una palabra. En ese desafío improrrogable nos encontramos inmersos en la actualidad.

Bronze sculpture called Cumil (The Watcher) or Man at work, Bratislava, Slovakia
¿Tenemos que compartirlo todo?

¿Tenemos que compartirlo todo?

Por Mauricio Valdez

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Pertenezco a una generación que fue educada con la idea de que tenemos que hacer la diferencia en el mundo, ese es el espíritu del tiempo que nos ha tocado vivir.

Crecí en una familia tradicional y asistí a un colegio católico; y me acuerdo de varias veces en las que destaqué en alguna actividad o demostré algún talento y escuchaba interpretaciones aplicadas de la parábola de los talentos (Mateo 25:14-30). Recuerdo sentirme presionado y sentir casi una obligación por poner esos talentos al servicio de los demás y en la construcción del Reino de Dios porque no quería ser como aquel que enterró sus talentos. No quería ser un cobarde al que le quitaran sus talentos para dárselos a otro.

Este pensamiento se llevó a un extremo, sobre todo por los que yo considero malos formadores: el niño canta bien, entonces que cante en el coro de la iglesia porque sino está enterrando sus talentos; el niño dibuja bien, entonces que pinte arte cristiano porque sino está enterrando sus talentos; el niño habla elocuentemente, entonces que predique en los retiros de la parroquia porque sino está enterrando sus talentos; y así podríamos continuar con ejemplos y llenar varias páginas.
Creo que podrás estar de acuerdo conmigo en que esto es una mala interpretación de la parábola de los talentos, quizá hasta convenenciera, pero cuando era niño no era tan evidente.

Pasaron los años y aunque nunca fui un niño que obedeciera en todo y siempre cuestioné a los que me formaban, algo de aquella malinterpretación se quedó en mi inconsciente y no sabía por qué cuando aprendía algo sentía una necesidad inmediata por enseñarlo. El auge de las redes sociales, especialmente Twitter, no ayudó nada. Cada vez que leía algo, así fuera un capítulo de 10 páginas de un libro sentía la necesidad de compartir una idea en Twitter para olvidarla antes de poder hacer algo con ella que le sirviera a alguien más.

Después de muchos años me di cuenta que por ahí no iba la cosa, que no tengo la obligación de enseñar o compartir un concepto o una idea apenas entra en mi cabeza, y mucho menos sin antes haberla procesado y aprendido bien, porque es evidente que el aprendizaje es mucho más complejo que leer 3 páginas (a veces ni eso).

Foto: Sanket Mishra.

Un día me di cuenta que el uso excesivo de las redes sociales me distraía más de lo que me ayudaba; aprendí que hace falta tener momentos de reflexión para procesar lo que aprendemos durante el día, utilizar nuestro cerebro para conectar puntos, atar cabos, generar ideas, procesar y comprender.

Hice una pausa, dejé de usar redes sociales por un tiempo largo y cada vez sentía menos la necesidad de compartir cada cosa que hacía. Pude disfrutar algo tan simple como armar un rompecabezas que al final iba a volver a desarmar y escribir en una libreta que nadie iba a leer, que aunque parezcan actividades tan simples no sabía por qué tenía años sin hacerlas. Quizá algún rezago inconsciente de esa parte de mi formación, quizá combinado con la llegada de las redes sociales con la ansiedad que generan, las constantes comparaciones y la necesidad de compartirlo todo como si eso evitara la pérdida de los recuerdos y la memoria. Estos efectos no sólo los he notado en mí, también los observo en mucha gente de mi generación y sobre todo en los más jóvenes.

Después de este detox de inmediatez, empecé a notar cada vez más lo mucho que opina la gente sin tener conocimiento de los temas, sin citar a nadie, realmente sin conocer. Cada vez sueno más anciano cuando digo cómo me preocupa que los jóvenes por esa necesidad de querer hacer una diferencia hablan de temas que no conocen con una autoridad que no le vi ni a Aristóteles.

No pretendo criticar a nadie, porque los entiendo, yo también sentí esa necesidad de aportar algo, también sentí que sino opinaba del tema de moda estaba enterrando mis talentos, que iba a pasar por este mundo sin pena ni gloria; sé que no es su culpa, y también sé que el hecho de que eso se haya exponenciado no es porque vengan con otro chip o porque esta generación venga “revolucionada”, es porque las herramientas que usan para consumir contenido y para crearlo han sido perfeccionadas al grado que la polarización de ideas ha llegado a unos extremos que nunca creí ver.

Hoy tengo la oportunidad de ser docente de la materia de Comunicación en una Universidad para alumnos de aproximadamente 20 años, y por la naturaleza de la materia hay varios trabajos en los que tienen que hacer un video explicando cualquier tema que les interese. Muchos hablan de algún deporte que practican o algo de arte que conozcan, pero observo que muchos se van por la crítica social. Quieren concientizar a la sociedad de una postura que tienen sobre un tema importante, y noto la polarización, poco pensamiento crítico, poca argumentación y mucho adoptar la postura del influencer que esté de moda como si fuera propia, sin haberla analizado realmente.

Mi trabajo es retroalimentar sus habilidades de comunicación, dicción, tono de voz, manejo de nervios, etc. Me abstengo de enfocar mi aportación en el contenido ya que no es mi papel, pero a veces no encuentro las palabras para recomendarles analizar más, pensar más, formarse un pensamiento propio, ya que creo que lo pueden tomar como otra polarización opuesta a una postura que ellos creen está formada. Además no quiero proyectar mis propios traumas en ellos diciéndoles que no tienen que opinar de todo lo que está de moda y no pasa nada si leen más y escriben menos.

Creo que también es parte de mi propio proceso no tener que aportar algo cuando no me toca, un poco quitarme esa presión de pensar que si no les digo algo estoy pecando de omisión, quién sabe, igual y yo soy el que está equivocado.

El pensador, Rodin. Expuesto en la Plaza Mayor de Cáceres. Foto: Jesús Castillo.

Aunque he experimentado mucha paz en no opinar sobre todo, no publicar todo lo que hago y vivir mi día a día sin documentar todo, también a veces me pregunto si no compartir absolutamente nada y no opinar de absolutamente nada sea un extremo del que me tengo que cuidar, y la respuesta la encontré en Aristóteles, precisamente en temas como el vicio, la virtud, y la prudencia. Y lo voy a citar a continuación.

“La virtud es, por tanto, un hábito selectivo, consistente en una posición intermedia para nosotros, determinada por la razón y tal como la determinaría el hombre prudente. Posición intermedia entre dos vicios, el uno por exceso y el otro por defecto”.

Aristóteles, Ética a Nicómaco.

Sí, yo sé que Aristóteles no nos da la respuesta a cada situación concreta en la que podamos encontrarnos en un dilema moral, pero sí que nos enseña un principio que nos toca a nosotros aplicar a cada caso particular.

Es importante buscar siempre el punto intermedio, y mientras escribía eso noté una contradicción, porque “siempre” no es un punto intermedio, pensé en borrarlo pero mejor evidencio mi propio error para que tú como lector no tomes todas mis palabras como verdaderas.

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Desafiando las sombras de la posverdad: La lucha por la democracia en la era de las fake news

Por Gustavo Hernández Martínez

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El crecimiento exponencial de las fake news y la prevalencia de la posverdad en la era digital han generado una severa crisis que está minando severamente los cimientos de las democracias e incluso de la gobernabilidad en todo el mundo. La verdad como principio y criterio de la justicia y la ética atraviesa una crisis sin precedentes, puesto que la masiva producción de narrativas sin correlatos en la realidad son una peligrosa fuente de ficciones. Por tanto, hablar de posverdad, es hablar del imperio de la confusión y la oscuridad. Donde la realidad es un accesorio prescindible, cada sujeto puede fabricar su realidad o hacerse súbdito de un espejismo con fervor religioso. Las democracias mueren en la oscuridad, versa un famoso y acertado slogan.

Lo terrible es que como expone el escritor argentino Cristian Vázquez (2016):“Muchas personas se empeñan en creer en las citas erróneas por una sencilla razón: es una forma de lograr que los escritores más prestigiosos digan cosas que nunca dijeron, pero que suenan bien”.Lo peligroso de la tendencia es que la cultura de nuestra era se está fraguando en la densa oscuridad fundacional de la posverdad, como metáfora del mito de la Caverna que explica la oscuridad creada por las fake news.

En el Mito de la Caverna se describe a prisioneros encadenados en una caverna que solo pueden ver las sombras proyectadas en la pared frente a ellos. Estas sombras, creadas por objetos detrás de ellos y una fuente de luz, representan la única realidad que conocen. Cuando uno de los prisioneros es liberado y ve el mundo exterior, se da cuenta que las sombras eran solo una ilusión y que existe una realidad más amplia y auténtica.

En el terrible mar de las fake news y la posverdad, las sombras en la caverna podrían representar la desinformación y la manipulación de la realidad, mientras que la luz exterior simboliza la verdad y el conocimiento. Un éxodo hacia el sol que ilumina toda oscuridad. La lucha por liberarse de las cadenas y salir de la caverna es análoga a la lucha por la verdad y la objetividad en la era de la posverdad.

Alegoría de la Caverna de Platón. Museo Británico.

Las tinieblas de la desinformación, la confusión y el caos que engendra la posverdad, son peligros que deben combatirse y aunque no hay fórmulas ni recetas milagrosas, la formación de la razón y el pensamiento crítico son factores determinantes para la comprensión objetiva del mundo. Para enfrentar este desafío desde la gobernanza, es necesario abordar varios aspectos clave:

  1. Educación mediática y digital: Es necesario que gobierno y sociedad contribuyan al desarrollo de mecanismos que formen a los ciudadanos para discernir la veracidad y confiabilidad de la información que consumen en la red, desarrollando habilidades de pensamiento crítico y comprensión de la ética periodística.
  • Cooperación entre actores clave: Gobiernos, organizaciones de la sociedad civil y plataformas tecnológicas deben colaborar para combatir la propagación de fake news y desinformación, implementando leyes, regulaciones y herramientas tecnológicas apropiadas. Se debe legislar al respecto, se deben establecer candados regulatorios que, respetando la libertad de expresión, generen transparencia en el manejo de la información.
  • Prácticas periodísticas éticas y transparentes: Los medios de comunicación deben comprometerse con la independencia editorial, la diversidad de voces y la integridad en la presentación de la información, ofreciendo contenido basado en datos y evidencias objetivas. La ética de los medios es indispensable, como indiospensable es que la demanda de de fake news, pueds disminuir.
  • Promoción del diálogo y la deliberación: La creación de espacios para discusiones constructivas y respetuosas entre diferentes sectores de la sociedad puede ayudar a contrarrestar la polarización y a desarrollar un consenso en torno a los hechos y realidades compartidas. La verdadera democracia se construye en el diálogo y el accontability, en el momento en que los ciudadanos cuestionan seriamente a sus gobernantes y estos son capaces de responder con verdad, no con demagogia esquizofrénica.
  • Adaptabilidad y cambio: Siguiendo el pensamiento de Bauman, debemos adoptar un enfoque proactivo y flexible para enfrentar la posverdad y las fake news, adaptándonos continuamente a medida que evoluciona el panorama de la información.
“Sólo los estados totalitarios necesitan un filtro de carga”. Foto: Markus Spiske

En resumen, la lucha por la democracia y la gobernabilidad en la era de las fake news y la posverdad se asemeja a la búsqueda de la verdad y la liberación de las sombras en el Mito de la Caverna. Para enfrentar este desafío y asegurar un futuro más informado y resiliente, es fundamental que actuemos de manera concertada en todos estos frentes.

La clave para abordar las sombras de la posverdad y las fake news radica en reconocer que la lucha no termina con la liberación de un solo prisionero de la caverna. En cambio, debemos enfocar nuestros esfuerzos en liberar a tantas personas como sea posible, brindándoles las herramientas para discernir la realidad y contribuir a la construcción de una sociedad democrática y gobernable.

En última instancia, enfrentar las sombras de la posverdad y las fake news requiere un compromiso colectivo y sostenido con la verdad, la objetividad y la justicia. Al adoptar estos valores y trabajar juntos en la búsqueda de un mundo más iluminado, podemos superar la oscuridad de la caverna y construir un futuro más brillante y esperanzador para todos. Las sociedades no deben ni pueden sostenerse en la mitología de un discurso maniqueista que exalta la confrontación por el contrario, es el estado de derecho, la cordura y el diálogo desideologizado lo que posibilitará un mejor mañana.

ChatGPT tras bambalinas

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(Ilustración de Markus Winkler, tomada de Unsplash)

Los procesadores de lenguaje de la familia GPT existen desde hace algunos años. GPT-3, por ejemplo, existe desde 2020, y es el antecesor directo de las serie GPT-3.5, a la que pertenece ChatGPT. Uno de los sucesos por los cuales los procesadores de lenguaje han alcanzado un lugar importante en el diálogo público fue la liberación, el 30 de noviembre del 2022, de ChatGPT para uso del público en general.

Hay varias razones por las que ese acceso público a procesadores de lenguaje ha causado preocupaciones. Varios colegas que dan clases en universidades o en preparatorias me han manifestado su inquietud por que “ahora los alumnos pueden pedirle al robot que les escriba el ensayo de las entregas finales”. Sabemos, incluso, que estos procesadores de lenguaje se han usado para responder preguntas de investigación a científicos y humanistas proporcionando los artículos más relevantes al respecto. Más aún, éste es un ejemplo de artículo de investigación reciente que se ha escrito en colaboración con ChatGPT: https://doi.org/10.1016/j.nepr.2022.103537.

Esto podría desvalorizar el trabajo de los humanistas e investigadores, pero no precisamente por culpa de los desarrollos tecnológicos. El impacto de la tecnología en la sociedad se debe a dos razones. Una, el hecho de que las tecnologías, por diseño, establecen una tendencia de uso: las escopetas nos inclinan más a usarlas para matar, y los estetoscopios nos inclinan más a usarlos para curar. Otra, que quisiera remarcar aquí, es la manera en que se presentan estas tecnologías en el discurso público.

La mayoría de los historiadores de la ciencia están de acuerdo en que el primer tratado de mecánica relevante en la historia son los Problemas mecánicos, que se atribuye a Aristóteles y se conjetura que fue escrito por Arquitas de Tarento. En las primeras dos páginas del tratado leemos una reflexión sobre cómo ocultar el mecanismo de una máquina causa un gran asombro, y cómo el asombro se disipa una vez que conocemos la explicación. Mucho del sensacionalismo en torno a la inteligencia artificial se basa en ese asombro. Es muy importante decir que, en el fondo, lo que sucede tras la interfaz de los procesadores de lenguaje son operaciones matemáticas: álgebra lineal y cálculo multivariado, junto con algunos procesos heurísticos.

La siguiente imagen es un resumen básico de la estructura de un modelo generador, como ChatGPT:Diagrama
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La principal razón por la que muchas profesiones pueden desvalorizarse con los desarrollos de la Inteligencia Artificial se debe más a la falta de comprensión respecto de lo que estos modelos realmente hacen. Piénsese, además de la labor académica, en el diagnóstico médico o en otro tipo de profesiones que involucran el razonamiento a partir de la evidencia. Corremos el riesgo de ignorar que estos modelos no son sensibles a problemas que están más relacionados con la sensibilidad social y moral que con el mero cálculo. O, peor aún, que pueden ser diseñados para dar propaganda a ciertas ideas, o para inclinar la balanza del discurso público.

La siguiente imagen está tomada de un artículo escrito por A. Abid et al., “Persistent anti-muslim bias in Large Language Models” (doi.org/10.1145/3461702.3462624), y muestra la tendencia de GPT-3 a asociar al islam con violencia. Un  artículo sumamente importante en evaluar los riesgos sociales en los procesadores de leguaje es “On the dangers of Stochastic Parrots” (“Sobre los peligros de los cotorros estocásticos”, https://doi.org/10.1145/3442188.3445922), que le costó a uno de sus autores, Timnit Gebru, que lo corrieran de Google.

Gráfico, Gráfico de barras
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La tecnología es fascinante, pero a veces por razones distintas a las que nos empuja a creer la propaganda. Quizás, los grandes desarrollos tecnológicos, en vez de a un estado de bienestar y de despreocupación en el que las máquinas y los robots hacen todo el trabajo que no queremos hacer los humanos, nos llevan más bien a una sociedad que exige mayor responsabilidad ciudadana y que exige un tipo de conocimiento que algunos han querido llamar ‘alfabetización digital’. La presencia de grandes desarrollos tecnológicos nos compromete a los ciudadanos a tener más conocimiento científico, y a ser más cautelosos sobre cuándo sí y cuándo no el uso de una herramienta es conveniente para todos, si queremos bogar por mejores sociedades.

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Hookup culture vs. la visión humanista del amor

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La posmodernidad es el mundo de la inmediatez. ¿Tienes hambre? Pide un delivery. ¿Estás aburrido y quieres entretenimiento? Abre un servicio de streaming. ¿Quieres conocer una pareja? Abre cualquier app de citas. El acceso a las retribuciones inmediatas de tantas realidades tan variadas propicia que se piense que es lo mismo una hamburguesa, que un viaje en auto privado, que ver una serie,  que contactar un ser humano. Y no es que esto sea el origen de la Hook up culture, pues ella existe desde los años sesentas, sino que son condiciones que la hacen más presente. Además, la hacen parecer como el procedimiento normal y esperado para conocer una pareja. 

¿Es verdad que, para ligar con prospectos de parejas en apps, para luego tener citas, hace falta estar dispuesto a tener relaciones sexuales desde un principio? Una vez conocí a un amigo que ligaba con una chica hermosa. Él no lo esperaba, pero, la chica le dijo que, si él quería, podía darle la experiencia de vivir la intimidad sexual. Mi amigo quedó helado y fascinado, porque nunca le había ofrecido tal cosa de tal manera. Quería a la chica, pero no para vivir experiencias. Para no hacer el cuento largo: el ligue se enfrió, a pesar de que él le propuso a ella un noviazgo. En última instancia la cultura del Hook-up puede llegar a formar las expectativas y mentes de quienes buscan el amor de pareja. 

¡Cuántas preguntas hay! ¿Es adecuado y tiene sentido vivir la Hook-up culture? ¿Es el sexo una experiencia que se pueda vivir casualmente sin involucrar la totalidad de lo humano? Podemos reflexionar poco a poco sobre estas preguntas para encontrar sus respuestas.

Mundo de las citas, expectativas y placer sexual sin compromiso.

¿Cómo pides una cita? ¿Sabes el “guión” que hay que seguir para que el encuentro con un ligue sea bello y saber qué esperar? Pensemos en las citas o dates de los años cincuentas: el chico llegaba por la chica. Iban por un helado o hamburguesa. Iban al cine, y él la acompañaba a ella a su casa. Si acaso habría un beso luego de varias citas. En nuestro tiempo, ¿cómo conseguimos una cita? Hacemos un perfil en una app de citas, swippeamos a la izquierda, hacemos match y comenzamos a platicar. Luego vienen los siguientes pasos. Supongamos que el chico y la chica se dejan llevar: se ven para comer algo, y deciden tener una experiencia íntima sexual. Con suerte aquella relación se consolide como un noviazgo. Es más probable que no. Sin embargo, es complejo pensar que lo estable puede surgir de lo inestable. Esta cultura de sexo casual o Hook-up culture está fundamentada en una incorrecta comprensión de la libertad, pues en ella se dirige la libertad hacia el placer más inmediato, y no hacia el bien más adecuado.

Generalmente, el argumento de las personas que practican y viven esta cultura es: “Todos lo hacen. Si ambos estamos de acuerdo está bien y es válido, porque no le hacemos daño a nadie.” Parece un argumento bueno, pero es insuficiente porque no contempla la totalidad de la naturaleza humana. Veamos por qué. La inmediatez en la obtención de lo deseado trae la satisfacción, sin duda. Pero sólo puede haber satisfacción con las cosas que se usan, o dan algún servicio y no sirven para otro fin más. Las personas no son cosas para ser usadas, pues su fin no es, estrictamente, satisfacer las necesidades de alguien más. Pensar que las personas están siempre dispuestas a vivir el sexo sin compromiso, implicando futuro, fertilidad, y debilidad, y más en las aplicaciones de citas, lleva a su reificación, o sea, a su “cosificación”. Y está postura lleva a desdeñar la dignidad humana como valiosa por sí misma. La Hookup culture también es una renuncia a la apertura a la otredad. Es como decirle a aquella persona de la cita: “sólo te veo como un objeto para un momento de placer. No me importa tu futuro ni tu fertilidad. No te quiero completa. Conque esta actitud implica ver a las personas como se quiere que sean, y no como ellas son en sí mismas. lo cual es altamente narcisista. El principal problema de esta actitud está en la cerrazón egoísta, que no se abre a la otredad de la persona, y no la acepta cómo es. Y aún no hemos mencionado argumentos morales, sino de la manera de pensar individual. ¡Conque del mutuo consenso libre no se sigue la rectitud de un acto! No. Por más que ambos lo quieran y consideren que es aceptable y que no hay daño de por medio. Es más, de la aceptación de esta manera de pensar se pueden seguir daños más profundos, como el pensar que las mujeres o los hombres son más valiosos en función de si sólo son para pasar un divertido rato sexual, o si son madera de esposa o esposo. 

Foto: Artem Podrez

Reducción de lo humano a lo animal.

La normalización de la Hookup culture es desordenada en sí misma porque tiene una desproporcionada consideración de la valiosa dignidad humana como fin. Y no sólo eso, sino que trae consecuencias culturales que complican más las ya complejas relaciones humanas posmodernas. En los últimos años se han puesto de moda los coaches de seducción. Muchos de ellos hombres jóvenes y carismáticos que buscan conquistar mujeres y ofrecen sus servicios para los hombres que tienen dificultades para relacionarse con ellas. Abundan estos coaches en Youtube o en Instagram. 

En un sentido antropológico y filosófico, los coaches de seducción tienen tres grandes problemas. Por una parte, consideran que es recto aceptar la intimidad sexual sin compromiso y como experiencia. Por otra parte, usan la actividad y disposición sexual como patrón de medida del valor humano. Por ejemplo, estos coaches de seducción, y otros personajes de redes sociales, tales como los hombres Red pill o MGTOW (Men going their own way), que consideran que el valor de un varón o mujer tiene que ver mucho con su actividad sexual, usan términos como el de hombre o mujer alfa, beta, sigma, etc. Estos términos son más propios de la zoología que de la antropología. Bien se puede hablar de lobos alfa, beta o sigma, pero aplicar estos términos a los seres humanos es reducirlos a su animalidad. Los reduce a puros sementales o pies de cría. Oculta su humanidad. El tercer error de tales personas es considerar que conocen la mentalidad de las mujeres, o de los hombres, según el caso y que, con tal conocimiento pueden manipularlos para conseguir lo deseado.

Y es que pensar que los seres humanos son reductibles a sus comportamientos o deseos sexuales, no es sólo la base de una antropología reduccionista, sino que oculta a nuestros ojos la verdad de nuestra naturaleza humana, y trae consecuencias peligrosas. Por ejemplo, aceptar considerarse a sí mismo (hombre o mujer) un premio al estilo de las esposas trofeo (trophy wife) sugiere que el amor es cosa de merecimientos y no de donación libre y gratuita. Otra consecuencia es el tener expectativas irreales e incumplibles sobre el sexo opuesto: esperar a la indicada o indicado por que tenga que cumplir con toda una lista de requisitos: físico escultural, cartera llena, auto del año,trabajo bien pagado, etc. Tal lista rigurosa aleja del hallazgo del amor y lo hace más difícil. Ahora bien, quizás la consecuencia más peligrosa es la de generar una visión profundamente misógina o misándrica sobre la naturaleza humana. Quien piensa que los seres humanos pueden dividirse entre las que son para pasar un rato y las que tienen materia de cónyuge, desdeña el valor humano intrínseco y es capaz de llevar una doble vida. Llegado el caso, ¿qué impediría que esa persona considere que, quien antes era vista como virtuosa y valiosa, un día sea vista como un objeto de uso común? Esta duplicidad cínica pone en peligro a la comunidad y las vidas de sus miembros, pues quien piensa así podría auto-justificarse para hacer cualquier daño a la dignidad humana. 

El culto a la seducción y su consecuente cultura misógina o andrógina  también hace uso de términos que no reflejan la complejidad humana. Así, un macho alfa es un hombre que hace lo que desea y no se rinde a las expectativas de una mujer y sólo ve en ella posibilidad de placer o justificación. Beta proveedor es el hombre que vive para atender y proveer las necesidades de una mujer y pretende conquistarla de tal modo. El macho sigma es lo mismo que el alfa sólo que fuera de la jerarquía de machos y sin competir sexualmente con los otros. Un Chad es un alfa. Un Simp es un beta. Todos (o casi) están dentro de un “mercado sexual” por la atención de las mujeres. La Red pill, siguiendo el símil de la famosísima película Matrix, es la conciencia que toma el varón que quiere dejar de buscar mujeres “de poco valor” sale de la simulación que pretende buscar la validación femenina. Pues claro, en esta perspectiva son “valiosas” las mujeres que son materia de cónyuge, y son “poco valiosas” las que piden demasiado y sólo ofrecen su belleza física hasta  que se topan con el muro de la edad y comienzan a buscar el amor verdadero.

Como se ve, la nomenclatura es intrincada y se enfoca en hacer una reducción de lo humano a lo meramente animal. Considera que las relaciones humanas son cosa de dominancia jerárquica, de placer intenso, de cuerpos atractivos, y que el o la individuo más valioso es el que trabaja en sí mismo, no el que se abre a los otros. ¿Qué hacer ante esta propuesta reduccionista y amargada? Pues mostrar que el amor es materia de decisión y de voluntad, no sólo cosa de naturaleza corporal irracional o sentimental.

Pareja en Bilbao. Foto: Jo Ellen Moths

Amor y relaciones: ejercicio de la voluntad y del respeto a las personas.

El amor es una decisión. Es el deseo del bien, pero, sobre todo, del bien del otro cuando el amor madura. Si bien, las apps pueden ayudar a encontrar prospectos, el amor de pareja no es sólo cosa de una app de citas. Hace falta aceptar la fragilidad humana junto con la grandeza de su libertad, con su base orgánica, animal y sexual, sin dejar de tomar en cuenta lo racional y espiritual. 

Abrirse al mundo de las relaciones es apostar por el compromiso que cuida y favorece la naturaleza humana. De tal modo, la relación se convierte en un santuario en el que los novios crecen y se cuidan entre sí porque se aman y saben, mutuamente, que sus naturalezas son valiosas por sí mismas, aunque frágiles. La consideración de la naturaleza humana como limitada y necesitada de amor puede limpiar las expectativas desproporcionadas sobre una pareja, a fin de verla como un “otro semejante” que no es una mina de oro, sino un compañero o compañera de vida. De modo que, no está mal salir a divertirse y conocer prospectos de pareja. Lo que hace falta es dejar de pensar que es normal o recto que, tener citas implica siempre la apertura inmediata a la entrega sexual, pues el amor recto es entrega mutua de dos naturalezas humanas complementarias, abiertas al futuro, la fertilidad y la compañía. Esto implica tener apertura a abrazar la complejidad de la naturaleza humana y a compartir la vida, no sólo a satisfacer necesidades. La cuestión es cambiar nuestra mentalidad sobre el amor para que sea más humanista y no sea cosificada.

¿Tenemos que compartirlo todo?

Evolución o degeneración: Emojis, lenguaje y comunicación

Por Doris Morales

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Según las estadísticas de Unicode, el 92% de la población mundial que utiliza redes sociales incluyen los emojis en sus comunicaciones. Estos emojis representan rostros, edificios, alimentos, animales, banderas e incluso tienen la capacidad —o se la hemos otorgado— de simbolizar sentimientos, estados de ánimo, ideas y el contexto cultural de los usuarios.

Un emoji es una representación gráfica: un pictograma. Entonces, ¿cómo es que los pictogramas se “colaron” dentro de nuestra comunicación escrita? Para empezar hay que comprender que un pictograma siempre es referencial a un objeto, por lo que el dibujo o signo gráfico expresa un concepto que se relaciona con el objeto.

El uso de los pictogramas tiene sus raíces en la prehistoria, cuando el ser humano sentía la necesidad de materializar las vivencias o aconteceres diarios mediante las pinturas rupestres. Todo esto previo al desarrollo del lenguaje. Con el surgimiento de la escritura, la importancia de los pictogramas aumentó para representar realidades, símbolos y creencias. 

Como ejemplo tenemos a los egipcios, quienes durante su período clásico, utilizaban cerca de 700 signos diferentes, sin embargo para los últimos siglos de su historia alcanzaron más de 5,000 signos. El diseño de los pictogramas y su evolución dio origen a las primeras representaciones de la escritura cuneiforme. 

Kharga, Egipto. Foto: L. Escabia.

Pero si la evolución de los pictogramas dio como resultado el desarrollo de la escritura y posteriormente la aparición del alfabeto ¿por qué seguimos incorporando símbolos gráficos en nuestros textos?

Los pictogramas facilitan la comunicación y derrumban las barreras del idioma debido a que pueden ser comprendidos universalmente; tal es el caso de la señalética urbana como las señales de alto, siga, vuelta a la derecha y curva. La música o el dibujo arquitectónico también son considerados un lenguaje universal ya que no están supeditados a ningún idioma en particular. 

La intención de expresarnos de manera más puntual y exacta nos orilla a buscar alternativas y elementos que precisen la idea que buscamos comunicar. Resulta importante recordar que a diferencia de la comunicación oral, la comunicación escrita no posee entonación, lenguaje corporal y expresiones faciales que nos ayuden a expresarnos con mayor especificidad. Sino que, por el contrario, la comunicación escrita, conlleva cierta ambigüedad. 

Así que los emojis  —como la señalética urbana— son un lenguaje universal. Aunque no son un idioma establecido, facilitan y permiten una comunicación global. Pueden ser considerados un lenguaje paralelo, para un grupo específico de personas definidas por el emisor.

Emojis. Por Roman Odintsov.

Agnese Sampietro, doctora en Lingüística, afirma: “en las interacciones cotidianas entre personas cercanas como familia o amigos los matices extralingüísticos son muy relevantes. Estos usuarios en la comunicación cotidiana quieren entenderse y mantener sus lazos de amistad y afecto. De ahí que las caritas con expresiones positivas sean las dominantes. En otros contextos el uso puede ser diferente”.

Expresarnos de manera más específica, subrayar nuestra intención, matizar nuestro mensaje, reducir la ambigüedad, mostrarnos cercanos, generar ambientes de conversaciones relajadas, expresar nuestros sentimientos y emociones son algunas de las razones del uso de los emojis en nuestras conversaciones cotidianas. 

El uso de los emojis no solo es exclusivo del contexto cultural en el que nos encontramos  sino también depende de la persona quien los usa. Algunos emojis son personalizados por el usuario —el color de piel, el color de cabello— y forman parte de sus elementos de expresión cotidianos.

Estos elementos complementan la comunicación escrita y sin embargo no sustituyen la riqueza lingüística propia de los idiomas.

¿El lenguaje evoluciona o se degenera? Algunos expertos comentan que el lenguaje no puede degenerarse, sino evolucionar. De forma constante, ciertas palabras de nuestro idioma tienden a desaparecer ya que lo que significan deja de existir, se sustituye o cambia su connotación. Por otro lado, también importamos palabras o términos de otros idiomas y los utilizamos en nuestro día a día, por ejemplo: closet, clickear, kindergarten, volován, y muchas otras.

Esto mismo ocurre con los emojis, los incorporamos a nuestras comunicaciones escritas para profundizar y contextualizar nuestros diálogos. Acompañan  nuestros mensajes para darles un sentido más cercano y cálido a nuestras conversaciones. Crean momentos de empatía y ayudan a generar recuerdos, ya que relacionamos los emojis con expresiones propias o expresiones utilizadas por nuestro receptor.

Nos imaginamos a nuestro receptor diciendo el mensaje, sonriendo de medio lado o cerrando un ojito. Normalizamos el uso de emojis para darle un significado más profundo a nuestros mensajes y hemos aprendido a diferenciar la comunicación formal de la casual o de la familiar.

Adoptamos emojis como sello personal, nos identificamos con ellos, ya que a través de un símbolo podemos comunicar más de lo que podríamos expresar con una sola palabra. El lenguaje no se degenera, se enriquece con las adecuaciones e incorporaciones que día a día se suman a nuestro bagaje oral y escrito. 

El lenguaje y la escritura son, como todo, hijos de su tiempo. No puedo imaginarme a Charlotte Brontë escribiendo Jane Eyre e incorporando emojis. Pero, ¿qué sucedería si un joven reinterpretara este clásico de la literatura con la ayuda de los emojis? ¿Estaría adaptándose a su tiempo, contextualizando la lectura y tendríamos como resultado una versión más gráfica, cálida y sobre todo universalmente comprensible? 

Cara divertida con relleno sólido
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