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Celibato matrimonial

Celibato matrimonial

Oxímoron: “Figura retórica de pensamiento que consiste en complementar una palabra con otra que tiene un significado contradictorio u opuesto”. Pues no. En este caso no se trata de un “oxímoron”, sino de una triste realidad. Aunque parezca descabellado, absurdo o contradictorio, tristemente hay parejas que viven esta realidad absurda. No en vano, la vez que más se me ha alebrestado el auditorio en clase, fue cuando les expliqué el “débito conyugal”. Varias alumnas lo consideraron una especie de violación. Por contrapartida, es frecuente que algunas mujeres -es más común en ellas- tengan “a dieta” a su marido, por periodos más o menos extensos de tiempo o, de forma indefinida, y viceversa también. Sí, aunque usted no lo crea, hay maridos que no se acercan a su mujer sino para consumir los sagrados alimentos.

Con mucha más frecuencia de lo que hubiera imaginado, me lo he encontrado a lo largo de mi experiencia de acompañamiento espiritual. Recuerdo una vez que un marido me pidió por favor -sabía que yo hablaba con su mujer- que la convenciera de cambiar su “mortificación cuaresmal”, ya que había decidido no tener intimidad conyugal durante ese periodo de tiempo. Al pobre esposo se le hacía muy duro esperar cuarenta días, hasta la pascua, para tener intimidad con su mujer.

Pero también ha habido experiencias en sentido inverso. Una mujer, en el mismo contexto de asesoría espiritual, preguntaba inocentemente si era normal la actitud sexual de su marido: llevaban décadas sin tener intimidad. La actividad sexual se había limitado, rigurosamente, a ser “instrumento para la procreación”. El marido consideró que, habiendo tenido ya cuatro hijos, podían dejar de tener acercamiento sexual para siempre. ¿Se trataba de un anacoreta que había accedido al matrimonio sólo para satisfacer a sus padres? Tristemente, la respuesta es no. Se trataba, más bien, de una persona con inclinación homosexual, que había acudido al matrimonio para cuidar las apariencias. Antes -no hace mucho- estaba mal visto ser abiertamente homosexual, así que, para cubrir el expediente, algunas personas con esta tendencia accedían al matrimonio para cuidar las formas sociales, pagando la factura la pobre desafortunada que había sido instrumentalizada por su marido, para aparentar “normalidad” en el seno de una sociedad conservadora. De hecho, un buen amigo, activista homosexual, me lo confirmó abiertamente: “antes las personas homosexuales en países católicos teníamos dos opciones, para salir honrosamente parados en la sociedad: casarnos o entrar al seminario”. Eso explica cómo, muy tardíamente, descubrió la Iglesia Católica el porcentaje de sacerdotes pederastas en su seno (el 80% de las víctimas de abuso son niños, no niñas). De forma que fue hasta el año 2005 cuando se prohibió que entraran en el seminario personas con inclinación homosexual.

En el caso anterior -no es el único- no me ha quedado más remedio que recomendarle a la mujer -a la víctima debería decir- que tramitara su nulidad matrimonial. Un matrimonio así es una farsa, una simulación, en realidad nunca ha existido. Pero claro, no es fácil tomar esa decisión, no resulta sencillo explicarles a los hijos que su papá en realidad es gay, y hacerles tomar conciencia -¡qué duro!- de que su existencia es simplemente el resultado de la estrategia para “cumplir las expectativas sociales” de su padre o, dicho más crudamente, que su vida es fruto de un maquiavélico plan para cuidar las apariencias; una obra teatral que ha dado como fruto su propia existencia. Por eso, algunas mujeres prefieren seguir como siempre, en atención a los hijos, desarrollando su papel en la inhumana obra de teatro, en la que involuntariamente se han visto forzadas participar. Finalmente, todo hay que decirlo, es más sencillo que ellas se acostumbren a no tener intimidad sexual, a que lo haga su marido. Lo injusto de esta situación resalta, pues el marido lejos de “estar a dieta”, tiene intimidad sexual “bajo el agua”, es decir, mantiene una vida sexual activa, de carácter homosexual, que oculta hábilmente a la sociedad y a su propia esposa, hasta que ella lo descubre (el celular siempre traiciona).

De todas formas, siempre es bueno “vivir en la verdad” o, por lo menos, intentarlo. No es bueno ni saludable vivir en la simulación. Una de las “ventajas” de nuestra sociedad permisiva es que ya no son necesarias esas simulaciones. Las personas homosexuales tienen ahora todo tipo de salidas airosas -de hecho, están de moda, ahora son privilegiadas-, de manera que ya no se ven forzadas a arruinarle la vida a su esposa/o respectivamente o, peor aún, probar suerte en el seminario.

La alegría de la Pascua

La alegría de la Pascua

Por Salvador Fabre

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Tradicionalmente se utiliza la expresión: “más largo que la cuaresma”, normalmente para señalar una realidad incómoda que dura mucho tiempo. Felizmente los cristianos, después de la cuaresma, tenemos la Pascua. Y el tiempo pascual es más largo que el cuaresmal, como señalando, la penitencia es importante, pero la alegría va por delante.

El motivo profundo de nuestra alegría es ese: que Jesús ha resucitado, ha destruido el pecado y la muerte, es primicia de lo que nos espera a nosotros, que también resucitaremos al final de los tiempos. Jesús se ha levantado de la muerte, como nosotros de los pecados, dirá san Pablo que la misma fuerza que levanta a Jesucristo de la tumba, nos levanta de nuestras flaquezas.

La Pascua es entonces un tiempo de alegría y de esperanza. Si en la cuaresma contemplamos, pasmados, la dureza, la ceguera y la crueldad del corazón humano, en la Pascua rememoramos el triunfo del Dios-Hombre sobre todas esas debilidades. Tenemos la certeza de que Jesucristo se levantó de la tumba, la seguridad de que, con su gracia, nosotros nos levantaremos de nuestros pecados y de que la Iglesia resurgirá de sus errores. Lo dice muy bellamente Chesterton: “El cristianismo ha muerto en muchas ocasiones y ha resurgido de nuevo; porque tiene un Dios que conoce el camino para salir del sepulcro.”

En efecto, quizá, más allá de nuestras faltas, pueda desalentarnos la situación dolorosa de la Iglesia. Como exclamaba san Josemaría: “¡me duele la Iglesia!” En la Pascua tenemos la certeza de que efectivamente hay una Pasión y una Muerte, pero la última palabra del cristianismo es la Resurrección. Conviene comprobar si hemos interiorizado esa verdad de fe. Si somos cristianos de cuaresma permanente o si hemos sido capaces de dar un paso adelante y contemplar la vida y la historia de la Iglesia desde la Resurrección de Jesús.

La resurrección de Cristo.
Óleo Alonso López de Herrera.

No se precisan grandes disquisiciones para descubrir cuál es nuestra perspectiva de la vida y de la fe. Hace poco un buen amigo me hacía notar: “Salvador, te hace falta sonreír más”. Era una sencilla corrección fraterna, que me enfrentaba a la realidad: parezco viudo sin serlo. Y es cierto, a veces nos hace falta sonreír más, la sonrisa se apoya teológicamente en la Resurrección de Jesús, en el triunfo de la vida sobre la muerte, en el triunfo del bien sobre el mal, de la luz sobre la oscuridad, que rememoramos litúrgicamente durante la Vigilia Pascual.

Por eso el tiempo de Pascua: 50 días hasta la venida del Espíritu Santo en Pentecostés, nos ayuda a entrenarnos en este sentido: debo sonreír; pero no con una sonrisa estudiada de empleado de McDonalds, o de edecán de evento, sino la sonrisa sincera y sencilla, que brota como agua del manantial de un corazón alegre que, si ha estado enfermo, ahora se sabe curado por Cristo. El tiempo de Pascua nos ofrece la oportunidad de purificar nuestro corazón, para que de él pueda salir esa sonrisa sincera, que purifique el ambiente y anime a los demás.

De modo que, a desterrar la amargura del alma, y a tener una visión más positiva y esperanzada de la vida. Lo cual no es incompatible con tener los ojos bien abiertos, y darnos cuenta de que en el mundo sigue habiendo guerra y corrupción. Siguen existiendo los dolorosísimos abortos, eutanasias, vientres de alquiler. No hemos ganado la batalla, todavía. Pero Jesús sí y de modo definitivo al abandonar el Sepulcro; entonces hacemos un esfuerzo para ser más contemplativos, para mirarlo a Él, hacia arriba, y no deprimirnos con las incomodidades del camino, o las dificultades aún no superadas.

Por eso la Pascua no es más sencilla que la Cuaresma. En la cuaresma buscamos purificar el corazón, en la pascua se ven los resultados: si realmente logramos sacar todo el vinagre que lo embarga, para poner la miel que Dios quiere otorgarnos, y esa, compartirla con los demás. Tenemos un mundo muy herido, hace falta inyectarle la alegría de la fe, pero para eso, primero debemos tenerla en el corazón. Y en ocasiones no es fácil, por eso el “challenge de la sonrisa” no es inmediato, dura todo el tiempo de Pascua, para que la efusión del Espíritu Santo nos dé como fruto el gozo y la paz.

La alegría de la Pascua

Semana Santa Mística

Por Salvador Fabre

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¿Cómo vive un contemplativo la Semana Santa? Seguro que con una intensidad fuera de lo común. Pero pienso que esta posibilidad no es restrictiva de los religiosos contemplativos, sino que podríamos hablar de una llamada universal a la contemplación, o llamada universal a la mística. Todo bautizado cuenta con la gracia, la ayuda de Dios, para ser “contemporáneo de Jesucristo”, en expresión del Cardenal Ratzinger. En eso estriba la vertiente mística o sobrenatural: en romper las barreras del espacio-tiempo y ser también nosotros protagonistas, presentes espiritualmente, en la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús.

Me sirve de guía o de inspiración quien fuera profeta de la “llamada universal a la santidad”, san Josemaría Escrivá. Siempre me han dejado pensando algunos pequeños gestos de su biografía que revelan una forma inusual de vivir la fe. Él mismo lo decía, había que “meterse en el evangelio como un personaje más” y señalaba que probablemente nuestro problema estribaba en que, “quizá es que tú y yo presenciamos las escenas, pero no las «vivimos»”

Ahora bien, esto, en su vida, no eran unas “palabras piadosas, sino una realidad.” Por ejemplo, cuando estaba en Brasil, en 1974 se le veía serio, – “¿qué le pasa Padre?” – “es que no sé cómo meter a san José en la Pasión de Jesús.” A los pocos días cambió su semblante, había descubierto la respuesta: “yo hago sus veces.” En ese mismo viaje, en Chile, Perú y Ecuador se alegró mucho por las piadosas pinturas que se fue encontrando, donde, por ejemplo, san José acompañaba a la Virgen en su visita a su prima santa Isabel, como a él le gustaba imaginar que sucedió. El detalle es que ver plasmada en la piedad popular las consideraciones de su oración, le llenaba de alegría.

San Josemaría Escrivá de Balaguer
Fuente: Prelatura del Opus Dei, España.

¿A dónde voy con estas anécdotas? A intentar describir lo que consiste en ser un contemplativo. Un contemplativo es alguien que está de lleno presente en nuestro mundo, pero que tiene una vida paralela, una especie de “second life” espiritual, que le llena de contento, capta su interés y su atención, le supone desafíos y, en último término, le sostiene en su vida externa, común a la del resto de los mortales. El tema es que esa vida, la vida contemplativa, no es como el complemento, sino, por el contrario, constituye el plato fuerte de su existencia.

¿Podríamos plantearnos vivir así la semana santa? Ciertamente, la llamada a la contemplación es universal, pero no se improvisa, no se simula, no se actúa, no es una farsa, es la realidad. Quizá vemos que estamos a años luz de esa meta, pero ello no impide que hagamos nuestros pininos, que demos nuestros primeros pasos. ¿Cuál sería el camino más directo para conseguirlo? Vivir muy bien la liturgia en la Semana Santa. No asistir de manera rutinaria o cansina, sino con hambre, con avidez, con deseos de empaparnos de sus textos, oraciones y aclamaciones. Introducirnos, a través de ella, en los sentimientos que embargaban el Corazón de Jesús en estos momentos, verdaderamente centrales, para la historia de la humanidad.

En este sentido, es una maravilla que, con la fe, podemos, si queremos, “revivir” en nuestro interior los sentimientos de Jesús en su Pasión, la alegría de su Madre en la Resurrección, así como su dolor en la Muerte de Jesús. Que realmente nuestro corazón pase por todas esas etapas, verdadera “montaña rusa” de la afectividad espiritual. Y así, con esa fe, alimentar la esperanza de que esa contemplación sea cada día más auténtica, más profunda, más real, de manera que, finalmente vayamos creciendo, al compás de la Semana Santa, en el amor a Dios.

Sólo resta decir que esta vivencia espiritual, para ser auténtica, se materializa en nuestros gestos, actitudes, comportamientos durante la Semana Santa. Todos ellos deben ser coherentes con la presencia de Jesús en nuestro corazón y de alguna forma vienen a confirmarla. No es la contemplación un ejercicio de encerrarse en el cuarto, agarrar las Sagradas Escrituras y meditar, sino el vivir nuestra vida cotidiana, pero con la mirada y el corazón en la Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo. Vale la pena plantearnos este reto, “challenge” como se les dice ahora, de ser contemplativos, místicos, en la Semana Santa y siempre.

La alegría de la Pascua

¿Por qué orar?

Por Salvador Fabre

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En realidad, el título debería ser más largo: ¿por qué orar cuando no recibo lo que he pedido? O, dicho más crudamente, ¿para qué orar cuando aparentemente mis oraciones no son escuchadas o, peor aún, son escuchadas e ignoradas? A veces no resulta fácil consolar a quien te dice, con el corazón roto: “¿de qué han servido todas las oraciones, las cadenas de oración, tantas personas rezando…?”, cuando al final lo que se pedía, con tanta urgencia e insistencia, no se consiguió. ¿Hay alguna especie de buzón de reclamación en el cielo?

En mi muy particular experiencia pastoral, esas personas lo que necesitan es comprensión. Alguien que las escuche, las comprenda e intente devolverles la esperanza (sólo Dios puede dar esperanza). A veces la vida es muy dura y la única luz que se ve en el túnel es la de la oración… y a veces esa luz se apaga. Cuando muere el hijo, la madre, la esposa… cuando te quedas sin trabajo y pasan los meses, los años incluso y no hay nuevo trabajo, y no sé cuántas miles de situaciones más difíciles, que nos empujan a orar y de las que salimos desconsolados al no haber sido escuchados.

Benedicto XVI habla de la oración como de un lugar de esperanza:

“Agustín ilustró de forma muy bella la relación íntima entre oración y esperanza en una homilía sobre la Primera Carta de San Juan. Él define la oración como un ejercicio del deseo. El hombre ha sido creado para una gran realidad, para Dios mismo, para ser colmado por Él. Pero su corazón es demasiado pequeño para la gran realidad que se le entrega. Tiene que ser ensanchado. «Dios, retardando [su don], ensancha el deseo; con el deseo, ensancha el alma y, ensanchándola, la hace capaz [de su don]». Agustín se refiere a san Pablo, el cual dice de sí mismo que vive lanzado hacia lo que está por delante (cf. Flp 3,13). Después usa una imagen muy bella para describir este proceso de ensanchamiento y preparación del corazón humano. «Imagínate que Dios quiere llenarte de miel [símbolo de la ternura y la bondad de Dios]; si estás lleno de vinagre, ¿dónde pondrás la miel?» El vaso, es decir el corazón, tiene que ser antes ensanchado y luego purificado: liberado del vinagre y de su sabor. Eso requiere esfuerzo, es doloroso, pero sólo así se logra la capacitación para lo que estamos destinados”.

Spes Salvi, 33.

Muy hermoso texto, pero no nos consuela, cuando nuestra petición sincera, auténtica, de lo más profundo del corazón no ha sido escuchada. A mí me sirve, en esos casos y siempre, pensar en el Padre Nuestro, modelo de la oración cristiana. ¿Qué le decimos ahí a Dios? “Hágase Tu voluntad así en la Tierra como en el Cielo.” ¡Cómo nos gustaría que dijera: “hágase mí voluntad”! Por otra parte, explica un padre de la Iglesia, creo que san Cipriano, que la voluntad de Dios se va a hacer, sí o sí; lo que le pedimos a Dios es que nosotros seamos capaces de ser instrumentos de esa voluntad. En realidad, lo que le pedimos a Dios es que seamos capaces de hacer Su voluntad en nuestra vida. Y esa voluntad a veces consiste en la Cruz.

¿Nos olvida o ignora Dios cuando no escucha nuestras oraciones? Error. Siempre las escucha, no siempre hace lo que le pedimos. Pero no nos olvida, en realidad nos trata como a su Hijo, es decir, como a cristianos mayores de edad, los que han pasado por el crisol de la Cruz. “El cristiano madura y se hace fuerte junto a la Cruz de Jesús” diría san Josemaría. “Padre, si es posible que pase de Mí este cáliz, pero no se haga Mi voluntad sino la Tuya.” Podríamos decir que la agonía de Jesús en Getsemaní fue la primera oración no cumplida. En realidad, fue todo lo contrario, Jesús que comenzó postrado su oración: “mi alma está triste hasta la muerte”, se hizo capaz de hacer la voluntad de Dios, y la termina diciendo: “Levantaos, ¡vamos!, ya llega el que me va a entregar”, sale decidido a realizar la voluntad de su Padre. Ése es el verdadero fin de la oración; por eso, cuando estamos desolados, no es el momento de dejar de rezar, al contrario, es la ocasión de incrementar nuestra oración, para que también nosotros seamos capaces de hacer en nuestra vida la voluntad de Dios.

Una última observación sobre el misterio de la oración, especialmente de la que “no ha alcanzado su propósito.” Pienso que es un paso de madurez cristiana en nuestro proceso de identificación con Jesús. Y Jesús en la Cruz experimentó lo que muchas de esas personas sienten: “¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?” Sabemos que el Padre no abandonó a Jesús, pero Jesús así lo sintió. Así lo sienten también quienes “no han visto cumplidos sus deseos con la oración”; pero el Padre no está lejos y los trata como a Jesús. Es un paso doloroso, pero importante para identificarnos con Cristo en nuestro interior. Por eso, más que una tragedia, cara a nuestra vida eterna, que es lo que más importa, en realidad es un triunfo sobrenatural, como el de Cristo en la Cruz.

San José

Por Salvador Fabre

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Este año la solemnidad de san José pasa del domingo 19 al lunes 20. Digamos que litúrgicamente pudo más el “Domingo letare” cuaresmal, que la fiesta del santo. La figura de san José no deja de ser sugerente. Pone en clara evidencia cómo los criterios humanos son muy distintos de los divinos. No debió ser nada fácil su misión, su vocación aquí en la Tierra, y al mismo tiempo no hizo nada extraordinario; o, mejor dicho, vivió extraordinariamente la vida ordinaria.

La devoción a san José es una realidad que ha madurado, poco a poco, lentamente, a lo largo de la historia de la Iglesia. El Papa actual, elegido un 13 de marzo, quiso esperar al 19, solemnidad de san José, para realizar la ceremonia del comienzo oficial de su pontificado. Sobra decir que, una vez más, puso a la Iglesia bajo el particular patrocinio de san José. ¡Y vaya que lo necesita! Ahora podemos pedirle, muy especialmente, por la unidad de la Iglesia: que no se rompa, ¡una vez más!, esa unidad por culpa del Camino Sinodal Alemán.

El Papa puso su pontificado bajo la protección de san José, y suele confiarle su descanso. Ha difundido mucho la devoción a san José dormido –al pobre no lo dejaban dormir los ángeles, siempre le estaban dando mensajes mientras dormía-, como un auxilio para dormir bien. A mí, me ayuda a pensar que no sólo ayuda a “dormir mejor”, sino que también es una forma de convertir el sueño en oración, como lo fue en la vida del santo.

¿Qué más se puede decir de tan gran santo? Pues que Dios le confió los dos tesoros más grandes de la historia de la humanidad: nada menos que Jesús y la Virgen. ¿Puede haber algo más valioso? Por eso, no es exageración de Francisco el confiarle a la Iglesia y a su pontificado. ¿Qué podemos pedirle nosotros a san José? Quizá, lo más importante, que nos ayude a amar a Jesús y a la Virgen como él los amó. Ahí está el intríngulis de la vida interior, de la vida sobrenatural, de la vida cristiana.

Muchos santos le han tenido devoción a san José, quizá comenzando con santa Teresa de Jesús y culminando, en tiempo reciente, con san Josemaría. Para este último, había una especie de presencia inefable del Santo Patriarca en cada uno de los sagrarios del mundo. Digamos que intuía que esa “trinidad de la Tierra”, como él llamaba a la Sagrada Familia: Jesús, María y José, no se debía separar, debía permanecer siempre unida, de forma que san José no dejaría a Jesús sólo en el sagrario, sino que debería haber una especie de presencia mística de María y de José en cada sagrario del mundo. Ahí está José, cuidando de su Hijo, como siempre lo ha hecho.

Para san Josemaría, el camino a la Trinidad del Cielo: el Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo, comienza a partir de la “trinidad de la Tierra”: Jesús, María y José. Y éste último es el más cercano a nosotros, precisamente por ser el menos perfecto de los tres. Pero, por ser el más cercano a ellos, se convierte en Patrono de la vida interior o vida sobrenatural; es decir, nuestra vida de trato con Dios. Es como decir, para llegar a Dios –meta y culmen de nuestra existencia- el atajo es san José. Por eso hay que quererle mucho, para que nos sople, nos guíe, nos tome de la mano y nos conduzca a la intimidad con Dios.

Tradicionalmente se considera a san José como el más santo de los santos, por la misión que le fue encomendada y su cercanía con Jesús y la Virgen. Lo más sorprendente es que esa eximia santidad no tiene nada de extraordinario, se fragua al calor de la vida corriente, si exceptuamos los sueños en los que los ángeles le hablaban. ¿Qué hizo san José de especial? Nada. Querer mucho a Jesús y a María, y manifestárselos a través del trabajo diario y de la vida cotidiana. En este aspecto también es un modelo para nosotros: podemos aspirar a la más elevada santidad, simplemente viviendo bien, con amor, nuestra vida cotidiana, nuestra vida familiar y nuestro trabajo. La santidad más grande está al alcance de la mano. Pidámosle a José que no nos quedemos a medio camino.

Salvador Fabre

masamf@gmil.com

La ley y el aborto: informe completo

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(Ilustración de Mustafa Omar, tomada de Unsplash)

El 8M suele reavivar la discusión sobre el aborto. Les presentamos un informe realizado en febrero de este año (2023) sobre la situación actual en torno al aborto en México, lo que realmente estamos viviendo después de la sentencia que realizó la SCJN de 2021 con respecto al código penal de Coahuila. Hay dudas, por ejemplo, sobre si “la Corte ya dijo que el aborto es un derecho”.

Podemos ver que la Corte declaró inconstitucional sancionar con prisión a la mujer que aborta voluntariamente. No queremos castigar con prisión a las mujeres que han abortado, pues ellas, junto del bebé que estaba por nacer, son las segundas víctimas. Pero también sabemos que en este caso los ministros fueron claramente más allá de sus facultades. No está en su poder ‘crear derechos’; su labor es solamente interpretar los derechos reconocidos en la Constitución Federal y en los tratados de derechos humanos con los que se ha comprometido México.

El aborto sucede en una situación de crisis; a las personas que han pasado por esa situación, les debemos acompañamiento, apoyo y escucha. Pero, por razones de mucho peso, lo mejor es, al mismo tiempo, mantener la prohibición del aborto voluntario para los 21 estados que hasta ahora no han modificado su código penal. La primera razón es que mantener la prohibición impide que la industria del aborto irrumpa en nuestro territorio. La segunda la vemos en los servicios de salud: evitamos que el presupuesto escaso de estos servicios se vea menoscabado por este motivo, y que el personal sanitario sea obligado a violar su consciencia. En tercer lugar, mantiene con vida el mensaje de nuestro orden jurídico: la vida de todos los seres humanos es valiosa sin importar su edad, grado de desarrollo o apariencia. Y en cuarto lugar, contrario a lo que a veces se piensa, necesitamos que sea así para proteger de la violencia a las mujeres y adolescentes.

Nuestras circunstancias nos urgen a darle a este problema un lugar primordial en nuestra agenda como sociedad. Sería muy cómodo para el Estado que su respuesta a las mujeres embarazadas en situación de necesidad consista en una única alternativa: el aborto. No queremos eso, y pensamos que esos problemas se tienen que resolver de la manera más profunda y humana posible. Necesitamos alternativas para proteger el espíritu de nuestra sociedad: respetar la dignidad de todos los seres humanos, y permitir y promover que se realicen plenamente. Para ello, siempre es mejor estar informados. Les compartimos el informe completo, lo pueden descargar aquí:

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