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La ironía de las plagas

La ironía de las plagas

Reseña de Pompoko (1994).

Por Sara Arriaga Lovera (SAL).

La guerra de los mapaches, o Pompoko por su nombre en japonés, es probablemente una de las producciones de Studios Ghibli menos aclamadas, a pesar de haber sido dirigida por los mismísimos Isao Takahata y Hayao Miyasaki, dos de los integrantes del cuarteto de oro complementado por Toshio Suzuki y Yasuyoshi.

Incluso, el filme acreditó varios premios. En 1995 obtuvo el premio Cristal al mejor largometraje de animación, también el premio a la mejor película de animación en los Mainichi Film Awards. Y fue elegida por la Academia de Cine Japonesa para representar al país en la 67ª edición de los premios Oscar, aunque al final no resultó nominada.

Aún así, el filme es subestimado, ¿por qué? Pompoko no es valiosa solo por la animación, por quién la dirigió o por lo bien que está hecha. El filme nos plantea de forma humorística un verdadero dilema moral y ecológico. 

¿Qué pasa cuando nuestros esfuerzos por preservar la propia vida humana desenlazan en el exterminio del resto de la vida en la tierra? ¿Es sustentable sacrificar el mundo, ya no solo por preservar nuestra especie, sino para extenderla indefinidamente? ¿Qué consecuencias tiene la complejidad progresiva de la vida, cuando pasamos de satisfacer las necesidades a los lujos? 

Estas son algunas de las preguntas que podemos rescatar del contexto y la historia sobre los que se plantea Pompoko. Aún así, este mensaje no pasó de una pantalla, de algunas nominaciones y de un “qué buena, rara o fea película”.

El filme se estrenó en 1994, al principio de lo que se conocería más adelante como la “década perdida” que se refiere al estancamiento económico que brotó posterior al “milagro japonés”. No obstante, Pompoko nos sitúa más bien en este último, en la plenitud de Japón. 

Se le conoce como milagro Japonés debido al extraordinario crecimiento económico que tuvo Japón tras la post-guerra, que terminó situándolo como la segunda mayor economía del mundo a principios de la década de 1990. A pesar de esto, la perspectiva del milagro Japonés que nos muestra el icónico filme de Studios Ghibli es más oscura de lo que la riqueza y el poder nos presentan como un milagro.  Hablemos del desarrollo industrial, la gentrificación y el desabastecimiento de recursos limitados al pie de nuestra especie. 

La película comienza con un paisaje de armonía entre el humano y la naturaleza. Hay un poblado en el bosque, que se intercala con los árboles, rodea los ríos y se ve custodiado por las montañas. Ahí, las personas se dedican a la agricultura, a la caza y a la pesca. Los animales, como los mapaches, se benefician de ese asentamiento. Obtienen comida y vivienda mutuas, pero también hay el suficiente espacio entre humanos y animales para coexistir juntos, en un mismo entorno. 

Esto cambia con el desarrollo económico, ya que  le permite a los humanos desarrollar técnicas y herramientas para tener más comodidades, más comida, más espacio, menos trabajo y más tiempo. Entonces, en condiciones favorables, tal y como al principio del tiempo: la vida se expande. Lástima que con ello no se expande también el mundo. Los humanos poco a poco se van apropiando de más territorio, desplazando al resto de especies que también tenían un hogar ahí. 

Pero, la especie humana, va creciendo demasiado, y necesita más: seca los ríos, pues necesita cada vez más agua para beber y trabajar; corta los árboles, pues necesita madera para el fuego de su hogar; contamina la tierra, pues necesita donde construir sus viviendas de cemento y metal. 

En esta historia, el egoísmo del humano se pondera sobre todo aquello que es diferente a sí mismo. Los humanos se distanciaron de los animales, abusaron de la tierra y de sus bondades, se apropiaron exclusivamente de todo lo que querían. Recluyeron a los animales en un espacio cada vez más pequeño. Claro, no olvidemos que Pompoko es la sátira del egoísmo de la supremacía humana, porque, al menos en esta historia los mapaches, los zorros, y otros animales, podían reclamar el mismo derecho que nosotros. 

Ellos lo llamaban la “magia de la transformación”, pues ¡podían convertirse a sí mismos y a lo demás en lo que quisieran! En la película, poseer esta magia fue clave para que los mapaches pudieran defenderse, reconocer al amigo y al enemigo, protegerse entre sí, entender lo que sucedía, pero sobre todo… para pelear. Pelear por las mismas causas que nosotros: por la vida. Al menos, los mapaches podían concebir un mundo para todos, donde no hubiera tantos humanos, pero sí los suficientes como para que pudieran seguir compartiendo hamburguesas, cultivos, pollo frito y basura. 

Al final, los mapaches entienden que los humanos se apropiaron de la misma magia, y transformaron el mundo a su imagen y semejanza. Ese ya no era el mundo que podían compartir. Sōkichi, el mapache, lo supo: “se supone que sólo los mapaches podemos transformar las cosas, pero mira a los humanos: lo han cambiado todo”. Ahora era nuestro mundo, de cemento y máquinas, sucio y exclusivo. Donde los mapaches son plagas.

En 1988, la Organización Mundial de la Salud (OMS) definió como plaga a “aquellas especies implicadas en la transferencia de enfermedades infecciosas para los humanos y en el daño o deterioro del hábitat o bienestar urbano cuando su existencia (sobrepasa) los umbrales de tolerancia, es decir (…) provoca problemas sanitarios, medioambientales, molestias o pérdidas económicas”. La plaga nos estorba para vivir.

Los humanos no sólo hemos proliferado, sino que hemos excedido los límites de la Tierra. Por lo que, en vista de la escasez y la necesidad de, no solo preservarnos, sino abastecernos lujosamente, hemos destruido hábitats, desplazado y exterminado especies, acoplando el ecosistema a nuestras comodidades. Así, según la Real Academia Española, el desarrollo creciente y desordenado de seres vivos de una misma especie que pone en riesgo un ecosistema, causando daños o enfermedades a poblaciones animales y vegetales, también se define como plaga

Pompoko es la historia de mapaches que tenían un hogar, y de humanos que lo plagaron. Pero, ahora, ya no hay historia ni un problema que tratar, porque el mundo es distinto y Pompoko… sólo es una película para niños, ¿no?

Lógica y espiritualidad: más allá de la conmemoración de la UNESCO sobre un Día de la Lógica.

Lógica y espiritualidad: más allá de la conmemoración de la UNESCO sobre un Día de la Lógica.

A cinco años de la conmemoración del Mundial de la Lógica proclamada por la UNESCO y celebrada el 14 de enero, quiero apuntar a una realidad poco mencionada de la lógica. Esto es ir más allá de la función de la lógica para la “construcción de la paz”.

Esta realidad es que la lógica es una disposición fundamental para el desarrollo de la espiritualidad. A menudo observo que los filósofos y filósofas se han encontrado con este hallazgo. Aunque no he encontrado quien lo diga directamente. Por espiritualidad quiero significar simplemente el modo de vida que conlleva convencimiento de que vale la pena vivir cada día con amor. Desde aquí me limitaré ahora a hablar de la “espiritualidad Cristiana“, por los límites de mi conocimiento y mi intención con esta reflexión.

Mi tesis no es original, pero creo que ha sido poco rescatada porque no “da el ancho” al obscurantismo,—que a menudo confundimos con valor—, que caracteriza las reflexiones de filósofos que se interesaron en la vida espiritual cristiana como Pascal, Kant o Kierkegaard. Apunto directamente a sus afirmaciones,—que considero inexactas, aunque no falsas—, sobre “poner límites a la razón, para dar lugar a la fe“.

Partiré de que la lógica es principalmente un método de observación, de generación del conocimiento y de la acción inteligente. Esto reúne la naturaleza de la reflexión que podemos rastrear en los fragmentos de Aristóteles sobre el razonamiento y la lógica.

Sin embargo, en algún punto,—si no es desde el comienzo—, hemos perdido la claridad de la naturaleza e intención de Aristóteles al proponer la silogística o los métodos del razonamiento. El núcleo de esta teoría son las “definiciones”, “principios del conocimento”, “…de la acción”, o las “formas”. Se trata de las reglas que resultan de las investigaciones o de la experiencia cotidiana, y que dan lugar a las acciones virtuosas o buenas (término que comprende según Aristóteles tanto las técnicas y lo que conocemos como la vida moral); a las demostraciones que producen el aprendizaje de las ciencias; y a las opiniones que se afirman cuando un diálogo se da entre personas con conocimiento de los asuntos que se tratan.

Las leyes, la tecnología y las ciencias serían, en opinión de este viejo filósofo, un resultado de la comunicación de estos principios que descubrimos día a día y que conservamos en nuestra tradición y costumbres.

Y así, la plenitud o “eudaimonía” de una vida humana,—sea de una persona o de las comunidades de personas—, es el resultado del cuidado que damos a estos “principios”. Mejor y comúnmente llamados creencias, hipótesis, opiniones o tradiciones.

Tal cuidado, opinaba Aristóteles, sólo pueden darlo aquellos que actúan y deliberan a partir de sus “principios del conocimiento“. Estos son quienes guian su acción y su vida inteligentemente según sus propósitos y circunstancias. Lo cual no es asequible por quienes viven a partir del mero instinto o por sus pasiones. Aristóteles atribuye esta disposición a los “jóvenes” por su falta de experiencia, pero también a las personas de “carácter juvenil” en general.

Esta afirmación, que he tomado del libro I de la Ética Nicomáquea, me parece quizá la más importante para entender qué es una vida plena humanamente. Se trata simplemente del uso del conocimiento para guiar la acción inteligentemente. Profundizar de más nos podría impedir ver el camino y la comunicación de la sabiduría, que consiste en la capacidad de hacer y demostrar lo que es bueno porque se ha vivido virtuosamente y lógicamente en cuidado de sus principios.

Al advertir esto en la silogística de Aristóteles podemos comprender que lo que podemos esperar de su aprendizaje y aplicación es una disposición y métodos que tiene lugar en casi todos los ámbitos de nuestra vida. El habitualmente llamado “silogismo práctico” encierra el carácter de la aplicación de un principio del conocimiento a ciertas circunstancias. Un ejemplo que habitualmente se brinda es: “Lo dulce es agradable/ hay una ocasión de comer pasteles (que son dulces)/ me dispongo a comer los pasteles”. Se implica que lo agradable es un motivo de nuestra acción.

Por otro lado, observo que en la enseñanza nivel bachillerato y universitario de la lógica formal tal es la estructura de acción que se espera que sigan los estudiantes. Por ejemplo: el modus ponendo ponens, que puede definirse como “si se establece que al darse un fenómeno X, entonces se da también Y; cuando se de X, entonces podemos concluir Y“. Al partir de esta u otras reglas de la lógica podemos orientar nuestra deliberación ante las variadas circunstancias.

Por otro lado, nótese que la estructura de acción del “silogismo práctico” consiste en la condición misma de la vida virtuosa o plena: la aplicación de los principios del conocimiento para producir una acción inteligente o un resultado esperado. Este es un punto secundario que quiero dejar asentado: la racionalidad es un asunto práctico

Incluso si se observa con estas coordenadas el ejemplo constante de “silogismo teórico” que parte del principio “todos los hombres son mortales“, podemos encontrar que posee una condición práctica: la premisa menor “Sócrates es hombre” pretende ser un caso de aplicación de la regla para concluir que podemos esperar que “Sócrates es mortal”. Para la vida moral y religiosa algunos podríamos cuestionar el principio con casos bíblicos como “Elías fue hombre y no murió” para redefinir el alcance de la afirmación y deliberar en qué sentido orientamos nuestra vida a la “inmortalidad” (nuestra condición biológica no precisamente se pone en duda).

Llegando así al punto principal de mi reflexión: la vida espiritual es la vida que se asienta sobre un principio fundamental, o “primer principio”. Tal es la convicción de que vivir virtuosamente es mirar la vida a partir de la sabiduría más profunda e incierta: que el amor cabe en este mundo por el hábito y la disposición de aprender a vivirlo. Hay otros principios que podemos suscribir a este.

Digo que el amor es incierto, no por su valor, sino por la difícil batalla que se sotiene día a día para mantener nuestro espíritu erguido ante ese principio. Como otros antes y después, el agustino Tomás de Kempis inicia su Imitación de Cristo (publicado alrededor del 1418-1427 d.C.), remarcando el carácter práctico y lógico de la fe en Cristo,— o convicción en los términos más modernos: “no son los discursos profundos los que santifican a una persona, sino la vida virtuosa. (Esta) es la que lo hace a uno agradable a Dios”.

Tal vida virtuosa se vive en imitación de los principios que Cristo nos dejó con su vida y su palabra. Y siempre está el peligro de “escuchar y ver” y “sentir pocas ganas de prácticar el Evangelio”. El “espíritu de Cristo”, dice Kempis, es de lo que carecemos en esos momentos. Dice el filósofo Jean Guitton al respecto “hay que suprimir los preparativos, nada hay anterior al esfuerzo o al amor“. El espíritu de Cristo es principalmente ese esfuerzo por vivir plenamente en el amor.

Si la racionalidad nos asemeja a Dios, no es porque la poseemos en tanto somos humanos. Probablemente, tampoco porque nos distinga de otros animales no humanos, como opina el filósofo Stuart Mill al definir la naturaleza de la inferencia en la observación y la memoría de los animales en general. Sino porque la práctica del principio fundamental de la espiritualidad,—o la espiritualidad Cristiana en el caso que propongo—, nos acerca a ser imagen de Dios mediante la imitación de Cristo.

Así, la Cristiandad y la Racionalidad se perfilan como asuntos eminentemente prácticos, aunque no mutuamente implicantes: puede haber racionalidad sin cristiandad, aunque no cristiandad sin racionalidad. Y en esto último reside todo mi punto con esta reflexión.

Esto es lo que, en mi opinión, significa ir un poco más lejos en la reflexión sobre la importancia de enseñar y promover la lógica para nuestras sociedades: la teoría y métodos del razonamiento son una condición básica para una vida plena y para la espiritualidad. Con ella haremos crecer nuestras virtudes humanas y nuestra espiritualidad, como describe el filósofo Charles S. Peirce, queriendo y cuidando nuestras creencias, conversaciones, y nuestra convicción más importante en la vida “como (haríamos) con las flores de (nuestro) jardín”.

La crisis de los Tulipanes y los aprendizajes que nos dejó

La crisis de los Tulipanes y los aprendizajes que nos dejó

En el siglo XVII, los Países Bajos vivieron un episodio intrigante que involucra a los tulipanes, y que va más allá de su función decorativa en los campos. Esta historia nos sumerge en el mundo de las burbujas financieras y las decisiones impulsadas por la psicología del mercado.

En aquel entonces, los tulipanes en Holanda eran símbolos de estatus y lujo, despertando una especie de fiebre financiera debido a su rareza. El tulipán Semper Augustus era especialmente codiciado, pero lo que realmente fascinaba a la gente eran los bulbos de tulipán, que prometían futuras flores y desencadenaban una fiebre especulativa.

La euforia alcanzó su punto más alto entre 1636 y 1637, con los precios de los bulbos llegando a niveles sorprendentes. Muchos llegaron a hipotecar sus hogares en busca de ganancias rápidas en subastas de bulbos de tulipán. Sin embargo, como suele suceder con las burbujas financieras, esta también estaba destinada a estallar.

En febrero de 1637, el mercado colapsó, dejando a muchos en bancarrota y enseñándonos lecciones duraderas sobre la especulación irracional y la fragilidad de las burbujas financieras.

Más allá de la extravagancia de la época, la historia de la crisis de los tulipanes ofrece lecciones atemporales sobre la psicología del mercado. La fiebre de los tulipanes ilustra cómo las decisiones financieras pueden ser influenciadas por el comportamiento de la multitud, con el “miedo a perderse de algo” (que ahora llaman con el acrónimo de FOMO “fear of missing out”) llevando a muchos a unirse a la euforia a pesar de que lógica diría lo contrario, una dinámica que aún resuena en los mercados actuales.

Durante la crisis de los tulipanes, muchos apostaron todo a un solo activo de especulación. Aquí resalta la lección clave de diversificar y tomar decisiones informadas. La diversificación protege contra la volatilidad, y la información respalda decisiones financieras más sólidas.

Aunque los campos de tulipanes desaparecieron, las lecciones que nos dejaron se pueden resumir en la importancia de la prudencia, aprender de las burbujas financieras pasadas y dar valor a la información y sensatez al momento de invertir, lo que nos puede ayudar a proteger nuestro patrimonio.

Esta parte de la historia, nos invita a considerar cuidadosamente nuestras decisiones financieras. Diversificar nuestras inversiones en diferentes áreas, y no dejarnos llevar por la fiebre del momento son prácticas esenciales; también nos indican la importancia de sembrar sabiamente y no poner todos nuestros huevos en una sola canasta por moda. En el mundo de las inversiones, la paciencia, la diversificación y la prudencia son nuestras aliadas más valiosas. 

Para terminar y siguiendo con la tradición de mis posts, cerraré el tema con una frase relacionada con el tema.

    “Si quieres entender la geología, estudia los terremotos.
                                    Si quieres entender la economía, estudia las crisis”
                                      Ben Bernanke, premio Nobel de Economía 2022

Un abrazo hasta donde estés leyendo esto

Tania MO

Fiducia supplicans

Fiducia supplicans

Apenas un día después de cumplir sus 87 años, Francisco ocupaba los titulares de los principales medios de comunicación a nivel mundial. Los encabezados decían, jubilosos, más o menos lo siguiente: “el Papa autoriza las bendiciones de las parejas gay”. Y, por una vez, tenían razón. Normalmente los titulares de los medios profanos suelen ser muy tendenciosos, amarillistas, escandalosos, más cuando tratan de asuntos eclesiales. Pero, en esta ocasión, tenían razón. ¿Un triunfo del “lobby gay”? ¿Se confirma la existencia de un “lobby gay” dentro del Vaticano y a altísimo nivel? Yo diría, no. Más bien se trata de un triunfo de la misericordia, de una lanza a favor de la prudencia pastoral, que prima sobre la rigidez del derecho. De una realidad que expresa cómo la Iglesia es una realidad viva, que se resiste a ser encorsetada, y da cauce a las necesidades pastorales del “Pueblo de Dios”.

Pero, vamos por partes. Como en todo, resulta preciso matizar, para no simplificar una realidad compleja, o verla sólo de modo superficial, porque, más en este caso, se trata de un cambio muy profundo. Lo que afirma la Declaración Fiducia supplicans en realidad es muy simple. Estaba ahí, y no nos dábamos cuenta. Se limita a hacer dos distinciones, una de ellas novedosa. Distingue con claridad primero entre “liturgia” y “piedad popular”. En ese sentido, una cosa son los sacramentos y otra las bendiciones -tradicionalmente consideradas “sacramentales”-. En segundo lugar -y esto es lo novedoso, por eso el documento adquiere la categoría de “Declaración”- establece dos niveles dentro de las bendiciones. Podríamos decir, simplificando, que se tratan de las bendiciones propias del bendicional y reguladas por la Iglesia universal, las conferencias episcopales o las diócesis, por un lado (es decir, las bendiciones de siempre) y, por otro, las que pudiéramos denominar “bendiciones espontáneas”, en un nivel inferior. Al mismo tiempo, con un sólido sustento escriturístico, el documento nos ilustra sobre cómo las bendiciones pueden ser, a su vez, “descendentes” (de Dios hacia nosotros) o “ascendentes” (de nosotros a Dios).

El caso es que, en ese nuevo apartado de bendiciones, caben las bendiciones a personas en situación irregular. No sólo parejas del mismo sexo, también parejas heterosexuales que no están casadas religiosamente, sino sólo civilmente o en unión libre. En sentido más amplio a cualquier clase de pecador -todos lo somos-. El único requisito es evitar cualquier equiparación al matrimonio canónico, es decir, crear confusión acerca de la naturaleza del sacramento. En este ámbito, el texto reafirma la doctrina invariable de la Iglesia al respecto: se da únicamente entre mujer y varón, y debe estar abierto a la vida, con intención de permanecer unidos hasta la muerte.

Las bendiciones de parejas del mismo sexo o en situación irregular, entrarían dentro del ámbito de la piedad popular, y se dejarían a la prudencia pastoral del ministro. En este sentido, ¡cuántas veces no se ve “forzado” el sacerdote a bendecir a unos borrachos! (por algún extraño motivo los atraen, por lo menos en México). Pero, en ocasiones, no sólo a borrachos, también a travestis o a prostitutas. ¿Ya olvidamos aquello del Evangelio: “los publicanos y las prostitutas los precederán en el Reino de los Cielos” (Mateo 21, 31)? Y, en general, a todo pecador, tristemente incluso a narcotraficantes. Nuevamente, todos somos pecadores. El texto afirma con claridad, citando a Francisco: “cuando se pide una bendición se está expresando un pedido de auxilio a Dios, un ruego para poder vivir mejor, una confianza en un Padre que puede ayudarnos a vivir mejor”.

Personalmente me resultan particularmente esperanzadoras las siguientes palabras de Francisco citadas por el documento:

“Las decisiones que, en determinadas circunstancias, pueden formar parte de la prudencia pastoral, no necesariamente deben convertirse en una norma. Es decir, no es conveniente que una Diócesis, una Conferencia Episcopal o cualquier otra estructura eclesial habiliten constantemente y de modo oficial procedimientos o ritos para todo tipo de asuntos […] El Derecho Canónico no debe ni puede abarcarlo todo, y tampoco deben pretenderlo las Conferencias Episcopales con sus documentos y protocolos variados, porque la vida de la Iglesia corre por muchos cauces además de los normativos”

¿Por qué? Por que nos liberan de la camisa de fuerza en la que a veces nos mete el derecho canónico. Y corroboran aquellas otras palabras, tantas veces olvidadas de la Escritura: “la letra mata, pero el Espíritu vivifica” (2 Corintios 3, 6). La rigidez de la norma a veces daña a las personas, eso sucede en todo derecho, pero particularmente en el eclesiástico. Por eso Francisco da un paso histórico dándole un protagonismo pastoral a la prudencia del ministro y, a través de él, a la acción del Espíritu Santo (“El Espíritu sopla donde quiere…” Juan 3, 8), sobre la norma codificada.

Por eso me parece histórico este documento, pues más que una “victoria del lobby gay”, me parece una victoria del Espíritu sobre la norma. Un triunfo de la pastoral sobre el Código. En realidad, la sumisión social al código es reciente -Napoleón lo promulga en 1804-, en la Iglesia es más reciente (1917). En todo caso, se trata de una puesta en práctica de las últimas líneas del último canon del Código (1752): “la salvación de las almas debe ser siempre la ley suprema en la Iglesia”. Francisco, simplemente, está siendo consecuente con esta máxima, con la que a veces no concuerdan, en la práctica, los 1751 cánones precedentes.

Humanismo cristiano y trabajo

Humanismo cristiano y trabajo

Que el cristianismo ha supuesto una toma de conciencia sobre el valor del trabajo queda fuera de toda duda. Quizá la referencia más clara a este tema en la Escritura, se encuentre en la tradicional versión vulgata de la Biblia -la que fue compilada por san Jerónimo, y que se usó en la Iglesia Católica hasta 1981-, cuando afirma -cito primero en latín y luego traduzco, por estar redactada esta versión en el original en esa lengua- Homo nascitur ad laborem, et avis ad volatum”. “El hombre nace para trabajar y el ave para volar” (Job 5, 7. Vg).

Esto es así por designio originario de Dios, ya en el Génesis, el primer libro de la Biblia, antes de que el hombre cometiera el pecado original, se consigna con claridad: “Tomó Yahveh Dios al hombre y le dejó en el jardín del Edén, para que lo trabajase y lo cuidase” (Génesis 2, 15).  En el Nuevo Testamento, por su parte, también hay referencias sustanciales sobre el valor del trabajo, la más importante, y un tanto misteriosa, todo hay que decirlo, aparece en el evangelio de san Juan, capítulo 5º, versículo 17: “Mi Padre trabaja siempre, y yo también trabajo”. ¿Por qué es importante esta referencia? Porque nos señala al trabajo como un medio para identificarnos con Dios. Jesús afirma con claridad que Él y el Padre siempre trabajan. Los años de vida oculta de Jesús (la tradición nos dice que fueron 30), son más que elocuentes: Jesucristo dedicó la mayor parte de su vida a trabajar, a desempeñar un sencillo oficio manual, de forma que era conocido como “el hijo del Carpintero”, lo que denota cómo san José tenía prestigio profesional en su pueblo. Jesús nos estaba salvando y redimiendo mientras trabajaba, no “a pesar de su trabajo”, sino precisamente “con su trabajo”.

San Josemaría Escrivá de Balaguer

Para el cristiano, pensar en el trabajo de Jesús, es un rico filón espiritual; de hecho, hay toda una “espiritualidad del trabajo”, según la cual, el trabajo es un medio a través del cual el hombre puede alcanzar la unión con Dios, mientras se perfecciona a sí mismo y al mundo que le rodea. Es decir, no es sólo una especie de “terapia ocupacional” o un medio para transformar el mundo; ni siquiera, únicamente, la forma de sacar adelante, honradamente, a una familia. Es eso, pero es mucho más, se configura como la forma de cumplir la misión que Dios nos ha dado de transformar el mundo y dirigirlo a su plenitud. Por eso el trabajo adquiere una “dimensión vocacional”. Quizá quien ha desarrollado más profundamente esta espiritualidad del trabajo en el mundo contemporáneo sea san Josemaría Escrivá. El cual tiene palabras verdaderamente inspiradas e inspiradoras al respecto, como las siguientes:

“El trabajo nace del amor, manifiesta el amor, se ordena al amor. Reconocemos a Dios no sólo en el espectáculo de la naturaleza, sino también en la experiencia de nuestra propia labor, de nuestro esfuerzo” (Es Cristo que pasa, n. 48).

Resulta revolucionario por dos motivos: en primer lugar, por vincular el trabajo al amor, es decir, a la actividad más sublime del hombre. Descubrir cómo, en el fondo, es el amor el motor del trabajo. De esta forma podemos decir, sin temor a equivocarnos, que alguien que ama su trabajo tiene uno de los ingredientes más importantes para ser feliz en la vida. En segundo lugar, y en esto es un pionero en la espiritualidad de la Iglesia, porque ofrece en el espectáculo de nuestro propio trabajo, de nuestro esfuerzo y nuestro cansancio al realizarlo, un modo privilegiado de “contemplar a Dios”, de descubrirlo. Ya no sólo podemos ver a Dios en el espectáculo de un atardecer, del mar o la montaña, también podemos descubrirlo en nuestra labor cotidiana.

En la misma línea hilvana el Papa Francisco su propuesta espiritual, al alcance de todos. Así, el 1 de mayo de 2020, decía en la homilía de la misa de san José Obrero:

“Y el trabajo es lo que hace al hombre semejante a Dios, porque con el trabajo el hombre es un creador, es capaz de crear, de crear muchas cosas, incluso de crear una familia para seguir adelante. El hombre es un creador y crea con el trabajo. Esta es la vocación… Es decir, el trabajo tiene en sí mismo una bondad y crea la armonía de las cosas – belleza, bondad – e involucra al hombre en todo: en su pensamiento, en su actuación, en todo. El hombre está involucrado en el trabajo. Es la primera vocación del hombre: trabajar. Y esto le da dignidad al hombre. La dignidad que lo hace parecerse a Dios. La dignidad del trabajo”.

Papa Francisco

Francisco frecuentemente vincula la noción de “trabajo”, con la de “dignidad”. Dicho de otro modo y abruptamente: la gente no necesita solamente dinero, necesita saberse útil, aportar a la sociedad, desarrollar su creatividad, crecer como persona; y esto lo consigue a través de su trabajo. Por eso resulta profundamente humanista la valoración cristiana del trabajo, pues contribuye determinantemente para que la persona humana fundamente y desarrolle su dignidad, es un ingrediente indispensable de su propia felicidad.

A veces se nos presentan paraísos ideales en los que no trabajamos. Es la distopía del futuro donde todo lo harán las máquinas, la inteligencia artificial. Nosotros nos dedicaríamos exclusivamente al ocio, a descansar. Hay algunos elementos de verdad en estas propuestas: el ocio permite pensar, dedicarse a la contemplación; todos necesitamos del merecido descanso. Pero una vida sin trabajo, al final del día sería aburrida, abominable, vacía de sentido. Por eso, hoy más que nunca, ante los desafíos de la inteligencia artificial y la robótica, que amenazan con volvernos superfluos o prescindibles, es necesario reivindicar el trabajo como elemento primordial de la dignidad humana. ¿Qué quiere decir eso? Que debemos “dinamitar” la distopía, para construir, hasta donde sea posible, la “utopía”, es decir, el mejor mundo posible, uno de cuyos elementos primordiales, es la capacidad de aportar al mundo e intervenir en la sociedad, de crear a través de nuestro trabajo.

Trabajo en equipo

La sociedad enfrenta entonces un doble desafío. Por un lado, en el mundo altamente industrializado, no suprimir el trabajo humano, no declarar superflua y superada la creatividad humana, por la inteligencia artificial, la robótica y la automatización de los procesos. En el mundo subdesarrollado, en cambio, el panorama presenta varias dificultades acuciantes: crear fuentes de empleo para todos, remunerarlas suficientemente, proporcionar el justo descanso. De hecho, todavía hay mucho trabajo infantil, muchas condiciones laborales infrahumanas, muchas formas veladas de esclavitud, y una gran carencia de empleos, tanto para jóvenes como para personas maduras. Todo esto ofrece un panorama desesperanzador y agudiza la división existente en el mundo.

Por eso, para contribuir a consolidar la dignidad humana y que ésta no sea letra muerta, papel mojado, ideal irrealizable, resulta imprescindible realizar una profunda reflexión sobre el papel del trabajo en la vida y en la sociedad humana, por un lado. Por otro, acoger el desafío de crear fuentes de trabajo acordes con dicha dignidad, en el que cada persona pueda aportar algo de su personal creatividad e ideales. La tecnología debe confluir entonces en ese sentido, para facilitar el desarrollo del trabajo, no para suprimirlo porque, de nuevo, si se suprime, se cercena una importante dimensión humana, atentando ello contra el auténtico humanismo.

Por eso, la reflexión filosófica y teológica sobre el trabajo debe acompañar acompasadamente a la evolución del mismo gracias a la ciencia y la tecnología. Se precisa entonces de un diálogo interdisciplinar entre ciencia, tecnología, filosofía y teología, para construir un futuro con trabajo, que permita al ser humano desarrollar todas sus capacidades y alcanzar su plenitud humana, su felicidad en una palabra. En ese desafío improrrogable nos encontramos inmersos en la actualidad.

Bronze sculpture called Cumil (The Watcher) or Man at work, Bratislava, Slovakia
MDNMDN