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La ironía de las plagas

La ironía de las plagas

Reseña de Pompoko (1994).

Por Sara Arriaga Lovera (SAL).

La guerra de los mapaches, o Pompoko por su nombre en japonés, es probablemente una de las producciones de Studios Ghibli menos aclamadas, a pesar de haber sido dirigida por los mismísimos Isao Takahata y Hayao Miyasaki, dos de los integrantes del cuarteto de oro complementado por Toshio Suzuki y Yasuyoshi.

Incluso, el filme acreditó varios premios. En 1995 obtuvo el premio Cristal al mejor largometraje de animación, también el premio a la mejor película de animación en los Mainichi Film Awards. Y fue elegida por la Academia de Cine Japonesa para representar al país en la 67ª edición de los premios Oscar, aunque al final no resultó nominada.

Aún así, el filme es subestimado, ¿por qué? Pompoko no es valiosa solo por la animación, por quién la dirigió o por lo bien que está hecha. El filme nos plantea de forma humorística un verdadero dilema moral y ecológico. 

¿Qué pasa cuando nuestros esfuerzos por preservar la propia vida humana desenlazan en el exterminio del resto de la vida en la tierra? ¿Es sustentable sacrificar el mundo, ya no solo por preservar nuestra especie, sino para extenderla indefinidamente? ¿Qué consecuencias tiene la complejidad progresiva de la vida, cuando pasamos de satisfacer las necesidades a los lujos? 

Estas son algunas de las preguntas que podemos rescatar del contexto y la historia sobre los que se plantea Pompoko. Aún así, este mensaje no pasó de una pantalla, de algunas nominaciones y de un “qué buena, rara o fea película”.

El filme se estrenó en 1994, al principio de lo que se conocería más adelante como la “década perdida” que se refiere al estancamiento económico que brotó posterior al “milagro japonés”. No obstante, Pompoko nos sitúa más bien en este último, en la plenitud de Japón. 

Se le conoce como milagro Japonés debido al extraordinario crecimiento económico que tuvo Japón tras la post-guerra, que terminó situándolo como la segunda mayor economía del mundo a principios de la década de 1990. A pesar de esto, la perspectiva del milagro Japonés que nos muestra el icónico filme de Studios Ghibli es más oscura de lo que la riqueza y el poder nos presentan como un milagro.  Hablemos del desarrollo industrial, la gentrificación y el desabastecimiento de recursos limitados al pie de nuestra especie. 

La película comienza con un paisaje de armonía entre el humano y la naturaleza. Hay un poblado en el bosque, que se intercala con los árboles, rodea los ríos y se ve custodiado por las montañas. Ahí, las personas se dedican a la agricultura, a la caza y a la pesca. Los animales, como los mapaches, se benefician de ese asentamiento. Obtienen comida y vivienda mutuas, pero también hay el suficiente espacio entre humanos y animales para coexistir juntos, en un mismo entorno. 

Esto cambia con el desarrollo económico, ya que  le permite a los humanos desarrollar técnicas y herramientas para tener más comodidades, más comida, más espacio, menos trabajo y más tiempo. Entonces, en condiciones favorables, tal y como al principio del tiempo: la vida se expande. Lástima que con ello no se expande también el mundo. Los humanos poco a poco se van apropiando de más territorio, desplazando al resto de especies que también tenían un hogar ahí. 

Pero, la especie humana, va creciendo demasiado, y necesita más: seca los ríos, pues necesita cada vez más agua para beber y trabajar; corta los árboles, pues necesita madera para el fuego de su hogar; contamina la tierra, pues necesita donde construir sus viviendas de cemento y metal. 

En esta historia, el egoísmo del humano se pondera sobre todo aquello que es diferente a sí mismo. Los humanos se distanciaron de los animales, abusaron de la tierra y de sus bondades, se apropiaron exclusivamente de todo lo que querían. Recluyeron a los animales en un espacio cada vez más pequeño. Claro, no olvidemos que Pompoko es la sátira del egoísmo de la supremacía humana, porque, al menos en esta historia los mapaches, los zorros, y otros animales, podían reclamar el mismo derecho que nosotros. 

Ellos lo llamaban la “magia de la transformación”, pues ¡podían convertirse a sí mismos y a lo demás en lo que quisieran! En la película, poseer esta magia fue clave para que los mapaches pudieran defenderse, reconocer al amigo y al enemigo, protegerse entre sí, entender lo que sucedía, pero sobre todo… para pelear. Pelear por las mismas causas que nosotros: por la vida. Al menos, los mapaches podían concebir un mundo para todos, donde no hubiera tantos humanos, pero sí los suficientes como para que pudieran seguir compartiendo hamburguesas, cultivos, pollo frito y basura. 

Al final, los mapaches entienden que los humanos se apropiaron de la misma magia, y transformaron el mundo a su imagen y semejanza. Ese ya no era el mundo que podían compartir. Sōkichi, el mapache, lo supo: “se supone que sólo los mapaches podemos transformar las cosas, pero mira a los humanos: lo han cambiado todo”. Ahora era nuestro mundo, de cemento y máquinas, sucio y exclusivo. Donde los mapaches son plagas.

En 1988, la Organización Mundial de la Salud (OMS) definió como plaga a “aquellas especies implicadas en la transferencia de enfermedades infecciosas para los humanos y en el daño o deterioro del hábitat o bienestar urbano cuando su existencia (sobrepasa) los umbrales de tolerancia, es decir (…) provoca problemas sanitarios, medioambientales, molestias o pérdidas económicas”. La plaga nos estorba para vivir.

Los humanos no sólo hemos proliferado, sino que hemos excedido los límites de la Tierra. Por lo que, en vista de la escasez y la necesidad de, no solo preservarnos, sino abastecernos lujosamente, hemos destruido hábitats, desplazado y exterminado especies, acoplando el ecosistema a nuestras comodidades. Así, según la Real Academia Española, el desarrollo creciente y desordenado de seres vivos de una misma especie que pone en riesgo un ecosistema, causando daños o enfermedades a poblaciones animales y vegetales, también se define como plaga

Pompoko es la historia de mapaches que tenían un hogar, y de humanos que lo plagaron. Pero, ahora, ya no hay historia ni un problema que tratar, porque el mundo es distinto y Pompoko… sólo es una película para niños, ¿no?

Naufragios: el dilema entre el Atlántico Norte y la Ruta del Mediterráneo

Naufragios: el dilema entre el Atlántico Norte y la Ruta del Mediterráneo

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Un famoso dilema ético nos cuestiona si accionaríamos una palanca para desviar un tranvía que está a punto de arrollar a cinco personas, a sabiendas de que al cambiar de vía el tranvía arrollaría a una persona. Han surgido variantes a este dilema: en ocasiones eres tú quien conduce el tranvía; en otras sólo accionas la palanca; incluso podrías ser tú ese único individuo a quien se dirige inminente el tranvía fuera de control. En algunas variables, se propone que se siente menos culpabilidad al accionar la palanca o presionar un botón, a pesar de que la consecuencia sea la misma que la de que arrojar desde un puente a un hombre muy gordo para detener al tranvía. En otra variable la vía es “un bucle”, o sea que, aunque lo desvíes, en cierto punto el tranvía volverá a la vía principal y el impacto contra alguna persona tendrá lugar.

En otra variante, no se trata de un tranvía, sino de mineros: cinco mineros quedan atrapados en la mina, si accionas la palanca, una roca se desplazará y podrás liberar a los cinco trabajadores, pero un minero morirá inevitablemente, porque la roca desviará el curso y lo aplastará.

Incluso se han hecho simulaciones en las que vas conduciendo un auto que se estrellará con otro; si lo desvías puedes salvar tu propia vida, pero atropellarás a alguien. La mayoría de quienes realizaron esta simulación, giraban el volante inmediatamente. Porque se trataba de un desconocido. Pero cuando la simulación cambiaba la cara del desconocido por la del hijo de cada persona, la mayoría permanecía en el carril y prefería estrellarse antes que arrollar a su propio hijo. Así pues, existen múltiples variaciones del dilema del tranvía.

Imagen: McGeddon

La ética utilitarista elegiría salvar el mayor número de vidas posibles. En este caso siempre se elegiría salvar a cinco, aunque se tenga que sacrificar a un inocente. La ética deontológica, que elige seguir un supuesto deber y tiene vertientes kantianas consideraría inmoral arrojar al hombre gordo del puente para detener al tranvía, pero no vería con tan malos ojos accionar la palanca, porque no se utiliza a alguien como medio para salvar a los demás. Incluso podría ocurrir que la persona vea que un tranvía se dirige hacia ella y se mueva para evitarlo.

La solución no es sencilla, de otro modo no sería un dilema y a esto hay que sumar la intención, el doble efecto y los daños colaterales. Estos experimentos mentales, que a veces pueden parecer demasiado abstractos y descabellados por las variables que se van sumando, tienen la finalidad de ayudarnos a tomar decisiones cotidianas o al menos a tomar partido y formar una opinión frente a situaciones extraordinarias. Y quizá es una situación extraordinaria precisamente lo que hemos observado en estos días.

Un submarino con cinco personas desaparece en el Atlántico. Un barco con al menos 700 personas naufraga en el mar Jónico. ¿A quién destinas mayor esfuerzo y recursos para la búsqueda y rescate? ¿Acaso esta situación no es semejante al dilema del tranvía?

Ahora hay que añadir los detalles. El submarino Titán de la empresa Ocean Gate realizó una inmersión el domingo 19 de junio para buscar los restos del Titanic en el Atlántico Norte, a 700 kilómetros de Terranova, Canadá y perdió la comunicación poco tiempo después.

Lugar aproximado del Titanic y desaparición del Titán.

Se trata de un submarino que no cuenta con ninguna certificación técnica oficial; que en el 2018 fue demandado por uno de los ingenieros, David Lochridge, quien consideró no se cumplían lineamientos de seguridad; que incluso es comandado por un control de una consola de juegos que fue adaptado, algo común en sumergibles, pero que no deja de resultar extraño; para la travesía, los participantes deben firmar unos documentos en los que aceptan las posibilidades de daños físicos e incluso la muerte; un submarino que en el 2022 perdió la comunicación con la nave nodriza durante tres horas –cuenta el periodista David Pogue, quien a pesar de sus temores hizo la expedición por cuestiones laborales; cada pasajero turista (además de la tripulación y eventuales pasajeros científicos) paga ordinariamente un costo de 250,000 dólares.

La expedición consta de ocho días en altamar para enseñar a los pasajeros turistas lo necesario para tripular el submarino y eventualmente realizar la inmersión. El pequeño submarino hecho con fibra de carbono y titanio puede sumergirse hasta cuatro mil metros y tiene capacidad para cinco personas, que deben ir sentadas y realmente no tienen mucho espacio. El oxígeno alcanza para 96 horas aproximadamente, pero algunos expertos aseguran que se trata de un estimado, porque quizá los tripulantes intenten respirar un poco menos para alargar la duración, de ahí que se trate de una búsqueda contra reloj.

Twitter David Pogue.

Al limitado oxígeno debemos añadir la oscuridad del fondo marino, las bajas temperaturas, las corrientes marinas, la posibilidad de quedar enganchado al naufragio del Titanic y creo que es importante considerar el factor humano: no sabemos cómo puede reaccionar cada individuo ante la desesperación de una posible inminente muerte tan terrible.

La noticia ha despertado furor por varios factores: porque el Titanic y su imaginario atrae por sí mismo; por el costo de la expedición; porque la ironía de que se considere el submarino Titán una punta de lanza mientras que es comandado por un control de Xbox; porque se trata de varios millonarios atrapados; y porque se ha hecho un derroche de recursos y desplegado una búsqueda y que cuesta millones de dólares, mientras que otros rescates no tienen tanta cobertura y ni de cerca esos recursos.

Los cinco hombres a bordo del Titán son un empresario y explorador británico –Hamish Harding–, un excomandante de la armada francesa y experto en el Titanic –Paul Henri Nargeolet–, el padre e hijo de una familia multimillonaria pakistaní –Shahzada y Suleiman Dawood­­­–, y el fundador de Ocean Gate ­–Stockton Rush– quién además es marido de Wendy Rush, la tataranieta de Isidor e Ida Straus, una pareja millonaria que murió en 1912 en el naufragio del Titanic. Se trata de cinco personas que conscientemente aceptaron los riesgos de la aventura y que además tenían grandes fortunas.

Twitter David Pogue sobre el uso del control de Xbox.

En la otra vía, se encuentra uno de los más grandes naufragios de los últimos meses en el Mediterráneo, con un número indefinido de migrantes procedentes de un barco pesquero que zarpó de Libia. Hasta el momento la guardia costera griega ha rescatado a 106 personas, pero al menos 79 han muerto y hay varios desaparecidos. ¿Quiénes iban a bordo? En este caso no tenemos los nombres, ni una breve semblanza, simplemente sabemos se trataba de migrantes. La llamada de auxilio ocurrió el martes desde la zona más profunda de ese mar, conocida como la Fosa de Calipso, que tiene una profundidad de cuatro mil metros, por lo que los rescates en esta zona son difíciles. El martes por la noche un buque de la Guardia Costera divisó la embarcación y ofreció ayuda, pero la ayuda fue rechazada, el barco continuó su recorrido y poco tiempo después se volcó.

La guerra y la pobreza orilla a la migración y con ella los traficantes de personas se han enriquecido. El año pasado la Organización Internacional para las Migraciones registró al menos 3,800 muertes en esta ruta. Lucran con los esfuerzos económicos de los migrantes, que en comparación con los 250,000 dólares podrían parecer mínimos, pero que en realidad valen mucho más porque se trata quizá de los ahorros de toda una vida; como la parábola de la viuda que da sólo una pequeña moneda como ofrenda, pero que vale más porque no ha dado lo que le sobra, sino lo necesario para vivir (Marcos 12, 41 – 44).

Para darnos una idea de la dificultad de esta travesía, les recomiendo la película Las nadadoras de Sally El Hosaini, basada en la historia de dos hermanas sirias que huyen de la guerra con la esperanza de llegar a Alemania. Las hermanas y su primo sobreviven la ruta del Mediterráneo en una balsa, en parte porque ellas se arrojaron al mar y nadaron parte de la travesía. Después de una estancia en un campo de refugiados en Grecia continuaron el camino mayormente a pie hasta Alemania.

Una de las hermanas participó en las Olimpiadas de Río de Janeiro, mientras que la otra es voluntaria y ayuda a rescatar migrantes, pero puede ser encarcelada por su labor, ya que esta ayuda humanitaria también se considera de cierta forma ilegal. A modo de pequeña crítica, sin quererme desviar del tema, quisiera señalar que en la película también se puede observar la dificultad de un migrante “promedio”, que tiene que lidiar con un nuevo idioma y de encontrarse en un lugar en el le será casi imposible progresar laboralmente. Quizá en su lugar de origen tenían alguna calificación técnica o profesional; mientras que en el nuevo lugar tendrán que empezar desde cero y en muchos casos aspirarán únicamente a trabajos manuales. Estos migrantes “comunes” se distinguen de casos excepcionales en los que el migrante es buen deportista o tiene alguna otra gran habilidad que lo ayuda a destacar.

Operación Tritón de Frontex. 15 de junio 2015.
Fuente: Fuerza de Defensa Irlandesa.

Retomando el tema, las redes sociales ardieron, porque es indignante la cantidad de recursos destinados a las búsquedas y recursos de ambos casos. Los esfuerzos y el dinero para rescatar a los tripulantes del Titán son millonarias: Estados Unidos ha enviado aviones, a la Guardia Costera y a la Marina, Canadá ha enviado médicos y barcos, los franceses sumergieron un robot. ¿Quién asume estos costos?

Bien sabemos que las aseguradoras no suelen asegurar este tipo de empresas; y más si consideramos que los cinco pasajeros firmaron un documento en el que son conscientes y aceptan el peligro físico y la posible muerte. Así pues, los rescates por lo general son pagados por los contribuyentes, salvo en ciertas excepciones. Por ejemplo, si tienes un accidente en el monte o en el mar en Croacia el rescate –así sea que utilicen un helicóptero– no tendrá ningún costo para la víctima; mientras que en otros lugares como Austria, Alemania o Estados Unidos sí habrá un pequeño costo, especialmente si el accidente ocurrió por la imprudencia de la víctima.

¿Es imprudente sumergirse en un submarino sin certificación, manejado por un control casi de juguete, con tripulantes inexpertos, en una zona profunda, oscura, helada y con una fuerte corriente marina? La pregunta es más retórica … por lo que a mí respecta, me parece una gran imprudencia e incluso temerario.

El límite para la esperanza era el jueves 22 de junio a las 13:00 horas (Europa) porque se consideraba que a esa hora se agotaría el oxígeno, sin embargo, la búsqueda continuó al menos hasta las 19 horas cuando los guardacostas anunciaron que encontraron restos significativos; incluso para ese momento se sumaron nuevos barcos al rescate, pero lo que se ha encontrado son restos del submarino. A las 21 horas la Guardia Costera de Estados Unidos en su rueda de prensa dio por fallecidos a los cinco hombres; parece que a casi 500 metros del Titanic, implosionó el Titán. Se encontraron los restos del submarino, cinco piezas, pero no creen probable recuperar los cuerpos.

Titanic partiendo de Southamton el 10 de abril de 1912.
Foto: Francis Godolphin Osbourne Stuart.

Volvamos al dilema del tranvía, claro, en este caso no es un tranvía, sino un submarino y un barco. Si siguiéramos la lógica de la ética utilitarista, lo evidente y justo sería destinar la mayoría de los esfuerzos, tiempo y recursos a rescatar a los migrantes del barco pesquero del Mediterráneo y prevenir futuros naufragios, en lugar de rescatar a cinco personas que aceptaron los riesgos de satisfacer su curiosidad para ver las ruinas del Titanic. Pero no se destinaron los mismos recursos, a veces pesa más el dinero y eso también es utilitarista.

Se podría argumentar que no es el mismo caso, porque las víctimas de ambos naufragios se encuentran en lugares diferentes; pero en febrero del 2022 un barco pesquero gallego, Villa de Pintaxo, se hundió casi en las mismas coordenadas que el Titán, muy cerca de Terranova, Canadá. 24 tripulantes murieron y tres personas sobrevivieron; basta decir que el despliegue para el rescate no fue tan abrumador como en el caso del Titán.

Entonces ¿acaso los cinco pasajeros del Titán valen más que los 700 del barco pesquero o que los tripulantes del Villa de Pintaxo? El dilema del tranvía sigue sin resolverse, incluso si se considerara una mayoría cuantitativa y no cualitativa. No creo que se puede resolver con una ética utilitarista y tampoco deontológica. Así como tampoco creo que una vida valga más que otra.

Para cada caso se debería intentar salvar a todas las personas, mantener la esperanza y agotar las posibilidades. ¿Es inmoral el despliegue de recursos para intentar rescatar a los cinco hombres del Titán? Lo es si comparamos las víctimas de otros naufragios y también resulta de cierto modo injusto y por eso nos escandaliza. Pero no debemos olvidar que en ambos naufragios las víctimas murieron de manera horrorosa.

Para morir da lo mismo si pagaste 250,000 dólares o 1000 euros; da lo mismo si eras turista o migrante; nada de eso importa. Porque varios hombres tendrán una sepultura marítima; porque a varios se les han llenado los pulmones de agua; porque habrán muerto congelados o les habrá faltado el oxígeno.

Los cinco o los cientos vivieron sus últimos minutos sabiendo que morirían de un modo horrible; no creo que alguien tenga los nervios de acero para resignarse con tranquilidad ante tal escenario y es por ello, que tanto los cinco, como los miles que yacen en el fondo marino merecen nuestra compasión.

Alemania en la ola de insolvencia

Punto de vista de un ciudadano alemán. (S. K.)

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Actualmente todas las empresas de Alemania están luchando contra el fuerte aumento de los precios de la energía. El precio del gas se ha multiplicado más de diez veces en comparación con el año pasado. Causando que muchos tengan que declararse insolventes y cerrar o trasladar sus operaciones al extranjero.

Panaderos, carniceros, cerveceros, la industria metalúrgica… la lista de empresas quebradas es larga y probablemente no llegará a su fin mientras los políticos no cedan. Véase el resumen con las empresas en bancarrota de Egon Kreutzer.

Empresas fundadas antes del cambio de siglo, como el fabricante de caramelos Bodeta o la carnicería Krön de Núremberg, sobrevivieron a la inflación galopante del final de la República de Weimar y a dos guerras mundiales, pero las sanciones y la política energética del actual gobierno alemán les están rompiendo las espaldas.

Lo que está ocurriendo, ahora mismo, es una desindustrialización de proporciones inimaginables. Si esto continúa así, dentro de un año no habrá industria manufacturera en Alemania.

Literalmente me siento impotente con esta situación. Al menos me queda el consuelo de no haber votado a los responsables de este gobierno, a ninguno de ellos. Pero eso no cambia la situación en la que nos encontramos.

Ayer me enteré que mi panadería favorita, en la que compraba panecillos desde niño, tuvo que cerrar porque no podía pagar el precio del gas. Tras la noticia y el panorama me surgió la pregunta ¿acaso debería en algún momento emigrar?

Francamente no creo que la situación se vaya a mejorar o normalizar. Me parecen demasiado testarudos los políticos que se aferran a su ideología contra viento y marea y que no toman en cuenta las necesidades del pueblo. La situación requeriría de un replanteamiento de nuestra política energética, de cómo comerciamos con la energía, un cuestionamiento de los intercambios energéticos, etc. En uno de los pocos momentos de iluminación de Horst Seehofer, afirmo: “Los que deciden no son elegidos y los que son elegidos no tienen nada que decidir”.

En la democracia representativa que impera, el ciudadano –llamado ciudadano porque tiene que ser garante de todo y de todos– puede votar cada 4 años, pero las decisiones no pueden ser sometidas a votación. El pueblo y el individuo no pueden ejercer realmente ninguna influencia, porque en realidad no tenemos elementos de una democracia directa, como sí ocurre en Suiza. De vez en cuando hay manifestaciones, algunas más concurridas que otras, pero no cambian nada, o al menos yo, personalmente, no noto cambio alguno. Quizá haya un error en mi sentir, pero mis amigos y conocidos sienten lo mismo, y en ese caso entonces ellos, y muchos otros, también estaríamos en el error.

Deutschland in der Insolvenzwelle

Ein Standpunkt eines deutschen Staatsbürgers. (S. K.)

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Andere Sprache: 🇪🇸

Alle Betriebe in Deutschland kämpfen momentan mit stark angestiegenen Energiepreisen. Die Gaspreise haben sich zum Vorjahr mehr als verzehnfacht. Viele müssen Insolvenz anmelden und schließen oder ins Ausland abwandern. Bäcker, Fleischer, Brauereien, metallverarbeitendes Gewerbe die Liste der insolventen Betriebe ist lang und findet wohl vorläufig solange die Politik nicht einlenkt kein Ende, siehe der aktuellen Zusammenfassung von Egon Kreutzer.

Betriebe die vor der Jahrhundertwende gegründet worden sind, wie beispielsweise der Bonbonhersteller Bodeta oder die Metzgerei Krön in Nürnberg haben zwei Weltkriege sowie die galoppierende Inflation am Ende der Weimarer Republik überlebt aber die Sanktions- und Energiepolitik der aktuellen deutschen Regierung bricht ihnen nun das Rückgrat. Traurig aber wahr, was gerade in diesem Land stattfindet ist gefühlt eine Deindustrialisierung von ungeahnten Ausmaßen. Wenn das in diesem Tempo weitergeht, wird es hier in einem Jahr kein produzierendes Gewerbe mehr geben.

Ich fühle mich im wahrsten Sinne des Wortes ohnmächtig, ohne Macht etwas gegen diese Situation tun zu können. Zumindest kann ich behaupten diese Entscheidungsträger im Bundestag nicht gewählt zu haben, keinen von denen. Das ändert aber nichts an der Situation in der wir uns befinden und gibt mir wenig Trost, wenn ich feststellen muss, dass mein Lieblingsbäcker, bei dem ich seit meiner Kindheit Brötchen gekauft habe zumachen muss, weil er die Gaspreise nicht bezahlen kann. Mir bleibt eigentlich nur die Überlegung ob ich irgendwann auswandern soll?

Ich glaube kaum daran, dass sich die Situation verbessern oder gar normalisieren wird, viel zu verbohrt scheinen mir die Politikdarsteller die auf Teufel komm raus an ihrer Ideologie festhängen. Dazu bräuchte es ein Umdenken in unserer Energiepolitik, wie wir Energie handeln, ein Infragestellen von Energiebörsen usw. Aber wie hat Horst Seehofer mal in einem seiner wenigen erhellenden Momente von sich gegeben: „Die, die entscheiden werden nicht gewählt und die, die gewählt werden haben nichts zu entscheiden.“

In der repräsentativen Demokratie die hier herrscht, darf der Bürger, der Bürger heißt, weil er für alles und jeden Bürgen muss, alle 4 Jahre wählen aber nicht abstimmen. Das Volk und der einzelne kann eigentlich keinen Einfluss nehmen, weil wir zu wenige Elemente einer direkten Demokratie, wie zum Bsp. in der Schweiz, haben. Zwar gibt es ab und an Demonstrationen, zum Teil auch gut besucht, aber ändern die auch nichts, jedenfalls nehme ich persönlich keine Änderung wahr. Vielleicht stimmt ja was mit meinem Gefühl nicht, aber meinen bekannten und Freunden geht es ähnlich, also muss dann auch mit deren Gefühl was nicht stimmen.

El Hospital Ángeles y el fetichismo del modernismo

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Cada vez que veo una nueva transformación, o remodelación de alguna estructura, necesito reflexionar sobre algunas de las cuestiones más ocultas del interior y que se ocultan porque tememos que nos etiqueten de retrogradas o anticuados.

¿Por qué, según el manifesto, de las últimas generaciones de arquitectos, hay un problema de vivienda? ¿Y por qué sigue siendo un problema hoy? ¿De cuándo acá nos dimos el título y el derecho de querer construir todo? La autoconstrucción siempre ha sido la cuestión, nosotros somos los que nos queremos dar la autoría de todo, pero si uno va a Europa, encontrará una gran cantidad de pueblos medievales, todos ellos construidos vernáculamente, con autores anónimos y, sin embargo, constituyen los más grandes patrimonios de belleza que pueden existir.

El problema que veo con las corrientes de la modernidad, independientemente si está es “Closed” or “Open” es que el bloque gris comenzó a multiplicarse como un virus, junto con las mezclas químicas del concreto, el cemento sobre los caminos que solían ser empedrados y los alambres que se asoman por los castillos, porque los auto constructores trataban de imitar lo que los modernos, abanderados con el modelo de la “casa domino” de Le Corbusier, y desde entonces esto no ha parado. Los resultados se dejan ver claros, toda la fealdad visual general del Distrito Federal, ahora Ciudad de México. Cada vez que paso por Avenida Constituyentes me pregunto esto, en tanto veo todas las construcciones que se despliegan ante mis ojos, como el más fiel texto de una novela donde los zombies habitan en estas anomalías que tratan de imitar el lenguaje moderno.  Me dan ganas de poner estos escenarios en una película apocalíptica y después vomitar.

Hemos traído a la vida las distopías de Orwell, Bradbury y Huxley ¿no es acaso coincidencia que parte de la película Elysium (2013) fuera grabada en Neza?

A ti, alumno de arquitectura que estás leyendo esto, ¿alguna vez has hecho algo que en ese momento parecía una buena idea, pero luego te diste cuenta de que no lo era tanto? Una vez que sigues adelante con lo que te estaba tentando y obtienes la perspectiva completa de cuáles fueron los efectos de esa decisión, la sabiduría y la experiencia se precipitan a la escena para informarte que, después de todo, fue una mala idea. Así es como aprendemos.

Tendemos a repetir los mismos errores, una y otra vez, porque hay un empujón que te dice “esta vez será diferente, será divertido, serás más inteligente…” Y es en momentos como este que puedes mantenerte fiel a las conclusiones lógicas a las que llegaste… o puedes descartar la sabiduría de tus experiencias pasadas y romper la fe con lo que crees y que sabías que era cierto. Este mismo patrón persiste en la arquitectura de hoy.

Una analogía sería mirar lo que te atraía hace 15 o 20 años, como las boy bands (sí, te estoy hablando a ti, escuincla mía). Eran novedosos y no habíamos visto ni escuchado nada como ellos antes y estábamos hipnotizados por ellos. Pero con el paso del tiempo, la sabiduría se establece y nos damos cuenta de cuán insulsas y vacías eran sus letras. Eso no quiere decir que las tendencias y las modas no siempre hayan influido en nuestra cultura, porque sería querer tapar el sol con un dedo, pero ha habido momentos en los que esas cosas pasaron a un segundo plano frente a criterios más objetivos, como la belleza.

Sí, lo dije: belleza objetiva. Ahhhhh los ojos de los críticos arden ahora mismo.¿Han leído bien? ¿Es posible que esta don nadie se atreva a hacer semejante declaración?

Es preciso aclarar antes algunos puntos.. El primero es que las expresiones de arte popular de nuestra cultura se basa en criterios arbitrariamente indefinidos. No se basan en nada objetivo (tan sólo revisen al monstruo de arte en Monsters University y como estampa su cabellera contra un lienzo). Su atractivo se basa exclusivamente en el hecho de que son nuevos y diferentes, en otras palabras, la novedad. Y la novedad no es objetiva, y no es siempre buena y por eso no tiene calidad duradera. Nos interesa porque es un espectáculo extraño hasta que perdemos el interés.

Trágicamente, nuestra cultura se ha tragado por completo esto como un medio para vendernos arte. Esta filosofía domina la música popular, las artes y, desgraciadamente, la arquitectura. Lamentablemente, aquellos de nosotros que tenemos hambre de belleza objetiva en el mundo, tenemos que quedarnos hambrientos porque los poderes fácticos no nos la van a dar.

Los edificios clásicos, góticos, románicos y renacentistas, son restos de una época que creía que la belleza es objetiva y atemporal, por lo que buscaron producir un diseño capaz de trascender generaciones y culturas de una manera que la novedad no puede.

Ya nadie diseña edificios así. Todo lo que recibimos son monstruosidades de vidrio que contaminan nuestro campo de visión y pasan de moda en pocas décadas. Hace no mucho, el Hospital Ángeles, cerca de donde vivo, se remodeló a sí mismo. Con los cambios no se preservó la corriente que moldeó ese patrón Tardomoderno, el uso de color fuerte entre terracota y vainilla para contrastar los volúmenes de dos o más losas y esos anchos pretiles en las ventanas tan característico de los años ochenta. Invirtió demasiado para actualizarse y “combinar” con la Plaza Artz que tiene enfrente. ¿Cuál fue el objetivo de su creación entonces? ¿Acaso la utilidad se reduce a la tendencia? ¿Cuál fue el punto de la inversión?

Parece absurdo. No podemos  preguntar ¿y a ti que te importa? Y yo podría responder que me importa mucho, pues es el lugar donde nací.

Todas estas cuestiones me recuerdan a una canción que da la casualidad escucho en este momento.  

It feels a little medieval, if you ask me
Like I’m watching a sequel I’ve already seen
I could tell you what happens to the new king
When he goes out of fashion
FINNEAS (2021)

.aq!

.aq!

Fotos: María Sara Cadirola

La Tierra es redonda, ergo, terraplanistas abstenerse. Aunque, en realidad, es más bien elipsoidal. Sin embargo, en nuestros ojos tenemos incorporada esa icónica imagen de planisferio escolar en la que se describe la elegante silueta de los (cinco) continentes sobre la vasta extensión de los océanos. Allí se dibujan también los límites precisos de cada uno de los países, la ubicación de las principales ciudades y a través de ciertos colores predeterminados se pueden distinguir algunas características de sus paisajes. En su esfuerzo por volcar una esfera sobre un plano, las proyecciones geográficas más conocidas, como la proyección de Mercator, desfiguran algunas formas y fuerzan algunas proporciones. Y como en estos mapas el Norte está siempre arriba y el Sur siempre abajo, a sus pies yace incómoda una figura desarticulada cuyo perfil parece resistirse a ser cartografiado. Invariablemente blanca, emerge así la Antártida. 

Un viaje hacia esas tierras de hielo sólo cabe en los libros de aventuras. Un continente reservado para temerarios exploradores y arduas campañas científicas. Si bien existe hoy en día actividad turística, esta es fuertemente regulada. Todas las visitas a la Antártida deben contar previamente con un permiso especial y deben llevarse a cabo de acuerdo a las directrices dispuestas en el Protocolo sobre Protección del Medio Ambiente del Tratado Antártico.   

Lo inhóspito de este destino, sin embargo, no hace mella en la fascinación que provoca. El sobrecogimiento que despierta no es ante monstruos marinos, ni sirenas, sino ante la inmensidad de la naturaleza en su estado primigenio. En su curso hay que enfrentarse empero a los 40 Rugientes, los 50 Aulladores y los 60 Bramadores. Y lo más estremecedor es que no se trata de seres mitológicos. Bajo ese encantamiento es que pese a todo riesgo un grupo de amigos, junto a la familia de uno de ellos, emprendió la que quizás sea la más grande expedición de sus vidas. A bordo del Atlantis se adentraron así hacia las más altas latitudes australes.

A bordo del Atlantis

Hace diez años unos ex-compañeros del secundario comenzaron a forjar este sueño. Sus primeros pasos en la navegación la habían recibido precisamente en su colegio, el Liceo Naval de Argentina. Pero una travesía de estas características requería enormes preparativos y una capacitación altamente especializada, como es el curso de Pilotos de la Prefectura Naval Argentina y el Curso de Navegación Antártica (NAVANTAR). Todos ellos hoy de profesiones muy variadas, no ligadas directamente a la marinería, debieron entrenarse e instruirse en todo lo que hace propiamente la náutica oceánica, en uno de los recorridos más peligrosos del mar. Uno de sus libros pilares, por ejemplo, fue el de “Navegación con mal tiempo”, cuyo título no parece ser precisamente el de un folleto que aliente el turismo en esa zona.

Nada fue improvisado. Sabían muy bien a lo que se enfrentaban. Suficiente provisión de alimentos, como comidas envasadas termoestabilizadas, agua potable y medicamentos no podían faltar. La ropa de abrigo y los trajes de agua adecuados eran de importancia vital. Obligatorio también fue gestionar ante las autoridades competentes la obtención de todos los permisos legales, entre los que se requiere un estudio de impacto ambiental y la suma de los más precisos detalles de toda la excursión: ¡Hasta la hora de llegada debían indicar! Incluso al regreso deberían cumplimentar un informe de todas las actividades realizadas en su itinerario. Y lo fundamental, por supuesto, fue el barco, que también tenía que ser debidamente acreditado junto a la aptitud de su tripulación.

El Atlantis es una robusta embarcación de acero naval de 50 pies de eslora y de 24 toneladas de peso, con diseño y prestaciones específicas para atravesar aguas polares atestadas de témpanos y hielos de diversos tamaños.

Viaje al fin del mapa (ida y vuelta)

La nave partió de la ciudad de Buenos Aires la madrugada del día 1° de noviembre de 2021. El trayecto fue segmentado en distintas etapas o “piernas”, como se nombran en lenguaje náutico, haciendo postas en distintos puertos a lo largo de toda la costa sur de Argentina. En cada tramo se fueron sumando más viejos amigos como integrantes temporales de la tripulación. Y como acompañantes ocasionales, pingüinos magallánicos, toninas overas y ballenas. 

El recorrido de ida incluyó los puertos de Mar del Plata, Rawson, Caleta Hornos en el Golfo San Jorge, Puerto Deseado y Puerto San Julián. Las exploraciones e historias en cada uno de ellos merecen un relato aparte. Desde allí cruzaron a la Isla de los Estados donde se encuentra el faro de San Juan de Salvamento, el cual inspiró nada menos que a Julio Verne en su obra “El faro del fin del mundo”; título que parece ya decirlo todo respecto a esta pequeña gran odisea, que todavía estaba apenas por la mitad. 

Finalmente, de allí se dirigieron a través del Canal Beagle al puerto de Ushuaia, último punto antes de cruzar el Pasaje de Drake hacia la Antártida y, por eso, último lugar para reaprovisionarse, aprontar los últimos detalles y reunir a la tripulación definitiva.

La tripulación que habría de completar el total del derrotero hasta arribar a la Antártida estaba compuesta por su capitán, Juan Theodorou, por Ricardo Franzosi y por Oscar Díaz Thompson. A la etapa final iniciada en Ushuaia se sumó también la familia de Juan, su esposa María Sara Cadirola y su hija María.

A lo largo de las distintas piernas participaron también de la dotación Jorge Bizet, Guillermo Gazzani, Walter Ceskiavikus, Diego Busetti, Gustavo Souto, Quico Diez, Matías Córdoba Andrada, Patricio Ehrman, Nicolás Vitale, Pablo Yema, Orlando Bocanera, Pablo Ferrari, Sergio Gil Adamo y Gabriel Martini.

Para el regreso quedaría visitar los puertos de Camarones y Madryn y una frustrada recalada en las Islas Malvinas, cuya entrada estaba vedada debido a medidas preventivas por COVID. 

El Pasaje de Drake, el estrecho que separa América del Sur de la Antártida, era ahora el gran desafío. También conocido como Mar de Hoces es el paso marítimo más meridional que comunica el Océano Atlántico y el Océano Pacífico. Famoso por sus furiosos vientos y con una anchura de aproximadamente mil kilómetros de mar abierto sin interrupción, reúne en su extensión las aguas más tempestuosas del mundo.

El 16 de diciembre se dan las condiciones para zarpar desde Ushuaia. Cinco días tardaron en cruzarlo, con mucha cautela, pero con gran éxito. El 21 de diciembre, en coincidencia con el solsticio de verano, lo dejaron finalmente atrás. Crucial fue el seguimiento y apoyo por parte de dos meteorólogos amigos que desde distintas partes iban recabando los datos necesarios para saber cómo atravesarlo sin extremos sobresaltos. 

Los vientos no son todos iguales. Dentro del sistema circulatorio de la atmósfera se distinguen, entre otros, los llamados vientos constantes o planetarios. Estos vientos globales tienen un recorrido muy extenso y a su paso se encargan de transportar gran cantidad de energía térmica. Sus características y sus nombres van variando de acuerdo a la latitud. En el Hemisferio Sur se da la particularidad de que, al haber menos cantidad de tierras emergentes, los vientos fluyen sin mayores obstáculos, volviéndose mucho más intensos. A medida que los navegantes avanzan más y más hacia el Polo Sur es que se producen esos fenómenos cuyos nombres parecen tomados de criaturas legendarias. A los 40° de latitud sur comienzan a soplar los 40 Rugientes (Roaring Forties), tolerables sólo para temples especiales, pero muy convenientes para quien sabe aprovechar su velocidad. A partir del paralelo 50°, los vientos se vuelven aún más inquietantes, transformándose en los 50 Aulladores (Howling Fifties o Furious Fifties), a lo que se agregan las casi continuas tormentas propias de la zona. A esta altura es que corren las indómitas aguas del Pasaje de Drake. Pero a más frío, más escalofrío, ya que a los 60° las ráfagas desatan toda su bravura a cargo de los 60 Bramadores (Shrieking Sixties o Screaming Sixties), llegando a velocidades mayores a los 50 nudos (aproximadamente 100 km. por hora). En esta franja de mar, plagada ya de bloques de hielo, el abrazo de una ola puede alcanzar los 15 metros.

La Antártida constituye todas aquellas tierras emergidas al sur de los 60°: 14.000.000 km2, cubiertos de hielo casi en su totalidad. Su nombre lo toma como referencia opuesta a sus antípodas del Polo Norte: el Ártico. “Ártico” proviene de la palabra griega “arktos”, el oso, en alusión a la constelación de la Osa Menor, en la que se ubica la estrella polar, indicador clave para la orientación de los antiguos navegantes. “Antártida” es por eso “anti” (lo opuesto de), más “arktos”. Pero no sólo en su posición se contrapone al Ártico. Debido a una serie de factores geográficos, las temperaturas antárticas son muchísimo más extremas: ¡en las regiones internas más severas las marcas máximas van desde los -20°C en verano y los -60°C en invierno! Por suerte, en las costas, por donde transitó el Atlantis, las temperaturas estivales son más benignas. 

Pero no son sólo el frío y los vientos los que hacen tan difícil abordar tan altas latitudes. Es curioso, pero los mapas disponibles contienen muchos errores respecto a la latitud y longitud para cada lugar, lo cual hace tan incierta la ubicación que a veces parece indicar que se está navegando sobre tierra. Literalmente, el Atlantis había llegado al fin del mapa.

A orillas del sexto continente

La primera tierra antártica que alcanzan es la Isla Decepción. Pese a su nombre, es uno de los lugares más visitados. La boca de un volcán semihundido le da al terreno forma de herradura dando lugar a una enorme bahía en el que se entreabre un imponente paisaje. Su última erupción ocurrió en el año 1969 y actualmente mantiene una importante actividad termal. En el pequeño mar interior de la isla fondearon en la Bahía Telefon, donde quedaron momentáneamente varados por un banco que no figuraba en los croquis. Forzoso era esperar hasta que subiera nuevamente la marea, lo cual les dio oportunidad para realizar sus primeras caminatas sobre suelos polares. Distintas especies de pingüinos y de focas les salieron al paso. En todos los casos, debían ser sumamente respetuosos del paisaje, procurando no alterar de ninguna manera la vida silvestre local. 

Destrabar el Atlantis no fue tarea nada sencilla. Una vez logrado se dirigieron a Bahía Balleneros, donde hoy se encuentran las ruinas de antiguos establecimientos de producción de aceite de ballena. Era 24 de diciembre y pese a que los vientos lejos de amainar, arreciaban con gran fuerza, en la cena pudieron agradecer por fin el feliz arribo y festejar la Nochebuena. 

Aunque en realidad nunca se hizo de noche. Durante el verano antártico, hay luz solar las 24 horas del día. Lo cual hace confundir los ciclos de sueño y vigilia y las horas de las comidas.

A la salida de la Isla Decepción pudieron admirar los monumentales Fuelles de Neptuno, un estrecho de acantilados de más de 100 metros de altura. Cruzando el Mar de la Flota, unos 130 kilómetros más al sur, arribaron a Puerto Mikkelsen en la Isla Trinidad. Otros barcos de diferentes países circundaban también la zona. El mar comenzó a espesarse de hielos y la navegación se tornó más cautelosa. 

A través del Estrecho de Gerlache alcanzan el largo brazo de la Península Antártica, llegando a Caleta Cierva donde está ubicada la Base Primavera, una de las estaciones científicas a cargo del Instituto Antártico Argentino.

Luego, pese a que el viento dificultaba seriamente el avance, siguieron un sinuoso recorrido entre islotes, hielos flotantes y canales que los conduciría hasta Puerto Foyn, en la Isla Nansen. El combustible comenzó a escasear. Por suerte habían hecho amistad con los marineros del buque ruso Amazone, quienes solidariamente les proveyeron de gasoil, los cuales a su vez fueron recompensados con buenos vinos argentinos.

Al retomar de nuevo el rumbo experimentaron nuevamente las falencias de la cartografía antártica, de acuerdo a la cual la costa aparecía insólitamente corrida. Más fiables les resultaron las cartas náuticas manuales de otros navegantes que anteriormente habían recorrido esas aguas. De esta manera, accedieron al Canal Errera, uno de los lugares más hermosos que conocieron. Hielos, témpanos y glaciares brillaban bajo un sol espléndido. Gracias a su drone pudieron obtener increíbles vistas aéreas. En Bahía Paraíso, lugar cuyo nombre en este caso sí hace justicia con su maravilloso entorno, tuvieron oportunidad de visitar la base científica argentina Almirante Brown. Y este fue el punto más al sur que pisaron. 

A través del canal Murature y con un clima más adverso, llegaron a la Isla Melchior donde los sorprendió el nuevo año. Los festejos de Año Nuevo se dieron entre la visita a una colonia de focas, un sabroso menú casero, con champagne enfriado en el mar, y la urgencia de remover una inmensa acumulación de nieve de la cubierta del Atlantis. Si bien la comunicación era muy limitada, pudieron recibir saludos y buenos deseos de familiares y amigos. 

Finalmente, luego de este casi épico recorrido por tierras y aguas extremas, ya era hora de emprender el regreso. Pero allí la meteorología es la que decide. Para eso debieron esperar lo que llaman la “ventana” de buen tiempo que les permitiera enfrentar nuevamente los vientos y el oleaje del Pasaje de Drake. En dirección norte ahora, se internaron nuevamente en sus violentas corrientes. 

Ya por fin en Ushuaia nuevamente, comenzaron a desandar el largo camino recorrido hasta Buenos Aires, adonde llegarían el 11 de marzo de 2022. Y así recopilando fotos, videos, vivencias y anécdotas, fueron despidiéndose paso a paso de esta magnífica aventura y pergeñando quizás la siguiente. 

La Antártida es un lugar maravilloso porque se respira la libertad.”

María Sara Cadirola nos cuenta su experiencia personal a bordo del Atlantis y comparte además con nosotros las impresionantes fotos que captó con su cámara.

¿Cómo se inició todo este proyecto de expedición a la Antártida?

Fue un proyecto entre Juan y sus amigos del Liceo Naval que se gestó hace como diez años. Siempre el grupo de amigos se juntaba en el club.  Algunos son navegantes activos, otros no, pero comparten el gusto por la náutica. Así, en algún momento surgió la inquietud y empezaron a prepararlo. Se formaron, estudiaron, hicieron el curso de navegación antártica, hicieron los cursos de prefectura, tuvieron que hacer el curso de pilotos de yate para poder navegar aguas oceánicas, se juntaron con gente que ya había viajado a la Antártida, leyeron muchos libros y vieron muchos documentales. Todo esto a paso de hormiga. El viaje estaba proyectado para fines del 2020, pero apareció el COVID, así que quedó suspendido para el año pasado. Mucha preparación; sin prisa, pero sin pausa. En mi caso particular yo había navegado, pero no tengo ni siquiera el carnet de timonel. Un día Juan, en la cena, nos dijo así sin más: “¿Quién quiere venir a la Antártida?”. ¡Yo!, dije enseguida. Y mi hija María también se sumó. Siempre me pareció un destino fabuloso.

¿Cuáles son las vivencias e impresiones más fuertes que experimentaste?

La Antártida es un lugar maravilloso porque se respira la libertad. Y también te hace dar cuenta de lo mínimo que es uno tomando decisiones, porque en realidad uno puede programar muchas cosas, pero termina estando supeditado a las condiciones meteorológicas del momento, ya que tiene un clima muy cambiante.  Me pareció fascinante ver los animales, cómo subsisten, cómo es la libertad, la supervivencia de cada grupo de ellos, cómo se acomodan. En el camino íbamos leyendo unas fichas del Instituto Antártico Argentino que te da los datos de cada lugar. Es increíble saber que hay tantos estudios hechos sobre la Antártida, pero todos muy recientes, ya que es uno de los continentes más “nuevos” explorados, con lo cual es el día de hoy que se siguen estudiando todas sus características. 

¿Había otros barcos en la zona?

Yo pensé que íbamos a ser los únicos en la Antártida y claramente no lo éramos. Más allá de que uno sabe que hay bases, bases permanentes y bases de verano, y que la Antártida no es de nadie, nunca pensé que en el radar íbamos a ver tantos barcos. Había veleros de distintas nacionalidades; había cruceritos de turistas que parten desde Ushuaia; había un velero ruso que también llevaba pasajeros y otros veleros de grupos más reducidos como el nuestro. 

Eso me impresionó mucho, por lo cual me parece muy apropiada la campaña de no transformar la Antártida como un destino turístico, porque ya sabemos lo que pasa cuando hay mucha gente transitando distintos lugares.

¿Cómo es la vida silvestre? 

De la vida silvestre hemos visto albatros, escúas, gaviotas, gaviotines, toninas overas, que son como los delfines de Tierra del Fuego; vimos también ballenas, pingüinos de tres tipos, focas de weddell. Nos advirtieron también de la foca leopardo, que es muy agresiva, pero esa no la llegamos a ver. Peces no vimos. De plantas hemos visto algas verdes, algas rojas. Y leímos que en la isla Decepción, que más que una isla es un volcán, aparecieron recientemente unas plantitas que le llaman “clavel antártico”, que están siendo muy estudiadas. 

Yo salía con mi cámara a filmar y a sacar fotos a los distintos pájaros que nos daban vuelta, para aprovechar todo, todo, porque no sé cuándo voy a volver.

¿Cuál fue el paisaje más impactante?

El paisaje de la Antártida es maravilloso. Todo es lo mismo, pero todo es distinto. En conjunto son glaciares, hielo, agua y piedra, pero los paisajes son tan diferentes entre sí que a cada momento hay un espectáculo distinto. Pero la navegación más hermosa, casi soñada, fue yendo a Bahía Paraíso. No había viento, el agua estaba en calma y había pequeños icebergs y pingüinos como jugando en el agua. Silencio. Sol. Por detrás nuestro, sólo escuchábamos a las ballenas. Eso fue soñado. Ahí llegamos a la base Almirante Brown, que parecía otro planeta. Nos pareció increíble. 

¿Cuáles eran los medios de comunicación de los que disponían?

Teníamos el sistema de GPS Garmin, que es un localizador, por el cual la gente que tenía el link podía ver donde estaba el barco, y eso se iba actualizando cada 2 o 3 minutos. A través de esa página, nos podían enviar mensajes cortos. Y de esa manera cada uno se podía comunicar con sus familiares y amigos. Ese era nuestro medio de comunicación, porque allá no hay redes, no hay Wi-Fi. Y el teléfono satelital que contratamos para eventualidades y por seguridad, no tenía señal, con lo cual no nos sirvió.

¿Cómo era la organización interna en el barco cada día?

No había un orden establecido. Cada uno cocinaba distintas cosas. Todos hacíamos todo. Todo voluntario. No había un horario estricto, ya que además los horarios estaban totalmente trastocados, porque durante el verano no hay noche. La verdad es que la convivencia fue fantástica. Éramos cinco personas en un espacio reducido, pero todo fue muy armonioso. Sinceramente fue un viaje soñado.

¿Hubo algún momento difícil de la navegación? 

Yo tenía cierto temor a las olas y a la “vuelta campana” del barco. Y Juan es muy claro en sus respuestas. Ante mi pregunta de “¿Che, el barco se puede dar vuelta con una ola?”, me dijo categóricamente: “”.  Pero en realidad lo que pasa es que el barco da la vuelta campana, pero después termina de acomodarse otra vez. Mientras tanto adentro es una coctelera, pero al menos el barco no se hunde, ni se queda panza arriba. Como sea, eso era lo que más miedo me daba.  

Ya de regreso, dentro del Pasaje de Drake, un día nos tocó un viento muy fuerte de dirección noroeste, con mucha ola. Tan fuerte fue que hizo que el barco se escorara de repente tres veces. No se dio vuelta, pero fue lo suficientemente intenso para que se cayeran todas las cosas de la cocina, todas las herramientas de la proa, la mesa de herramientas, todo… Los más experimentados estaban sin embargo muy tranquilos, así que decidí que simplemente debía soltarme y confiar.

¿Volverías a hacerlo?

Definitivamente, quiero volver a la Antártida. 

El Tratado Antártico

Entre 1957 y 1958 las ciencias de la Tierra tuvieron su año dorado: la celebración del Año Geofísico Internacional (AGI). Una inmensa cooperación científica mundial de todas las disciplinas que contribuyen al estudio de la Tierra y del Espacio que la rodea: geología, geografía, geodesia, geofísica, sismografía, hidrología, astronomía, meteorología, oceanografía, glaciología, entre otras.  Científicos de 64 países se sumaron a esta monumental empresa. 

Uno de los principales temas de investigación fue precisamente la gran región del planeta que en ese entonces no había sido suficientemente explorada: el Continente Antártico. 

El entusiasmo ante los buenos resultados del AGI propició uno de los tratados intergubernamentales más exitosos de todos los tiempos: el Tratado Antártico.  El 1° de diciembre de 1959, Argentina, Australia, Bélgica, Chile, Estados Unidos, Francia, el Reino Unido, Japón, Nueva Zelanda, Noruega, Sudáfrica y la entonces Unión Soviética firmaron en Washington este acuerdo con el objetivo de asegurar el uso pacífico del territorio antártico y de promover allí la colaboración científica internacional. 

El Tratado Antártico entró en vigor el 23 de junio de 1961.  Varios de los países firmantes sostienen todavía reclamos de soberanía en distintas regiones de la Antártida, algunos de los cuales se superponen entre sí. El Tratado dispone que mientras este se encuentre vigente, estos reclamos siguen siendo válidos, pero se mantienen en suspenso, no admitiéndose nuevos, ni ampliaciones de los ya existentes. 

Bandera del Tratado Antártico

Es de resaltar que esta alianza se llevó felizmente a cabo más allá de las tensiones propias de la Guerra Fría. Y es gracias a este Tratado que la Antártida es todavía hoy un continente desmilitarizado, libre de armas nucleares y donde se prohíbe terminantemente la eliminación de desechos radiactivos. La presencia de bases militares es solamente a efectos de apoyo logístico a investigaciones científicas u otras actividades con fines pacíficos. 

A lo largo de los años, nuevos países fueron agregando su firma al Tratado. Hoy lo conforman un total de 54 países, de los cuales 29 son partes consultivas, o sea con voz y voto, y el resto, partes adherentes. Todos los miembros mantienen una reunión anual, con sede rotativa, a fin de velar por su adecuada implementación. De las llamadas Reuniones Consultivas del Tratado Antártico (RCTA) han surgido a su vez nuevos acuerdos conexos que atañen principalmente a la conservación de la vida y la protección del Medio Ambiente en la Antártida.

Desde 2004, La Secretaría del Tratado Antártico tiene su sede permanente en la ciudad de Buenos Aires. Su secretario ejecutivo es un funcionario internacional elegido por la RCTA

La próxima RCTA, la número 44, se realizará en Berlín entre el 22 de mayo y el 2 de junio de 2022. 

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