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Dilema de la Obra

Dilema de la Obra

En realidad, debería decir “el dilema de la Iglesia”, dada la profunda división que, tanto a nivel de la jerarquía como del pueblo fiel generó la reciente publicación de “Fiducia supplicans”. Pero voy a ceñirme a la realidad del Opus Dei, que es lo que conozco, lo que me esfuerzo por vivir. Hace unos días publiqué un artículo sobre dicho documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el cual a su vez generó mucha polémica: a unos les gustó mucho, a otros les desagradó profundamente. Más allá de las limitaciones de mi texto, pude percibir una profunda crisis espiritual que padecen algunas -pienso que bastantes- personas de la Obra.

Personalmente considero que los fieles del Opus Dei estamos pasando por un proceso difícil. Una especie de “error en el programa”, “así no corre el programa”. ¿Por qué? Porque la enseñanza de san Josemaría es muy correcta doctrinalmente: son particularmente elocuentes al respecto, sus famosas “Tres Campanadas” que escribió en 1973 y 1974, en el contexto de una grave crisis postconciliar en la Iglesia. Digamos que, en ellas -tres cartas dirigidas a los fieles del Opus Dei-, con una clarividente prudencia de gobierno, ante el caos generalizado “recogió amarras”, clausuró, por así decir, doctrinalmente a la Obra a cal y canto, apoyándose exclusivamente en la doctrina oficial de la Iglesia: santo Tomás de Aquino y el Magisterio eclesiástico. Recientemente, el libro publicado por José Luis González Gullón y John F. Coverdale, “Historia del Opus Dei” reconoce que, si bien en su momento fueron necesarias esas medidas, con el paso del tiempo produjeron cierto estancamiento en la teología elaborada por fieles de la Obra.

San Josemaría

Pero la enseñanza y la praxis pastoral de san Josemaría parten de un supuesto: “el Papa es ortodoxo”, “el Papa es el garante de la ortodoxia”, “la doctrina es recta si, y sólo si, está en línea con el Papa”. Pero, ¿y qué pasa si un Papa no es tan “ortodoxo”? ¿Quién define entonces lo que es ortodoxo o no? ¿Es la verdad, descubierta por cada quien, y por lo tanto nuestro propio criterio? ¿O nuestro criterio debe ser dócil y humilde y someterse al magisterio del Papa, aunque nos parezca que doctrinalmente está desbarrando? Creo que el propio san Josemaría, si se encontrara en esta situación, se enfrentaría a un dilema insoluble, ante el que solo cabría callar, rezar y esperar. Cuando escribió sus “Tres Campanadas” se enfrentaba a la dolorosa crisis del postconcilio, donde había una gran confusión y ambigüedad doctrinal en la Iglesia y a altísimo nivel, cardenales incluidos. Pero ahora es el Papa, y así el programa no corre. Y resulta obvio que la doctrina de Francisco, en la práctica, aunque se quiera hacer ver lo contrario, no está en la línea de la de san Josemaría, aunque parte esencial de la de san Josemaría sea seguir al Papa incondicionalmente (y, ¡vaya que Francisco nos ha maltratado!).

Es preciso que se me entienda. Es falso afirmar simple y llanamente que las enseñanzas de san Josemaría y las del Papa Francisco son divergentes e incompatibles. No es así, pues ambos aman profundamente a Cristo, a la Iglesia y a las almas. Por eso, siempre pueden buscarse puntos de conciliación; así, por ejemplo, la frase de san Josemaría “de 100 almas nos interesan 100”, puede verse materializada en “Fiducia supplicans”. Pero -hay un pero- san Josemaría jamás habría buscado la cercanía eclesial con esas personas de esa manera. Las similitudes de fondo, entre Francisco y san Josemaría podrían seguir. Hay una que me llena de gran paz: ambos tienen un profundo amor y una gran confianza en la Virgen. Pero en lo que difieren es en los modos; la meta es la misma, el camino es diferente. San Josemaría está más preocupado por la corrección doctrinal, Francisco por la dimensión pastoral de la Iglesia.

Papa Francisco

Por mi parte he intentado seguir el criterio del Prelado de la Obra y de su Vicario Auxiliar: apoyar al Papa. De hecho, el Vicario Auxiliar hizo en su momento un llamado de atención a algunos fieles de la Obra que, respetuosamente, cuestionaban la corrección doctrinal del capítulo VIII de Amoris laetitia, como Ettore Gotti Tedeschi o Scott Hahn. Esto me ha supuesto un desafío intelectual. Por ejemplo, al enterarme por las noticias de la publicación de “Fiducia supplicans” y antes de leer el texto, pensaba: “¿por qué no renuncia ya? (san Juan Pablo II murió a los 84 años, casi 85; Benedicto XVI renunció a los 85; Francisco tiene 87 y, regularmente, pide religiosamente la renuncia a los prelados de la Iglesia a los 75), ¿quién maneja realmente la Iglesia cuando quien la dirige es un señor de 87 años?” Es decir, ante documentos como este, personalmente tengo que realizar un empeño por conseguir “que no me revuelque la ola, sino surfearla”. Eso implica, en la práctica, deconstruir algunos modos y formas que aprendí de san Josemaría, para asimilar los de Francisco. Y, la verdad, finalmente le he descubierto el lado bueno al Papa. Al final del día, si lo hago, es por ser fiel a san Josemaría y por seguir las indicaciones de quien ahora lo representa, su Prelado. Debo confesar que, con frecuencia, las decisiones de gobierno de Francisco me llenan de incertidumbre e inquietud, pero sus escritos de consuelo y esperanza. Ese ha sido el caso de “Fiducia supplicans”. Y sí, por mi parte intento cambiar de “chip”, lo que supone reconocer, de hecho, que en la Obra hemos sido quizá durante mucho tiempo algo -¿mucho?- rígidos, y Francisco nos está enseñando a no serlo.

Mons. Fernando Ocáriz Braña, Prelado del Opus Dei
Celibato matrimonial

Celibato matrimonial

Oxímoron: “Figura retórica de pensamiento que consiste en complementar una palabra con otra que tiene un significado contradictorio u opuesto”. Pues no. En este caso no se trata de un “oxímoron”, sino de una triste realidad. Aunque parezca descabellado, absurdo o contradictorio, tristemente hay parejas que viven esta realidad absurda. No en vano, la vez que más se me ha alebrestado el auditorio en clase, fue cuando les expliqué el “débito conyugal”. Varias alumnas lo consideraron una especie de violación. Por contrapartida, es frecuente que algunas mujeres -es más común en ellas- tengan “a dieta” a su marido, por periodos más o menos extensos de tiempo o, de forma indefinida, y viceversa también. Sí, aunque usted no lo crea, hay maridos que no se acercan a su mujer sino para consumir los sagrados alimentos.

Con mucha más frecuencia de lo que hubiera imaginado, me lo he encontrado a lo largo de mi experiencia de acompañamiento espiritual. Recuerdo una vez que un marido me pidió por favor -sabía que yo hablaba con su mujer- que la convenciera de cambiar su “mortificación cuaresmal”, ya que había decidido no tener intimidad conyugal durante ese periodo de tiempo. Al pobre esposo se le hacía muy duro esperar cuarenta días, hasta la pascua, para tener intimidad con su mujer.

Pero también ha habido experiencias en sentido inverso. Una mujer, en el mismo contexto de asesoría espiritual, preguntaba inocentemente si era normal la actitud sexual de su marido: llevaban décadas sin tener intimidad. La actividad sexual se había limitado, rigurosamente, a ser “instrumento para la procreación”. El marido consideró que, habiendo tenido ya cuatro hijos, podían dejar de tener acercamiento sexual para siempre. ¿Se trataba de un anacoreta que había accedido al matrimonio sólo para satisfacer a sus padres? Tristemente, la respuesta es no. Se trataba, más bien, de una persona con inclinación homosexual, que había acudido al matrimonio para cuidar las apariencias. Antes -no hace mucho- estaba mal visto ser abiertamente homosexual, así que, para cubrir el expediente, algunas personas con esta tendencia accedían al matrimonio para cuidar las formas sociales, pagando la factura la pobre desafortunada que había sido instrumentalizada por su marido, para aparentar “normalidad” en el seno de una sociedad conservadora. De hecho, un buen amigo, activista homosexual, me lo confirmó abiertamente: “antes las personas homosexuales en países católicos teníamos dos opciones, para salir honrosamente parados en la sociedad: casarnos o entrar al seminario”. Eso explica cómo, muy tardíamente, descubrió la Iglesia Católica el porcentaje de sacerdotes pederastas en su seno (el 80% de las víctimas de abuso son niños, no niñas). De forma que fue hasta el año 2005 cuando se prohibió que entraran en el seminario personas con inclinación homosexual.

En el caso anterior -no es el único- no me ha quedado más remedio que recomendarle a la mujer -a la víctima debería decir- que tramitara su nulidad matrimonial. Un matrimonio así es una farsa, una simulación, en realidad nunca ha existido. Pero claro, no es fácil tomar esa decisión, no resulta sencillo explicarles a los hijos que su papá en realidad es gay, y hacerles tomar conciencia -¡qué duro!- de que su existencia es simplemente el resultado de la estrategia para “cumplir las expectativas sociales” de su padre o, dicho más crudamente, que su vida es fruto de un maquiavélico plan para cuidar las apariencias; una obra teatral que ha dado como fruto su propia existencia. Por eso, algunas mujeres prefieren seguir como siempre, en atención a los hijos, desarrollando su papel en la inhumana obra de teatro, en la que involuntariamente se han visto forzadas participar. Finalmente, todo hay que decirlo, es más sencillo que ellas se acostumbren a no tener intimidad sexual, a que lo haga su marido. Lo injusto de esta situación resalta, pues el marido lejos de “estar a dieta”, tiene intimidad sexual “bajo el agua”, es decir, mantiene una vida sexual activa, de carácter homosexual, que oculta hábilmente a la sociedad y a su propia esposa, hasta que ella lo descubre (el celular siempre traiciona).

De todas formas, siempre es bueno “vivir en la verdad” o, por lo menos, intentarlo. No es bueno ni saludable vivir en la simulación. Una de las “ventajas” de nuestra sociedad permisiva es que ya no son necesarias esas simulaciones. Las personas homosexuales tienen ahora todo tipo de salidas airosas -de hecho, están de moda, ahora son privilegiadas-, de manera que ya no se ven forzadas a arruinarle la vida a su esposa/o respectivamente o, peor aún, probar suerte en el seminario.

NO MÁS LIBROS

NO MÁS LIBROS

¿Qué pasaría si los libros y las bibliotecas desaparecieran?

Hace una semana, el 24 de octubre, se conmemoró el día de las bibliotecas. Esta fecha se celebra desde 1997 en recuerdo de la quema de la Biblioteca de Sarajevo, en 1992, por órdenes de un político nacionalista serbio y profesor de “Poesía y Crítica” en la Universidad de Sarajevo. Ávido lector de Shakespeare y responsable de la orden que produjo la quema de una biblioteca, se trata de dos rostros que parecen incoherentes en Nikola Koljevich (1936-1997).

La pregunta de mi título es un esfuerzo por valorar realistamente esta conmemoración: ¿Son tan importantes las bibliotecas para el ejercicio intelectual y el proceso educativo como asumimos? Formulo la pregunta desde el punto de vista de quien está realizando labores bibliotecarias en la Universidad Panamericana y quien es un usuario frecuente de las bibliotecas.

Hago saber al lector que tengo en la memoria dos presentaciones relevantes que escuché durante mis estudios de filosofía en 2021: el seminario sobre Ciudad y Belleza, del Dr. Víctor Isolino Doval; y, la ponencia del Dr. José Luis Rivera sobre Defensa del Iletrado. No es necesario conocerlas, ofrezco aquí lo necesario para aclarar lo que quiero decir.

En términos muy generales, el Dr. Isolino Doval afirma que la arquitectura de los lugares tiene un efecto importante en la formación de nuestros hábitos. Podemos suponer que las bibliotecas, e incluso las universidades, son espacios para la lectura y el estudio, que han sido diseñados para propiciar a los profesionistas, a los intelectuales y a las personas que se apropian de la tradición con un sentido de discernimiento para actuar virtuosamente.

Tal propuesta puede denominarse como: “arquitectura social”. Y se inscribe ante el vértigo de la modernización de los espacios urbanos, cuyo exponente es el arquitecto francés Le Corbusier (1887-1965), autor de La Ciudad del Futuro (1920). La arquitectura social la podríamos atribuir a Jane Jacobs (1916-2006), autora de Muerte y Vida de las Grandes Ciudades (1961). Su argumento principal es una crítica a la modernización de las ciudades que estorba a las personas para sus funciones sociales, fragmentando las comunidades; y a cada uno de sus miembros, podría añadirse.

Maqueta de La Ciudad Radiante (La Ville Radieuse) de Le Corbusier.

Por otro lado, el Dr. José Luis Rivera defiende que no es tan efectiva la relación entre los libros y el buen aprendizaje. Estoy extendiendo este argumento a las bibliotecas y a las universidades. Su argumentación se apoya en dos fragmentos clave de la literatura: Fahrenheit 451 (1953) de Ray Bradbury. Y Don Quijote de la Mancha (1605) de Cervantes.

Los fragmentos clave son los discursos del Capitán Beatty, quien el Dr. Rivera enfatiza que sustenta su decisión de quemar los libros a partir de su estudio de los mismos. Siempre responde a Montag, el protagonista, con citas y lecturas argumentadas sobre las contrariedades e irrelevancias que contienen libros que habitualmente asumimos invaluables (la Biblia, Pope, Shakespeare…). En opinión de Beatty, leer no vale la pena y lo dice en pretensión de sabiduría.

También, el fragmento del Don Quijote donde los amigos lectores de Alonso Quijano, el barbero y el sacerdote, hacen una revisión de los libros que éste tenía en su biblioteca y que pudieron influir en su locura de ser un caballero y en abandonar sus responsabilidades. Los libros que dañaron a su amigo, los queman.

Según el Dr. Rivera, esta escena es clave de la versión cinematográfica de Fahrenheit 451 de 1966 dirigida por François Truffaut.

Mi posición es que ambos argumentos, el del Dr. Isolino y el Dr. Rivera, tienen que verse a trasluz de nuestra libertad y de nuestra disposición a actuar con prudencia. Si no se comprenden así, creo que fácilmente ambas posturas pueden derivarse en vértigos. Al decir esto no asumo que ambos profesores no tienen esto en cuenta.

En el primer capítulo de El Trabajo Intelectual (1951), Jean Guitton nos da su testimonio de cómo actúa un intelectual cuando pierde sus libros y su espacio. Guitton fue prisionero de guerra durante la ocupación alemana de Francia en la Segunda Guerra Mundial y en ese tiempo no tuvo acceso a sus libros ni a un espacio diseñado para el ejercicio intelectual. Descubrió en esta situación que ni la frugalidad de los instrumentos ni la comodidad de los espacios define a los buenos frutos intelectuales.

Jean Guitton (1901-1999), filósofo francés del Catolicismo.

Guitton nos invita a cambiar el enfoque y a usar la prudencia antes que los instrumentos o nuestros espacios. Por ejemplo, parafraseando a Aristóteles, nos dice que el signo del conocimiento es la capacidad de enseñar. Y que el signo de nuestra profesión es la vocación manifiesta en el hábito experto. Los artistas siguen haciendo arte reinventando sus materiales y sus espacios. Lo mismo aplica para los intelectuales.

Mi invitación no es a quemar libros, no apoyo al Capitán Beatty: el olvido de lo inútil es natural. Esto está inscrito en nuestros procesos sociales, neurocognitivos y en la evolución. Tampoco esta es una invitación a dejar de investigar y evitar dar clases en las universidades. Sólo señalo que no es sostenible convencernos que hay una conexión fuerte entre la lectura y los espacios designados para el ejercicio intelectual, y, aquellos resultados del esfuerzo intelectual y educativo que les atribuimos; que es lo que realmente valoramos.

El capitán Beatty y Guy Montag.

No hay otro secreto para nuestros ejercicios intelectuales y la preservación de sus instituciones. Concluyo este argumento parafraseando una vez más a Aristóteles: adoptando este principio en nuestros esfuerzos intelectuales ya habremos logrado la mitad de toda nuestra responsabilidad.

Por lo anterior, me inclino a definir con claridad nuestros objetivos con la preservación de la tradición y de la misma actitud crítica (que puede fracasar al enfrentarse a su misma duda o a sus convicciones). Poner en el centro de todo esfuerzo de investigación su practicabilidad, a partir de una amplia comprensión de las virtudes humanas.

Esto significa convertir los libros, las bibliotecas y las universidades (todo dispositivo intelectual; incluso la investigación “lógica”, “ética” o “pedagógica” ), en oportunidades para el aprendizaje de quienes, de antemano, valoran el aprendizaje como objetivo último.

Lo cual requiere manejar el discurso institucional de los y las “intelectuales”, parafraseando al filósofo C. S. Peirce (1839-1914): con convicción de la falibilidad humana, y, de la utilidad del conocimiento enfocado a la solución de problemas, que tienen un espacio y tiempo, y perfecciona a las personas; y, quizá sobre todo, una gran pasión por aprender y por cooperar intelectualmente.

Charles Sanders Peirce, filósofo del Pragmatismo Americano.

Por ahora, mi respuesta a la pregunta de este ensayo es que si los libros, las bibliotecas y las universidades desaparecieran, tendríamos que reinventarlas.

Mientras tanto, podemos enfocar nuestros esfuerzos en mantener tales instituciones, recordando que su valor reside en los hábitos que formamos día con día en su uso. Pues si las instituciones educativas e intelectuales como las conocemos desaparecen o se transforman, sólo será una manifestación de lo que ya ha ocurrido en nosotros mismos. Se trata de una extensión de nuestros hábitos intelectuales y educativos. Entonces, concluyo con una pregunta que invito a hacernos: ¿Qué dice el estado actual de estos espacios e instrumentos intelectuales sobre nuestros hábitos comunitarios y personales? La tarea es desmenuzar nuestros hábitos intelectuales y educativos en virtudes y vicios, para esforzarnos en mantener sólo lo bueno.

The Second Coming

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Traducción de Fernando Galindo y Alberto D. Horner

Collage de Gabriel S. Delgado

BY WILLIAM BUTLER YEATS

Turning and turning in the widening gyre
The falcon cannot hear the falconer;
Things fall apart; the centre cannot hold;
Mere anarchy is loosed upon the world,
The blood-dimmed tide is loosed, and everywhere
The ceremony of innocence is drowned;
The best lack all conviction, while the worst
Are full of passionate intensity.

Surely some revelation is at hand;
Surely the Second Coming is at hand.
The Second Coming! Hardly are those words out
When a vast image out of Spiritus Mundi
Troubles my sight: somewhere in sands of the desert
A shape with lion body and the head of a man,
A gaze blank and pitiless as the sun,
Is moving its slow thighs, while all about it
Reel shadows of the indignant desert birds.
The darkness drops again; but now I know
That twenty centuries of stony sleep
Were vexed to nightmare by a rocking cradle,
And what rough beast, its hour come round at last,
Slouches towards Bethlehem to be born?

Vuelta tras vuelta en la torva creciente
no puede oír al cetrero el halcón.
Todo se destruye; el centro no puede resistir;
crasa, la anarquía se desborda sobre el mundo;
opaca de sangre, la marea se desborda, y por doquier
la ceremonia de la inocencia se ahoga.
Los mejores carecen de toda convicción; en cambio, los peores
están llenos de brío apasionado.

Seguramente alguna revelación se apronta
Seguramente la segunda venida se apronta
¡La segunda venida! Difícilmente surgen esas palabras
cuando una vasta imagen fuera del Spiritus mundi
turba mi vista: en algún lugar, en las arenas del desierto,
una figura con cuerpo de león y cabeza de hombre,
una mirada blanca e inmisericorde como el sol,
mueve sus lentos muslos, mientras todo en derredor
revuelve las sombras de las desérticas aves indignadas.
Cae la oscuridad de nuevo; pero ahora sé
que veinte siglos de sueño pétreo
fueron turbados hasta la pesadilla por una cuna meciéndose,
¿y qué burda, salvaje bestia, al llegar al fin su hora,
se contorsiona hacia Belén para nacer?

Source: The Collected Poems of W. B. Yeats (1989)

Una locura bien decidida

Una locura bien decidida

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Ilustración: fotografía de rusyena tomada de Unsplash

Don Quijote, hasta cierto punto, es un criminal suelto. Basta con leer sus primeras aventuras. Vemos a alguien capaz de acometer a un inocente fraile de san Benito, tumbarlo a fuerza de lanza de la mula en que venía, y a Sancho, su ejemplar escudero, lo vemos robarle al pobre fraile todas sus pertenencias. Déjenme compartirles el pasaje y luego explicarles por qué escribo esto:

Y sin esperar más respuesta picó a Rocinante y, la lanza baja, arremetió contra el primero fraile, con tanta furia y denuedo, que si el fraile no se dejara caer de la mula él le hiciera venir al suelo mal de su grado, y aun malferido, si no cayera muerto. […] Sancho Panza, que vio en el suelo al fraile, apeándose ligeramente de su asno arremetió a él y le comenzó a quitar los hábitos. Llegaron en esto dos mozos de los frailes y preguntáronle por qué le desnudaba. Respondioles Sancho que aquello le tocaba a él legítimamente, como despojos de la batalla que su señor don Quijote había ganado. (Parte I, cap. VIII).

Quise escribir este breve ensayo, después de leer detenidamente durante dos años la novela, para exhibir lo inadecuadas que pueden llegar a ser ciertas representaciones de éste, probablemente el más famoso de los caballeros. En algunos contextos, los clásicos son los libros más leídos; en otros, se habla mucho de ellos sin haberlos leído. Parte de la culpa la tenemos nosotros, filósofos y humanistas, cuando presentamos estos libros como sumamente nobles y elevados —nobles en el mal sentido de la palabra: petulantes—. No lo son. Son, más bien, libros divertidos y enriquecedores.

Una de las escenas que más disfruté, y con la que me torcí de la risa, es cuando Sancho no se atreve en la noche a apartarse de don Quijote, y decide hacer «lo que otro no pudiera hacer por él» allí junto. “Hacer sus necesidades”, como decimos ahora. Al grado en que don Quijote se ve obligado a decirle «que ahora más que nunca hueles, y no a ámbar» (Parte I, cap. XX), entre otros regaños y reproches graciosos. A ambos personajes, lejos de ser leyendas intangibles, los conocemos como seres de carne y hueso. Y como esos personajes humanos que son, tienen mucho que enseñarnos. Me gustaría ofrecer una probada de ello, para que quienes ya han leído la novela disfruten al recordar y volver a tan grata lectura y quienes no, sepan que encontrarán en ella algo mucho más interesante que lo que solemos imaginarnos cuando aún no la hemos leído.

Volviendo a la idea del Criminal Andante, ciento cincuenta páginas después de la aventura de los frailes (si se me permite usar la edición de Francisco Rico como referencia), don Quijote libera a una cadena de galeotes, esto es, bandidos que habían sido condenados a remar en las galeras. Tras liberarlos, él y su escudero se esconden en la Sierra Morena, porque saben que la Santa Hermandad podría arrestarlos legítimamente en cualquier momento. Rara vez escuchamos hablar de los heridos y graves desmanes que produjo la locura de este personaje.

Porque el Quijote, a despecho de todo ello, es de nuestros héroes favoritos. Mientras planeaba cómo escribir este ensayo, le pregunté a mi abuelo, quien también leyó el libro este año que pasó, cuál le parecía que era la idea principal de la novela.

—Ayudar a la gente, hijo —me dijo.

No me dejarán mentir si digo que los pasajes en los que nuestro héroe hace un recuento de sus labores son de lo más emblemático de la novela. El mismo Sancho repite ya la fórmula al final de la novela, cuando habla, en contraposición del Quijote de Avellaneda, del «verdadero don Quijote de la Mancha, el famoso, el valiente y el discreto, el enamorado, el desfacedor de agravios, el tutor de pupilos y huérfanos, el amparo de las viudas…» (Parte II, cap. LXXII).

Que por cierto, a propósito de las viudas y las doncellas desamparadas, una cosa son las ideas del protagonista y otra muy distinta las ideas del escritor. El Quijote es un tanto machista, sí, sin embargo Cervantes no.

Una de los personajes, la pastora Marcela, decide apartarse a vivir en el campo porque no quiere la vida de una mujer casada. Su razonamiento consiste en que, por más que muchos hombres la pretendan, reconozcan su hermosura y la amen bien, ella no está obligada a corresponder a ninguno. Hay un pretendiente llamado Grisóstomo que se suicida por ella. Y ella explica en un muy bello discurso por qué no es culpa suya la muerte de Grisóstomo. Al final de la escena, después de que Marcela deja en claro lo absurdas que son las actitudes de los enamorados que quieren forzar a las mujeres a corresponderles, don Quijote trata de alcanzar a la pastora Marcela, para ofrecerle su protección; mas a pesar de sus intentos, está claro que ella no lo necesita.

Con todo y sus defectos, no deja de ser un héroe. Una cualidad fundamental de su carácter heroico es su resolución, es decir, la capacidad de actuar conforme a sus propósitos y mantenerse firme en sus decisiones. En ética, la resolución es un tema recurrente; sin ella, nadie puede alcanzar la felicidad. En el caso de don Quijote, él está resuelto a vivir y comportarse según las normas de caballería, porque está convencido de que eso dará plenitud a su vida de un modo genuinamente personal.

En el camino de una de sus aventuras, se encuentra con Vivaldo, un caminante que, hablando con él, se entera de su locura. En esa conversación surge una comparación entre los frailes cartujos y los caballeros andantes. Don Quijote lo explica de la siguiente manera: «Quiero decir que los religiosos, con toda paz y sosiego, piden al cielo el bien de la tierra, pero los soldados y caballeros ponemos en ejecución lo que ellos piden, defendiéndola con el valor de nuestros brazos y filos de nuestras espadas, no debajo de cubierta, sino al cielo abierto, puestos por blanco de los insufribles rayos del sol en el verano y de los erizados yelos del invierno.» Y continúa: «Así que somos los ministros de Dios en la tierra y brazos por quien se ejecuta en ella su justicia» (parte I, cap. XIII). Hace lucir a la caballería como una actividad más fructífera y honorable que la vida consagrada. En su descripción exagera. Él sabe que todos los presentes consideran que la vida consagrada es más noble y sensata. Nada más con decir que, si se hubiera decidido a ser fraile cartujo, no lo llamarían loco.

Puestos en estos términos, más adelante, surge una pregunta; si la vida de los frailes cartujos conforma un camino más directo y llevadero hacia la santidad (en el que hay una consagración explícita y no hace falta sufrir los erizados hielos del invierno), ¿por qué Sancho y Quijote no adoptan mejor esa vida? Porque esa vida, por más deseable que sea, no es la suya.

Su resolución por la caballería es, de hecho, una locura, y quienes lo rodean lo consideran así. No obstante, cuando hablamos del Quijote como un loco, conviene calibrar el ancho de su locura. Todos los personajes que conviven el suficiente tiempo con él están de acuerdo en que su locura está delimitada al tema de la caballería. Cuando habla de cualquier otro tema, lo aprecian como una persona sumamente sabia (da consejos a los padres, a los enamorados, a los jóvenes; habla de historia, de arte, de ética y de política con suma perspicacia). El Quijote es loco sólo respecto de una cosa. Y además de sabio, era una persona muy agradable. En su lecho de muerte, a propósito de lo mucho que lo querían sus seres cercanos, el narrador nos dice: «porque verdaderamente, como alguna vez se ha dicho, en tanto que don Quijote fue Alonso Quijano el Bueno a secas, y en tanto que fue don Quijote de la Mancha, fue siempre de apacible condición y de agradable trato, y por esto no sólo era bien querido de los de su casa, sino de todos cuantos le conocían» (Parte II, cap. LXXIV).

Así que, sí, estaba loco, pero sólo un poco. Una de las razones de los demás personajes por las que se dice que está loco se basa en que la edad de la caballería en esos tiempos ya había quedado atrás, o que sólo existe en los libros. El argumento parece bueno hasta que lo piensas en otros contextos.

Imaginemos que nadie se esforzara por hacer lo que no existe, o lo que ya no existe. Si no tiene sentido esforzarse por ser un caballero andante porque la caballería ya no existe, entonces, siendo consecuentes, tendríamos que pensar que no tiene sentido esforzarse por tener un país justo porque ya todos son corruptos; o que no tiene sentido luchar por la igualdad de la mujer porque hay muchos que las menosprecian. Nadie haría nada. Siempre que nos esforzamos, lo hacemos para conseguir lo que no existe (o para cuidar lo que puede dejar de existir). Estudiamos una licenciatura cuando no tenemos una licenciatura, precisamente porque no la tenemos y queremos tenerla; construimos asociaciones que todavía no han sido instituidas; favorecemos a personas que aún no son oficialmente amigas nuestras, y un largo etcétera.

Será la caballería de don Quijote una completa locura, y de cualquier modo su resolución es totalmente sensata.

Sabemos que al final del libro se arrepiente (pide un cura y se confiesa, y públicamente se retracta); tanto, que ordena desheredar a su sobrina si ella llegara a casarse con alguien que tenga algo que ver con la orden de caballería. Pero ¿exactamente de qué se arrepiente? Si queremos entender esta novela o, mejor dicho, interpretarla, hemos de compaginar al Quijote heroico que combate molinos de manera irreductible y pertinaz con el Quijote derrotado por el Caballero de la Blanca Luna. Para quienes no lo han leído, el Caballero de la Blanca Luna es un personaje que reta a un duelo al Quijote, con la condición de que, si lo vence, estará obligado a renunciar por un año a la caballería. Y lo derrota.

Algunas reseñas de cine incluyen una alerta cuando van a revelar algún suceso central de la trama. No hacen falta esas alertas cuando se trata de los clásicos de la literatura: lo interesante de los clásicos, más que saber la historia, es leerlos. Por ello, no guardaré recato en seguir hablando del final.

Aunadas a la tradición literaria de novelas de caballería, Cervantes retoma las ficciones de la tradición poética pastoril. La historia de Grisóstomo y la pastora Marcela es uno de estos casos. Al menos en castellano, la obra de Garcilaso de la Vega es la más representativa de la tradición de poesía pastoril.

Y resulta que los versos y el vocabulario de Garcilaso ornamentan incontables escenas del libro. Por ejemplo, cuando llegan a la casa de don Diego de Miranda, nuestro caballero se topa con unas tinajas del Toboso, que le obligan a pensar en Dulcinea. Al momento, exclama:

¡Oh dulces prendas, por mi mal halladas,
dulces y alegres cuando Dios quería!

Son nada menos que los primeros versos del soneto X de Garcilaso.

Pues bien, después de derrotado, ya que está obligado a renunciar por un año a su profesión, él y Sancho deciden que, mientras, se convertirán en pastores como los de las églogas de Garcilaso. Una égloga es precisamente un poema que idealiza la vida del campo y de los pastores, y que generalmente trata sobre el desamor de los pastores.

El ideal caballeresco y el ideal pastoril difieren bastante. ¿Qué quiere decir el hecho de que el Quijote muere tras decidir ser pastor? Los caballeros duermen poco, comen mal, reciben heridas, en fin, sufren. Y lo hacen en vistas a favorecer a los necesitados; realizan una misión que de no ser por ellos ninguna otra persona emprendería. Están motivados ya sea por honor, por su dama, por sus seres queridos, y también por el compromiso que sienten hacia las demás personas.

Los pastores, en cambio, no tienen propósitos que los conduzcan a salir de sí mismos. En todo caso, están fuera de sí mismos en el mal sentido de la expresión. Sufren por amor no correspondido, pero no tienen propósitos. Leemos en los poemas pastoriles asombrosas escenas naturales contrastadas con la tristeza de los pastores. Una estancia de las églogas más famosas, la Égloga I de Garcilaso, describe:

El sol tiende los rayos de su lumbre
por montes y por valles, despertando
las aves y animales y la gente:
cuál por el aire claro va volando,
cuál por el verde valle o alta cumbre
paciendo va segura y libremente,
cuál con el sol presente
va de nuevo al oficio
y al usado ejercicio
do su natura o menester l’inclina;
siempre está en llanto esta ánima mezquina
cuando la sombra el mundo va cubriendo
o la luz se avecina.
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

Esa ‘ánima mezquina’, aunque tiene razones para llorar, no parece tener razones para dormir en las piedras, comer mal, sudar y arrojarse a las batallas peligrosas. La vida de los caballeros es un transcurso lleno de propósitos. La vida de los pastores es un final paralizado por un lamento.

No hay una historia del pastor Quijótiz y su amigo el pastor Pancino. De hecho, Garcilaso tampoco cuenta historias, sino que cuenta «el dulce lamentar de dos pastores». La historia del Ingenioso Hidalgo termina de un modo no muy distinto al que comienza. Termina dejando las armas, y había comenzado tomándolas. Antes y después no hay historia. En su primera salida, hablando consigo mismo, él se imagina cómo narrarán su historia, cómo dirán que «el famoso caballero don Quijote de la Mancha, dejando las ociosas plumas, subió sobre su famoso caballo Rocinante y comenzó a caminar por el antiguo y conocido campo de Montiel» (Parte I, cap. II).

La vida, quiere decirnos Cervantes, está fuera de las ociosas plumas (de la almohada, es decir, de la comodidad) y de los lamentosos finales (o de los idílicos escenarios de paz y estabilidad). Lo principal está en la lucha por los propósitos honorables.

Si esto es cierto, queda aún una pregunta por responder: ¿cuáles son esos propósitos honorables? ¿Cómo distinguir un propósito honorable de un molino de viento que nos arrojará al suelo estúpidamente?

De algo se arrepiente don Quijote, y no he respondido esa otra pregunta que planteé líneas atrás. Me atrevo a decir que se arrepiente de, en ocasiones, haber luchado por las imaginaciones equivocadas y también, en otras ocasiones cuando sus objetivos eran los correctos, de haberlo hecho de la manera inadecuada. Pero no veo cómo podría arrepentirse del hecho de haber luchado.

La siguiente vez que lea el Quijote, pondré especial atención en todos esos pasajes en los que se confunde realidad con ficción. Quisiera saber cómo reconstruir esa ética de las ficciones que vemos palpitar en la novela.

Por lo pronto, queridos amigos, espero haber exhibido la resolución del ingenioso don Quijote, uno de los incontables descubrimientos que uno puede sacar de esta novela: la determinación de traer a la existencia todo el bien que aún no existe.

Ilustraciones, en orden de aparición, de Ashlyn Smith, Timothy Dykes, Nik Shuliahin, Mick Haupt, Farina Hussain, Michal Matlon tomadas de Unsplash.

Una locura bien decidida

¿Habrá alguien que no conozca El Señor de los Anillos?

Por Rodrigo Zubieta del Paso

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“Not all who wander are lost”.

The Lord of the Rings

Si algo hacen bien las películas de Hollywood es llevar a todos los rincones del planeta sus historias. Antes de eso, en México, no eran muchos los conocedores de la obra literaria The Lord of the Rings; aunque no tengo números para sostener esta afirmación. Me baso en el hecho de que México es un país que lee poco y el acceso masivo a los libros siempre ha sido escaso. Pedirle a jóvenes y niños que lean la trilogía que suman más de mil páginas resulta una proeza. Por eso la película, como dicen, vino a “democratizar” la impresionante obra de J.R.R. Tolkien.

En ese sentido, me siento afortunado. Haber leído la trilogía de Tolkien antes de ver las películas me hizo conectar con el autor de la obra, con su amor a las historias épicas y fantásticas que pusieron a trabajar mi imaginación a marchas forzadas. Abrió un mundo nuevo para mí. Como muchos, también vi la película y debo decir que encuentro serias diferencias con Peter Jackson en lo que se refiere a cómo veía en mi mente la Tierra Media, sus personajes y sus batallas. Aun así, me gustan las películas, tratan de ser hasta cierto punto, fieles con la historia y la selección de los actores que representan a los personajes de la historia parecen tomarse en serio la importancia de cumplir fielmente con sus roles.

Tengo que aceptar que ya no era un niño cuando lo conocí. La primera vez que tuve contacto con la trilogía, no fue porque me la contaron o me lo recomendaron. De hecho, mi primer encuentro con la obra fue un acto de censura de mi parte. Aunque suene raro viniendo de un seguidor asiduo de El Señor de los Anillos, la primera vez que estuve cerca del libro, fue para prohibirlo e inhibir su lectura.

En ese entonces tenía quizá unos 15 años y recuerdo que estaba trabajando como voluntario en un campamento de verano. Creo que mis papás aceptaron que fuera como “instructor” porque preferían que hiciera algo de provecho en lugar de estar echado en la alfombra viendo Supervacaciones (así se llamaba la barra de caricaturas matutinas en esa época) por horas. 

Edición conmemorativa por los 50 años. Foto: Vincent M. A. Janssen.

El campamento, como muchos que existen, tenía una larga lista de actividades que mantenía a los niños y adolescentes ocupados. Estaba yo encargado de una tribu (un pequeño grupo de niños de todas las edades que dormían en la misma cabaña) muy heterogénea, con niños de 6 a 13 años, con todo tipo de personalidades, afinidades y gustos. El campamento tenía un sistema de premiaciones grupales; la tribu sumaba puntos conforme iba ganando competencias y cumpliera con ciertas disposiciones, dejara la cabaña limpia, llegara a tiempo a las actividades del día, etcétera.

Me gusta competir y por supuesto, ganar. Para mi desilusión, mi tribu nunca estaba a tiempo para las actividades y cada noche me atrapaba un sentimiento de derrota a causa de esto. Cada mañana me proponía conseguir que mi tribu estuviera a tiempo a todas las actividades, pero sin resultados: siempre me hacía falta uno de sus integrantes: Fernando (nombre falso para tratar de esconder la verdadera identidad del semejante individuo, aunque seguramente ya sobrepasó los cuarenta) un adolescente de 13 años que parecía importarle poco el esfuerzo colectivo.

Un día cansado de esperar y viendo la cara de frustración de los otros miembros del equipo, me decidí buscar a Fernando. Ya era hora de enfrentar el problema y tener una álgida plática que le hiciera ver que, si no ponía de su parte, la tribu no podía ser la mejor del campamento.

Y ahí estaba Fernando, recostado cómodamente sujetando con las dos manos uno de los libros más gruesos que había visto hasta entonces. Estaba tan concentrado con la lectura que no vio que me acercaba. Repentinamente tomé el libro y se lo arranqué de un solo tajo. Fue como si lo hubiera despertado de un trance. Me enfrentó pidiendo que le devolviera inmediatamente el libro. Le dije –Todos te estamos esperando y tú ¿leyendo? – Me pidió de nuevo que le devolviera el libro que estaba en la parte más interesante y que no quería perdérselo. Ante tanta insistencia, por fin volteé a ver la publicación y allí estaba: pesado y denso. En la portada aparecía una enorme torre negra rodeada por un cielo rojo y amarillo. Luego leí el título y el nombre del autor: El Señor de los Anillos, J.R.R. Tolkien. En mi cabeza pensaba, -este chico ha de ser muy brillante, porque tiene en sus manos un libro sin ilustraciones, escrito por un señor con apellido extranjero y definitivamente con tantas páginas que pareciera inacabable-. ¿Cómo era posible que teniendo tantas y tantas actividades divertidas que realizar, Fernando (que no tenía en ese entonces un porte intelectual) pudiera preferir leer un libro tan serio, tan grueso, con tantas palabras y con tan pocas ilustraciones?

Le dije a Fernando que no volvería a ver el libro hasta el final del campamento. Tenía que ver un significativo esfuerzo por participar junto con la tribu en todas las actividades para poderlo tener de vuelta.

Me quedé con el libro, prometí devolverlo una vez terminara el campamento. Lo dejé a lado de mi cama en la cabaña donde dormía. No lo leí, no lo abrí, lo dejé allí reposado en una vieja mesa.

No había otra reacción de parte de Fernando, más allá de pedirme el libro todos los días. Cada vez que me lo pedía, yo le preguntaba intrigado las razones por las que le parecía tan bueno el libro. Y cada día recibía una respuesta diferente. Cada vez que le preguntaba era como si de repente volviera el trance que le hacía describir las maravillosas situaciones por las que tenían que pasar los personajes.

De hablar sobre las aventuras de la Tierra Media saltamos a nuestros intereses y nuestras ingenuas opiniones sobre todo lo que nos rodeaba: los miembros del equipo, nuestras familias, nuestros amigos, el deporte, el estudio y de todos los temas que a dos adolescentes podrían interesar.

Pasaron los días, terminó el campamento. Seguí viendo a Fernando en la escuela, a fin de cuentas, sólo estaba dos grados escolares arriba de él. Nuestra convivencia no era tan intensa como en el campamento, pero cada vez que nos veíamos nos poníamos al día sobre nuestras vidas, gustos y aficiones.

Página de La comunidad del anillo, canción del lamento de Galadriel. Foto: Zanastardust.

Mi gusto por la lectura fue creciendo por esos meses, especialmente por los libros de ficción. Me di cuenta de que en casa tenía la primera publicación de J.R.R. Tolkien: El Hobbit. Me gustó. Fue fácil de leer y de imaginar. Hasta ese momento no había hecho la conexión entre las obras. Al final de esa edición venía una lista de otros libros del autor y allí estaba: El Señor de los Anillos. Fue ahí que todo se conectó. Lo vi y supe que tendría que leer esa enorme obra, tan llena de aventuras como de palabras.

Quedé maravillado. Recuerdo haber visto a Fernando a quien le comenté lo emocionado que estaba con tan magnifica obra. Él, en lugar de abrir las rencillas del pasado, me preguntaba si ya había pasado tal o cual parte del libro. Era uno de nuestros temas favoritos para charlar, además del fútbol, por supuesto.

De ahí nació una gran amistad, una amistad como esas que aparecen en el libro, como esas que existen en la realidad pero que exclusivamente los libros de fantasías recogen con total fidelidad. La obra de Tolkien, es tener a la mano un tratado sobre la amistad, comunidad, solidaridad y heroísmo.

A veces buscamos sin estar perdidos, a veces encontramos tesoros sin la intención de descubrirlos. Así son los libros que más nos impactan la vida, pero así también son las amistades que perduran, las que se encuentran periódicamente en la vida pero que siempre están allí esperando la oportunidad de retomar las conversaciones iniciadas hace más de 35 años.

Me pidieron escribir sobre la importancia de El Señor de los Anillos en la actualidad. Como las grandes obras universales, esta me cambió de muchas maneras e incidió en la forma en que veo la vida. Pido disculpas por lo egoísta y personal de mi relato, pero sólo cumplí con mi deber de reiterar lo que dice Bilbo Baggins: “Don’t adventures ever have an end? I suppose not. Someone else always has to carry on the story.”

Porque para mí, a fin de cuentas, la obra de Tolkien no puede ser más actual ya que refleja lo significa la amistad: una aventura que nos lleva por caminos insospechados.   

MDNMDN