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¿Qué líderes tenemos? ¿Qué líderes necesitamos?

¿Qué líderes tenemos? ¿Qué líderes necesitamos?

En un gobierno, en una empresa, un equipo deportivo, una familia o en cualquier institución la característica esencial y definitoria de un liderazgo ético es que hace mejor a cada una de las personas que conforman el equipo, incluyendo al líder; y que además beneficia a la institución, ayudándola a cumplir su misión y beneficiando así a la sociedad.

El liderazgo ético está orientado al bien personal y a un bien común.

Es el único liderazgo que vale la pena ejercer y apoyar. El único que nos conviene, al margen de lo que digan la moral, las tendencias o las modas.

Es un error grave pensar que lo esencial en un buen liderazgo es que sea efectivo, que “dé resultados”; y que todo lo demás es ingenuidad, idealismo trasnochado o moralina.

En política, en negocios y lamentablemente también en las familias sobran ejemplos de liderazgos “efectivos”—sumamente dañinos para quien lo ejerce y para quien lo padece como subordinado o como parte de la institución o la sociedad donde tiene impacto ese liderazgo.

Alguien que da resultados al margen de la ética —al margen de si los objetivos buscados son buenos o malos, y del modo de tratar a las personas para alcanzarlos— es un operador, no un líder genuino.

Mafias y organizaciones que actúan en la clandestinidad persiguiendo fines ilegítimos e ilegales tienen “operadores” en ocasiones muy eficientes. Que la palabra se haya vuelto común en el lenguaje político de México es un síntoma más de los malestares que aquejan a nuestra democracia.

Un operador que logra tejer una red de operadores subordinados a él, y que logra enquistarse en alguna jerarquía institucional  y disponer de los recursos de una institución, se convierte de simple operador en líder…un líder tirano, no un líder ético.

Más allá de lo que digan, de cómo se presenten ante los demás, incluso de cómo se vean a sí mismos, el operador y el líder tirano persiguen bienes excluyentes: bienes que, de alcanzarse, no se pueden compartir. Bienes como el enriquecimiento individual, los placeres excesivos, el poder como dominación y la fama, esa hermanastra frívola y a la vez perversa de la honra.

A operadores y tiranos el beneficio de los subordinados, de la institución y de la sociedad les tiene sin cuidado.

El beneficio, por ejemplo, de la empresa y sus actores claves —accionistas, colaboradores, clientes proveedores— será buscado por un líder tirano solo en la medida en que le ayude a alcanzar los bienes excluyentes anhelados. Se tratará de un beneficio accidental, que puede o no acompañar la búsqueda de un ideal pervertido de éxito egoísta, que se persigue a costa de los demás, principalmente a costa de los subordinados; no gracias a ellos. Éxito que implica la degradación y paulatina corrupción de los subordinados, y muchas veces el atropello de personas, instituciones y leyes.

Por eso el líder tirano se rodea de ingenuos entusiastas (“idiotas útiles”) numerosos oportunistas, aduladores y sicofantes (denunciantes pagados para calumniar)

El líder tirano manipula y persuade a través del miedo y las amenazas; o seduce a través del carisma y de las dádivas. La lealtad que cultiva es hacia su figura; no es fidelidad al proyecto ni a la empresa.

Por el contrario, un liderazgo ético convoca y entusiasma con la riqueza y la ambición del proyecto; con la posibilidad de crecer como persona, de crecer en la institución. Nos ofrece la oportunidad de ser mejores, hacer el bien y ganar dinero dignamente.

El liderazgo ético exige con el ejemplo y convence con la humildad de reconocer que necesita y pide nuestra participación para llegar a cabo una empresa noble. Permite la continuidad en el tiempo porque está comprometido con el desarrollo de las personas y la realización del proyecto; y no con el culto a la personalidad del líder y la satisfacción de sus caprichos. No necesita la luz veleidosa y siempre pálida de la fama; pero tampoco las sombras que operadores y tiranos requieren para disimular sus malas y vergonzosas acciones.

Un líder tirano solo podrá tener empleados o cómplices, jamás colaboradores ni socios; tendrá seguidores, pero nunca compañeros, mucho menos amigos.

¿Va hacia algún lado el feminismo católico?

¿Va hacia algún lado el feminismo católico?

[1]

Autora: Dra. Carrie Gress.

Traductor: Dr. Rafael Hurtado.

La idea de que los católicos deben aceptar el feminismo como condición de diálogo con mujeres no-católicas se ha repetido con tanta frecuencia que ahora simplemente se acepta como una verdad indiscutible. Pero, ¿realmente ha funcionado dicha estrategia?

Antes de responder a esta pregunta, repensemos por un momento las enseñanzas de San Juan Pablo II, a quien generalmente se le reconoce como el “artífice” que proclamó la necesidad de desarrollar un “nuevo feminismo” o “feminismo católico”. En efecto, Juan Pablo II estaba manifiestamente interesado en defender la dignidad de todas las mujeres. En su Carta Apostólica de 1988, Mulieris Dignitatem, exploró con profundidad la naturaleza de la feminidad, proporcionando un “marco teórico” que permite una mejor comprensión de la feminidad católica, vista desde la sensibilidad contemporánea. Sin embargo, lo que no es posible encontrar en dicho documento de aproximadamente 25,000 es el término “feminismo”.

En todo caso, el término “feminismo” fue utilizado tan solo una vez, a saber, en su encíclica de 1995 Evangelium Vitae, en la que hizo un llamado a desarrollar un “nuevo feminismo”. En un breve párrafo, el documento nos dice:

“En el cambio cultural en favor de la vida las mujeres tienen un campo de pensamiento y de acción singular y sin duda determinante: les corresponde ser promotoras de un «nuevo feminismo» que, sin caer en la tentación de seguir modelos «machistas», sepa reconocer y expresar el verdadero espíritu femenino en todas las manifestaciones de la convivencia ciudadana, trabajando por la superación de toda forma de discriminación, de violencia y de explotación” (E.V. n. 99).

A pesar de esta única mención, la idea de un “nuevo” feminismo ha sido claramente sobrevendida a los fieles católicos como la ruta ideal para entender la feminidad. Incluso el término se ha utilizado para afirmar que aquellos que no estén a favor del nuevo “feminismo católico”, estarían rechazando la visión católica global y abarcadora del Papa polaco.

Es innegable, según ya se ha dicho, que Juan Pablo II estaba profundamente interesado en restaurar y exaltar la dignidad de las mujeres, siempre y cuando se hiciese de un modo coherente con la fe católica. Lo que a menudo suele pasar con aquellos que se ciñen a la visión del Pontífice es que se centran en el adjetivo “nuevo” feminismo, sin tener claridad lo inadecuado que era el “viejo” feminismo.

A través de mi propia investigación relativa al “viejo” feminismo —sobre todo en mis dos libros The Anti-Mary Exposed [2] y The End of Woman— misma que no estaba disponible durante el pontificado de Juan Pablo II, he descubierto que el feminismo como movimiento ideológico tiene problemas significativos que no se pueden pasar por alto. Desde el principio, el feminismo ha tenido conexiones profundas con el ocultismo, con el igualitarismo (de influencia socialista/marxista) y con la erradicación de la monogamia como condición necesaria para lograr la liberación de las mujeres.

Estos esfuerzos, por demás desacertados, han provocado de modo progresivo la infelicidad crónica de más mujeres, la disminución de matrimonios y un daño severo a la familia nuclear. En cuanto ideología, el feminismo ha perpetuado la creencia de que el aborto es el medio por el cual las mujeres alcanzarán la igualdad con los hombres, generando al menos 44 millones de abortos en todo el mundo tan solo en el año 2023, cifra que supera las cifras del resto de causas de muerte sumadas.

Más allá de señalar los problemas del feminismo, quizás sea más relevante identificar la “pregunta” que ha impulsado la mayoría de las diversas formas de feminismo, a saber, ¿qué hacer para que las mujeres se parezcan más a los hombres? El mismo Papa Juan Pablo II reconoció esta tendencia en su breve párrafo alusivo al feminismo, afirmando que es necesario rechazar “la tentación de seguir modelos «machistas»”, en los que las mujeres han de adoptar vicios masculinos. Lamentablemente esta idea ha derivado en la creencia de que los hijos son un obstáculo para la felicidad de las mujeres, dando lugar a la ya conocida “cultura anticonceptiva” que pretende socavar la maternidad de las mujeres, como si ésta fuera una maldición en lugar de la bendición por excelencia que las enseñanzas de la Iglesia Católica siempre han promovido.

Contrastantemente, el feminismo ha sido tradicionalmente considerado como un medio para facilitar la integración de personas ajenas al movimiento a través de la promoción de “escenarios” cuasi-familiares. El resultado que han obtenido se traduce en que un mayor número de mujeres católicas se identifican más con el feminismo que con las enseñanzas de la Iglesia.

Actualmente, las mujeres católicas usan anticonceptivos, abortan y se divorcian aproximadamente a la misma tasa que las mujeres no-católicas. Al mismo tiempo, las enseñanzas de la Iglesia sobre la dignidad de la mujer, mismas que se han desarrollado de modo progresivo a lo largo de la historia, han sido opacadas por el lenguaje feminista contemporáneo, el cual presenta una comprensión superficial de la feminidad.

Aunque ciertamente hay casos individuales que contradicen la idea anterior, actualmente las mujeres católicas se parecen más a las feministas seculares de lo que las feministas seculares se parecen a las mujeres católicas. Mientras tanto, la feminidad, y particularmente la maternidad, que desde siempre ha sido un icono de la Iglesia misma, ha sido despojada de su belleza, significado, fecundidad y misterio. En lugar de que el feminismo se convierta en un “puente”, se ha convertido en el “destino”, en un fin en sí mismo.

El feminismo es la ideología que está impulsando el declive de nuestra civilización. Sin embargo, ha logrado hacer creer a las mujeres católicas que es la única manera de restaurar o defender la dignidad de la mujer. En su esfuerzo por parecer relevante y atractivo, el “feminismo católico” se ha convertido en una especie de “agua estancada”, tratando de mantener principios católicos sin rechazar los dogmas problemáticos del viejo feminismo.

Toda esta parafernalia podría resultar comprensible si la Iglesia Católica no ofreciese algo mejor. O si realmente el feminismo, y no la Iglesia, fuera el camino mediante el cual las mujeres obtuvieran verdadera dignidad e igualdad con respecto a los hombres. En este respecto, el catolicismo sufre de lo que podemos llamar una “abundancia de riquezas”.

El apoyo de la Iglesia a las mujeres comenzó cuando Jesucristo habitó entre nosotros, y se pronunció e intensificó en la medida que creció la devoción a Nuestra Señora y cuando se extendió el testimonio de los santos. La Iglesia, no el feminismo, declaró contundentemente la dignidad y la igualdad de la mujer, realidad bellamente expuesta por el Papa Juan Pablo II en la ya mencionada encíclica Mulieris Dignitatem. Pensadoras como Edith Stein (La Mujer), Ida Görres (The Hidden Face), Gertrud von Le Fort (The Eternal Woman) y Alice von Hildebrand (El Privilegio de Ser Mujer) se sumaron con sabiduría a esta causa. Las mujeres, y no solo las mujeres católicas, están ávidas de hacerse de esta rica sabiduría, hermosa y convincente. Y aunque pocos lo ven, la tenemos en nuestras manos.

En efecto, podría haber un “nuevo feminismo”, pero éste tendría que distanciarse completamente del “viejo”. Lograr esta encomienda dada la profunda integración que el viejo feminismo ha tenido con la cultura contemporánea, se antoja muy improbable, si no se da previamente una verdadera desintoxicación intelectual y una formación más profunda. Este es un proyecto que se ha intentado desde hace más de 30 años, pero el gran peso que tiene la ideología feminista parece sofocar los esfuerzos católicos, incluso el deseo, de desarrollar algo discerniblemente “nuevo”.

En esencia, el catolicismo no necesita del feminismo. Un simple regreso a lo que la Iglesia Católica puede ofrecer en esta materia no solo suplantaría lo que el feminismo imperante podría ofrecer, sino que lo superaría significativamente. Si realmente estamos comprometidos con atraer a las mujeres a la Iglesia mientras fortalecemos a las que ya están en ella, es hora de que comencemos a promover nuestra abundante sabiduría en lugar de continuar promoviendo lo que en realidad nos está destruyendo.

Dra. Carrie Gress.

Profesora Investigadora en el Centro de Estudios con sede en Washington, D.C., Ethics and Public Policy Center, y en el Institute for Human Ecology en la Catholic University of America, Estados Unidos de América (https://www.carriegress.com/)

Dr. Rafael Hurtado.

Profesor Investigador Titular en el Instituto de Humanidades, Universidad Panamericana, Campus Guadalajara, México (https://www.up.edu.mx/investigacion/rafael-hurtado-dominguez/)


[1] El presente escrito es una traducción realizada por el Dr. Rafael Hurtado del artículo “Is Catholic Feminism Working?” publicado en https://www.thecatholicthing.org/2024/03/01/is-catholic-feminism-working/ escrito por la Dra. Carrie Gress.

[2] Este libro está disponible en lengua castellana: https://tanbooks.com/products/books/anti-maria-al-descubierto-rescatando-la-cultura-de-la-feminidad-toxica/


La crisis de los Tulipanes y los aprendizajes que nos dejó

La crisis de los Tulipanes y los aprendizajes que nos dejó

En el siglo XVII, los Países Bajos vivieron un episodio intrigante que involucra a los tulipanes, y que va más allá de su función decorativa en los campos. Esta historia nos sumerge en el mundo de las burbujas financieras y las decisiones impulsadas por la psicología del mercado.

En aquel entonces, los tulipanes en Holanda eran símbolos de estatus y lujo, despertando una especie de fiebre financiera debido a su rareza. El tulipán Semper Augustus era especialmente codiciado, pero lo que realmente fascinaba a la gente eran los bulbos de tulipán, que prometían futuras flores y desencadenaban una fiebre especulativa.

La euforia alcanzó su punto más alto entre 1636 y 1637, con los precios de los bulbos llegando a niveles sorprendentes. Muchos llegaron a hipotecar sus hogares en busca de ganancias rápidas en subastas de bulbos de tulipán. Sin embargo, como suele suceder con las burbujas financieras, esta también estaba destinada a estallar.

En febrero de 1637, el mercado colapsó, dejando a muchos en bancarrota y enseñándonos lecciones duraderas sobre la especulación irracional y la fragilidad de las burbujas financieras.

Más allá de la extravagancia de la época, la historia de la crisis de los tulipanes ofrece lecciones atemporales sobre la psicología del mercado. La fiebre de los tulipanes ilustra cómo las decisiones financieras pueden ser influenciadas por el comportamiento de la multitud, con el “miedo a perderse de algo” (que ahora llaman con el acrónimo de FOMO “fear of missing out”) llevando a muchos a unirse a la euforia a pesar de que lógica diría lo contrario, una dinámica que aún resuena en los mercados actuales.

Durante la crisis de los tulipanes, muchos apostaron todo a un solo activo de especulación. Aquí resalta la lección clave de diversificar y tomar decisiones informadas. La diversificación protege contra la volatilidad, y la información respalda decisiones financieras más sólidas.

Aunque los campos de tulipanes desaparecieron, las lecciones que nos dejaron se pueden resumir en la importancia de la prudencia, aprender de las burbujas financieras pasadas y dar valor a la información y sensatez al momento de invertir, lo que nos puede ayudar a proteger nuestro patrimonio.

Esta parte de la historia, nos invita a considerar cuidadosamente nuestras decisiones financieras. Diversificar nuestras inversiones en diferentes áreas, y no dejarnos llevar por la fiebre del momento son prácticas esenciales; también nos indican la importancia de sembrar sabiamente y no poner todos nuestros huevos en una sola canasta por moda. En el mundo de las inversiones, la paciencia, la diversificación y la prudencia son nuestras aliadas más valiosas. 

Para terminar y siguiendo con la tradición de mis posts, cerraré el tema con una frase relacionada con el tema.

    “Si quieres entender la geología, estudia los terremotos.
                                    Si quieres entender la economía, estudia las crisis”
                                      Ben Bernanke, premio Nobel de Economía 2022

Un abrazo hasta donde estés leyendo esto

Tania MO

5. México como botín / Muerte por acidia

5. México como botín / Muerte por acidia

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Ir a la parte 1 “Ciudadanos rabiosos”

Ir a la parte 4 “Las virtudes de la anti-política y los vicios de los políticos”

En el origen de estos vicios se encuentra la carencia de una formación política sólida compuesta por ideales, principios e ideas.

Muchos políticos no tienen claro qué ideales son los que orientan su actuar, no han pensado o han olvidado hacia qué metas, anhelos profundos y horizontes dirigen sus acciones. Tampoco tienen claro sus principios: aquellos lineamientos de su actuar en los que no están dispuestos a transigir, al margen del costo electoral que esto pueda tener o de la recompensa monetaria. Sin ideales y principios es muy difícil tener ideas nuevas, que nos ayuden a transformar nuestra realidad.

El vacío de ideales y principios, y la carencia de ideas es quizá lo que ha permitido el auge del marketing político como la dimensión esencial de la actividad política contemporánea. El marketing político es un hijo bastardo de la política  que tiene antecedentes en la práctica sofística denunciada magistralmente por Platón en “Gorgias”, y que adquirió una nueva fuerza con la conjugación del advenimiento de la televisión y el genio norteamericano para vender todo, hasta políticos.[1]

El marketing político es una forma suave de la propaganda, esa estrategia de manipulación de masas perfeccionada por Joseph Goebbels durante el régimen Nazi y tan popular también en el otro totalitarismo stalinista. Pero no por suave es menos peligroso, adictivo y dañino para la vida democrática. El marketing político es propaganda “sin alcohol”, pero no sin azúcar. Y una adicción a las bebidas azucaradas es también dañina.

Afiche de propaganda conmemorativo del partido NSDAP. Nuremberg 1933. Fuente: Alexander Schulz

El marketing político substituye el contenido por la forma: lo importante no es tener un buen candidato, con ideales claros y nobles, principios firmes y muchas ideas. Lo importante más bien es cómo ven las masas al candidato, cómo retrata en televisión, si da la apariencia de ser una persona confiable y amable; o más bien parece un arrogante y egoísta.

En la última década el marketing político ha acaparado la mente y la imaginación de los estrategas de campaña, y ha substituido la creación de un discurso coherente y la presentación de una visión política esperanzadora, ambiciosa y de grandes horizontes, por la obsesión con la apariencia y con los aspectos más triviales del candidato o la candidata: si usa o no bigote, si se presenta con falda o pantalón; si utiliza saco o chamarra; si va o no con corbata; si utiliza colores obscuros o colores pastel; si tiene un “distintivo” como un zarape, o un rebozo.[2]

No es de extrañar por eso ni el hartazgo ni la rabia de millones de ciudadanos frente a campañas insípidas, con las mismas promesas vacías de siempre, las mismas fotografías y frases huecas de los candidatos.

La homogeneidad en los diseños visuales y auditivos de las campañas, y la nula creatividad en la propuesta, deja entrever que en México no existen suficientes agencias de marketing, o que todos los partidos recurren a las mismas malas agencias.

El marketing político, con el complemento de la obsesión por las encuestas, es la mezcla perfecta para reducir el ejercicio político y las campañas para ganar el voto ciudadano a algo similar al lanzamiento y la colocación en el mercado de un nuevo champú o de una crema de afeitar.

Fuente: El País

Uno de los “méritos” del marketing político, es haber transformado el periodo de campañas en México en las semanas más desagradables para ver la televisión o escuchar la radio; bombardeados por anuncios insulsos e idénticos entre sí, la mayoría de los mexicanos añoramos el fin de las campañas y el retorno de los anuncios insulsos e idénticos entre sí de productos, no de candidatos.

La carencia de una visión y formación política sólida, así como los excesos cotidianos del marketing político llevan a muchos mexicanos a pensar que para la llamada clase política México es más un botín, que una promesa; un botín del que hay que apoderarse a toda costa. Un botín de privilegios económicos y jurídicos que permite, a quien es lo suficientemente descarado y temerario, tener más que los demás, violar la ley con impunidad y abusar de los otros.

La actitud cínica y destructiva de tantos políticos muestra que, aunque añoran y viven para alcanzar el poder, no saben qué es el poder, ni para qué sirve: “Macht bessesen, macht vergessen” en la concisa y contundente frase de Richard von Weizäcker[3].


[1] Al respecto es enormemente interesante el artículo de la historiadora Jill Lepore, “The Lie Factory,” New Yorker, 24 de septiembre del 2011. Véase también Robert Shiller y George Akerlof,  Phishing for Phools (Princeton: Princeton University Press, 2015) en específico el capítulo 5 “Phishing in Politics”.

[2] De nuevo es recommendable Jill Lepore, “Politics and the New Machine,” New Yorker, 16 de noviembre de 2015. Y Jill Lepore, “The Party Crashers,” New Yorker, 22 de febrero de 2016. También es muy enriquecedora la reflexión de David Axelrod, Believer (Nueva York: Penguin, 2015) Pg. 74 ss. David Axelrod fue estratega de las campañas de Obama.

[3] La frase podría traducirse así: “Nuestros políticos están poseídos por el poder, y se han olvidado de para qué sirve el poder”. Y era una de las frases de Richard von Weizäcker, sexto Presidente de la República Federal Alemana. Debo la referencia a Mathias Geffrat, „Können Protestbewegungen etwas ändern? Eine Zwischenbilanz der Proteste. Teil 3 von 3.” [¿Pueden cambiar algo los movimientos de protesta? Un balance intermedio de la protesta. Tercera de tres partes.] Programa radiofónico “Essay und Diskurs” emitido el 4 de marzo de 2012.

4. Las “virtudes” de la anti-política y los vicios de los políticos / Muerte por acidia

Ir a parte 3

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ne plus vouloir vivre ensemble.

Alexis Jenni, L’ art française de la guerre 

Los anti-políticos surgen en el seno de ciudadanías decepcionadas con la democracia y la política, y surgen como un intento de responder a los vicios de muchos de nuestros políticos de carrera. No es difícil identificar algunos vicios comunes en ciertos políticos, que encuentran su respuesta en las supuestas “virtudes” ya mencionadas de la anti-política:

La pretendida autenticidad responde a la incoherencia; la arrogancia moral a la corrupción; la pasión tribunalicia al cinismo; y el puritanismo ideológico al oportunismo.

La pretendida autenticidad es una respuesta a la incoherencia que muestran muchos políticos entre aquello que predican ─ democracia, transparencia, sobriedad, respeto a las instituciones ─ y aquello que viven: abuso de poder, compra de votos, opacidad en el manejo de presupuestos públicos y privilegios propios de su puesto; y un profundo desprecio a las instituciones y procesos democráticos cuando los resultados electorales no les favorecen.

La arrogancia moral es una respuesta a la corrupción en la que incurren y han incurrido tantos políticos[1]. El problema es que el arrogante moral no distingue entre corruptos y honestos; tampoco distingue entre tipos de corrupción, ni considera malos diseños del sistema democrático y de gobierno que ponen a políticos y gobernantes en circunstancias en las que es muy fácil incurrir en actos de corrupción.

El arrogante moral no toma en cuenta la condición humana vulnerable, ni las tentaciones y peligros morales propios del ejercicio del poder, de la autoridad y del manejo de cuantiosos recursos públicos.

La pasión tribunalicia es una respuesta al cinismo que muestran muchos políticos en sus declaraciones y acciones.

El cinismo en la política es la aceptación sin ambages de la brecha entre nuestros supuestos ideales, principios y convicciones por una parte, y nuestras acciones contrarias a tales ideales, principios y convicciones por otra. El cinismo es la aceptación de la corrupción personal, de la incapacidad de ser coherentes y honestos. Pero es una aceptación que al cínico ni le provoca vergüenza, ni le causa cargo de conciencia, ni lo mueve a un propósito de enmienda.

El cínico comparte con el ciudadano rabioso el desencanto frente a las posibilidades civilizatorias de la política y de la democracia, pero en lugar de enardecerse por este desencanto el cínico decide sacarle provecho  a la degradación de la ciudadanía y a la anulación de la política.

El cinismo destruye la posibilidad de creer en la política y es para la mayoría de los ciudadanos la prueba última de que nuestros políticos no tienen remedio.

En círculos partidistas se confunde en ocasiones al cinismo con un supuesto “realismo político”; se piensa que la actitud desencantada, desvergonzada y desencarnada que muestran los cínicos es una señal de madurez intelectual y disposición a ver la realidad tal cual es. ¡Nada más alejado de la verdad! El cinismo en política implica aceptar que no se puede mejorar la sociedad a través del trabajo político y que es cuestión de tiempo para que el miasma de la corrupción invada todos los ámbitos de la vida social.

El cinismo no es una actitud de madurez, sino de desesperanza. 

El anti-político, movido por la pasión tribunalicia, desea confrontar al cínico y denunciarlo. Es noble este afán tribunalicio, pero está mal orientado porque no acaba de devolverles a los ciudadanos su dignidad y su poder como agentes responsables y coprotagonistas en la construcción democrática.

Por último, el puritanismo ideológico es la respuesta al oportunismo que muestran tantos políticos en la adopción de posturas, causas y creencias. Ambos extremos son peligrosos. El puritanismo ideológico impide la negociación y la autocrítica; y el oportunismo impide desarrollar una visión política consistente y de largo plazo. El oportunismo en política es enormemente destructivo porque se rige más por las encuestas y las voces más escandalosas de un momento, que por las necesidades reales de la sociedad y la atención a problemas que solo tienen solución a largo plazo. Problemas relacionados con la infraestructura (indispensable para la industria, el comercio y el turismo), los cambios demográficos, el rezago educativo, la salud, o los temas de seguridad nacional, por poner algunos ejemplos. Ninguno de estos problemas puede atenderse tomando como criterio central la opinión recabada por una casa de encuestas, o los vaivenes veleidosos y muchas veces pagados de numerosos comentaristas en la prensa.


[1] Para un análisis del problema de la corrupción en la democracia véase el dossier “La corruption, maladie de la démocratie” en Esprit, Febrero 2014. Véase también la  fuerte denuncia desde la prisión del líder opositor ruso Alexej Nawalnyj “Die Wurzel allen Übels” (La raíz de todos los males) FAZ, viernes 20 de agosto de 2021.

3. La pasión antiliberal y la fascinación por la vertical del poder / Muerte por acidia

Ir a parte 2

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Alexis Jenni, L’ art française de la guerre 

Las cuatro características del anti-político — la pretendida autenticidad, la arrogancia moral, la pasión tribunalicia y el puritanismo ideológico— se articulan,  complementan y alimentan mutuamente para cristalizarse en una fuerte pasión antiliberal[1]:

En primera instancia la pretendida autenticidad se entiende como la virtud moral definitiva. Como la prueba irrefutable de la integridad personal. De acuerdo con esta  convicción solo quienes son auténticos son capaces de descubrir hipocresía y falsedad en las intenciones, palabras y obras de todos los políticos. La autenticidad es entonces también justificación y motivo para la arrogancia moral.

La arrogancia moral obliga al anti-político auténtico a enfrentarse a los políticos de carrera, que considera hipócritas y timoratos. Es también la arrogancia moral la que lleva al anti-político a verse a sí mismo como un defensor de los débiles, que para él, son todos los ciudadanos que no participan del gobierno y no forman parte de ningún partido político.

La arrogancia moral deriva por tanto en la pasión tribunalicia ─ el anti-político como el único tribuno de los ciudadanos, el único con la credibilidad y la calidad moral para enfrentar a los corruptos políticos. Pasión tribunalicia que va de la mano de un celo que se asume profético y redentor.

El tribuno del pueblo es el profeta de un mundo mejor. Un mundo que en opinión del tribuno  no existe únicamente por culpa de los políticos. Una vez que se expulse a los políticos y se imponga el tribuno como la única e incuestionable autoridad, llegará esa nueva era.

Además de profeta el tribuno es redentor. A fuerza de necedad y de arrogancia moral el tribuno se ha logrado convencer de que solo él es capaz de entregar ese cambio al pueblo; y de que no será a través de las instituciones y el esfuerzo común y constante que se transforme una ciudadanía y una sociedad.

El tribuno no teme desgastar el tejido institucional que conforma una sociedad, pues piensa que con su carisma y liderazgo será capaz, en poco tiempo y sin esfuerzo, de sustituir cualquier institución.

Es justo a causa de esta pretendida autenticidad, de la arrogancia moral, y de verse a sí mismo como tribuno de los ciudadanos, que el anti-político es incapaz de transigir en ningún aspecto de su lucha ideológica contra  sus oponentes, sean estos de otro partido político u otra instancia de gobierno.

Si todos los políticos son corruptos, negociar con ellos es necesariamente una traición: Una traición a la propia autenticidad y una traición a la función de tribuno. Negociar con mentirosos y corruptos, volvería al anti-político mentiroso y corrupto también.

Para mantener su pureza ideológica y su estatus moral superior, el anti-político debe negarse a cualquier tipo de negociación. Debe aferrarse a sus posturas extremas y no estar dispuesto a ningún tipo de transacción: Toda “transa” (en el sentido de acuerdo y concesión a la otra parte) es “transa” o “tranza”, como decimos en México, es decir, es trampa.  

La disposición continua a la confrontación, la descalificación de los políticos de carrera, de las instituciones e iniciativas de gobierno, son la consecuencia necesaria de las características del anti-político.

La posición del anti-político descalifica a la política porque confunde la negociación con la simulación. Y asume que la negociación es contraria a la autenticidad.

Para el anti-político la política es también fuente de hipocresía, porque nunca será posible pasar de la pureza de los principios al barro de la operación política cotidiana y del gobierno.

Desde esta perspectiva la política es también una forma de opresión a la ciudadanía, que es gobernada por instituciones frías y rígidas, en lugar de dejarse abrazar por el celo y el afán redentorista del tribuno, que, de tener suerte, llegará a ser un tirano benevolente.

Hay algo de contradictorio en la postura del anti-político, pues parece aspirar por medios políticos a destruir a la política. Esta intención de destruir la política por medios institucionales se encuentra en el origen de su pasión antiliberal.

La pasión antiliberal es la desconfianza absoluta frente a los mecanismos de la democracia y sus instituciones. Es la desconfianza  frente al disenso como parte esencial de la interminable discusión democrática y frente al poder entendido como una horizontal multipolar.

Curiosamente, la creencia de que todo ejercicio del poder corrompe, mueve al anti-político a preferir la concentración del poder en pocas personas, y a favorecer un ejercicio más vertical del poder, que sea más efectivo y exclusivo: Un poder de gobierno selectivo y exclusivo, al alcance únicamente de aquellos que cuentan con las cuatro cualidades descritas del anti-político. Aquellos que, desde la óptica del anti-político, son los únicos moralmente en condiciones de ejercer el poder de modo eficiente y sin corromperse.

El anti-político favorece un ejercicio del poder centrado en grandes personalidades y no en estructuras institucionales, leyes y sistemas de control y rendición de cuentas.

Las instituciones buscan hacer lo extraordinario a través del trabajo conjunto ordinario de personas ordinarias. Por el contrario, la fascinación con la vertical del poder es la seductora idea de que ciertas personas extraordinarias pueden, por la fuerza de su personalidad y su talento, moldear a las instituciones a su gusto; que pueden,  sin necesidad de sistemas de control ni de rendición de cuentas, lograr que las instituciones sean mucho más eficaces y de mayores alcances. El anti-político asume que el ejercicio vertical del poder ─ en el cual el poder se concentra en una sola personalidad en la cima de la estructura ─ es el único ejercicio legítimo que previene de modo efectivo el abuso de los débiles y que está protegido  contra la ineptitud y la corrupción.

¿Cómo abusaría el tribuno de los débiles ciudadanos a quienes ha jurado defender? ¿Y qué mejor remedio contra la tendencia tan humana a la corrupción y el abuso de poder, que un líder íntegro, moralmente invulnerable, e inmaculado en su ideología?

A través de la concentración y el ejercicio radicalmente vertical del poder, el anti-político, tribuno del pueblo, nos librará por fin del peso de la democracia, de sus ineficiencias y defectos; eliminará la negociación como modo de vida y el disenso como actitud esencial de la democracia; y nos unificará como ciudadanía, por la mera fuerza de su personalidad y por su integridad moral bajo el manto de su bondad y sabiduría. El anti-político nos quitará el dulce yugo de la libertad, que para muchos ciudadanos se ha vuelto insoportable. Ciudadanos que recibieron la libertad, pero prefieren, como en el libro del Éxodo, volver a la seguridad y calma de la vida en Egipto[2].

La popularidad de los anti-políticos en muchas regiones del planeta nos obliga a cuestionarnos sobre las circunstancias que hicieron posible su paso de la periferia al centro de la escena pública.


[1] Para una crítica reciente de esta pasión anti liberal pero sobre todo anti libertad en la tradición de izquierda autodenominada progresista en los Estados Unidos, véase “The threat from the iliberal left”; “The iliberal left: How did American “wokeness” jump from elite schools to everyday life?” ambos en The Economist, 4 de septiembre de 2021.

[2] Para esta analogía véase el discurso de Ágnes Heller escrito pocos días antes de su muerte y leído de manera póstuma en la apertura del Foro Europeo Alpbach 2019. Una traducción al alemán del texto en inglés fue publicada bajo el título “Kein Weg führt nach Utopia” (Ningún camino conduce a Utopía)  FAZ, 19 de agosto de 2019.

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