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La crisis de los Tulipanes y los aprendizajes que nos dejó

La crisis de los Tulipanes y los aprendizajes que nos dejó

En el siglo XVII, los Países Bajos vivieron un episodio intrigante que involucra a los tulipanes, y que va más allá de su función decorativa en los campos. Esta historia nos sumerge en el mundo de las burbujas financieras y las decisiones impulsadas por la psicología del mercado.

En aquel entonces, los tulipanes en Holanda eran símbolos de estatus y lujo, despertando una especie de fiebre financiera debido a su rareza. El tulipán Semper Augustus era especialmente codiciado, pero lo que realmente fascinaba a la gente eran los bulbos de tulipán, que prometían futuras flores y desencadenaban una fiebre especulativa.

La euforia alcanzó su punto más alto entre 1636 y 1637, con los precios de los bulbos llegando a niveles sorprendentes. Muchos llegaron a hipotecar sus hogares en busca de ganancias rápidas en subastas de bulbos de tulipán. Sin embargo, como suele suceder con las burbujas financieras, esta también estaba destinada a estallar.

En febrero de 1637, el mercado colapsó, dejando a muchos en bancarrota y enseñándonos lecciones duraderas sobre la especulación irracional y la fragilidad de las burbujas financieras.

Más allá de la extravagancia de la época, la historia de la crisis de los tulipanes ofrece lecciones atemporales sobre la psicología del mercado. La fiebre de los tulipanes ilustra cómo las decisiones financieras pueden ser influenciadas por el comportamiento de la multitud, con el “miedo a perderse de algo” (que ahora llaman con el acrónimo de FOMO “fear of missing out”) llevando a muchos a unirse a la euforia a pesar de que lógica diría lo contrario, una dinámica que aún resuena en los mercados actuales.

Durante la crisis de los tulipanes, muchos apostaron todo a un solo activo de especulación. Aquí resalta la lección clave de diversificar y tomar decisiones informadas. La diversificación protege contra la volatilidad, y la información respalda decisiones financieras más sólidas.

Aunque los campos de tulipanes desaparecieron, las lecciones que nos dejaron se pueden resumir en la importancia de la prudencia, aprender de las burbujas financieras pasadas y dar valor a la información y sensatez al momento de invertir, lo que nos puede ayudar a proteger nuestro patrimonio.

Esta parte de la historia, nos invita a considerar cuidadosamente nuestras decisiones financieras. Diversificar nuestras inversiones en diferentes áreas, y no dejarnos llevar por la fiebre del momento son prácticas esenciales; también nos indican la importancia de sembrar sabiamente y no poner todos nuestros huevos en una sola canasta por moda. En el mundo de las inversiones, la paciencia, la diversificación y la prudencia son nuestras aliadas más valiosas. 

Para terminar y siguiendo con la tradición de mis posts, cerraré el tema con una frase relacionada con el tema.

    “Si quieres entender la geología, estudia los terremotos.
                                    Si quieres entender la economía, estudia las crisis”
                                      Ben Bernanke, premio Nobel de Economía 2022

Un abrazo hasta donde estés leyendo esto

Tania MO

5. México como botín / Muerte por acidia

5. México como botín / Muerte por acidia

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Ir a la parte 1 “Ciudadanos rabiosos”

Ir a la parte 4 “Las virtudes de la anti-política y los vicios de los políticos”

En el origen de estos vicios se encuentra la carencia de una formación política sólida compuesta por ideales, principios e ideas.

Muchos políticos no tienen claro qué ideales son los que orientan su actuar, no han pensado o han olvidado hacia qué metas, anhelos profundos y horizontes dirigen sus acciones. Tampoco tienen claro sus principios: aquellos lineamientos de su actuar en los que no están dispuestos a transigir, al margen del costo electoral que esto pueda tener o de la recompensa monetaria. Sin ideales y principios es muy difícil tener ideas nuevas, que nos ayuden a transformar nuestra realidad.

El vacío de ideales y principios, y la carencia de ideas es quizá lo que ha permitido el auge del marketing político como la dimensión esencial de la actividad política contemporánea. El marketing político es un hijo bastardo de la política  que tiene antecedentes en la práctica sofística denunciada magistralmente por Platón en “Gorgias”, y que adquirió una nueva fuerza con la conjugación del advenimiento de la televisión y el genio norteamericano para vender todo, hasta políticos.[1]

El marketing político es una forma suave de la propaganda, esa estrategia de manipulación de masas perfeccionada por Joseph Goebbels durante el régimen Nazi y tan popular también en el otro totalitarismo stalinista. Pero no por suave es menos peligroso, adictivo y dañino para la vida democrática. El marketing político es propaganda “sin alcohol”, pero no sin azúcar. Y una adicción a las bebidas azucaradas es también dañina.

Afiche de propaganda conmemorativo del partido NSDAP. Nuremberg 1933. Fuente: Alexander Schulz

El marketing político substituye el contenido por la forma: lo importante no es tener un buen candidato, con ideales claros y nobles, principios firmes y muchas ideas. Lo importante más bien es cómo ven las masas al candidato, cómo retrata en televisión, si da la apariencia de ser una persona confiable y amable; o más bien parece un arrogante y egoísta.

En la última década el marketing político ha acaparado la mente y la imaginación de los estrategas de campaña, y ha substituido la creación de un discurso coherente y la presentación de una visión política esperanzadora, ambiciosa y de grandes horizontes, por la obsesión con la apariencia y con los aspectos más triviales del candidato o la candidata: si usa o no bigote, si se presenta con falda o pantalón; si utiliza saco o chamarra; si va o no con corbata; si utiliza colores obscuros o colores pastel; si tiene un “distintivo” como un zarape, o un rebozo.[2]

No es de extrañar por eso ni el hartazgo ni la rabia de millones de ciudadanos frente a campañas insípidas, con las mismas promesas vacías de siempre, las mismas fotografías y frases huecas de los candidatos.

La homogeneidad en los diseños visuales y auditivos de las campañas, y la nula creatividad en la propuesta, deja entrever que en México no existen suficientes agencias de marketing, o que todos los partidos recurren a las mismas malas agencias.

El marketing político, con el complemento de la obsesión por las encuestas, es la mezcla perfecta para reducir el ejercicio político y las campañas para ganar el voto ciudadano a algo similar al lanzamiento y la colocación en el mercado de un nuevo champú o de una crema de afeitar.

Fuente: El País

Uno de los “méritos” del marketing político, es haber transformado el periodo de campañas en México en las semanas más desagradables para ver la televisión o escuchar la radio; bombardeados por anuncios insulsos e idénticos entre sí, la mayoría de los mexicanos añoramos el fin de las campañas y el retorno de los anuncios insulsos e idénticos entre sí de productos, no de candidatos.

La carencia de una visión y formación política sólida, así como los excesos cotidianos del marketing político llevan a muchos mexicanos a pensar que para la llamada clase política México es más un botín, que una promesa; un botín del que hay que apoderarse a toda costa. Un botín de privilegios económicos y jurídicos que permite, a quien es lo suficientemente descarado y temerario, tener más que los demás, violar la ley con impunidad y abusar de los otros.

La actitud cínica y destructiva de tantos políticos muestra que, aunque añoran y viven para alcanzar el poder, no saben qué es el poder, ni para qué sirve: “Macht bessesen, macht vergessen” en la concisa y contundente frase de Richard von Weizäcker[3].


[1] Al respecto es enormemente interesante el artículo de la historiadora Jill Lepore, “The Lie Factory,” New Yorker, 24 de septiembre del 2011. Véase también Robert Shiller y George Akerlof,  Phishing for Phools (Princeton: Princeton University Press, 2015) en específico el capítulo 5 “Phishing in Politics”.

[2] De nuevo es recommendable Jill Lepore, “Politics and the New Machine,” New Yorker, 16 de noviembre de 2015. Y Jill Lepore, “The Party Crashers,” New Yorker, 22 de febrero de 2016. También es muy enriquecedora la reflexión de David Axelrod, Believer (Nueva York: Penguin, 2015) Pg. 74 ss. David Axelrod fue estratega de las campañas de Obama.

[3] La frase podría traducirse así: “Nuestros políticos están poseídos por el poder, y se han olvidado de para qué sirve el poder”. Y era una de las frases de Richard von Weizäcker, sexto Presidente de la República Federal Alemana. Debo la referencia a Mathias Geffrat, „Können Protestbewegungen etwas ändern? Eine Zwischenbilanz der Proteste. Teil 3 von 3.” [¿Pueden cambiar algo los movimientos de protesta? Un balance intermedio de la protesta. Tercera de tres partes.] Programa radiofónico “Essay und Diskurs” emitido el 4 de marzo de 2012.

4. Las “virtudes” de la anti-política y los vicios de los políticos / Muerte por acidia

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Alexis Jenni, L’ art française de la guerre 

Los anti-políticos surgen en el seno de ciudadanías decepcionadas con la democracia y la política, y surgen como un intento de responder a los vicios de muchos de nuestros políticos de carrera. No es difícil identificar algunos vicios comunes en ciertos políticos, que encuentran su respuesta en las supuestas “virtudes” ya mencionadas de la anti-política:

La pretendida autenticidad responde a la incoherencia; la arrogancia moral a la corrupción; la pasión tribunalicia al cinismo; y el puritanismo ideológico al oportunismo.

La pretendida autenticidad es una respuesta a la incoherencia que muestran muchos políticos entre aquello que predican ─ democracia, transparencia, sobriedad, respeto a las instituciones ─ y aquello que viven: abuso de poder, compra de votos, opacidad en el manejo de presupuestos públicos y privilegios propios de su puesto; y un profundo desprecio a las instituciones y procesos democráticos cuando los resultados electorales no les favorecen.

La arrogancia moral es una respuesta a la corrupción en la que incurren y han incurrido tantos políticos[1]. El problema es que el arrogante moral no distingue entre corruptos y honestos; tampoco distingue entre tipos de corrupción, ni considera malos diseños del sistema democrático y de gobierno que ponen a políticos y gobernantes en circunstancias en las que es muy fácil incurrir en actos de corrupción.

El arrogante moral no toma en cuenta la condición humana vulnerable, ni las tentaciones y peligros morales propios del ejercicio del poder, de la autoridad y del manejo de cuantiosos recursos públicos.

La pasión tribunalicia es una respuesta al cinismo que muestran muchos políticos en sus declaraciones y acciones.

El cinismo en la política es la aceptación sin ambages de la brecha entre nuestros supuestos ideales, principios y convicciones por una parte, y nuestras acciones contrarias a tales ideales, principios y convicciones por otra. El cinismo es la aceptación de la corrupción personal, de la incapacidad de ser coherentes y honestos. Pero es una aceptación que al cínico ni le provoca vergüenza, ni le causa cargo de conciencia, ni lo mueve a un propósito de enmienda.

El cínico comparte con el ciudadano rabioso el desencanto frente a las posibilidades civilizatorias de la política y de la democracia, pero en lugar de enardecerse por este desencanto el cínico decide sacarle provecho  a la degradación de la ciudadanía y a la anulación de la política.

El cinismo destruye la posibilidad de creer en la política y es para la mayoría de los ciudadanos la prueba última de que nuestros políticos no tienen remedio.

En círculos partidistas se confunde en ocasiones al cinismo con un supuesto “realismo político”; se piensa que la actitud desencantada, desvergonzada y desencarnada que muestran los cínicos es una señal de madurez intelectual y disposición a ver la realidad tal cual es. ¡Nada más alejado de la verdad! El cinismo en política implica aceptar que no se puede mejorar la sociedad a través del trabajo político y que es cuestión de tiempo para que el miasma de la corrupción invada todos los ámbitos de la vida social.

El cinismo no es una actitud de madurez, sino de desesperanza. 

El anti-político, movido por la pasión tribunalicia, desea confrontar al cínico y denunciarlo. Es noble este afán tribunalicio, pero está mal orientado porque no acaba de devolverles a los ciudadanos su dignidad y su poder como agentes responsables y coprotagonistas en la construcción democrática.

Por último, el puritanismo ideológico es la respuesta al oportunismo que muestran tantos políticos en la adopción de posturas, causas y creencias. Ambos extremos son peligrosos. El puritanismo ideológico impide la negociación y la autocrítica; y el oportunismo impide desarrollar una visión política consistente y de largo plazo. El oportunismo en política es enormemente destructivo porque se rige más por las encuestas y las voces más escandalosas de un momento, que por las necesidades reales de la sociedad y la atención a problemas que solo tienen solución a largo plazo. Problemas relacionados con la infraestructura (indispensable para la industria, el comercio y el turismo), los cambios demográficos, el rezago educativo, la salud, o los temas de seguridad nacional, por poner algunos ejemplos. Ninguno de estos problemas puede atenderse tomando como criterio central la opinión recabada por una casa de encuestas, o los vaivenes veleidosos y muchas veces pagados de numerosos comentaristas en la prensa.


[1] Para un análisis del problema de la corrupción en la democracia véase el dossier “La corruption, maladie de la démocratie” en Esprit, Febrero 2014. Véase también la  fuerte denuncia desde la prisión del líder opositor ruso Alexej Nawalnyj “Die Wurzel allen Übels” (La raíz de todos los males) FAZ, viernes 20 de agosto de 2021.

3. La pasión antiliberal y la fascinación por la vertical del poder / Muerte por acidia

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Alexis Jenni, L’ art française de la guerre 

Las cuatro características del anti-político — la pretendida autenticidad, la arrogancia moral, la pasión tribunalicia y el puritanismo ideológico— se articulan,  complementan y alimentan mutuamente para cristalizarse en una fuerte pasión antiliberal[1]:

En primera instancia la pretendida autenticidad se entiende como la virtud moral definitiva. Como la prueba irrefutable de la integridad personal. De acuerdo con esta  convicción solo quienes son auténticos son capaces de descubrir hipocresía y falsedad en las intenciones, palabras y obras de todos los políticos. La autenticidad es entonces también justificación y motivo para la arrogancia moral.

La arrogancia moral obliga al anti-político auténtico a enfrentarse a los políticos de carrera, que considera hipócritas y timoratos. Es también la arrogancia moral la que lleva al anti-político a verse a sí mismo como un defensor de los débiles, que para él, son todos los ciudadanos que no participan del gobierno y no forman parte de ningún partido político.

La arrogancia moral deriva por tanto en la pasión tribunalicia ─ el anti-político como el único tribuno de los ciudadanos, el único con la credibilidad y la calidad moral para enfrentar a los corruptos políticos. Pasión tribunalicia que va de la mano de un celo que se asume profético y redentor.

El tribuno del pueblo es el profeta de un mundo mejor. Un mundo que en opinión del tribuno  no existe únicamente por culpa de los políticos. Una vez que se expulse a los políticos y se imponga el tribuno como la única e incuestionable autoridad, llegará esa nueva era.

Además de profeta el tribuno es redentor. A fuerza de necedad y de arrogancia moral el tribuno se ha logrado convencer de que solo él es capaz de entregar ese cambio al pueblo; y de que no será a través de las instituciones y el esfuerzo común y constante que se transforme una ciudadanía y una sociedad.

El tribuno no teme desgastar el tejido institucional que conforma una sociedad, pues piensa que con su carisma y liderazgo será capaz, en poco tiempo y sin esfuerzo, de sustituir cualquier institución.

Es justo a causa de esta pretendida autenticidad, de la arrogancia moral, y de verse a sí mismo como tribuno de los ciudadanos, que el anti-político es incapaz de transigir en ningún aspecto de su lucha ideológica contra  sus oponentes, sean estos de otro partido político u otra instancia de gobierno.

Si todos los políticos son corruptos, negociar con ellos es necesariamente una traición: Una traición a la propia autenticidad y una traición a la función de tribuno. Negociar con mentirosos y corruptos, volvería al anti-político mentiroso y corrupto también.

Para mantener su pureza ideológica y su estatus moral superior, el anti-político debe negarse a cualquier tipo de negociación. Debe aferrarse a sus posturas extremas y no estar dispuesto a ningún tipo de transacción: Toda “transa” (en el sentido de acuerdo y concesión a la otra parte) es “transa” o “tranza”, como decimos en México, es decir, es trampa.  

La disposición continua a la confrontación, la descalificación de los políticos de carrera, de las instituciones e iniciativas de gobierno, son la consecuencia necesaria de las características del anti-político.

La posición del anti-político descalifica a la política porque confunde la negociación con la simulación. Y asume que la negociación es contraria a la autenticidad.

Para el anti-político la política es también fuente de hipocresía, porque nunca será posible pasar de la pureza de los principios al barro de la operación política cotidiana y del gobierno.

Desde esta perspectiva la política es también una forma de opresión a la ciudadanía, que es gobernada por instituciones frías y rígidas, en lugar de dejarse abrazar por el celo y el afán redentorista del tribuno, que, de tener suerte, llegará a ser un tirano benevolente.

Hay algo de contradictorio en la postura del anti-político, pues parece aspirar por medios políticos a destruir a la política. Esta intención de destruir la política por medios institucionales se encuentra en el origen de su pasión antiliberal.

La pasión antiliberal es la desconfianza absoluta frente a los mecanismos de la democracia y sus instituciones. Es la desconfianza  frente al disenso como parte esencial de la interminable discusión democrática y frente al poder entendido como una horizontal multipolar.

Curiosamente, la creencia de que todo ejercicio del poder corrompe, mueve al anti-político a preferir la concentración del poder en pocas personas, y a favorecer un ejercicio más vertical del poder, que sea más efectivo y exclusivo: Un poder de gobierno selectivo y exclusivo, al alcance únicamente de aquellos que cuentan con las cuatro cualidades descritas del anti-político. Aquellos que, desde la óptica del anti-político, son los únicos moralmente en condiciones de ejercer el poder de modo eficiente y sin corromperse.

El anti-político favorece un ejercicio del poder centrado en grandes personalidades y no en estructuras institucionales, leyes y sistemas de control y rendición de cuentas.

Las instituciones buscan hacer lo extraordinario a través del trabajo conjunto ordinario de personas ordinarias. Por el contrario, la fascinación con la vertical del poder es la seductora idea de que ciertas personas extraordinarias pueden, por la fuerza de su personalidad y su talento, moldear a las instituciones a su gusto; que pueden,  sin necesidad de sistemas de control ni de rendición de cuentas, lograr que las instituciones sean mucho más eficaces y de mayores alcances. El anti-político asume que el ejercicio vertical del poder ─ en el cual el poder se concentra en una sola personalidad en la cima de la estructura ─ es el único ejercicio legítimo que previene de modo efectivo el abuso de los débiles y que está protegido  contra la ineptitud y la corrupción.

¿Cómo abusaría el tribuno de los débiles ciudadanos a quienes ha jurado defender? ¿Y qué mejor remedio contra la tendencia tan humana a la corrupción y el abuso de poder, que un líder íntegro, moralmente invulnerable, e inmaculado en su ideología?

A través de la concentración y el ejercicio radicalmente vertical del poder, el anti-político, tribuno del pueblo, nos librará por fin del peso de la democracia, de sus ineficiencias y defectos; eliminará la negociación como modo de vida y el disenso como actitud esencial de la democracia; y nos unificará como ciudadanía, por la mera fuerza de su personalidad y por su integridad moral bajo el manto de su bondad y sabiduría. El anti-político nos quitará el dulce yugo de la libertad, que para muchos ciudadanos se ha vuelto insoportable. Ciudadanos que recibieron la libertad, pero prefieren, como en el libro del Éxodo, volver a la seguridad y calma de la vida en Egipto[2].

La popularidad de los anti-políticos en muchas regiones del planeta nos obliga a cuestionarnos sobre las circunstancias que hicieron posible su paso de la periferia al centro de la escena pública.


[1] Para una crítica reciente de esta pasión anti liberal pero sobre todo anti libertad en la tradición de izquierda autodenominada progresista en los Estados Unidos, véase “The threat from the iliberal left”; “The iliberal left: How did American “wokeness” jump from elite schools to everyday life?” ambos en The Economist, 4 de septiembre de 2021.

[2] Para esta analogía véase el discurso de Ágnes Heller escrito pocos días antes de su muerte y leído de manera póstuma en la apertura del Foro Europeo Alpbach 2019. Una traducción al alemán del texto en inglés fue publicada bajo el título “Kein Weg führt nach Utopia” (Ningún camino conduce a Utopía)  FAZ, 19 de agosto de 2019.

2. La anti-política / Muerte por acidia

Parte 2 de 13.

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Alexis Jenni, L’ art française de la guerre[1] 

La rabia, la apatía, el pesimismo y la arrogancia moral, no pueden ser virtudes ciudadanas de ningún tipo. Es ciertamente difícil para los políticos partidistas criticar actitudes de aquellos ciudadanos a los que les piden su voto y su confianza; y sin embargo es indispensable aclarar que  el virus del  ciudadano rabioso representa una amenaza real para nuestra democracia.

El ciudadano rabioso es extremista, y pide romper con las mediocridades y las ambigüedades de nuestra democracia burguesa. El ciudadano rabioso demanda acabar con todo, para que de las cenizas renazca una sociedad que, ahora sí, cumpla con las promesas de seguridad económica y justicia que nuestras democracias timoratas, lentas e institucionales no han podido cumplir, ni en México ni en muchas otras partes del mundo.

El ciudadano rabioso está harto de la artificialidad de la política; harto de candidatos que prometen una cosa y luego hacen otra al enfrentarse con las realidades y restricciones políticas y presupuestales de gobierno.

Como está harto, el ciudadano rabioso carece de paciencia; quiere que las cosas cambien ya, de inmediato. Y es incapaz de considerar que cambiar los vicios de una ciudadanía y de sus instituciones es un trabajo de generaciones.

Los ciudadanos rabiosos demandan líderes rabiosos también. Son en muchos casos ciudadanos rabiosos quienes impulsan posturas extremistas y radicales de izquierda o de derecha, lo mismo Syriza (izquierda) y Amanecer Dorado (derecha) en Grecia, que el AfD (Alternative für Deutschland ) Alemania y la Liga del Norte en Italia; el Partido del Pueblo en Dinamarca, el partido de los Demócratas Suecos en Suecia, el SVP en que Suiza o el FPÖ (Partido Austriaco de la Libertad) en Austria que ya ocupó el poder ejecutivo en coalición con el Partido Popular Austriaco; o  Le Front National en Francia y en la elección pasada la candidatura de de Éric Zemmour,  quien ocupa un espectro aún más extremo que el del Frente Nacional, partido que ha tenido que moderarse en los últimos años.   Son ciudadanos rabiosos ─ muy rabiosos ─ quienes llevaron a Trump a la Presidencia de los Estados Unidos, quienes intentaron reelegirlo por la fuerza el 6 de enero de 2021 en el asedio al Capitolio en Washington, y quienes seguramente apoyarán su regreso en 2024 tras declarar como “fraudulenta” el resultado de la elección de 2020.

Tanto Boris Johnson como Jair Bolsonaro en Brasil,  Donald Trump, Mateo Salvini (Italia), Pablo Iglesias o Santiago Abascal (España), Marine Le Pen, Jan-Luch Melénchon y Éric Zammour (Francia)[1], son todas figuras políticas que en una época de mayor sensatez y mesura no hubieran salido nunca de la obscura periferia política para ir a ocupar el centro del debate público.

Los ciudadanos rabiosos demandan “anti-políticos” rabiosos también. Anti-políticos con personalidad “auténtica”, que no temen decir estupideces — como que hace falta construir un muro entre México y Estados Unidos; o que los incendios en la Amazonia fueron provocados por activistas defensores de la ecología; o que la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea permitiría invertir millones de libras en el sistema nacional de salud británico. La anti-política descalifica de tajo las vías de participación institucionales y legítimas de una democracia. La anti-política condena a la democracia por corrupta e ineficiente; y condena a los políticos por prestarse a participar en el juego democrático de instituciones y controles, en vez de destruir las instituciones  para generar algo nuevo —  que la anti-política no acaba  de definir. [2]

La anti-política surge de la desesperación, la rabia y el resentimiento de los ciudadanos. Pero es una postura extremista del todo o nada, de blanco y negro; es una postura incapaz de negociar y transigir.

La anti-política defiende a la intransigencia absoluta como la única postura honesta, coherente y transparente dentro de la participación pública. Precisamente por eso se opone de modo radical a la democracia, ya que la vida democrática es esencialmente negociación, transigencia, acuerdos más y menos imperfectos.

La vida democrática es lo opuesto a la postura del todo o nada, es la permanente convicción de que podemos estar mejor, y de que hay que trabajar para ello; pero también de que estaríamos mucho peor si abandonáramos los controles y los límites de un régimen democrático y nos dejáramos seducir por los cantos de la anti-política o el autoritarismo.

Vale la pena detenernos un poco a considerar algunos rasgos de los “anti-políticos” más populares en épocas recientes, aquellos que he mencionado ya.

Cuatro características de estos anti-políticos son la pretendida autenticidad, la arrogancia moral, la pasión tribunalicia y el puritanismo ideológico. Explicaré brevemente cada una de estas características[3]:

1) Pretendida autenticidad: Los anti-políticos se presentan lo mismo en sus declaraciones que en sus plataformas como genuinos ciudadanos rabiosos, indignados contra la clase política y contra las formas y procesos lentos e ineficientes de la democracia. Su rabia los hermana con el resto de la ciudadanía y justifica a la vez excesos retóricos y provocaciones continuas.

Protegidos por el aura de la autenticidad los anti-políticos hacen promesas irrealizables, simplifican situaciones en extremo complejas reduciéndolas a un par de frases escandalosas (piénsese en el manejo que hizo Boris Johnson de las condiciones para el Brexit  o Donald Trump del problema migratorio) y proponen medidas económicas absurdas.

2) Arrogancia moral: Los anti-políticos asumen que poseen una calidad moral muy superior a aquella de los políticos tradicionales por el simple hecho de que no pertenecen a una tradición de participación política institucional; es decir, solo porque no pertenecen a un partido político ni han trabajado en la administración pública. En plena coincidencia con el ciudadano rabioso los anti-políticos dan por sentado que la política es un ejercicio corruptor y para corruptos. Y por eso consideran que tienen todo el derecho y todos los motivos para criticar a los políticos de carrera.

3) Pasión tribunalicia: Los tribunos en la antigua Roma eran los encargados de defender los intereses del pueblo o de los soldados frente al poder de los senadores y los magistrados. En el presente, la pasión tribunalicia es el afán de defender a los ciudadanos contra el pretendido abuso de poder permanente que padecen a manos de sus gobernantes, de todos los servidores públicos y de la llamada “clase política”. La pasión tribunalicia implica el desprecio a las instituciones y el culto a la personalidad de ciertos caudillos “vengadores” y “reivindicadores” de la ciudadanía.

4) Puritanismo ideológico y toma de posturas radicales: Las diversas corrientes de pensamiento que debieran animar a los partidos políticos de una democracia, emanan todas de la fuente común de ciertas convicciones sobre la naturaleza y el sentido de la política y del ejercicio de gobierno.

Este origen común equivale para los anti-políticos a una traición, pues la relación con los opositores es para los anti-políticos una relación de polémica perpetua. Entendamos polémica de acuerdo con el significado original de la palabra: la política es para ellos una batalla o una guerra permanente para destruir a los opositores. Una guerra que  por lo general no recurre a ataques violentos, pero tampoco los excluye tajantemente.

El puritanismo ideológico  cree que toda postura diferente a la propia es “moralmente imposible”: que solo puede ser sostenida por personas inmorales, corruptas, que se niegan a aceptar lo evidente.

El puritanismo ideológico considera al disenso una prueba de corrupción moral, y aspira por ello a la unidad ideológica de toda la ciudadanía en torno a verdades evidentes y por tanto incuestionables.

Por su falta de disposición para analizar los problemas y escenarios políticos en su complejidad, y por su desprecio al disenso, el puritanismo ideológico deriva de modo necesario en la toma de posturas radicales en lo que refiere al ejercicio del poder estatal. Posturas extremas pero coherentes con la pureza de la ideología, a pesar de ser las más de las veces irrealizables en la práctica. El puritanismo ideológico es rígido, por ello jamás podrá implantarse en una realidad política institucional flexible que permita la libertad, que acepte el disenso y la oposición.

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[1] Sobre Éric Zammour recomiendo la emisión del 26 de septiembre de 2021 de “Le nouvele esprit public” titulada “La réaction est-elle en marche?” [¿Avanza el movimiento reaccionario?”] (https://www.lenouvelespritpublic.fr/podcasts/282 ) Entre otras acusaciones fuertes  —odio a los homosexuales, odio al Islam y a los migrantes, y odio a las mujeres—   los participantes coinciden en calificar a Zammour como un “reaccionario”; y definen la “reacción” como la voluntad de traer al presente una situación supuestamente pasada que en realidad consiste en un pasado mítico, en este caso, una versión mítica de la Francia de De Gaulle y los llamados “treinta gloriosos”. Como podemos ver en México, esta actitud beligerante de promoción de un pasado mítico como el nuevo futuro, no es exclusiva de líderes franceses. Además del formato en audio, la edición puede descargarse como texto. Véase también Lelia Abboud y Victor Mallet Vincen Bollré, Éric Zemmour and the rise of ‘France’s Fox News’ Financial Times, 4 de octubre de 2021.

[2] Numerosos artículos en diversas publicaciones han abordado bajo distintas perspectivas el fenómeno de la rabia ciudadana y la molestia contra los partidos políticos tradicionales. Algunos ejemplos recientes son: Respecto a Alemania, Thilo Sarrazin “Betrachtungen zur Populismus-Debatte” [“Consideraciones respecto al debate sobre el populismo”] en el Frankfurter Allgemeine Zeitung (FAZ), 25 de mayo del 2016. En ese mismo diario y en esa misma fecha, pero respecto a la molestia de muchos ciudadanos de los países del este de la Unión Europea (Austria, Bulgaria, Hungría, Polonia, etc.) véase la conversación del periodista alemán Michael Martens con el intelectual búlgaro Iwan Krastew y el profesor suizo de la Universidad de Viena Oliver Jens “Die Eingeklemmten” [“Los estrujados”] FAZ, 25 de mayo del 2016. Respecto a Dinamarca puede verse el artículo de Hugh Eakin “Liberal, Harsh Denmark,” New York Review of Books (NYRB) 10 de marzo del 2016. Eakin presenta de manera concisa pero perturbadora la creciente xenofobia en Dinamarca. En el mismo número, el artículo de Mark Lilla “France: Is there a Way Out?,” NYRB, 10 de Marzo del 2016 trata de la situación en Francia en esos años. También sobre los ciudadanos “encolerizados” de Francia puede verse el artículo de Erwin Lecoeur en la revista Esprit, Marzo-Abril 2016 titulado “Le parti des mécontents” [“El partido de los descontentos”]. Este número de la revista está dedicado a la cólera ciudadana. En fechas más recientes y derivado de los malestares diagnosticados por Lilla y Lecoeur este sentimiento de descontento se cristalizó en torno al movimiento de “los Chalecos amarillos” (Mouvement des gilets jaunes). Al respecto puede verse, James McAuley “Low Visibility,” NYRB, 21 de marzo de 2019; y también escucharse la emisión de Repliques con Alain Finkielkraut Les “gilets jaunes”: premier bilan (https://www.franceculture.fr/emissions/repliques/les-gilets-jaunes-premier-bilan ), 12 de enero de 2019. Asimismo,  Michael Tomasky “[Trump], Can he be Stopped?,” NYRB, 21 de abril de 2016.De las pocas cosas buenas que ha tenido el “fenómeno Trump” son los excelentes y numerosos artículos y ensayos que se han escrito al respecto. Un ejemplo es el ensayo de Andrew Sullivan “Democracy Ends,” New York, del 2 de mayo de 2016.

[3] Específicamente para el desarrollo de este apartado, pero también para la visión general de este texto, me ha sido enormemente provechosa la escucha atenta del programa radiofónico L’Esprit public conducido por Philippe Meyer y que se transmitía semanalmente los domingos por France Culture. El programa cambió de moderador en septiembre de 2016 pero Philippe Meyer lo relanzó con el nombre Le nouvelle esprit public, disponible en formato de podcast y con la misma calidad que el otrora programa de radio pública. Para este apartado fueron especialmente importantes los comentarios de Jean-Louis Bourlanges en el programa del 11 de octubre de 2015 (ya no está disponible en línea). El término de “pasión tribunalicia”, así como el de la “fascinación por la vertical del poder”, son conceptos utilizados por Jean-Louis Bourlanges; si bien la definición de estos conceptos y su aplicación en este ensayo son mías.

1. Ciudadanos rabiosos / Muerte por acidia

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Nous mourons à petit feu de

ne plus vouloir vivre ensemble.

Alexis Jenni, L’ art française de la guerre[*] 

En las visiones apocalípticas tan populares en nuestro tiempo y plasmadas lo mismo en películas como en novelas y series de televisión, el colapso de una civilización ocurre de modo súbito, ocasionado por una catástrofe natural, un gran terremoto, una epidemia, una explosión nuclear. Y lo sobrevivientes son aquellos que están dispuestos a abandonar todo reparo mínimo de decencia, a violar todo código moral, religioso o jurídico con tal de mantenerse con vida.[1]

En la realidad, no nos enfrentamos a un colapso súbito de nuestra civilización, más bien presenciamos una “muerte por acidia”, una erosión paulatina y cotidiana, casi “normal” de la calidad de nuestra vivencia y convivencia ciudadana.

Esta erosión se observa en primer lugar en la creciente desconfianza de las personas hacia las instituciones públicas. Pero se manifiesta también como una especie de cansancio o decepción de la democracia, porque esta forma de gobierno (esta forma de vida) no nos ha entregado aquello que esperábamos de ella: seguridad, prosperidad y, muy en tercer lugar, libertad.

Tal parece que los años de libertad, precaria, incompleta, imperfecta, de que hemos disfrutado en las últimas décadas, no son argumento suficiente para seguir apostando por un modelo que no garantiza satisfactores materiales e ingresos estables para todos. De ahí que muchos de nuestros conciudadanos hayan perdido la fe en la democracia, y en el poder de la política para transformar en sentido positivo a la sociedad.

El desprecio a la política, a las instituciones públicas y a los políticos se encuentran en el origen de la actitud de rabia de mayor o menor intensidad que corroe interiormente a muchos mexicanos y que envenena, y en última instancia trunca el incipiente debate público tan necesario para nuestra sociedad.

La rabia nos impide ponderar nuestra situación política, económica y social con sensatez y tranquilidad de espíritu. La rabia nos lleva a manifestar —muchas veces de manera violenta— a la menor provocación nuestro hartazgo frente a nuestras instituciones políticas y nuestro gobierno, sin matices de ningún tipo y sin hacer excepciones.

Es en nombre de esta rabia que como sociedad toleramos que se amenace en manifestaciones multitudinarias la integridad de miembros de nuestra policía. Que pobladores rabiosos de alguna localidad del país “secuestre” y veje soldados para protestar por la falta de apoyos del gobierno. Toleramos que en nombre de la rabia social se destruya mobiliario urbano, público, que nos pertenece y nos sirve a todos los mexicanos. Toleramos que se ponga en entredicho en la calle el poder que legítimamente se ha ganado en las urnas. Que se confunda muchedumbre enfurecida con mayoría democrática; y vociferación extremista e intolerante con sano disenso democrático.

Es también en nombre de esa rabia que toleramos muestras de prepotencia por parte de “ciudadanos-de-a-pie” contra nuestros servidores públicos. Hay quien por esta rabia justifica la evasión fiscal (un delito que nos afecta a todos) y la violación de leyes y disposiciones de todo tipo, desde el reglamento de tránsito hasta ingerir alcohol en la vía pública.

Para muchos mexicanos esta rabia social justifica atentados contra nuestras instituciones políticas y sus representantes.  La mala calidad de nuestra democracia es para estos “ciudadanos rabiosos” el mejor argumento para atacar a la democracia.

El ciudadano rabioso se ve a sí mismo como una de las incontables de víctimas que sufren a manos de una clase política explotadora y abusiva. Pero su rabia no se limita exclusivamente a los políticos, sino que se extiende a todos los que considera “poderosos”: los líderes sindicales, los empresarios, las corporaciones trasnacionales, el Fondo Monetario Internacional,  los jerarcas de la Iglesia Católica o los directivos de la Femexfut. Todos ellos conspiran para mantenerlo a él, al ciudadano-de-a-pie en la vida de amargura y frustración que lleva.

A pesar de su radicalidad, la postura del ciudadano-rabioso-de-a-pie es muy cómoda: No está obligado a hacer algo, ni a sentirse responsable por nada. No está obligado a acatar la ley, porque las leyes son injustas; ni a respetar a los policías de tránsito, porque son “corruptos y estúpidos”. No está obligado a respetar a sus conciudadanos porque, como está lleno de rabia, no se puede contener. Y no le importa quién se la hizo, sino quién se la paga. No está obligado a pagar impuestos, ¿para qué? si se los roban. No está ni siquiera obligado a votar, porque votar no sirve para nada. “Todas las elecciones están amañadas”.

El ciudadano rabioso está convencido de que tiene la razón. Está convencido de que todos nuestros políticos y todas nuestras instituciones públicas son corruptas. Está convencido de que todos los actos de autoridad del Estado son arbitrarios, injustos y opresores.

El ciudadano rabioso es profundamente pesimista. Su pesimismo es el origen de su angustia, pues siempre espera lo peor: el colapso total de nuestro país; la vuelta a la barbarie; el advenimiento final del Narco-estado. Esta angustia justifica para el ciudadano rabioso su pasividad y su cobardía para actuar políticamente dentro o fuera de los partidos políticos.[2]

Este pesimismo como remedo de postura política es la actitud de muchos intelectuales (rabiosos, también) que ahogan el debate público con descalificaciones de origen, con citas ingeniosas de algún literato o filósofo de la política, y con una arrogancia moral que los ha llevado a hacer de la apatía política una virtud, y de la cobardía para participar en política una marca de pureza de espíritu.

El pesimismo es la cobardía de los intelectuales.

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[*] “Morimos al fuego lento de no querer más vivir juntos”.

[1] Para un ensayo reciente sobre la fragilidad de nuestra civilización y la presencia de la barbarie y la violencia en la vida cotidiana, véase Violence et passions de Baverez, Nicolas (París: L’Observatoire,  2018).

[2] Respecto a la distinción entre angustia y miedo, véase por ejemplo el reciente ensayo de Müller, Jan-Werner. Furcht und Freiheit [Miedo y libertad] (Berlín: Suhrkamp, 2019) en especial el capítulo 3 apartado 4 Furcht und Freiheit wessen? (¿miedo y libertad de quién?) Müller distingue entre al angustia como un sentimiento difuso de algún mal que eventualmente puede realizarse, y el temor o miedo frente a una amenaza concreta. Para Müller existe en la tradición de la filósofa Judith Shklar la posibilidad de construir un liberalismo fundado sobre la experiencia de la extrema vulnerabilidad de las víctimas de atrocidades como los totalitarismos del siglo XX. Tal liberalismo superaría el marcado individualismo de la tradición de Locke y el proceduralismo de la propuesta de John Rawls, por ejemplo. Propuesta que reduce el liberalismo al seguimiento de ciertos procedimientos que protejan la capacidad de decisión individual, sin garantizar derechos que protejan de manera efectiva la dignidad humana.

MDNMDN