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Los amigos que perdemos

Los amigos que perdemos

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Algunos amigos se mueren. Los buenos amigos mueren siempre prematuramente. Y queda la inquietud, la tristeza, de no haberlos disfrutado cuando aún estaban con nosotros; de no haberse despedido; de haber permitido que la distancia y las obligaciones fueran un obstáculo para la amistad.

También hay personas que pudieron haber sido buenos amigos, que al momento de conocerlos, intuimos alguna afinidad de carácter o de objetivo. Pero luego quizá no hubo tiempo para que floreciera la amistad. ¿Cuántas amistades se habrán perdido por falta de tiempo? Siempre falta tiempo.

Otros fueron nuestros amigos en un momento y lugar específico de nuestra vida, y quizá pensamos que las amistades durarían para siempre, porque pasamos con ellos momentos que marcaron profundamente nuestra vida. Pero al cambiar las circunstancias, la amistad se enfrió, y luego se apagó.

Algunos amigos los perdemos porque cambiaron mucho, se volvieron “desconocidos”. No queda con ellos más que compartir que el pasado común. Pero la persona de hoy, no es la de antes.

Quizá también perdemos amigos porque cambiamos nosotros. Porque nuestros intereses difieren, y ya no nos entusiasman las mismas cosas ni nos une ningún proyecto. Quedamos sin nada que decirnos, y aparentemente sin nada que ofrecer.

Otros amigos los perdemos porque cometimos algún error. Porque los lastimamos, a veces sin querer, y no supimos o no quisimos pedir perdón. O cuando intentamos pedir perdón, era demasiado tarde. O simplemente no fuimos perdonados, eso también puede suceder.

Es muy triste perder amigos. Uno piensa que no le va a pasar, que será cuidadoso…y luego pasa.

¿Habrá manera de recuperar las amistades perdidas?

Las amistades que perduran no están atrapadas en el pasado. Y ayuda para conservar a los amigos aceptarlos como son, aunque hay límites, y no todas las conductas son compatibles con una amistad. Traiciones y deslealtades pueden terminar una amistad; también envidias, amarguras y resentimientos.

La envidia es perniciosa, porque impide al supuesto amigo alegrarse por nuestros (modestos) logros. Algunos de estos falsos amigos siempre tienen un comentario mordaz, una palabra hiriente, una fina o no tan fina ironía para arruinar o al menos enturbiar cualquier momento feliz.

Aprender a perdonar y aprender a pedir perdón ayuda a conservar a los amigos. Esperar sin exigir y dar sin llevar la cuenta.

Hay amistades que perduran, maduran y crecen con el tiempo.

Hay amigos que aparecen en los momentos más oscuros, cuando nos sentimos atrapados en un callejón sin salida; cuando nos araña el fracaso y nos acosa la frustración y el desánimo. Amigos que siempre te hacen sentir bien, que te reciben de puertas abiertas, que te hacen reír con sus historias, que siempre tienen una palabra de aliento: tiempo, confianza y gozo son elementales para una amistad.

Hay también amigos que dan buenos consejos en los momentos más oportunos; consejos estratégicos, claves para la vida profesional. Amigos que saber vernos cualidades y talentos que nosotros no alcanzamos a ver; que saben mirar a lo lejos donde nosotros no encontramos más que niebla. Amigos que nos animan a intentar aquello que nos parece inaudito. Amigo que nos acompañan y nos enseñan a ser audaces. Amigos que te regalan su compañía, sabiduría y tiempo. A esos, que se cuentan con los dedos de la mano, no hay que perderlos. Y si tienes la fortuna de que no te alcancen para contarlos los dedos de la mano, llama a un amigo.

Lógica y espiritualidad: más allá de la conmemoración de la UNESCO sobre un Día de la Lógica.

Lógica y espiritualidad: más allá de la conmemoración de la UNESCO sobre un Día de la Lógica.

A cinco años de la conmemoración del Mundial de la Lógica proclamada por la UNESCO y celebrada el 14 de enero, quiero apuntar a una realidad poco mencionada de la lógica. Esto es ir más allá de la función de la lógica para la “construcción de la paz”.

Esta realidad es que la lógica es una disposición fundamental para el desarrollo de la espiritualidad. A menudo observo que los filósofos y filósofas se han encontrado con este hallazgo. Aunque no he encontrado quien lo diga directamente. Por espiritualidad quiero significar simplemente el modo de vida que conlleva convencimiento de que vale la pena vivir cada día con amor. Desde aquí me limitaré ahora a hablar de la “espiritualidad Cristiana“, por los límites de mi conocimiento y mi intención con esta reflexión.

Mi tesis no es original, pero creo que ha sido poco rescatada porque no “da el ancho” al obscurantismo,—que a menudo confundimos con valor—, que caracteriza las reflexiones de filósofos que se interesaron en la vida espiritual cristiana como Pascal, Kant o Kierkegaard. Apunto directamente a sus afirmaciones,—que considero inexactas, aunque no falsas—, sobre “poner límites a la razón, para dar lugar a la fe“.

Partiré de que la lógica es principalmente un método de observación, de generación del conocimiento y de la acción inteligente. Esto reúne la naturaleza de la reflexión que podemos rastrear en los fragmentos de Aristóteles sobre el razonamiento y la lógica.

Sin embargo, en algún punto,—si no es desde el comienzo—, hemos perdido la claridad de la naturaleza e intención de Aristóteles al proponer la silogística o los métodos del razonamiento. El núcleo de esta teoría son las “definiciones”, “principios del conocimento”, “…de la acción”, o las “formas”. Se trata de las reglas que resultan de las investigaciones o de la experiencia cotidiana, y que dan lugar a las acciones virtuosas o buenas (término que comprende según Aristóteles tanto las técnicas y lo que conocemos como la vida moral); a las demostraciones que producen el aprendizaje de las ciencias; y a las opiniones que se afirman cuando un diálogo se da entre personas con conocimiento de los asuntos que se tratan.

Las leyes, la tecnología y las ciencias serían, en opinión de este viejo filósofo, un resultado de la comunicación de estos principios que descubrimos día a día y que conservamos en nuestra tradición y costumbres.

Y así, la plenitud o “eudaimonía” de una vida humana,—sea de una persona o de las comunidades de personas—, es el resultado del cuidado que damos a estos “principios”. Mejor y comúnmente llamados creencias, hipótesis, opiniones o tradiciones.

Tal cuidado, opinaba Aristóteles, sólo pueden darlo aquellos que actúan y deliberan a partir de sus “principios del conocimiento“. Estos son quienes guian su acción y su vida inteligentemente según sus propósitos y circunstancias. Lo cual no es asequible por quienes viven a partir del mero instinto o por sus pasiones. Aristóteles atribuye esta disposición a los “jóvenes” por su falta de experiencia, pero también a las personas de “carácter juvenil” en general.

Esta afirmación, que he tomado del libro I de la Ética Nicomáquea, me parece quizá la más importante para entender qué es una vida plena humanamente. Se trata simplemente del uso del conocimiento para guiar la acción inteligentemente. Profundizar de más nos podría impedir ver el camino y la comunicación de la sabiduría, que consiste en la capacidad de hacer y demostrar lo que es bueno porque se ha vivido virtuosamente y lógicamente en cuidado de sus principios.

Al advertir esto en la silogística de Aristóteles podemos comprender que lo que podemos esperar de su aprendizaje y aplicación es una disposición y métodos que tiene lugar en casi todos los ámbitos de nuestra vida. El habitualmente llamado “silogismo práctico” encierra el carácter de la aplicación de un principio del conocimiento a ciertas circunstancias. Un ejemplo que habitualmente se brinda es: “Lo dulce es agradable/ hay una ocasión de comer pasteles (que son dulces)/ me dispongo a comer los pasteles”. Se implica que lo agradable es un motivo de nuestra acción.

Por otro lado, observo que en la enseñanza nivel bachillerato y universitario de la lógica formal tal es la estructura de acción que se espera que sigan los estudiantes. Por ejemplo: el modus ponendo ponens, que puede definirse como “si se establece que al darse un fenómeno X, entonces se da también Y; cuando se de X, entonces podemos concluir Y“. Al partir de esta u otras reglas de la lógica podemos orientar nuestra deliberación ante las variadas circunstancias.

Por otro lado, nótese que la estructura de acción del “silogismo práctico” consiste en la condición misma de la vida virtuosa o plena: la aplicación de los principios del conocimiento para producir una acción inteligente o un resultado esperado. Este es un punto secundario que quiero dejar asentado: la racionalidad es un asunto práctico

Incluso si se observa con estas coordenadas el ejemplo constante de “silogismo teórico” que parte del principio “todos los hombres son mortales“, podemos encontrar que posee una condición práctica: la premisa menor “Sócrates es hombre” pretende ser un caso de aplicación de la regla para concluir que podemos esperar que “Sócrates es mortal”. Para la vida moral y religiosa algunos podríamos cuestionar el principio con casos bíblicos como “Elías fue hombre y no murió” para redefinir el alcance de la afirmación y deliberar en qué sentido orientamos nuestra vida a la “inmortalidad” (nuestra condición biológica no precisamente se pone en duda).

Llegando así al punto principal de mi reflexión: la vida espiritual es la vida que se asienta sobre un principio fundamental, o “primer principio”. Tal es la convicción de que vivir virtuosamente es mirar la vida a partir de la sabiduría más profunda e incierta: que el amor cabe en este mundo por el hábito y la disposición de aprender a vivirlo. Hay otros principios que podemos suscribir a este.

Digo que el amor es incierto, no por su valor, sino por la difícil batalla que se sotiene día a día para mantener nuestro espíritu erguido ante ese principio. Como otros antes y después, el agustino Tomás de Kempis inicia su Imitación de Cristo (publicado alrededor del 1418-1427 d.C.), remarcando el carácter práctico y lógico de la fe en Cristo,— o convicción en los términos más modernos: “no son los discursos profundos los que santifican a una persona, sino la vida virtuosa. (Esta) es la que lo hace a uno agradable a Dios”.

Tal vida virtuosa se vive en imitación de los principios que Cristo nos dejó con su vida y su palabra. Y siempre está el peligro de “escuchar y ver” y “sentir pocas ganas de prácticar el Evangelio”. El “espíritu de Cristo”, dice Kempis, es de lo que carecemos en esos momentos. Dice el filósofo Jean Guitton al respecto “hay que suprimir los preparativos, nada hay anterior al esfuerzo o al amor“. El espíritu de Cristo es principalmente ese esfuerzo por vivir plenamente en el amor.

Si la racionalidad nos asemeja a Dios, no es porque la poseemos en tanto somos humanos. Probablemente, tampoco porque nos distinga de otros animales no humanos, como opina el filósofo Stuart Mill al definir la naturaleza de la inferencia en la observación y la memoría de los animales en general. Sino porque la práctica del principio fundamental de la espiritualidad,—o la espiritualidad Cristiana en el caso que propongo—, nos acerca a ser imagen de Dios mediante la imitación de Cristo.

Así, la Cristiandad y la Racionalidad se perfilan como asuntos eminentemente prácticos, aunque no mutuamente implicantes: puede haber racionalidad sin cristiandad, aunque no cristiandad sin racionalidad. Y en esto último reside todo mi punto con esta reflexión.

Esto es lo que, en mi opinión, significa ir un poco más lejos en la reflexión sobre la importancia de enseñar y promover la lógica para nuestras sociedades: la teoría y métodos del razonamiento son una condición básica para una vida plena y para la espiritualidad. Con ella haremos crecer nuestras virtudes humanas y nuestra espiritualidad, como describe el filósofo Charles S. Peirce, queriendo y cuidando nuestras creencias, conversaciones, y nuestra convicción más importante en la vida “como (haríamos) con las flores de (nuestro) jardín”.

Canonizaciones difíciles

Canonizaciones difíciles

La Iglesia no es inmune a la cultura, finalmente está formada por hombres de su tiempo y debe transmitir sus mensajes en esas coordenadas espacio temporales y, por lo tanto, culturales. En ese sentido, no es impermeable a la moda de lo “políticamente correcto” ni a la corriente “woke” o “de la cancelación”. Parece ser que ha habido santos -personas que, podemos suponer con bastantes visos de credibilidad, están en el Cielo- que sin embargo han sido “cancelados” y no se pueden canonizar. No es gratuita esta pretensión de declararlos “santos antes de tiempo”, pues tienen fama de santidad, sus vidas han dejado una profunda estela de bien en la Iglesia y en la historia de la humanidad, y se ha estudiado concienzudamente su vida. ¿Cuál es su error? Pretender acceder a los altares en el momento equivocado.

Sierva de Dios Isabel la Católica

Sin hacer una investigación exhaustiva, me vienen a la mente dos ejemplos: la Sierva de Dios Isabel la Católica y el Venerable Fulton J. Sheen. Isabel I de Castilla murió con fama de santidad, aunque su proceso comenzó muy tarde, en 1974, es decir, se trataría de un proceso histórico que intentaría determinar su fama de santidad a lo largo de los siglos, como una especie de “culto inmemorial” al estilo del Beato Duns Escoto, que a su vez determine, a través de una estricta indagación histórica, cómo vivió heroicamente las virtudes cristianas. A parte de eso, la cristiandad y la civilización occidental tienen una deuda enorme con Isabel: gracias a su apoyo América fue descubierta, y fue defensora de los derechos de los indígenas como personas humanas, adelantándose por siglos a la Declaración de Independencia de los Estados Unidos. En efecto, la reina les da el tratamiento de súbditos libres y reconoce sus derechos humanos. A partir de ese momento, los reyes de España se consideraron protectores de los indígenas, por lo menos durante el reinado de los Habsburgo. Es verdad que algunos colonizadores, encontraban la manera de eludir la ley, pero la ley estaba escrita y fue promulgada por Isabel I.

¿Cuál es el pecado imperdonable de Isabel la Católica? La expulsión de los judíos sefardíes del reino de España. Comprender este hecho implica sumirse en su contexto histórico. Obviamente, con ojos del siglo XXI nos parece una barbaridad, pero quizá no lo fuera tanto desde la perspectiva del siglo XV, que fue cuando ocurrieron los eventos. Justo en ese momento se estaba fraguando el concepto de “nación” o “estado” en su sentido moderno. La nobleza perdía el poder, el cual se concentraba en la figura de los reyes. Había diversos elementos que componían el cóctel de una nación: un solo rey, una sola lengua, una sola moneda, una sola religión. Por eso, en el siglo siguiente se adoptó la consigna: “cuius regio, eius religio”, es decir: según sea la religión del rey, esa será la religión del pueblo que él gobierna. Y esta norma se adoptó en todo el territorio europeo. Es decir, mirando el contexto religioso, fue una medida “normal”, aunque, objetivamente injusta; pero esa injusticia estaba más allá del horizonte de interpretación de la reina. Su beatificación supondría un duro golpe al diálogo interreligioso mantenido con los judíos desde el Concilio Vaticano II, y por ese motivo está en stand-by.

Venerable Fulton J. Sheen

El caso del Venerable Fulton J. Sheen es más sorprendente. Iniciado su proceso durante el pontificado de san Juan Pablo II, declarado Venerable por Benedicto XVI, aprobado por Francisco el milagro que debería abrirle las puertas a la beatificación -finalmente, un milagro documentado atribuido a su intercesión vendría a ser como el acta notarial de que efectivamente se encuentra en el Cielo-, fijada su fecha de beatificación para el 21 de diciembre de 2019, fue suspendida pocos días antes de celebrarse. Este evento, sin duda, resulta novedoso para la añosa historia de la Iglesia, nunca había sucedido algo así. ¿El motivo? Un obispo juzgó que el comportamiento del obispo Sheen con un sacerdote que tuvo una conducta sexual inapropiada en 1963 pudiera ser mal entendido por el Fiscal General de Nueva York. Sobra decir que la investigación histórica realizada durante el proceso exoneraba completamente a Sheen del caso, afirmando rotundamente que “nunca había puesto a niños en peligro”. Pero, dado el revuelo actual sobre el triste caso de la pederastia clerical, donde no hay presunción de inocencia sino de culpabilidad, aconsejaron meter en la congeladora su beatificación, a pesar de su milagro, los frutos en conversiones de su predicación y su magnífica doctrina.

Mirando retrospectivamente, pienso que algunos de los santos más grandes de la historia de la Iglesia, no serían canonizados con los criterios actuales. Me vienen a la memoria dos ejemplos: san Ambrosio de Milán y san Cirilo de Alejandría. San Ambrosio es culpable de lo que podríamos denominar “la primera quema de una Sinagoga en la historia”, perpetrada por monjes en Raqqa, actual Siria. El emperador Teodosio intentó castigar a los culpables, pero Ambrosio, furibundo antisemita, impidió que lo hiciera, sugiriendo que la Iglesia tenía derecho a hacerlo. Mientras san Cirilo de Alejandría, quien también fue antisemita (destruyó su Sinagoga y los expulsó de Alejandría), es culpado por instigar el salvaje asesinato que el populacho perpetró contra Hipatia de Alejandría, filósofa, matemática y astrónoma. Cabe hacer notar que ambos son doctores de la Iglesia y “campeones de la ortodoxia”: san Cirilo es el principal promotor, dentro del Concilio de Éfeso en el 431 d.C., de que María siguiera considerándose “Theotokós”, es decir, “Madre de Dios”; y san Ambrosio de la conversión de san Agustín, quizá el pensador católico más prominente de la historia. Pero en su época, ser antisemita no te bloqueaba el camino a los altares.

San Ambrosio de Milán

En su tiempo el antisemitismo no era un pecado, ahora sí lo es. La Iglesia ha reconocido, quizá un poco tarde, su parte de culpa en la formación del antisemitismo gracias al gran san Juan Pablo II, que en el contexto de la “purificación de la memoria” publicó: “Nosotros recordamos: Una reflexión sobre la Shoah”. San Ambrosio, san Cirilo e Isabel la Católica obraron con buena conciencia, aunque lo que hicieron objetivamente estuvo mal. Pero en su tiempo eso no se percibía y ello no les impidió a los primeros dos el acceso a los altares, a la última sí. Pienso que lo mismo le sucede a Fulton J. Sheen, durante su vida no había la sensibilidad que hay ahora, y por ello la Iglesia vacila al ponerlos como ejemplo. Pero, finalmente, pienso que eso les tiene a ellos sin cuidado, pues seguro estarán ya disfrutando de la visión de Dios en el Cielo, aunque nosotros no queramos reconocerlo.

Protagonistas del Adviento: la Virgen

Protagonistas del Adviento: la Virgen

No resulta sencillo escribir sobre la Virgen María. Quizá pueda explicarlo con una anécdota: hace años en un kínder pidieron a los niños que dibujaran a su familia. Un niño dibujó a todos los de su casa, menos a su mamá. La psicóloga del kínder, alarmada, llamó a sus papás a cita, temiendo algún maltrato, algún problema familiar o trauma en el niño. Al preguntarle, con gran delicadeza, por qué no había dibujado a su mamá, respondió con desarmante sencillez: “es que mi mamá es muy bonita y yo dibujo muy feo”. Algo así sucede cuando tenemos que escribir sobre nuestra Madre, pero no queda otro remedio, pues Ella es el personaje central del Adviento, ya culminante.

Una clave para abordar el misterio de María en el Adviento es servirnos de los “prefacios de adviento” (el “prefacio” es una oración de la Misa, que de algún modo expresa el significado de la celebración particular del día). Así, uno de ellos, quizá el más utilizado en los días previos a Navidad, dice lacónicamente lo siguiente: “A quien todos los profetas anunciaron, la Virgen esperó con inefable amor de madre, Juan lo proclamó ya próximo y señaló después entre los hombres”. ¿Cómo quisiéramos esperar la venida de Jesús? Como la Virgen: “con inefable amor de madre”. Lo que pedimos humildemente a Dios estos días, es que colme nuestro corazón de amor a Jesús, porque quisiéramos, por un imposible, amarlo como Ella. Sólo el amor es la respuesta proporcionada de la creatura a su Creador, y quisiéramos que nuestro corazón rebose de él estos días.

Ahora bien, de hecho, hay un prefacio de adviento enteramente dedicado a la Virgen. El prefacio de adviento IV, titulado: “María, nueva Eva”, que ofrece, en un contexto más amplio, una panorámica de la misión de la Virgen en la trama de la redención. Vale la pena recoger por extenso el texto de esa oración:

“En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
alabarte, bendecirte y glorificarte
Señor, Padre Santo,
Dios todopoderoso y eterno,
por el misterio de la Virgen Madre.

Del antiguo adversario nos vino la ruina,
pero en el seno virginal de la hija de Sion recibió la vida
aquél que nos nutre con el pan de los ángeles,
y surgieron para todo el género humano
la salvación y la paz.

La gracia que perdimos por Eva nos fue devuelta en María;
su maternidad redimida del pecado y de la muerte,
se abre al don de una vida nueva,
para que, donde abundó el pecado sobreabundara tu misericordia
por Cristo, nuestro Salvador”.

Son varios los acentos mariológicos en esta oración, que pueden servirnos para encauzar nuestra oración y piedad durante estos días. En primer lugar, agradecer a Dios, fuente de todos los bienes, de todos los dones, por el don eximio de la Virgen: “alabarte, bendecirte y glorificarte por el misterio de la Virgen Madre”. María es “la joya de la corona de Dios”, “el buque insignia de la creación”, “la obra maestra del Creador”. Nada hay superior, en todo lo creado por Dios, que la Virgen (si exceptuamos la Humanidad Santísima de Cristo, ahora viviente en el seno de María). Ella, por especial privilegio, engloba los dos dones que Dios ha concedido, por especial privilegio, a la mujer: la maternidad y la virginidad. En esa “paradoja biológica”, que escandaliza a muchos descreídos, está significada la particular predilección de Dios por la Virgen.

En su “seno virginal recibió la vida” Jesús. “Aquel que nos nutre con el pan de los ángeles, y surgieron para todo el género humano la salvación y la paz”. Para decirlo más simplificadamente, los más grandes bienes nos han venido de la Virgen; de su seno brota “la salvación y la paz”, la Eucaristía, Jesús. Y, en palabras del Papa Francisco: “la gran bendición de Dios es Jesucristo, es el gran don de Dios, su Hijo. Es una bendición para toda la humanidad, es una bendición que nos ha salvado a todos. Él es la Palabra eterna con la que el Padre nos ha bendecido «siendo nosotros todavía pecadores» (Romanos 5,8) dice san Pablo: Palabra hecha carne y ofrecida por nosotros en la cruz”.

“La gracia que perdimos por Eva nos fue devuelta en María… para que, donde abundó el pecado sobreabundara tu misericordia”. Es bonito ver cómo la oración litúrgica parafrasea a san Pablo: “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Romanos 5, 20). El paralelismo entre la gracia y la misericordia es consolador. Hallar gracia equivale a hallar misericordia, recibir gracia a recibir misericordia. Y María es ambas cosas: “Madre de Gracia” y “Madre de Misericordia”. También en la Virgen se verifica un doble paralelismo teológico: Eva y María, por un lado; La Virgen y la Iglesia, por otro. Para comprender mejor el “misterio de María”, podemos servirnos de las figuras de Eva y de la Iglesia.

Con el fin de ejemplificar la profunda y mística relación entre María y la Iglesia nos servimos de una de las lecturas hagiográficas de la Liturgia de la Horas, en este tiempo de adviento:

“Cristo es, pues, uno, formando un todo la cabeza y el cuerpo: uno nacido del único Dios en los cielos y de una única madre en la tierra; muchos hijos, a la vez que un solo hijo. Pues, así como la cabeza y los miembros son un hijo a la vez que muchos hijos, así mismo María y la Iglesia son una madre y varias madres; una virgen y muchas vírgenes. Ambas son madres y ambas son vírgenes; ambas concibieron sin voluptuosidad por obra del mismo Espíritu; ambas dieron a luz sin pecado la descendencia de Dios Padre. María, sin pecado alguno, dio a luz la cabeza del cuerpo; la Iglesia, por la remisión de los pecados, dio a luz el cuerpo de la cabeza. Ambas son la madre de Cristo, pero ninguna de ellas dio a luz al Cristo total sin la otra. Por todo ello, en las Escrituras divinamente inspiradas, se entiende con razón, como dicho en singular de la Virgen María lo que en términos universales se dice de la virgen madre Iglesia, y se entiende como dicho de la virgen madre Iglesia en general lo que en especial se dice de la Virgen Madre María; y lo mismo si se habla de una de ellas que de la otra, lo dicho se entiende casi indiferente y comúnmente como dicho de las dos… En el tabernáculo del vientre de María habitó Cristo durante nueve meses; hasta el fin del mundo vivirá en el tabernáculo de la fe de la Iglesia; y, por los siglos de los siglos, morará en el conocimiento y en el amor del alma fiel” (Beato Isaac de Stella, abad).

Para comprender este texto se necesita conocer la doctrina paulina de la Iglesia como Cuerpo de Cristo. De hecho, una de las definiciones bíblicas de la Iglesia, retomadas primero por el Venerable Pío XII en su Encíclica Mystici Corporis Christi y más tarde por el Concilio Vaticano II en su Constitución Dogmática Lumen Gentium, es “Cuerpo de Cristo”. En este “Cuerpo” la Cabeza sería el mismo Jesús, nacido de María; los miembros de este Cuerpo somos todos los bautizados, hijos de la Iglesia. Un desarrollo de la teología paulina al respecto será la doctrina de san Agustín del “Cristo Total, Cabeza y miembros”. El Cristo Total es la Iglesia, teniendo por Cabeza a Cristo y bajo la Cabeza a todos los fieles de la Iglesia. Por eso se puede decir, como se proclamó al final del Concilio Vaticano II, que María no es sólo “miembro de la Iglesia”, en cuanto salvada por Cristo, sino que también es “Madre de la Iglesia”, en cuanto Madre de Jesús.

Para explicar el paralelismo entre María y Eva nos serviremos de otro texto de la Liturgia de las Horas o Breviario, que se puede leer en las memorias de la Virgen: “Por medio de María hemos nacido de una forma mucho más excelsa que por medio de Eva, ya que por María ha nacido Cristo. En vez de la antigua caducidad, hemos recuperado la novedad de vida; en vez de la corrupción, la incorrupción; en vez de las tinieblas, la luz” (San Aelredo abad). Es decir, gracias a Eva nacimos, pero también por ella morimos. En cambio, gracias a María vivimos y viviremos eternamente. Eva es madre de los vivos que mueren, María en cambio es Madre de los que vivirán eternamente.

Por último, sólo señalar, con otro prefacio, el Prefacio IV de la Virgen, que “María brilla en nuestro camino, como signo de consuelo y firme esperanza”. El adviento es, sin duda, tiempo de esperanza, pero también de consuelo. ¿Consolarnos de qué? De los males del mundo, de la Iglesia y en nuestra propia vida. Por eso, podemos hacer nuestro el consejo de san Bernardo, cuando nos encontremos en medio de las tormentas de la vida, de la parte de la historia que nos toca ser protagonistas: “mira a la Estrella, mira a María”.

Humanismo cristiano y trabajo

Humanismo cristiano y trabajo

Que el cristianismo ha supuesto una toma de conciencia sobre el valor del trabajo queda fuera de toda duda. Quizá la referencia más clara a este tema en la Escritura, se encuentre en la tradicional versión vulgata de la Biblia -la que fue compilada por san Jerónimo, y que se usó en la Iglesia Católica hasta 1981-, cuando afirma -cito primero en latín y luego traduzco, por estar redactada esta versión en el original en esa lengua- Homo nascitur ad laborem, et avis ad volatum”. “El hombre nace para trabajar y el ave para volar” (Job 5, 7. Vg).

Esto es así por designio originario de Dios, ya en el Génesis, el primer libro de la Biblia, antes de que el hombre cometiera el pecado original, se consigna con claridad: “Tomó Yahveh Dios al hombre y le dejó en el jardín del Edén, para que lo trabajase y lo cuidase” (Génesis 2, 15).  En el Nuevo Testamento, por su parte, también hay referencias sustanciales sobre el valor del trabajo, la más importante, y un tanto misteriosa, todo hay que decirlo, aparece en el evangelio de san Juan, capítulo 5º, versículo 17: “Mi Padre trabaja siempre, y yo también trabajo”. ¿Por qué es importante esta referencia? Porque nos señala al trabajo como un medio para identificarnos con Dios. Jesús afirma con claridad que Él y el Padre siempre trabajan. Los años de vida oculta de Jesús (la tradición nos dice que fueron 30), son más que elocuentes: Jesucristo dedicó la mayor parte de su vida a trabajar, a desempeñar un sencillo oficio manual, de forma que era conocido como “el hijo del Carpintero”, lo que denota cómo san José tenía prestigio profesional en su pueblo. Jesús nos estaba salvando y redimiendo mientras trabajaba, no “a pesar de su trabajo”, sino precisamente “con su trabajo”.

San Josemaría Escrivá de Balaguer

Para el cristiano, pensar en el trabajo de Jesús, es un rico filón espiritual; de hecho, hay toda una “espiritualidad del trabajo”, según la cual, el trabajo es un medio a través del cual el hombre puede alcanzar la unión con Dios, mientras se perfecciona a sí mismo y al mundo que le rodea. Es decir, no es sólo una especie de “terapia ocupacional” o un medio para transformar el mundo; ni siquiera, únicamente, la forma de sacar adelante, honradamente, a una familia. Es eso, pero es mucho más, se configura como la forma de cumplir la misión que Dios nos ha dado de transformar el mundo y dirigirlo a su plenitud. Por eso el trabajo adquiere una “dimensión vocacional”. Quizá quien ha desarrollado más profundamente esta espiritualidad del trabajo en el mundo contemporáneo sea san Josemaría Escrivá. El cual tiene palabras verdaderamente inspiradas e inspiradoras al respecto, como las siguientes:

“El trabajo nace del amor, manifiesta el amor, se ordena al amor. Reconocemos a Dios no sólo en el espectáculo de la naturaleza, sino también en la experiencia de nuestra propia labor, de nuestro esfuerzo” (Es Cristo que pasa, n. 48).

Resulta revolucionario por dos motivos: en primer lugar, por vincular el trabajo al amor, es decir, a la actividad más sublime del hombre. Descubrir cómo, en el fondo, es el amor el motor del trabajo. De esta forma podemos decir, sin temor a equivocarnos, que alguien que ama su trabajo tiene uno de los ingredientes más importantes para ser feliz en la vida. En segundo lugar, y en esto es un pionero en la espiritualidad de la Iglesia, porque ofrece en el espectáculo de nuestro propio trabajo, de nuestro esfuerzo y nuestro cansancio al realizarlo, un modo privilegiado de “contemplar a Dios”, de descubrirlo. Ya no sólo podemos ver a Dios en el espectáculo de un atardecer, del mar o la montaña, también podemos descubrirlo en nuestra labor cotidiana.

En la misma línea hilvana el Papa Francisco su propuesta espiritual, al alcance de todos. Así, el 1 de mayo de 2020, decía en la homilía de la misa de san José Obrero:

“Y el trabajo es lo que hace al hombre semejante a Dios, porque con el trabajo el hombre es un creador, es capaz de crear, de crear muchas cosas, incluso de crear una familia para seguir adelante. El hombre es un creador y crea con el trabajo. Esta es la vocación… Es decir, el trabajo tiene en sí mismo una bondad y crea la armonía de las cosas – belleza, bondad – e involucra al hombre en todo: en su pensamiento, en su actuación, en todo. El hombre está involucrado en el trabajo. Es la primera vocación del hombre: trabajar. Y esto le da dignidad al hombre. La dignidad que lo hace parecerse a Dios. La dignidad del trabajo”.

Papa Francisco

Francisco frecuentemente vincula la noción de “trabajo”, con la de “dignidad”. Dicho de otro modo y abruptamente: la gente no necesita solamente dinero, necesita saberse útil, aportar a la sociedad, desarrollar su creatividad, crecer como persona; y esto lo consigue a través de su trabajo. Por eso resulta profundamente humanista la valoración cristiana del trabajo, pues contribuye determinantemente para que la persona humana fundamente y desarrolle su dignidad, es un ingrediente indispensable de su propia felicidad.

A veces se nos presentan paraísos ideales en los que no trabajamos. Es la distopía del futuro donde todo lo harán las máquinas, la inteligencia artificial. Nosotros nos dedicaríamos exclusivamente al ocio, a descansar. Hay algunos elementos de verdad en estas propuestas: el ocio permite pensar, dedicarse a la contemplación; todos necesitamos del merecido descanso. Pero una vida sin trabajo, al final del día sería aburrida, abominable, vacía de sentido. Por eso, hoy más que nunca, ante los desafíos de la inteligencia artificial y la robótica, que amenazan con volvernos superfluos o prescindibles, es necesario reivindicar el trabajo como elemento primordial de la dignidad humana. ¿Qué quiere decir eso? Que debemos “dinamitar” la distopía, para construir, hasta donde sea posible, la “utopía”, es decir, el mejor mundo posible, uno de cuyos elementos primordiales, es la capacidad de aportar al mundo e intervenir en la sociedad, de crear a través de nuestro trabajo.

Trabajo en equipo

La sociedad enfrenta entonces un doble desafío. Por un lado, en el mundo altamente industrializado, no suprimir el trabajo humano, no declarar superflua y superada la creatividad humana, por la inteligencia artificial, la robótica y la automatización de los procesos. En el mundo subdesarrollado, en cambio, el panorama presenta varias dificultades acuciantes: crear fuentes de empleo para todos, remunerarlas suficientemente, proporcionar el justo descanso. De hecho, todavía hay mucho trabajo infantil, muchas condiciones laborales infrahumanas, muchas formas veladas de esclavitud, y una gran carencia de empleos, tanto para jóvenes como para personas maduras. Todo esto ofrece un panorama desesperanzador y agudiza la división existente en el mundo.

Por eso, para contribuir a consolidar la dignidad humana y que ésta no sea letra muerta, papel mojado, ideal irrealizable, resulta imprescindible realizar una profunda reflexión sobre el papel del trabajo en la vida y en la sociedad humana, por un lado. Por otro, acoger el desafío de crear fuentes de trabajo acordes con dicha dignidad, en el que cada persona pueda aportar algo de su personal creatividad e ideales. La tecnología debe confluir entonces en ese sentido, para facilitar el desarrollo del trabajo, no para suprimirlo porque, de nuevo, si se suprime, se cercena una importante dimensión humana, atentando ello contra el auténtico humanismo.

Por eso, la reflexión filosófica y teológica sobre el trabajo debe acompañar acompasadamente a la evolución del mismo gracias a la ciencia y la tecnología. Se precisa entonces de un diálogo interdisciplinar entre ciencia, tecnología, filosofía y teología, para construir un futuro con trabajo, que permita al ser humano desarrollar todas sus capacidades y alcanzar su plenitud humana, su felicidad en una palabra. En ese desafío improrrogable nos encontramos inmersos en la actualidad.

Bronze sculpture called Cumil (The Watcher) or Man at work, Bratislava, Slovakia
Protagonistas del Adviento: San Juan Bautista

Protagonistas del Adviento: San Juan Bautista

Es preciso realizar una consideración preliminar. La Iglesia, en su sabiduría añosa, nos ofrece dos fases en el desarrollo de este tiempo litúrgico fuerte, que es el Adviento. En la primera, enfoca su mirada en la segunda venida de Cristo, al final de los tiempos, cuando venga con poder y gloria a juzgar este mundo. Nos presenta así el fin de la historia, animándonos a prepararnos para tal evento. De hecho, de alguna forma lo hacemos cotidianamente, quizá sin darnos demasiada cuenta, al rezar el Padrenuestro, cuando invocamos “venga a nosotros tu reino”. Ese reino que imploramos, es la consumación de la historia, el reinado definitivo y efectivo de Cristo sobre la entera creación. También lo pedimos cada vez que asistimos a la santa Misa, al exclamar, inmediatamente después de la consagración: “anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ¡ven Señor Jesús!” Jesús ya vino, no sólo hace dos mil años, sino que, inmediatamente antes de pronunciar estas palabras, bajó nuevamente al altar gracias a la acción del Espíritu Santo y a las palabras de la consagración, pero estando ahí presente Jesús, le pedimos que apure su segunda venida, al final de los tiempos.

La segunda parte comienza el 16 de diciembre, coincide con la novena de la Navidad, cuando se rezan las antífonas solemnes previas a la Navidad, que nos invitan a centrar la mirada en el Misterio de Cristo naciente. Digamos que la primera parte del Adviento nos invita a mirar hacia adelante, a la segunda venida; la segunda parte, por el contrario, hacia atrás, para contemplar su primera venida en pobreza y humildad. ¿Para qué ese sucesivo cambio de perspectiva?, ¿por qué primero mirar hacia adelante y después hacia atrás? Quizá la respuesta nos la ofrezca san Bernardo, que de alguna forma “infla” las venidas de Cristo al incluir una “tercera venida”, en este caso, a nuestro corazón, en el silencio y la intimidad. Las meditaciones sobre el adviento tienen como finalidad provocar esa venida a Jesús en nuestro corazón en el presente, en el tiempo real de nuestra existencia, la cual discurre a caballo entre esas dos venidas teológicas claras: la primera en Belén hace dos mil años, la segunda al final de los tiempos, sólo Dios sabe cuándo.

San Juan Bautista de El Greco

Por eso la primera figura a contemplar es la del Precursor, san Juan el Bautista. Apenas seis meses mayor que Jesús, enviado por Dios para preparar su venida, y disponerle “un pueblo perfecto”. En realidad, san Juan Bautista forma parte de lo que pudiéramos denominar “nuestro tiempo”, pues su ministerio es posterior al Nacimiento en Belén, y anterior a la segunda venida. De todas formas, constituye el eslabón entre el Antiguo y el Nuevo Testamentos y es anterior al nacimiento de la Iglesia, con el que realmente surge el “tiempo de la Iglesia”, “tiempo del Espíritu Santo”, nuestro tiempo… Pero su misión es muy conforme con el significado profundo del Adviento, pues nos invita a “mirar a Jesús” y a prepararnos para su venida: su segunda venida al final de la historia y su tercera venida a nuestra alma en gracia.

San Juan, en efecto, lo señala y encamina a sus discípulos hacia Él. Digamos que, de alguna forma, todos tenemos algo de “san Juan Bautista”, pues nuestra vida espiritual puede comprenderse como la misión del Bautista: preparar la segunda venida de Cristo a este mundo con el trabajo bien hecho, ofrecido a Dios, santificado y santificante; y, en segundo lugar, descubrir a Jesús y señalarlo: descubrirlo en las personas, en nuestro trabajo, en la vida familiar, social o política y en señalarlo para que las demás personas lo descubran y lo sigan, para que la sociedad, la humanidad entera se oriente hacia Él, y contribuir de esa forma a realizar lo que profetizó san Pablo: “que Dios sea todo en todos” (1 Corintios 15, 28).

Bautismo de Jesús por El Greco

Para vivir bien el Adviento, nada mejor que imitar la actitud del Bautista. Podría resumirse ésta en su humildad, la viva conciencia que tiene de ser sólo un instrumento o, por usar otro símil, de ser él la envoltura y Jesús el regalo. Una vez recibido el regalo, pierde el sentido la envoltura. Se trata entonces -¡qué difícil es!- de descubrir que el centro de la fiesta no somos nosotros, es Jesús. Que el mundo no gira alrededor nuestro, sino de Él. De poder decir, con autenticidad, como san Juan: “conviene que Él (Jesús) crezca y yo disminuya”. En el Adviento, por tanto, podemos hacer el ejercicio de ubicarnos en nuestra realidad existencial, espiritual y religiosa. De alguna forma revivir el descubrimiento de Copérnico y descubrir, maravillados, que el centro no somos nosotros, sino Jesús, y tomar las medidas, dar pasos decididos, en orden a que efectivamente, y no sólo en nuestros deseos o en nuestra boca, sea Jesús el centro de nuestra vida.

Muchas veces, además, podemos tener el “complejo del Bautista”. ¿En qué consiste? En sentirnos como él: “voz que clama en el desierto: enderezad el camino del Señor” (Juan 1, 23, vid. Isaías 40, 3). A veces sentimos que nuestro clamor cae en el desierto, en tierra baldía, nadie lo escucha, todos lo ignoran. A veces los cristianos nos sentimos incomprendidos en el mundo, cuando no extraños a él. No debemos, sin embargo, dejar de ejercer nuestra misión profética en el seno de la sociedad. Dios cuenta con ello, aún con la apariencia de falta de frutos. Algo análogo le sucedió al Bautista: su misión estribaba en preparar al pueblo de Israel para recibir a su Mesías, pero cómo explica el otro san Juan en el prólogo de su evangelio: “vino a su casa, y los suyos no le recibieron” (Juan 1, 11), finalmente el pueblo de Israel no aceptó a su Mesías y lo crucificó. Los designios de Dios son inescrutables, pero Dios contó con la misión de san Juan Bautista, así como cuenta con la nuestra.

Proclamar, en medio del mundo, que el fin del mundo es trascendente a este mundo, aunque el mundo parezca no escucharnos. Como diría Pink Floyd: “Keep talking”, sigue hablando, sigue sembrando la semilla de la Palabra, que el Espíritu Santo encontrará la forma de que esta dé fruto, y fecunde el mundo y la sociedad. No te canses de hablar, no ceses de proclamar “la buena nueva”, “con ocasión y sin ella”, “oportuna o inoportunamente” (en expresión de san Pablo). La dimensión del Bautista en nuestra vida es parte de nuestra vocación bautismal, del carisma profético con el que somos ungidos al recibir el carácter sacramental en el bautismo y la confirmación. Muy especialmente con este último sacramento, que nos da la gracia y nos capacita para dar testimonio público de nuestra fe. Y esto con naturalidad, sin estridencias ni cosas raras, en medio de la sociedad, a través de nuestra vida familiar, profesional o social, sirviéndonos de la amistad, vamos dando testimonio de Cristo. Sentimos en nuestro interior la fuerza de esta misión, la responsabilidad de estar a la altura de ella, y el empeño de que nuestra vida sea coherente con la misma, como lo fue la de san Juan Bautista con su misión de Precursor; si de algo no se puede dudar, es de la autenticidad del personaje, a él le pedimos también que nimbe con el sello de la autenticidad nuestra entera vida cristiana.

Nacimiento del Hombre, Salvador Dalí
MDNMDN