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Bienestar financiero y salud, más que sólo números

Bienestar financiero y salud, más que sólo números

En los últimos años, he notado que cada vez más personas a mi alrededor viven en el vertiginoso ritmo de la vida moderna y en ocasiones descuidan un aspecto crucial que impacta directamente en nuestra salud, me refiero al bienestar financiero. Más allá de los números en nuestra cuenta bancaria o las deudas que tengamos, la gestión adecuada de nuestras finanzas tiene un profundo efecto en nuestra salud física y mental.

El bienestar financiero no consiste simplemente en acumular riquezas, sino en construir una base patrimonial y financiera sólida que proporcione tranquilidad y opciones de gasto, ahorro e inversión, asegurando que el dinero sea una herramienta que potencie nuestro bienestar en lugar de convertirse en una fuente constante de preocupaciones.

Uno de los efectos negativos más evidente de la inestabilidad o incertidumbre financiera es la ansiedad — ese susurro constante que se instala en la mente cuando los números no cuadran. La incertidumbre sobre cómo llegar a fin de mes o enfrentar gastos inesperados puede generar un estrés crónico, afectando nuestra salud mental. Además de la carga emocional que implica, la ansiedad financiera puede traducirse en problemas como insomnio, irritabilidad y falta de concentración.

El estrés es ese estado anímico y somático que puede surgir cuando enfrentamos deudas, dificultades económicas o decisiones financieras complicadas. Este estrés financiero afecta nuestra paz mental y tiene consecuencias físicas. Investigaciones sugieren que el estrés prolongado puede contribuir a problemas de salud como enfermedades cardíacas, hipertensión y trastornos gastrointestinales, por mencionar algunos malestares.

¿Y qué pasa con el ahorro? Tener un fondo de emergencia brinda seguridad financiera, y además tiene un impacto positivo en la salud mental. La sensación de tener un colchón financiero reduce la ansiedad y brinda la confianza necesaria para enfrentar imprevistos sin que estos afecten negativamente nuestra salud emocional.

El bienestar financiero también influye en nuestras decisiones diarias en términos de calidad de vida. La capacidad de invertir en experiencias que nos brinden felicidad, como viajes, actividades recreativas o una alimentación saludable, contribuye significativamente a nuestro bienestar general. Por otro lado, ajustarse excesivamente el cinturón puede llevar a decisiones alimenticias menos saludables, ya que las opciones más accesibles no siempre son las más nutritivas.

El equilibrio entre la salud física y financiera también se revela en la planificación a largo plazo. La falta de una planificación financiera adecuada puede generar preocupaciones constantes sobre el futuro, afectando negativamente la calidad de vida en etapas posteriores. Asegurarse de que las finanzas estén alineadas con metas a largo plazo, como la jubilación, proporciona una sensación de seguridad y bienestar.

El bienestar financiero y la salud están intrínsecamente vinculados. No se trata solo de números en una pantalla, sino de cómo esos números influyen en nuestro día a día y en nuestra percepción del mundo. La ansiedad financiera y el estrés crónico pueden afectar nuestra salud mental y física, mientras que un manejo adecuado de las finanzas puede ser un catalizador para una vida más plena, saludable y feliz. Aprendamos a equilibrar nuestras cuentas y, por lo tanto, nuestras vidas.

Y siguiendo con la tradición de este blog, cerraré el tema con una frase relacionada con el tema.

“Haz un presupuesto como si tu vida dependiera de él. Porque así es”

Anónimo
                                   

Un abrazo hasta donde estés leyendo esto

Tania MO

El dilema de Mary Poppins: las inversiones tienen consecuencias

El dilema de Mary Poppins: las inversiones tienen consecuencias

Texto publicado originalmente en: Vitalis

Imagen: Olivia Reed

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¿Comida a las palomas o dinero en el banco?

Tras un día lleno de emociones, Jane y Michael Banks no podían conciliar el sueño. Así que Mary Poppins los arrulló contándoles la historia de una viejecita mendicante que pasaba sus días sentada en la escalinata de la Catedral de San Pablo en Londres, vendiendo en dos centavos bolsitas de migajas para alimentar a las palomas.

Al día siguiente los niños vieron a la viejecita cuando pasaban frente a la catedral de camino al banco donde trabajaba su padre, George Banks. Solo alzando la voz y casi a la fuerza George pudo evitar que Michael corriera a comprar la bolsita de migajas.

Ya en el banco, el Sr. Dawes, fundador y director general, a coro con sus otros directores y con George Banks intentó persuadir a un escéptico Michael sobre los beneficios de invertir su moneda de dos centavos (Tuppence) en el banco:

Gracias a los rendimientos notables pronto la moneda “comenzaría a generar interés compuesto”; satisfacción personal y creciente sentimiento de conquista conforme se “expande la afluencia”; creciente sentimiento de grandeza, conforme se expande la influencia del inversionista en las altas esferas financieras.

Más allá de los beneficios personales, el dinero de Michael puesto a trabajar en el banco produciría estructuras ferroviarias en África; presas en el Nilo; flotas de navieros comerciales; majestuosos canales que se pagarían solos (self-amortizing) y plantaciones de té listo para cosecharse.

Los banqueros no escatimaron en adverbios para calificar el manejo de las inversiones: prudentemente, sobriamente, ahorradoramente, frugalmente, pacientemente, cuidadosamente, confiadamente. ¡Qué puede supercalifragilísticoespiralidoso frente a estos adverbios!

Y sin embargo el pequeño Michael no se dejaba convencer y prefería la satisfacción emocional inmediata de comprar la bolsita de migajas.

Las inversiones tienen consecuencias

Dos enseñanzas resaltan de estos simpáticos episodios: No es fácil hacer el bien con el dinero invertido; y es fácil obtener rendimientos o algún tipo de satisfacción emocional a corto plazo, pero a costa del futuro a mediano y largo plazo. Ninguna de las dos opciones de Michael cumpliría con los criterios de ESG (medio ambiente, sociedad y gobernanza) contemporáneos.

El gesto generoso de la bolsa de migajas no resolverá nada, y sí agudizará problemas ya existentes: la proliferación de las palomas eventualmente dañará el edificio con la acidez de sus excrementos, como vemos que sucede en tantos templos y edificios antiguos. Y la viejecita mendicante no estará más cerca de superar las condiciones indignas en que vive. Los dos pennies de Michael únicamente le permitirán subsistir.

Invertir el dinero en el banco tiene sus propios problemas: estructuras ferroviarias en África, presas en el Nilo y demás, son inversiones que presentan todos los riesgos relacionados con el daño al medio ambiente, y el daño a la sociedad a través de la explotación laboral, en muchos casos hasta llegar a trabajos forzados y casi a trabajos en condiciones de esclavitud; la devastación del ecosistema que es fuente de supervivencia para muchas comunidades, e incluso conflictos geopolíticos, resultado de un dominio imperial colonial.

A pesar de las afirmaciones a coro de los banqueros, la historia reciente y no tan reciente nos enseña que al invertir el dinero ajeno muchas instituciones sí predican, pero no siguen los valores del “Fidelity, Fiduciary Bank” de la historia de Mary Poppins.

Las inversiones tienen consecuencias. Consecuencias que van más allá de rendimientos u ocasionales pérdidas. Toda inversión ocasiona de manera más o menos directa externalidades benéficas o perjudiciales para el medio ambiente, para el sistema financiero y para la sociedad. Externalidades que, como en el caso del consumo del tabaco o el uso de hidrocarburos, no siempre se ven reflejadas en el precio monetario que paga el consumidor. Y por tanto no siempre afectan el desempeño financiero de la inversión.

Invertir por el futuro

Es difícil obtener rendimientos sin causar ninguna externalidad negativa (sin hacer algún daño) Es aún más difícil obtener rendimientos y hacer el bien generando externalidades positivas. Gastar dinero sin buscar rendimiento financiero sino únicamente “impacto social”, tampoco es fácil — como muestra el ejemplo de la bolsita de migajas.

Obtener rentabilidad financiera causando externalidades negativas es lo contrario de invertir en el futuro y en pro del futuro; es invertir a costa del futuro: obtener hoy un rendimiento que generará costos futuros muy superiores al rendimiento inmediato para la sociedad, el medio ambiente y a veces incluso para la institución inversionista.

Sobran ejemplos de inversiones a costa del futuro en el uso inadecuado de los recursos naturales: tala inmoderada, monocultivo, pescar con dinamita, son actividades que obtienen ganancias a costa de destruir las condiciones necesarias para que las generaciones futuras puedan seguir aprovechando tales recursos naturales. Algunas de estas actividades incluso pueden afectar las condiciones ambientales para la vida de las generaciones futuras.

El poder de una inversión responsable

Conscientes de este peligro, comunidades religiosas tradicionales como los Cuáqueros, los Metodistas o los Católicos han aplicado desde hace décadas criterios de exclusión para evitar invertir en sectores que van en contra de sus principios teológicos o éticos.

En la historia de la inversión responsable el Pax World Fund es un punto de inflexión: Establecido en 1971 (en plena guerra de Vietnam) fue el primer fondo de inversión que excluyó y excluye hasta la fecha de manera explícita y estricta toda inversión relacionada con la industria armamentista.

Algunos años después, en enero de 2004, el entonces Secretario General de la ONU, Kofi Annan, convocó a directores generales de importantes corporaciones empresariales a reflexionar sobre estrategias de inversión redituable y benéfica para la sociedad y el medio ambiente. El resultado de esta convocatoria fue un reporte titulado “Who Cares Wins” (“Quien se preocupa y cuida, sale ganando”) Dicho reporte acuñó la denominación ESG y sentó las bases para la red de los Principios de Inversión Responsable (PRI)

Como sabemos, el primero de los seis principios nos compromete a integrar criterios de ESG en el análisis de la inversión y en los procesos de toma de decisión sobre colocación de activos. Tal compromiso va más allá del ingenuo y simplista dilema entre la bolsita de migajas y el dinero en el banco. Pero también es más exigente que la aplicación de criterios de exclusión en sectores y empresas que afecten negativamente al medio ambiente y a la sociedad. El principio demanda cuidar que nuestras inversiones no sean redituables a costa del futuro, pero también que tengan un impacto positivo, que sean inversiones en pro de nuestro futuro y de las generaciones venideras.

Sobre el dinero y la vida (y como balancearlos)

Sobre el dinero y la vida (y como balancearlos)

El dinero no lo es todo en la vida, pero es bastante. No hay que permitir que las películas de romance barato nos convenzan de otra cosa. Sin dinero no es posible huir a las montañas con el amado, o dejar familia, estudios y carrera para ir en pos de la pasión. El amor no paga las cuentas. Sin dinero, en fin, no se puede construir un proyecto de vida con libertad. Quienes no piensan nunca en el dinero están condenados a ser sus esclavos para siempre (sin contar a los herederos que tenían la vida resuelta desde antes de nacer, claro está).

También es un error pensar demasiado en él. Son igualmente esclavos los que lo ponen al último como los que lo ponen al centro. Hay quienes ya no saben hacer otra cosa que acumular oro en la bóveda, juntando cosas brillantes como urracas, sin saber para qué lo quieren, lanzándose como desquiciados por más y más y más y mucho más. Los archimegamultisupermillonarios en realidad ya no pueden ser más ricos de lo que son, por mucho que acumulen. Aumentan los ceros a la derecha del valor de sus acciones, sus propiedades, sus inversiones y su dinero en el banco, pero la riqueza real tiene un tope. No hay mucha diferencia entre el que puede comprar una isla privada y el que puede comprar cien, pues ambos pueden habitar solo una al mismo tiempo.

Nada de lo mencionado en el párrafo anterior quiere implicar en modo alguno que ser rico es inmoral. Es un asunto más bien de salud mental. La obsesión por el dinero no es sana. Daña la cabeza y la vida de la víctima y de paso la de todos sus allegados, como cualquier otra adicción. La clave para no contraer esa enfermedad degenerativa conocida como avaricia es deshacerse del excedente monetario de que uno disponga. Dicho de otro modo, regalar lo que sobre. Se puede hacer de muchas y muy variadas maneras, desde una simple donación hasta la construcción de proyectos de desarrollo social. Lo importante es recordar continuamente que somos nosotros los dueños del dinero y no al revés.

Tampoco es cierto que para ganar dinero sea necesario partirse la espalda y que cualquier centavo que no costó sangre es en automático dinero sucio. Cierto es que el sudor y la plata suelen estar relacionados, pero no están intrínsecamente unidos. Lo natural, lo sano, lo ideal, es comenzar trabajando mucho y ganando poco, para terminar ganando mucho y trabajando poco. Formarse en la juventud para que en la madurez se vean los frutos.

Para esto es importante nunca dejar de aprender, mejorando continuamente nuestras habilidades en todos los ámbitos posibles. Nótese que esto no excluye la especialización. Un contador fiscal, por ejemplo, puede crecer eternamente en sabiduría en su ámbito específico, siempre aprendiendo nuevos conceptos, manteniéndose al día en materia de regulación, conociendo otros métodos de hacer lo mismo de forma más sencilla, descubriendo nuevas tecnologías que facilitan su trabajo y le permiten reducir el error humano. En otras palabras, se trata de siempre buscar crecer.

Sin embargo es importante que nuestra vida no se limite al perfeccionamiento y crecimiento profesional, cerrando nuestros ojos a todas las demás dimensiones de nuestra existencia. Es muy común y humano confundir una cartera llena con el éxito. Los ingresos, si bien son un componente del éxito, no definen por sí solos qué tan bien o mal estás llevando tu vida.

Pareciera entonces que a fin de cuentas estamos afirmando que el dinero no importa, pero no es así. El dinero es un catalizador de crecimiento para todas las dimensiones del ser humano. Si bien es cierto que el dinero no compra la felicidad, tampoco estorba. Pongamos por ejemplo a una joven universitaria que quiere irse de intercambio al extranjero. Es una experiencia que sería enriquecedora en todos los sentidos. Conocer otra cultura, otro idioma, ver otros paisajes, respirar otro aire, convivir con gente distinta, todo eso sería increíblemente provechoso. Pero es una experiencia que cuesta dinero. Si nuestra joven dispone de él, no solamente no será un problema, sino que ni siquiera pensará en ello. Si por el otro lado (y que sería más normal) se encuentra en una situación financiera complicada, será mucho más difícil para ella concretar el proyecto, y en caso de lograrlo, habrá gastado una considerable cantidad de tiempo y espacio mental para pensar en dinero y conseguir el suficiente.

Un último comentario: Si bien perfeccionarnos profesionalmente es algo bueno y deseable, me parece equivocado pretender que todos tus ingresos provengan del trabajo profesional. Vivir en esta época y no aprovechar todos los recursos que existen para obtener alguna fuente de ingreso extra es no solamente desaprovechar una oportunidad, es irresponsable. Existen todo tipo de plataformas en las que crear o enseñar algo puede ser redituable. Si tienes cualquier habilidad que valga la pena compartir, hazlo, y asegúrate de que te paguen por ello.

En conclusión, tener dinero es bueno y necesario, siempre y cuando sea visto siempre como herramienta y no como fin. Se puede ser incluso multimillonario sin ningún problema, siempre y cuando el amo siga siendo uno. Es una cosa muy triste servir a un objeto inanimado y ficticio, real solamente en la mente de los humanos.

¿Balance Vida-Trabajo? Una des-industrialización de la sociedad moderna

¿Balance Vida-Trabajo? Una des-industrialización de la sociedad moderna

Por Alfonso Torres Farber

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“The Great Attrition” (El Gran Desgaste) o “The Great Resignation” (La Gran Renuncia), términos que se escuchan mucho en estos últimos meses, establecen un símil entre la Gran Depresión de los años treinta o la Gran Recesión de 2008 y la situación actual en Estados Unidos. A diferencia de las otras crisis, La Gran Renuncia no se trata de una crisis económica ni de desempleo. Se refiere más bien al fenómeno del aumento de renuncias que se ha dado en el mundo.

Se calcula que alrededor de 20 millones de personas en Estados Unidos han renunciado a sus trabajos desde inicios del 2021. Numerosos sectores y empresas están teniendo problemas para “encontrar talento”, es decir, candidatos con el perfil adecuado para las funciones que necesitan cubrir las empresas. Se han publicado muchos estudios y artículos intentando explicar las razones detrás del fenómeno y dar recomendaciones a las empresas sobre como reaccionar para retener (o “fidelizar” en uno de esos términos de moda) “el talento”.

La pandemia por COVID 19 generó muchos cambios en la sociedad: las crisis emocionales, la patente cercanía de la muerte y la dolorosa pérdida de seres queridos y amigos hicieron reflexionar a muchas personas sobre el valor de la vida cotidiana en el hogar y las relaciones familiares. Más allá de si esta valoración es positiva o negativa, está claro que es distinta a la visión que se tenía antes de la pandemia.

Muchas personas han cambiado de residencia buscando una mejor “calidad de vida”, entendida como tener más tiempo para otras actividades más allá de las profesionales.

Convivir y asumir a mayor profundidad el cuidado de pareja, hijos, primos, abuelos, etc., ha motivado una revalorización del tiempo que se dedica a la familia. Hay quienes buscan ahora poder dedicar más y mejor tiempo a la familia, pero también se da el fenómeno contrario; para algunos la pandemia los reafirmó en su intención de huir del hogar y desentenderse de las obligaciones familiares.

Desde hace varios años en entornos profesionales se promueve la idea de un balance vida-trabajo. En estas discusiones no queda del todo claro qué es el trabajo, pues parece que todas las actividades humanas requieren “trabajo” en algún sentido.

Solemos llamar “trabajo” a las actividades profesionales remuneradas que desempeñamos. Sin embargo, recordando lo básico de mis clases de física: la fuerza que se aplica sobre un cuerpo para desplazarlo una distancia genera una transmisión de energía que se llama trabajo. Si llevamos esto a nuestra vida diaria el trabajo es el esfuerzo que tengo que realizar (fuerza) para conseguir un resultado (mover un cuerpo una distancia).

En el mundo laboral, el trabajo es el esfuerzo que los trabajadores realizan para obtener un resultado. Por ejemplo, el esfuerzo de un agricultor al preparar la tierra, sembrar las semillas, regarlas y cultivarlas para poder obtener un fruto. O el esfuerzo que debe realizar un vendedor entrenándose, conociendo a fondo lo que vende y convenciendo al comprador para lograr vender un producto o servicio.

Pero el trabajo no se limita a las actividades profesionales, las actividades sociales también requieren un esfuerzo. Para cultivar una amistad hay que interesarnos por el amigo, estar pendiente de él, frecuentarlo, dejar de hacer alguna cosa en favor de la amistad y poder mantener y profundizar la amistad. Y la amistad, en estricto sentido, no tiene precio, ¿cuánto costaría tener una persona en la que confías, que te puede apoyar o con quien simplemente puedes pasar un buen rato?

Lo mismo con las actividades familiares. Recuerdo una plática con una persona de recursos humanos que me decía que mi esposa no trabaja, a lo cual respondí que sí trabaja y mucho, probablemente más que yo. Ella se dedica a la administración de mi familia, atiende a la casa, cuida de mis hijos, crea un hogar. Me replicó que se refería a que no recibe una contraprestación por ese trabajo, lo cual tampoco es cierto. Muchas veces yo quisiera recibir una contraprestación como la que ella recibe en el día a día: ver crecer a sus hijos, formarlos en personas de bien, el alivio de consolar a la familia y poder tener una casa digna. No todo resultado tiene que ser monetario. Como me decía un buen amigo, “las mejores cosas de la vida son gratuitas”, o muchas de las cosas que se logran a través de un trabajo no se pueden monetizar.

Y qué decir de las actividades personales, ya sea mantener la salud física, mental o intelectual. Incluso descansar requiere de algún esfuerzo, solo hay que ver a todos los que sufrimos de insomnio.

Al final todas las actividades que desempeña una persona exigen un trabajo. Es la energía que se requiere para todos estos trabajos no monetarios la que se está revalorando.

¿Qué es lo que no me gusta del término de “Balance de Vida y Trabajo”? Que contrapone la vida al trabajo, cuando están intrínsecamente unidas, y crea la percepción de que el trabajo es contrario a la vida o es un mal necesario que hay que disminuir o intentar eliminar.

El trabajo es parte de la vida, le da un sentido de dignidad a la persona. El trabajo es directamente proporcional al prestigio de la persona. Un buen profesional es el que realiza un buen trabajo laboral. Un buen amigo es el que se esfuerza por serlo. Un buen padre de familia es el que lucha por estar para su familia. Es decir, la energía que se genera al trabajar nos hace crecer como personas y más aún cuando el propósito de ese trabajo va más allá de lo meramente material o mundano-. Este es el tipo de reflexiones que se están dando en esta nueva normalidad.

El balance de vida no se logra separando las actividades o responsabilidades de la persona (Profesionales, Familiares, Sociales y Personales), sino fomentando la flexibilidad para que convivan unas con otras, reconociéndonos como personas íntegras que realizan todo tipo de actividades que contribuyen a un mejor desempeño del negocio y de la vida en general.

Y vuelvo a la fórmula de trabajo, reconociendo tanto el esfuerzo como el objetivo logrado, de manera balanceada, sin fomentar organizaciones con empleados cuya principal meta es crear la percepción de que generan grandes resultados, sin importar cuánto se desgasten o “apoderándose” del esfuerzo de otros para su propio reconocimiento. Ni organizaciones que generen un ambiente de laboriosidad improductiva, donde lo que más importa es “calentar la silla” y se ve con malos ojos o se critica a los que combinan actividades profesionales, personales y sociales durante su jornada laboral.

Se tiene que reconocer a la persona por lo que es, no por lo que hace o sabe hacer, dejando atrás la asignación de un capital humano donde se tiene a la persona como un activo que genera crecimiento, sino más bien fomentar el crecimiento de las personas a través de su trabajo de manera integral para beneficio de la sociedad.

Cada vez más, la automatización va eliminando las actividades repetitivas que se realizan en el ámbito profesional.  Ahora se necesitan personas capaces de conectar los puntos, que entiendan por qué suceden las cosas, que sepan interpretar los datos, no solo procesarlos, y que sepan intercalar sus tareas profesionales con la vida social y familiar.

El tener personal que lleva una vida social, familiar y personal sana enriquece a la organización, no por la experiencia que sus colaboradores puedan tener en un tema en específico sino por cómo pueden contribuir de una forma más integral a la toma de decisiones.

Alguien me dijo que la mayoría de las tareas profesionales que se realizaron en 2018 no existían en 1940. Esto va a seguir sucediendo y creo que a mayor velocidad; con la cantidad de información que se tiene, que cada vez es mayor, la capacidad de procesamiento de esta información que nos brinda la tecnología, que cada vez va a ser mayor, visualizo un nuevo tipo de organizaciones matriciales, donde se realizarán tareas que respondan a proyectos específicos, con menos niveles jerárquicos, con liderazgo positivo, con personas más generalistas que saben interpretar lo que la tecnología nos brinda y conectarlo con la vida real.

En los tiempos pre-industriales (antes de la revolución industrial), la economía era comunitaria. La familia jugaba un rol indispensable. El padre, la madre y los hijos  trabajaban hombro con hombro para generar bienes y eran reconocidos en la sociedad como personas, no como activos o capital humano. Con la revolución industrial se utilizó la tecnología para aumentar la productividad y disminuir los precios. Se mecanizaron muchos procesos, tanto en la educación, la vida profesional y el trabajo en general. Ahora estamos entrando en una nueva era donde se pueden explotar los beneficios cada vez mayores de la tecnología y reintegrar al “trabajador” en todas sus dimensiones.

Actualmente, hay muchas preocupaciones entre si el trabajo debe ser presencial, remoto o híbrido. Primero que nada se tienen que ajustar los horarios de trabajo, como sucedió en los tiempos de la industrialización, donde se redujeron los tiempos de 12 horas laborables a 8 horas. Después, el principal reto está en revalorizar a las personas como individuos íntegros que aportan un valor superior al capital que se genera y que deben ser recompensados justamente por el trabajo (esfuerzo y resultados) que generan.

El valor de los bienes y servicios tendría que incluir el valor del trabajo (esfuerzo y beneficios) y no solo la utilidad que le asigna el consumidor, utilidad sujeta a percepciones y modas que pueden modificar sustancialmente el precio que paga  el consumidor por esos bienes o servicios.

Creo que estamos viviendo un punto de inflexión en la sociedad moderna y no solo por lo que vemos más cercano: digitalización, ocupación profesional remota y sin barreras de nacionalidad, renuncias y dificultad para conseguir talento y muchos etcéteras. Todo esto solo nos está mostrando el cambio social que estamos transitando y se trata sin duda de un cambio positivo.

Alemania en la ola de insolvencia

Alemania en la ola de insolvencia

Punto de vista de un ciudadano alemán. (S. K.)

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Actualmente todas las empresas de Alemania están luchando contra el fuerte aumento de los precios de la energía. El precio del gas se ha multiplicado más de diez veces en comparación con el año pasado. Causando que muchos tengan que declararse insolventes y cerrar o trasladar sus operaciones al extranjero.

Panaderos, carniceros, cerveceros, la industria metalúrgica… la lista de empresas quebradas es larga y probablemente no llegará a su fin mientras los políticos no cedan. Véase el resumen con las empresas en bancarrota de Egon Kreutzer.

Empresas fundadas antes del cambio de siglo, como el fabricante de caramelos Bodeta o la carnicería Krön de Núremberg, sobrevivieron a la inflación galopante del final de la República de Weimar y a dos guerras mundiales, pero las sanciones y la política energética del actual gobierno alemán les están rompiendo las espaldas.

Lo que está ocurriendo, ahora mismo, es una desindustrialización de proporciones inimaginables. Si esto continúa así, dentro de un año no habrá industria manufacturera en Alemania.

Literalmente me siento impotente con esta situación. Al menos me queda el consuelo de no haber votado a los responsables de este gobierno, a ninguno de ellos. Pero eso no cambia la situación en la que nos encontramos.

Ayer me enteré que mi panadería favorita, en la que compraba panecillos desde niño, tuvo que cerrar porque no podía pagar el precio del gas. Tras la noticia y el panorama me surgió la pregunta ¿acaso debería en algún momento emigrar?

Francamente no creo que la situación se vaya a mejorar o normalizar. Me parecen demasiado testarudos los políticos que se aferran a su ideología contra viento y marea y que no toman en cuenta las necesidades del pueblo. La situación requeriría de un replanteamiento de nuestra política energética, de cómo comerciamos con la energía, un cuestionamiento de los intercambios energéticos, etc. En uno de los pocos momentos de iluminación de Horst Seehofer, afirmo: “Los que deciden no son elegidos y los que son elegidos no tienen nada que decidir”.

En la democracia representativa que impera, el ciudadano –llamado ciudadano porque tiene que ser garante de todo y de todos– puede votar cada 4 años, pero las decisiones no pueden ser sometidas a votación. El pueblo y el individuo no pueden ejercer realmente ninguna influencia, porque en realidad no tenemos elementos de una democracia directa, como sí ocurre en Suiza. De vez en cuando hay manifestaciones, algunas más concurridas que otras, pero no cambian nada, o al menos yo, personalmente, no noto cambio alguno. Quizá haya un error en mi sentir, pero mis amigos y conocidos sienten lo mismo, y en ese caso entonces ellos, y muchos otros, también estaríamos en el error.

Alemania en la ola de insolvencia

Deutschland in der Insolvenzwelle

Ein Standpunkt eines deutschen Staatsbürgers. (S. K.)

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Alle Betriebe in Deutschland kämpfen momentan mit stark angestiegenen Energiepreisen. Die Gaspreise haben sich zum Vorjahr mehr als verzehnfacht. Viele müssen Insolvenz anmelden und schließen oder ins Ausland abwandern. Bäcker, Fleischer, Brauereien, metallverarbeitendes Gewerbe die Liste der insolventen Betriebe ist lang und findet wohl vorläufig solange die Politik nicht einlenkt kein Ende, siehe der aktuellen Zusammenfassung von Egon Kreutzer.

Betriebe die vor der Jahrhundertwende gegründet worden sind, wie beispielsweise der Bonbonhersteller Bodeta oder die Metzgerei Krön in Nürnberg haben zwei Weltkriege sowie die galoppierende Inflation am Ende der Weimarer Republik überlebt aber die Sanktions- und Energiepolitik der aktuellen deutschen Regierung bricht ihnen nun das Rückgrat. Traurig aber wahr, was gerade in diesem Land stattfindet ist gefühlt eine Deindustrialisierung von ungeahnten Ausmaßen. Wenn das in diesem Tempo weitergeht, wird es hier in einem Jahr kein produzierendes Gewerbe mehr geben.

Ich fühle mich im wahrsten Sinne des Wortes ohnmächtig, ohne Macht etwas gegen diese Situation tun zu können. Zumindest kann ich behaupten diese Entscheidungsträger im Bundestag nicht gewählt zu haben, keinen von denen. Das ändert aber nichts an der Situation in der wir uns befinden und gibt mir wenig Trost, wenn ich feststellen muss, dass mein Lieblingsbäcker, bei dem ich seit meiner Kindheit Brötchen gekauft habe zumachen muss, weil er die Gaspreise nicht bezahlen kann. Mir bleibt eigentlich nur die Überlegung ob ich irgendwann auswandern soll?

Ich glaube kaum daran, dass sich die Situation verbessern oder gar normalisieren wird, viel zu verbohrt scheinen mir die Politikdarsteller die auf Teufel komm raus an ihrer Ideologie festhängen. Dazu bräuchte es ein Umdenken in unserer Energiepolitik, wie wir Energie handeln, ein Infragestellen von Energiebörsen usw. Aber wie hat Horst Seehofer mal in einem seiner wenigen erhellenden Momente von sich gegeben: „Die, die entscheiden werden nicht gewählt und die, die gewählt werden haben nichts zu entscheiden.“

In der repräsentativen Demokratie die hier herrscht, darf der Bürger, der Bürger heißt, weil er für alles und jeden Bürgen muss, alle 4 Jahre wählen aber nicht abstimmen. Das Volk und der einzelne kann eigentlich keinen Einfluss nehmen, weil wir zu wenige Elemente einer direkten Demokratie, wie zum Bsp. in der Schweiz, haben. Zwar gibt es ab und an Demonstrationen, zum Teil auch gut besucht, aber ändern die auch nichts, jedenfalls nehme ich persönlich keine Änderung wahr. Vielleicht stimmt ja was mit meinem Gefühl nicht, aber meinen bekannten und Freunden geht es ähnlich, also muss dann auch mit deren Gefühl was nicht stimmen.

MDNMDN