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Celibato matrimonial

Celibato matrimonial

Oxímoron: “Figura retórica de pensamiento que consiste en complementar una palabra con otra que tiene un significado contradictorio u opuesto”. Pues no. En este caso no se trata de un “oxímoron”, sino de una triste realidad. Aunque parezca descabellado, absurdo o contradictorio, tristemente hay parejas que viven esta realidad absurda. No en vano, la vez que más se me ha alebrestado el auditorio en clase, fue cuando les expliqué el “débito conyugal”. Varias alumnas lo consideraron una especie de violación. Por contrapartida, es frecuente que algunas mujeres -es más común en ellas- tengan “a dieta” a su marido, por periodos más o menos extensos de tiempo o, de forma indefinida, y viceversa también. Sí, aunque usted no lo crea, hay maridos que no se acercan a su mujer sino para consumir los sagrados alimentos.

Con mucha más frecuencia de lo que hubiera imaginado, me lo he encontrado a lo largo de mi experiencia de acompañamiento espiritual. Recuerdo una vez que un marido me pidió por favor -sabía que yo hablaba con su mujer- que la convenciera de cambiar su “mortificación cuaresmal”, ya que había decidido no tener intimidad conyugal durante ese periodo de tiempo. Al pobre esposo se le hacía muy duro esperar cuarenta días, hasta la pascua, para tener intimidad con su mujer.

Pero también ha habido experiencias en sentido inverso. Una mujer, en el mismo contexto de asesoría espiritual, preguntaba inocentemente si era normal la actitud sexual de su marido: llevaban décadas sin tener intimidad. La actividad sexual se había limitado, rigurosamente, a ser “instrumento para la procreación”. El marido consideró que, habiendo tenido ya cuatro hijos, podían dejar de tener acercamiento sexual para siempre. ¿Se trataba de un anacoreta que había accedido al matrimonio sólo para satisfacer a sus padres? Tristemente, la respuesta es no. Se trataba, más bien, de una persona con inclinación homosexual, que había acudido al matrimonio para cuidar las apariencias. Antes -no hace mucho- estaba mal visto ser abiertamente homosexual, así que, para cubrir el expediente, algunas personas con esta tendencia accedían al matrimonio para cuidar las formas sociales, pagando la factura la pobre desafortunada que había sido instrumentalizada por su marido, para aparentar “normalidad” en el seno de una sociedad conservadora. De hecho, un buen amigo, activista homosexual, me lo confirmó abiertamente: “antes las personas homosexuales en países católicos teníamos dos opciones, para salir honrosamente parados en la sociedad: casarnos o entrar al seminario”. Eso explica cómo, muy tardíamente, descubrió la Iglesia Católica el porcentaje de sacerdotes pederastas en su seno (el 80% de las víctimas de abuso son niños, no niñas). De forma que fue hasta el año 2005 cuando se prohibió que entraran en el seminario personas con inclinación homosexual.

En el caso anterior -no es el único- no me ha quedado más remedio que recomendarle a la mujer -a la víctima debería decir- que tramitara su nulidad matrimonial. Un matrimonio así es una farsa, una simulación, en realidad nunca ha existido. Pero claro, no es fácil tomar esa decisión, no resulta sencillo explicarles a los hijos que su papá en realidad es gay, y hacerles tomar conciencia -¡qué duro!- de que su existencia es simplemente el resultado de la estrategia para “cumplir las expectativas sociales” de su padre o, dicho más crudamente, que su vida es fruto de un maquiavélico plan para cuidar las apariencias; una obra teatral que ha dado como fruto su propia existencia. Por eso, algunas mujeres prefieren seguir como siempre, en atención a los hijos, desarrollando su papel en la inhumana obra de teatro, en la que involuntariamente se han visto forzadas participar. Finalmente, todo hay que decirlo, es más sencillo que ellas se acostumbren a no tener intimidad sexual, a que lo haga su marido. Lo injusto de esta situación resalta, pues el marido lejos de “estar a dieta”, tiene intimidad sexual “bajo el agua”, es decir, mantiene una vida sexual activa, de carácter homosexual, que oculta hábilmente a la sociedad y a su propia esposa, hasta que ella lo descubre (el celular siempre traiciona).

De todas formas, siempre es bueno “vivir en la verdad” o, por lo menos, intentarlo. No es bueno ni saludable vivir en la simulación. Una de las “ventajas” de nuestra sociedad permisiva es que ya no son necesarias esas simulaciones. Las personas homosexuales tienen ahora todo tipo de salidas airosas -de hecho, están de moda, ahora son privilegiadas-, de manera que ya no se ven forzadas a arruinarle la vida a su esposa/o respectivamente o, peor aún, probar suerte en el seminario.

Quien malas mañas ha, tarde o temprano las pagará. El caso del príncipe Andrés.

Quien malas mañas ha, tarde o temprano las pagará. El caso del príncipe Andrés.

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La mayoría de las personas asocian a los miembros de la realeza únicamente con el aspecto ceremonial –casi decorativo– que cumplen las familias reales en algunos países europeos (por ahora, dejemos de lado a las monarquías asiáticas, que tienen mucho más poder político real).

Sin embargo, en los últimos años, los escándalos en los que se entrecruzan el mundo de la realeza y el de las finanzas, han hecho que los nombres de algunos miembros prominentes de familias reales salten de las páginas de las revistas del corazón a los titulares de la prensa, lo que pone de manifiesto un aspecto poco discutido de la realeza: más allá de sus diversas funciones constitucionales, un título real trae consigo una influencia social que puede ser muy apreciada en el ámbito de los negocios, y eso rosa peligrosamente con el tráfico de influencias y los vicios que se le asocian.

El caso más reciente ha sido el del príncipe Andrés, duque de York, el tercer hijo de la reina Isabel II del Reino Unido, que no sólo se ha visto involucrado en problemas económicos, sino en un escándalo sexual que ha ensombrecido el ya de por sí complicado panorama actual de la familia real inglesa.

Príncipe Andrés en una conferencia en Belfast, 2013. Crédito: Titanic Belfast.

El príncipe Andrés nació el 19 de febrero de 1960, cuando la reina Isabel y el príncipe Felipe, duque de Edimburgo, habían superado ya las crisis matrimoniales de su juventud y pasaban por una época feliz como pareja. Quizá por eso, la reina sintió siempre un especial cariño por ese hijo que, según se dice, es su favorito.

Después de un paso brillante por el internado de Gordonstoun –donde su hermano, Carlos, había fracasado estrepitosamente– Andrés ingresó en la Marina Real, en la que llegó a alcanzar el grado de Vicealmirante.

Durante la Guerra de las Malvinas, y con el apoyo de la reina, el príncipe Andrés se integró a la tripulación del portaviones Invincible, en el que se desempeñó como piloto de helicóptero en diversas misiones, tanto de ataque como de rescate.

Cuando regresó al Reino Unido, Andrés comenzó una relación formal con Sarah Ferguson, una antigua amiga suya, que provenía de una familia aristocrática con antecedentes militares.

Fergie, como se le llama popularmente, era conocida por ser extrovertida y alegre. Por haberse conocido desde niños, la relación entre ella y el príncipe Andrés se desarrolló con bastante naturalidad, a diferencia de lo que había pasado con la pareja formada por los príncipes de Gales, Carlos y Diana.

En marzo de 1986 se hizo el anuncio formal del compromiso entre Andrés y Fergie. Con ocasión de la boda, que se celebró el 23 de julio de ese año en la abadía de Westminster, la reina concedió a su hijo el prestigioso ducado de York, que había pertenecido a su padre, el rey Jorge VI.

Andrés y Sarah tuvieron dos niñas, las princesas Beatriz y Eugenia, y aunque el matrimonio parecía ser el único bien avenido de la familia real, las obligaciones militares de Andrés lo mantenían fuera de casa por largas temporadas. Según ha revelado Fergie, en esa época llegaron a vivir juntos sólo 40 días al año.

El matrimonio duró una década, pero finalmente decidieron divorciarse cuando la prensa dio a conocer fotografías que confirmaban los rumores de relaciones extramaritales por parte de la duquesa. A pesar de todo, Andrés y Fergie mantuvieron una relación cercana y forjaron una amistad que sigue hasta la fecha.

Ya divorciado y relevado de sus obligaciones militares, el príncipe Andrés decidió dar un giro a su vida y comenzó a dedicarse al fomento de los intereses comerciales del Reino Unido, como promotor de inversiones de alto nivel. 

Por esa época, una conocida socialité británica llamada Ghislaine Maxwell presentó al príncipe con el millonario norteamericano Jeffrey Epstein.

Ghislaine Maxwell
Jeffrey Epstein

Epstein era uno de los asesores financieros mejor conectados en los Estados Unidos, entre sus clientes y asociados se contaban personajes tan prominentes como Bill Clinton, Donald Trump o Bill Gates. El duque de York no lo dudó y comenzó una relación personal con Epstein al que, durante los siguientes 12 años, llegó a hospedar en la residencia real de Sandringham o a invitarlo a la fiesta cumpleaños de su hija mayor, la princesa Beatriz; además de haber compartido con él viajes tanto de negocios como de placer.

La investigación del caso Epstein develó que su modus operandi era el de ofrecer encuentros sexuales con menores a hombres de alto perfil, a cambio de jugosos negocios y contactos. Dichos encuentros tenían lugar en las múltiples propiedades de Epstein, tanto en los Estados Unidos como en su residencia de lujo en las Islas Vírgenes, a donde él y sus invitados volaban a bordo de un jet privado al que se conocía como el Lolita Express.

Cuando se revisó la lista de personajes que habían volado en el Lolita Express apareció, entre otros, el nombre del príncipe Andrés, lo que atrajo de inmediato el interés del público británico. Además, una de las víctimas de Epstein, la norteamericana Virginia Giuffre, lo acusaba directamente de haber mantenido relaciones sexuales con ella, cuando Virginia tenía apenas 17 años.

Con el propósito de acallar los rumores, Andrés tomó la decisión de dar una extensa entrevista a la BBC. El resultado no pudo ser más contraproducente.

Confrontado con la evidencia de una fotografía en la que se veía al príncipe tomando por la cintura a la joven Virginia, el duque de York sólo acertó a decir que no recordaba haberla conocido y que creía que esa fotografía estaba manipulada.

Extracto de la entrevista con la BBC.

Su “coartada” era que el hombre que aparece en la fotografía lleva un pantalón oscuro y una camisa abierta y que cuando él sale en Londres siempre lleva traje y corbata; además, refirió que, según el relato de la víctima, la noche en la que dice haber sostenido relaciones con el príncipe, éste sudaba abundantemente y, según el propio Andrés, debido a un choque de adrenalina que sufrió en la Guerra de las Malvinas, él prácticamente no suda. Además, abundó, en la fecha del supuesto encuentro, él se encontraba en la ciudad de Woking, a una hora de Londres, y como su exesposa se encontraba de viaje, no podía haber dejado solas a sus hijas adolescentes esa noche.

Los argumentos del príncipe fueron ampliamente ridiculizados por la prensa. Básicamente se resumen en que él no suda, ni se quita nunca el saco y la corbata en Londres y que, siendo un responsable padre de familia, no podía darse una escapada de una noche.

En vez de convertirse en la operación de control de daños que él planeaba, la entrevista propició que el príncipe tuviera que renunciar a todos sus compromisos púbicos como miembro activo de la familia real, lo que le supuso una pérdida de ingresos de cerca de medio millón de libras esterlinas al año.

Pero, además, la irrisoria defensa pública del príncipe fortaleció la posición de Virginia Giuffre quien, a finales de agosto de 2021, lo demandó por la vía civil en los Estados Unidos, exigiendo una reparación por abuso sexual.

La demanda fue notificada a los abogados del príncipe en Londres en septiembre del mismo año. Después de la notificación, el equipo legal de Andrés tuvo acceso a los documentos de un acuerdo entre Jeffrey Epstein y Virginia Guiffre, por el que ella recibió una indemnización a cambio de liberar de responsabilidad a todos los socios o asociados de Epstein. En virtud de tal acuerdo, los abogados del príncipe solicitaron a la corte de Nueva York que desechara el caso por falta de legitimación de la demanda, pero su solicitud fue denegada.

Por tratarse de una demanda civil, la libertad del príncipe nunca estuvo en riesgo, sin embargo, la posibilidad de que tuviera que responder por sus actos frente a una corte norteamericana y, sobre todo, que fuera declarado responsable de un abuso sexual, suponía una amenaza devastadora para la imagen pública de la Corona, que se ha visto ya muy afectada en fechas recientes por los agrios desencuentros públicos entre el príncipe Harry y el resto de la familia real.

Pero, aunque la posición de Virginia Giuffre siempre fue que ella buscaba una reivindicación pública frente a uno de sus abusadores más que una compensación económica, el 15 de febrero de 2015 llegó a un acuerdo extrajudicial con la defensa del príncipe, lo que puso fin a la posibilidad de confrontarlo en juicio.

Aunque la suma final del acuerdo no fue revelada, las filtraciones de prensa apuntan a una cantidad que ronda los 15 millones de dólares. Dada la actual situación financiera del príncipe, todo indica que tanto sus gastos legales como el pago del acuerdo serán solventados por la reina Isabel quien, además del presupuesto que recibe del gobierno británico, posee una cuantiosa fortuna privada, derivada de las rentas y productos de un conjunto de empresas y propiedades vinculadas con el ducado de Lancaster, del que es titular. Los ojos del público británico están atentos a que ni una libra de dinero público sea gastado en el príncipe Andrés, quien también ha sido despojado de todos sus honores militares.

A sus 62 años, y ya abuelo de un niño y una niña, Su Alteza Real el príncipe Andrés duque de York enfrenta un incierto futuro. Por ahora depende enteramente de su madre quien, a los 95 años, está celebrando el jubileo por sus 70 años en el trono de la Gran Bretaña. Pero cuando en el futuro –necesariamente no tan lejano– el trono sea ocupado por su hermano, el príncipe Carlos, su situación podría volver a complicarse, pues todo apunta a que el príncipe de Gales planea hacer un amplio recorte a los privilegios de la familia real extendida y limitarlos al núcleo directo del monarca y su heredero.

El juego del calamar es real

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A propósito de
El juego del calamar, 2021
Director: Hwang Dong-hyuk

Muchos ricos son completamente capaces (moralmente) de organizar unos juegos así, en los que apuesten y disfruten con la muerte y la miseria de otras personas (vaya, hablar de ‘ricos’ es una simplificación: me refiero a ese puñado de personas exageradamente ricas y con un poder desmesurado, como los dueños de monopolios gigantes). Bien, esa es una manera de ver la serie: pensar que son capaces. Pero, ¿qué tal que, de hecho, lo hacen? No me refiero a que exista una isla con un verdadero Juego del calamar. Quiero decir, más bien: ¿qué tal que la codicia de ciertos ricos, su afán de crecimiento de capital a toda costa, y su amor por placeres ridículos y, en varias ocasiones, denigrantes, son la causa de que muchos humanos (las clases bajas, sobre todo) sufran y se ahoguen en mares de escasez y de violencia? Esos ricos saben que muchos de sus placeres son posibles sólo a cuestas de la precariedad de la mayoría de la población mundial. Podríamos preguntarnos si verdaderamente lo dimensionan.

No hace falta decir que los pobres no quieren ser pobres y que muchos de los problemas sociales están vinculados con la desvalorización de la vida de los más necesitados. Por ejemplo, con el abaratamiento de su trabajo o la trata de personas. El juego del calamar es una metáfora de lo que realmente sucede. Pero ¡ALERTA!: si temes que te arruine la trama, te recomiendo leer esto después de ver la serie.

En una de las escenas finales, vemos a Oh Il-nam, el anciano que está detrás del juego, en su lecho de muerte, acompañado de Seong Gi-hun, el protagonista. Están dentro de un edificio alto, con ventanales que permiten observar la ciudad. El anciano señala a un hombre tirado en la calle, abandonado, y apuesta a que nadie se detendrá a levantarlo antes de la media noche, de modo que, probablemente, morirá de frío entre la nieve.

No estoy seguro de que los directores y productores de la serie sean conscientes de la religiosidad de dicha escena. Prácticamente, el anciano está preguntando si pasará por allí el buen samaritano. ¿Hay alguien acaso, en este mundo, a estas alturas, que practique la caridad? La parábola del buen samaritano es cristiana; no obstante, la invitación a la compasión y a la caridad la comparten varias religiones.

Al final de la escena, vemos cómo alguien pasa y salva al pobre hombre. Hay esperanza. Es curioso: era muy fácil ganar la apuesta. Bastaba con que Seong Gi-hun (el protagonista) bajara por el ascensor, saliera a la calle y salvara al necesitado. Sin embargo, no lo hizo. Tuvo que venir alguien más.

También es curioso que el único personaje explícitamente religioso de la serie sea tan irritante. No deja de rezar en voz alta cuando los demás necesitan silencio, y sus diálogos o intervenciones resultan imprecisas (en el mejor de los casos) o, incluso, del todo inconsistentes con la teología de la tradición cristiana. El personaje pretende ser cristiano, pero su caracterización muestra una religiosidad lo suficientemente distorsionada como para mofarse de ella.

El financiero, en cambio, es uno de los personajes mejor delineados. En todo momento, calcula fríamente el riesgo de sus alternativas, diversifica su portafolios y opta por las decisiones más seguras. Sus amistades son una especie de inversión, o de riesgo compartido, hasta que dejan de convenirle. Incluso su suicidio admite esa lectura: se invierte a sí mismo para garantizarle el dinero a su madre: compró en su lecho de muerte un seguro de vida. Más aún, comete un error característico de los financieros: cree que ha llegado al final de juego (esto es, que le ha ido bien) por su propio mérito, sin reparar en que la suerte ha tenido un papel. Es uno de errores frecuentes que Mihir A. Desai, profesor de administración y finanzas en Harvard, señala en su libro La sabiduría de las finanzas.

En resolución, más allá de los personajes, (religiosa o no) ésta es la propuesta de la serie: el remedio contra el tedio y el sinsentido de los millonarios, por una parte, y contra la violencia y la miseria del mundo, por la otra, es nada más, y nada menos, que la caridad. En la primera escena, en cuanto abre la serie, vemos la explicación del juego: cuando pierdes, mueres de verdad. Como contraparte, en este mismo mundo de real injusticia y miseria, cuando amas al prójimo, vives: vives de verdad.

Por Alberto D. Horner
Twitter: @HornerAlberto

Nota: ésta NO es una serie para niños.

Una oferta que no podrás rechazar: del Padrino a Gomorra

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Llegamos a Catania, Sicilia, cuando ya estaba oscuro. Tomamos el autobús hacia el centro y nos bajamos en el puerto. No era un malecón en el que se pudiera pasear, sino que era la zona del puerto de carga, con contenedores y barcos gigantes. En resumen: una zona poco turística. 

Al menos otras cuatro personas se bajaron en la misma estación. Los autos y motonetas no se detenían, así que le dije a Steffen, mi compañero de viaje, que ignorara su mentalidad alemana, porque cruzaríamos la calle a la italo-mexicana. Después de varias semanas se acostumbró, aunque realmente le fastidió la velocidad y la falta de reglas viales. 

Una vez, del otro lado, continuamos derecho al menos cuatro cuadras más. Cabe destacar que era una calle empinada de un sólo sentido, aunque esto no evitaba que se estacionaran. Habían varias bolsas de basura y un polvo negro –al día siguiente a plena luz me di cuenta de que el polvo negro era ceniza del volcán Etna- la zona se veía un poco descuidada y nos pusimos nerviosos. Finalmente, giramos a la izquierda en una estrecha calle, obscura y solitaria. Steffen me preguntó si llegamos a la dirección correcta. Eso es lo que marcaba el mapa, pero, si el lugar estaba muy mal, al día siguiente buscaríamos otro. 

Edificios abandonados en Catania. Foto: A. Fajardo

Cuando reservé la habitación me fijé que era un lugar muy céntrico a un precio relativamente razonable. Después leí en los comentarios que los turistas percibían que el barrio no era muy tranquilo, pero, para los primeros días en que no tendríamos un auto, estaría bien. Claro que después, sabiendo que el mayor índice de autos robados es en Catania, preferí buscar otro lugar para la última noche. Afortunadamente, nunca utilizamos el seguro en Sicilia.

Giuseppe nos abrió el portón y, después de saludarnos, nos advirtió: “esta calle puede llevarlos directo al centro, pero mejor no la usen, especialmente de noche. Si quieren ir al centro salgan de nuevo a la calle más ancha y después caminen por la avenida o una de las calles principales. No pasa nada, pero mejor no vayan por ahí.” Teníamos hambre, así que después de dejar las maletas, caminamos hacia la calle principal y encontramos un local a punto de cerrar en el que compramos una arancina, que es un plato típico siciliano, una bola de arroz empanizado relleno de Ragù u otros sabores.

Hicimos caso a la advertencia. Volvimos y cenamos en la habitación. Al día siguiente, respaldados por el sol, comprobamos que la zona no era tranquila, que en la calle por la que no deberíamos pasar había varias prostitutas y chulos. La calle estaba prácticamente vacía y aún así te sentías observado. También encontramos muchísimos edificios abandonados, un fenómeno que se observa en toda Sicilia.

Casas abandonadas en Paceco, provincia de Trapani.
Foto: A. Fajardo

Entre Sicilia y México hay muchas semejanzas: el paisaje –las buganvilias y nopales– a veces árido, otras montañoso, es una de ellas, pero sobre todo la gente amable, dispuesta a ayudar y de carácter alegre. Otra semejanza se observa en los cambios radicales de zonas: caminas por un lugar normal y, si te desvías una calle, entras a un barrio que ya no es bonito, ni limpio, ni tranquilo. Esto sucedió varias veces, pero recuerdo una especialmente. 

Hace más de ocho años estuve una semana en Palermo y fue un tiempo fantástico, así que quería rememorar aquella semana de mi juventud. Y claro que lo hicimos, por ejemplo, cenamos en el mercado de la Vucciria, justo como lo hice hace años con mis amigos, aunque ahora el mercado es bastante popular, especialmente para los turistas. Buscando las calles que antes había recorrido, de pronto, nos encontramos caminando en una zona en la que nos sentimos un poco inseguros, las calles y los edificios se notaban abandonados y lo único que pudimos hacer es caminar lo más rápido posible e intentar orientarnos buscando la catedral. No me espanta. Lo mismo sucede en México.

Ni siquiera era el barrio más peligroso; aquel en el que los policías viven acuartelados en la estación -como  nos contó un amigo que además es militar- en el que el ejército entra como si estuviese en situación de guerra: siempre en contacto con la caserma, monitoreando sobre todo su entrada y salida. Mi amigo confesó que al entrar al barrio Zen1, en la zona de Brancanccio, experimentaba el mismo estado de alerta que el periodo que pasó en Afganistán. No es una exageración. En las zonas en las que estas organizaciones mandan, la mortandad es equiparable a las zonas en guerra. 

Streetart en algún barrio palermitano. Foto: A. Fajardo

Las semejanzas más brutales y tristes entre México y Sicilia son las causas y efectos de las organizaciones criminales: los narcos y la mafia. No hablo de la romantización que se ha hecho de estos personajes, sino de las familias destruidas, la mala fama que acarrea, la libertad aprisionada y sus consecuencias. 

La trilogía de El padrino de Francis Ford Coppola es una de las obras maestras del cine y también de mis películas favoritas. Todo comienza y gira en torno de la vendetta, un concepto crucial para comprender la antigua mafia. Vito Andolini sufre el asesinato de su padre a manos de un jefe mafioso (Don Ciccio) que, para evitar que se vengara en el futuro, decide también matarlo a él. Porque la venganza se transmite de generación en generación. Así que su madre lo envía a Estados Unidos. 

No es mi intención reseñar la trilogía, sino abrir la conversación. Basta con mencionar que, tras establecerse en Nueva York, Vito Andolini se convierte en Don Vito Corleone (Marlon Brando y en su juventud Robert De Niro) un importante jefe mafioso, el padrino, quien hacía ofertas que no podrías rechazar. 

Stencil Don Vito Corleone en el mercado de la Vucciria, Palermo. Foto: A. Fajardo

Sonny y Fredo siguen los pasos de su padre en el negocio y Michael (Al Pacino) prefiere mantenerse al margen. Sonny muere tras querer vengarse de un intento de asesinato a su padre y eso lleva a que Michael lo vengue y tenga que huir por un tiempo a Sicilia. En pocas palabras, Michael toma el lugar de Don Vito y se convierte en el padrino; y en la última película su sobrino tomará su lugar. 

Como dato cultural, las escenas de El padrino no fueron filmadas en Corleone, sino en el pequeño pueblo sobre un acantilado llamado Savoca y que es considerado uno de los más bellos de Italia, y donde todavía puedes sentarte a tomar un café en el mítico Bar Vitelli, el lugar en el que Michael le pide al padre de Apollonia conocerla. La iglesia en la que Apollonia y Michael se casaron es de la Santísima Anunciación en el pueblo de Forza d ́Agrò; la famosa Villa en la que explota el automóvil se encuentra en Fiumefreddo di Sicilia, un sitio en las faldas del Etna.

Bar Vitelli en Savoca. Foto: A. Fajardo.

Una de las escenas más impactantes y mejor logradas de la historia del cine: el intento de asesinato a Michael mientras en el fondo suena la opera Cavalleria Rusticana y culmina con la muerte de su hija, sucede en el Teatro Massimo de Palermo.

¿Por qué no filmaron en Corleone si todo te hace pensar que el origen de la familia es corleonesi? La película está ambientada en los años 50, pero fue filmada en los 70, así que para ese entonces Corleone no era el sitio adecuado. Estaba demasiado modernizado. 

Se ha especulado mucho sobre quién inspiró el personaje de Don Vito. Incluso en una entrevista, Mario Puzo, afirmó que algunas historias se las contaba su madre cuando era niño y que se inspiró en ella para crear a un personaje fuerte y sabio. Aunque, claro, también tuvo que documentarse sobre la mafia y para ello hay dos personajes clave: Carlo Gambino y Totò Riina.

Teatro Massimo, Palermo. Foto: A. Fajardo.

Carlo Gambino fue el líder de la Familia Gambino, una organización que existe hasta la fecha y sus negocios se diversificaban entre el transporte, construcción, sindicatos y recolección de basura. Gambino nació en la provincia de Palermo y emigró a Estados Unidos en 1921. En los años 50 fue elegido el jefe de la mafia en Nueva York; mantenía el perfil bajo y se oponía al narcotráfico. También se relacionó con políticos e, incluso, con Frank Sinatra. Vivió 74 años, de los cuales solamente 22 meses estuvo en prisión; tuvo tres hijos y su primo Paul Castellano tomó su lugar cuando murió. Con esta breve información, casi podemos afirmar que la vida ficcional de Don Vito Corleone es casi idéntica a la de Carlo Gambino. Especialmente por su oposición al narcotráfico. Recordemos que en la película, el dinero provenía de la protección (pizzo), transportes, sindicatos, construcción, armas y después Fredo introdujo los casinos. 

Pero como siempre ocurre, la realidad supera a la ficción y, aunque la mafia comienza así y claramente diversifica sus negocios, también es evidente que se ha liado con el narcotráfico, especialmente la cocaína.

Roberto Saviano escribe en el libro Cero, cero, cero: Cómo la cocaína gobierna el mundo al respecto y analiza cómo los narcotraficantes blanquean el dinero; las conexiones entre estas organizaciones sobrepasan fronteras; no es casualidad que en la última captura del Chapo encontraran una copia de este libro entre sus pertenencias. De cierta forma, la figura del Padrino ha inspirado a más de uno e incluso existe una versión mexicana: el padrino Miguel Ángel Félix Gallardo, el jefe de jefes o el zar de la cocaína; líder en los 80´s del cártel de Guadalajara. 

Portada italiana del libro “Cero, cero, cero” de Roberto Saviano.

La vida de Salvatore (Totò) Riina no es tan semejante a la de Carlo Gambino, pero es posible que también influyera a Puzo y sin duda marcó la región y ha sido uno de los capos más influyentes. Riina nació en 1930 en Corleone; la provincia era muy pobre y la familia pasaba hambre, un día su padre y hermano encontraron una bomba americana en el campo y decidieron abrirla para vender el metal y la pólvora, pero explotaron. Tras la muerte de sus padres se acercó al mafioso local, Liggio, que trabajaba para Don Navarra, el capo de Corleone. Basta decir que, con tan sólo diecinueve años, Totò Riina fue condenado a doce años en prisión por homicidio. En 1956 es liberado y junto con Liggio comienza una lucha. Uno tras otro eliminan a los hombres de Don Navarra, pero para 1963 es nuevamente encarcelado por portar un arma sin permiso y documentos falsos. En 1969 es puesto en libertad por “insuficiencia de pruebas”, lo que significa que amenazó a los jueces y sus familias. Él, Liggio y Provenzano ganaron fama de sanguinarios, y comenzaron a hacer negocios con las familias palermitanas de la Cosa Nostra. 

Totò Riina fue relacionado con la masacre de la calle Lazio, en la que eliminaron al capo rebelde Michele Cavataio. Tristemente la mafia llegó al estado y formó su escuadra política, como en el caso de Vito Ciancimino quien fuera alcalde de Palermo en 1971 y tenía evidentes conexiones mafiosas. 

En 1978, comienza una guerra entre las familias mafiosas para eliminar a los viejos capos, pero también a políticos y procuradores que luchan contra la mafia como: Piersanti Mattarella, Pio La Torre, Rizzotto, Della Chiesa, Bernardino Verra y los famosos asesinatos de los procuradores del Maxiproceso de 1992: Giovanni Falcone y Paolo Borsellino. Los dos últimos asesinatos fueron la gota que derramó el vaso, la gente estaba harta y en 1993 arrestaron a Riina, quien murió en 2017 a los 87 años. 

Mural Bernardino Verro, General Carlo Alberto della Chiesa y Placido Rizzotto en el CIDMA, Corleone. Foto: A. Fajardo

Sea quien sea la inspiración de Mario Puzo, entre la mafia de la pantalla y la real existen algunas inconsistencias. En primera, nos muestran hombres bien vestidos y con gabardinas, acorde a la moda de los años 50, y de ahí no hemos podido modificar mucho nuestro imaginario. Cuando la mayoría de las veces ni siquiera se ven como los imaginamos. Roberto Saviano analiza sobre todo el caso de los narcotraficantes mexicanos, que quizá antes usaban camisas a cuadros, botas y sombreros, pero ahora los hijos estudian en universidades prestigiosas, hablan inglés fluidamente, son expertos en negocios y marketing, se visten con trajes de Armani y relojes carísimos.

En segunda instancia, nos los muestran como hombres honorables y de familia; claro que tienen una familia, pero tendríamos que repensar en qué clase de vida sumergen a sus hijos y a sus esposas. Como último punto, afirma que respetan por sobre todas las cosas a niños y mujeres. Pero entonces ¿qué sucedió con Giovani De Mattei en 1993 y Cocò Castelongo en 2014? 

El pequeño Giovanni era hijo de un hombre que decidió hablar con la policía y al que transfirieron a una localidad protegida. En 1993, unos hombres vestidos de policía secuestraron a Giovanni. El pequeño estuvo mucho tiempo secuestrado hasta que finalmente el boss decide asesinarlo y deshacer su cuerpecito en ácido.

El pequeño Cocò tenía 3 años, su madre Maria Antonia Ianicelli estaba en prisión por asociación delictiva. El pequeño y sus hermanas vivían en casa de sus abuelos, pero era una familia perteneciente a la ́ Ndrangheta. 

Giuseppe Ianicelli, el padre de Maria Antonia, era un capo de poca monta que pasó varios años encarcelado. Cuando salió de la cárcel, su hija pensó que quizá querría cambiar de vida, pero Ianicelli empezó a formar un nuevo clan. Cuando Ianicelli salía a la calle, utilizaba de escudo al pequeño Cocò y a su amante, una chica marroquí. Los tres fueron asesinados a sangre fría y sus cuerpos fueron quemados. En la escena del crimen dejaron una moneda de cincuenta centavos, que significaba lo poco que valían sus vidas. Maria Antonia Ianicelli narra el suceso en el documental Mafia is Cose Nostre (2018). El acto conmocionó a toda Italia. ¿Qué hay del respeto por los niños y las mujeres? Nulo. Esa es la verdadera cara de la mafia.

Busto de Bernardino Verra en Corleone. Foto: A. Fajardo

La mafia surgió en el siglo XIX tras la unidad de Italia, sobre todo en tres regiones -Sicilia, Calabria y Nápoles- como una asociación delictiva que imitaba las estructuras de las asociaciones secretas y usan métodos de represión e intimidación. Su mayor poder era precisamente el silencio, para moverse entre las sombras.

Nunca es demasiado tarde para hacer los matices pertinentes y es que, aunque el gusto por el crimen, la violencia, el silencio y los métodos suelen ser parecidos, al grado de que todo lo englobamos en la abstracción de “mafia y mafiosos”, hay que distinguir también sus diferencias, que no son únicamente regionales.

En Sicilia se encuentra la mafia o Cosa Nostra, que es la estructura jerárquica que observamos en las películas y que emigró a los Estados Unidos: los soldados son los que simplemente ejecutan órdenes; después está el Capodecina o sea el jefe de diez esbirros y cada capo de familia tendrá a un Consigliere o consejero que le ayuda en la toma de decisiones. Tres familias conforman un mandato, que a su vez está bajo las órdenes de la comisión provincial. El capo de todas las comisiones es el Capo dei capi o jefe de jefes y es la punta de la pirámide. Aunque se habla de familias, no por fuerza tienen una relación sanguínea; además de que los jefes son regularmente votados.

En Calabria mandan los capos de la ´Ndrangheta, su nombre significa irónicamente “actúo como un hombre decente”. Es la única mafia que tiene negocios en los cinco continentes y la mafia más rica de Europa. Se consideraba que era la menos poderosa, porque actúa en zonas rurales y por eso no es el centro de la noticia, sin embargo, al subestimarla y perseguir a la Camorra y a la Cosa Nostra, le dieron pie a que creciera. Si estás ocupado con el chico problemático y que hace mucho ruido, descuidas a los otros y es posible que surja una nueva cabecilla. Justamente esto sucedió con la ´Ndrangheta, que controla el negocio de la cocaína, los juego de azar y los desechos tóxicos y radioactivos. Aunque también hay cierta jerarquía, el poder se hereda de padres a hijos. 

En Nápoles se encuentra la Camorra, que es una organización más horizontal. Hay varios clanes y cada uno tiene su propio boss y jerarquía. Es un poco menos estable que las otras dos, precisamente por la guerra entre los clanes que luchan entre sí, como el clan de Raffaele Cutolo contra el clan de la Nuova Famiglia. En los años 80 se contaban 32 clanes, pero ahora hay por lo menos 108, además de que se pensaba que era una variante desorganizada de la mafia. Del 2004 al 2007 fueron los años más sanguinarios y aunque la mayoría de los muertos pertenecen a un clan, siempre hay por ahí una bala perdida.

Roberto Saviano escuchaba por una radio cuando alguien informaba sobre un crimen y a veces llegaba antes que la policía, en su scooter, para registrar e investigar. Así fue como comenzó sus investigaciones sobre la Camorra y los clanes Di Lauro, Nuvoletta y dei Casalesi. En 2006 -a los 29 años- publicó el libro Gomorra y en 2008 Matteo Garrone dirigió la película, que ha sido una de las más vistas en Italia. El libro también fue todo un éxito publicado en 52 países. Saviano desmanteló la estructura y la Camorra lo amenazó de muerte, de cierta forma, la fama del libro lo condenó a vivir como persona protegida. Aunque afirma que el interés por sus palabras lo mantiene seguro, cuando la atención mediática decayera, entonces correría más peligro.

Portada del libro Gomorra de
Roberto Saviano.

Ya desde el principio es escalofriante, Gomorra comienza en el puerto de Nápoles. Cargan un contenedor. Cuando lo abren, caen los cuerpos de aquellos migrantes chinos que son explotados para producir falsificaciones de bolsas, zapatos y ropa. Llegan muchas personas y cargan como si fuera algo muy normal los cuerpos en otro contenedor. Cuando los migrantes chinos mueren, utilizan los mismos documentos, para que otro emigrante chino lo reemplace y, a cambio, la mafia transporta sus cuerpos a China para que los entierren. Incluso uno de estos diseñadores hizo un vestido que fue utilizado por una celebridad en una alfombra roja, aunque, claro, el diseño era de una gran casa de moda, no de un sastre chino oculto en alguna provincia napolitana. Pero las falsificaciones no son el único negocio de la Camorra, otro muy productivo es el tratamiento de los desechos tóxicos, que simplemente son botados en un orificio de la tierra, traspasando el manto acuífero y produciendo enfermedades entre los pobladores. La Camorra no solamente tiene el negocio de la droga, sino que con estos otros negocios incluso puede ramificarse hacia negocios que aparentemente son limpios y dentro del sistema. La denuncia más triste es la de los chicos que desde pequeños están envueltos en este mundo, que quieren imitar al gánster del momento, a las películas y que se convierten en copias burdas, que se prestan para hacer las tareas más básicas de recaderos, pero que poco a poco suben escalones en el clan.

Curiosamente, narra Saviano, la mayoría de los capos, cuando no son eliminados entre ellos, cometen deslices que les pueden resultar caros: la mayoría han sido descubiertos al salir de sus escondites, al reunirse con alguna mujer. Cabe resaltar, que aunque se consideren hombres de familia, se les encuentra cuando no pueden soportar por más tiempo eludir un encuentro con sus amantes. Rechazan tanto los pequeños placeres cotidianos, que terminan arriesgando todo por cinco minutos de un polvo frenético. El patrón se repite, es parte de su naturaleza.

Saviano no es un idealista y tampoco un temerario, sino que denuncia con valentía, justo como exhorta Paolo Borsellino: “Hablen de la mafia, hablen en el radio, en televisión y en los periódicos. ¡Pero hablen!” Saviano habló y ahora vive las consecuencias, y aunque es una vida dura, hizo lo que tenía que hacer. Porque parte de la solución del problema es señalarlo y delimitarlo para poder hacer un plan de acción.

Manta Falcone y Borsellino. Foto: Orzetto.

El poder de la mafia radica justamente en el silencio, que la muestra como algo casi inexistente, pero cuando la nombramos y pasamos de las abstracciones a las personas concretas también la lucha se materializa. Además de que es preciso observar su evolución, para estar preparados. Las organizaciones criminales han cambiado con el tiempo, del silencio absoluto han pasado a los perfiles de Facebook y vídeos de TikTok. Hace algunos meses publicaron en el periódico Frankfurter Allgemeine (FAZ) una nota sobre cómo la mafia utilizaba el TikTok y la cultura popular, como en el caso de Emanuelle Sibillo un boss de diecinueve años que murió en una guerra de clanes. Algunos hacen videos en los que besan su busto o se muestran emocionados visitando una capilla que levantaron en su honor. Además de que Sibillo subía a Facebook varios vídeos donde mostraba su poder, para amedrentar y reclutar jóvenes. Otro caso es la Fanpage de Vincenzo Torcasio, alias Japan, de la ´Ndrangheta, que aunque está en prisión con una condena de 30 años, su cuenta tiene aproximadamente ochenta mil seguidores. Ellos no son los únicos, en México, los narcos comenzaron a subir en el –arcaico– Youtube sus propios vídeos mucho antes de que estas nuevas generaciones de camorristas utilizaran el TikTok. 

Estas páginas de personas públicas, son una de las tantas hipocresías de Facebook, por mencionar otra, están los grupos que sin lugar a dudas son pedófilos y en los que incluso podría haber un mercado de trata. Pero claro, eso no es nada, en lugar de eso, es mejor bloquear contenido y memes que podrían herir susceptibilidades de corrección política. 

Un punto clave y peligroso es la imitación. Si deslizamos nuestro dedo en TikTok nos aparecen vídeos de lo más variados y entre ellos podría haber alguno de un camorrista, en la que los emojis tienen otro significado y son propiamente un lenguaje secreto aunque a la vista, y los niños y adolescentes los miran sin discernir lo que ven. Consumen contenido mafioso y como muestran el lado cool de los viajes, los relojes, los autos y las mujeres, pueden comenzar a imitar y ponerse en contacto con ellos. Mi denuncia no es nueva y los efectos se ven desde hace algún tiempo: los niños en Sinaloa disfrazados de sicarios, las mujeres que se operan de acuerdo con la estética que les gusta a los narcos, los niños que cobran dinero a sus compañeros para no molestarlos.

Quizá las series sobre Pablo Escobar y Narcos (Colombia y México) muestran más la crudeza, pero también de cierta forma muestran un tipo de vida que a algunos les puede resultar atractiva. Lo peor es que también se genera cierta empatía y admiración. Y así es como llegamos incluso a “documentales” como el de Kate del Castillo y su encuentro con el Chapo. 

La romantización de la mafia ni siquiera muestra por completo las jerarquías, porque obviamente no vivirán con los mismos lujos el jefe que el sicario. Y ni siquiera muestran la mayor paradoja: jefes millonarios que viven escondidos en cuchitriles, porque el dinero no les compra la libertad. 

Archivo de la policía: Salvatore (Totò) Riina.

No me refiero solamente a la libertad contrapuesta con la prisión, sino que en algún punto la persona deja de pertenecerse. Obedecen órdenes, casi como androides, sin importar su jerarquía. Aunque tienen el dinero y las excentricidades para tener un zoológico como Escobar, un Cadillac como Al Capone, celulares bañados en oro, o un mausoleo que parece mansión; al mismo tiempo viven sin libertad, escondidos en búnkeres obscuros o lugares en los que viven miserablemente, pero sobre todo lejos de aquellos a los que aman y con el miedo constante a perderlo todo, a la policía o a que alguien más poderoso decida asesinarte en la madrugada.

Giacomo Campiotti -el director de Prefiero el paraíso (2010), Bakhita (2009); Moscati: el médico de los pobres (2007) entre otras- filmó una película que no tiene desperdicio: Liberi da scegliere: Hijos de la ´Ndrangheta (2019) basada en una historia real. Pertenecer a la ´Ndangheta se transmite de generación en generación, al igual que la vendetta, los niños crecen rodeados de armas, odio e inestabilidad. La idea de familia es casi sagrada, sólo se confía en la familia, pero es una familia disfuncional; en la que el padre es un proveedor ausente y la madre se limita a cocinar y criar en esos valores mafiosos. Los hijos obedecen las órdenes del padre y siguen su camino: delincuencia, cárcel y muerte. Las hijas tienen que ser amas de casa sumisas, condenadas a repetir las vidas de sus madres: casarse con alguno de los hombres del clan, visitar a sus hijos en prisión y llorarles cuando mueran. 

Un juez –a pesar de la amenaza de muerte y de que otros no quisieran colaborar por miedo– le da la libertad condicional a Domenico, un menor de edad, pero establece que su madre es incapaz de cuidarlo, por lo que el estado se volverá su tutor. Para ello tiene que sacarlo de Calabria, cruzan el estrecho de Messina (entre la bota y Sicilia) y vive en una casa de acogida junto con otros jóvenes. Al principio se muestra renuente, pero después experimenta la diferencia entre una vida libre y otra en la que debe obedecer en todo al capo, entre una vida que le permite las alegrías de la vida, como cenar con amigos y nadar en el mar, a diferencia de la constante ansiedad de las armas.

Al principio la decisión fue muy cuestionada, ¿acaso las madres de mafia no tienen derechos sobre sus hijos? Sí y no. El bienestar del niño es el principal derecho y si la madre no puede garantizar que el niño tenga una vida buena, entonces tampoco debería tener ese derecho. La mafia se cultiva en la familia, por lo que esta iniciativa es una lucha contra una de las raíces más profundas de la mafia, al tiempo de que garantizas una vida digna. Los niños de la mafia están obligados a crecer muy rápido y ningún niño debería pasar por eso. 

Portada de la película Libres para elegir: los hijos de la ´Ndrangheta.

Recorrimos muchos caminos en Sicilia, evitamos las autopistas, para poder detenernos cuando quisiéramos y mirar el paisaje. A fin de cuentas el viaje era el camino. Salimos de Palermo con dirección a Villa Adriano, el pueblo en el que Giuseppe Tornatore filmó Cinema Paradiso; y dormiríamos en Corleone. El navegador a veces nos llevaba por caminos francamente intransitables, y así fue como condujimos por el monte y en carreteras curveadas en las que sólo podía pasar un auto. Terracería y del otro lado el barranco. Ahí noté que comienzo a parecerme a mi madre o que quizá confío más cuando mi padre va al volante, cualquiera de las dos opciones es posible. En algún punto tuvimos que detenernos porque los borregos nos rodearon y bloquearon el paso. Casi al final del día llegamos a Corleone, aunque semanas antes mi querida amiga siciliana me había advertido “en Corleone no hay nada”; ella se refería a que no es un lugar tan turístico. Yo ya sabía que no vería nada de El Padrino ahí, pero de todos modos pensé que si estaba en Sicilia, tenía que ir a Corleone, porque aunque no es el pueblo más bello, sí es significativo.

Borregos en la carretera siciliana.
Foto: A. Fajardo

El Centro Internacional de Documentación de la Mafia y el Movimiento Antimafia (CIDMA) estaba a punto de cerrar y nos unimos a la última visita guiada. En el centro se pueden observar varias fotografías, pero necesitas que la guía te cuente la historia de cada una, para que comprendas que la mafia tiene siempre esa doble cara. De un lado las fotos de las mujeres de los capos, con pieles en salones con mármol y bebiendo champaña; del otro lado las mujeres en la miseria sosteniendo a un hijo muerto en brazos. En este lugar aprendí que la mafia no debe ser romantizada, que debemos mostrar más su cara perversa: que el TikTok con el Ferrari y los zapatos Gucci tienen un precio de sangre; que la mafia no respeta ni a niños ni a mujeres, empezando por los propios; que viven sin libertad.

En una de las salas también se encuentran las carpetas con la documentación del Maxiproceso, son copias, pero la información es pública y además es la representación del cambio de estructura. Al principio, algún procurador investigaba a algún capo y cuando el procurador era asesinado la información también desaparecía y tenían que empezar desde cero. Con el Maxiproceso todos podían acceder a la investigación, así que si alguien era asesinado, el proceso no se detenía. De ahí la importancia de Giovanni Falcone y Paolo Borsellino.

Sala de las carpetas. CIDMA, Corleone.
Foto: A. Fajardo

Además de concientizar sobre la verdadera cara de la mafia, la población se ha revelado, especialmente los jóvenes, quienes ya no están dispuestos a vivir en la opresión y con pequeñas acciones concretas, pero poderosas, lo demuestran. Qui non si paga il pizzo, afirman con una pegatina a la entrada de algún negocio, cafetería o cooperativa. Con una mezcla de valentía y miedo resisten las amenazas y libran una batalla, porque no seguirán pagando por “protección”. No seguirán sometidos. 

Giovanni Falcone definió a la mafia en Cosas de la Cosa Nostra como un poder que abusa de los valores, como la familia y el honor:

“La mafia: sistema de poder, articulación del poder, metáfora del poder, patología del poder. La mafia, que se transforma en estado y donde el estado está trágicamente ausente. La mafia: sistema económico, por siempre implicado en actividades ilícitas, fructíferas y que pueden ser explotadas metódicamente. La mafia es la organización criminal que usa y abusa de los tradicionales valores sicilianos”.

Giovanni Falcone, Cosas de la Cosa Nostra

El poder es la facultad de hacer alguna cosa, pero al vivir dentro de una comunidad el poder tiene límites delimitados por el bien común. Es por eso que la mafia, aunque tenga poder y así lo manifiesta, tiene un poder viciado, enfermo, patológico. Tienen el poder de hacer lo que quieren y por eso no tienen escrúpulos, pero tienen una aparente libertad. Son juegos de poder, en los que viven con el ansia de perder lo que tienen. Son poderosos, pero viven ocultos en un búnker húmedo con una hornilla eléctrica y sus familias son las que pagan las consecuencias. 

La mafia ha cambiado su modo de operación, ahora llevan cuellos blancos, pero siguen manchados de sangre. Ya no les importa ser mediáticos, incluso parece que es su nueva estrategia de marketing, aunque no por ello los periodistas y procuradores dejan de ser asesinados. Su poder se extiende en el mundo y aún así son sólo un puñado en comparación con la gente de buena voluntad. Hablemos de ellos y de lo que hacen, hablemos para que los niños sigan siendo niños y no se les fuerce a crecer con las falsas imágenes, hablemos para que los niños quieran ser como aquellos que sin miedo se han atrevido a hablar.

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Monopolios tecnológicos: la resistencia es posible

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No a todos les interesa que surja un movimiento social fuerte en contra de los abusos de los gigantes tecnológicos. Muchos, incluso, no creen que haya abusos. Otros no quieren que surja porque son ellos los abusivos. De cualquier modo, a todos les interesa saber si es posible. A unos para luchar y resistir, a otros para defenderse y a otros para precaverse.

La resistencia a los monopolios exige sabotear las redes sociales que fungen como su mejor herramienta de control. Oponerse al medio dominante representa un cambio estructural respecto de otras protestas sociales que, al contrario, buscaban instaurar su discurso en esos medios. Por otra parte, hay quienes piensan que la cuarta revolución tecnológica, tal como la estamos viviendo, es inevitable. Esa idea, propaganda de los monopolios, promueve una falta de confianza ante la libertad humana.

Las redes sociales no son malas por sí mismas, y siempre han existido desde los albores de la humanidad. La familia es una red social. El problema son las succionadoras de datos y los traficantes de atención digital como Facebook, que se disfrazan de redes sociales. Un cambio social sólo es posible si no subestimamos el poder al que queremos frenar. Para casi todos, la renuncia a estas redes significaría la pérdida de su trabajo, de su red laboral o de sus oportunidades de empleo. La renuncia es impensable, porque nos ataron con unas cadenas que individualmente no lograríamos romper. También nos clavaron un anzuelo emocional: diez años o más de vivencias íntimas y vitales registradas y entretejidas con estas plataformas. Y, sin embargo, hay alternativas para fraguar la resistencia.

Los gigantes tecnológicos no se hacen cargo de su impacto ambiental.

Estar en contra del medio dominante

Las redes sociales son la ciénaga de estos enormes ogros tecnológicos (Alphabet, Facebook, Amazon, etc.). No son las verdes praderas de la convivencia humana. Se presentan a sí mismas como lugares libres, como meros medios. Esto es, como si no fueran un acontecimiento sino sólo el lugar de los acontecimientos. Pero bien saben los comunicólogos que cada medio impone su ambiente, más aún: su estructura. Mientras más violenta la estructura, más corrosión en la vida de los usuarios.

Debido a su configuración particular, cada medio transmite ciertas ideas y moldea de cierto modo a la sociedad que lo usa. Los medios de comunicación no son neutros ni siquiera en tanto que meros medios. Su estructura promueve unas prácticas e ideas, y rechaza, cancela o amordaza otras. Si uno considera dañinas esas ideas y no quiere que terminen por aprisionarnos, mejor que busque cómo hacer la resistencia desde ahora, antes de que sea demasiado tarde.

Luchar contra el medio dominante ¿es descabellado? Como mencioné al inicio, los movimientos sociales suelen triunfar (o al menos diríamos que recorrieron la mitad escarpada del camino) cuando siembran su discurso en el medio dominante. La propaganda gay en el cine o la presencia del feminismo en los medios es ya un triunfo de esos movimientos. Pero sólo es un triunfo para algunos partidarios, porque no todos los homosexuales están de acuerdo con la visión de la sexualidad que Netflix eligió promocionar, ni todas las feministas con las perspectivas de género que los medios de comunicación legitimaron. La existencia de medios tan poderosos catapulta a algunos y se traga a otros, y no siempre ganan los más sensatos. Suelen ganar los que elevan las ventas.

Ahora bien, ¿qué pasa si el objetivo no es instaurar un discurso en el medio dominante, sino derrumbar ese medio? ¿Se necesita un medio alternativo? ¿La solución es simplemente abandonar el medio? Está la opción de resistir a los abusos de las corporaciones desde dentro de sus medios. Si simplemente abandonamos los medios, no podremos llegar a las demás personas a quienes les vendría bien, si no resistir, al menos saber exactamente de qué se alimentan las redes sociales cibernéticas. Sin embargo, la estrategia de minar al medio desde dentro consigue poco a largo plazo. Los dueños de las redes lo advertirán, calcularán las pérdidas de sus negocios y ahogarán la disidencia. O tal vez… tal vez lo hacen ya.

Esto, en el fondo, sugiere que no es posible un movimiento social así. Dados los tamaños de nuestras poblaciones, los movimientos sociales necesitan medios de comunicación para lograr la organización y la unidad indispensables. Aun así, aunque este movimiento no puede erguirse apoyado en los medios que pertenecen a los gigantes tecnológicos, sí puede apoyarse en medios alternativos en los que la tiranía de las corporaciones no sea bienvenida. Como dice una vieja canción: «iremos de uno en uno, después de pueblo en pueblo».

Las revoluciones industriales no son procesos naturales

En las discusiones sobre el tema, siempre hay alguien que recrimina como ‘neoludismo’ a la prudente cautela ante la tecnología que sobrepasa ciertas dimensiones. Porque en toda discusión se suele colar gente más interesada en escupir y sacar la lengua que en conversar y perseguir el bien. Los luditas eran artesanos que se dedicaban a destruir máquinas en el siglo XIX, en especial, máquinas de hilar y telares industriales, porque estos instrumentos les quitaban el trabajo. Suele decirse que, al final, los luditas no lograron nada. Hay una gran diferencia, empero, entre las máquinas de hilar y los sistemas computacionales de las redes sociales. Verdad perogrullesca.

Se suele decir también que vivimos la cuarta revolución industrial, y que los cambios traen cierta inestabilidad para algunas personas pero que, a largo plazo, los problemas se resolverán. Por mencionar un ejemplo, las condiciones laborales son cada vez más precarias. Cualquier cajero, vendedor, obrero o personal administrativo de un puesto no tan alto no estaría equivocado al temer que una máquina lo remplace. Sin embargo, como bien señala Kate Crawford en su reciente libro Atlas of AI, las compañías de la nueva industria necesitan muchísimo personal y trabajadores externos. El problema está más en que los humanos sean tratados como máquinas. Se les exige y explota al ritmo de las máquinas. Crawford observa de primera mano cómo el mantenimiento de la infraestructura y los robots de Amazon es impecable, mientras que sus pasillos están repletos de empleados vendados y de dispensadores de analgésicos. Los humanos no son un recurso y no nacieron para la explotación. En las múltiples huelgas y manifestaciones, los trabajadores de Amazon lo único que piden es el indispensable respeto humano, cosa que resulta demasiado pedir cuando los directivos de la empresa lo comparan con sus ambiciones.

Amazon, Centro de Distribución. Créditos: Megan Farmer.

El cambio tecnológico ha traído injusticia, irrupción a la privacidad, y un daño psicológico y ambiental tremendos. No es tan fácil pensar que la legislación pertinente vendrá y que las cosas estarán mejor que como estaban antes. Al respecto, conviene considerar dos cosas.

La primera es que la resistencia no se daría en contra de este tipo de tecnologías que permiten hablar de una cuarta revolución, sino sólo en contra de las que coincide que son de este tipo y que, específicamente, sirven a los intereses abusivos de los monopolios. La segunda es que la historia no es un proceso natural. Las legislaciones no ‘se dan’. Hay abogados y legisladores que trabajan duro para que los intereses de unos pocos no se sobrepongan al bien común. Los legisladores de este tipo (también hay legisladores perversos) deben estos logros a la práctica esforzada de su ética profesional, y no al determinismo. Lo mismo pasa con cualquier cambio histórico: no se ordenará ni será bueno si nosotros mismos no lo ordenamos y lo hacemos bueno.

Un movimiento así no revertirá la historia y quizás tampoco derribará a estos gigantes, pero sí puede limitar este imperio deshumanizante. Las personas no están hechas para la tecnología, sino la tecnología para las personas. Es posible un mundo en el que lo laboral y lo público no invadan la vida privada e íntima. Un mundo en el que puedas renunciar a darle de comer tus datos al ogro sin perder la posibilidad de un empleo decente.

Fraguar el movimiento

A nadie que esté enterado del funcionamiento de los algoritmos de Facebook y del condicionamiento continuo, subrepticio y agresivo que imprimen en sus usuarios, le parecerá descabellada la resistencia. Las personas que trabajan en puestos significativos de la compañía por supuesto que también saben lo que está en juego. De todos modos, al hablar de esto en algunos círculos sociales, a uno lo miran como a don Quijote queriendo revivir la época de los caballeros andantes. Tal vez sí es un cambio igual o más grande, pero, como no es descabellado, tampoco es imposible.

No conozco a ningún comerciante que no se vería seriamente afectado si se abstuviera de los productos de Facebook Inc. (Facebook, WhatsApp, Instagram, etc.). Trabajadores de otros sectores también perderían oportunidades grandes. En cambio, si todos… todos… lo hicieran, los empresarios pequeños y medianos ganarían un mercado tremendo (con la condición de que sus productos sean de calidad). Lamentablemente, las probabilidades de que todos lo hagan no son más que una posibilidad irrelevante. Por lo pronto, este movimiento sólo puede proponerse que algunos, un número cuantioso, abandone estas redes (no todas). Puede proponerse, eso sí, que estas redes dejen de ser centrales u obligadas.

Además de que abandonar las redes no es una opción para casi nadie en este momento, imaginarlo resulta emocionalmente complicado. Tomemos al 2011 como referencia, año en que Facebook contaba con 800 millones de usuarios y constató un ritmo de crecimiento de 250 millones de usuarios anuales nuevos. Desde entonces, sus usuarios comparten sus recuerdos más entrañables y tienen conversaciones íntimas en el chat (cuando digo íntimo me refiero a una idea más amplia que la de la mera sexualidad; también hay enojos, tristezas, miedos y alegrías íntimas… algunas de estas personas no se atreverían a sostener esas conversaciones cara a cara). En las redes, desde hace diez años aproximadamente, millones de personas han validado sus logros personales, su aspecto y sus ideas, basados en el número de aprobaciones y reacciones de sus posts. Algunos conocieron a sus actuales parejas, otros tuvieron sus más dramáticas peleas o sus más vitales conversaciones. Diez años es un tiempo considerable, y más para las personas menores de veinte. Las redes sociales cibernéticas se inmiscuyeron y compenetraron todas nuestras vivencias, las íntimas y las superficiales, las perentorias y las cotidianas. Nos clavaron un anzuelo gordo. No es raro que algunas personas se sientan ofendidas cuando otros hablan mal de las redes, como si estuvieran hablando mal de ellas mismas.

La manera de fraguar un movimiento que le haga frente a estos medios dominantes no puede ser abandonarlos. El abandono ocurrirá cuando este movimiento alcance algunas de sus metas. El primer paso para lograrlo (o lo que tendrían que evitar sus detractores a toda costa) consiste en establecer una aprobación y un tejido social alternativos. Decir “yo no cerraré mis cuentas, porque perdería demasiado, pero aprecio y apoyo a estos activistas que le hacen frente a los gigantes”.

Se trata de un proceso. Después de, socialmente, aprobar la resistencia y desaprobar los abusos, surgirán nuevos horizontes. Si quieres pero no puedes eliminar tu cuenta de Facebook, Instagram, Twitter, TikTok o lo que sea, una opción es darle actividad esporádica o mínima. Por ejemplo, entrar sólo una vez a la semana. Es difícil. Psicológicamente, están diseñadas para producirnos ansiedad. Cada vez que te alejas, atraviesas un síndrome de abstinencia.

Un punto de partida para un tejido social alternativo es buscar, en viejos o en futuros conocidos, amistades nuevas que también quieran resistirse a los monopolios. Esa es una razón suficiente para entablar amistad. Los movimientos se piensan y organizan mejor en conjunto. Pronto estaremos en lugares en los que nunca habíamos estado, con personas que antes no conocíamos, hablando de la resistencia informática.

Por Alberto D. Horner
Twitter: @HornerAlberto

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Resistencia informática

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Reconocemos que la mensajería instantánea y las redes sociales han perjudicado (al menos parcialmente) nuestras vidas. Nos molesta que las personas prefieran consultar su celular en vez de escuchar la conversación. También advertimos lo mucho que las redes sociales espolean la preocupación por las apariencias, y la manera en que inflan la aprobación social como objeto de deseo. Sin embargo, no parece que haya suficientes razones para prescindir deliberadamente de ellas o de la mensajería instantánea (el número de usuarios lo dice todo). Cosa entendible, porque su uso en verdad trae muchos beneficios y abre muchas posibilidades.

Algunos argumentos en contra de las redes sociales han sido malentendidos. Por ejemplo, al hablar de privacidad, he escuchado a varias personas responder «yo no soy tan importante como para que les interese mi información». Tienen razón en el hecho de que no son tan importantes. Es en serio. Ninguna corporación administradora de redes sociales se preocupa por la individualidad de sus usuarios en tanto que individuos (a menos que se trate de una persona realmente poderosa, como sucedió en el caso de Trump). Pero quienes así responden no tienen razón en que su insignificancia como individuos frente a dichas corporaciones los deslinda de todo riesgo y detrimento. Existe un riesgo político y social que nos compete a todos.

El poder que adquieren corporaciones como Facebook, Google, o Amazon no reside (no principalmente) en el chisme o en la amenaza a nuestras reputaciones, sino en la suma de toda esa información que nosotros les regalamos y, al mismo tiempo, en la suma de nuestra atención (también regalada) disponible para recibir la información que ellas deseen taladrarnos. Además de bombardear con comerciales personalizados, la suma de información permite encontrar tendencias políticas y diseñar propaganda política, lo cual causa una disociación entre lo que realmente sería un buen gobierno y lo que públicamente se dice que sería un buen gobierno.

La sustitución de bienes reales por bienes aparentes es un daño inminente. Los fabricantes y las empresas descuidan la calidad de sus productos al preocuparse por la aprobación de sus consumidores. La mercadotecnia es sofistería y nos deja indefensos ante su persuasión cuando dispone de nuestros datos. En la industria alimenticia y en otras más, como la de herramientas electrónicas, cada vez es más difícil para el usuario inexperto discernir la calidad de los productos, puesto que los procesos de elaboración y la tecnología del funcionamiento son cada vez más complejos y opacos. Si las empresas no tuviesen acceso a las bases de datos de sus posibles consumidores, ignorarían la posible futura aprobación del producto y concentrarían su empeño en la efectiva calidad del producto. Dicha concentración conllevaría prosperidad; quizás, incluso, contrarrestaría en alguna medida la obsolescencia programada.

¿La internet ha traído grandes beneficios para la sociedad?

En cuestiones políticas… tomemos el caso de Facebook. Su concentración de poder ha borrado las fronteras entre lo social y lo político. En 2009 trató de instituir reformas de manera democrática; permitió a sus usuarios votar para determinar sus políticas, pero sólo 0.32 por ciento de los usuarios votaron. En 2012 el proyecto fue abandonado. No obstante, el esquema permanece; la corporación es el gobierno, los usuarios son los gobernados y tiene sentido: la plataforma es el territorio. Es un espacio cerrado. En vez de pagar impuestos, se cultivan datos.

Últimamente Facebook intenta crear un consejo supervisor (busca otra forma de gobierno). El consejo, en caso de ser exitoso, supuestamente tendrá más autoridad que Mark Zuckerberg en cuestiones de libertad de expresión dentro de la plataforma. Sobre todo, para decidir qué publicaciones censurar y cuáles no; cuáles promover y cuáles frenar. Por el momento, las decisiones del consejo no sientan precedente; es decir, cuando la decisión les ha sido delegada, tienen la última palabra respecto de quitar o dejar en línea la publicación en cuestión, pero eso no implica que Facebook deba aplicar el mismo criterio a todas las demás publicaciones. El consejo apenas comienza a tener algunas decisiones, mas sí han intentado en las juntas (hasta ahora sólo han sido intentos) llegar a especificaciones que permitan diseñar algoritmos para regular las publicaciones. Es decir, persiguen un sistema legal. (Sobre el consejo supervisor, léase Inside the Making of Facebook’s Supreme Court”, de Kate Klonick, en The New Yorker, 12 de febrero, 2021.)

Los gobernantes de los distintos países están sujetos a las normas de Facebook en tanto que usuarios. Además, puesto que es una empresa internacional, para los gobiernos de los países es más difícil tomar acciones legales contra ella. Países como Australia, Alemania, Francia y Finlandia están preocupados por la justa remuneración a los periodistas cuyo trabajo se difunde en Facebook. Ha sido muy difícil negociar con la compañía. En Francia, las publicaciones de noticias no muestran imágenes ni textos llamativos. En Australia, Facebook consiguió un acuerdo con el gobierno para negociar directamente con los periodistas, luego de eliminar por completo durante un tiempo el contenido de noticias en el país. En Estados Unidos y en Reino Unido (casos excepcionales), hay una sección especial de noticias en Facebook que promueve suscripciones, aunque no está claro si los periodistas están recibiendo la ganancia debida. (Véase el número del 24 de febrero de 2021 de The Wall Street Journal. En primera plana se lee “Facebook enfrenta más peleas por tarifas, en tanto que concreta un acuerdo con Australia” (la traducción es mía).)

Con gazmoñería, Facebook pregona libertad de expresión, pero sus acciones limitan de un modo apabullante las ganancias de los periodistas. Al mismo tiempo, aprovecha el periodismo para capturar más usuarios y crecer como compañía. A pesar de que potencia la difusión del contenido, debilita las ganancias de los periodistas, sin las cuales ellos no siempre pueden solventar las investigaciones necesarias para sus trabajos. Quizás está de más recordar que sin una prensa libre y robusta, todas las demás libertades carecen de protección.

Haber digitalizado el África subsahariana es otra cosa de la que se jacta Facebook, pero el acceso a la red que proporciona a los africanos de ese lugar se da exclusivamente desde su plataforma. Como consecuencia, no hay distinción para ellos entre internet y Facebook; la compañía regula de manera total el acceso a la información en esa región y, por supuesto, no permite que la información que la desfavorece llegue a los usuarios. (Véase La red del engaño, un ensayo de Esteban Illades, en Nexos, marzo, 2020). Esa es la lógica de Facebook: abusar de la vulnerabilidad y de la debilidad humana disfrazado de altruismo por un mero interés de crecimiento empresarial. No reprocho el interés de crecimiento, sino lo que están dispuestos a pisar.

Ray Bradbury retrata la deshumanización que causa la censura del conocimiento y el diálogo.

La historia sobre cómo Zuckerberg conquistó y pervirtió Instagram es otro ejemplo: cuando en 2012 Facebook compró Instagram, le prometió a Kevin Systrom (uno de sus fundadores y, en esos tiempos, director) independencia operativa. Su promesa resultó ser un fiasco. La ambición de Facebook pudo más que sus palabras (acaparar la mayor cantidad de usuarios durante el mayor tiempo posible, para así comerciar con su atención digital). Sobre el caso de Instagram y Facebook, está el reportaje de Sarah Frier “No Filter”, del cual la reseña de Sophie McBain me parece muy buena. En sus inicios, Instagram promovía imágenes artísticas y enriquecedoras, y evitaba la autopromoción nudista. En 2018 Mike Kriegger y Kevin Systrom (los fundadores de Instagram) renunciaron. Para entonces, Facebook se negaba a apoyarlos para combatir la venta de drogas y otros problemas mayores de la plataforma.

El exceso de poder me parece una razón suficiente para plantar resistencia contra las redes sociales vinculadas con Facebook (WhatsApp e Instagram son las más famosas). La ambición inhumana con la que se dirige la corporación es otra razón. No estoy de acuerdo con esa visión de la vida y las relaciones humanas, y tampoco estoy de acuerdo con promoverlas.

Los propósitos de Facebook, su afán de lucro y de poder, no son malvados; sólo son codicia y ruindad: incapacidad para reconocer que hay bienes más importantes que la fama y el placer. Quisiera que esto no se leyera como una serie de motivos para enjuiciar a Zuckerberg. Muchas personas harían lo mismo si estuvieran en su lugar. Lo preocupante es la ingenuidad de nosotros, lo usuarios. No es casualidad que en esto se entrevean similitudes con la resistencia a la tiranía. En los gobiernos autoritarios la mayor responsabilidad la tienen los ciudadanos, que permiten pusilánimes el abuso de poder. Creo que es posible la resistencia a estos gigantes tecnológicos, primero, mediante la difusión de la imagen real de sus corporaciones, pero, más aún, mostrando que es razonable tomar decisiones y hacer sacrificios en favor de esta resistencia.

Ya casi se cumplen dos años desde que abandoné WhatsApp, y creo que cuatro desde que abandoné mi cuenta personal de Facebook. (Es alarmante que esto suene como a confesión de alcohólicos anónimos.) Nunca tuve Instagram. Abstenerme me ha permitido ponderar las ventajas y pérdidas de primera mano. Duré un año entero sin usar una sola red social más allá del correo electrónico; después regresé a Twitter y a Telegram, más por la fuerza de las circunstancias que por convicción propia.

Ya que no he encontrado mucho escrito sobre la posibilidad de abstenerse de las redes en entornos que las imponen, espero que mi testimonio sirva de algo. Me queda claro que se pierde mucho al rechazar las redes. O, puesto al revés, las redes y otras plataformas informáticas nos benefician mucho. Con mi abstención de Facebook y asociados perdí contactos, me distancié de familiares y amigos, y perdí también oportunidades laborales. Afortunadamente estaba en una situación que me permitía aceptar el costo. No sólo me desconecté por razones políticas; también por ideas respecto de las actividades en las que conviene invertir el tiempo, del tipo de discursos que pululan en las redes, y de lo que conviene que sean las relaciones humanas. Para muchas personas las redes son una ventaja económica; para muchas más son una ventaja social, pero eso sólo sucede a corto plazo. A largo plazo nos destruyen más de lo que nos enriquecen. Este esquema de bienes a corto plazo les confiere el carácter de adicciones.

Cuando digo que perdemos más de lo que ganamos me refiero a las corrientes patógenas de la vida política social e individual, a las corrientes consumistas y cosificantes que se abren paso y ensanchan su cauce con nuestro consentimiento (tácito en el mejor de los casos); pero también me refiero a un asunto de mera justicia conmutativa: nuestros datos y nuestra atención (digital o análoga) valen más que lo que ellos nos ofrecen a cambio. Los mecanismos por los cuales estas y otras plataformas se apoderan de nuestros datos son injustos. (Léase sobre esto How Much of Your Stuff Belongs to Big Tech?”, de Elizabeth Kolbert en The New Yorker, 8 de marzo, 2020.)

En “Un mundo feliz”, Huxley muestra una sociedad consumista y superficial.

Entre los casos que muestran el colmo de este abuso en la minería de datos, destaca WeVibe: una marca de juguetes sexuales. La compañía Standard Inovation, dueña de la marca, ofrece una aplicación para configurar y operar los vibradores We-Vibe mediante la cual recopila información vinculada a las personas sobre los momentos en que utilizan los vibradores y, por si fuera poco, sobre la intensidad, la duración y la temperatura con que los utilizan. Más allá de si el uso de juguetes sexuales es una práctica sana o deseable, aquí hay un asunto de injusticia conmutativa. Personas que ya pagaron por los dispositivos con su dinero, ¿por qué tienen que pagar, además, con sus datos?

Las políticas de privacidad están diseñadas para que el usuario sea incapaz de leerlas. Un botón resaltado nos acucia en todo momento para omitirlas: ‘aceptar’. «He leído los términos y condiciones». En las redes sociales no pagamos con dinero por los servicios; nuestra moneda son nuestros datos. La transacción, de cualquier modo (incluso si es legal), es injusta. Lo que las compañías ganan con eso excede desproporcionalmente lo que ellas nos ofrecen. Es que las redes sociales no son un servicio; son una carnada.

Muchas veces no estamos dispuestos a admitir cuánto desmedran nuestras vidas los intereses mercadotécnicos de los grandes monopolios. Oponernos a ellos no es algo sencillo, y la posibilidad de oposición disminuirá conforme la aplacemos, porque el poder de los monopolios crece.

Una instancia de este crecimiento monopólico es Google, compañía subsidiaria de Alphabet. Hace varios años, en 2010, la compañía Oracle compró Sun Microsystems; la transacción incluyó la tecnología Java. Ese mismo año, Oracle demandó a Google por la copia ilegal de más de 11,000 líneas de código Java API en el desarrollo de Android. Oracle estimó los daños en nueve mil millones de dólares. El juicio se resolvió apenas en abril de este año (2021), y se resolvió a favor de Google: según seis de los ocho jueces, que Google dispusiera de esas líneas de código sin el consentimiento de sus dueños no representa injusticia alguna.

Kent Walker, el director ejecutivo de asuntos legales de Google, argumentó que el uso de esas líneas de código fue justo, pero sus argumentos no parecen del todo pertinentes. Adujo que sólo así se puede llevar a cabo la innovación y la interoperabilidad que el mundo necesita. Es verdad que esas líneas de código fueron la base para la innovación e interoperabilidad (compatibilidad con otros programas) de Android. Sin embargo, no era la única manera de hacerlo, y no es verdad que esos propósitos justifican el uso de las líneas de código en cuestión.

Las declaraciones de Oracle son sugerentes: «La plataforma Google sólo creció y su poder mercantil incrementó. Las barreras para entrar [al mercado] se hicieron más altas y la capacidad para competir decreció. Robaron Java y se dispusieron a litigar durante una década como sólo un monopolista puede». Karsten Weide, analista de medios digitales, de International Data, manifestó también su desacuerdo públicamente: «los nuevos emprendedores dirán “invertí mucho tiempo en el desarrollo de este código y Google o alguien más puede venir simplemente y robárselo”».

Imagen tomada de Financial Times.

Parte del problema estriba en los huecos legales respecto de los derechos de explotación (copyright)del código Java API. El reportaje sobre el caso lo publicó The Wall Street Journal en primera plana el 6 de abril de 2021. El punto es que el poder de los monopolios informáticos excede el hurto de nuestros datos con cosas como el despojo del fruto del trabajo ajeno.

Se sabe que la resolución de un caso así sienta precedente en el sistema judicial de Estados Unidos. En la medida en que estas empresas y estos negocios son transnacionales, resoluciones y precedentes como éste afectan directamente a los demás países.

Propongo resistencia. No aconsejo abandonar estos medios de tajo; hay quienes perderían el trabajo si lo hicieran, o el contacto con seres queridos que de otra forma no tendrían (para muchos migrantes, Facebook es el único medio de comunicación con sus familias; lo sé porque ellos me lo han dicho). La imposibilidad de este abandono evidencia un poder que ya se impone: nos ataron la correa en nuestro bolsillo y en nuestros afectos.

Apronto, más bien, las acciones que nos habilitarán en un futuro la posibilidad de abandonar estos medios o, para quien así lo prefiera, la posibilidad de negociar de manera justa y franca en lo que concierne a nuestra información y atención digital. Salir de las aplicaciones de las que aún no dependemos, distribuir el tráfico de nuestra actividad en medios que no estén aún constituidos como monopolios, cambiar de navegador web, consultar las noticias directamente en las plataformas de las revistas y los periódicos (o mejor, aún, suscribirse a las ediciones impresas), llamar a los amigos y procurar las conversaciones rostro a rostro son acciones que nos acercarán a ese futuro. Si no podemos evitar que las compañías dispongan de nuestra información a su capricho, al menos evitemos que quienes la adquieren sean siempre las mismas personas que concentran cada vez más el poder. Podemos también cambiar el discurso: promover la abstención de actividad innecesaria en estos medios, del mismo modo en que se promueven otras causas sociales. En este caso, recuperar medios alternos de comunicación e interacción humana, aunque parezca que desandamos un poco el camino, será un progreso.

Por Alberto Domínguez Horner
Twitter: @HornerAlberto

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