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Una mexicana muy flamenca: Conversación con la bailaora Carmen Bautista

Una mexicana muy flamenca: Conversación con la bailaora Carmen Bautista

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No es mi intención escribir sobre los orígenes del flamenco, que además bastante depende de especulaciones históricas o elaborar un análisis sobre el ritmo, la división de las estrofas o los palos. No soy especialista en música y mucho menos de este arte en particular y por eso prefiero dejar a los más versados su estudio.

El flamenco es Patrimonio Cultural Inmaterial y quizá una de las artes más representativas de España. Y es que en el imaginario colectivo cuando mencionan a España, te piensas que todas las mujeres van por la calle con los vestidos de puntos de colores, flores, peineta y mantilla… con el traje de flamenca, en pocas palabras, como si siempre fuera la Feria de abril. Y te imaginas a todos apretujados en las casetas bebiendo rebujitos, comiendo un pescaíto y bailando sevillanas con mucho arte.

En esta ocasión quiero reflexionar sobre el arte como esperanza de futuro. Una problemática urgente es la niñez marginal: aquellos niños que por no tener mayores opciones y esperanzas se ven volcados hacia la calle. Una calle que no les promete un buen presente y mucho menos un mejor porvenir. En los barrios marginales la educación ya es un lujo y las actividades extraescolares son casi impensables. Sin embargo, algunas personas se lo han pensado muy bien para atraer a los niños fuera de los peligros de las calles.

Remedios Málvarez muestra en su documental Alalá, que significa “alegría” en calé, como el arte del flamenco ha preservado a varios niños del barrio más conflictivo de Sevilla, el polígono sur, de la calle. El Centro Cívico El Esqueleto y la fundación Alalá, ideada por el guitarrista Emilio Caracafé instruyen a los niños en el canto, la danza y la guitarra. La población es principalmente calé y el flamenco corre por sus venas. Así es como los niños, que quizá no se convertirán en cantaores, bailaores o guitarristas, pueden mirar con mayor esperanza al futuro. Sin embargo, esta no es la única iniciativa. En otros lugares se emplearán otros métodos, actividades, deportes o cursos; pero todos tienen la finalidad de evitar que los niños caigan en la vida “fácil” de la calle.

Esto no significa que por ir a una escuela ya automáticamente serán salvados y tendrán una mejor infancia; sería demasiado inocente creerlo. Pero lo que puede lograr un buen maestro es infundir en un alumno una gran pasión que le ayude a direccionar su vida. Ayudarles a encontrar un futuro, acompañarlos cercanamente para que tengan confianza en sí mismos.

Con la idea del baile, que forma en la disciplina y la educación como la base para un futuro con mayores perspectivas es que pensé en conversar con Carmen Bautista, quien es bailaora y docente. Carmen ha bailado en Zurich, Viena, Sevilla, en varias ciudades de Italia y en México; y combina con su arte muy flamenca el arte de la docencia. Carmen ha inspirado a varias niñas en el baile, con una mano segura, firme y amistosa les ha enseñado a creer en ellas mismas a través del baile.

Carmen, gracias por conversar conmigo para Spes. Ya desde hace varios años dejaste México para vivir en la capital del flamenco. Haz hecho giras por diferentes ciudades europeas y México. Eres bailaora y docente, por lo que además de bailar en un tablao, también enseñas. Tu carrera, como bailaora, va viento en popa, pero en lo personal, ¿qué tal llevas la vida cotidiana como expatriada?

Llevo cuatro años, ya voy por el quinto. Creo que Sevilla es el Disneylandia del flamenco. Ya hice raíces. Al principio es un poco extraño llegar a un lugar completamente nuevo y acostumbrarse a todo, desde lo más simple como el cambio de dinero: como dejar de pensar que cuarenta euros equivalen a cuarenta pesos. Pero puedo decir que ya tengo una familia: los amigos que he hecho.

Me alegra que te encuentres bien en Sevilla y sobre todo muy bien acompañada. Entrando ya en la cuestión del baile; de todos los diferentes tipos de ritmos y bailes, ¿cómo es que surgió en ti la inquietud por el flamenco?

Desde que era pequeña estuve en clases de baile: tahitiano, jazz, ballet y gimnasia, pero nunca hice flamenco. Mi escuela de baile es parte del INBA y antes de estudiar la carrera puedes tomar un nivel previo de formación básica, que dura siete años. Durante la primaria, de estos siete años, a veces me cruzaba con los chicos de la carrera de flamenco y aunque me llamaba la atención, me interesó verdaderamente hasta que tomé la primera clase.

En esta escuela te forman como docente y el último año tienes que hacer prácticas; cuando tenía once años tomé la clase de una chica que estaba por graduarse y me encantó. Y pensé que justamente eso era lo que quería hacer. A los once años tomé mi primera clase de flamenco, después de haber pasado por otros bailes, y ya no lo dejé. Desde los once años estuve segura de que quería estudiar la carrera en danza española.

Mencionas que antes tomabas clases de otros tipos de baile hasta que descubriste tu pasión por el flamenco, pero, aunque se dice que “quien mucho abarca, poco aprieta” y es mejor enfocarse en ser el mejor en un ritmo, ¿por qué decidiste centrarte únicamente en el flamenco y no en el jazz o ballet?

Venía de una crisis de violencia escolar. Las clases de danza son muy fuertes, los maestros tradicionales no tienen una formación docente y antes era mucho peor: a veces utilizaban métodos poco ortodoxos y perdían fácilmente la paciencia. Porque a la vez ellos aprendieron desde esa “metodología”. Por ejemplo, algunos bailarines de ballet practicaban con métodos extremos como colocar la flama de un encendedor debajo de la pierna para poderla sostener en alto el mayor tiempo posible. A mí no me ocurrió, pero me regañaban constantemente e incluso le decían a mi mamá que era la peor del grupo y que tenía sobrepeso. Por eso ya no quería bailar, ya no quería ir porque no le veía sentido, hasta que descubrí el flamenco y una nueva perspectiva de enseñanza.

El baile tiene una exigencia corporal muy fuerte; como las gimnastas que por lo regular deben contar con cierto peso y estatura. Sí que debe ser una gran presión, especialmente para una niña pequeña. Sin embargo, mencionas que hubo un cambio radical en el método de enseñanza. El papel de un buen maestro es fundamental y es algo que tu misma ejerces: aprendiste y enseñas.

Claro, es algo que he observado durante mi formación: la figura del maestro. En México vemos a los maestros desde una perspectiva vertical, pero en Sevilla hay una perspectiva más horizontal, y he aprendido muchísimo.

Y la cercanía no le quita la profesionalidad o respeto al profesor. Cambiando un poco el tema. Es muy común preguntarles a los niños, ¿qué quieres ser cuando seas grande? Y al final muchos terminan haciendo una cosa diametralmente opuesta, porque es muy difícil saber desde tan temprana edad lo que queremos hacer. Sin embargo, tu tenías muy claro que querías estudiar danza española, pero nosotras nos conocimos en un salón de la Facultad de filosofía. ¿Puedes decirme algo más al respecto?

Sí, yo tuve muy claro desde los once años a qué quería dedicarme y cada año escolar lo pasaba como un paso menos para mi meta. En secundaria pensaba, “ahora falta menos”, pero cuando iba a terminar la prepa, pensé que quería estudiar otra cosa. Y para que veas lo fundamental que es un buen maestro: disfrutaba tanto las clases de ética de Adriana Clavel que descubrí que la filosofía también me encantaba.

La carrera de danza era por la tarde y las clases de filosofía por la mañana, pero era demasiado. Imagina, salir de Mixcoac después de clases corriendo hasta el centro para las clases de flamenco en la tarde y en la noche ir hasta el norte. Y así todos los días. A veces llegaba a las clases, estaba muy emocionada y quería aprender, pero el cansancio me ganaba. Me dolió dejar la carrera de filosofía, pero lo hice después de discernir: ¿cómo te ves en realidad? Y me veía más en el flamenco.

Es que era demasiado: un día lleno de actividades y no tenías casi momentos de descanso. Algo que también me resulta curioso es que yo pensaba que igual tendrías una influencia cercana, que te introdujo al flamenco, yo qué sé, una abuela o tía o alguien de la familia que bailara, porque no es tan común.

En México no es tan fácil tener una referencia cercana al flamenco a menos de que se trate de una familia con ascendencia española directa. Así que no es tan sencillo despertarse un día y decir “quiero bailar flamenco” como si fuera algo muy común.
Aunque culturalmente existan referentes, en mi familia no había una conexión directa. Recuerdo que siendo chica, en alguna ocasión le dije a mi mamá que me gustaba el flamenco. Y ella buscó un disco, y según yo, me ponía a bailar con los pasodobles. Que aunque no es flamenco, esa era su referencia. Mi mamá me acercó del modo que pudo y así ayudó a encender la chispa. Pero algo dentro de mí decía: debe haber algo más.

El flamenco además de un baile es parte de una cultura muy española e incluso se podría considerar calé con esta mezcla gitana. Últimamente parece que todo puede ser “apropiación cultural” e incluso ha caído en una sensiblería en la que cualquiera puede ofenderse sin que sea su “cultura” la que es “utilizada”. Eso me recuerda un vídeo en el que un gringo se viste con zarape y sombrero, va por la calle y les pregunta a estudiantes si les parecía ofensivo su vestuario. Y ellos respondían que eso no era un disfraz, que a lo mejor tenía un significado y claro, terminaban con la etiqueta de “apropiación cultural”. Después fue al barrio mexicano y a nadie le molestaba, no era ofensivo, es más les resultaba hasta simpático. Considerando la sensibilidad de algunos sectores por la apropiación cultural, ¿te ha sucedido que alguien te cuestione que bailes flamenco y no danza regional mexicana? ¿O te han puesto la etiqueta de la apropiación cultural?

Eso como tal no, nadie me ha cuestionado que baile flamenco y no otro ritmo, pero sí es todo un tema. Mucha gente viene a Sevilla a bailar flamenco y aquí se queda. Por ejemplo, bailo con un grupo de artistas callejeros, y a veces la gente pregunta “¿todos son españoles?” y respondemos “no, somos mexicanos, argentinos, la otra es de Brasil.” E inmediatamente mencionan que parecemos españoles.

Aunque claro que también hay una distinción entre los estudiantes internacionales y los que son propiamente españoles y no sólo eso, los andaluces.

Además, el flamenco tiene un trasfondo cultural muy amplio, que a veces ni siquiera los locales conocen. Se conoce más en Andalucía, pero tiene una base rítmica de África y de ritmos orientales. Tanta mezcla hubo en España y tantas influencias de ritmos, pero no por ello tiene un origen cien por ciento andaluz. Incluso en la danza y la música se puede encontrar algo muy clásico; el flamenco va evolucionando y se va expandiendo, y creo que por eso puede ser universal. Por ejemplo, en Japón es dónde hay más academias de flamenco.

Qué curioso, nunca me hubiera imaginado tantas academias en Japón o a japoneses bailando flamenco. Es muy internacional. Y es muy interesante lo que mencionas de la mezcla. Yo tenía la idea de que era un baile propio de Andalucía y los gitanos.

Cuando se aloja en Andalucía es por los gitanos, y hay un cataor que recopilaba los cantos de las familias gitanas. Pero no es que sea propio de un grupo étnico, sino que siempre hubo esta apertura de la mezcla. No podía darse desde un grupo cerrado, porque los gitanos iban a los teatros y ahí estaban los payos; entonces esta mezcla fue creando el contexto andaluz.

Carmen, ¿cuál sería el reto más grande para una bailaora?

Me parece que es buscar y encontrar su propio estilo. Porque por mucha técnica que puedas tener es importante tener algo que comunicar. El nivel técnico de alguien puede ser increíble: la cantidad de giros y zapateados que pueda dar. Pero imagina transmitir tu propia historia por medio del baile. Porque no basta con seguir los pasos que aprendes en un curso, eso sería una simple repetición y se podría perder la esencia por la técnica. Buscarnos, recrearnos y dar algo de nosotros en el baile.

Claro y es lo que puede diferenciar a 20 cantaores del Camarón. Entre la técnica y lo espontáneo.

Sí, ahora muchos cantaores cantan como Camarón. Es difícil, porque tampoco se puede hacer todo muy diferente, pero si se necesita dar algo propio. Algo muy tuyo.

El flamenco es un arte y una emoción que ya no puede delimitarse ni por un origen. Porque tanto arte puede tener una sevillana que una mexicana o venezolana. Cuando yo bailo soy más yo, porque conecto con mis emociones y después conecto con mis compañeros. Es como un ritual: la guitarra, el canto y el baile; a veces no tienes que conocer a tus compañeros para poder conectar con ellos.

Tan internacional es el flamenco que hasta escuché la fusión del vídeo “Carmen de la cueva” de Stella Papa en el que participaste, ¿cómo fue rodar este proyecto?

Ella es griega y hay muchos proyectos de fusión, que quedan muy bien por las raíces del flamenco. Stella Papa contrató a otra cantaora flamenca, a mi me enseñaron la canción, la entendí y sólo bailé. La fusión fue muy interesante del griego con el ritmo flamenco, pero justamente por el ritmo es que se puede dar muy bien. Aunque el trabajo en el flamenco es también muy espontáneo, me hablaron de ella, la conocí y grabamos.

Para concluir, a pesar de que estos proyectos soy espontáneos, ¿qué planes tienes a futuro?

He bailado y sigo intentando crecer como intérprete. A veces me puedo bloquear y pensar que no es suficiente, pero busco seguir creciendo. Sin embargo, hay mucha gente y trabajo informal; bailar en los tablaos en Sevilla a veces es complicado. Pero me gusta viajar y enseñar, entonces me gustaría bailar en diferentes partes del mundo y enseñar. Iré a México a bailar y dar varios cursos y espero en un futuro ir a Japón. Mi novio es guitarrista y trabajador social y queremos hacer un proyecto que no sólo sea estético, sino que también se fomente la inclusión. Entonces veremos a dónde nos lleva la docencia y el baile.

Un manual para ejercitar la paciencia: Cinco panes y dos peces

Un manual para ejercitar la paciencia: Cinco panes y dos peces

Con la misma esperanza, de que un día de estos o alguna de estas semanas volveré a casa, escribo, no asemejando las situaciones, sino siguiendo los pasos, siguiendo el manual: los cinco panes y los dos peces para alcanzar la serenidad y la paciencia.

Andrea Fajardo

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Uno de los males contemporáneos de la sociedad es el desprecio hacia la vulnerabilidad. Queremos ser siempre fuertes, duros, jóvenes y tener todo bajo control. Olvidamos que si nos cortamos también sangramos,que somos finitos, falibles y necesitados. ¿Quién quiere ser vulnerable? Parecería ridículo, y sin embargo en la vulnerabilidad y la flaqueza hay mayor fuerza. Una contradicción, pero así es el mundo: contradictorio, extraño e incontrolable.

El viernes desperté como cualquier día normal y me preparé para una revisión rutinaria; después de desayunar puse en una bolsa mis documentos, la cartera, el teléfono con la mitad de la batería porque planeaba volver a casa después de un par de horas, tomé el rosario –no tanto porque fuera a rezar en ese momento, sino porque siempre lo cargo, como se carga la cartera­– y por último, guardé el libro Cinco panes y dos peces del Cardenal Van Thuan (1928 – 2002). Un libro muy ligero, con menos de 90 páginas y que no tiene desperdicio. Caminé hacia la estación del Sbahn, transbordé una vez y luego tomé el autobús hasta el consultorio.

Un día normal, como cualquier otro, en el que pensamos que todo está bajo control, pero no hay nada más alejando de la realidad que pensar que podemos controlar minuciosamente lo que sucede, como si la vida fuera un reloj suizo. La doctora me miró seriamente y me dijo que debía llamar una ambulancia. ¿Una ambulancia? Nunca me he subido a una y me siento bien, no me siento enferma, no siento nada extraño, lo que sí siento es miedo. Los paramédicos llegan, me colocan en una silla y me bajan; quería decirles, si acaso no preferían que bajara por mi propio pie las escaleras, pero desde ese momento, la voz se debilita y en plena vulnerabilidad extiendes tus manos, otro te ciñe y te lleva hacia donde no quieres. (Cf. Juan 21, 18)

La ambulancia se dirige hacía algún hospital, ellos saben hacia dónde, yo sólo me dejo conducir y cuando llegamos alcanzo a ver el nombre. Sin saber bien dónde estoy, al menos puedo avisar en dónde me encuentro y pedir que me traigan un par de cosas por si acaso. De pronto comienza un espiral de miedo, angustia, revisiones, inyecciones, catéter, muestras de sangre, piquetes, noticias a medias, diagnósticos incomprensibles, soledad y espera. Algo que en momentos me resulta abrumador, como si estuviera dentro de la misma estación esperando a Godot, sin saber qué espero y por cuánto tiempo, hasta que llega una respuesta y después una nueva espera, con una nueva angustia que carcome, hasta que se repita el ciclo o termine.

Hace muchos años, Fernando Galindo, dijo en una clase que una de las funciones de la filosofía es aprender a ser resistentes a la frustración. Quizá ya no recuerde esa clase, pero fue una frase que me impactó y que me gusta repetir a mis alumnos. Es cierto, una de las funciones prácticas de la filosofía es que de cierto modo aprendemos a resistir la frustración. Ahora está de moda hablar de la resiliencia, que consiste en adaptarse a la adversidad del mejor modo posible. Prefiero pensar en esa tolerancia a la frustración y que desemboca en la paciencia.

Etimológicamente la paciencia viene del verbo latino pati (patientia) y que significa sufrir. Bíblicamente es un don del Espíritu Santo que consiste en saber sufrir. Podemos pensar que la paciencia es un esperar pasivo y sufriente hasta que la adversidad termine, sin embargo, no hay nada más activo que ser paciente. Y en ese sentido el libro Cinco panes y dos peces es el manual perfecto para ejercitarnos en la paciencia.

Desde que comencé el libro, el mes pasado, pensé que merecía una reseña, porque consiste en el testimonio de 13 años en prisión de un inocente y expone ante los jóvenes siete claves para ser pacientes en la adversidad. Claro que desde la comodidad del hogar y las distracciones diarias lo dejaba para el día siguiente, y así sucesivamente. En mi defensa debo decir, que estaba en México y que mi plan era hacerlo cuando regresara al frío invierno berlinés.

Cinco panes y dos peces.

Llevo más de una semana en el hospital y hasta el momento no sé cuándo volveré a casa, ante la incertidumbre, pensé que podría escribirla al regresar, pero ésta mañana he cambiado de parecer: no hay mejor momento para escribirla que bajo estas circunstancias. El cardenal Van Thuan escribió parte de su testimonio y lo que aprendió en el cautiverio. Él ejerció cada día durante 13 años la paciencia; sin saber cuándo podría ser liberado, pero con la esperanza de que algún día lo sería. Con la misma esperanza, de que un día de estos o alguna de estas semanas volveré a casa, escribo, no asemejando las situaciones, sino siguiendo los pasos, siguiendo el manual: los cinco panes y los dos peces para alcanzar la serenidad y la paciencia.

El cardenal Van Thuan comienza el libro inspirado en el Evangelio de Juan (Jn. 6, 5-11) para resumir sus vivencias que “a veces con gozo, a veces en sufrimiento, en la cárcel, pero siempre llevando en el corazón una esperanza rebosante” en 7 puntos que lo ayudaron durante los 13 años de cautiverio.

Van Thuan, obispo de Saigon (Vietnam) fue detenido el 15 de agosto de 1975, día de la Asunción, y liberado el 21 de noviembre de 1988, día que se conmemora la presentación en el templo de la Virgen María. El motivo de su detención fue ser un sacerdote católico en un país bajo el régimen comunista, en otras palabras, una víctima más de la persecución cristiana de esta época.

A continuación, les presento los cinco panes y los dos peces:

François-Xavier Nguyen Van Thuan

“Es verdaderísimo: todos los prisioneros, incluido yo mismo, esperan cada minuto su liberación. Pero después decidí: Yo no esperaré. Voy a vivir el momento presente colmándolo de amor”.

Cardenal Van Thuan

Primer pan: vivir el momento presente

Tras su detención y mientras lo conducían 450 km en la oscuridad nocturna sintió tristeza, abandono y cansancio. En el camino recordó las palabras de un sacerdote que estuvo prisionero 12 años en China, y que se la vivió esperando. Fue entonces que tomó una decisión. “Es verdaderísimo: todos los prisioneros, incluido yo mismo, esperan cada minuto su liberación. Pero después decidí: Yo no esperaré. Voy a vivir el momento presente colmándolo de amor”.

No podemos estar siempre esperando, ¿esperando qué? A veces lo que esperamos nunca ocurre. Esto no significa que debemos sumergirnos en la apatía y dejar de esperar cosas, sino que hay que esperar de otro modo, no pasivamente, sino activamente.

En esos momentos Van Thuan consiguió lo necesario para comenzar a escribir su libro El camino de la esperanza, porque le preocupaba dejar a los pocos católicos sin pastor. Van Thuan se pregunta ¿cómo puedo vivir el momento presente con amor? Dejando lo que es accesorio y concentrándonos en lo esencial e imprimiendo en cada acto, así sea simple, el máximo de amor posible.

Si te toca esperar, entonces espera con amor; si te van a inyectar, sacar sangre, hacer otra prueba, tomar pastillas: hazlo con amor. Es fácil decirlo y muy difícil hacerlo, pero cada día se puede intentar de nuevo. Van Thuan no sabía cuánto tiempo tendría que esperar en el encierro, y yo tampoco, pero la espera se vuelve más soportable cuando la ofrecemos y vivimos intensamente, no en la pasividad.

Es posible elegir esperar en la angustia, desesperación y la tristeza, o intentar, aunque sea muy duro y cueste una fuerza enorme, esperar activamente: descansando en la paciencia. Claro que hay momentos más difíciles, pero no hay que olvidar que no estamos solos.

Segundo pan: Discernir entre Dios y las obras de Dios

Van Thuan es un sacerdote muy dinámico y activo, por lo que el cautiverio en un pequeño espacio y soledad era una tortura mental que lo tenía al borde de la locura. Una noche escuchó en su corazón que debía aprender a discernir entre Dios y las obras de Dios. Todas las actividades pastorales que realizaba eran obras de Dios, pero no eran Dios. Y él había elegido a Dios, a su voluntad, no a sus obras.

Es como aquella inspiración de Margarita María Alacoque “encárgate tú de mis cosas, que yo me encargaré de las tuyas”, porque a fin de cuentas Dios lo resuelve todo mejor de lo que nosotros lo podemos solucionar. De este modo Van Thuan dejó su misión pastoral en manos de Dios, porque comprendió que Él lo quería ahí, en prisión. En ese momento sintió una paz que ya no lo abandonó.

Hace algunos días intenté salir voluntariamente, aunque estaba indecisa al no comprender cien por ciento el diagnóstico y los procesos, pensando que los médicos alemanes pecan de exageración. Llevaba días de desesperación, con dolor en un brazo por las constantes tomas de sangre, en los dedos por las mediciones de azúcar y en el otro brazo por el catéter. Y en esa desesperación y sin sentirme enferma, pensé que aun cuando tuviera que guardar reposo, estaría mucho mejor en casa.

Quería irme a toda costa, pero sin un panorama claro, durante la noche y con los nervios a flor de piel aumentados por la oscuridad, en oración pedí ayuda para discernir. Aquella mañana me levanté alegre, pensando que me iría en pocas horas y en oración repetía, “yo no sé lo que es mejor, pero quisiera volver a casa, si esa es tu voluntad abre toda puerta y hazlo de forma sencilla; pero si no debo irme y es tu voluntad que me quede, dilo claramente y dame serenidad para aceptarlo”. Basta decir que no pudimos hacer la alta voluntaria, tampoco me dieron una fecha aproximada de salida, y aunque en el momento pensé “qué pesado estar aquí sin fecha final”, poco a poco he tenido una mayor serenidad para vivir un día a la vez en el hospital, porque por el momento aquí es donde debo de estar.

Portada del libro “El camino de la esperanza” del Card. Van Thuan.

Una fuerza que sostiene es saber que otros oran por ti, que una comunidad que te ama y se preocupa, intercede por ti así sea al otro lado del Atlántico.

Andrea Fajardo

Tercer pan: Un punto firme, la oración

“ ”Padre, en la prisión usted ha tenido mucho tiempo para orar.” No es tan simple como se podría pensar. El señor me ha permitido experimentar toda mi debilidad, mi fragilidad física y mental. El tiempo pasa lentamente en la prisión, particularmente durante el aislamiento”. Se dispone del tiempo, pero a veces cuesta demasiado concentrarse o dejar de sentirse solo. Así que en ocasiones basta con una oración sencilla: “cuando me faltan las fuerzas y no logro siquiera recitar mis oraciones, repito: “Jesús, aquí estoy, soy Francisco”. Me entra el gozo y el consuelo, experimento que Jesús me responde: “Francisco, aquí estoy, soy Jesús”.”

No siempre tenemos la disposición de una oración con palabras complicadas, es más, las palabras sobran, basta con algo sencillo, como los niños cuando se espantan y gritan por papá y mamá. No tiene que decir mucho e inmediatamente los padres van y los tranquilizan con su presencia. Así que podemos simplemente llamar a Jesús o al soplo del Espíritu Santo, y ellos sin dudarlo acudirán.

Van Thuan también menciona que le gusta orar con la Palabra de Dios, pero cuando lo apresaron no pudo tomar la Biblia, lo único que llevaba consigo era el rosario. Así que recolectó todos los pedacitos de papel que pudo y en ellos escribió más de 300 frases del Evangelio, hizo una pequeña Biblia que utilizaba para orar. Entre otras oraciones se encuentra el Magnificat, Te Deum y el Veni Creator.

Es cierto que tras los momentos difíciles la oración serena e incluso alegra el corazón, nos aliviana el peso. Pero quisiera añadir que no es solamente la propia oración, también la comunidad es muy importante. Una fuerza que sostiene es saber que otros oran por ti, que una comunidad que te ama y se preocupa, intercede por ti así sea al otro lado del Atlántico.

El aspecto comunitario de la religión es muy importante, pero no sólo por la comunidad que se forma al participar de los mismos ritos, sino que hay una forma de amor desinteresado que los une, fortalece y acompaña. Aprovecho para agradecer a todos aquellos que me han tenido presente en sus corazones y que me acompañan cercanamente a pesar de la distancia.

Cuarto pan: Mi única fuerza, la Eucaristía

Es muy conocido y conmovedor el testimonio del cardenal Van Thuan y la Eucaristía. Se las apañó para que le enviaran vino por motivos medicinales y cada día a las 3 de la tarde celebraba la misa, con tres gotas de vino y una de agua, en la palma de su mano. Pero esta fuerza no la guardó para sí mismo, sino que en ocasiones podía compartirla con otros católicos, quienes también en la prisión tenían la oportunidad de comulgar: “Fabricamos bolsitas con el papel de las cajetillas de cigarros para conservar al Santísimo Sacramento. Jesús eucarístico estuvo siempre en la bolsa de mi camisa”.

Y no solamente la misa, también los presos montaban guardias nocturnas y adoraban a Jesús Eucaristía, quien les “ayudaba inmensamente con su presencia silenciosa”. Van Thuan, en esta locura y escándalo para el mundo, incluso se atreve a decir que aquellas misas en el cautiverio fueron las más bellas de su vida.

En México algunas cosas son más sencillas, siempre se conoce a algún padre o ministro de la Eucaristía, que visita a los enfermos. Sin embargo, en Alemania, un país que otrora se autodenominaba cristiano, la Iglesia es un poco más fría y ciertas cosas no son tan sencillas. Si bien no puede venir un sacerdote o ministro diario a traerme la comunión, sí puede ocurrir algunas veces. El día que el padre vino a visitarme y me trajo la Eucaristía, me sentí alimentada, cobijada y con la fuerza para resistir. Y para estos casos, podemos contar también con la comunión espiritual.

Card. Van Thuan en prisión.
Fuente: cardinalvanthuan.org

Ver con otros ojos, con los ojos de Jesús, ayuda a amar y perdonar incluso a aquellos que nos hacen mal.

Andrea Fajardo

Quinto pan: Amar hasta hacer la unidad es el testamento de Jesús

Al principio los guardias no le hablaban a Van Thuan, lo trataban como un enemigo y el trato ensombrecía el ambiente. Hasta que un día pensó que, a pesar de la cautividad, él tenía una mayor riqueza: el amor de Cristo. A partir de ese momento comenzó a amar a los guardias y a ofrecer pequeñas muestras cotidianas de caridad, una sonrisa, una palabra amable e incluso llegó a enseñarles otros idiomas y resolver sus dudas religiosas. El ambiente cambió radicalmente.

Van Thuan escribe en El camino hacia la esperanza, “cuando hay amor se siente el gozo y la paz, porque Jesús está en medio de nosotros. Viste un solo uniforme y habla una sola lengua: la caridad”. Ver con otros ojos, con los ojos de Jesús, ayuda a amar y perdonar incluso a aquellos que nos hacen mal, algo que encontraban inconcebible los guardias.

Los cristianos deberíamos ser el instrumento del amor de Dios en el mundo. “El más grande error es el no darse cuenta que los otros son Cristo. Hay muchas personas que no lo descubrirán sino hasta el último día. Jesús fue abandonado en la Cruz y ahora lo sigue estando en el hermano y en la hermana que sufre en cualquier rincón del mundo. La caridad no tiene límites; si los tiene no es caridad”.

Cuando nos duele una muela, toda nuestra atención se centra en esa muela. Incluso la sentimos más porque estamos constantemente al pendiente de ese dolor y dejamos de notar otras sensaciones corporales. Lo mismo sucede con el sufrimiento, que puede llevarnos a centrarnos únicamente en nosotros mismos y cuando sólo pensamos y atendemos nuestra miseria caemos en la victimización y el egoísmo: Nos auto-pobreteamos, nos sentimos la única víctima, el único sufriente.

En una semana cambié cuatro veces de compañera de habitación. Cada una con situaciones diferentes, cada una con un propio dolor. En el hospital te puedes encontrar de todo dependiendo de la sección: desahuciados, gente con dolores tremendos, mujeres que acaban de parir, bebés prematuros en incubadoras o que deben ser operados, mujeres que yacen con el miedo de perder a sus bebés y tantas incontables enfermedades y sufrimientos.

Desde hace algunos días comparto habitación con la misma mujer, ella tampoco sabe cuánto tiempo se quedará, también tiene miedo y sufre. En las mesas de noche ella tiene el Corán y yo tengo la Biblia. A veces ella llora, otras veces, lloro yo. Pero si algo ha sucedido es que, a pesar del propio sufrimiento, no nos hemos cerrado al sufrimiento de la otra. Me preocupa su diagnóstico, me apena verla llorar, no necesitamos hablar mucho porque basta una palmadita en la espalda y la seña de que oraré también por ella. Ella se preocupa por su bebé, por su hija y su marido, y dentro de toda la avalancha, no hace oídos sordos a mis problemas, porque sin que lo esperara me compartió un plátano y me consiguió una sopa. Cosas sencillas porque la caridad comienza por lo pequeño y escala hacia lo más grande. Esa es la caridad que todo lo transforma y que acompaña, que nos hace salir de nosotros mismos.

Primer pez: María inmaculada mi primer amor

La madre y la abuela de Van Thuan infundieron su amor a María y ella ha sido una señal a lo largo de su vida. Lo arrestaron el día de la Asunción y lo liberaron, de una forma tan sencilla, que incluso sorprende, el día de la presentación de la Virgen en el templo. Van Thuan reconoce la mano de María a lo largo de su vida y especialmente durante el cautiverio. Cuando física y moralmente se sentía abatido en la prisión, oraba el Ave María, pero no solamente pide por su intercesión, sino que también le pregunta “Madre, ¿qué cosa puedo hacer por ti? Estoy listo para seguir tus órdenes, para realizar tu voluntad por el Reino de Jesús”.

Van Thuan nunca se sintió abandonado por María, y como mexicanos, nos es natural saber que en las aflicciones y miedos ¿acaso no está aquí la que es nuestra madre? “Para mí, María es mi Madre, que me dio Jesús. La primera reacción de un niño que siente miedo, que está en dificultades o sufre, es la de clamar: “mamá, mamá”, esta palabra es todo para el niño”. Es un reflejo natural buscar el apoyo materno, a veces mucho más instintivo que buscar al padre, por eso María, como madre, es una figura tan accesible.

Van Thuan pensaba constantemente en el Virgen del Perpetuo Socorro, y lo mismo hago yo. Me fascina el icono: María sostiene firmemente y con ternura al bebé Jesús, quien está espantado porque unos ángeles le presentan la Cruz y el martirio. El bebé Jesús tiene miedo y tiembla, por lo que uno de sus zapatos está a punto de caer. Pero ahí está María con la mirada serena y sosteniéndolo con sus manos.

Desde hace muchos años tengo especial cariño al icono de la Virgen del Perpetuo Socorro, cuando la vi en Roma y un querido sacerdote amigo mío me explicó, lleno de ternura, el temblor de Jesús que se ve en su pequeño pie y zapato quedé profundamente conmovida.

Por las noches, antes de dormir, coloco el rosario en mi vientre, porque es como tener la mano de María, y a modo de jaculatoria le digo: “madre, sostén con tu mano a Elías, del mismo modo y con el mismo amor con que sostuviste al bebé Jesús”.

Icono Nuestra Señora del Perpetuo Socorro.

Segundo pez: he elegido a Jesús

A modo de conclusión Van Thuan nos presenta 24 puntos prácticos para vivir un día unidos a Jesús. Recuerdo que querido amigo, y ahora sacerdote, dijo en alguna ocasión que el camino de santidad se construye día con día, que cada mañana podemos orar para que Dios nos conceda 24 horas de fidelidad. Estos últimos 24 consejos, que pueden parecer breves y sencillos, nos ayudan a mantenernos en la esperanza, la paciencia y la fidelidad.

Cinco panes y dos peces: Testimonio de 13 años de cárcel es un manual muy práctico, escrito desde lo que podría haber sido la desolación, para ayudarnos a ejercitar la paciencia en un mundo turbulento.

Is the first cut really the deepest? à propos  philosophical Crushes

Is the first cut really the deepest? à propos philosophical Crushes

“I’m not a character, I’m nothing like the author,
I haven’t had the experiences she writes about.
But even so, this is what I feel like, inside.
This is what I would sound like,
if ever I were to find a voice.”
Nick Hornby

As a middle aged man I sometimes wonder in amusement at the continuous philosophical crushes of our students; at the possibility of a young student to be entirely captivated by the thought, personality and mannerisms of some famous author.

I still remember with a blush how my first philosophical love was. It was, of course, a crush with the thought of Hannah Arendt. I came across her work on a seminar on democracy. I don’t remember which text it was. I only remember my feelings while reading it: I found it simultaneously illuminating and  hard to understand.

With my first paycheck, I ran to the nearest bookstore and bought all the books by her that I could find. Expensive books that I ended up giving away as it turned out that the translations were extremely deficient and in a poor writing style.


The long, brilliant, but complicated essay The Human Condition may well be the first book in English that I read cover to cover… several times. I can only marvel at the oddity of that: a young Mexican student learning English by reading a German philosopher that didn’t write the first version of her opus magnum  in her mother tongue. The book itself was something precious: a gift from my advisor that he bought and brought all the way from Chicago, there was no Amazon in those days.

I fell for Arendt and I remained trapped by her thought for four or five years. I thought she was a consummated genius (which she is) and that she was right on every inch of the immense territory that she covers (which she obviously is not). As our students today do, I also thought that the world would be a much better place if only people would read The Human Condition, The Origins of Totalitarianism and On Revolution; most of our intractable political problems would be solved with a single stroke: no more political parties, no more professional politicians, no more Nation States, no more inane consumerism and meaningless jobs. No more boredom in politics or the professional world.

I became a convert, an unpaid arendtian acolyte knocking door to door to try to gain souls for my new creed. The common use of turning a family name into an adjective, signaling that one belongs to a philosophical group is very telling. And I was not the only one absorbed by this peculiar sort of philosophical frenzy:

We had a soccer team at the time, and we printed the name of our respective philosophical patron saint at the back of our T-shirts. We put together an impressive philosophical roster: Aristotle, Foucault, Nietzsche, Ricoeur, and Arendt, of course, a natural number six, a shield middle fielder.

At that time we wouldn’t tolerate any questions or any irony directed at our beloved and revered philosophers. We would feel hurt if someone, young or old, philosopher or layman, dared to joke about our loved one and our romance. In retrospect, I was fortunate that it was Arendt.


At some point I decided not to follow her, not to become a professional Arendtian scholar; but to try —within my very modest means — to emulate her: to walk the paths she walked; to learn the language she knew and to read the authors she read. With the significant exception of Heidegger, whose person I find repulsive and whose philosophy I find abstruse and megalomaniac (and whose mustache I can’t stand).

It has been a long and difficult but also beautiful journey. A journey that took me to Germany and to Konstanz, where Heidegger studied the Gymnasium, or so the legend goes. It took me to a Doktorvater who himself was a disciple of the last Heidegger’s Doktorand. So in a cosmic (and comical) sense, Arendt would be my great-aunt.

A view of the Constance Lake an afternoon in November

Twenty years after my first crush and coming into middle age, I can say that I’m not in love with Arendt’s thought anymore. Now and again I come back to her books and essays and I can understand what got me hooked at that time. I still find her thought extremely sexy and it definitely still turns me on… if only occasionally, but that again may have to do with my age and not with her philosophy.

Her erudition is indeed impressive; her sense of the past and of the philosophical tradition and the relevance of philosophy for politics, economics included. I still find her basic intuitions very powerful and compelling, above all her uncompromising love for freedom; her hatred for tyranny, repression, and cowardice; and her proud disdain of a life that contents itself with being comfortable instead of being great. Above all, I admire her for her fierce independence of mind. For her contempt for the philosophical fashions of her day, and her genuine carelessness for establishing a school of thought to promote the devotion to her.

I rejoice in the fact that, although she respected Marx, she never quoted Adorno or Horkheimer; and although she loved freedom and dialogue she didn’t have the need of quoting Popper. She didn’t care about being leftist, progressive, liberal or conservative. Labels, like many other academic forms of nobility, meant nothing to her.

Independence of mind; engagement with the political reality; courage, even bravery of thought; passion in writing as if the future of politics and therefore civilization were at stake on every page; if that doesn’t turn a young student of philosophy on, I don’t know what will.

Heidelberg Januar 2008

With the passing years, her several shortcomings have also gained contour in my eyes: her tendency to exaggerate; her sometimes manipulative translations of Aristotle; her (again, to my ignorant view) unfair critique of Plato; her original but very weird vocabulary (maybe permanent damage from the liaison with Heidegger). A vocabulary that could be very off-putting because of its apparent lack of connection with the more common philosophical vocabulary. I do notice all that.

I also find it ironic that it was precisely through Arendt that I first got interested in Plato and Aristotle. I realize now that it is unlikely to fall for Plato at a young age. Plato, like whisky, does not compel the mind or the tongue by the first taste. The Platonic dialogues — arguably the prime literary philosophical expressions of all times — seem dry, artificial, and boring to young eyes. The translation is surely a factor, but it goes beyond that; it has to do with the lack of experience and the self-confidence of the novice.


In Plato is indeed all at stake at once: the meaning of justice and freedom; the meaning of life; the harmony and order of the soul and the city, as opposed to chaos and violence. But to young eyes, everything appears a little too iterative and as a concealed flattery to Socrates: “Oh Socrates, how right you are!”.

Two presents from my Doktorvater

Sometimes I’m tempted to whisper to my students the sad reality: the first philosophical crush, just as the first crush, will come to pass; the passion and the pleasure will wither away and leave their place to a more mature but less intense philosophical view. And no, it is not true that if only we all would read the beloved author, would we be able to solve all our political problems.

Sometimes I want to whisper to them that, eventually, they will have to break up, they will have to let it go. That they will have to find their own way, their own call, and their own voice. Or otherwise, risk joining the ranks of those who act as pathetic mouthpieces of dead philosophers. Those who can only speak in quotes and who assume that every relevant and pertinent idea is already trademarked under the name of their revered author.

I feel the urge to warn them about the risk of becoming philosophical zombies —still alive but dead in their philosophical life without even noticing it.

But I also want to encourage them to undertake the task of thinking everything anew; of assuming the responsibility to think without banisters as Arendt would say. For the time being, though, I’ll let them be. Because the philosophical crush is the second-best state for a philosopher, only surpassed by that other experience that is almost like being in love.

Dedicated to Majo G., since once we shared the same philosophical crush

Historia de dos embarazos

Historia de dos embarazos

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Por Mary Eberstadt

First published in First Things

La mayoría de las personas que consideran que el aborto está mal, sostienen que se trata de una acción intrínsecamente mala. En contraste, aquellos que creen que abortar no es un acto malo siguen una deducción utilitarista: Un niño que llega en un mal momento puede ser algo malo. Por lo tanto, terminar con su vida puede ser algo bueno. Tal posición asume que el derecho a abortar incrementa la felicidad humana.

Ésta lógica casi nunca se enuncia explícitamente. Ejerce su poder como una intuición, una empatía instintiva hacia las mujeres en circunstancias difíciles. Como tal, es una forma de pensar que opera en un plano en el que los argumentos explícitos y razonables rara vez se hacen presentes. Así que dejemos los argumentos a un lado y probemos en su lugar la defensa utilitarista del aborto a partir de dos historias imaginarias de vidas paralelas.

Primavera 1975. Patricia es una estudiante de primer año en una prestigiosa universidad del noreste de Estados Unidos. Espera convertirse en la primera abogada de la familia. Hoy está sentada en la banqueta de una calle tranquila de un pueblo de Nueva Inglaterra, a unos cuantos kilómetros del campus. Después de varios días plagados de preocupaciones y noches de insomnio, acaba de confirmar en la clínica local de “Planned Parenthood” (planificación familiar) el secreto que lleva dentro: está embarazada. Su novio, un estudiante de la misma universidad, fue con ella para escuchar la noticia. Sentada sin moverse, con el rostro bañado de lágrimas, Patricia piensa en el futuro, en sus padres y en lo que viene. Algo tiene que hacer.

A varios estados de distancia y en un mundo socioeconómico totalmente diferente, otra veinteañera también llora. Kelly acaba de escuchar la misma noticia de un doctor local: está embarazada. Kelly no es una estudiante universitaria, sino una graduada de la preparatoria de un pueblo de la otrora región industrial de Estados Unidos conocida, no sin ironía, como “el cinturón de óxido”. Desde hace dos años trabaja como recepcionista en la agencia automotriz más grande del lugar, un trabajo que le gusta. El novio de Kelly no la acompañó a recibir la noticia. El novio trabaja en el turno de la mañana en el molino industrial; Kelly tendrá que darle la noticia hoy por la noche. Al igual que Patricia, Kelly permanece inmóvil mientras piensa en su futuro en sus padres y en lo que viene. Tiene que hacer algo.

Imbuido en el esquema mental que nos ha dejado el caso Roe contra Wade[1], toda historia contada sobre embarazos no deseados comienza donde Patricia y Kelly se encuentran ahora: inmersas en el tsunami emocional que conlleva el descubrimiento de un embarazo inesperado. Estos relatos también terminan en ese momento, con esa fotografía instantánea. Es como si ninguna otra cosa pudiera suceder en la vida de una mujer o en las vidas de aquellos que las rodean nunca más. Nadie en el movimiento pro-abortista parece preguntarse cómo se vería la decisión de Patricia o Kelly en retrospectiva. Nadie se pregunta por los efectos a largo plazo de un aborto, no sólo en la mujer en cuestión, sino también en las personas que la rodean, que entran y salen de sus vidas.

Así que haremos algo que la narrativa pro-abortista no hace. Preguntaremos qué les ocurre a nuestros personajes después.

Dos meses después. Patricia ya no está embarazada. Tras varias noches terribles y sin decirle a nadie, a excepción de su novio y su mejor amiga, regresó a la clínica local de Planned Parenthood y abortó. Ella sentía que era la decisión más lógica, y no permitiría que ninguna objeción religiosa o de otro tipo interfiriera con su decisión.

El novio de Patricia la llevó y recogió del procedimiento. De hecho, ahora es su ex novio. Como suele ocurrir, el embarazo se convirtió en el Rubicón que el romance no pudo cruzar. Con el novio y el procedimiento superados, Patricia retoma sus estudios. Con respecto al aborto, sólo siente alivio. Nunca olvidará éste sentimiento. Más adelante se convertirá en una defensora apasionada de la causa pro-elección.

Kelly tampoco tiene objeciones religiosas o de cualquier otro tipo sobre el aborto. Pero tras varias noches sin dormir, Kelly optó por la decisión contraria. No sabe por qué se resiste a terminar con su embarazo, más allá de una inexplicable indecisión. Sea cual sea el motivo, decide tener el bebé.

Su madre se molestó mucho con la decisión al principio, pero con el tiempo ha ido cambiando su actitud y ahora está tranquila y ofrece su apoyo. Juntas han comenzado a pensar cómo organizarse una vez que el bebé nazca. El hermano menor de Kelly, curioso y entusiasmado por convertirse en tío, la anima. Con el padre del bebé la situación es diferente: Él dejó claro que no está listo ni para casarse ni para formar un hogar con Kelly y el bebé. Como suele ocurrir, el embarazo se convirtió en el Rubicón del romance. Ahora es el ex novio de Kelly.

Hasta el momento en nuestra historia —sobre todo porque nos esforzamos en mantener constantes ciertos detalles de la trama, como el complejo de Peter Pan de los novios y las convicciones seculares— el guion utilitarista puede parecer plausible. Sin embargo, a sólo dos meses en la historia, apenas comenzamos a ver los efectos de cada elección.

Seis meses después. No hay duda de que en este momento particular, preferiríamos estar en los zapatos de Patricia, no de Kelly. Hoy está Kelly en labor de parto y el dolor es intenso. La epidural, ahora tan común en las grandes ciudades, todavía no está disponible en el hospital local en el que dará a luz.

En las pausas que le dan las contracciones Kelly se piensa preocupada en el futuro: ¿Cómo encontrará un novio decente si es madre soltera? ¿Soportará vivir con su madre una vez que el bebé nazca? ¿Cuánto tiempo podrá tomar como permiso de maternidad sin  perder su empleo?

Mientras tanto y en el mismo momento, Patricia ha vuelto a casa a pasar las vacaciones de Navidad. Ha terminado el periodo de exámenes y ella ha tenido buenos resultados. Además de su nota media de 3,8 también obtuvo una puntuación en el examen de admisión a la carrera de Derecho (LSAT) superior a la que ella había imaginado como su nota ideal más alta. Sus padres están orgullosos; la tierra prometida de su futuro se vislumbra en el horizonte. Patricia  espera disfrutar varias semanas de descanso y salir de fiesta con sus amigos a beber y bailar en la nueva moda llamada “discoteca”.

Patricia terminó con su embarazo; sus perspectivas de futuro parecen intactas. Kelly, con toda probabilidad, está por convertirse en una estadística más: una madre soltera sin título universitario, quizás rondando el umbral de la pobreza. Pero si dejamos a un lado el crudo materialismo, descubriremos una realidad más profunda: la decisión de Kelly está transformando radicalmente su mundo y a sus seres queridos.

Incluso desde el útero, el bebé de Kelly estaba tocando las relaciones entre Kelly y aquellos que la rodeaban. Una mujer ansiosa de mediana edad se convirtió  en una abuela emocionada con la espera; un hermano adolescente es ahora un tío en ciernes. Después del parto, el bebé continuará alterando las identidades de aquellos a cuyo círculo se une. Transformará la comunidad en la que nació. Y este proceso continuará por el resto de las vidas de todos los miembros de la familia, incluso alcanzando a las generaciones futuras de sus descendientes.

Foto: Rafael Henrique.

Cinco años después. La hija de Kelly  ha comenzado a asistir al kínder. Las horas de trabajo de Kelly, su vida social, sus rutinas para las compras, su casa —estos y la mayoría de los detalles de su vida— giran de un modo u otro en torno a esa niña de cinco años. El padre de la niña no la apoya económicamente, por lo que Kelly recurrió a los tribunales. De vez en cuando el padre recoge a la niña y la lleva a McDonald´s o le deja algún juguete. Mientras tanto, el hermano de Kelly, enseña a su sobrina a jugar futbol. Inesperadamente, los padres de Kelly, se han acercado e incluso algunas veces cuidan a la niña.

En efecto, Kelly perdió su trabajo en la agencia automotriz al no volver inmediatamente terminado su permiso de maternidad. Ahora trabaja en la oficina del colegio de su hija, por lo que tienen el mismo horario. La máquina mimeográfica acaba de ser sustituida por la magia de la Xerox. Algunos días, al final de la jornada laboral, Kelly y su hija juegan en la oficina de la escuela. La niña se divierte mientras imprime imágenes fantasmales de sus manos y cara. Kelly manda enmarcar algunas de esas imágenes.

Ni Kelly, ni nadie más en la familia, puede imaginar cómo serían sus vidas sin esta creatura, que alguna vez la propia Kelly consideró no traer al mundo. Ella nunca olvidará la profundidad de sus sentimientos por la inesperada hija. En los siguientes años, Kelly se convertirá en una promotora apasionada de la vida.

Podríamos retocar los detalles de la historia de Kelly e imaginarla más rica o más pobre, más o menos educada, más afortunada o desafortunada en el amor, etcétera. Pero el fundamento permanecería constante y eso es exactamente el punto. La vida de Kelly es complicada y enriquecida, simultánea e inconmensurablemente, por el cuidado de su hija. Sin lugar a dudas su hija es esencial para ella. La elección que amenazaba con hacer la vida de Kelly miserable se ha convertido en el tejido y el contexto de su vida. Es la fuente de su más profunda satisfacción y consuelo, y en diferentes grados, lo mismo sucede con los otros miembros de la familia.

Después de los mismos cinco años, Patricia, casi nunca piensa en su embarazo. Inmediatamente al terminar la universidad fue contratada por una firma corporativa de abogados muy prestigiosa de Nueva York. Rutinariamente trabaja doce horas al día, casi todos los sábados y a veces incluso más. Vive bien. Por su trabajo viaja a Paris, Londres y Frankfurt. Le fascinan las ventajas de los años ochenta en Nueva York: el portero del edificio, el gimnasio y un apartamento de una habitación en el Village.

Patricia siempre encuentra mejores partidos que Kelly. Patricia, una mujer atractiva en sus veintes, es socialmente muy demandada. Es dedicada con el control de su fertilidad,  y tiene otros detalles de su vida personal controlados para que el error que cometió en la universidad nunca se repita.

Al igual que la historia de Kelly, la de Patricia podría también tener otras variables, pero tiene características inmutables, justo como la de Kelly. La vida de Patricia es la que ensalzan los defensores del aborto: plenitud personal, sin restricciones por la responsabilidad materna. El éxito profesional y el poder adquisitivo no son incidentales en el caso utilitarista; son el summum bonum de la defensa pro-elección. La idea central se explicita en el inicio del manifiesto “Grita tu aborto”: “El aborto es bueno para las mujeres, las familias y las comunidades… el aborto es dos ingresos en vez de uno… el aborto es responsabilidad fiscal.”

Sin embargo el aborto conlleva otras consecuencias que no pueden reducirse burdamente a dólares y centavos. La crianza de los hijos es un trabajo difícil. Pero también es, por lo general y a lo largo del tiempo, una de las tareas humanas más satisfactorias. Muchos padres incluso la considerarían la vocación más noble de todas. Si la felicidad y la plenitud personal son el summum bonum de la elección de Patricia, entonces esta omisión debe añadirse.

Es 1995. Kelly tiene cuarenta años. Ahora es madre de tres, se casó con el gerente de la cafetería de la escuela y tuvieron gemelos. La hija de Kelly tiene veinte años y trabaja de tiempo completo en el Denny´s de la localidad. Los gemelos son adolescentes. La vida de sus padres, y en algunas ocasiones la de su hermana mayor, están llenas de juegos escolares y otras actividades sociales típicas de los adolescentes.

Para cuando Patricia tiene cuarenta años también es madre. Tras quince años de trabajar para el despacho, comenzó a notar que sus colegas masculinos, que antes le prestaban tanta atención, ahora preferían la compañía de las jóvenes asociadas. Hace dos años, a sus treinta y ocho, se casó con otro abogado que la había pretendido por años. Ella había visto a demasiadas amigas esperando por demasiado tiempo a que llegara la pareja perfecta; Patricia quería un esposo y un hijo antes de que fuera demasiado tarde.

En el ámbito profesional, Patricia, ha alcanzado lo que quería: es una socia importante de la firma. Viaja a Europa y a donde quiera en Business Class. Con el tiempo estos viajes se han vuelto más cansados y aburridos de lo que eran antes, porque ahora tiene un hijo. Dos años de FIV (fecundación in vitro) han dado fruto: ella y su esposo tienen un pequeño niño al que adoran. Se han informado sobre las mejores guarderías de Nueva York y tuvieron la suerte de dar con una excelente niñera de tiempo completo. Aunque Patricia no ve demasiada televisión, algunas veces ve un show llamado Murphy Brown, y siente una extraña sensación mezcla de auto aprobación y alivio, porque al menos ella, al contrario de Murphy, sí está casada.

Aquí llegamos a otra verdad que la imagen congelada de una mujer llorando no logra captar. La defensa utilitarista del aborto —la insistencia de que hace a las mujeres más felices— pierde mucho de su aparente verosimilitud cuando Patricia y Kelly llegan a la edad madura. El aplazamiento de Patricia para formar una familia ha resultado en una cuantiosa ganancia material y en libertad personal. Pero también conlleva riesgos como la infertilidad y su tratamiento, y desventajas permanentes: ha hecho que su círculo familiar sea más pequeño de lo que podría haber sido.

En cuanto a Kelly, ya ha dejado atrás el trabajo más pesado, y la consolación del crecimiento de sus hijos y su compañía se incrementa.

En el 2005, Kelly y Patricia, cumplen cincuenta años. Kelly festeja con su familia en el Cheescake Factory del centro comercial. Los hijos de Kelly ya no viven en su casa; su hija está casada y tiene dos niños pequeños. Kelly cuida seguido a sus nietos después de las clases mientras los padres de los niños trabajan.

Patricia celebra sus cincuenta años con su esposo en el hotel Relais & Chateaux en la costa de Portugal. Su hijo, tiene doce años, y se quedó en Nueva York con la niñera.

Daremos un salto en el tiempo, de dieciséis años, y llegamos al 2021. Kelly y Patricia murieron este año de cáncer. Como ocurre con la muerte, el mundo de ambas se contrae en un pequeño reparto de personajes: los seres queridos. Kelly estuvo rodeada sus últimos meses por sus hijos, nietos y el resto de la familia. Mientras que el hijo de Patricia, a sus veintiocho años, la conforta. Sus cenizas serán depositadas en el río Hudson, cerca de la cabaña que ella y su esposo compraron cuando ella se volvió socia de la firma.

Al final de las historias de nuestros dos personajes, volvemos a la pregunta inicial, pero desde otro ángulo. ¿Qué tan convincente es la defensa utilitarista del aborto desde la perspectiva del final de la vida? La perspectiva utilitarista niega por completo el hecho de que el aborto legal tiene costos ocultos en forma de alegrías perdidas y pospuestas. Si miramos la “elección” desde el final de la vida de quien elige, y no sólo en el momento de la elección, nos confronta una verdad universal: que la vida es buena y punto; esto nunca es tan evidente como cuando se encara la muerte.

Cuestionar la hipótesis utilitarista no implica “juzgar” o condenar a nadie. Difícilmente existe un personaje en la tierra que despierte más simpatía que una joven aterrorizada con un embarazo inesperado. Por eso, desde la época de Roe, el movimiento próvida ha respondido con los brazos abiertos a las mujeres y hombres atrapados en el aborto, por no hablar de las organizaciones benéficas que van desde residencias hasta servicios psicológicos y médicos. En vez de celebrar y multiplicar la decisión de abortar, los defensores del aborto deberían haberse unido hace tiempo a los próvida para confrontar a las fuerzas que llevan a mujeres, como Patricia y Kelly, a considerar el aborto de entrada como una salida a su situación.

Detrás de cada mujer que opta por terminar un embarazo existen fallos sistémicos: la pérdida de las normas sexuales causada por la revolución sexual; pornografía; consumismo; la sexualización de los niños ocasionada por programas escolares pervertidos; las iglesias que han cambiado las enseñanzas cristianas por las últimas modas consideradas “progre”. De superarse Roe el aborto seguirá existiendo en Estados Unidos y en América. La misión de la siguiente generación del movimiento pro-vida deberá ser diseñar estrategias que reduzcan estos factores ocultos.

Las historias de Kelly y Patricia muestran en última instancia que los argumentos utilitaristas a favor del aborto fracasan evaluados de acuerdo con su propio criterio. La verdadera felicidad no puede separarse de las vidas entretejidas —especialmente por el nacimiento de un hijo. Este es el tapiz sagrado que es necesario reparar. Esto es lo que la espantosa lógica de Roe y Casey[2] intentó hacernos olvidar. El niño no nacido al que tememos al principio de muchos embarazos se convierte en algo totalmente distinto con el paso del tiempo: el nieto que ilumina un asilo de ancianos, la hermana que lleva al hermano menor al baile de graduación, el hijo adulto que sostiene la mano de su madre en el lecho de muerte.

Mientras nos atrevemos a imaginar un mejor futuro para los hombres, mujeres y niños –que aquellos impuestos por la Suprema Corte en 1973- meditemos también sobre estas realidades.

Traducción y edición: Andrea Fajardo y Fernando Galindo. Agradecemos la autorización de R. R. Reno, editor de First Things y de Mary Eberstadt para traducir y publicar este artículo. Aparecido originalmente en First Things.


[1] Se conoce como “Roe vs. Wade” a un caso juzgado por la Suprema Corte de Justicia en 1973 que sentó el precedente jurídico para la despenalización del aborto en Estados Unidos. La opinión mayoritaria de la Corte determinó que declarar como ilegal el aborto atentaría contra el derecho a la privacidad de la mujer. Tal derecho a la privacidad comprendía el derecho a abortar sin restricciones por parte del gobierno federal o estatal. En opinión del juez Blackmun “la maternidad, o hijos adicionales, podrían imponer a la mujer una vida y un futuro llenos de angustias. El daño psicológico puede ser inminente. La salud mental y física puede ser afectada por el cuidado del niño. Y se da también la angustia asociada con el niño no deseado que afecta a todos aquellos relacionados con él.” 410. U.S. at 153 (1973) Op. Cit. Chemerinsky E. Pg. 887 (2019) Este es precisamente el “esquema mental” al que se refiere la autora.  [Nota de los editores]

[2] “Casey” refiere al caso “Planned Parenthood vs. Casey “, juzgado por la Suprema Corte de Justicia en 1992. El querellante en el caso “Planned Parenthood” (organización dedicada a la “salud reproductiva” y principal facilitadora de abortos en Estados Unidos) demandaba la abrogación de 5 regulaciones restrictivas del aborto en la Pennsylvania Abortion Control Act por considerarlas inconstitucionales. Las 5 restricciones eran: 1. Consentimiento informado de la mujer, tras haber recibido información sobre el posible impacto nocivo del aborto en su salud y sobre la viabilidad del nonato. 2) Notificación al cónyuge. 3) Consentimiento de los padres, en caso de tratarse de una menor. 4) Respetar un plazo de 24 horas entre la decisión de abortar y la realización el procedimiento. 5) Las instalaciones que realicen abortos deberán guardar ciertos registros.  Únicamente el requerimiento 2) fue declarado como inconstitucional, pero de nuevo el juez Blackmun en una opinión conjunta con el juez Stevens ejemplifica la mentalidad mencionada por la autora: “La madre que lleva a un niño a término padece ansiedades, constreñimientos físicos, dolor que solo ella debe cargar.” 505 U.S. at 852 (1992) Op. Cit.  Chemerinsky E. Pg. 893 (2019) [Nota de los editores]

Dilema de la Obra

Dilema de la Obra

En realidad, debería decir “el dilema de la Iglesia”, dada la profunda división que, tanto a nivel de la jerarquía como del pueblo fiel generó la reciente publicación de “Fiducia supplicans”. Pero voy a ceñirme a la realidad del Opus Dei, que es lo que conozco, lo que me esfuerzo por vivir. Hace unos días publiqué un artículo sobre dicho documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el cual a su vez generó mucha polémica: a unos les gustó mucho, a otros les desagradó profundamente. Más allá de las limitaciones de mi texto, pude percibir una profunda crisis espiritual que padecen algunas -pienso que bastantes- personas de la Obra.

Personalmente considero que los fieles del Opus Dei estamos pasando por un proceso difícil. Una especie de “error en el programa”, “así no corre el programa”. ¿Por qué? Porque la enseñanza de san Josemaría es muy correcta doctrinalmente: son particularmente elocuentes al respecto, sus famosas “Tres Campanadas” que escribió en 1973 y 1974, en el contexto de una grave crisis postconciliar en la Iglesia. Digamos que, en ellas -tres cartas dirigidas a los fieles del Opus Dei-, con una clarividente prudencia de gobierno, ante el caos generalizado “recogió amarras”, clausuró, por así decir, doctrinalmente a la Obra a cal y canto, apoyándose exclusivamente en la doctrina oficial de la Iglesia: santo Tomás de Aquino y el Magisterio eclesiástico. Recientemente, el libro publicado por José Luis González Gullón y John F. Coverdale, “Historia del Opus Dei” reconoce que, si bien en su momento fueron necesarias esas medidas, con el paso del tiempo produjeron cierto estancamiento en la teología elaborada por fieles de la Obra.

San Josemaría

Pero la enseñanza y la praxis pastoral de san Josemaría parten de un supuesto: “el Papa es ortodoxo”, “el Papa es el garante de la ortodoxia”, “la doctrina es recta si, y sólo si, está en línea con el Papa”. Pero, ¿y qué pasa si un Papa no es tan “ortodoxo”? ¿Quién define entonces lo que es ortodoxo o no? ¿Es la verdad, descubierta por cada quien, y por lo tanto nuestro propio criterio? ¿O nuestro criterio debe ser dócil y humilde y someterse al magisterio del Papa, aunque nos parezca que doctrinalmente está desbarrando? Creo que el propio san Josemaría, si se encontrara en esta situación, se enfrentaría a un dilema insoluble, ante el que solo cabría callar, rezar y esperar. Cuando escribió sus “Tres Campanadas” se enfrentaba a la dolorosa crisis del postconcilio, donde había una gran confusión y ambigüedad doctrinal en la Iglesia y a altísimo nivel, cardenales incluidos. Pero ahora es el Papa, y así el programa no corre. Y resulta obvio que la doctrina de Francisco, en la práctica, aunque se quiera hacer ver lo contrario, no está en la línea de la de san Josemaría, aunque parte esencial de la de san Josemaría sea seguir al Papa incondicionalmente (y, ¡vaya que Francisco nos ha maltratado!).

Es preciso que se me entienda. Es falso afirmar simple y llanamente que las enseñanzas de san Josemaría y las del Papa Francisco son divergentes e incompatibles. No es así, pues ambos aman profundamente a Cristo, a la Iglesia y a las almas. Por eso, siempre pueden buscarse puntos de conciliación; así, por ejemplo, la frase de san Josemaría “de 100 almas nos interesan 100”, puede verse materializada en “Fiducia supplicans”. Pero -hay un pero- san Josemaría jamás habría buscado la cercanía eclesial con esas personas de esa manera. Las similitudes de fondo, entre Francisco y san Josemaría podrían seguir. Hay una que me llena de gran paz: ambos tienen un profundo amor y una gran confianza en la Virgen. Pero en lo que difieren es en los modos; la meta es la misma, el camino es diferente. San Josemaría está más preocupado por la corrección doctrinal, Francisco por la dimensión pastoral de la Iglesia.

Papa Francisco

Por mi parte he intentado seguir el criterio del Prelado de la Obra y de su Vicario Auxiliar: apoyar al Papa. De hecho, el Vicario Auxiliar hizo en su momento un llamado de atención a algunos fieles de la Obra que, respetuosamente, cuestionaban la corrección doctrinal del capítulo VIII de Amoris laetitia, como Ettore Gotti Tedeschi o Scott Hahn. Esto me ha supuesto un desafío intelectual. Por ejemplo, al enterarme por las noticias de la publicación de “Fiducia supplicans” y antes de leer el texto, pensaba: “¿por qué no renuncia ya? (san Juan Pablo II murió a los 84 años, casi 85; Benedicto XVI renunció a los 85; Francisco tiene 87 y, regularmente, pide religiosamente la renuncia a los prelados de la Iglesia a los 75), ¿quién maneja realmente la Iglesia cuando quien la dirige es un señor de 87 años?” Es decir, ante documentos como este, personalmente tengo que realizar un empeño por conseguir “que no me revuelque la ola, sino surfearla”. Eso implica, en la práctica, deconstruir algunos modos y formas que aprendí de san Josemaría, para asimilar los de Francisco. Y, la verdad, finalmente le he descubierto el lado bueno al Papa. Al final del día, si lo hago, es por ser fiel a san Josemaría y por seguir las indicaciones de quien ahora lo representa, su Prelado. Debo confesar que, con frecuencia, las decisiones de gobierno de Francisco me llenan de incertidumbre e inquietud, pero sus escritos de consuelo y esperanza. Ese ha sido el caso de “Fiducia supplicans”. Y sí, por mi parte intento cambiar de “chip”, lo que supone reconocer, de hecho, que en la Obra hemos sido quizá durante mucho tiempo algo -¿mucho?- rígidos, y Francisco nos está enseñando a no serlo.

Mons. Fernando Ocáriz Braña, Prelado del Opus Dei
Celibato matrimonial

Celibato matrimonial

Oxímoron: “Figura retórica de pensamiento que consiste en complementar una palabra con otra que tiene un significado contradictorio u opuesto”. Pues no. En este caso no se trata de un “oxímoron”, sino de una triste realidad. Aunque parezca descabellado, absurdo o contradictorio, tristemente hay parejas que viven esta realidad absurda. No en vano, la vez que más se me ha alebrestado el auditorio en clase, fue cuando les expliqué el “débito conyugal”. Varias alumnas lo consideraron una especie de violación. Por contrapartida, es frecuente que algunas mujeres -es más común en ellas- tengan “a dieta” a su marido, por periodos más o menos extensos de tiempo o, de forma indefinida, y viceversa también. Sí, aunque usted no lo crea, hay maridos que no se acercan a su mujer sino para consumir los sagrados alimentos.

Con mucha más frecuencia de lo que hubiera imaginado, me lo he encontrado a lo largo de mi experiencia de acompañamiento espiritual. Recuerdo una vez que un marido me pidió por favor -sabía que yo hablaba con su mujer- que la convenciera de cambiar su “mortificación cuaresmal”, ya que había decidido no tener intimidad conyugal durante ese periodo de tiempo. Al pobre esposo se le hacía muy duro esperar cuarenta días, hasta la pascua, para tener intimidad con su mujer.

Pero también ha habido experiencias en sentido inverso. Una mujer, en el mismo contexto de asesoría espiritual, preguntaba inocentemente si era normal la actitud sexual de su marido: llevaban décadas sin tener intimidad. La actividad sexual se había limitado, rigurosamente, a ser “instrumento para la procreación”. El marido consideró que, habiendo tenido ya cuatro hijos, podían dejar de tener acercamiento sexual para siempre. ¿Se trataba de un anacoreta que había accedido al matrimonio sólo para satisfacer a sus padres? Tristemente, la respuesta es no. Se trataba, más bien, de una persona con inclinación homosexual, que había acudido al matrimonio para cuidar las apariencias. Antes -no hace mucho- estaba mal visto ser abiertamente homosexual, así que, para cubrir el expediente, algunas personas con esta tendencia accedían al matrimonio para cuidar las formas sociales, pagando la factura la pobre desafortunada que había sido instrumentalizada por su marido, para aparentar “normalidad” en el seno de una sociedad conservadora. De hecho, un buen amigo, activista homosexual, me lo confirmó abiertamente: “antes las personas homosexuales en países católicos teníamos dos opciones, para salir honrosamente parados en la sociedad: casarnos o entrar al seminario”. Eso explica cómo, muy tardíamente, descubrió la Iglesia Católica el porcentaje de sacerdotes pederastas en su seno (el 80% de las víctimas de abuso son niños, no niñas). De forma que fue hasta el año 2005 cuando se prohibió que entraran en el seminario personas con inclinación homosexual.

En el caso anterior -no es el único- no me ha quedado más remedio que recomendarle a la mujer -a la víctima debería decir- que tramitara su nulidad matrimonial. Un matrimonio así es una farsa, una simulación, en realidad nunca ha existido. Pero claro, no es fácil tomar esa decisión, no resulta sencillo explicarles a los hijos que su papá en realidad es gay, y hacerles tomar conciencia -¡qué duro!- de que su existencia es simplemente el resultado de la estrategia para “cumplir las expectativas sociales” de su padre o, dicho más crudamente, que su vida es fruto de un maquiavélico plan para cuidar las apariencias; una obra teatral que ha dado como fruto su propia existencia. Por eso, algunas mujeres prefieren seguir como siempre, en atención a los hijos, desarrollando su papel en la inhumana obra de teatro, en la que involuntariamente se han visto forzadas participar. Finalmente, todo hay que decirlo, es más sencillo que ellas se acostumbren a no tener intimidad sexual, a que lo haga su marido. Lo injusto de esta situación resalta, pues el marido lejos de “estar a dieta”, tiene intimidad sexual “bajo el agua”, es decir, mantiene una vida sexual activa, de carácter homosexual, que oculta hábilmente a la sociedad y a su propia esposa, hasta que ella lo descubre (el celular siempre traiciona).

De todas formas, siempre es bueno “vivir en la verdad” o, por lo menos, intentarlo. No es bueno ni saludable vivir en la simulación. Una de las “ventajas” de nuestra sociedad permisiva es que ya no son necesarias esas simulaciones. Las personas homosexuales tienen ahora todo tipo de salidas airosas -de hecho, están de moda, ahora son privilegiadas-, de manera que ya no se ven forzadas a arruinarle la vida a su esposa/o respectivamente o, peor aún, probar suerte en el seminario.

MDNMDN