Generic selectors
Exact matches only
Search in title
Search in content
Post Type Selectors
Dilema de la Obra

Dilema de la Obra

En realidad, debería decir “el dilema de la Iglesia”, dada la profunda división que, tanto a nivel de la jerarquía como del pueblo fiel generó la reciente publicación de “Fiducia supplicans”. Pero voy a ceñirme a la realidad del Opus Dei, que es lo que conozco, lo que me esfuerzo por vivir. Hace unos días publiqué un artículo sobre dicho documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el cual a su vez generó mucha polémica: a unos les gustó mucho, a otros les desagradó profundamente. Más allá de las limitaciones de mi texto, pude percibir una profunda crisis espiritual que padecen algunas -pienso que bastantes- personas de la Obra.

Personalmente considero que los fieles del Opus Dei estamos pasando por un proceso difícil. Una especie de “error en el programa”, “así no corre el programa”. ¿Por qué? Porque la enseñanza de san Josemaría es muy correcta doctrinalmente: son particularmente elocuentes al respecto, sus famosas “Tres Campanadas” que escribió en 1973 y 1974, en el contexto de una grave crisis postconciliar en la Iglesia. Digamos que, en ellas -tres cartas dirigidas a los fieles del Opus Dei-, con una clarividente prudencia de gobierno, ante el caos generalizado “recogió amarras”, clausuró, por así decir, doctrinalmente a la Obra a cal y canto, apoyándose exclusivamente en la doctrina oficial de la Iglesia: santo Tomás de Aquino y el Magisterio eclesiástico. Recientemente, el libro publicado por José Luis González Gullón y John F. Coverdale, “Historia del Opus Dei” reconoce que, si bien en su momento fueron necesarias esas medidas, con el paso del tiempo produjeron cierto estancamiento en la teología elaborada por fieles de la Obra.

San Josemaría

Pero la enseñanza y la praxis pastoral de san Josemaría parten de un supuesto: “el Papa es ortodoxo”, “el Papa es el garante de la ortodoxia”, “la doctrina es recta si, y sólo si, está en línea con el Papa”. Pero, ¿y qué pasa si un Papa no es tan “ortodoxo”? ¿Quién define entonces lo que es ortodoxo o no? ¿Es la verdad, descubierta por cada quien, y por lo tanto nuestro propio criterio? ¿O nuestro criterio debe ser dócil y humilde y someterse al magisterio del Papa, aunque nos parezca que doctrinalmente está desbarrando? Creo que el propio san Josemaría, si se encontrara en esta situación, se enfrentaría a un dilema insoluble, ante el que solo cabría callar, rezar y esperar. Cuando escribió sus “Tres Campanadas” se enfrentaba a la dolorosa crisis del postconcilio, donde había una gran confusión y ambigüedad doctrinal en la Iglesia y a altísimo nivel, cardenales incluidos. Pero ahora es el Papa, y así el programa no corre. Y resulta obvio que la doctrina de Francisco, en la práctica, aunque se quiera hacer ver lo contrario, no está en la línea de la de san Josemaría, aunque parte esencial de la de san Josemaría sea seguir al Papa incondicionalmente (y, ¡vaya que Francisco nos ha maltratado!).

Es preciso que se me entienda. Es falso afirmar simple y llanamente que las enseñanzas de san Josemaría y las del Papa Francisco son divergentes e incompatibles. No es así, pues ambos aman profundamente a Cristo, a la Iglesia y a las almas. Por eso, siempre pueden buscarse puntos de conciliación; así, por ejemplo, la frase de san Josemaría “de 100 almas nos interesan 100”, puede verse materializada en “Fiducia supplicans”. Pero -hay un pero- san Josemaría jamás habría buscado la cercanía eclesial con esas personas de esa manera. Las similitudes de fondo, entre Francisco y san Josemaría podrían seguir. Hay una que me llena de gran paz: ambos tienen un profundo amor y una gran confianza en la Virgen. Pero en lo que difieren es en los modos; la meta es la misma, el camino es diferente. San Josemaría está más preocupado por la corrección doctrinal, Francisco por la dimensión pastoral de la Iglesia.

Papa Francisco

Por mi parte he intentado seguir el criterio del Prelado de la Obra y de su Vicario Auxiliar: apoyar al Papa. De hecho, el Vicario Auxiliar hizo en su momento un llamado de atención a algunos fieles de la Obra que, respetuosamente, cuestionaban la corrección doctrinal del capítulo VIII de Amoris laetitia, como Ettore Gotti Tedeschi o Scott Hahn. Esto me ha supuesto un desafío intelectual. Por ejemplo, al enterarme por las noticias de la publicación de “Fiducia supplicans” y antes de leer el texto, pensaba: “¿por qué no renuncia ya? (san Juan Pablo II murió a los 84 años, casi 85; Benedicto XVI renunció a los 85; Francisco tiene 87 y, regularmente, pide religiosamente la renuncia a los prelados de la Iglesia a los 75), ¿quién maneja realmente la Iglesia cuando quien la dirige es un señor de 87 años?” Es decir, ante documentos como este, personalmente tengo que realizar un empeño por conseguir “que no me revuelque la ola, sino surfearla”. Eso implica, en la práctica, deconstruir algunos modos y formas que aprendí de san Josemaría, para asimilar los de Francisco. Y, la verdad, finalmente le he descubierto el lado bueno al Papa. Al final del día, si lo hago, es por ser fiel a san Josemaría y por seguir las indicaciones de quien ahora lo representa, su Prelado. Debo confesar que, con frecuencia, las decisiones de gobierno de Francisco me llenan de incertidumbre e inquietud, pero sus escritos de consuelo y esperanza. Ese ha sido el caso de “Fiducia supplicans”. Y sí, por mi parte intento cambiar de “chip”, lo que supone reconocer, de hecho, que en la Obra hemos sido quizá durante mucho tiempo algo -¿mucho?- rígidos, y Francisco nos está enseñando a no serlo.

Mons. Fernando Ocáriz Braña, Prelado del Opus Dei
Celibato matrimonial

Celibato matrimonial

Oxímoron: “Figura retórica de pensamiento que consiste en complementar una palabra con otra que tiene un significado contradictorio u opuesto”. Pues no. En este caso no se trata de un “oxímoron”, sino de una triste realidad. Aunque parezca descabellado, absurdo o contradictorio, tristemente hay parejas que viven esta realidad absurda. No en vano, la vez que más se me ha alebrestado el auditorio en clase, fue cuando les expliqué el “débito conyugal”. Varias alumnas lo consideraron una especie de violación. Por contrapartida, es frecuente que algunas mujeres -es más común en ellas- tengan “a dieta” a su marido, por periodos más o menos extensos de tiempo o, de forma indefinida, y viceversa también. Sí, aunque usted no lo crea, hay maridos que no se acercan a su mujer sino para consumir los sagrados alimentos.

Con mucha más frecuencia de lo que hubiera imaginado, me lo he encontrado a lo largo de mi experiencia de acompañamiento espiritual. Recuerdo una vez que un marido me pidió por favor -sabía que yo hablaba con su mujer- que la convenciera de cambiar su “mortificación cuaresmal”, ya que había decidido no tener intimidad conyugal durante ese periodo de tiempo. Al pobre esposo se le hacía muy duro esperar cuarenta días, hasta la pascua, para tener intimidad con su mujer.

Pero también ha habido experiencias en sentido inverso. Una mujer, en el mismo contexto de asesoría espiritual, preguntaba inocentemente si era normal la actitud sexual de su marido: llevaban décadas sin tener intimidad. La actividad sexual se había limitado, rigurosamente, a ser “instrumento para la procreación”. El marido consideró que, habiendo tenido ya cuatro hijos, podían dejar de tener acercamiento sexual para siempre. ¿Se trataba de un anacoreta que había accedido al matrimonio sólo para satisfacer a sus padres? Tristemente, la respuesta es no. Se trataba, más bien, de una persona con inclinación homosexual, que había acudido al matrimonio para cuidar las apariencias. Antes -no hace mucho- estaba mal visto ser abiertamente homosexual, así que, para cubrir el expediente, algunas personas con esta tendencia accedían al matrimonio para cuidar las formas sociales, pagando la factura la pobre desafortunada que había sido instrumentalizada por su marido, para aparentar “normalidad” en el seno de una sociedad conservadora. De hecho, un buen amigo, activista homosexual, me lo confirmó abiertamente: “antes las personas homosexuales en países católicos teníamos dos opciones, para salir honrosamente parados en la sociedad: casarnos o entrar al seminario”. Eso explica cómo, muy tardíamente, descubrió la Iglesia Católica el porcentaje de sacerdotes pederastas en su seno (el 80% de las víctimas de abuso son niños, no niñas). De forma que fue hasta el año 2005 cuando se prohibió que entraran en el seminario personas con inclinación homosexual.

En el caso anterior -no es el único- no me ha quedado más remedio que recomendarle a la mujer -a la víctima debería decir- que tramitara su nulidad matrimonial. Un matrimonio así es una farsa, una simulación, en realidad nunca ha existido. Pero claro, no es fácil tomar esa decisión, no resulta sencillo explicarles a los hijos que su papá en realidad es gay, y hacerles tomar conciencia -¡qué duro!- de que su existencia es simplemente el resultado de la estrategia para “cumplir las expectativas sociales” de su padre o, dicho más crudamente, que su vida es fruto de un maquiavélico plan para cuidar las apariencias; una obra teatral que ha dado como fruto su propia existencia. Por eso, algunas mujeres prefieren seguir como siempre, en atención a los hijos, desarrollando su papel en la inhumana obra de teatro, en la que involuntariamente se han visto forzadas participar. Finalmente, todo hay que decirlo, es más sencillo que ellas se acostumbren a no tener intimidad sexual, a que lo haga su marido. Lo injusto de esta situación resalta, pues el marido lejos de “estar a dieta”, tiene intimidad sexual “bajo el agua”, es decir, mantiene una vida sexual activa, de carácter homosexual, que oculta hábilmente a la sociedad y a su propia esposa, hasta que ella lo descubre (el celular siempre traiciona).

De todas formas, siempre es bueno “vivir en la verdad” o, por lo menos, intentarlo. No es bueno ni saludable vivir en la simulación. Una de las “ventajas” de nuestra sociedad permisiva es que ya no son necesarias esas simulaciones. Las personas homosexuales tienen ahora todo tipo de salidas airosas -de hecho, están de moda, ahora son privilegiadas-, de manera que ya no se ven forzadas a arruinarle la vida a su esposa/o respectivamente o, peor aún, probar suerte en el seminario.

Sumergiéndome en la eternidad… y sus maravillas

Sumergiéndome en la eternidad… y sus maravillas

Síguenos en nuestro canal de Telegram:
https://t.me/spesetcivitas

«El presente es el punto en el que el tiempo coincide con la eternidad»

C.S. Lewis
Y para mí especialmente ahora.

Como una mexicana en sus veinte años nunca me hubiera planteado estudiar Teología como carrera universitaria. Estudiar Teología —para muchos en mi país y por ignorancia— es para sacerdotes y algunas religiosas. Muchos estudiamos catecismo en su momento y pretendemos que conocemos a fondo nuestra fe; en realidad nos falta muchísimo por aprender. Desde hace un par de meses he emprendido una aventura fascinante: viajé a Roma y me matriculé en el Baccalaureato en Teología en una universidad pontificia.

Al llegar a las clases sentí que soy minoría en este mundo. Un aula de cincuenta personas en las que tan solo somos cinco mujeres. Además, somos pocos los laicos que no están ahí para prepararse para el sacerdocio. ¿Por qué estudio Teología? La pregunta la recibo al menos alguna vez por semana. Hasta ahora me dispongo a responderla con cabeza. No para los demás, sino para mí.

Dos cosas son las que principalmente me han motivado a estudiar esto. La primera, Dios. La segunda, Roma. Antes de venir, una buena amiga —con la que comparto ambas profesiones de filósofa y teóloga— me insistió: «Estudiar Teología es conocer lo que Dios quiere que sepas de Él mismo». No necesité más: esa verdad bastó para que me aventurara en esto. Para una católica practicante como yo, estudiar con seriedad las verdades de mi fe resulta completamente fascinante y revelador. Sabía que había todo un mundo por conocer, pero nunca creí que sería tan definitivo para lo que significa ser católica, para lo que significa ser hija de Dios.

Aunado a esto me motiva el hecho de que el Papa Francisco haya hecho un llamado especial a los laicos para su participación en la Iglesia. Su voto en el pasado Sínodo es tan solo un ejemplo de esta actitud de Su Santidad. Como laica, mujer y estudiante de Teología esta actitud me interpela directamente. Me hace sentir la responsabilidad del mundo y de la Iglesia en mis hombros. Me resulta un honor poder cargar con un cachito de esta piedra sobre mis hombros, aún flacos, por todo lo que me queda por estudiar y profundizar. Cuando subo al último piso de mi universidad y salgo al terrazzo veo la cúpula de San Pedro, recuerdo mi colaboración con el Santo Padre y renuevo mi esperanza en que esto vale la pena.

San Pedro, Ciudad del Vaticano.
Foto: Mauricio Fajardo.

Me ha sorprendido especialmente la cultura de las universidades pontificias. En Europa es común —permítaseme esta expresión, aunque sé que implica muchos matices— estudiar Teología a nivel universitario, incluso para personas no cristianas o poco practicantes. Esto lo comprobé en Roma, donde encuentro a muchas personas que deciden emprender esta aventura como yo. No existe mucho prejuicio alrededor de estas universidades. Yo sí tenía este prejuicio, por el pragmatismo del que vengo en el que cualquier estudio lo tiene que avalar un título reconocido por mi gobierno. Lo que he encontrado aquí es un verdadero espíritu de búsqueda de la verdad. El conocimiento no utilitario cobra especial importancia aquí, lo cual es valiosísimo.

Mi segunda motivación es Roma, ¡y qué motivación! Su apodo de città eterna no es trivial. Una amiga una vez me dijo «Roma es de otro mundo y mil mundos al mismo tiempo». No puede tener más razón. Mi universidad tiene Piazza Navona como patio de recreo. Para llegar al centro de Roma camino por Via Flaminia. Esto me permite entrar hacia el centro por la Porta del Popolo: antigua entrada a la gran ciudad. Todos los días me maravillo ante esta entrada. Ahí hay un semáforo que me permite frenar, contemplarla y retomar la conciencia de que estoy a punto de entrar en la historia de esta ciudad, de ayudar a seguir escribiendo esa historia. Al contemplar me repite que no me puedo acostumbrar.

 Vivir en Roma es viajar en el tiempo diariamente. Es respirar y convivir con el caos —aunque viniendo de la Ciudad de México, la palabra caos es sinónimo de cotidianidad—. Es esquivar turistas e italianos enojados. Es, de un mismo vistazo, percibir tres mil años de historia. Es escuchar todas las lenguas, porque todos los caminos llevan a Roma. Fue la capital del gran imperio y sigue siendo capital de Occidente en muchos sentidos. Roma es abrumadora: es enorme, en todos los sentidos de la palabra. Al mismo tiempo llega a ser tan personal y acogedora, de las maneras más extrañas, pero logra serlo. Ante tanta universalidad —con la que convivo diariamente— es imposible que la añoranza del país de origen sea triste. Junto con la nostalgia que el estar lejos de casa conlleva, Roma consigue reunir a todas las naciones y valorar la riqueza de cada una.

Llevo solo unos pocos meses y la aventura acaba de empezar. Pero si con poco tiempo ha conseguido sorprenderme y fascinarme, ¡todo lo que me espera! Lo que más he valorado es que Roma me ha enseñado a contemplar… espero que no se detenga.

            Las tragedias

            Las tragedias

Nací en Cancún. En 1982. Aún recuerdo el primer huracán que nos tocó. El méndigo Gilberto. Fue una locura. Eso sí, siempre supimos que era un canijo. Nunca lo menospreciamos. De todas formas, pegó con fuerza y saña. Y dejó un sentimiento de desolación y desasosiego entre los habitantes de la zona por años. Me atrevo a decir, que hay aspectos que nunca superamos.

            Porque puedes reconstruir, volver a poner, cambiar, comprar; pero, ¿y luego?

            No es tan fácil. Cancún era un lugar caro; turismo de alto poder adquisitivo iba nada más. El Gilberto lo cambió todo. Porque para que la gente regresara bajamos los precios, y nunca volvimos a los precios de antes. Podríamos decir que el todo incluido y los tiempos compartidos se los debemos a ese huracán venido de los infiernos.

            Recuerdo, muy vívidamente, que mientras pasaba el huracán, lo podía ver. Mi mamá me decía: el aire no se ve, pero puedes ver para dónde va, ¿no? Y sí, podía ver para donde iba el aire. No por las plantas que se movían, no por los objetos. Si no por el aire, que se veía pasar.

            Cuando se fue, yo, escuincle como era, jugaba en el agua (todo se encharcó) con mis hermanos.   

            Pero sí, fue algo muy serio. Todo Cancún se alistó. Pusimos cinta adhesiva en los vidrios (preámbulo que después se volvió en los anticiclónicas, que ahora todo Cancún tiene) compramos mucha comida y agua.

            Luego vinieron más huracanes. Uno, incluso, lo pasé jugando en el parque con mis amigos (ah, la estúpida juventud). Algunos llegan muy fuerte, otros no tanto. Pero siento que hay cierto hábito, cierto conocimiento, cierto saber, de cuando llegan y se van. Yo, por mucho tiempo, pensé que los huracanes causaban más que nada una afectación económica. Porque eso era lo que provocaban los huracanes, un parón económico, y luego volvíamos a arrancar.

            Lo de Acapulco nunca lo he vivido. Mi saber y mi imaginación no llega a entender lo que están viviendo.

Cabemos todos: Crónica de un voluntario de la JMJ

Cabemos todos: Crónica de un voluntario de la JMJ

Texto fotos por Esteban Morfín

Entérate de SPES en Telegram:
https://t.me/spesetcivitas

La Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) es una experiencia de la Iglesia viva y en movimiento como ninguna otra que haya visto. Católicos, cristianos y ateos de todo el mundo se reúnen en una sola ciudad durante unos días, convocados por el Papa. Las historias, las intenciones y las motivaciones de cada uno para acudir al evento son tan numerosas como la multitud misma.

La curiosidad, el deseo de ver y conocer gente nueva, la búsqueda de pareja, el amor al Papa y a la Iglesia, la aventura, el morbo incluso; una mezcla de todo y mil motivos más nos llevaron de cerca y lejos a más de un millón de personas hasta la hermosa ciudad costera de Lisboa, con su río Tajo, sus mosaicos y sus pasteles de nata. Hubo algunos, como yo, que no supimos muy bien cómo fue que acabamos ahí.

Me anoté como voluntario una tarde de ocio en la que recordé que pronto sería la JMJ. No esperaba nada. Ni siquiera estaba seguro de que en el trabajo me darían las vacaciones para poder asistir. Faltaban solo un par de semanas y yo aún no tenía mi boleto de avión comprado. Ni siquiera tenía el dinero. Estoy seguro de que, en mi caso, se trató de una invitación expresa del Espíritu Santo, pues todo cayó en su lugar justo a tiempo y pude volar a Lisboa.

Desde mi llegada al aeropuerto me encontré con gente llevando la playera de voluntario que de inmediato me ayudó a llegar a mi alojamiento y me hizo sentir acogido. Al llegar a la casa parroquial donde estaba asignado, me dio un pequeño vuelco el corazón y por unos momentos consideré dar media vuelta y salir corriendo.

Me recibieron con un reglamento, a mi parecer, demasiado restrictivo, con horas máximas de llegada por la noche y periodos obligatorios de silencio. Una vez que hube firmado de mala gana, me mostraron las duchas, improvisadas y montadas al aire libre, para después enseñarme un cuadro marcado con cinta en el piso de mármol de metro ochenta por treinta centímetros. “Aquí duermes,” me dijo el encargado. “Aquí duerme tu madre,” pensé en ese momento.

Después de hacer corajes y revisar algunas opciones en Airbnb, me detuve a pensar por un momento. Quizá lo mejor era apechugar y aceptar las cosas como estaban. Después de todo, ya estaba ahí. Yo me había apuntado como voluntario, sabiendo que seguramente no sería en condiciones ideales. Respiré hondo, pedí una colchoneta, di las buenas noches y me fui a dormir con el estómago todavía revuelto por el disgusto.

En Europa no saben desayunar. Un pedazo de pan con mantequilla y miel, un yogurt, una cajita de jugo y una manzana. Eso era todo. Ese primer día lamenté en buena medida haberme apuntado para algo así. Sin embargo, estaba determinado a disfrutarlo y vivirlo de la mejor manera posible. Salí a caminar y me encontré con un parque construido junto al río. Estaba lleno de niños jugando, familias, parejas con su mascota y deportistas corriendo por la orilla del río. Ese fue el primer gran golpe de paz y alegría que recibí durante el viaje. Me senté en una banca a ver el río y la gente que pasaba y se me olvidó todo el mal humor del día anterior. Pero me sentía solo. Estaba hospedándome en una casa con más de ciento cincuenta personas desconocidas. Un amigo que también pensaba ir como voluntario, al final no llegó por temas de trabajo. La amargura me dominó por un momento.

Ese sentimiento de soledad y amargura se evaporó esa misma noche, cuando me senté a cenar con dos jóvenes que venían de Guadalajara. En un momento nos hicimos amigos y para el día siguiente ya teníamos planes de visitar Sintra, una pequeña población cerca de Lisboa, famosa por su enorme hacienda de finales del siglo XVIII y su fuerte moro de la época medieval construido en lo alto de un monte. Además de la belleza y encanto del lugar, conocí a más personas de la casa, de quienes creo poder decir con sinceridad que ya cuento entre mis amigos. Era increíble. En solo unas horas había pasado de estar completamente solo a tener un grupo de amigos con los que estaba visitando un fuerte moro con una vista espectacular de todo Lisboa y sus alrededores.

Desde ese momento, no dejé de conocer gente nueva todos los días. Gente de Portugal, España, Polonia, Eslovenia, Brasil, Argentina, Ecuador, República Checa, Alemania, Vietnam, y no sé de cuántos lugares más. Recuerdo especialmente un día que estaba moviéndome hacia uno de los eventos masivos con el Papa. Me senté en el vagón del metro con un monje alemán a mi izquierda, una chica linda de República Checa frente a mí y un amigo suyo a su derecha. En pocos minutos, ya sabía el nombre de todos ellos, un poco de su vida y qué los traía a Lisboa. La conversación fluía como si nos conociéramos desde hace tiempo.

Durante la semana también me reencontré con amigos que llevaba meses o años sin ver. Conocí la playa de Lisboa con un amigo y una amiga de España y pudimos ponernos al día con el Atlántico de fondo. Otro día pude cenar con dos amigos que hace poco se casaron y esperan ya a su primer hijo. Me encontré también con gente de México, pero fue igualmente especial verlos ahí, en Lisboa, sabiendo que todos habíamos viajado esa larga distancia para lo mismo.

Mi equipo de voluntarios fue un regalo especial. Éramos cinco polacas, dos mexicanos, un ecuatoriano y un español. Nunca supimos bien cuál era nuestro trabajo. Nunca nos pudieron decir con anticipación qué haríamos al día siguiente. Tres de los seis días que debíamos trabajar terminamos sin hacer nada o con tareas francamente inútiles y tediosas. Muy a pesar de esto, fue increíble conocerlos y escuchar de sus vidas, sus ocupaciones y sus preocupaciones.

Tuve una muy buena conversación sobre la Cruz con el español, que resultó ser seminarista. El ecuatoriano me contó que ni siquiera era católico, sino cristiano, pero tenía mucha curiosidad de ver de qué se trataba todo eso. Mi compatriota mexicano me platicó de la muerte de su papá poco tiempo atrás, que, aunque le partió el corazón, les dejó una buena herencia, gracias a la que ahora podía dedicarse al cine, su verdadera pasión. Las polacas, bonitas e inteligentes, hicieron de la experiencia algo mucho más positivo que negativo. Una de ellas, abogada, me enseñó la música de Taco Hemingway, uno de los artistas más famosos de Polonia. Otra tenía un sentido del humor muy agudo y sus comentarios sarcásticos siempre me sacaron una sonrisa. Dos de ellas hablaban perfecto español, para mi sorpresa.

Durante las Misas masivas y los eventos con el Papa Francisco salieron a lucir más de una vez aspectos no tan hermosos de la gente. Con el sol, la multitud, la falta de comida y agua y las largas esperas, muchos se volvían agresivos y defendían con innecesaria grosería e impertinencia el lugar que habían conseguido. Más de algún insulto voló por encima de mi cabeza y se podían sentir las miradas hostiles de las personas cuando atravesábamos por en medio de ellas para llegar aquí o allá.

Pero eso no opacó de ninguna forma los actos de caridad y generosidad que se veían por todos lados. El muchacho alto haciendo sombra con su abrigo para sus amigos. La señora dándole toda su agua a una niña pequeña que la tomaba agradecida. La gente en la valla dejando acercarse a los más bajos de estatura para que pudieran ver pasar al papa. Yo tuve la fortuna de ayudar a tres francesas que se habían separado de su grupo y necesitaban alguien que las guiara de regreso. La amiga con la que fui al viacrucis me prestó su mochila para usarla de almohada. Definitivamente en ese lugar era mucho más lo bueno que lo malo.

Escuchar al Papa en tantas ocasiones en tan poco tiempo fue también una gracia especial. Por la luz del Espíritu Santo pude mantenerme atento casi siempre que lo escuché y guardo ahora en mi corazón sus palabras. Doy gracias a Dios por haberme puesto en la tierra al mismo tiempo que el Papa Francisco y sus dos magnos antecesores y por haber podido oír sus palabras en vivo y en directo.

En resumen, la JMJ fue una visión de la Iglesia, de lo alegres y diversos que somos, de lo imperfectos que somos, y de cómo Dios opera con nosotros y a través de nosotros a pesar de nuestros defectos y pecados. Lo último que le importa es nuestro currículum o nuestra lista de virtudes. Él va a obrar a través de ti, de mí, de toda la Iglesia, aún con toda la mugre que llevamos encima. Porque nos ama, más allá de toda lógica y entendimiento humano, nos ama. En palabras del Papa, “Somos amados como somos, sin maquillaje. […] Somos llamados y amados por el nombre de cada uno. No es un modo de decir, es la palabra de Dios.”

Cabemos todos: Crónica de un voluntario de la JMJ

Sonido de libertad: Los niños de Dios no están a la venta

Entérate de SPES en Telegram:
https://t.me/spesetcivitas

Nos hemos malacostumbrado a los cárteles de “se busca”. Los vemos diariamente, a veces los compartimos y otras pasamos de largo. Estos carteles son el pan cotidiano de un país en el que cada hora desaparecen al menos tres niños. Sabemos que uno de los grandes males que aqueja a México es el narcotráfico, pero el tráfico de personas, especialmente el tráfico infantil (que es sexual, esclavista y de órganos), es tan lucrativo que compite duramente con el tráfico de armas y de narcóticos.

¿Por qué es tan lucrativo? Porque una bolsa de cocaína se vende una vez, mientras que a un mismo niño se le puede vender –explotar­– varias veces al día e incluso su muerte puede aprovecharse. El tráfico infantil tiene un gran consumidor que es Estados Unidos y las herramientas son las plataformas de la dark web, que muchas veces incia con las redes sociales. Lo que comienza como una búsqueda de pornografía puede derivar incluso en viajes de turismo sexual, por lo que se pasa de espectador a delincuente por contacto (contact offender).

El futuro son los niños y es por ello que es nuestro deber moral proteger su integridad física y salvaguardar su inocencia. El ser humano es digno desde el momento de la concepción hasta la muerte, fin en sí mismo, nunca medio, ni consumidor, ni producto, sino persona. Y como persona no debería estar nadie a la venta: “los niños de Dios no están a la venta”, es una de las frases que se escucha en la película Sonido de libertad (Sound of Freedom), producida por Eduardo Verástegui y protagonizada por Jim Caviezel (La Pasión).

Una película dura, pero necesaria, basada en la historia real de Tim Ballard, que tardó ocho años en realizarse, por la investigación que requirió. Ballard es un ex agente del Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos, quien tras su renuncia, decide dedicarse a salvar niños del tráfico infantil con su propia fundación (2013) sin fines de lucro –Operation Underground Railroad, inspirado en los abolicionistas de la esclavitud en Estados Unidos–. En la película, Ballard (Jim Caviezel) promete a un pequeño niño de siete años rescatado de una red de tráfico, que también buscaría a su hermana, lo que lo llevó a salvar a 121 niños en la selva colombiana.

¿Por qué es tan importante esta película? Por la denuncia. Cuando se menciona el problema, podemos tomar conciencia e intentar prevenirlo desde nuestras trincheras. Sucedía lo mismo con la mafia, que parte de su poder radicaba en la clandestinidad y el secreto, pero una vez que comienza a denunciarse, se da el primer paso para solucionar el problema. Es más fácil operar cuando nadie cree que existes, porque así nadie se mete en tus asuntos y tienes más libertad de movimiento. Del mismo modo actúa el acusador.

En una entrevista Caviziel señala que, así como tras ver La lista de Schindler surge en los espectadores la intención de hacer algo, lo mismo sucede con Sonido de libertad, con la diferencia de que ahora estamos realmente en el momento histórico del problema y por ende nos compete hacer algo.

¿Qué acciones concretas podemos hacer para proteger a los niños cercanos a nosotros? Podemos comenzar desde cosas pequeñas como no exponerlos en redes sociales, porque una foto inocente y linda, será vista con malos ojos por aquellos pervertidores. Una segunda acción es tener mucho cuidado con el contenido que los pequeños consumen y limitar el uso de los dispositivos y juegos. Muchas veces los juegos en línea se prestan para que los pedófilos contacten a los niños, reporta Tim Ballard en una entrevista con Lewis Howes, pues es una técnica común que les pidan fotos o que se desnuden mientras juegan. Tim Ballard señala que lo más importante es entender las aplicaciones, juegos y saber lo que nuestros hijos hacen en línea. Una tercera acción es oponernos a la sexualización de los menores que muchas veces deriva en abuso y en otros casos en confusión de identidad (las llamadas infancias trans).

El 4 de julio se estrenó Sonido de libertad en Estados Unidos y ya desde la preventa fue todo un éxito. Varios han recomendado la película entre ellos Mel Gibson, quien afirma que “uno de los problemas más perturbadores del mundo actual es la trata de personas y en particular el tráfico infantil. El primer paso para erradicarlo es tomar conciencia”.

Aproximadamente a finales de agosto se estrenará en México, pero desde ahora podemos pedir que la proyecten en los cines más cercanos, para así hacer ruido, mostrar que somos legión y que no nos vamos a quedar callados porque ningún niño está a la venta.

MDNMDN