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Señores de la vida y de la muerte

Señores de la vida y de la muerte

Parece que los jueces británicos gustan de excederse en sus atribuciones, considerándose una especie de “oráculo”, con capacidad de decidir quién debe vivir y quién no. Una vez más, como hace 5 años sucediera con Alfie Evans, han determinado que la bebé de ocho meses, Indi Gregory, debe morir. Es lo mejor para ella -dicen-, y ellos son los únicos capacitados para determinar qué es lo mejor para la menor. No importa que los padres de la bebé no estén de acuerdo, ni siquiera que se le haya ofrecido tratamiento en el Hospital Bambino Gesú del Vaticano y que le fuera concedida la nacionalidad italiana por Giorgia Meloni, para poder ser atendida en ese país.

De hecho, los jueces tomaron esa posibilidad como una especie de insulto. El juez Peter Jackson consideró que la idea de que las autoridades italianas estaban en mejores condiciones de determinar los intereses del bebé era completamente errónea. ¡Claro, lo mejor para la bebé es morir! ¿qué duda cabe? No importa que los padres no piensen así, ni los médicos del Hospital Bambino Gesú. No sólo eso: la bebé debe morir en el hospital, ni siquiera se autorizó a los padres a llevarla a su casa, mucho menos a sacarla del país. Y ¡vaya que los atribulados padres hicieron la lucha! Acudieron primero al Tribunal de Apelaciones de Londres y después al Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo, Francia, con la intención de revocar la decisión, sin obtener mayor éxito.

Ahora bien, lo que está claro —a mi humilde entender—, es que los tribunales se están excediendo en lo que a sus atribuciones se refiere. Con esa serie de decisiones y de negativas a las sucesivas apelaciones de los padres, no parecen formar parte de una democracia europea del primer mundo, sino de una república totalitaria. Con el mayor desparpajo han eliminado, de un plumazo, el derecho de los padres a la patria potestad de sus hijos; a decidir qué es lo mejor para ellos; a buscar todas las maneras posibles de beneficiarlos. En lugar de tomar su lugar, establecido claramente por el principio de subsidiariedad, se han arrogado la suprema autoridad sobre Indi Gregory, despojando a sus padres Dean Gregory y Claire Staniforth, de un derecho que les compete por naturaleza a ellos. Los padres son los responsables de los hijos; quienes los han traído al mundo; quienes velan por su alimentación; salud y educación, requiriéndose los servicios del Estado sólo de manera subsidiaria, en aquellos aspectos que los padres no puedan atender directamente, o a falta de los mismos.

Lo triste del caso es que los jueces no están dispuestos a considerar su arbitraria decisión. No les importa el grave incómodo de los padres, les tiene sin cuidado el que otro hospital se haya ofrecido para atender a la bebé. No, la bebé, sí o sí, debe morir, es lo mejor para ella, porque ellos lo han decidido así. ¿Cabe imaginar mayor prepotencia y abuso del poder? Si el Queen’s Medical Center de Nottingham ha dicho que no puede hacer más por la niña, el Hospital Bambino Gesú, le abrió sus puertas. Si no tenía futuro en Gran Bretaña, Italia le quería dar otra oportunidad, concediéndole incluso la nacionalidad, para hacerlo todo en regla.

Los jueces negaron a los padres la posibilidad de llevar a su hija a Roma. ¿Con base en qué derecho te despojan de la capacidad de llevar a tus hijos a donde quieras? ¿Con qué sustento jurídico pueden impedirte acudir a otros médicos, cuando unos han reconocido que no pueden hacer más? ¿Por qué no pueden, ni siquiera, llevar a su hija a su hogar? ¿Eso es propio de un “Estado de Derecho”? Simplemente el estado británico despojó de sus derechos a los legítimos padres, y dictaminó, unilateral y absolutamente, que la niña debe morir y no se le deben dar más tratamientos.

No se trata, ni siquiera, de un caso de eutanasia. Se suele afirmar, eufemísticamente, que la eutanasia supone la consagración de la capacidad de autodeterminación del ser humano. Implica, en consecuencia, que el interesado quiera morir y lo exprese repetidas veces de modo incontrovertible: esa es su voluntad definitiva. El caso de Indi Gregory se parece más a una condena a muerte, que a una eutanasia. Ella, obviamente, no puede expresar su deseo de morir. Los responsables naturales de ella, sus padres, no quieren que muera y desean buscar otras opciones; opciones que encuentran, pero los jueces, arbitrariamente, les impiden acceder a ellas, y condenan, sin apelación posible, a morir a la bebé. Ante casos como este uno se pregunta, ¿de qué nos sirve entonces el ordenamiento jurídico?

Dr. Salvador Fabre

masamf@gmail.com

Sonido de libertad: Los niños de Dios no están a la venta

Sonido de libertad: Los niños de Dios no están a la venta

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Nos hemos malacostumbrado a los cárteles de “se busca”. Los vemos diariamente, a veces los compartimos y otras pasamos de largo. Estos carteles son el pan cotidiano de un país en el que cada hora desaparecen al menos tres niños. Sabemos que uno de los grandes males que aqueja a México es el narcotráfico, pero el tráfico de personas, especialmente el tráfico infantil (que es sexual, esclavista y de órganos), es tan lucrativo que compite duramente con el tráfico de armas y de narcóticos.

¿Por qué es tan lucrativo? Porque una bolsa de cocaína se vende una vez, mientras que a un mismo niño se le puede vender –explotar­– varias veces al día e incluso su muerte puede aprovecharse. El tráfico infantil tiene un gran consumidor que es Estados Unidos y las herramientas son las plataformas de la dark web, que muchas veces incia con las redes sociales. Lo que comienza como una búsqueda de pornografía puede derivar incluso en viajes de turismo sexual, por lo que se pasa de espectador a delincuente por contacto (contact offender).

El futuro son los niños y es por ello que es nuestro deber moral proteger su integridad física y salvaguardar su inocencia. El ser humano es digno desde el momento de la concepción hasta la muerte, fin en sí mismo, nunca medio, ni consumidor, ni producto, sino persona. Y como persona no debería estar nadie a la venta: “los niños de Dios no están a la venta”, es una de las frases que se escucha en la película Sonido de libertad (Sound of Freedom), producida por Eduardo Verástegui y protagonizada por Jim Caviezel (La Pasión).

Una película dura, pero necesaria, basada en la historia real de Tim Ballard, que tardó ocho años en realizarse, por la investigación que requirió. Ballard es un ex agente del Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos, quien tras su renuncia, decide dedicarse a salvar niños del tráfico infantil con su propia fundación (2013) sin fines de lucro –Operation Underground Railroad, inspirado en los abolicionistas de la esclavitud en Estados Unidos–. En la película, Ballard (Jim Caviezel) promete a un pequeño niño de siete años rescatado de una red de tráfico, que también buscaría a su hermana, lo que lo llevó a salvar a 121 niños en la selva colombiana.

¿Por qué es tan importante esta película? Por la denuncia. Cuando se menciona el problema, podemos tomar conciencia e intentar prevenirlo desde nuestras trincheras. Sucedía lo mismo con la mafia, que parte de su poder radicaba en la clandestinidad y el secreto, pero una vez que comienza a denunciarse, se da el primer paso para solucionar el problema. Es más fácil operar cuando nadie cree que existes, porque así nadie se mete en tus asuntos y tienes más libertad de movimiento. Del mismo modo actúa el acusador.

En una entrevista Caviziel señala que, así como tras ver La lista de Schindler surge en los espectadores la intención de hacer algo, lo mismo sucede con Sonido de libertad, con la diferencia de que ahora estamos realmente en el momento histórico del problema y por ende nos compete hacer algo.

¿Qué acciones concretas podemos hacer para proteger a los niños cercanos a nosotros? Podemos comenzar desde cosas pequeñas como no exponerlos en redes sociales, porque una foto inocente y linda, será vista con malos ojos por aquellos pervertidores. Una segunda acción es tener mucho cuidado con el contenido que los pequeños consumen y limitar el uso de los dispositivos y juegos. Muchas veces los juegos en línea se prestan para que los pedófilos contacten a los niños, reporta Tim Ballard en una entrevista con Lewis Howes, pues es una técnica común que les pidan fotos o que se desnuden mientras juegan. Tim Ballard señala que lo más importante es entender las aplicaciones, juegos y saber lo que nuestros hijos hacen en línea. Una tercera acción es oponernos a la sexualización de los menores que muchas veces deriva en abuso y en otros casos en confusión de identidad (las llamadas infancias trans).

El 4 de julio se estrenó Sonido de libertad en Estados Unidos y ya desde la preventa fue todo un éxito. Varios han recomendado la película entre ellos Mel Gibson, quien afirma que “uno de los problemas más perturbadores del mundo actual es la trata de personas y en particular el tráfico infantil. El primer paso para erradicarlo es tomar conciencia”.

Aproximadamente a finales de agosto se estrenará en México, pero desde ahora podemos pedir que la proyecten en los cines más cercanos, para así hacer ruido, mostrar que somos legión y que no nos vamos a quedar callados porque ningún niño está a la venta.

Cinco falacias educativas

Por Fernando Galindo Cruz

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Una falacia es una afirmación o creencia que parece verdadera, pero en realidad es falsa. Después de su salud, el tema que más nos preocupa como padres es la educación de nuestros hijos. Asumimos, con razón, que la educación es quizá el aspecto más determinante para el futuro de un  niño.

Confundidos y agobiados mamás y papás vamos por ahí preguntando opiniones (o recibiendo opiniones no pedidas) recabando historias y recordando nuestras propias vivencias en torno a la educación.

No sé si la elección de la escuela sea tan determinante para el futuro de nuestros hijos como a veces pensamos o tememos; sí sé que una mala experiencia en al escuela pueda dejar cicatrices difíciles de borrar. Me parece sin embargo que de unos años para acá, campean sin refutación algunas falacias respecto a la educación. Y que su permanencia y popularidad atormenta de manera excesiva e innecesaria a muchos padres y madres de familia.

Detecto al menos 5 cinco  falacias educativas: la falacia de control, la de predictibilidad, la de la premura y el “demasiado tarde”, la de la perfección, y por último la falacia del éxito. Las explico brevemente:

La falacia de control: Queremos creer que está bajo nuestro completo control el resultado de la educación de nuestros hijos. Pero ayudar a un niño o adolescente a modelar su carácter es completamente distinto a la mera fabricación de un producto artesanal. El docente y los padres de familia no tienen en sus manos un material que puedan manipular con violencia; no pueden ir en contra de la voluntad del educando. La libertad personal es un límite a nuestra capacidad de control del resultado del proceso educativo. Respetar la libertad de los hijos es indispensable para respetar su dignidad y ayudarlos a que asuman su propia responsabilidad.  

Es imposible controlar por completo el ambiente al que estará expuesto un niño o una niña. Por supuesto que hay que cuidar que tengan el mejor de los entornos posibles; pero siempre encontrarán en su camino malas ideas, malas influencias y malos ejemplos que tendrán que enfrentar y a los que tendrán que responder por sí mismos. Y esa respuesta personal les ayudará a madurar su carácter y a adquirir sabiduría de vida.

La falacia de predictibilidad: Como queremos su bien, pensamos en ocasiones que sabemos con certeza qué es lo que más conviene a nuestros hijos para asegurarles “un buen futuro”, sean clases de chino mandarín, de tenis o de pintura; aprendizajes provechosos por sí mismos, pero no necesariamente fundamentales para el futuro que cada niño decidirá construir. Contrario a predicciones en boga, nadie sabe qué nos depara el futuro ni qué habilidades serán demandadas por el mercado laboral en 5 o 10 años. Mucho menos sabemos qué futuro querrán construir nuestros hijos; no tiene caso por eso tratar de predecirlo. Habilidades que hoy nos parecen imprescindibles, el día de mañana pueden resultar triviales o hasta perjudiciales. Por eso es más importante trabajar en la educación del carácter, a través del fomento diario de las diferentes virtudes, que apostar a ciertas habilidades técnicas de moda. Más allá de hablar, contar, leer y escribir, la mayoría de las habilidades son más o menos prescindibles.  

La falacia de la premura y de “demasiado tarde”: “Si tu hija no aprende tal o cual cosa antes de la primaria…será demasiado tarde.” Avances y tendencias pedagógicas nos han sensibilizado respecto a la importancia de la educación en las etapas tempranas de la niñez, pero hemos llegado a excesos que hacen sentir a los padres que siempre vamos demasiado tarde: Antes de la primaria; antes del kínder; en la etapa prenatal.

“Si tu hijo o hija no aprende un segundo idioma antes de “x” momento, será demasiado tarde.” Nuestra capacidad de aprender se mantiene vigente mucho tiempo después de la infancia, siempre somos capaces de aprender algo nuevo. Más valioso que el aprendizaje de técnicas o habilidades concretas, es el fomento del amor al conocimiento y a la búsqueda de la verdad; y la disposición al esfuerzo y la perseverancia. Esas virtudes sí que conviene cultivarlas lo más pronto posible. Y hacerlo no es ni costoso ni complicado:

Respecto al amor al conocimiento vivimos una bonanza de materiales valiosos, nunca como ahora ha sido tan fácil aprender algo  nuevo. Pero hace falta predicar con el ejemplo y mostrar a nuestros hijos que aprender es fascinante; y promover con ellos conversaciones sobre temas serios y no tan serios; conversaciones que los hagan sentir que los tomamos en cuenta y escuchamos con atención sus preguntas, dudas, críticas y opiniones.

Respecto al esfuerzo y la perseverancia más que la actividad lo difícil es promover la permanencia en la actividad: Es fácil para papás e hijos darnos por vencidos. Cualquier disciplina que vale la pena — artística, lingüística, deportiva o de otra índole —cuesta trabajo de desarrollar e implica justo eso: disciplina. Por eso nos toca como papás animar a nuestros hijos a seguir con sus proyectos y no dejarnos vencer por la apatía o el caos de las actividades extracurriculares.

La falacia de la perfección: “Lo mejor o nada” (Das Beste oder nichts) proclama el lema de una conocida armadora automotriz. Este pretencioso slogan se aplica por error a la educación y arroja a los padres a una carrera sin final para darle “lo mejor a sus hijos o nada”: Ninguna escuela, atención médica, actividad extracurricular es suficiente. Siempre habrá algo mejor. Siempre le estamos fallando a nuestros hijos.

Dos errores hay en esta falacia: Primero creer que se puede definir de manera objetiva y sin error qué es lo mejor en educación, al margen de lo mejor para el niño. Las personas tenemos diferentes talentos, y lo que a unos les resulta útil y atractivo a otros les aburre y frustra. Antes de saber si “tenemos al mejor maestro” o “el mejor método” hace falta conocer los talentos e intereses de nuestros hijos.

Es segundo error es todavía más obvio: pensar que la perfección está a nuestro alcance, si nos esforzamos lo suficiente. Siempre seremos padres imperfectos, educando hijos imperfectos. Parte de la educación de padres e hijos — la educación mutua que se da en la convivencia cotidiana — es aprender a convivir con nuestras imperfecciones. Para participar de una vida doméstica sana y llevadera necesitamos aprender a amar incluso a lo imperfecto; aprender a convivir con nuestras limitaciones y las de los demás; aprender a sobrellevar las frustraciones entre los planes ideales y la terca realidad imperfecta.

La falacia del éxito: Esta es quizá la peor de todas:  El sentido de la educación es asegurar que  nuestros hijos tengan éxito en el futuro. Pero ¿a qué nos referimos cuando hablamos de éxito? ¿Éxito profesional? ¿éxito como pareja, como padre o madre de familia? ¿éxito como deportista o como miembro de una comunidad religiosa? ¿éxito en un ámbito intelectual o científico?

Las ambigüedades ineludibles de nuestra noción de éxito la terminan reduciendo a su expresión más burda: éxito como que tengan mucho dinero.  Pero el sentido de la educación es precisamente formar el carácter, intelecto y afectividad de nuestros hijos, para que sean persona libres y responsables. Personas críticas que resistan a nociones tiránicas, arbitrarias y pobres de éxito. Nociones que hacen depender el éxito de factores externos y azarosos, como la fama, la fortuna y el poder. Y que no suelen tomar en cuenta la calidad de nuestras relaciones con los demás: nuestra capacidad de amar, de agradecer y de impulsar el desarrollo de otros.

Abrumados por las expectativas muchas veces fantasiosas, impositivas e incluso torpes de sus padres, no es extraño que tantos niños y jóvenes vivan angustiados y temerosos del fracaso. Los mismos padres no están en una mejor situación, también viven consumidos por la angustia de no hacer lo suficiente.

Por eso debemos resistir estas falacias y recordar que la calidad de la convivencia y el calor familiar son por mucho los factores más importantes para la educación de los niños. Y esos factores dependen del amor entre los padres y la atención y el esfuerzo que pongamos de hacer de nuestra casa un hogar donde nuestros hijos quieran estar, y no un centro de alto rendimiento.

Sonido de libertad: Los niños de Dios no están a la venta

¿Habrá alguien que no conozca El Señor de los Anillos?

Por Rodrigo Zubieta del Paso

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“Not all who wander are lost”.

The Lord of the Rings

Si algo hacen bien las películas de Hollywood es llevar a todos los rincones del planeta sus historias. Antes de eso, en México, no eran muchos los conocedores de la obra literaria The Lord of the Rings; aunque no tengo números para sostener esta afirmación. Me baso en el hecho de que México es un país que lee poco y el acceso masivo a los libros siempre ha sido escaso. Pedirle a jóvenes y niños que lean la trilogía que suman más de mil páginas resulta una proeza. Por eso la película, como dicen, vino a “democratizar” la impresionante obra de J.R.R. Tolkien.

En ese sentido, me siento afortunado. Haber leído la trilogía de Tolkien antes de ver las películas me hizo conectar con el autor de la obra, con su amor a las historias épicas y fantásticas que pusieron a trabajar mi imaginación a marchas forzadas. Abrió un mundo nuevo para mí. Como muchos, también vi la película y debo decir que encuentro serias diferencias con Peter Jackson en lo que se refiere a cómo veía en mi mente la Tierra Media, sus personajes y sus batallas. Aun así, me gustan las películas, tratan de ser hasta cierto punto, fieles con la historia y la selección de los actores que representan a los personajes de la historia parecen tomarse en serio la importancia de cumplir fielmente con sus roles.

Tengo que aceptar que ya no era un niño cuando lo conocí. La primera vez que tuve contacto con la trilogía, no fue porque me la contaron o me lo recomendaron. De hecho, mi primer encuentro con la obra fue un acto de censura de mi parte. Aunque suene raro viniendo de un seguidor asiduo de El Señor de los Anillos, la primera vez que estuve cerca del libro, fue para prohibirlo e inhibir su lectura.

En ese entonces tenía quizá unos 15 años y recuerdo que estaba trabajando como voluntario en un campamento de verano. Creo que mis papás aceptaron que fuera como “instructor” porque preferían que hiciera algo de provecho en lugar de estar echado en la alfombra viendo Supervacaciones (así se llamaba la barra de caricaturas matutinas en esa época) por horas. 

Edición conmemorativa por los 50 años. Foto: Vincent M. A. Janssen.

El campamento, como muchos que existen, tenía una larga lista de actividades que mantenía a los niños y adolescentes ocupados. Estaba yo encargado de una tribu (un pequeño grupo de niños de todas las edades que dormían en la misma cabaña) muy heterogénea, con niños de 6 a 13 años, con todo tipo de personalidades, afinidades y gustos. El campamento tenía un sistema de premiaciones grupales; la tribu sumaba puntos conforme iba ganando competencias y cumpliera con ciertas disposiciones, dejara la cabaña limpia, llegara a tiempo a las actividades del día, etcétera.

Me gusta competir y por supuesto, ganar. Para mi desilusión, mi tribu nunca estaba a tiempo para las actividades y cada noche me atrapaba un sentimiento de derrota a causa de esto. Cada mañana me proponía conseguir que mi tribu estuviera a tiempo a todas las actividades, pero sin resultados: siempre me hacía falta uno de sus integrantes: Fernando (nombre falso para tratar de esconder la verdadera identidad del semejante individuo, aunque seguramente ya sobrepasó los cuarenta) un adolescente de 13 años que parecía importarle poco el esfuerzo colectivo.

Un día cansado de esperar y viendo la cara de frustración de los otros miembros del equipo, me decidí buscar a Fernando. Ya era hora de enfrentar el problema y tener una álgida plática que le hiciera ver que, si no ponía de su parte, la tribu no podía ser la mejor del campamento.

Y ahí estaba Fernando, recostado cómodamente sujetando con las dos manos uno de los libros más gruesos que había visto hasta entonces. Estaba tan concentrado con la lectura que no vio que me acercaba. Repentinamente tomé el libro y se lo arranqué de un solo tajo. Fue como si lo hubiera despertado de un trance. Me enfrentó pidiendo que le devolviera inmediatamente el libro. Le dije –Todos te estamos esperando y tú ¿leyendo? – Me pidió de nuevo que le devolviera el libro que estaba en la parte más interesante y que no quería perdérselo. Ante tanta insistencia, por fin volteé a ver la publicación y allí estaba: pesado y denso. En la portada aparecía una enorme torre negra rodeada por un cielo rojo y amarillo. Luego leí el título y el nombre del autor: El Señor de los Anillos, J.R.R. Tolkien. En mi cabeza pensaba, -este chico ha de ser muy brillante, porque tiene en sus manos un libro sin ilustraciones, escrito por un señor con apellido extranjero y definitivamente con tantas páginas que pareciera inacabable-. ¿Cómo era posible que teniendo tantas y tantas actividades divertidas que realizar, Fernando (que no tenía en ese entonces un porte intelectual) pudiera preferir leer un libro tan serio, tan grueso, con tantas palabras y con tan pocas ilustraciones?

Le dije a Fernando que no volvería a ver el libro hasta el final del campamento. Tenía que ver un significativo esfuerzo por participar junto con la tribu en todas las actividades para poderlo tener de vuelta.

Me quedé con el libro, prometí devolverlo una vez terminara el campamento. Lo dejé a lado de mi cama en la cabaña donde dormía. No lo leí, no lo abrí, lo dejé allí reposado en una vieja mesa.

No había otra reacción de parte de Fernando, más allá de pedirme el libro todos los días. Cada vez que me lo pedía, yo le preguntaba intrigado las razones por las que le parecía tan bueno el libro. Y cada día recibía una respuesta diferente. Cada vez que le preguntaba era como si de repente volviera el trance que le hacía describir las maravillosas situaciones por las que tenían que pasar los personajes.

De hablar sobre las aventuras de la Tierra Media saltamos a nuestros intereses y nuestras ingenuas opiniones sobre todo lo que nos rodeaba: los miembros del equipo, nuestras familias, nuestros amigos, el deporte, el estudio y de todos los temas que a dos adolescentes podrían interesar.

Pasaron los días, terminó el campamento. Seguí viendo a Fernando en la escuela, a fin de cuentas, sólo estaba dos grados escolares arriba de él. Nuestra convivencia no era tan intensa como en el campamento, pero cada vez que nos veíamos nos poníamos al día sobre nuestras vidas, gustos y aficiones.

Página de La comunidad del anillo, canción del lamento de Galadriel. Foto: Zanastardust.

Mi gusto por la lectura fue creciendo por esos meses, especialmente por los libros de ficción. Me di cuenta de que en casa tenía la primera publicación de J.R.R. Tolkien: El Hobbit. Me gustó. Fue fácil de leer y de imaginar. Hasta ese momento no había hecho la conexión entre las obras. Al final de esa edición venía una lista de otros libros del autor y allí estaba: El Señor de los Anillos. Fue ahí que todo se conectó. Lo vi y supe que tendría que leer esa enorme obra, tan llena de aventuras como de palabras.

Quedé maravillado. Recuerdo haber visto a Fernando a quien le comenté lo emocionado que estaba con tan magnifica obra. Él, en lugar de abrir las rencillas del pasado, me preguntaba si ya había pasado tal o cual parte del libro. Era uno de nuestros temas favoritos para charlar, además del fútbol, por supuesto.

De ahí nació una gran amistad, una amistad como esas que aparecen en el libro, como esas que existen en la realidad pero que exclusivamente los libros de fantasías recogen con total fidelidad. La obra de Tolkien, es tener a la mano un tratado sobre la amistad, comunidad, solidaridad y heroísmo.

A veces buscamos sin estar perdidos, a veces encontramos tesoros sin la intención de descubrirlos. Así son los libros que más nos impactan la vida, pero así también son las amistades que perduran, las que se encuentran periódicamente en la vida pero que siempre están allí esperando la oportunidad de retomar las conversaciones iniciadas hace más de 35 años.

Me pidieron escribir sobre la importancia de El Señor de los Anillos en la actualidad. Como las grandes obras universales, esta me cambió de muchas maneras e incidió en la forma en que veo la vida. Pido disculpas por lo egoísta y personal de mi relato, pero sólo cumplí con mi deber de reiterar lo que dice Bilbo Baggins: “Don’t adventures ever have an end? I suppose not. Someone else always has to carry on the story.”

Porque para mí, a fin de cuentas, la obra de Tolkien no puede ser más actual ya que refleja lo significa la amistad: una aventura que nos lleva por caminos insospechados.   

Todo puede suceder

Por Agustín Galindo Álvarez Malo

Un niño que llevaba sin hacer tres tareas de forma consecutiva hizo su tarea, porque a la cuarta falta de tarea sería sancionado con una suspensión.

Mientras el niño pasaba al baño, su perro se metió a la casa y se comió solo la hoja del cuaderno en la que estaba la tarea, pero el niño no se dio cuenta de lo ocurrido.

Al día siguiente quiso mostrar la tarea, pero la hoja había desparecido, y el niño fue suspendido. Como la casa del niño estaba muy cerca, decidió regresar caminando y de camino se encontró con un perro callejero, y como estaba enojado le pisó la cola. El perro se enojó y lo empezó a perseguir y al pasar junto a unos botes de basura, el perro se estrelló con uno y lo tiró. Y como había muchos botes de basura en fila se cayeron todos como piezas de dominó causando un gran estruendo.

Los policías que estaban patrullando la calle fueron a ver qué había causado el estruendo, y también llamada por la curiosidad llegó la mayor banda de criminales de la ciudad. Se encontraron amobs grupos y hubo una gran batalla que iban ganando los ladrones, hasta que llegaron los refuezos y los policías ganaron.

El niño fue premiado por atraer a la banda a salir de sus escondites y los cirminales fueron apresados. Por eso, cuando el niño por fin llegó a su casa sus papás lo felicitaron y se olvidaron de su suspensión.

Mitos y cómics de superhéroes

Javier Espino Martín

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Entre hombres, titanes, héroes y dioses; batallas épicas y héroes que pasaron a la historia. Desde la antigüedad hasta nuestros días. De héroes mitológicos a superhéroes; de tiranos a villanos. La lucha entre el bien y el mal. Un recorrido desde los mitos hasta los cómics. Compartimos nuestra conferencia mensual Spes del 30 de abril de 2022.

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