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Todo puede suceder

Por Agustín Galindo Álvarez Malo

Un niño que llevaba sin hacer tres tareas de forma consecutiva hizo su tarea, porque a la cuarta falta de tarea sería sancionado con una suspensión.

Mientras el niño pasaba al baño, su perro se metió a la casa y se comió solo la hoja del cuaderno en la que estaba la tarea, pero el niño no se dio cuenta de lo ocurrido.

Al día siguiente quiso mostrar la tarea, pero la hoja había desparecido, y el niño fue suspendido. Como la casa del niño estaba muy cerca, decidió regresar caminando y de camino se encontró con un perro callejero, y como estaba enojado le pisó la cola. El perro se enojó y lo empezó a perseguir y al pasar junto a unos botes de basura, el perro se estrelló con uno y lo tiró. Y como había muchos botes de basura en fila se cayeron todos como piezas de dominó causando un gran estruendo.

Los policías que estaban patrullando la calle fueron a ver qué había causado el estruendo, y también llamada por la curiosidad llegó la mayor banda de criminales de la ciudad. Se encontraron amobs grupos y hubo una gran batalla que iban ganando los ladrones, hasta que llegaron los refuezos y los policías ganaron.

El niño fue premiado por atraer a la banda a salir de sus escondites y los cirminales fueron apresados. Por eso, cuando el niño por fin llegó a su casa sus papás lo felicitaron y se olvidaron de su suspensión.

Nadie es invencible

Ya estábamos hartos. Todos los recreos eran lo mismo con Octavio. Sus zancadas de mamut sacudían todo el polvo del patio mientras pedía a cada miembro del grupo un arancel de bocadillos para saciar su hambre prehistórica. Si vieran lo flaquito que me había puesto por no comer bien, porque a mí era el que me quitaba todo el sandwich de huevo con longaniza que con tanto amor me preparaba mi mami. Pero ya no lo iba a permitir, tenía un plan. Me acabé a bocaditos mi sandwich durante las clases y sólo dejé uno especial que había preparado con todas las salsas habidas y por haber que me encontré en mi casa.

Llegó la hora. El mastodonte caminaba por la llanura. Yo no esperé mucho. Valientemente, lo intercepté y le ofrecí mi comida. Él me la arrebató de un golpe y se la metió toda en su boca de rana. Sus ojos casi se le salían. Escupió mi trampa y se fue corriendo a los baños a quitarse el picor con un buche. Todos reíamos. Sin embargo, el júbilo duró poco. La bestia trotaba fúrica desde lo lejos con las carnes zangoloteándole por todo el cuerpo. No lo pensé dos veces y me eché a correr. Corrí y corrí sin mirar atrás. Creo que le di como ocho vueltas a la escuela. De pronto, choqué y caí al suelo. Me levanté rápido y miré con asombro que había colisionado con el mismísimo Octavio, quien sólo había podido arrastrar su humanidad durante medio pasillo antes de desfallecer en el piso ¿Por qué nunca lo pensamos?

A partir de ese día, nunca más volvió a quitarnos la comida, sólo teníamos que correr tres cuartos de pasillo, y él se quedaría tirado todo el resto del recreo. Tuvimos un final feliz. Lo malo es que nuestra estrategia tenía un límite. Cuando nuestro amigo se vuelva más rápido gracias a la dieta y el ejercicio al que lo sometimos, necesitaremos otro plan.

Your favorite writer

¿Español?

It has been five years since Alberto decided to become a poet. He wanted to leave the rough world of advertising and design. This was thanks to the fact that he rescued a photo of his late mother, where she appeared lulling him with poems by Antonio Machado and Xavier Villaurrutia. He explored the depths of his experiences, read books on mythology and history from all over the world and found some symbolism that he developed during a whole collection of poems.

His goal was not to send his texts to contests. He did not trust the judgments of those elites and governments whose prizes seemed to have already been arranged in advance. He decided to jump straight to the people and put together a whole performance on his social networks. However, he soon realized that, as a writer, he didn’t generate the hook for people to pay attention to him. Moreover, his writings seemed an anachronism with respect to the trends of the literary market. He was a dull boy who had a happy childhood that does not sell or is not usually preserved in today’s scholarly libraries. 

He decided to invent a character: Albermus. A sordid son of a prostitute who had to sell drugs to pay for his studies and read most of the dilapidated books in public libraries. His years of advertising had to be worth something.

The success was immediate. The stories of this character were very attractive and brought instant traffic. He soon saw how this avatar had brought him out of anonymity and made him an interesting person for all kinds of outreach materials. 

One night, while writing an autobiographical book for a publisher who contacted him, he realized he was out of coffee, and went out to buy a packet at the store. No one attended to him. Everyone ignored him as if he were a ghost. He returned intrigued and admired to his horror that Albermus was in the room rewriting the book.

When Mexico started the war

¿Español?

—What?

—Get up! The bell rings. The priest is calling to mass.

—What? But have you seen the time? Why is he calling us?

—It must be something terrible.

The husband looked at his wife, caressed his head and embraced her tenderly when he saw her tremors.

—Calm down.

The husband and wife and the rest of the people arrived at the parish of the town of Dolores. The woman trembled and held her husband’s hand tightly.

—What’s the matter with you?

—Did you see who is there?

—Well, the priest, who else?

Few knew that the gods had become angry with the priest for wanting to change the necessary course of history to rescue the king of Spain. Therefore, they banished him from the earth and, as punishment, put in his place a former prisoner to lead the people in a bloody war. Everyone, except the woman, listened attentively to what that impostor (called Sisyphus in old times) commanded. 

Intimidad

“Ample make this bed. Make this bed with awe; In it wait till judgment break Excellent and fair.Be its mattress straight, Be its pillow round;
Let no sunrise’ yellow noise Interrupt this ground.”

Emily Dickinson

Érase una vez una familia que vivía al norte del país en una casa pequeña y sin divisiones. La mesa y un par de sillas antecedían la única cama. En la casa sin paredes interiores vivía un padre con sus tres hijos. Dos de sus hijos trabajaban un campo árido, mientras la única hija hervía frijoles en una cacerola. Todos dormían amontonados en la misma cama. Los roces y ronquidos eran inevitables.

Érase una vez un padre que vivía al norte del país, dueño de una casa sin paredes interiores. Padre de dos hijos y una hija. El padre no era ni viudo ni divorciado, pero no tenía mujer. La madre de sus hijos se marchó hace algunos años, nadie sabe algo de ella y si todavía vive debe encontrarse mucho mejor.

Érase una vez una madre que vivía al norte del país, vivía en una casa sin paredes interiores, cuidaba a sus tres hijos y trabajaba en una fábrica textil. Cuando su marido regresaba de la cantina, la golpeaba hasta dejarla inconsciente. Cuando el marido satisfacía sus puños, se marchaba con otra mujer, que tenía los ojos muy separados de la nariz y llevaba meses embarazada.

Érase una vez un hijo mayor que vivía al norte del país en una casa sin paredes, trabajaba un campo infértil mientras su hermana hervía frijoles y su padre borracho golpeaba a su madre hasta dejarla inconsciente. El hijo mayor siguió a su padre a la cantina. Los dos bebían, jugaban y subían las faldas a las mujeres. Cuando el padre regresaba a la casa a golpear a la madre, el hijo mayor se quedaba en la cantina y comenzaba la pelea entre borrachos.

Érase una vez un hijo que vivía al norte del país y compartía la única cama con toda su familia. Por el día trabajaba junto con su hermano mayor un campo infértil, mientras su hermana limpiaba la casa y hervía frijoles bayos, su madre se desgastaba en una fábrica textil y su padre bebía el dinero que ganaban. Su hermano siguió los pasos de su padre a la cantina, se emborrachaba, perdía el dinero apostando y siempre regresaba golpeado. Hasta que un día no volvió. El hijo recogió, junto con su madre, el cuerpo acuchillado y lo enterraron con los pocos ahorros que tenían.

Érase una vez una hija que vivía al norte del país en una casa sin paredes interiores, con una cama en el centro y un escusado en el rincón que hedía de la mañana a la noche. La familia dormía en la misma cama y el cuerpo de su madre se interponía entre los golpes, roces e intimidad. La hija se quedaba en casa limpiando e hirviendo frijoles mientras su hermano araba el campo, su madre cosía telas en una fábrica y su padre se emborrachaba. Cuando su hermano mayor fue asesinado, el padre borracho culpó a su madre y la golpeó hasta casi dejarla muerta. Cuando la madre se recuperó unas semanas después, empacó algunas cosas y se fue de la casa. No le importó la suerte de sus hijos. No dejó teléfono o dirección. No quería que la encontraran. Aunque, en realidad, nadie intentó buscarla.

Érase una vez un muchacho que trabajaba en el campo al norte del país. Su familia era pobre y sólo tenían una cama en la que todos dormían amontonados. Su padre golpeaba a su madre, hasta que un día ella se hartó y se fue de casa. Enterró a su hermano y, al día siguiente, fue a cosechar el maíz. El campo no se desgasta ni tampoco se enluta. Hacía mucho calor, y la cosecha era escasa. Se secó el sudor con unas manos rugosas como las de un viejo. Harto de su miseria, se decidió a cruzar la frontera. Cuando se fue nadie notó su ausencia, a pesar de que había más espacio en la cama.

Érase una vez un militar que hacía guardia en la frontera del país. Estaba harto del calor y la aridez de la tierra. Le pagaban por evitar el paso a los migrantes, aunque él mismo hubiera abandonado ese desierto. En su día de descanso, se iba a la cantina. Bebía y jugaba hasta el amanecer. Algunas veces detenía peleas de borrachos, pero, como no estaba de servicio, si alguno moría, se hacía de la vista gorda. Una noche particularmente violenta, unos jugadores se encendieron y acuchillaron a un muchacho. El militar siguió bebiendo. Pasados unos días volvió a la cantina y sintiéndose dadivoso, invitó una ronda a todos. Al día siguiente, regresó a su puesto con resaca. El calor infernal aumentaba su dolor de cabeza. Notó entre los matorrales movimiento y gritó. Nadie respondió. Una gota de sudor resbaló de su frente y entró a su ojo. Los matorrales se movieron. Otra gota entró a su boca seca y la saló. Disparó. Al atardecer, cuando el sol ya no calaba, arrastró el cuerpo de un muchacho con manos rugosas a la fosa común. Nunca reclaman esos cuerpos.

Érase una vez una virgen que vivía al norte del país. Desde hace meses, no sabe nada de su madre y su hermano, tampoco le importa. Ambos huyeron de su padre golpeador y borracho unas semanas después de que su hermano mayor fuera asesinado. Limpiaba el excusado y hervía frijoles. Por las noches, se acostaba al centro de la única cama, se estiraba y se alegraba por el espacio, ya no dormían amontonados. No había roces ni ronquidos. Podría decirse que era feliz, si no fuera porque extrañaba el calor de los cuerpos amontonados las noches en las que calaba el frío. Por las noches, se sentía la señora de la casa y de la cama. Durante el día evitaba mirarse al espejo, porque temía que su reflejo le mostrara la imagen de Satán. 

Érase una vez un padre golpeador y borracho que vivía al norte del país en una casa sin paredes interiores. La mujer a la que golpeaba lo dejó, un hijo fue asesinado, del otro hijo no sabe nada y su amante, la mujer de ojos separados, se negó a compartir la cama e intimidad con su única hija. El padre no trabajaba y se la pasaba todo el día en la cantina. Cuando el cantinero ya no quiso fiarle, volvió a casa molesto, vio a su hija, que sin ser una belleza tampoco era del todo fea, y quiso golpearla aunque no lo hizo. Sobrio y molesto se acostó en la única cama con su hija. Al día siguiente, fue a la cantina, pero el cantinero lo rechazó. Porque si ayer no se fiaba y tampoco hoy, mucho menos se fiará mañana. El padre desesperado en su sobriedad, miró alrededor de la cantina y se sentó junto al militar que la semana pasada había invitado una ronda a todos. Ambos bebieron hasta la madrugada. El militar pagó la cuenta. El padre en agradecimiento y a cambio de futuros tragos le dio a su hija, asegurando que era virgen, pues él mismo velaba su sueño en la misma cama.

Érase una vez un militar que hacía base al norte del país. No tenía amigos ni familia; así que, en su día libre, se iba a la cantina hasta el amanecer. En una ocasión, pasada la media noche y después de varios tragos de aguardiente, se fue a la casa de su nuevo compadre. La casa no tenía paredes interiores y sólo había una cama, en la que dormía la hija del anfitrión. El padre se acostó en la orilla de la cama sin dar la espalda a su hija y al militar. Prefería mirar. Su hija virgen y prácticamente huérfana yacía entre ambos hombres. El militar cobró la cuenta del aguardiente.

Érase una vez una hija al norte del país que vivía con su padre borracho en una casa sin paredes interiores y yacían en la misma cama. Una mañana lavó la sábana con su sangre y semen de un militar que cobró la cuenta de la cantina de su padre. A partir de ese día, una vez por semana, pagaba el aguardiente que su padre bebía.  En una única cama yacía la hija con los dos hombres, hasta que un día su vientre empezó a crecer.

Érase una vez un niño, concebido al norte del país, en una tierra abandonada por Dios y por el diablo, que sabrá muy bien quién es su madre, una joven que hierve frijoles por la mañana y por las noches paga la cuenta de la cantina. Lo que el niño no sabrá es si su padre es un militar o si su padre es a la vez su abuelo. Quizá su madre sea a la vez su hermana y su padre un borracho golpeador.

Érase una vez una familia al norte del país y, si no han muerto, entonces seguirán viviendo en una casa sin paredes interiores y durmiendo en una misma cama. 

Tu escritor favorito

English?

Hace ya cinco años que Alberto decidió ser poeta. Quería dejar el agreste mundo de la publicidad y el diseño. Todo gracias a que rescató una foto de su difunta madre, donde aparecía arrullándolo con poesías de Antonio Machado y Xavier Villaurrutia. Exploró lo más profundo de sus vivencias, leyó libros de mitología e historia de todo el mundo y encontró alguno que otro simbolismo que desarrolló durante todo un poemario.

Su objetivo no era enviar sus textos a concursos; no confiaba en los fallos de esas élites y gobiernos cuyos premios parecían ya apalabrados con anterioridad. Decidió saltar directo a la gente y armar todo un performance en sus redes sociales. No obstante, pronto se dio cuenta de que, como escritor, no generaba el gancho para que la gente le prestara atención; además de que sus escritos parecían un anacronismo con respecto a las tendencias del mercado literario. Era un chico aburrido que tuvo una infancia feliz que no vende o no se suele preservar en las bibliotecas eruditas de hoy. 

Decidió inventarse un personaje: Albermus. Un sórdido hijo de prostituta que tuvo que vender droga para pagarse sus estudios y leer la mayoría de los libros en mal estado de las bibliotecas públicas.  De algo tenían que servir sus años haciendo publicidad.

El éxito fue inmediato, las historias de este personaje eran muy atractivas y traían tráfico al instante. Pronto vio cómo ese avatar lo había hecho salir del anonimato y lo hacían una persona interesante para todo tipo de materiales de difusión. 

Una noche, mientras escribía un libro autobiográfico para una editorial que lo contactó,  se dio cuenta de que se había acabado el café, y salió a comprar un paquete a la tienda. Nadie lo atendió; todos lo ignoraron como si fuera un fantasma. Regresó intrigado y admiró con horror que Albermus estaba en la sala reescribiendo el libro.

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