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Los amigos que perdemos

Los amigos que perdemos

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Algunos amigos se mueren. Los buenos amigos mueren siempre prematuramente. Y queda la inquietud, la tristeza, de no haberlos disfrutado cuando aún estaban con nosotros; de no haberse despedido; de haber permitido que la distancia y las obligaciones fueran un obstáculo para la amistad.

También hay personas que pudieron haber sido buenos amigos, que al momento de conocerlos, intuimos alguna afinidad de carácter o de objetivo. Pero luego quizá no hubo tiempo para que floreciera la amistad. ¿Cuántas amistades se habrán perdido por falta de tiempo? Siempre falta tiempo.

Otros fueron nuestros amigos en un momento y lugar específico de nuestra vida, y quizá pensamos que las amistades durarían para siempre, porque pasamos con ellos momentos que marcaron profundamente nuestra vida. Pero al cambiar las circunstancias, la amistad se enfrió, y luego se apagó.

Algunos amigos los perdemos porque cambiaron mucho, se volvieron “desconocidos”. No queda con ellos más que compartir que el pasado común. Pero la persona de hoy, no es la de antes.

Quizá también perdemos amigos porque cambiamos nosotros. Porque nuestros intereses difieren, y ya no nos entusiasman las mismas cosas ni nos une ningún proyecto. Quedamos sin nada que decirnos, y aparentemente sin nada que ofrecer.

Otros amigos los perdemos porque cometimos algún error. Porque los lastimamos, a veces sin querer, y no supimos o no quisimos pedir perdón. O cuando intentamos pedir perdón, era demasiado tarde. O simplemente no fuimos perdonados, eso también puede suceder.

Es muy triste perder amigos. Uno piensa que no le va a pasar, que será cuidadoso…y luego pasa.

¿Habrá manera de recuperar las amistades perdidas?

Las amistades que perduran no están atrapadas en el pasado. Y ayuda para conservar a los amigos aceptarlos como son, aunque hay límites, y no todas las conductas son compatibles con una amistad. Traiciones y deslealtades pueden terminar una amistad; también envidias, amarguras y resentimientos.

La envidia es perniciosa, porque impide al supuesto amigo alegrarse por nuestros (modestos) logros. Algunos de estos falsos amigos siempre tienen un comentario mordaz, una palabra hiriente, una fina o no tan fina ironía para arruinar o al menos enturbiar cualquier momento feliz.

Aprender a perdonar y aprender a pedir perdón ayuda a conservar a los amigos. Esperar sin exigir y dar sin llevar la cuenta.

Hay amistades que perduran, maduran y crecen con el tiempo.

Hay amigos que aparecen en los momentos más oscuros, cuando nos sentimos atrapados en un callejón sin salida; cuando nos araña el fracaso y nos acosa la frustración y el desánimo. Amigos que siempre te hacen sentir bien, que te reciben de puertas abiertas, que te hacen reír con sus historias, que siempre tienen una palabra de aliento: tiempo, confianza y gozo son elementales para una amistad.

Hay también amigos que dan buenos consejos en los momentos más oportunos; consejos estratégicos, claves para la vida profesional. Amigos que saber vernos cualidades y talentos que nosotros no alcanzamos a ver; que saben mirar a lo lejos donde nosotros no encontramos más que niebla. Amigos que nos animan a intentar aquello que nos parece inaudito. Amigo que nos acompañan y nos enseñan a ser audaces. Amigos que te regalan su compañía, sabiduría y tiempo. A esos, que se cuentan con los dedos de la mano, no hay que perderlos. Y si tienes la fortuna de que no te alcancen para contarlos los dedos de la mano, llama a un amigo.

La ironía de las plagas

La ironía de las plagas

Reseña de Pompoko (1994).

Por Sara Arriaga Lovera (SAL).

La guerra de los mapaches, o Pompoko por su nombre en japonés, es probablemente una de las producciones de Studios Ghibli menos aclamadas, a pesar de haber sido dirigida por los mismísimos Isao Takahata y Hayao Miyasaki, dos de los integrantes del cuarteto de oro complementado por Toshio Suzuki y Yasuyoshi.

Incluso, el filme acreditó varios premios. En 1995 obtuvo el premio Cristal al mejor largometraje de animación, también el premio a la mejor película de animación en los Mainichi Film Awards. Y fue elegida por la Academia de Cine Japonesa para representar al país en la 67ª edición de los premios Oscar, aunque al final no resultó nominada.

Aún así, el filme es subestimado, ¿por qué? Pompoko no es valiosa solo por la animación, por quién la dirigió o por lo bien que está hecha. El filme nos plantea de forma humorística un verdadero dilema moral y ecológico. 

¿Qué pasa cuando nuestros esfuerzos por preservar la propia vida humana desenlazan en el exterminio del resto de la vida en la tierra? ¿Es sustentable sacrificar el mundo, ya no solo por preservar nuestra especie, sino para extenderla indefinidamente? ¿Qué consecuencias tiene la complejidad progresiva de la vida, cuando pasamos de satisfacer las necesidades a los lujos? 

Estas son algunas de las preguntas que podemos rescatar del contexto y la historia sobre los que se plantea Pompoko. Aún así, este mensaje no pasó de una pantalla, de algunas nominaciones y de un “qué buena, rara o fea película”.

El filme se estrenó en 1994, al principio de lo que se conocería más adelante como la “década perdida” que se refiere al estancamiento económico que brotó posterior al “milagro japonés”. No obstante, Pompoko nos sitúa más bien en este último, en la plenitud de Japón. 

Se le conoce como milagro Japonés debido al extraordinario crecimiento económico que tuvo Japón tras la post-guerra, que terminó situándolo como la segunda mayor economía del mundo a principios de la década de 1990. A pesar de esto, la perspectiva del milagro Japonés que nos muestra el icónico filme de Studios Ghibli es más oscura de lo que la riqueza y el poder nos presentan como un milagro.  Hablemos del desarrollo industrial, la gentrificación y el desabastecimiento de recursos limitados al pie de nuestra especie. 

La película comienza con un paisaje de armonía entre el humano y la naturaleza. Hay un poblado en el bosque, que se intercala con los árboles, rodea los ríos y se ve custodiado por las montañas. Ahí, las personas se dedican a la agricultura, a la caza y a la pesca. Los animales, como los mapaches, se benefician de ese asentamiento. Obtienen comida y vivienda mutuas, pero también hay el suficiente espacio entre humanos y animales para coexistir juntos, en un mismo entorno. 

Esto cambia con el desarrollo económico, ya que  le permite a los humanos desarrollar técnicas y herramientas para tener más comodidades, más comida, más espacio, menos trabajo y más tiempo. Entonces, en condiciones favorables, tal y como al principio del tiempo: la vida se expande. Lástima que con ello no se expande también el mundo. Los humanos poco a poco se van apropiando de más territorio, desplazando al resto de especies que también tenían un hogar ahí. 

Pero, la especie humana, va creciendo demasiado, y necesita más: seca los ríos, pues necesita cada vez más agua para beber y trabajar; corta los árboles, pues necesita madera para el fuego de su hogar; contamina la tierra, pues necesita donde construir sus viviendas de cemento y metal. 

En esta historia, el egoísmo del humano se pondera sobre todo aquello que es diferente a sí mismo. Los humanos se distanciaron de los animales, abusaron de la tierra y de sus bondades, se apropiaron exclusivamente de todo lo que querían. Recluyeron a los animales en un espacio cada vez más pequeño. Claro, no olvidemos que Pompoko es la sátira del egoísmo de la supremacía humana, porque, al menos en esta historia los mapaches, los zorros, y otros animales, podían reclamar el mismo derecho que nosotros. 

Ellos lo llamaban la “magia de la transformación”, pues ¡podían convertirse a sí mismos y a lo demás en lo que quisieran! En la película, poseer esta magia fue clave para que los mapaches pudieran defenderse, reconocer al amigo y al enemigo, protegerse entre sí, entender lo que sucedía, pero sobre todo… para pelear. Pelear por las mismas causas que nosotros: por la vida. Al menos, los mapaches podían concebir un mundo para todos, donde no hubiera tantos humanos, pero sí los suficientes como para que pudieran seguir compartiendo hamburguesas, cultivos, pollo frito y basura. 

Al final, los mapaches entienden que los humanos se apropiaron de la misma magia, y transformaron el mundo a su imagen y semejanza. Ese ya no era el mundo que podían compartir. Sōkichi, el mapache, lo supo: “se supone que sólo los mapaches podemos transformar las cosas, pero mira a los humanos: lo han cambiado todo”. Ahora era nuestro mundo, de cemento y máquinas, sucio y exclusivo. Donde los mapaches son plagas.

En 1988, la Organización Mundial de la Salud (OMS) definió como plaga a “aquellas especies implicadas en la transferencia de enfermedades infecciosas para los humanos y en el daño o deterioro del hábitat o bienestar urbano cuando su existencia (sobrepasa) los umbrales de tolerancia, es decir (…) provoca problemas sanitarios, medioambientales, molestias o pérdidas económicas”. La plaga nos estorba para vivir.

Los humanos no sólo hemos proliferado, sino que hemos excedido los límites de la Tierra. Por lo que, en vista de la escasez y la necesidad de, no solo preservarnos, sino abastecernos lujosamente, hemos destruido hábitats, desplazado y exterminado especies, acoplando el ecosistema a nuestras comodidades. Así, según la Real Academia Española, el desarrollo creciente y desordenado de seres vivos de una misma especie que pone en riesgo un ecosistema, causando daños o enfermedades a poblaciones animales y vegetales, también se define como plaga

Pompoko es la historia de mapaches que tenían un hogar, y de humanos que lo plagaron. Pero, ahora, ya no hay historia ni un problema que tratar, porque el mundo es distinto y Pompoko… sólo es una película para niños, ¿no?

Lógica y espiritualidad: más allá de la conmemoración de la UNESCO sobre un Día de la Lógica.

Lógica y espiritualidad: más allá de la conmemoración de la UNESCO sobre un Día de la Lógica.

A cinco años de la conmemoración del Mundial de la Lógica proclamada por la UNESCO y celebrada el 14 de enero, quiero apuntar a una realidad poco mencionada de la lógica. Esto es ir más allá de la función de la lógica para la “construcción de la paz”.

Esta realidad es que la lógica es una disposición fundamental para el desarrollo de la espiritualidad. A menudo observo que los filósofos y filósofas se han encontrado con este hallazgo. Aunque no he encontrado quien lo diga directamente. Por espiritualidad quiero significar simplemente el modo de vida que conlleva convencimiento de que vale la pena vivir cada día con amor. Desde aquí me limitaré ahora a hablar de la “espiritualidad Cristiana“, por los límites de mi conocimiento y mi intención con esta reflexión.

Mi tesis no es original, pero creo que ha sido poco rescatada porque no “da el ancho” al obscurantismo,—que a menudo confundimos con valor—, que caracteriza las reflexiones de filósofos que se interesaron en la vida espiritual cristiana como Pascal, Kant o Kierkegaard. Apunto directamente a sus afirmaciones,—que considero inexactas, aunque no falsas—, sobre “poner límites a la razón, para dar lugar a la fe“.

Partiré de que la lógica es principalmente un método de observación, de generación del conocimiento y de la acción inteligente. Esto reúne la naturaleza de la reflexión que podemos rastrear en los fragmentos de Aristóteles sobre el razonamiento y la lógica.

Sin embargo, en algún punto,—si no es desde el comienzo—, hemos perdido la claridad de la naturaleza e intención de Aristóteles al proponer la silogística o los métodos del razonamiento. El núcleo de esta teoría son las “definiciones”, “principios del conocimento”, “…de la acción”, o las “formas”. Se trata de las reglas que resultan de las investigaciones o de la experiencia cotidiana, y que dan lugar a las acciones virtuosas o buenas (término que comprende según Aristóteles tanto las técnicas y lo que conocemos como la vida moral); a las demostraciones que producen el aprendizaje de las ciencias; y a las opiniones que se afirman cuando un diálogo se da entre personas con conocimiento de los asuntos que se tratan.

Las leyes, la tecnología y las ciencias serían, en opinión de este viejo filósofo, un resultado de la comunicación de estos principios que descubrimos día a día y que conservamos en nuestra tradición y costumbres.

Y así, la plenitud o “eudaimonía” de una vida humana,—sea de una persona o de las comunidades de personas—, es el resultado del cuidado que damos a estos “principios”. Mejor y comúnmente llamados creencias, hipótesis, opiniones o tradiciones.

Tal cuidado, opinaba Aristóteles, sólo pueden darlo aquellos que actúan y deliberan a partir de sus “principios del conocimiento“. Estos son quienes guian su acción y su vida inteligentemente según sus propósitos y circunstancias. Lo cual no es asequible por quienes viven a partir del mero instinto o por sus pasiones. Aristóteles atribuye esta disposición a los “jóvenes” por su falta de experiencia, pero también a las personas de “carácter juvenil” en general.

Esta afirmación, que he tomado del libro I de la Ética Nicomáquea, me parece quizá la más importante para entender qué es una vida plena humanamente. Se trata simplemente del uso del conocimiento para guiar la acción inteligentemente. Profundizar de más nos podría impedir ver el camino y la comunicación de la sabiduría, que consiste en la capacidad de hacer y demostrar lo que es bueno porque se ha vivido virtuosamente y lógicamente en cuidado de sus principios.

Al advertir esto en la silogística de Aristóteles podemos comprender que lo que podemos esperar de su aprendizaje y aplicación es una disposición y métodos que tiene lugar en casi todos los ámbitos de nuestra vida. El habitualmente llamado “silogismo práctico” encierra el carácter de la aplicación de un principio del conocimiento a ciertas circunstancias. Un ejemplo que habitualmente se brinda es: “Lo dulce es agradable/ hay una ocasión de comer pasteles (que son dulces)/ me dispongo a comer los pasteles”. Se implica que lo agradable es un motivo de nuestra acción.

Por otro lado, observo que en la enseñanza nivel bachillerato y universitario de la lógica formal tal es la estructura de acción que se espera que sigan los estudiantes. Por ejemplo: el modus ponendo ponens, que puede definirse como “si se establece que al darse un fenómeno X, entonces se da también Y; cuando se de X, entonces podemos concluir Y“. Al partir de esta u otras reglas de la lógica podemos orientar nuestra deliberación ante las variadas circunstancias.

Por otro lado, nótese que la estructura de acción del “silogismo práctico” consiste en la condición misma de la vida virtuosa o plena: la aplicación de los principios del conocimiento para producir una acción inteligente o un resultado esperado. Este es un punto secundario que quiero dejar asentado: la racionalidad es un asunto práctico

Incluso si se observa con estas coordenadas el ejemplo constante de “silogismo teórico” que parte del principio “todos los hombres son mortales“, podemos encontrar que posee una condición práctica: la premisa menor “Sócrates es hombre” pretende ser un caso de aplicación de la regla para concluir que podemos esperar que “Sócrates es mortal”. Para la vida moral y religiosa algunos podríamos cuestionar el principio con casos bíblicos como “Elías fue hombre y no murió” para redefinir el alcance de la afirmación y deliberar en qué sentido orientamos nuestra vida a la “inmortalidad” (nuestra condición biológica no precisamente se pone en duda).

Llegando así al punto principal de mi reflexión: la vida espiritual es la vida que se asienta sobre un principio fundamental, o “primer principio”. Tal es la convicción de que vivir virtuosamente es mirar la vida a partir de la sabiduría más profunda e incierta: que el amor cabe en este mundo por el hábito y la disposición de aprender a vivirlo. Hay otros principios que podemos suscribir a este.

Digo que el amor es incierto, no por su valor, sino por la difícil batalla que se sotiene día a día para mantener nuestro espíritu erguido ante ese principio. Como otros antes y después, el agustino Tomás de Kempis inicia su Imitación de Cristo (publicado alrededor del 1418-1427 d.C.), remarcando el carácter práctico y lógico de la fe en Cristo,— o convicción en los términos más modernos: “no son los discursos profundos los que santifican a una persona, sino la vida virtuosa. (Esta) es la que lo hace a uno agradable a Dios”.

Tal vida virtuosa se vive en imitación de los principios que Cristo nos dejó con su vida y su palabra. Y siempre está el peligro de “escuchar y ver” y “sentir pocas ganas de prácticar el Evangelio”. El “espíritu de Cristo”, dice Kempis, es de lo que carecemos en esos momentos. Dice el filósofo Jean Guitton al respecto “hay que suprimir los preparativos, nada hay anterior al esfuerzo o al amor“. El espíritu de Cristo es principalmente ese esfuerzo por vivir plenamente en el amor.

Si la racionalidad nos asemeja a Dios, no es porque la poseemos en tanto somos humanos. Probablemente, tampoco porque nos distinga de otros animales no humanos, como opina el filósofo Stuart Mill al definir la naturaleza de la inferencia en la observación y la memoría de los animales en general. Sino porque la práctica del principio fundamental de la espiritualidad,—o la espiritualidad Cristiana en el caso que propongo—, nos acerca a ser imagen de Dios mediante la imitación de Cristo.

Así, la Cristiandad y la Racionalidad se perfilan como asuntos eminentemente prácticos, aunque no mutuamente implicantes: puede haber racionalidad sin cristiandad, aunque no cristiandad sin racionalidad. Y en esto último reside todo mi punto con esta reflexión.

Esto es lo que, en mi opinión, significa ir un poco más lejos en la reflexión sobre la importancia de enseñar y promover la lógica para nuestras sociedades: la teoría y métodos del razonamiento son una condición básica para una vida plena y para la espiritualidad. Con ella haremos crecer nuestras virtudes humanas y nuestra espiritualidad, como describe el filósofo Charles S. Peirce, queriendo y cuidando nuestras creencias, conversaciones, y nuestra convicción más importante en la vida “como (haríamos) con las flores de (nuestro) jardín”.

¿Día de la Filosofía? ¿Y para qué?

¿Día de la Filosofía? ¿Y para qué?

Desde 2005, cada tercer jueves de noviembre se celebra el Día Mundial de la Filosofía por iniciativa de la UNESCO.

En este artículo quiero hacer una revisión de los motivos por los cuales define la UNESCO que el 16 de noviembre de este año se conmemoró por decimoctava vez a la filosofía. Por otro lado, quiero revisar si estos motivos son claros y valiosos para propiciar un examen sobre lo que estudié y, quiero pensar, ejercito profesionalmente.

Estudié filosofía como carrera universitaria y mientras estudiaba tuve varias dudas respecto a lo que hacía y se supone que quería aprender. No obstante, siguiendo una vía anti-Cartesiana hay puntos de los que en mi experiencia creo que no podemos “dudar”, porque no vale la pena hacerlo. Y esto es distinto de aquellos otros puntos respecto a los cuales sí vale la pena “sospechar”

Rene Descartes (1596-1650), filósofo que propuso la Duda Metódica como base del ejercicio filosófico.

No podemos dudar que hay un conjunto de vocabularios, que constituyen las diversas tradiciones de la “filosofía”. Tampoco, que hay un conjunto de preguntas que guían nuestra investigación sobre las tradiciones y problemas que nos acontecen. Y también, ciertas fuentes relevantes que destacan en su literatura. El método, ya lo define con cierta obscuridad Aristóteles en los Tópicos, es la inferencia y la argumentación. 

No creo necesario proponer el “análisis filosófico” como método. Aunque sí una “actitud filosófica” que guie como una “ética de la investigación” y hasta una forma vaga de “hacer bien las cosas” o cierto “modo de vida”.

En lo personal, sospecho de todas las investigaciones que en su nombre justifican su campo en la filosofía añadiendo: “análisis filosófico” o “aproximación filosófica”. Esto no significa que descarte su valía por ello, pues a menudo el “nombre” es sólo un infortunio.

En su “Mensaje (…) con Motivo del Día de la Filosofía” del 2022, de una sola página de extensión, Audrey Azoulay, quien es Directora General de la UNESCO, rescata ambos elementos de mi definición: “la filosofía se alimenta de las tradiciones de todo el mundo”; y, es “un ejercicio vivo de cuestionamiento” para definir lo que es, podría y queremos que sea el mundo.

Además, define que el valor de la filosofía reside en el “enfoque” que nos ayuda a enfrentar los cambios y posicionarnos ante la incertidumbre .

Como frutos de la UNESCO con este enfoque, Audrey Azoulay ejemplifica la “Declaración del Genoma Humano y los Derechos Humanos (1997), y la “Recomendación sobre la Ética de la Inteligencia Artificial” (2022). Se trata de dos casos interesantes de frutos con los que la “actitud filosófica” ha impactado en el mundo contemporáneo.

En su “Mensaje” de 2022, Audrey sugiere que estos frutos son resultado de nuestra respuesta a ¿qué significa ser humanos? Pregunta que sólo puede responderse con precisión y completitud en una argumentación que conecta las diversas perspectivas humanas y un punto de partida “ecologista”.

Lo anterior no sólo implica una apertura a la pluralidad de tradiciones, sino también a las diversas investigaciones actuales a partir de las cuales, nos dice Audrey, la “reflexión puede traducirse en acción”. 

A menudo, “El Pensador (Le Penseur)” de Auguste Rodin (1840 -1917) se vuelve una caricatura de la filosofía, ¿realmente es un símbolo valioso y preciso para los filósofos y las filósofas actuales?

En particular, esta última parte me impresiona por su sencillez y por la descripción de nuestra responsabilidad como filósofas y filósofos. Audrey destaca que esta responsabilidad implica aprender a enseñar “las herramientas de la filosofía para reinventar un mundo común, desde la más temprana edad”

Entonces, la responsabilidad de los filósofos y las filósofas no sólo se da respecto a la solidez y practicidad de sus investigaciones, al ponerlas en el ruedo con las investigaciones de otras disciplinas; sino también respecto la enseñanza efectiva de las mismas.

Los filósofos pragmatistas como Dewey y Peirce destacan que la cooperación intelectual y la enseñanza son ejercicios que potencian los “frutos filosóficos”, porque impulsan el aprendizaje y aclaran el vocabulario de nuestras investigaciones.

Precisamente desde ahí se da la definición de la “Proclamación del Día Mundial de la Filosofía” de 2005 por la UNESCO: “disciplina que estimula el pensamiento crítico e independiente, capaz de actuar en favor de una mejor comprensión del mundo y de promover la tolerancia y la paz” (p. 5).

No sostengo que la estimulación del “pensamiento independiente” sea la finalidad de la filosofía. Al contrario: sostengo, parafraseando mis lecturas de Peirce, que la filosofía potencia nuestros “instintos sociales“. Esto es un infortunio en la definición de la UNESCO y propiamente no es lo que se dice en la misma.

Por lo mismo, coincido en que el hábito filosófico, en su propagación social, significa actuar en favor de una comprensión de un mundo “bueno“, con la que se promueve la tolerancia y la paz entre las personas. Esto es “filosófico”; pero es, más bien, común al proyecto humano. 

En su ensayo de 1891, “El Filósofo Moral y la Vida Moral”, William James se esfuerza en colocar el poder de la investigación filosófica ante la vida humana: ¿cuál es la autoridad de los filósofos y filósofas al prescribir lo que es bueno? La conclusión: la investigación filosófica está sujeta a los procesos sociales y forma parte de algunas de sus transformaciones morales.

Y ya que toda la humanidad formamos parte de un experimento complejo y falible, de interacciones y correcciones que llamamos “moralidad”; no podemos observarnos bajo el ojo de la “autonomía” respecto al resto de nuestros coetáneos ni de nuestros antepasados. 

De manera que la moralidad no es traslúcida al ojo de una “conciencia”, ni mucho menos la tenemos los filósofos y las filósofas, sino que se ha construído históricamente y continúamos construyéndola socialmente mediante apuestas que medimos por sus consecuencias en nuestras interacciones con otras personas. 

Ciertamente, esto indica la necesidad que subraya Audrey de transformar la “actitud filosófica” en dispositivos accesibles (y aquí implico: claros) que sirvan para guiarnos en la experimentación de este mundo común y hacerlo “bueno”.

Tal es la utilidad de que quienes investigamos, nos esforcemos en hacernos entender y comunicarnos cuando apostamos por la precisión de las palabras, para aclarar el diseño “moral” de nuestras interacciones sociales y valorar la dirección que llevamos. No somos infalibles, sino filósofos.

Este trabajo no es propio de quienes estudian alguna carrera que se llame “humanidades” o “filosofía”, sino de cualquier persona interesada en que como humanos nos vaya bien y tenga una convicción estructurada al respecto. Así, al parecer del filósofo Peirce, en el siglo XIX y XX la filosofía y la ciencia cambiaron de cunas: ¿podríamos llevar esto aún más lejos?

Peirce distingue al filósofo del científico de su época por la “voluntad de aprender” de los segundos. Estos son los genuinos filósofos. Por otro lado, Peirce define a los renombrados filósofos de su época como meros “recolectores” de todo lo que creen que vale la pena saber. Incluso: como investigadores que pretenden la novedad con métodos para fijar sus creencias que distan mucho del desarrollo empírico de una investigación.

Extendería este argumento a lo que filósofos como Quine y Pereda advierten: no todo lo que es verdad o podría serlo, vale la pena. Creo que esto tendría que impulsarnos a cambiar nuestra disposición hacia ciertas fuentes y tendencias de la investigación filosófica actual.

El “Mensaje” de Audrey, Directora General de la UNESCO, me resulta suficiente como un llamado a la acción para los filósofos y las filósofas actuales. Acepto los claroscuros de su mensaje como los comienzos de un camino que nos aclara suficientemente para definir lo que los filósofos y filósofas podemos ser.

La filosofía no consiste en “idealizar” la realidad, o, verla desde un conjunto de palabras o fragmentos de algún filósofo o filósofa “clásicos”. Directamente me atrevo a decir que no podríamos decir que quienes ven o practican la filosofía de este modo, lo son genuinamente; o, por lo menos, útilmente.

En mi opinión, defender una Filosofía “pragmatista” o que “produce cosas” (más aún: “cosas buenas”) es una incurrencia en la redundancia.

“These things ought ye to have done, and not to have left the others undone” palabras de John Dewey (1859-1952) en Democracia y Educación de 1916. En español: “Estas cosas debemos hacerlas nosotros y no dejarlas sin hacer a los otros”.

Por ello, me rehúso a adoptar cierto nombre romántico y abiertamente feo que se hizo famoso entre mis compañeros y compañeras de carrera: “filo-filósofos”. Esto es: no pretender ser filósofos o filósofas, sino aceptar estar al margen de serlo. Los gérmenes de esta propuesta pueden encontrarse en la “Crítica de la Razón Pura” (1781) de Kant.

Sin embargo, creo que el ejercicio filosófico ya comprende un margen entre el conocimiento y la verdad, entre la incertidumbre y el deseo del bien. Tal parece ser la raíz del mito de Pitágoras quien se llamo a sí mismo “filósofo” y no “sabio”.

De este modo, invito a que tomemos nuestra responsabilidad y dejemos de cavilar tanto sobre ¿Qué es filosofar?¿Cómo podríamos filosofar? Ya hay mucho escrito al respecto, diría John Dewey. Y una página podría ser suficiente para aclararlo, como creo que Audrey logra en su “Mensaje” del 2022. Lo que falta es hacer filosofía, producir frutos, y dialogar y enseñar para aprender a propagar este ejercicio genuinamente en nuestras comunidades.

Señores de la vida y de la muerte

Señores de la vida y de la muerte

Parece que los jueces británicos gustan de excederse en sus atribuciones, considerándose una especie de “oráculo”, con capacidad de decidir quién debe vivir y quién no. Una vez más, como hace 5 años sucediera con Alfie Evans, han determinado que la bebé de ocho meses, Indi Gregory, debe morir. Es lo mejor para ella -dicen-, y ellos son los únicos capacitados para determinar qué es lo mejor para la menor. No importa que los padres de la bebé no estén de acuerdo, ni siquiera que se le haya ofrecido tratamiento en el Hospital Bambino Gesú del Vaticano y que le fuera concedida la nacionalidad italiana por Giorgia Meloni, para poder ser atendida en ese país.

De hecho, los jueces tomaron esa posibilidad como una especie de insulto. El juez Peter Jackson consideró que la idea de que las autoridades italianas estaban en mejores condiciones de determinar los intereses del bebé era completamente errónea. ¡Claro, lo mejor para la bebé es morir! ¿qué duda cabe? No importa que los padres no piensen así, ni los médicos del Hospital Bambino Gesú. No sólo eso: la bebé debe morir en el hospital, ni siquiera se autorizó a los padres a llevarla a su casa, mucho menos a sacarla del país. Y ¡vaya que los atribulados padres hicieron la lucha! Acudieron primero al Tribunal de Apelaciones de Londres y después al Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo, Francia, con la intención de revocar la decisión, sin obtener mayor éxito.

Ahora bien, lo que está claro —a mi humilde entender—, es que los tribunales se están excediendo en lo que a sus atribuciones se refiere. Con esa serie de decisiones y de negativas a las sucesivas apelaciones de los padres, no parecen formar parte de una democracia europea del primer mundo, sino de una república totalitaria. Con el mayor desparpajo han eliminado, de un plumazo, el derecho de los padres a la patria potestad de sus hijos; a decidir qué es lo mejor para ellos; a buscar todas las maneras posibles de beneficiarlos. En lugar de tomar su lugar, establecido claramente por el principio de subsidiariedad, se han arrogado la suprema autoridad sobre Indi Gregory, despojando a sus padres Dean Gregory y Claire Staniforth, de un derecho que les compete por naturaleza a ellos. Los padres son los responsables de los hijos; quienes los han traído al mundo; quienes velan por su alimentación; salud y educación, requiriéndose los servicios del Estado sólo de manera subsidiaria, en aquellos aspectos que los padres no puedan atender directamente, o a falta de los mismos.

Lo triste del caso es que los jueces no están dispuestos a considerar su arbitraria decisión. No les importa el grave incómodo de los padres, les tiene sin cuidado el que otro hospital se haya ofrecido para atender a la bebé. No, la bebé, sí o sí, debe morir, es lo mejor para ella, porque ellos lo han decidido así. ¿Cabe imaginar mayor prepotencia y abuso del poder? Si el Queen’s Medical Center de Nottingham ha dicho que no puede hacer más por la niña, el Hospital Bambino Gesú, le abrió sus puertas. Si no tenía futuro en Gran Bretaña, Italia le quería dar otra oportunidad, concediéndole incluso la nacionalidad, para hacerlo todo en regla.

Los jueces negaron a los padres la posibilidad de llevar a su hija a Roma. ¿Con base en qué derecho te despojan de la capacidad de llevar a tus hijos a donde quieras? ¿Con qué sustento jurídico pueden impedirte acudir a otros médicos, cuando unos han reconocido que no pueden hacer más? ¿Por qué no pueden, ni siquiera, llevar a su hija a su hogar? ¿Eso es propio de un “Estado de Derecho”? Simplemente el estado británico despojó de sus derechos a los legítimos padres, y dictaminó, unilateral y absolutamente, que la niña debe morir y no se le deben dar más tratamientos.

No se trata, ni siquiera, de un caso de eutanasia. Se suele afirmar, eufemísticamente, que la eutanasia supone la consagración de la capacidad de autodeterminación del ser humano. Implica, en consecuencia, que el interesado quiera morir y lo exprese repetidas veces de modo incontrovertible: esa es su voluntad definitiva. El caso de Indi Gregory se parece más a una condena a muerte, que a una eutanasia. Ella, obviamente, no puede expresar su deseo de morir. Los responsables naturales de ella, sus padres, no quieren que muera y desean buscar otras opciones; opciones que encuentran, pero los jueces, arbitrariamente, les impiden acceder a ellas, y condenan, sin apelación posible, a morir a la bebé. Ante casos como este uno se pregunta, ¿de qué nos sirve entonces el ordenamiento jurídico?

Dr. Salvador Fabre

masamf@gmail.com

Rezar por el Papa

Rezar por el Papa

A todo el mundo católico nos sorprendió la intención de oración del Papa para este mes de noviembre: él mismo. La intención de la “Red Mundial de Oración del Papa” es el Papa mismo, y se ha dado a conocer, como sucede habitualmente, a través del simpático “video del Papa”. En su mensaje, Francisco explica que no por ser Papa deja de ser humano, y da a entender que cae sobre sus hombros un enorme peso que él no puede llevar en solitario. Necesita, por el contrario, del apoyo de la oración del pueblo fiel, que le da fuerzas y le ayuda a discernir en cada momento qué es lo que Dios quiere.

Al ver, asombrado, el breve pero emotivo video, me sorprendieron particularmente dos cosas de su mensaje. La primera es que pide “ser juzgado con benevolencia”. Que lo miremos con benevolencia. En realidad, no es nuestro papel juzgar a nadie, menos al Papa, Vicario de Cristo en la Tierra. Pero pide que lo miremos benévolamente o, dicho de otra forma, que le otorguemos habitualmente el beneficio de la duda. El Papa, en principio, quiere lo mejor para la Iglesia y para el mundo, y goza de una especial asistencia del Espíritu Santo, confiemos en él. Es verdad que es un hombre como nosotros, y por eso mendiga la oración de pueblo fiel, que en realidad tiene el gozoso deber de rezar por sus pastores, especialmente por el Papa, sea quien sea, hoy es Francisco.

El segundo detalle, que no deja de translucir una pisca de humor, lo constituye el final de su mensaje, cuando lacónicamente dice: “recen por mí. A favor”. Me traía a la memoria una anécdota de la fe sencilla, pero a veces poco ilustrada del pueblo: en una ocasión, en los Andes peruanos, una sencilla indita fue con el cura del pueblo a pedir “una misa de daño” contra otra persona. Es decir, hay que rezar por el Papa, pero no para que se muera pronto, sino para que guíe la Iglesia bajo el impulso del Espíritu Santo, y para que, haciéndolo, Dios lo haga santo.

Las dos peticiones: la benevolencia y rezar a favor del Papa, traslucen una idea de fondo que es basilar en la fe: la unidad o, como dirían los teólogos, “la eclesiología de comunión”. Es decir, muchas veces lo más importante es estar unidos; la unidad prima tantas veces sobre la eficacia, o incluso la razón. En la Iglesia sucede como en los matrimonios: lo importante no es quien tenga la razón, sino estar unidos. Y el Papa es el vínculo visible de la unidad; es decir, sin el Papa, no somos nada, espiritualmente hablando, aunque, hipotéticamente, “tengamos la razón”.

Se comprende entonces cómo la fuerza de la Iglesia es la oración, así como el carácter sobrenatural de la misma. Nos unen vínculos sobrenaturales muy fuertes, la comunión de los santos, que proclamamos cada domingo al rezar el Credo en Misa. Frente a los críticos de Francisco -que no son pocos- en esta actitud se trasluce su marcado sentido sobrenatural y su profunda humildad. Así, de la misma forma que nosotros sin el Papa, no somos nada, católicamente hablando; de igual manera, el Papa, no puede nada sin la fuerza espiritual que le aporta el “santo pueblo de Dios”, como le gusta llamar a la Iglesia. Su petición trae a mi memoria, inevitablemente, un gesto semejante de un santo de nuestro tiempo, san Josemaría Escrivá. Con mucha frecuencia solía terminar las reuniones con públicos más o menos numerosos, pidiendo la limosna de la oración, con una expresión semejante a la de Francisco: “rezad por mí. Para que sea bueno y fiel”. Francisco, al igual que san Josemaría, se encuentran entonces en la misma “longitud de onda” sobrenatural. Es una forma concreta de refutar a los que acusan a Francisco de convertir la Iglesia en una ONG, olvidando su carácter sobrenatural.

Para los fieles cristianos resulta un componente indispensable de nuestra unión con Dios la oración por el que hace cabeza, por el Papa. Cristo, María, el Papa, son los grandes amores del cristiano; no sólo se trata de rezar, sino también de querer, más incluso, de amar. Además, como se deja entrever por lo urgente del mensaje de Francisco, es una necesidad. La fuerza de la Iglesia, al fin y al cabo, no es otra que la fuerza de la oración. Por eso, a pesar de que pudiéramos pensar que hay otras cosas más urgentes por las cuales rezar, y que muy bien podrían ser la intención del Papa para este noviembre, como la paz en Tierra Santa o en Ucrania, Francisco ha preferido que rezáramos por él, para catequizarnos en nuestros deberes de piedad filial, y para que la oración de Francisco, por esas y otras causas urgentes, como el problema de la migración o la crisis ecológica, tengan la fuerza de la oración de toda la Iglesia en unión a su pastor.

Dr. Salvador Fabre

masamf@gmail.com

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