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Navidad amarga

Navidad amarga

¿Y a los que no nos gusta la Navidad? ¿De verdad somos tan raros? ¿Hay pocas personas que padecen la “depresión blanca” o “blues de Navidad”? ¿Tenemos acaso un gen de “Ebenezer Scrooge” o “Grinch”? ¿Debo sentirme mal -peor- por sentirme mal en Navidad si soy cristiano? ¿Tenemos motivos objetivos para estarlo?

No quiero ser aguafiestas, pero es una realidad que muchas personas lo que esperamos de la Navidad es que pase pronto. Y no se precisan causas fuertemente objetivas. Supongo, por ejemplo, que para los pocos cristianos que hay en Gaza, la Navidad será más bien amarga. También las personas que viven su Navidad en la UCI, junto con los que los cuidan y los que los quieren, no tendrán una fiesta especialmente entusiasmante. Probablemente muchas personas solas o que han perdido a su familia, por fallecimiento o, por ejemplo, por un divorcio en el que la mujer se lleva a los hijos con sus papás y su nueva pareja. O personas con enfermedades crónicas muy duras, o con graves problemas económicos, o simplemente que no han conseguido alcanzar sus propósitos vitales en ese año o, peor aún, que consideran fracasado el sentido global de su vida. Si vamos sumando, en nuestra herida sociedad, no van siendo tan pocos.

Grinch

A veces las causas -un tanto misteriosas, la verdad-, pueden ser más sutiles. La náusea que provoca la publicidad navideña por todas partes y en clave exclusivamente consumista; el colmo es cuando aparecen chicas “navideñas” semidesnudas. Ya no se consiguen postales con motivos cristianos: el reno, el árbol y Santa han sustituido a Jesús incluso en países tropicales, o del hemisferio sur, donde ahora es verano. El constatar cómo, salvo reductos reducidos y privilegiados, el protagonista de la fiesta es American Express o Visa, pero no Jesús. El ver cómo se vacía de su sentido original la fiesta, de forma que ahora se usa un aséptico “Felices Fiestas”, que no se sabe muy bien qué signifique, más allá de unas copas de alcohol y unos regalos. El ver cómo, en consecuencia, nos encontramos viviendo unos rituales sociales vacíos de sentido, en los cuales te ves forzado a ponerte una careta de felicidad, más falsa que los perfiles de redes sociales y, por supuesto, más amarga. En definitiva, la tristeza por constatar, muy a pesar nuestro, la pérdida del sentido original de la Navidad.

A esta causa, más bien cultural y sociológica, se unen otras más íntimas. La nostalgia por “la Navidad perdida”, es decir, las añoradas navidades de la infancia y adolescencia, que se esperaban con tanta ilusión. Unido a ello, constatar cómo, a diferencia de esos “años maravillosos” se ha perdido en gran medida ese maravilloso don que es “la ilusión” y no se sabe cómo recuperarlo. El vivir una Navidad sin niños, que es como una “Navidad seca”, precisamente porque ellos son los que aportan los mágicos ingredientes de la ilusión, la candidez y la maravilla. La nostalgia por la pérdida de los seres queridos, tan asociados a esas navidades maravillosas, como pueden ser los abuelos y los padres.

Ebenezer Scrooge

A las personas de fe este sentimiento nos provoca un conflicto espiritual. El retruécano se retuerce aún más, porque el significado religioso de la fiesta es de profunda alegría y esperanza. La fe nos dice, además, que el contenido de la Navidad es real, objetivo. No es un cuento de niños, como Santa que entra por la chimenea, o un consuelo para perdedores. Es real: Dios se hizo hombre y bajó al mundo, mostrándose inerme, como un Niño en los brazos de su Madre. Y, al hacerlo, salvó a la humanidad. La fuerza espiritual de lo que conmemoramos debería colmarnos de alegría… debería, pero no lo hace. Si fuéramos santos lo haría, pero no lo somos… todavía.

¿Cómo explicarlo? Tal vez nos ayude una estratagema frecuente en la teología católica, la cual nos dice que “Dios nos salvó”, pero “todavía no se manifiesta plenamente esa salvación”. Ese “ya, pero todavía no”, con el que mágicamente se explica el caos del mundo, la Iglesia y la vida personal. Sabemos que esa plenitud anhelada será una realidad al final de los tiempos, en la escatología, o en la vida de los santos, que de alguna forma la anticipan. Pero en nuestra vida y en nuestro tiempo, sólo nos queda el deseo de que pase pronto, para volver a nuestra rutina salvadora, y no pensar tanto en lo que debería ser, pero no es.

Protagonistas del Adviento: san José

Protagonistas del Adviento: san José

Si lo pensamos un poquito, san José es la persona más santa, después de Jesús y de la Virgen María, que ha pisado esta Tierra. Pero, a diferencia de los primeros dos, tiene una característica que lo acerca a nosotros: es totalmente como nosotros. Jesús es Dios; no puede haber pecado en Dios, sería como un círculo cuadrado, una contradicción en los términos. La Virgen fue preservada del pecado original, aunque es igual a nosotros, como Jesús, por su condición humana, no experimentó el lastre del pecado, la atracción de la tentación, el vértigo de la concupiscencia (seguramente Ella, como Jesús, fue tentada -el demonio no se toma vacaciones-, pero no sentía la inclinación que nosotros sentimos hacia lo prohibido, fruto del pecado original. Sus tentaciones, como las de Jesús, serían semejantes a las de Adán y Eva: más intelectuales que carnales). San José en cambio, él sí que es uno de nosotros: con pecado original, teniendo que luchar cada día por no ceder a las tentaciones que se le presentaban en el camino. Es verdad que hay un grupo de fieles devotos que sostienen la opinión teológica, de que análogamente a la Virgen, él también habría estado privado del pecado original, por el mismo motivo. Sin embargo, tal opinión no es doctrina oficial de la Iglesia. Personalmente me ayuda más pensar que compartió conmigo el pecado original y, con él, el zarpazo de la concupiscencia.

San José corrige o precisa más nuestra comprensión del misterio de la santidad. A veces la asociamos a manifestaciones sobrenaturales aparatosas: estigmas, don de profecía, bilocación, levitación, fenómenos místicos, cuerpos incorruptos. De todo eso hay, y abundante, en la bimilenaria historia de la Iglesia, que debería comprenderse, fundamentalmente, como la historia de los santos (quienes han vivido plenamente su vocación dentro de la Iglesia). Pero san José nos muestra que eso no es lo más importante, y que el santo más santo de todos, no tuvo prácticamente nada de eso -a excepción de los mensajes que los ángeles le daban en sueños-, y que alcanzó la cima de la santidad fundamentalmente a través de su vida ordinaria: su trabajo bien realizado y su vida familiar. La familia y el trabajo serían los dos ascensores que lo elevaron a la más eximia santidad. Y eso, nuevamente, lo acerca a nosotros, pues su vida es como la nuestra: una vida entretejida en el entramado de relaciones familiares, profesionales y sociales. De hecho, san José tenía prestigio profesional, buena cuenta dan de ello los evangelios, cuando identifican a Jesús como “el hijo del Carpintero” (Mateo 13, 55).

Sagrada Familia

La enseñanza es clara: es en la vida corriente, más que en los fenómenos extraordinarios, donde todos tenemos la posibilidad de encontrar a Dios. Nos ayuda a redescubrir el inmenso filón espiritual que supone una realidad a la que quizá estamos acostumbrados, transfigurándola, convirtiéndola en vía expedita hacia la unión con Dios, accesible a “todos los presupuestos”, es decir, a toda clase de personas. El más grande santo de los santos así se hizo santo. San José era, sobre todo, absolutamente normal. No quiero entrar ahora en la discusión teológica sobre la primacía de la santidad; no busco enmendarle la plana a Jesús cuando afirma: “En verdad os digo que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista” (Mateo 11, 11), frente a la conciencia que progresivamente ha adquirido la Iglesia de que san José “le rebasó por la derecha” al ser el Padre putativo de Jesús, es decir, cumplir la misión más importante -después de la Virgen- en la historia de la salvación. Lo cierto es que san José se nos muestra mucho más cercano e imitable a nosotros que Juan el Bautista. Este último vivía en el desierto, se alimentaba de langostas y miel silvestre, vestía una piel de camello y anunciaba en tonos dramáticos y urgentes la necesidad de la conversión… no deja de ser una personalidad excéntrica. San José, en cambio, se nos muestra callado, trabajador, amante de su familia. Digamos que representa un esquema vital mucho más común que el anterior. No faltarán en la Iglesia vocaciones proféticas, como la del Bautista, pero la inmensa mayoría de los cristianos, nos vemos reflejados más bien en san José.

Los evangelios son parcos al hablar de María, recogen pocas palabras de Ella. De san José, ninguna. Es el hombre de confianza de la Trinidad, atendiendo especialmente al tiempo en el que Jesús vino al mundo, marcadamente machista, en el cual las mujeres contaban más bien poco, José era cabeza de familia. Bajo su responsabilidad estaba la Sagrada Familia. Podríamos decir que “las joyas de la corona de la Trinidad”, Jesús y María, habían sido puestas bajo su cuidado. Por eso es él quien recibe el aviso, por parte de los ángeles, de huir a Egipto y luego de volver a Judea primero, Galilea después. Los más valioso del Dios Trino en el mundo era su responsabilidad, lo que no nos permite dudar de que san José fue el hombre de confianza de la Trinidad.

¿Cómo era san José? Esa pregunta se la han hecho prácticamente todos los hombres de oración a lo largo de la historia. Los evangelios nos dejan ver más bien poco, pero rico en contenido y en enseñanzas para nuestra vida. Lo más clamoroso y evidente es que José era callado. No era un varón de muchas palabras, de las palabras más largas que las obras, como sucede con frecuencia; por el contrario, era un hombre de hechos, en el que Dios podía confiar. Si comparamos el desvelamiento de la vocación de la Virgen con el de san José, hay una diferencia muy clara: a la Virgen el Arcángel Gabriel le pregunta y, como diría san Bernardo, toda la creación espera anhelante su respuesta. A san José, en cambio, simplemente le avisan -no le preguntan-, el ángel le dice con claridad lo que tiene que hacer: recibir a su esposa y ponerle al fruto de su seno Jesús, y lo hace.

Es decir, no sólo era callado. Era eficaz. No un hombre de problemas, sino de soluciones. Pero -y esto es muy importante- ante todo, un hombre dócil a la acción de Dios, maleable a la acción del Espíritu Santo. Se deja conducir por Dios, baila al son que Dios le pone. Vive, en consecuencia, un confiado abandono en las Manos de Dios, pero, al mismo tiempo, pone toda su energía y creatividad al servicio del designio divino. Por eso, por ejemplo, en vez de quedarse en Belén o en Judea al morir Herodes, prefiere irse a Galilea para estar más seguro, y un ángel le confirma en la corrección de su decisión. Es decir, no era alguien pasivo, que se limitaba a “cumplir órdenes”, sino que tenía iniciativa personal, sólo que la adecuaba al plan de Dios cuando este le era manifestado. Por eso, con toda naturalidad, no le tembló la mano a la hora de enseñarle a Jesús su propio oficio, de manera que también Jesucristo era conocido por su trabajo: “¿no es este el carpintero, el hijo de María?“ (Marcos 6, 3). Alguien hubiera podido pensar: “¡cómo se atreve a enseñarle un oficio tan humilde al que ha venido al mundo para salvarlo!” Pues sí, se atrevió, de forma que Jesús nos salvó no sólo en la Cruz, sino también a lo largo de sus años de vida oculta, trabajando, codo con codo, con san José.

Callado, eficaz, dócil y humilde. San José era el más humilde de los hombres. No “se le subió” haber desempeñado el más importante de los oficios: ser cabeza de familia en la Sagrada Familia; tener a su resguardo a Jesús -¡Dios mismo!- y a María. Por el contrario, vivió una vida absolutamente normal y murió, podemos suponerlo, agotado, trabajando. No por nada es el “patrono de la buena muerte”, pues murió acompañado de Jesús y de María, “pronunciando estos nombres dulcísimos”. Impresiona pensar que Jesús y María sufrieron por la muerte de José, le echarían en falta. En cualquier caso, fue un hombre de trabajo y de humildad, nada pagado de sí mismo, consciente de que él no era el centro, sino lo era Jesús. Aceptando gozoso esa realidad, asumiendo su papel.

Muerte de san José

San José, en consecuencia, puede ser también descrito como alguien cuya pasión era servir y pasar desapercibido, es decir, no “apuntarse el tanto”.  Trabajador, discreto, eficaz, servicial. Entendía su vida entera como un servicio, a Dios en primer lugar, a través de Jesús y de la Virgen, y eso le llenaba el alma. Pero, con su trabajo, además de servir a su familia proporcionándole un digno medio de sustento, servía a la entera sociedad, al realizarlo bien, con perfección, con pasión. Un hombre cuya pasión es servir, vivir para los otros, estar disponible a la misión de Dios. San José redescubre entonces la grandeza del servicio -tan vilipendiada e incomprendida por la cultura dominante- mostrándonos cómo servir es “oro molido” en la presencia de Dios. De hecho, Jesús dijo con claridad: “no he venido a ser servido sino a servir y a dar la vida” (Marcos 10, 45). Impresiona pensar que eso mismo Jesús lo vio encarnado en la vida de su padre putativo. De manera que, como san José, vamos por buen camino -y a contracorriente, lógicamente-, cuando nuestra mayor aspiración es servir. El servicio desinteresado a Dios y a los demás colma de sentido nuestras vidas. La humanidad tiene urgente necesidad de redescubrirlo, como tiene necesidad de redescubrir la vocación de madre, es decir, la grandeza de la vocación al servicio desinteresado, que se convierte en donación total de sí misma; un auténtico holocausto discreto, agradable a los ojos de Dios a la par que políticamente incorrecto.

Por todo eso y por mucho más, san Josemaría Escrivá afirmaba que san José era “patrono de la vida interior”. En efecto, la esencia de la vida cristiana es el amor. Si san José se hizo santo no fue solamente por trabajar y tener una familia -prácticamente todos los seres humanos nos encontramos en ese supuesto y no por eso somos santos-, sino por amar a Dios a través de su trabajo y de su familia. Aunque, de alguna forma, él “hizo trampa”, porque Jesús, que es Dios, era parte de su familia. Amar a Dios y a su familia eran uno y lo mismo, la misma cosa. La santidad puede ser descrita, más amablemente, como amor a Jesús y, ¿por qué no?, a la Virgen (nos parecemos a Jesús cuando amamos a su Madre como Él la amaba). José no hizo otra cosa en su vida que amar a Jesús y a la Virgen. Realizaba su trabajo por amor a Jesús y a la Virgen, vivía su vida familiar amando a Jesús y a la Virgen. A nosotros se nos presenta la misma atractiva posibilidad, sólo que más difícil: san José amaba a una familia real y perfecta; nosotros tenemos que amar a una familia real e imperfecta, y quizá por eso tenemos más mérito. San José no tenía que hacer esfuerzos para descubrir a Jesús; nosotros tenemos que hacerlos para descubrirlo en nuestros familiares, colegas y amigos. Pero, precisamente por ello, le pedimos ayuda al mismo san José, para que, como él, amemos a Jesús y a María a través de nuestra familia y nuestro trabajo.

La contemplación sencilla del nacimiento -¡qué no se pierda esta hermosa costumbre cristiana!- no sólo nos obtiene este año la “indulgencia plenaria”, ofrecida por el Papa Francisco, sino que también nos ayuda a redescubrir el sentido de nuestra vida ordinaria, a replantearnos su valor, a vivirla de manera diferente, transfigurada, henchida de amor y como lugar de contemplación.

Protagonistas del Adviento: San Juan Bautista

Protagonistas del Adviento: San Juan Bautista

Es preciso realizar una consideración preliminar. La Iglesia, en su sabiduría añosa, nos ofrece dos fases en el desarrollo de este tiempo litúrgico fuerte, que es el Adviento. En la primera, enfoca su mirada en la segunda venida de Cristo, al final de los tiempos, cuando venga con poder y gloria a juzgar este mundo. Nos presenta así el fin de la historia, animándonos a prepararnos para tal evento. De hecho, de alguna forma lo hacemos cotidianamente, quizá sin darnos demasiada cuenta, al rezar el Padrenuestro, cuando invocamos “venga a nosotros tu reino”. Ese reino que imploramos, es la consumación de la historia, el reinado definitivo y efectivo de Cristo sobre la entera creación. También lo pedimos cada vez que asistimos a la santa Misa, al exclamar, inmediatamente después de la consagración: “anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ¡ven Señor Jesús!” Jesús ya vino, no sólo hace dos mil años, sino que, inmediatamente antes de pronunciar estas palabras, bajó nuevamente al altar gracias a la acción del Espíritu Santo y a las palabras de la consagración, pero estando ahí presente Jesús, le pedimos que apure su segunda venida, al final de los tiempos.

La segunda parte comienza el 16 de diciembre, coincide con la novena de la Navidad, cuando se rezan las antífonas solemnes previas a la Navidad, que nos invitan a centrar la mirada en el Misterio de Cristo naciente. Digamos que la primera parte del Adviento nos invita a mirar hacia adelante, a la segunda venida; la segunda parte, por el contrario, hacia atrás, para contemplar su primera venida en pobreza y humildad. ¿Para qué ese sucesivo cambio de perspectiva?, ¿por qué primero mirar hacia adelante y después hacia atrás? Quizá la respuesta nos la ofrezca san Bernardo, que de alguna forma “infla” las venidas de Cristo al incluir una “tercera venida”, en este caso, a nuestro corazón, en el silencio y la intimidad. Las meditaciones sobre el adviento tienen como finalidad provocar esa venida a Jesús en nuestro corazón en el presente, en el tiempo real de nuestra existencia, la cual discurre a caballo entre esas dos venidas teológicas claras: la primera en Belén hace dos mil años, la segunda al final de los tiempos, sólo Dios sabe cuándo.

San Juan Bautista de El Greco

Por eso la primera figura a contemplar es la del Precursor, san Juan el Bautista. Apenas seis meses mayor que Jesús, enviado por Dios para preparar su venida, y disponerle “un pueblo perfecto”. En realidad, san Juan Bautista forma parte de lo que pudiéramos denominar “nuestro tiempo”, pues su ministerio es posterior al Nacimiento en Belén, y anterior a la segunda venida. De todas formas, constituye el eslabón entre el Antiguo y el Nuevo Testamentos y es anterior al nacimiento de la Iglesia, con el que realmente surge el “tiempo de la Iglesia”, “tiempo del Espíritu Santo”, nuestro tiempo… Pero su misión es muy conforme con el significado profundo del Adviento, pues nos invita a “mirar a Jesús” y a prepararnos para su venida: su segunda venida al final de la historia y su tercera venida a nuestra alma en gracia.

San Juan, en efecto, lo señala y encamina a sus discípulos hacia Él. Digamos que, de alguna forma, todos tenemos algo de “san Juan Bautista”, pues nuestra vida espiritual puede comprenderse como la misión del Bautista: preparar la segunda venida de Cristo a este mundo con el trabajo bien hecho, ofrecido a Dios, santificado y santificante; y, en segundo lugar, descubrir a Jesús y señalarlo: descubrirlo en las personas, en nuestro trabajo, en la vida familiar, social o política y en señalarlo para que las demás personas lo descubran y lo sigan, para que la sociedad, la humanidad entera se oriente hacia Él, y contribuir de esa forma a realizar lo que profetizó san Pablo: “que Dios sea todo en todos” (1 Corintios 15, 28).

Bautismo de Jesús por El Greco

Para vivir bien el Adviento, nada mejor que imitar la actitud del Bautista. Podría resumirse ésta en su humildad, la viva conciencia que tiene de ser sólo un instrumento o, por usar otro símil, de ser él la envoltura y Jesús el regalo. Una vez recibido el regalo, pierde el sentido la envoltura. Se trata entonces -¡qué difícil es!- de descubrir que el centro de la fiesta no somos nosotros, es Jesús. Que el mundo no gira alrededor nuestro, sino de Él. De poder decir, con autenticidad, como san Juan: “conviene que Él (Jesús) crezca y yo disminuya”. En el Adviento, por tanto, podemos hacer el ejercicio de ubicarnos en nuestra realidad existencial, espiritual y religiosa. De alguna forma revivir el descubrimiento de Copérnico y descubrir, maravillados, que el centro no somos nosotros, sino Jesús, y tomar las medidas, dar pasos decididos, en orden a que efectivamente, y no sólo en nuestros deseos o en nuestra boca, sea Jesús el centro de nuestra vida.

Muchas veces, además, podemos tener el “complejo del Bautista”. ¿En qué consiste? En sentirnos como él: “voz que clama en el desierto: enderezad el camino del Señor” (Juan 1, 23, vid. Isaías 40, 3). A veces sentimos que nuestro clamor cae en el desierto, en tierra baldía, nadie lo escucha, todos lo ignoran. A veces los cristianos nos sentimos incomprendidos en el mundo, cuando no extraños a él. No debemos, sin embargo, dejar de ejercer nuestra misión profética en el seno de la sociedad. Dios cuenta con ello, aún con la apariencia de falta de frutos. Algo análogo le sucedió al Bautista: su misión estribaba en preparar al pueblo de Israel para recibir a su Mesías, pero cómo explica el otro san Juan en el prólogo de su evangelio: “vino a su casa, y los suyos no le recibieron” (Juan 1, 11), finalmente el pueblo de Israel no aceptó a su Mesías y lo crucificó. Los designios de Dios son inescrutables, pero Dios contó con la misión de san Juan Bautista, así como cuenta con la nuestra.

Proclamar, en medio del mundo, que el fin del mundo es trascendente a este mundo, aunque el mundo parezca no escucharnos. Como diría Pink Floyd: “Keep talking”, sigue hablando, sigue sembrando la semilla de la Palabra, que el Espíritu Santo encontrará la forma de que esta dé fruto, y fecunde el mundo y la sociedad. No te canses de hablar, no ceses de proclamar “la buena nueva”, “con ocasión y sin ella”, “oportuna o inoportunamente” (en expresión de san Pablo). La dimensión del Bautista en nuestra vida es parte de nuestra vocación bautismal, del carisma profético con el que somos ungidos al recibir el carácter sacramental en el bautismo y la confirmación. Muy especialmente con este último sacramento, que nos da la gracia y nos capacita para dar testimonio público de nuestra fe. Y esto con naturalidad, sin estridencias ni cosas raras, en medio de la sociedad, a través de nuestra vida familiar, profesional o social, sirviéndonos de la amistad, vamos dando testimonio de Cristo. Sentimos en nuestro interior la fuerza de esta misión, la responsabilidad de estar a la altura de ella, y el empeño de que nuestra vida sea coherente con la misma, como lo fue la de san Juan Bautista con su misión de Precursor; si de algo no se puede dudar, es de la autenticidad del personaje, a él le pedimos también que nimbe con el sello de la autenticidad nuestra entera vida cristiana.

Nacimiento del Hombre, Salvador Dalí
Homenaje a Benedicto XVI: tres puntos para recordarlo

Homenaje a Benedicto XVI: tres puntos para recordarlo

Imagen: Benedicto XVI (Europa Press)

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Murió Benedicto XVI. Es una noticia que entristece a muchos. A otros les pasa indiferente. A todos nos toma como novedad, pues es la primera vez, en más de seiscientos años, que un Papa emérito recibe los funerales sin que se convoque a Cónclave. Para muchos, Benedicto XVI pasó con la figura de ser un paladín del conservadurismo católico. Tenía fama de Gran Inquisidor para muchos latinoamericanos.
Yo hablo desde mi experiencia: quisiera decir que fue un gran Papa sin más, como todo fiel. Pero, sobre todo, fue para mi una inspiración profesional. En gran parte le debo al Dr. Ratzinger mi vocación a la academia y al estudio, puesto que fue uno de mis ejemplos a seguir en tres cosas: la confianza en el diálogo entre la fe y la razón, la lectura de los clásicos, y la redacción directa.

Mi primer acercamiento a Ratzinger fue antes de que se convirtiera en Benedicto XVI. Conocí su figura y algunas de sus ideas a través de mi padre. Él leía algunos artículos del cardenal bávaro en la extinta revista 30 Giorni. “Qué gran portento es Ratzinger”, decía mi padre, y desde entonces lo identifiqué como una personalidad importante. De este modo, el día de su elección pontificia lo pude identificar como un escritor, más que como un arzobispo. En aquel tiempo mucha gente de mi edad, que éramos muchachos de secundaria, veía en Benedicto XVI a una figura lejana: demasiado dura, seria e intelectual. A mi me llamaba la atención que el Papa reviviera ornamentos litúrgicos y prendas olvidadas como la muceta de armiño, el camauro, etc.

Papa Benedicto XVI,  audiencia 16 de enero 2013.
Papa Benedicto XVI,
audiencia 16 de enero 2013.

Nunca pensé que el Dr. Ratzinger fuera a ser para mi un ejemplo profesional, más allá de la pontificia figura de autoridad y paternidad espiritual. Me comencé a identificar con él cuando decidí estudiar filosofía, para mi propia sorpresa (yo quería ser médico, primero). Como yo procedía de una formación más biológica que humanística, consideraba que mi preparación en los grandes autores filosóficos era
deficiente. Por eso trataba de sistematizarlos cuando los estudiaba, más que encontrarme con sus ideas y experimentarlas. Llegué a pensar que el cristianismo era un tipo de filosofía o, más bien, un modo de pensar la realidad, en donde Cristo sería el Logos encarnado dentro del mundo como Razón, más que Dios en el mundo. Yo ya había leído algunas páginas de la encíclica Deus caritas est. Sin embargo, los textos ratzingerianos que más he disfrutado y más me acercaron a comprender mejor el significado del cristianismo fueron Creación y pecado e Introducción al cristianismo. Me los recomendaron profesores como Rocío Mier y Terán o José Antonio Coronel.

Del primer texto me sorprendió la capacidad argumentativa de Ratzinger ante las ciencias duras, así como su nivel hermenéutico de la Sagrada Escritura, expresado en un estilo tan sencillo, claro y consecuente. Ahí comencé a aprender la actitud de diálogo del creyente con las ciencias naturales, en las que, en ese entonces, yo estaba mejor preparado. El segundo texto, la Introducción al cristianismo, fue fundamental para mi formación intelectual y de fe. Me condujo su alta síntesis, así como su magistral uso de las más diversas autoridades y citas. En un sentido
técnico aprendí que el académico debe de usar las citas y autoridades que le favorezcan y ayuden a que la exposición de su texto sea más fluida y asimilable. No es necesario citar a todas las autoridades y a todas las ideas al mismo tiempo.

Portada “Creación y Pecado”
de J. Ratzinger.

Sobre todo, con esa lectura, encontré que el cristianismo no es una filosofía ni una serie de bellas ideas abstractas, sino la relación con la persona de Cristo, en el aquí y en el ahora, que no es puramente la Razón encarnada, sino que es presencia amorosa de Dios en el mundo que ofrece la plenitud de la felicidad a cada una de las personas humanas. Esto lo aprendí con el extraordinario capítulo de la Introducción al cristianismo titulado “El Dios de la fe y el Dios de los filósofos”, de cuyo estudio agradezco mi primera publicación de un artículo formal sobre el encuentro de las razones divina y humana en la presencia de Cristo en el mundo. De estas lecturas comprendí mejor la colaboración entre fe y razón como disciplinas distintas, pero complementarias al ser partícipes de la naturaleza humana. Tenemos fe en la razón, pero también podemos usar la razón para comprender mejor la fe, decía el Dr. Zagal, siguiendo esta idea.

La erudición del Dr. Ratzinger fue evidente siempre. Citaba a los autores más diversos: desde san Agustín hasta Ives Congar, desde Karl Marx hasta Jacques Monod, sin dejar de mencionar a Aristóteles y a San Buenaventura, en quien era especialista. Cuando me aficioné a leer textos ratzingerianos breves, como algunas de sus homilías o sus alocuciones sobre los Padres de la Iglesia en las audiencias generales, aprendí que un buen académico puede barajar sus ideas entre varios interlocutores. Ahora bien, el ser interlocutor no siempre significa estar de acuerdo en lo mismo, pero sí implica tener capacidad de apertura y contraste para conocer mejor la realidad. En este sentido, Ratzinger siempre habló con los clásicos de muchos tipos: los clásicos griegos: Sócrates, Platón y Aristóteles. Los clásicos Padres de la Iglesia: San Agustín, Los capadocios, San Benito. Los clásicos medievales: Santo Tomás de Aquino, San Buenaventura, Santa Hildegarda de Bingen. Los clásicos del Concilio Vaticano II, con quienes trabajó: Ives Congar, Hans Urs von Balthasar, Henri de Lubac. Y los clásicos científicos: Charles Darwin, Jacques Monod, Stephen Hawking, con quienes dialogó con amables argumentos.

Aclaro que Benedicto XVI sí fue un gran Papa. En parte, llegó a serlo por su gran capacidad de síntesis, la cual le dio una redacción clara de pensamientos complejos. Leer a Ratzinger es como escuchar a Mozart. Hay consecuencia entre un movimiento y otro. Hay direccionalidad, sentido y consistencia. Hay un telón de fondo, un tema agradable que se repite sin cansancio, y que hace que sea más fácil recordar lo leído. Cuando escribo, trato de seguir el estilo académico ratzingeriano: establecer una idea con claridad, darle pocas pero concisas vueltas con el comentario de alguna autoridad, y llevarla a conclusiones que se desprendan naturalmente de los argumentos expuestos. A veces introducir alguna anécdota, y cerrar puntualmente, con la confianza de que lo escrito es claro y asequible. El estilo ratzingeriano funciona no solo para la teología, sino también para los textos filosóficos, para las clases y las conversaciones.

Portada Introducción al Cristianismo,
de J. Ratzinger.

Me duele mucho la partida de Benedicto XVI. Me uno en oración por su eterno descanso y deseo que pudiera tener un lugar entre las grandes mentes doctorales del cristianismo, Deo Volente. Nunca pude conocerlo en persona. Me quedé con las ganas. Sin embargo, no hay palabras con las que yo pueda agradecer la formación intelectual, profesional y en la fe que me dio el encuentro con su trabajo y su
ejemplo personal.

Vielen Dank, Herr Doktor Joseph Alois Ratzinger, Paps Benedikt XVI!

Homenaje a Benedicto XVI: tres puntos para recordarlo

El justo San José: Fragmentos del libro “La infancia de Jesús” de Benedicto XVI

Selección de Irene González

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El libro de “La infancia de Jesús” es la tercera y última parte de la trilogía de Jesús de Nazareth de Benedicto XVI y refleja la búsqueda personal del rostro de Jesús por parte del ahora Papa emérito. El libro profundiza el evangelio de la infancia de Jesús que se narra en San Mateo y San Lucas. Esta obra destaca por su profundidad teológica, rigor en la interpretación de los textos bíblicos y una profunda piedad con las que Benedicto XVI aborda la infancia de Jesús. La vida de Jesucristo y su mensaje es una historia actual que nos habla de la incansable búsqueda del corazón humano por la única verdad capaz, por sí sola, de brindarnos una profunda alegría.

Ofrecemos a nuestros lectores una selección de textos para meditar cómo José vivió el misterio de la Encarnación.


San José y el niño. Foto: Ange Sista.

El Salmo 1 ofrece la imagen clásica del “justo”. Así pues, podemos considerarlo casi como un retrato de la figura espiritual de San José. Justo, según este salmo, es un hombre que vive en intenso contacto con la Palabra de Dios; “que su gozo está en la ley del Señor” (v.2). Es como un árbol que, plantado junto a los cauces de agua, da siempre fruto. La imagen de los cauces de agua de las que se nutre ha de entenderse naturalmente como la palabra viva de Dios, en la que el justo hunde las raíces de su existencia. La voluntad de Dios no es para él una ley impuesta desde fuera, sino “gozo”. La ley se convierte espontáneamente para él en “evangelio”, buena nueva, porque la interpreta con actitud de apertura personal y llena de amor a Dios, y así aprende a comprenderla y a vivirla desde dentro.

Esta imagen del hombre que hunde sus raíces en las aguas vivas de la palabra de Dios, que está siempre en diálogo con Dios y por eso da fruto constantemente, se hace concreta … en todo lo que a continuación se dice de José de Nazaret. Después de lo que José ha descubierto [que María estaba embarazada], se trata de interpretar y aplicar la ley de modo justo. Él lo hace con amor, no quiere exponer públicamente a María a la ignominia. La ama incluso en el momento de la gran desilusión. No encarna esa forma de legalidad de fachada que Jesús denuncia en Mateo 23 y contra la que San Pablo arremete. Vive la ley como evangelio, busca el camino de la unidad entre la ley y el amor. Y, así, está preparado interiormente para el mensaje nuevo, inesperado y humanamente increíble, que recibirá de Dios.

Mientras que el ángel “entra” donde se encuentra María, a José sólo se le aparece en sueños, pero en sueños que son realidad y revelan realidades. Se nos muestra una vez más un rasgo esencial de la figura de San José: su finura para percibir lo divino y su capacidad de discernimiento. Sólo una persona íntimamente atenta a lo divino, dotada de una peculiar sensibilidad por Dios y sus senderos, le puede llegar el mensaje de Dios de esta manera. Y la capacidad de discernimiento era necesaria para reconocer si se trataba sólo de un sueño o si verdaderamente había venido el mensajero de Dios y le había hablado.

Estatua de San José y el niño, Livigno, Lombardia. Foto: Massimo Filigura

El mensaje que se le consigna es impresionante y requiere una fe excepcionalmente valiente. ¿Es posible que Dios haya realmente hablado? ¿Que José haya recibido en sueños la verdad, una verdad que va más allá de todo lo que cabe esperar? ¿Es posible que Dios haya actuado de esta manera en un ser humano? ¿Que Dios haya realizado de este modo el comienzo de una nueva historia con los hombres? Mateo había dicho antes que José estaba “considerando en su interior” cuál debería ser la reacción justa ante el embarazo de María. Podemos por tanto imaginar cómo lucha ahora en lo más íntimo con este mensaje inaudito de su sueño: “José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo” (Mt 1,20).

A José se le interpela explícitamente en cuanto hijo de David, indicando con eso al mismo tiempo el cometido que se le confía en este acontecimiento: como destinatario de la promesa hecha a David, él debe hacerse garante de la fidelidad de Dios. “No temas” es lo que el ángel de la anunciación había dicho también a María. Con la misma exhortación del ángel, José se encuentra ahora implicado en el misterio de la Encarnación de Dios.

Homenaje a Benedicto XVI: tres puntos para recordarlo

La respuesta de María: Fragmentos del libro “La infancia de Jesús” de Benedicto XVI

Selección de Irene González

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El libro de “La infancia de Jesús” es la tercera y última parte de la trilogía de Jesús de Nazareth de Benedicto XVI y refleja la búsqueda personal del rostro de Jesús por parte del ahora Papa emérito. El libro profundiza el evangelio de la infancia de Jesús que se narra en San Mateo y San Lucas. Esta obra destaca por su profundidad teológica, rigor en la interpretación de los textos bíblicos y una profunda piedad con las que Benedicto XVI aborda la infancia de Jesús. La vida de Jesucristo y su mensaje es una historia actual que nos habla de la incansable búsqueda del corazón humano por la única verdad capaz, por sí sola, de brindarnos una profunda alegría.

Ofrecemos a nuestros lectores una selección de textos para meditar la respuesta de la Virgen María al acoger a Cristo en su seno y en su corazón. 


María es el Arca de la Alianza, el lugar de una auténtica inhabitación del Señor. “Alégrate, llena de gracia.” Es digno de reflexión un nuevo aspecto de este saludo: la conexión entre la alegría y la gracia. En griego, las dos palabras, alegría y gracia (chará y cháris), se forman a partir de la misma raíz. Alegría y gracia van juntas.

La respuesta de María, se desarrolla en tres fases. Ante el saludo del ángel, primero se quedó turbada y pensativa. Su actitud es diferente a la de Zacarías. De él se dice que se sobresaltó y “quedó sobrecogido de temor” (Lc 1,12). En el caso de María, se utiliza inicialmente la misma palabra “se turbó“, pero ya no prosigue con el temor sino con una reflexión interior sobre el saludo del ángel. María reflexiona (dialoga consigo misma) sobre lo que podía significar el saludo del mensajero de Dios. Así aparece ya aquí un rasgo característico de la imagen de la Madre de Jesús, un rasgo que encontramos otras dos veces en el evangelio en situaciones análogas: el confrontarse interiormente con la Palabra.

María y el niño. Foto: Woflgang Krzemien.

Ella no se detiene ante la primera inquietud con la cercanía de Dios a través de su ángel, sino que trata de comprender. María se muestra por tanto como una mujer valerosa, que incluso ante lo inaudito mantiene el autocontrol. Al mismo tiempo, es presentada como una mujer de gran interioridad, que une el corazón y la razón y trata de entender el contexto, el conjunto del mensaje de Dios. De este modo, se convierte en imagen de la Iglesia que reflexiona sobre la Palabra de Dios, trata de comprenderla en su totalidad y guarda el don en su memoria.

La segunda reacción de María resulta enigmática para nosotros. En efecto, después del titubeo pensativo con que había recibido el saludo del mensajero de Dios, el ángel le había comunicado que había sido elegida para ser la madre del Mesías. María pone entonces una breve e incisiva pregunta: “¿Cómo será eso, pues no conozco varón?” (Lc 1,34).

Pensemos de nuevo en la diferencia respecto a la respuesta de Zacarías, que había reaccionado con una duda sobre la posibilidad de la tarea que se le encomendaba. Él, como Isabel, era de edad avanzada; ya no podía esperar un hijo. Por el contrario, María no duda. No pregunta sobre el “qué”, sino sobre el “cómo” puede cumplirse la promesa, siendo esto incomprensible para ella: “¿Cómo será eso, pues no conozco varón?”. 

María no ve posible de ningún modo convertirse en madre del Mesías mediante una relación conyugal. El ángel le confirma que ella no será madre de modo normal después de ser recibida en casa por José, sino mediante “la sombra del poder del Altísimo”, mediante la llegada del Espíritu Santo, y afirma con aplomo: “para Dios nada es imposible” (Lc 1, 37).

Escultura de la Virgen María en Varsovia.

Después de esto sigue la tercera reacción, la respuesta esencial de María: su simple “sí”. Se declara sierva del señor. “Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38).

Dios busca ahora una nueva entrada en el mundo. Llama a la puerta de María. Necesita la libertad humana. No puede redimir al hombre, creado libre, sin un “sí” libre a su voluntad. Al crear la libertad, Dios se ha hecho en cierto modo dependiente del hombre. Su poder está vinculado al “sí” no forzado de una persona humana. En el momento de la pregunta a María el cielo y la tierra, por decirlo así, contienen el aliento. ¿Dirá “sí”? Ella vacila… ¿Será su humildad tal vez un obstáculo? “Sólo por esta vez no seas humilde, si no magnánima. Danos tu “sí”.” Éste es el momento decisivo en el que de sus labios y de su corazón sale la respuesta: “Hágase en mí según tu palabra.” Es el momento de la obediencia libre, humilde y magnánima a la vez, en la que se toma la decisión más alta de la libertad humana.

María se convierte en madre por su “sí”. Los Padres de la Iglesia han expresado a veces todo esto diciendo que María habría concebido por el oído, es decir, mediante su escucha. A través de su obediencia la palabra ha entrado en ella, y ella se ha hecho fecunda. En este contexto, los Padres han desarrollado la idea del nacimiento de Dios en nosotros mediante la fe y el bautismo, por los cuál es el Logos viene siempre de nuevo a nosotros, haciéndonos hijos de Dios.

Altar a la Virgen de Guadalupe, San Miguel de Allende.
Foto: Sofía Rabasa.

“Y el ángel la dejó”. El gran momento del encuentro con el mensajero de Dios, en el que toda la vida cambia, pasa, y María se queda sola con un cometido que, en realidad, supera toda capacidad humana. Ya no hay ángeles a su alrededor. Ella debe continuar el camino que atravesará por muchas oscuridades, comenzando por el desconcierto de José ante su embarazo hasta el momento de la noche de la Cruz.

En estas situaciones, cuántas veces habrá vuelto interiormente María al modo en que el ángel de Dios le había hablado. Cuántas veces habrá escuchado y meditado aquel saludo: “Alégrate, llena de gracia”, y sobre la palabra tranquilizadora: “No temas.” El ángel se va, la misión permanece, y junto con ella madura a la cercanía interior a Dios, el íntimo ver y tocar su proximidad.

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