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¿Una Pascua de chocolate?

¿Una Pascua de chocolate?

Por Reinhard Bingener

(Publicado en el Frankfurter Allgemeine Zeitung, Jueves 28 de marzo de 2024. Traducción F. Galindo)

Desde febrero ríen los conejos de pascua en los anaqueles de los supermercados, y también los coloridos huevos de chocolate descansan desde hace semanas en las vitrinas. Una buena noticia para la celebración de Pascua, porque se aplica la regla de que no hace falta preocuparse por la permanencia de las tradiciones, siempre y cuando se promuevan en el súper.

Y sin embargo la transformación alcanzada en la era del consumismo tiene un precio. En la mezcla pascual de símbolos cristianos y paganos de la fecundidad, parece que los símbolos paganos llevan la ventaja. La Pascua se transforma así en una animado festival de primavera. Y todos los contenidos que no sepan a la dulce y crocante pasta de chocolate son relegados fuera de la vista, de manera amigable pero contundente.

Dramaturgia de los días de fiesta

La pérdida cultural pesará más que la ocasionada por un proceso similar en torno a la Navidad. Pues la Pascua comprende no solo un aspecto del cristianismo, sino todo su horizonte de sentido: En el Domingo de ramos se contemplan las esperanzas intramundanas vinculadas a la entrada de Jesús en Jerusalén. En el Jueves santo se contemplan los aspectos de la comunidad y la ética que se relacionan con la Última cena y el Lavatorio de los pies. El Viernes de dolores contempla el sufrimiento y nuestra condición mortal; y en el Domingo de Pascua se contemplan las esperanzas trascendentes unidas a las resurrección de Jesús.

Quien se sumerge en esta dramaturgia de los días santos — así sea titubeante o guardando una distancia crítica — se topará de manera casi forzosa con que todos estos temas no pertenecen a un pasado lejano o afectan a personas ajenas, sino que también tocan su propia existencia.  Al margen de que 2024 es el año de Immanuel Kant, es difícil imaginarse que quien contempla al crucificado en una iglesia el Viernes de dolores o en Pascua no se enfrente con la cuatro conocidas preguntas del filósofo de Königsberg: ¿Qué puedo conocer? ¿Qué debo hacer? ¿Qué me está permitido esperar? ¿Qué es el ser humano?

Disolución de las preguntas por el sentido

Para muchos de nuestros contemporáneos, sino es que para la mayoría, resulta difícil dar una respuesta definitiva a estas preguntas, a causa de la conciencia moderna oscilatoria sobre la verdad. Este es el precio que el individuo de una sociedad desarrollada paga a cambio de una visión abierta del mundo. ¿Debemos concluir entonces que es mejor ni siquiera pensar al respecto? Quizá sea posible marear el sentido humano por el infinito con el sabor del rompope. ¿Qué nos lo impide?

Sin embargo también la gradual disolución de las preguntas por el sentido tiene un costo. Pues con ellas se disuelve también gradualmente la conciencia sobre lo efímero y confuso de nuestro ser: En comparación con el cosmos el ser humano no es nada; en relación consigo mismo, en cambio, es todo. Y la aceptación de esta totalidad del ser humano, que vale no solo para uno mismo, sino para cualquier otra persona, es una de las raíces más fuertes del humanismo que vincula entre sí a los seres humanos de todo tiempo y lugar.

Un ser del Sábado santo

La mirada en la fragilidad del ser ayuda también a ponderar los problemas en su proporción adecuada. La notoria irritabilidad de la sociedad quizá tenga mucho que ver con que tanto mazapán y relleno cremoso en nuestra vida obnubilan los sentidos. Las expectativas se vuelven disparatadas y la impaciencia se acrecienta. Debates sobre las pensiones y la pobreza se llevan a cabo sin ser conscientes de cuán grande es el lujo histórico en el que vivimos. Debates sobre el clima y el agro tienen lugar desde una reticente ignorancia de las leyes fundamentales de la física o excluyendo el consenso generalizado de los biólogos. Debates sobre el aborto que transcurren sin que siquiera se mencione el conflicto ético fundamental que presenta el aborto. Debates sobre la identidad en los que el presente se erige como maestro de escuela que sujeta al pasado a su implacable juicio.

El común denominador de estos debates es la carencia de humildad y una actitud de reclamo centrada radicalmente en cuestiones materiales. Una reconciliación con la historia de la Pascua no nos librará de estos espasmos como por arte de magia. Pero sí fortalecerá el sentido por la Conditio humana — por el valor del alma humana, y también por los límites de la capacidad humana de dominación y poder. Si el ser humano se esfuerza constantemente, es capaz de generar grandes cosas. Pero respecto a las preguntas esenciales de su existencia no es ningún Prometeo, pues la respuesta  a estas preguntas no está al alcance de su mano.

El ser humano es un ser del Sábado santo: Busca su lugar entre la certeza de la propia muerte y la esperanza de la salvación y la permanencia. Año con año la celebración de la Pascua nos recuerda nuestra posición.

Fuente: F.A.Z.

¿Qué líderes tenemos? ¿Qué líderes necesitamos?

¿Qué líderes tenemos? ¿Qué líderes necesitamos?

En un gobierno, en una empresa, un equipo deportivo, una familia o en cualquier institución la característica esencial y definitoria de un liderazgo ético es que hace mejor a cada una de las personas que conforman el equipo, incluyendo al líder; y que además beneficia a la institución, ayudándola a cumplir su misión y beneficiando así a la sociedad.

El liderazgo ético está orientado al bien personal y a un bien común.

Es el único liderazgo que vale la pena ejercer y apoyar. El único que nos conviene, al margen de lo que digan la moral, las tendencias o las modas.

Es un error grave pensar que lo esencial en un buen liderazgo es que sea efectivo, que “dé resultados”; y que todo lo demás es ingenuidad, idealismo trasnochado o moralina.

En política, en negocios y lamentablemente también en las familias sobran ejemplos de liderazgos “efectivos”—sumamente dañinos para quien lo ejerce y para quien lo padece como subordinado o como parte de la institución o la sociedad donde tiene impacto ese liderazgo.

Alguien que da resultados al margen de la ética —al margen de si los objetivos buscados son buenos o malos, y del modo de tratar a las personas para alcanzarlos— es un operador, no un líder genuino.

Mafias y organizaciones que actúan en la clandestinidad persiguiendo fines ilegítimos e ilegales tienen “operadores” en ocasiones muy eficientes. Que la palabra se haya vuelto común en el lenguaje político de México es un síntoma más de los malestares que aquejan a nuestra democracia.

Un operador que logra tejer una red de operadores subordinados a él, y que logra enquistarse en alguna jerarquía institucional  y disponer de los recursos de una institución, se convierte de simple operador en líder…un líder tirano, no un líder ético.

Más allá de lo que digan, de cómo se presenten ante los demás, incluso de cómo se vean a sí mismos, el operador y el líder tirano persiguen bienes excluyentes: bienes que, de alcanzarse, no se pueden compartir. Bienes como el enriquecimiento individual, los placeres excesivos, el poder como dominación y la fama, esa hermanastra frívola y a la vez perversa de la honra.

A operadores y tiranos el beneficio de los subordinados, de la institución y de la sociedad les tiene sin cuidado.

El beneficio, por ejemplo, de la empresa y sus actores claves —accionistas, colaboradores, clientes proveedores— será buscado por un líder tirano solo en la medida en que le ayude a alcanzar los bienes excluyentes anhelados. Se tratará de un beneficio accidental, que puede o no acompañar la búsqueda de un ideal pervertido de éxito egoísta, que se persigue a costa de los demás, principalmente a costa de los subordinados; no gracias a ellos. Éxito que implica la degradación y paulatina corrupción de los subordinados, y muchas veces el atropello de personas, instituciones y leyes.

Por eso el líder tirano se rodea de ingenuos entusiastas (“idiotas útiles”) numerosos oportunistas, aduladores y sicofantes (denunciantes pagados para calumniar)

El líder tirano manipula y persuade a través del miedo y las amenazas; o seduce a través del carisma y de las dádivas. La lealtad que cultiva es hacia su figura; no es fidelidad al proyecto ni a la empresa.

Por el contrario, un liderazgo ético convoca y entusiasma con la riqueza y la ambición del proyecto; con la posibilidad de crecer como persona, de crecer en la institución. Nos ofrece la oportunidad de ser mejores, hacer el bien y ganar dinero dignamente.

El liderazgo ético exige con el ejemplo y convence con la humildad de reconocer que necesita y pide nuestra participación para llegar a cabo una empresa noble. Permite la continuidad en el tiempo porque está comprometido con el desarrollo de las personas y la realización del proyecto; y no con el culto a la personalidad del líder y la satisfacción de sus caprichos. No necesita la luz veleidosa y siempre pálida de la fama; pero tampoco las sombras que operadores y tiranos requieren para disimular sus malas y vergonzosas acciones.

Un líder tirano solo podrá tener empleados o cómplices, jamás colaboradores ni socios; tendrá seguidores, pero nunca compañeros, mucho menos amigos.

¿Va hacia algún lado el feminismo católico?

¿Va hacia algún lado el feminismo católico?

[1]

Autora: Dra. Carrie Gress.

Traductor: Dr. Rafael Hurtado.

La idea de que los católicos deben aceptar el feminismo como condición de diálogo con mujeres no-católicas se ha repetido con tanta frecuencia que ahora simplemente se acepta como una verdad indiscutible. Pero, ¿realmente ha funcionado dicha estrategia?

Antes de responder a esta pregunta, repensemos por un momento las enseñanzas de San Juan Pablo II, a quien generalmente se le reconoce como el “artífice” que proclamó la necesidad de desarrollar un “nuevo feminismo” o “feminismo católico”. En efecto, Juan Pablo II estaba manifiestamente interesado en defender la dignidad de todas las mujeres. En su Carta Apostólica de 1988, Mulieris Dignitatem, exploró con profundidad la naturaleza de la feminidad, proporcionando un “marco teórico” que permite una mejor comprensión de la feminidad católica, vista desde la sensibilidad contemporánea. Sin embargo, lo que no es posible encontrar en dicho documento de aproximadamente 25,000 es el término “feminismo”.

En todo caso, el término “feminismo” fue utilizado tan solo una vez, a saber, en su encíclica de 1995 Evangelium Vitae, en la que hizo un llamado a desarrollar un “nuevo feminismo”. En un breve párrafo, el documento nos dice:

“En el cambio cultural en favor de la vida las mujeres tienen un campo de pensamiento y de acción singular y sin duda determinante: les corresponde ser promotoras de un «nuevo feminismo» que, sin caer en la tentación de seguir modelos «machistas», sepa reconocer y expresar el verdadero espíritu femenino en todas las manifestaciones de la convivencia ciudadana, trabajando por la superación de toda forma de discriminación, de violencia y de explotación” (E.V. n. 99).

A pesar de esta única mención, la idea de un “nuevo” feminismo ha sido claramente sobrevendida a los fieles católicos como la ruta ideal para entender la feminidad. Incluso el término se ha utilizado para afirmar que aquellos que no estén a favor del nuevo “feminismo católico”, estarían rechazando la visión católica global y abarcadora del Papa polaco.

Es innegable, según ya se ha dicho, que Juan Pablo II estaba profundamente interesado en restaurar y exaltar la dignidad de las mujeres, siempre y cuando se hiciese de un modo coherente con la fe católica. Lo que a menudo suele pasar con aquellos que se ciñen a la visión del Pontífice es que se centran en el adjetivo “nuevo” feminismo, sin tener claridad lo inadecuado que era el “viejo” feminismo.

A través de mi propia investigación relativa al “viejo” feminismo —sobre todo en mis dos libros The Anti-Mary Exposed [2] y The End of Woman— misma que no estaba disponible durante el pontificado de Juan Pablo II, he descubierto que el feminismo como movimiento ideológico tiene problemas significativos que no se pueden pasar por alto. Desde el principio, el feminismo ha tenido conexiones profundas con el ocultismo, con el igualitarismo (de influencia socialista/marxista) y con la erradicación de la monogamia como condición necesaria para lograr la liberación de las mujeres.

Estos esfuerzos, por demás desacertados, han provocado de modo progresivo la infelicidad crónica de más mujeres, la disminución de matrimonios y un daño severo a la familia nuclear. En cuanto ideología, el feminismo ha perpetuado la creencia de que el aborto es el medio por el cual las mujeres alcanzarán la igualdad con los hombres, generando al menos 44 millones de abortos en todo el mundo tan solo en el año 2023, cifra que supera las cifras del resto de causas de muerte sumadas.

Más allá de señalar los problemas del feminismo, quizás sea más relevante identificar la “pregunta” que ha impulsado la mayoría de las diversas formas de feminismo, a saber, ¿qué hacer para que las mujeres se parezcan más a los hombres? El mismo Papa Juan Pablo II reconoció esta tendencia en su breve párrafo alusivo al feminismo, afirmando que es necesario rechazar “la tentación de seguir modelos «machistas»”, en los que las mujeres han de adoptar vicios masculinos. Lamentablemente esta idea ha derivado en la creencia de que los hijos son un obstáculo para la felicidad de las mujeres, dando lugar a la ya conocida “cultura anticonceptiva” que pretende socavar la maternidad de las mujeres, como si ésta fuera una maldición en lugar de la bendición por excelencia que las enseñanzas de la Iglesia Católica siempre han promovido.

Contrastantemente, el feminismo ha sido tradicionalmente considerado como un medio para facilitar la integración de personas ajenas al movimiento a través de la promoción de “escenarios” cuasi-familiares. El resultado que han obtenido se traduce en que un mayor número de mujeres católicas se identifican más con el feminismo que con las enseñanzas de la Iglesia.

Actualmente, las mujeres católicas usan anticonceptivos, abortan y se divorcian aproximadamente a la misma tasa que las mujeres no-católicas. Al mismo tiempo, las enseñanzas de la Iglesia sobre la dignidad de la mujer, mismas que se han desarrollado de modo progresivo a lo largo de la historia, han sido opacadas por el lenguaje feminista contemporáneo, el cual presenta una comprensión superficial de la feminidad.

Aunque ciertamente hay casos individuales que contradicen la idea anterior, actualmente las mujeres católicas se parecen más a las feministas seculares de lo que las feministas seculares se parecen a las mujeres católicas. Mientras tanto, la feminidad, y particularmente la maternidad, que desde siempre ha sido un icono de la Iglesia misma, ha sido despojada de su belleza, significado, fecundidad y misterio. En lugar de que el feminismo se convierta en un “puente”, se ha convertido en el “destino”, en un fin en sí mismo.

El feminismo es la ideología que está impulsando el declive de nuestra civilización. Sin embargo, ha logrado hacer creer a las mujeres católicas que es la única manera de restaurar o defender la dignidad de la mujer. En su esfuerzo por parecer relevante y atractivo, el “feminismo católico” se ha convertido en una especie de “agua estancada”, tratando de mantener principios católicos sin rechazar los dogmas problemáticos del viejo feminismo.

Toda esta parafernalia podría resultar comprensible si la Iglesia Católica no ofreciese algo mejor. O si realmente el feminismo, y no la Iglesia, fuera el camino mediante el cual las mujeres obtuvieran verdadera dignidad e igualdad con respecto a los hombres. En este respecto, el catolicismo sufre de lo que podemos llamar una “abundancia de riquezas”.

El apoyo de la Iglesia a las mujeres comenzó cuando Jesucristo habitó entre nosotros, y se pronunció e intensificó en la medida que creció la devoción a Nuestra Señora y cuando se extendió el testimonio de los santos. La Iglesia, no el feminismo, declaró contundentemente la dignidad y la igualdad de la mujer, realidad bellamente expuesta por el Papa Juan Pablo II en la ya mencionada encíclica Mulieris Dignitatem. Pensadoras como Edith Stein (La Mujer), Ida Görres (The Hidden Face), Gertrud von Le Fort (The Eternal Woman) y Alice von Hildebrand (El Privilegio de Ser Mujer) se sumaron con sabiduría a esta causa. Las mujeres, y no solo las mujeres católicas, están ávidas de hacerse de esta rica sabiduría, hermosa y convincente. Y aunque pocos lo ven, la tenemos en nuestras manos.

En efecto, podría haber un “nuevo feminismo”, pero éste tendría que distanciarse completamente del “viejo”. Lograr esta encomienda dada la profunda integración que el viejo feminismo ha tenido con la cultura contemporánea, se antoja muy improbable, si no se da previamente una verdadera desintoxicación intelectual y una formación más profunda. Este es un proyecto que se ha intentado desde hace más de 30 años, pero el gran peso que tiene la ideología feminista parece sofocar los esfuerzos católicos, incluso el deseo, de desarrollar algo discerniblemente “nuevo”.

En esencia, el catolicismo no necesita del feminismo. Un simple regreso a lo que la Iglesia Católica puede ofrecer en esta materia no solo suplantaría lo que el feminismo imperante podría ofrecer, sino que lo superaría significativamente. Si realmente estamos comprometidos con atraer a las mujeres a la Iglesia mientras fortalecemos a las que ya están en ella, es hora de que comencemos a promover nuestra abundante sabiduría en lugar de continuar promoviendo lo que en realidad nos está destruyendo.

Dra. Carrie Gress.

Profesora Investigadora en el Centro de Estudios con sede en Washington, D.C., Ethics and Public Policy Center, y en el Institute for Human Ecology en la Catholic University of America, Estados Unidos de América (https://www.carriegress.com/)

Dr. Rafael Hurtado.

Profesor Investigador Titular en el Instituto de Humanidades, Universidad Panamericana, Campus Guadalajara, México (https://www.up.edu.mx/investigacion/rafael-hurtado-dominguez/)


[1] El presente escrito es una traducción realizada por el Dr. Rafael Hurtado del artículo “Is Catholic Feminism Working?” publicado en https://www.thecatholicthing.org/2024/03/01/is-catholic-feminism-working/ escrito por la Dra. Carrie Gress.

[2] Este libro está disponible en lengua castellana: https://tanbooks.com/products/books/anti-maria-al-descubierto-rescatando-la-cultura-de-la-feminidad-toxica/


¿Es razonable vivir cristianamente?

¿Es razonable vivir cristianamente?

Prólogo de:

Vivir cristianamente es razonable de Mario Salvador Arroyo Martínez Fabre. Eunsa, 2024.

Hay tantos motivos para no creer en Dios, y son tan visibles las miserias de los miembros de la Iglesia que casi sorprende que siga habiendo católicos. Los avances de la ciencia parecen confirmar que no es necesario y ni siquiera pertinente recurrir a la “hipótesis” de Dios para explicar el universo. El origen del cosmos al parecer puede explicarse por el azar; la vida en la tierra por la evolución; y las acciones y pasiones humanas o bien por algún tipo de represión sexual, o bien por algún mecanismo más o menos complejo como las hormonas, la genética o la interacción de redes neuronales. Una amalgama amorfa de azar, evolucionismo e histeria sexual parece explicarnos toda la realidad. La belleza del cosmos, la maravilla de la vida en nuestro planeta y el misterio del ser humano —explorado una y otra vez en la literatura, el cine y todas las bellas artes; y manifiesto siempre lo mismo en las competencias deportivas, en las proezas empresariales y en las campañas políticas— se deducen con necesidad y absoluta certeza de alguna explicación en última instancia materialista y supuestamente científica.

Frente a lecturas o “narrativas” omniabarcantes y omniexplicativas de algún autor en boga, y frente a las modas del “life-style” contemporáneo la vida cristiana es quizá un atavismo y un retroceso a una etapa anterior del ininterrumpido desarrollo civilizatorio.

Desde una perspectiva ética el catolicismo resiste tozudamente al extendido acuerdo vigente en muchas sociedades de una moral individualista, emotivista, utilitarista y materialista. El catolicismo es enemigo tanto de la absoluta libertad individual, de elegir sin culpa y sin compromiso lo que me plazca —en un clima relativista el único absoluto es el capricho individual— como de la máxima de evitar el sufrimiento y el sacrificio a toda costa; y es también enemigo del emotivismo que hace de mis sentimientos y emociones la medida del bien y del mal. Con la insistencia en afirmar la dignidad de la vida humana desde el momento de la concepción y hasta la muerte natural, la indisolubilidad, exclusividad y heterosexualidad del matrimonio abierto a la fecundidad, la valoración del celibato y la virginidad por consagración a Dios, la ética católica resulta absurda y chocante si no es que repugnante para muchas sensibilidades contemporáneas.

En el ámbito político parce que la Iglesia resiste el pluralismo individualista liberal el que “mi libertad termina donde empieza la de los demás”. Libertad individual que se reduce a la creciente declaración de derechos que incluyen todo aquello que el individuo considere relevante para su bienestar y realización; un liberalismo pródigo en derechos pero parco en deberes, que promete entregar prosperidad material sin límites a cambio de una mínima disposición a no lastimar a los demás; un liberalismo “facilón” poco vigilante de la limitación del poder (del poder del Estado, las corporaciones de negocios y organismos internacionales como la ONU o el Foro de Davos) y poco exigente respecto a la solidaridad y la subsidiaridad como principios de todo orden político orientado al bien común.

Para muchos comentadores y pensadores políticos, el 11 de septiembre a inicios del milenio y ahora los abominables atentados del 7 de octubre y la consecuente guerra total en la Franja de Gaza confirman la opinión añeja del potencial destructivo del odio religioso y de la fe religiosa en general, incluido por supuesto el cristianismo. 

En sentido filosófico la existencia innegable del mal en el mundo parece no dejar espacio para un Dios omnipotente, omnipresente y sobre todo misericordioso.

Sumados a estos argumentos de tan distintos ámbitos está la experiencia de quienes han perdido la fe o quienes no pueden creer. Hay quien pierde la fe como quien pierde un objeto de poca importancia que deja guardado en un cajón u olvidado en alguna parte; o como quien deja de usar algo y con el paso de los años olvida incluso que lo tuvo. Hay quien pierde la fe por algún golpe súbito: el suicidio de un ser querido; una enfermedad crónico-degenerativa; un fracaso profesional o personal; el colapso de un orden económico o civil.

Y hay quien no  puede creer porque jamás ha experimentado el amor incondicional de una madre, un padre o una hermana; o porque no logra conciliar la posibilidad de la existencia de un Dios bueno con la experiencia del mal radical en el mundo manifiesto en tantas formas como la guerra total, la violencia barbárica de los grupos criminales, el sufrimiento de los niños, el asesinato impune de los inocentes o la pobreza extrema.

De cara a estos argumentos y experiencias de vida ¿qué ofrece la vida de fe católica? ¿cuáles son las razones del creyente, si las tuviera?

El padre Mario pondera estos argumentos y experiencias y reflexiona también sobre la dolorosa realidad de la indiferencia o incluso el odio a Dios. Mi recomendación es caminar este libro —breve en páginas pero amplio en contenido y muy sustancioso— con un espíritu triplemente tomista, que es además afín a la aproximación amable y amena del padre Mario a cuestiones trascendentales, realidades dolorosas y verdades espinosas.

Tomás  apóstol fue primero escéptico. Con sus dudas y provocaciones consiguió que Cristo lo invitara a tocar sus llagas y su corazón. Hay en la actitud de Tomás antes de este encuentro algo de la insolencia tan propia de nuestro tiempo de “hasta no ver no creer”. Pero hay también en su tierna y definitiva conversión y en sus palabras “Señor mío y Dios mío” —que repiten todavía muchos fieles durante la consagración en la Misa— la esperanza de que aun a los incrédulos y temerarios Jesús nos salga al encuentro, que “se haga el aparecido” como en Emaús y nos invite a creer en él y a sentir con él.

Sin miramientos ni falso pudor el padre Mario discute muchos de los argumentos más populares y más hostiles a la fe católica; sin descalificar a los críticos o buscar salidas fáciles a sus cuestionamientos. No lo dice el texto, pero lo sabemos sus amigos: el padre Mario ha sido durante décadas un gran interlocutor para escépticos, descreídos, ateos y anti-teístas de toda índole; siempre generoso en la escucha y caritativo y amable en las respuestas.

En el espíritu de Tomás de Aquino el padre Mario orienta su reflexión filosófica al servicio de la búsqueda de la verdad — algo que debiera ser un sobreentendido en toda obra filosófica, pero que no siempre lo es, en un ambiente intelectual fascinado con el escándalo, la novedad, la estridencia y la explicación estrambótica, descabellada pero de mayor impacto mediático que la modesta y recatada verdad.

La  filosofía aparece en este libro como aquella disciplina con rigor metodológico y basada en la argumentación racional que aborda cuestiones que, o bien por su grado de abstracción, o bien por su carácter fundamental, escapan al espectro de la ciencia empírica. Siguiendo el consejo evangélico el padre Mario saca del tesoro común de la escritura y el magisterio “cosas nuevas y cosas viejas”, y recurre una y otra vez a las enseñanzas de Agustín, del mismo Tomás de Aquino, pero también de los Papas, sobre todo de los tres últimos, y de san Josemaría Escrivá.

En su diálogo con científicos contemporáneos no pretende el padre Mario escribir un libro de ciencia natural, sino más bien mostrar cuándo una disquisición científica supera las fronteras propias de su campo para elevarse en alturas o adentrarse en profundidades estrictamente filosóficas; situación de la que muchos científicos contemporáneos no son siquiera conscientes. Esto sucede por ejemplo al preguntar por la existencia de Dios o del mal, el riesgo de la libertad y las motivaciones humanas últimas, el fenómeno religioso o la inmortalidad del alma.

La vida cristiana sigue siendo piedra de escándalo por su radicalidad: porque el mensaje cristiano va a las raíces del misterio humano y de su relación intimísima con Dios, y empapa todas las dimensiones de la vida, desde la sexualidad y la relación de pareja y fecundidad, hasta el trabajo profesional y la participación política. Como nos dice el padre Mario no se puede minimizar el impacto de Cristo y del cristianismo en el mundo antiguo y por supuesto en el presente:

La modernidad de la que somos hijos —algunos a regañadientes— no se entiende sin la deuda con el cristianismo por el legado de la noción de dignidad humana y el valor de la libertad personal; tampoco es comprensible el mundo moderno sin su tendencia a aprisionar la fe en el ámbito estrictamente privado, su rechazo a cualquier limitante a la libertad individual, su escepticismo frente a toda autoridad no elegida democráticamente o no respaldada “por la ciencia”, y su disgusto frente a la “aberración” de la mortificación y el sacrificio personal, en contra del hedonismo sensualista predominante.

La fe cristiana tiene consecuencias prácticas, éticas y políticas. El mensaje cristiano no se cansa de recordar a los poderosos que todo poder es temporal, que el poder solo es fecundo y no destructivo cuando se subordina al ideal del bien común, y que a pesar de su popularidad y vigencia es falsa y demoniaca  la promesa —ya de la técnica, la economía, la política o la misma religión— de “seréis como dioses”.

El padre Mario nos muestra que los abusos de poder y los atentados contra la dignidad sagrada humana —imagen de la divinidad— también han sido desgraciadamente comunes en el interior de la Iglesia, el caso más grave y actual es el del abuso sexual a menores y mujeres por parte de miembros consagrados de la Iglesia. Y que como realidad política temporal representantes de la Iglesia también han abusado de su poder en el trato a los no creyentes, los fieles de otras religiones y los herejes.

Para recorrer los vericuetos del poder político y religioso, y el impacto del cristianismo en la vida pública no hay mejor compañero que Tomás Moro. Con el aplomo de Moro, la fineza de Aquino y la sagacidad y ternura del Dídimo iniciemos pues la travesía preguntándonos si existe Dios, si el catolicismo es la religión verdadera, si el principio de “sola Scriptura” o el dogma de la Trinidad están contenidos en la Biblia; si es posible una ética atea, si tienen razón los proponentes de la revolución sexual, y los promotores benevolentes de la eutanasia como un acto de amor, y del aborto como la expresión culmen de la libertad individual. Bajo el amparo de tan insignes modelos y de la mano de este prudente timonel, quizá lleguemos a buen puerto.

¡Ni madres!

¡Ni madres!

Gracias a la píldora anticonceptiva, las mujeres ahora (a diferencia de “en esos entonces de nuestras madres, abuelas y bisabuelas”) pueden estudiar y tener éxito profesional. Ese es el argumento que recientemente presentaba uno de nuestros modelos a seguir a un grupo de universitarias: la píldora anticonceptiva es el mayor invento del siglo XX (en el minuto 1:19).

Es común escuchar en discusiones universitarias alumnas que afirman con mucho orgullo que “no van a tener hijos porque no quieren sacrificar su éxito profesional”; porque la vida en el hogar, junto a la estufa, es el mayor de los fracasos; porque los hijos exigen sacrificio.

Y siempre me pregunto si estas mismas jóvenes, entusiastas e inteligentes, le han hecho saber a sus madres su decisión; y si lo han hecho con esas palabras: “mamá, yo no voy a tener hijos, porque no quiero ser una esclava doméstica más, fracasada”.

Porque hay un error respecto a los supuestos efectos benéficos incuestionables de la píldora. Las alumnas universitarias no están en la universidad “gracias a la píldora”; gracias a que la píldora les permite tener relaciones sexuales sin embarazo y sin tener que hacerse cargo de una nueva vida que trunque o de plano destruya su carrera profesional, y las obligue a convertirse en simples “amas de casa” o esclavas domésticas para variar el eufemismo. Las alumnas están en al universidad a pesar de la píldora:

Sus madres y sus abuelas tuvieron “la oportunidad” de no concebirlas, o de matarlas a través del aborto una vez concebidas. No solo eso, sus madres y abuelas, tuvieron la “oportunidad” de promover el antinatalismo y recibir los aplausos de todas las buenas conciencias de este mundo, de intelectuales, políticos, líderes y personas muy, muy exitosas. Y rechazaron esa oportunidad.

Sus madres y sus abuelas decidieron tener la generosidad y la valentía de abandonarse al milagro de la concepción, y comprometerse después con la gestación, nacimiento y cuidado de una nueva vida.

Es llamativo, por decir lo menos, que el uso de la píldora anticonceptiva no haya disminuido el número de abortos, ni tampoco el número de abortos selectivos, que afecta a las mujeres. La píldora tampoco ha mitigado la violencia sexual contra la mujer, tanto en el ámbito doméstico como en el ámbito público. No ha revertido la nefasta objetivización de la mujer a través de la pornografía. La píldora anticonceptiva no ha disminuido el número de divorcios, que crece significativamente cada año; no ha disminuido la promiscuidad de alto riesgo ni las enfermedades venéreas; no ha tenido ningún impacto en los índices de explotación sexual y prostitución de niñas y adolescentes. Y no ha generado tampoco uniones matrimoniales más robustas, contrario a lo que argüían defensores de la píldora en ambientes católicos.

La píldora solo ha tenido éxito en promover la anticoncepción, la epidemia de esterilidad cada vez más extendida en los países ricos y el antinatalismo, ideología diabólica que arrastra a países supuestamente avanzados en pos de un suicidio colectivo en el altar de la autorealización.

¿Gracias a la píldora? ¡Ni madres! Ni padres, ni hermanas, ni hermanos existirían; y por supuesto  no habría alumnas, ni alumnos que pudieran estudiar en la universidad, y fletarse esos discursos narcisistas, sosos y superfluos de la autorealización sin donación, la esterilidad como beneficio, el egoísmo celebrado como éxito, y el amor sin sacrificio.  

Quizá en lugar de celebrar y dar gracias a la píldora, haríamos bien en reflexionar sobre lo que implica el milagro de la concepción, el don de la vida, y la vida de la gracia.

Una fuerza imparable y un objeto inamovible

Esta semana han pasado muchas cosas. Entre ellas terminé un libro que requirió un compromiso largo que acepté antes de empezar. Era El Quijote. Si quisieras leer El Quijote sin spoilers, no leas este correo. (Pondré una advertencia cuando empiecen los spoilers del final del libro)

Cuando acabé el libro quedé en shock. No estaba seguro de lo que sentía. Primero, ese sentimiento de acabar un libro y preguntarte ¿Ahora qué? un compañero que estuvo a mi lado durante cuatro meses se había separado. Era parte de mí pero al mismo tiempo ya no estábamos juntos. Miré el libro unos minutos tratando de procesar todo lo que había sucedido y no me resolvía a alabar o condenar el libro. No entendía porque sucedió lo que sucedió.

Esta pregunta siempre me ha llamado la atención: “cuando una fuerza imparable se enfrenta a un objeto inamovible ¿qué es lo que pasa?”, he tratado de convertirlo en una metáfora para darle sentido a la pregunta. En nuestra vida hay elementos que definen quienes somos, dan forma a nuestra identidad. Uno de ellos son las ideas, o mejor dicho los ideales y sueños que perseguimos, que nos mueven a salir de nuestra zona de comfort e impulsan nuestro actuar, esa sería “la fuerza imparable”. Por otra parte, todos tenemos una base sólida de donde partir, tenemos un marco de referencia que guía nuestras acciones: nuestras convicciones; ese es el objeto inamovible.

¿Qué pasa cuando nuestros sueños e ideales chocan con nuestras convicciones? ¿Cuál permanece y cuál se destruye? Es algo tan importante que no podemos vivir sin ninguno de los dos. Todos tenemos sueños y aspiraciones a dónde queremos llegar. De igual manera, todos tenemos pilares que definen lo que hacemos, lo que creemos que es correcto y lo que no. No necesariamiente uno va a chocar con el otro pero si llegara a pasar necesariamiente hay un cambio el alguno de ellos y en nuestra propia vida. Pienso en una solución pero me gustaría escuchar la tuya. Después de este Gif empiezan los spoilers.

¿Qué sucede en el Quijote?
La historia de Don Quijote de la mancha es una serie de aventuras que sólo le podrían pasar a un loco. En un resumen muy exagerado, Alonso Quijano es un señor de edad avanzada que fundió su cerebro por leer tantos libros de caballeros antiguos. Esto le llevó a pensar que las historias eran ciertas, y que él mismo debe restaurar el honor de los antiguos caballeros convirtiéndose en uno. Por su falta de juicio, alucina cosas, pelea contra molinos pensando que son gigantes y entra en posadas como si fueran grandes castillos. En una introducción de Mario Vargas Llosa describe el libro en un paso de la realidad a la ficción, como la historia que el Quijote busca se va convirtiendo en la verdad. Esto es cierto, poco a poco las historias se alinean más con el personaje, de alguna u otra forma se revive el mundo de los caballeros.

Sin embargo, el final del libro rompe la tesis. Rompe al ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha y nos presenta a otra persona. En los últimos capítulos, el Quijote es derrotado por el caballero de la luna blanca (su amigo Sansón de Carrasco) y es forzado a regresar a su aldea y dejar el ejercicio de la caballería por un año. Esto con la idea de sanar su juicio en este tiempo. En el camino hay un cambio de clima en la trama, se puede notar cómo el espíritu peleador y valiente de Don Quijote va apagándose, entra poco a poco en la melancolía (conocida hoy en día como depresión) y pierde sus ánimos. En su aldea enferma y en pocos días empeora, uno de esos días, despierta sano, lúcido, arrepentido… pide que le lleven un confesor y un escribano para realizar su testamento, da su último respiro queriendo disculparse por arriesgar a los demás y llevar a Sancho con él.

Ahora bien, a lo largo del libro conocimos a Don Quijote y sólo al final entendimos quién es Alonso Quijano. Claramente no son la misma persona. La pregunta es ¿fue bueno el cambio? ¿Qué quiere decir Cervantes? Me parece que es una cuestión de identidad, ideales y convicciones. Si realmente estaba enfermo no podemos decir que tuviera entero uso de su razón, por tanto de su libertad, no podemos juzgar sus acciones. Pero suponiendo que estuviera lejos de enfermedad, ¿cuál debió permanecer?

Sus convicciones son las que quedan después del dilema. Prefiere morir siendo buen hombre para llegar al cielo que aferrarse a la caballería. Los ideales cambiaron, y lo llevo a él a cambiar. Dejó de ser ese caballero para ser Alonso el bueno, el sano. No porque el caballero estaba mal, sino porque era mejor ser el bueno. Se dió cuenta que sin sus valores, convicciones, sus ideales no valen nada, porque no se puede ser dos personas distintas.

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