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Un manual para ejercitar la paciencia: Cinco panes y dos peces

Un manual para ejercitar la paciencia: Cinco panes y dos peces

Con la misma esperanza, de que un día de estos o alguna de estas semanas volveré a casa, escribo, no asemejando las situaciones, sino siguiendo los pasos, siguiendo el manual: los cinco panes y los dos peces para alcanzar la serenidad y la paciencia.

Andrea Fajardo

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Uno de los males contemporáneos de la sociedad es el desprecio hacia la vulnerabilidad. Queremos ser siempre fuertes, duros, jóvenes y tener todo bajo control. Olvidamos que si nos cortamos también sangramos,que somos finitos, falibles y necesitados. ¿Quién quiere ser vulnerable? Parecería ridículo, y sin embargo en la vulnerabilidad y la flaqueza hay mayor fuerza. Una contradicción, pero así es el mundo: contradictorio, extraño e incontrolable.

El viernes desperté como cualquier día normal y me preparé para una revisión rutinaria; después de desayunar puse en una bolsa mis documentos, la cartera, el teléfono con la mitad de la batería porque planeaba volver a casa después de un par de horas, tomé el rosario –no tanto porque fuera a rezar en ese momento, sino porque siempre lo cargo, como se carga la cartera­– y por último, guardé el libro Cinco panes y dos peces del Cardenal Van Thuan (1928 – 2002). Un libro muy ligero, con menos de 90 páginas y que no tiene desperdicio. Caminé hacia la estación del Sbahn, transbordé una vez y luego tomé el autobús hasta el consultorio.

Un día normal, como cualquier otro, en el que pensamos que todo está bajo control, pero no hay nada más alejando de la realidad que pensar que podemos controlar minuciosamente lo que sucede, como si la vida fuera un reloj suizo. La doctora me miró seriamente y me dijo que debía llamar una ambulancia. ¿Una ambulancia? Nunca me he subido a una y me siento bien, no me siento enferma, no siento nada extraño, lo que sí siento es miedo. Los paramédicos llegan, me colocan en una silla y me bajan; quería decirles, si acaso no preferían que bajara por mi propio pie las escaleras, pero desde ese momento, la voz se debilita y en plena vulnerabilidad extiendes tus manos, otro te ciñe y te lleva hacia donde no quieres. (Cf. Juan 21, 18)

La ambulancia se dirige hacía algún hospital, ellos saben hacia dónde, yo sólo me dejo conducir y cuando llegamos alcanzo a ver el nombre. Sin saber bien dónde estoy, al menos puedo avisar en dónde me encuentro y pedir que me traigan un par de cosas por si acaso. De pronto comienza un espiral de miedo, angustia, revisiones, inyecciones, catéter, muestras de sangre, piquetes, noticias a medias, diagnósticos incomprensibles, soledad y espera. Algo que en momentos me resulta abrumador, como si estuviera dentro de la misma estación esperando a Godot, sin saber qué espero y por cuánto tiempo, hasta que llega una respuesta y después una nueva espera, con una nueva angustia que carcome, hasta que se repita el ciclo o termine.

Hace muchos años, Fernando Galindo, dijo en una clase que una de las funciones de la filosofía es aprender a ser resistentes a la frustración. Quizá ya no recuerde esa clase, pero fue una frase que me impactó y que me gusta repetir a mis alumnos. Es cierto, una de las funciones prácticas de la filosofía es que de cierto modo aprendemos a resistir la frustración. Ahora está de moda hablar de la resiliencia, que consiste en adaptarse a la adversidad del mejor modo posible. Prefiero pensar en esa tolerancia a la frustración y que desemboca en la paciencia.

Etimológicamente la paciencia viene del verbo latino pati (patientia) y que significa sufrir. Bíblicamente es un don del Espíritu Santo que consiste en saber sufrir. Podemos pensar que la paciencia es un esperar pasivo y sufriente hasta que la adversidad termine, sin embargo, no hay nada más activo que ser paciente. Y en ese sentido el libro Cinco panes y dos peces es el manual perfecto para ejercitarnos en la paciencia.

Desde que comencé el libro, el mes pasado, pensé que merecía una reseña, porque consiste en el testimonio de 13 años en prisión de un inocente y expone ante los jóvenes siete claves para ser pacientes en la adversidad. Claro que desde la comodidad del hogar y las distracciones diarias lo dejaba para el día siguiente, y así sucesivamente. En mi defensa debo decir, que estaba en México y que mi plan era hacerlo cuando regresara al frío invierno berlinés.

Cinco panes y dos peces.

Llevo más de una semana en el hospital y hasta el momento no sé cuándo volveré a casa, ante la incertidumbre, pensé que podría escribirla al regresar, pero ésta mañana he cambiado de parecer: no hay mejor momento para escribirla que bajo estas circunstancias. El cardenal Van Thuan escribió parte de su testimonio y lo que aprendió en el cautiverio. Él ejerció cada día durante 13 años la paciencia; sin saber cuándo podría ser liberado, pero con la esperanza de que algún día lo sería. Con la misma esperanza, de que un día de estos o alguna de estas semanas volveré a casa, escribo, no asemejando las situaciones, sino siguiendo los pasos, siguiendo el manual: los cinco panes y los dos peces para alcanzar la serenidad y la paciencia.

El cardenal Van Thuan comienza el libro inspirado en el Evangelio de Juan (Jn. 6, 5-11) para resumir sus vivencias que “a veces con gozo, a veces en sufrimiento, en la cárcel, pero siempre llevando en el corazón una esperanza rebosante” en 7 puntos que lo ayudaron durante los 13 años de cautiverio.

Van Thuan, obispo de Saigon (Vietnam) fue detenido el 15 de agosto de 1975, día de la Asunción, y liberado el 21 de noviembre de 1988, día que se conmemora la presentación en el templo de la Virgen María. El motivo de su detención fue ser un sacerdote católico en un país bajo el régimen comunista, en otras palabras, una víctima más de la persecución cristiana de esta época.

A continuación, les presento los cinco panes y los dos peces:

François-Xavier Nguyen Van Thuan

“Es verdaderísimo: todos los prisioneros, incluido yo mismo, esperan cada minuto su liberación. Pero después decidí: Yo no esperaré. Voy a vivir el momento presente colmándolo de amor”.

Cardenal Van Thuan

Primer pan: vivir el momento presente

Tras su detención y mientras lo conducían 450 km en la oscuridad nocturna sintió tristeza, abandono y cansancio. En el camino recordó las palabras de un sacerdote que estuvo prisionero 12 años en China, y que se la vivió esperando. Fue entonces que tomó una decisión. “Es verdaderísimo: todos los prisioneros, incluido yo mismo, esperan cada minuto su liberación. Pero después decidí: Yo no esperaré. Voy a vivir el momento presente colmándolo de amor”.

No podemos estar siempre esperando, ¿esperando qué? A veces lo que esperamos nunca ocurre. Esto no significa que debemos sumergirnos en la apatía y dejar de esperar cosas, sino que hay que esperar de otro modo, no pasivamente, sino activamente.

En esos momentos Van Thuan consiguió lo necesario para comenzar a escribir su libro El camino de la esperanza, porque le preocupaba dejar a los pocos católicos sin pastor. Van Thuan se pregunta ¿cómo puedo vivir el momento presente con amor? Dejando lo que es accesorio y concentrándonos en lo esencial e imprimiendo en cada acto, así sea simple, el máximo de amor posible.

Si te toca esperar, entonces espera con amor; si te van a inyectar, sacar sangre, hacer otra prueba, tomar pastillas: hazlo con amor. Es fácil decirlo y muy difícil hacerlo, pero cada día se puede intentar de nuevo. Van Thuan no sabía cuánto tiempo tendría que esperar en el encierro, y yo tampoco, pero la espera se vuelve más soportable cuando la ofrecemos y vivimos intensamente, no en la pasividad.

Es posible elegir esperar en la angustia, desesperación y la tristeza, o intentar, aunque sea muy duro y cueste una fuerza enorme, esperar activamente: descansando en la paciencia. Claro que hay momentos más difíciles, pero no hay que olvidar que no estamos solos.

Segundo pan: Discernir entre Dios y las obras de Dios

Van Thuan es un sacerdote muy dinámico y activo, por lo que el cautiverio en un pequeño espacio y soledad era una tortura mental que lo tenía al borde de la locura. Una noche escuchó en su corazón que debía aprender a discernir entre Dios y las obras de Dios. Todas las actividades pastorales que realizaba eran obras de Dios, pero no eran Dios. Y él había elegido a Dios, a su voluntad, no a sus obras.

Es como aquella inspiración de Margarita María Alacoque “encárgate tú de mis cosas, que yo me encargaré de las tuyas”, porque a fin de cuentas Dios lo resuelve todo mejor de lo que nosotros lo podemos solucionar. De este modo Van Thuan dejó su misión pastoral en manos de Dios, porque comprendió que Él lo quería ahí, en prisión. En ese momento sintió una paz que ya no lo abandonó.

Hace algunos días intenté salir voluntariamente, aunque estaba indecisa al no comprender cien por ciento el diagnóstico y los procesos, pensando que los médicos alemanes pecan de exageración. Llevaba días de desesperación, con dolor en un brazo por las constantes tomas de sangre, en los dedos por las mediciones de azúcar y en el otro brazo por el catéter. Y en esa desesperación y sin sentirme enferma, pensé que aun cuando tuviera que guardar reposo, estaría mucho mejor en casa.

Quería irme a toda costa, pero sin un panorama claro, durante la noche y con los nervios a flor de piel aumentados por la oscuridad, en oración pedí ayuda para discernir. Aquella mañana me levanté alegre, pensando que me iría en pocas horas y en oración repetía, “yo no sé lo que es mejor, pero quisiera volver a casa, si esa es tu voluntad abre toda puerta y hazlo de forma sencilla; pero si no debo irme y es tu voluntad que me quede, dilo claramente y dame serenidad para aceptarlo”. Basta decir que no pudimos hacer la alta voluntaria, tampoco me dieron una fecha aproximada de salida, y aunque en el momento pensé “qué pesado estar aquí sin fecha final”, poco a poco he tenido una mayor serenidad para vivir un día a la vez en el hospital, porque por el momento aquí es donde debo de estar.

Portada del libro “El camino de la esperanza” del Card. Van Thuan.

Una fuerza que sostiene es saber que otros oran por ti, que una comunidad que te ama y se preocupa, intercede por ti así sea al otro lado del Atlántico.

Andrea Fajardo

Tercer pan: Un punto firme, la oración

“ ”Padre, en la prisión usted ha tenido mucho tiempo para orar.” No es tan simple como se podría pensar. El señor me ha permitido experimentar toda mi debilidad, mi fragilidad física y mental. El tiempo pasa lentamente en la prisión, particularmente durante el aislamiento”. Se dispone del tiempo, pero a veces cuesta demasiado concentrarse o dejar de sentirse solo. Así que en ocasiones basta con una oración sencilla: “cuando me faltan las fuerzas y no logro siquiera recitar mis oraciones, repito: “Jesús, aquí estoy, soy Francisco”. Me entra el gozo y el consuelo, experimento que Jesús me responde: “Francisco, aquí estoy, soy Jesús”.”

No siempre tenemos la disposición de una oración con palabras complicadas, es más, las palabras sobran, basta con algo sencillo, como los niños cuando se espantan y gritan por papá y mamá. No tiene que decir mucho e inmediatamente los padres van y los tranquilizan con su presencia. Así que podemos simplemente llamar a Jesús o al soplo del Espíritu Santo, y ellos sin dudarlo acudirán.

Van Thuan también menciona que le gusta orar con la Palabra de Dios, pero cuando lo apresaron no pudo tomar la Biblia, lo único que llevaba consigo era el rosario. Así que recolectó todos los pedacitos de papel que pudo y en ellos escribió más de 300 frases del Evangelio, hizo una pequeña Biblia que utilizaba para orar. Entre otras oraciones se encuentra el Magnificat, Te Deum y el Veni Creator.

Es cierto que tras los momentos difíciles la oración serena e incluso alegra el corazón, nos aliviana el peso. Pero quisiera añadir que no es solamente la propia oración, también la comunidad es muy importante. Una fuerza que sostiene es saber que otros oran por ti, que una comunidad que te ama y se preocupa, intercede por ti así sea al otro lado del Atlántico.

El aspecto comunitario de la religión es muy importante, pero no sólo por la comunidad que se forma al participar de los mismos ritos, sino que hay una forma de amor desinteresado que los une, fortalece y acompaña. Aprovecho para agradecer a todos aquellos que me han tenido presente en sus corazones y que me acompañan cercanamente a pesar de la distancia.

Cuarto pan: Mi única fuerza, la Eucaristía

Es muy conocido y conmovedor el testimonio del cardenal Van Thuan y la Eucaristía. Se las apañó para que le enviaran vino por motivos medicinales y cada día a las 3 de la tarde celebraba la misa, con tres gotas de vino y una de agua, en la palma de su mano. Pero esta fuerza no la guardó para sí mismo, sino que en ocasiones podía compartirla con otros católicos, quienes también en la prisión tenían la oportunidad de comulgar: “Fabricamos bolsitas con el papel de las cajetillas de cigarros para conservar al Santísimo Sacramento. Jesús eucarístico estuvo siempre en la bolsa de mi camisa”.

Y no solamente la misa, también los presos montaban guardias nocturnas y adoraban a Jesús Eucaristía, quien les “ayudaba inmensamente con su presencia silenciosa”. Van Thuan, en esta locura y escándalo para el mundo, incluso se atreve a decir que aquellas misas en el cautiverio fueron las más bellas de su vida.

En México algunas cosas son más sencillas, siempre se conoce a algún padre o ministro de la Eucaristía, que visita a los enfermos. Sin embargo, en Alemania, un país que otrora se autodenominaba cristiano, la Iglesia es un poco más fría y ciertas cosas no son tan sencillas. Si bien no puede venir un sacerdote o ministro diario a traerme la comunión, sí puede ocurrir algunas veces. El día que el padre vino a visitarme y me trajo la Eucaristía, me sentí alimentada, cobijada y con la fuerza para resistir. Y para estos casos, podemos contar también con la comunión espiritual.

Card. Van Thuan en prisión.
Fuente: cardinalvanthuan.org

Ver con otros ojos, con los ojos de Jesús, ayuda a amar y perdonar incluso a aquellos que nos hacen mal.

Andrea Fajardo

Quinto pan: Amar hasta hacer la unidad es el testamento de Jesús

Al principio los guardias no le hablaban a Van Thuan, lo trataban como un enemigo y el trato ensombrecía el ambiente. Hasta que un día pensó que, a pesar de la cautividad, él tenía una mayor riqueza: el amor de Cristo. A partir de ese momento comenzó a amar a los guardias y a ofrecer pequeñas muestras cotidianas de caridad, una sonrisa, una palabra amable e incluso llegó a enseñarles otros idiomas y resolver sus dudas religiosas. El ambiente cambió radicalmente.

Van Thuan escribe en El camino hacia la esperanza, “cuando hay amor se siente el gozo y la paz, porque Jesús está en medio de nosotros. Viste un solo uniforme y habla una sola lengua: la caridad”. Ver con otros ojos, con los ojos de Jesús, ayuda a amar y perdonar incluso a aquellos que nos hacen mal, algo que encontraban inconcebible los guardias.

Los cristianos deberíamos ser el instrumento del amor de Dios en el mundo. “El más grande error es el no darse cuenta que los otros son Cristo. Hay muchas personas que no lo descubrirán sino hasta el último día. Jesús fue abandonado en la Cruz y ahora lo sigue estando en el hermano y en la hermana que sufre en cualquier rincón del mundo. La caridad no tiene límites; si los tiene no es caridad”.

Cuando nos duele una muela, toda nuestra atención se centra en esa muela. Incluso la sentimos más porque estamos constantemente al pendiente de ese dolor y dejamos de notar otras sensaciones corporales. Lo mismo sucede con el sufrimiento, que puede llevarnos a centrarnos únicamente en nosotros mismos y cuando sólo pensamos y atendemos nuestra miseria caemos en la victimización y el egoísmo: Nos auto-pobreteamos, nos sentimos la única víctima, el único sufriente.

En una semana cambié cuatro veces de compañera de habitación. Cada una con situaciones diferentes, cada una con un propio dolor. En el hospital te puedes encontrar de todo dependiendo de la sección: desahuciados, gente con dolores tremendos, mujeres que acaban de parir, bebés prematuros en incubadoras o que deben ser operados, mujeres que yacen con el miedo de perder a sus bebés y tantas incontables enfermedades y sufrimientos.

Desde hace algunos días comparto habitación con la misma mujer, ella tampoco sabe cuánto tiempo se quedará, también tiene miedo y sufre. En las mesas de noche ella tiene el Corán y yo tengo la Biblia. A veces ella llora, otras veces, lloro yo. Pero si algo ha sucedido es que, a pesar del propio sufrimiento, no nos hemos cerrado al sufrimiento de la otra. Me preocupa su diagnóstico, me apena verla llorar, no necesitamos hablar mucho porque basta una palmadita en la espalda y la seña de que oraré también por ella. Ella se preocupa por su bebé, por su hija y su marido, y dentro de toda la avalancha, no hace oídos sordos a mis problemas, porque sin que lo esperara me compartió un plátano y me consiguió una sopa. Cosas sencillas porque la caridad comienza por lo pequeño y escala hacia lo más grande. Esa es la caridad que todo lo transforma y que acompaña, que nos hace salir de nosotros mismos.

Primer pez: María inmaculada mi primer amor

La madre y la abuela de Van Thuan infundieron su amor a María y ella ha sido una señal a lo largo de su vida. Lo arrestaron el día de la Asunción y lo liberaron, de una forma tan sencilla, que incluso sorprende, el día de la presentación de la Virgen en el templo. Van Thuan reconoce la mano de María a lo largo de su vida y especialmente durante el cautiverio. Cuando física y moralmente se sentía abatido en la prisión, oraba el Ave María, pero no solamente pide por su intercesión, sino que también le pregunta “Madre, ¿qué cosa puedo hacer por ti? Estoy listo para seguir tus órdenes, para realizar tu voluntad por el Reino de Jesús”.

Van Thuan nunca se sintió abandonado por María, y como mexicanos, nos es natural saber que en las aflicciones y miedos ¿acaso no está aquí la que es nuestra madre? “Para mí, María es mi Madre, que me dio Jesús. La primera reacción de un niño que siente miedo, que está en dificultades o sufre, es la de clamar: “mamá, mamá”, esta palabra es todo para el niño”. Es un reflejo natural buscar el apoyo materno, a veces mucho más instintivo que buscar al padre, por eso María, como madre, es una figura tan accesible.

Van Thuan pensaba constantemente en el Virgen del Perpetuo Socorro, y lo mismo hago yo. Me fascina el icono: María sostiene firmemente y con ternura al bebé Jesús, quien está espantado porque unos ángeles le presentan la Cruz y el martirio. El bebé Jesús tiene miedo y tiembla, por lo que uno de sus zapatos está a punto de caer. Pero ahí está María con la mirada serena y sosteniéndolo con sus manos.

Desde hace muchos años tengo especial cariño al icono de la Virgen del Perpetuo Socorro, cuando la vi en Roma y un querido sacerdote amigo mío me explicó, lleno de ternura, el temblor de Jesús que se ve en su pequeño pie y zapato quedé profundamente conmovida.

Por las noches, antes de dormir, coloco el rosario en mi vientre, porque es como tener la mano de María, y a modo de jaculatoria le digo: “madre, sostén con tu mano a Elías, del mismo modo y con el mismo amor con que sostuviste al bebé Jesús”.

Icono Nuestra Señora del Perpetuo Socorro.

Segundo pez: he elegido a Jesús

A modo de conclusión Van Thuan nos presenta 24 puntos prácticos para vivir un día unidos a Jesús. Recuerdo que querido amigo, y ahora sacerdote, dijo en alguna ocasión que el camino de santidad se construye día con día, que cada mañana podemos orar para que Dios nos conceda 24 horas de fidelidad. Estos últimos 24 consejos, que pueden parecer breves y sencillos, nos ayudan a mantenernos en la esperanza, la paciencia y la fidelidad.

Cinco panes y dos peces: Testimonio de 13 años de cárcel es un manual muy práctico, escrito desde lo que podría haber sido la desolación, para ayudarnos a ejercitar la paciencia en un mundo turbulento.

Historia de dos embarazos

Historia de dos embarazos

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Por Mary Eberstadt

First published in First Things

La mayoría de las personas que consideran que el aborto está mal, sostienen que se trata de una acción intrínsecamente mala. En contraste, aquellos que creen que abortar no es un acto malo siguen una deducción utilitarista: Un niño que llega en un mal momento puede ser algo malo. Por lo tanto, terminar con su vida puede ser algo bueno. Tal posición asume que el derecho a abortar incrementa la felicidad humana.

Ésta lógica casi nunca se enuncia explícitamente. Ejerce su poder como una intuición, una empatía instintiva hacia las mujeres en circunstancias difíciles. Como tal, es una forma de pensar que opera en un plano en el que los argumentos explícitos y razonables rara vez se hacen presentes. Así que dejemos los argumentos a un lado y probemos en su lugar la defensa utilitarista del aborto a partir de dos historias imaginarias de vidas paralelas.

Primavera 1975. Patricia es una estudiante de primer año en una prestigiosa universidad del noreste de Estados Unidos. Espera convertirse en la primera abogada de la familia. Hoy está sentada en la banqueta de una calle tranquila de un pueblo de Nueva Inglaterra, a unos cuantos kilómetros del campus. Después de varios días plagados de preocupaciones y noches de insomnio, acaba de confirmar en la clínica local de “Planned Parenthood” (planificación familiar) el secreto que lleva dentro: está embarazada. Su novio, un estudiante de la misma universidad, fue con ella para escuchar la noticia. Sentada sin moverse, con el rostro bañado de lágrimas, Patricia piensa en el futuro, en sus padres y en lo que viene. Algo tiene que hacer.

A varios estados de distancia y en un mundo socioeconómico totalmente diferente, otra veinteañera también llora. Kelly acaba de escuchar la misma noticia de un doctor local: está embarazada. Kelly no es una estudiante universitaria, sino una graduada de la preparatoria de un pueblo de la otrora región industrial de Estados Unidos conocida, no sin ironía, como “el cinturón de óxido”. Desde hace dos años trabaja como recepcionista en la agencia automotriz más grande del lugar, un trabajo que le gusta. El novio de Kelly no la acompañó a recibir la noticia. El novio trabaja en el turno de la mañana en el molino industrial; Kelly tendrá que darle la noticia hoy por la noche. Al igual que Patricia, Kelly permanece inmóvil mientras piensa en su futuro en sus padres y en lo que viene. Tiene que hacer algo.

Imbuido en el esquema mental que nos ha dejado el caso Roe contra Wade[1], toda historia contada sobre embarazos no deseados comienza donde Patricia y Kelly se encuentran ahora: inmersas en el tsunami emocional que conlleva el descubrimiento de un embarazo inesperado. Estos relatos también terminan en ese momento, con esa fotografía instantánea. Es como si ninguna otra cosa pudiera suceder en la vida de una mujer o en las vidas de aquellos que las rodean nunca más. Nadie en el movimiento pro-abortista parece preguntarse cómo se vería la decisión de Patricia o Kelly en retrospectiva. Nadie se pregunta por los efectos a largo plazo de un aborto, no sólo en la mujer en cuestión, sino también en las personas que la rodean, que entran y salen de sus vidas.

Así que haremos algo que la narrativa pro-abortista no hace. Preguntaremos qué les ocurre a nuestros personajes después.

Dos meses después. Patricia ya no está embarazada. Tras varias noches terribles y sin decirle a nadie, a excepción de su novio y su mejor amiga, regresó a la clínica local de Planned Parenthood y abortó. Ella sentía que era la decisión más lógica, y no permitiría que ninguna objeción religiosa o de otro tipo interfiriera con su decisión.

El novio de Patricia la llevó y recogió del procedimiento. De hecho, ahora es su ex novio. Como suele ocurrir, el embarazo se convirtió en el Rubicón que el romance no pudo cruzar. Con el novio y el procedimiento superados, Patricia retoma sus estudios. Con respecto al aborto, sólo siente alivio. Nunca olvidará éste sentimiento. Más adelante se convertirá en una defensora apasionada de la causa pro-elección.

Kelly tampoco tiene objeciones religiosas o de cualquier otro tipo sobre el aborto. Pero tras varias noches sin dormir, Kelly optó por la decisión contraria. No sabe por qué se resiste a terminar con su embarazo, más allá de una inexplicable indecisión. Sea cual sea el motivo, decide tener el bebé.

Su madre se molestó mucho con la decisión al principio, pero con el tiempo ha ido cambiando su actitud y ahora está tranquila y ofrece su apoyo. Juntas han comenzado a pensar cómo organizarse una vez que el bebé nazca. El hermano menor de Kelly, curioso y entusiasmado por convertirse en tío, la anima. Con el padre del bebé la situación es diferente: Él dejó claro que no está listo ni para casarse ni para formar un hogar con Kelly y el bebé. Como suele ocurrir, el embarazo se convirtió en el Rubicón del romance. Ahora es el ex novio de Kelly.

Hasta el momento en nuestra historia —sobre todo porque nos esforzamos en mantener constantes ciertos detalles de la trama, como el complejo de Peter Pan de los novios y las convicciones seculares— el guion utilitarista puede parecer plausible. Sin embargo, a sólo dos meses en la historia, apenas comenzamos a ver los efectos de cada elección.

Seis meses después. No hay duda de que en este momento particular, preferiríamos estar en los zapatos de Patricia, no de Kelly. Hoy está Kelly en labor de parto y el dolor es intenso. La epidural, ahora tan común en las grandes ciudades, todavía no está disponible en el hospital local en el que dará a luz.

En las pausas que le dan las contracciones Kelly se piensa preocupada en el futuro: ¿Cómo encontrará un novio decente si es madre soltera? ¿Soportará vivir con su madre una vez que el bebé nazca? ¿Cuánto tiempo podrá tomar como permiso de maternidad sin  perder su empleo?

Mientras tanto y en el mismo momento, Patricia ha vuelto a casa a pasar las vacaciones de Navidad. Ha terminado el periodo de exámenes y ella ha tenido buenos resultados. Además de su nota media de 3,8 también obtuvo una puntuación en el examen de admisión a la carrera de Derecho (LSAT) superior a la que ella había imaginado como su nota ideal más alta. Sus padres están orgullosos; la tierra prometida de su futuro se vislumbra en el horizonte. Patricia  espera disfrutar varias semanas de descanso y salir de fiesta con sus amigos a beber y bailar en la nueva moda llamada “discoteca”.

Patricia terminó con su embarazo; sus perspectivas de futuro parecen intactas. Kelly, con toda probabilidad, está por convertirse en una estadística más: una madre soltera sin título universitario, quizás rondando el umbral de la pobreza. Pero si dejamos a un lado el crudo materialismo, descubriremos una realidad más profunda: la decisión de Kelly está transformando radicalmente su mundo y a sus seres queridos.

Incluso desde el útero, el bebé de Kelly estaba tocando las relaciones entre Kelly y aquellos que la rodeaban. Una mujer ansiosa de mediana edad se convirtió  en una abuela emocionada con la espera; un hermano adolescente es ahora un tío en ciernes. Después del parto, el bebé continuará alterando las identidades de aquellos a cuyo círculo se une. Transformará la comunidad en la que nació. Y este proceso continuará por el resto de las vidas de todos los miembros de la familia, incluso alcanzando a las generaciones futuras de sus descendientes.

Foto: Rafael Henrique.

Cinco años después. La hija de Kelly  ha comenzado a asistir al kínder. Las horas de trabajo de Kelly, su vida social, sus rutinas para las compras, su casa —estos y la mayoría de los detalles de su vida— giran de un modo u otro en torno a esa niña de cinco años. El padre de la niña no la apoya económicamente, por lo que Kelly recurrió a los tribunales. De vez en cuando el padre recoge a la niña y la lleva a McDonald´s o le deja algún juguete. Mientras tanto, el hermano de Kelly, enseña a su sobrina a jugar futbol. Inesperadamente, los padres de Kelly, se han acercado e incluso algunas veces cuidan a la niña.

En efecto, Kelly perdió su trabajo en la agencia automotriz al no volver inmediatamente terminado su permiso de maternidad. Ahora trabaja en la oficina del colegio de su hija, por lo que tienen el mismo horario. La máquina mimeográfica acaba de ser sustituida por la magia de la Xerox. Algunos días, al final de la jornada laboral, Kelly y su hija juegan en la oficina de la escuela. La niña se divierte mientras imprime imágenes fantasmales de sus manos y cara. Kelly manda enmarcar algunas de esas imágenes.

Ni Kelly, ni nadie más en la familia, puede imaginar cómo serían sus vidas sin esta creatura, que alguna vez la propia Kelly consideró no traer al mundo. Ella nunca olvidará la profundidad de sus sentimientos por la inesperada hija. En los siguientes años, Kelly se convertirá en una promotora apasionada de la vida.

Podríamos retocar los detalles de la historia de Kelly e imaginarla más rica o más pobre, más o menos educada, más afortunada o desafortunada en el amor, etcétera. Pero el fundamento permanecería constante y eso es exactamente el punto. La vida de Kelly es complicada y enriquecida, simultánea e inconmensurablemente, por el cuidado de su hija. Sin lugar a dudas su hija es esencial para ella. La elección que amenazaba con hacer la vida de Kelly miserable se ha convertido en el tejido y el contexto de su vida. Es la fuente de su más profunda satisfacción y consuelo, y en diferentes grados, lo mismo sucede con los otros miembros de la familia.

Después de los mismos cinco años, Patricia, casi nunca piensa en su embarazo. Inmediatamente al terminar la universidad fue contratada por una firma corporativa de abogados muy prestigiosa de Nueva York. Rutinariamente trabaja doce horas al día, casi todos los sábados y a veces incluso más. Vive bien. Por su trabajo viaja a Paris, Londres y Frankfurt. Le fascinan las ventajas de los años ochenta en Nueva York: el portero del edificio, el gimnasio y un apartamento de una habitación en el Village.

Patricia siempre encuentra mejores partidos que Kelly. Patricia, una mujer atractiva en sus veintes, es socialmente muy demandada. Es dedicada con el control de su fertilidad,  y tiene otros detalles de su vida personal controlados para que el error que cometió en la universidad nunca se repita.

Al igual que la historia de Kelly, la de Patricia podría también tener otras variables, pero tiene características inmutables, justo como la de Kelly. La vida de Patricia es la que ensalzan los defensores del aborto: plenitud personal, sin restricciones por la responsabilidad materna. El éxito profesional y el poder adquisitivo no son incidentales en el caso utilitarista; son el summum bonum de la defensa pro-elección. La idea central se explicita en el inicio del manifiesto “Grita tu aborto”: “El aborto es bueno para las mujeres, las familias y las comunidades… el aborto es dos ingresos en vez de uno… el aborto es responsabilidad fiscal.”

Sin embargo el aborto conlleva otras consecuencias que no pueden reducirse burdamente a dólares y centavos. La crianza de los hijos es un trabajo difícil. Pero también es, por lo general y a lo largo del tiempo, una de las tareas humanas más satisfactorias. Muchos padres incluso la considerarían la vocación más noble de todas. Si la felicidad y la plenitud personal son el summum bonum de la elección de Patricia, entonces esta omisión debe añadirse.

Es 1995. Kelly tiene cuarenta años. Ahora es madre de tres, se casó con el gerente de la cafetería de la escuela y tuvieron gemelos. La hija de Kelly tiene veinte años y trabaja de tiempo completo en el Denny´s de la localidad. Los gemelos son adolescentes. La vida de sus padres, y en algunas ocasiones la de su hermana mayor, están llenas de juegos escolares y otras actividades sociales típicas de los adolescentes.

Para cuando Patricia tiene cuarenta años también es madre. Tras quince años de trabajar para el despacho, comenzó a notar que sus colegas masculinos, que antes le prestaban tanta atención, ahora preferían la compañía de las jóvenes asociadas. Hace dos años, a sus treinta y ocho, se casó con otro abogado que la había pretendido por años. Ella había visto a demasiadas amigas esperando por demasiado tiempo a que llegara la pareja perfecta; Patricia quería un esposo y un hijo antes de que fuera demasiado tarde.

En el ámbito profesional, Patricia, ha alcanzado lo que quería: es una socia importante de la firma. Viaja a Europa y a donde quiera en Business Class. Con el tiempo estos viajes se han vuelto más cansados y aburridos de lo que eran antes, porque ahora tiene un hijo. Dos años de FIV (fecundación in vitro) han dado fruto: ella y su esposo tienen un pequeño niño al que adoran. Se han informado sobre las mejores guarderías de Nueva York y tuvieron la suerte de dar con una excelente niñera de tiempo completo. Aunque Patricia no ve demasiada televisión, algunas veces ve un show llamado Murphy Brown, y siente una extraña sensación mezcla de auto aprobación y alivio, porque al menos ella, al contrario de Murphy, sí está casada.

Aquí llegamos a otra verdad que la imagen congelada de una mujer llorando no logra captar. La defensa utilitarista del aborto —la insistencia de que hace a las mujeres más felices— pierde mucho de su aparente verosimilitud cuando Patricia y Kelly llegan a la edad madura. El aplazamiento de Patricia para formar una familia ha resultado en una cuantiosa ganancia material y en libertad personal. Pero también conlleva riesgos como la infertilidad y su tratamiento, y desventajas permanentes: ha hecho que su círculo familiar sea más pequeño de lo que podría haber sido.

En cuanto a Kelly, ya ha dejado atrás el trabajo más pesado, y la consolación del crecimiento de sus hijos y su compañía se incrementa.

En el 2005, Kelly y Patricia, cumplen cincuenta años. Kelly festeja con su familia en el Cheescake Factory del centro comercial. Los hijos de Kelly ya no viven en su casa; su hija está casada y tiene dos niños pequeños. Kelly cuida seguido a sus nietos después de las clases mientras los padres de los niños trabajan.

Patricia celebra sus cincuenta años con su esposo en el hotel Relais & Chateaux en la costa de Portugal. Su hijo, tiene doce años, y se quedó en Nueva York con la niñera.

Daremos un salto en el tiempo, de dieciséis años, y llegamos al 2021. Kelly y Patricia murieron este año de cáncer. Como ocurre con la muerte, el mundo de ambas se contrae en un pequeño reparto de personajes: los seres queridos. Kelly estuvo rodeada sus últimos meses por sus hijos, nietos y el resto de la familia. Mientras que el hijo de Patricia, a sus veintiocho años, la conforta. Sus cenizas serán depositadas en el río Hudson, cerca de la cabaña que ella y su esposo compraron cuando ella se volvió socia de la firma.

Al final de las historias de nuestros dos personajes, volvemos a la pregunta inicial, pero desde otro ángulo. ¿Qué tan convincente es la defensa utilitarista del aborto desde la perspectiva del final de la vida? La perspectiva utilitarista niega por completo el hecho de que el aborto legal tiene costos ocultos en forma de alegrías perdidas y pospuestas. Si miramos la “elección” desde el final de la vida de quien elige, y no sólo en el momento de la elección, nos confronta una verdad universal: que la vida es buena y punto; esto nunca es tan evidente como cuando se encara la muerte.

Cuestionar la hipótesis utilitarista no implica “juzgar” o condenar a nadie. Difícilmente existe un personaje en la tierra que despierte más simpatía que una joven aterrorizada con un embarazo inesperado. Por eso, desde la época de Roe, el movimiento próvida ha respondido con los brazos abiertos a las mujeres y hombres atrapados en el aborto, por no hablar de las organizaciones benéficas que van desde residencias hasta servicios psicológicos y médicos. En vez de celebrar y multiplicar la decisión de abortar, los defensores del aborto deberían haberse unido hace tiempo a los próvida para confrontar a las fuerzas que llevan a mujeres, como Patricia y Kelly, a considerar el aborto de entrada como una salida a su situación.

Detrás de cada mujer que opta por terminar un embarazo existen fallos sistémicos: la pérdida de las normas sexuales causada por la revolución sexual; pornografía; consumismo; la sexualización de los niños ocasionada por programas escolares pervertidos; las iglesias que han cambiado las enseñanzas cristianas por las últimas modas consideradas “progre”. De superarse Roe el aborto seguirá existiendo en Estados Unidos y en América. La misión de la siguiente generación del movimiento pro-vida deberá ser diseñar estrategias que reduzcan estos factores ocultos.

Las historias de Kelly y Patricia muestran en última instancia que los argumentos utilitaristas a favor del aborto fracasan evaluados de acuerdo con su propio criterio. La verdadera felicidad no puede separarse de las vidas entretejidas —especialmente por el nacimiento de un hijo. Este es el tapiz sagrado que es necesario reparar. Esto es lo que la espantosa lógica de Roe y Casey[2] intentó hacernos olvidar. El niño no nacido al que tememos al principio de muchos embarazos se convierte en algo totalmente distinto con el paso del tiempo: el nieto que ilumina un asilo de ancianos, la hermana que lleva al hermano menor al baile de graduación, el hijo adulto que sostiene la mano de su madre en el lecho de muerte.

Mientras nos atrevemos a imaginar un mejor futuro para los hombres, mujeres y niños –que aquellos impuestos por la Suprema Corte en 1973- meditemos también sobre estas realidades.

Traducción y edición: Andrea Fajardo y Fernando Galindo. Agradecemos la autorización de R. R. Reno, editor de First Things y de Mary Eberstadt para traducir y publicar este artículo. Aparecido originalmente en First Things.


[1] Se conoce como “Roe vs. Wade” a un caso juzgado por la Suprema Corte de Justicia en 1973 que sentó el precedente jurídico para la despenalización del aborto en Estados Unidos. La opinión mayoritaria de la Corte determinó que declarar como ilegal el aborto atentaría contra el derecho a la privacidad de la mujer. Tal derecho a la privacidad comprendía el derecho a abortar sin restricciones por parte del gobierno federal o estatal. En opinión del juez Blackmun “la maternidad, o hijos adicionales, podrían imponer a la mujer una vida y un futuro llenos de angustias. El daño psicológico puede ser inminente. La salud mental y física puede ser afectada por el cuidado del niño. Y se da también la angustia asociada con el niño no deseado que afecta a todos aquellos relacionados con él.” 410. U.S. at 153 (1973) Op. Cit. Chemerinsky E. Pg. 887 (2019) Este es precisamente el “esquema mental” al que se refiere la autora.  [Nota de los editores]

[2] “Casey” refiere al caso “Planned Parenthood vs. Casey “, juzgado por la Suprema Corte de Justicia en 1992. El querellante en el caso “Planned Parenthood” (organización dedicada a la “salud reproductiva” y principal facilitadora de abortos en Estados Unidos) demandaba la abrogación de 5 regulaciones restrictivas del aborto en la Pennsylvania Abortion Control Act por considerarlas inconstitucionales. Las 5 restricciones eran: 1. Consentimiento informado de la mujer, tras haber recibido información sobre el posible impacto nocivo del aborto en su salud y sobre la viabilidad del nonato. 2) Notificación al cónyuge. 3) Consentimiento de los padres, en caso de tratarse de una menor. 4) Respetar un plazo de 24 horas entre la decisión de abortar y la realización el procedimiento. 5) Las instalaciones que realicen abortos deberán guardar ciertos registros.  Únicamente el requerimiento 2) fue declarado como inconstitucional, pero de nuevo el juez Blackmun en una opinión conjunta con el juez Stevens ejemplifica la mentalidad mencionada por la autora: “La madre que lleva a un niño a término padece ansiedades, constreñimientos físicos, dolor que solo ella debe cargar.” 505 U.S. at 852 (1992) Op. Cit.  Chemerinsky E. Pg. 893 (2019) [Nota de los editores]

¿Va hacia algún lado el feminismo católico?

¿Va hacia algún lado el feminismo católico?

[1]

Autora: Dra. Carrie Gress.

Traductor: Dr. Rafael Hurtado.

La idea de que los católicos deben aceptar el feminismo como condición de diálogo con mujeres no-católicas se ha repetido con tanta frecuencia que ahora simplemente se acepta como una verdad indiscutible. Pero, ¿realmente ha funcionado dicha estrategia?

Antes de responder a esta pregunta, repensemos por un momento las enseñanzas de San Juan Pablo II, a quien generalmente se le reconoce como el “artífice” que proclamó la necesidad de desarrollar un “nuevo feminismo” o “feminismo católico”. En efecto, Juan Pablo II estaba manifiestamente interesado en defender la dignidad de todas las mujeres. En su Carta Apostólica de 1988, Mulieris Dignitatem, exploró con profundidad la naturaleza de la feminidad, proporcionando un “marco teórico” que permite una mejor comprensión de la feminidad católica, vista desde la sensibilidad contemporánea. Sin embargo, lo que no es posible encontrar en dicho documento de aproximadamente 25,000 es el término “feminismo”.

En todo caso, el término “feminismo” fue utilizado tan solo una vez, a saber, en su encíclica de 1995 Evangelium Vitae, en la que hizo un llamado a desarrollar un “nuevo feminismo”. En un breve párrafo, el documento nos dice:

“En el cambio cultural en favor de la vida las mujeres tienen un campo de pensamiento y de acción singular y sin duda determinante: les corresponde ser promotoras de un «nuevo feminismo» que, sin caer en la tentación de seguir modelos «machistas», sepa reconocer y expresar el verdadero espíritu femenino en todas las manifestaciones de la convivencia ciudadana, trabajando por la superación de toda forma de discriminación, de violencia y de explotación” (E.V. n. 99).

A pesar de esta única mención, la idea de un “nuevo” feminismo ha sido claramente sobrevendida a los fieles católicos como la ruta ideal para entender la feminidad. Incluso el término se ha utilizado para afirmar que aquellos que no estén a favor del nuevo “feminismo católico”, estarían rechazando la visión católica global y abarcadora del Papa polaco.

Es innegable, según ya se ha dicho, que Juan Pablo II estaba profundamente interesado en restaurar y exaltar la dignidad de las mujeres, siempre y cuando se hiciese de un modo coherente con la fe católica. Lo que a menudo suele pasar con aquellos que se ciñen a la visión del Pontífice es que se centran en el adjetivo “nuevo” feminismo, sin tener claridad lo inadecuado que era el “viejo” feminismo.

A través de mi propia investigación relativa al “viejo” feminismo —sobre todo en mis dos libros The Anti-Mary Exposed [2] y The End of Woman— misma que no estaba disponible durante el pontificado de Juan Pablo II, he descubierto que el feminismo como movimiento ideológico tiene problemas significativos que no se pueden pasar por alto. Desde el principio, el feminismo ha tenido conexiones profundas con el ocultismo, con el igualitarismo (de influencia socialista/marxista) y con la erradicación de la monogamia como condición necesaria para lograr la liberación de las mujeres.

Estos esfuerzos, por demás desacertados, han provocado de modo progresivo la infelicidad crónica de más mujeres, la disminución de matrimonios y un daño severo a la familia nuclear. En cuanto ideología, el feminismo ha perpetuado la creencia de que el aborto es el medio por el cual las mujeres alcanzarán la igualdad con los hombres, generando al menos 44 millones de abortos en todo el mundo tan solo en el año 2023, cifra que supera las cifras del resto de causas de muerte sumadas.

Más allá de señalar los problemas del feminismo, quizás sea más relevante identificar la “pregunta” que ha impulsado la mayoría de las diversas formas de feminismo, a saber, ¿qué hacer para que las mujeres se parezcan más a los hombres? El mismo Papa Juan Pablo II reconoció esta tendencia en su breve párrafo alusivo al feminismo, afirmando que es necesario rechazar “la tentación de seguir modelos «machistas»”, en los que las mujeres han de adoptar vicios masculinos. Lamentablemente esta idea ha derivado en la creencia de que los hijos son un obstáculo para la felicidad de las mujeres, dando lugar a la ya conocida “cultura anticonceptiva” que pretende socavar la maternidad de las mujeres, como si ésta fuera una maldición en lugar de la bendición por excelencia que las enseñanzas de la Iglesia Católica siempre han promovido.

Contrastantemente, el feminismo ha sido tradicionalmente considerado como un medio para facilitar la integración de personas ajenas al movimiento a través de la promoción de “escenarios” cuasi-familiares. El resultado que han obtenido se traduce en que un mayor número de mujeres católicas se identifican más con el feminismo que con las enseñanzas de la Iglesia.

Actualmente, las mujeres católicas usan anticonceptivos, abortan y se divorcian aproximadamente a la misma tasa que las mujeres no-católicas. Al mismo tiempo, las enseñanzas de la Iglesia sobre la dignidad de la mujer, mismas que se han desarrollado de modo progresivo a lo largo de la historia, han sido opacadas por el lenguaje feminista contemporáneo, el cual presenta una comprensión superficial de la feminidad.

Aunque ciertamente hay casos individuales que contradicen la idea anterior, actualmente las mujeres católicas se parecen más a las feministas seculares de lo que las feministas seculares se parecen a las mujeres católicas. Mientras tanto, la feminidad, y particularmente la maternidad, que desde siempre ha sido un icono de la Iglesia misma, ha sido despojada de su belleza, significado, fecundidad y misterio. En lugar de que el feminismo se convierta en un “puente”, se ha convertido en el “destino”, en un fin en sí mismo.

El feminismo es la ideología que está impulsando el declive de nuestra civilización. Sin embargo, ha logrado hacer creer a las mujeres católicas que es la única manera de restaurar o defender la dignidad de la mujer. En su esfuerzo por parecer relevante y atractivo, el “feminismo católico” se ha convertido en una especie de “agua estancada”, tratando de mantener principios católicos sin rechazar los dogmas problemáticos del viejo feminismo.

Toda esta parafernalia podría resultar comprensible si la Iglesia Católica no ofreciese algo mejor. O si realmente el feminismo, y no la Iglesia, fuera el camino mediante el cual las mujeres obtuvieran verdadera dignidad e igualdad con respecto a los hombres. En este respecto, el catolicismo sufre de lo que podemos llamar una “abundancia de riquezas”.

El apoyo de la Iglesia a las mujeres comenzó cuando Jesucristo habitó entre nosotros, y se pronunció e intensificó en la medida que creció la devoción a Nuestra Señora y cuando se extendió el testimonio de los santos. La Iglesia, no el feminismo, declaró contundentemente la dignidad y la igualdad de la mujer, realidad bellamente expuesta por el Papa Juan Pablo II en la ya mencionada encíclica Mulieris Dignitatem. Pensadoras como Edith Stein (La Mujer), Ida Görres (The Hidden Face), Gertrud von Le Fort (The Eternal Woman) y Alice von Hildebrand (El Privilegio de Ser Mujer) se sumaron con sabiduría a esta causa. Las mujeres, y no solo las mujeres católicas, están ávidas de hacerse de esta rica sabiduría, hermosa y convincente. Y aunque pocos lo ven, la tenemos en nuestras manos.

En efecto, podría haber un “nuevo feminismo”, pero éste tendría que distanciarse completamente del “viejo”. Lograr esta encomienda dada la profunda integración que el viejo feminismo ha tenido con la cultura contemporánea, se antoja muy improbable, si no se da previamente una verdadera desintoxicación intelectual y una formación más profunda. Este es un proyecto que se ha intentado desde hace más de 30 años, pero el gran peso que tiene la ideología feminista parece sofocar los esfuerzos católicos, incluso el deseo, de desarrollar algo discerniblemente “nuevo”.

En esencia, el catolicismo no necesita del feminismo. Un simple regreso a lo que la Iglesia Católica puede ofrecer en esta materia no solo suplantaría lo que el feminismo imperante podría ofrecer, sino que lo superaría significativamente. Si realmente estamos comprometidos con atraer a las mujeres a la Iglesia mientras fortalecemos a las que ya están en ella, es hora de que comencemos a promover nuestra abundante sabiduría en lugar de continuar promoviendo lo que en realidad nos está destruyendo.

Dra. Carrie Gress.

Profesora Investigadora en el Centro de Estudios con sede en Washington, D.C., Ethics and Public Policy Center, y en el Institute for Human Ecology en la Catholic University of America, Estados Unidos de América (https://www.carriegress.com/)

Dr. Rafael Hurtado.

Profesor Investigador Titular en el Instituto de Humanidades, Universidad Panamericana, Campus Guadalajara, México (https://www.up.edu.mx/investigacion/rafael-hurtado-dominguez/)


[1] El presente escrito es una traducción realizada por el Dr. Rafael Hurtado del artículo “Is Catholic Feminism Working?” publicado en https://www.thecatholicthing.org/2024/03/01/is-catholic-feminism-working/ escrito por la Dra. Carrie Gress.

[2] Este libro está disponible en lengua castellana: https://tanbooks.com/products/books/anti-maria-al-descubierto-rescatando-la-cultura-de-la-feminidad-toxica/


¡Ni madres!

¡Ni madres!

Gracias a la píldora anticonceptiva, las mujeres ahora (a diferencia de “en esos entonces de nuestras madres, abuelas y bisabuelas”) pueden estudiar y tener éxito profesional. Ese es el argumento que recientemente presentaba uno de nuestros modelos a seguir a un grupo de universitarias: la píldora anticonceptiva es el mayor invento del siglo XX (en el minuto 1:19).

Es común escuchar en discusiones universitarias alumnas que afirman con mucho orgullo que “no van a tener hijos porque no quieren sacrificar su éxito profesional”; porque la vida en el hogar, junto a la estufa, es el mayor de los fracasos; porque los hijos exigen sacrificio.

Y siempre me pregunto si estas mismas jóvenes, entusiastas e inteligentes, le han hecho saber a sus madres su decisión; y si lo han hecho con esas palabras: “mamá, yo no voy a tener hijos, porque no quiero ser una esclava doméstica más, fracasada”.

Porque hay un error respecto a los supuestos efectos benéficos incuestionables de la píldora. Las alumnas universitarias no están en la universidad “gracias a la píldora”; gracias a que la píldora les permite tener relaciones sexuales sin embarazo y sin tener que hacerse cargo de una nueva vida que trunque o de plano destruya su carrera profesional, y las obligue a convertirse en simples “amas de casa” o esclavas domésticas para variar el eufemismo. Las alumnas están en al universidad a pesar de la píldora:

Sus madres y sus abuelas tuvieron “la oportunidad” de no concebirlas, o de matarlas a través del aborto una vez concebidas. No solo eso, sus madres y abuelas, tuvieron la “oportunidad” de promover el antinatalismo y recibir los aplausos de todas las buenas conciencias de este mundo, de intelectuales, políticos, líderes y personas muy, muy exitosas. Y rechazaron esa oportunidad.

Sus madres y sus abuelas decidieron tener la generosidad y la valentía de abandonarse al milagro de la concepción, y comprometerse después con la gestación, nacimiento y cuidado de una nueva vida.

Es llamativo, por decir lo menos, que el uso de la píldora anticonceptiva no haya disminuido el número de abortos, ni tampoco el número de abortos selectivos, que afecta a las mujeres. La píldora tampoco ha mitigado la violencia sexual contra la mujer, tanto en el ámbito doméstico como en el ámbito público. No ha revertido la nefasta objetivización de la mujer a través de la pornografía. La píldora anticonceptiva no ha disminuido el número de divorcios, que crece significativamente cada año; no ha disminuido la promiscuidad de alto riesgo ni las enfermedades venéreas; no ha tenido ningún impacto en los índices de explotación sexual y prostitución de niñas y adolescentes. Y no ha generado tampoco uniones matrimoniales más robustas, contrario a lo que argüían defensores de la píldora en ambientes católicos.

La píldora solo ha tenido éxito en promover la anticoncepción, la epidemia de esterilidad cada vez más extendida en los países ricos y el antinatalismo, ideología diabólica que arrastra a países supuestamente avanzados en pos de un suicidio colectivo en el altar de la autorealización.

¿Gracias a la píldora? ¡Ni madres! Ni padres, ni hermanas, ni hermanos existirían; y por supuesto  no habría alumnas, ni alumnos que pudieran estudiar en la universidad, y fletarse esos discursos narcisistas, sosos y superfluos de la autorealización sin donación, la esterilidad como beneficio, el egoísmo celebrado como éxito, y el amor sin sacrificio.  

Quizá en lugar de celebrar y dar gracias a la píldora, haríamos bien en reflexionar sobre lo que implica el milagro de la concepción, el don de la vida, y la vida de la gracia.

La ironía de las plagas

La ironía de las plagas

Reseña de Pompoko (1994).

Por Sara Arriaga Lovera (SAL).

La guerra de los mapaches, o Pompoko por su nombre en japonés, es probablemente una de las producciones de Studios Ghibli menos aclamadas, a pesar de haber sido dirigida por los mismísimos Isao Takahata y Hayao Miyasaki, dos de los integrantes del cuarteto de oro complementado por Toshio Suzuki y Yasuyoshi.

Incluso, el filme acreditó varios premios. En 1995 obtuvo el premio Cristal al mejor largometraje de animación, también el premio a la mejor película de animación en los Mainichi Film Awards. Y fue elegida por la Academia de Cine Japonesa para representar al país en la 67ª edición de los premios Oscar, aunque al final no resultó nominada.

Aún así, el filme es subestimado, ¿por qué? Pompoko no es valiosa solo por la animación, por quién la dirigió o por lo bien que está hecha. El filme nos plantea de forma humorística un verdadero dilema moral y ecológico. 

¿Qué pasa cuando nuestros esfuerzos por preservar la propia vida humana desenlazan en el exterminio del resto de la vida en la tierra? ¿Es sustentable sacrificar el mundo, ya no solo por preservar nuestra especie, sino para extenderla indefinidamente? ¿Qué consecuencias tiene la complejidad progresiva de la vida, cuando pasamos de satisfacer las necesidades a los lujos? 

Estas son algunas de las preguntas que podemos rescatar del contexto y la historia sobre los que se plantea Pompoko. Aún así, este mensaje no pasó de una pantalla, de algunas nominaciones y de un “qué buena, rara o fea película”.

El filme se estrenó en 1994, al principio de lo que se conocería más adelante como la “década perdida” que se refiere al estancamiento económico que brotó posterior al “milagro japonés”. No obstante, Pompoko nos sitúa más bien en este último, en la plenitud de Japón. 

Se le conoce como milagro Japonés debido al extraordinario crecimiento económico que tuvo Japón tras la post-guerra, que terminó situándolo como la segunda mayor economía del mundo a principios de la década de 1990. A pesar de esto, la perspectiva del milagro Japonés que nos muestra el icónico filme de Studios Ghibli es más oscura de lo que la riqueza y el poder nos presentan como un milagro.  Hablemos del desarrollo industrial, la gentrificación y el desabastecimiento de recursos limitados al pie de nuestra especie. 

La película comienza con un paisaje de armonía entre el humano y la naturaleza. Hay un poblado en el bosque, que se intercala con los árboles, rodea los ríos y se ve custodiado por las montañas. Ahí, las personas se dedican a la agricultura, a la caza y a la pesca. Los animales, como los mapaches, se benefician de ese asentamiento. Obtienen comida y vivienda mutuas, pero también hay el suficiente espacio entre humanos y animales para coexistir juntos, en un mismo entorno. 

Esto cambia con el desarrollo económico, ya que  le permite a los humanos desarrollar técnicas y herramientas para tener más comodidades, más comida, más espacio, menos trabajo y más tiempo. Entonces, en condiciones favorables, tal y como al principio del tiempo: la vida se expande. Lástima que con ello no se expande también el mundo. Los humanos poco a poco se van apropiando de más territorio, desplazando al resto de especies que también tenían un hogar ahí. 

Pero, la especie humana, va creciendo demasiado, y necesita más: seca los ríos, pues necesita cada vez más agua para beber y trabajar; corta los árboles, pues necesita madera para el fuego de su hogar; contamina la tierra, pues necesita donde construir sus viviendas de cemento y metal. 

En esta historia, el egoísmo del humano se pondera sobre todo aquello que es diferente a sí mismo. Los humanos se distanciaron de los animales, abusaron de la tierra y de sus bondades, se apropiaron exclusivamente de todo lo que querían. Recluyeron a los animales en un espacio cada vez más pequeño. Claro, no olvidemos que Pompoko es la sátira del egoísmo de la supremacía humana, porque, al menos en esta historia los mapaches, los zorros, y otros animales, podían reclamar el mismo derecho que nosotros. 

Ellos lo llamaban la “magia de la transformación”, pues ¡podían convertirse a sí mismos y a lo demás en lo que quisieran! En la película, poseer esta magia fue clave para que los mapaches pudieran defenderse, reconocer al amigo y al enemigo, protegerse entre sí, entender lo que sucedía, pero sobre todo… para pelear. Pelear por las mismas causas que nosotros: por la vida. Al menos, los mapaches podían concebir un mundo para todos, donde no hubiera tantos humanos, pero sí los suficientes como para que pudieran seguir compartiendo hamburguesas, cultivos, pollo frito y basura. 

Al final, los mapaches entienden que los humanos se apropiaron de la misma magia, y transformaron el mundo a su imagen y semejanza. Ese ya no era el mundo que podían compartir. Sōkichi, el mapache, lo supo: “se supone que sólo los mapaches podemos transformar las cosas, pero mira a los humanos: lo han cambiado todo”. Ahora era nuestro mundo, de cemento y máquinas, sucio y exclusivo. Donde los mapaches son plagas.

En 1988, la Organización Mundial de la Salud (OMS) definió como plaga a “aquellas especies implicadas en la transferencia de enfermedades infecciosas para los humanos y en el daño o deterioro del hábitat o bienestar urbano cuando su existencia (sobrepasa) los umbrales de tolerancia, es decir (…) provoca problemas sanitarios, medioambientales, molestias o pérdidas económicas”. La plaga nos estorba para vivir.

Los humanos no sólo hemos proliferado, sino que hemos excedido los límites de la Tierra. Por lo que, en vista de la escasez y la necesidad de, no solo preservarnos, sino abastecernos lujosamente, hemos destruido hábitats, desplazado y exterminado especies, acoplando el ecosistema a nuestras comodidades. Así, según la Real Academia Española, el desarrollo creciente y desordenado de seres vivos de una misma especie que pone en riesgo un ecosistema, causando daños o enfermedades a poblaciones animales y vegetales, también se define como plaga

Pompoko es la historia de mapaches que tenían un hogar, y de humanos que lo plagaron. Pero, ahora, ya no hay historia ni un problema que tratar, porque el mundo es distinto y Pompoko… sólo es una película para niños, ¿no?

Lógica y espiritualidad: más allá de la conmemoración de la UNESCO sobre un Día de la Lógica.

Lógica y espiritualidad: más allá de la conmemoración de la UNESCO sobre un Día de la Lógica.

A cinco años de la conmemoración del Mundial de la Lógica proclamada por la UNESCO y celebrada el 14 de enero, quiero apuntar a una realidad poco mencionada de la lógica. Esto es ir más allá de la función de la lógica para la “construcción de la paz”.

Esta realidad es que la lógica es una disposición fundamental para el desarrollo de la espiritualidad. A menudo observo que los filósofos y filósofas se han encontrado con este hallazgo. Aunque no he encontrado quien lo diga directamente. Por espiritualidad quiero significar simplemente el modo de vida que conlleva convencimiento de que vale la pena vivir cada día con amor. Desde aquí me limitaré ahora a hablar de la “espiritualidad Cristiana“, por los límites de mi conocimiento y mi intención con esta reflexión.

Mi tesis no es original, pero creo que ha sido poco rescatada porque no “da el ancho” al obscurantismo,—que a menudo confundimos con valor—, que caracteriza las reflexiones de filósofos que se interesaron en la vida espiritual cristiana como Pascal, Kant o Kierkegaard. Apunto directamente a sus afirmaciones,—que considero inexactas, aunque no falsas—, sobre “poner límites a la razón, para dar lugar a la fe“.

Partiré de que la lógica es principalmente un método de observación, de generación del conocimiento y de la acción inteligente. Esto reúne la naturaleza de la reflexión que podemos rastrear en los fragmentos de Aristóteles sobre el razonamiento y la lógica.

Sin embargo, en algún punto,—si no es desde el comienzo—, hemos perdido la claridad de la naturaleza e intención de Aristóteles al proponer la silogística o los métodos del razonamiento. El núcleo de esta teoría son las “definiciones”, “principios del conocimento”, “…de la acción”, o las “formas”. Se trata de las reglas que resultan de las investigaciones o de la experiencia cotidiana, y que dan lugar a las acciones virtuosas o buenas (término que comprende según Aristóteles tanto las técnicas y lo que conocemos como la vida moral); a las demostraciones que producen el aprendizaje de las ciencias; y a las opiniones que se afirman cuando un diálogo se da entre personas con conocimiento de los asuntos que se tratan.

Las leyes, la tecnología y las ciencias serían, en opinión de este viejo filósofo, un resultado de la comunicación de estos principios que descubrimos día a día y que conservamos en nuestra tradición y costumbres.

Y así, la plenitud o “eudaimonía” de una vida humana,—sea de una persona o de las comunidades de personas—, es el resultado del cuidado que damos a estos “principios”. Mejor y comúnmente llamados creencias, hipótesis, opiniones o tradiciones.

Tal cuidado, opinaba Aristóteles, sólo pueden darlo aquellos que actúan y deliberan a partir de sus “principios del conocimiento“. Estos son quienes guian su acción y su vida inteligentemente según sus propósitos y circunstancias. Lo cual no es asequible por quienes viven a partir del mero instinto o por sus pasiones. Aristóteles atribuye esta disposición a los “jóvenes” por su falta de experiencia, pero también a las personas de “carácter juvenil” en general.

Esta afirmación, que he tomado del libro I de la Ética Nicomáquea, me parece quizá la más importante para entender qué es una vida plena humanamente. Se trata simplemente del uso del conocimiento para guiar la acción inteligentemente. Profundizar de más nos podría impedir ver el camino y la comunicación de la sabiduría, que consiste en la capacidad de hacer y demostrar lo que es bueno porque se ha vivido virtuosamente y lógicamente en cuidado de sus principios.

Al advertir esto en la silogística de Aristóteles podemos comprender que lo que podemos esperar de su aprendizaje y aplicación es una disposición y métodos que tiene lugar en casi todos los ámbitos de nuestra vida. El habitualmente llamado “silogismo práctico” encierra el carácter de la aplicación de un principio del conocimiento a ciertas circunstancias. Un ejemplo que habitualmente se brinda es: “Lo dulce es agradable/ hay una ocasión de comer pasteles (que son dulces)/ me dispongo a comer los pasteles”. Se implica que lo agradable es un motivo de nuestra acción.

Por otro lado, observo que en la enseñanza nivel bachillerato y universitario de la lógica formal tal es la estructura de acción que se espera que sigan los estudiantes. Por ejemplo: el modus ponendo ponens, que puede definirse como “si se establece que al darse un fenómeno X, entonces se da también Y; cuando se de X, entonces podemos concluir Y“. Al partir de esta u otras reglas de la lógica podemos orientar nuestra deliberación ante las variadas circunstancias.

Por otro lado, nótese que la estructura de acción del “silogismo práctico” consiste en la condición misma de la vida virtuosa o plena: la aplicación de los principios del conocimiento para producir una acción inteligente o un resultado esperado. Este es un punto secundario que quiero dejar asentado: la racionalidad es un asunto práctico

Incluso si se observa con estas coordenadas el ejemplo constante de “silogismo teórico” que parte del principio “todos los hombres son mortales“, podemos encontrar que posee una condición práctica: la premisa menor “Sócrates es hombre” pretende ser un caso de aplicación de la regla para concluir que podemos esperar que “Sócrates es mortal”. Para la vida moral y religiosa algunos podríamos cuestionar el principio con casos bíblicos como “Elías fue hombre y no murió” para redefinir el alcance de la afirmación y deliberar en qué sentido orientamos nuestra vida a la “inmortalidad” (nuestra condición biológica no precisamente se pone en duda).

Llegando así al punto principal de mi reflexión: la vida espiritual es la vida que se asienta sobre un principio fundamental, o “primer principio”. Tal es la convicción de que vivir virtuosamente es mirar la vida a partir de la sabiduría más profunda e incierta: que el amor cabe en este mundo por el hábito y la disposición de aprender a vivirlo. Hay otros principios que podemos suscribir a este.

Digo que el amor es incierto, no por su valor, sino por la difícil batalla que se sotiene día a día para mantener nuestro espíritu erguido ante ese principio. Como otros antes y después, el agustino Tomás de Kempis inicia su Imitación de Cristo (publicado alrededor del 1418-1427 d.C.), remarcando el carácter práctico y lógico de la fe en Cristo,— o convicción en los términos más modernos: “no son los discursos profundos los que santifican a una persona, sino la vida virtuosa. (Esta) es la que lo hace a uno agradable a Dios”.

Tal vida virtuosa se vive en imitación de los principios que Cristo nos dejó con su vida y su palabra. Y siempre está el peligro de “escuchar y ver” y “sentir pocas ganas de prácticar el Evangelio”. El “espíritu de Cristo”, dice Kempis, es de lo que carecemos en esos momentos. Dice el filósofo Jean Guitton al respecto “hay que suprimir los preparativos, nada hay anterior al esfuerzo o al amor“. El espíritu de Cristo es principalmente ese esfuerzo por vivir plenamente en el amor.

Si la racionalidad nos asemeja a Dios, no es porque la poseemos en tanto somos humanos. Probablemente, tampoco porque nos distinga de otros animales no humanos, como opina el filósofo Stuart Mill al definir la naturaleza de la inferencia en la observación y la memoría de los animales en general. Sino porque la práctica del principio fundamental de la espiritualidad,—o la espiritualidad Cristiana en el caso que propongo—, nos acerca a ser imagen de Dios mediante la imitación de Cristo.

Así, la Cristiandad y la Racionalidad se perfilan como asuntos eminentemente prácticos, aunque no mutuamente implicantes: puede haber racionalidad sin cristiandad, aunque no cristiandad sin racionalidad. Y en esto último reside todo mi punto con esta reflexión.

Esto es lo que, en mi opinión, significa ir un poco más lejos en la reflexión sobre la importancia de enseñar y promover la lógica para nuestras sociedades: la teoría y métodos del razonamiento son una condición básica para una vida plena y para la espiritualidad. Con ella haremos crecer nuestras virtudes humanas y nuestra espiritualidad, como describe el filósofo Charles S. Peirce, queriendo y cuidando nuestras creencias, conversaciones, y nuestra convicción más importante en la vida “como (haríamos) con las flores de (nuestro) jardín”.

MDNMDN