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No miren hacia adentro

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El año 2020 va a quedar en la memoria colectiva como el año del impacto. El impacto meteórico de un virus que se cobró muchas vidas y alteró de manera definitiva el curso de nuestra vida cotidiana. 

El 2021 se inició con la esperanza puesta en la aparición de las vacunas. Pero si bien sus avances son notorios, los coletazos del shock inicial perduran con fuerza, y las secuelas de esta pandemia todavía son incalculables. Todo eso sin mencionar el negacionismo antivacunas. 

El 2022 recién está comenzando y no sabemos aún qué nos depara. Veamos por lo pronto cuáles son los temas que el cine nos anticipa. Netflix nos propone la historia de otro impacto: No mires hacia arriba (Don´t look up). Hagamos una breve reseña.

No mires hacia arriba trata del inminente impacto de un cometa contra la Tierra y el desesperado intento de dos científicos, una estudiante de astronomía y su profesor, por hacer entender al mundo sobre la devastación planetaria que generará si no se toman medidas a tiempo. La necedad del cálculo político, la desinteligencia de la administración pública, los intereses económicos de los actuales gigantes tecnológicos, la polarización de la opinión pública y ese vulgar negacionismo popular que ya nos es natural anuncian el inevitable final sin necesidad de spoilear. 

¿Cómo es posible no reaccionar ante la total evidencia de un peligro tan enorme? ¿Qué más pruebas se necesita para hacer de una vez por todas lo que ya se sabe que hay que hacer? Cuando al parecer ni siquiera el “ver para creer” basta, el mensaje tiene que ser más rudo. La película trata de un cometa a punto de impactar contra nuestro mundo, tal como lo conocemos. Esta es la trama, pero en realidad el tema principal es otro.

La película trata precisamente del peligro de un drástico impacto y de cómo reaccionaríamos ante él y, lo peor, de cómo reaccionaríamos en general ante la proximidad de un cataclismo todavía evitable. Por eso es claro entrever que más bien se refiere ante un impacto sí, pero al “impacto ambiental” que nuestras irrenunciables prácticas cotidianas provocan: la contaminación de todos nuestros elementos vitales, el aire, la tierra y el agua, y el consecuente cambio climático que esto acarrea, y sobre el frustrante intento de los científicos por hacernos entender que ese impacto es un hecho que podríamos evitar. Sus protagonistas son por eso precisamente dos científicos. Ella, una joven que, como la activista sueca Greta Thunberg, por la ferocidad y crudeza con que advierte sobre la gravedad de estos problemas es cruelmente denostada en las redes sociales y ridiculizada a través de burdos memes. Él, más estereotipado, logra tener mayor llegada a los medios masivos de comunicación y a las altas esferas del poder político, económico y tecnológico. Pero justamente por eso mismo queda enredado en los vicios de estos y su ruego tampoco se hace escuchar. 

La principal virtud de esta película es la obviedad de su mensaje. Enmascarada en una divertida parodia, hace uso de todos los elementos comunicativos para sacudir hasta el más distraído. Está dirigida en un lenguaje inequívoco al común de los mortales, para que respondamos ante las señales de alarma que ya suenan en todos los puntos del planeta. Hasta incluye un show musical, por si todavía alguien no había entendido del todo. Tal como aparece en los anuncios “está basada en hechos que podrían ser reales” y como tal no es una mera ficción de la realidad, sino que muestra la realidad de la ficción en la que la vorágine de nuestro actual sistema mundial nos obliga a seguir viviendo negando sus daños. Una amenaza semejante como la de un cometa en irrefrenable picada hacia la Tierra es una evidente alegoría de los peligros ecológicos en la que estamos inmersos y cuyo tratamiento ya no es posible postergar.

Finalmente, no se trata de mirar hacia arriba, ni hacia abajo, sino hacia adentro nuestro, hacia adentro de nuestra sociedad, hacia adentro de nuestra especie para entender cómo manejarnos sanamente con el entorno del cual somos parte. 

No miren hacia adentro

Nomadland: el fin del sueño americano

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Por Juan Carlos Carrillo
Twitter: @jcccaly
https://palomitascaramelizadas.com

El cine es arte y es también industria y es un medio de comunicación social. Hay películas que aceleran algunos cambios sociales, otras los predicen o toman el pulso de la sociedad en un momento específico. Pienso que Nomadland hace esto último. Estrenada en plena crisis por la pandemia, cuenta la historia de muchos norteamericanos reales que, jubilados con una mala pensión o sin ella, recorren el país pasando de un trabajo temporal a otro, sin una residencia fija, viviendo un estilo de vida que tiene mucho de precariedad y descarte pero también —dice esta película, que no es para nada una tragedia— de libertad.

La joven directora china de formación anglosajona Chloé Zhao escribe y dirige este su tercer largometraje, que tiene un estilo documental tanto en su estructura narrativa como en su modo de producción y en los personajes que sigue: a reserva de los dos principales, los demás no son actores sino los propios nómadas a quienes la periodista Jessica Bruder siguió y entrevistó para escribir el libro en el que se basa la película. Zhao mantiene el estilo visual y narrativo de sus películas anteriores, también situadas en la América rural, con grandes planos de exteriores y un aire contemplativo, que se complementa bien con la música de Ludovico Einaudi.

Frances McDormand, quien produce la película además de protagonizarla, es sin duda quien sostiene la trama, además de darle relevancia internacional al proyecto que ha cosechado una cantidad récord de premios en un año raro para el cine, y que compite por 6 premios Óscar, incluida mejor película. McDormand, una actriz de un talento innegable, consentida de los hermanos Coen, ha lucido tanto en comedias como en dramas, pero aquí se aleja de los papeles de mujer dura que la han hecho famosa para interpretar a Fern, una viuda que recorre las carreteras en su camioneta, que es también su casa, generando lazos con los distintos lugares donde se detiene y las personas con las que coincide, casi todos nómadas como ella.

Con una trama argumental casi inexistente, la fuerza de Nomadland radica en las personas reales de las que habla, y los temas que toca, que son centrales en el momento que estamos viviendo: el trabajo como parte de una vida digna, la relación con la naturaleza, la solidaridad, el desarraigo, el descarte de los adultos mayores o la precariedad de la libertad humana en un sistema capitalista diseñado para vivir endeudado. En su aproximación contemplativa a la existencia humana deja ver también un anhelo de trascendencia, planteado de modo más claro en las reflexiones de los personajes en torno a la muerte. Una película sin duda bella e importante, que en un año menos raro se hubiera limitado a los circuitos de cine independiente.

(2020) Estados Unidos
DIRECCIÓN Chloé Zhao
GUION Chloé Zhao basada en el libro de Jessica Bruder
FOTOGRAFÍA Joshua James Richards
MÚSICA Ludovico Einaudi
REPARTO Frances McDormand, David Strathairn, Bob Wells, Linda May, Swankie

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Días de encierro

El año pasado, fue un año duro para todos. Hubo que encerrarse varios meses, y la pandemia aún sigue despedazando a la sociedad, así que poco se logró. Durante esos meses de encierro, mi hermano, un amigo extranjero y yo, decidimos hacer equipo para acompañarnos. Nos cuidábamos, sí, pero también cocinábamos, bebíamos, y platicábamos.

Aún recuerdo la primera vez que lo vi. Hicimos una reunión en mi casa mi hermano y yo y lo invitamos. La pandemia estaba por comenzar y no sabíamos lo que nos esperaba. Cuando llegó, se puso a platicar con otro amigo mío por varias horas. Yo no presté mucha atención. Éramos muchos, había muchos con quien platicar.

Eventualmente se fueron todos de la fiesta, y sólo quedó mi nuevo amigo, mi viejo amigo, mi hermano y yo. En ese momento me enteré de lo que habían estado platicando. Resulta que mi nuevo amigo cree en las teorías de conspiración, y le estuvo platicando a mi viejo amigo la teoría más nueva. No la recuerdo a detalle, pero algo tenía que ver con que Trump, ahora ex presidente de Estados Unidos, era el salvador del mundo, y él, junto con unos generales del ejército norteamericano, estaban salvando a la tierra de los demoniacos demócratas.

Y así fue como comenzó todo.

Parecía una breve conversación, incluso una inocente teoría. Como hablar de una trama de película: pase lo que pase, al día siguiente es otro día.

Pero no fue así.

Cada fin de semana nos veíamos, y cada vez tenía una nueva historia, presentada en video de YouTube, generalmente, o en alguna plataforma extraña, algo así como un lugar de mala muerte, pero del internet. La pasábamos bien, no me malinterpreten. Pero ver cómo poco a poco estas teorías lo iban consumiendo, era algo triste de ver. Las teorías, quizás no sobra decir, rondaban desde extraterrestres caminando en la tierra, hasta que John Kennedy Jr. había fingido su muerte. Y siempre, fundamentado por estos videos de YouTube o de los de dudosa procedencia. De hecho, había videos que muchas veces desaparecían, algo que para él era prueba de la veracidad de estos, y no de lo contrario.

Mi amigo, cada determinado tiempo, aseguraba que algo increíble iba a suceder. De hecho, todavía lo dice. Nos decía, a mi hermano y a mí, que el mundo estaba por cambiar radicalmente. Que si ya no iba a costar la electricidad; que si iban a encarcelar a la mitad de las personas más exitosas del mundo por pederastia, o qué sé yo. El chiste es que siempre estaba por pasar algo que cambiaría nuestras vidas para siempre.

Sobra decir, que esto nunca pasó. O al menos no ha pasado nada.  

Una de sus ideas más increíbles, que desafiaban todo pronóstico, era que Donald Trump iba a ganar las elecciones por más del 70%. Ganando todos los estados y todos los votos del colegio electoral. No pasó.

Pero siempre que una de sus teorías no pasaba, algo parecía suceder que lo regresaban al camino de la incertidumbre. De la ansiedad por algo que está por suceder. Siempre ¿Qué pasaba? ¿Ingenuidad? ¿Estupidez? Tonto no era, yo platicaba con él, y me daba cuenta de que era una persona preparada y capaz en su trabajo. Ingenuo tampoco me parecía, en ciertos aspectos.

¿Qué era, entonces, eso que lo hacía pelearse con la realidad tangible? ¿Qué pasaba, con mi nuevo amigo, que a fuerzas quería creer que no habíamos llegado a la luna, y que la tierra era plana? ¿Serían los días de encierro los que lo llevaban a tal extremo de la racionalidad humana? Tampoco creo; gente así, siempre ha existido. Quizás ahora más, o apenas estamos despertando a ellos, no lo sé. 

Es difícil de saber qué pasa por la mente de una de estas personas. Lo cierto es que no es el único. Qanon, uno de los focos más luminosos en las teorías de conspiración reciente, cuenta con millones de seguidores. El mismo Donald Trump ha dicho que las elecciones fueron un fraude, embaucando en ese camino a sus votantes, que, para fines prácticos, son la mitad de Estados Unidos.  

Soy optimista de poder regresar al camino de lo tangible a mi amigo. Mi hermano y yo no hemos podido. Lo intentamos con cariño, con afecto, con respeto. Es decir, lo valoramos como un amigo. Pero hemos fracasado hasta ahora.

Su credulidad por estas teorías no parece tener fin.

Sí suena como un problema ¿Cómo vivir en democracia? ¿Cómo vivir en sociedad? En comunidad. Si cada vez más, millones y millones de personas, piensan que la NASA es una empresa fantasma para robarnos nuestros impuestos.

Y los que fabrican estos videos, ¿creerán realmente lo que dicen? ¿O sabrán que están engañando a una parte de la sociedad?

Desafortunadamente, yo no tengo la respuesta a estas preguntas. Solo tengo la ambición de hacerle ver a mi amigo que la ficción que sigue todos los días, es solo eso, una ficción.

Ahora él ya está en su país de origen. Y yo y mi hermano seguimos aquí, en casa, en medio de una pandemia desbordada y cruel ¿Qué sigue para las teorías de conspiración? ¿La conquista del mundo? ¿La ruina de la sociedad? ¿Será, así, como lleguemos a nuestro fin y no por el apabullante cambio climático?

No lo sé.

¿Y qué onda con YouTube y las redes sociales? ¿Deben ser espacio para semejantes disparates? ¿Cuál es la línea entre censurar y la sensatez? Entre ser una fuerza dictatorial, o una de razón ¿Cómo proceder? De hecho, recientemente he leído sobre varios personajes que han sido censurados en Twitter por hablar de teorías de la conspiración ¿Es ese el camino? ¿Crear algo así como un imperio de la razón? ¿Un imperio que aplaste por la fuerza a toda idea o foco insensato?

Yo, por mi parte, me entristezco por mi amigo.

No miren hacia adentro

Soy yo quien habla

Fotografía de Mike Terry, para The Upcoming.

Voices, Max Richter
Decca, 2020

Varias veces Max Richter ha compartido su idea sobre las obras musicales como lugares para reflexionar. Voices, en efecto, es un lugar de reflexión. Me hizo pensar sobre las relaciones con el prójimo, sobre el tipo de vida en comunidad que queremos tener y, también, sobre el que no queremos tener.

La voz de Eleanor Roosevelt abre el álbum: «I´m going to read you the Universal Declaration of Human Rights. Preamble. Whereas the recognition of the inherent dignity…». Su voz no es propiamente un canto; no hay en ella una melodía. Y Richter la hizo música. Es sólo el inicio. Me pregunto, de cualquier manera, si Richter tuvo que editar al voz de Eleanor Roosevelt para que empatara así de bien (sospecho que no). La Declaración universal de los derechos humanos, por su parte, carece de métrica y metáforas. Y Richter la hizo música.

Pieza inicial del álbum Voices

Después de Eleanor, y en el resto de las piezas, Kiki Layne, con una voz dulce y firme que inunda, toma el escenario.

No creo que sea posible clasificar a Max Richter en alguna corriente artística. La huella minimalista, empero, reluce en todas las piezas: una melodía que se repite en distintos acordes con distinta sensibilidad. En principio, la repetición da paz, mas, conforme avanza, esa misma repetición se torna enigmática, inquisitiva, insoportable, extática. Armonía y melodía se desenvuelven como una sola. La lentitud de ciertos paisajes sonoros de Richter, esa resistencia a caer en un tiempo continuo por parte de las notas, representa una batalla contra el tiempo. Del mismo modo en que el arquitecto hace que el espacio sea verdadero espacio, el músico ha de hacer que el tiempo sea tiempo habitable.

“On the Nature of Daylight” y otras de las más famosas piezas de Max Richter en Tiny Desk

Se palpa en Voices esa atmósfera peculiar: un momento en el que el mundo se detiene, a pesar de estar a punto de caer por un despeñadero, y puede no caerse. Es una atmósfera mediante la cual se pueden pensar muchos momentos cruciales de la vida propia.

En Origins, la segunda pieza, se escucha entre las muchas voces la de un niño y la del mar. Pasos, de pronto. Ruidos de gente haciendo cosas. Luego los ruidos se diluyen y, en su lugar, suena el chelo de Ian Burdge en los tiempos segundo y tercero; las notas van en pares, insistentes y firmes. Toda la humanidad, desde esa vida cotidiana de pasos y ruidos y voces de niños, se une en el chelo en una especie de confesión íntima, en un vivir la vida que les tocó vivir, con dolor y con gozo a la vez, pero rogando que no hubiese dolor para nadie.

La voz de Grace Davidson —ese homenaje a Mahler— luce especialmente en la pieza Chorale, y en Little Requiems. Vibra más divina que humana. No es de este mundo. Obliga a pensar que hay algo por encima de nosotros, de nuestros afanes. Reconforta; su voz recoge los plañidos del violín. No sé cómo más describirlo. Hay que escuchar la pieza.

El chelo y la orquesta dirigida por Robert Ziegler permiten el relieve del violín y de la voz. Suena al comienzo de los compases un golpe grave que impulsa a toda la orquesta. Parece el latido del mundo; parece que en Chorale se encontraran Dios, la humanidad y el mundo.

Mercy es la pieza angular. Sirvió al compositor como pauta para el resto. La misericordia articula la Declaración universal de los derechos humanos. En la misericordia está, al mismo tiempo, lo pútrido y lo celeste de la condición humana. El violín de Mari Samuelsen encarna ese oxímoron. Basta oír cómo mantiene la tensión en esa penúltima nota que amenaza con no resolverse nunca.

Nada sé sobre la vida religiosa de Richter y no me corresponde saberlo, pero la libertad religiosa es constitutiva del espíritu del álbum. Tampoco sé qué piense sobre el cristianismo, pero a mí esa tensión en el violín me movió a ver en los humanos vasijas de barro con tesoros dentro.

Max Richter es el compositor, él escribió las partituras. Pero contrario a lo que podría pensarse, él no dirige la orquesta, sino Robert Ziegler, a quien mencioné líneas atrás. Max Richter interpreta el piano; él, de formación, es pianista.

El mayor lucimiento del piano ocurre en Prelude 6, un arpegio intrigante que da la sensación de continuidad. El mundo sigue. La vida sigue. En Cartography se escuchan pájaros. El canto de los pájaros siempre se me ha figurado el contraste perfecto: nuestra vida interior, nuestra cabeza, puede llegar a ser insoportable; las aflicciones, insufribles, y, no obstante, afuera los pájaros cantan.

La Declaración, además de Eleanor Roosevelt y Kiki Layne, se oye en boca de ancianos, niños, mujeres, varones y todo tipo de gente en todo tipo de idiomas. El conjunto de voces anida una propuesta. Puesto que el público no habla sino que, como en cualquier obra musical, su tarea es escuchar, y puesto que lo que escucha son esas voces, el álbum internamente propone acercar el oído al prójimo, escuchar los derechos de cada individuo concreto a través de su voz concreta. La voz es la huella dactilar del espíritu. Eleanor Roosevelt, de hecho, proponía en su momento una alianza para que todos los derechos humanos se incluyeran en las leyes de todos los países. Con un giro distinto y a partir de este modo artístico, Richter boga por que esos derechos se hagan efectivos en cada individuo concreto. Escuchad al prójimo.

Por Alberto Domínguez Horner
Twitter: @HornerAlberto

Little Requiems, pieza en la que destaca la voz de Grace Davidson

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