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Protagonistas del Adviento: la Virgen

Protagonistas del Adviento: la Virgen

No resulta sencillo escribir sobre la Virgen María. Quizá pueda explicarlo con una anécdota: hace años en un kínder pidieron a los niños que dibujaran a su familia. Un niño dibujó a todos los de su casa, menos a su mamá. La psicóloga del kínder, alarmada, llamó a sus papás a cita, temiendo algún maltrato, algún problema familiar o trauma en el niño. Al preguntarle, con gran delicadeza, por qué no había dibujado a su mamá, respondió con desarmante sencillez: “es que mi mamá es muy bonita y yo dibujo muy feo”. Algo así sucede cuando tenemos que escribir sobre nuestra Madre, pero no queda otro remedio, pues Ella es el personaje central del Adviento, ya culminante.

Una clave para abordar el misterio de María en el Adviento es servirnos de los “prefacios de adviento” (el “prefacio” es una oración de la Misa, que de algún modo expresa el significado de la celebración particular del día). Así, uno de ellos, quizá el más utilizado en los días previos a Navidad, dice lacónicamente lo siguiente: “A quien todos los profetas anunciaron, la Virgen esperó con inefable amor de madre, Juan lo proclamó ya próximo y señaló después entre los hombres”. ¿Cómo quisiéramos esperar la venida de Jesús? Como la Virgen: “con inefable amor de madre”. Lo que pedimos humildemente a Dios estos días, es que colme nuestro corazón de amor a Jesús, porque quisiéramos, por un imposible, amarlo como Ella. Sólo el amor es la respuesta proporcionada de la creatura a su Creador, y quisiéramos que nuestro corazón rebose de él estos días.

Ahora bien, de hecho, hay un prefacio de adviento enteramente dedicado a la Virgen. El prefacio de adviento IV, titulado: “María, nueva Eva”, que ofrece, en un contexto más amplio, una panorámica de la misión de la Virgen en la trama de la redención. Vale la pena recoger por extenso el texto de esa oración:

“En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
alabarte, bendecirte y glorificarte
Señor, Padre Santo,
Dios todopoderoso y eterno,
por el misterio de la Virgen Madre.

Del antiguo adversario nos vino la ruina,
pero en el seno virginal de la hija de Sion recibió la vida
aquél que nos nutre con el pan de los ángeles,
y surgieron para todo el género humano
la salvación y la paz.

La gracia que perdimos por Eva nos fue devuelta en María;
su maternidad redimida del pecado y de la muerte,
se abre al don de una vida nueva,
para que, donde abundó el pecado sobreabundara tu misericordia
por Cristo, nuestro Salvador”.

Son varios los acentos mariológicos en esta oración, que pueden servirnos para encauzar nuestra oración y piedad durante estos días. En primer lugar, agradecer a Dios, fuente de todos los bienes, de todos los dones, por el don eximio de la Virgen: “alabarte, bendecirte y glorificarte por el misterio de la Virgen Madre”. María es “la joya de la corona de Dios”, “el buque insignia de la creación”, “la obra maestra del Creador”. Nada hay superior, en todo lo creado por Dios, que la Virgen (si exceptuamos la Humanidad Santísima de Cristo, ahora viviente en el seno de María). Ella, por especial privilegio, engloba los dos dones que Dios ha concedido, por especial privilegio, a la mujer: la maternidad y la virginidad. En esa “paradoja biológica”, que escandaliza a muchos descreídos, está significada la particular predilección de Dios por la Virgen.

En su “seno virginal recibió la vida” Jesús. “Aquel que nos nutre con el pan de los ángeles, y surgieron para todo el género humano la salvación y la paz”. Para decirlo más simplificadamente, los más grandes bienes nos han venido de la Virgen; de su seno brota “la salvación y la paz”, la Eucaristía, Jesús. Y, en palabras del Papa Francisco: “la gran bendición de Dios es Jesucristo, es el gran don de Dios, su Hijo. Es una bendición para toda la humanidad, es una bendición que nos ha salvado a todos. Él es la Palabra eterna con la que el Padre nos ha bendecido «siendo nosotros todavía pecadores» (Romanos 5,8) dice san Pablo: Palabra hecha carne y ofrecida por nosotros en la cruz”.

“La gracia que perdimos por Eva nos fue devuelta en María… para que, donde abundó el pecado sobreabundara tu misericordia”. Es bonito ver cómo la oración litúrgica parafrasea a san Pablo: “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Romanos 5, 20). El paralelismo entre la gracia y la misericordia es consolador. Hallar gracia equivale a hallar misericordia, recibir gracia a recibir misericordia. Y María es ambas cosas: “Madre de Gracia” y “Madre de Misericordia”. También en la Virgen se verifica un doble paralelismo teológico: Eva y María, por un lado; La Virgen y la Iglesia, por otro. Para comprender mejor el “misterio de María”, podemos servirnos de las figuras de Eva y de la Iglesia.

Con el fin de ejemplificar la profunda y mística relación entre María y la Iglesia nos servimos de una de las lecturas hagiográficas de la Liturgia de la Horas, en este tiempo de adviento:

“Cristo es, pues, uno, formando un todo la cabeza y el cuerpo: uno nacido del único Dios en los cielos y de una única madre en la tierra; muchos hijos, a la vez que un solo hijo. Pues, así como la cabeza y los miembros son un hijo a la vez que muchos hijos, así mismo María y la Iglesia son una madre y varias madres; una virgen y muchas vírgenes. Ambas son madres y ambas son vírgenes; ambas concibieron sin voluptuosidad por obra del mismo Espíritu; ambas dieron a luz sin pecado la descendencia de Dios Padre. María, sin pecado alguno, dio a luz la cabeza del cuerpo; la Iglesia, por la remisión de los pecados, dio a luz el cuerpo de la cabeza. Ambas son la madre de Cristo, pero ninguna de ellas dio a luz al Cristo total sin la otra. Por todo ello, en las Escrituras divinamente inspiradas, se entiende con razón, como dicho en singular de la Virgen María lo que en términos universales se dice de la virgen madre Iglesia, y se entiende como dicho de la virgen madre Iglesia en general lo que en especial se dice de la Virgen Madre María; y lo mismo si se habla de una de ellas que de la otra, lo dicho se entiende casi indiferente y comúnmente como dicho de las dos… En el tabernáculo del vientre de María habitó Cristo durante nueve meses; hasta el fin del mundo vivirá en el tabernáculo de la fe de la Iglesia; y, por los siglos de los siglos, morará en el conocimiento y en el amor del alma fiel” (Beato Isaac de Stella, abad).

Para comprender este texto se necesita conocer la doctrina paulina de la Iglesia como Cuerpo de Cristo. De hecho, una de las definiciones bíblicas de la Iglesia, retomadas primero por el Venerable Pío XII en su Encíclica Mystici Corporis Christi y más tarde por el Concilio Vaticano II en su Constitución Dogmática Lumen Gentium, es “Cuerpo de Cristo”. En este “Cuerpo” la Cabeza sería el mismo Jesús, nacido de María; los miembros de este Cuerpo somos todos los bautizados, hijos de la Iglesia. Un desarrollo de la teología paulina al respecto será la doctrina de san Agustín del “Cristo Total, Cabeza y miembros”. El Cristo Total es la Iglesia, teniendo por Cabeza a Cristo y bajo la Cabeza a todos los fieles de la Iglesia. Por eso se puede decir, como se proclamó al final del Concilio Vaticano II, que María no es sólo “miembro de la Iglesia”, en cuanto salvada por Cristo, sino que también es “Madre de la Iglesia”, en cuanto Madre de Jesús.

Para explicar el paralelismo entre María y Eva nos serviremos de otro texto de la Liturgia de las Horas o Breviario, que se puede leer en las memorias de la Virgen: “Por medio de María hemos nacido de una forma mucho más excelsa que por medio de Eva, ya que por María ha nacido Cristo. En vez de la antigua caducidad, hemos recuperado la novedad de vida; en vez de la corrupción, la incorrupción; en vez de las tinieblas, la luz” (San Aelredo abad). Es decir, gracias a Eva nacimos, pero también por ella morimos. En cambio, gracias a María vivimos y viviremos eternamente. Eva es madre de los vivos que mueren, María en cambio es Madre de los que vivirán eternamente.

Por último, sólo señalar, con otro prefacio, el Prefacio IV de la Virgen, que “María brilla en nuestro camino, como signo de consuelo y firme esperanza”. El adviento es, sin duda, tiempo de esperanza, pero también de consuelo. ¿Consolarnos de qué? De los males del mundo, de la Iglesia y en nuestra propia vida. Por eso, podemos hacer nuestro el consejo de san Bernardo, cuando nos encontremos en medio de las tormentas de la vida, de la parte de la historia que nos toca ser protagonistas: “mira a la Estrella, mira a María”.

Protagonistas del Adviento: san José

Protagonistas del Adviento: san José

Si lo pensamos un poquito, san José es la persona más santa, después de Jesús y de la Virgen María, que ha pisado esta Tierra. Pero, a diferencia de los primeros dos, tiene una característica que lo acerca a nosotros: es totalmente como nosotros. Jesús es Dios; no puede haber pecado en Dios, sería como un círculo cuadrado, una contradicción en los términos. La Virgen fue preservada del pecado original, aunque es igual a nosotros, como Jesús, por su condición humana, no experimentó el lastre del pecado, la atracción de la tentación, el vértigo de la concupiscencia (seguramente Ella, como Jesús, fue tentada -el demonio no se toma vacaciones-, pero no sentía la inclinación que nosotros sentimos hacia lo prohibido, fruto del pecado original. Sus tentaciones, como las de Jesús, serían semejantes a las de Adán y Eva: más intelectuales que carnales). San José en cambio, él sí que es uno de nosotros: con pecado original, teniendo que luchar cada día por no ceder a las tentaciones que se le presentaban en el camino. Es verdad que hay un grupo de fieles devotos que sostienen la opinión teológica, de que análogamente a la Virgen, él también habría estado privado del pecado original, por el mismo motivo. Sin embargo, tal opinión no es doctrina oficial de la Iglesia. Personalmente me ayuda más pensar que compartió conmigo el pecado original y, con él, el zarpazo de la concupiscencia.

San José corrige o precisa más nuestra comprensión del misterio de la santidad. A veces la asociamos a manifestaciones sobrenaturales aparatosas: estigmas, don de profecía, bilocación, levitación, fenómenos místicos, cuerpos incorruptos. De todo eso hay, y abundante, en la bimilenaria historia de la Iglesia, que debería comprenderse, fundamentalmente, como la historia de los santos (quienes han vivido plenamente su vocación dentro de la Iglesia). Pero san José nos muestra que eso no es lo más importante, y que el santo más santo de todos, no tuvo prácticamente nada de eso -a excepción de los mensajes que los ángeles le daban en sueños-, y que alcanzó la cima de la santidad fundamentalmente a través de su vida ordinaria: su trabajo bien realizado y su vida familiar. La familia y el trabajo serían los dos ascensores que lo elevaron a la más eximia santidad. Y eso, nuevamente, lo acerca a nosotros, pues su vida es como la nuestra: una vida entretejida en el entramado de relaciones familiares, profesionales y sociales. De hecho, san José tenía prestigio profesional, buena cuenta dan de ello los evangelios, cuando identifican a Jesús como “el hijo del Carpintero” (Mateo 13, 55).

Sagrada Familia

La enseñanza es clara: es en la vida corriente, más que en los fenómenos extraordinarios, donde todos tenemos la posibilidad de encontrar a Dios. Nos ayuda a redescubrir el inmenso filón espiritual que supone una realidad a la que quizá estamos acostumbrados, transfigurándola, convirtiéndola en vía expedita hacia la unión con Dios, accesible a “todos los presupuestos”, es decir, a toda clase de personas. El más grande santo de los santos así se hizo santo. San José era, sobre todo, absolutamente normal. No quiero entrar ahora en la discusión teológica sobre la primacía de la santidad; no busco enmendarle la plana a Jesús cuando afirma: “En verdad os digo que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista” (Mateo 11, 11), frente a la conciencia que progresivamente ha adquirido la Iglesia de que san José “le rebasó por la derecha” al ser el Padre putativo de Jesús, es decir, cumplir la misión más importante -después de la Virgen- en la historia de la salvación. Lo cierto es que san José se nos muestra mucho más cercano e imitable a nosotros que Juan el Bautista. Este último vivía en el desierto, se alimentaba de langostas y miel silvestre, vestía una piel de camello y anunciaba en tonos dramáticos y urgentes la necesidad de la conversión… no deja de ser una personalidad excéntrica. San José, en cambio, se nos muestra callado, trabajador, amante de su familia. Digamos que representa un esquema vital mucho más común que el anterior. No faltarán en la Iglesia vocaciones proféticas, como la del Bautista, pero la inmensa mayoría de los cristianos, nos vemos reflejados más bien en san José.

Los evangelios son parcos al hablar de María, recogen pocas palabras de Ella. De san José, ninguna. Es el hombre de confianza de la Trinidad, atendiendo especialmente al tiempo en el que Jesús vino al mundo, marcadamente machista, en el cual las mujeres contaban más bien poco, José era cabeza de familia. Bajo su responsabilidad estaba la Sagrada Familia. Podríamos decir que “las joyas de la corona de la Trinidad”, Jesús y María, habían sido puestas bajo su cuidado. Por eso es él quien recibe el aviso, por parte de los ángeles, de huir a Egipto y luego de volver a Judea primero, Galilea después. Los más valioso del Dios Trino en el mundo era su responsabilidad, lo que no nos permite dudar de que san José fue el hombre de confianza de la Trinidad.

¿Cómo era san José? Esa pregunta se la han hecho prácticamente todos los hombres de oración a lo largo de la historia. Los evangelios nos dejan ver más bien poco, pero rico en contenido y en enseñanzas para nuestra vida. Lo más clamoroso y evidente es que José era callado. No era un varón de muchas palabras, de las palabras más largas que las obras, como sucede con frecuencia; por el contrario, era un hombre de hechos, en el que Dios podía confiar. Si comparamos el desvelamiento de la vocación de la Virgen con el de san José, hay una diferencia muy clara: a la Virgen el Arcángel Gabriel le pregunta y, como diría san Bernardo, toda la creación espera anhelante su respuesta. A san José, en cambio, simplemente le avisan -no le preguntan-, el ángel le dice con claridad lo que tiene que hacer: recibir a su esposa y ponerle al fruto de su seno Jesús, y lo hace.

Es decir, no sólo era callado. Era eficaz. No un hombre de problemas, sino de soluciones. Pero -y esto es muy importante- ante todo, un hombre dócil a la acción de Dios, maleable a la acción del Espíritu Santo. Se deja conducir por Dios, baila al son que Dios le pone. Vive, en consecuencia, un confiado abandono en las Manos de Dios, pero, al mismo tiempo, pone toda su energía y creatividad al servicio del designio divino. Por eso, por ejemplo, en vez de quedarse en Belén o en Judea al morir Herodes, prefiere irse a Galilea para estar más seguro, y un ángel le confirma en la corrección de su decisión. Es decir, no era alguien pasivo, que se limitaba a “cumplir órdenes”, sino que tenía iniciativa personal, sólo que la adecuaba al plan de Dios cuando este le era manifestado. Por eso, con toda naturalidad, no le tembló la mano a la hora de enseñarle a Jesús su propio oficio, de manera que también Jesucristo era conocido por su trabajo: “¿no es este el carpintero, el hijo de María?“ (Marcos 6, 3). Alguien hubiera podido pensar: “¡cómo se atreve a enseñarle un oficio tan humilde al que ha venido al mundo para salvarlo!” Pues sí, se atrevió, de forma que Jesús nos salvó no sólo en la Cruz, sino también a lo largo de sus años de vida oculta, trabajando, codo con codo, con san José.

Callado, eficaz, dócil y humilde. San José era el más humilde de los hombres. No “se le subió” haber desempeñado el más importante de los oficios: ser cabeza de familia en la Sagrada Familia; tener a su resguardo a Jesús -¡Dios mismo!- y a María. Por el contrario, vivió una vida absolutamente normal y murió, podemos suponerlo, agotado, trabajando. No por nada es el “patrono de la buena muerte”, pues murió acompañado de Jesús y de María, “pronunciando estos nombres dulcísimos”. Impresiona pensar que Jesús y María sufrieron por la muerte de José, le echarían en falta. En cualquier caso, fue un hombre de trabajo y de humildad, nada pagado de sí mismo, consciente de que él no era el centro, sino lo era Jesús. Aceptando gozoso esa realidad, asumiendo su papel.

Muerte de san José

San José, en consecuencia, puede ser también descrito como alguien cuya pasión era servir y pasar desapercibido, es decir, no “apuntarse el tanto”.  Trabajador, discreto, eficaz, servicial. Entendía su vida entera como un servicio, a Dios en primer lugar, a través de Jesús y de la Virgen, y eso le llenaba el alma. Pero, con su trabajo, además de servir a su familia proporcionándole un digno medio de sustento, servía a la entera sociedad, al realizarlo bien, con perfección, con pasión. Un hombre cuya pasión es servir, vivir para los otros, estar disponible a la misión de Dios. San José redescubre entonces la grandeza del servicio -tan vilipendiada e incomprendida por la cultura dominante- mostrándonos cómo servir es “oro molido” en la presencia de Dios. De hecho, Jesús dijo con claridad: “no he venido a ser servido sino a servir y a dar la vida” (Marcos 10, 45). Impresiona pensar que eso mismo Jesús lo vio encarnado en la vida de su padre putativo. De manera que, como san José, vamos por buen camino -y a contracorriente, lógicamente-, cuando nuestra mayor aspiración es servir. El servicio desinteresado a Dios y a los demás colma de sentido nuestras vidas. La humanidad tiene urgente necesidad de redescubrirlo, como tiene necesidad de redescubrir la vocación de madre, es decir, la grandeza de la vocación al servicio desinteresado, que se convierte en donación total de sí misma; un auténtico holocausto discreto, agradable a los ojos de Dios a la par que políticamente incorrecto.

Por todo eso y por mucho más, san Josemaría Escrivá afirmaba que san José era “patrono de la vida interior”. En efecto, la esencia de la vida cristiana es el amor. Si san José se hizo santo no fue solamente por trabajar y tener una familia -prácticamente todos los seres humanos nos encontramos en ese supuesto y no por eso somos santos-, sino por amar a Dios a través de su trabajo y de su familia. Aunque, de alguna forma, él “hizo trampa”, porque Jesús, que es Dios, era parte de su familia. Amar a Dios y a su familia eran uno y lo mismo, la misma cosa. La santidad puede ser descrita, más amablemente, como amor a Jesús y, ¿por qué no?, a la Virgen (nos parecemos a Jesús cuando amamos a su Madre como Él la amaba). José no hizo otra cosa en su vida que amar a Jesús y a la Virgen. Realizaba su trabajo por amor a Jesús y a la Virgen, vivía su vida familiar amando a Jesús y a la Virgen. A nosotros se nos presenta la misma atractiva posibilidad, sólo que más difícil: san José amaba a una familia real y perfecta; nosotros tenemos que amar a una familia real e imperfecta, y quizá por eso tenemos más mérito. San José no tenía que hacer esfuerzos para descubrir a Jesús; nosotros tenemos que hacerlos para descubrirlo en nuestros familiares, colegas y amigos. Pero, precisamente por ello, le pedimos ayuda al mismo san José, para que, como él, amemos a Jesús y a María a través de nuestra familia y nuestro trabajo.

La contemplación sencilla del nacimiento -¡qué no se pierda esta hermosa costumbre cristiana!- no sólo nos obtiene este año la “indulgencia plenaria”, ofrecida por el Papa Francisco, sino que también nos ayuda a redescubrir el sentido de nuestra vida ordinaria, a replantearnos su valor, a vivirla de manera diferente, transfigurada, henchida de amor y como lugar de contemplación.

Protagonistas del Adviento: San Juan Bautista

Protagonistas del Adviento: San Juan Bautista

Es preciso realizar una consideración preliminar. La Iglesia, en su sabiduría añosa, nos ofrece dos fases en el desarrollo de este tiempo litúrgico fuerte, que es el Adviento. En la primera, enfoca su mirada en la segunda venida de Cristo, al final de los tiempos, cuando venga con poder y gloria a juzgar este mundo. Nos presenta así el fin de la historia, animándonos a prepararnos para tal evento. De hecho, de alguna forma lo hacemos cotidianamente, quizá sin darnos demasiada cuenta, al rezar el Padrenuestro, cuando invocamos “venga a nosotros tu reino”. Ese reino que imploramos, es la consumación de la historia, el reinado definitivo y efectivo de Cristo sobre la entera creación. También lo pedimos cada vez que asistimos a la santa Misa, al exclamar, inmediatamente después de la consagración: “anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ¡ven Señor Jesús!” Jesús ya vino, no sólo hace dos mil años, sino que, inmediatamente antes de pronunciar estas palabras, bajó nuevamente al altar gracias a la acción del Espíritu Santo y a las palabras de la consagración, pero estando ahí presente Jesús, le pedimos que apure su segunda venida, al final de los tiempos.

La segunda parte comienza el 16 de diciembre, coincide con la novena de la Navidad, cuando se rezan las antífonas solemnes previas a la Navidad, que nos invitan a centrar la mirada en el Misterio de Cristo naciente. Digamos que la primera parte del Adviento nos invita a mirar hacia adelante, a la segunda venida; la segunda parte, por el contrario, hacia atrás, para contemplar su primera venida en pobreza y humildad. ¿Para qué ese sucesivo cambio de perspectiva?, ¿por qué primero mirar hacia adelante y después hacia atrás? Quizá la respuesta nos la ofrezca san Bernardo, que de alguna forma “infla” las venidas de Cristo al incluir una “tercera venida”, en este caso, a nuestro corazón, en el silencio y la intimidad. Las meditaciones sobre el adviento tienen como finalidad provocar esa venida a Jesús en nuestro corazón en el presente, en el tiempo real de nuestra existencia, la cual discurre a caballo entre esas dos venidas teológicas claras: la primera en Belén hace dos mil años, la segunda al final de los tiempos, sólo Dios sabe cuándo.

San Juan Bautista de El Greco

Por eso la primera figura a contemplar es la del Precursor, san Juan el Bautista. Apenas seis meses mayor que Jesús, enviado por Dios para preparar su venida, y disponerle “un pueblo perfecto”. En realidad, san Juan Bautista forma parte de lo que pudiéramos denominar “nuestro tiempo”, pues su ministerio es posterior al Nacimiento en Belén, y anterior a la segunda venida. De todas formas, constituye el eslabón entre el Antiguo y el Nuevo Testamentos y es anterior al nacimiento de la Iglesia, con el que realmente surge el “tiempo de la Iglesia”, “tiempo del Espíritu Santo”, nuestro tiempo… Pero su misión es muy conforme con el significado profundo del Adviento, pues nos invita a “mirar a Jesús” y a prepararnos para su venida: su segunda venida al final de la historia y su tercera venida a nuestra alma en gracia.

San Juan, en efecto, lo señala y encamina a sus discípulos hacia Él. Digamos que, de alguna forma, todos tenemos algo de “san Juan Bautista”, pues nuestra vida espiritual puede comprenderse como la misión del Bautista: preparar la segunda venida de Cristo a este mundo con el trabajo bien hecho, ofrecido a Dios, santificado y santificante; y, en segundo lugar, descubrir a Jesús y señalarlo: descubrirlo en las personas, en nuestro trabajo, en la vida familiar, social o política y en señalarlo para que las demás personas lo descubran y lo sigan, para que la sociedad, la humanidad entera se oriente hacia Él, y contribuir de esa forma a realizar lo que profetizó san Pablo: “que Dios sea todo en todos” (1 Corintios 15, 28).

Bautismo de Jesús por El Greco

Para vivir bien el Adviento, nada mejor que imitar la actitud del Bautista. Podría resumirse ésta en su humildad, la viva conciencia que tiene de ser sólo un instrumento o, por usar otro símil, de ser él la envoltura y Jesús el regalo. Una vez recibido el regalo, pierde el sentido la envoltura. Se trata entonces -¡qué difícil es!- de descubrir que el centro de la fiesta no somos nosotros, es Jesús. Que el mundo no gira alrededor nuestro, sino de Él. De poder decir, con autenticidad, como san Juan: “conviene que Él (Jesús) crezca y yo disminuya”. En el Adviento, por tanto, podemos hacer el ejercicio de ubicarnos en nuestra realidad existencial, espiritual y religiosa. De alguna forma revivir el descubrimiento de Copérnico y descubrir, maravillados, que el centro no somos nosotros, sino Jesús, y tomar las medidas, dar pasos decididos, en orden a que efectivamente, y no sólo en nuestros deseos o en nuestra boca, sea Jesús el centro de nuestra vida.

Muchas veces, además, podemos tener el “complejo del Bautista”. ¿En qué consiste? En sentirnos como él: “voz que clama en el desierto: enderezad el camino del Señor” (Juan 1, 23, vid. Isaías 40, 3). A veces sentimos que nuestro clamor cae en el desierto, en tierra baldía, nadie lo escucha, todos lo ignoran. A veces los cristianos nos sentimos incomprendidos en el mundo, cuando no extraños a él. No debemos, sin embargo, dejar de ejercer nuestra misión profética en el seno de la sociedad. Dios cuenta con ello, aún con la apariencia de falta de frutos. Algo análogo le sucedió al Bautista: su misión estribaba en preparar al pueblo de Israel para recibir a su Mesías, pero cómo explica el otro san Juan en el prólogo de su evangelio: “vino a su casa, y los suyos no le recibieron” (Juan 1, 11), finalmente el pueblo de Israel no aceptó a su Mesías y lo crucificó. Los designios de Dios son inescrutables, pero Dios contó con la misión de san Juan Bautista, así como cuenta con la nuestra.

Proclamar, en medio del mundo, que el fin del mundo es trascendente a este mundo, aunque el mundo parezca no escucharnos. Como diría Pink Floyd: “Keep talking”, sigue hablando, sigue sembrando la semilla de la Palabra, que el Espíritu Santo encontrará la forma de que esta dé fruto, y fecunde el mundo y la sociedad. No te canses de hablar, no ceses de proclamar “la buena nueva”, “con ocasión y sin ella”, “oportuna o inoportunamente” (en expresión de san Pablo). La dimensión del Bautista en nuestra vida es parte de nuestra vocación bautismal, del carisma profético con el que somos ungidos al recibir el carácter sacramental en el bautismo y la confirmación. Muy especialmente con este último sacramento, que nos da la gracia y nos capacita para dar testimonio público de nuestra fe. Y esto con naturalidad, sin estridencias ni cosas raras, en medio de la sociedad, a través de nuestra vida familiar, profesional o social, sirviéndonos de la amistad, vamos dando testimonio de Cristo. Sentimos en nuestro interior la fuerza de esta misión, la responsabilidad de estar a la altura de ella, y el empeño de que nuestra vida sea coherente con la misma, como lo fue la de san Juan Bautista con su misión de Precursor; si de algo no se puede dudar, es de la autenticidad del personaje, a él le pedimos también que nimbe con el sello de la autenticidad nuestra entera vida cristiana.

Nacimiento del Hombre, Salvador Dalí
¿Qué puedo esperar? Que venga tu Reino

¿Qué puedo esperar? Que venga tu Reino

“Lo veo, aunque no para ahora, lo diviso, pero no de cerca.”

Nm. 24:17

En ocasiones asociamos la espera con el aburrimiento de una sala medianamente iluminada, con un par de revistas hojeadas sin mucha atención y compañeros que aguardan junto con nosotros lo mismo: que la espera se termine.

Es curioso que se piense la espera como un acto pasivo, una especie de limbo temporal del que esperamos salir lo antes posible. Sin darnos cuenta de que la espera no tiene que ser pasiva –sentarse aburrido mirando una pared blanca mientras las manecillas del reloj avanzan lentamente- sino que por el contrario la espera es activa. Todo depende del modo en que espero. Tomando como ejemplo la misma sala, hay una diferencia entre esperar sin hacer nada –perdonando la contradicción- y esperar mientras leo, dibujo, converso con alguien o incluso dormito. Los matices y aburrimiento de la espera dependen de nosotros mismos. 

Cuando esperamos la ansiedad es crucial, pero no el ansia nerviosa que impide pensar, sino la ansiedad de que el momento que esperamos llegue pronto. En esa prontitud  somos aún más conscientes de aquello que esperamos, en lo que hemos puesto nuestra esperanza y del modo en que aguardamos. 

La naturaleza humana está predispuesta hacia la espera: esperamos que algo termine, que empiece, un resultado, las vacaciones, una fecha especial, esperamos a alguien. Cuando la espera se termina e irrumpe en nuestra realidad todo cambia, porque lo que divisábamos ha llegado.

Y vivimos ese momento como si fuera un eterno presente… hasta que llegue la próxima espera. Vivimos esperando que algo ocurra para poder correr hacia la próxima espera. ¿Qué sucede cuando lo que esperamos no llega pronto? ¿O si llega y no es lo que esperábamos? ¿Y si esperamos toda una vida sin que llegue? Siguiendo la pregunta de Kant, ¿qué puedo esperar?


Puedo esperar que venga el Mesías a restaurar la creación, trayendo justicia al mundo y que, al volver todos la vista hacia él, colmada la espera, la Ley se escriba en el interior de los corazones. (Jr. 31: 33) 

Padre e hijo
Foto: Mauricio Fajardo

Para el judaísmo la espera mesiánica es la esperanza del pueblo, a pesar del devenir de las generaciones y del silencio de Dios, de que Hashem intervendrá en su Reino. La figura del mesías puede trazarse desde el comienzo de la monarquía con la espera de un futuro rey. La esperanza por el Mashíaj puede leerse desde el Génesis (49: 10) hasta en profetas como Jeremías, Ezequiel y sobre todo Isaías con el Cuarto canto del Siervo (Is. 52: 13) 

Se puede decir que se trata de un doble Mesías: que es religioso a la vez que político. Aunque las vertientes filosóficas se concentran sobre todo en una interpretación política del mesianismo. El Mesías será un rey, juez y profeta, un hombre  que servirá a Dios aunque no es Dios, por lo que no puede ser adorado, que restaurará la Ley de la Torá para todos los hombres en los corazones, y que comenzará con la tercera reconstrucción del Templo de Jerusalén, por lo que las ofrendas y la casta sacerdotal regresará para dar plenitud al culto. (Ez. 37: 26 -28)

Aunque el Mesías será un hombre importante, el centro es la intervención de Dios. Que se podrá identificar por la reconstrucción del templo, la reunificación de todos los judíos en Israel (Is. 2:4 y 43: 5 -6), una era de paz (Is. 11: 6 -7), el reinado de Dios en todo el mundo (Zac. 14: 9) y la circuncisión del corazón (Jr. 31: 33 -34). Además de eso el Mesías desciende de la dinastía davídica y sobre todo guardará la Torá. La fidelidad de la Ley es lo que permitiría identificar a un falso profeta y por ende falso Mesías (Dt. 13: 1- 6).

Como sucedió con el polémico caso de Sabbatai Zevi, el falso Mesías sefardí, nacido el mismo día de la conmemoración de la destrucción del Templo de Jerusalén, el 23 de julio, pero de 1623 y que fue excomulgado. La comunidad ortodoxa lo miraba con recelo, aunque el autoproclamado Mesías tuvo muchísimos seguidores, incluso tras su conversión al islam, cuando no pudo realizar un milagro frente al sultán.

Rollos de la Torah
Foto: Mauricio Fajardo

El filósofo Maimónides (S. XII) escribió los 13 preceptos de la fe judía, el onceavo afirma: “Yo creo con toda la fe en la llegada del Mesías y, aunque se demore, seguiré aguardándolo hasta que arribe.” Los primeros preceptos son amar y seguir la Ley de Dios, sin embargo, la esperanza de la venida del Mesías es un componente de fe importante. Tanto así que una canción popular de Mordechai Ben David Moshiach toma el principio para cantar: “Y aunque tarde, no importa esperaré por Él. Esperaré todos los días que venga. Creo. Creo con una fe completa en la venida del Mesías.”

Mashiach, Mordechai Ben David

Al terminar el Shabbat y algunas celebraciones como el Pésaj (Pascua), se invita con el canto Eliyahu Hanavi al profeta Elías a unirse al Séder y llenar un vaso de vino para celebrar con ellos. Porque si viene Elías después vendrá el Mesías. 

Eliyahu Hanavi, Dudi Feldman & Sruly Lipschitz

Cuando la Pascua termina se escucha la expresión “el próximo año en Jerusalén!” (L´Shana Haba´ah B´Yerushalayim) Una vez que han rememorado la esclavitud y huida de Egipto, esperan con confianza que el siguiente año puedan celebrar la Pascua en Jerusalén. La frase es una alusión a la era mesiánica. Esperan la restauración que es sobre todo espiritual: esperan al Mesías.

Toda religión tiene diferentes vertientes e interpretaciones. Tanto el cristianismo como el judaísmo tienen diferentes corrientes y existen entre ambos varios puntos de encuentro. Basta decir que la Biblia se compone de los libros de la Torá y el Nuevo Testamento.

Una corriente aún más estrecha es la de los judíos mesiánicos, que, sin dejar de ser judíos, aceptan a Jesús como el Mesías. Como el profesor de Harvard Roy Shoeman que se convirtió del ateísmo al cristianismo tras una experiencia mística. Shoeman cuenta en sus conferencias, que cuando su padre lo visitó y observó los íconos de Jesús y María en las paredes se escandalizó, a lo que respondió con humor y cariño: ellos también son judíos.

La espera es un componente esencial para las religiones. Se espera algo que apenas se divisa. Sin saber en qué momento la irrupción de Dios en la historia acontecerá, que tanto puede ocurrir mañana como en cien o mil años. Sin embargo, es preciso evitar una espera pasiva, por el contrario, se debe esperar activamente, siempre preparados, con las lámparas encendidas y suficiente aceite.

Bar Mitzvá
Shofar
Foto: Mauricio Fajardo

El Adviento es un tiempo de espera, esperamos que simbólicamente Jesús nazca en nuestros corazones, como una renovación de fe. Pero no basta con esperar pasivamente que el símbolo irrumpa en mi vida, sino que es nuestro deber esperar activamente y construir el Reino día con día. No debemos olvidar que también esperamos la segunda venida del Mesías. Que aunque tarde, esperaremos. Y es por ello que no sólo debemos cuestionarnos: ¿qué puedo esperar? Sino también ¿cómo espero? 

En el Talmud está escrito que al morir, una de las seis preguntas a responder con sinceridad es: ¿con cuánta ansia esperaste al Mesías? Una pregunta directa, que debería arrebatarnos de nuestra zona de confort. Porque a esa pregunta hay que responder que no esperamos pasivamente. Divisamos al Mesías que ya viene y no tarda, que nos preguntará directamente ¿cómo me esperaste? 

¿Qué puedo esperar? Que venga tu Reino

La esperanza del Adviento

El adviento es un tiempo de esperanza; no de posesión, sino de espera.

P. Mario Arroyo
Doctor en Filosofía
p.marioa@gmail.com

¿Qué es lo característico del adviento? La esperanza. El adviento es un tiempo de esperanza; no de posesión, sino de espera. Como ya dejó claro Jean Daniélou en su clásica obra, “El Misterio del Adviento”, toda la historia de Israel es una ansiosa espera del Mesías, y toda la historia de la humanidad es una anhelante espera de la segunda venida de Cristo. O, dicho de otra forma, nosotros solos, dejados a nuestras propias fuerzas, no podemos salvarnos, necesitamos un Salvador. El caos en el que recurrentemente recae la humanidad es la prueba fehaciente de este aserto. Lo queramos reconocer o no, abandonados a nuestras fuerzas, una y otra vez hacemos del mundo un lugar tóxico.

Cada año, la cadencia de la liturgia nos invita a reflexionar sobre nuestra vida y nuestro mundo, pensar sobre nuestra precariedad e insuficiencia, de forma que nos volvamos a convencer de nuestra limitación y pequeñez, las cuales gritan nuestra necesidad de Dios. Cada año, al acercarse a su fin el calendario, comienza el ciclo litúrgico con el adviento y su apremiante llamada a la conversión, para estar preparados y recibir a nuestro Salvador.

Aprender a esperar

Esa espera se vive por doble partida. En primer lugar, de forma personal e íntima, para dar paso después a su forma social, histórica e incluso cósmica. La precariedad y limitación del ser comparecen por todas partes. Nuestra propia finitud nos asfixia. La atracción de la oscuridad que parece seducir al mundo se muestra implacable. Ante esa situación se impone una actitud de clamor, de oración sincera y profunda; toda la realidad y todo nuestro ser anhelan al Salvador.

En el plan personal, cada uno sabe cuáles son sus carencias. En ámbito social son patentes, públicas, manifiestas. Y ante ellas experimentamos, muchas veces, como individuos, como sociedad y como Iglesia, una acendrada impotencia. La catarata de desgracias nos deja aturdidos: escándalos, corrupción, violencia. No parece posible atajar el mal; la infección en la sociedad y en la Iglesia parece generalizada, el impúdico drama de la división –tanto en la Iglesia como en la sociedad– resulta obsceno. “Por fuera conflictos, por dentro temores” (2 Corintios 7, 5) diría San Pablo. El abrumador peso del mal nos hace experimentar una amarga impotencia y profunda soledad.

Tal cuadro no es nuevo. Se repite de forma recurrente. “Toda una civilización se tambalea, impotente y sin recursos morales” sentenciaría San Josemaría Escrivá. Pero el panorama, si bien dramático, es en realidad cíclico. La carencia y limitación humana es constante, se repite. Ya en el Antiguo Testamento y en los albores del Nuevo, estaba clara y definida la figura de “los pobres de Yahveh”, “el resto de Israel”, el pequeño grupo, fiel a Dios, que no se había contaminado, rodeado por una generación perdida. Muchas veces, al palpar la universalidad y omnipresencia de la corrupción y la violencia, uno se pregunta, angustiado, si no forma parte de ese “resto de Israel”; si somos quizá demasiado pocos los que formamos parte de “los pobres de Yahveh”, el exiguo resto imperceptible de los que todavía le somos fieles. No puede durar mucho esa incertidumbre, pues también experimentamos, con horror y desasosiego, que luchamos en nuestro interior contra nuestros propios demonios.

Lo mejor de la humanidad intuye que algo tiene que pasar, que solos nos avocamos al abismo, pero que Alguien no permitirá que nos despeñemos. Una y otra vez comprobamos que solos no podemos, una y otra vez en la historia, nuestras utopías se vuelven avernos. Una y otra vez recibimos señales que alimentan nuestra esperanza. Si el clamor en Israel era generalizado en torno al nacimiento de Cristo, sorprende que hasta los paganos lo hayan intuido.

La “Cuarta Égloga de Virgilio” no nos deja mentir:

“La última edad del canto de Cumas ha llegado ya:

El gran orden de los siglos nace de nuevo.

Ya vuelve también la Virgen, vuelven los reinos de Saturno;

ya una nueva progenie es enviada desde el alto cielo.

Tú, al niño que ahora nace –con el que primero la raza

de hierro terminará, y la de oro surgirá en todo el mundo–”

Seguramente alguna revelación se apronta (“Surely some revelation is at hand”)

En “la plenitud de los tiempos” se adivinaba que “algo tenía que suceder”, como en efecto sucedió: Jesús, el Salvador del mundo, llegó. La eternidad tocó el tiempo, se fusionó con Él. Lo humano y lo divino se entrelazaron, se comprometieron, se entreveraron. La humanidad no fue abandonada a su destino. Cada año, al finalizar el año solar y comenzar el año litúrgico, recordamos este maravilloso maridaje entre lo humano y lo divino, proclamamos el carácter real y objetivo de nuestra esperanza: Jesús de Nazaret.

La liturgia del adviento conoce dos momentos, plantea una doble expectativa. La primera parte se caracteriza por anhelar la segunda venida de Cristo. Atisbar el “marana tha” ¡ven Señor Jesús! hacer efectivo ese dramático reclamo de la oración: “venga a nosotros tu reino”. Digamos que el adviento atisba, presiente e intuye la consumación final. El punto omega de la historia, donde definitivamente será borrada de la faz del universo toda huella del mal que ahora lo oprime.

La segunda parte del adviento corresponde con la novena de preparación para la navidad, tan festivamente vivida en nuestra cultura con las posadas, mezcla de fiesta, tradición y piedad popular. En ambos casos, sin embargo, la actitud es la misma: la expectante espera de Cristo, sea para recordar su primera venida, sea para implorar la segunda, momento en el cual el tiempo llega a su fin y las promesas se realizan plenamente.

San Bernardo, en su quinto sermón de adviento, es más magnánimo, y habla de una triple venida de Cristo:

“Sabemos de una triple venida del Señor. Además de la primera y la última, hay una venida intermedia. Aquellas son visibles, pero esta no. En la primera, el Señor se manifestó en la tierra y convivió con los hombres… En la última, todos verán la salvación de Dios y mirarán al que traspasaron. La intermedia, en cambio, es oculta. En ella sólo los elegidos ven al Señor en lo más íntimo de sí mismos, y así sus almas se salvan. De manera que, en la primera venida, el Señor vino en carne y debilidad; en esta segunda, en espíritu y poder; y, en la última, en gloria y majestad. Esta venida intermedia es como una senda por la que se pasa de la primera a la última: en la primera Cristo fue nuestra redención; en la última aparecerá como nuestra vida; en esta, es nuestro descanso y nuestro consuelo.”

Nuestro adviento

En efecto, la primera ya fue, la última no sabemos cuándo será, pero la intermedia corresponde al “hoy” de nuestra existencia, al adviento inminente que nos toca vivir. ¿Cómo nos encuentra  este kairós salvífico? El adviento es un tiempo litúrgico fuerte, que nos apremia a acelerar el paso, a caminar más decididamente en pos de Jesucristo. Es un momento de salvación para todos los cristianos y en cierta forma para la humanidad. Tenemos que estar atentos y expectantes, para poder aprovechar la oferta de gracia que el cielo nos ofrece en esta temporada. El espíritu despierto, el alma en tensión, el corazón puesto en el Señor.

Por ello, sería lamentable que cada año se verificara una simple repetición rutinaria de tradiciones cristianas: corona de adviento, posadas, poner el árbol de navidad y el nacimiento. Podríamos generar un automatismo espiritual malo. Por el contrario, necesitamos ese olfato espiritual que nos induce adivinar y en cierto modo, anticipar, los pasos de Jesús por nuestra vida. Que no seamos otros posaderos indolentes que no han recibido al Creador del universo;  que seamos como los pastores, en vigilia de fe y de amor, testigos de cómo el silencio de Dios se hace presente en el mundo.

“Danos Señor entrañas de misericordia”

A tal efecto, resulta muy útil, para sensibilizarnos espiritualmente, el vivir las obras de misericordia. El adviento es un tiempo por excelencia en el que podemos ser generosos y darnos a los demás. Me viene a la memoria la anécdota de un viejo amigo. Tenía una charla semanal de formación cristiana con sus amigos, todos ellos profesionistas exitosos. En torno a navidad se proponían hacer una obra de misericordia. Uno de los asistentes daba largas para cooperar, hasta que finalmente accedió in extremis, ya agonizante el adviento, el 24 de diciembre por la mañana. Fueron a un albergue de niños huérfanos, cuyos padres habían fallecido de SIDA, a llevar unos regalos de navidad. Al preguntarle a la monja encargada que iban a cenar esa noche, respondió que hasta ese momento no tenían nada. A aquel buen hombre se le enterneció el corazón y compró pollos, para que comieran los ochenta niños del albergue. Al día siguiente le habló a su amigo, el que lo había invitado, diciéndole, palabras más, palabras menos, que era la mejor navidad de su vida, pues por primera vez no se le había atragantado el pavo a media noche, porque había hecho algo meritorio para vivir la navidad.

Las obras de misericordia, la oración y las privaciones voluntarias permiten que nuestro espíritu esté expectante, despierto para descubrir el paso de Dios por nuestras vidas, y captar las señales esperanzadoras del adviento, que nos recuerda, una vez más, que no estamos solos, y que Dios no nos abandona a nosotros, a la Iglesia y a la humanidad a nuestro destino; sino que con paciente espera recorre el camino con nosotros, mostrando a sus amigos las señales de su presencia. Quiera Dios que este adviento nos encuentre preparados y podamos discernir las señales en nuestro interior, señales de nuestra sintonía con el Salvador.

MDNMDN