Generic selectors
Exact matches only
Search in title
Search in content
Post Type Selectors
Cristo y la nada plenificada

Cristo y la nada plenificada

Síguenos en nuestro canal de Telegram:
https://t.me/spesetcivitas

Para Jorge Rodriguez Martínez, in memoriam

Pareciera que mirar al Crucifijo es mirar a la nada: al despojo y al triunfo del vacío que es la muerte. La idea de la muerte de Dios no es nietzscheana. Al contrario, Nietzsche sabía muy bien que el origen de este pensamiento está en la experiencia cristiana. Ratzinger también defendió que la experiencia de la nada en la muerte de Dios está enraizada en la relación que el cristiano tiene de Dios en la contemplación del Crucificado. (La angustia de una ausencia, 2006)  ¿Cómo comprender la nada de la muerte de Cristo? ¿Cómo, si no es razonable, a lo menos acercarse a esta experiencia de un vacío en el que Cristo se sumerge? La reflexión filosófica puede ser una herramienta para contemplar el misterio (no así para resolverlo, sino vivirlo).

Se puede proponer que hay dos tipos de nada: la nada del vacío y la Nada soberana. Por una parte, la nada de la vaciedad, o la nada vacía, se ha pensado desde la antigüedad como la oposición a la realidad experimentable en el ámbito del ser o del mundo. Justamente la oposición entre la plenitud de las cosas naturales y su ausencia, dinamizada en los ciclos de los elementos llevó a los filósofos presocráticos a poner las bases de la metafísica. El mundo es de modo inestable, y por ser, su estructura se opone a la nada, que se piensa como lo que no es. Lo ente es, de modo trascendental y estable.

Se opone de modo óptimo a la nada. Esta doble noción de nada se refiere a la ausencia de algo, ya sea inestable o estable. Pero siempre va en contraposición o correlato de algo que es. Esta nada es la del vacío. Por ejemplo: un cajón que debería de tener un libro, pero no lo tiene, tiene nada, porque se nota la ausencia del libro. El mejor exponente de esta propuesta es Parménides, quien incluso llegó a pensar que sólo hay ser y entidad, y que la nada sólo es una imagen en nuestra mente. Aristóteles continuó en esta línea, pues pensaba que toda la naturaleza está llena de entidad, y que la nada, como vaciedad, es un concepto en la mente. El ser humano experimenta el miedo a la nada vacía cuando contempla la fragilidad de su propia vida y asoma por el abismo de la muerte, en pobreza existencial.

Por otra parte, está la Nada del Absoluto o Nada soberana. Esta es una de las grandes conquistas de la filosofía clásica. Sobre todo, es un trofeo obtenido por Plotino y sus seguidores. Las escuelas anteriores habían pensado en la nada como la negación del ser. Esto es, como una categoría aristotélica que, por default, por falta, está vacía de ser. Pues, como se dijo, Aristóteles concibe a la negación como la manifestación lingüística de la ausencia de una substancia. (Metafísica, IV, 7).

De este modo, Aristóteles se acerca a la nada a través de la negación de una substancia, como categoría del pensamiento.  Sin embargo Plotino profundiza su exploración sobre la nada y ahonda más allá de las categorías aristotélicas. Fue Platón quien comenzó a postular esta paradoja en República VI, 22, donde se dice que el principio de las cosas que son está más allá de la substancia. Por su parte, en las Enéadas III, 8, Plotino, el filósofo de Licópolis, explica esta como una de las mayores y mejores paradojas de todo el pensamiento occidental: que el bien sumo está más allá del ser y de las categorías de substancia o accidente. Esto significa que el sumo bien está por encima de la existencia y más allá de sus categorías. El sumo bien vive en una nadeidad no porque sea la ausencia de una realidad, sino porque no es ninguna de las cosas y porque, más bien, es causa de todas ellas. Plotino lo dice así:

“Mas si alguno pensase que aquél es el Uno mismo a la vez que todas las cosas, será según eso, o todas las cosas una a una o todas juntas. Pues bien, si es todas las cosas agrupadas juntamente, será posterior a todas; pero si es anterior a todas, todas serán distintas de él y él de todas. Por otra parte, si es a la vez él mismo y todas las cosas, no será el principio; ahora bien, es preciso que él mismo sea el principio y que exista antes que todas las cosas para que todas existan también a continuación de él. Pero si es todas las cosas una a una, en primer lugar, una cualquiera será idéntica a cualquier otra; en segundo lugar, aquél será todas las cosas juntas y no hará distinción de ninguna. De este modo, la conclusión es que no es ninguna de todas las cosas, sino anterior a todas.”

Enn. III, 8, 9, 45 – 58.

El sumo bien, que Plotino identifica con el Uno, también se puede pensar como Dios. Ninguna cosa se identifica con el Uno. Él no es cosa, en un contexto concreto, ni en contingencia, sino que vive como la causa del ser y de las cosas y, misteriosamente, está en todas ellas, pero no es una de ellas. En este sentido se puede pensar que Plotino piensa en la vida del Uno y sumo bien más allá del ser como una Nada soberana, porque vive de modo absoluto, incondicionada y libre de las categorías del ser y de la substancia. Con esto podríamos decir que Dios no está atado a las categorías del ser, y mucho menos a las categorías de nuestra imaginación o expectativas. Incluso desde la filosofía, acercarse al misterio de Dios es aprender a usar el lenguaje de las paradojas y del asombro.

Platón y Aristóteles. Escuela de Atenas, Rafael Sanzio.

Antes de la aparición de Cristo en el mundo, la filosofía antigua contemplaba estas paradojas mencionadas. Pero con el crecimiento del cristianismo, luego de la aparente derrota de la Cruz, las meditaciones paradójicas sobre la Nada soberana se convirtieron en una poderosa herramienta para esclarecer la doctrina cristiana. ¿Qué predica el cristianismo? Que Cristo es Dios, que murió en el dolor y la ignominia y que volvió a la vida con su Resurrección. Ahora bien, si Cristo es Dios y hombre -al mismo tiempo- y Cristo muere, eso significa que Cristo se sumerge en el abismo de la aniquilación que tanto tememos los hombres. Esto es, Cristo, como Dios, no es cosa, y vive en la soberanía absoluta como principio de la substancia, en trascendencia y plenitud, pero se sumerge en la nada vacía de nuestra fragilidad humana, con la que nos puede plenificar. Aparece aquí uno de los misterios del cristianismo por la que somos unidos a Dios: en Cristo se encuentran dos Nadas, la Nada soberana de su divinidad absoluta, plena, feliz y trascendente, que no es ninguna cosa, que se abaja a la nada nuestra, de vaciedad y contingencia, para llenarla con su presencia solidaria que abre las puertas de la vida verdadera y eterna. Ratzinger lo expresaba así:

“Porque esto es el sábado santo: el día en que Dios se oculta, el día de esa inmensa paradoja que expresamos en el credo con las palabras «descendió a los infiernos», descendió al misterio de la muerte. El viernes santo podíamos contemplar aún al traspasado; el sábado santo está vacío, la pesada piedra de la tumba oculta al muerto, todo ha terminado, la fe parece haberse revelado a última hora como un fanatismo. (…) Tengamos en cuenta que la muerte no es la misma desde que Jesús descendió a ella, la penetró y asumió; igual que la vida, el ser humano no es el mismo desde que la naturaleza humana se puso en contacto con el ser de Dios a través de Cristo. Antes, la muerte era solamente muerte, separación del mundo de los vivos y –aunque con distinta intensidad– algo parecido al «infierno», a la zona nocturna de la existencia, a la oscuridad impenetrable. Pero ahora la muerte es también vida, y cuando atravesamos la fría soledad de las puertas de la muerte encontramos a aquél que es la vida, al que quiso acompañarnos en nuestras últimas soledades y participó de nuestro abandono en la soledad mortal del huerto y de la cruz, clamando: «¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?».

La angustia de una ausencia, 2006.

Podemos ver que la Nada supersubstancial, que no es ninguna cosa, sino que vive de manera inefable, perfecta, feliz, y misteriosa para nosotros, llena nuestro vacío humano que es ausencia. No es que Cristo no sea nada, o que no sea real, sino que, al ser el principio de la realidad, “el Logos por quien todas las cosas fueron hechas” (Jn, 1, 3), se solidariza con los hombres y llena su nada vacía con la plenitud de su soberanía supersubstancial y principial, que no es comparable con ninguna cosa contingente del mundo.

El texto donde mejor se muestra cómo Cristo llena el vacío de la nada humana contingente con su soberanía supersubstancial es el famoso himno cristológico de San Pablo en Filipenses 2, 6-11. San Pablo, como judío de cultura helénica, estaba al tanto de las grandes autoridades del pensamiento griego. Habla como Píndaro sobre los juegos. Conoce la filosofía estoica. Ha oído hablar de poetas sagrados como Homero, Hesíodo y Orfeo. Conoce de lógica y retórica. También conocía sobre la filosofía platónica, y griega en general, y comenzó a usar sus términos para aclarar mejor la Sagrada doctrina. El himno cristológico de Filipenses contiene multitud de términos filosóficos como morfé; forma, yparjo; existir, y kénosis; vacío, etc. Todos estos términos son usados para aclarar cómo Cristo, siendo el principio de las entidades, plenifica el vacío humano con su presencia. El himno dice así:

“Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo: El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús -toda rodilla se doble- en los cielos, en la tierra y en los abismos, -y toda lengua confiese- que Cristo Jesús es SEÑOR para gloria de Dios Padre.”

Flp, 2, 5 – 11, Biblia de Jerusalén.

El himno cuenta y alaba el hecho del vaciamiento (kénosis) de Cristo de su forma de Dios para tomar la forma de siervo humano. Hecho como los hombres, y ya exaltado, abrió para ellos la posibilidad de experimentar la plenitud de la vida. Como el Solidario, Cristo deja la soberanía de no ser ninguna cosa, sino el principio de todas, y llena con su presencia el vacío de la nada humana pobre, y le comunica la vida de su soberanía supersubstancial, que es vida eterna, perfecta y feliz. Es así que Cristo llena nuestros vacíos, existenciales y diarios, con su presencia. Ser cristianos implica siempre vivir maravillado de cara a esta paradoja hermosa, en la que Cristo, tan lejano, se hace el más cercano; y tan trascendente se hace el más inmanente.

La grandeza del sacerdocio

La grandeza del sacerdocio

Por Salvador Fabre

Portada: Gabriel Manjarres

Entérate de SPES en Telegram:
https://t.me/spesetcivitas

Mucho se ha escrito recientemente, debido a los escándalos sexuales, sobre la fragilidad del sacerdote. Muy poco, sin embargo, sobre la grandeza del sacerdocio católico. Si bien no podemos obviar las flaquezas de algunos sacerdotes, sería injusto meter a todos los que son perseverantemente fieles a su vocación en el mismo saco. Y es justo hacer una reflexión, ahora que padecemos una aguda crisis vocacional, en el inexplicable hecho de que un joven -la mayor parte de las veces- lo deje todo por seguir a Cristo más de cerca y servir a su Iglesia.

Queda ya lejano aquel 16 de junio de 2009, cuando Benedicto XVI escribió su carta, conmemorando el 150 aniversario del fallecimiento del Santo Cura de Ars, convocando al “Año Sacerdotal.” Año que el New York Times se encargó de hacer verdaderamente tormentoso para la Iglesia, pero que, a más profundidad, por encima de las tormentas superficiales, nos recordó a todos los católicos, el inigualable tesoro que tenemos en la Iglesia gracias al sacerdocio y la impresionante e inmerecida gracia que supone recibirlo. Quienes alcanzan esta comprensión, consideran poco dar la vida “y mil vidas que tuvieran”, para seguir un ideal tan grande, aunque luego, con el paso de los años, se encuentren con la evidencia de su propia fragilidad que contrasta vivamente con el inconmensurable don de Dios.

Estatua del Cura de Ars.
Iglesia de Vieux-Ferrette.

Benedicto XVI cita en esa carta, con frecuencia a san Juan María Vianney, quien da una sintética definición del sacerdocio: “El Sacerdocio es el amor del Corazón de Jesús.” Un poco más adelante vuelve a citar al santo de Ars, patrono de todos los sacerdotes, especialmente de los párrocos, quien afirma: “¡Oh, qué grande es el sacerdote! Si se diese cuenta, moriría… Dios le obedece: pronuncia dos palabras y Nuestro Señor baja del cielo al oír su voz y se encierra en una pequeña hostia.” La grandeza del sacerdocio está vinculada al “Misterio de Fe”, es decir a la Eucaristía. Ninguna realidad humana es más grande que la capacidad, otorgada gratuitamente por Dios, de celebrar la Misa, de consagrar el pan y el vino para que se conviertan en el Cuerpo y la Sangre de Cristo y, en esa línea, de perdonar los pecados, y volver limpia un alma que estaba manchada y aprisionada por el mal.

Mucho se ha discutido, sobre todo después del Concilio Vaticano II sobre la identidad del sacerdote (como si no hubiera dejado una clara pauta el decreto Presbyterorum Ordinis, emanado por el mismo concilio). Es el momento de volver la mirada a los grandes santos sacerdotes que nos han precedido. Indudablemente que el tesoro -insisto de intento- más grande que tienen es la Eucaristía. Existe un trinomio indisoluble entre Sacerdocio, Eucaristía e Iglesia. Como bien vio san Juan Pablo II: “la Iglesia hace la Eucaristía y la Eucaristía hace a la Iglesia.” San Juan María Vianney y san Pío de Pietrelcina, nos han dejado ejemplo del sacrificio, casi hasta una especie de “martirio” por desvivirse en la impartición del sacramento de la penitencia. ¿Qué es lo más grande que tiene entre manos el sacerdote, lo que sólo él puede hacer? Celebrar la Misa, dar a Jesús a su Iglesia y prestarle sus palabras a Jesús para consagrar y perdonar los pecados.

Con esto no quiero caer en una visión “sacramentalista” del sacerdocio, como si fuera exclusiva y excluyente. Al contrario, es quizá la parte más importante del pastel, pero no la única. La clave la tenemos en la Sagrada Escrituras, en las últimas palabras de Jesús según san Mateo: “vayan por todo el mundo y prediquen el evangelio, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.” Es decir, la función sacerdotal es doble: por un lado, administrar los sacramentos, pero por otro, predicar la palabra de Dios, el Evangelio, la Buena Nueva. Eso podría complementarse con la misión de los diáconos, en los Hechos de los Apóstoles, dedicados a la atención de las viudas y los huérfanos, es decir, a las obras de misericordia.

Foto: Oleksandr Pidvalnyi

Por eso, es imprescindible que, al pensar en el sacerdocio, más que mirar a los que han caído, causando tanto mal en las almas, miremos a los testigos de la grandeza del sacerdocio, a los santos, que se han desgastado por predicar la palabra de Dios, administrar los sacramentos y vivir las obras de misericordia, como los ya mencionados san Juan María Vianney, san Pío de Pietrelcina, pero también san Damián de Molokai, san Maximiliano María Kolbe o san Josemaría Escrivá entre otros.

No debemos, sin embargo, dejar caer en saco roto las dolorosas enseñanzas que nos ha traído el siglo XXI. La idea angelical del sacerdote se ha quebrado para siempre. Ahora tomamos conciencia de que son hombres, de carne y hueso, que tienen que luchar por la santidad y por ser fieles a Dios cada día de su vida. En esto ha puesto su acento el magisterio de Francisco, para animar a los sacerdotes para que se enfrentan con el drama de conciliar su propia flaqueza con la grandeza de su misión. Basta para ello leer la homilía maravillosa que hizo este año en la Misa Crismal, el Jueves Santo con los sacerdotes de Roma. Con esta conciencia, se le pide al pueblo fiel, apoyo, cariño, comprensión y vela por sus sacerdotes y, sobre todo, oración por su fidelidad y para que vengan nuevas vocaciones.

La grandeza del sacerdocio

¿Por qué orar?

Por Salvador Fabre

Entérate de SPES en Telegram:
https://t.me/spesetcivitas

En realidad, el título debería ser más largo: ¿por qué orar cuando no recibo lo que he pedido? O, dicho más crudamente, ¿para qué orar cuando aparentemente mis oraciones no son escuchadas o, peor aún, son escuchadas e ignoradas? A veces no resulta fácil consolar a quien te dice, con el corazón roto: “¿de qué han servido todas las oraciones, las cadenas de oración, tantas personas rezando…?”, cuando al final lo que se pedía, con tanta urgencia e insistencia, no se consiguió. ¿Hay alguna especie de buzón de reclamación en el cielo?

En mi muy particular experiencia pastoral, esas personas lo que necesitan es comprensión. Alguien que las escuche, las comprenda e intente devolverles la esperanza (sólo Dios puede dar esperanza). A veces la vida es muy dura y la única luz que se ve en el túnel es la de la oración… y a veces esa luz se apaga. Cuando muere el hijo, la madre, la esposa… cuando te quedas sin trabajo y pasan los meses, los años incluso y no hay nuevo trabajo, y no sé cuántas miles de situaciones más difíciles, que nos empujan a orar y de las que salimos desconsolados al no haber sido escuchados.

Benedicto XVI habla de la oración como de un lugar de esperanza:

“Agustín ilustró de forma muy bella la relación íntima entre oración y esperanza en una homilía sobre la Primera Carta de San Juan. Él define la oración como un ejercicio del deseo. El hombre ha sido creado para una gran realidad, para Dios mismo, para ser colmado por Él. Pero su corazón es demasiado pequeño para la gran realidad que se le entrega. Tiene que ser ensanchado. «Dios, retardando [su don], ensancha el deseo; con el deseo, ensancha el alma y, ensanchándola, la hace capaz [de su don]». Agustín se refiere a san Pablo, el cual dice de sí mismo que vive lanzado hacia lo que está por delante (cf. Flp 3,13). Después usa una imagen muy bella para describir este proceso de ensanchamiento y preparación del corazón humano. «Imagínate que Dios quiere llenarte de miel [símbolo de la ternura y la bondad de Dios]; si estás lleno de vinagre, ¿dónde pondrás la miel?» El vaso, es decir el corazón, tiene que ser antes ensanchado y luego purificado: liberado del vinagre y de su sabor. Eso requiere esfuerzo, es doloroso, pero sólo así se logra la capacitación para lo que estamos destinados”.

Spes Salvi, 33.

Muy hermoso texto, pero no nos consuela, cuando nuestra petición sincera, auténtica, de lo más profundo del corazón no ha sido escuchada. A mí me sirve, en esos casos y siempre, pensar en el Padre Nuestro, modelo de la oración cristiana. ¿Qué le decimos ahí a Dios? “Hágase Tu voluntad así en la Tierra como en el Cielo.” ¡Cómo nos gustaría que dijera: “hágase mí voluntad”! Por otra parte, explica un padre de la Iglesia, creo que san Cipriano, que la voluntad de Dios se va a hacer, sí o sí; lo que le pedimos a Dios es que nosotros seamos capaces de ser instrumentos de esa voluntad. En realidad, lo que le pedimos a Dios es que seamos capaces de hacer Su voluntad en nuestra vida. Y esa voluntad a veces consiste en la Cruz.

¿Nos olvida o ignora Dios cuando no escucha nuestras oraciones? Error. Siempre las escucha, no siempre hace lo que le pedimos. Pero no nos olvida, en realidad nos trata como a su Hijo, es decir, como a cristianos mayores de edad, los que han pasado por el crisol de la Cruz. “El cristiano madura y se hace fuerte junto a la Cruz de Jesús” diría san Josemaría. “Padre, si es posible que pase de Mí este cáliz, pero no se haga Mi voluntad sino la Tuya.” Podríamos decir que la agonía de Jesús en Getsemaní fue la primera oración no cumplida. En realidad, fue todo lo contrario, Jesús que comenzó postrado su oración: “mi alma está triste hasta la muerte”, se hizo capaz de hacer la voluntad de Dios, y la termina diciendo: “Levantaos, ¡vamos!, ya llega el que me va a entregar”, sale decidido a realizar la voluntad de su Padre. Ése es el verdadero fin de la oración; por eso, cuando estamos desolados, no es el momento de dejar de rezar, al contrario, es la ocasión de incrementar nuestra oración, para que también nosotros seamos capaces de hacer en nuestra vida la voluntad de Dios.

Una última observación sobre el misterio de la oración, especialmente de la que “no ha alcanzado su propósito.” Pienso que es un paso de madurez cristiana en nuestro proceso de identificación con Jesús. Y Jesús en la Cruz experimentó lo que muchas de esas personas sienten: “¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?” Sabemos que el Padre no abandonó a Jesús, pero Jesús así lo sintió. Así lo sienten también quienes “no han visto cumplidos sus deseos con la oración”; pero el Padre no está lejos y los trata como a Jesús. Es un paso doloroso, pero importante para identificarnos con Cristo en nuestro interior. Por eso, más que una tragedia, cara a nuestra vida eterna, que es lo que más importa, en realidad es un triunfo sobrenatural, como el de Cristo en la Cruz.

La grandeza del sacerdocio

10 años de Francisco

Por Salvador Fabre

Entérate de SPES en Telegram:
https://t.me/spesetcivitas

El pasado 28 de febrero se cumplieron 10 años de la histórica renuncia de Benedicto XVI. Valiente y oportuna decisión, que seguramente le hará merecedor de algún título especial, al “Papa Teólogo”. Por otra parte, este 13 de marzo se cumplen 10 años desde que Francisco fue elegido Pontífice o, como a él le gusta más decir, Obispo de Roma.

Así como a 10 años de distancia, se puede calificar la renuncia de Benedicto como una realidad benéfica para la Iglesia, es difícil emitir un juicio sobre el pontificado de Francisco, pues no tenemos la necesaria perspectiva histórica, pues al momento de redactar estas líneas, sigue siendo Papa. Sin embargo, diez años sí son suficientes para señalar muchas cosas que han cambiado en la Iglesia bajo su mandato.

Con tres Encíclicas y cinco Exhortaciones Apostólicas, su magisterio es muy rico, pero se puede afirmar que el documento programático de su pontificado, el que ha marcado la pauta de su ministerio petrino, es la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium. Ahí se nos da a conocer como persona y, en definitiva, como un pastor cercano a su pueblo. De todas formas, si el papado de Benedicto XVI estuvo marcado por los textos, siendo quizá la Encíclica Spe Salvi el más logrado de todos, el de Francisco, en cambio, ha estado marcado por los gestos. Esos gestos translucen una autenticidad insoslayable y una profunda espiritualidad.

Son muy numerosos los gestos de Francisco, que van desde las llamadas por teléfono para mostrar cercanía a alguien que sufre, como a la mamá de Gustavo Cerati, o para decirle a una pareja gay que no hay ningún inconveniente en bautizar a sus hijos, reunirse con un grupo de mujeres divorciadas, para decirles que hay lugar para ellas en la Iglesia, o postrarse y besar los pies de líderes africanos, para pedir humildemente el cese a la violencia en sus regiones.

Su pontificado también se ha caracterizado –en sintonía con sus dos predecesores- por una fuerte dosis de diálogo interreligioso. Es icónica su fotografía, en frente del Muro de las Lamentaciones, abrazando a un imán musulmán y a un rabino judío. También lo es su empeño en mantener abierto y vivo el diálogo ecuménico, señalando que “la sangre está mezclada”; es decir, reconociendo que el primer ecumenismo es el de los mártires, cuya sangre derramada por fidelidad a Jesucristo está mezclada, sin importar de qué denominación cristiana sean cada uno de ellos.

Papa Francisco en San Pedro, 6 de junio 2014. Foto: Alfredo Borba.

Ha tenido que cargar bajo su mandado, con el pesado lastre que le dejaron sus dos predecesores: graves problemas de pedofilia clerical y escándalos financieros, que manchan incluso a altos miembros de la curia romana. Al igual que su predecesor, ha puesto todos los medios a su alcance para superar estas dos enfermedades de la Iglesia. Sin que pueda afirmarse que ya está todo esclarecido y resuelto, sí se puede afirmar que en los dos últimos pontificados se han dado grandes pasos en esa dirección. En medio de la refriega, ha tenido que juzgar a un cardenal por motivos económicos (Becciu) y aceptar que otro fuera llevado a prisión injustamente (Pell). En medio del escándalo que esto causa, el Papa ha dado la cara con dignidad.

Por lo demás, es proverbial su pobreza personal y el fomento de la austeridad en el seno de la Iglesia. Sin duda alguna su preocupación por los pobres, por las víctimas de la cultura del descarte, su deseo de vincular a todos los creyentes con estas causas humanitarias, su contemplación del misterio de Cristo sufriente en todo ser humano que padece, todo ello, en suma, ha florecido en una renovación espiritual en el seno de la Iglesia, cuajada de obras concretas.

Queda mucho por decir de su pontificado, por ejemplo, es el primer Papa en publicar una Encíclica sobre Ecología (Laudato Si´), o el que más ha luchado por los inmigrantes, hasta el punto de añadir una oración a la Virgen pidiendo por ellos en el rezo del rosario. Un Papa de las periferias, que goza de gran autoridad moral, un Papa, sin duda, enviado por Dios para purificar a su Iglesia y para hacer de ella una “Iglesia en salida”, un Papa para los revueltos tiempos contemporáneos, que busca más lo que une, que lo que nos separa, un Papa puente y no un Papa muro, eso es Francisco.

La grandeza del sacerdocio

Laudatio Papa Benedicto XVI

Crédito imagen: stmartin.ie

Por Pbro. Oswaldo Alejandro Sánchez Soto

Síguenos en nuestro canal de Telegram:
https://t.me/spesetcivitas

«Para esto he nacido y he venido al mundo:
para dar testimonio de la verdad.
El que es de la verdad, escucha mi voz»

Jn 18, 37b.

La presente reflexión es una más de entre muchas que están circulando por los diversos medios de comunicación. Mi intención al escribirla es mostrar mi gratitud y admiración profunda al Papa Benedicto XVI que ha marcado el inicio de mi ministerio sacerdotal y ha cautivado mi corazón de una manera que ni yo mismo lo esperaba. Con profundo respeto manifiesto unas pobres palabras en honor a este gigante de la reflexión teológica de la Iglesia de los siglos XX y XXI, siendo además uno de los grandes intelectos de la historia de la humanidad, el cual, tiene su fuente en su aún más grande vida interior.

En mi punto de vista, se podría identificar el sello distintivo del Papa Benedicto XVI como el Papa de la Verdad. Recuerdo que, cuando yo era seminarista, me llamó la atención una reflexión que hizo –cuando él era todavía el Cardenal Ratzinger– en el Viacrucis del año 2005 en el Coliseo: «¿No deberíamos pensar también en lo que debe sufrir Cristo en su propia Iglesia? En cuántas veces se abusa del sacramento de su presencia, y en el vacío y maldad de corazón donde entra a menudo. ¡Cuántas veces celebramos sólo nosotros sin darnos cuenta de él! ¡Cuántas veces se deforma y se abusa de su Palabra! ¡Qué poca fe hay en muchas teorías, cuántas palabras vacías! ¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a Él! ¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia! Señor, frecuentemente tu Iglesia nos parece una barca a punto de hundirse, que hace aguas por todas partes. Y también en tu campo vemos más cizaña que trigo. Nos abruman su atuendo y su rostro tan sucios. Pero los empañamos nosotros mismos. Nosotros somos quienes te traicionamos, no obstante los gestos ampulosos y las palabras altisonantes. Ten piedad de tu Iglesia… Tú te has reincorporado, has resucitado y puedes levantarnos. Salva y santifica a tu Iglesia. Sálvanos y santifícanos a todos».

Recuerdo que muchos se impresionaron por estas palabras de Joseph Ratzinger, por su sinceridad, por la libertad y autoridad irrefutable con las que las decía, y justo en ese momento muchos llegaron a pensar que era éste, precisamente, quien debía ser el nuevo Papa, ya que había demostrado una visión de la realidad, una libertad para expresarla como nadie en ese entonces.

A mí me impactó todavía más la homilía que pronunció en la Misa pro eligendo Romano Pontifice:
«¡Cuántos vientos de doctrina hemos conocido durante estos últimos decenios!, ¡cuántas corrientes ideológicas!, ¡cuántas modas de pensamiento! […] La pequeña barca del pensamiento de muchos cristianos ha sido zarandeada a menudo por estas olas, llevada de un extremo al otro: del marxismo al liberalismo, hasta el libertinaje; del colectivismo al individualismo radical; del ateísmo a un vago misticismo religioso; del agnosticismo al sincretismo, etc. Cada día nacen nuevas sectas y se realiza lo que dice san Pablo sobre el engaño de los hombres, sobre la astucia que tiende a inducir a error (cf. Ef 4, 14). A quien tiene una fe clara, según el Credo de la Iglesia, a menudo se le aplica la etiqueta de fundamentalista. Mientras que el relativismo, es decir, dejarse “llevar a la deriva por cualquier viento de doctrina”, parece ser la única actitud adecuada en los tiempos actuales. Se va constituyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que deja como última medida sólo el propio yo y sus antojos».


Estas palabras denotaban que la profunda serenidad de sus decisiones, no nacían de sensiblerías, ni de consideraciones o respetos humanos, ni de un impulso visceral, sino que nacían de alguien que buscaba afianzar cada decisión y cada reflexión en la verdad que nos hace libres. El relativismo nacido de hacer de los antojos del yo la medida de la verdad, es lo que ha destruido al hombre de hoy, porque si ya no sabe qué es la verdad, ya no sabe qué es el amor ni tampoco cuál es el camino para la paz y la felicidad real.

Benedicto XVI, enero 2006.
Foto: Sergey Kozhukhov

Mi asombro creció cuando lo eligieron Papa, no porque no me lo esperaba sino por los signos que le acompañaban: el nombre que decidió tomar, las primeras palabras de su pontificado, haciendo una humilde referencia al Pontífice anterior. En efecto, me sorprendió cómo no se dejó amedrentar por las opiniones viscerales de muchas personas cuando lo compararon con Juan Pablo II y las palabras necias que se decían: «este Papa no me gusta, no está guapo, no es carismático, será el gran inquisidor», sin darse cuenta que lo importante del Papa no es su “cara bonita”, sino sus palabras, sus hechos, su misión de presidir en la caridad a todas las Iglesias.

Benedicto XVI no era un hombre ingenuo. Con toda naturalidad reconoció el gran Pontificado de Juan Pablo II, con su carisma, por todo lo que hizo, por ser el Papa que la Iglesia necesitaba en esa época histórica, pero él sabía que su circunstancia histórica y su personalidad eran distintas, justamente las adecuadas para responder a las necesidades de la Iglesia, por eso no se quiso llamar Juan Pablo III sino Benedicto XVI, en honor a san Benito, Patrono de Europa y en honor al Papa Benedicto XV, para manifestar que su misión en la Iglesia era continuar la vuelta al fundamento que da identidad a la Iglesia, la vuelta a las fuentes de la fe, que es también el espíritu del Concilio Vaticano II.

El recuerdo de las sencillas palabras que pronunció en aquél primer día de su Pontificado, sigue vivo en mí: «soy un humilde trabajador, de la Viña del Señor». Parecían unas palabras sosas, pero con el paso de los años han manifestado toda su fuerza, corroborándose en su despedida: la Iglesia no es de nadie, es de Cristo. No somos dueños de la Iglesia, somos trabajadores de la viña del Señor, servidores de nuestros hermanos, «la Iglesia no es una empresa ni una organización política, sino la familia de Cristo», decía en su última audiencia. En efecto, ser Papa y por ende, Obispo, Presbítero, Diácono, Párroco, sacristán, catequista, jefe de algún carisma, no son puestos a los qué aferrarse como si se fuera dueño de ellos, como si fuera un oprobio el hecho de “perderlos”.
No. Todos los ministerios de gobierno en la Iglesia son para el servicio y no es que se tenga derecho a acceder a ellos o conservarlos a como dé lugar, el gobierno está en función del bien común, el bien de las almas, y si no eres idóneo te vuelves inepto por falta de fuerzas; no es un oprobio renunciar, porque la herencia de cualquier cristiano es Jesucristo, y si no te retiras cuando hay que hacerlo, dejarás muchos cadáveres detrás de ti.

Así, cuando oigo que dicen que este Papa renunció porque tenía miedo a los problemas, me da risa. Si algo le caracterizó fue tomar el toro por los cuernos: ¿hay problemas en la Iglesia? No los ocultamos, buscamos soluciones ¿hay abusos, hay delitos? Se pide perdón, se abre un proceso de búsqueda de justicia, transparentemente se busca sanear la situación sin disfrazarla, como si lo más importante fuera “defender” a un sacerdote que no vive dignamente, a como dé lugar, hasta el absurdo y el cinismo, sin importar la denigración a la dignidad de las víctimas.
Toda defensa se hace desde la verdad, buscando el bien de las personas, tanto de las víctimas como del delincuente: que éste asuma las consecuencias de sus actos –aunque sea dolorosísimo como es el caso de perder el estado clerical– para que asumiéndolas, el que ha cometido el delito encuentre el camino más importante: la salvación de su persona, su vida cristiana desde la fe, la esperanza y la caridad, y no conservándolo en el ministerio a costa del bien de las almas.
No se tiene derecho a ser sacerdote, no se tiene derecho a ser Obispo ni Papa. Es Dios quien llama para que demos la vida por las ovejas, pero si respondemos mal a esa llamada cuando no damos la vida y escandalizamos, es mejor quitarse de en medio, porque de lo contrario, el Señor nos pedirá cuentas de los cadáveres que dejemos detrás.

Cardenal Joseph Ratzinger, 2005. Foto: Camillo Piz.

Por eso, la cruz del que gobierna en la Iglesia es justamente gobernar, es decir, amar a las personas en la verdad, pidiendo a Dios el discernimiento para saber a dar a cada persona lo que necesita, sin tener falsos respetos humanos, que nacen de las adulaciones. Cuando oigo a algunos sacerdotes que anhelan ser Obispos, pienso en las palabras del Señor: «No sabéis lo que pedís ¿podréis beber del cáliz que yo voy a beber?». Piensan que ponerse el “gorrito” de Obispo es la cúspide de su “carrera” eclesiástica, y no se dan cuenta que si quieren ser pastores de verdad, la mayoría de las veces estarán solos bajo la cruz, porque las personas son volubles: hoy te adulan, mañana te destrozan, y si gobiernan por querer quedar bien con la gente sólo fracasarán, porque si trataron de darle gusto en todo a las personas, la gente dirá despreciándote: «éste es un tonto, lo tenemos bien controladito», pero si les amas en la verdad estando dispuesto a cargar con sus críticas y hasta su odio, al final, rendirá fruto verdadero, como se ha visto en el gran Papa Benedicto XVI: mientras más “arriba” estés –si gobiernas en el servicio de la caridad en la verdad– más crucificado estarás, más negado a ti mismo estarás, hasta tal grado que tu vida privada no existirá, como bien lo dijo Benedicto XVI el último día de su pontificado.

Justamente, en mi punto de vista, este es el espíritu del Pontificado de Benedicto XVI, expresado en la hermosa encíclica Deus Caritas Est, donde uno de los mensajes más contundentes es que la Caridad (caridad fraterna, conyugal, social, pastoral, en el gobierno de la Iglesia) está fundamentada en la verdad. Muchas veces se ha malentendido la caridad y la misericordia: se piensa que como Dios ama al pecador ama también sus pecados y se usa la caridad y la misericordia para legitimar nuestros pecados, los atropellos y las injusticias. La misericordia consiste en que Dios no juzga al pecador, no se escandaliza de su debilidad y lejos de condenarlo lo espera con los brazos amorosos abiertos, con una condición: que no defienda ni justifique sus pecados, sus malas actitudes, que no llame a su oscuridad luz, que no ostente sus miserias como si fueran algo para presumir, cierto que ha dicho san Pablo que presume de sus debilidades para que resida en él la fuerza de Cristo, pero su sentido es que no tiene empacho en que sus comunidades vean que es un pobrecillo para que vean que no se predica a sí mismo, sino a Cristo, que sólo transmite la fuerza y la sabiduría de Dios.

Jesucristo ama al pecador pero no sus pecados, para eso ha muerto y resucitado, para hacernos libres de ellos, por eso nos los denuncia, nos corrige, nos pide que se los entreguemos, de lo contrario, Cristo no nos amaría, es como si nuestro Señor dijera: «cómo me gusta tu soberbia, cómo me gusta la forma con la que hieres a los demás, me complace verte esclavo de la lujuria, de la avaricia, de la mentira. Qué alegría verte sin discernimiento ni sabiduría». Por eso Jesucristo nos ha dicho que siendo Él la Verdad, conociéndole a Él, seremos libres, de ahí que se entienda ahora sí en qué consiste el corazón misericordioso de Dios: «Venid a mí los que estáis cansados y agobiados por la carga (de los pecados, de vivir sin amor) y yo os aliviaré. Volved a mí para salvaros, entregadme vuestras miserias y yo a cambio os daré mi vida. No te justifiques, vuelve a mí arrepentido, con luto y llanto, yo no te echaré en cara nada, te sanaré y te perdonaré, pero no llames a tu oscuridad luz, porque si a eso que llamas luz es oscuridad, qué oscuridad habrá».

Si se vive la caridad en la verdad, entonces es verdadera caridad, de lo contrario, son sensiblerías que dejan en sus esclavitudes y miserias a las personas, con la diferencia de que las disfrazamos un poquito, con una apariencia de «aquí no pasa nada». Por eso, lejos de ser un inquisidor, el Papa Benedicto XVI ha sido un Papa justo y de grandísima caridad, que ha amado en la verdad a la Iglesia, a la humanidad y a cada una de las personas.

Paulo VI y card. J. Ratzinger.
Fuente: Jornal O Bom Católico.

No puedo dejar de citar al menos otros tres o cuatro hechos. El primero es el de la vigilia de oración y la Eucaristía final de la Jornada Mundial de la Juventud de Colonia, Alemania, en 2005, cuando definía el significado de la adoración: «Yo encuentro una alusión muy bella a este nuevo paso que la última Cena nos indica con la diferente acepción de la palabra “adoración” en griego y en latín. La palabra griega es proskynesis. Significa el gesto de sumisión, el reconocimiento de Dios como nuestra verdadera medida, cuya norma aceptamos seguir. Significa que la libertad no quiere decir gozar de la vida, considerarse absolutamente autónomo, sino orientarse según la medida de la verdad y del bien, para llegar a ser, de esta manera, nosotros mismos, verdaderos y buenos. Este gesto es necesario, aun cuando nuestra ansia de libertad se resiste, en un primer momento, a esta perspectiva. Hacerla completamente nuestra sólo será posible en el segundo paso que nos presenta la última Cena. La palabra latina para adoración es ad-oratio, contacto boca a boca, beso, abrazo y, por tanto, en resumen, amor. La sumisión se hace unión, porque aquel al cual nos sometemos es Amor. Así la sumisión adquiere sentido, porque no nos impone cosas extrañas, sino que nos libera desde lo más íntimo de nuestro ser».

Al escucharlas pensé: «este Papa es un poeta, es un esteta de la teología, pero a la vez es un genio para transmitirla», porque su genialidad consiste en saber expresar los profundos misterios de nuestra fe en un lenguaje claro, conciso y preciso, pero sin traicionar su contenido. Pienso que aquella noche cautivó el corazón de los jóvenes –entre los cuales estaba yo– precisamente por su franqueza, sencillez y sus palabras. Recuerdo que posteriormente la gente iba a las audiencias de los miércoles con papel y lápiz para apuntar lo que decía, iban a escucharle; verdaderamente este Papa lograba comunicar el mensaje de Cristo.

El segundo y el tercero son del año sacerdotal y que coincidieron con el inicio de mi ministerio: cuando fue a Fátima, recién destapado el problema de los sacerdotes pederastas, recuerdo que muchos pensaban que ante el escándalo, la gente no acudiría a la llamada del Papa. Todo lo contrario, la plaza del Santuario estaba abarrotada, ya que el Papa sin empacho dijo que el verdadero enemigo de la Iglesia no está afuera sino adentro, desarmando totalmente a aquellos que pretendían herirla con chantajes, para que no se supieran más las cosas, lo cual, no funcionaría con Benedicto XVI, es como si hubiera dicho: «pueden decir lo que quieran, es verdad que hay pecados. Los reconocemos, pedimos perdón, buscamos soluciones, no tenemos miedo a la verdad, no tenemos por qué ocultar nada. Si lo reconocemos ¿con qué otra cosa piensan destruir a la Iglesia de Cristo?». Esta actitud fue secundada por la gente. Recuerdo que mientras estuve dando la comunión en esa Eucaristía, la gente constantemente me decía: «Padre, queremos sacerdotes santos, ánimo, sea santo». Lo cual, me llegó hasta los huesos.

El otro hecho es la clausura del año sacerdotal, donde otra vez el Papa, dijo unas conmovedoras palabras por su sinceridad y serenidad:
“El sacerdote no es simplemente alguien que detenta un oficio, como aquellos que toda sociedad necesita para que puedan cumplirse en ella ciertas funciones. Por el contrario, el sacerdote hace lo que ningún ser humano puede hacer por sí mismo: pronunciar en nombre de Cristo la palabra de absolución de nuestros pecados, cambiando así, a partir de Dios, la situación de nuestra vida. Pronuncia sobre las ofrendas del pan y el vino las palabras de acción de gracias de Cristo, que son palabras de transustanciación, palabras que lo hacen presente a Él mismo, el Resucitado, su Cuerpo y su Sangre, transformando así los elementos del mundo; son palabras que abren el mundo a Dios y lo unen a Él. Por tanto, el sacerdocio no es un simple «oficio», sino un sacramento: Dios se vale de un hombre con sus limitaciones para estar, a través de él, presente entre los hombres y actuar en su favor. Esta audacia de Dios, que se abandona en las manos de seres humanos; que, aun conociendo nuestras debilidades, considera a los hombres capaces de actuar y presentarse en su lugar, esta audacia de Dios es realmente la mayor grandeza que se oculta en la palabra «sacerdocio».”

Marc Girard, Card. J. Ratzinger y Papa Juan Pablo II.
Foto: Marc Girard.

Era de esperar que al «enemigo» no le gustara que el sacerdocio brillara de nuevo; él hubiera preferido verlo desaparecer, para que al fin Dios fuera arrojado del mundo. Y así ha ocurrido que, precisamente en este año de alegría por el sacramento del sacerdocio, han salido a la luz los pecados de los sacerdotes, sobre todo el abuso a los pequeños, en el cual el sacerdocio, que lleva a cabo la solicitud de Dios por el bien del hombre, se convierte en lo contrario. También nosotros pedimos perdón insistentemente a Dios y a las personas afectadas, mientras prometemos que queremos hacer todo lo posible para que semejante abuso no vuelva a suceder jamás; que en la admisión al ministerio sacerdotal y en la formación que prepara al mismo haremos todo lo posible para examinar la autenticidad de la vocación; y que queremos acompañar aún más a los sacerdotes en su camino, para que el Señor los proteja y los custodie en las situaciones dolorosas y en los peligros de la vida.
Si el Año Sacerdotal hubiera sido una glorificación de nuestros logros humanos personales, habría sido destruido por estos hechos. Pero, para nosotros, se trataba precisamente de lo contrario, de sentirnos agradecidos por el don de Dios, un don que se lleva en «vasijas de barro», y que una y otra vez, a través de toda la debilidad humana, hace visible su amor en el mundo. Así, consideramos lo ocurrido como una tarea de purificación, un quehacer que nos acompaña hacia el futuro y que nos hace reconocer y amar más aún el gran don de Dios.

El último acontecimiento fue la Jornada Mundial del Juventud de Madrid 2011. Recuerdo el amor, la cercanía, la firmeza, la sinceridad y la valentía con que se dirigió a los jóvenes, a pesar del tiempo inclemente de aquella noche de la vigilia del sábado: un anciano enfermo, con la fortaleza de Cristo apacentando a los jóvenes que deseaban verle y estar con él. Una palabra sencilla y sincera a la vez fue, en mi punto de vista la que sería más eficaz en este tipo de jornadas: «queridos jóvenes, volved a vuestras parroquias». En efecto, si no se da una continuidad a estos encuentros tan intensos, terminan perdiéndose sus frutos. Sé que muchos jóvenes le hicieron caso porque hasta hoy he visto que muchos de ellos son constantes en su vida parroquial.

¡Oh querido Benedicto XVI! Tan incomprendido, tan odiado y ahora tan amado. Muchos dicen que renunciaste porque tuviste miedo a la cruz. No, tú no tuviste miedo, porque la profunda serenidad de tu renuncia nació de tu profunda libertad interior que se afianza en la verdad. A la Iglesia y a los problemas que hoy tiene, hay que responderle con eficacia. No se trata de ser un héroe y ser reconocido como tal, eso es basura, sino en amar a la Iglesia y tú la amas profundamente y porque la amas, te hiciste a un lado humildemente, para que otro enfrente lo que tú has visto que ya no podías responder como la Iglesia lo necesita. Fuiste Papa emérito, te retiraste no para vivir para ti mismo, yendo a conferencias y apareciendo en público, sino que en lo callado y en el silencio, seguiste siendo un fortísimo soldado de Dios sosteniendo a la Iglesia con tu oración, inmolándote por amor a la Iglesia en lo oculto de la reflexión, apagándote poco a poco como una velita y cumpliendo lo que dijo San Juan Bautista: «es necesario que Él crezca y que yo disminuya (Juan 3,30)».

Ahora comprendo más que nunca que la humildad es andar en verdad ¡Cuánto me has enseñado! ¡Cuánto nos has amado! ¡Cuánto tenemos todavía qué aprender de ti: los que gobiernan y todo aquel que busque edificar su vida sobre el cimiento de la verdad! ¡Que ahora ya goces del esplendor de la verdad y de la plenitud de la caridad en la Casa del Padre, contemplando su Rostro! ¡Gracias infinitas Papa Benedicto XVI…Gracias Joseph Ratzinger!

MDNMDN