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La libertad está en el interior

La libertad está en el interior

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Salvo por la pena de muerte que, desgraciadamente, todavía existe en algunos órdenes jurídicos, la cárcel es la pena física máxima que se puede imponer a una persona, por lo menos en los regímenes civilizados.

En la historia de la literatura se cuentan numerosos casos de escritores y poetas que han pasado –justa o injustamente– un tiempo en prisión, y que desde su experiencia de reclusión han producido bellísimos ejemplos del poder liberador de las letras.

Todos sabemos que el Quijote nació en la Cárcel Real de Sevilla, mientras Cervantes (que ya había sido prisionero 5 años en Argel) enfrentaba un proceso por malversación de fondos públicos como resultado de su trabajo como recaudador de impuestos, pero su caso, si bien célebre, no es inusual.

El gran poeta y místico español, San Juan de la Cruz, pasó 8 meses en reclusión dentro de la cárcel conventual de los carmelitas de Toledo, debido a los conflictos derivados de la pugna entre calzados y descalzos; y durante esos meses de injusta cárcel comienza la composición de una de sus obras más apreciadas, el Cántico espiritual, en el que se refleja la desolación de un alma –la esposa– que se ve abandonada de su amado, que es como San Juan de la Cruz se refiere a Dios:

¿Adónde te escondiste,
amado, y me dejaste con gemido?
Como el ciervo huiste,
habiéndome herido;
salí tras ti, clamando, y eras ido.

Pastores, los que fuerdes
allá, por las majadas, al otero,
si por ventura vierdes
aquél que yo más quiero,
decidle que adolezco, peno y muero…

Cántico espiritual
San Juan de la Cruz.
Óleo Vicente Berdusán, 1676.

Por su parte, el poeta maldito Paul Verlaine tuvo que pasar dos años en la cárcel de Mons, en Bélgica, por haberle disparado a su joven amante, el también poeta, Arthur Rimbaud, en un ataque de celos y delirio alcohólico.

Durante su periodo de reclusión, Verlaine escribió Romanzas sin palabras, basado en su tormentosa relación con Rimbaud, así como un libro de poemas llamado Carcelariamente, que nunca se publicó.

Llora en mi corazón
como llueve en la ciudad.
¿Qué es esta desazón
que hiere mi corazón?
¡Dulce rumor de la lluvia
por tierra y en los tejados!
¡Para un alma con abulia,
oh el canto de la lluvia!
Porque llueve sin razón
en esta alma que se asquea.
¡Cómo! ¿ninguna traición?
Este duelo es sin razón.
Es, claro, la pena peor,
la de no saber por qué,
sin encono y sin amor,
siente mi alma tal dolor.

Romanzas sin palabras – Llueve suavemente sobre la ciudad
Paul Verlaine. Foto: M. Dornac, museo Carnavalet.

Oscar Wilde pasó también dos años en la cárcel, acusado de sodomía y de grave inmoralidad, debido a su relación con Lord Alfred Douglas, hijo del marqués de Queensberry. Para el carácter sensible y delicado de Wilde, la cárcel de Reading fue un tormento, y durante el tiempo que permaneció ahí escribió su libro-epístola, De Profundis, dirigido a su antiguo amante, en la que alcanza verdaderas cimas estéticas en medio del dolor. Pero también es producto de su experiencia en la cárcel, la Balada de la cárcel de Reading, un poema escrito después de su liberación, pero en el que refleja sus impresiones a partir del ahorcamiento de un excompañero de prisión, Charles Wooldridge, que había sido miembros de la Guardia Real y que fue condenado a muerte por haber asesinado a su propia esposa.

No tenía ya chaqueta roja
como es el vino y es la sangre;
y sangre y vino eran sus manos
cuando le hallaron el cadáver
de la pobre mujer que amaba,
y a la que dio muerte el infame.

Andaba él entre los presos
con traje gris y con gorrilla:
Parecía feliz su paso.
Mas nunca antes ví en la vida
un hombre tal que, intensamente,
mirara así la luz del día…

Balada de la cárcel de Reading
Oscar Wilde, 1882.
Foto: Napoleon Sarony.

Pero quizá uno de los mayores ejemplos de poeta encarcelado que encontró en las letras una forma de liberarse, hasta trascender su propia realidad de encierro, es Miguel Hernández, poeta de la Generación del 36, que durante el tiempo que pasó en la cárcel de Torrijos, como resultado de su filiación política republicana, después de la guerra civil española, recibió una carta de su mujer, en la que le contaba que sólo tenía pan y cebollas para comer. El poeta escribe a partir de esa carta sus maravillosas Nanas de la cebolla, en las que si bien se refleja el dolor y la impotencia que siente por estar separado de su familia, también dirige su pensamiento hasta su hijo recién nacido, que se alimenta sólo de la leche de su madre, y le recomienda la risa, la alegría y la esperanza, como un signo del futuro y de la vida que no se apaga.

Alondra de mi casa,
ríete mucho.
Es tu risa en los ojos
la luz del mundo.
Ríete tanto
que en el alma al oírte,
bata el espacio.

Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.

Es tu risa la espada
más victoriosa.
Vencedor de las flores
y las alondras.
Rival del sol.
Porvenir de mis huesos
y de mi amor.

Nanas de la cebolla

Como si ser privado de la libertad no fuera suficiente castigo, las personas que pasan por la experiencia de la cárcel muchas veces afrontan, además, maltratos, injusticias y humillaciones. Quizá por eso, la cárcel también es un espacio en el que algunas personas, sobre todo las que están dotadas de un especial talento o sensibilidad, buscan formas de expresión que los libere internamente.

Las nanas de la cebolla de Miguel Hernández. Música Joan Manuel Serrat.
La libertad está en el interior

Cómo servir cuando uno no sirve

Gracias Ceci y Javier

El preso me pidió un abrazo. Un simple abrazo; hay gente que se cuelga un anuncio, que dice “se regalan abrazos”, mientras recorre la ciudad. A fin de cuentas los abrazos son gratuitos. Me aturdí y no supe reaccionar; era la primera vez que me encontraba en una cárcel y todo era nuevo. No respondí y por lo mismo él creyó que no lo había escuchado.

El hombre se acercó más, de modo que fuera claro que me hablaba a mí; sabía que me miraba porque no había nadie más alrededor y me pidió una segunda e incluso por tercera vez un abrazo, con voz clara y fuerte, para evitar el posible equívoco de la primera petición. Ignoré las peticiones. Fue un acto reflejo, incomprensible y del que tras una reflexión me arrepiento. No fue intencionado, pero fue real y eso me turba. En mi defensa quiero decir que tenía miedo. 

Foto: Sides Imagery

Encerrada en la intimidación que el lugar me provocaba, mi presencia se resumía en una caridad desgarrada: quería ayudar, no ser una espectadora de los acontecimientos; pero mi voluntad se negaba a obedecer lo que mi razón y caridad deseaban. 

Mis movimientos eran torpes y dudaba entre estar de pie o sentada, porque no sabía de qué modo estorbaba menos. No es que estuviera de sobra, porque un par de manos siempre son bien recibidas; yo misma me excluía, muda y con una sonrisa que se parecía más a un tic nervioso. Luchaba por reaccionar, pero lo cierto es que ignoré al preso que me hablaba y a todos en general. 

No miraba a cada uno en sus diferencias individuales, sino que los convertí en una parlante masa beige que me rodeaba agravando mi sensación de desconcierto.

No sabía qué hacía ahí, me habían invitado y acepté inmediatamente, por impulso, sin reflexionar ni a dónde iba y mucho menos por qué. Ahí estaba, en el Reclusorio Sur de la Ciudad de México.

Reclusorio Oriente, Ciudad de México

Los misioneros se sabían los nombres de casi todos. Algunos de los presos que habitualmente tomaban la clase de Biblia no se encontraban presentes, la necesidad obliga a la gente a comerciar: los internos intercambiaron por cigarros, dinero o cualquier cosa que cubra una necesidad básica algunos de los boletos para la posada que recibieron gratuitamente de los misioneros; sólo en la escasez se considera un lujo cubrir necesidades básicas.  

Dos guardias nos acompañaban y cerraron las puertas de la capilla; afuera algunos presos se asomaban y aunque fuera un bello deseo compartir con todos, los recursos sólo alcanzaban para festejar una posada con los 150 hombres inscritos. 

Cristo lo advirtió: a los pobres siempre los tendremos entre nosotros. El dolor del mundo es grande y la ayuda nunca es suficiente.

Hay una gran diferencia entre la filantropía y la caridad. Ambas miran la miseria humana y desean actuar, pero el fundamento de la acción en cada una es diferente. En la filantropía se da lo que te sobra. En la caridad se da lo que tienes y también lo que te falta. No dedico todo mi tiempo a obras de caridad de este tipo; y aunque lo hiciera, tampoco sería suficiente para saciar tanta necesidad. Por otro lado mi teórico conocimiento del Evangelio no suple mi módica caridad. No es mi actitud, sino mi carencia. Podría estar sonriendo todo el tiempo e involucrada en mil proyectos sociales, pero si no tengo amor, nada soy. 

Para el servicio, la filantropía es un primer paso, aunque insuficiente. A los hombres y las situaciones se les ama hasta cierto límite; quizá sería más adecuado establecer la base de la filantropía en la compasión, pero la compasión no es todavía amor. La misericordia, la más sublime de las virtudes, me ayuda a complementar mi falta de amor. Y a la misericordia recurro para alcanzar el amor. 

¿Por qué alguien por propia voluntad se metería en situaciones peligrosas o repulsivas? ¿Cómo se quita el asco a los malos olores, al tacto desagradable, a lo más animal y más humano? ¿Por qué alguien iría gratuitamente y sin obligación todos los viernes a una cárcel? ¿Por qué ellos pueden abrazar a un preso y acoger a cualquier desconocido y a mí me cuesta hacerlo? ¿Cómo doy el salto de la teoría a la práctica?

Mi respuesta a mis propias preguntas es que a servir se aprende sirviendo, como a amar se aprende amando. Un manual para servir o amar puede ser de gran utilidad para un ensayo académico, pero para servir y para amar hay que ensuciarse las manos. El servicio está fundamentado en el amor y todo el que ama, sirve al amado. Mi servicio fue incompleto porque no sé cómo lidiar con la repulsión, el miedo y la dureza de corazón. Porque no pude traspasar la barrera entre el yo y el otro, para mirar verdaderamente a ese otro, que sufre, y busca mi mirada.

Mientras acompañaba en la distancia a los presos y repartía empanadas a diestra y siniestra, con la vista en el suelo y la boca cerrada, evitando mirar a quien recibía el plato; mis compañeros intercambiaban frases con ellos, los miraban directamente e incluso los abrazaban. Los presos no tenían que pedir un abrazo, porque los misioneros, como clarividentes se acercaban primero y dejando de lado el miedo, el mal olor y la duda de la intención, abrazaban a los presos. Con vergüenza me reprochaba mis recelos, mis sospechas y mis miedos. Hasta que no me olvidara un poco de mí no podría mirar el rostro de los presos. 

Porque estuve en la cárcel y me visitaste
Mt. 25, 35 – 46

Los misioneros, no lo hacían por Cristo porque eso implica, en cierto modo, olvidarse del otro. Si se abraza a alguien por Cristo parecería que es un padecimiento, algo que humanamente te fuerzas a hacer con miras a la divinidad, casi por compromiso con lo sagrado. Una especie de sacrificio y ayuno. Creo sinceramente que los abrazaban en Cristo, en unión del yo con el otro, siempre con Cristo en medio. Les servían en Cristo porque del amor a Dios se desprende el amor al prójimo. 

Comprendí que la base del servicio no es la filantropía o la compasión: ¡Es la caridad! De poco sirvió mi presencia en la cárcel si poco amé. En la comodidad del escritorio puedo teorizar sobre la igualdad y las virtudes; sin embargo, allí, entre ellos, sentí que mi piel no era igual a la de ellos. Y debo reconocerlo, puesto que la tiranía de la jerarquía corporal, eliminaba las semejanzas cuando, en realidad todos avanzamos, día a día, hacia la descomposición. Todos compartimos la igualdad de la muerte.

Los misioneros salieron emocionados, con la alegría de quien sabe que ha hecho algo bueno, pero sin el engreimiento de la deducción de impuestos que existe como trasfondo de las actividades de caridad que se oculta bajo el falso nombre de “caridad pública”. Si bien es pública y gratuita, no es verdadera caridad si falta la entrega. El indudable e indiscutible servicio, no espera retribución. No tiene finalidad. No juega a salvar. No tiene idea del futuro. Lo importante es lo que se hace en ese momento; presente perpetuo y sin garantía de solucionar la totalidad del sufrimiento que no depende de los dulces sentimientos.

Yo, por el contrario, salí triste y cansada. Mis vicios intelectuales y sentimentalismo reprimido me hicieron notar las diferencias del servicio sin reservas. Tuve la extraña sensación de que todos habían ido a un lugar diametralmente opuesto al que yo había ido. Todos comentaban con gusto y entusiasmo momentos del encuentro con los presos, de los que yo no fui consciente. Algo en mi interior se complacía con ellos. 

No puedo decir que mi servicio fuera una expiación de conciencia anual. Mis actos caritativos esporádicos no son buen paliativo. Doy y deseo amar profundamente, pero no amo lo suficiente. Por eso lo que doy es limitado. Por mi racionalismo y pragmatismo, mi corazón no es uno con el corazón del otro; sin embargo es la razón ayudada por mi fe la que me lleva al servicio que, para mi desdicha es: prueba y error, intento constante, ejercicio espiritual, ascesis del asco, servir para servir, servir para amar y amar para servir. 

Incluso en el momento de escribirlo, me detengo ante la palabra amar. ¿Qué te hace amar a un preso y abrazarlo? Es el binomio amar y servir porque servir es amar. No es una cuestión de lenguaje, racional, filosófico o de juicio final. El binomio está de un lado al que busco cómo dar el salto; el salto definitivo para el testimonio del amor real. 

Foto: AF

Ellos vieron a un Cristo preso que al mismo tiempo iba delante de ellos. En Él se olvidaron de ellos mismos porque mucho amaron. Ahí radica, sin duda, la diferencia entre la filantropía y la caridad: el nivel de amor sin límites. 

Muchos creen que el servicio es patrimonio de los religiosos, pero son tan pocos y necesitan tantas manos que los laicos hemos decidido participar de su locura y escándalo. 

¿Y si creyéramos que no servimos para servir? En ese caso ¿cómo se sirve cuando uno no sirve? … Con las manos.

MDNMDN