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Alemania en la ola de insolvencia

Alemania en la ola de insolvencia

Punto de vista de un ciudadano alemán. (S. K.)

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Idioma original: 🇩🇪

Actualmente todas las empresas de Alemania están luchando contra el fuerte aumento de los precios de la energía. El precio del gas se ha multiplicado más de diez veces en comparación con el año pasado. Causando que muchos tengan que declararse insolventes y cerrar o trasladar sus operaciones al extranjero.

Panaderos, carniceros, cerveceros, la industria metalúrgica… la lista de empresas quebradas es larga y probablemente no llegará a su fin mientras los políticos no cedan. Véase el resumen con las empresas en bancarrota de Egon Kreutzer.

Empresas fundadas antes del cambio de siglo, como el fabricante de caramelos Bodeta o la carnicería Krön de Núremberg, sobrevivieron a la inflación galopante del final de la República de Weimar y a dos guerras mundiales, pero las sanciones y la política energética del actual gobierno alemán les están rompiendo las espaldas.

Lo que está ocurriendo, ahora mismo, es una desindustrialización de proporciones inimaginables. Si esto continúa así, dentro de un año no habrá industria manufacturera en Alemania.

Literalmente me siento impotente con esta situación. Al menos me queda el consuelo de no haber votado a los responsables de este gobierno, a ninguno de ellos. Pero eso no cambia la situación en la que nos encontramos.

Ayer me enteré que mi panadería favorita, en la que compraba panecillos desde niño, tuvo que cerrar porque no podía pagar el precio del gas. Tras la noticia y el panorama me surgió la pregunta ¿acaso debería en algún momento emigrar?

Francamente no creo que la situación se vaya a mejorar o normalizar. Me parecen demasiado testarudos los políticos que se aferran a su ideología contra viento y marea y que no toman en cuenta las necesidades del pueblo. La situación requeriría de un replanteamiento de nuestra política energética, de cómo comerciamos con la energía, un cuestionamiento de los intercambios energéticos, etc. En uno de los pocos momentos de iluminación de Horst Seehofer, afirmo: “Los que deciden no son elegidos y los que son elegidos no tienen nada que decidir”.

En la democracia representativa que impera, el ciudadano –llamado ciudadano porque tiene que ser garante de todo y de todos– puede votar cada 4 años, pero las decisiones no pueden ser sometidas a votación. El pueblo y el individuo no pueden ejercer realmente ninguna influencia, porque en realidad no tenemos elementos de una democracia directa, como sí ocurre en Suiza. De vez en cuando hay manifestaciones, algunas más concurridas que otras, pero no cambian nada, o al menos yo, personalmente, no noto cambio alguno. Quizá haya un error en mi sentir, pero mis amigos y conocidos sienten lo mismo, y en ese caso entonces ellos, y muchos otros, también estaríamos en el error.

Las condiciones y posibilidades para una vida buena

Las condiciones y posibilidades para una vida buena

Por Lorena Armendáriz

La noción de vida buena -en griego eudaimonia para Aristóteles- puede ayudar a responder las interrogantes: ¿qué aspectos de la vida buena están en poder de los sujetos? y ¿cuáles dependen en mayor medida del capital económico, del capital cultural y del capital social que posea? 

Desigualdad social: un camino tortuoso para la vida buena 

La desigualdad –siguiendo el concepto económico, se refiere a la distribución de los ingresos de un país- es uno de los rasgos definitorios del orden global. Tres cuartas partes de la población del planeta vive en sociedades donde la disparidad en la distribución del ingreso es mayor a la que existía hace dos décadas y es probable que la actual pandemia incremente la desigualdad en todo el mundo según estimaciones realizadas en 2021 por distintos organismos internacionales como el Banco Mundial (BM), el Fondo Monetario Internacional (FMI) y la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). 

Es pertinente mencionar que la desigualdad social no es resultado de un esfuerzo individual diferenciado, sino de modelos socioeconómicos que producen y reproducen esta condición, configurando canales sociales separados que limitan o potencian las opciones individuales (elecciones de vida) y colectivas en función del volumen, distribución y trayectoria de distintos tipos de capitales. Datos de la OCDE ubican a México entre las naciones con mayor desigualdad de los países miembros de este organismo (2017). 

Stencyl niño.
Foto: A. Fajardo

El asunto con la desigualdad social es que se produce y reproduce no sólo por factores económicos, políticos y sociales, sino también por la distribución desigual de recursos culturales y simbólicos que posibilitan el acceso a los bienes culturales que determinada sociedad promueve, limitando las facultades de transformar la estructura social desigual en aquellos que les afecta (Romeu, 2018). 

Lo antes expuesto permite sugerir que la desigualdad social representa un obstáculo para la vida buena, es decir, para la plenitud de la vida humana, en el sentido que ésta tiene que ver con la libertad. Toda persona debe ser libre y capaz de ejercer las acciones que desee y optar por las vías capaces de conducirle a la vida buena, a la vida agradable y digna de ser vivida. 

El proceso de diferenciación de un determinado universo social 

De acuerdo con Bourdieu, el mundo social, como espacio multidimensional, está conformado por una estructura dada por la distribución de las propiedades capaces de otorgar fuerza, poder y provecho a sus poseedores. Dichos poderes sociales son: el capital económico en sus diversas especies, el capital cultural en sus distintos tipos, el capital social y el capital simbólico; de modo que, dependiendo del volumen y de la composición del capital que poseen y su trayectoria en el espacio social, a los agentes y grupos de agentes se les asigna una posición, una situación o una clase determinada de posiciones. 

De suerte que las clases construidas pueden ser caracterizadas como conjuntos de agentes por el hecho de ocupar posiciones similares (distribución de poderes) en el espacio social; ello implica también condiciones similares de existencia y factores condicionantes que les dotan de disposiciones similares y les llevan a desarrollar prácticas semejantes. 

En otro sentido y retomando las ideas de Aristóteles, nos guiamos a través de propósitos e intenciones y nos fijamos metas (honor, fama, riqueza o saber). Dichas metas son las que perseguimos en todos y cada uno de nuestros actos para conducir la propia vida, de forma que las actividades determinan la vida, sin embargo, como se ha expuesto antes, existe un proceso de diferenciación y ubicación en el espacio social, a través del cual se determina el funcionamiento de la realidad social y se deciden las oportunidades de éxito de las prácticas / acciones; y es probable que los agentes o grupos de agentes que tengan realmente la facultad de elección de vida sean aquellos poseedores de mayor volumen de capital económico y social y con trayectoria más prolongada de esos mismos capitales. 

Aristóteles

Condiciones y posibilidad de una vida buena mediada por el capital económico, simbólico, social y cultural

Desde la perspectiva de Bourdieu, el capital es trabajo acumulado en forma de materia o como configuración interiorizada (“incorporada”) y requiere tiempo. 

El capital es una fuerza inscrita en la objetividad de las cosas, y la estructura de distribución de los diferentes tipos y subtipos de capital en un momento determinado del tiempo corresponde a la estructura inmanente del mundo social, es decir, a la totalidad de fuerzas que le son inherentes. 

Fundamentalmente, se reconocen tres maneras en que se presenta el capital: capital económico, capital cultural y capital social. 

El capital económico es inmediatamente convertible en dinero y resulta especialmente indicado para la institucionalización en forma de derechos de propiedad. 

El capital cultural puede existir en tres estados: en estado interiorizado (forma de disposiciones duraderas del organismo); en estado objetivado (en forma de bienes culturales); y en estado institucionalizado (capital cultural trasmitido en el seno de la familia y la titulación académica). 

Pierre Bourdieu

Por su parte, el capital social es constituido por la totalidad de los recursos potenciales o actuales asociados a una red duradera de relaciones más o menos institucionalizadas de conocimiento y reconocimiento mutuo (pertenencia a un grupo), el capital total que posee cada miembro del grupo les sirve a todos.


En este punto, se alcanza a vislumbrar que la condición y posibilidad de una vida buena radica principalmente en el capital cultural incorporado, pues la acumulación de la cultura en estado incorporado presupone un proceso de interiorización, es decir, quién se esfuerza por adquirir la cultura trabaja sobre sí mismo. De este modo, el capital cultural es una posesión que se convierte en parte integrante de la persona (en habitus), pero también el capital cultural se trasmite por vía de la herencia social y logra combinar el prestigio de la propiedad innata (familia) con los méritos de la adquisición. Lo anterior establece cierta resonancia con las propuestas de Aristóteles en torno a las virtudes y concretamente con aquellas que perfeccionan el intelecto. 

Unabhängigkeit. “Independencia” escrito con monedas. Exhibición “Geld” en Berlin. Foto: A. Fajardo
Bola de nieve Bernie Madoff

Bola de nieve Bernie Madoff

La gran recesión

En septiembre del 2008 se vivieron los días más álgidos de la crisis financiera que paralizó durante algunas semanas al sistema financiero mundial[1].

En esos días inició la llamada Gran Recesión, que afectó lo mismo al mercado laboral de la Unión Europea (con casos muy dramáticos como el de Grecia y España) que al sector productivo Chino.

La Gran Recesión fue ocasionada en parte por la temeridad y la ambición desmedida de muchos financieros en incontables instituciones bancarias e hipotecarias que otorgaron créditos hipotecarios a personas incapaces de pagar hipotecas. Tras colocar las hipotecas agruparon los títulos de deuda en paquetes de deuda que vendieron a inversionistas de todo el mundo.

Los paquetes de deuda eran valuados con las calificaciones más altas que otorgan las agencias calificadores de bonos de deuda. Y, por lo tanto, se consideraba que tales paquetes serían pagados en su totalidad.

Por último los mismo bancos que habían vendido los paquetes de deuda, inventaron seguros contra el impago de esos paquetes y los vendieron por millones. Algunos bancos vendían a sus clientes paquetes de deuda y al mismo tiempo como bancos compraban seguros contra el impago de los mismos paquetes.

Inversionistas incautos de todo el planeta adquirieron esos paquetes de deuda y también decidieron correr el riesgo de invertir respaldando seguros contra el impago.

Los inversionistas incautos y muchas veces ambiciosos pensaban que era un negocio redondo comprar paquetes muy seguros y aceptar también el riesgo de pagar tales paquetes a quienes compraron seguros contra el impago, a cambio  de recibir la prima que pagaban los asegurados. 

Al menos dos certezas erróneas motivaban la conducta que ahora nos parece estúpida de inversionistas y bancos:

La primera falsa certeza era que los bienes inmobiliarios en Estados Unidos seguirían subiendo de precio.

La segunda, que los millones de deudores en todos los estados de la Unión Americana no podrían caer en impago al mismo tiempo.

Tales certezas equivocadas acrecentaron por millones el número de deudores hipotecarios sin capacidad para pagar sus hipotecas en Estados Unidos, y aumentaron artificialmente el valor de los inmuebles.

Después de varios avisos previos y de la caída y remate a mediados de marzo del 2008 de Bearn Stearns, el quinto banco de inversión más grande de Estados Unidos, a mediados de septiembre el mercado financiero de Estados Unidos colapsó de forma apresurada y sorpresiva para la mayoría de los expertos de todo el mundo.

En una semana Lehman Brothers, el cuarto banco de inversión más grande de Estados Unidos, perdió la mayoría de su capital y perdió también la credibilidad de cara a sus acreedores, sus inversionistas y el resto de las instituciones bancarias. La credibilidad es para un banco incluso más valiosa que el capital.

Un hombre “decente”

Durante los días y meses más duros de la crisis la empresa de manejo de inversiones fundada por Bernard L. Madoff en 1960, Madoff Securities, se mantuvo incólume y siguió ofreciendo a sus afortunados inversionistas rendimientos estables de entre 10  y  13%, situación en extremo rara en un ambiente de pánico e incertidumbre general como el del 2008[2].

A sus 70 años Bernie Madoff ( se pronuncia “meidoff”) era “en el papel” uno de los asesores financieros más astutos y más cotizados en el competido mundo de Wall-Street. Madoff era considerado uno de los “magos” del sistema financiero de Nueva York. Durante décadas Madoff había ofrecido los mismos rendimientos estables contra viento y marea, gracias a una fórmula inimitable e indescifrable para la competencia.

A diferencia de la mayoría de los asesores financieros y de los directores de grupos de inversión Madoff no tenía que preocuparse por conseguir clientes. Sus buenos resultados eran legendarios entre los súper ricos. Su prestigio profesional como una persona íntegra, merecedora de absoluta confianza pero sobre todo enormemente competente para mover el dinero a aquellos productos donde pudiera dar más rendimiento le permitían darse el lujo de rechazar interesados y elegir a capricho a sus inversionistas.

Gracias a su buen nombre Madoff atrajo la atención y el enorme capital (varios miles de millones de dólares) de importantes asesores financieros en Francia, Austria y otros países de Europa que colocaban el dinero confiado a ellos por sus clientes en cuentas con Bernie Madoff.

La mayoría los inversionistas  de Madoff pedían pocos detalles sobre el manejo de su dinero, pues estaban agradecidos de pertenecer a un grupo tan afortunado y de contar con un asesor financiero fuera de serie como Madoff.

Más allá de su competencia profesional Madoff gozaba de la estima y la confianza de sus familiares, sus empleados y los miembros de la importante comunidad judía de los Estados Unidos. No solo era un hombre multimillonario (¡y en millones de dólares!), era además considerado un padre y esposo ejemplar; un jefe generoso y paternal preocupado genuinamente por sus empleados y dispuesto a apoyarlos en las dificultades económicas; un filántropo benefactor de múltiples fundaciones asistenciales, artísticas y educativas; destacado miembro de la mesa directiva de numerosas empresas y fundaciones e, incluso, consejero eventual de instituciones reguladoras bancarias de los Estados Unidos.

En el papel, Madoff era considerado el puerto seguro para poner el dinero y el futuro financiero de viudas y pensionados; el custodio de capitales heredados y ganados por profesionistas modestos en décadas de esfuerzos; el soporte que permitía a fundaciones y fondos de pensión hacer más por los demás. Pero todo esto era sólo en el papel:

El 11 de diciembre de 2008 Madoff fue arrestado en su lujoso pent-house de Manhattan por agentes del FBI y fue acusado de dirigir durante décadas un esquema de fraude conocido como “esquema Ponzi”.

¿Qué es un esquema Ponzi?

El esquema Ponzi recibe su nombre de un defraudador nacido a finales del siglo XIX en Italia y que emigró a Estados Unidos. Ponzi no fue el inventor del esquema de fraude que lleva su nombre, pero en su momento su fraude fue uno de los más cuantiosos equivalente a $300 millones de dólares del día de hoy. El fraude de Madoff supera por mucho tanto en duración como en cantidad robada al fraude de Ponzi.

Charles Ponzi y Bernie Madoff

A pesar de la supuesta “complejidad” que muchos malos inversionistas atribuyeron al fraude del que fueron objeto por parte de Bernie Madoff y sus secuaces, el esquema Ponzi en realidad tiene una mecánica muy sencilla:

Imaginemos que un “asesor financiero” de apariencia honesta y con buen nombre (como todos los defraudadores) ofrece a sus inversionistas un rendimiento jugoso, claramente superior al que a veces —cuando se tiene buena suerte o se tiene buen oficio— da el mercado en inversiones convencionales como compra de acciones o bonos de deuda. En el caso de Madoff ofrecía un rendimiento de entre 10 y 13% anuales sobre el principal. Sin duda un rendimiento no tan jugoso como el que ofrecía Ponzi en los años 20, ¡50% tras un plazo de 45 días y 100% tras un plazo de 90 días!  Sin embargo, para las condiciones del mercado de los años 80’s, 90’s y sobre todo para los años posteriores a la crisis del “DotCom” (la burbuja de las empresas del internet a finales de los 90’s y principios del 2000) los rendimientos de Madoff eran enormemente atractivos: justo en el límite entre lo creíble y lo inverosímil, donde anidan los fraudes.

Imaginemos después que este “asesor financiero” toma el dinero y lo pone en un barril o lo deposita en una cuenta de ahorro tradicional, de esas que todos conocemos y que supuestamente dan un rendimiento de 1% anual, rendimiento inferior a la inflación y que además viene castigado por costos de operación; es decir, un barril con pequeños orificios (inflación y comisiones) por donde se fuga el capital.

El defraudador deposita el dinero en  el barril y ya, no lo invierte en absoluto, ni para bien ni para mal. Más bien se preocupa por seguir echando permanentemente dinero “fresco” de otros inversionistas en el barril.

El defraudador no pone a trabajar al principal y, naturalmente, el principal tiende a disminuir. Puesto que el barril del esquema Ponzi, además de las fugas de inflación y comisiones que tiene toda cuenta de ahorro, tiene dos fugas mucho mayores: aquellas de la comisiones y los costos de operación que cobraba Madoff —dinero con el cual se pagaba a sí mismo y pagaba a sus empleados; y el pago de rendimientos ficticios a inversionistas y, en ocasiones, incluso el pago de rendimientos ficticios y del principal a aquellos inversionistas que por alguna razón querían abandonar el fondo de Madoff. 

Por ello Madoff dedicaba la mayor parte de su tiempo a pasearse en lugares donde potenciales inversionistas pudieran hacerle la corte. Su desdén y su rechazo a potenciales clientes solo aumentaban su fama y el afán de pertenecer al selecto grupo de sus afortunados inversionistas.

El esquema Madoff  o esquema Ponzi requiere dos condiciones para sostenerse a largo plazo: Por una parte funciona siempre y cuando un número significativo del total de los inversionistas no pidan sus rendimientos o su principal al mismo tiempo. Por otra parte necesita siempre de nuevos incautos que lleguen con su dinero fresco a controlar las pérdidas de un barril sin fondo. El terremoto financiero del 2008 dio al traste con ambas condiciones. Tras las pérdidas que muchos inversionistas de toda índole sufrieron con el colapso del mercado hipotecario de los Estados Unidos sobraban clientes que pidieran a Madoff tanto sus rendimientos como su principal.

Historia de un traidor

En el papel, la empresa de inversión de Bernie Madoff debía tener un capital de $64.8 miles de millones de dólares, correspondiente al principal y a los rendimientos de más de 13,000 inversionistas entre los que se contaban tanto inversionistas particulares como inversionistas corporativos (universidades, fundaciones, etc.). En la realidad Madoff fue incapaz de enfrentar obligaciones de pagos por 7 mil millones de dólares, lo cual lo forzó a reconocer que toda su operación era un fraude.

Se calcula que al menos desde la década de los ochenta Madoff había recibido de sus clientes $17.3 mil millones de dólares. Para diciembre 2008 de esa cantidad no quedaban disponibles ni siquiera 7 mil millones. Hasta la fecha se han recuperado alrededor de 14.4 mil millones de dólares.

Bernie Madoff nació en el barrio de Queens en Nueva York en 1938,  en una familia de clase media. Madoff cursó sin pena ni gloria el equivalente a una licenciatura en Ciencia Política en la  Universidad  de Hofstra en Nueva York.

Con poco más de veinte años, escasa experiencia y un capital de apenas 5 mil dólares, producto de su trabajo como salvavidas y como instalador de sistemas de aspersión para jardines, Madoff fundó una empresa de servicios de intermediación (brookerage) para quienes deseaban comprar y vender acciones en el mercado accionario de Nueva York.                                                                                                                                             Madoff invirtió con acierto en sistemas de cómputo para agilizar la compra venta de acciones, así lograba realizar en tres días transacciones que tomaban semanas a su competencia. 

Madoff además tuvo la suerte desde sus primeros años como asesor financiero de contar con  la confianza de Carl Shapiro, un empresario muy exitoso del sector textil y muy apreciado en la comunidad judía y más allá de ella por sus notables actividades filantrópicas. Carl Shapiro nació  en febrero de 1913 y murió hace poco más de un mes, el 7 de marzo a la edad de 108 años.

Shapiro veía como un hijo a Bernie Madoff. La estrecha relación con Shapiro le permitió a Madoff acceder al grupo social de muchos de los empresarios más ricos de Estados Unidos. Shapiro fue uno de los defraudados por Bernie Madoff. Familiares de Shapiro perdieron también dinero e incluso la fundación de Shapiro (The Carl and Ruth Shapiro Family Foundation). De acuerdo con los estados de cuenta ficticios de Madoff, Shapiro “perdió” 500 millones de dólares (en realidad nunca existieron esos rendimientos)

Más allá de las pérdidas materiales, la reputación de Carl Shapiro sufrió daños por su amistad con Madoff y porque Robert Jaffe,  yerno de Carl Shapiro, era uno de los principales promotores de los fondos de inversión de Madoff.  

Otro de los maestros de Madoff, y que también lo quiso como a un hijo, fue el empresario de bienes raíces Norman F. Levy. Al morir en el 2005 Levy dejó una fundación con su nombre y el de su esposa, y además suficiente dinero para que sus dos hijos pudieran establecer sus propias fundaciones. Las tres fundaciones se encargaban de apoyar proyectos que iban desde la investigación y el tratamiento de cáncer hasta el sostenimiento de instituciones educativas. El capital de las tres fundaciones estaba invertido con Bernie Madoff, y todo se perdió en el fraude[3].

Lo mismo le sucedió a Elie Wiesel, sobreviviente de campos de concentración durante el Holocausto y Premio Nobel de Literatura 1986. Wiesel perdió todos sus ahorros en el fraude de Madoff. Además la fundación de Wiesel Elie Wiesel por la humanidad perdió más de 15 millones de dólares.

Elie Wiesel invirtió su patrimonio y el de su fundación con Madoff a causa de recomendaciones de amigos muy cercanos y supuestamente muy versados en finanzas. Wiesel conversó en muy pocas ocasiones personalmente con Madoff, pero menciona que en uno de sus encuentros hablaron sobre ética… ¡vaya ironía!          

Los ricos perdieron mucho y los que no eran ricos perdieron todo.

Como en todos los casos del cáncer de la corrupción Madoff dañó en círculos concéntricos a las personas cercanas a él y a sus inversionistas. Parece que los primeros defraudados fueron sus hijos Mark y Andrew, que trabajaban en el mismo negocio familiar, pero en el área de compra-venta de acciones y bonos, y que no tenían idea del esquema Ponzi que sostenía al resto del negocio. Pero también defraudó a su hermano Peter y a muchos familiares más lejanos que tenían ahorros personales invertidos con él.

Muchas de las víctimas (no todas) pertenecían a la comunidad judía, y tenían confianza en Madoff porque pensaban que “era uno de ellos”. Además de los ya mencionados entre los defraudados más famosos se cuentan Steven Spielberg, Kevin Bacon, la familia del Rabi Alexander Schindler y la Universidad de Yeshiva, una de las universidades judías más importantes de Estados Unidos. Pero también muchas viudas y pensionados,  pequeños ahorradores y empleados de muchos años de las empresas de Madoff perdieron todo su capital.

Los ricos perdieron mucho y los que no eran ricos perdieron todo.

Mentiroso

Bernie Madoff construyó un personaje ficticio en todos los ámbitos con el fin de llevar a cabo su fraude multimillonario. Su relación idílica con su esposa Ruth ha quedado en entredicho a la luz de un libro escrito por una supuesta examante (Sheryl Weinstein) y también de un artículo de su secretaria que menciona el gusto de Madoff por ciertos servicios sexuales[4].

Ruth Madoff declaró que durante esos días difíciles de diciembre del 2008, ella y Bernie intentaron cometer suicidio juntos ingiriendo en exceso pastillas para dormir[5].

Mark, el hijo mayor de Bernie Madoff, se ahorcó el 11 de diciembre del 2010 en el segundo aniversario de la captura de su padre y en un departamento donde en ese momento dormía su hija dos años; el hijo menor, Andrew Madoff, declaró en varias ocasiones el odio a su padre y murió de linfoma en el 2014, un padecimiento que había superado años atrás pero que resurgió, a decir del mismo Andrew, a causa del doloroso proceso que acarreo la detención de su padre. Ninguno de los dos hijos visitó nunca a su padre en prisión.

Madoff dañó a la industria financiera, que de por sí tiene problemas de reputación. Afectó también a la comunidad judía que además de las pérdidas monetarias tuvo que padecer el ancestral antisemitismo y los prejuicios de siempre que califican a los judíos como defraudadores financieros. Afectó también el trabajo de numerosos fundaciones altruistas y manchó la reputación de hombres y mujeres de negocios que tenían inversiones con él.

Madoff fue condenado a 150 años de prisión.

En intercambios epistolares del 2012 con la periodista Diana Henriques, autora de un libro sobre la vida de Bernie Madoff y su fraude, Madoff insiste en la “mala percepción” que el público tiene de él, e incluso llega a coquetear con la idea de que él siempre fue un inversionista honesto que quebró por un momento de falta de liquidez en el mercado[6].

Bola de nieve

Al inicio de su actividad financiera Madoff contaba con una empresa rentable. Sin embargo, de acuerdo con los documentos de la corte en algún momento a inicios de los ochenta Madoff comenzó un esquema Ponzi, pues dejó de invertir el dinero de sus clientes en el mercado accionario.

Parece que en un principio la motivación de Madoff era evitar reportar a los clientes las ocasionales pérdidas en capital que las decisiones de inversión de Madoff podían ocasionarle. Pues con ello seguramente perdería esos clientes.

En algún punto esta pequeña mentira se transformó en uno de los esquemas Ponzi de mayores recursos y mayor duración en la historia.

Durante décadas Madoff y sus secuaces inventaron estados financieros con ganancias ficticias, pero las mentiras, aun cuando vengan presentadas como estados financieros, son impotentes frente al peso de la realidad.

La historia de Madoff recuerda el viejo adagio financiero de que “puedes engañar a algunas personas por algún tiempo; pero no puedes engañar a todos permanentemente”.

El 14 de abril pasado, Madoff murió en prisión. Es poco probable que se hayan derramado muchas lágrimas por él. Será recordado, pero quizá nadie lo echará de menos.


[1] Es en extremo abundante la bibliografía sobre la crisis del 2008. Una buena selección introductoria es la siguiente: Para entender cómo se generó la crisis es admirable por su claridad y buen estilo: Lewis, Michael. The Big Short. (Nueva York, 2010); para una de las mejores narraciones de los días más álgidos de la crisis en septiembre de 2008 desde la visión de sus protagonistas véase: Ross Sorkin, Andrew. Too Big Too Fail. (Nueva York, 2009); para dos excelentes explicaciones sistémicas y de carácter macroeconómico y financiero global véase: Wolf, Martin. The Shifts and the Shocks. (Nueva York, 2014), y Turner, Adair. Between the Debt and the Devil. (Princeton, 2016). De Wolf y de Turner se pueden encontrar numerosas entrevistas y conferencias en la red.

[2] Para una reconstrucción a detalle de la historia de Madoff recomiendo: New York Times Collections (diversos periodistas) Bernard L. Madoff, Master of the Ponzi Scheme. (Versión digital, 2015). Véase también Gaydon Carter ed. The Great Hangover. (Nueva York, 2010), y específicamente la parte IV “The Madoff Chronicles” con con una colección de artículos de Mark Seal, Mark Seal con Eleanor Squillari (quien fue una de las colaboradoras defraudadas por Madoff), David Margolick y Vicky Ward; véase también el muy educativo y entretenido libro: Serna, E. Y. David. History of Greed. (Nueva Jersey, 2010). Los capítulos 20 a 22 especialmente.

[3] Seal, Mark. “Madoff’s World” en Gaydon Carter ed. The Great Hangover. (Nueva York, 2010). Pg. 340-341, 360 ss.

[4] Seal, Mark et Squillari, Eleanor “Hello, Madoff! – What the Secretary Saw” en Gaydon Carter ed. The Great Hangover. (Nueva York, 2010).

[5] Henriques, Diana en New York Times. 26 de octubre del 2011. (Incluido dentro de la colección mencionada.

[6] http://www.forbes.com/sites/dianabhenriques/2012/03/20/exclusive-the-secret-madoff-prison-letters/4/#46fcbe2822b2

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