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La alegría de la Pascua

La alegría de la Pascua

Por Salvador Fabre

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Tradicionalmente se utiliza la expresión: “más largo que la cuaresma”, normalmente para señalar una realidad incómoda que dura mucho tiempo. Felizmente los cristianos, después de la cuaresma, tenemos la Pascua. Y el tiempo pascual es más largo que el cuaresmal, como señalando, la penitencia es importante, pero la alegría va por delante.

El motivo profundo de nuestra alegría es ese: que Jesús ha resucitado, ha destruido el pecado y la muerte, es primicia de lo que nos espera a nosotros, que también resucitaremos al final de los tiempos. Jesús se ha levantado de la muerte, como nosotros de los pecados, dirá san Pablo que la misma fuerza que levanta a Jesucristo de la tumba, nos levanta de nuestras flaquezas.

La Pascua es entonces un tiempo de alegría y de esperanza. Si en la cuaresma contemplamos, pasmados, la dureza, la ceguera y la crueldad del corazón humano, en la Pascua rememoramos el triunfo del Dios-Hombre sobre todas esas debilidades. Tenemos la certeza de que Jesucristo se levantó de la tumba, la seguridad de que, con su gracia, nosotros nos levantaremos de nuestros pecados y de que la Iglesia resurgirá de sus errores. Lo dice muy bellamente Chesterton: “El cristianismo ha muerto en muchas ocasiones y ha resurgido de nuevo; porque tiene un Dios que conoce el camino para salir del sepulcro.”

En efecto, quizá, más allá de nuestras faltas, pueda desalentarnos la situación dolorosa de la Iglesia. Como exclamaba san Josemaría: “¡me duele la Iglesia!” En la Pascua tenemos la certeza de que efectivamente hay una Pasión y una Muerte, pero la última palabra del cristianismo es la Resurrección. Conviene comprobar si hemos interiorizado esa verdad de fe. Si somos cristianos de cuaresma permanente o si hemos sido capaces de dar un paso adelante y contemplar la vida y la historia de la Iglesia desde la Resurrección de Jesús.

La resurrección de Cristo.
Óleo Alonso López de Herrera.

No se precisan grandes disquisiciones para descubrir cuál es nuestra perspectiva de la vida y de la fe. Hace poco un buen amigo me hacía notar: “Salvador, te hace falta sonreír más”. Era una sencilla corrección fraterna, que me enfrentaba a la realidad: parezco viudo sin serlo. Y es cierto, a veces nos hace falta sonreír más, la sonrisa se apoya teológicamente en la Resurrección de Jesús, en el triunfo de la vida sobre la muerte, en el triunfo del bien sobre el mal, de la luz sobre la oscuridad, que rememoramos litúrgicamente durante la Vigilia Pascual.

Por eso el tiempo de Pascua: 50 días hasta la venida del Espíritu Santo en Pentecostés, nos ayuda a entrenarnos en este sentido: debo sonreír; pero no con una sonrisa estudiada de empleado de McDonalds, o de edecán de evento, sino la sonrisa sincera y sencilla, que brota como agua del manantial de un corazón alegre que, si ha estado enfermo, ahora se sabe curado por Cristo. El tiempo de Pascua nos ofrece la oportunidad de purificar nuestro corazón, para que de él pueda salir esa sonrisa sincera, que purifique el ambiente y anime a los demás.

De modo que, a desterrar la amargura del alma, y a tener una visión más positiva y esperanzada de la vida. Lo cual no es incompatible con tener los ojos bien abiertos, y darnos cuenta de que en el mundo sigue habiendo guerra y corrupción. Siguen existiendo los dolorosísimos abortos, eutanasias, vientres de alquiler. No hemos ganado la batalla, todavía. Pero Jesús sí y de modo definitivo al abandonar el Sepulcro; entonces hacemos un esfuerzo para ser más contemplativos, para mirarlo a Él, hacia arriba, y no deprimirnos con las incomodidades del camino, o las dificultades aún no superadas.

Por eso la Pascua no es más sencilla que la Cuaresma. En la cuaresma buscamos purificar el corazón, en la pascua se ven los resultados: si realmente logramos sacar todo el vinagre que lo embarga, para poner la miel que Dios quiere otorgarnos, y esa, compartirla con los demás. Tenemos un mundo muy herido, hace falta inyectarle la alegría de la fe, pero para eso, primero debemos tenerla en el corazón. Y en ocasiones no es fácil, por eso el “challenge de la sonrisa” no es inmediato, dura todo el tiempo de Pascua, para que la efusión del Espíritu Santo nos dé como fruto el gozo y la paz.

Llamados a portar el rostro de Jesús

La Verónica enjuga el rostro de Jesús

Por p. José Antonio Coronel

“Así, pues, hagamos el bien sin desanimarnos, que a su debido tiempo cosecharemos si somos constantes. Por consiguiente, mientras tengamos oportunidad, hagamos el bien a todos y especialmente a los de casa, que son nuestros hermanos en la fe.”

Ga. 6, 9 – 11.

Debo a una alumna (Tabatha), un libro de Stefan Zweig, que no conocía. Para los cristanos, el  Vía Crucis bien merece el título de esa obra de Zweig con un añadido que expresa adecuadamente su  grandeza: “Los momentos estelares de la humanidad” (el nombre de la obra del genial austriaco no contiene el artículo “Los”).

Desde luego que la estela de la vida del Salvador es la mayor que puede dejarse en la historia, por la sencilla razón de que se trata de la vida del Dios hecho hombre.

Además, la estela de cada estación del Vía Crucis perdura a través de los siglos,  no tanto por los estudios y hallazgos historiogáficos que las van ilustrando, sino por la práctica sencilla de la meditación cristiana. San Josemaría Escrivá se une al modo cristiano intenso, cuando nos invita no solo a pensar, a repasar, sino a vivir la pasión de Jesús.

El martes cuarto de Cuaresma me topaba como todos los años, con esa misma  invitación contenida en un discurso de San Gregorio de Nacianzo (hoy Nenizi, Turquía). Este gran doctor de la Iglesia nos animaba, hace mil seiscientos años, a copiar a Jesús, haciéndonos ofrenda santa. Como sabemos, ese es el sentido grande de la mortificación cristiana: no consiste en hacernos daño; sino en hacer morir los estorbos de egoísmo para ofrendarnos a Dios. Así, realmente será sacrificio: operación que convierte (sacrum-facere) nuestras obras en algo sagrado, segregado, dirigido  hacia el Cielo. Copio a Gregorio:

“Y para decir aún más: seamos nosotros mismos ofrenda, ya que día tras día queremos sacrificarnos y sacrificar todo lo que hacemos”.

Lo inolvidable de su  discurso (la parte práctica) viene a continuación:

“Si eres Simón de Cirene, toma la cruz y síguelo. Si eres el ladrón  y te crucificaron con él, reconoce a Dios para ser un hombre justo…Compra la salvación a través de la muerte”. Como decía un amigo mío, para nosotros, la llamada “mortificación” es en realidad vivificación.

Pero, sigamos copiando al buen ladrón: “Entra en el paraíso con Jesús para que veas lo que has perdido (8) y veas la belleza allí”.  Como si dijera ¡copia a Dimas, y róbate el Cielo!

“ Deja que el ladrón quejumbroso muera afuera con su blasfemia. Mejor, si procuras cambiar su queja blasfema en reconocimiento de la verdad. Dile a Gestas, como le dijo Dimas: ‘nosotros en verdad padecemos por nuestras culpas, pero Éste ningún mal ha hecho’.

Consigue que también él vea a Jesús con otros ojos. Con los de la verdad completa, con los ojos de la verdad amorosa. Que se duela, por haber dañado al hermano… que se duela por haberse olvidado de Dios que es su Padre, que se duela por haber mancillado su pobre cuerpo… que se duela por menospreciar a los demás.

Esa verdad duele, pero es verdad salvadora… cuando mira también al Salvador, cuando escucha esa palabra que sigue teniendo eco en todos los rincones de esta tierra, también en esos rincones infernales donde el ruido quisiera apagarla. Hasta allí puede escucharse la frase: Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen.”

Si eres Simón el Cirineo (continuemos por nuestra cuenta la recomendación), presta atención al que ayudas, y no le prestes solo tu cansancio y tu mal humor. Compara tu suerte con la Suya, y date cuenta del privilegio que tienes por llevar unos metros de la cruz que Cristo lleva en todos los caminos de los hombres.

Acompaña al enfermo que no tiene compañía, anima a la enfermera que ve personas fallecer en casi cada turno de su servicio. Sonríe al pobre que ha perdido su salario, su trabajo, su modo de sostener a los suyos; y que ha perdido esa experiencia de la propia valía  que nos da un quehacer remunerado.

Y paso al personaje que, después de la Virgen María, más me cimbra por su papel en la pasión.

El relato sencillo de la Verónica, su audacia para irrumpir en la ejecución de una condena, y el premio impreso en su velo, parece apuntar a una leyenda pedagógica: El nombre significa verdadero icono (“verus iconus”, como su equivalente griego Berenice).

La Verónica no aparece en los libros del nuevo testamento. Pero aparece en el ambiente del que nacen esos libros: en la tradición apostólica, en el  apócrifo evangelio de Nicodemo alrededor del año 350.

El personaje cobra fuerza gracias a  la veneración del rostro de Cristo impreso en unos trozos de tela, explicables en su multiplicidad, por los pliegues o dobleces  que se hacen en un velo para darle el uso requerido.

Uno de esos trozos se pone a la veneración de los fieles en una capilla en Roma (Santa Maria in Veronica, que data del siglo VIII; y en el siglo XVI el icono era el tesoro de la basílica de San Pedro — se le aplicaba también el expresivo título de mirabilia Urbis: la maravilla de la Urbe.

Ese tesoro desaparece en el saqueo de Roma efectuado por las tropas de Carlos V. Se cree, con buenas razones, que el trozo fue rescatado y es el que ahora se venera en Manopello.

Catarina Emerich hace suya la noticia antigua de que el nombre original de esa mujer valiente era Serafia. Nombre también muy notable (“ser de fuego”, “ser de luz”) Y fue el desenlace de su gesto lo que le dio re-nombre: Como Simón pasó a llamarse Pedro, así Serafia pasó a llamarse Verónica. En ambos casos por el encuentro con el Mesías.

El poder del relato es genial. Cualquier mujer (en realidad, cualquier persona) está llamada a ser Verónica. A ser portadora del verdadero rostro de Jesús.

San John Henry Card. Newmann muestra la didáctica del Vía Crucis notando cómo el encuentro de Jesús con María (4ª estación) viene seguido de una intervención varonil (5ª, el Cirineo) y de una intervención femenina (6ª).

Me resulta muy fácil contemplar la escena de esta sexta estación. Casi podría emplearme con un cineasta para asesorarlo y llevarla a la pantalla:

Blasfemias, insultos, llantos, gritos, ruido de golpes, maldiciones…  y de pronto, sin pronunciar una sola palabra, Verónica va a ejecutar su tarea. Es evidente que su espíritu no es belicoso. No lleva armas, solo un paño doblado dispuesto a ser desplegado. Va a limpiar el rostro de Cristo. Es una mujer decidida.

El valor de la Verónica supera la tarea material que ella se ha propuesto. Por unos instantes, la expresividad diabólica del odio se apaga, y nadie encuentra manifestaciones  de burla para ese gesto: nadie se ríe de ella.

Precisamente el día mundial de la mujer pensé mucho en ese lance con el que ancianas, niñitas, mujeres, limpian descaradamente la cara de Cristo, en sus hogares, en las redes sociales, en sus ratos de trabajo, de descanso. Nadie realiza esa tarea mejor que una hija de Dios. Nadie les gana a presentar guapo a Jesús.

Reconozco que muchas veces, al confesar a tantas personas, me animo con el ejemplo de las verónicas, y les copio su trabajo. Ya sé que el mejor modo de asear la faz de mi Señor es confesarme bien, ayudar a los penitentes, y animar a muchos a arrancarle una sonrisa a Dios.

Termino, dando gracias a Dios por regalarnos a Verónica.

La alegría de la Pascua

Ayuno por Ucrania

Por Pbro. Mario Arroyo

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Como todos los años, llega el miércoles de ceniza, y con él la cuaresma. Pero este año es especial, pues el Papa Francisco nos invita a ofrecer a Dios el ayuno propio de este día por la paz en Ucrania. Hermosa intención, maravilloso deseo, pero, ¿en qué beneficia a los ucranianos el que yo me prive del desayuno? Indudablemente, sólo desde una óptica de fe puede comprenderse el misterioso pero real vínculo entre nuestras acciones y el gran teatro del mundo. Francisco tiene esta perspectiva privilegiada, que podríamos calificar como “realidad aumentada”, sirviéndonos del término propio de un desarrollo tecnológico hodierno. Es decir, la misma cruda realidad que todos vemos por los medios de comunicación, pero aumentada con la visión propia de la fe.

¿Qué nos dice esta “realidad aumentada” característica de la fe? Que no somos versos sueltos, puntos autónomos, libres e independientes entre sí, sino que formamos una gran sinfonía en la que misteriosa pero realmente estamos todos unidos y entrelazados. Es el dogma de “la comunión de los santos”. Las obras buenas que haga yo ayudan no sólo al beneficiario directo, sino que tienen un eco positivo en el conjunto de la humanidad, y hacen de este mundo un hogar más humano, más digno de la persona.

Junto con la “comunión de los santos”, la perspectiva de la fe nos indica que Dios y su providencia no se han ausentado de la historia; no es el dios deísta, que crea el mundo y se olvida de él. No, el Dios cristiano se compromete con el mundo e interviene, pues es, en definitiva, “el Señor de la Historia”. Digamos que, siempre desde una perspectiva de fe, como la que nos transmite Francisco con su petición de ayuno, los protagonistas de esta trágica historia no son solo Putin, Zelenski y Biden, sino también, de un modo discreto pero eficaz, como tras bambalinas, Dios mismo. En efecto, ya san Juan Pablo II hablaba de la misericordia de Dios como una fuerza que pone un límite a la capacidad de mal que anida en el corazón humano. El ayuno tiene como objetivo “mover” a esa misericordia para que ponga fin a la guerra, por derroteros que solo Dios y su providencia pueden vislumbrar.

Por ello, la visión cristiana de la guerra, sin dejar de ser realista, de forma que la considera, en cierto sentido, como el sumo mal, no es desesperada. Al contrario, mira la cruda situación con confianza y redescubre un misterioso y peculiar protagonismo, de modo que sus acciones ordinarias pueden sumar una ayuda al encuentro de una solución digna para el conflicto. Es decir, el cristiano no se desentiende y se encoge de hombros, como diciendo: “nada puedo hacer, soy muy pequeño, esto me agarra muy lejos”; no simplemente se deja abrumar por las escalofriantes imágenes que nos transmiten los medios de comunicación; por el contrario, al contemplar tanto dolor y sufrimiento, se siente interpelado personalmente para ofrecer su contribución espiritual a la solución de la guerra.

Protesta solidaria hacia Ucrania en Berlín. Foto: Leonhard Lenz.

En este sentido, la fe nos convierte de espectadores aterrorizados y pasivos, a protagonistas, misteriosos pero reales, de la historia. De ahí la petición de ayuno ofrecido por Ucrania por parte del Pontífice. Es la convicción de que cada uno es importante, “cada uno es necesario” (Benedicto XVI), cada uno puede ofrecer su granito de arena para construir la paz. Es el pecado del hombre el que espiritualmente causa la guerra; es la conversión del hombre, la que espiritualmente consigue, de la misericordia de Dios, la paz del planeta.

Por eso embona muy bien el precedente discurso -descabellado para quien carezca de una visión de fe- con el lema que Francisco nos propone para la cuaresma y que toma de san Pablo: “No nos cansemos de hacer el bien, porque, si no desfallecemos, cosecharemos los frutos a su debido tiempo. Por tanto, mientras tenemos la oportunidad, hagamos el bien a todos”. Así, nuestra respuesta personal al desbordarse del mal propio de la guerra es “ahogar el mal en abundancia de bien” (san Josemaría) en nuestra vida, con la esperanza de que ese bien reboce y contribuya a la paz en Ucrania. Como respuesta a la guerra el cristiano ofrece una batalla espiritual, se siente interpelado, protagonista y no espectador de la historia. Como diría san Pablo, “no te dejes vencer por el mal, vence al mal con el bien.”

La alegría de la Pascua

Cuaresma ¿Otra vez? Cuatro claves para experimentar el desierto

Por Mauricio Fajardo

“Miren cómo se aman”

Cuando era mortalmente peligroso ser cristiano en los primeros siglos, antes de la era de Constantino, la Iglesia estaba principalmente formada por hombres y mujeres convencidos de su fe.
La sangre era un precio que estaban dispuestos a pagar por su fe. Se bautizaban personas previamente catequizadas y conversas no sólo en cuanto a los dogmas, sino congruentes en acto y pensamiento. A tal grado llegaba la fe de los cristianos, que los contemporáneos se admiraban, positiva o negativamente, de la fuerza que demostraban ante el martirio y en el día a día: “Mirad cómo se aman…Mirad cómo están dispuestos a morir el uno por el otro.” (Tertuliano)

El día de hoy, no tenemos que escondernos en catacumbas (al menos en occidente), ni ser la deshonra de la familia por convertirnos al cristianismo; podemos afirmar, cuando nos preguntan, que somos “católicos de nacimiento”. Algunos quizás afirman “creo en Dios, pero no en la Iglesia.”
Nos bautizan cuando no podemos elegirlo y, al crecer, nos llevan a la Misa dominical, donde aprendemos a sentarnos y levantarnos, a persignarnos y a decir amén. 

Con el correr de los años, el secularismo parece ganar terreno y, para muchos, ya es raro ir a Misa incluso en los días más solemnes. En muchos hogares, la abuela es quizás el último vestigio de superstición que queda, y la acompañamos a misa o rezamos el Rosario sólo para darle gusto. Algunas tradiciones continúan entre nosotros, aunque con otro significado: en Navidad hacemos fiestas y nos deseamos lo mejor;  el día de reyes partimos roscas de Baby Yoda; en Cuaresma podemos ir a Burger King y pedir la hamburguesa de pollo, en vez de la hamburguesa de carne. No puedo evitar recordar a un amigo agnóstico de la facultad que se espantó al recordar que era viernes de vigilia y había comido carne.

Parece que, en estos tiempos, la religión es más tradición que un modo de vida interiorizado. El calendario sigue pasando y, de nuevo, nos encontramos en el tiempo de Cuaresma para llegar a la Pascua y nos preguntamos: ¿Otra vez? He escuchado algunos comentarios sobre esta fecha, uno que llamó especialmente mi atención fue: “Ya dejen en paz al pobre Jesús, que suficiente tuvo con sufrir una vez, como para que año con año lo estemos recordando.”

Iglesia Dominus Flevit (“El Señor lloró”), Jerusalén.
Arq. Antonio Barluzzi, Foto: Mauricio Fajardo

Así es… otra vez. El calendario se repite año con año, pero la vida no es siempre la misma. Una misma fecha puede vivirse de distintas maneras cada vez, y por eso deberíamos conocer un poco más sobre este tiempo para vivirlo del mejor modo.

El sentido de la Cuaresma

¿Qué significa realmente la Cuaresma? ¿Puede “servirme” de algo vivirla? La Cuaresma es tiempo de purificación y de preparación para la Pascua, es decir, preparación para renovar en el corazón el acto de amor más grande, que tiene el poder de dar verdadero piso y sentido a tu vida. 

La Muerte y Resurrección de Cristo sucedieron históricamente en abril del año 33 d.C., pero no conmemoramos a un maestro de moralidad que murió y ahora vive en nuestra memoria colectiva.  Más bien renovamos nuestra relación con Dios, que se hizo hombre para que todo aquel que ha respirado en esta Tierra -en el pasado, presente y futuro- pueda tener vida eterna ahora y cuando nos vayamos de este mundo. Y así seamos alimentados con el pan del sentido.

Joseph Ratzinger nos explica en su libro Introducción al cristianismo que “el sentido es el pan de que se alimenta el hombre en lo más íntimo de su ser. Huérfano de palabra, de sentido y de amor cae en el <<ya no vale la pena vivir>>, aunque viva en medio de un confort extraordinario.”

En miércoles de ceniza mientras el sacerdote o ministro coloca una cruz en la frente, se recita: “Arrepentíos y creed en el Evangelio” (Mc. 1, 15), citando las palabras con que Jesús comienza su misión después de un prolongado ayuno de 40 días en el desierto cercano a Jericó.


Siguiendo la tradición judeocristiana, los números tienen una carga simbólica muy importante, el número 40, bíblicamente significa “cambio” y también “historia del mundo con relación a Dios”. De ahí que los 40 días que Jesús pasó en el desierto y que nosotros también vivimos, desde el miércoles de ceniza hasta la Pascua, sea un tiempo de transición.

Pantocrator
Icono: M. Fajardo

El lugar privilegiado de los momentos de transición y transformación es el desierto. Es un lugar de soledad y simplicidad, donde ocurre el despojo de lo superficial y el encuentro con lo esencial. El tiempo de Cuaresma es un desierto.

En el libro del profeta Oseas, Dios manda al profeta casarse con una prostituta, simbolizando así como en un espejo, la infidelidad de la humanidad y de mi persona con Dios. Esta prostituta tenía amantes en la carne y en el alma, pues lejos de buscar a Dios, buscaba ídolos, falsos dioses, “Baales” que quiere decir “dueños”. 

En otras palabras, podemos decir que buscaba mentiras que terminaban dominándola.  Pues, como dice Plutarco: “Quien tiene muchos vicios, tiene muchos amos”.


Sin embargo, Dios permanece fiel ante la infidelidad y desea siempre el bien de sus amados, lleva a esta mujer a una purificación. La lleva al desierto: “Así, la atraeré y la llevaré al desierto y le hablaré al corazón” (Oseas 2,16).

El corazón de la Cuaresma

El corazón es el punto donde encontramos la síntesis de lo que somos, pensamos, sentimos y queremos. Es en el desierto donde Dios ayuda al corazón a encontrar esa verdad y esa paz que busca sin encontrar.

Recordando las palabras de San Agustín, nuestros corazones están inquietos y descansarán de esta búsqueda e inquietud hasta que reposen en aquel que nos ha amado antes que cualquiera.


En el desierto de la cuaresma, en medio de reflexión, vigilancia interior y la gracia de Dios, que podemos hallar la conversión.

¿No es una exageración, una provocación e incluso un escándalo pedir en medio de este mundo trepidante y lleno de bagatelas reflexión, vigilancia interior y ayuno? ¿No es acaso una actitud exclusivamente monacal, propia de ciertas personas consagradas o tal vez fanáticos religiosos? No, la actitud interior de la Cuaresma no es ni un resabio exótico de otros tiempos ni una manía religiosa: Cualquiera tiene la capacidad de buscar (y encontrar) a Cristo, para que su vida se llene de sentido, de amor y de una actitud sensible a los movimientos espirituales internos.

Masada, Israel
Foto: M. Fajardo

Conversión y humildad

Para entender un poco mejor esta posibilidad siempre vigente, quizá nos ayude comprender el significado de  la palabra “conversión”. En la Biblia se utilizan dos verbos griegos: epistréphein y metanoéin. Ambos significan volver, dar media vuelta y arrepentirse. Sin embargo, el primer verbo se refiere más a un cambio de conducta externa en nuestras prácticas, conductas observables; mientras que el segundo se refiere a una transformación interior que implica cambiar la orientación del propio pensamiento.

La conversión no consiste en afirmar un credo particular o adoptar ciertas normas y actitudes que corresponden a “las buenas personas”.
La conversión es más bien la transformación de la mente y del espíritu: “Antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto.” (Rm 12,2)
La renovación de la mente es el primer paso que, paralelamente y de forma congruente, transformará los actos externos.

Es interesante conocer el sentido que algunas corrientes psicológicas le dan al concepto de metanoia-conversión. Para Carl Jung “indica un intento espontáneo de la psique por curarse de un conflicto insoportable a través de su desestructuración y posterior renacimiento en una forma más adaptativa”.


Para otros psicoanalistas, la conversión es la explosión de ideas y sentimientos incubados en el inconsciente, que salen a la superficie de la conciencia, impulsados por nuestra tendencia de reemplazar elementos caducos de nuestra síntesis mental, por un principio más fuerte y unificador. Esto nos recuerda la parábola imagen evangélica del escriba sabio: “Y él les dijo: «Así, todo escriba que se ha hecho discípulo del Reino de los Cielos es semejante al dueño de una casa que saca de sus arcas lo nuevo y lo viejo.»” (Mt 13, 52)

El camino de la conversión no se transita solamente una vez, sino muchas. Quizás necesitamos convertirnos todos los días. Pues la plenitud a la que somos llamados no tiene límites. Sin embargo, la austeridad a la que nos invitan la Cuaresma y la Pascua, de manera especial nos conducen a uno de los medios forzosos para encontrar conversión: la humildad.

El buen Pastor
Ilustración: Mauricio Fajardo

No es casualidad, que otra frase utilizada el miércoles de ceniza sea: “Acuérdate de que eres polvo y al polvo has de volver”, citando al libro del Génesis. 3, 19. Después de todo, en la Biblia encontramos que “El Señor formó al Hombre (Adam, en hebreo) del polvo de la tierra (adamá)”. La etimología hebrea Adam (אָדָם) proviene de dos raíces: dam (דַּם) que significa sangre y adamá (אֲדָמָה) que significa tierra; la misma relación sucede en latín, hombre humanus proviene de la palabra humus que a su vez significa tierra. 

Somos tierra, polvo y esta vida es pasajera ¿Acaso se trata entonces de autocompadecerse y mirar con pesimismo nuestra existencia? No.

Esta frase es un recordatorio de la humildad. La humildad tiene como raíz la palabra latina humus que quiere decir “tierra”. La tierra es símbolo de verdad y realidad; es lo que nos sostiene a fin de cuentas. Santa Teresa de Ávila decía que la humildad es “andar en la verdad. “

La conversión es, en conclusión, encontrar la verdad de quién eres, de lo que buscas en realidad y la verdad de quién es Dios para ti. Este piso firme de realidad nos dará descanso. Pues es agotador ir por la vida buscando fantasmas y quimeras de lo que debimos ser. La Cuaresma es un periodo de desierto para buscar la humildad, la realidad y la verdad que iluminará y destruirá todo aquello que no somos, para mostrarnos nuestro verdadero ser.

Volver a Dios, convertirse, significa corregir el rumbo para encontrarnos con la verdad, la belleza y el bien. Bruce Marshall decía que el hombre que toca la puerta de un burdel está buscando a Dios. Buscamos en lugares equivocados el amor y plenitud que sólo puede darnos Aquél que lo ha creado todo. Y es que el sentido y la vida que anhelamos, no es algo abstracto, sino una Persona.

¿Cómo debemos vivir el desierto de la Cuaresma para encontrar la conversión y prepararnos para la Pascua? Te propongo cuatro claves para experimentar el desierto:

“In hoc signo vinces” (en éste signo vencerás)
Foto: M. Fajardo

Oración

La oración es un tratar amistoso con quien sabemos nos ama. Las variantes de la oración son múltiples, y es tarea de cada quien elegir la más adecuada con su personalidad. Hay a quienes les sienta mejor una oración contemplativa, otros se valen más de la imaginación o del intelecto y hay quienes oran a través de la música. 

La clave es determinarnos a orar por lo menos 10 minutos a conciencia y sin prisa. Entablando una conversación de completa sinceridad y sin máscaras con el Dios que nos conoce mejor que nosotros mismos. Es importante que la voluntad le gane al sentimiento de desgane. Incluso, cuando no sentimos nada, hay que perseverar, porque ninguna oración se pierde. Conquistar el hábito de orar ya es un gran trabajo de purificación personal.

Ayuno y penitencia

Es habitual hacer algún ayuno, algún sacrificio o acto de austeridad, y está muy bien, pero hay que tener cuidado: muchos profetas del Antiguo Testamento denunciaban los sacrificios, ayunos y penitencias como actos hipócritas. Así mismo lo hizo Jesús, pues mientras algunas personas observaban rigurosamente preceptos y penitencias, trataban sin justicia a los pobres, guardaban rencores y se encontraban ávidos de respetos humanos.  Este tipo de penitencias y sacrificios, que ejemplifican actos ascéticos o de purificación, son poderosos y útiles cuando se hacen con la intención correcta. Y la intención correcta es la conversión personal.

El sacrificio nos recuerda que podemos crecer en libertad interior, porque quien no se posee no puede entregarse libremente. Si no sabemos decir “no” entonces nuestro “sí” no vale nada. El sacrificio nos recuerda también que, aunque el mundo y los placeres ordenados son buenos, hay realidades y bienes espirituales más valiosos, nobles y trascendentes.

Hay muchas opciones para ejercitarnos en estos pequeños sacrificios: podemos empezar a comer raciones más pequeñas de comida, no tomar postre o bebidas que nos agraden (café, te o alcohol). Podemos ofrecer nuestro tiempo cuando usualmente no lo haríamos. Podemos dejar de mirar las redes sociales a partir de determinada hora del día.

Es muy bueno también, y muy dificil, vigilar nuestra lengua: las cosas que decimos y cómo las decimos. Quizás nos percatemos de que nuestras palabras son en ocasiones “tóxicas”: palabras de críticas y quejas. Un gran ayuno sería corregir nuestro diálogo interno y externo, sustituir la maledicencia por la benedicencia. Practicar el Agere ad contra (actuar en contra) de San Ignacio, que establece un contraataque a todos aquellos vicios que tenemos con la acción opuesta.

Examen interior

El examen interior es un ejercicio de discernimiento. Antes de dormir, en clima de oración, pedir al Espíritu de Dios su guía para encontrar aquellas emociones y pensamientos que a lo largo del día tienen un significado espiritual. Pareciera una práctica trivial, pero el examen cuando se hace bien nos ayudará a revelar malestares prolongados en nuestra vida, sentimientos destructivos como resentimientos o envidias; heridas no purificadas o no atendidas; deseos dañinos como desearle el mal a alguien. Dios quiere que nos conozcamos realmente, para que podamos cambiar y mejorar. Esta vigilancia bajo el impulso espiritual de Dios es indispensable para alcanzar conversión.

La liturgia y la Comunión

Especialmente en Cuaresma podemos darnos la oportunidad de experimentar con una mente nueva la liturgia, que está llena de tesoros espirituales; la oportunidad de escuchar atentamente la palabra de Dios, sin asumir que sabemos lo que dice, como solemos hacer. Podemos darnos la oportunidad de leer el Evangelio de cada día con un espíritu de escucha y aprendizaje. Y sobre todo podemos revalorar el regalo de la Comunión.

El dicho popular afirma: “tú eres lo que comes”, de ahí la importancia de una buena alimentación espiritual. Es preciso alimentarnos de lo que en verdad nutre el espíritu y, en la medida de lo posible, comulgar diariamente. El tiempo del desierto es silencioso, pero nunca será solitario, aunque a veces lo sintamos así, porque Dios estará presente.

Guiados por Dios en la oración, el sacrificio, la reflexión y la Palabra. Caminaremos con paso seguro en el desierto de la Cuaresma y podremos encontrar un significado completamente nuevo de la Pascua. Encontraremos que esta tradición es la oportunidad que tenemos cada año para volver a hablar de “tú” con Dios

El miércoles de ceniza

Tomás Galindo Álvarez Malo

El miércoles de ceniza es el primer día de la cuaresma. La cuaresma dura cuarenta días antes del domingo de ramos. La cuaresma es un tiempo de preparación para recordar la pasión y muerte de Jesús, y celebrar la pascua de su resurrección.

Para los católicos el inicio de la cuaresma tradicionalmente está marcado por la imposición de ceniza: te marcan una cruz en la frente o te ponen ceniza en la cabeza, lo que significa: “recuerda que polvo eres y en polvo te convertirás” eso lo dice el sacerdote o el ministro también se dice “conviértete y cree en el Evangelio.”

La ceniza es un símbolo de arrepentimiento y recuerda a una antigua tradición Hebrea: cuando los judíos sabían que habían cometido un pecado o cuando se querían preparar para una fiesta importante en la que debían estar purificados se cubrían de ceniza y vestían un saco de tela áspera.

Este año en la diócesis de Toluca habrá también imposición de ceniza en los hogares y entre familia. Desde la Misa del domingo nos repartieron bolsitas con ceniza, y un tríptico para explicarnos cómo celebrar la imposición. Será un miércoles de ceniza especial y una cuaresma especial. Esperemos poder vivirla adecuadamente.

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