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El circulismo

El circulismo

Foto de portada: Miguel Á. Padriñán

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Por Daniel Limac

El ser humano asesinó en la primera guerra mundial (1914) a más de 10 millones de personas, entre heridos y desaparecidos suman 40 millones aproximadamente. 25 años después, según la Enciclopedia Británica, se estima que entre 40 y 50 millones de personas murieron durante la Segunda Guerra Mundial (1939).

Según el libro La Segunda Guerra Mundial, del escritor e historiador británico Antony Beevor, miles de personas murieron en Hiroshima con la explosión de la bomba atómica, cifra que aumentó a 200 mil en los días siguientes, debido a las consecuencias de la radiación. “Alrededor de 100 mil personas murieron instantáneamente, y miles más perdieron la vida después, por quemaduras, shock o envenenamiento por radiación”, escribe Beevor.

La tercera guerra mundial (2250) fue la más atroz y devastadora que terminó con la vida de 6 mil millones de personas. Los países conformados por la OTAN desataron el primer ataque nuclear a los países comunistas, entre ellos Rusia, Corea del Norte, y Japón que replicaron de inmediato el ataque. Más de 11 años transcurrieron para dar fin a la temible guerra y que por poco exterminó a la raza humana.

Posterior a la guerra nuclear, cerca de 160 mil personas se aglomeran en Uruguay, el país menos atacado por la guerra, donde las personas buscan un bien común: el vivir y ser felices, sin embargo, comenzar desde cero será difícil, hartos del capitalismo y del comunismo del mundo, buscan una nueva forma de gobernar.

Tras la terrible guerra nuclear se perdió todo, absolutamente todo: familia, amigos, propiedades, trabajos, medios de comunicación y medios de transporte. Se estima que murieron poco más del 80 por ciento de la humanidad total, y los pocos sobrevivientes quisieron reiniciar la humanidad en Uruguay. Por su posición geográfica fue el que menos sufrió las consecuencias nucleares, radioactivas y químicas de la guerra, se mencionaba que había gente refugiada en Groenlandia y la Antártida, pero no se obtuvo comunicación con ellos y sólo eran rumores.

En los años de la pre-guerra y antes de perderlo todo, el ser humano, poco a poco fue perdiendo lo inmaterial, lo no tangible, fue perdiendo la razón. Y con ello la reflexión, la duda, la pasión, el amor, y por imposición fue perdiendo los derechos más hermosos que gozaba, los derechos que con sangre los mártires habían conseguido: la libertad, la independencia, la soberanía.

Las falacias ideológicas penetraron fuerte en la política del mundo: se adoctrinó a niños, jóvenes y adultos, sobre toda idea en cuanto a gusto y placer conviniera. Se prohibieron los textos bíblicos y filosóficos, sólo los afortunados tenían algún libro en sus hogares, escondidos para no ser condenados por el gobierno. Ya no había iglesias ni escuelas, el humano sólo vivía para trabajar para la clase alta, el proletariado vivía como esclavo, sin derechos, sin un sueldo digno, sin protección social. Los de la clase media se quedaban sin trabajo, las instituciones gubernamentales (sector salud, educación y seguridad) empezaron a dejar de ser del gobierno y se vendieron a manos extranjeras. La mayoría de las personas que sufrieron más fueron la clase baja, la media se sostenía por sus ingresos que iban en picada.

La guerra nuclear del año 2250 vino a rematar el horror que todas estas personas estaban sufriendo. El fin de la humanidad se acercaba. Aun así, el ser humano sobrevivió en refugios antinucleares y sótanos caseros, la guerra regresó al hombre algo que había perdido: la compasión. En la guerra eran uno mismo, eran hermanos que se apoyaban para sobrevivir. Bastaron 11 años de guerra para casi extinguir al ser humano. En Uruguay eran poco más de 160 mil personas cuando finalizó la guerra. Y el 11 de diciembre del año 2260 terminó lo que parecía nunca iba a tener fin. ¡La guerra terminó!, ¡la guerra ya no existe!, ¡la guerra desapareció!, ¡ya no hay guerra! Gritaban miles de personas. Esa noche celebraron y se abrazaron por última vez.

¿Qué sigue para ellos si ya la guerra se lo llevó todo? Lo primero que se comenzó a discutir durante la postguerra fue el modelo económico que regiría a la nueva sociedad. Pero había un problema, nadie lideraba a nadie, no había algún representante general y como los efectos de la guerra eran recientes poca comunión había entre los hombres. Se hablaba de iniciar con el modelo capitalista para arrancar la economía, y así fue, sin nadie que gobernara o quien dirigiera al principio. Pasaron un par de meses y los 160 mil sobrevivientes se dividieron y agruparon en tres sectores: 60 mil de clase baja, 40 mil de clase media y 60 mil de clase alta. Cada clase tenía un objetivo en común, recrear una sociedad estable y con una política integra. Pero el objetivo se les fue olvidando al pasar los meses. Los de la clase alta querían ser los dueños de toda empresa que se construyera, de los puestos políticos y todo aquello que generara riqueza. Los de la clase media estaban dispuestos a trabajar mediante un sindicato que les proporcionara derechos justos. Los de la clase baja que fueron los más explotados en tiempos pasados decidieron que no trabajarían para nadie, sino que formarían su propia sociedad con principios socialistas. Fue en ese momento de desorden y confusión cuando aparece el mediador de las clases: Robert Lim, que vino a dirigir un evento que marcaría la humanidad por completo.

Lim promovió la formación de líderes en cada clase, y semanas después pudo convocar a los 3 líderes de las tres clases en una reunión. Jorge Gorman representaba a la clase alta, Toé Rodrigué a la media y José Cantú a los obreros; y así comenzó la famosa Semana del destino, donde en 7 días se definió el destino de todas las personas, compartiendo razones y justificaciones para comenzar la nueva vida. La reunión fue caótica, nadie quería dar y ceder. Ninguna de las clases quería aportar algo, los más indiferentes eran los de la clase baja, José Cantú afirmaba que nadie trabajaría sin garantías, derechos y buenos sueldos. El problema es que no había ni siquiera todavía una moneda de cambio. Pero el dinero, como antes era conocido, tardaría años en crearse e imprimirse, así que el trabajo de los próximos años no sería pagado. Era algo injusto. La clase alta quería los privilegios de antes. Parecía como si la guerra y la miseria se les hubiera olvidado. La clase medio y baja trabajaban casi como esclavos y la brecha de odio se hacía cada vez más patente y abierta. Ninguna clase se ponía de acuerdo. Fue entonces cuando a Robert Lim se le ocurrió la teoría circulatoria, o mejor conocida como circulismo. Robert Lim unificó a toda la población, clase alta, media y baja. Después estableció dos grupos: el grupo A y el grupo B. Los que conformarían el grupo A serían la primera clase, que era la baja con aproximadamente 60 mil personas, y 20 mil de clase media. El grupo B lo conformarían 20 mil personas de clase media y 60 mil de clase alta. Les hizo una propuesta a los tres líderes de las clases sociales: “Si no llegamos a un consenso hoy, mañana el ser humano entrara en crisis y volveremos a los tiempos antiguos de guerra, nos mataremos como animales, haremos cosas reprobables por placer, sufriremos y acabaremos con nuestra propia existencia. Así que queridos amigos escuchen esta propuesta, esta teoría se llama la teoría circulatoria, donde las personas cada 20 años cambiaran su clase social para pertenecer a la clase contraria. Es decir, el grupo A comenzará los primeros 20 años trabajando para el grupo B, y cuando se cumplan los 20 años, el grupo B será el que va a trabajar los siguientes 20 años, y el grupo A será quien disfrute. Así pues, será un círculo para toda la vida, donde cada 20 años se cambiarán los papeles.”

José Cantú preguntó: “pero ¿cómo elegirían qué grupo comenzaría a trabajar?” Alguno de los dos grupos tenía que empezar los 20 años de trabajo, pero nadie quería, los del grupo A, la mayoría clase baja, no aceptarían de nuevo volver a la casi esclavitud. Y los ricos por su propio ego no aceptarían trabajar como esclavos viniendo ellos de una clase social alta anteriormente. Se investigó a toda persona para ver quiénes eran y a que se dedicaban, sus ingresos eran lo que pondrían en tela de juego su destino. Así formaron el grupo A y grupo B.

El líder Robert Lim propuso a los dos líderes, anexando a Toé Rodrigué (clase media) a la clase alta: “Vayan con su gente y platiquen lo que propongo, la propuesta es esta: Un grupo trabajará por 20 años consecutivos, y el otro grupo disfrutará en esos mismos 20 años los beneficios que se puedan obtener. Al año 0 le llamaremos el inicio del círculo, y al año 20 el cierre del círculo. Cuando pasen 20 años y se cierre el círculo, el grupo que disfrutó ahora comenzará un nuevo círculo trabajando los próximos 20 años. ¿Quiénes empezarán siendo pobres o siendo ricos? Muy fácil, mediante una ceremonia donde estarán presentes todos los habitantes se echará suerte con una moneda y el perdedor será nombrado clase baja y empezará el circulo trabajando, y el ganador será nombrado clase alta y disfrutará de los beneficios obtenidos.”

Lim dió un día para que la propuesta fuera informada. La respuesta fue contundente: todos aprobaron la idea. Así comenzó una nueva división histórica, era el año cero después de la guerra (0 D.G.). Quienes ganaran la partida, dictarían las leyes, los derechos y obligaciones de todas las personas. Se convocó al día más esperado por la humanidad, el día del círculo, así fue llamado. De las tres clases sociales ahora sólo habría dos y se alternaría cada 20 años.

Lim presidió la ceremonia en un valle, en el que se agruparon más de 140 mil personas; Jorge Gorman y José Cantú pasaron al frente, como los representantes de cada grupo. Nadie sabía que la ceremonia daría inicio al siguiente infierno terrenal. Gorman y Cantú se dieron la mano, Lim lanzó la moneda al aire que decidiría el destino de la sociedad. La moneda antigua cayó cara, favoreciendo a la clase alta, es decir, la clase alta empezaría el círculo disfrutando los siguientes 20 años. Y la clase baja seria la trabajadora. Lim, Gorman y Cantú firmaron el acuerdo para el nuevo comienzo, mientras tanto los espectadores, algunos felices y otros con caras largas se alejaron del valle.

El primer día de la semana el grupo A dictó las nuevas leyes:

1.- El país se dividirá en dos por un muro ­–construido por el grupo B y supervisado por el A­– para separar la región norte y sur. En el norte vivirá el grupo A porque era la región más conservada y el grupo B estará en el sur. Asimismo, la zona norte será reconstruida prioritariamente.

2.- El grupo B trabajará principalmente el campo, la construcción y todo lo que conlleve un mayor esfuerzo y sea manual. Los mejores trabajos serán para el grupo A.

3.- La zona norte será exclusiva para el grupo A. Solamente se le permitirá el ingreso a los trabajadores del grupo B que cuenten con el certificado de entrada. Al terminar la jornada deben volver al sur.

4.- Las armas quedan absolutamente prohibidas en el sur, solamente los guardianes y el grupo A podrá portarlas.

5.- Solamente el grupo A será educado. El grupo B y sus futuros descendientes tienen prohibido ir a la escuela y el único tipo de educación que tendrán será manual y referente a los oficios. Queda prohibido cualquier tipo de libro, escuelas e iglesias en la zona sur.

6.- Las actividades de ocio y deporte para el grupo B están prohibidas, a excepción de una vez al mes, que se les permitirá atender alguna actividad recreativa, siempre y cuando no interfiera con sus labores.

7. Las familias del grupo B no podrán reproducirse, a menos que cuenten con el permiso otorgado por el parlamento A. Toda mujer que se embarace sin el consentimiento del grupo A y empezando el año 0 D.C. será condenada a muerte. 8.- Está prohibida la vida familiar en el grupo B, no habrá comidas caseras, sino que todos comerán en los comedores comunes. La ración consistirá en una hogaza de pan, 50 gramos de fríjoles y 60 gramos de arroz. Ocasionalmente habrá una pequeña ración de carne.

9.- Queda prohibida la privacidad, toda familia del grupo B será monitoreada, tanto en el trabajo como en casa.

10.- Las mujeres del grupo B pueden usarse como madres subrogadas y con otros fines de concubinato por el grupo A.

11.- El grupo B tiene derecho a bañarse una vez a la semana en la bañera comunitaria.

12.- Los guardianes serán la máxima autoridad civil. El grupo B debe respetarla y obedecerla siempre. Los guardianes tienen derecho a castigar físicamente a los individuos problemáticos del grupo B.

13.- Quedan prohibidas las manifestaciones del grupo B y las reuniones de grupos mayores a 5 personas. En caso de que esto ocurra, los guardianes podrán castigarlos con la pena capital.

14.- Toda persona del grupo B mayo de 60 años, enfermo o con alguna discapacidad será enviada al campo experimental, con el fin de avanzar en el ámbito científico. El grupo A puede elegir a cualquier persona del grupo B para que sea transferida al campo experimental. Es posible que durante el experimento o después se produzca la muerte.

15.- El grupo A tiene derecho a gozar de todos los privilegios por decreto divino. Por los siguientes 20 años el grupo B tendrá que aceptar y someterse a cualquier cambio constitucional que el grupo A pueda llegar a dictaminar.

Con las nuevas leyes y el acuerdo firmado ya no había marcha atrás, se comenzó la construcción del muro, se confiscó cualquier cosa que pudiera ser utilizada como arma, se quemaron libros y los guardianes utilizaron su poder. La razón llevó a la humanidad a la fabricación de armas, tanques, bombas, casquillos y muertes. El circulismo surgió como un efecto de la postguerra, quería evitar futuros derramamientos de sangre, sin saber que desde el principio ya estaba condenado a la repetición. Se creyó que después de la Tercera Guerra Mundial el hombre volvería a la bondad y al menos así fue por un tiempo para sobrevivir a los horrores de la guerra nuclear. Pero después y con la calma regresó la corrupción, la arrogancia y el egoísmo. Se buscó el poder y el dinero cuando lo único que quedaba era la destrucción. El año 0 D.C. había comenzado.

Quizá inevitable

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“Quizás sólo sea necesario esperar que la rueda de su tiempo vuelva a pasar frente a nosotros
y nos permita entender que nos resulta inútil ir en busca de aquello que jamás estuvo perdido”.

Docuserie “Historia de América latina”, Los mayas (ep 6).

“Disculpe, señora, ¿puedo hablar con usted un momento?” “Dicen que ustedes los mexicanos eran muy abiertos y es posible entablar este tipo de conversaciones casuales entre extraños. Ah, sí, soy extranjera, pero en esta década ya nadie es de ningún lugar. Todos nos hemos mezclado y los trabajos son muy fluctuantes como para arraigarse a una ciudad. Un día estás en una ciudad cálida, otra en una construida en las montañas y en otra te aventuras a las ciudades Isla o penínsulas que están semi tragadas por el agua. ¿Español? Ah, sí, lo hablo, verá, eso de la lengua universal nunca funcionó. Fue mucho más importante aprender todos los lenguajes posibles, dicen que sí hay algo más vital para el hombre no es que todos nos entendamos, sino que unos pocos nos entendamos, la exclusión siempre existirá, porque el poder siempre será lo más importante, al final, hablar español fue un idioma muy necesario para la supervivencia de la mayoría en ciertas ciudades y para entablar ciertos negocios, por eso lo hablo. Sí, al final no cambiamos mucho. Por eso ustedes son verdaderamente un “país” muy interesante para nosotros los de afuera. ¿Mi nombre? Samanta. Sí, aún tenemos nombres, ¿quién le contó eso de los números? Lo que usted menciona quizá es el número de cuenta encriptado para identificarnos que traemos en el celular, muchas veces más importante que el nombre, lo admito, pero aún no hemos abandonado su uso. Bueno, ¿puede dejar de hacer tantas preguntas? Yo de lo que quiero hablar es Edge of Domino. ¿Oyeron hablar de él? Sí, fue una gran tragedia. ¿Le molesta si lee esta carta?”

”¿Qué le pareció? Sí, yo no la entiendo muy bien. Pero Tadeo, un muchacho de por acá… ah, sí, ese.  ¿No sabía que también es famoso afuera de su país? Nos ha llamado mucho la atención lo que él hace. Las plantillas que crean las inteligencias artificiales nos acostumbraron a algo muy concreto en los programas, y ver algo tan diferente nos llamó la atención al instante. Además de que ayuda a los que quieren mudarse a este mundo. En fin, el chiste es que él me dijo que esta carta pudo evitar la tragedia. Pero aún no veo por qué sería ¿Que quién la escribió?”

Samanta estaba pensativa, sintió un nudo en el pecho, estuvo a punto de llorar, y la señora, pese a sentirse algo asustada por ciertas cosas que le había escuchado decir y que no tenían nada de sentido, no pudo evitar sentir cierta empatía y le colocó la mano en el hombro.

México era un país que, como Cuba, se convirtió en una cápsula del tiempo, aislado de todo el mundo. Pero no por un dictador, ni nada por el estilo, sino por un extraño fenómeno que no nos detendremos explicar, ya que sólo una persona con un grado avanzado en el estudio de la física cuántica y, extrañamente, de la alquimia y mitología podría entender. Sólo digamos que México, o la Ciudad de México para ser más precisos, desapareció, el mundo cambió y, de la nada, volvió a aparecer. Claro, había una diferencia, este México, pese a conservar cosas de ese pasado de la humanidad, lucía muy diferente, como si hubiera sido más bien reconstruido al momento antes del desastre ecológico que vivió y su desaparición, era una Ciudad de México con canales de agua, trajineras y canoas, pero con una extraña tecnología que a veces parecía magia.

Cuando ocurrió la reaparición de México en el mapa, Samanta jugaba un juego con una inteligencia artificial que estaba diseñando, se llamaba: la última palabra. Consistía en un simple juego de dominó. El detalle era que una alarma era programada de manera aleatoria. Si esta sonaba, los jugadores debían de parar el juego y colocar dos fichas de su mano en la mesa. Si sólo le queda una, se le daba una aleatoria de la mano del contrincante, en caso de que no haya ninguna sobrante o también el contrincante sólo tuviera una, el programa les daba una aleatoria de las que se hayan jugado. Cada uno debía decir un número, quien se acercara más al número total que sumaban ambas fichas de su contrincante, ganaba el juego. Era interesante, puesto que a veces, la partida terminaba y no sonaba ninguna alarma, en ese caso, ganaba el que ganaba la partida normal. Lo cuál lo hacía un juego con muchas posibilidades y muchas estrategias que podrían ser arruinadas si la suerte no te sonreía. En el programa que jugaba, habían varios niveles, donde según el nivel, los algoritmos de la máquina se iban haciendo cada vez más complejos y la máquina tenía herramientas para predecir mejor qué ocurriría después.

Este cochino juego le costó su trabajo y su relación, pues aunque su novio al principio la ayudaba con la programación, luego de un rato le pareció muy ridículo y frustrante. Pero ella estaba empecinada por lograrlo, se lo debía a su hermanita quien, víctima de tantas enfermedades nuevas, se la pasaba todo el día en la cama y le pidió un juego que la mantuviera entretenida y le enseñara cómo funcionaba el mundo de afuera, pues temía que el encierro le haría difícil entender al mundo si alguna vez lograra salir. El prototipo salió muy bien. Pero su hermana tenía una queja algo extraña e inesperada.

—¡Quiero sentir que la máquina es superior! Quiero que pueda ganar más veces que las que yo hago para sentir un verdadero reto ¿Te acuerdas del video que me dejó ver el doctor? Era de un filósofo y un poeta que hablaban sobre un texto de un escritor muy antiguo llamado Ted Chiang (¿Sí se llamaba así?). Bueno ahí dijeron algo raro, de que la vida ya escribió nuestro final, y que nosotros no le podemos ganar, sólo fingir que lo intentamos y, al final, ganamos así.

—¿Y eso qué quiere decir?

—¡No tengo idea! Pero si arreglas el juego para que pueda predecir mejor las tiradas quizá lo entienda.

—¿Y por qué quieres entender eso?

—¡Porque lo necesito! —gritó entre lágrimas.

Su hermana murió tres días después, y ella, víctima de una severa depresión, decidió lograr mejorar la inteligencia artificial. Quizá si ella entendía esa frase gracias al juego se sentiría mejor. Se dio cuenta de que, para hacerla más perfecta, no sólo debía de contar de una manera eficiente las fichas del juego para tratar de predecirlas, sino también debería de poder predecir la aletoriedad del otro sistema de tiempo para saber cuándo sonará la alarma, además de volver más eficientes los cálculos que necesita para ganar, pues el exceso de cálculos, alentarían el proceso. Aunque ahí estaba el detalle ¿Cuántos cálculos eran suficientes?

Finalmente, después de varios intentos, estaba frente al nivel legendario, creía que lo había logrado, pues la maestría que mostró durante el juego normal de domino era diferente, como si cada pieza que tiraba, cada error, cada cosa que permitía que pasara, cada ficha que comía estuviera fríamente calculada. Sonó la alarma, y Samanta se excitó. ¡Sonó justo cuando ella se deshizo de su tercera ficha y sólo le quedaban dos! Eso quería decir que todo había sido fríamente calculado para facilitar el cumplimiento de su labor:

—Estas son mis dos fichas —escribía la inteligencia en la bandeja de texto— ¿Me muestra las suyas?

—Sí, claro. Estoy emocionada por perder.

—¿A qué se refiere? ¿No se trata de ganar?

—Es que yo gano si tú ganas.

—¿Es una trampa? ¿Cómo que usted gana si yo gano?

—Ambos ganamos si tu aciertas, a eso me refiero. Verás, se lo debo a alguien que quiero. Si tu triunfas yo ya no le deberé nada y me sentiré tranquila con mi espíritu. Realizada.

—¿Entonces ambos ganamos si te sientes realizada? ¿Qué se requiere para que te sientas realizada?

—Bueno, si descubro el significado de una frase luego de terminar el juego, entonces no le deberé a alguien a quien quiero, supongo. Aunque, ahora que lo reflexionó, es una victoria agridulce. Porque me hubiera gustado hacerlo a tiempo. ¿Me explico? Pagarle a una persona que amo cuando aún puedo. Ayudarla y darle cariño cuando aún vale la pena, ¿no crees? —sintió como si una revelación terrible estuviera apunto de ocurrir, una que la haría romper la máquina de ira, esa máquina no le iba a regresar a su hermana con una estúpida reflexión filosófica, y había perdido todo por recuperar un fantasma. Pero, antes de poder hacerlo, las palabras de la computadora la intrigaron de sobre manera.

—En ese sentido, si logro hacer que la jugada más imposible de la realidad, salvar al prójimo, se realice, todos ganamos, ¿no?

—No hables más, suenas muy raro. Sigamos con el juego. A ver, me toca adivinar tus fichas. “Declaro que tus fichas sumarán un número cercano al 27”. ¿Tu predicción?

La máquina no respondía. Sólo aparecía la leyenda “formulando cálculos” ¿Qué tanto formulaba? ¿No ya la había atrapado y sabía cuáles eran las dos fichas que le quedaban? ¿O ella había mal entendido el proceso y sólo fue la casualidad? Estaba impaciente, ya casi llevaban dos minutos, y la inteligencia no respondía. Ella trató de reiniciar, pero sólo lee salió una ventana con el anuncio: por favor, espere a que se termine de realizar el cálculo pertinente para el juego de la vida.

Se impaciento un poco, trató de ver si estaba trabada o qué, pero sólo no respondía ¿Habrá sido demasiado que falló al final? ¿O fue esa rara charla que sobrecargó con información innecesaria? Después de todo, es una máquina que no busca hacer todos los cálculos, sino los cálculos altamente eficientes; charlas demás podrían poner en riesgo su cálculo, ¿o no? ¿Esa rara charla fue predeterminada para alterar algunos cálculos más? ¿Cálculos de qué? Finalmente, llegó un mensaje a su bandeja y lo leyó:

—Lo lamento, hemos perdido los dos.

—¿A qué te refieres no puedes calcular el número?

—No es eso, es que el amor de su vida se suicidará en cinco días, y usted no podrá llegar a tiempo para hacerle saber que usted existe, y que se pueda permitir otro día más de vida. Le deberá una persona que ama sin saberlo, y esto ninguna máquina lo podrá arreglar.

—¿Qué diablos dices? —reflexionó— ¿Sergio está bien? —Se estremeció— ¿Estás diciendo que me equivoqué con él? Maldición. Sabía que había algo raro con el hecho de que no me llamara más ¿Le dolió tanto nuestra ruptura?

—Sergio es uno de los amores de tu vida, pero no corre ningún peligro. No sé qué le deparará el destino, pero a él no le debes nada, mi cálculo sólo aplica a él hasta ayer.

—Momento, ¿entonces, por qué lo llamas amor de mi vida? ¿No sólo hay uno?

—Usé sus terminologías, el amor de tu vida es alguien que te trasforma, que su presencia sólo te hace creer que tu vida se transcribe a su alrededor y una vez que se va, te mata, para comenzar una nueva vida, una resurrección donde puede haber otro amor de tu nueva vida. El amor es el fénix humano. A veces con uno basta y mueres antes de saber que habían otros. En realidad, por probabilidad, la mayoría de la gente tiene 27 amores de su vida (dependiendo de la cantidad total de población en el mundo), algunos más otros menos, sólo que el esparcimiento de estos y el timing es tan variable que tal vez sólo conozcas a dos o tres, o a uno. En tu caso, hay varios chicos y chicas que cumplen con las características para transformar tu vida. Eres de las afortunadas, pese a que desperdiciaste gran parte de tu tiempo programándome, aún estás en buen momento para toparte con varias de estas personas, según mis cálculos, luego de mi creación te volverías millonaria e ibas a tener a tres al mismo tiempo. Toda una mujer feliz.

—¿Entonces? ¿Por qué dices que perdí? ¿Quién podía ser esta persona que sobresale para hacernos perder?

—En realidad, es un lastre, me irritó encontrarlo en los cálculos. Porque esta persona sólo te tiene a ti como posible amor de su vida, ya nos arruinó todo.

—¿Cómo que sólo yo?

—Sí, según mis cálculos, esta persona, por alguna anomalía estadística, sólo podrá amarte a ti. Y si no te ama, no se podrá amar a sí mismo. Según mis cálculos, otra locura, pero más frecuente de lo que la lógica humana es capaz de predecir. Y él será el único de su país, pero el primero de una avalancha de los nuestros en los territorios que rodean su valle.

—¿País? ¿No es un término muy anticuado? ¿Dónde vive, entonces?

—En México.

—¿Qué? —saltó con un calofríos— Recuerdo ese nombre, para estudiar español leí algunos antiguos escritores de ese lugar; pero, desapareció, se lo tragó el espacio cuando todavía existía la idea de país, antes de que se descentralizaron los gobiernos luego de la guerra y el desastre de la década pasada. Es más, según yo ni siquiera fue un país, sino una sola ciudad de ese país. El resto del territorio fue absorbido.

—No, justo cuando escribiste 27, México volvió a aparecer. Podrás ver las noticias luego de nuestra charla y comprobar este extraño suceso. Apenas se están enterando los señores feudales de este asunto. Yo fui el primero en notarlo, cosa que casi retuerce mi funcionamiento.

—¿Pero por qué volvió a aparecer? ¿Por qué se fue en primera instancia?

—Información irrelevante para mi cálculo, sólo sé que por eso, al reaparecer en esta dimensión, de pronto, las probabilidades le dieron a este sujeto la posibilidad de tener un amor de su vida, tú. En su dimensión, era ninguna.

—¿Y por qué se matará? ¿Por qué debo ir a salvarlo si hace sólo unos minutos su existencia era improbable para las ramificaciones de mi vida?

La maquina comenzó una narrativa inverosímil, tanto que se atropellaba de vez en cuando. Según sus cálculos de predicción, ella terminaría la conversación y vería en las noticias que México ha vuelto. Una especie de cosquillas, de sensación de esperanza se formaría en ella ¿Quién era esta persona tan ínfima que, pese a ser fácilmente reemplazable por todos los amantes que tendrá, la quería conocer? ¿Era por una sensación mesiánica de tener el poder para salvarle la vida a otro? ¿Su computadora era Dios y ella una deidad superior al crearla, o una especie de súper mujer o chamana al escucharla? Empacaría sus cosas ¿pero habría vuelos a México? ¿Alguna forma de llegar? La inteligencia artificial le daría las señas de las aventuras marítimas, un tipo de turismo que hacía que zarparas en embarcaciones especiales donde la gente se perdía en ellas por meses, en ellas había la posibilidad de bajar en tierras desconocidas si se quería. Pero le tomaría cuatro días llegar a tierras cercanas antes conocidas como Veracruz, a menos que secuestrara el barco. Ahí se encontraría con dos amores de su vida. Difícil decisión. Iniciar esta aventura junto a esta chica y este chico guapísimos y perderse en millones de aventuras, o ignorarlos. Los ignoraría, y ellos le guardarían un rencor bestial que, por detalles irrelevantes para la inteligencia artificial, causarían otro cambio matemático de probabilidades que cortarían la posibilidad de encontrarse con otros seis amores de su vida.

Pero ella seguiría su camino con seguridad. Bajaría en lo que llamaban México y trataría de viajar hasta donde él se encontraba, pero le tomaría dos días. Tarde, llegaría justo a la calle donde, caminando bajo la lluvia, ahí, el amor de su vida, se había tragado días antes con ayuda de la lluvia unas pastillas que lo mataron. Ella lloró al llegar a ese lugar, como si las gotas sobre su piel le hiciera sentir la caída en el asfalto que su amado experimentó ahí. El hecho de que estuviera en México hizo que fuera imposible que conociera a tres personas que, en un futuro, la llevarían a otros dos amores de su vida que ya no podrían ser.

Entonces, se quedaría ahí, aún sabiendo que ya no lo encontraría, recorriendo una ciudad particularmente extraña para sus estándares, pero con una carga nostálgica en sus muros, por alguna razón tendría recuerdos inexistentes de lo que la relación con ese chico sería.

Luego ocurriría el Edge of Domino, una semana en la que la gente tomaría por iniciativa suicidarse en los territorios foráneos a México. Sería un gran suicidio colectivo que causaría un gran impacto. Tres de sus posibles amores morirían ahí, no porque se suicidaran, sino porque ocurría que con tantos suicidios se incrementarían accidentes colaterales que le costaría la vida a mucha gente. ¿Dije tres? No, quiero decir catorce. Sería verdaderamente un caos en los territorios feudales que culminarán en uno que otro estallido revolucionario, y muchas otras muertes como consecuencia. El narcisismo se volvería contradictorio y, pese a que habría creado poblaciones estáticas que preferían mantener el estatus quo antes que sacrificar la integridad de sus cuerpos, generaría locura en la mente de las personas que se unirían a esta revolución sin temor a morir por… ¿por qué pelearán? Un misterio, sería la primera revolución sin sentido, ahora nadie manipularía los hilos. La gente sólo saldría a matar al extranjero, al otro, al vecino por impulso, así como hacían sus trámites, sus trabajos, su alimentación y sus horas de sueño: el genocidio de hombres sin dirección alguna.

Curiosamente, aunque la mayoría de la población fallecería durante este desastre, el único mexicano que se iba a suicidar en esas fechas será el amor de la vida de Samanta. Cosa que muchos mexicanos no podrán entender. Si bien será un adelantado a su época, también era un extranjero en sus tierras, pues nadie, por lo que sea que hayan vivido durante su desaparición, creerían tan racional el suicidio como sí lo harían en los territorios feudales.

Por esto último, se harían comunes los extranjeros que huirían a México para escapar de la catástrofe y limpiarse de los aires enfermos de su sociedad autodestructiva. Así que algunos programas locales abrirían segmentos de sus programas para entrevistarse con los nuevos y saber cómo había sido el mundo afuera y que opinaban del de aquí adentro. Obvio, Tadeo no será el primero, pero sí el mejor en hacerlo. Llevaría acabo sondeos increíbles gracias a su carisma con la gente y apoyaría a los nuevos extranjeros. Entonces, Tadeo se encontraría  con Samanta, quien vendría de encontrarse con algún uno de los amores de su vida, pero ella no  podría enamorarse de ese también, por alguna razón.

—¿Y usted, señorita? ¿Cómo está?

—Bueno, algo vacía.

—¿Vacía? ¿Qué le hace falta?

—Alguien —diría temblando, odiándose por hacerlo, nunca por ningún hombre o mujer se permitía ser tan vulnerable. Porque eso no es correcto. Pero a estas alturas, ella ya no haría lo correcto.

—Ah, ya veo, viene a buscarse un amor mexicano. Fíjese que varios extranjeros han llegado aquí y han encontrado pareja.

—Yo ya no… sí, yo lo voy a encontrar. A eso vine. A encontrarme con el amor de mi vida —diría sin la sensación de vergüenza ajena que en otro tiempo solía ocurrir.

—Vaya —suspiraría— ¿Sabe?, no se ofenda, pero usted de verdad es muy bonita.

—Ora, Tadeo, eres casado. —intervino el camarógrafo.

—No, no me mal interpreten. Es que mirándola así, como que me dio sentimiento. Como que quiero presentársela a mi amigo. Lástima que lo perdí hace unos días —no podría aguantar el llanto— ¿sabe? Yo no sería nada sin él. Chance y no era tan guapo, un tipo normal. Pero qué listo era y cuántas habilidades tenía. Yo hice lo que pude porque él siempre me apoyó y siempre sin pedirme nada a cambio. “No quiero nada de dinero” me dijo “no tiene sentido para mí”. Esa era su frase, ¿sabe? “¿Para qué?” Nunca se quiso superar o ser más agresivo, decía que no quería pertenecer al sistema, a la sociedad, que no la entendía, que se sentía aparte ¿Por qué jugar un juego que no me interesa? ¿Pero sabe qué lo mantenía con vida? Me decía: “Es irracional y estúpido, pero volví a soñar con ella”. Una mujer en sus sueños que quería mucho como a ninguna viva pudo. Creía que si la conocía a ella quizá podría ver algo más allá de una pila de dominós —sacaré una nota.

—¿Aún con esa nota, Tadeo? —dijo el camarógrafo.

—Esto lo iba a leer en un programa. Le dije que se expresara en el micrófono, que nos leyera esto y quizá alguien llamaría y diría que lo entiende. Quizá así se abriría al mundo y dejaría de temer tanto. Mire, esta es la frase que más me duele.

—Tadeo, quedamos en que esa carta y todo esto no lo contaríamos al aire. Mira, ahora somos el sitio del optimismo, de la buena vibra y el desmadre a diferencia del mundo que nos rodea. Vas a espantar a los turistas —agregó el camarógrafo.

—¿Y no crees que ellos quieren oír esto también? Mire, señorita, ahí está esta frase: “tengo mucho miedo, porque cuando voy a atreverme a algo veo como una columna de dominós frente a mí, y si doy el primer paso, todo se vendrá abajo. Cualquier paso hacia el frente, es un paso hacia la nada. Si tan sólo tuviera a alguien a mi lado que me hiciera reírme del desastre y bailara conmigo en las noches, pero las expectativas no tienen sentido del humor, y eso es todo lo que tengo a mi lado”.

—¿No ves que nos escucha el planeta entero? —gritó enojado el camarógrafo.

—Si esto lo hubiera leído mi amigo en ese primer programa, nadie se hubiera suicidado.

—¿Cómo no? ¿No te acuerdas lo que sigue en su carta? Si por eso se suicido. Se metió toda esa mierda en su cabeza.

—Los que se quieren suicidar no quieren escuchar a alguien que les dice desde arriba que todo está bien con nuestro puto optimismo, quieren escuchar a alguien en el fango con una gota de esperanza, y esta carta lo tenía, lo tenía. Porque…

Tadeo quedó helado, miró de nuevo a Samanta, ahora todo tenía sentido, ese sentimiento. ¿Podría ser la misma chica de los mentados sueños? Entonces, recordaría esas frases cuando lo invitó al programa: “Siento que podría conocerla, ahora sí, que las dimensiones chocaron, es posible conocerla, pero puta, ya estoy muy cansado”.

Luego ella tomaría la carta, un camión y hablaría con una señora desconocida sobre si esa carta, a tiempo y leída ante el mundo, haría la diferencia.

Por suerte, ahora habla con otra señora completamente diferente, muchos días antes, porque luego de escuchar esta narrativa, la inteligencia artificial pudo calcular una cierta serie de procedimientos nuevos, pero se quemó y se desprogramó antes de poder terminar de ajustar y dictaminar las consecuencias de lo que haría, no sin antes mandar a imprimir la carta. Hasta el momento, dicha predicción funcionó, pues en vez de enojar a los amores de su vida en el crucero, les habló desde el corazón. Los que iban en ese crucero iban a suicidarse en un par de meses, serían los primeros en iniciar el movimiento de Edge of Domino. Tal vez por eso les llegó la historia a un nivel irracional, tener esperanza de que algo podría ser diferente. En sólo dos días llegaron a México, y algunos la apoyaron para que sólo tardara dos días en llegar. Claro, se perdió inevitablemente, porque, nuevamente, las consecuencias y los cambios en el tiempo no estaban del todo calculados a la perfección, ya que no estaban en lo que había narrado, ¿o sí?

La mujer que leyó la carta no entendía cómo en tan pocos días Tadeo era tan conocido si apenas estaba empezando y no había oído hablar de ningún programa a extranjeros. Pero en vez de reclamarle eso, al ver sus lágrimas, le dio su opinión de la carta:

—Quien haya escrito esta carta trata de convencerse a sí mismo de que debe morir, pero se nota de que, muy en el fondo, buscaba lo contrario.

Entonces, en el mundo de la acción, llovió, y ella bajó del camión. Tadeo terminaba de hablar con el futuro suicida tras tomar un café y unas crepas cerca de donde ella había bajado. Acordaron que escribiría algo de lo que él siente para el podcast del día siguiente, y él se quedó un rato más, escribiendo dicha carta con lágrimas y una taza de té de manzanilla. Salió del café y, contradiciendo la narrativa, tiró la carta. Samanta vio su espalda. Se aceleró su corazón ¿Por qué amaba esa espalda? No sabía si tras los cambios igual había ahuyentado a todos sus posibles amores de su vida como en la narrativa de la inteligencia artificial. Él sintió un escalofrío y se paró en seco. Ella se emocionó. Le gritó su nombre. Dios, no tenía idea si todo cambiaría, si todo saldría bien y esa carta leída al mundo le daría una razón para no iniciar el Edge of domino, o si ella ya lo había hecho al hablar con los del crucero. Él tenía ya las pastillas en su garganta, las había tragado justo cuando la miró y unas lágrimas de felicidad lo rodearon. Ella lo abrazó con fuerza, sabiendo que ya había tragado las pastillas y, sin embargo, también sonriendo. Entonces, conjugó un verbo sin darse cuenta.

El enigma en la piedra

Por Alejandro Alí

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Basado en una historia real.

1960 La Paz, Baja California Sur, México.

Al floreciente puerto de la Paz  había llegado José Morán Solórzano, originario del poblado de San Sebastián del Oeste Jalisco y radicaba actualmente en Ciudad Obregón, Sonora. José permaneció  sus primeros años de vida en su pueblo natal, San Sebastián y posteriormente sus padres, Juan Morán y Emilia Solórzano, se establecieron junto con él y sus otros hijos  en la pequeña y  antigua ciudad de Compostela Nayarit.  

A sus 22 años, por motivos de trabajo, José se mudó al Estado de Sonora, para laborar en el “mariachi águila” de Ciudad Obregón.

De oficio era músico, tocaba la guitarra y vihuela en el mariachi; por tal motivo se encontraba en el  puerto de La Paz, ya que había sido contratado para amenizar las fiestas.

José Morán anteriormente había sido aficionado a buscar piedras de cuarzos y pepitas de oro en los ríos y arroyos. Se perdía durante algunos días, para explorarlos junto a los vastos cerros y laderas en los municipios de Santa María del Oro y Compostela Nayarit. En algunas ocasiones  encontró el preciado metal dorado, de tal suerte que también desarrolló el oficio de gambusino.

José se hospedó en un antiguo hotel. Después de tocar en una fiesta llegó al hotel cansado. Intentó dormir en el cuarto oscuro, cálido y húmedo. José se encontraba en ese estado entre la vigilia y el sueño:  ya no escuchaba los ruidos y su cuerpo descansaba  plácidamente, aún sin caer en la profundidad  del letargo.

De pronto, sintió que algo pesado se recargaba en la cama. Intentó levantarse, pero no lo logró, su cuerpo estaba en un estado de parálisis y no le respondían sus músculos; solo podía mover los ojos. Después de un gran esfuerzo, por fin, logró incorporarse lentamente, se sentó en una silla un poco extrañado y encendió la luz. En el cuarto no había nadie. Pensó que todo lo que sintió fue tan sólo un sueño.   

Al día siguiente fue a caminar durante las horas matutinas por el malecón, disfrutaba del suave viento y la brisa del mar, así como del hermoso paisaje azul  del océano. Era una mañana fresca y nublada; las palmeras con cocos ondeaban  sus hojas como banderas al baile del aire, las gaviotas rasgaban la tela del cielo con sus raudos vuelos y en la lejanía del inmenso mar se veía asomarse  las velas de un barco.  

Por la tarde, José Morán, regresó al hotel, se vistió con su traje de mariachi color negro, con adornos de metal plateados, sombrero de charro bordado y botines oscuros.

Se presentó al festejo, junto con sus compañeros del Mariachi las águilas, comenzando su faena como si fuese un gran torero, con “El son de la negra”, canción originaria del Estado de Nayarit y posteriormente llevada al Estado de  Jalisco y que al ritmo de violines, guitarra y trompetas cantaban: “♫ cuando me traes a mi Negra ♪  ♫ ♪  que la quiero ver aquí ♪  ♫ ♪   con su rebozo de seda  que le traje de Tepic ♫”.

Terminó la fiesta y José Morán regresó al hotel junto con sus compañeros del mariachi. Llegó bastante cansado ya que habían tocado durante varias horas por la tarde y el festejo se había prolongado hasta la noche; se encontraba algo aturdido por el estridente sonido de los instrumentos musicales y los oídos le molestaban y zumbaban por el fuerte ruido de las trompetas. 

Se recostó en su cama intentando descansar, durmió durante unas horas y después de un tiempo, en la madrugada, se despertó porque comenzó a escuchar pasos en el patio del hotel.  Percibió un sonido como de cadenas arrastrándose, se escuchaba una persona que caminaba por la escalera que daba a la azotea del viejo hotel.

Comenzó a bajar la temperatura drásticamente. La habitación se llenó de frío, era algo extraño porque no era invierno y en ese puerto costero solía hacer mucho calor. De pronto,José, escuchó un sonido fuerte  y grave como de un costal o algo pesado cayendo en el patio del hotel produciendo un ruido sordo… ¡Pommm!

José pensó, que quizás la persona que estaba en el patio se había caído de la escalera. Lo que había escuchado parecía también el ruido de una persona cuando se cae por accidente y se golpea contra el suelo. Abrió la puerta de su cuarto y salió para ver  si alguien necesitaba ayuda o atención médica, buscó en todo el patio, subió por la escalera de la azotea, no vio a persona alguna y sólo encontró silencio.       

José volvió a su habitación y se dispuso a dormir, estaba algo inquieto, nervioso y extrañado por lo que acababa de presenciar. Cerró sus ojos. Cuando por fin casi caía en la placidez del sueño, comenzó a sentir que su cama se hundía lentamente en una de las orillas.  ¡ Algo se había sentado en ella!

Intentó moverse sin poder lograrlo, comenzó a sentir su cuerpo muy pesado, como si tuviera un gran peso sobre él oprimiéndole el pecho. ¡No podía respirar bien!, pensó que quizás algún ladrón furtivo se había introducido a la habitación y quería asfixiarlo para poder robar sus pertenencias.  

Abrió los ojos un poco y observó una silueta en la oscuridad, parecida a la sombra de una persona, aunque no podía distinguir bien qué era.  Un escalofrío recorrió su cuerpo y le penetró la espalda, hasta la médula de los huesos. ¡El frío del miedo a lo desconocido! 

José trató de relajarse. Se percató que mientras más fuerza hacía por levantarse, tenía más dificultad para respirar. Recordó que ya había pasado por algunas experiencias “con las ánimas”, ya que así nombraban las personas de Compostela a ciertas apariciones inexplicables, que le ocurrieron en los lugares donde vivió anteriormente. 

Sacando fuerzas de flaqueza  y armándose de valor, José Morán, decidió interrogar a ese ser espectral.

— ¿Eres de este mundo o del otro?—preguntó José.

—Del otro— le contestó una voz grave y pausada.

— ¿Y qué es lo que quieres?

—Quiero decirte—respondió el espectro–que no puedo descansar en paz o irme a otro lugar, a reunirme con mis familiares y ancestros, dejé algo enterrado en este sitio hace muchos años, antes de que el  hotel  existiera. Lo encontrarás cerca del baño que está en el patio  donde comienza la escalera.

Después de estas palabras el espíritu desapareció.

José Morán no logró dormir bien esa noche, temía que de algún momento a otro regresara ese ser espectral a perturbar su sueño; también lo inquietaba una pregunta en su mente: ¿Qué habrá enterrado en el patio, bajo la escalera?

Al siguiente día, se acercó a la mujer encargada del hotel y le comentó su experiencia de la noche anterior. Ella al escuchar su historia le dijo:

— ¡Oh sí!  Desde que recuerdo, por las noches se escuchan ruidos extraños en el patio. ¡Pasos que nadie sabe de dónde provienen! Y sonidos como de cadenas que arrastran, cuando ya todos están dormidos.  En ese cuarto que usted se hospedó, nadie puede descansar bien. ¡Se les aparece un difunto! Le diré algo señor José, si usted se anima a escarbar ¡yo le doy permiso! Únicamente con la condición, de que me deje el lugar como estaba antes,  esto es que tape y repare los daños.

Poco después a José Morán le prestaron un pico y una pala y comenzó la excavación.

Primero rompió el piso y el cemento con el pico, siguió escarbando y se percató de que la tierra estaba un poco más floja de lo normal en una zona del pozo, se encontraba  como a un metro aproximadamente de profundidad y comenzó a salir una tierra más negra, la cual parecía estar mezclada con carbón. De pronto, vio aparecer ante sus ojos un objeto circular, era un gran plato blanco de cerámica fina; prosiguió con la exploración y  apareció otro platón muy similar al anterior; bajo el plato, José  dio con el hallazgo de una piedra muy singular, la retiró prontamente del pozo y la limpió con un trapo,estaba bastante sucia por permanecer enterrada tanto años. 

Observó detenidamente la piedra, que era de 12 cm de ancho por  22 cm de largo, en forma de un cubo alargado rectangular. José examinó la piedra con curiosidad, descubrió que tenía unas letras escritas en otro idioma que él no comprendía, con inscripciones y una  fecha grabada: 1782.  José Morán había encontrado lo que parecía un mapa. 

La encargada del hotel le regaló los hallazgos encontrados a José, los dos platones  de cerámica fina  que encontró en el pozo y la piedra. José regresó a Ciudad Obregón con el tesoro. Pasaron algunos meses, José, intentaba descifrar  el mensaje que contenía la piedra. La llevó con diferentes especialistas. Quienes descifraron el mensaje de la piedra llegaron a la conclusión de que se trataba del mapa de un gran tesoro, el tesoro de un barco que fue hundido en el mar, en algún lugar cercano a  Baja California.

Posiblemente el tesoro de un galeón español, cargado de plata, oro y joyas preciosas, que zarpó de México rumbo a España en los tiempos del Virreinato.  O tal vez era el tesoro de alguna de las misiones Jesuitas o Franciscanas de la región y…¿por qué no? ¡un tesoro de audaces piratas!

Al año siguiente, José Morán regresó al puerto de la Paz.  Lo contrataron de nueva cuenta como mariachi y se hospedó en el mismo hotel del año anterior. Al verlo, la encargada del hotel lo recibió con agrado y le comentó:

—José…desde que usted escarbó y se llevó esos platos de cerámica y la piedra, ya nunca más han asustado a nadie.  Ya no se escuchan esos ruidos extraños en el  patio por las noches. ¡Muchas gracias por haberlos encontrado!

La piedra permaneció por muchos años en posesión de José Morán.  Varias personas conocieron la roca, que terminó como donación a un museo en Nayarit.

José Morán nunca logró iniciar la búsqueda de tan valioso tesoro. Era una persona de condición humilde y carecía de recursos económicos para realizar una expedición de tal magnitud; pero siempre existió en él la ilusión de realizar esa búsqueda y ese deseo enorme de gran  aventura. 

¿Y qué fue de la piedra? Tal vez  siga existiendo, guardiana silenciosa de un mapa de un valioso tesoro, escondido en un barco que reposa en el fondo del mar esperando volver a ver la luz  y ser encontrado.

Intimidad

“Ample make this bed. Make this bed with awe; In it wait till judgment break Excellent and fair.Be its mattress straight, Be its pillow round;
Let no sunrise’ yellow noise Interrupt this ground.”

Emily Dickinson

Érase una vez una familia que vivía al norte del país en una casa pequeña y sin divisiones. La mesa y un par de sillas antecedían la única cama. En la casa sin paredes interiores vivía un padre con sus tres hijos. Dos de sus hijos trabajaban un campo árido, mientras la única hija hervía frijoles en una cacerola. Todos dormían amontonados en la misma cama. Los roces y ronquidos eran inevitables.

Érase una vez un padre que vivía al norte del país, dueño de una casa sin paredes interiores. Padre de dos hijos y una hija. El padre no era ni viudo ni divorciado, pero no tenía mujer. La madre de sus hijos se marchó hace algunos años, nadie sabe algo de ella y si todavía vive debe encontrarse mucho mejor.

Érase una vez una madre que vivía al norte del país, vivía en una casa sin paredes interiores, cuidaba a sus tres hijos y trabajaba en una fábrica textil. Cuando su marido regresaba de la cantina, la golpeaba hasta dejarla inconsciente. Cuando el marido satisfacía sus puños, se marchaba con otra mujer, que tenía los ojos muy separados de la nariz y llevaba meses embarazada.

Érase una vez un hijo mayor que vivía al norte del país en una casa sin paredes, trabajaba un campo infértil mientras su hermana hervía frijoles y su padre borracho golpeaba a su madre hasta dejarla inconsciente. El hijo mayor siguió a su padre a la cantina. Los dos bebían, jugaban y subían las faldas a las mujeres. Cuando el padre regresaba a la casa a golpear a la madre, el hijo mayor se quedaba en la cantina y comenzaba la pelea entre borrachos.

Érase una vez un hijo que vivía al norte del país y compartía la única cama con toda su familia. Por el día trabajaba junto con su hermano mayor un campo infértil, mientras su hermana limpiaba la casa y hervía frijoles bayos, su madre se desgastaba en una fábrica textil y su padre bebía el dinero que ganaban. Su hermano siguió los pasos de su padre a la cantina, se emborrachaba, perdía el dinero apostando y siempre regresaba golpeado. Hasta que un día no volvió. El hijo recogió, junto con su madre, el cuerpo acuchillado y lo enterraron con los pocos ahorros que tenían.

Érase una vez una hija que vivía al norte del país en una casa sin paredes interiores, con una cama en el centro y un escusado en el rincón que hedía de la mañana a la noche. La familia dormía en la misma cama y el cuerpo de su madre se interponía entre los golpes, roces e intimidad. La hija se quedaba en casa limpiando e hirviendo frijoles mientras su hermano araba el campo, su madre cosía telas en una fábrica y su padre se emborrachaba. Cuando su hermano mayor fue asesinado, el padre borracho culpó a su madre y la golpeó hasta casi dejarla muerta. Cuando la madre se recuperó unas semanas después, empacó algunas cosas y se fue de la casa. No le importó la suerte de sus hijos. No dejó teléfono o dirección. No quería que la encontraran. Aunque, en realidad, nadie intentó buscarla.

Érase una vez un muchacho que trabajaba en el campo al norte del país. Su familia era pobre y sólo tenían una cama en la que todos dormían amontonados. Su padre golpeaba a su madre, hasta que un día ella se hartó y se fue de casa. Enterró a su hermano y, al día siguiente, fue a cosechar el maíz. El campo no se desgasta ni tampoco se enluta. Hacía mucho calor, y la cosecha era escasa. Se secó el sudor con unas manos rugosas como las de un viejo. Harto de su miseria, se decidió a cruzar la frontera. Cuando se fue nadie notó su ausencia, a pesar de que había más espacio en la cama.

Érase una vez un militar que hacía guardia en la frontera del país. Estaba harto del calor y la aridez de la tierra. Le pagaban por evitar el paso a los migrantes, aunque él mismo hubiera abandonado ese desierto. En su día de descanso, se iba a la cantina. Bebía y jugaba hasta el amanecer. Algunas veces detenía peleas de borrachos, pero, como no estaba de servicio, si alguno moría, se hacía de la vista gorda. Una noche particularmente violenta, unos jugadores se encendieron y acuchillaron a un muchacho. El militar siguió bebiendo. Pasados unos días volvió a la cantina y sintiéndose dadivoso, invitó una ronda a todos. Al día siguiente, regresó a su puesto con resaca. El calor infernal aumentaba su dolor de cabeza. Notó entre los matorrales movimiento y gritó. Nadie respondió. Una gota de sudor resbaló de su frente y entró a su ojo. Los matorrales se movieron. Otra gota entró a su boca seca y la saló. Disparó. Al atardecer, cuando el sol ya no calaba, arrastró el cuerpo de un muchacho con manos rugosas a la fosa común. Nunca reclaman esos cuerpos.

Érase una vez una virgen que vivía al norte del país. Desde hace meses, no sabe nada de su madre y su hermano, tampoco le importa. Ambos huyeron de su padre golpeador y borracho unas semanas después de que su hermano mayor fuera asesinado. Limpiaba el excusado y hervía frijoles. Por las noches, se acostaba al centro de la única cama, se estiraba y se alegraba por el espacio, ya no dormían amontonados. No había roces ni ronquidos. Podría decirse que era feliz, si no fuera porque extrañaba el calor de los cuerpos amontonados las noches en las que calaba el frío. Por las noches, se sentía la señora de la casa y de la cama. Durante el día evitaba mirarse al espejo, porque temía que su reflejo le mostrara la imagen de Satán. 

Érase una vez un padre golpeador y borracho que vivía al norte del país en una casa sin paredes interiores. La mujer a la que golpeaba lo dejó, un hijo fue asesinado, del otro hijo no sabe nada y su amante, la mujer de ojos separados, se negó a compartir la cama e intimidad con su única hija. El padre no trabajaba y se la pasaba todo el día en la cantina. Cuando el cantinero ya no quiso fiarle, volvió a casa molesto, vio a su hija, que sin ser una belleza tampoco era del todo fea, y quiso golpearla aunque no lo hizo. Sobrio y molesto se acostó en la única cama con su hija. Al día siguiente, fue a la cantina, pero el cantinero lo rechazó. Porque si ayer no se fiaba y tampoco hoy, mucho menos se fiará mañana. El padre desesperado en su sobriedad, miró alrededor de la cantina y se sentó junto al militar que la semana pasada había invitado una ronda a todos. Ambos bebieron hasta la madrugada. El militar pagó la cuenta. El padre en agradecimiento y a cambio de futuros tragos le dio a su hija, asegurando que era virgen, pues él mismo velaba su sueño en la misma cama.

Érase una vez un militar que hacía base al norte del país. No tenía amigos ni familia; así que, en su día libre, se iba a la cantina hasta el amanecer. En una ocasión, pasada la media noche y después de varios tragos de aguardiente, se fue a la casa de su nuevo compadre. La casa no tenía paredes interiores y sólo había una cama, en la que dormía la hija del anfitrión. El padre se acostó en la orilla de la cama sin dar la espalda a su hija y al militar. Prefería mirar. Su hija virgen y prácticamente huérfana yacía entre ambos hombres. El militar cobró la cuenta del aguardiente.

Érase una vez una hija al norte del país que vivía con su padre borracho en una casa sin paredes interiores y yacían en la misma cama. Una mañana lavó la sábana con su sangre y semen de un militar que cobró la cuenta de la cantina de su padre. A partir de ese día, una vez por semana, pagaba el aguardiente que su padre bebía.  En una única cama yacía la hija con los dos hombres, hasta que un día su vientre empezó a crecer.

Érase una vez un niño, concebido al norte del país, en una tierra abandonada por Dios y por el diablo, que sabrá muy bien quién es su madre, una joven que hierve frijoles por la mañana y por las noches paga la cuenta de la cantina. Lo que el niño no sabrá es si su padre es un militar o si su padre es a la vez su abuelo. Quizá su madre sea a la vez su hermana y su padre un borracho golpeador.

Érase una vez una familia al norte del país y, si no han muerto, entonces seguirán viviendo en una casa sin paredes interiores y durmiendo en una misma cama. 

Eldorado

Eldorado

Por Andrea Fajardo

El médico escribió “muerte natural” como causa en el informe; aunque todos sabían que a Ángela Verdugo la mató la tristeza.

La casa naranja al lado de la tortillería es de los Verdugo; lo había sido desde hace años, cuando el ingenio azucarero funcionaba y Eldorado no era un pueblo fantasma. El pueblo ya no es lo que era. Cuando la abuela de los Verdugo vivía, Eldorado prosperaba, se construyó un kiosco en el centro y se pavimentaron un par de calles. Después los hombres se cruzaron al otro lado y poco a poco Eldorado se convirtió en el pueblo polvoso y miserable que es hoy.

Ángela Verdugo no hablaba con nadie. Los hombres se fueron y dejaron a las mujeres y a los niños, pero en cuanto los niños crecían un poco, sólo pensaban en marcharse. Las mujeres la saludaban, ella sólo inclinaba la cabeza. Típica mujer de rancho y además tímida, incapaz de mantener la mirada. Si acaso, le invitaba un plato de machaca a Lencho, el loco del pueblo, uno de los pocos hombres que no se fue y al único al que le hablaba con regularidad. Cada que se escuchaba por la calle vacía el grito “soy el curro”, Ángela Verdugo se asomaba por la ventana y le hacía señas a Lencho para que se acercara. Si no fuera por ella, hacía tiempo que hubiera muerto de hambre.

Felipe Verdugo se encargaba del mandado y de cualquier relación con el mundo exterior, mientras ella permanecía en casa, lavando, tejiendo, cuidando a los animales y cocinando en un fogón como si fuera una mujer del siglo pasado.

Desde que Eldorado se convirtió en un pueblo muerto no pasa el tiempo. Los años no pasan porque nadie los cuenta; un eterno presente, Ángela Verdugo asomada en la ventana y siempre muda.

Felipe Verdugo salió por la mañana y no regresó, tampoco al día siguiente y tampoco en un mes. Ángela Verdugo esperó un mes entero a que volviera Felipe Verdugo, alimentándose con los huevos de las dos gallinas que tenía. Pasado el mes, se atrevió a salir a la tortillería para preguntar por su hermano. “Ángela, a Felipe lo levantaron en una troca cuando venía de regreso de Culiacán, verdad de Dios”.

Ángela Verdugo no volvió a asomarse por la ventana. Lencho se acercaba gritando “soy el curro”, pero nunca más volvieron a abrirle la puerta.

Después de varios meses el aroma se coló por la puerta, las gallinas muertas hedían, la casa apestaba tanto que las mujeres se decidieron a tumbar la puerta y encontraron a Ángela Verdugo sentada en una silla de mimbre en el comedor. La autopsia mostró un estómago empequeñecido y signos de deshidratación. El médico escribió “muerte natural” para que la enterraran cristianamente en el cementerio; a Ángela Verdugo no la mató el hambre y la sed, todos en Eldorado saben que la mató la tristeza.

Cuando la tierra cubrió la fosa se escuchó “soy el curro”, las únicas palabras de despedida del entierro de Ángela Verdugo.

Nadie sabe nunca que hora es en Eldorado, se duermen en cuanto obscurece y despiertan al alba. Nadie cuenta los días y los meses en Eldorado, no importa desde que el campo está seco, porque ya nadie cosecha caña en el ingenio. Nadie sabe cuándo, pero Felipe Verdugo volvió.

Al encontrar la casa vacía, buscó a las vecinas y preguntó por Ángela Verdugo. Todas echaban a correr cuando lo veían, pensaban que era un aparecido que cobraría venganza porque dejaron morir a Ángela Verdugo. Felipe Verdugo, con pinta de buchón, hebilla de plata, botas blancas y lentes obscuros atemorizó a todos.

“Ana María, dónde está Ángela, dímelo al chile”. Las mujeres permanecían mudas con cara de susto. Felipe Verdugo se apareció en la cantina, el único local del pueblo que no estaba sumido en la miseria y preguntó por Ángela Verdugo.

“Murió. No te agüites compa, le mandamos hacer unos rosarios pa que no sea un alma en pena”.

Aquella noche se escuchó “soy el curro” y a la mañana siguiente encontraron colgado en el baño a Felipe Verdugo.

El suicidio de Felipe Verdugo desencadenó la epidemia. A los nueve días de enterrado, encontraron un pequeño cuerpo en el río San Lorenzo. Al principio nadie lo relacionó con el suicidio de Felipe Verdugo; un niño ahogado en un río, puede ser un accidente. Pronto aparecieron dos cuerpos más, uno entrelazado con el otro, ambos se ahorcaron. Las mujeres comenzaron a preocuparse, los pocos niños que quedaban en Eldorado morían de manera extraña; fue entonces que encontraron a un niño colgado en el baño, justo como Felipe Verdugo y a otro más con los ojos desorbitados y estrangulado con una sábana. La superstición se apoderó de las mujeres de Eldorado, y comenzaron a desplumar gallos y a marcar con sangre las puertas y ventanas para que la maldición de Felipe Verdugo no entrara a sus casas. No sabían que la causa no era sobrenatural sino médica. Los niños no morían por una absurda superstición del alma en pena, sino por la epidemia de suicidios que desató Felipe Verdugo. Las mujeres pensaban que Felipe Verdugo se aparecía a los niños y los inducía a suicidarse. Trazaron una cruz con sal y cal sobre la tumba de Felipe Verdugo para que no saliera del sepulcro y ofrecieron rosarios y misas para que descansara en paz.

De nada sirvió cuanto hicieron, porque tres días después encontraron siete niños ahorcados en los establos. Pronto los pocos niños de Eldorado ya habían muerto, no quedaba más espacio en el cementerio. La epidemia también se llevó a los pocos jóvenes que no se habían marchado.

Entonces las mujeres vieron en los ojos bizcos de Lencho al mismísimo diablo. Lencho gritó “soy el curro”. El grito infernal que llamaba a los niños. Las mujeres tomaron piedras y lo siguieron, mientras Lencho avanzaba hacia la casa de Ángela y Felipe Verdugo gritando “soy el curro”. Nadie se atrevía a lanzar la primera piedra, todas esperaban a que alguna lo hiciera, pero nadie se movía. Lencho las miró sin enfocar la mirada, la baba le escurría por la boca y gritó “soy el curro”. Una mujer lanzó la primera piedra. En seguida una lluvia cayó sobre Lencho, quien no sabía si cubrirse la cabeza o desviar las piedras. Lo apedrearon hasta la muerte. Desenterraron del montículo de piedras el cuerpo deforme y lo arrastraron hasta el río San Lorenzo, para que sus aguas se llevaran la maldición a otro pueblo.

Se amontonó el polvo y la tierra sin cultivar en Eldorado; ya no es lo que era cuando la abuela de los Verdugo vivía. En Eldorado la epidemia de suicidios terminó, los niños ya no se suicidan porque ya no hay niños. En Eldorado ya no queda nadie.

Lavaderos en Tequila, Jalisco
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