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Depresión de los santos

Depresión de los santos

Por Salvador Fabre

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Hay un clásico de la literatura espiritual titulado: “Los defectos de los santos” de Jesús Urteaga Loidi. Este breve texto busca ser una actualización y complemento de tal libro. En realidad, Urteaga se refiere a los santos de la Biblia y sólo a sus flaquezas morales. El mensaje es claro: busca transmitir esperanza en la búsqueda de la santidad, mostrar que nadie nace santo, y cómo los santos, al igual que nosotros, tuvieron sus luchas y caídas, pero siempre se levantaron. En este texto, también partiendo de personajes centrales del Antiguo Testamento, busco mostrar cómo las flaquezas humanas en general -no sólo morales- sino psicológicas o anímicas, también están presentes en los santos, de manera que no tenemos que extrañarnos por tenerlas, menos aún ponerlas como excusa para no tender a la santidad.

Quizá la forma más brutal de abatimiento y desesperanza ante la vida sea el suicidio. Son desalentadores los índices de suicidio, sobre todo entre jóvenes, los casos han aumentado exponencialmente durante este milenio. Es particularmente alarmante enterarse de que algún amigo o familiar ha tenido un intento de suicidio, y doloroso quizá el experimentar personalmente, en alguna ocasión, el deseo de morir, el desencanto ante la vida, considerarla más como un castigo o una carga que como un don. Pues bien, esta última situación la experimentaron dos de los personajes más egregios del Antiguo Testamento: Moisés y Elías, y no veo motivo por el que un santo posterior a la venida de Cristo o contemporáneo nuestro, la pueda sentir también.

Cronológicamente, el primero en experimentarlo fue Moisés. Abrumado por la carga que Dios había puesto sobre sus espaldas, le pide al Señor que le quite la vida y le reclama su modo de tratarlo. Así lo relata Números 11, 11-15: “… y [Moisés] le dijo a Yahveh: «¿Por qué tratas mal a tu siervo? ¿Por qué no he hallado gracia a tus ojos, para que hayas echado sobre mí la carga de todo este pueblo?… No puedo cargar yo sólo con todo este pueblo: es demasiado pesado para mí. Si vas a tratarme así, mátame, por favor, si he hallado gracia a tus ojos, para que no sea más mi desventura.»”

Moisés, es evidente, por lo menos por un momento se siente desgraciado en su vocación, en el camino y la misión que Dios le ha dado. Y Moisés es calificado en otra parte por Dios mismo como “el más humilde de los hombres” (cfr. Números 12, 3). Es, claramente, lo que podríamos llamar un “consentido de Dios.”

Moisés. Escultura de Miguel Ángel. Iglesia
San Pedro encadenado, Roma.
Foto: Maria Laura Catalogna.

Por su parte Elías, el modelo de los profetas, tuvo también su momento de abatimiento. Escuetamente nos dice 1 Reyes 19, 4: “Él [Elías] caminó por el desierto una jornada de camino, y fue a sentarse bajo una retama. Se deseó la muerte y dijo: «¡Basta ya, Yahveh! ¡Toma mi vida, porque no soy mejor que mis padres!»” El más grande de los profetas “se deseó la muerte.”

Recordemos que Moisés y Elías de alguna forma engloban y simbolizan todo el Antiguo Testamento. No en vano fueron ellos los que se le aparecieron a Jesús en la Transfiguración, comentando con Él las cosas que iban a acaecer en Jerusalén (la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús, el Misterio Pascual). Y sin embargo esos dos grandes se desearon la muerte, le pidieron a Dios que les quitara la vida; consideraron la vida y su vocación como superior a sus fuerzas, se sintieron profundamente desalentados y desdichados.

En la Sagrada Escritura es maravilloso ver cómo se entreteje lo humano y lo divino, la Biblia nos muestra a sus protagonistas como hombres reales, de carne y hueso, con sus grandezas y debilidades, que no hace esfuerzos por disimular. Así nos ayuda a comprender que el ideal de la unión con Dios, la realización de nuestra misión en la vida, el desafío de la vida misma y de la vocación, no son “ideales” (no en el sentido de poseer un ideal, sino en el de representar una quimera, una ensoñación, algo bonito pero irrealizable, un buen deseo), sino “reales”, con todas las consecuencias que las palabras “real” y “humano” tienen. Los más grandes cayeron en ese abatimiento, en ese sótano anímico; pero se levantaron.

La Transfiguración. Óleo Gérard David.

No se trata de una caída propiamente moral, sino anímica, un estar en el fondo de la depresión y el desaliento. ¡Qué diferencia con Judas!, que sí se suicidó, sucumbió a la desesperación. Moisés y Elías se quedaron en el límite, rehicieron su vida y realizaron su vocación. ¿Dónde estaría la diferencia? Es difícil decirlo, ¿predestinación? Tal vez… Lo claro es que tanto Moisés como Elías convirtieron su abatimiento en una forma de diálogo con Dios. Le expusieron a Dios su alma y su corazón tal como estaban, y Dios los escuchó y los levantó. Es decir, convirtieron su depresión en oración, y se abrió para ellos el camino de la esperanza.

Depresión de los santos

Pascua: alegría o depresión

Por Pbro. Mario Arroyo

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Con la Vigilia Pascual hemos entrado en el tiempo de Pascua, un tiempo caracterizado por la alegría que produce en el cristiano la resurrección de Jesús. Las notas características de esta época son esperanza, optimismo y la alegría apenas mencionada. Ahora bien, esa alegría que pudiéramos denominar litúrgica choca con la realidad más tangible, que tenemos entre manos estos días: la guerra de Ucrania, la violencia en México, la corrupción en Latinoamérica, el aborto a nivel mundial. Digámoslo de otra forma: tenemos bastantes motivos para estar tristes, ¿podrá abrirse paso entre ellos la alegría litúrgica de la Pascua para cambiar nuestro talante?

Pienso que la clave estriba en dos factores, bien descritos en la bonita historia evangélica de los discípulos de Emaús. Ellos abandonaban Jerusalén desalentados, desesperanzados. Sus ideales se habían pulverizado ante el escándalo de la Cruz, y era tanto su abatimiento que no reconocen a Jesús, quien se les aparece a la vera del camino. Le cuentan todo lo que pesa en sus corazones, y cómo pensaban que Jesús iba a liberar a Israel del dominio romano; esperaban un mesías político, no espiritual. Y Jesús les explica cómo estaba profetizado que el mesías debía padecer, y cómo estaban totalmente equivocados al buscar un mesías político y no uno espiritual.

El segundo factor es que los discípulos estaban pendientes de sí mismos, de su tristeza, desaliento, y no de Jesús. A veces, en nuestra vida, estamos demasiado enfrascados en nuestros problemas y no levantamos la vista, no le miramos a Él. La alegría de la Pascua es la alegría por Cristo, la esperanza en Cristo, pues tenemos la certeza de que Él vive. De ahí se desprende una actitud optimista ante los retos de la vida, porque tenemos la seguridad de que está con nosotros

También nosotros, como los discípulos de Emaús, podemos buscar un mesías político. Alguien que ponga en paz a Putin, que haga el inmenso milagro de acabar con la corrupción y la violencia. Un mesías con miras puramente humanas. Y eso es precisamente lo que corrige Jesús. No viene a arreglar los problemas políticos y sociales de un determinado tiempo y lugar, sino que nos invita a elevar la mirada a las realidades trascendentes.

Alguien podría considerar que Jesús no es un auténtico liberador y que, al permanecer nuestros problemas intactos, no tenemos motivos para la alegría y la esperanza. Más aún, podría parecer obscena nuestra alegría, cuando millones de personas son desplazadas por la guerra y sus hogares son destruidos: La alegría pecaría de ser poco empática con el inmenso sufrimiento de tantos seres humanos. O cuando millones de vidas humanas son cegadas en el vientre de su propia madre, mientras los demás nos hemos acostumbrado a ello como si fuera parte del paisaje. No, no hay motivos suficientes para estar alegres…

Aparentemente colisionan las dos narrativas: la litúrgica de la alegría y la realidad del desconsuelo, el desaliento y la tristeza. Pero este choque es solo una apariencia, pues al final puede prevalecer la visión litúrgica de la alegría, precisamente porque también es real –Cristo realmente resucitó y realmente está vivo–-, y porque nos invita a mirar la trascendencia, a elevar los ojos al Cielo, a la vida eterna, que también es real.

Discípulos de Emaús. Óleo basado en Rembrandt por Vicente Valenzuela Osorio.

Quizá se entienda haciendo una comparación con los discípulos de Emaús. Para ellos la realidad que importaba era la opresión del pueblo judío por parte de los romanos. Esos eran los problemas reales que esperaban respuesta. Ellos pensaban que el mesías los iba a resolver y no los solucionó. Pero les abrió la mirada a un horizonte más amplio, y los colmó de esperanza. Precisamente porque la vida eterna, la salvación son realidades imperecederas, duran por siempre. El Imperio Romano pasó, Putin también pasará, morirá como mueren todos los hombres, las guerras, gracias a Dios, no son crónicas, pasan. Pero lo que no pasa es Jesús vivo. Y por ello, podemos tener puesta en Él nuestra esperanza, una esperanza que va más allá de los problemas inmediatos de la vida, y que nos permite darles a esas dificultades una importancia relativa, de forma que no nos obsesionemos por aquello que no podemos cambiar. Y con esa visión trascendente, tenemos otra actitud para enfrentar esos problemas reales y, lo que es muy importante, podemos afrontarlos con alegría en el corazón.

¿Cómo un romántico intelectual decidió ir al psiquiatra?

Génesis de una patología

Consultorio del psiquiatra:

—Es muy interesante tener la oportunidad de platicar con un paciente intelectual.

—¿No somos frecuentes?

Estas fueron las palabras que resonaban en la cabeza de nuestro personaje una vez que salió del consultorio e iba de camino a casa.

—Unas cuantas drogas y terapia, y ya estoy casi hecho un hombre nuevo en menos de un año— habló consigo mismo — ¿Qué hubiera pasado si tomaba este camino hace cinco años y no hasta ahora?

Quedé algo intrigado ¿Desde cuándo entonces estaba enfermo mi personaje? Conozco a muchas personas que tienen muchos desastres en relaciones interpersonales y laborales, pero uno siempre cree que son personas “tóxicas”, “malvadas”, “desastrozas”, que merecen aprender una lección o que les den una buena sacudida para que se despierten de su letargo. Pero esa reflexión lo cambia todo, porque quiere decir que no es algo que les pasa en el momento, o algo que son, si no algo que se va construyendo. Quizá la depresión es una enfermedad que tiene más que ver con la diabetes o el cáncer que con un simple catarro ¿O estaré divagando? Me sentí muy confundido ¿Cómo un narrador va a contar la historia de un personaje al que no se ha tomado la molestia de conocerlo? En ese momento, descendí a su plano de realidad y comencé con la siguiente entrevista. 

—Oye ¿Puedo hacerte unas preguntas?

—Por supuesto ¿Qué quieres saber?

—No sé por dónde empezar, es la primera vez que hago esto. Normalmente juzgo y condeno a los villanos y premio a los héroes, nunca me he detenido a escucharlos.

—Di la primera pregunta que se te venga a la cabeza.

—¿Por qué te enfermaste?

—Porque recurrí a la oscuridad para escapar del mundo. Busqué su protección.

—No, estás equivocado, la oscuridad es insegura ¿Cómo te va a proteger?

—Por eso mismo. La oscuridad es aterradora para cierto tipo de gente y es muy seguro ocultarse ahí, porque muchos la evitan. 

—¿De quién te escondías?

—Quería evitar todo lo que me parecía aborrecible: gente que sonreía, se decía buena, pero era malvada; de estándares perfeccionistas en la escuela que nunca iba a poder alcanzar. Hay un perfil: una persona útil, buena y digna de cariño debe ser un dechado de virtudes y un ser aguerrido que nunca tira la toalla. 

—Lo siento, pero acabas de definir a algo que de verdad le haría mucho bien a la sociedad. No veo qué hay de malo en tratar de ser ese personaje.

—Claro, como aspiración ¿Pero tienes idea de lo que se siente cuando se convierte en una regla? Sólo genera frustración y desesperación. Querer tener contentos a todos, a tus maestros, a tus compañeros, a tus padres, a ti mismo, se vuelve un estándar inalcanzable y muy ambiguo.

—¿Por eso preferiste la oscuridad? ¿para esconderte de sus estándares?

—La luz era vivir expuesto y prisionero de las críticas, la oscuridad era libertad. 

—Ya veo. Fue tu manera de encontrar tu propio espacio. Entonces ¿Por qué iba a ser algo malo? ¿O qué pasó en el camino?

—Lucifer fue expulsado del paraíso y se volvió rey en el infierno, pero eso no le quitó el rencor. Yo también reiné en la oscuridad con mis ropas oscuras, mi actitud altanera y cínica que cuestionaba todos los valores positivos de la sociedad; cosa que en el fondo no me dio libertad absoluta. Mi personalidad era artificial, pues dependía de sólo llevarle la contra a los demás. 

—No estabas siendo tú, estabas siendo un resentido que sólo quería venganza negando al resto.  El clásico reaccionario.

— ¿Has escuchado la canción de Diamon Head “Am I Evil”?

—Sí, trata de un chico cuya madre fue asesinada en la hoguera de brujas. Luego decide cobrar venganza y matar a los que la condenaron.

—Bajo esa perspectiva, el hijo es malvado, porque fue parido por una bruja. Si recuerdas el estribillo dice: “¿Soy malvado? Sí, lo soy”. Es una manera de decir: ¿Ya vieron que soy hijo de una bruja? Pues, entonces, tengo permiso para matarlos a ustedes, porque no me queda de otra que ser malvado. 

—Claro, la gente te reprimió por no cumplir el estándar, y tú lo tomaste como una excusa para llevarles la contraria. Si me recriminan porque no parezco un héroe, me convertiré el villano y lo pagarán. Bastante inmaduro, sin ofender.

—¿Qué edad crees que tenía? ¿15, 16? Era inevitable. Claro, con el tiempo eso sólo me convirtió en una caricatura. En lugar de enfrentar mis problemas, sólo los evadí y los convertí en excusas. Un adolescente rebelde es un estereotipo que me quedó como anillo al dedo, uno que ocultó mi enfermedad. 

—¿Entonces, fue un error ir al lado oscuro?

—Para nada, el lado oscuro, como te dije, estaba libre de hipocresía y permitía la libre expresión. El error no consistía en bailar con el diablo, sino en sacarlo a la pista porque todos los ángeles te habían rechazado en un principio.

—En pocas palabras, te convertiste en un hipócrita, porque bien que querías estar contento en la luz.

—Pero ahora ya conozco la oscuridad, y le puedo dar un mejor valor. No es lo mismo esconderte en la oscuridad que evolucionar en la oscuridad.

El monstruo se hace intelectual

Miré a nuestro personaje y le pregunté:

—Pero luego estudiaste una carrera humanista ¿Eso no te abrió la mente?

—Sí, pero, lamentablemente, me topé con el elitismo y el martirio intelectual, uno que casó mucho con la oscuridad.

—¿Martirio intelectual?

—Ya sabes: el ignorante es feliz, y el conocimiento sólo trae dolor.

—Terrible verdad.

—Mmm el problema es que no es cierto. Esa es una frase vacía que oculta un discurso político muy dañino para la sociedad.

—¿En serio? ¿Cuál?

—Primero lo primero, el conocimiento es placer. Descubrir cosas nuevas y entender el mundo desde otra óptica es algo completamente liberador. Claro, para el pragmático es un golpe en la cara, porque las cosas son más complejas y obtener una respuesta rápida, totalitaria y satisfactoria se vuelve imposible. He ahí el problema. Cuando se dice eso, es porque uno se asume como el pobre intelectual que tiene que sufrir por ser más listo que los demás. Es una manera de ser presuntuoso y apelar a la lástima al mismo tiempo. Así de bajo caí. Como intelectual quise ponerme como figura de autoridad para ser alabado. Por eso me hice el sufrido, el especial, el único, el incomprendido. El martirio lo enraicé con mi personalidad intelectual.

—Ya veo. Pues eso sólo racionalizan el sufrimiento en vez de tomar acción.

—“Burning Bridges” le dicen, lo cual se traduce como, quemar los puentes. Es el acto de encerrarte en una isla y no permitirte salir de un problema. Así se llama una canción de Megadeth que tiene mucho que ver. En el coro dice:

“Debido al poco interés en ti mismo,

la luz al final del túnel se apagó”

Megadeth “Burning Bridges”

—Entonces, terminaste dándole más importancia a la imagen del intelectual incomprendido, triste por el acontecer trágico del mundo que sólo él ve. Eso te hizo ignorar tu verdadera identidad, la persona que estaba sufriendo y que no quería estar así. Porque, si a alguien le gusta estar así, pues ya es muy su bronca. 

—En efecto. Por un lado, mi ego intelectual me hizo creer que estaba en el control y no me permití ser vulnerable ni pedir ayuda. Ten en cuenta que un psicólogo es alguien que trabaja con problemas en el pensamiento y comportamiento cognitivo ¿Cómo un intelectual que se ha devorado todos los libros más profundos de la literatura y filosofía va a tener problemas en su visión del mundo? No es que uno esté enfermo, sino que la sociedad está enferma y nosotros somos los únicos que nos damos cuenta.

—Como se le va a descomponer el carro al mecánico ¿No?

—Y si se le descompone ¿Cómo no va a poder arreglarlo solo? Obvio, eso no es posible. Y no es que uno es tonto o débil, como te dije, simplemente se está enfermo. 

—Y eso se contradice, según lo que hemos estado hablando. Dicen que el estúpido se siente feliz, pero ¿entonces, por qué existen los psicólogos? Si los estúpidos son felices; y los listos, no, entonces, los psicólogos no tienen razón de ser, porque los listos (los únicos que tienen derecho a enfermarse) deberían poder cuidarse solos por ser inteligentes ¿No es verdad?

—La gente “ignorante” también sufre. El sufrimiento no tiene nada que ver con el conocimiento,  o ser listo, sino con los patrones de conducta mentales que tenemos para afrontar ciertas cosas y la manera en la que éstos van afectando el equilibro de nuestra salud mental. Bueno, algo así fui entendiendo en la terapia. Tampoco soy psicólogo ni experto para poder asegurarlo. Cada caso es muy diferente y lo mejor es ir a terapia si se quiere atacar el problema.

—Bueno ¿Y qué más? Creo que ibas a decir otras razones por las cuales el intelectual se rehúsa a tomar terapia. 

—Bueno, eso fue por el lado del psicólogo. En el caso del psiquiatra, pues está el estigma político: “Te drogan, porque el sistema te quiere útil”. Es como si los loqueros en realidad fueran “la policía de la racionalidad” que deshumaniza al pensador crítico para hacerlo parte del rebaño.

—Es que tiene mucho sentido.

—El problema es que eso solo alimenta el ego de creerse “diferente”. Irónicamente, el intelectual lo hace para sobresalir y, de una u otra manera, para volverse indispensable. Es un extraño razonamiento en el que la persona que no pertenece al sistema se vuelve importante, porque eso le da un “valor agregado” al pensador en el mercado de las ideas. Es duro, pero es una especie de estrategia de marketing. O, por lo menos, mi caso así fue.

—Aunque eso no implica que a lo largo de la historia el poder político y moral no haya usado la psiquiatría para hacer movimientos de represión. Sin embargo, ahora que lo pienso, la química empezó con la alquimia, la astronomía con la astrología. En estos días, la comprensión del cerebro es aún lejana, pero ya hay profesionales cuya visión nos busca encaminar a la salud, no a la alienación ¿Es correcto?

—También hay malos doctores y malas prácticas, eso es inevitable. La bronca es cuando reconocer esta realidad histórica y profesional nos crea prejuicios más que prudencia a la hora de elegir a nuestro terapeuta. 

—Vaya ¿Es una cuestión política para ti entonces?

—Y también muy personal, o por lo menos en mi caso. Ponte a pensar, tomé como estandarte  mi enfermedad para hacerme especial ¿Y si me curaban? ¿Ahora qué va a pasar con mi trabajo y con todo lo que hice? Todo está basado en mi pesimismo. Ese es el miedo mayor.

—¿Y de verdad ya no puedes escribir?

—Obvio que no. No tiene nada que ver. Pero deja compro un yogurt en la tienda y seguimos hablando del tema.

—Adelante. Por cierto, veo que la canción de la que hablábamos también dice:

Si tomaras tu propia dirección,

sólo practicaras lo que predicas

y siguieras tu mismo consejo,

no quemarías puentes todo el tiempo.

Megadeth “Burning Bridges”

—El problema de ser intelectual es aparentar serlo, en vez de en realidad ejercer el conocimiento. Si yo lo hubiera hecho en su tiempo, me habría dado cuenta de que lo que me pasaba no era normal. Me faltó ser crítico con mi propio rol social que sólo solapó mi enfermedad.

El intelectual aprende de la industria cultural

—Bueno, ya vimos por qué te enfermaste y te negabas a ir a terapia ¿Qué te hizo entonces salir de ese caos?

—Cada uno tiene sus propios modos de salir del hoyo. Lo interesante es que todo lo que iba haciendo desde los quince años hasta los veintidós me permitía seguir sin aparentar daño alguno, como si mis roles sociales de rebelde e intelectual me dieran un sentido de pertenencia ¿Qué de malo iba a tener mi problema psicológico si era un alumno brillante y especial en mi carrera? El problema llegó cuando terminé la universidad.

—Sí, ya me lo imaginaba, el gran dilema de nuestra época, eras un profesional sin salida laboral.

—Peor aún ¿Cómo alguien sin autoestima y que deseaba venganza contra el sistema iba a dar una entrevista correcta o siquiera tener la garra de picar piedra? Era un solitario sin contactos, sin nada.

—Claro, por el lado sentimental, te daba miedo no llenar los estándares, te habías ufanado de ser sui generis, y ahora deberías de ser generis. Por el lado intelectual, cuestionabas los trabajos y los invalidabas y los veías parte de un sistema de ovejas ¿Por qué entonces no te quedaste en la academia?

—Cuando miré el camino sin fin del posgrado, las implicaciones políticas de tirar una línea con base a los temas de la universidad y, lo peor, cuando noté el sistema industrial de las publicaciones y compadrazgos, me pareció muy aterrador poder seguir ese camino. Claro, de ser alguien con autoestima, quizá podría haber encontrado mi espacio. Lo que me dio prestigio, ahora me frenaba mentalmente.

—¿Y qué ocurrió?

—El encierro, esperar la muerte en la soledad. 

En ese momento, pasamos en carro por el cementerio.

Panteón San Nicolás, León, Guanajuato, México.

—¿De verdad creías que valía la pena matarse?

—Piénsalo, es como volver al principio, al chico que no era capaz de llenar las expectativas del ciudadano. Me encargué de ser tan diferente que ahora menos encajaba.

—¿No crees que es muy drástico?

—Si no lo hago yo, lo harían ellos, la sociedad. La gente es muy hipócrita. Hablan del suicidio como un tabú, y se dan sus aires de escuchas en redes sociales: “Si algún día tienes un problema, yo estoy aquí para escuchar”. Una vez platicando con una amiga nos reímos de esa tontería. 

—¿Por qué?

—Porque parece que lo más cercano a sus acciones sería escribir: “Cuando ya te vayas a morir, me hablas” ¿Y el resto del tiempo? ¿Qué hay de esa ausencia? Si hubieran hablado contigo desde un principio, si no hubiera una distancia humana entre nosotros, uno no llegaría a esa situación de sentirse desesperado y querer matarse. Uno no se sentiría así de solo. Preocupa que la gente no se toma el tiempo para hablar de cosas profundas. Las evitan.

—Mira quién lo dice, el que nunca sale con amigos. 

—Eso no tiene nada que ver, porque, cuando se ven, se embrutecen con alcohol ¿Qué plática profunda se puede hacer así?

—Bueno, quizá tienes razón. Entiendo lo de los lazos falsos de fraternidad, pero ¿No crees que generalizas? Además, casi pareció que decías que si no te matabas, ellos literalmente te matarían. Eso no lo acepto. Sólo no te hacen caso.

—Es que ahí no termina su hipocresía. Por un lado, está que no les importas y, por el otro,  la doble moral cuando quieren castigar a un sujeto marginal.

—Eso no lo entendí.

—Cuando hablan de gente que asalta, que viola, que cae en la cárcel por la droga u otras historias sórdidas que no se molestan en escuchar, cuando inician sus campañas para vituperar el comportamiento de alguien en las redes, o quieren que algo rinda cuentas de forma moral, míralos, quieren venganza, quieren la destrucción de esa persona. Que lo pierda todo.

—Pues es que da mucho coraje. Toda esa gente hace mucho daño.

—Pero ahí está la hipocresía. Publicar que les importa que una persona no se mate, mientras, en sus deseos, la gente apoya la pena de muerte; no creen en la redención o en el perdón. Nuestras instituciones que castigan no buscan corregir o reintegrar a la gente, buscan ocultarla bajo la alfombra, porque, por una hipocresía de derechos humanos, no pueden matarlos como quisieran.

—No puedes culparlos por querer vivir una utopía. Quizá el problema es que como sociedad no hemos encontrado la manera correcta de escribir una todos juntos.

—Toda utopía es una distopía disfrazada. El ser humano no es perfecto y nunca lo será. Muchos estamos enfermos y sus utopías quieren borrarnos o hacernos pagar eternamente, no reintegrarnos. Detrás de cada monstruo hay una historia, y quizá un síntoma social que no se arregla con castigos ni con acoso social. Quizá hace falta el silencio y la verdadera escucha. Aunque, en realidad, no lo sé, estaría dándote una respuesta y caería en la misma postura. 

—¿Borran a los depresivos? Te estás haciendo la víctima. La gente pobre y de clases bajas son las que verdaderamente son borrados y han sido oprimidos.

—Pero la gente pobre también sufre depresión. También tiene trastornos mentales. Eso de que el ocio es el que crea la depresión o, peor aún, que la depresión es la enfermedad de la clase media, es una cuchillada en la espalda, y no para la clase media, porque ellos se pagan sus terapias, para las minorías que, una vez más, están haciendo a un lado. No hay dos bandos. Todos somos humanos. 

—¿Y cómo salir?

—Ya te dije que cada caso es diferente.

—Bueno ¿Cómo saliste tú?

—Tuve que ir derribando cada uno de mis muros; el primero fue el intelectual. Para eso ayudó mucho el Kpop.

—¿ Kpop? No bromees.

—Fue extraño. Ves a estas chicas tan hermosas y felices diciendo algo que no entiendes y, de pronto, te cambia. Por ejemplo, ves un video de Twice donde cantan con un muy mal inglés “Cheer up” (anímate), y lo único que puedes hacer es animarte; frente a ti hay nueve hermosas chicas queriendo que te sientas especial.

Claro, la letra completa de esa canción es un desastre, y ni en mil años andaría con una chica que pensara así, pero el punto es que lo único que entendí, lo único que necesitaba para sentirme bien, llegó a mí. O mira a Redvelvet, dándole terapia a unas frutas en su video “Red Flavor”, de una manera rara, sientes que eres una de esas frutas, te están escuchando. Luego presentan una canción sumamente alegre y que te pone de muy buen humor. Sientes que alguien te quiere.

—¿Pero eso no es la industria cultural? Ahí te manipulan. Te quejabas de la hipocresía y terminaste yendo a un lugar donde te dicen lo que quieres oír para que gastes tu dinero en ellos.

—En parte, es cierto. Pero también es lo que necesitas escuchar y nadie te dice. Fue un poco de “sabor rojo”, de saborear ese sentimiento que creía lejano. Un trago de agua en el desierto. Cuando menos te das cuenta, ya derribaste medio muro de sentir pena por ver y escuchar este tipo de entretenimiento. Los intelectuales tenemos una autoestima intelectual muy frágil, está prohibido que escuchemos pop o reírnos del Chapulín colorado y su “comedia fácil”. Estas chicas me hicieron no sentirme apenado de hablar de lo que me gusta. Mi autoestima se vio ayudada por este mundo, el cual me parecía muy brillante y me daba esperanzas. 

—Entonces, al final, es música que todos deberíamos escuchar, porque cura.

—No, por dios, no podemos decir eso tan tajantemente. También tuvo sus problemas ¿Recuerdas lo que pasó con el lado oscuro? Si entras ahí por las razones equivocadas, un resguardo se puede trasformar en un infierno. Claro, yo no me convertí en uno de esos fans obsesionados que llegan a creer que el amor de su Idol les pertenece y la buscan físicamente para reclamarla, o que exigen su cabeza cuando se enteran que tiene un novio (caso no único en el entretenimiento coreano, por cierto).

—Claro, si no caerías de nuevo en usar un estereotipo social para ocultar tu enfermedad maquillándola del amor por un Idol.

—Aunque mi obsesión con estas chicas subía y les escribía canciones y demás cosas, la oscuridad siempre estuvo ahí, para darme cuenta de que ese lugar ya lo conocía y no era agradable: el fanatismo. Tenía mi espejo, pues. Fui lo suficientemente intelectual como para tomar mi distancia de un producto, fui lo suficientemente empático como para no olvidar que ellas son seres humanos y que no hay humano que merezca ese grado de acoso. 

—Todo se hizo uno en tu mente. 

—No me di cuenta en ese momento, tardé en notar que no todo había sido tiempo tirado a la basura. Mi historia de vida me había dado herramientas cognitivas muy fuertes, realistas y contundentes que hermosamente también me iban a servir para escapar del hoyo. Sabes, ahora que lo pienso esto no se trata de que tomara mucho tiempo estando enfermo, todo fue experiencia y me fue formando como persona, no hay por qué correr. Cada etapa de tu vida, cada terror y belleza van perfilando tu ser y te dan todo para destruirte o para salvarte.

—No tenías por qué pelearte contigo mismo para salir de tu enfermedad, en conclusión. No se trataba de ser otra persona como temías.

—Es conmigo con quién iba a salir de esto después de todo.

“Juntos permaneceremos en pie, divididos, nos caeremos”

Admitir, el primer paso.

—¿Y entonces qué pasó?

—Fui a Tijuana, participé en un congreso de literatura.

—¿En serio? Así fue como saliste por ti mismo del hoyo, entonces.

—Seguía en el hoyo, el kpop me dio esperanzas, pero no me hizo tocar fondo en mi círculo vicioso de la tristeza. 

—¿Qué faltaba?

—Salir, viajar por primera vez en avión, caminar por calles desconocidas y llorar solo en el cuarto de un hotel, dándome cuenta de que por más que lo intentaba, simplemente, no encajaba con el resto de los asistentes.

—¿Y luego?

—Comencé a hablar con las personas y noté que de verdad me prestaban atención. Era como si lo que dijera no fuera una estupidez. Luego, el amigo con el que fui me convenció de ir a un bar nudista. 

—¿Enserio? Ya veo, sólo necesitabas algo de ejercicio ¿No?

—No, fue una de las experiencias más vacías.

—¿Qué?

—Miré a muchas mujeres desnudas, y no pasó nada. Era como ver un documental de National Geográfic, porque ¿Sabes? Sólo están desnudas, no es nada del otro mundo. 

—Pero lo divertido no es ver, sino tocar.

—Toqué, y como si hubiera tocado un cuarto de bistec.

—Pero, entonces, no sirvió.

—Claro que sirvió. Porque a partir de entonces supe lo que quería. Estar con una chica, caminar con ella, hablar, compartir silencios, saber más de ella y que ella sepa más de mí. Estar con un ser humano, no con un producto. Pensé que quizá casarme y formar un equipo con alguien no era tan descabellado. Esa vida prosaica y antipática, quizá era más poética y profunda de lo que creía. Y, más importante aún, quizá era lo que de verdad quería.

—¿Y luego?

—Fui a Playas, vi el muro y jugué juegos de niños en la arena. Fue profundamente relajante. Pude ser yo mismo. Luego vino un karaoke y canté lo que me gustaba sin temor a mi horrorosa voz. Entonces, llegó la fiesta de clausura. Mucho alcohol y mucha música a todo volumen. 

—Claro, y ahí terminaste de salir de tu zona de confort. Bebiste y te divertiste.

—Odio el alcohol. No. Ahí me sentí miserable y vacío de nuevo. No podía hablar con nadie, todo a mi alrededor era un sinsentido y el ruido me incomodaba demasiado. Me recluí en un cuarto oscuro a escuchar a Miles Davis.

—Fue un desastre, entonces.

—Viví lo más delicioso que jamás haya experimentado. A lo lejos, un chico se rompió la chirimoya, el baño se inundó por una fuga de agua, llegó una ambulancia y todos estaban completamente perdidos con unas “aguas locas” demasiado locas y yo… a lo lejos, observando en primera fila.

—Debiste odiarlos mientras los observabas.

—No los juzgué, traté de entenderlos, de pronto, se acercaban a mí y me miraban con extrañeza por escuchar Jazz mientras las cumbias estaban a lo lejos, pero yo no quise verme superior, sólo les sonreía y contestaba sus preguntas con tranquilidad, les regalaba sonrisas sinceras pese al horror dentro de mi alma. Además, las charlas con los eventuales que llegaban eran muy entretenidas. Hablar con borrachos tenía lo suyo; verlos, igual. Recordé un momento en el que un borracho en el metro me escuchó leyendo “Martín Fierro” y terminó dándome un mejor comentario del que yo hubiera podido hacer con todas mis lecturas en ese entonces. Parece ser que esto contradice lo que te dije sobre los alcohólicos y la poca profundidad de sus comentarios ¿verdad?

—Pero pues a ti no te gusta ese ambiente. Estabas solo y rodeado de caos.

—Y, gracias a eso, en ese momento ocurrió la magia.

—¿Qué ocurrió?

— En ese momento, lo supe: estoy deprimido.

—¿No ya lo sabías?

—No, porque yo decía que era especial, que ser oscuro era mi característica personal, y lo es, pero también estaba ocultando muchas cosas, normalizando mi enfermedad, o mejor dicho, todos los síntomas que me llevarían a padecer depresión. Mi tío, un ex alcohólico, una vez me dijo: “Para superar el alcohol primero tuve que admitir que tenía un problema”. Ahora, yo, con mis llantos repentinos, los ataques de ansiedad antes de dormir y mi incapacidad social, llegué a la misma conclusión: tenía un problema. Por fin lo había admitido.

—¿Te tomó mucho ir al psiquiatra y al psicólogo después?

—Un poco, fue un proceso largo, pero desde ese momento supe que debía ir. No es fácil, sobre todo cuando estás deprimido porque, para acabarla de amolar, no sientes que vaya a funcionar, porque crees que no hay salvación. Incluso lo pensé así: “Llegaré al consultorio y le diré que yo soy un inútil, un caso perdido y que iba a ir ahí para comprobarlo. Si resultaba que no había forma, me suicidaba con un argumento médico de peso, si sí, pues me curaba”.

—¿Ya no te daba miedo dejar de ser tú?

—Ser yo sólo me había traído desgracia ¿Para ser feliz, funcional y tener una vida debo de entregar el arte? ¡Dónde firmo!

—¿Así de plano? ¿Y lo entregaste? ¿Renunciaste al arte?

—Claro que no, ya lo dijimos antes, ni siquiera tuve que dejar de ser yo. El arte no tiene que ver con estar mal, sino con querer contar algo y, mejor aún, querer entender algo ¿Cuando tienes gripa puedes pensar y concentrarte?

—No.

—Pues es lo mismo con la depresión. La gente que ha logrado grandes cosas estando deprimida no lo ha hecho por estar así, lo ha hecho pese a estarlo. Lo increíble es que encuentran la manera de usar su depresión a su favor con un montón de malabares que hacen con su gran habilidad en la escritura. En mi experiencia, escribir sobre la tristeza, sobre el lado oscuro, después haber conocido un poco de él, y estando más sano, es mucho mejor que no estándolo. 

—¿Seguro? ¿No crees que lo que hiciste antes era más sincero y artístico?

—Piénsalo así. Cuando estás simplemente pasando una mala racha, te parece que las cosas son muy dramáticas, pero alguien que lo mire desde fuera te va a decir que no. Ahora piensa en esto: escribes hacia adentro, pero para que alguien de afuera lo entienda. En ese caso, el dolor se vuelve el peor consejero estético en las frases, porque, si no lo dominas, caes en lo cursi, lo telenovelesco y demás vicios que te hacen poco verosímil para el que lo lea desde afuera.

—Entonces, para concluir, esto quiere decir que no fuiste a terapia para huir de la oscuridad.

—Fui a la terapia para enfrentar lo que no me atrevo a enfrentar. Para poder ser yo mismo y fluir en el mundo.

—¿Y qué aconsejas a los demás?

—No tengo idea, ni si quiera quiere decir que ya estoy completamente curado, es un camino largo. Yo sólo te conté mi historia. Cada quien tiene su historia, lo único que puedo decirles es que, si ya es su historia, no dejen que otros la cuenten o la concluyan por ustedes.

—Ya no eres el sujeto más solitario sobre la tierra.

—Soy el hombre más afortunado. 

“Pero yo soy el sujeto más afortunado, no el más solitario en el mundo”
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