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Libertad religiosa en Nicaragua

Libertad religiosa en Nicaragua

Por Salvador Fabre

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Mientras que la ONU publica en Ginebra un informe sobre “libertad religiosa” que paradójicamente invita a restringir la libertad religiosa en favor de las exigencias del colectivo LGTBIQ+, en América tenemos un caso patente de abierta persecución religiosa. Se trata de Nicaragua, donde el régimen sandinista de Daniel Ortega condenó en febrero pasado a más de 26 años de cárcel al obispo Rolando Álvarez Lagos, quien no pudo defenderse de las acusaciones que le imputaba el gobierno (es decir, una condena sin juicio justo, de acuerdo a la ley).

La condena responde al intento del gobierno nicaragüense para deshacerse de una voz crítica del régimen de Daniel Ortega. Prueba de ello es que por lo menos en dos ocasiones el presidente ha intentado quitárselo de encima, desterrándolo de Nicaragua. En ambas ocasiones -a pesar de caer sobre él una terrible condena injusta- el obispo se ha negado y ha exigido su inmediata liberación, debido a que no ha cometido ningún crimen. La primera vez fue en marzo pasado, cuando rehusó marcharse a los Estados Unidos junto con 222 excarcelados políticos. Como castigo ante tal actitud fue puesto en una celda de aislamiento (sin contacto con nadie). Recientemente el Vaticano intentó hacer negociaciones con el régimen sandinista, para obtener su libertad. Nuevamente Monseñor Álvarez Lagos rechazó tal propuesta; no acepta ser desterrado de su país porque no ha hecho nada malo.

La actitud del obispo es una prueba viviente de la fuerza de la fe, que permite a quien la cultiva plantarle cara a la prepotencia del poder injusto. Es una maravillosa manifestación de la libertad interior que se consigue cuando uno en verdad vive de fe. Es una prueba palpable de cómo la fe se opone a la tiranía y a la opresión de un pueblo, configurándose así como un potente motor espiritual, capaz de hacer temblar a los políticos con apego desordenado al poder. La fe se configura así como un importante agente social y político, una especie de criba, que ayuda a discernir al pueblo el oro de la paja, la justicia de la prepotencia en el manejo del poder.

Obispo Rolando Álvarez.

La valiente actitud del obispo Rolando Álvarez lo inscribe en la gloriosa y sufrida lista de los “confesores de la fe”, es decir, testigos de la fe, que no son mártires -por lo menos todavía-, pero que han sufrido duras vejaciones a causa de sus creencias. Podemos intentar imaginarnos lo duro que es permanecer meses encerrado e incomunicado y, cuando te dan la oportunidad de huir, rechazarla, para seguir dando testimonio de la injusticia de tu gobierno y de la persecución de la Iglesia que está realizando sistemáticamente.

En efecto, Álvarez Lagos no quiere irse sólo de la cárcel. Pide que se excarcelen también a todos los sacerdotes que injustamente sufren prisión. Pide al gobierno que descongele las cuentas de las diócesis y de las parroquias, lo que ha dejado a la iglesia nicaragüense sin medios económicos. Es decir, como buen capitán, es el último en abandonar el barco, consciente de que su injusta presencia en prisión descalifica la legitimidad del régimen sandinista. Incluso la Corte Interamericana de Derechos Humanos ha exigido su liberación inmediata, el presidente de Brasil -país con gobierno socialista- ha intentado interceder por él. Pero el obispo tiene muy claro que su gesto es profético, y que es lo que Dios le pide. Abandonará la prisión si es liberado por el gobierno y se cumplen sus peticiones de terminar la persecución religiosa en su país, o sólo que el Papa se lo pida expresamente, como un acto de obediencia a la cabeza de la Iglesia.

No dejan de ser hacer pensar, de interpelar a nuestra fe, quizá solamente cultural, excesivamente cómoda o aburguesada, las afirmaciones hechas por Monseñor Álvarez Lagos y que agradecemos a Monseñor José Ignacio Munilla haberlas subido a su cuenta de Twitter: “Prefiero estar abajo pudiendo estar arriba, que estar arriba debiendo estar abajo.” “Cuando el tirano nos ofrece la libertad gratuitamente, es señal inequívoca de que el precio es la traición a nuestra conciencia.” “El precio de la esperanza del cristiano es el martirio.” A uno no le queda más que reconocer el vigor interior, la fuerza del espíritu de un hombre, que es capaz de hacer frente a un tirano, para defender sus creencias y las de sus compatriotas. El obispo Rolando Álvarez Lagos es una prueba viviente de cómo el espíritu humano es más fuerte que la prepotencia del poder absoluto, y de cómo este espíritu puede intervenir y modificar la historia y la política.

Libertad religiosa en Nicaragua

Libertad de culto vs Derechos LGBT

Por Salvador Fabre

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Este artículo podría intitularse: “Derechos Humanos vs Derechos Humanos.” Es decir, o hay una contradicción lógica entre los diversos derechos humanos, o hay unos derechos humanos reales y otros ficticios o, finalmente existe una preeminencia de algunos derechos humanos sobre otros; es decir, hay una jerarquía en cuanto a derechos humanos se refiere.

Recientemente se ha presentado en el Consejo de Derechos Humanos de Ginebra, Suiza el “Nuevo informe de las Naciones Unidas sobre libertad de Culto y de Creencias”, cuya redacción estuvo a cargo de Víctor Madrigal-Borloz, Experto independiente sobre la protección contra la violencia y la discriminación por motivos de orientación sexual o identidad de género. El resultado es un curioso “círculo cuadrado”, es decir, un texto contradictorio. Porque finalmente propone limitar drásticamente la libertad de culto y de creencias, recurriendo inclusive a la fuerza coercitiva del estado, para ajustar cualquier tipo de creencia y culto a los principios ideológicos de la doctrina LGTBIQ+. Es como encomendarle a Hitler la elaboración de una normatividad que defienda los derechos de los judíos. Un absurdo. Pero en la irreal sociedad en que vivimos, los absurdos son frecuentes.

¿Por qué encargarle a un experto en las reivindicaciones del colectivo LGTBIQ+ la elaboración de un texto “sobre la libertad de culto y de creencias”? ¿Por qué no pedírselo, por ejemplo, a una persona que haya sufrido vejaciones e injusticias a causa de sus creencias? ¿Por qué mezclar ambos ámbitos, cuando a la vista es como confundir la gimnasia con la magnesia? Se palpa, de forma patente y evidente, el carácter tendencioso de la ONU que, en contra de sus propios principios, está dispuesta a sacrificar la libertad religiosa en el altar de los “derechos” LGTBIQ+.

El informe de Madrigal-Borloz no se anda con medias tintas, pues “pide a los gobiernos que amenacen y castiguen a los dirigentes y organizaciones religiosas que no cumplan con la ortodoxia LGBT.” Llega incluso a pedir “a los gobiernos que desestabilicen las religiones desde adentro apoyando a las facciones pro-LGBT que existan en las diversas denominaciones religiosas.” Algo así como promover a James Martin S.J. para obispo, cardenal o Papa. Se quejan mucho de los “discursos de odio”, pero el informe afirma, como lo más normal, que los ministros religiosos deben ser amenazados para que cumplan con la doctrina LGBTIQ+ o “sufrir las consecuencias.”

Víctor Madrigal-Borloz.
Foto: Alexandre Leal de Freitas.

En resumen, los derechos LGTBIQ+ estarían por encima de la libertad religiosa, reconocida por la Declaración Universal de Derechos Humanos, promulgada por la misma ONU y con carácter vinculante para los países firmantes. Lo curioso, es que los derechos LGTBIQ+ no aparecen por ningún lado en dicha Carta Magna de los Derechos Humanos. Incluso parecerían oponerse -según una interpretación que se ajuste al espíritu con el que fue escrita la Declaración, y no la deconstruya servilmente, para favorecer a una ideología posterior a ella- al Artículo 16 de la declaración, sobre el Matrimonio y la Familia.

En efecto el “Nuevo informe de las Naciones Unidas sobre libertad de Culto y de Creencias” del año 2023 se opone a la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948 en los siguientes puntos: En el mismo Preámbulo, donde afirma: “se ha proclamado, como la aspiración más elevada del hombre, el advenimiento de un mundo en que los seres humanos, liberados del temor y de la miseria, disfruten de la libertad de palabra y de la libertad de creencias”. En el Artículo 12: “Nadie será objeto de injerencias arbitrarias en su vida privada.” Al Artículo 18: “Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia.” Finalmente, en su intento de deconstruir los derechos humanos, se opone al Artículo 30: “Nada en esta Declaración podrá interpretarse en el sentido de que confiere derecho alguno al Estado, a un grupo o a una persona, para emprender y desarrollar actividades o realizar actos tendientes a la supresión de cualquiera de los derechos y libertades proclamados en esta Declaración.”

Libertad religiosa en Nicaragua

Redescubrir el alma

Por Salvador Fabre

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“De hecho, en el Nuevo Testamento no puede encontrarse literal y unitariamente el concepto tradicional de alma” (Joseph Ratzinger). En esta temporada, estudiando el manual de “Escatología” (tratado de las realidades últimas o novísimos), me encontré con esta aseveración del primero teólogo, después cardenal y finalmente Papa, Joseph Ratzinger. Es más, su obra me introdujo en una interesante disputa teológica postconciliar (Concilio Vaticano II, 1962-1965), que estaba en su punto álgido a mediados de los años setenta del siglo XX, sobre la realidad y la existencia del alma. Para un grupo considerable de teólogos alemanes y franceses, parecía un concepto superado, después de hacer una depuración de elementos helénicos -griegos- del cristianismo original -hebreo-. El alma no sería otra cosa que una importación del platonismo dualista en el pensamiento cristiano, del cual se podría prescindir, más incluso, se debería, siempre que uno quisiera ser fiel al cristianismo original y puro.

Debo reconocer que no me esperaba esta ofensiva histórica en contra del alma, que se adelantó cronológicamente al generalizado desprestigio de dicha noción, causado por el pensamiento científico, concretamente, por parte de las neurociencias, que desde los años 90 del siglo XX comenzaron a considerarla un concepto superado, una adherencia religiosa al pensamiento -propia del cristianismo- que se había generalizado durante la Edad Media y ahí habría cobrado legitimidad. Científicos como Francis Crick (“La búsqueda científica del alma. Una revolucionaria hipótesis para el siglo XXI”, Madrid 1994), Daniel Dennett, Christof Koch, Gerhard Roth, Vilyanur Ramachandran, Thomas Metzinger, Antonio Damasio, etc., la consideraban una reliquia del pasado, algo superado.

Al frente teológico y científico, se unía el clásico frente filosófico materialista, encabezado por el marxismo militante, también en boga durante los años 70 del siglo XX. El panorama para el “alma” parecía desolador: ni filosófica, ni científica, ni teológicamente se tomaba como un concepto estable, seguro, sino que comenzaba a ser descartada como parte del acervo cultural de la humanidad.

Como dice el refrán, “nada peor que el fuego amigo”: Que la filosofía materialista, que va de Demócrito a Marx, o los científicos “cientificistas” (no todos los científicos ni filósofos son materialistas, por ejemplo, sir. John Eccles, premio Nobel o el filósofo Markus Gabriel) de matriz materialista, negaran la existencia del alma, era de esperarse. Se podría aplicar en su conjunto el famoso dicho del Quijote: “ladran Sancho, quiere decir que cabalgamos.” Pero que de la misma teología surgiera el cuestionamiento, era como “para pasarse al enemigo.”

Ahora bien, con todos estos argumentos en contra ¿sigue siendo válida la noción de “alma”? ¿ha sido superada o abandonada definitivamente? ¿tal noción ofrece respuestas a realidades humanas? Es esto lo que pretendemos dilucidar en estas breves líneas.

El alma espiritual inmortal se considera un elemento fundamental característicio del hombre. El resto de las criaturas vivas también poseen un alma inmaterial, pero no espiritual, y por tanto no inmortal — no hay cielo de los perros. El alma espiritual e inmortal fundamenta el humanismo, los derechos humanos y con ellos la dignidad de la persona, por su trascendencia real frente a todo el universo material. La noción de alma espiritual entonces sí que forma parte del acervo cultural, y por tanto espiritual, de la humanidad. Y vale la pena defender este acervo -pacíficamente, se entiende- con argumentos en los tres frentes de batalla.

Karl Marx.

El materialismo filosófico se puede refutar. Parte de una posición poco elegante. O bien asume que las cosas han existido desde siempre —lo que no es sostenible científicamente por la ley de la entropía— o bien propone que el universo ha surgido sin razón, simplemente apareció de la nada. El materialismo es profundamente desesperanzador: ni el universo, ni consiguientemente la vida humana tienen sentido.

En el ámbito científico no es tan sencillo refutar la neurociencia de corte fisicalista o materialista, porque es un tema abierto: la cuestión no ha sido resuelta definitivamente, y la posición de la neurociencia suele caer en varios equívocos filosóficos, como por ejemplo, la falacia mereológica, confundir la parte por el todo; confundir también la causa necesaria con la suficiente (sin el cerebro nada se puede hacer, pero el cerebro no lo es todo), o vivir de esperanza -lo que no es una actitud científica sino religiosa- de que en el futuro se podrá descifrar el misterio de la conciencia humana o la percepción de los qualia. Muros contra los que la investigación científica se ha estrellado, sin avanzar prácticamente nada los últimos 30 años.

Por último, la vertiente teológica ya está más tranquila en este rubro, un paso importante fue la Escatología de Ratzinger -invito a su lectura directa- publicada en 1977, y que concluye: “El alma no es otra cosa que la capacidad del hombre de relacionarse con la verdad, con el amor eterno.”

Libertad religiosa en Nicaragua

Derechos y relativismo cultural: Lo problemático de concebir al hombre como un ser con derechos

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El mundo contemporáneo se ha conducido bajo el paradigma de que el humano es un “ser con derechos”. Pareciera que hoy prevalece, en palabras de Pierre Manent, “un solo principio espiritual, una sola referencia ética, un solo argumento legítimo” en lo que respecta a la forma de conducirnos en la sociedad: los derechos humanos. Desde muchos frentes, se nos propone reorganizar y recomponer todos nuestros arreglos sociales sobre la base de este único principio. En el imaginario colectivo y en la convivencia ordinaria esto se traduce en el derecho ilimitado del individuo a que su particularidad sea reconocida por las instituciones públicas. Como si la única razón de ser de las instituciones fuera garantizar y proteger el derecho ilimitado de toda persona para definir y regular su vida como mejor le parezca.

Sin embargo, no es tan fácil ordenar la vida en sociedad a partir de los derechos del individuo cuando se sospecha que toda noción de bien obstaculiza los derechos individuales. La política contemporánea ha separado a la justicia, comprendida en su raíz etimológica (ius) “derecho” de la cuestión del bien del otro. Para muchas personas, hoy el bien se concibe como una noción ciega: “Cada quien tiene derecho a buscar su propio bien”. Por lo tanto, afirmar el Bien (con mayúscula) implica poner en peligro los derechos. Si postulamos una cierta idea de la felicidad, si la proponemos como merecedora de orientar lo individual y lo colectivo, ponemos en peligro y en duda el derecho de cada uno a decidir lo que le conviene, a buscar la felicidad como le plazca. Así, la sociedad más justa se vuelve la que más autoriza, la que mayores derechos concibe.

Lo que se promueve hoy es la llamada ‘diferencia cultural’, el supuesto derecho a la diferencia, el derecho a ser diferente. Se reclama el reconocimiento público de un contenido concreto en nombre de un derecho abstracto. Pero este supuesto “derecho a la diferencia” encubre una total indeterminación respecto de lo humano, su bien y su perfeccionamiento, al impulsar un número ilimitado de derechos.

Bajo este marco de los derechos (ilimitados), cuesta cada vez más trabajo pensar en lo común, pensar en el bien, y sobre todo, pensar en el bien común. A partir de la modernidad se da por sentado que no nos podemos poner de acuerdo sobre los bienes humanos y precisamente por este desacuerdo se quiso organizar la vida común sobre la base de derechos y no sobre la base de bienes o fines.

Pierre Manent, 2011. Crédito: Semaines Sociales de France.

La contradicción de “todas las culturas son iguales”

Otra problemática que suscita la exaltación dogmática de los derechos del hombre tiene que ver con la comprensión de la cultura y las distintas culturas.

Cuando miramos otras culturas, culturas exóticas, consideramos que tenemos el deber de no juzgarlas, nos jactamos de ser de mente abierta y les buscamos un sentido aceptable porque ¿acaso no cada cultura es un todo congruente y coherente con su propia lógica? Pero, cuando se trata del entorno en el que vivimos, nos gana un afán por modificar nuestros ordenamientos sociales y morales. En “otros lugares” nos apena querer cambiar cualquier cosa de “sus costumbres”, pero en nuestra sociedad vemos mal el querer conservar ciertas costumbres. Pierre Manent afirma: 

“En “otra parte” suspendemos el juicio, porque debemos por encima de todo cuidarnos de hacer una apreciación [de sus] … costumbres “exóticas” que sugiera o implique que nuestra forma de vida podría ser superior; [y] “aquí” tenemos todo el tiempo la urgencia de juzgar para reformar y sería inadmisible dejar las cosas en el estado en el que están, porque nada es más apremiante ni más justo … que reconocer, declarar y hacer valer nuestros derechos, todos nuestros derechos, los derechos humanos.”

P. Manent, La ley natural y los derechos humanos, p. 9.

Hoy se afirma que los derechos humanos son un principio universal que vale para todos, pero, también se plantea que todas las culturas, todas las formas de vida son igualmente valiosas y que juzgarlas sería discriminatorio y atentaría contra la igualdad de todos los seres humanos. Al mismo tiempo, el hombre contemporáneo sostiene que todos los hombres son iguales y que todas las culturas tienen derecho a igual respeto, pero cae en el absurdo de que incluso aquellas que violan la igualdad de los seres humanos merecen ser respetadas, porque si no, con nuestro juicio, suscitamos esa desigualdad que nos choca y que queremos combatir.

Reconocemos un criterio universal para juzgar, pero a la vez nos abstenemos de aplicar ese juicio cuando se trata de otros. Esta contradicción derivada del dogmatismo de los derechos humanos y el relativismo cultural sustantivo que pone en plano de igualdad a todas las culturas, desata una disociación que contribuye a la “confusión del debate público acerca de la mejor manera de asegurar la cohesión social y la amistad cívica”. 

La universalidad de los derechos humanos contrasta con la gran diversidad de culturas. Sin embargo, una práctica cultural que atenta contra los derechos humanos hoy se justifica (o al menos no podemos juzgarla) bajo el principio de igualdad que está al interior de los mismos derechos humanos. Y así “una filosofía que exige la mayor libertad e igualdad entre los hombres [se muestra también] favorable a la diversidad humana en la que abundan formas de vida que [vulneran] la libertad y la igualdad”, siguiendo a Manent.

El hombre moderno que redujo la compresión de su humanidad a una libertad sin ley, a un mero ser con derechos. Considera que la práctica cultural más exótica y bárbara manifiesta de manera excelsa su nota más distintiva, la libertad. Hoy no tenemos idea de qué es el hombre, pero lo que sí sabemos es que es un ser con derechos y un animal cultural, un ser de cultura.  

¿Y qué conclusiones se deducen de esta comprensión de lo humano? De manera simplona asumimos que la diversidad de culturas, la plasticidad ilimitada de la “cultura”, prueba que no hay naturaleza o que nuestra naturaleza es la libertad indeterminada. Por eso mismo, si condenamos las prácticas culturales que violan derechos humanos, esto supondría que la naturaleza humana prescribe un orden y eso es inaceptable para el hombre moderno. 

Una postura más razonable, pero que choca con este dogmatismo de los derechos y su mancuerna del relativismo cultural, sería que no podemos comprender la valía de una práctica cultural al margen del bien humano. 

Existe el bien y la posibilidad del mal, esto es un presupuesto para la libertad. Si el bien o el mal sólo existieran de forma subjetiva, entonces no existiría la libertad. La libertad humana requiere la noción de orden o ley y de naturaleza y finalidad, de otra manera no se tiene libertad sino indeterminación, anarquía. La libertad no es un fin en sí misma; es una condición para alcanzar el bien y la verdad. Nuestra libertad se subordina a la ley de nuestra naturaleza de creatura.

Me parece más sensato pensar que la libertad es un bien común de la creatura racional, y que la condición del ser humano sólo cobra sentido como libertad bajo la ley (de la naturaleza y de Dios). La ideología de los derechos pretende desestimar justamente esta posibilidad. Atrapados entre la afirmación de la igualdad de los derechos humanos y la afirmación de la igualdad de las “culturas”, quedamos en una perplejidad insuperable que paraliza cualquier intento de buscar el bien común.

Foto: Anderson Guerra

El Estado de Naturaleza como origen de los derechos

¿Pero cómo llegamos hasta aquí? El profesor francés, Pierre Manent, estudioso del liberalismo, apunta algunas consideraciones valiosas para entender el origen de nuestra actual condición.

Para Manent, el estado de naturaleza es la construcción filosófica que “fue la base y la matriz de la doctrina de los derechos del hombre” y de la actual concepción del mundo humano como libertad sin ley. Tanto la antigüedad clásica como el cristianismo concibieron la libertad humana como libertad bajo la ley (de la naturaleza o de Dios). Pero en la modernidad, esta idea es reemplazada por la de una humanidad que comienza en una libertad sin ley y que sólo por necesidad (guerra de todos contra todos) se ve obligada a darse leyes, pero con la intención de seguir viviendo “tan libre como antes”. A partir de entonces, la ley y el Estado sólo tienen legitimidad si ayudan a garantizar los derechos de los individuos.

Manent descubre en Hobbes que el soporte de los derechos humanos es el individuo, cuya naturaleza no es la de una creatura racional ni social, sino que posee únicamente una naturaleza biológica de ser vivo egoísta con un ius in omnia, con un derecho a todo; una naturaleza que no nos dice nada sobre lo que es ser humano. Sólo una naturaleza tan pobre y abstracta como ésta resulta compatible con todas las “culturas” posibles o imaginables. Así, todo lo que experimentamos como hombres es humano. Al disolver lo natural en el hombre a mera individualidad, el “fenómeno humano … se vacía … de toda determinación natural … se le ‘desnaturaliza’ de manera radical”. Bajo esta concepción, el ser humano es ALGO (indefinido), separado y distinto de otros sólo por su materia, pero IGUAL, y que tiene el DERECHO “natural” a ser cualquier cosa, es un ser con derechos.

Foto: Kosygin Leihangthem.

La política antigua VS la política moderna

Este cambio radical se dio en la modernidad política. El mundo antiguo era movido por la búsqueda del bien; al mundo moderno le basta con huir del malestar. Sólo si sé quién soy puedo ser movido por mi bien. Para el mundo moderno el hombre es una incógnita, y, más bien, lo humano se deduce de la animalidad y el des-orden. ¿Qué hay más molesto que la incómoda ley? Hay que huir de la ley en nombre de la naturaleza y huir de la naturaleza en nombre de la libertad.

Al respecto, Manent atribuye un papel importante a John Locke quien piensa que el hombre es un producto de sí mismo, y que es él quien crea arbitrariamente sus leyes morales. El hombre no busca el bien (una finalidad objetiva) sino que huye del malestar, ese es el fondo de la antropología lockeana. Este “hombre” es el sujeto perfecto de la sociedad comercial. El hombre de Locke fabrica sus “valores” y tiene derechos, haga lo que haga, posee sus derechos.

Aquí Manent descubre otro contraste antropológico fuerte en comparación con la antigüedad. El hombre antes se concebía como agente que actúa y busca el bien, y existía en él una tensión entre potencia y acto, entre lo realizado y lo deseado: quien busca la verdad o la justicia sabe que no las posee. Pero el hombre moderno, que declara sus derechos y exige se le respeten, sabe que los posee y que esto no cambia independientemente de lo que haga. Los derechos humanos de un sin vergüenza o de un héroe siempre son iguales. “[R]econocer … la nueva definición del hombre como ser que tiene derechos nos obliga a desterrar las modalidades tradicionales del ser”: potencia y acto.

Esta nueva ontología vuelve al hombre impenetrable, hermético al ser. Antes la filosofía se preguntaba por el ser del hombre, por pensar lo propio del ser humano. Ahora, el hombre no tiene nada que hacer para ser: “toda la humanidad del hombre está contenida en sus derechos y en el hecho de que tiene derechos; y esos derechos están definidos exhaustivamente por el hecho de que son derechos del hombre”.

Ayuda humanitaria en Lituania. Foto: Artüras Kokorevas.

El reto de organizar el mundo social concibiendo al hombre como “ser con derechos”

La postura hegemónica del liberalismo actual radicaliza la comprensión del hombre como ser con derechos y como ser de cultura. Si los derechos humanos no tienen su origen en la naturaleza, en el fondo lo que anhelamos es regresar al estado de naturaleza que hoy en su versión más sofisticada llamamos posmodernidad. Sin las leyes de la naturaleza y de Dios como criterio de orden, lo humano se puede construir y deconstruir según nos plazca. Así desatados, los derechos humanos se convierten en un movimiento social, moral y político indefinido, sin rumbo. Esta filosofía de los derechos humanos radicaliza no sólo la igualdad sino la libertad, y nos deja sin límites claros en la vida social mientras fomenta la deconstrucción de lo humano.

A su vez, esta transformación moderna por la cual la igualdad ya no es inherente a los seres humanos como especie sino a los seres humanos como individuos, genera el mismo dilema que el relativismo cultural. Tanto el dogmatismo liberal de los derechos como el relativismo cultural se refuerzan mutuamente y provienen de la disolución de la noción de naturaleza humana en la modernidad. En la indeterminación del estado de naturaleza, el hombre moderno encuentra su naturaleza completa. En la determinación de cada cultura particular, el hombre moderno encuentra la naturaleza indeterminada. Finalmente, la plasticidad de la naturaleza humana en el estado de naturaleza lleva a la plasticidad de los derechos en la sociedad.

Cuando Aristóteles define al hombre como zoon politikon pone el énfasis en su naturaleza social y fundamenta la vida humana en la deliberación y la acción. Cuando la modernidad define al hombre como “el ser que tiene derechos”, derechos humanos que puede exigir en todo momento y lugar, no decimos nada sobre lo que constituye y da forma a la vida humana. Paradójicamente, siguiendo a Hobbes, fundamos la vida social y política en un estado a-político pre-humano; en un estado sin racionalidad, sin sociabilidad y sin personas.

Los derechos ilimitados, el derecho a ser lo que queramos, los derechos humanos sin saber quién es el hombre, no nos dicen nada sobre qué debemos hacer, cómo actuar en sociedad, o cómo contribuir al bien común. Hoy se quiere organizar el mundo a partir de los derechos de un ser sin naturaleza y sin ley para dirigir su vida. Desgraciadamente, el derecho de cada uno a buscar su propio bien se acaba convirtiendo en el derecho / autorización a no buscar el bien común. Empieza como una autorización, después se vuelve una sugerencia, y acaba imponiéndose como una ley que permite ser indiferente al bien. Insistir en que se respete mi derecho a ser lo que yo quiera (o sienta), implica sólo una relación conmigo mismo, no sugiere ningún principio de acción y no aporta a la vida común. 

Vale la pena seguir pensando las implicaciones de los derechos humanos en la vida social y en la vida práctica. Concebirnos como sujetos pasivos de derechos, sin saber qué es la persona, su dignidad y su naturaleza, de cierta forma nos des-naturaliza y des-humaniza. Unos derechos verdaderamente humanos deberán desarrollarse sobre la base de una sólida antropología que fomente el bien común.

Libertad religiosa en Nicaragua

Repensar los Derechos Humanos a la luz de Fratelli Tutti y el bien común

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El concepto de derechos humanos se ha convertido en una de las categorías más importantes, si no fundamental, de la vida social contemporánea. Sin embargo, uno de los mayores problemas actuales que ha erosionado las relaciones interpersonales es, a nuestro parecer, la alienación que ha generado en nuestra sociedad una mala compresión de los derechos humanos. Como advierte el Papa Francisco en Fratelli Tutti, paradójicamente también puede hacerse un mal uso de estos.

Existe hoy, en efecto, la tendencia hacia una reivindicación siempre más amplia de los derechos individuales … individualistas …, que esconde una concepción de persona humana desligada de todo contexto social …, casi como una ‘mónada’, cada vez más insensible. […] Si el derecho de cada uno no está armónicamente ordenado al bien más grande [el bien común], termina por concebirse sin limitaciones y, consecuentemente, se transforma en fuente de conflictos y de violencias”.

Fratelli Tutti.

Cuando no existe claridad respecto de quién es la persona humana, una antropología inadecuada puede también conducir a una desintegración social. Cuando los “derechos humanos” reflejan una idea errónea de hombre, como mero individuo egoísta, esto fomenta una cierta “ética” que a su vez tiene implicaciones de orden social. 

Foto: Thom González

Una buena práctica de los derechos humanos depende de una buena comprensión de quiénes somos. Como nos enseña el Evangelio, nuestra verdadera identidad es la de ser hijos muy amados del Padre y, por ende, hermanos y “compañeros de camino” como indica el Papa Francisco. Sólo bajo esta luz entendemos el sentido de la verdadera fraternidad social y del adecuado sentido de los derechos humanos, encaminados hacia la solidaridad humana.

Una concepción individualista y liberal de los derechos humanos es problemática y alienante de diversas maneras. El derecho debiera estar esencialmente vinculado al bien común, pero la realidad de esta vinculación se vuelve insostenible con una concepción individualista de los derechos humanos. Cuando los derechos humanos se entienden como una garantía individualista inmunizada de toda exigencia del bien común, éstos no aparecen como la participación de un sujeto en el bien de su comunidad, sino que aparecen más bien como el patrimonio de un individuo que se ha alienado frente a cualquier requerimiento por parte de las necesidades colectivas de su sociedad. En el liberalismo individualista, “ser sujeto de derechos es precisamente la condición según la cual un sujeto queda exonerado de las exigencias colectivas, de tener en cuenta y velar por las condiciones del bien común”.

Por el contrario, al definir derechos, lo que debiéramos estar haciendo es custodiar y fortalecer una serie de relaciones sociales que, en virtud de su estructura, permitan la realización de la persona en su actuar junto con otros. Como nos recuerda el Papa Francisco, “El amor nos pone finalmente en tensión hacia la comunión universal. Nadie madura ni alcanza su plenitud aislándose. Por su propia dinámica, el amor reclama una creciente apertura, mayor capacidad de acoger a otros, en una aventura nunca acabada que integra todas las periferias hacia un pleno sentido de pertenencia mutua. Jesús nos decía: «Todos ustedes son hermanos» (Mt 23,8)”

Pareciera que el liberalismo individualista concibe los derechos humanos como formas de autoposesión, como expresión de dominio o posesión que el individuo tiene de sí mismo. Pero como ya advertía Karol Wojtyla al desarrollar su antropología personalista, la verdadera autoposesión, que se liga con la autorrealización, proviene de una acción en la que uno vive la donación de sí mismo a los demás en comunidad.

El individualismo no nos hace más libres, más iguales, más hermanos. La mera suma de los intereses individuales no es capaz de generar un mundo mejor para toda la humanidad. Ni siquiera puede preservarnos de tantos males que cada vez se vuelven más globales. Pero el individualismo radical es el virus más difícil de vencer. Engaña. Nos hace creer que todo consiste en dar rienda suelta a las propias ambiciones, como si acumulando ambiciones y seguridades individuales pudiéramos construir el bien común .

Fratelli Tutti

Resulta muy peligroso y alienante entender el derecho como la independencia del individuo respecto de lo común. Bajo esta óptica, la libre disposición que cada uno tiene de sí mismo se vuelve una acción desvinculada de toda función social y descargada de toda responsabilidad colectiva. En cambio, bajo una antropología como la que nos ofrece San Juan Pablo II y una fraternidad y amistad social como nos propone Francisco, los derechos se entenderían como medios y condiciones para una participación real y “realizante” en una tarea común. Los derechos se entenderían como participación en la realidad de la comunidad. Los derechos no serían las condiciones de nuestra perfecta individualidad, sino las condiciones de nuestra plena condición como personas. 

Foto: Mumtahina Tanni

En este sentido, los planteamientos de nuestros queridos Papas nos permiten atinar que los derechos no deben ser tratados como realidades absolutas existentes en sí mismas y al margen de las relaciones humanas que pueden establecerse en el seno de una comunidad. 

Quizá, gracias a Dios, nos hemos alejado del peligro de la instrumentalización del ser humano por parte del Estado, pero aún corremos el riesgo de instrumentalizar la sociedad por un supuesto “bien individual”. Aunque hayan disminuido las amenazas del totalitarismo, hoy más que nunca enfrentamos el reto del individualismo alienante cuando los derechos humanos son concebidos como derechos del individuo y no como derechos de quien es miembro de una comunidad.

La encíclica Fratelli Tutti, con la brillantez pastoral de S.S. Francisco, nos da luz sobre una política que articula y promueve procesos al servicio del verdadero bien común y de la caridad social, en vistas a construir la civilización del amor. Ahí, Francisco menciona algo que me parece muy sugerente: “[e]n medio de la actividad política, «los más pequeños, los más débiles, los más pobres deben enternecernos: tienen “derecho” de llenarnos el alma y el corazón”. ¡Nuestros hermanos tienen derecho de llenarnos el alma y el corazón! ¡Qué manera de colmar de sentido evangélico el concepto de “derecho”!

Pensar la vida social desde el individuo acaba siendo deshumanizante. El reconocimiento del otro como persona tiene exigencias más profundas e implicaciones más positivas en la vida social que apelar a los derechos humanos como prerrogativas pre-políticas, universales, abstractas, y al margen del Bien Común, que no fomentan la gratitud, la solidaridad, el sentido de comunidad, ni la amistad social. 

Creo que el Espíritu Santo que inspira al Papa nos plantea el reto de repensar los derechos. Si lo que hace a la vida realmente humana, como nos lo enseñó Cristo, es el amor y la donación de sí, entonces los verdaderos derechos humanos, aquellos que nos llevan a dar un salto cuántico del yo hacia un nosotros, son el derecho a la generosidad, a la hospitalidad y al amor. 

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