Desafiando las sombras de la posverdad: La lucha por la democracia en la era de las fake news

Desafiando las sombras de la posverdad: La lucha por la democracia en la era de las fake news

Por Gustavo Hernández Martínez

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El crecimiento exponencial de las fake news y la prevalencia de la posverdad en la era digital han generado una severa crisis que está minando severamente los cimientos de las democracias e incluso de la gobernabilidad en todo el mundo. La verdad como principio y criterio de la justicia y la ética atraviesa una crisis sin precedentes, puesto que la masiva producción de narrativas sin correlatos en la realidad son una peligrosa fuente de ficciones. Por tanto, hablar de posverdad, es hablar del imperio de la confusión y la oscuridad. Donde la realidad es un accesorio prescindible, cada sujeto puede fabricar su realidad o hacerse súbdito de un espejismo con fervor religioso. Las democracias mueren en la oscuridad, versa un famoso y acertado slogan.

Lo terrible es que como expone el escritor argentino Cristian Vázquez (2016):“Muchas personas se empeñan en creer en las citas erróneas por una sencilla razón: es una forma de lograr que los escritores más prestigiosos digan cosas que nunca dijeron, pero que suenan bien”.Lo peligroso de la tendencia es que la cultura de nuestra era se está fraguando en la densa oscuridad fundacional de la posverdad, como metáfora del mito de la Caverna que explica la oscuridad creada por las fake news.

En el Mito de la Caverna se describe a prisioneros encadenados en una caverna que solo pueden ver las sombras proyectadas en la pared frente a ellos. Estas sombras, creadas por objetos detrás de ellos y una fuente de luz, representan la única realidad que conocen. Cuando uno de los prisioneros es liberado y ve el mundo exterior, se da cuenta que las sombras eran solo una ilusión y que existe una realidad más amplia y auténtica.

En el terrible mar de las fake news y la posverdad, las sombras en la caverna podrían representar la desinformación y la manipulación de la realidad, mientras que la luz exterior simboliza la verdad y el conocimiento. Un éxodo hacia el sol que ilumina toda oscuridad. La lucha por liberarse de las cadenas y salir de la caverna es análoga a la lucha por la verdad y la objetividad en la era de la posverdad.

Alegoría de la Caverna de Platón. Museo Británico.

Las tinieblas de la desinformación, la confusión y el caos que engendra la posverdad, son peligros que deben combatirse y aunque no hay fórmulas ni recetas milagrosas, la formación de la razón y el pensamiento crítico son factores determinantes para la comprensión objetiva del mundo. Para enfrentar este desafío desde la gobernanza, es necesario abordar varios aspectos clave:

  1. Educación mediática y digital: Es necesario que gobierno y sociedad contribuyan al desarrollo de mecanismos que formen a los ciudadanos para discernir la veracidad y confiabilidad de la información que consumen en la red, desarrollando habilidades de pensamiento crítico y comprensión de la ética periodística.
  • Cooperación entre actores clave: Gobiernos, organizaciones de la sociedad civil y plataformas tecnológicas deben colaborar para combatir la propagación de fake news y desinformación, implementando leyes, regulaciones y herramientas tecnológicas apropiadas. Se debe legislar al respecto, se deben establecer candados regulatorios que, respetando la libertad de expresión, generen transparencia en el manejo de la información.
  • Prácticas periodísticas éticas y transparentes: Los medios de comunicación deben comprometerse con la independencia editorial, la diversidad de voces y la integridad en la presentación de la información, ofreciendo contenido basado en datos y evidencias objetivas. La ética de los medios es indispensable, como indiospensable es que la demanda de de fake news, pueds disminuir.
  • Promoción del diálogo y la deliberación: La creación de espacios para discusiones constructivas y respetuosas entre diferentes sectores de la sociedad puede ayudar a contrarrestar la polarización y a desarrollar un consenso en torno a los hechos y realidades compartidas. La verdadera democracia se construye en el diálogo y el accontability, en el momento en que los ciudadanos cuestionan seriamente a sus gobernantes y estos son capaces de responder con verdad, no con demagogia esquizofrénica.
  • Adaptabilidad y cambio: Siguiendo el pensamiento de Bauman, debemos adoptar un enfoque proactivo y flexible para enfrentar la posverdad y las fake news, adaptándonos continuamente a medida que evoluciona el panorama de la información.
“Sólo los estados totalitarios necesitan un filtro de carga”. Foto: Markus Spiske

En resumen, la lucha por la democracia y la gobernabilidad en la era de las fake news y la posverdad se asemeja a la búsqueda de la verdad y la liberación de las sombras en el Mito de la Caverna. Para enfrentar este desafío y asegurar un futuro más informado y resiliente, es fundamental que actuemos de manera concertada en todos estos frentes.

La clave para abordar las sombras de la posverdad y las fake news radica en reconocer que la lucha no termina con la liberación de un solo prisionero de la caverna. En cambio, debemos enfocar nuestros esfuerzos en liberar a tantas personas como sea posible, brindándoles las herramientas para discernir la realidad y contribuir a la construcción de una sociedad democrática y gobernable.

En última instancia, enfrentar las sombras de la posverdad y las fake news requiere un compromiso colectivo y sostenido con la verdad, la objetividad y la justicia. Al adoptar estos valores y trabajar juntos en la búsqueda de un mundo más iluminado, podemos superar la oscuridad de la caverna y construir un futuro más brillante y esperanzador para todos. Las sociedades no deben ni pueden sostenerse en la mitología de un discurso maniqueista que exalta la confrontación por el contrario, es el estado de derecho, la cordura y el diálogo desideologizado lo que posibilitará un mejor mañana.

Desafiando las sombras de la posverdad: La lucha por la democracia en la era de las fake news

¡Ay esas conversaciones difíciles!

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Reseña: Difficult Conversations
Difficult Conversations
Douglas Stone, Bruce Patton, Sheila Heen
Penguin. 2010. 295 pp. 

Nos ahorraríamos muchos problemas si aprendiéramos a quedarnos callados…pero nos ahorraríamos aún más si aprendiéramos a llevar adelante conversaciones y discusiones difíciles. Aunque no nos guste, las conversaciones difíciles son inevitables, y se dan lo mismo sobre temas cotidianos: molestia con los vecinos por el comportamiento de su perro o porque no barren su entrada; hasta los asuntos más importantes de nuestras relaciones familiares íntimas. Las conversaciones difíciles se dan también en todos los ámbitos de la vida laboral — desde pedir un aumento, un permiso para ausentarse, un conflicto con algún colega, o disentir con una propuesta del jefe o la jefa — hasta la vida empresarial: negociaciones sobre el precio de un servicio, o los términos de entrega, o la asignación de responsabilidad en un cambio de fechas.

Conversaciones difíciles mal llevadas, o peor aún, conversaciones difíciles que nunca tuvieron lugar, están detrás de muchos de los conflictos de política nacional e internacional del presente. La Primera Guerra Mundial (la Gran Guerra), por poner un ejemplo, fue resultado de una serie de malentendidos, malas intenciones y confusiones que nunca se lograron aclarar.

Si la guerra es la continuación de la política por otros medios, es también cierto que la política es la continuación de la guerra, o mejor aún, es evitar el caso extremo de la solución de conflictos a través de la guerra, por otros medios; medios civilizados de conversación, acuerdos, renuncias, concesiones y negociación. La guerra civil, la peor de las guerras, es en ocasiones resultado de una sociedad que no pudo, no quiso o no supo ponerse de acuerdo sobre las condiciones fundamentales de la vida en común.

Las conversaciones difíciles son parte de nuestra condición humana, son ineludibles…y molestas. Prácticamente ningún problema interpersonal, laboral, empresarial o político se resuelve sin la necesidad de hablar con los demás.

En la mayoría de los casos debemos evitar dos posiciones igualmente perjudiciales: No decir nada sobre un asunto que nos preocupa o nos molesta, o pelear al respecto. Saber llevar una conversación difícil es nuestra mejor alternativa para evitar la violencia sin permitir la injusticia.

Por ello, a pesar de su sencillez en la expresión y su contenido eminentemente práctico (que no pragmático) el aporte de los 3 autores de Difficult Conversations es una genuina contribución a la paz.

Basta pensar en todos esos temas difíciles que no nos hemos atrevido a tocar en nuestro ámbito familiar más íntimo: conflictos por la repartición de una herencia, por resentimientos ocultos y heridas afectivas que nunca supimos sanar, o por frustraciones inexpresadas. O en aquellas conversaciones difíciles que quizá sí tuvieron lugar, pero solo empeoraron las cosas.

En el ámbito familiar y matrimonial la ausencia de conversaciones difíciles deja un vació que suele ser ocupado por el resentimiento, el odio, la desconfianza, la tristeza y el dolor. Aquello que nos duele y que nos negamos a expresar, nos hace daño. 

¿Cuánto vale un libro que puede enseñarme a hablar con mi pareja sin herirla, pero tampoco sin mentir?, ¿a tocar temas dolorosos del pasado común con mi padre, mi madre o mis hermanos?; ¿un libro que puede enseñarme a llevar a cabo la proeza de comunicarme con mi hija o hijo adolescente, incluso a hablar con los niños y niñas grandes y pequeños, entendiendo que a veces no buscan una respuesta acertada, sino simplemente atención y cariño?

Tan solo por los consejos y las herramientas que los autores ofrecen para tratar diferencias en la vida de pareja, este libro debiera ser indispensable y lectura obligada; pero su rango es mucho más amplio, porque la estructura de las conversaciones difíciles es similar en todos los ámbitos de la acción humana.

Los autores dividen toda conversación en 3 aspectos fundamentales: Primero la pregunta sobre “¿qué fue lo que pasó?”; el segundo es el aspecto emocional: “¿qué fue lo que esta situación o este problema me hizo sentir? y ¿qué sintieron los otros involucrados?”; y el tercero sobre mi identidad y la identidad de los demás: “¿qué me dice este conflicto, o esta diferencia de opinión, o esta sanción sobre mí?”, realmente, “¿qué tipo de persona soy?”.

Respecto a la primera pregunta los autores muestran que la mayoría de las situaciones humanas no pueden ser descritas de manera unívoca: que toda narración o reconstrucción de un hecho es una versión. Y como tal está enmarcada en coordenadas o categorías de interpretación. Es imposible para los seres humanos realizar una descripción de un hecho humano que sea totalmente neutra. Esta incómoda verdad no es consecuencia de un problema de percepción — no basta con oír, y ver bien.

La ambigüedad del lenguaje y de los hechos humanos no se supera con medios meramente materiales. La inclusión de la revisión por video en los partidos de futbol lo ilustra perfectamente: el problema no es solo que los árbitros no hayan alcanzado a ver la jugada, sino que muchas veces es difícil o imposible decir con certeza cuándo un empujón es voluntario y cuándo es una simple consecuencia del movimiento de dos jugadoras o jugadores tras el balón.

Por eso, cualquier “reconstrucción de los hechos” debe tomar en cuenta las distintas versiones de los involucrados, para tratar de componer un mosaico que describa de modo un poco menos imperfecto lo sucedido.

Dos consejos prácticos de los autores relacionados con este primer aspecto son, primero que nunca conviene formarse un juicio o tomar una decisión drástica sin conocer lo más posible de la situación. Cuando nos toca desempeñar el papel de juez o evaluar el desempeño de algún colaborador, es mejor escuchar varias versiones. Pocos consejos tan útiles como el de repetir: “dame un momento, no puedo dar un veredicto o tomar una decisión ahora; déjame tener todos los elementos y hacerme una idea más completa de la situación o la problemática”. Incluso cuando hace falta disentir con un superior jerárquico para cuestionar o criticar alguna decisión, iniciar diciendo: “seguramente no cuento con todos los elementos, y reconozco que es una situación compleja, pero…”

Igualmente importante es no centrarse en quién tiene la culpa. Las más de las veces la “asignación de culpas” lejos de ayudar corrompe la discusión y la transforma en una disputa: ya no se trata de aclarar qué fue lo que sucedió, ni cómo sucedió, mucho menos de pensar en cómo solucionarlo; sino simplemente de decir quién tuvo la culpa.

La obsesión por asignarle la culpa a alguien (casi nunca nos la asignamos a nosotros mismos) es una distracción del problema a tratar, genera además sentimientos adversos y no resuelve absolutamente nada.

Los conflictos humanos surgen por una multiplicidad de factores, por eso los autores hablan de mapear un “sistema de contribución” a la situación no deseada, en vez de construir un proceso de asignación de culpas.

¡Imaginemos cómo sería una discusión política centrada en la resolución de problemas, y no en la búsqueda de culpables!

Esquema de la primera pregunta: La conversación sobre qué sucedió.

El aspecto de las emociones es aún más complejo y misterioso: muchas conversaciones no son en primera instancia sobre lo qué pasó, sino sobre lo que nosotros sentimos. Quizá por distintos vicios intelectuales suponemos que dejar de lado las emociones en una discusión difícil es una señal de racionalidad y madurez, pero las emociones son nuestro primer marco interpretativo: son el modo, muchas veces irreflexivo ¡pero no irracional! en el que interpretamos lo que sucede.

Una de las torpezas más grandes en que podemos incurrir es pretender tratar temas que  nos lastiman, nos enojan o nos importan como si nuestras emociones no tuvieran relevancia. Como si fuéramos capaces de una especie de descripción no emocional de los asuntos humanos; como si no hubiera nada en juego en el tema que estamos discutiendo. Discusiones sin carga emocional, no son discusiones difíciles, sino triviales. Si no nos importa el tema, es señal de que no vale la pena hablar al respecto.

Por último está el tema de la identidad: A veces actuamos como si las conversaciones y discusiones difíciles tuvieran como tema real quiénes somos. Nos molesta tratar ciertos temas, aceptar errores, considerar otros puntos de vista porque pone en entredicho la idea que tenemos o que queremos tener de nosotros mismos. El primer paso es separar el conflicto de nuestra identidad: que me hayan despedido no necesariamente quiere decir que soy un mal colaborador, o que soy flojo; que no sepa comunicarme con mi hija no implica necesariamente que sea una mala madre, o que no la quiera.

Entender cómo llevar bien una discusión difícil, aprender a incorporar las perspectivas de los demás involucrados, aprender a expresar mis sentimientos y a tomar en cuenta los sentimientos de los otros — son todas estas vías para conocernos mejor a nosotros mismos, para descubrir y entender mejor quiénes somos, cómo somos y qué podemos hacer para mejorar.

Difficult Conversations es un libro que nos genera inquietud, porque demanda de nosotros que nos atrevamos a salir de nosotros  mismos, a enfrentar aquellos aspectos de nuestra personalidad que nos dan vergüenza y no nos gustan; y a aceptar que muchas veces podemos estar equivocados tanto en nuestras evaluaciones de una situación como en nuestros sentimientos.

Es un libro que, si lo tomamos en serio, nos llevará muchas veces a tener que pedir perdón, por haber hablado de más, por haber inferido malas intenciones sin fundamento, o por habernos negado a escuchar una perspectiva distinta de la nuestra. Es un libro que nos da también la oportunidad de intentar una y otra vez desarrollar la virtud de conversar y de discutir en búsqueda de la verdad y el acuerdo. Es un libro que nos obliga a actuar y a cambiar para mejorar.

En lo personal, di con este libro después de un desaguisado fuerte detonado por asuntos sin importancia con una colaboradora excepcional. De no haber solucionado esa desavenencia, hubiera perdido la oportunidad de aprender de una gran maestra, y hubiera perdido también a una amiga y a una aliada. ¡Cuántas relaciones, proyectos de vida, empresariales y de naciones enteras podrían haberse salvado si supiéramos discutir!

En el prefacio los autores mencionan muchas de las disciplinas que les ayudaron a escribir esta pequeña obra maestra: psicología organizacional y social, negociación, mediación, derecho, terapias cognitivas, familiares y centradas en el cliente y teoría de la comunicación. La disciplina que no mencionan es la filosofía. Y eso me hace dudar respecto a la relevancia de los tratados éticos contemporáneos:

¿Cuál es el objetivo de un libro sobre ética? ¿Acaso describir las posiciones de autores filosóficos sobre la acción humana, sobre el bien y el mal? ¿O su objetivo es discutir “la moralidad” y el “valor de las proposiciones morales”? Si este es su objetivo, sospecho que en ocasiones tales libros adolecen de todo sentido práctico (no sirven para nada).

Pero si el objetivo es ayudar a las personas a vivir mejor, a conocerse mejor a sí mismas y tener una mejor relación en todos los ámbitos de su vida (en la tradición platónica), entonces Difficult Conversations debería ser considerado como una gran aportación al pensamiento ético contemporáneo. La incapacidad que a veces tenemos algunos filósofos para escribir libros útiles, y la poca estima que tal tipo de libros merece a la mayoría de los filósofos académicos, da mucho que pensar sobre el estado contemporáneo de la filosofía, y sobre la relevancia y el poder de los “productos académicos éticos contemporáneos” para hacer nuestra vida mejor.

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De un lenguaje incluyente a un diálogo común

Araceli Cruz Martín del Campo

El mundo actual, que permite una comunicación global e instantánea, está uniformando peligrosamente el pensamiento de gran parte de sus integrantes. Algunas ideas erróneas han permeado en la sociedad y definen la actuación de muchas personas que, tal vez sin notarlo, las defienden y obligan a los demás a actuar de la misma forma. Conviene cuestionar si lo que se considera políticamente correcto es realmente lo que creemos y deseamos expresar. Algunos errores de este tipo son:

Lenguaje incluyente

Para evitar discriminar a las mujeres, se ha establecido un lenguaje de género. Por ejemplo, en la página oficial de la Comisión Nacional para Prevenir y Erradicar la Violencia Contra las Mujeres, se indica cómo hay que expresarse para evitar usar un “vocabulario que construye y refuerza estereotipos de género que conducen a la violencia contra las mujeres”.

Así, en una entrevista de radio el entonces Secretario de Educación, Esteban Moctezuma, por evitar hablar de los “estudiantes, padres y maestros” dijo “las niñas y los niños, las y los jóvenes, las madres y los padres de familia, las maestras y los maestros” Al llegar a este punto y después de la tercera vez que lo mencionó, mi atención ya estaba en otro lado. El discurso así elaborado se había vuelto pesado y monótono. Se perdió la fuerza del mensaje.

El error no consiste en querer evitar la discriminación, ¿quién puede estar en contra de ello? sino en la exageración en la que se ha caído. Incluso se ha llegado a proponer que se use la @ como una letra nueva. Así se escribiría “niñ@s” (o en una versión menos radical, “niñes”). Un verdadero atropello al lenguaje.

En español, generalmente el plural en masculino implica ambos sexos.  En el Diccionario Panhispánico de Dudas de la Real Academia Española dice: “…en los últimos tiempos, por razones de corrección política, que no de corrección lingüística, se está extendiendo la costumbre de hacer explícita la alusión a ambos sexos. Se olvida que en la lengua está prevista la posibilidad de referirse a colectivos mixtos a través del género gramatical masculino, posibilidad en la que no debe verse intención discriminatoria alguna, sino la aplicación de la ley lingüística de la economía expresiva…

Por otro lado, “presidente” es quien preside, independientemente de que sea hombre o mujer, como sería “estudiante” o “cantante”; no se dice “estudianta” o “cantanta”. No puede ser que, para no herir susceptibilidades, se tengan que usar expresiones tan forzadas. Lo verdaderamente importante es que el lenguaje exprese el respeto que la sociedad tiene por todos sus integrantes. No que se pretenda alcanzar esto cambiando la manera de expresarse lo que resulta superficial, artificioso y poco armónico.


Cuota de género

En México, por los próximos comicios del 2021, instituciones de muy alto nivel: el INE, el Tribunal Federal Electoral y los Congresos federal y estatales, han trabajado en el tema de que los partidos políticos deben nombrar a 7 u 8 mujeres entre los postulantes a las 15 gubernaturas de esta elección.

En lugar de pensar en la preparación, el conocimiento del Estado y la capacidad de gobierno que pueda tener la persona que resulte candidata; dejando de lado los méritos personales, se discute sobre cuántas deben ser mujeres, como si este hecho fuera determinante en su futuro desempeño político y administrativo. No se debería juzgar a nadie por su sexo, sino por su experiencia, su trabajo previo y los resultados obtenidos. Pero eso sería una incorrección política y todos, incluidos los medios de comunicación, invierten mucho tiempo en esta discusión que distrae de lo esencial. Además de que la cuota de género no implica directamente la igualdad de salario, otro tema que debe considerarse para evitar discriminaciones.

Geometría política simplista

Se habla de derecha y de izquierda políticas. De estos conceptos cada quien tiene una definición diferente y muchas veces se hacen bloques de pensamiento que parecería deben ser aceptados en su conjunto, sin cuestionar o profundizar en las ideas ni dejar espacio para tomar posiciones más complejas y realistas.

El error consiste fundamentalmente en que estamos obligados a tomar partido y que a veces, la historia personal, más que las propias creencias, determina de qué lado estamos.

En términos políticos, tal parece que las sociedades de muchas democracias están divididas en “ustedes” y “nosotros”, dos grupos aparentemente irreconciliables, que se acusan mutuamente de tomar decisiones equivocadas.

Estas apreciaciones simplistas generan un rencor social que se manifiesta en la forma de expresarse de los que “no son de los nuestros” y del trato que se les da. En algunos países estas diferencias se han exacerbado, llegando a extremos peligrosos. Parece que no somos capaces de comprender las buenas intenciones del otro ni de aprender a dialogar escuchando.

¿Cómo llegamos al nosotros?

Más que insistir en esta situación de desencuentro y antagonismo que vivimos continuamente, quiero recordar dos historias que pueden ayudar a replantear la relación con “los otros”:

La primera, de André Chamson, escritor y soldado. Miembro de la Académie Française, que luchó en la resistencia francesa durante la ocupación alemana.

Chamson recuerda cuando, con una temperatura de 28 grados centígrados bajo cero, a las 7 de la mañana, junto con otros 4 soldados, recibió órdenes de reconocer las posiciones enemigas. Hacía tantísimo frío que, para poder escuchar, destapaba brevemente una oreja y luego la otra, pues de otra forma, se le hubieran congelado. Caminaban en un paraje congelado y solitario, sin señales de vida.

De pronto, uno de los soldados vio un centinela enemigo. Estaba de espaldas como a setenta metros de distancia. Chamson apuntó y “con un ojo cerrado dirigí la visual sobre el cañón de mi fusil hacia ese desconocido cuyo rostro no podía ver, con la mira en línea recta a la nuca cubierta enteramente por el gorro de lana. En el instante en que iba a apretar el gatillo, el alemán empezó a saltar y a mover los brazos como un oso. Sobresaltado, perdí la puntería y abrí ambos ojos. Comprendí que, lo que hasta entonces había sido sólo un blanco, era en realidad un hombre, un hombre como yo, que sufría por el frío como yo, a quien le dolían los pies, tenía las manos entumecidas y las orejas congeladas y que sólo pensaba defenderse del frío… No pesé el pro y el contra, no tuve que tomar ninguna decisión: el cañón de mi arma se bajó por sí solo…”.

Años después, ya en tiempos de paz, Chamson llegó a ser amigo de un alemán cuya nuca le recordaba la del soldado que vio aquella mañana helada por la mira de su fusil y no mató.

La otra historia es el caso de Billy Wayne Sinclair. Un muchacho fuertemente maltratado por un padre violento. Creció en un ambiente terrible de agresión y excesos. Él narra un intento de robo de su juventud “Yo solo quería tomar el dinero y correr. No tenía intenciones de herir a nadie. Supuse que el arma asustaría al dependiente como lo hacía conmigo. Prendí un cigarro y vi que mis manos temblaban…”. Cuando James C. Bodden —un estudiante de preparatoria y jugador de futbol local muy estimado—, que barría el frente de la tienda donde trabajaba, se defendió con la escoba que estaba usando, Sinclair lo mató. Fue condenado a pena de muerte.

La palabra asesinato dejó una huella indeleble en mi cerebro. Ya no era Billy Wayne Sinclair, yo era un asesino… Sartre escribió: El acto de matar cambia a la víctima en una cosa y, al mismo tiempo, al asesino en un objeto”.

Durante 6 años esperó la ejecución, “En el corredor de la muerte empecé a estudiar derecho, a leer filosofía. Tuve tiempo para la introspección, para ver la vida desde una perspectiva mucho mayor que la que tenía antes de ir a prisión. Cuanta más curiosidad intelectual tienes, más desarrollas una fibra moral. Moralmente empiezas a cuestionarte a ti mismo, a tus propios valores, a cómo se relacionan con otras personas, a lo que quieres ser. Soy un prisionero, pero no puedo ser parte de la mentalidad criminal. Tengo que desarrollar mi propia ética, mis propios valores”.

En 1972, la Suprema Corte de los Estados Unidos abolió temporalmente la pena capital y conmutó la condena a prisión perpetua.

Billy no tenía amigos. En la cárcel conoció a un hombre con el que estableció algo parecido a una amistad. Pero cuando él le dijo que pensaba suicidarse, por no tener esperanza de salir libre, no hizo nada por impedirlo, pues deseaba ser un preso modelo y temió las consecuencias negativas de su posible actuación. Lo dejó morir. Esta muerte le impactó profundamente.

En 1981, una reportera de televisión, Jodie Bell, entrevistó a Sinclair por largo tiempo.  Se enamoraron y se casaron por poder. Ella abogó por la libertad de su esposo, pero los familiares de la víctima se rehusaban a dejarlo libre. Finalmente, después de 40 años de prisión, y de serle negada seis veces la libertad bajo palabra, salió libre.

Un día conoció al padre de su víctima: un anciano que había perdido, al mismo tiempo que a su hijo, la fe y la alegría de vivir. Y cayó en cuenta de la gravedad de su falta y de las terribles consecuencias que ésta había traído a la vida de ese hombre.

Ahora trabaja en un bufete de abogados y tiene una vida de calidad y un matrimonio exitoso. En su transformación fue necesario: Ver al otro como persona. Lo que sucedió con su “amigo” suicida. Verse a sí mismo como persona, lo que logró su esposa Jodie. Y asumir las consecuencias de los propios actos. Esto le sucedió con el padre de Bodden, al que pidió perdón profundamente conmovido.

Estas dramáticas historias me hacen pensar que todos, independientemente de nuestras ideas filosóficas o políticas, somos personas valiosas, con historias que muchas veces explican nuestros actos. Siempre hay esperanza de comunicación y entendimiento si podemos ver al otro no como una cosa, un enemigo, un “otro”, sino como una persona tan valiosa como yo mismo.



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