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¡Ay esas conversaciones difíciles!

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Reseña: Difficult Conversations
Difficult Conversations
Douglas Stone, Bruce Patton, Sheila Heen
Penguin. 2010. 295 pp. 

Nos ahorraríamos muchos problemas si aprendiéramos a quedarnos callados…pero nos ahorraríamos aún más si aprendiéramos a llevar adelante conversaciones y discusiones difíciles. Aunque no nos guste, las conversaciones difíciles son inevitables, y se dan lo mismo sobre temas cotidianos: molestia con los vecinos por el comportamiento de su perro o porque no barren su entrada; hasta los asuntos más importantes de nuestras relaciones familiares íntimas. Las conversaciones difíciles se dan también en todos los ámbitos de la vida laboral — desde pedir un aumento, un permiso para ausentarse, un conflicto con algún colega, o disentir con una propuesta del jefe o la jefa — hasta la vida empresarial: negociaciones sobre el precio de un servicio, o los términos de entrega, o la asignación de responsabilidad en un cambio de fechas.

Conversaciones difíciles mal llevadas, o peor aún, conversaciones difíciles que nunca tuvieron lugar, están detrás de muchos de los conflictos de política nacional e internacional del presente. La Primera Guerra Mundial (la Gran Guerra), por poner un ejemplo, fue resultado de una serie de malentendidos, malas intenciones y confusiones que nunca se lograron aclarar.

Si la guerra es la continuación de la política por otros medios, es también cierto que la política es la continuación de la guerra, o mejor aún, es evitar el caso extremo de la solución de conflictos a través de la guerra, por otros medios; medios civilizados de conversación, acuerdos, renuncias, concesiones y negociación. La guerra civil, la peor de las guerras, es en ocasiones resultado de una sociedad que no pudo, no quiso o no supo ponerse de acuerdo sobre las condiciones fundamentales de la vida en común.

Las conversaciones difíciles son parte de nuestra condición humana, son ineludibles…y molestas. Prácticamente ningún problema interpersonal, laboral, empresarial o político se resuelve sin la necesidad de hablar con los demás.

En la mayoría de los casos debemos evitar dos posiciones igualmente perjudiciales: No decir nada sobre un asunto que nos preocupa o nos molesta, o pelear al respecto. Saber llevar una conversación difícil es nuestra mejor alternativa para evitar la violencia sin permitir la injusticia.

Por ello, a pesar de su sencillez en la expresión y su contenido eminentemente práctico (que no pragmático) el aporte de los 3 autores de Difficult Conversations es una genuina contribución a la paz.

Basta pensar en todos esos temas difíciles que no nos hemos atrevido a tocar en nuestro ámbito familiar más íntimo: conflictos por la repartición de una herencia, por resentimientos ocultos y heridas afectivas que nunca supimos sanar, o por frustraciones inexpresadas. O en aquellas conversaciones difíciles que quizá sí tuvieron lugar, pero solo empeoraron las cosas.

En el ámbito familiar y matrimonial la ausencia de conversaciones difíciles deja un vació que suele ser ocupado por el resentimiento, el odio, la desconfianza, la tristeza y el dolor. Aquello que nos duele y que nos negamos a expresar, nos hace daño. 

¿Cuánto vale un libro que puede enseñarme a hablar con mi pareja sin herirla, pero tampoco sin mentir? ¿a tocar temas dolorosos del pasado común con mi padre, mi madre o mis hermanos? ¿un libro que puede enseñarme a llevar a cabo la proeza de comunicarme con mi hija o hijo adolescente, incluso a hablar con los niños y niñas grandes y pequeños, entendiendo que a veces no buscan una respuesta acertada, sino simplemente atención y cariño?

Tan solo por los consejos y las herramientas que los autores ofrecen para tratar diferencias en la vida de pareja, este libro debiera ser indispensable y lectura obligada; pero su rango es mucho más amplio, porque la estructura de las conversaciones difíciles es similar en todos los ámbitos de la acción humana.

Los autores dividen toda conversación en 3 aspectos fundamentales: Primero, la pregunta sobre “¿qué fue lo que pasó?”; el segundo es el aspecto emocional: “¿qué fue lo que esta situación o este problema me hizo sentir? y ¿qué sintieron los otros involucrados?”; y el tercero sobre mi identidad y la identidad de los demás: “¿qué me dice este conflicto, o esta diferencia de opinión, o esta sanción sobre mí?”, realmente, “¿qué tipo de persona soy?”.

Respecto a la primera pregunta los autores muestran que la mayoría de las situaciones humanas no pueden ser descritas de manera unívoca: que toda narración o reconstrucción de un hecho es una versión. Y como tal está enmarcada en coordenadas o categorías de interpretación. Es imposible para los seres humanos realizar una descripción de un hecho humano que sea totalmente neutra. Esta incómoda verdad no es consecuencia de un problema de percepción — no basta con oír, y ver bien.

La ambigüedad del lenguaje y de los hechos humanos no se supera con medios meramente materiales. La inclusión de la revisión por video en los partidos de futbol lo ilustra perfectamente: el problema no es solo que los árbitros no hayan alcanzado a ver la jugada, sino que muchas veces es difícil o imposible decir con certeza cuándo un empujón es voluntario y cuándo es una simple consecuencia del movimiento de dos jugadoras o jugadores tras el balón.

Por eso, cualquier “reconstrucción de los hechos” debe tomar en cuenta las distintas versiones de los involucrados, para tratar de componer un mosaico que describa de modo un poco menos imperfecto lo sucedido.

Dos consejos prácticos de los autores relacionados con este primer aspecto son:

Primero, que nunca conviene formarse un juicio o tomar una decisión drástica sin conocer lo más posible de la situación. Cuando nos toca desempeñar el papel de juez o evaluar el desempeño de algún colaborador, es mejor escuchar varias versiones. Pocos consejos tan útiles como el de repetir: “dame un momento, no puedo dar un veredicto o tomar una decisión ahora; déjame tener todos los elementos y hacerme una idea más completa de la situación o la problemática”. Incluso cuando hace falta disentir con un superior jerárquico para cuestionar o criticar alguna decisión, iniciar diciendo: “seguramente no cuento con todos los elementos, y reconozco que es una situación compleja, pero…”

Segundo consejo, es igualmente importante no centrarse en quién tiene la culpa. Las más de las veces la “asignación de culpas” lejos de ayudar corrompe la discusión y la transforma en una disputa: ya no se trata de aclarar qué fue lo que sucedió, ni cómo sucedió, mucho menos de pensar en cómo solucionarlo; sino simplemente de decir quién tuvo la culpa.

La obsesión por asignarle la culpa a alguien (casi nunca nos la asignamos a nosotros mismos) es una distracción del problema a tratar, genera además sentimientos adversos y no resuelve absolutamente nada.

Los conflictos humanos surgen por una multiplicidad de factores, por eso los autores hablan de mapear un “sistema de contribución” a la situación no deseada, en vez de construir un proceso de asignación de culpas.

¡Imaginemos cómo sería una discusión política centrada en la resolución de problemas, y no en la búsqueda de culpables!

Esquema de la primera pregunta: La conversación sobre qué sucedió.

El aspecto de las emociones es aún más complejo y misterioso: muchas conversaciones no son en primera instancia sobre lo qué pasó, sino sobre lo que nosotros sentimos. Quizá por distintos vicios intelectuales suponemos que dejar de lado las emociones en una discusión difícil es una señal de racionalidad y madurez, pero las emociones son nuestro primer marco interpretativo: son el modo, muchas veces irreflexivo ¡pero no irracional! en el que interpretamos lo que sucede

Una de las torpezas más grandes en que podemos incurrir es pretender tratar temas que  nos lastiman, nos enojan o nos importan como si nuestras emociones no tuvieran relevancia; como si fuéramos capaces de una especie de descripción no emocional de los asuntos humanos; como si no hubiera nada en juego en el tema que estamos discutiendo. Discusiones sin carga emocional, no son discusiones difíciles, sino triviales. Si no nos importa el tema, es señal de que no vale la pena hablar al respecto.

Por último está el tema de la identidad: A veces actuamos como si las conversaciones y discusiones difíciles tuvieran como tema real quiénes somos. Nos molesta tratar ciertos temas, aceptar errores, considerar otros puntos de vista porque pone en entredicho la idea que tenemos o que queremos tener de nosotros mismos. El primer paso es separar el conflicto de nuestra identidad: que me hayan despedido no necesariamente quiere decir que soy un mal colaborador, o que soy flojo; que no sepa comunicarme con mi hija no implica necesariamente que sea una mala madre, o que no la quiera.

Entender cómo llevar bien una discusión difícil, aprender a incorporar las perspectivas de los demás involucrados, aprender a expresar mis sentimientos y a tomar en cuenta los sentimientos de los otros — son todas estas vías para conocernos mejor a nosotros mismos, para descubrir y entender mejor quiénes somos, cómo somos y qué podemos hacer para mejorar.

Difficult Conversations es un libro que nos genera inquietud, porque demanda de nosotros que nos atrevamos a salir de nosotros  mismos, a enfrentar aquellos aspectos de nuestra personalidad que nos dan vergüenza y no nos gustan; y a aceptar que muchas veces podemos estar equivocados tanto en nuestras evaluaciones de una situación como en nuestros sentimientos.

Es un libro que, si lo tomamos en serio, nos llevará muchas veces a tener que pedir perdón, por haber hablado de más, por haber inferido malas intenciones sin fundamento, o por habernos negado a escuchar una perspectiva distinta de la nuestra. Es un libro que nos da también la oportunidad de intentar una y otra vez desarrollar la virtud de conversar y de discutir en búsqueda de la verdad y el acuerdo. Es un libro que nos obliga a actuar y a cambiar para mejorar.

En lo personal, di con este libro después de un desaguisado fuerte detonado por asuntos sin importancia con una colaboradora excepcional. De no haber solucionado esa desavenencia, hubiera perdido la oportunidad de aprender de una gran maestra, y hubiera perdido también a una amiga y a una aliada. ¡Cuántas relaciones, proyectos de vida, empresariales y de naciones enteras podrían haberse salvado si supiéramos discutir!

En el prefacio los autores mencionan muchas de las disciplinas que les ayudaron a escribir esta pequeña obra maestra: psicología organizacional y social, negociación, mediación, derecho, terapias cognitivas, familiares y centradas en el cliente y teoría de la comunicación. La disciplina que no mencionan es la filosofía. Y eso me hace dudar respecto a la relevancia de los tratados éticos contemporáneos:

¿Cuál es el objetivo de un libro sobre ética? ¿Acaso describir las posiciones de autores filosóficos sobre la acción humana, sobre el bien y el mal? ¿O su objetivo es discutir “la moralidad” y el “valor de las proposiciones morales”? Si este es su objetivo, sospecho que en ocasiones tales libros adolecen de todo sentido práctico (no sirven para nada).

Pero si el objetivo es ayudar a las personas a vivir mejor, a conocerse mejor a sí mismas y tener una mejor relación en todos los ámbitos de su vida (en la tradición platónica), entonces Difficult Conversations debería ser considerado como una gran aportación al pensamiento ético contemporáneo. La incapacidad que a veces tenemos algunos filósofos para escribir libros útiles, y la poca estima que tal tipo de libros merece a la mayoría de los filósofos académicos, da mucho que pensar sobre el estado contemporáneo de la filosofía, y sobre la relevancia y el poder de los “productos académicos éticos contemporáneos” para hacer nuestra vida mejor.

Resistencia informática

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Reconocemos que la mensajería instantánea y las redes sociales han perjudicado (al menos parcialmente) nuestras vidas. Nos molesta que las personas prefieran consultar su celular en vez de escuchar la conversación. También advertimos lo mucho que las redes sociales espolean la preocupación por las apariencias, y la manera en que inflan la aprobación social como objeto de deseo. Sin embargo, no parece que haya suficientes razones para prescindir deliberadamente de ellas o de la mensajería instantánea (el número de usuarios lo dice todo). Cosa entendible, porque su uso en verdad trae muchos beneficios y abre muchas posibilidades.

Algunos argumentos en contra de las redes sociales han sido malentendidos. Por ejemplo, al hablar de privacidad, he escuchado a varias personas responder «yo no soy tan importante como para que les interese mi información». Tienen razón en el hecho de que no son tan importantes. Es en serio. Ninguna corporación administradora de redes sociales se preocupa por la individualidad de sus usuarios en tanto que individuos (a menos que se trate de una persona realmente poderosa, como sucedió en el caso de Trump). Pero quienes así responden no tienen razón en que su insignificancia como individuos frente a dichas corporaciones los deslinda de todo riesgo y detrimento. Existe un riesgo político y social que nos compete a todos.

El poder que adquieren corporaciones como Facebook, Google, o Amazon no reside (no principalmente) en el chisme o en la amenaza a nuestras reputaciones, sino en la suma de toda esa información que nosotros les regalamos y, al mismo tiempo, en la suma de nuestra atención (también regalada) disponible para recibir la información que ellas deseen taladrarnos. Además de bombardear con comerciales personalizados, la suma de información permite encontrar tendencias políticas y diseñar propaganda política, lo cual causa una disociación entre lo que realmente sería un buen gobierno y lo que públicamente se dice que sería un buen gobierno.

La sustitución de bienes reales por bienes aparentes es un daño inminente. Los fabricantes y las empresas descuidan la calidad de sus productos al preocuparse por la aprobación de sus consumidores. La mercadotecnia es sofistería y nos deja indefensos ante su persuasión cuando dispone de nuestros datos. En la industria alimenticia y en otras más, como la de herramientas electrónicas, cada vez es más difícil para el usuario inexperto discernir la calidad de los productos, puesto que los procesos de elaboración y la tecnología del funcionamiento son cada vez más complejos y opacos. Si las empresas no tuviesen acceso a las bases de datos de sus posibles consumidores, ignorarían la posible futura aprobación del producto y concentrarían su empeño en la efectiva calidad del producto. Dicha concentración conllevaría prosperidad; quizás, incluso, contrarrestaría en alguna medida la obsolescencia programada.

¿La internet ha traído grandes beneficios para la sociedad?

En cuestiones políticas… tomemos el caso de Facebook. Su concentración de poder ha borrado las fronteras entre lo social y lo político. En 2009 trató de instituir reformas de manera democrática; permitió a sus usuarios votar para determinar sus políticas, pero sólo 0.32 por ciento de los usuarios votaron. En 2012 el proyecto fue abandonado. No obstante, el esquema permanece; la corporación es el gobierno, los usuarios son los gobernados y tiene sentido: la plataforma es el territorio. Es un espacio cerrado. En vez de pagar impuestos, se cultivan datos.

Últimamente Facebook intenta crear un consejo supervisor (busca otra forma de gobierno). El consejo, en caso de ser exitoso, supuestamente tendrá más autoridad que Mark Zuckerberg en cuestiones de libertad de expresión dentro de la plataforma. Sobre todo, para decidir qué publicaciones censurar y cuáles no; cuáles promover y cuáles frenar. Por el momento, las decisiones del consejo no sientan precedente; es decir, cuando la decisión les ha sido delegada, tienen la última palabra respecto de quitar o dejar en línea la publicación en cuestión, pero eso no implica que Facebook deba aplicar el mismo criterio a todas las demás publicaciones. El consejo apenas comienza a tener algunas decisiones, mas sí han intentado en las juntas (hasta ahora sólo han sido intentos) llegar a especificaciones que permitan diseñar algoritmos para regular las publicaciones. Es decir, persiguen un sistema legal. (Sobre el consejo supervisor, léase Inside the Making of Facebook’s Supreme Court”, de Kate Klonick, en The New Yorker, 12 de febrero, 2021.)

Los gobernantes de los distintos países están sujetos a las normas de Facebook en tanto que usuarios. Además, puesto que es una empresa internacional, para los gobiernos de los países es más difícil tomar acciones legales contra ella. Países como Australia, Alemania, Francia y Finlandia están preocupados por la justa remuneración a los periodistas cuyo trabajo se difunde en Facebook. Ha sido muy difícil negociar con la compañía. En Francia, las publicaciones de noticias no muestran imágenes ni textos llamativos. En Australia, Facebook consiguió un acuerdo con el gobierno para negociar directamente con los periodistas, luego de eliminar por completo durante un tiempo el contenido de noticias en el país. En Estados Unidos y en Reino Unido (casos excepcionales), hay una sección especial de noticias en Facebook que promueve suscripciones, aunque no está claro si los periodistas están recibiendo la ganancia debida. (Véase el número del 24 de febrero de 2021 de The Wall Street Journal. En primera plana se lee “Facebook enfrenta más peleas por tarifas, en tanto que concreta un acuerdo con Australia” (la traducción es mía).)

Con gazmoñería, Facebook pregona libertad de expresión, pero sus acciones limitan de un modo apabullante las ganancias de los periodistas. Al mismo tiempo, aprovecha el periodismo para capturar más usuarios y crecer como compañía. A pesar de que potencia la difusión del contenido, debilita las ganancias de los periodistas, sin las cuales ellos no siempre pueden solventar las investigaciones necesarias para sus trabajos. Quizás está de más recordar que sin una prensa libre y robusta, todas las demás libertades carecen de protección.

Haber digitalizado el África subsahariana es otra cosa de la que se jacta Facebook, pero el acceso a la red que proporciona a los africanos de ese lugar se da exclusivamente desde su plataforma. Como consecuencia, no hay distinción para ellos entre internet y Facebook; la compañía regula de manera total el acceso a la información en esa región y, por supuesto, no permite que la información que la desfavorece llegue a los usuarios. (Véase La red del engaño, un ensayo de Esteban Illades, en Nexos, marzo, 2020). Esa es la lógica de Facebook: abusar de la vulnerabilidad y de la debilidad humana disfrazado de altruismo por un mero interés de crecimiento empresarial. No reprocho el interés de crecimiento, sino lo que están dispuestos a pisar.

Ray Bradbury retrata la deshumanización que causa la censura del conocimiento y el diálogo.

La historia sobre cómo Zuckerberg conquistó y pervirtió Instagram es otro ejemplo: cuando en 2012 Facebook compró Instagram, le prometió a Kevin Systrom (uno de sus fundadores y, en esos tiempos, director) independencia operativa. Su promesa resultó ser un fiasco. La ambición de Facebook pudo más que sus palabras (acaparar la mayor cantidad de usuarios durante el mayor tiempo posible, para así comerciar con su atención digital). Sobre el caso de Instagram y Facebook, está el reportaje de Sarah Frier “No Filter”, del cual la reseña de Sophie McBain me parece muy buena. En sus inicios, Instagram promovía imágenes artísticas y enriquecedoras, y evitaba la autopromoción nudista. En 2018 Mike Kriegger y Kevin Systrom (los fundadores de Instagram) renunciaron. Para entonces, Facebook se negaba a apoyarlos para combatir la venta de drogas y otros problemas mayores de la plataforma.

El exceso de poder me parece una razón suficiente para plantar resistencia contra las redes sociales vinculadas con Facebook (WhatsApp e Instagram son las más famosas). La ambición inhumana con la que se dirige la corporación es otra razón. No estoy de acuerdo con esa visión de la vida y las relaciones humanas, y tampoco estoy de acuerdo con promoverlas.

Los propósitos de Facebook, su afán de lucro y de poder, no son malvados; sólo son codicia y ruindad: incapacidad para reconocer que hay bienes más importantes que la fama y el placer. Quisiera que esto no se leyera como una serie de motivos para enjuiciar a Zuckerberg. Muchas personas harían lo mismo si estuvieran en su lugar. Lo preocupante es la ingenuidad de nosotros, lo usuarios. No es casualidad que en esto se entrevean similitudes con la resistencia a la tiranía. En los gobiernos autoritarios la mayor responsabilidad la tienen los ciudadanos, que permiten pusilánimes el abuso de poder. Creo que es posible la resistencia a estos gigantes tecnológicos, primero, mediante la difusión de la imagen real de sus corporaciones, pero, más aún, mostrando que es razonable tomar decisiones y hacer sacrificios en favor de esta resistencia.

Ya casi se cumplen dos años desde que abandoné WhatsApp, y creo que cuatro desde que abandoné mi cuenta personal de Facebook. (Es alarmante que esto suene como a confesión de alcohólicos anónimos.) Nunca tuve Instagram. Abstenerme me ha permitido ponderar las ventajas y pérdidas de primera mano. Duré un año entero sin usar una sola red social más allá del correo electrónico; después regresé a Twitter y a Telegram, más por la fuerza de las circunstancias que por convicción propia.

Ya que no he encontrado mucho escrito sobre la posibilidad de abstenerse de las redes en entornos que las imponen, espero que mi testimonio sirva de algo. Me queda claro que se pierde mucho al rechazar las redes. O, puesto al revés, las redes y otras plataformas informáticas nos benefician mucho. Con mi abstención de Facebook y asociados perdí contactos, me distancié de familiares y amigos, y perdí también oportunidades laborales. Afortunadamente estaba en una situación que me permitía aceptar el costo. No sólo me desconecté por razones políticas; también por ideas respecto de las actividades en las que conviene invertir el tiempo, del tipo de discursos que pululan en las redes, y de lo que conviene que sean las relaciones humanas. Para muchas personas las redes son una ventaja económica; para muchas más son una ventaja social, pero eso sólo sucede a corto plazo. A largo plazo nos destruyen más de lo que nos enriquecen. Este esquema de bienes a corto plazo les confiere el carácter de adicciones.

Cuando digo que perdemos más de lo que ganamos me refiero a las corrientes patógenas de la vida política social e individual, a las corrientes consumistas y cosificantes que se abren paso y ensanchan su cauce con nuestro consentimiento (tácito en el mejor de los casos); pero también me refiero a un asunto de mera justicia conmutativa: nuestros datos y nuestra atención (digital o análoga) valen más que lo que ellos nos ofrecen a cambio. Los mecanismos por los cuales estas y otras plataformas se apoderan de nuestros datos son injustos. (Léase sobre esto How Much of Your Stuff Belongs to Big Tech?”, de Elizabeth Kolbert en The New Yorker, 8 de marzo, 2020.)

En “Un mundo feliz”, Huxley muestra una sociedad consumista y superficial.

Entre los casos que muestran el colmo de este abuso en la minería de datos, destaca WeVibe: una marca de juguetes sexuales. La compañía Standard Inovation, dueña de la marca, ofrece una aplicación para configurar y operar los vibradores We-Vibe mediante la cual recopila información vinculada a las personas sobre los momentos en que utilizan los vibradores y, por si fuera poco, sobre la intensidad, la duración y la temperatura con que los utilizan. Más allá de si el uso de juguetes sexuales es una práctica sana o deseable, aquí hay un asunto de injusticia conmutativa. Personas que ya pagaron por los dispositivos con su dinero, ¿por qué tienen que pagar, además, con sus datos?

Las políticas de privacidad están diseñadas para que el usuario sea incapaz de leerlas. Un botón resaltado nos acucia en todo momento para omitirlas: ‘aceptar’. «He leído los términos y condiciones». En las redes sociales no pagamos con dinero por los servicios; nuestra moneda son nuestros datos. La transacción, de cualquier modo (incluso si es legal), es injusta. Lo que las compañías ganan con eso excede desproporcionalmente lo que ellas nos ofrecen. Es que las redes sociales no son un servicio; son una carnada.

Muchas veces no estamos dispuestos a admitir cuánto desmedran nuestras vidas los intereses mercadotécnicos de los grandes monopolios. Oponernos a ellos no es algo sencillo, y la posibilidad de oposición disminuirá conforme la aplacemos, porque el poder de los monopolios crece.

Una instancia de este crecimiento monopólico es Google, compañía subsidiaria de Alphabet. Hace varios años, en 2010, la compañía Oracle compró Sun Microsystems; la transacción incluyó la tecnología Java. Ese mismo año, Oracle demandó a Google por la copia ilegal de más de 11,000 líneas de código Java API en el desarrollo de Android. Oracle estimó los daños en nueve mil millones de dólares. El juicio se resolvió apenas en abril de este año (2021), y se resolvió a favor de Google: según seis de los ocho jueces, que Google dispusiera de esas líneas de código sin el consentimiento de sus dueños no representa injusticia alguna.

Kent Walker, el director ejecutivo de asuntos legales de Google, argumentó que el uso de esas líneas de código fue justo, pero sus argumentos no parecen del todo pertinentes. Adujo que sólo así se puede llevar a cabo la innovación y la interoperabilidad que el mundo necesita. Es verdad que esas líneas de código fueron la base para la innovación e interoperabilidad (compatibilidad con otros programas) de Android. Sin embargo, no era la única manera de hacerlo, y no es verdad que esos propósitos justifican el uso de las líneas de código en cuestión.

Las declaraciones de Oracle son sugerentes: «La plataforma Google sólo creció y su poder mercantil incrementó. Las barreras para entrar [al mercado] se hicieron más altas y la capacidad para competir decreció. Robaron Java y se dispusieron a litigar durante una década como sólo un monopolista puede». Karsten Weide, analista de medios digitales, de International Data, manifestó también su desacuerdo públicamente: «los nuevos emprendedores dirán “invertí mucho tiempo en el desarrollo de este código y Google o alguien más puede venir simplemente y robárselo”».

Imagen tomada de Financial Times.

Parte del problema estriba en los huecos legales respecto de los derechos de explotación (copyright)del código Java API. El reportaje sobre el caso lo publicó The Wall Street Journal en primera plana el 6 de abril de 2021. El punto es que el poder de los monopolios informáticos excede el hurto de nuestros datos con cosas como el despojo del fruto del trabajo ajeno.

Se sabe que la resolución de un caso así sienta precedente en el sistema judicial de Estados Unidos. En la medida en que estas empresas y estos negocios son transnacionales, resoluciones y precedentes como éste afectan directamente a los demás países.

Propongo resistencia. No aconsejo abandonar estos medios de tajo; hay quienes perderían el trabajo si lo hicieran, o el contacto con seres queridos que de otra forma no tendrían (para muchos migrantes, Facebook es el único medio de comunicación con sus familias; lo sé porque ellos me lo han dicho). La imposibilidad de este abandono evidencia un poder que ya se impone: nos ataron la correa en nuestro bolsillo y en nuestros afectos.

Apronto, más bien, las acciones que nos habilitarán en un futuro la posibilidad de abandonar estos medios o, para quien así lo prefiera, la posibilidad de negociar de manera justa y franca en lo que concierne a nuestra información y atención digital. Salir de las aplicaciones de las que aún no dependemos, distribuir el tráfico de nuestra actividad en medios que no estén aún constituidos como monopolios, cambiar de navegador web, consultar las noticias directamente en las plataformas de las revistas y los periódicos (o mejor, aún, suscribirse a las ediciones impresas), llamar a los amigos y procurar las conversaciones rostro a rostro son acciones que nos acercarán a ese futuro. Si no podemos evitar que las compañías dispongan de nuestra información a su capricho, al menos evitemos que quienes la adquieren sean siempre las mismas personas que concentran cada vez más el poder. Podemos también cambiar el discurso: promover la abstención de actividad innecesaria en estos medios, del mismo modo en que se promueven otras causas sociales. En este caso, recuperar medios alternos de comunicación e interacción humana, aunque parezca que desandamos un poco el camino, será un progreso.

Por Alberto Domínguez Horner
Twitter: @HornerAlberto

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