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Ser madre en el peor de los mundos posibles

Ser madre en el peor de los mundos posibles

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No es una noticia nueva que desde hace años la tasa de natalidad en Europa ha disminuido considerablemente. Esta medida, independiente de la estabilidad económica, decrece todavía más con los años. Cuando miramos las noticias y el mundo en general, nos cuestionamos seriamente si acaso es el momento adecuado para tener un hijo. Llegaron los cuatro jinetes: crisis económicas, políticas, sociales y ecológicas. Tal parece que es un mundo aterrador y en decadencia. Y sigues escuchando: guerra, bombas, destrucción, conflictos, el coste de la energía que se incrementa y los salarios que permanecen igual. Sabes que el invierno será frío y que será impagable encender la calefacción. Todo parece poco esperanzador y no es de extrañar que al observar todos estos factores externos la natalidad decrezca. 

Sin embargo las guerras, la miseria y los problemas nunca han sido un verdadero impedimento y esto lo confirman las generaciones que nacieron durante el tiempo de la guerra y la posguerra. No afirmo que estas sean condiciones adecuadas para la infancia, pero lo cierto es que incluso en momentos así, estas generaciones tienen buenas memorias. 

Mi vecina octogenaria recuerda a su madre con dos maletas minúsculas –llenas con lo poco que pudo tomar al abandonar su hogar– y dos niñas pequeñas. Los alemanes que vivían en territorio polaco tenían que dejar absolutamente todo para establecerse en un país en ruinas. Eran tiempos oscuros y fríos, muchos niños morían por los efectos de la guerra y el hambre. Y su madre cargando dos maletas y dos niñas llegó a Dresden, ayudó en la reconstrucción, trabajó arduamente y construyó un nuevo hogar para su familia. Con el tiempo, lograron reencontrarse con su padre, quien con mucho esfuerzo sobrevivió su estancia en el frente, y sin medios adecuados y haciendo galas de habilidades detectivescas logró encontrar a su mujer e hijas . Podríamos pensar que no merece la pena vivir una infancia carente, pero mi vecina ha sido muy feliz y no se arrepiente de vivir, tampoco detesta su infancia sin juguetes, sino que recuerda con alegría a sus padres. 

Trümmerfrauen “mujeres de los escombros” en Leipzig (1949). Foto: R. Rössing. Fuente: Deutsche Fotothek.

Hace algunos meses mientras paseábamos por el bosque y la guerra entre Ucrania y Rusia comenzaba, justo hablábamos sobre la natalidad. Mi vecina comentó que percibía que uno de los argumentos de mi generación para no tener hijos era justamente la guerra y las crisis. Ella me miró y me dijo: “este es un gran problema”. Luego me contó –con más detalles– los hechos que relaté anteriormente y continuó “el problema no es la guerra, siempre hay conflictos; el problema es que los jóvenes piensen que sólo bajo ciertas condiciones materiales vale la pena vivir. El problema es su miedo y su poca esperanza. Si todos pensaran así, si se paralizaran por el miedo y la desesperanza, y esperaran al momento propicio, hace ya mucho tiempo que ya no habrían seres humanos”. 

Basta decir que me dejó muda, porque es cierto, de algún modo la desesperanza nos ha paralizado y es uno de los males que nos aqueja. Miramos el futuro con ojos pesimistas. Querido Leibniz, te equivocaste, este es el peor de los mundos posibles. 

Sin embargo, no creo que sea el único factor. Dentro de estas cuestiones externas podríamos añadir las nuevas dificultades para encontrar pareja, antes parecía mucho más sencillo, ahora ni siquiera las aplicaciones de citas son tan efectivas. Quizá podemos sumar que nos hemos concentrado más en nosotros mismos: mis viajes, mis compras, mi auto; todo lo que es mío y que gira alrededor de mí. Porque lo importante es que yo sea estable, que yo sea exitosa, que yo haga carrera, que yo sea feliz… sí, queremos ser felices, nadie por naturaleza desea ser desgraciado, pero entonces ¿por qué en una época con tantos avances somos de las generaciones más miserables? ¿Por qué la mayoría está deprimida? ¿Por qué tantos son diagnosticados con ansiedad? Preguntas complejas. Quizá tomamos todo demasiado seriamente, incluidos a nosotros mismos. 

Un factor que no puedo dejar pasar de largo, porque considero que es crucial, es la visión de la mujer. El rol social de la mujer ha cambiado con los años, la mujer ya no se queda en casa, sino que también estudia, trabaja, crece, viaja y decide. En ese sentido la maternidad se vuelve menos atractiva. Pensamos que la maternidad es un tiempo en blanco para el curriculum, aunque no son vidas excluyentes, hay madres que trabajan en una oficina o fábrica y cuando llegan a casa se ocupan de la familia. Pero incluso durante el turno laboral, nunca dejan de ser madres. 

La maternidad y paternidad son el único trabajo en el que no hay jubilación, no hay hora de entrada y tampoco de salida y por supuesto tampoco hay una remuneración. Realmente nunca ha tenido un valor monetario, pero al menos antes no estaba mal visto. Al menos antes la mujer podía decir sin vergüenza que era madre. El problema es justamente ese, que ya no lo consideramos algo importante, sino que incluso puede ser una carga. 

Foto: Mehmet Turgut

La diferencia entre el grado de estudios de mis abuelas y el mío es relevante, es probable que ellas estudiaran hasta la preparatoria y después se dedicaran al hogar y a criar al menos 5 hijos; mientras que yo hice una carrera universitaria ¿eso las vuelve a ellas incompetentes y a mí competente? ¿Las vuelve tontas y a mi inteligente? ¿Las vuelve sumisas y a mi liberada, independiente y empoderada? Absolutamente no. 

El mundo laboral y la oficina de impuestos nos quiere siempre trabajando: producir y consumir, producir y consumir, producir y consumir. Y así sigue la cadena. Entonces miramos un poco con desdén a la mujer que se queda en casa; porque aparentemente no produce nada; porque aparentemente ese no es un trabajo; porque aparentemente no hace nada por la sociedad; porque aparentemente ser madre es una existencia carente de sentido. 

Y como mujeres nos preocupamos y nos desgarra tener que elegir entre la casa y la vida laboral. La mujer salió de casa no solamente con el afán de realizar su propia carrera, también salió impulsada por la estrechez económica. Seamos sinceros: un sólo salario ya no alcanza. ¿Son malvadas las madres que trabajan? Por supuesto que no, se dividen e incluso trabajan más eficientemente para regresar a casa lo antes posible y cuidar a sus hijos. 

¿Por qué no se considera el trabajo del hogar y la maternidad un trabajo? ¿Acaso no desarrollan habilidades? Puedo asegurar que una amiga –madre de 4 niños– tiene más capacidades para coordinar un proyecto que varios egresados de distintas carreras. La maternidad le ha enseñado nuevas técnicas y habilidades muy deseables para el mundo laboral; no se quedó en casa de brazos cruzados — administra, coordina y crea un hogar. Así que cualquier empresa debería estar feliz de contratar a una mujer que ha desarrollado estas cualidades. 

En El cuento de la criada, Margaret Atwood, imagina una sociedad distópica y semejante a nuestra actualidad. La autora canadiense parte de la idea de que todo es posible bajo ciertas circunstancias e incluso se inspiró en algunos acontecimientos históricos que ocurrieron con anterioridad. Su estancia en Berlín y la división entre Oriente y Occidente jugó un papel fundamental durante su proceso creativo. 

Portada “El cuento de la criada” de Margaret Atwood. Editorial Salamandra.

La premisa de la novela comienza con la reducción de la población por la contaminación y una serie de problemas ecológicos; la fertilidad corre riesgo y es por ello que las mujeres fértiles son el bien más preciado. En Gilead –lo que antes era Estados Unidos– un nuevo régimen teocrático y extremista ha tomado el control; con una lectura fundamentalista y literal de algunas historias bíblicas, como la de Sara o Raquel –mujeres que no podían procrear y que ofrecen a sus criadas para que tengan descendencia–, deciden distribuir a las mujeres fértiles –las criadas– entre los hombres poderosos y con esposas infértiles. La única función de las criadas es engendrar. Pero el hijo no será de la criada, sino de los esposos; la criada es despojada de la maternidad, y es utilizada únicamente como una incubadora. 

La idea de Atwood es interesante y ha inspirado a varios proyectos creativos, no solamente una adaptación cinematográfica en 1990 y que no fue tan exitosa, sino también 5 temporadas de una serie –la primera se basó en el libro y las siguientes son el producto de alargar un fenómeno popular– y sobre todo se ha constituido como parte del imaginario pro-choice estadounidense. Algunas de las mujeres que protestan por la legalización del aborto utilizan las capas rojas y los tocados blancos, que caracterizaban a las criadas; a fin de cuentas los símbolos son más fuertes que las consignas. 

Atwood escribe, en la voz del comandante, “¿Acaso no recuerdas los bares para solteros, la indignidad de las citas a ciegas en el instituto o en la universidad? El mercado de la carne. ¿No recuerdas la enorme diferencia entre las que conseguían fácilmente un hombre y las que no? Algunas llegaban a la desesperación, se morían de hambre para adelgazar, se llenaban los pechos de silicona, se hacían recortar la nariz. Piensa en la miseria humana”. La realidad supera la ficción de una novela publicada en los años 80. Nuestra sociedad se ve reflejada en estas mismas preguntas, que al final recaen en ese anhelo tan humano de sentirse amado.

Y no basta con eso, es claro que también la irresponsabilidad de algunos hombres juega un papel decisivo en la vida de algunas mujeres, el monólogo del comandante continúa: “si llegaban a casarse, las abandonaban con un niño, dos niños, sus maridos se hartaban, y se marchaban. O, de lo contrario, él se quedaba y las golpeaba.” Aunque no podemos cerrar los ojos ante el abuso y el abandono, no todo hombre es por naturaleza un padre irresponsable y golpeador. No todo hombre es aquel violador, aquel acosador esquinero que tanto proclama el feminismo radical. Pero si la feminidad está fragmentada, ¿no podemos esperar lo mismo de la masculinidad? 

Prosiguiendo con el discurso del capitán llegamos a la clave que mencioné con anterioridad: la cuestión monetaria: “O, si tenían trabajo, debían dejar a los niños en la guardería o al cuidado de alguna mujer cruel e ignorante, y tenían que pagarlo de su bolsillo, con sus sueldos miserables. Como la única medida del valor de cada uno era el dinero, las madres no obtenían ningún respeto. No me extraña que renunciaran a todo el asunto.”

Foto: Dick Scholten

En una sociedad capitalista, en la que el valor de la persona no reside en el hecho de ser persona, sino en aquello que puede producir y consumir, no es de extrañar que aquellos seres incapaces de hacerlo sean mal vistos y poco deseados. Si lo único que nos define es la ley de la oferta y la demanda, no debe extrañarnos que se abandone a los ancianos porque-ya-no-son-útiles; no debe extrañarnos que el aborto sea un derecho porque aquello que está en el vientre es un producto, no un ser con toda dignidad; no debe extrañarnos que la maternidad no sea deseada porque no paga impuestos y ni gana un salario.

Un problema contemporáneo es que estamos peleados con todo aquello que tiene un valor trascendental, quizá por la desesperanza frente al futuro en este mundo y al abandono de un futuro trascendente, pero también porque nos hemos enredado con los conceptos. Ahora tenemos más de 32 pronombres diferentes para designar a dos sexos. La ideología vence a la biología. Y si por un lado despreciamos la maternidad, al grado de ya no querer identificarla con el sexo femenino, no debemos extrañarnos que ahora sea tan difícil responder a la pregunta ¿qué es una mujer? Además de lo escandaloso de este hecho, debería preocuparnos que con el fin de no herir ciertas susceptibilidades incluso haya quienes propugnen por dejar de usar la palabra mujer. Al no poder responder lo que es ser una mujer, tampoco podemos defender a la mujer y a la maternidad.

Un ejemplo de esto son las injusticias de las atletas femeninas que son vencidas por hombres que transcisionan para “ser-mujeres”. En todo caso lo más justo sería que aquellos atletas trans tuvieran su propia categoría y que compitieran entre sí. Hay que aceptarlo, jurídicamente la igualdad es posible, pero fisiológicamente es imposible, incluso entre atletas muy bien preparados. Otro ejemplo son las mujeres encarceladas que han sido violentadas por un hombre que se identifica como una mujer. ¿Acaso no nos estamos olvidando de proteger verdaderamente y dar un lugar a la mujer? Aquí es también donde el feminismo se divide, entre aquellas que consideran que un hombre trans es verdaderamente una mujer y aquellas que consternadas claman que a pesar de la transición, y por mucho que el hombre trans lo desee jamás será una mujer, y los espacios de las mujeres deben ser defendidos. 

Una última anotación que me resulta interesante de Atwood aparece casi al final de El cuento de la criada, cuando Gilead tiene un nuevo régimen y los ciudadanos se encuentran en un congreso que estudia los tiempos antiguos. El especialista afirma “el modo más eficaz de controlar a las mujeres en la reproducción y otros aspectos era mediante las mujeres mismas. Existen varios precedentes históricos de ello; de hecho, ningún imperio impuesto por las fuerzas o por otros medios ha carecido de esta característica: el control de los nativos mediante miembros de su mismo grupo”.

En la sociedad que propone Atwood las criadas eran controladas por las esposas y educadas en sus deberes por las tías, y todo giraba en torno a la reproducción, por lo que eran otras mujeres las que decidían y hablan por las otras mujeres. Es algo curioso, porque Atwood es una autora considerada feminista, y últimamente me da la impresión de que el movimiento feminista es quien afirma llevar la voz sonante de la mujer, aún cuando este movimiento no representa a todas.

La maternidad es la manzana de la discordia, afirman que toda mujer debe decidir si quiere o no quiere ser madre, a la vez que critican a aquellas que deciden ser madres y quedarse en casa: sumisas, retrógradas, patriarcales. ¿Acaso el feminismo no controla también la reproducción femenina? ¿Acaso no nos dice cómo debería ser una mujer empoderada? Con banderas de fraternidad y sororidad descartan a las mujeres que no entendemos el feminismo o la lucha de reivindicación femenina en esos mismos términos. O sea que en este movimiento de máxima apertura hay sin embargo un pensamiento hegemónico que no se puede contradecir.

Es necesario matizar que hay diferentes olas de feminismo, unos más o menos radicales que otros. Sin embargo, no es mi intención definir y demarcar el feminismo y la deconstrucción del patriarcado. Basta con decir que el feminismo se ha infiltrado incluso en universidades y ambientes católicos, en los que podría considerarse una contradicción el feminismo radical con la postura pro-vida que defiende la Iglesia. Aunque no son los únicos que se han infiltrado en ambientes ajeno: una fuente anónima con quien pude conversar hace labor dentro de los grupos feministas, del mismo modo que las feministas hacen labor dentro de estos grupos universitarios católicos. Nuestra informante cuenta que al principio comenzó discutiendo las posturas, pero con el tiempo se dio cuenta de que para verdaderamente ayudar a la mujer tienes que concentrarte en ellas –en la mujer– y no en ideologías. 

Pero no es posible ayudar si estamos rotos y lastimados; a la mujer en crisis no basta con decirle “aquí estamos”, sino que es necesario estar presente y meter las manos. Ayudar va más allá de decirte qué pastilla puedes tomar para abortar, o qué método anticonceptivo debes usar. Ayudar a la mujer consiste en escucharla, orientarla y acompañarla. 

Foto: Rodrigo Morelos Oseguera

Sorprendentemente encontré una película en Netflix que se parecía mucho al artículo Historia de dos embarazos de Mary Eberstadt que publcamos hace poco. Recalco que fue sorprendente, porque es una postura más moderada y de centro, un poco disonante respecto a la agenda que regularmente sigue Netflix. En Mis dos vidas una chica recién graduada se encuentra ante una prueba de embarazo, que bien puede ser positiva o negativa. Así vemos cómo se desarrollaría la vida de la protagonista durante los siguientes 5 años. Con la prueba positiva, decide tener a su hija y abandonar su carrera, mientras que con la prueba negativa cumple sus planes y entra a trabajar en un estudio de animación en Los Ángeles. En ambas posibilidades tiene dificultades y tras muchos esfuerzos logra su sueño profesional como dibujante y encuentra una pareja. Una trama bastante previsible, pero ¿qué hubiera pasado si se apegara más a la realidad, una realidad en la que no siempre cumplimos nuestros sueños incluso cuando vivimos la vida que deseábamos? La película termina con la chica y la prueba entre sus manos, mientras que sus dos posibles versiones futuras afirman que todo estará bien. Así que al final, sin importar cuál de las dos versiones pudieran suceder, ambas son igualmente buenas. 

Nadie puede decirnos cómo vivir y al final por mucho que planeemos nuestra vida hay acontecimientos que lo cambian todo radicalmente y a veces suceden de forma espontánea. Podríamos ser optimistas y pensar que todo va a estar bien, que al final tendremos la carrera perfecta, la familia y los viajes. La realidad es que las mujeres parecen tener menos oportunidades, especialmente si se deciden por la maternidad, aunque nada les garantiza que sacrificarla les traerá felicidad. 

Abandonemos el miedo y la desesperanza. Abandonemos la idea de los momentos ideales que sólo ocurren en las películas. Abandonemos la concepción de que el trabajo del hogar y la maternidad no tienen valor sólo por no tener un salario. 

Si una futura madre lee este texto, quiero invitarla a que abandone el miedo de perderse a sí misma, esa idea de que pondrá su vida en pausa. Quizá no sea todavía el mejor de los mundos posibles, pero cada día debemos trabajar desde cada trinchera para que sea mejor. Una trinchera cuya primera línea de defensa es la maternidad — un trabajo que es fundamental para crear mejores sociedades; un trabajo sin pausas, sin horas de entrada y de salida, sin jubilación, sin quincena, sin aguinaldo y sin un perfil rimbombante de LinkedIn; pero un trabajo que mantiene unida a la sociedad, es más, un trabajo que permite que exista la sociedad.

Santas eco-friendly: Hildegard von Bingen y Kateri Tekakwitha

Santas eco-friendly: Hildegard von Bingen y Kateri Tekakwitha

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Cada vez está más de moda ser “eco-friendly” y surgen propuestas que como individuos podemos ejecutar, desde pedir bebidas sin popote, llevar bolsas de algodón o de cualquier material al supermercado, reducir el consumo de carne y de ropa (fast fashion), compensar los vuelos o comprar alimentos con menos empaques. 

Desde hace algunos años, hemos escuchado más sobre ecología y algunas personas han intentado reflexionar y hacer algo para solucionar el cambio climático. Un ejemplo es la encíclica Laudato si del Papa Francisco, otro es la conferencia de París del 2015 en que trataron el tema o las manifestaciones llamadas Fridays for Future que comenzó la activista Greta Thunberg. Sin embargo el interés por la creación y su cuidado es anterior, de otro modo Francisco de Asís no habría llamado hermanos al lobo, al sol y a la luna. 

El 22 de abril se celebra el día de la tierra y para conmemorar la ocasión les presentamos a dos santas eco-friendly: Hildegarda de Bingen y Kateri Tekakwitha.

Una monja enamorada de la Creación, fiel a la tierra y llena de cielo

Santa Hildegarda de Bingen (1098-1179) fue una santa alemana del siglo XII que fue elevada a doctora de la Iglesia en el 2012 por el papa emérito Benedicto XVI. Esta interesante mujer además de llevar una vida de santidad, fue una erudita en las ciencias de su época.

 Estaba orgullosa de ser mujer y afirmaba que Dios creó el género femenino como “espejo de Su belleza”,  para abrazar amorosamente a toda la Creación.

Hildegarda fue compositora, escritora, filósofa, científica, naturalista, médica, abadesa, mística, teóloga… Sí, parece increíble, pero fue capaz de ahondar en muy diversos saberes. Sus estudios, científicos y literarios, profundizaron tanto en la materia  hasta tal  punto que es considerada por muchos como la madre de la historia natural. Ningún monje, sabio o místico del siglo XII se dedicó tan atentamente a la observación de la naturaleza y con tan apasionada entrega a la solución de los misterios del mundo como esta abadesa.

La visión de Hildegarda constituye toda una teología en su canto de alabanza al cosmos saturado de amor: 

“Desde lo más profundo de la tierra hasta lo más alto de las estrellas, he aquí que el amor inunda el universo, y amando se ha unido a todo cuanto existe, pues le dio un beso de paz al Rey, al Altísimo.”

Hoy es considerada patrona de la ecología, de los músicos, de los escritores, y de la medicina natural.

Para saber más sobre Santa Hidegarda, les recomendamos la biografía que se titula Hildegarda de Bingen. Una vida entre la genialidad y la fe de Christian Feldmann en la editorial Herder. https://www.herdereditorial.com/hildegarda-de-bingen

Visión de Hildegard von Bingen. Fuente: Liber Divinorum Operum.

El lirio de los mohawks

Kateri Tekakwitha (1656-1680) fue una joven Mohawk cuya conversión al catolicismo, valentía de cara al sufrimiento, santidad extraordinaria y amor por la naturaleza son una inspiración para todos. 

Kateri nació en una comunidad indígena en lo que hoy es Nueva York. Cuando tenía sólo 4 años sus padres murieron en una epidemia de viruela y Kateri quedó con cicatrices en el rostro y daños en la vista como secuelas de la enfermedad. A pesar de esto, cultivó una gran belleza interior por haber comprendido que el camino al amor auténtico provenía solo de Jesús.

Debido a su mala visión, Kateri fue llamada Tekakwitha, que significa “la que se tropieza con las cosas”. El resto de su familia intentó que se casara, pero Kateri quiso dedicar su vida a Dios.

Kateri fue marginada y acosada por su fe cristiana y su voto de virginidad; sin embargo se mantuvo fiel a ambos. Viajó más de 320 kilómetros por bosques, pantanos y ríos, a pie y en canoa, para poder establecerse en la misión jesuita de San Francisco Javier, cerca de Montreal. Allí pasó tiempo en los bosques, en profunda oración, muchas veces con el Santísimo Sacramento.

Era conocida por su dulzura, amabilidad y buen humor. En Canadá, Kateri enseñaba oraciones a los niños y trabajaba con los ancianos y enfermos. 

Durante los últimos años de su vida, Kateri, soportó un gran sufrimiento por una enfermedad grave y murió a los 24 años. Sus últimas palabras fueron: “Jesos Konoronkwa”, que significa: “Jesús, te amo”. A los pocos minutos de su muerte, su rostro milagrosamente se transformó y todas las cicatrices que le había dejado la viruela desaparecieron. 

Hoy es considerada patrona de los ecologistas y de los indios de norteamérica.

Para saber más sobre Santa Kateri recomendamos visitar la página de Saint Kateri Conservation Center https://www.kateri.org/our-patron-saint/ (en inglés) y conocer la interesante labor de este grupo.

Santas eco-friendly: Hildegard von Bingen y Kateri Tekakwitha

¿Futuro o asesino del clima?

Por Pbro. Mario Arroyo

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Así reza una reciente publicidad en Alemania: “¿Futuro o asesino del clima?”, en la imagen se veía a una mujer amamantando a un recién nacido. Es realmente sorprendente el avance de la ecología profunda, la cual considera al hombre como enemigo de la naturaleza. Al ver esa publicidad inmediatamente hice conexión intelectual con dos hechos recientes: una cita de Peter Singer que leí, donde invitaba a esterilizar a todo el género humano para ser voluntariamente la última generación sobre la Tierra y vivir de fiesta hasta la extinción; y una intervención de una universitaria en clase, quien afirmaba que no tendría hijos por motivos éticos, para evitar el sobrecalentamiento del planeta. De pronto todo encajaba: el hombre es el enemigo del planeta; hay un imperativo ético de acabar con él.

“¿Futuro o asesino del clima?” Foto tomada de la estación central de Berlín por TheoBlog.de

La cultura de la muerte tiene una cara aséptica e incluso altruista: la preocupación no por la humanidad, sino por el planeta. Podemos incluso sacrificar la humanidad en el altar del planeta. ¿Es justo hacerlo? Para muchos enemigos de la vida humana parece ser así. Ya no es que se mire con recelo a las familias numerosas, por considerarlas irresponsables, estamos un paso adelante, de forma que traer vida al mundo no se considera un bien, un motivo de alegría o felicitación. Se comienza a cuestionar la moralidad de traer vidas humanas a este planeta cansado y a este mundo enfermo de violencia, injusticia y corrupción.

El desencanto por lo humano está consumado. Se ha cerrado el círculo, como proféticamente vio el Concilio Vaticano II: “sin el Creador, la creatura se diluye”. El humanismo ateo, que parte de la premisa de la negación de Dios, culmina por afirmar la negación del hombre. Quizá alguien pueda objetar que se trata de casos de élites intelectuales, pero que el grueso de la población no piensa así. Dos hechos, uno global y otro casero, me hacen calificar a tal aseveración de optimista: la drástica caída de la natalidad en los países desarrollados; es decir, los que mejor viven no consideran a la vida digna de ser vivida; y, en segundo lugar, la experiencia de mi barrio clasemediero alto: la gran cantidad de personas paseando perros, inversamente proporcional a la presencia de niños. No, la vida humana en los sectores altos de la población ya no se considera como una bendición, una forma de realizarse y trascender. Se recela de ella. 

“Los dinosaurios creían que todavía tenían tiempo. Actúa ahora”. Cartel para la manifestación contra la crisis climática en Berlín.

El recelo tiene una causa subjetiva: el sacrificio que supone. Es mucho más sencillo tener una mascota que un hijo. Pero ahora ese motivo, egoísta, al fin y al cabo, tiene una motivación intelectual fuerte: la defensa y el cuidado del planeta. Cada hijo supone una gran cantidad de consumo, de calor, de energía, de desgaste para el planeta. Es triste que la vida humana, que biológicamente hablando, es la mayor maravilla que pueda contemplarse hasta el momento en el universo –pues finalmente es el único ejemplo de vida consciente del que tengamos evidencia- se vea empobrecida hasta esos límites inauditos.

La visión cristiana, ahora en clara minoría, es diametralmente opuesta. Se siguen considerando a las familias numerosas como una bendición de Dios. Se sigue viendo a cada vida humana como un milagro, cada ser humano se considera único e irrepetible. Cada persona tiene dignidad y por ello un valor inalienable. Sigue viendo en el mundo en particular y en el universo en general, como un inmenso don, que Dios confía al hombre. Se valora al mundo y todo lo que él contiene, pero no como un fin, sino como un medio.

Se debe respetar la naturaleza y cuidar del planeta, pero como parte de nuestra responsabilidad extendida, nuestra responsabilidad con los hombres del mañana. Sigue siendo el hombre el centro de la creación, no se sacrifica a ella. Hace poco me hacían caer en cuenta que las personas que comulgan con esos planteamientos propios de la Deep-ecology no tienen hijos. Están condenados a la extinción.

Yo no soy tan optimista, pues por tratarse de una élite, controlan los contenidos y los programas educativos. Poco a poco tal visión va ir permeando, como la única éticamente solvente, y los que no comulguemos con ella seremos mirados con recelo, cuando no reprimidos social, cultural e incluso penalmente (no quedan muy lejanos los castigos en China por tener más de un hijo). Tal parece que la única alternativa para un futuro esperanzado de la humanidad es la vuelta a un humanismo cristiano. La pregunta es ¿todavía es posible?, ¿todavía estamos a tiempo o es ya demasiado tarde?

Santas eco-friendly: Hildegard von Bingen y Kateri Tekakwitha

El mundo material de la computación, la IA y sus tendencias

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Una crítica larga, a propósito de
Atlas of AI.
Power, Politics and the Planetary Costs of Artificial Intelligence
Kate Crawford, 2021
Yale University Press

La Inteligencia artificial (IA) y la tecnología digital nos están llevando al futuro. La pregunta es si el futuro al que nos arrastra la IA es el futuro al que queremos ir. Para saber hacia dónde se dirige y qué alternativas tenemos, conviene enmarcar nuestros dispositivos electrónicos en un contexto más amplio.

Un episodio emblemático de la historia de la IA es el momento en que Deep Blue, una computadora diseñada por I.B.M, venció a Kaspárov, el campeón mundial de ajedrez de ese entonces. Sucedió en 1997. ¿Significa que ese día las máquinas superaron en inteligencia a los humanos? Además de discutir si la definición de ‘inteligencia’ que se usa en estos casos es la correcta, vale la pena ampliar la mirada: ¿exactamente quién venció a Kaspárov y cómo lo hizo?

No fue vencido por una máquina en un día, sino por un ejército de ingenieros y computólogos, con un presupuesto enorme, que trabajaron largas jornadas durante mucho tiempo (mientras que Kaspárov era una sola persona que, si bien entrenó durante toda su vida, su desempeño en el juego le tomó exclusivamente el tiempo del juego). Pensándolo así, Kaspárov no parece tan derrotado. Sin embargo, también es verdad que los ingenieros de la computación han alcanzado muchos logros.

Las bondades de dichos logros (comunicación instantánea, eficiencia en la producción, acceso a la información), a su vez, vienen acompañadas de los intereses de sus creadores. Detrás de la aparentemente mágica tecnología digital hay una infraestructura. La idea de las máquinas como mecanismos fríos, científicos e imparciales no cuadra cuando consideramos el poder social y político que encarnan. A fin de cuentas, fueron humanos con temperamento quienes las crearon y las usan.

Hay además una trampa mercadotécnica: hablar de la ‘nube’ o el ‘internet’ a secas, sugiere una fuerza o un espacio inmaterial. Al contrario, el internet, nuestras bandejas de correo electrónico, o las asistentes como Siri, Alexa o Cortana, no son inmateriales. Necesitan pantallas, cables, baterías, plástico, microprocesadores, etc. Las maravillas de lo digital no son posibles sin éstos componentes que, en el fondo, se valen de recursos naturales.

Tampoco son bienes comunitarios. No es que el internet sea un recurso de todos como lo es el aire, que todos tenemos derecho a respirarlo (y defenderlo). Los servidores, los satélites y las redes pertenecen a personas o a grupos de personas determinados. Hay servidores a los que no puede acceder cualquiera y herramientas digitales de las que sólo dispone quien las pueda pagar; con frecuencia disponen de ellas para sus intereses privados. No nos sorprende esto, porque lo mismo sucede con otros bienes, tecnologías y sectores. Más allá de si esto es bueno o malo, vale la pena reconocer que la tecnología no es moralmente neutra, y que podemos tomar decisiones respecto de ella que empujen a nuestra sociedad hacia un buen camino, cosa que se puede ver en los tres ámbitos en que enfoca Crawford su libro: el ambiental, el social y el político.

Aunque Crawford titula su libro ‘Atlas of AI’ (En español, ‘Atlas de la inteligencia artificial’), no refiere sólo a la IA: vuelca su mirada sobre la computación en general y, en lo ambiental, sobre los costos ambientales de toda la industria electrónica. Afirma que, en la IA, la parte inteligente no es artificial y la parte artificial no es inteligente. Dado que el término es confuso (responde, en buena medida, a fines mercadotécnicos) en este artículo hablaré, más bien, de algo así como el Atlas de la computación materializada.

Las computadoras necesitan metales

Buena parte de la tesis de Crawford es que el desarrollo de la computación se apoya en una práctica de extracción y explotación de los recursos, tanto ambientales como humanos e informáticos. En cuanto a lo ambiental, argumenta que la minería de litio y la de metales raros conllevan inevitablemente un daño devastador para el planeta.

Como dije, su análisis abarca toda la cadena de suministro de la industria digital, eso la lleva a materiales que también comparten otros dispositivos electrónicos. Para ejemplificar el impacto a gran escala de las baterías de nuestros celulares y demás aparatos, recurre a un caso de dimensiones mucho mayores: los autos eléctricos. «La compañía Tesla podría describirse con mayor precisión como un negocio de baterías, más que de autos». Afirma que la batería de un Tesla Model S requiere 63kg de litio. Tal como ella advierte, la movilidad eléctrica no es (ahora) una solución ambiental perfecta. Por una parte, usamos combustible fósil para nuestras necesidades eléctricas actuales. Por otra parte, una vez que termina la vida útil de estas baterías y de las de todos los demás dispositivos electrónicos (Tesla da una garantía de 8 años, mientras que la vida promedio de un celular son cuatro años), se desechan como basura. Son contaminación sólida.

Sin embargo, Crawford está equivocada en sus cálculos. Ninguna batería de ningún auto eléctrico ocupa 63kg de litio (Li). Ella se respalda en un artículo de Fred Lambert, que, a su vez, remite a Goldman Sachs, ¡una empresa financiera!, no a algún científico o ingeniero. Además, Lambert no habla de litio (Li), sino de carbonato de litio (Li2CO3), en el cual el litio conforma menos de una quinta parte de la masa total.

De cualquier modo, el mapa que ofrece es interesante. Una de sus evidencias de devastación ambiental es el lago negro de Baotou, que se formó en Mongolia interior a partir de los desechos del procesamiento de metales raros. Dichos metales (como el cerio o el neodimio) se utilizan para las pantallas táctiles, los micrófonos y demás componentes de nuestros dispositivos. Para obtenerlos, se disuelven mezclas de minerales en ácido sulfúrico y nítrico, a escala industrial. En Baotou, los residuos de ese proceso se van al lago negro, que actualmente mide 9km de diámetro y suma más de 180 millones de toneladas de desecho. Obviamente es tóxico.

El paisaje del lago es inhóspito e indignante. Pero, a despecho del panorama que pinta Crawford, existen esfuerzos para hacer de la minería y de la electrónica una industria sustentable. Necesitamos casas, hospitales, puentes, medios de transporte y un largo etcétera que no podría existir sin la minería.

En el año 2012, en Argentina, un grupo de profesionistas de la movilidad y del sector energético formó la AAVEA (Asociación Argentina de Vehículos Eléctricos), todos comprometidos fuertemente con la sustentabilidad. Su primer presidente fue Juan Pablo Zagorodny, quien hoy en día se dedica tanto a las energías renovables como a la minería sustentable.

El trabajo de Zagorodny consiste en adaptar los procesos de las mineras, que muchas veces son procesos de 24 hrs, y reajustarlos en jornadas de 8 hrs (quizá con el triple de potencia), para que coincidan con el horario diurno de energía solar. El objetivo es implementar más energía solar y eólica, para abastecer los procesos de manera más limpia y desplazar al combustible fósil.

Él es doctor en Física por la Universidad de Bayreuth e hizo una estancia post-doctoral en la Universidad de Konstanz. Es algo robusto y lleva un gesto constantemente enérgico y entusiasta. En una videollamada, me dijo que los desechos minerales de la industria electrónica sí contaminan, pero “contaminan de una forma distinta, cuya solución es menos prioritaria. En este momento la prioridad es descarbonizar el aire”.

Le mencioné el caso del lago negro. Me explicó que se trata de malas prácticas mineras, y que existen maneras de procesar los residuos de ácido. “Un pasivo ambiental no es una buena práctica; las mineras deben remediar el daño al ambiente”, me dijo. “El problema no es la minería misma. No por ser más ético dejas de hacer minería”. En las compañías con las que él trabaja, se planifica la operación con altos estándares de ingeniería, para que no haya accidentes ni ninguna clase de pasivos ambientales, y se busca disminuir la huella de carbono.

Así que, recapitulando, los algoritmos son máquinas abstractas que, para materializarse en nuestros dispositivos, necesitan de la industria minera y de otros recursos naturales. Han existido y existen malas prácticas en la minería. Una opción es oponerse ferozmente a ella y renunciar a todos sus beneficios (que, prácticamente, están vinculados con cualquier cosa a la que consideremos parte de la ‘civilización’). Otra opción, en cambio, consiste en promover buenas prácticas. El cambio energético para descarbonizar la industria, el procesamiento de residuos y la reparación de los ecosistemas serían grandes avances.

Fotografía de LeeAnn Cline

Inteligencia artificial artificialmente (así lo dijo Jeff Bezos)

La IA tiene muy poco de artificial. Una de las técnicas más famosas de programación actuales es el machine learning (en español, ‘aprendizaje de máquina’, esto es, ‘máquinas que aprenden’), junto con las redes neuronales artificiales. Se trata de programas que, alimentados por una gran base de datos, detectan patrones que luego aplican a casos nuevos. Algunas de sus aplicaciones son los detectores faciales, los pilotos automáticos y el procesamiento de lenguaje natural.

Dichos programas no podrían funcionar sin las bases de datos con las que ‘aprenden’. A su vez, las bases de datos existen gracias a una multitud de trabajadores digitales que etiquetan y organizan la información de las bases de datos, o a usuarios de diversas plataformas que proporcionan esta información ya clasificada. Las proezas de la inteligencia artificial no son sólo obra y magia de los grandes programadores, sino también hambre y pestañas quemadas de los mal pagados obreros digitales. Crawford cita un estudio de la Organización Internacional del Trabajo:

«A pesar de que este trabajo es esencial para mantener los sistemas de IA, usualmente es muy mal remunerado. Un estudio de la Organización Internacional del Trabajo entrevistó a 3,500 obreros digitales de setenta y cinco países que, rutinariamente, ofrecen su trabajo para tareas de plataformas populares como Amazon Mechanical Turk, Figure Eight, Microworkers y Clickworker. El reporte halló que un número sustancial de estas personas ganaba menos del salario mínimo local, incluso cuando la mayoría de ellos tenían mucha educación, frecuentemente con especializaciones en ciencia y tecnología». Estos trabajadores, por supuesto, operan de manera informal, sin ningún tipo de seguridad o prestación.

Muchas personas tienen que decidir entre aceptar un subempleo o simplemente carecer de trabajo. El problema no es que las personas tengan trabajo. Eso, de primera mano, es bueno. El problema es que el trabajo no sea reconocido justamente y que las personas no sean tratadas con dignidad. Crawford describe cómo los centros de distribución de Amazon están repletos de dispensadores de analgésicos y vendajes en los pasillos. Sus trabajadores constantemente se lesionan por trabajar al ritmo de las máquinas.

Por razones como ésta, más que discutir si los humanos serán reemplazados por los robots, Crawford se enfoca en «cómo los humanos cada vez más son tratados como si fueran robots». Sin embargo, el reemplazo laboral también es un tema importante. Un grupo de economistas del MIT y de Boston University afirma que la automatización está eliminando más trabajos que los que crea; mientras que Oxford Economics (una consultora de prevención) predice, para el 2023, la pérdida de 20 millones de trabajos debido a la automatización. Ambos estudios los reporta Sue Halpern en un ensayo publicado en NYRB.

La demanda de trabajo que crea el sector digital, no obstante, está aún corta de personal. «Las universidades latinoamericanas capacitan cerca de 40,000 desarrolladores de software al año. Lo cual está muy por debajo de los 100,000 que General Atlantic, una firma americana de temas de equidad, estima que el sector tecnológico necesita actualmente», escribió The Economist hace unas semanas.

Es interesante otro punto que hace Crawford: normalmente, las grandes empresas pretenden ocultar la enorme fuerza de trabajo que requiere la IA, para dar la apariencia de procesos totalmente controlados. En gran medida esto se debe a las expectativas que las empresas atribuyen a los usuarios: «esperan trabajo barato y sin fricción». Una empresa dedicada a calendarizar agendas, x.ai, se jactaba de un sistema de IA llamado ‘Amy’. El sistema existía, pero durante las 24hrs había personal revisando cada una de las calendarizaciones de Amy y reescribiendo cada uno de sus correos. Los empleados no podían descansar ni un segundo, puesto que, si no respondían al momento las demandas de los usuarios, se descubriría que no era un simple programa lo que había detrás de los calendarios.

Otro ejemplo de esto es el Turco mecánico de Amazon (o, en inglés, Amazon Mechanical Turk), el departamento de la empresa en el que obreros digitales hacen el trabajo digital que no pueden hacer las computadoras, como detectar páginas duplicadas de un mismo producto, etiquetar parcelas de datos, detectar contenido peligroso, etc.

Se llama ‘Turco mecánico’ porque en 1770 un inventor húngaro, Wolfgang van Kempelen, creó una máquina en forma de turco que aparentemente jugaba ajedrez, y a veces ganaba. La nobleza de la época creyó en el invento. En realidad, había una persona dentro de la máquina, que era quien jugaba las partidas de ajedrez.

No sólo hay trabajo mal pagado. También hay trabajo que nosotros como usuarios, regalamos. Cuando Google nos pide mostrar que no somos un robot, con sus preguntas reCAPTCHA, y seleccionamos los recuadros que contienen semáforos o lo que sea, estamos etiquetando imágenes gratis con las que forman bases de datos, para que ellos desarrollen las herramientas de IA que después nos venden.

Discriminación 2.0 y otros prejuicios

Así que la mentalidad de explotación ha tenido lugar en algunas malas prácticas mineras y en el ámbito laboral. Un tipo más de mentalidad de explotación tiene que ver con lo digital: pensar que toda la información está ahí para ser extraída y servir a intereses privados.

Las bases de datos, puesto que reflejan nuestras condiciones sociales actuales, replican las desigualdades e injusticias que vivimos y, en consecuencia, las perpetúan. Un banco que usa IA para otorgar créditos puede estar recurriendo al código postal como único criterio. Los algoritmos que recomiendan personal a los departamentos de reclutamiento de las empresas no sugieren mujeres para los puestos altos. Los organismos de justicia de E.U.A. que recurren a la IA suelen asignar más años de prisión a las personas negras.

En 2016, un grupo de científicos de Microsoft y la Universidad de Boston, entrenaron un algoritmo con bases de datos formadas a partir de Google News, esperando que por ser trabajo exclusivamente de periodistas tendrían menos sesgos de género. Ordenaron a la máquina que rellenara la ‘x’: “Hombre es a programador lo que mujer es a x”. La máquina contestó: “ama de casa”. (Leí esto hace tiempo en un artículo de Shannon Vallor y George A. Bekey publicado por Oxford en el libro Robot Ethics 2.0; lo recomiendo.)

Querer concluir la confiabilidad de una persona para un crédito o su aptitud para un trabajo mediante estos sistemas es mera pseudociencia. De hecho, Crawford rastrea el uso del reconocimiento facial en el machine learning como heredero de los prejuicios y errores de la frenología.

Estas bases de datos se crean sin el consentimiento de las personas que figuran en ellas, muchas veces sin su conocimiento. Arman bases de imágenes faciales con los datos de los presos o con fotografías que toman cámaras dispuestas en el pasillo de alguna universidad. A partir de ahí, los obreros digitales etiquetan según los estándares que exijan las empresas o los ‘científicos de datos’. Clasifican desde si es hombre o mujer, la edad que tiene, el color de piel, si está enojada o contenta, hasta (si hay más información disponible) sus creencias religiosas, sus ubicaciones recurrentes, afiliaciones políticas, personas cercanas, situación médica, económica, etc.

En algunos momentos, valga decirlo, Crawford parece más preocupada por el modo en que se hacen las clasificaciones que por el hecho de clasificar despóticamente la información íntima o privada. Información que no proporcionamos con esos fines o que, en principio, no es clasificable. Le preocupa, por ejemplo, que las clasificaciones del sexo de las personas sean binarias: mujeres y hombres.

Una de sus referencias es la base de datos UTKFace, producida por un grupo de la Universidad de Tennessee: «Las notas de cada imagen incluyen la edad estimada de cada persona, expresada en años del cero al 116. El género es forzosamente binario: cero para masculino y uno para femenino».

El problema no está en que la clasificación sea binaria (tanto quienes defienden una naturaleza sexuada en mujer y varón, como quienes la rechazan, pueden encontrar un punto de acuerdo en esto). Lo problemático es que haya una clasificación de la información que, por derecho, no podrían usar sin nuestro consentimiento para sus fines privados. Si hubiese un diálogo de por medio, entre los recolectores de la información y las personas a las que analizan, las voces de quienes no están de acuerdo con lo binario y con otros esquemas no quedarían marginadas.

Por supuesto que, si solicitaran nuestra información de manera personal e informándonos de sus propósitos, sus proyectos y su impacto, no habría bases de datos de las dimensiones que estos ingenieros buscan. Si tenemos que decidir entre el desarrollo de un proyecto de un puñado de ingenieros y la dignidad de los habitantes de una población ¿tenemos que apoyar a los ingenieros?

El punto de Crawford también es contra la clasificación misma: «el problema de la ciencia de la computación es que la justicia en los sistemas de IA nunca será algo que pueda codificarse o computarse». Además, nombra con precisión a las compañías que están clasificando de manera más alarmante, que no tienen que ver con las bases de datos públicas como UTKFace:

«Los mecanismos de clasificación verdaderamente masivos son los que operan, a escala global, compañías de tecnología privadas, incluidas Facebook [ahora Meta], Google, TikTok y Baidu. Estas compañías operan con poca supervisión respecto de cómo categorizan y bombardean a los usuarios, y no proveen canales significativos para ser evaluadas públicamente».

El gobierno inteligente

Mucho se ha dicho ya sobre el modo en que las plataformas de redes sociales y el uso de los datos masivos ha afectado los procesos democráticos de elección de presidentes y otros representantes de estado. Crawford enarbola la evidencia de un daño estructural más profundo: empresas privadas que colaboran militar o policialmente con el estado (el estado echa mano de ellas para operar con disimulo de un modo que legalmente le está prohibido), y empresas que toman poderes y se entrometen en ámbitos que son exclusivos del gobierno.

En cuanto a lo primero, Proyecto Maven es un ejemplo claro. Se trata de un proyecto del Departamento de defensa de E.U.A., cuyo objetivo es desarrollar sistemas que detecten enemigos mediante videos recabados por drones, para después atacarlos también con drones. Contrataron a Google, y Fei-Fei Li, la jefa de IA en la empresa, ordenó ocultarles el proyecto a los empleados. Eso no obstó para que sus programadores, en 2018 se dieran cuenta de que su trabajo estaba siendo usado para matar gente. Por motivos de organización interna y reputación, Google renunció al contrato. No obstante, en su lugar, Microsoft lo aceptó campante, alegando patriotismo. Se trata de un contrato de diez mil millones de dólares.

La manera en que, por otra parte, las empresas toman poderes que le corresponden exclusivamente al gobierno, puede verse en el caso de la aplicación ‘Neighbors’ (en español, ‘vecinos’). La aplicación la produjo Amazon, sirve para que los vecinos se informen entre ellos, en tiempo real, sobre crímenes o incidentes en la colonia (cosa que, en principio, suena bien), pero está conectada directamente a los servidores de Amazon y puede vincularse con un Timbre (el producto se llama Ring) que cuenta con una cámara. Las cámaras de esos Timbres también están conectadas a los servidores de Amazon. La compañía promocionó su uso en varios departamentos de policía local. Hay un reportaje de Caroline Haskins sobre un departamento policial en Florida, en el que Amazon ofreció Timbres gratis a los policías si éstos lograban que cierto número de habitantes en el vecindario descargaran la aplicación. De tal modo que, en algunas zonas, el cuidado que le corresponde al gobierno (en específico, a los organismos locales de la policía) está pasando a manos de Amazon.

La discusión sobre qué tan públicos son los servicios que proporcionan es cada vez más vigente. ¿Facebook es una plataforma pública? ¿La información de Google lo es? En un esquema tradicional, no lo son, puesto que pertenecen a empresas privadas. Aunque el internet y las herramientas digitales no son bienes comunitarios ni naturales como el aire, muchas compañías usan los recursos públicos y comunes para sus fines privados e individuales (El Data Center de Google ha usado durante largos periodos el circuito de fibra óptica público de la ciudad The Dalles, en Oregón, a modo de concesión). Puesto que estas empresas son subsidiadas con recursos públicos, quisiéramos buscar en ellas también bienes públicos; o bien, impedirles que abusen de nuestros recursos.

Los ejemplos son principalmente de E.U.A. Crawford se respalda en un amplísimo trabajo periodístico de otras personas sobre el tema. Ella misma ofrece fotografías y evidencias propias. Un periodismo así urge en México y en los países de América del centro y del sur.

Política de la abstención

Todo esto puede sonar desilusionante, sobre todo para quienes albergamos buenas expectativas en torno al desarrollo tecnológico. Sin embargo, también resulta esperanzador, en tanto que muestra con precisión cuáles son los problemas contra los que hemos de luchar en busca de una sociedad libre. Mientras tengamos un mejor entendimiento de ellos, pondremos manos a la obra de manera más eficaz y activa.

El último apartado de Atlas of AI se titula ‘Hacia la conexión de los movimientos que luchan por la justicia’. Después de insistir en que la infraestructura y las formas de poder vinculadas a la IA apuntan directamente a la centralización del control, propone una «renovada política de la abstención». Propone, en lugar de preguntar ‘¿dónde se aplicará la IA?’, cuestionar ‘¿por qué convendría aplicarla?’, y establecer ámbitos en los que debamos abstenernos de ella.

Para complementar la propuesta de Crawford, conviene tener en mente que también hay muchas áreas grises en las que no está claro si, al implementar estas tecnologías, perdemos más de lo que ganamos o no. Para establecer ámbitos en los que debamos abstenernos de las herramientas digitales, se requiere mucho trabajo intelectual.

Su propuesta, desde una perspectiva más general, va en contra de la falacia de la inevitabilidad: pensar que, si es posible desarrollar algún tipo de tecnología, se hará inevitablemente. «Vemos atisbos de esta abstención», escribe ella, «cuando las poblaciones eligen desmantelar la policía predictiva, prohíben el reconocimiento facial y protestan en contra de calificar personas mediante algoritmos. Por ahora, estas pequeñas victorias han sido parcas y locales, la mayoría en ciudades con más recursos para organizarse, como Londres, San Francisco, Hong Kong, Portland y Oregon. Pero todas apuntan a la necesidad de movimientos nacionales e internacionales que se rehúsen al enfoque de poner por delante la tecnología y, más bien, se encarguen de las injusticias e inequidades subyacentes».

El primer paso para que países de América del centro y del sur, de Asia y de África se sumen consiste en trabajar por un periodismo que descubra los cables enredados que gobiernan nuestras pantallas, específicamente en nuestras ciudades y poblados. Sólo así entenderemos los vínculos concretos entre los problemas digitales nuestros y los de otros países, y actuaremos juntos.

Agradezco mucho la orientación y los recursos que me proporcionó Juan Pablo Zagorodny en la elaboración de este artículo. Para terminar con algo bello, les confieso que estos versos de Bécquer me inspiraron a escribir el primer párrafo:

Yo sé que hay fuegos fatuos, que en la noche
llevan al caminante a perecer;
yo me siento arrastrado por tus ojos;
pero adónde me arrastran, no lo sé.

Por Alberto Domínguez Horner
Twitter @HornerAlberto

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Santas eco-friendly: Hildegard von Bingen y Kateri Tekakwitha

Religiones y cambio climático

Por Pbro. Mario Arroyo

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San Juan Pablo II en tres ocasiones (1986, 1993 y 2002) reunió a los líderes religiosos del mundo para orar por la paz en Asís. Quería mostrar de esa forma cómo la religión en general puede ser una fuerza de paz, generar paz a su entorno y no violencia como algunas veces sucede — en el 2002 estaba muy reciente el atentado a las Torres Gemelas perpetrado por fundamentalistas islámicos. La crítica atea suele señalar que la religión es quizá la causa más profunda de la de división en el mundo, y por ello sería un deber moral atacarla. El Papa santo salió a refutar tal crítica tendenciosa y mostró cómo los líderes religiosos pueden obviar sus diferencias, dialogar y unirse para orar por la paz.

Ahora, en el 2021, la humanidad, junto con la necesidad de paz, que nunca puede darse por descontada, tiene la urgencia de cuidar el planeta. ¿Pueden unirse las religiones para pedir por la salud del planeta y hacer frente al cambio climático? Lo que san Juan Pablo II hizo por la paz, lo hace ahora Francisco con el cambio climático: El Papa reunió en el Vaticano cerca de 40 líderes religiosos para expresar su apoyo a la COP 26 de Glasgow y su preocupación por el cambio climático. Todos firmaron un llamamiento para frenar el cambio climático. Entre los participantes se encontraban el Arzobispo de Canterbury, el Patriarca Ecuménico Bartolomé y el Imán de Al-Azhar, entre otros: Las religiones unidas para hacer frente a la contaminación y defender la salud del planeta.

Basura en el bosque. Foto: Leonid Danilov

Junto a los representantes de las diferentes confesiones cristianas, había líderes judíos, musulmanes, hinduistas, budistas, sijs, confucionistas, taoístas y zoroástricos. Representantes de las religiones más representativas del planeta. Todos expresaban su común preocupación por el clima y la ecología. Esta realidad muestra cómo las religiones tienen puntos en común, a pesar de sus diferencias históricas y culturales, y esos puntos en común convergen en beneficio de la humanidad. El cambio climático contribuye de esa forma también a la unidad entre los diferentes credos, pues muestra como todos juntos pueden trabajar en pro del hombre y la sociedad. Las diferencias doctrinales no son obstáculo para poder hacer el bien en conjunto, en equipo.

El Papa Francisco tuvo el detalle de no leer su discurso, para no extender en demasía la ceremonia y dar pie a que los demás líderes religiosos pudieran explayarse. Pero les entregó escrita su intervención. En ella insiste, fiel a su habitual esquema de pensamiento, en tres puntos: “la mirada de la interdependencia y de compartir, el motor del amor y la vocación al respeto”. Fiel a sus intuiciones de fondo, Francisco recuerda que “todo está conectado”, y por ello debemos tener una “mirada abierta a la interdependencia y al compartir”. Todos somos miembros de la única familia humana, y compartimos la responsabilidad de sacarla adelante.

“Planeta sobre beneficio”. Manifestación Fridays for future.
Foto: Markus Spiske.

El tercer elemento señalado por Francisco es el “respeto por la creación, respeto por el prójimo, respeto por sí mismos y respeto hacia al Creador. Pero también respeto mutuo entre fe y ciencia”, para que el fecundo diálogo entre ellas esté orientado al “cuidado de la naturaleza, a la defensa de los pobres, a la construcción de redes de respeto y fraternidad”. Como se puede observar, el Papa Francisco es ambicioso en su perspectiva. Considera que es mucho lo que la religión puede aportar a la ciencia, y cómo juntas pueden contribuir para frenar el cambio climático. En el ámbito cristiano, este cuidado formaría parte la espiritualidad católica.

MDNMDN