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Un manual para ejercitar la paciencia: Cinco panes y dos peces

Un manual para ejercitar la paciencia: Cinco panes y dos peces

Con la misma esperanza, de que un día de estos o alguna de estas semanas volveré a casa, escribo, no asemejando las situaciones, sino siguiendo los pasos, siguiendo el manual: los cinco panes y los dos peces para alcanzar la serenidad y la paciencia.

Andrea Fajardo

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Uno de los males contemporáneos de la sociedad es el desprecio hacia la vulnerabilidad. Queremos ser siempre fuertes, duros, jóvenes y tener todo bajo control. Olvidamos que si nos cortamos también sangramos,que somos finitos, falibles y necesitados. ¿Quién quiere ser vulnerable? Parecería ridículo, y sin embargo en la vulnerabilidad y la flaqueza hay mayor fuerza. Una contradicción, pero así es el mundo: contradictorio, extraño e incontrolable.

El viernes desperté como cualquier día normal y me preparé para una revisión rutinaria; después de desayunar puse en una bolsa mis documentos, la cartera, el teléfono con la mitad de la batería porque planeaba volver a casa después de un par de horas, tomé el rosario –no tanto porque fuera a rezar en ese momento, sino porque siempre lo cargo, como se carga la cartera­– y por último, guardé el libro Cinco panes y dos peces del Cardenal Van Thuan (1928 – 2002). Un libro muy ligero, con menos de 90 páginas y que no tiene desperdicio. Caminé hacia la estación del Sbahn, transbordé una vez y luego tomé el autobús hasta el consultorio.

Un día normal, como cualquier otro, en el que pensamos que todo está bajo control, pero no hay nada más alejando de la realidad que pensar que podemos controlar minuciosamente lo que sucede, como si la vida fuera un reloj suizo. La doctora me miró seriamente y me dijo que debía llamar una ambulancia. ¿Una ambulancia? Nunca me he subido a una y me siento bien, no me siento enferma, no siento nada extraño, lo que sí siento es miedo. Los paramédicos llegan, me colocan en una silla y me bajan; quería decirles, si acaso no preferían que bajara por mi propio pie las escaleras, pero desde ese momento, la voz se debilita y en plena vulnerabilidad extiendes tus manos, otro te ciñe y te lleva hacia donde no quieres. (Cf. Juan 21, 18)

La ambulancia se dirige hacía algún hospital, ellos saben hacia dónde, yo sólo me dejo conducir y cuando llegamos alcanzo a ver el nombre. Sin saber bien dónde estoy, al menos puedo avisar en dónde me encuentro y pedir que me traigan un par de cosas por si acaso. De pronto comienza un espiral de miedo, angustia, revisiones, inyecciones, catéter, muestras de sangre, piquetes, noticias a medias, diagnósticos incomprensibles, soledad y espera. Algo que en momentos me resulta abrumador, como si estuviera dentro de la misma estación esperando a Godot, sin saber qué espero y por cuánto tiempo, hasta que llega una respuesta y después una nueva espera, con una nueva angustia que carcome, hasta que se repita el ciclo o termine.

Hace muchos años, Fernando Galindo, dijo en una clase que una de las funciones de la filosofía es aprender a ser resistentes a la frustración. Quizá ya no recuerde esa clase, pero fue una frase que me impactó y que me gusta repetir a mis alumnos. Es cierto, una de las funciones prácticas de la filosofía es que de cierto modo aprendemos a resistir la frustración. Ahora está de moda hablar de la resiliencia, que consiste en adaptarse a la adversidad del mejor modo posible. Prefiero pensar en esa tolerancia a la frustración y que desemboca en la paciencia.

Etimológicamente la paciencia viene del verbo latino pati (patientia) y que significa sufrir. Bíblicamente es un don del Espíritu Santo que consiste en saber sufrir. Podemos pensar que la paciencia es un esperar pasivo y sufriente hasta que la adversidad termine, sin embargo, no hay nada más activo que ser paciente. Y en ese sentido el libro Cinco panes y dos peces es el manual perfecto para ejercitarnos en la paciencia.

Desde que comencé el libro, el mes pasado, pensé que merecía una reseña, porque consiste en el testimonio de 13 años en prisión de un inocente y expone ante los jóvenes siete claves para ser pacientes en la adversidad. Claro que desde la comodidad del hogar y las distracciones diarias lo dejaba para el día siguiente, y así sucesivamente. En mi defensa debo decir, que estaba en México y que mi plan era hacerlo cuando regresara al frío invierno berlinés.

Cinco panes y dos peces.

Llevo más de una semana en el hospital y hasta el momento no sé cuándo volveré a casa, ante la incertidumbre, pensé que podría escribirla al regresar, pero ésta mañana he cambiado de parecer: no hay mejor momento para escribirla que bajo estas circunstancias. El cardenal Van Thuan escribió parte de su testimonio y lo que aprendió en el cautiverio. Él ejerció cada día durante 13 años la paciencia; sin saber cuándo podría ser liberado, pero con la esperanza de que algún día lo sería. Con la misma esperanza, de que un día de estos o alguna de estas semanas volveré a casa, escribo, no asemejando las situaciones, sino siguiendo los pasos, siguiendo el manual: los cinco panes y los dos peces para alcanzar la serenidad y la paciencia.

El cardenal Van Thuan comienza el libro inspirado en el Evangelio de Juan (Jn. 6, 5-11) para resumir sus vivencias que “a veces con gozo, a veces en sufrimiento, en la cárcel, pero siempre llevando en el corazón una esperanza rebosante” en 7 puntos que lo ayudaron durante los 13 años de cautiverio.

Van Thuan, obispo de Saigon (Vietnam) fue detenido el 15 de agosto de 1975, día de la Asunción, y liberado el 21 de noviembre de 1988, día que se conmemora la presentación en el templo de la Virgen María. El motivo de su detención fue ser un sacerdote católico en un país bajo el régimen comunista, en otras palabras, una víctima más de la persecución cristiana de esta época.

A continuación, les presento los cinco panes y los dos peces:

François-Xavier Nguyen Van Thuan

“Es verdaderísimo: todos los prisioneros, incluido yo mismo, esperan cada minuto su liberación. Pero después decidí: Yo no esperaré. Voy a vivir el momento presente colmándolo de amor”.

Cardenal Van Thuan

Primer pan: vivir el momento presente

Tras su detención y mientras lo conducían 450 km en la oscuridad nocturna sintió tristeza, abandono y cansancio. En el camino recordó las palabras de un sacerdote que estuvo prisionero 12 años en China, y que se la vivió esperando. Fue entonces que tomó una decisión. “Es verdaderísimo: todos los prisioneros, incluido yo mismo, esperan cada minuto su liberación. Pero después decidí: Yo no esperaré. Voy a vivir el momento presente colmándolo de amor”.

No podemos estar siempre esperando, ¿esperando qué? A veces lo que esperamos nunca ocurre. Esto no significa que debemos sumergirnos en la apatía y dejar de esperar cosas, sino que hay que esperar de otro modo, no pasivamente, sino activamente.

En esos momentos Van Thuan consiguió lo necesario para comenzar a escribir su libro El camino de la esperanza, porque le preocupaba dejar a los pocos católicos sin pastor. Van Thuan se pregunta ¿cómo puedo vivir el momento presente con amor? Dejando lo que es accesorio y concentrándonos en lo esencial e imprimiendo en cada acto, así sea simple, el máximo de amor posible.

Si te toca esperar, entonces espera con amor; si te van a inyectar, sacar sangre, hacer otra prueba, tomar pastillas: hazlo con amor. Es fácil decirlo y muy difícil hacerlo, pero cada día se puede intentar de nuevo. Van Thuan no sabía cuánto tiempo tendría que esperar en el encierro, y yo tampoco, pero la espera se vuelve más soportable cuando la ofrecemos y vivimos intensamente, no en la pasividad.

Es posible elegir esperar en la angustia, desesperación y la tristeza, o intentar, aunque sea muy duro y cueste una fuerza enorme, esperar activamente: descansando en la paciencia. Claro que hay momentos más difíciles, pero no hay que olvidar que no estamos solos.

Segundo pan: Discernir entre Dios y las obras de Dios

Van Thuan es un sacerdote muy dinámico y activo, por lo que el cautiverio en un pequeño espacio y soledad era una tortura mental que lo tenía al borde de la locura. Una noche escuchó en su corazón que debía aprender a discernir entre Dios y las obras de Dios. Todas las actividades pastorales que realizaba eran obras de Dios, pero no eran Dios. Y él había elegido a Dios, a su voluntad, no a sus obras.

Es como aquella inspiración de Margarita María Alacoque “encárgate tú de mis cosas, que yo me encargaré de las tuyas”, porque a fin de cuentas Dios lo resuelve todo mejor de lo que nosotros lo podemos solucionar. De este modo Van Thuan dejó su misión pastoral en manos de Dios, porque comprendió que Él lo quería ahí, en prisión. En ese momento sintió una paz que ya no lo abandonó.

Hace algunos días intenté salir voluntariamente, aunque estaba indecisa al no comprender cien por ciento el diagnóstico y los procesos, pensando que los médicos alemanes pecan de exageración. Llevaba días de desesperación, con dolor en un brazo por las constantes tomas de sangre, en los dedos por las mediciones de azúcar y en el otro brazo por el catéter. Y en esa desesperación y sin sentirme enferma, pensé que aun cuando tuviera que guardar reposo, estaría mucho mejor en casa.

Quería irme a toda costa, pero sin un panorama claro, durante la noche y con los nervios a flor de piel aumentados por la oscuridad, en oración pedí ayuda para discernir. Aquella mañana me levanté alegre, pensando que me iría en pocas horas y en oración repetía, “yo no sé lo que es mejor, pero quisiera volver a casa, si esa es tu voluntad abre toda puerta y hazlo de forma sencilla; pero si no debo irme y es tu voluntad que me quede, dilo claramente y dame serenidad para aceptarlo”. Basta decir que no pudimos hacer la alta voluntaria, tampoco me dieron una fecha aproximada de salida, y aunque en el momento pensé “qué pesado estar aquí sin fecha final”, poco a poco he tenido una mayor serenidad para vivir un día a la vez en el hospital, porque por el momento aquí es donde debo de estar.

Portada del libro “El camino de la esperanza” del Card. Van Thuan.

Una fuerza que sostiene es saber que otros oran por ti, que una comunidad que te ama y se preocupa, intercede por ti así sea al otro lado del Atlántico.

Andrea Fajardo

Tercer pan: Un punto firme, la oración

“ ”Padre, en la prisión usted ha tenido mucho tiempo para orar.” No es tan simple como se podría pensar. El señor me ha permitido experimentar toda mi debilidad, mi fragilidad física y mental. El tiempo pasa lentamente en la prisión, particularmente durante el aislamiento”. Se dispone del tiempo, pero a veces cuesta demasiado concentrarse o dejar de sentirse solo. Así que en ocasiones basta con una oración sencilla: “cuando me faltan las fuerzas y no logro siquiera recitar mis oraciones, repito: “Jesús, aquí estoy, soy Francisco”. Me entra el gozo y el consuelo, experimento que Jesús me responde: “Francisco, aquí estoy, soy Jesús”.”

No siempre tenemos la disposición de una oración con palabras complicadas, es más, las palabras sobran, basta con algo sencillo, como los niños cuando se espantan y gritan por papá y mamá. No tiene que decir mucho e inmediatamente los padres van y los tranquilizan con su presencia. Así que podemos simplemente llamar a Jesús o al soplo del Espíritu Santo, y ellos sin dudarlo acudirán.

Van Thuan también menciona que le gusta orar con la Palabra de Dios, pero cuando lo apresaron no pudo tomar la Biblia, lo único que llevaba consigo era el rosario. Así que recolectó todos los pedacitos de papel que pudo y en ellos escribió más de 300 frases del Evangelio, hizo una pequeña Biblia que utilizaba para orar. Entre otras oraciones se encuentra el Magnificat, Te Deum y el Veni Creator.

Es cierto que tras los momentos difíciles la oración serena e incluso alegra el corazón, nos aliviana el peso. Pero quisiera añadir que no es solamente la propia oración, también la comunidad es muy importante. Una fuerza que sostiene es saber que otros oran por ti, que una comunidad que te ama y se preocupa, intercede por ti así sea al otro lado del Atlántico.

El aspecto comunitario de la religión es muy importante, pero no sólo por la comunidad que se forma al participar de los mismos ritos, sino que hay una forma de amor desinteresado que los une, fortalece y acompaña. Aprovecho para agradecer a todos aquellos que me han tenido presente en sus corazones y que me acompañan cercanamente a pesar de la distancia.

Cuarto pan: Mi única fuerza, la Eucaristía

Es muy conocido y conmovedor el testimonio del cardenal Van Thuan y la Eucaristía. Se las apañó para que le enviaran vino por motivos medicinales y cada día a las 3 de la tarde celebraba la misa, con tres gotas de vino y una de agua, en la palma de su mano. Pero esta fuerza no la guardó para sí mismo, sino que en ocasiones podía compartirla con otros católicos, quienes también en la prisión tenían la oportunidad de comulgar: “Fabricamos bolsitas con el papel de las cajetillas de cigarros para conservar al Santísimo Sacramento. Jesús eucarístico estuvo siempre en la bolsa de mi camisa”.

Y no solamente la misa, también los presos montaban guardias nocturnas y adoraban a Jesús Eucaristía, quien les “ayudaba inmensamente con su presencia silenciosa”. Van Thuan, en esta locura y escándalo para el mundo, incluso se atreve a decir que aquellas misas en el cautiverio fueron las más bellas de su vida.

En México algunas cosas son más sencillas, siempre se conoce a algún padre o ministro de la Eucaristía, que visita a los enfermos. Sin embargo, en Alemania, un país que otrora se autodenominaba cristiano, la Iglesia es un poco más fría y ciertas cosas no son tan sencillas. Si bien no puede venir un sacerdote o ministro diario a traerme la comunión, sí puede ocurrir algunas veces. El día que el padre vino a visitarme y me trajo la Eucaristía, me sentí alimentada, cobijada y con la fuerza para resistir. Y para estos casos, podemos contar también con la comunión espiritual.

Card. Van Thuan en prisión.
Fuente: cardinalvanthuan.org

Ver con otros ojos, con los ojos de Jesús, ayuda a amar y perdonar incluso a aquellos que nos hacen mal.

Andrea Fajardo

Quinto pan: Amar hasta hacer la unidad es el testamento de Jesús

Al principio los guardias no le hablaban a Van Thuan, lo trataban como un enemigo y el trato ensombrecía el ambiente. Hasta que un día pensó que, a pesar de la cautividad, él tenía una mayor riqueza: el amor de Cristo. A partir de ese momento comenzó a amar a los guardias y a ofrecer pequeñas muestras cotidianas de caridad, una sonrisa, una palabra amable e incluso llegó a enseñarles otros idiomas y resolver sus dudas religiosas. El ambiente cambió radicalmente.

Van Thuan escribe en El camino hacia la esperanza, “cuando hay amor se siente el gozo y la paz, porque Jesús está en medio de nosotros. Viste un solo uniforme y habla una sola lengua: la caridad”. Ver con otros ojos, con los ojos de Jesús, ayuda a amar y perdonar incluso a aquellos que nos hacen mal, algo que encontraban inconcebible los guardias.

Los cristianos deberíamos ser el instrumento del amor de Dios en el mundo. “El más grande error es el no darse cuenta que los otros son Cristo. Hay muchas personas que no lo descubrirán sino hasta el último día. Jesús fue abandonado en la Cruz y ahora lo sigue estando en el hermano y en la hermana que sufre en cualquier rincón del mundo. La caridad no tiene límites; si los tiene no es caridad”.

Cuando nos duele una muela, toda nuestra atención se centra en esa muela. Incluso la sentimos más porque estamos constantemente al pendiente de ese dolor y dejamos de notar otras sensaciones corporales. Lo mismo sucede con el sufrimiento, que puede llevarnos a centrarnos únicamente en nosotros mismos y cuando sólo pensamos y atendemos nuestra miseria caemos en la victimización y el egoísmo: Nos auto-pobreteamos, nos sentimos la única víctima, el único sufriente.

En una semana cambié cuatro veces de compañera de habitación. Cada una con situaciones diferentes, cada una con un propio dolor. En el hospital te puedes encontrar de todo dependiendo de la sección: desahuciados, gente con dolores tremendos, mujeres que acaban de parir, bebés prematuros en incubadoras o que deben ser operados, mujeres que yacen con el miedo de perder a sus bebés y tantas incontables enfermedades y sufrimientos.

Desde hace algunos días comparto habitación con la misma mujer, ella tampoco sabe cuánto tiempo se quedará, también tiene miedo y sufre. En las mesas de noche ella tiene el Corán y yo tengo la Biblia. A veces ella llora, otras veces, lloro yo. Pero si algo ha sucedido es que, a pesar del propio sufrimiento, no nos hemos cerrado al sufrimiento de la otra. Me preocupa su diagnóstico, me apena verla llorar, no necesitamos hablar mucho porque basta una palmadita en la espalda y la seña de que oraré también por ella. Ella se preocupa por su bebé, por su hija y su marido, y dentro de toda la avalancha, no hace oídos sordos a mis problemas, porque sin que lo esperara me compartió un plátano y me consiguió una sopa. Cosas sencillas porque la caridad comienza por lo pequeño y escala hacia lo más grande. Esa es la caridad que todo lo transforma y que acompaña, que nos hace salir de nosotros mismos.

Primer pez: María inmaculada mi primer amor

La madre y la abuela de Van Thuan infundieron su amor a María y ella ha sido una señal a lo largo de su vida. Lo arrestaron el día de la Asunción y lo liberaron, de una forma tan sencilla, que incluso sorprende, el día de la presentación de la Virgen en el templo. Van Thuan reconoce la mano de María a lo largo de su vida y especialmente durante el cautiverio. Cuando física y moralmente se sentía abatido en la prisión, oraba el Ave María, pero no solamente pide por su intercesión, sino que también le pregunta “Madre, ¿qué cosa puedo hacer por ti? Estoy listo para seguir tus órdenes, para realizar tu voluntad por el Reino de Jesús”.

Van Thuan nunca se sintió abandonado por María, y como mexicanos, nos es natural saber que en las aflicciones y miedos ¿acaso no está aquí la que es nuestra madre? “Para mí, María es mi Madre, que me dio Jesús. La primera reacción de un niño que siente miedo, que está en dificultades o sufre, es la de clamar: “mamá, mamá”, esta palabra es todo para el niño”. Es un reflejo natural buscar el apoyo materno, a veces mucho más instintivo que buscar al padre, por eso María, como madre, es una figura tan accesible.

Van Thuan pensaba constantemente en el Virgen del Perpetuo Socorro, y lo mismo hago yo. Me fascina el icono: María sostiene firmemente y con ternura al bebé Jesús, quien está espantado porque unos ángeles le presentan la Cruz y el martirio. El bebé Jesús tiene miedo y tiembla, por lo que uno de sus zapatos está a punto de caer. Pero ahí está María con la mirada serena y sosteniéndolo con sus manos.

Desde hace muchos años tengo especial cariño al icono de la Virgen del Perpetuo Socorro, cuando la vi en Roma y un querido sacerdote amigo mío me explicó, lleno de ternura, el temblor de Jesús que se ve en su pequeño pie y zapato quedé profundamente conmovida.

Por las noches, antes de dormir, coloco el rosario en mi vientre, porque es como tener la mano de María, y a modo de jaculatoria le digo: “madre, sostén con tu mano a Elías, del mismo modo y con el mismo amor con que sostuviste al bebé Jesús”.

Icono Nuestra Señora del Perpetuo Socorro.

Segundo pez: he elegido a Jesús

A modo de conclusión Van Thuan nos presenta 24 puntos prácticos para vivir un día unidos a Jesús. Recuerdo que querido amigo, y ahora sacerdote, dijo en alguna ocasión que el camino de santidad se construye día con día, que cada mañana podemos orar para que Dios nos conceda 24 horas de fidelidad. Estos últimos 24 consejos, que pueden parecer breves y sencillos, nos ayudan a mantenernos en la esperanza, la paciencia y la fidelidad.

Cinco panes y dos peces: Testimonio de 13 años de cárcel es un manual muy práctico, escrito desde lo que podría haber sido la desolación, para ayudarnos a ejercitar la paciencia en un mundo turbulento.

La importancia del adviento

La importancia del adviento

Por Pbro. Mario Arroyo

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¿Por qué es tan importante el adviento en la vida de la Iglesia? Casi podríamos decir que la Iglesia vive en un continuo adviento, en la continua espera de la venida de Cristo al mundo. Lo decimos, quizá sin darnos demasiada cuenta, cada vez que rezamos el Padrenuestro: “venga a nosotros tu reino”; en la santa Misa también, diversas oraciones nos ponen a la espera de la segunda venida de Cristo.

El Adviento nos conduce a mirar simultáneamente hacia adelante y hacia atrás. Las primeras tres semanas del adviento miramos hacia adelante, anhelamos, por así decir, la segunda venida de Jesucristo, cuando sea consumado el tiempo y venga a poner orden en este mundo tan revuelto. A partir del 16 de diciembre comenzamos la novena de la Navidad, en la que miramos hacia atrás, recordando y preparándonos para conmemorar la primera venida de Jesús. La síntesis de esta mirada alternativa, hacia el pasado y hacia el futuro, da su fruto en el presente, en el tiempo de adviento, donde somos invitados a acentuar nuestra vida de oración e incrementar nuestras obras de misericordia. La mirada hacia el pasado y hacia el futuro nos permite transformar el presente, haciéndolo fecundo y profundo a la vez.

La Iglesia es Cristocéntrica, y el adviento la avoca a mirar a Cristo en dos facetas diferentes: en la humildad de su primera venida, y en la gloria de su segunda venida. Pero San Bernardo nos habla de una tercera venida, oculta, al corazón de cada uno de los cristianos en el presente, es decir, mientras se esfuerzan por vivir bien el adviento. Ahora bien, el sentido de la Iglesia es presentar a Jesús y preparar el Reino de Cristo, en palabras del último Concilio, es ser germen e inicio, signo e instrumento del reinado de Cristo. La Iglesia tiene, en este sentido, un carácter “adventual”, de espera ansiosa y activa, de esa segunda venida.

Christus vivit, Christus regnat, Christus imperat.

Por eso el tiempo de adviento es, por excelencia, el tiempo de la esperanza, y tiene como modelo o punto de referencia imprescindible, a la Virgen María, a la que contemplamos en estado de buena esperanza, es decir, embarazada con la gozosa espera del nacimiento de su Hijo. María es modelo de esperanza, el contenido de la esperanza es Cristo.

Quizá nuestra época está caracterizada por la necesidad de la esperanza auténtica. Los problemas, las crisis, la pandemia, el fracaso de las utopías políticas nos han ido arrebatando la esperanza; tantos dolores y fracasos han mermado la esperanza de la humanidad. Tenemos muchas pequeñas esperanzas que nos ayudan a afrontar el sinsentido de la existencia, pero nos falta la gran Esperanza, con mayúscula, que dota de sentido a este mundo y nuestra vida.

El adviento es entonces tiempo de espera, pero no pasiva. La mirada alternativa hacia el pasado y el futuro encuentra una síntesis creativa en el tiempo presente. Es en el “ahora” cuando se nos invita a vivir intensamente el adviento. ¿Cómo podremos hacerlo? Es un cóctel espiritual que contiene tres ingredientes: oración, penitencia y obras de misericordia. Oración que nos ayude a centrar nuestra mirada en Jesús y a poner toda nuestra esperanza en Él; penitencia que nos ayude a desprendernos de los bienes materiales, a ser sobrios en su uso y goce, para ser capaces de elevar nuestra mirada al cielo; obras de misericordia que nos lleven a salir de nosotros mismos al encuentro del necesitado y del que sufre, rubricando así la auténtica piedad, que no es meramente intimista, sino que se abre en abanico y da frutos en el entorno.

Corona de Adviento.

Para vivir bien el adviento la sabiduría de la piedad popular nos ofrece un poderoso elemento, que vale la pena rescatar, en la “Corona de Adviento”. A veces nos apresuramos demasiado a poner el árbol de navidad, y se nos olvida la corona de adviento. En ella, pacientemente, vamos encendiendo, semana a semana las velas, al compás de nuestras oraciones, penitencias y obras de misericordia. ¡Ojalá que no falte en ningún hogar cristiano, junto con el Nacimiento, la corona de adviento!, para recordarnos que estamos en este tiempo de espera, y vivir su dimensión espiritual, tantas veces amenazada por el consumismo de las compras navideñas. Adviento, tiempo de mirar hacia adentro y hacia adelante, mientras nos esforzamos por vivir la sobriedad y la caridad con el prójimo.

La importancia del adviento

Meditación sobre la desesperanza

Por Pbro. Mario Arroyo

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Hechos lamentables, como la legalización del aborto en México o la implantación de un régimen comunista en el Perú o, más cercanamente, la aparente ineficacia de las oraciones para pedir por enfermos de COVID-19 o de otra enfermedad, nos dejan sentir con fuerza perturbadora la tentación de la desesperanza.

Más de una persona me ha planteado, dolorida, si Dios nos ha abandonado, si escucha nuestras oraciones, si de algo nos sirve rezar o, en los casos más extremos, si Dios existe, o  no será más bien que todo es fruto del ciego azar.

Van estas líneas con la esperanza de que, sin perder el realismo de su cruda verdad, arrojen una luz tenue pero consistente de esperanza, concretamente frente a la reciente legalización del aborto en México. Legalización a al que mucha gente se opuso participando cívicamente para garantizar la protección de la vida humana desde el momento de la concepción. Estas modestas reflexiones pueden extenderse a los demás rubros “desesperanzadores”, y quieren ser el esbozo de una “teología de la esperanza”.

¿A qué da lugar esta realidad perturbadora? A la sospecha de la banalidad de los esfuerzos y las luchas humanas por defender la dignidad de la vida humana, de toda vida humana desde el momento de la concepción. De pronto nos sentimos ingenuos peones en un tablero en el que nuestras convicciones cívicas, ciudadanas, cuentan poco o nada; y donde todo lo deciden oscuros y omnipresentes poderes que manejan la sociedad como a una marioneta. Es la frustración de la impotencia frente a la prepotencia del poder económico o mediático, que vuelve aparentemente ridícula e insignificante nuestra participación ciudadana, por más sacrificada y convencida que sea.

En situaciones así ¡cómo echamos de menos figuras como las de san Juan Pablo II! que con fuerza y convicción puedan gritar a los cuatro vientos: “¡no tengan miedo!”

No tenemos ahora a un san Juan Pablo II, pero siguen siendo válidas sus palabras,  y sigue siendo  eficaz la oración, pues como dice la Escritura Santa “no se ha empequeñecido la mano del Señor” (Isaías 59,1). Lo cierto es que los parámetros del Señor no son los nuestros; “sus caminos no son nuestros caminos” parafraseando al profeta Isaías (cfr. Isaías 55,8). Para Dios “mil años son como un día y un día como mil años.” (2 Pedro 3, 8) Dios nos invita a seguir trabajando con fe, fe que “es la seguridad de las cosas que no se ven” (Hebreos 11,1) con esperanza, con visión de eternidad, que es la visión de Dios; de forma que poco a poco, a pesar de los constantes descalabros —pareciera que el catolicismo social está en permanente retirada— nos volvamos “inasequibles al desaliento”, en expresión de san Josemaría.

Es lógico que hechos como estos nos duelan. Los miles, quizá millones de niños que no alcanzarán a ver la luz  gritan clamando justicia. La justicia que nosotros, por ahora, somos incapaces de garantizar y que, en expresión del Papa Emérito Benedicto XVI “sólo Dios puede crear”. Las injusticias nos pueden doler, nos pueden pesar, pero no nos debieran sorprender. Un atento examen de la Sagrada Escritura nos enseña que esto ya estaba previsto. Basta mirar la Segunda Epístola a los Tesalonicenses o el Apocalipsis para caer en la cuenta de que no nos estamos saliendo del guion, y de que continuamos siendo protagonistas.

Farol Buenos Aires. Foto: Mariana Barry.

Es duro, pero es  parte de la revelación, de aquellas verdades inconmovibles que Dios en su infinita sabiduría ha querido comunicarnos: “primero tiene que venir la apostasía, y manifestarse el Hombre impío, el hijo de la perdición… el misterio de la impiedad ya está actuando” (2 Tesalonicenses 2, 3-7) Primero viene el desbordarse de la iniquidad —creo que eso es lo que estamos viviendo ahora.

Ahora bien ¿qué es lo que nos toca a nosotros? “mantenernos firmes”, o como dice el Apocalipsis: “Aquí se requiere la paciencia y la fe de los santos” (Ap. 13, 10). Por eso, no debemos desertar del mundo al que amamos.

En esta palestra Dios nos forja, nos hace crecer, desarrolla nuestra paciencia, mientras sucede lo que ya estaba profetizado en el Apocalipsis (22, 11): “Que el injusto siga cometiendo injusticias y el manchado siga manchándose; que el justo siga practicando la justicia y el santo siga santificándose”. Ahí entramos nosotros, siendo justos, santificándonos, y esperando con humildad una salvación que no será obra de nuestras manos, sino de las de Dios. Por eso podemos seguir fortaleciendo nuestra esperanza.

¿Qué hacer entonces? Seguir trabajando, con la esperanza puesta en Dios y una sonrisa en los labios, amparados en las frases de la Escritura: “mis elegidos no trabajarán en vano” (Isaías 65, 22-23) y “conscientes de que vuestro trabajo no es vano en el Señor” (1 Corintios 15,58) Sabiendo que a través de muchas derrotas al final la victoria es de Dios.

¿Y ante el desaliento presente por las batallas perdidas? Recordemos las bellas palabras de Nican Mopohua: “¿no estoy yo aquí, que soy tu Madre, no estás por ventura en mi regazo y entre mis brazos?, ¿qué más necesitas?”

Entre el ruido y la prisa de Jerusalén

El ruido externo y la prisa nos envuelven todos los días. No tenemos tiempo y vamos corriendo de un lado a otro, miramos sin mirar, nada nos detiene. Ni siquiera Jerusalén es una excepción. Caminando por el barrio judío, los hombres vestidos de negro, con camisas blancas, kipás y los hilos que sobresalen de su manto de oración, tampoco se miraba algo diferente. Todos caminaban rápidamente. De pronto, una escena que no duró más de diez minutos, un hombre se arrodilla y comienza a orar. Sabes que ora, porque su oración se acompaña con el movimiento. Entre el ruido y la prisa de Jerusalén, un hombre detuvo el tiempo, sin vergüenza, no como en ocasiones puede ocurrirnos, que nos persignamos rápido para que otros no vean. Abstraído del mundo, en un diálogo personal, hace de su vida una oración constante.

Foto: Mauricio Fajardo

La importancia del adviento

¿Qué puedo esperar? Que venga tu Reino

“Lo veo, aunque no para ahora, lo diviso, pero no de cerca.”

Nm. 24:17

En ocasiones asociamos la espera con el aburrimiento de una sala medianamente iluminada, con un par de revistas hojeadas sin mucha atención y compañeros que aguardan junto con nosotros lo mismo: que la espera se termine.

Es curioso que se piense la espera como un acto pasivo, una especie de limbo temporal del que esperamos salir lo antes posible. Sin darnos cuenta de que la espera no tiene que ser pasiva –sentarse aburrido mirando una pared blanca mientras las manecillas del reloj avanzan lentamente- sino que por el contrario la espera es activa. Todo depende del modo en que espero. Tomando como ejemplo la misma sala, hay una diferencia entre esperar sin hacer nada –perdonando la contradicción- y esperar mientras leo, dibujo, converso con alguien o incluso dormito. Los matices y aburrimiento de la espera dependen de nosotros mismos. 

Cuando esperamos la ansiedad es crucial, pero no el ansia nerviosa que impide pensar, sino la ansiedad de que el momento que esperamos llegue pronto. En esa prontitud  somos aún más conscientes de aquello que esperamos, en lo que hemos puesto nuestra esperanza y del modo en que aguardamos. 

La naturaleza humana está predispuesta hacia la espera: esperamos que algo termine, que empiece, un resultado, las vacaciones, una fecha especial, esperamos a alguien. Cuando la espera se termina e irrumpe en nuestra realidad todo cambia, porque lo que divisábamos ha llegado.

Y vivimos ese momento como si fuera un eterno presente… hasta que llegue la próxima espera. Vivimos esperando que algo ocurra para poder correr hacia la próxima espera. ¿Qué sucede cuando lo que esperamos no llega pronto? ¿O si llega y no es lo que esperábamos? ¿Y si esperamos toda una vida sin que llegue? Siguiendo la pregunta de Kant, ¿qué puedo esperar?


Puedo esperar que venga el Mesías a restaurar la creación, trayendo justicia al mundo y que, al volver todos la vista hacia él, colmada la espera, la Ley se escriba en el interior de los corazones. (Jr. 31: 33) 

Padre e hijo
Foto: Mauricio Fajardo

Para el judaísmo la espera mesiánica es la esperanza del pueblo, a pesar del devenir de las generaciones y del silencio de Dios, de que Hashem intervendrá en su Reino. La figura del mesías puede trazarse desde el comienzo de la monarquía con la espera de un futuro rey. La esperanza por el Mashíaj puede leerse desde el Génesis (49: 10) hasta en profetas como Jeremías, Ezequiel y sobre todo Isaías con el Cuarto canto del Siervo (Is. 52: 13) 

Se puede decir que se trata de un doble Mesías: que es religioso a la vez que político. Aunque las vertientes filosóficas se concentran sobre todo en una interpretación política del mesianismo. El Mesías será un rey, juez y profeta, un hombre  que servirá a Dios aunque no es Dios, por lo que no puede ser adorado, que restaurará la Ley de la Torá para todos los hombres en los corazones, y que comenzará con la tercera reconstrucción del Templo de Jerusalén, por lo que las ofrendas y la casta sacerdotal regresará para dar plenitud al culto. (Ez. 37: 26 -28)

Aunque el Mesías será un hombre importante, el centro es la intervención de Dios. Que se podrá identificar por la reconstrucción del templo, la reunificación de todos los judíos en Israel (Is. 2:4 y 43: 5 -6), una era de paz (Is. 11: 6 -7), el reinado de Dios en todo el mundo (Zac. 14: 9) y la circuncisión del corazón (Jr. 31: 33 -34). Además de eso el Mesías desciende de la dinastía davídica y sobre todo guardará la Torá. La fidelidad de la Ley es lo que permitiría identificar a un falso profeta y por ende falso Mesías (Dt. 13: 1- 6).

Como sucedió con el polémico caso de Sabbatai Zevi, el falso Mesías sefardí, nacido el mismo día de la conmemoración de la destrucción del Templo de Jerusalén, el 23 de julio, pero de 1623 y que fue excomulgado. La comunidad ortodoxa lo miraba con recelo, aunque el autoproclamado Mesías tuvo muchísimos seguidores, incluso tras su conversión al islam, cuando no pudo realizar un milagro frente al sultán.

Rollos de la Torah
Foto: Mauricio Fajardo

El filósofo Maimónides (S. XII) escribió los 13 preceptos de la fe judía, el onceavo afirma: “Yo creo con toda la fe en la llegada del Mesías y, aunque se demore, seguiré aguardándolo hasta que arribe.” Los primeros preceptos son amar y seguir la Ley de Dios, sin embargo, la esperanza de la venida del Mesías es un componente de fe importante. Tanto así que una canción popular de Mordechai Ben David Moshiach toma el principio para cantar: “Y aunque tarde, no importa esperaré por Él. Esperaré todos los días que venga. Creo. Creo con una fe completa en la venida del Mesías.”

Mashiach, Mordechai Ben David

Al terminar el Shabbat y algunas celebraciones como el Pésaj (Pascua), se invita con el canto Eliyahu Hanavi al profeta Elías a unirse al Séder y llenar un vaso de vino para celebrar con ellos. Porque si viene Elías después vendrá el Mesías. 

Eliyahu Hanavi, Dudi Feldman & Sruly Lipschitz

Cuando la Pascua termina se escucha la expresión “el próximo año en Jerusalén!” (L´Shana Haba´ah B´Yerushalayim) Una vez que han rememorado la esclavitud y huida de Egipto, esperan con confianza que el siguiente año puedan celebrar la Pascua en Jerusalén. La frase es una alusión a la era mesiánica. Esperan la restauración que es sobre todo espiritual: esperan al Mesías.

Toda religión tiene diferentes vertientes e interpretaciones. Tanto el cristianismo como el judaísmo tienen diferentes corrientes y existen entre ambos varios puntos de encuentro. Basta decir que la Biblia se compone de los libros de la Torá y el Nuevo Testamento.

Una corriente aún más estrecha es la de los judíos mesiánicos, que, sin dejar de ser judíos, aceptan a Jesús como el Mesías. Como el profesor de Harvard Roy Shoeman que se convirtió del ateísmo al cristianismo tras una experiencia mística. Shoeman cuenta en sus conferencias, que cuando su padre lo visitó y observó los íconos de Jesús y María en las paredes se escandalizó, a lo que respondió con humor y cariño: ellos también son judíos.

La espera es un componente esencial para las religiones. Se espera algo que apenas se divisa. Sin saber en qué momento la irrupción de Dios en la historia acontecerá, que tanto puede ocurrir mañana como en cien o mil años. Sin embargo, es preciso evitar una espera pasiva, por el contrario, se debe esperar activamente, siempre preparados, con las lámparas encendidas y suficiente aceite.

Bar Mitzvá
Shofar
Foto: Mauricio Fajardo

El Adviento es un tiempo de espera, esperamos que simbólicamente Jesús nazca en nuestros corazones, como una renovación de fe. Pero no basta con esperar pasivamente que el símbolo irrumpa en mi vida, sino que es nuestro deber esperar activamente y construir el Reino día con día. No debemos olvidar que también esperamos la segunda venida del Mesías. Que aunque tarde, esperaremos. Y es por ello que no sólo debemos cuestionarnos: ¿qué puedo esperar? Sino también ¿cómo espero? 

En el Talmud está escrito que al morir, una de las seis preguntas a responder con sinceridad es: ¿con cuánta ansia esperaste al Mesías? Una pregunta directa, que debería arrebatarnos de nuestra zona de confort. Porque a esa pregunta hay que responder que no esperamos pasivamente. Divisamos al Mesías que ya viene y no tarda, que nos preguntará directamente ¿cómo me esperaste? 

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