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Navidad amarga

Navidad amarga

¿Y a los que no nos gusta la Navidad? ¿De verdad somos tan raros? ¿Hay pocas personas que padecen la “depresión blanca” o “blues de Navidad”? ¿Tenemos acaso un gen de “Ebenezer Scrooge” o “Grinch”? ¿Debo sentirme mal -peor- por sentirme mal en Navidad si soy cristiano? ¿Tenemos motivos objetivos para estarlo?

No quiero ser aguafiestas, pero es una realidad que muchas personas lo que esperamos de la Navidad es que pase pronto. Y no se precisan causas fuertemente objetivas. Supongo, por ejemplo, que para los pocos cristianos que hay en Gaza, la Navidad será más bien amarga. También las personas que viven su Navidad en la UCI, junto con los que los cuidan y los que los quieren, no tendrán una fiesta especialmente entusiasmante. Probablemente muchas personas solas o que han perdido a su familia, por fallecimiento o, por ejemplo, por un divorcio en el que la mujer se lleva a los hijos con sus papás y su nueva pareja. O personas con enfermedades crónicas muy duras, o con graves problemas económicos, o simplemente que no han conseguido alcanzar sus propósitos vitales en ese año o, peor aún, que consideran fracasado el sentido global de su vida. Si vamos sumando, en nuestra herida sociedad, no van siendo tan pocos.

Grinch

A veces las causas -un tanto misteriosas, la verdad-, pueden ser más sutiles. La náusea que provoca la publicidad navideña por todas partes y en clave exclusivamente consumista; el colmo es cuando aparecen chicas “navideñas” semidesnudas. Ya no se consiguen postales con motivos cristianos: el reno, el árbol y Santa han sustituido a Jesús incluso en países tropicales, o del hemisferio sur, donde ahora es verano. El constatar cómo, salvo reductos reducidos y privilegiados, el protagonista de la fiesta es American Express o Visa, pero no Jesús. El ver cómo se vacía de su sentido original la fiesta, de forma que ahora se usa un aséptico “Felices Fiestas”, que no se sabe muy bien qué signifique, más allá de unas copas de alcohol y unos regalos. El ver cómo, en consecuencia, nos encontramos viviendo unos rituales sociales vacíos de sentido, en los cuales te ves forzado a ponerte una careta de felicidad, más falsa que los perfiles de redes sociales y, por supuesto, más amarga. En definitiva, la tristeza por constatar, muy a pesar nuestro, la pérdida del sentido original de la Navidad.

A esta causa, más bien cultural y sociológica, se unen otras más íntimas. La nostalgia por “la Navidad perdida”, es decir, las añoradas navidades de la infancia y adolescencia, que se esperaban con tanta ilusión. Unido a ello, constatar cómo, a diferencia de esos “años maravillosos” se ha perdido en gran medida ese maravilloso don que es “la ilusión” y no se sabe cómo recuperarlo. El vivir una Navidad sin niños, que es como una “Navidad seca”, precisamente porque ellos son los que aportan los mágicos ingredientes de la ilusión, la candidez y la maravilla. La nostalgia por la pérdida de los seres queridos, tan asociados a esas navidades maravillosas, como pueden ser los abuelos y los padres.

Ebenezer Scrooge

A las personas de fe este sentimiento nos provoca un conflicto espiritual. El retruécano se retuerce aún más, porque el significado religioso de la fiesta es de profunda alegría y esperanza. La fe nos dice, además, que el contenido de la Navidad es real, objetivo. No es un cuento de niños, como Santa que entra por la chimenea, o un consuelo para perdedores. Es real: Dios se hizo hombre y bajó al mundo, mostrándose inerme, como un Niño en los brazos de su Madre. Y, al hacerlo, salvó a la humanidad. La fuerza espiritual de lo que conmemoramos debería colmarnos de alegría… debería, pero no lo hace. Si fuéramos santos lo haría, pero no lo somos… todavía.

¿Cómo explicarlo? Tal vez nos ayude una estratagema frecuente en la teología católica, la cual nos dice que “Dios nos salvó”, pero “todavía no se manifiesta plenamente esa salvación”. Ese “ya, pero todavía no”, con el que mágicamente se explica el caos del mundo, la Iglesia y la vida personal. Sabemos que esa plenitud anhelada será una realidad al final de los tiempos, en la escatología, o en la vida de los santos, que de alguna forma la anticipan. Pero en nuestra vida y en nuestro tiempo, sólo nos queda el deseo de que pase pronto, para volver a nuestra rutina salvadora, y no pensar tanto en lo que debería ser, pero no es.

Entre el ruido y la prisa de Jerusalén

El ruido externo y la prisa nos envuelven todos los días. No tenemos tiempo y vamos corriendo de un lado a otro, miramos sin mirar, nada nos detiene. Ni siquiera Jerusalén es una excepción. Caminando por el barrio judío, los hombres vestidos de negro, con camisas blancas, kipás y los hilos que sobresalen de su manto de oración, tampoco se miraba algo diferente. Todos caminaban rápidamente. De pronto, una escena que no duró más de diez minutos, un hombre se arrodilla y comienza a orar. Sabes que ora, porque su oración se acompaña con el movimiento. Entre el ruido y la prisa de Jerusalén, un hombre detuvo el tiempo, sin vergüenza, no como en ocasiones puede ocurrirnos, que nos persignamos rápido para que otros no vean. Abstraído del mundo, en un diálogo personal, hace de su vida una oración constante.

Foto: Mauricio Fajardo

Kotel, padre e hijo

El Bar Mitzvá es un momento crucial en la vida de todo niño judío. A partir de los 13 años el niño es responsable de su propia fe, puede ser llamado a leer la Torá y también seguirá los 613 mandamientos. Sin embargo para llegar a este punto el niño ha sido preparado: vive la fe de sus padres. La fe se transmite de padre a hijo. El padre emocionado, orgulloso y con amor, ora junto con su hijo en el lugar más sagrado para el judaísmo: el Kotel o Muro de los lamentos. Un momento conmovedor, donde padre e hijo, unidos en un mismo abrazo, en una misma fe, levantan juntos una oración.

Foto: Mauricio Fajardo

¿Qué puedo esperar? Que venga tu Reino

¿Qué puedo esperar? Que venga tu Reino

“Lo veo, aunque no para ahora, lo diviso, pero no de cerca.”

Nm. 24:17

En ocasiones asociamos la espera con el aburrimiento de una sala medianamente iluminada, con un par de revistas hojeadas sin mucha atención y compañeros que aguardan junto con nosotros lo mismo: que la espera se termine.

Es curioso que se piense la espera como un acto pasivo, una especie de limbo temporal del que esperamos salir lo antes posible. Sin darnos cuenta de que la espera no tiene que ser pasiva –sentarse aburrido mirando una pared blanca mientras las manecillas del reloj avanzan lentamente- sino que por el contrario la espera es activa. Todo depende del modo en que espero. Tomando como ejemplo la misma sala, hay una diferencia entre esperar sin hacer nada –perdonando la contradicción- y esperar mientras leo, dibujo, converso con alguien o incluso dormito. Los matices y aburrimiento de la espera dependen de nosotros mismos. 

Cuando esperamos la ansiedad es crucial, pero no el ansia nerviosa que impide pensar, sino la ansiedad de que el momento que esperamos llegue pronto. En esa prontitud  somos aún más conscientes de aquello que esperamos, en lo que hemos puesto nuestra esperanza y del modo en que aguardamos. 

La naturaleza humana está predispuesta hacia la espera: esperamos que algo termine, que empiece, un resultado, las vacaciones, una fecha especial, esperamos a alguien. Cuando la espera se termina e irrumpe en nuestra realidad todo cambia, porque lo que divisábamos ha llegado.

Y vivimos ese momento como si fuera un eterno presente… hasta que llegue la próxima espera. Vivimos esperando que algo ocurra para poder correr hacia la próxima espera. ¿Qué sucede cuando lo que esperamos no llega pronto? ¿O si llega y no es lo que esperábamos? ¿Y si esperamos toda una vida sin que llegue? Siguiendo la pregunta de Kant, ¿qué puedo esperar?


Puedo esperar que venga el Mesías a restaurar la creación, trayendo justicia al mundo y que, al volver todos la vista hacia él, colmada la espera, la Ley se escriba en el interior de los corazones. (Jr. 31: 33) 

Padre e hijo
Foto: Mauricio Fajardo

Para el judaísmo la espera mesiánica es la esperanza del pueblo, a pesar del devenir de las generaciones y del silencio de Dios, de que Hashem intervendrá en su Reino. La figura del mesías puede trazarse desde el comienzo de la monarquía con la espera de un futuro rey. La esperanza por el Mashíaj puede leerse desde el Génesis (49: 10) hasta en profetas como Jeremías, Ezequiel y sobre todo Isaías con el Cuarto canto del Siervo (Is. 52: 13) 

Se puede decir que se trata de un doble Mesías: que es religioso a la vez que político. Aunque las vertientes filosóficas se concentran sobre todo en una interpretación política del mesianismo. El Mesías será un rey, juez y profeta, un hombre  que servirá a Dios aunque no es Dios, por lo que no puede ser adorado, que restaurará la Ley de la Torá para todos los hombres en los corazones, y que comenzará con la tercera reconstrucción del Templo de Jerusalén, por lo que las ofrendas y la casta sacerdotal regresará para dar plenitud al culto. (Ez. 37: 26 -28)

Aunque el Mesías será un hombre importante, el centro es la intervención de Dios. Que se podrá identificar por la reconstrucción del templo, la reunificación de todos los judíos en Israel (Is. 2:4 y 43: 5 -6), una era de paz (Is. 11: 6 -7), el reinado de Dios en todo el mundo (Zac. 14: 9) y la circuncisión del corazón (Jr. 31: 33 -34). Además de eso el Mesías desciende de la dinastía davídica y sobre todo guardará la Torá. La fidelidad de la Ley es lo que permitiría identificar a un falso profeta y por ende falso Mesías (Dt. 13: 1- 6).

Como sucedió con el polémico caso de Sabbatai Zevi, el falso Mesías sefardí, nacido el mismo día de la conmemoración de la destrucción del Templo de Jerusalén, el 23 de julio, pero de 1623 y que fue excomulgado. La comunidad ortodoxa lo miraba con recelo, aunque el autoproclamado Mesías tuvo muchísimos seguidores, incluso tras su conversión al islam, cuando no pudo realizar un milagro frente al sultán.

Rollos de la Torah
Foto: Mauricio Fajardo

El filósofo Maimónides (S. XII) escribió los 13 preceptos de la fe judía, el onceavo afirma: “Yo creo con toda la fe en la llegada del Mesías y, aunque se demore, seguiré aguardándolo hasta que arribe.” Los primeros preceptos son amar y seguir la Ley de Dios, sin embargo, la esperanza de la venida del Mesías es un componente de fe importante. Tanto así que una canción popular de Mordechai Ben David Moshiach toma el principio para cantar: “Y aunque tarde, no importa esperaré por Él. Esperaré todos los días que venga. Creo. Creo con una fe completa en la venida del Mesías.”

Mashiach, Mordechai Ben David

Al terminar el Shabbat y algunas celebraciones como el Pésaj (Pascua), se invita con el canto Eliyahu Hanavi al profeta Elías a unirse al Séder y llenar un vaso de vino para celebrar con ellos. Porque si viene Elías después vendrá el Mesías. 

Eliyahu Hanavi, Dudi Feldman & Sruly Lipschitz

Cuando la Pascua termina se escucha la expresión “el próximo año en Jerusalén!” (L´Shana Haba´ah B´Yerushalayim) Una vez que han rememorado la esclavitud y huida de Egipto, esperan con confianza que el siguiente año puedan celebrar la Pascua en Jerusalén. La frase es una alusión a la era mesiánica. Esperan la restauración que es sobre todo espiritual: esperan al Mesías.

Toda religión tiene diferentes vertientes e interpretaciones. Tanto el cristianismo como el judaísmo tienen diferentes corrientes y existen entre ambos varios puntos de encuentro. Basta decir que la Biblia se compone de los libros de la Torá y el Nuevo Testamento.

Una corriente aún más estrecha es la de los judíos mesiánicos, que, sin dejar de ser judíos, aceptan a Jesús como el Mesías. Como el profesor de Harvard Roy Shoeman que se convirtió del ateísmo al cristianismo tras una experiencia mística. Shoeman cuenta en sus conferencias, que cuando su padre lo visitó y observó los íconos de Jesús y María en las paredes se escandalizó, a lo que respondió con humor y cariño: ellos también son judíos.

La espera es un componente esencial para las religiones. Se espera algo que apenas se divisa. Sin saber en qué momento la irrupción de Dios en la historia acontecerá, que tanto puede ocurrir mañana como en cien o mil años. Sin embargo, es preciso evitar una espera pasiva, por el contrario, se debe esperar activamente, siempre preparados, con las lámparas encendidas y suficiente aceite.

Bar Mitzvá
Shofar
Foto: Mauricio Fajardo

El Adviento es un tiempo de espera, esperamos que simbólicamente Jesús nazca en nuestros corazones, como una renovación de fe. Pero no basta con esperar pasivamente que el símbolo irrumpa en mi vida, sino que es nuestro deber esperar activamente y construir el Reino día con día. No debemos olvidar que también esperamos la segunda venida del Mesías. Que aunque tarde, esperaremos. Y es por ello que no sólo debemos cuestionarnos: ¿qué puedo esperar? Sino también ¿cómo espero? 

En el Talmud está escrito que al morir, una de las seis preguntas a responder con sinceridad es: ¿con cuánta ansia esperaste al Mesías? Una pregunta directa, que debería arrebatarnos de nuestra zona de confort. Porque a esa pregunta hay que responder que no esperamos pasivamente. Divisamos al Mesías que ya viene y no tarda, que nos preguntará directamente ¿cómo me esperaste? 

¿Qué puedo esperar? Que venga tu Reino

La esperanza del Adviento

El adviento es un tiempo de esperanza; no de posesión, sino de espera.

P. Mario Arroyo
Doctor en Filosofía
p.marioa@gmail.com

¿Qué es lo característico del adviento? La esperanza. El adviento es un tiempo de esperanza; no de posesión, sino de espera. Como ya dejó claro Jean Daniélou en su clásica obra, “El Misterio del Adviento”, toda la historia de Israel es una ansiosa espera del Mesías, y toda la historia de la humanidad es una anhelante espera de la segunda venida de Cristo. O, dicho de otra forma, nosotros solos, dejados a nuestras propias fuerzas, no podemos salvarnos, necesitamos un Salvador. El caos en el que recurrentemente recae la humanidad es la prueba fehaciente de este aserto. Lo queramos reconocer o no, abandonados a nuestras fuerzas, una y otra vez hacemos del mundo un lugar tóxico.

Cada año, la cadencia de la liturgia nos invita a reflexionar sobre nuestra vida y nuestro mundo, pensar sobre nuestra precariedad e insuficiencia, de forma que nos volvamos a convencer de nuestra limitación y pequeñez, las cuales gritan nuestra necesidad de Dios. Cada año, al acercarse a su fin el calendario, comienza el ciclo litúrgico con el adviento y su apremiante llamada a la conversión, para estar preparados y recibir a nuestro Salvador.

Aprender a esperar

Esa espera se vive por doble partida. En primer lugar, de forma personal e íntima, para dar paso después a su forma social, histórica e incluso cósmica. La precariedad y limitación del ser comparecen por todas partes. Nuestra propia finitud nos asfixia. La atracción de la oscuridad que parece seducir al mundo se muestra implacable. Ante esa situación se impone una actitud de clamor, de oración sincera y profunda; toda la realidad y todo nuestro ser anhelan al Salvador.

En el plan personal, cada uno sabe cuáles son sus carencias. En ámbito social son patentes, públicas, manifiestas. Y ante ellas experimentamos, muchas veces, como individuos, como sociedad y como Iglesia, una acendrada impotencia. La catarata de desgracias nos deja aturdidos: escándalos, corrupción, violencia. No parece posible atajar el mal; la infección en la sociedad y en la Iglesia parece generalizada, el impúdico drama de la división –tanto en la Iglesia como en la sociedad– resulta obsceno. “Por fuera conflictos, por dentro temores” (2 Corintios 7, 5) diría San Pablo. El abrumador peso del mal nos hace experimentar una amarga impotencia y profunda soledad.

Tal cuadro no es nuevo. Se repite de forma recurrente. “Toda una civilización se tambalea, impotente y sin recursos morales” sentenciaría San Josemaría Escrivá. Pero el panorama, si bien dramático, es en realidad cíclico. La carencia y limitación humana es constante, se repite. Ya en el Antiguo Testamento y en los albores del Nuevo, estaba clara y definida la figura de “los pobres de Yahveh”, “el resto de Israel”, el pequeño grupo, fiel a Dios, que no se había contaminado, rodeado por una generación perdida. Muchas veces, al palpar la universalidad y omnipresencia de la corrupción y la violencia, uno se pregunta, angustiado, si no forma parte de ese “resto de Israel”; si somos quizá demasiado pocos los que formamos parte de “los pobres de Yahveh”, el exiguo resto imperceptible de los que todavía le somos fieles. No puede durar mucho esa incertidumbre, pues también experimentamos, con horror y desasosiego, que luchamos en nuestro interior contra nuestros propios demonios.

Lo mejor de la humanidad intuye que algo tiene que pasar, que solos nos avocamos al abismo, pero que Alguien no permitirá que nos despeñemos. Una y otra vez comprobamos que solos no podemos, una y otra vez en la historia, nuestras utopías se vuelven avernos. Una y otra vez recibimos señales que alimentan nuestra esperanza. Si el clamor en Israel era generalizado en torno al nacimiento de Cristo, sorprende que hasta los paganos lo hayan intuido.

La “Cuarta Égloga de Virgilio” no nos deja mentir:

“La última edad del canto de Cumas ha llegado ya:

El gran orden de los siglos nace de nuevo.

Ya vuelve también la Virgen, vuelven los reinos de Saturno;

ya una nueva progenie es enviada desde el alto cielo.

Tú, al niño que ahora nace –con el que primero la raza

de hierro terminará, y la de oro surgirá en todo el mundo–”

Seguramente alguna revelación se apronta (“Surely some revelation is at hand”)

En “la plenitud de los tiempos” se adivinaba que “algo tenía que suceder”, como en efecto sucedió: Jesús, el Salvador del mundo, llegó. La eternidad tocó el tiempo, se fusionó con Él. Lo humano y lo divino se entrelazaron, se comprometieron, se entreveraron. La humanidad no fue abandonada a su destino. Cada año, al finalizar el año solar y comenzar el año litúrgico, recordamos este maravilloso maridaje entre lo humano y lo divino, proclamamos el carácter real y objetivo de nuestra esperanza: Jesús de Nazaret.

La liturgia del adviento conoce dos momentos, plantea una doble expectativa. La primera parte se caracteriza por anhelar la segunda venida de Cristo. Atisbar el “marana tha” ¡ven Señor Jesús! hacer efectivo ese dramático reclamo de la oración: “venga a nosotros tu reino”. Digamos que el adviento atisba, presiente e intuye la consumación final. El punto omega de la historia, donde definitivamente será borrada de la faz del universo toda huella del mal que ahora lo oprime.

La segunda parte del adviento corresponde con la novena de preparación para la navidad, tan festivamente vivida en nuestra cultura con las posadas, mezcla de fiesta, tradición y piedad popular. En ambos casos, sin embargo, la actitud es la misma: la expectante espera de Cristo, sea para recordar su primera venida, sea para implorar la segunda, momento en el cual el tiempo llega a su fin y las promesas se realizan plenamente.

San Bernardo, en su quinto sermón de adviento, es más magnánimo, y habla de una triple venida de Cristo:

“Sabemos de una triple venida del Señor. Además de la primera y la última, hay una venida intermedia. Aquellas son visibles, pero esta no. En la primera, el Señor se manifestó en la tierra y convivió con los hombres… En la última, todos verán la salvación de Dios y mirarán al que traspasaron. La intermedia, en cambio, es oculta. En ella sólo los elegidos ven al Señor en lo más íntimo de sí mismos, y así sus almas se salvan. De manera que, en la primera venida, el Señor vino en carne y debilidad; en esta segunda, en espíritu y poder; y, en la última, en gloria y majestad. Esta venida intermedia es como una senda por la que se pasa de la primera a la última: en la primera Cristo fue nuestra redención; en la última aparecerá como nuestra vida; en esta, es nuestro descanso y nuestro consuelo.”

Nuestro adviento

En efecto, la primera ya fue, la última no sabemos cuándo será, pero la intermedia corresponde al “hoy” de nuestra existencia, al adviento inminente que nos toca vivir. ¿Cómo nos encuentra  este kairós salvífico? El adviento es un tiempo litúrgico fuerte, que nos apremia a acelerar el paso, a caminar más decididamente en pos de Jesucristo. Es un momento de salvación para todos los cristianos y en cierta forma para la humanidad. Tenemos que estar atentos y expectantes, para poder aprovechar la oferta de gracia que el cielo nos ofrece en esta temporada. El espíritu despierto, el alma en tensión, el corazón puesto en el Señor.

Por ello, sería lamentable que cada año se verificara una simple repetición rutinaria de tradiciones cristianas: corona de adviento, posadas, poner el árbol de navidad y el nacimiento. Podríamos generar un automatismo espiritual malo. Por el contrario, necesitamos ese olfato espiritual que nos induce adivinar y en cierto modo, anticipar, los pasos de Jesús por nuestra vida. Que no seamos otros posaderos indolentes que no han recibido al Creador del universo;  que seamos como los pastores, en vigilia de fe y de amor, testigos de cómo el silencio de Dios se hace presente en el mundo.

“Danos Señor entrañas de misericordia”

A tal efecto, resulta muy útil, para sensibilizarnos espiritualmente, el vivir las obras de misericordia. El adviento es un tiempo por excelencia en el que podemos ser generosos y darnos a los demás. Me viene a la memoria la anécdota de un viejo amigo. Tenía una charla semanal de formación cristiana con sus amigos, todos ellos profesionistas exitosos. En torno a navidad se proponían hacer una obra de misericordia. Uno de los asistentes daba largas para cooperar, hasta que finalmente accedió in extremis, ya agonizante el adviento, el 24 de diciembre por la mañana. Fueron a un albergue de niños huérfanos, cuyos padres habían fallecido de SIDA, a llevar unos regalos de navidad. Al preguntarle a la monja encargada que iban a cenar esa noche, respondió que hasta ese momento no tenían nada. A aquel buen hombre se le enterneció el corazón y compró pollos, para que comieran los ochenta niños del albergue. Al día siguiente le habló a su amigo, el que lo había invitado, diciéndole, palabras más, palabras menos, que era la mejor navidad de su vida, pues por primera vez no se le había atragantado el pavo a media noche, porque había hecho algo meritorio para vivir la navidad.

Las obras de misericordia, la oración y las privaciones voluntarias permiten que nuestro espíritu esté expectante, despierto para descubrir el paso de Dios por nuestras vidas, y captar las señales esperanzadoras del adviento, que nos recuerda, una vez más, que no estamos solos, y que Dios no nos abandona a nosotros, a la Iglesia y a la humanidad a nuestro destino; sino que con paciente espera recorre el camino con nosotros, mostrando a sus amigos las señales de su presencia. Quiera Dios que este adviento nos encuentre preparados y podamos discernir las señales en nuestro interior, señales de nuestra sintonía con el Salvador.

MDNMDN