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Protagonistas del Adviento: la Virgen

Protagonistas del Adviento: la Virgen

No resulta sencillo escribir sobre la Virgen María. Quizá pueda explicarlo con una anécdota: hace años en un kínder pidieron a los niños que dibujaran a su familia. Un niño dibujó a todos los de su casa, menos a su mamá. La psicóloga del kínder, alarmada, llamó a sus papás a cita, temiendo algún maltrato, algún problema familiar o trauma en el niño. Al preguntarle, con gran delicadeza, por qué no había dibujado a su mamá, respondió con desarmante sencillez: “es que mi mamá es muy bonita y yo dibujo muy feo”. Algo así sucede cuando tenemos que escribir sobre nuestra Madre, pero no queda otro remedio, pues Ella es el personaje central del Adviento, ya culminante.

Una clave para abordar el misterio de María en el Adviento es servirnos de los “prefacios de adviento” (el “prefacio” es una oración de la Misa, que de algún modo expresa el significado de la celebración particular del día). Así, uno de ellos, quizá el más utilizado en los días previos a Navidad, dice lacónicamente lo siguiente: “A quien todos los profetas anunciaron, la Virgen esperó con inefable amor de madre, Juan lo proclamó ya próximo y señaló después entre los hombres”. ¿Cómo quisiéramos esperar la venida de Jesús? Como la Virgen: “con inefable amor de madre”. Lo que pedimos humildemente a Dios estos días, es que colme nuestro corazón de amor a Jesús, porque quisiéramos, por un imposible, amarlo como Ella. Sólo el amor es la respuesta proporcionada de la creatura a su Creador, y quisiéramos que nuestro corazón rebose de él estos días.

Ahora bien, de hecho, hay un prefacio de adviento enteramente dedicado a la Virgen. El prefacio de adviento IV, titulado: “María, nueva Eva”, que ofrece, en un contexto más amplio, una panorámica de la misión de la Virgen en la trama de la redención. Vale la pena recoger por extenso el texto de esa oración:

“En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
alabarte, bendecirte y glorificarte
Señor, Padre Santo,
Dios todopoderoso y eterno,
por el misterio de la Virgen Madre.

Del antiguo adversario nos vino la ruina,
pero en el seno virginal de la hija de Sion recibió la vida
aquél que nos nutre con el pan de los ángeles,
y surgieron para todo el género humano
la salvación y la paz.

La gracia que perdimos por Eva nos fue devuelta en María;
su maternidad redimida del pecado y de la muerte,
se abre al don de una vida nueva,
para que, donde abundó el pecado sobreabundara tu misericordia
por Cristo, nuestro Salvador”.

Son varios los acentos mariológicos en esta oración, que pueden servirnos para encauzar nuestra oración y piedad durante estos días. En primer lugar, agradecer a Dios, fuente de todos los bienes, de todos los dones, por el don eximio de la Virgen: “alabarte, bendecirte y glorificarte por el misterio de la Virgen Madre”. María es “la joya de la corona de Dios”, “el buque insignia de la creación”, “la obra maestra del Creador”. Nada hay superior, en todo lo creado por Dios, que la Virgen (si exceptuamos la Humanidad Santísima de Cristo, ahora viviente en el seno de María). Ella, por especial privilegio, engloba los dos dones que Dios ha concedido, por especial privilegio, a la mujer: la maternidad y la virginidad. En esa “paradoja biológica”, que escandaliza a muchos descreídos, está significada la particular predilección de Dios por la Virgen.

En su “seno virginal recibió la vida” Jesús. “Aquel que nos nutre con el pan de los ángeles, y surgieron para todo el género humano la salvación y la paz”. Para decirlo más simplificadamente, los más grandes bienes nos han venido de la Virgen; de su seno brota “la salvación y la paz”, la Eucaristía, Jesús. Y, en palabras del Papa Francisco: “la gran bendición de Dios es Jesucristo, es el gran don de Dios, su Hijo. Es una bendición para toda la humanidad, es una bendición que nos ha salvado a todos. Él es la Palabra eterna con la que el Padre nos ha bendecido «siendo nosotros todavía pecadores» (Romanos 5,8) dice san Pablo: Palabra hecha carne y ofrecida por nosotros en la cruz”.

“La gracia que perdimos por Eva nos fue devuelta en María… para que, donde abundó el pecado sobreabundara tu misericordia”. Es bonito ver cómo la oración litúrgica parafrasea a san Pablo: “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Romanos 5, 20). El paralelismo entre la gracia y la misericordia es consolador. Hallar gracia equivale a hallar misericordia, recibir gracia a recibir misericordia. Y María es ambas cosas: “Madre de Gracia” y “Madre de Misericordia”. También en la Virgen se verifica un doble paralelismo teológico: Eva y María, por un lado; La Virgen y la Iglesia, por otro. Para comprender mejor el “misterio de María”, podemos servirnos de las figuras de Eva y de la Iglesia.

Con el fin de ejemplificar la profunda y mística relación entre María y la Iglesia nos servimos de una de las lecturas hagiográficas de la Liturgia de la Horas, en este tiempo de adviento:

“Cristo es, pues, uno, formando un todo la cabeza y el cuerpo: uno nacido del único Dios en los cielos y de una única madre en la tierra; muchos hijos, a la vez que un solo hijo. Pues, así como la cabeza y los miembros son un hijo a la vez que muchos hijos, así mismo María y la Iglesia son una madre y varias madres; una virgen y muchas vírgenes. Ambas son madres y ambas son vírgenes; ambas concibieron sin voluptuosidad por obra del mismo Espíritu; ambas dieron a luz sin pecado la descendencia de Dios Padre. María, sin pecado alguno, dio a luz la cabeza del cuerpo; la Iglesia, por la remisión de los pecados, dio a luz el cuerpo de la cabeza. Ambas son la madre de Cristo, pero ninguna de ellas dio a luz al Cristo total sin la otra. Por todo ello, en las Escrituras divinamente inspiradas, se entiende con razón, como dicho en singular de la Virgen María lo que en términos universales se dice de la virgen madre Iglesia, y se entiende como dicho de la virgen madre Iglesia en general lo que en especial se dice de la Virgen Madre María; y lo mismo si se habla de una de ellas que de la otra, lo dicho se entiende casi indiferente y comúnmente como dicho de las dos… En el tabernáculo del vientre de María habitó Cristo durante nueve meses; hasta el fin del mundo vivirá en el tabernáculo de la fe de la Iglesia; y, por los siglos de los siglos, morará en el conocimiento y en el amor del alma fiel” (Beato Isaac de Stella, abad).

Para comprender este texto se necesita conocer la doctrina paulina de la Iglesia como Cuerpo de Cristo. De hecho, una de las definiciones bíblicas de la Iglesia, retomadas primero por el Venerable Pío XII en su Encíclica Mystici Corporis Christi y más tarde por el Concilio Vaticano II en su Constitución Dogmática Lumen Gentium, es “Cuerpo de Cristo”. En este “Cuerpo” la Cabeza sería el mismo Jesús, nacido de María; los miembros de este Cuerpo somos todos los bautizados, hijos de la Iglesia. Un desarrollo de la teología paulina al respecto será la doctrina de san Agustín del “Cristo Total, Cabeza y miembros”. El Cristo Total es la Iglesia, teniendo por Cabeza a Cristo y bajo la Cabeza a todos los fieles de la Iglesia. Por eso se puede decir, como se proclamó al final del Concilio Vaticano II, que María no es sólo “miembro de la Iglesia”, en cuanto salvada por Cristo, sino que también es “Madre de la Iglesia”, en cuanto Madre de Jesús.

Para explicar el paralelismo entre María y Eva nos serviremos de otro texto de la Liturgia de las Horas o Breviario, que se puede leer en las memorias de la Virgen: “Por medio de María hemos nacido de una forma mucho más excelsa que por medio de Eva, ya que por María ha nacido Cristo. En vez de la antigua caducidad, hemos recuperado la novedad de vida; en vez de la corrupción, la incorrupción; en vez de las tinieblas, la luz” (San Aelredo abad). Es decir, gracias a Eva nacimos, pero también por ella morimos. En cambio, gracias a María vivimos y viviremos eternamente. Eva es madre de los vivos que mueren, María en cambio es Madre de los que vivirán eternamente.

Por último, sólo señalar, con otro prefacio, el Prefacio IV de la Virgen, que “María brilla en nuestro camino, como signo de consuelo y firme esperanza”. El adviento es, sin duda, tiempo de esperanza, pero también de consuelo. ¿Consolarnos de qué? De los males del mundo, de la Iglesia y en nuestra propia vida. Por eso, podemos hacer nuestro el consejo de san Bernardo, cuando nos encontremos en medio de las tormentas de la vida, de la parte de la historia que nos toca ser protagonistas: “mira a la Estrella, mira a María”.

Rezar la Iglesia

Rezar la Iglesia

A quienes amamos a la Iglesia, considerándola nuestra Madre en la fe y Esposa de Cristo, no puede sino producirnos una profunda desazón y abatimiento la situación por la que ahora está pasando. La crisis es múltiple, conoce diversos frentes: desde la abierta persecución en diversos puntos del globo, como Nigeria o Nicaragua, hasta la solapada persecución que sufre en diversas democracias laicistas, como Francia o España. A ello se une la dolorosa crisis de la pedofilia clerical, una herida que no hemos acabado de limpiar. Pero, junto a estos escenarios, ya de por sí tétricos, se complica más el panorama por la crisis interna que sufre en la propia jerarquía o autoridad sagrada: la sorda y solapada confrontación entre sus pastores. La Iglesia padece un sisma de facto que la desgaja en tres grupos. Simplificando un poco el cuadro, están conformados por los obispos alemanes liberales, por un lado, los obispos conservadores estadounidenses, como el recientemente depuesto Joseph Strickland, pero también de otras partes del mundo, como Mons. Athanasius Schneider, obispo auxiliar de Astana, Kazajstán, por otro y, en medio, la Iglesia apiñada en torno a Francisco.

Muchas veces, además, el núcleo “apiñado” en torno a Francisco, no entiende algunas de sus decisiones de gobierno, su modo personal de dirigir a la Iglesia, que en ocasiones siembra desconcierto y confusión, por la ambigüedad que expresan algunos documentos pontificios. Tal es el caso, por poner ejemplos recientes, de la posibilidad de dar la comunión a divorciados vueltos a casar, que tienen una vida sexual activa con su nueva pareja, y que después de un determinado acompañamiento espiritual, pueden ellos discernir, bajo el consejo de un sacerdote como asesor espiritual, acercarse a la comunión. O, la posibilidad o no, de que parejas gay sexualmente activas y transexuales activos, puedan recibir el sacramento del bautismo, ser padrinos y testigos de un matrimonio sacramental. La redacción del texto oficial de la Congregación para la Doctrina de la Fe es lo suficientemente confusa como para que quepan las dos posibilidades: sí o no. Sin embargo, a pesar de estas piedras puestas en el camino de la fe del Pueblo de Dios, muchos decimos, parafraseando a san Pedro: “Señor, ¿a quién iremos?” Somos conscientes de que la Iglesia no puede estar sin el Papa, y que sin el Papa no somos nada -católicamente hablando-, de forma que, aunque no entendemos, creemos, y eso nos lleva a rezar más por Francisco.

Las declaraciones recientes, de dos prominentes eclesiásticos, que gozan de un gran liderazgo espiritual en el seno de la Iglesia, expresan cabalmente lo complicado de la situación. Quizá la más escandalosa sea la del Cardenal Gerhard Ludwig Müller, quien fuera Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y editor de las Obras Completas de Ratzinger, al afirmar que Francisco “ya ha pronunciado muchas herejías materiales”. Lo dijo durante una entrevista publicada en LifeSiteNews, que rápidamente fue sacada de circulación. Pocos días antes, en First Things, otra importante revista religiosa norteamericana, el mismo Cardenal Müller explicó que en caso de que el Papa cometiera una herejía formal, quedaría automáticamente privado de su cargo, apoyándose en una referencia de san Roberto Belarmino, doctor de la Iglesia y jesuita, como el Papa.

Por su parte, el cardenal Robert Sarah, importantísimo autor espiritual de la Iglesia contemporánea, sostuvo recientemente, durante la presentación del libro “Credo: Compendio de la fe católica” de Athanasius Schneider, que “la crisis de la Iglesia ha entrado en una nueva fase: la crisis del Magisterio”. El resultado de esta crisis es desolador: “confusión, ambigüedad y apostasía. Gran desorientación, profundo desconcierto e incertidumbre devastadoras han sido inoculadas en el alma de muchos creyentes cristianos”. El panorama, como se ve, no puede ser más desesperanzador.

Ante una situación así, ¿qué hacer? Creo que una salida válida y eficaz consiste en mirar la historia bimilenaria de la Iglesia, que es también historia de salvación. Eso permite sopesar los acontecimientos con una perspectiva histórica amplia, con “visión de eternidad”. Y, dentro de ella, mirar particularmente el ejemplo de los santos. Dos me parecen particularmente relevantes en el presente contexto histórico: santa Catalina de Siena y san Josemaría Escrivá, pues ambos vivieron en un tiempo de profunda crisis eclesial y nos brindan ejemplo de cómo vivirla ahora.

La Iglesia en época de santa Catalina no podía estar peor. El Papa vivía en Aviñón, había abandonado Roma y estaba bajo el control del rey de Francia. Ella intercede para que vuelva a Roma -contra el parecer de la mayoría de los cardenales, que eran franceses-, al poco muere, y se realizan simultáneamente dos cónclaves, los cuales eligen a dos Papas distintos: había comenzado el “Cisma de Occidente”. Para la santa el panorama resultaba desolador: había rezado toda su vida por la vuelta del Papa a Roma, y cuando lo consigue, al poco tiempo, se encuentra con una situación peor: ¡hay dos Papas! Cabe decir, además, que esa situación de confusión afectó a toda la Iglesia, habiendo santos que apoyaban a uno y otros que apoyaban a otro. Así, el Papa auténtico para Santa Catalina no lo era para san Vicente Ferrer, ambos vinculados a la orden dominicana, por cierto.

En ese contexto, ¿cuál era la actitud de la santa? Son suficientemente explícitas las palabras de su “Diálogo” (con Dios Padre): “Dulce Señor mío, vuelve generosamente tus ojos misericordiosos hacia este tu pueblo, al mismo tiempo que hacia el Cuerpo Místico de tu Iglesia; porque será mucho mayor tu gloria si te apiadas de la inmensa multitud de tus criaturas, que si sólo te compadeces de mí, miserable, que tanto ofendí a tu Majestad. Y, ¿cómo iba yo a poder consolarme, viéndome disfrutar de la vida al mismo tiempo que tu pueblo se hallaba sumido en la muerte, y contemplando en tu amable Esposa las tinieblas de los pecados, provocadas precisamente por mis defectos y los de tus restantes criaturas?” (Diálogo 4, 13).

Es decir, en un contexto de mucho mayor división que el actual, la actitud de la santa fue rezar y esperar. El problema se solucionó con el tiempo, aunque no le tocó a ella verlo en vida. Otro santo que rezó intensísimamente por la Iglesia, en un momento de particular crisis: el postconcilio del Vaticano II, fue san Josemaría. Con esa inquietud en el corazón acudió a multitud de santuarios marianos a pedir por la Iglesia, particularmente a la Basílica de Guadalupe, en México, donde realizó una novena. En ese contexto acuñó una expresión espiritual muy rica: “me duele la Iglesia”. Tampoco le tocó a él ver el final de la crisis postconciliar. Fue necesario el pontificado de san Juan Pablo II -un Papa profundamente mariano-, para calmar las aguas y que las cosas volvieran a su cauce.

Otro momento de crisis , descrito admirablemente por san John Henry Newman, fue la cuestión arriana de la Iglesia durante el siglo IV. Hubo épocas, durante ese siglo, en el que la mayoría de los obispos eran arrianos -es decir, herejes-, mientras el contenido auténtico de la fe era conservado por el pueblo fiel. Por eso se comenzó a considerar la fe del pueblo creyente como “lugar teológico”, es decir, testigo de la auténtica fe, que en determinadas circunstancias pueden no tenerla clara los mismos pastores de la Iglesia.

Estos ejemplos nos permiten conservar la auténtica fe, teniendo claro que la unión con el Papa y la devoción a María -ambas realidades forman parte del contenido de la fe del pueblo creyente-, garantizan nuestra permanencia en la auténtica fe de Cristo, en la auténtica Iglesia de Jesús. ¿Y cuál es la actitud que debemos adoptar? La de santa Catalina y san Josemaría: orar y esperar; “rezar la Iglesia”.

Dr. Salvador Fabre

masamf@gmail.com


Cristo y la nada plenificada

Cristo y la nada plenificada

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Para Jorge Rodriguez Martínez, in memoriam

Pareciera que mirar al Crucifijo es mirar a la nada: al despojo y al triunfo del vacío que es la muerte. La idea de la muerte de Dios no es nietzscheana. Al contrario, Nietzsche sabía muy bien que el origen de este pensamiento está en la experiencia cristiana. Ratzinger también defendió que la experiencia de la nada en la muerte de Dios está enraizada en la relación que el cristiano tiene de Dios en la contemplación del Crucificado. (La angustia de una ausencia, 2006)  ¿Cómo comprender la nada de la muerte de Cristo? ¿Cómo, si no es razonable, a lo menos acercarse a esta experiencia de un vacío en el que Cristo se sumerge? La reflexión filosófica puede ser una herramienta para contemplar el misterio (no así para resolverlo, sino vivirlo).

Se puede proponer que hay dos tipos de nada: la nada del vacío y la Nada soberana. Por una parte, la nada de la vaciedad, o la nada vacía, se ha pensado desde la antigüedad como la oposición a la realidad experimentable en el ámbito del ser o del mundo. Justamente la oposición entre la plenitud de las cosas naturales y su ausencia, dinamizada en los ciclos de los elementos llevó a los filósofos presocráticos a poner las bases de la metafísica. El mundo es de modo inestable, y por ser, su estructura se opone a la nada, que se piensa como lo que no es. Lo ente es, de modo trascendental y estable.

Se opone de modo óptimo a la nada. Esta doble noción de nada se refiere a la ausencia de algo, ya sea inestable o estable. Pero siempre va en contraposición o correlato de algo que es. Esta nada es la del vacío. Por ejemplo: un cajón que debería de tener un libro, pero no lo tiene, tiene nada, porque se nota la ausencia del libro. El mejor exponente de esta propuesta es Parménides, quien incluso llegó a pensar que sólo hay ser y entidad, y que la nada sólo es una imagen en nuestra mente. Aristóteles continuó en esta línea, pues pensaba que toda la naturaleza está llena de entidad, y que la nada, como vaciedad, es un concepto en la mente. El ser humano experimenta el miedo a la nada vacía cuando contempla la fragilidad de su propia vida y asoma por el abismo de la muerte, en pobreza existencial.

Por otra parte, está la Nada del Absoluto o Nada soberana. Esta es una de las grandes conquistas de la filosofía clásica. Sobre todo, es un trofeo obtenido por Plotino y sus seguidores. Las escuelas anteriores habían pensado en la nada como la negación del ser. Esto es, como una categoría aristotélica que, por default, por falta, está vacía de ser. Pues, como se dijo, Aristóteles concibe a la negación como la manifestación lingüística de la ausencia de una substancia. (Metafísica, IV, 7).

De este modo, Aristóteles se acerca a la nada a través de la negación de una substancia, como categoría del pensamiento.  Sin embargo Plotino profundiza su exploración sobre la nada y ahonda más allá de las categorías aristotélicas. Fue Platón quien comenzó a postular esta paradoja en República VI, 22, donde se dice que el principio de las cosas que son está más allá de la substancia. Por su parte, en las Enéadas III, 8, Plotino, el filósofo de Licópolis, explica esta como una de las mayores y mejores paradojas de todo el pensamiento occidental: que el bien sumo está más allá del ser y de las categorías de substancia o accidente. Esto significa que el sumo bien está por encima de la existencia y más allá de sus categorías. El sumo bien vive en una nadeidad no porque sea la ausencia de una realidad, sino porque no es ninguna de las cosas y porque, más bien, es causa de todas ellas. Plotino lo dice así:

“Mas si alguno pensase que aquél es el Uno mismo a la vez que todas las cosas, será según eso, o todas las cosas una a una o todas juntas. Pues bien, si es todas las cosas agrupadas juntamente, será posterior a todas; pero si es anterior a todas, todas serán distintas de él y él de todas. Por otra parte, si es a la vez él mismo y todas las cosas, no será el principio; ahora bien, es preciso que él mismo sea el principio y que exista antes que todas las cosas para que todas existan también a continuación de él. Pero si es todas las cosas una a una, en primer lugar, una cualquiera será idéntica a cualquier otra; en segundo lugar, aquél será todas las cosas juntas y no hará distinción de ninguna. De este modo, la conclusión es que no es ninguna de todas las cosas, sino anterior a todas.”

Enn. III, 8, 9, 45 – 58.

El sumo bien, que Plotino identifica con el Uno, también se puede pensar como Dios. Ninguna cosa se identifica con el Uno. Él no es cosa, en un contexto concreto, ni en contingencia, sino que vive como la causa del ser y de las cosas y, misteriosamente, está en todas ellas, pero no es una de ellas. En este sentido se puede pensar que Plotino piensa en la vida del Uno y sumo bien más allá del ser como una Nada soberana, porque vive de modo absoluto, incondicionada y libre de las categorías del ser y de la substancia. Con esto podríamos decir que Dios no está atado a las categorías del ser, y mucho menos a las categorías de nuestra imaginación o expectativas. Incluso desde la filosofía, acercarse al misterio de Dios es aprender a usar el lenguaje de las paradojas y del asombro.

Platón y Aristóteles. Escuela de Atenas, Rafael Sanzio.

Antes de la aparición de Cristo en el mundo, la filosofía antigua contemplaba estas paradojas mencionadas. Pero con el crecimiento del cristianismo, luego de la aparente derrota de la Cruz, las meditaciones paradójicas sobre la Nada soberana se convirtieron en una poderosa herramienta para esclarecer la doctrina cristiana. ¿Qué predica el cristianismo? Que Cristo es Dios, que murió en el dolor y la ignominia y que volvió a la vida con su Resurrección. Ahora bien, si Cristo es Dios y hombre -al mismo tiempo- y Cristo muere, eso significa que Cristo se sumerge en el abismo de la aniquilación que tanto tememos los hombres. Esto es, Cristo, como Dios, no es cosa, y vive en la soberanía absoluta como principio de la substancia, en trascendencia y plenitud, pero se sumerge en la nada vacía de nuestra fragilidad humana, con la que nos puede plenificar. Aparece aquí uno de los misterios del cristianismo por la que somos unidos a Dios: en Cristo se encuentran dos Nadas, la Nada soberana de su divinidad absoluta, plena, feliz y trascendente, que no es ninguna cosa, que se abaja a la nada nuestra, de vaciedad y contingencia, para llenarla con su presencia solidaria que abre las puertas de la vida verdadera y eterna. Ratzinger lo expresaba así:

“Porque esto es el sábado santo: el día en que Dios se oculta, el día de esa inmensa paradoja que expresamos en el credo con las palabras «descendió a los infiernos», descendió al misterio de la muerte. El viernes santo podíamos contemplar aún al traspasado; el sábado santo está vacío, la pesada piedra de la tumba oculta al muerto, todo ha terminado, la fe parece haberse revelado a última hora como un fanatismo. (…) Tengamos en cuenta que la muerte no es la misma desde que Jesús descendió a ella, la penetró y asumió; igual que la vida, el ser humano no es el mismo desde que la naturaleza humana se puso en contacto con el ser de Dios a través de Cristo. Antes, la muerte era solamente muerte, separación del mundo de los vivos y –aunque con distinta intensidad– algo parecido al «infierno», a la zona nocturna de la existencia, a la oscuridad impenetrable. Pero ahora la muerte es también vida, y cuando atravesamos la fría soledad de las puertas de la muerte encontramos a aquél que es la vida, al que quiso acompañarnos en nuestras últimas soledades y participó de nuestro abandono en la soledad mortal del huerto y de la cruz, clamando: «¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?».

La angustia de una ausencia, 2006.

Podemos ver que la Nada supersubstancial, que no es ninguna cosa, sino que vive de manera inefable, perfecta, feliz, y misteriosa para nosotros, llena nuestro vacío humano que es ausencia. No es que Cristo no sea nada, o que no sea real, sino que, al ser el principio de la realidad, “el Logos por quien todas las cosas fueron hechas” (Jn, 1, 3), se solidariza con los hombres y llena su nada vacía con la plenitud de su soberanía supersubstancial y principial, que no es comparable con ninguna cosa contingente del mundo.

El texto donde mejor se muestra cómo Cristo llena el vacío de la nada humana contingente con su soberanía supersubstancial es el famoso himno cristológico de San Pablo en Filipenses 2, 6-11. San Pablo, como judío de cultura helénica, estaba al tanto de las grandes autoridades del pensamiento griego. Habla como Píndaro sobre los juegos. Conoce la filosofía estoica. Ha oído hablar de poetas sagrados como Homero, Hesíodo y Orfeo. Conoce de lógica y retórica. También conocía sobre la filosofía platónica, y griega en general, y comenzó a usar sus términos para aclarar mejor la Sagrada doctrina. El himno cristológico de Filipenses contiene multitud de términos filosóficos como morfé; forma, yparjo; existir, y kénosis; vacío, etc. Todos estos términos son usados para aclarar cómo Cristo, siendo el principio de las entidades, plenifica el vacío humano con su presencia. El himno dice así:

“Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo: El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús -toda rodilla se doble- en los cielos, en la tierra y en los abismos, -y toda lengua confiese- que Cristo Jesús es SEÑOR para gloria de Dios Padre.”

Flp, 2, 5 – 11, Biblia de Jerusalén.

El himno cuenta y alaba el hecho del vaciamiento (kénosis) de Cristo de su forma de Dios para tomar la forma de siervo humano. Hecho como los hombres, y ya exaltado, abrió para ellos la posibilidad de experimentar la plenitud de la vida. Como el Solidario, Cristo deja la soberanía de no ser ninguna cosa, sino el principio de todas, y llena con su presencia el vacío de la nada humana pobre, y le comunica la vida de su soberanía supersubstancial, que es vida eterna, perfecta y feliz. Es así que Cristo llena nuestros vacíos, existenciales y diarios, con su presencia. Ser cristianos implica siempre vivir maravillado de cara a esta paradoja hermosa, en la que Cristo, tan lejano, se hace el más cercano; y tan trascendente se hace el más inmanente.

Señores de la vida y de la muerte

Señores de la vida y de la muerte

Parece que los jueces británicos gustan de excederse en sus atribuciones, considerándose una especie de “oráculo”, con capacidad de decidir quién debe vivir y quién no. Una vez más, como hace 5 años sucediera con Alfie Evans, han determinado que la bebé de ocho meses, Indi Gregory, debe morir. Es lo mejor para ella -dicen-, y ellos son los únicos capacitados para determinar qué es lo mejor para la menor. No importa que los padres de la bebé no estén de acuerdo, ni siquiera que se le haya ofrecido tratamiento en el Hospital Bambino Gesú del Vaticano y que le fuera concedida la nacionalidad italiana por Giorgia Meloni, para poder ser atendida en ese país.

De hecho, los jueces tomaron esa posibilidad como una especie de insulto. El juez Peter Jackson consideró que la idea de que las autoridades italianas estaban en mejores condiciones de determinar los intereses del bebé era completamente errónea. ¡Claro, lo mejor para la bebé es morir! ¿qué duda cabe? No importa que los padres no piensen así, ni los médicos del Hospital Bambino Gesú. No sólo eso: la bebé debe morir en el hospital, ni siquiera se autorizó a los padres a llevarla a su casa, mucho menos a sacarla del país. Y ¡vaya que los atribulados padres hicieron la lucha! Acudieron primero al Tribunal de Apelaciones de Londres y después al Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo, Francia, con la intención de revocar la decisión, sin obtener mayor éxito.

Ahora bien, lo que está claro —a mi humilde entender—, es que los tribunales se están excediendo en lo que a sus atribuciones se refiere. Con esa serie de decisiones y de negativas a las sucesivas apelaciones de los padres, no parecen formar parte de una democracia europea del primer mundo, sino de una república totalitaria. Con el mayor desparpajo han eliminado, de un plumazo, el derecho de los padres a la patria potestad de sus hijos; a decidir qué es lo mejor para ellos; a buscar todas las maneras posibles de beneficiarlos. En lugar de tomar su lugar, establecido claramente por el principio de subsidiariedad, se han arrogado la suprema autoridad sobre Indi Gregory, despojando a sus padres Dean Gregory y Claire Staniforth, de un derecho que les compete por naturaleza a ellos. Los padres son los responsables de los hijos; quienes los han traído al mundo; quienes velan por su alimentación; salud y educación, requiriéndose los servicios del Estado sólo de manera subsidiaria, en aquellos aspectos que los padres no puedan atender directamente, o a falta de los mismos.

Lo triste del caso es que los jueces no están dispuestos a considerar su arbitraria decisión. No les importa el grave incómodo de los padres, les tiene sin cuidado el que otro hospital se haya ofrecido para atender a la bebé. No, la bebé, sí o sí, debe morir, es lo mejor para ella, porque ellos lo han decidido así. ¿Cabe imaginar mayor prepotencia y abuso del poder? Si el Queen’s Medical Center de Nottingham ha dicho que no puede hacer más por la niña, el Hospital Bambino Gesú, le abrió sus puertas. Si no tenía futuro en Gran Bretaña, Italia le quería dar otra oportunidad, concediéndole incluso la nacionalidad, para hacerlo todo en regla.

Los jueces negaron a los padres la posibilidad de llevar a su hija a Roma. ¿Con base en qué derecho te despojan de la capacidad de llevar a tus hijos a donde quieras? ¿Con qué sustento jurídico pueden impedirte acudir a otros médicos, cuando unos han reconocido que no pueden hacer más? ¿Por qué no pueden, ni siquiera, llevar a su hija a su hogar? ¿Eso es propio de un “Estado de Derecho”? Simplemente el estado británico despojó de sus derechos a los legítimos padres, y dictaminó, unilateral y absolutamente, que la niña debe morir y no se le deben dar más tratamientos.

No se trata, ni siquiera, de un caso de eutanasia. Se suele afirmar, eufemísticamente, que la eutanasia supone la consagración de la capacidad de autodeterminación del ser humano. Implica, en consecuencia, que el interesado quiera morir y lo exprese repetidas veces de modo incontrovertible: esa es su voluntad definitiva. El caso de Indi Gregory se parece más a una condena a muerte, que a una eutanasia. Ella, obviamente, no puede expresar su deseo de morir. Los responsables naturales de ella, sus padres, no quieren que muera y desean buscar otras opciones; opciones que encuentran, pero los jueces, arbitrariamente, les impiden acceder a ellas, y condenan, sin apelación posible, a morir a la bebé. Ante casos como este uno se pregunta, ¿de qué nos sirve entonces el ordenamiento jurídico?

Dr. Salvador Fabre

masamf@gmail.com

Rezar por el Papa

Rezar por el Papa

A todo el mundo católico nos sorprendió la intención de oración del Papa para este mes de noviembre: él mismo. La intención de la “Red Mundial de Oración del Papa” es el Papa mismo, y se ha dado a conocer, como sucede habitualmente, a través del simpático “video del Papa”. En su mensaje, Francisco explica que no por ser Papa deja de ser humano, y da a entender que cae sobre sus hombros un enorme peso que él no puede llevar en solitario. Necesita, por el contrario, del apoyo de la oración del pueblo fiel, que le da fuerzas y le ayuda a discernir en cada momento qué es lo que Dios quiere.

Al ver, asombrado, el breve pero emotivo video, me sorprendieron particularmente dos cosas de su mensaje. La primera es que pide “ser juzgado con benevolencia”. Que lo miremos con benevolencia. En realidad, no es nuestro papel juzgar a nadie, menos al Papa, Vicario de Cristo en la Tierra. Pero pide que lo miremos benévolamente o, dicho de otra forma, que le otorguemos habitualmente el beneficio de la duda. El Papa, en principio, quiere lo mejor para la Iglesia y para el mundo, y goza de una especial asistencia del Espíritu Santo, confiemos en él. Es verdad que es un hombre como nosotros, y por eso mendiga la oración de pueblo fiel, que en realidad tiene el gozoso deber de rezar por sus pastores, especialmente por el Papa, sea quien sea, hoy es Francisco.

El segundo detalle, que no deja de translucir una pisca de humor, lo constituye el final de su mensaje, cuando lacónicamente dice: “recen por mí. A favor”. Me traía a la memoria una anécdota de la fe sencilla, pero a veces poco ilustrada del pueblo: en una ocasión, en los Andes peruanos, una sencilla indita fue con el cura del pueblo a pedir “una misa de daño” contra otra persona. Es decir, hay que rezar por el Papa, pero no para que se muera pronto, sino para que guíe la Iglesia bajo el impulso del Espíritu Santo, y para que, haciéndolo, Dios lo haga santo.

Las dos peticiones: la benevolencia y rezar a favor del Papa, traslucen una idea de fondo que es basilar en la fe: la unidad o, como dirían los teólogos, “la eclesiología de comunión”. Es decir, muchas veces lo más importante es estar unidos; la unidad prima tantas veces sobre la eficacia, o incluso la razón. En la Iglesia sucede como en los matrimonios: lo importante no es quien tenga la razón, sino estar unidos. Y el Papa es el vínculo visible de la unidad; es decir, sin el Papa, no somos nada, espiritualmente hablando, aunque, hipotéticamente, “tengamos la razón”.

Se comprende entonces cómo la fuerza de la Iglesia es la oración, así como el carácter sobrenatural de la misma. Nos unen vínculos sobrenaturales muy fuertes, la comunión de los santos, que proclamamos cada domingo al rezar el Credo en Misa. Frente a los críticos de Francisco -que no son pocos- en esta actitud se trasluce su marcado sentido sobrenatural y su profunda humildad. Así, de la misma forma que nosotros sin el Papa, no somos nada, católicamente hablando; de igual manera, el Papa, no puede nada sin la fuerza espiritual que le aporta el “santo pueblo de Dios”, como le gusta llamar a la Iglesia. Su petición trae a mi memoria, inevitablemente, un gesto semejante de un santo de nuestro tiempo, san Josemaría Escrivá. Con mucha frecuencia solía terminar las reuniones con públicos más o menos numerosos, pidiendo la limosna de la oración, con una expresión semejante a la de Francisco: “rezad por mí. Para que sea bueno y fiel”. Francisco, al igual que san Josemaría, se encuentran entonces en la misma “longitud de onda” sobrenatural. Es una forma concreta de refutar a los que acusan a Francisco de convertir la Iglesia en una ONG, olvidando su carácter sobrenatural.

Para los fieles cristianos resulta un componente indispensable de nuestra unión con Dios la oración por el que hace cabeza, por el Papa. Cristo, María, el Papa, son los grandes amores del cristiano; no sólo se trata de rezar, sino también de querer, más incluso, de amar. Además, como se deja entrever por lo urgente del mensaje de Francisco, es una necesidad. La fuerza de la Iglesia, al fin y al cabo, no es otra que la fuerza de la oración. Por eso, a pesar de que pudiéramos pensar que hay otras cosas más urgentes por las cuales rezar, y que muy bien podrían ser la intención del Papa para este noviembre, como la paz en Tierra Santa o en Ucrania, Francisco ha preferido que rezáramos por él, para catequizarnos en nuestros deberes de piedad filial, y para que la oración de Francisco, por esas y otras causas urgentes, como el problema de la migración o la crisis ecológica, tengan la fuerza de la oración de toda la Iglesia en unión a su pastor.

Dr. Salvador Fabre

masamf@gmail.com

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