Generic selectors
Exact matches only
Search in title
Search in content
Post Type Selectors

Las armas que nos rodean

Por Ulises Vargas

Entérate de SPES en Telegram:
https://t.me/spesetcivitas

Hace algún tiempo leí el artículo de José Manuel Ampudia: “A gram per gun”. El cual plantea la idea de que a Estados Unidos le debe interesar el tema del tráfico ilícito de armas en México, pues ellos a su vez sufren de muertes por sobredosis; es decir, un problema de legalidad y seguridad en México tiene consecuencias en la salud pública (y en la seguridad), en nuestro país vecino.

La idea planteada dejó la curiosidad en mi para entender un poco más el fenómeno, pues no en balde la Secretaría de Relaciones Exteriores ha emprendido una demanda en contra de empresas de ventas de armas en Estados Unidos, debido a la laxitud de sus normas que permite la adquisición legal de armas de alto calibre, que terminan en el mercado negro mexicano.

Al intentar adentrarme a este fenómeno me encontré con varios elementos, el primero de ellos: se trata de un análisis de mercado donde encontramos: incentivos, costos, precios, clientes, oferta, demanda, etc; por lo que entender la economía y el comercio de este mercado, es importante para poder analizarlo.

El segundo elemento: hay características socioculturales, tanto en México como en Estados Unidos, que impregna la toma de decisiones.

El último elemento: en México, tanto el Estado como la sociedad, no le han dado la justa dimensión a esta problemática. En Estados Unidos existen cuando menos una docena de asociaciones y grupos en contra de las armas, esto permite un debate abierto.

Regresando al punto del artículo: “A gram per gun”. Me pregunté si realmente había una relación entre muertes por sobredosis en Estados Unidos y la venta de armas en México. La respuesta rápida es NO. Busqué datos de la Agencia de Tabaco, Alcohol y Armas de Fuego (ATF), y del Centro para el control y Prevención de Enfermedades (CDC). Mediante un ejercicio de regresión simple, analicé los datos encontré que no hay una relación significativa entre ambas variables. El resultado era más o menos previsible, pues hay muchos otros factores de detonan ambos fenómenos.

De este ejercicio aprendí que a pesar de las restricciones legales para la portación de armas en México, hemos normalizado el hecho de que las armas van más allá del control del Estado; que además de grupos de presión, organizaciones y asociaciones que hablan acerca de la seguridad, no hay ninguna que se dedique a poner en la agenda pública el fenómeno del tráfico ilegal de armas en nuestro país, de hecho, en México no hay estadísticas acerca del tráfico ilegal de armas, los datos los tiene Estados Unidos.

Este fenómeno tiene muchas aristas, desde lo social, cultural, hasta lo económico, político y comercial. Hay muchas lecciones por aprender y esta primera aproximación me incentiva provoca que se indague más y en el futuro cercano, incidir en políticas públicas que beneficien a nuestra sociedad.

Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos

Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos

Síguenos en nuestro canal de Telegram:
https://t.me/spesetcivitas

Cuando la gente piensa en México, a la mayoría le viene a la mente su rica cultura y tradiciones. Los mexicanos deben muchas de éstas al enriquecedor encuentro que se produjo entre los españoles y las culturas indígenas. Sin embargo, hay quienes piensan que México fue una colonia española con una situación similar de los países africanos bajo el dominio europeo, pero tal idea es completamente errónea y absolutamente ignorante de la historia mexicana. 

Si pensamos en una relación en cierta forma perjudicial para México, deberíamos re-enfocar nuestra mirada hacia sus vecinos del norte. Pero, ¿por qué es así? ¿Acaso los españoles no mataron a gran parte de la población indígena? ¿Qué no invadió Estados Unidos a México una sola vez? 

Las diferencias entre estos dos países son más profundas que la evidente diferencia socioeconómica y la “oposición entre desarrollo y subdesarrollo, riqueza y pobreza, dominación y dependencia”, afirma Octavio Paz en el texto Posiciones y contraposiciones: México y Estados Unidos. Para comprender la compleja relación entre México y Estados Unidos y las profundas diferencias entre ambos, es necesario retroceder en el tiempo. 

La oposición entre México y Estados Unidos es antigua y se remonta a la América precolombina. “El norte del continente estaba poblado por naciones nómadas y guerreras; Mesoamérica, en cambio, conoció una civilización agrícola, dueña de complejas instituciones sociales y políticas”. Unos pobladores eran cazadores y otros, agricultores. Esta división influyó enormemente en las políticas de los ingleses y los españoles hacia los nativos americanos.

Las diferencias entre los ingleses y los españoles que respectivamente fundaron “Nueva Inglaterra” y “Nueva España” también fueron decisivas: “en Inglaterra triunfó la Reforma mientras que España fue la campeona de la Contrarreforma”. Conquista y evangelización, ambas palabras profundamente españolas y católicas, describen mejor lo que ocurrió en México. La expansión colonial de Inglaterra no tuvo relación con ellas.

El catolicismo traído a México por los españoles estuvo lleno de asimilación y hubo una mezcla de culturas. De la cultura indígena, México conservó: la familia, la amistad, las actitudes hacia el padre y la madre, la imagen de la autoridad y el poder político, la visión de la muerte, el trabajo y la fiesta. De la cultura española, México conservó: la lengua, la religión, las instituciones políticas y el espíritu aventurero y valiente. México es una nación nacida de dos civilizaciones con un rico pasado, tanto de los indígenas como de los españoles. 

Por el contrario, en Estados Unidos no hay ningún elemento indígena. La mayoría de los nativos americanos fueron exterminados, y los pocos que quedaron fueron recluidos en “reservaciones”. Como escribió el premio Nobel mexicano Octavio Paz, “los Estados Unidos se fundaron sobre una tierra sin pasado”. Estados Unidos no tiene raíces, y exactamente lo contrario ocurre con México, que tiene una herencia muy vasta. En uno de sus ensayos, Octavio Paz sugiere que la actitud del catolicismo hispano es incluyente, y la del protestantismo inglés es excluyente: asimilación vs. segregación.

Otra oposición significativa se relaciona con la actitud de cada nación hacia el trabajo y la fiesta. Para la sociedad novohispana, el trabajo no redimía, y el trabajo manual era servil. El hombre superior mandaba, contemplaba y disfrutaba. El ocio era noble. Y si se tenía riqueza, se construían iglesias y palacios y se hacían grandes celebraciones. Por el contrario, la sociedad protestante de Estados Unidos, afirmaba el valor redentor del trabajo y rechazaba el valor de la fiesta. Para los puritanos, el trabajo era redentor porque liberaba al hombre, y esa liberación era una señal de la elección divina. 

La sociedad mexicana era muy heterogénea, por lo que requería un gobierno central fuerte controlado por el monarca español y la Iglesia católica. La situación de Estados Unidos era diferente. Las pequeñas comunidades coloniales eran más bien homogéneas, y las instituciones democráticas podían florecer allí más fácilmente. 

Para Octavio Paz, el mayor contraste entre estos países es su posición respecto al tiempo. Estados Unidos es una sociedad orientada hacia el futuro. “El norteamericano vive en el límite extremo del ahora, siempre dispuesto a saltar hacia el futuro. El fundamento de la nación no está en el pasado sino en el porvenir… su acta de fundación, fue una promesa de futuro”. La posición de México es justo la contraria. “[E]l ideal fue perdurar a imagen de la inmutabilidad divina… pluralidad de pasados, todos ellos presentes y combatiendo en el alma de cada mexicano… La utopía, para ellos, no consistía en construir el porvenir sino en regresar al origen, al comienzo.”

Estas historias y caminos distintos han hecho que ambos países sean profundamente diferentes. Sin embargo, hay que decir que la sociedad mexicana era más rica y próspera que la estadounidense hasta finales del siglo XVIII. Pero todo cambió…

Justo después de la independencia de México, Estados Unidos, comenzó a perturbar aún más la inestable situación de la nueva nación. Una de las figuras más oscuras del imperialismo estadounidense y uno de sus mejores espías y alborotadores fue Joel R. Poinsett, el primer agente especial estadounidense en Sudamérica y ministro plenipotenciario de Estados Unidos en México. Era un oficial protestante, masón, anticatólico, antihispano, antimonárquico, codicioso y de mente clara, decidido a obtener el mayor beneficio para Estados Unidos de la situación política mexicana. Podríamos decir que era bastante anti-mexicano.

Fue enviado a promover un ajuste fronterizo que concediera a Estados Unidos dos tercios del territorio mexicano. Por supuesto, su petición fue denegada. Pero tras sus intentos fallidos, optó por una estrategia diferente: dividir a los mexicanos y fomentar intrigas entre ellos. Para ello, estableció las logias masónicas, que desde entonces han manejado y desgraciado a los gobiernos mexicanos. Además, fomentó la “leyenda negra” antiespañola que dice que los españoles solo robaron y asesinaron a las grandes culturas indígenas. Pero esto no es preciso. La nación mexicana es mestiza, lo que significa que surge de la mezcla de españoles e indígenas. Por supuesto hubo algunos abusos, pero el balance es más positivo que negativo. La situación en México propició los primeros desarrollos de la noción de los derechos humanos por parte de los misioneros religiosos y México no tuvo esclavos como Estados Unidos porque sus ciudadanos eran súbditos directos del reyes españoles como lo pidió la reina Isabel desde que Colón descubrió estas tierras. 

Las malas intenciones de Poinsett también fomentaron la expulsión de los españoles que quedaban, lo que produjo una mayor crisis en México en muchos sentidos: hubo una pérdida de población en varias regiones que quedaron como presa fácil para americanos ambiciosos, una pérdida de capital e industria necesarios para el desarrollo del nuevo país, y la pérdida de muchos sacerdotes y misioneros. Finalmente, se pidió la expulsión de Poinsett del país por toda la inestabilidad que estaba provocando. Pero en 1847, Estados Unidos invadió México, lo ocupó y le impuso terribles y pesadas condiciones de paz. Fue la guerra mexicano-estadounidense en la que Estados Unidos obligó a México a ceder más de la mitad de su territorio. La codiciosa expansión territorial del presidente Polk dejó a México con una agitación interna peor, muchas vidas perdidas y un sentimiento nacional en un estado de degradación y ruina.

Durante gran parte del siglo XIX, México sufrió guerras civiles, y los liberales mexicanos (principalmente masones dejados por obra de Poinsett) trataron de implantar una república democrática enfrentándose a la Iglesia católica. Esto supuso una ruptura radical con el pasado y produjo más división interna. Esta ruptura con la Iglesia hizo colapsar la educación y produjo que mucha gente quedara analfabeta y pobre. Las guerras acabaron produciendo el militarismo que llevó a la dictadura del presidente Díaz, que a su vez condujo a la Revolución Mexicana, que no pudo implantar una verdadera democracia sino sólo un régimen autoritario con una máscara de democracia. La desigualdad social y la acción de los monopolios económicos, entre ellos los de Estados Unidos, han dificultado desde entonces en gran medida el desarrollo de México. 

Hasta estos días, la injerencia estadounidense en la política mexicana continúa pero se ha transformado en la presión económica de las grandes empresas y su poder para manipular y abusar de las frágiles instituciones mexicanas corroídas por la corrupción. Además, Estados Unidos abusa de alguna manera de la dependencia de su vecino del sur y se aprovecha de la mano de obra barata sin proporcionar derechos laborales ni seguridad a las familias de los empleados. 

Una situación particular de injusticia en las relaciones México-Estados Unidos que puede ser retratada como una “sombra global” es la relacionada con la guerra contra las drogas. Es una sombra multifacética de poder, privilegio, inconsistencia e irresponsabilidad porque el gobierno de Estados Unidos ha avanzado poco en la reducción de la demanda y el consumo de drogas ilegales. Esto ha fomentado el crecimiento del mercado de las drogas, lo que detona también el crecimiento de los cárteles y desencadena muchos círculos viciosos al mismo tiempo. La violencia del narcotráfico destruye las comunidades y muchos jóvenes mueren por la violencia relacionada con las drogas o por sobredosis. Las madres tienen que trabajar en fábricas (lejos de sus casas) para mantener a sus hijos, y mientras tanto, los niños quedan solos a merced de los cárteles de la droga que los enrolan para su negocio. El consumo de drogas es un mal social, pero los más afectados son los más vulnerables. A Estados Unidos parece importarle sólo su beneficio económico y se lava las manos proporcionando más armas para combatir a los cárteles, pero no hace nada para solucionar el vicio de sus ciudadanos que causa todos los problemas. Mientras tanto, además de todos sus problemas, México mismo se está convirtiendo en un consumidor de drogas, y la legalización de la marihuana en algunas jurisdicciones estadounidenses ha empujado a las organizaciones del narco a concentrarse en drogas más duras.

Caricatura M. Wuerker.

Una solución podría ser reducir el consumo mediante campañas serias y no fomentar más el consumo mediante la legalización de las drogas. Hay que cambiar la cultura. La enfermedad de Estados Unidos es moral, y su hedonismo es otra cara de la desesperación. El libertinaje no es libertad. La libertad no es hacer lo que uno quiera. La verdadera libertad es hacer el Bien. Enseñemos a nuestros jóvenes a usar su libertad para servir al prójimo con amor.

Los defensores de la legalización de las drogas dicen que se erradicará el mercado negro, pero bien podrían seguir vendiendo marihuana a menor precio y a los menores de edad. NO a la marihuana y SÍ a la educación. Al buscar el bien común, el Estado debe proteger a sus ciudadanos. Ejerciendo la verdadera libertad, uno no se perjudica a sí mismo ni a los demás…  

El genial Octavio Paz termina su perspicaz ensayo sobre México y Estados Unidos –publicado en The New Yorker en 1979– con una advertencia que sigue siendo válida hoy: 

“Hoy los Estados Unidos se enfrentan a enemigos muy poderosos pero el peligro mortal no está fuera sino dentro: no es Moscú sino esa mezcla de arrogancia y oportunismo, ceguera y maquiavelismo a corto plazo, volubilidad y terquedad, que ha caracterizado a su política exterior en los últimos años … Para vencer a sus enemigos, los Estados Unidos tienen primero que vencerse a sí mismos: regresar a sus orígenes. Pero no para repetirlos sino para rectificarlos: el otro y los otros —las minorías del interior tanto como los pueblos y naciones marginales del exterior— existen. Si los Estados Unidos han de recobrar la entereza y la lucidez, tienen que recobrarse a sí mismos y para recobrarse a sí mismos tienen que recobrar a los otros: a los excluidos del Occidente”.

Octavio Paz, “Reflections Mexico and United States”.

La frase “Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de los estados Unidos” se atribuye a Porfirio Díaz.

Dos masacres, una noticia

Por Pbro. Mario Arroyo

Síguenos en nuestro canal de Telegram:
https://t.me/spesetcivitas

Una advertencia. El texto es desalentador precisamente por su temática. Habla de las masacres; de la crueldad a la que es capaz de llegar el corazón humano, de ese misterioso abismo de maldad, al que da miedo y vértigo asomarse, para descubrir hasta qué punto somos capaces de hacer el mal. En esta ocasión hay dos masacres y una noticia, con pocos días de diferencia, con una gran desigualdad en cuanto a la forma de ser cubiertas por los medios. Desigualdad que es sintomática de varias carencias en nuestra sociedad.

Primero tenemos la triste masacre de Uvalde, Texas, el 24 de mayo con un saldo de 21 muertos, entre niños, profesores y el propio asesino. Gran conmoción y una exhaustiva cobertura mediática. Después tenemos la masacre en Owo, Nigeria, el 5 de junio, con cincuenta muertos, centenares de heridos y el sacerdote secuestrado. Curiosamente la cobertura mediática es mínima, tratándose, por lo menos numéricamente hablando, de una tragedia mayor, no perpetrada por un loco, sino por una célula criminal, lo cual es más peligroso, pues pueden seguir actuando.

Lo primero que viene a la mente es: ¡en qué horrible mundo vivimos! Y, más allá de la consabida queja, las preguntas pertinentes, ¿qué puedo hacer yo para mejorarlo?, ¿qué deben hacer las autoridades para evitar que estos episodios se repitan? Subrayo lo de repetirse, pues tanto lo de Uvalde como lo de Owo no son “extraordinarios”; por el contrario, tristemente nos vamos acostumbrando a noticias así. Constituyen un patrón que, con repetida cadencia, sucede una y otra vez.

La diferente cobertura de los atentados evidencia unas realidades crudas y crueles a la vez: No es lo mismo morir en los Estados Unidos que en África. Como diría el refrán: “todos somos iguales, pero hay algunos más iguales que otros”. No da lo mismo ser asesinado en el primer mundo que en el tercer mundo, o que en el quinto mundo. La vida va valiendo progresivamente menos, cada vez es menos noticia, cada vez se le hace menos eco.

Obviamente el atentado de Ovalde tiene “a su favor” para ganar el ranking de popularidad, el que la mayoría de los difuntos fueron niños indefensos. Pero en Owo, Nigeria, también murieron niños, mujeres, ancianos, y permanece secuestrado un sacerdote. Es decir, la historia no ha terminado. Pero, nuevamente, son africanos y no americanos. Duele reconocerlo, ya se sabía, pero aquí tenemos un ejemplo patente, que no permite distraernos para mirar en otra dirección.

Luego está el lugar: uno fue en la escuela, el otro en la iglesia. Dos lugares de servicio a la comunidad. Pero la escuela le interesa a todo mundo –todos mandan a sus hijos a la escuela-, la iglesia en cambio es más particular, no todos van a ella. Y no es complejo de inferioridad, pero, ¿qué pasaría si la masacre fuera realizada en una mezquita o en una sinagoga? Gracias a Dios no tenemos, por lo pronto, elementos para comparar, pero no hace falta ser muy perspicaz para darse cuenta de que serían una noticia mucho más seriamente cubierta que una masacre en la iglesia católica. Parece ser que a nadie le importa, o solo a las agencias de noticias católicas, el hecho de la masacre nigeriana, al fin y al cabo, son negros y son católicos. En este sencillo ejemplo tenemos un claro caso de selectiva discriminación por parte de los medios de comunicación.

¿Qué remanente sacamos de todo esto? Pues, por un lado, para los creyentes, tenemos un nuevo grupo sustancioso de mártires, de personas que han muerto por odio a la fe, mientras asistían a una ceremonia en honor al Espíritu Santo. Nos recuerdan el valor tan grande que tiene la fe para nosotros, que incluso prima sobre la vida, el bien natural más grande que podemos tener. Dan testimonio de la primacía de lo sobrenatural sobre lo natural, y son un ejemplo de cómo la Iglesia, por ser de origen divino, será perseguida siempre, aunque los medios no se hagan eco de ello. Por otro lado, quedan dos preguntas en el aire: ¿qué tan lógica sigue siendo la libre venta de armas en E.U.? ¿Qué relación tenía el atacante con su familia, particularmente con su padre? Estos casos de locura ¿no evidencian una honda herida familiar en el seno de los E.U.? No es solo el acceso a las armas, es también la inestabilidad psíquica causada por la inestabilidad familiar.

Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos

Fin de Roe vs Wade

Por Pbro. Mario Arroyo

Síguenos en nuestro canal de Telegram:
https://t.me/spesetcivitas

El fin de Roe vs Wade es el resultado, en gran medida, de un puñado de católicos competentes y coherentes: Samuel Anthony Alito, Brett Kavanaugh, Amy Coney Barrett, Clarence Thomas, y John Roberts quienes, basados en un profundo conocimiento jurídico, pudieron mostrar los vicios de fondo de la sentencia que ha enviado a la tumba a millones de niños norteamericanos. Sencillamente reconocen que eso –el aborto- no está en la constitución y le devuelven a cada estado en derecho de legislar al respecto. Se calcula que 26 de los 50 estados de la Unión Americana prohibirán el aborto o le pondrán severos candados a su práctica. Sin lugar a dudas una victoria histórica del movimiento pro-vida.

Mucho se ha escrito con ocasión de la histórica sentencia Dobbs vs Jackson Women´s Health Organization, aquí sólo quisiera poner el lente de aumento en el hecho de que la mayoría de los jueces que aprobaron la sentencia son católicos –sólo había uno protestante Neil Gorsuch- y, a diferencia de los otros “católicos prominentes norteamericanos” (Nancy Pelosi, Melinda Ann French y Joe Biden), ellos sí son coherentes con sus principios religiosos.

Ahora bien, no se piense que impusieron su sentencia por sus principios religiosos, obviamente en la motivación de la sentencia no se enuncian ningún género de argumentación religiosa. Todo es puramente jurídico; no están imponiendo su particular visión del mundo “católica”, sino que están enmendando un abuso jurídico de casi 50 años, basado en un falso testimonio. Como es sabido Norma McCorvey escribió su libro “I´m Roe” (Yo soy Roe) contando como mintió en el famoso juicio de 1971, cuya sentencia se emitió el 22 de enero de 1973, y cómo fue utilizada por los grupos pro-aborto de aquella época. Lo importante es señalar que la argumentación de la sentencia es puramente jurídica; están defendiendo la Constitución Norteamericana y la autodeterminación del pueblo estadounidense en este importante extremo.

En síntesis, no basta ser católico coherente, sino que es necesario ser competente, capaz. Esos cinco jueces católicos de la Suprema Corte de Justicia Estadounidense no llegaron ahí por ser católicos, sino por ser peritos en derecho. Y como tales, quisieron remediar el barbarismo jurídico que suponía Roe vs Wade, y lo consiguieron. Es decir, lo que más necesita la Iglesia, para ser de verdad “luz de las naciones”, es que haya muchos laicos como ellos: competentes y coherentes con su fe.

La verdad estábamos cansados de tantos católicos incoherentes que han llegado a los puestos de influencia más importantes del mundo: Joe Biden, presidente de los Estados Unidos, acérrimo defensor del aborto, lo mismo que Nancy Pelosi, Presidenta de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos. Es devastador el efecto negativo que puede tener para la sociedad la difusión de este tipo de catolicismo light, sin fuerza frente a las modas ideológicas del momento. Y es impresionante, el caso contrario, lo que pueden hacer un pequeño grupo de católicos bien formados, consistentes con su fe, en las mismas posiciones neurálgicas de la sociedad.

¿Qué corolario podemos sacar de tan feliz noticia? Primero, no caer en fáciles triunfalismos. Es una gran noticia, pero no podemos olvidar que hoy por hoy, los Estados Unidos difunden a nivel mundial el aborto como política pública. No podemos olvidar que los jueces cambian, y si hoy hay mayoría republicana, mañana puede ser demócrata, es decir, en política nunca una victoria es definitiva. Pero claro que podemos alegrarnos con este paso histórico, que se antojaba imposible, sobre todo porque el aborto parece avanzar impunemente en nuestro mundo, siendo esta la primera vez que retrocede en forma consistente.

Pero, sobre todo, podemos sacar un corolario personal: tener ilusión profesional, deseos de ser los mejores en nuestro campo de trabajo, para, desde ahí, servir al Reino de Cristo. En síntesis, formarnos muy bien tanto en el ámbito profesional como en el religioso, con la idea de hacer un mundo más acorde con el Corazón de Cristo, más respetuoso de la dignidad humana, más humano por más cristiano.

Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos

¿Capitalismo o socialismo?

Por Esteban Morfín de la Parra

¡Únete aquí a nuestro canal de Telegram!
Búscanos en redes: @Spesetcivitas

Antes que nada, quiero aclarar que este artículo hará referencia en todo momento a los aspectos económicos de los sistemas comunista, capitalista y socialista. No pretendo ahondar en las ideas filosóficas que respaldan y dan origen a estos sistemas, ni me interesa tampoco la nobleza de sus propósitos. Hablaré únicamente del impacto directo que dichas políticas tienen en la creación y distribución de la riqueza en los países en los que se han aplicado.

Al pensar en socialismo inmediatamente lo relacionamos con comunismo, la Unión Soviética, Corea del Norte, Cuba, pobreza, hambre, matanzas, desastre. El comunismo sí es una forma de socialismo, pero no su única manifestación. Es su expresión extrema. 

Todo el comunismo es socialismo, pero no todo el socialismo es comunismo. Como ya mencioné, el comunismo es la expresión extrema del socialismo, donde el gobierno es dueño de todo y de todos, controlando las vidas de los ciudadanos en cada uno de sus aspectos. 

Al leer a Marx, se entiende perfectamente por qué fue tan popular e incisivo en su época. Sus ideas eran elocuentes y le hablaban directamente a un grupo de personas que atravesaba una época difícil de pobreza y hambruna, con una clase gobernante inepta y despilfarradora, personificada en la figura del zar Nikolai. Cosa curiosa, pues Marx ni siquiera pretendía que Rusia adoptara el comunismo, o no tan rápido como lo hizo.

Marx habla de un mundo donde todos trabajan solamente lo necesario, aportando cada uno su parte, cooperando a construir una gran nación que es una gran familia, donde el gobierno rige como primero entre iguales, como un padre amoroso que vela por sus hijos. Nadie necesita dinero porque el Estado provee para todos. Nadie es más rico que nadie. Nadie pasa hambre. El trabajo no escasea. En papel, suena como un sistema maravilloso. Sin embargo, pasa por alto un par de detalles sumamente importantes: la naturaleza humana y los incentivos.

Me explico. Si bien los seres humanos tenemos sin duda alguna la capacidad de hacer el bien y comportarnos de forma noble, también es cierto que tenemos la capacidad de hacer un mal terrible y comportarnos de la manera más ruin. Teniendo esto en cuenta, las reglas de una sociedad deben construirse de modo que motiven a los individuos a sacar a lucir el lado bondadoso y noble de la humanidad. Esto se hace a través de incentivos. Si el sistema incentiva la corrupción y el crimen, las personas se comportarán seguramente de forma corrupta y criminal.

Hablando entonces de la naturaleza humana y los incentivos, ¿Qué resultado podemos esperar si un grupo pequeño de personas recibe el poder absoluto sobre una nación, su gente, sus riquezas y sus medios de producción, para “administrarlos” en nombre del proletariado? Salvo que se trate de extraterrestres o de santos elevados por encima de todos los demás, lo más natural será que estas personas busquen beneficiarse de su posición, viviendo y lucrando a costa del resto de la población. 

¿Qué efecto veremos si, además de esto, le decimos a todos que el dinero ya no es necesario porque ahora el Estado proveerá todo? Una persona normal, al ya no tener incentivos para generar riqueza, pues todo le será entregado y nada de lo que haga aumentará su riqueza, comenzará a trabajar menos y producir menos. Lo mismo para las empresas. ¿Qué motivo tienen para seguir luchando por ser productivas si no pueden gozar de las riquezas que generan? Ninguno. Todo se paraliza poco a poco y comienzan la escasez, la violencia, las represiones, las matanzas y demás consecuencias horribles que millones de personas sufrieron y sufren en carne propia.

Es imposible crear e implementar un sistema basado exclusivamente en buenas intenciones y sentimientos nobles. Al menos uno que funcione. No se pueden eliminar elementos indispensables y naturales como el dinero, la propiedad privada y el libre mercado, todos estos ingredientes fundamentales del capitalismo. 

Pero un capitalismo extremo, similar al sistema norteamericano actual, es casi tan malo y destructivo como el comunismo. A nivel matemático, no podría estar más equivocado. Estados Unidos es el país más rico del mundo. Sus políticas económicas a nivel doméstico son sumamente eficientes y motivan de forma excelente la creación constante de riqueza. El gobierno incentiva constantemente a las empresas a seguir creciendo mediante condonaciones de impuestos y facilidades legales. Sin embargo, la mayor parte de esa gran riqueza está en pocas manos, mientras el resto del país batalla por las migajas que caen debajo de la mesa.

Desde inicios del 2021, Estados Unidos enfrenta la llamada Gran Renuncia (the Great Resignation). Millones de estadounidenses han dejado sus trabajos. Tan solo en agosto, 4.3 millones de personas renunciaron a sus trabajos, equivalente a casi 3% de toda la fuerza laboral del país. Los motivos detrás de este fenómeno son y seguirán siendo tema de debate. Algunos dicen que se debe a los estímulos económicos del gobierno. Otros hablan de que se trata de una reacción al estancamiento de los salarios, que se mantienen iguales mientras los precios suben. Hay también quienes lo ven como una consecuencia del estrés provocado por la pandemia, a pesar de la cuál la carga de trabajo para la mayoría de la gente no disminuyó en lo absoluto. 

Creo que todo lo anterior es cierto. Me parece también que los empleados en general son cada vez más conscientes de que, al trabajar para una compañía, la mayor parte del fruto de sus esfuerzos termina beneficiando a alguien más. 

En un sistema como el de Estados Unidos, cada quién vela por sí mismo. Cuando alguien triunfa, lo hace a lo grande, y no creo que exista otro lugar en el mundo en el que sea más fácil convertirse en millonario. Pero quienes ganan, ganan solos. Quienes están alrededor y debajo no reciben más que salpicaduras de las cubetadas de dinero que empiezan a fluir cuando una empresa comienza a crecer de verdad. Los únicos que verdaderamente ganan son los accionistas y los ejecutivos más altos. ¿Qué motiva esto? Una sociedad individualista, donde si necesito pasar por encima de alguien para llegar a mi meta debo hacerlo sin pensarlo demasiado, o podría perder esa gran oportunidad que se me presenta. 

Me recuerda a un casino: la mayoría de los jugadores pierden y unos pocos hacen fortuna, ilusionando a todos los demás y motivándolos a seguir jugando, seguros de que ellos serán los siguientes en ganar. Económicamente es una genialidad. No se me ocurre una mejor manera de motivar el emprendimiento y la generación de riqueza. Pero no dejemos de lado el hecho de que la gran mayoría de los jugadores son perdedores. 

¿Vale la pena generar tanta riqueza si solo la podrá disfrutar una minoría? ¿No sería mejor sacrificar un poco la eficiencia en nombre de la equidad y el bienestar general? ¿Qué tanto beneficio real le reporta a cualquier persona, incluido el propio Elon Musk, cada nuevo millón de dólares que genera el multimillonario director de Tesla? Una raya más al tigre; ni él mismo se da cuenta. ¿Por qué no mejor tomar ese millón y repartirlo de modo que beneficie a más personas?

Wassily Leontief, quien recibió el premio Nobel de Economía en 1973 por su trabajo acerca de la interdependencia de los factores y actores económicos en su modelo input-output, decía que una buena economía es como un velero capitaneado con maestría. El viento son las fuerzas de mercado, los intereses personales y empresariales, las tendencias. Son aquello que empuja la economía hacia adelante. Más si se deja el velero a merced de estas fuerzas, no solo no llegará a ninguna parte, sino que posiblemente terminará por volcarse. Es por esto que necesita un capitán y una tripulación que lo gobiernen y dirijan, controlando las velas y dirigiendo el barco hacia su destino. 

Velero. Foto: Javier Lastras.

Bajo esta analogía, podríamos decir que un sistema comunista es como dejar el velero en el puerto, amarrado permanentemente y sin mantenimiento, con una tripulación que no solamente no quiere soltar amarras, sino que agrede a cualquiera que intente sacar la embarcación del puerto, donde terminará hecho una ruina. Del otro lado, tenemos al capitalismo puro, donde el velero se hace a la mar con poca y a veces ninguna intervención de parte de la tripulación, dejando que el viento lo lleve a donde sea; eventualmente naufragando. 

Me parece que no estamos demasiado lejos de presenciar el naufragio de Estados Unidos, a menos que la tripulación se decida pronto a controlar más el barco. De hecho, ya más de alguna vez la economía estadounidense ha estado a punto de volcarse por completo en las grandes crisis. Sólo entonces interviene el gobierno para controlar la situación desesperada, dejando caer al agua de la bancarrota y la miseria a cuantas personas sea necesario para mantener a flote la embarcación, volviendo a soltar los controles una vez que la crisis ha pasado.

Voy a usar ahora ejemplos clásicos y controvertidos de economías perfectamente funcionales, que crean riqueza y la reparten equitativamente entre sus pobladores. Hablo de Dinamarca, Finlandia y Noruega. Las personas más ricas de estos países tienen fortunas de 11.7, 5.7 y 10.6 mil millones de dólares respectivamente al momento en que se redactó este artículo. Si bien seguimos hablando de cifras estratosféricas, cualquiera de ellas apenas alcanza a entrar en la lista de las cien mayores fortunas personales de Estados Unidos del 2021 y sumadas no llegan más allá del lugar veintiséis (Forbes, 2021). 

Si bien se trata de países mucho más pequeños, con poblaciones minúsculas en comparación con la de Estados Unidos, sigue siendo una señal de una repartición de la riqueza mucho más equitativa que la que se da en la gran potencia norteamericana. Además, para sentidos prácticos, no existe ninguna diferencia entre el poder adquisitivo de Jeff Bezos con sus más de 200 mil millones de dólares y cualquiera de estos millonarios nórdicos. 

Volviendo a los números, los últimos coeficientes de Gini medidos para Dinamarca, Finlandia y Noruega son de 28.2, 27.3 y 27.6, respectivamente, mientras que para Estados Unidos, el dato más reciente es de 41.4 (Banco Mundial, 2021).

Indice de Gini 1991 – 2018.
Elaborada por Esteban Morfín con datos del Banco Mundial

El coeficiente de Gini es una medida de la desigualdad de la distribución de la riqueza. Entre más cercano a cero, más equitativa es la distribución. Entre más cercano a cien, más desigual. Estados Unidos no queda demasiado lejos de países tercermundistas como México (45.4), Haití (41.1) y la República Democrática del Congo (42.1).

Y bien, ¿Qué tienen en común Dinamarca, Finlandia, Noruega y otros países con economías exitosas e igualitarias? Todos tienen políticas económicas socialistas, unificadas en el llamado socialismo nórdico o modelo escandinavo. Este socialismo implica una intervención directa del gobierno en la economía, con un papel clave y primario en la redistribución de la riqueza generada, respetando siempre los principios básicos del libre mercado, con grupos de profesionales fuertemente sindicalizados. No implica la inexistencia de la propiedad privada ni el control absoluto del Estado en modo alguno. Implica medidas como tasas fiscales sumamente elevadas o el manejo por parte del gobierno de bienes y servicios de primera necesidad como la educación, la salud y los espacios recreativos. 

Por ejemplo, la tasa de impuestos sobre la renta en Dinamarca es de mínimo 35.5% y máximo 55.6%. Suena exagerado, pero la educación pública es de excelente calidad, los hospitales son gratuitos y de primer nivel, los parques y demás espacios públicos siempre están limpios y bien mantenidos y existen seguros públicos de enfermedad, desempleo y muerte.

Matemáticamente, toda política intervencionista genera una pérdida de eficiencia y, por lo tanto, de riqueza. Este es muchas veces el gran argumento para atacar cualquier medida de este tipo. Sin embargo, ver a Estados Unidos presumiendo su riqueza me hace pensar nuevamente en el velero. Tal vez van muy rápido, pero no tienen un rumbo claro. Si se tratara de una regata, seguramente sería impresionante ver a ese velero ir a toda velocidad, más rápido que cualquier otro, pero no ganaría ningún premio, pues no puede seguir una línea hacia la meta. ¿Para qué sirve mucha riqueza que no se aprovecha? Los veleros socialistas quizá no vayan tan rápido como los de los capitalistas puros, pero van más seguros y cómodos y llegan a la meta.

En pocas palabras, estoy abogando por el equilibrio. Llámelo cada quién como quiera. Capitalismo socialista o socialismo capitalista, es igual mientras nos refiramos a lo mismo. Ni demasiada, ni muy poca intervención gubernamental. Ambos extremos llevan a los países a situaciones de desigualdad económica y social, con una carga enorme de problemas que llegan después, provocando crisis de todo tipo. 

No hay que olvidar que la realidad es mucho más compleja e incluye factores de todo tipo, no solamente económicos. Para que una política socialista sea exitosa, el país en el que se implemente debe de tener un gobierno funcional y un estado de derecho fuerte, además de que la cultura y costumbres del país también deben ser afines a este tipo de estructuras, condiciones que de ninguna manera se cumplen en México. Querer implementar medidas socialistas efectivas con el país como está, sería, en mi opinión, completamente destructivo. Pero esos son temas que dan para muchos otros ensayos.

MDNMDN