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Naufragios: el dilema entre el Atlántico Norte y la Ruta del Mediterráneo

Naufragios: el dilema entre el Atlántico Norte y la Ruta del Mediterráneo

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Un famoso dilema ético nos cuestiona si accionaríamos una palanca para desviar un tranvía que está a punto de arrollar a cinco personas, a sabiendas de que al cambiar de vía el tranvía arrollaría a una persona. Han surgido variantes a este dilema: en ocasiones eres tú quien conduce el tranvía; en otras sólo accionas la palanca; incluso podrías ser tú ese único individuo a quien se dirige inminente el tranvía fuera de control. En algunas variables, se propone que se siente menos culpabilidad al accionar la palanca o presionar un botón, a pesar de que la consecuencia sea la misma que la de que arrojar desde un puente a un hombre muy gordo para detener al tranvía. En otra variable la vía es “un bucle”, o sea que, aunque lo desvíes, en cierto punto el tranvía volverá a la vía principal y el impacto contra alguna persona tendrá lugar.

En otra variante, no se trata de un tranvía, sino de mineros: cinco mineros quedan atrapados en la mina, si accionas la palanca, una roca se desplazará y podrás liberar a los cinco trabajadores, pero un minero morirá inevitablemente, porque la roca desviará el curso y lo aplastará.

Incluso se han hecho simulaciones en las que vas conduciendo un auto que se estrellará con otro; si lo desvías puedes salvar tu propia vida, pero atropellarás a alguien. La mayoría de quienes realizaron esta simulación, giraban el volante inmediatamente. Porque se trataba de un desconocido. Pero cuando la simulación cambiaba la cara del desconocido por la del hijo de cada persona, la mayoría permanecía en el carril y prefería estrellarse antes que arrollar a su propio hijo. Así pues, existen múltiples variaciones del dilema del tranvía.

Imagen: McGeddon

La ética utilitarista elegiría salvar el mayor número de vidas posibles. En este caso siempre se elegiría salvar a cinco, aunque se tenga que sacrificar a un inocente. La ética deontológica, que elige seguir un supuesto deber y tiene vertientes kantianas consideraría inmoral arrojar al hombre gordo del puente para detener al tranvía, pero no vería con tan malos ojos accionar la palanca, porque no se utiliza a alguien como medio para salvar a los demás. Incluso podría ocurrir que la persona vea que un tranvía se dirige hacia ella y se mueva para evitarlo.

La solución no es sencilla, de otro modo no sería un dilema y a esto hay que sumar la intención, el doble efecto y los daños colaterales. Estos experimentos mentales, que a veces pueden parecer demasiado abstractos y descabellados por las variables que se van sumando, tienen la finalidad de ayudarnos a tomar decisiones cotidianas o al menos a tomar partido y formar una opinión frente a situaciones extraordinarias. Y quizá es una situación extraordinaria precisamente lo que hemos observado en estos días.

Un submarino con cinco personas desaparece en el Atlántico. Un barco con al menos 700 personas naufraga en el mar Jónico. ¿A quién destinas mayor esfuerzo y recursos para la búsqueda y rescate? ¿Acaso esta situación no es semejante al dilema del tranvía?

Ahora hay que añadir los detalles. El submarino Titán de la empresa Ocean Gate realizó una inmersión el domingo 19 de junio para buscar los restos del Titanic en el Atlántico Norte, a 700 kilómetros de Terranova, Canadá y perdió la comunicación poco tiempo después.

Lugar aproximado del Titanic y desaparición del Titán.

Se trata de un submarino que no cuenta con ninguna certificación técnica oficial; que en el 2018 fue demandado por uno de los ingenieros, David Lochridge, quien consideró no se cumplían lineamientos de seguridad; que incluso es comandado por un control de una consola de juegos que fue adaptado, algo común en sumergibles, pero que no deja de resultar extraño; para la travesía, los participantes deben firmar unos documentos en los que aceptan las posibilidades de daños físicos e incluso la muerte; un submarino que en el 2022 perdió la comunicación con la nave nodriza durante tres horas –cuenta el periodista David Pogue, quien a pesar de sus temores hizo la expedición por cuestiones laborales; cada pasajero turista (además de la tripulación y eventuales pasajeros científicos) paga ordinariamente un costo de 250,000 dólares.

La expedición consta de ocho días en altamar para enseñar a los pasajeros turistas lo necesario para tripular el submarino y eventualmente realizar la inmersión. El pequeño submarino hecho con fibra de carbono y titanio puede sumergirse hasta cuatro mil metros y tiene capacidad para cinco personas, que deben ir sentadas y realmente no tienen mucho espacio. El oxígeno alcanza para 96 horas aproximadamente, pero algunos expertos aseguran que se trata de un estimado, porque quizá los tripulantes intenten respirar un poco menos para alargar la duración, de ahí que se trate de una búsqueda contra reloj.

Twitter David Pogue.

Al limitado oxígeno debemos añadir la oscuridad del fondo marino, las bajas temperaturas, las corrientes marinas, la posibilidad de quedar enganchado al naufragio del Titanic y creo que es importante considerar el factor humano: no sabemos cómo puede reaccionar cada individuo ante la desesperación de una posible inminente muerte tan terrible.

La noticia ha despertado furor por varios factores: porque el Titanic y su imaginario atrae por sí mismo; por el costo de la expedición; porque la ironía de que se considere el submarino Titán una punta de lanza mientras que es comandado por un control de Xbox; porque se trata de varios millonarios atrapados; y porque se ha hecho un derroche de recursos y desplegado una búsqueda y que cuesta millones de dólares, mientras que otros rescates no tienen tanta cobertura y ni de cerca esos recursos.

Los cinco hombres a bordo del Titán son un empresario y explorador británico –Hamish Harding–, un excomandante de la armada francesa y experto en el Titanic –Paul Henri Nargeolet–, el padre e hijo de una familia multimillonaria pakistaní –Shahzada y Suleiman Dawood­­­–, y el fundador de Ocean Gate ­–Stockton Rush– quién además es marido de Wendy Rush, la tataranieta de Isidor e Ida Straus, una pareja millonaria que murió en 1912 en el naufragio del Titanic. Se trata de cinco personas que conscientemente aceptaron los riesgos de la aventura y que además tenían grandes fortunas.

Twitter David Pogue sobre el uso del control de Xbox.

En la otra vía, se encuentra uno de los más grandes naufragios de los últimos meses en el Mediterráneo, con un número indefinido de migrantes procedentes de un barco pesquero que zarpó de Libia. Hasta el momento la guardia costera griega ha rescatado a 106 personas, pero al menos 79 han muerto y hay varios desaparecidos. ¿Quiénes iban a bordo? En este caso no tenemos los nombres, ni una breve semblanza, simplemente sabemos se trataba de migrantes. La llamada de auxilio ocurrió el martes desde la zona más profunda de ese mar, conocida como la Fosa de Calipso, que tiene una profundidad de cuatro mil metros, por lo que los rescates en esta zona son difíciles. El martes por la noche un buque de la Guardia Costera divisó la embarcación y ofreció ayuda, pero la ayuda fue rechazada, el barco continuó su recorrido y poco tiempo después se volcó.

La guerra y la pobreza orilla a la migración y con ella los traficantes de personas se han enriquecido. El año pasado la Organización Internacional para las Migraciones registró al menos 3,800 muertes en esta ruta. Lucran con los esfuerzos económicos de los migrantes, que en comparación con los 250,000 dólares podrían parecer mínimos, pero que en realidad valen mucho más porque se trata quizá de los ahorros de toda una vida; como la parábola de la viuda que da sólo una pequeña moneda como ofrenda, pero que vale más porque no ha dado lo que le sobra, sino lo necesario para vivir (Marcos 12, 41 – 44).

Para darnos una idea de la dificultad de esta travesía, les recomiendo la película Las nadadoras de Sally El Hosaini, basada en la historia de dos hermanas sirias que huyen de la guerra con la esperanza de llegar a Alemania. Las hermanas y su primo sobreviven la ruta del Mediterráneo en una balsa, en parte porque ellas se arrojaron al mar y nadaron parte de la travesía. Después de una estancia en un campo de refugiados en Grecia continuaron el camino mayormente a pie hasta Alemania.

Una de las hermanas participó en las Olimpiadas de Río de Janeiro, mientras que la otra es voluntaria y ayuda a rescatar migrantes, pero puede ser encarcelada por su labor, ya que esta ayuda humanitaria también se considera de cierta forma ilegal. A modo de pequeña crítica, sin quererme desviar del tema, quisiera señalar que en la película también se puede observar la dificultad de un migrante “promedio”, que tiene que lidiar con un nuevo idioma y de encontrarse en un lugar en el le será casi imposible progresar laboralmente. Quizá en su lugar de origen tenían alguna calificación técnica o profesional; mientras que en el nuevo lugar tendrán que empezar desde cero y en muchos casos aspirarán únicamente a trabajos manuales. Estos migrantes “comunes” se distinguen de casos excepcionales en los que el migrante es buen deportista o tiene alguna otra gran habilidad que lo ayuda a destacar.

Operación Tritón de Frontex. 15 de junio 2015.
Fuente: Fuerza de Defensa Irlandesa.

Retomando el tema, las redes sociales ardieron, porque es indignante la cantidad de recursos destinados a las búsquedas y recursos de ambos casos. Los esfuerzos y el dinero para rescatar a los tripulantes del Titán son millonarias: Estados Unidos ha enviado aviones, a la Guardia Costera y a la Marina, Canadá ha enviado médicos y barcos, los franceses sumergieron un robot. ¿Quién asume estos costos?

Bien sabemos que las aseguradoras no suelen asegurar este tipo de empresas; y más si consideramos que los cinco pasajeros firmaron un documento en el que son conscientes y aceptan el peligro físico y la posible muerte. Así pues, los rescates por lo general son pagados por los contribuyentes, salvo en ciertas excepciones. Por ejemplo, si tienes un accidente en el monte o en el mar en Croacia el rescate –así sea que utilicen un helicóptero– no tendrá ningún costo para la víctima; mientras que en otros lugares como Austria, Alemania o Estados Unidos sí habrá un pequeño costo, especialmente si el accidente ocurrió por la imprudencia de la víctima.

¿Es imprudente sumergirse en un submarino sin certificación, manejado por un control casi de juguete, con tripulantes inexpertos, en una zona profunda, oscura, helada y con una fuerte corriente marina? La pregunta es más retórica … por lo que a mí respecta, me parece una gran imprudencia e incluso temerario.

El límite para la esperanza era el jueves 22 de junio a las 13:00 horas (Europa) porque se consideraba que a esa hora se agotaría el oxígeno, sin embargo, la búsqueda continuó al menos hasta las 19 horas cuando los guardacostas anunciaron que encontraron restos significativos; incluso para ese momento se sumaron nuevos barcos al rescate, pero lo que se ha encontrado son restos del submarino. A las 21 horas la Guardia Costera de Estados Unidos en su rueda de prensa dio por fallecidos a los cinco hombres; parece que a casi 500 metros del Titanic, implosionó el Titán. Se encontraron los restos del submarino, cinco piezas, pero no creen probable recuperar los cuerpos.

Titanic partiendo de Southamton el 10 de abril de 1912.
Foto: Francis Godolphin Osbourne Stuart.

Volvamos al dilema del tranvía, claro, en este caso no es un tranvía, sino un submarino y un barco. Si siguiéramos la lógica de la ética utilitarista, lo evidente y justo sería destinar la mayoría de los esfuerzos, tiempo y recursos a rescatar a los migrantes del barco pesquero del Mediterráneo y prevenir futuros naufragios, en lugar de rescatar a cinco personas que aceptaron los riesgos de satisfacer su curiosidad para ver las ruinas del Titanic. Pero no se destinaron los mismos recursos, a veces pesa más el dinero y eso también es utilitarista.

Se podría argumentar que no es el mismo caso, porque las víctimas de ambos naufragios se encuentran en lugares diferentes; pero en febrero del 2022 un barco pesquero gallego, Villa de Pintaxo, se hundió casi en las mismas coordenadas que el Titán, muy cerca de Terranova, Canadá. 24 tripulantes murieron y tres personas sobrevivieron; basta decir que el despliegue para el rescate no fue tan abrumador como en el caso del Titán.

Entonces ¿acaso los cinco pasajeros del Titán valen más que los 700 del barco pesquero o que los tripulantes del Villa de Pintaxo? El dilema del tranvía sigue sin resolverse, incluso si se considerara una mayoría cuantitativa y no cualitativa. No creo que se puede resolver con una ética utilitarista y tampoco deontológica. Así como tampoco creo que una vida valga más que otra.

Para cada caso se debería intentar salvar a todas las personas, mantener la esperanza y agotar las posibilidades. ¿Es inmoral el despliegue de recursos para intentar rescatar a los cinco hombres del Titán? Lo es si comparamos las víctimas de otros naufragios y también resulta de cierto modo injusto y por eso nos escandaliza. Pero no debemos olvidar que en ambos naufragios las víctimas murieron de manera horrorosa.

Para morir da lo mismo si pagaste 250,000 dólares o 1000 euros; da lo mismo si eras turista o migrante; nada de eso importa. Porque varios hombres tendrán una sepultura marítima; porque a varios se les han llenado los pulmones de agua; porque habrán muerto congelados o les habrá faltado el oxígeno.

Los cinco o los cientos vivieron sus últimos minutos sabiendo que morirían de un modo horrible; no creo que alguien tenga los nervios de acero para resignarse con tranquilidad ante tal escenario y es por ello, que tanto los cinco, como los miles que yacen en el fondo marino merecen nuestra compasión.

Rupnik, el arte y el pecado

Rupnik, el arte y el pecado

Por Salvador Fabre

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Recientemente ha causado conmoción el escándalo del P. Marko Rupnik S.J. Quien fue excomulgado por absolver a su cómplice en una relación sexual, aunque ya se le levantó la excomunión. Después han surgido multitud de voces femeninas que lo han denunciado por abuso sexual y psicológico. La Compañía de Jesús ha tomado medidas disciplinares cautelares en su contra. Pero esta triste y dolorosa situación ha llevado a preguntarse: ¿qué hacemos con sus obras de arte?

Rupnik ha sido calificado como el Miguel Ángel del siglo XXI. San Juan Pablo II destinó el dinero que le regalaron por sus cincuenta años de sacerdocio a la elaboración de la Capilla Redemptoris Mater en el Vaticano, obra de Rupnik, y lugar donde habitualmente hace los ejercicios espirituales la Curia Romana en cuaresma, encabezada por el Papa. Su obra es a la par bella y profunda, y se ha diseminada por todo el mundo católico: el Vaticano, los Santuarios de Lourdes, Fátima, la Basílica de san Juan Pablo II en Cracovia, en el Santuario Nacional de Juan Pablo II en Washington, la Catedral de la Almudena en Madrid, o el Santuario del Padre Pio en San Giovanni Rotondo, en el sur de Italia.

Capilla Redemptoris Mater. Fuente: Vaticano.

Sobra decir que su arte profundamente cristiano ha ayudado a muchas personas a encontrar a Dios a través del camino de la belleza. ¿Debemos retirar esas obras de arte porque la vida de su autor desdice del significado de su obra? He ahí la difícil cuestión, el dilema moral. Podríamos afirmar que se trata de un divorcio entre la bondad y la belleza, entre la ética y el arte. ¿Qué hacer con su obra?

Personalmente pienso que destruir o eliminar su obra sería un crimen contra el arte, contra la belleza. ¿Por qué motivo? Porque una cosa es ser santo y otra ser artista. Lo ideal sería que se unieran las dos características como en el Beato Fra Angélico O.P. Pero en la mayoría de las ocasiones no es así, el mundo en el que vivimos no es ideal, sino “humano, demasiado humano”. Muchos grandes artistas han tenido una vida personal más que cuestionable. Mozart, que compuso maravillosas misas, estaba obsesionado por lo obsceno (parece ser que tenía síndrome de Tourette) y lo vulgar. Caravaggio fue asesino, y ¿qué hacemos con la Capilla Sixtina si se comprueban los rumores de que Miguel Ángel era gay? Es frecuente que en el mundo artístico personas de gran talento tengan una vida azarosa.

Volviendo al caso del Padre Rupnik, creo que no hay duda de su gran talento. Cito las palabras de Piero Marini, Maestro de las celebraciones litúrgicas pontificias de san Juan Pablo II, con ocasión de la capilla Redemptoris Mater en el Vaticano: “La Capilla «Redemptoris Mater» se convierte, así, en un ejemplo eficaz de un posible itinerario para una nueva evangelización, un verdadero «lugar teológico» donde el misterio de Dios y su manifestación epifánica en Cristo se pueden contemplar no sólo en la verdad teológica que todo lo envuelve, sino también en la estética teológica, gracias a la cual llegamos a entender que la categoría de la belleza corresponde ante todo a Dios y a la bondad y belleza de todas sus obras. Entre ellas es central la Encarnación salvadora del Hijo de Dios en ese icono de la Iglesia y de la humanidad redimida que es la Toda santa Madre de Dios.”            

Capilla en Fátima, Portugal.

Vuelvo a la pregunta, ¿qué hacemos con la obra de Rupnik? Conservarla sin duda. El bien que hace la belleza como cauce hacia lo divino, la forma en cómo eleva el alma del hombre a la trascendencia, le permitirán a Marko Rupnik pagar por sus pecados. Una persona puede tener gran talento y no hacerlo todo bien en su vida, tener una doble vida o cometer abusos sexuales. ¿Qué quiere decir eso? Que es una persona real, frágil, pecadora, pero con gran talento.

Nosotros no debemos juzgar las conciencias de las personas, obviamente no podemos aprobar su comportamiento inmoral, por el que debe pagar una pena -ya lo está haciendo-, pero el hecho de que haya hecho algo malo, y muy malo, no quita que también en su vida haya hecho cosas buenas, y muy buenas. Que la maldad real y existente en el mundo, no nos orille a destruir la belleza, porque finalmente la que pierde es la humanidad. Como diría san Pablo: “no te dejes vencer por el mal, vence al mal con el bien.”

Rupnik, el arte y el pecado

Desafiando las sombras de la posverdad: La lucha por la democracia en la era de las fake news

Por Gustavo Hernández Martínez

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El crecimiento exponencial de las fake news y la prevalencia de la posverdad en la era digital han generado una severa crisis que está minando severamente los cimientos de las democracias e incluso de la gobernabilidad en todo el mundo. La verdad como principio y criterio de la justicia y la ética atraviesa una crisis sin precedentes, puesto que la masiva producción de narrativas sin correlatos en la realidad son una peligrosa fuente de ficciones. Por tanto, hablar de posverdad, es hablar del imperio de la confusión y la oscuridad. Donde la realidad es un accesorio prescindible, cada sujeto puede fabricar su realidad o hacerse súbdito de un espejismo con fervor religioso. Las democracias mueren en la oscuridad, versa un famoso y acertado slogan.

Lo terrible es que como expone el escritor argentino Cristian Vázquez (2016):“Muchas personas se empeñan en creer en las citas erróneas por una sencilla razón: es una forma de lograr que los escritores más prestigiosos digan cosas que nunca dijeron, pero que suenan bien”.Lo peligroso de la tendencia es que la cultura de nuestra era se está fraguando en la densa oscuridad fundacional de la posverdad, como metáfora del mito de la Caverna que explica la oscuridad creada por las fake news.

En el Mito de la Caverna se describe a prisioneros encadenados en una caverna que solo pueden ver las sombras proyectadas en la pared frente a ellos. Estas sombras, creadas por objetos detrás de ellos y una fuente de luz, representan la única realidad que conocen. Cuando uno de los prisioneros es liberado y ve el mundo exterior, se da cuenta que las sombras eran solo una ilusión y que existe una realidad más amplia y auténtica.

En el terrible mar de las fake news y la posverdad, las sombras en la caverna podrían representar la desinformación y la manipulación de la realidad, mientras que la luz exterior simboliza la verdad y el conocimiento. Un éxodo hacia el sol que ilumina toda oscuridad. La lucha por liberarse de las cadenas y salir de la caverna es análoga a la lucha por la verdad y la objetividad en la era de la posverdad.

Alegoría de la Caverna de Platón. Museo Británico.

Las tinieblas de la desinformación, la confusión y el caos que engendra la posverdad, son peligros que deben combatirse y aunque no hay fórmulas ni recetas milagrosas, la formación de la razón y el pensamiento crítico son factores determinantes para la comprensión objetiva del mundo. Para enfrentar este desafío desde la gobernanza, es necesario abordar varios aspectos clave:

  1. Educación mediática y digital: Es necesario que gobierno y sociedad contribuyan al desarrollo de mecanismos que formen a los ciudadanos para discernir la veracidad y confiabilidad de la información que consumen en la red, desarrollando habilidades de pensamiento crítico y comprensión de la ética periodística.
  • Cooperación entre actores clave: Gobiernos, organizaciones de la sociedad civil y plataformas tecnológicas deben colaborar para combatir la propagación de fake news y desinformación, implementando leyes, regulaciones y herramientas tecnológicas apropiadas. Se debe legislar al respecto, se deben establecer candados regulatorios que, respetando la libertad de expresión, generen transparencia en el manejo de la información.
  • Prácticas periodísticas éticas y transparentes: Los medios de comunicación deben comprometerse con la independencia editorial, la diversidad de voces y la integridad en la presentación de la información, ofreciendo contenido basado en datos y evidencias objetivas. La ética de los medios es indispensable, como indiospensable es que la demanda de de fake news, pueds disminuir.
  • Promoción del diálogo y la deliberación: La creación de espacios para discusiones constructivas y respetuosas entre diferentes sectores de la sociedad puede ayudar a contrarrestar la polarización y a desarrollar un consenso en torno a los hechos y realidades compartidas. La verdadera democracia se construye en el diálogo y el accontability, en el momento en que los ciudadanos cuestionan seriamente a sus gobernantes y estos son capaces de responder con verdad, no con demagogia esquizofrénica.
  • Adaptabilidad y cambio: Siguiendo el pensamiento de Bauman, debemos adoptar un enfoque proactivo y flexible para enfrentar la posverdad y las fake news, adaptándonos continuamente a medida que evoluciona el panorama de la información.
“Sólo los estados totalitarios necesitan un filtro de carga”. Foto: Markus Spiske

En resumen, la lucha por la democracia y la gobernabilidad en la era de las fake news y la posverdad se asemeja a la búsqueda de la verdad y la liberación de las sombras en el Mito de la Caverna. Para enfrentar este desafío y asegurar un futuro más informado y resiliente, es fundamental que actuemos de manera concertada en todos estos frentes.

La clave para abordar las sombras de la posverdad y las fake news radica en reconocer que la lucha no termina con la liberación de un solo prisionero de la caverna. En cambio, debemos enfocar nuestros esfuerzos en liberar a tantas personas como sea posible, brindándoles las herramientas para discernir la realidad y contribuir a la construcción de una sociedad democrática y gobernable.

En última instancia, enfrentar las sombras de la posverdad y las fake news requiere un compromiso colectivo y sostenido con la verdad, la objetividad y la justicia. Al adoptar estos valores y trabajar juntos en la búsqueda de un mundo más iluminado, podemos superar la oscuridad de la caverna y construir un futuro más brillante y esperanzador para todos. Las sociedades no deben ni pueden sostenerse en la mitología de un discurso maniqueista que exalta la confrontación por el contrario, es el estado de derecho, la cordura y el diálogo desideologizado lo que posibilitará un mejor mañana.

Rupnik, el arte y el pecado

Una locura bien decidida

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Ilustración: fotografía de rusyena tomada de Unsplash

Don Quijote, hasta cierto punto, es un criminal suelto. Basta con leer sus primeras aventuras. Vemos a alguien capaz de acometer a un inocente fraile de san Benito, tumbarlo a fuerza de lanza de la mula en que venía, y a Sancho, su ejemplar escudero, lo vemos robarle al pobre fraile todas sus pertenencias. Déjenme compartirles el pasaje y luego explicarles por qué escribo esto:

Y sin esperar más respuesta picó a Rocinante y, la lanza baja, arremetió contra el primero fraile, con tanta furia y denuedo, que si el fraile no se dejara caer de la mula él le hiciera venir al suelo mal de su grado, y aun malferido, si no cayera muerto. […] Sancho Panza, que vio en el suelo al fraile, apeándose ligeramente de su asno arremetió a él y le comenzó a quitar los hábitos. Llegaron en esto dos mozos de los frailes y preguntáronle por qué le desnudaba. Respondioles Sancho que aquello le tocaba a él legítimamente, como despojos de la batalla que su señor don Quijote había ganado. (Parte I, cap. VIII).

Quise escribir este breve ensayo, después de leer detenidamente durante dos años la novela, para exhibir lo inadecuadas que pueden llegar a ser ciertas representaciones de éste, probablemente el más famoso de los caballeros. En algunos contextos, los clásicos son los libros más leídos; en otros, se habla mucho de ellos sin haberlos leído. Parte de la culpa la tenemos nosotros, filósofos y humanistas, cuando presentamos estos libros como sumamente nobles y elevados —nobles en el mal sentido de la palabra: petulantes—. No lo son. Son, más bien, libros divertidos y enriquecedores.

Una de las escenas que más disfruté, y con la que me torcí de la risa, es cuando Sancho no se atreve en la noche a apartarse de don Quijote, y decide hacer «lo que otro no pudiera hacer por él» allí junto. “Hacer sus necesidades”, como decimos ahora. Al grado en que don Quijote se ve obligado a decirle «que ahora más que nunca hueles, y no a ámbar» (Parte I, cap. XX), entre otros regaños y reproches graciosos. A ambos personajes, lejos de ser leyendas intangibles, los conocemos como seres de carne y hueso. Y como esos personajes humanos que son, tienen mucho que enseñarnos. Me gustaría ofrecer una probada de ello, para que quienes ya han leído la novela disfruten al recordar y volver a tan grata lectura y quienes no, sepan que encontrarán en ella algo mucho más interesante que lo que solemos imaginarnos cuando aún no la hemos leído.

Volviendo a la idea del Criminal Andante, ciento cincuenta páginas después de la aventura de los frailes (si se me permite usar la edición de Francisco Rico como referencia), don Quijote libera a una cadena de galeotes, esto es, bandidos que habían sido condenados a remar en las galeras. Tras liberarlos, él y su escudero se esconden en la Sierra Morena, porque saben que la Santa Hermandad podría arrestarlos legítimamente en cualquier momento. Rara vez escuchamos hablar de los heridos y graves desmanes que produjo la locura de este personaje.

Porque el Quijote, a despecho de todo ello, es de nuestros héroes favoritos. Mientras planeaba cómo escribir este ensayo, le pregunté a mi abuelo, quien también leyó el libro este año que pasó, cuál le parecía que era la idea principal de la novela.

—Ayudar a la gente, hijo —me dijo.

No me dejarán mentir si digo que los pasajes en los que nuestro héroe hace un recuento de sus labores son de lo más emblemático de la novela. El mismo Sancho repite ya la fórmula al final de la novela, cuando habla, en contraposición del Quijote de Avellaneda, del «verdadero don Quijote de la Mancha, el famoso, el valiente y el discreto, el enamorado, el desfacedor de agravios, el tutor de pupilos y huérfanos, el amparo de las viudas…» (Parte II, cap. LXXII).

Que por cierto, a propósito de las viudas y las doncellas desamparadas, una cosa son las ideas del protagonista y otra muy distinta las ideas del escritor. El Quijote es un tanto machista, sí, sin embargo Cervantes no.

Una de los personajes, la pastora Marcela, decide apartarse a vivir en el campo porque no quiere la vida de una mujer casada. Su razonamiento consiste en que, por más que muchos hombres la pretendan, reconozcan su hermosura y la amen bien, ella no está obligada a corresponder a ninguno. Hay un pretendiente llamado Grisóstomo que se suicida por ella. Y ella explica en un muy bello discurso por qué no es culpa suya la muerte de Grisóstomo. Al final de la escena, después de que Marcela deja en claro lo absurdas que son las actitudes de los enamorados que quieren forzar a las mujeres a corresponderles, don Quijote trata de alcanzar a la pastora Marcela, para ofrecerle su protección; mas a pesar de sus intentos, está claro que ella no lo necesita.

Con todo y sus defectos, no deja de ser un héroe. Una cualidad fundamental de su carácter heroico es su resolución, es decir, la capacidad de actuar conforme a sus propósitos y mantenerse firme en sus decisiones. En ética, la resolución es un tema recurrente; sin ella, nadie puede alcanzar la felicidad. En el caso de don Quijote, él está resuelto a vivir y comportarse según las normas de caballería, porque está convencido de que eso dará plenitud a su vida de un modo genuinamente personal.

En el camino de una de sus aventuras, se encuentra con Vivaldo, un caminante que, hablando con él, se entera de su locura. En esa conversación surge una comparación entre los frailes cartujos y los caballeros andantes. Don Quijote lo explica de la siguiente manera: «Quiero decir que los religiosos, con toda paz y sosiego, piden al cielo el bien de la tierra, pero los soldados y caballeros ponemos en ejecución lo que ellos piden, defendiéndola con el valor de nuestros brazos y filos de nuestras espadas, no debajo de cubierta, sino al cielo abierto, puestos por blanco de los insufribles rayos del sol en el verano y de los erizados yelos del invierno.» Y continúa: «Así que somos los ministros de Dios en la tierra y brazos por quien se ejecuta en ella su justicia» (parte I, cap. XIII). Hace lucir a la caballería como una actividad más fructífera y honorable que la vida consagrada. En su descripción exagera. Él sabe que todos los presentes consideran que la vida consagrada es más noble y sensata. Nada más con decir que, si se hubiera decidido a ser fraile cartujo, no lo llamarían loco.

Puestos en estos términos, más adelante, surge una pregunta; si la vida de los frailes cartujos conforma un camino más directo y llevadero hacia la santidad (en el que hay una consagración explícita y no hace falta sufrir los erizados hielos del invierno), ¿por qué Sancho y Quijote no adoptan mejor esa vida? Porque esa vida, por más deseable que sea, no es la suya.

Su resolución por la caballería es, de hecho, una locura, y quienes lo rodean lo consideran así. No obstante, cuando hablamos del Quijote como un loco, conviene calibrar el ancho de su locura. Todos los personajes que conviven el suficiente tiempo con él están de acuerdo en que su locura está delimitada al tema de la caballería. Cuando habla de cualquier otro tema, lo aprecian como una persona sumamente sabia (da consejos a los padres, a los enamorados, a los jóvenes; habla de historia, de arte, de ética y de política con suma perspicacia). El Quijote es loco sólo respecto de una cosa. Y además de sabio, era una persona muy agradable. En su lecho de muerte, a propósito de lo mucho que lo querían sus seres cercanos, el narrador nos dice: «porque verdaderamente, como alguna vez se ha dicho, en tanto que don Quijote fue Alonso Quijano el Bueno a secas, y en tanto que fue don Quijote de la Mancha, fue siempre de apacible condición y de agradable trato, y por esto no sólo era bien querido de los de su casa, sino de todos cuantos le conocían» (Parte II, cap. LXXIV).

Así que, sí, estaba loco, pero sólo un poco. Una de las razones de los demás personajes por las que se dice que está loco se basa en que la edad de la caballería en esos tiempos ya había quedado atrás, o que sólo existe en los libros. El argumento parece bueno hasta que lo piensas en otros contextos.

Imaginemos que nadie se esforzara por hacer lo que no existe, o lo que ya no existe. Si no tiene sentido esforzarse por ser un caballero andante porque la caballería ya no existe, entonces, siendo consecuentes, tendríamos que pensar que no tiene sentido esforzarse por tener un país justo porque ya todos son corruptos; o que no tiene sentido luchar por la igualdad de la mujer porque hay muchos que las menosprecian. Nadie haría nada. Siempre que nos esforzamos, lo hacemos para conseguir lo que no existe (o para cuidar lo que puede dejar de existir). Estudiamos una licenciatura cuando no tenemos una licenciatura, precisamente porque no la tenemos y queremos tenerla; construimos asociaciones que todavía no han sido instituidas; favorecemos a personas que aún no son oficialmente amigas nuestras, y un largo etcétera.

Será la caballería de don Quijote una completa locura, y de cualquier modo su resolución es totalmente sensata.

Sabemos que al final del libro se arrepiente (pide un cura y se confiesa, y públicamente se retracta); tanto, que ordena desheredar a su sobrina si ella llegara a casarse con alguien que tenga algo que ver con la orden de caballería. Pero ¿exactamente de qué se arrepiente? Si queremos entender esta novela o, mejor dicho, interpretarla, hemos de compaginar al Quijote heroico que combate molinos de manera irreductible y pertinaz con el Quijote derrotado por el Caballero de la Blanca Luna. Para quienes no lo han leído, el Caballero de la Blanca Luna es un personaje que reta a un duelo al Quijote, con la condición de que, si lo vence, estará obligado a renunciar por un año a la caballería. Y lo derrota.

Algunas reseñas de cine incluyen una alerta cuando van a revelar algún suceso central de la trama. No hacen falta esas alertas cuando se trata de los clásicos de la literatura: lo interesante de los clásicos, más que saber la historia, es leerlos. Por ello, no guardaré recato en seguir hablando del final.

Aunadas a la tradición literaria de novelas de caballería, Cervantes retoma las ficciones de la tradición poética pastoril. La historia de Grisóstomo y la pastora Marcela es uno de estos casos. Al menos en castellano, la obra de Garcilaso de la Vega es la más representativa de la tradición de poesía pastoril.

Y resulta que los versos y el vocabulario de Garcilaso ornamentan incontables escenas del libro. Por ejemplo, cuando llegan a la casa de don Diego de Miranda, nuestro caballero se topa con unas tinajas del Toboso, que le obligan a pensar en Dulcinea. Al momento, exclama:

¡Oh dulces prendas, por mi mal halladas,
dulces y alegres cuando Dios quería!

Son nada menos que los primeros versos del soneto X de Garcilaso.

Pues bien, después de derrotado, ya que está obligado a renunciar por un año a su profesión, él y Sancho deciden que, mientras, se convertirán en pastores como los de las églogas de Garcilaso. Una égloga es precisamente un poema que idealiza la vida del campo y de los pastores, y que generalmente trata sobre el desamor de los pastores.

El ideal caballeresco y el ideal pastoril difieren bastante. ¿Qué quiere decir el hecho de que el Quijote muere tras decidir ser pastor? Los caballeros duermen poco, comen mal, reciben heridas, en fin, sufren. Y lo hacen en vistas a favorecer a los necesitados; realizan una misión que de no ser por ellos ninguna otra persona emprendería. Están motivados ya sea por honor, por su dama, por sus seres queridos, y también por el compromiso que sienten hacia las demás personas.

Los pastores, en cambio, no tienen propósitos que los conduzcan a salir de sí mismos. En todo caso, están fuera de sí mismos en el mal sentido de la expresión. Sufren por amor no correspondido, pero no tienen propósitos. Leemos en los poemas pastoriles asombrosas escenas naturales contrastadas con la tristeza de los pastores. Una estancia de las églogas más famosas, la Égloga I de Garcilaso, describe:

El sol tiende los rayos de su lumbre
por montes y por valles, despertando
las aves y animales y la gente:
cuál por el aire claro va volando,
cuál por el verde valle o alta cumbre
paciendo va segura y libremente,
cuál con el sol presente
va de nuevo al oficio
y al usado ejercicio
do su natura o menester l’inclina;
siempre está en llanto esta ánima mezquina
cuando la sombra el mundo va cubriendo
o la luz se avecina.
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

Esa ‘ánima mezquina’, aunque tiene razones para llorar, no parece tener razones para dormir en las piedras, comer mal, sudar y arrojarse a las batallas peligrosas. La vida de los caballeros es un transcurso lleno de propósitos. La vida de los pastores es un final paralizado por un lamento.

No hay una historia del pastor Quijótiz y su amigo el pastor Pancino. De hecho, Garcilaso tampoco cuenta historias, sino que cuenta «el dulce lamentar de dos pastores». La historia del Ingenioso Hidalgo termina de un modo no muy distinto al que comienza. Termina dejando las armas, y había comenzado tomándolas. Antes y después no hay historia. En su primera salida, hablando consigo mismo, él se imagina cómo narrarán su historia, cómo dirán que «el famoso caballero don Quijote de la Mancha, dejando las ociosas plumas, subió sobre su famoso caballo Rocinante y comenzó a caminar por el antiguo y conocido campo de Montiel» (Parte I, cap. II).

La vida, quiere decirnos Cervantes, está fuera de las ociosas plumas (de la almohada, es decir, de la comodidad) y de los lamentosos finales (o de los idílicos escenarios de paz y estabilidad). Lo principal está en la lucha por los propósitos honorables.

Si esto es cierto, queda aún una pregunta por responder: ¿cuáles son esos propósitos honorables? ¿Cómo distinguir un propósito honorable de un molino de viento que nos arrojará al suelo estúpidamente?

De algo se arrepiente don Quijote, y no he respondido esa otra pregunta que planteé líneas atrás. Me atrevo a decir que se arrepiente de, en ocasiones, haber luchado por las imaginaciones equivocadas y también, en otras ocasiones cuando sus objetivos eran los correctos, de haberlo hecho de la manera inadecuada. Pero no veo cómo podría arrepentirse del hecho de haber luchado.

La siguiente vez que lea el Quijote, pondré especial atención en todos esos pasajes en los que se confunde realidad con ficción. Quisiera saber cómo reconstruir esa ética de las ficciones que vemos palpitar en la novela.

Por lo pronto, queridos amigos, espero haber exhibido la resolución del ingenioso don Quijote, uno de los incontables descubrimientos que uno puede sacar de esta novela: la determinación de traer a la existencia todo el bien que aún no existe.

Ilustraciones, en orden de aparición, de Ashlyn Smith, Timothy Dykes, Nik Shuliahin, Mick Haupt, Farina Hussain, Michal Matlon tomadas de Unsplash.

Rupnik, el arte y el pecado

Buscando un manual para el desamor

Por Binnui Navarro Romo

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A propósito de
La Mujer en la Casa
Jean Guitton
Herder, Barcelona, España, 1962.
134, p.

Jean Guitton escribía muy buenos libros con muy malos títulos; éste es uno de los peores títulos: La Mujer en la Casa (1962). Pero también es uno de sus mejores libros, y el título, aunque no parezca, tiene una buena explicación. En su libro, Jean Guitton se ocupa del amor humano subordinado a la finalidad de una vida religiosa y católica. Lo que hizo fue reescribir su libro sobre El Amor Humano (1957); presenta La mujer en la casa como fragmentos más trabajados de aquel otro libro, con la intención de que sea “polvo radiactivo (que pueda ser) recogido por algunos muchachos y muchachas de estos tiempos para ayudarlos, en el transcurso de la vida, a vivir ese gran misterio”.

Guitton advierte que este misterio se le ha comenzado a mirar con resentimiento, con cierta sospecha de ser un mal, o con grandes esfuerzos para que lo parezca (por ejemplo, Simón de Beauvoir; a quien Guitton dedica un capítulo llamado El Segundo Sexo, tal como la obra de Beuvoir, de 1949). Con su título tiene dos propósitos: ironizar y profundizar. El sentido profundo del título da continuidad a la ironía (como haré notar más adelante), pero el sentido irónico nos cautiva y nos hace exigir razones. En el amor conyugal hay más que solo las formas imperfectas que a veces hemos conocido. No podríamos negar que en ciertos momentos de nuestra historia se ha llevado a cabo de muy mala manera, pero eso no significa que en el matrimonio y la maternidad (principales blancos de la crítica de Beauvoir a nuestra sociedad), haya maldad pura. Ciertas cosas deben cambiarse, otras no. Primordialmente, Guitton dedica su libro a la juventud con la finalidad de difundir este mensaje y ayudarnos a aclarar nuestras creencias, para tener una buena vida religiosa.

Como filósofo católico, busca reconciliar la tensión que existe en nuestra vida entre la experiencia del amor humano y la del amor de Dios. Escritor de El Trabajo Intelectual: consejos para los que estudian y los que escriben (1951), también es el filósofo que concilia una filosofía en la que las vías de acción acompañan a las razones. Nos enseña a vivir con paciencia en una vida activa y con Dios siempre en mente. Por vida activa me refiero a una vida de finalidades, necesidades y proyectos humanos.

Se puede ejemplificar y confirmar lo anterior con lo que dice en el capítulo El precoz y el tardío:  “en el fondo, lo precoz es el método del humano. Lo tardío es el método que Dios se reserva; Él, que, disponiendo todo el tiempo, es capaz de esperar”.  Este es un principio: un consuelo. Luego, intercala los principios y los métodos, incluso, con ejemplos notables. De manera que ilumina nuestros límites, pero, también, las posibilidades dentro de los márgenes de nuestra vida humana, haciéndonos ver nuestra vida en la vida de los demás:

Pero es bueno que la naturaleza y la historia, maestra de los retrasos, engendren consagraciones tardías.

Todo se hace demasiado pronto. Y todo retraso es educador. Tales son los acontecimientos, las circunstancias, los retrasos y las obligaciones que a menudo obligan a las personas a hacer tardíamente lo que debieron haber hecho en la juventud: tales las «vocaciones tardías», como fueron las de los primeros apóstoles.

El amor de Dios no limita nuestro deseo de amar, sino que lo engrandece; es decir, lo educa. Y esto del mismo modo que el amor de Dios no elimina la esperanza humana, sino que la conduce y hasta la sostiene. El mayor consejo de Guitton siempre parece ser que hay que dejarse conducir por Dios: hay que permitirnos aprender y para ello hay que estar dispuestos a tomar decisiones y asumir las consecuencias, para cambiar nuestro rumbo cuando se pueda, y sea conveniente, cambiarlo. En un mundo donde todas las situaciones pueden ser descritas sin Dios (más bien con términos “positivos”, por llamarlos de algún modo y recordando a Comte, su compatriota), él afirma que Dios es la situación que abarca todas nuestras vidas: aprendemos por el amor de Dios, porque permitiéndonos y decidiendo amar, vivimos sobre el camino de Dios. Aquí llegar a pensar positivamente (u óptimamente, para ser más claros) significa esforzarse en pensar teológicamente: con Dios siempre en mente. Ser racional significa decidir amar y abrir todos los senderos para poder hacerlo.

El sentido más profundo del título La mujer en la casa se aclara apenas uno lee las primeras páginas:

La mujer es la que hace la casa más que el albañil. Mi casa es lo que llamo «mi interior», como si fuesen mis adentros, cuando no es sino el caparazón. Pero este caparazón permite mi vida secreta. Este exterior me da un interior.

En discusión con quienes llegan a pensar que el amor conyugal es la finalidad última de la vida, y también con quienes lo consideran un pasatiempo sin mayor importancia que cierto disfrute, Guitton llama al amor conyugal la casa del amor divino: la intimidad que da símbolo al amor de Dios. Para él, el matrimonio y el noviazgo son más que meras formalidades o ilusiones, porque son  “trazos de una vida definitiva, apoyadas en la roca de las promesas”. (Cap. VII: La boda de Emaús, p. 42). Afirma que esto sólo podemos comprenderlo quienes tenemos fe: vemos el amor humano como un instrumento de Dios, quizá, más bien, como una vía hacia Dios. Pero creo en este doble rostro del amor humano (como instrumento de Dios y como vía hacia Dios) parece contrastar con las palabras que Jesús responde a sus discípulos, cuando les advierte que en su queja “si ésta es la condición del hombre que tiene mujer es mejor no casarse”, pueden profundizar hacia la vocación del celibato: “¡Entienda el que pueda!” (Mateo 19:10-12).

A pesar de ello, Guitton quiere salvar la experiencia del amor conyugal en nuestro deseo de vivir conforme del amor Dios y sigue luchando (más bien, buscando abrir vías para su amor) contra las duras palabras del evangelio, cuando Jesús afirma: “en la resurrección no se casarán ni ellas ni ellos, sino que serán en el cielo como ángeles” (Mateo 22:30). Aunque señala, en el capítulo sobre El Segundo Sexo de Beuvoir, que no piensa que hay una oposición entre el mandato divino y el matrimonio, pero no por el celibato, sino por la castidad: en la unión matrimonial hay un esfuerzo por llegar a algo incorruptible, pues, como Beuvoir de algún modo vió, en nosotros los seres humanos hay algo más profundo que el sexo, que conforma sólo cierta parte (aunque importante) de la brevedad de nuestras vidas mortales. Para él esto significa el camino para aclarar el sentido más importante del matrimonio. Guitton quiere ver, como en lo personal tiendo a hacer, un trazo de la eternidad, del amor de Dios, en el amor humano que ya sucede en nuestras vidas.

Guitton y yo nos rehusamos a las abstracciones, que hacen de la eternidad una promesa inhumana y disuelven nuestra historia, como si fuera una apariencia o ilusión, para sobreponer lo esencial. Esto lo pude advertir en un bonito capítulo llamado ¿Volveremos a vernos en otra vida?: “concebir la permanencia del yo sin una permanencia del nosotros parece difícil, a menos de imaginar metamorfosis, sustituciones del ser que terminan por despersonalizarnos”. No se trata de una lucha contra la palabra de Dios, sino de un modo de reconciliar la experiencia ordinaria del amor, en el matrimonio, con el deseo de vivir conforme a la palabra de Dios. Así, como Guitton, no creo luchar con las palabras de Dios, sino trabajar con mi naturaleza, pues deseo llevarla al puerto de la salvación.

De acuerdo con él, el sentido del matrimonio se aclara en la continuidad entre la vida mortal y la eterna. El noviazgo y el matrimonio son experiencias genuinas de amor, porque si se vive según la fe se aprende a construir la casa, a ver en el amor humano un puente hacia el amor divino. Se trata de un misterio y para el cristiano esto significa el claroscuro de una verdad que aclara sin ser transparente: sólida como los cimientos, sirve de base, pero no se logra ver a través de ella. Quizá, tal como la eucaristía, el amor conyugal es un símbolo que no rechaza su “apariencia” al poner nuestra fe en el milagro divino y admirar el matrimonio como símbolo de Dios, sino que se complementan, enriqueciendo el sentido de lo ordinario mediante lo revelado: pan y vino son sacrificio del trabajo humano y se transforman en el sacrificio de Dios.

Es así como, años después de haber escrito El Amor Humano (1957) y su reiteración en La Mujer en la Casa (1962), escribe Mi Testamento Filosófico (1997), obra en la que imagina que tras su muerte, en la espera del juicio de Dios, su mujer fallecida antes que él, Marie-Louise, lo visita para tranquilizarlo: su matrimonio, como vía del amor hacia Dios, se volvió un instrumento para su salvación. Fue su esposa quien contribuyó a su salvación. En esa escena de Mi Testamento Filosófico, pone en boca de Marie-Louise una interesante definición del amor humano:

“— ¿Qué es el amor humano?

— Un impulso de vida que se reflexiona, se interioriza y se eleva a lo espiritual. En la superficie, la juventud, la belleza, la pasión, el placer. En el primer nivel de profundidad, la alegría, el honor, la confianza, la estima, el respeto amoroso, la generosidad tierna, el afecto firme y cordial.

— ¿Y en las grandes profundidades?

— El abismo que llama al abismo”.

En el último momento de su vida, encontró la profundidad cristiana que buscaba en el matrimonio. Su esfuerzo me parece fructífero y creo que nosotros podemos recuperar un vocabulario como el suyo (así como seguir su ejemplo de vida), para dirigir nuestro rumbo siempre a Dios, y poder apreciar el doble rostro de nuestra vida, como instrumento de Dios y como nuestra vía hacia Dios, para entrever en el amor humano el camino del amor divino. Aprender a amar sin más. Contemplar que la tensión entre lo divino y lo humano se da en el amor, que es, finalmente, Dios y humano, o Dios hecho hombre… Mi sospecha es que ese es el abismo que llama al abismo: el matrimonio como símbolo de Dios es como el hombre que es la palabra de Dios. Es como el cristiano que busca perseverar continuamente en la finalidad de volverse hijo de Dios. Imitar al ser humano perfecto que fue Cristo. Tarea en la que sólo Dios puede conducirnos, tal como Guitton hacía ante la palabra de Dios, actuando sobre su naturaleza y sobre sus hábitos. Sobre tal profundidad es bueno perseverar para nunca dejar de amar, pero recordemos que un corazón dispuesto a la alegría es también un corazón dispuesto a la tristeza. Así, no puedo evitar sentir que ese dirigirse a Dios es, más bien, siempre, un redirigir constante en torno a la revelación divina y la Iglesia de Cristo.

Con su experiencia, nos enseña a perseverar en Dios y vivir este gran misterio, que, quizá, no sólo es el amor conyugal, sino la vida humana como amor: el camino por convertirnos en hijos de Dios. El amor es un gran prisma que posee más lados que los del amor conyugal, pero posee un sólo vértice principal que es Dios. Vale la pena que se reflexione sobre esto: muchas veces, jóvenes y adultos, no evitamos sentir una grave tristeza al no hallar el amor del noviazgo, o del matrimonio, en nuestras vidas, y vivimos insensibles ante el amor que recibimos e impotentes del amor que podríamos dar. La amistad, la familia, incluso la ciudadanía, son un ejemplo de estas formas del amor humano, pues una casa se construye con varios materiales: ese es mi reclamo hacia Guitton.

Lo más valioso de este libro es que haya sido una reescritura de El Amor Humano (1957): nos enseña que siempre es bueno reconsiderar el gran misterio que es vivir el amor como humanos. No sólo al escribir sobre éste, sino también al vivirlo. Guitton me dio esa oportunidad al leer su libro. Él nos señala que el matrimonio, como podríamos pensar que también es el sacerdocio, son promesas de entrega total a Dios. Le da importancia a los sacramentos de la iglesia católica y busca su sentido vital. A diferencia de la amistad, la familia y otras formas de las relaciones humanas que pueden vivirse virtuosamente (como camino hacia Dios), el matrimonio y el sacerdocio podrían pensarse como instituciones difíciles de cada día. Se trata de tareas más arduas, con promesas de por medio que comienzan un día y no acaban sino hasta la muerte. Los esposos se encuentran después de un cansado día, rezan; los sacerdotes llevan a cabo las tareas cotidianas que mantienen la iglesia de Cristo en compañía de otros sacerdotes; los novios dialogan sobre sus metas; todos en medio de las enfermedades, el trabajo y otras dificultades de nuestro mundo y de otras interacciones cotidianas. El matrimonio y el noviazgo (como un camino hacia el matrimonio) implican formas de intimidad entre dos personas, que el sacerdocio evita por una fuerza mayor en la renuncia a este mundo en nombre de Dios.

Sin embargo, no podemos olvidar que esta casa puede hacerse de varios materiales y con varias habitaciones, y eso podría ser deseable: desear vivir la vida como amor nos exige más que el matrimonio y el sacerdocio, y eso nos da una casa mucho más ancha, menos monótona y más sólida. El matrimonio y el sacerdocio suenan más como a un bello vestíbulo que da a todos los cuartos, que a la casa entera. Quizá, hasta es el techo que recubre toda la casa, pero no es la casa misma: su supervivencia requiere de todo lo demás, pues sólo así habría una casa y Dios la habitaría. Pero lo más importante quizá sea que Dios habita en el amor que llegamos a tener hacia todos los seres humanos, pero antes Dios tiene que ser el cimiento de toda la casa: como una semilla de mostaza, se nos prometió, el amor de Dios cubrirá todas nuestras vidas (Mateo 13: 31-32). Por otro lado, el matrimonio y el sacerdocio deben fortificar y abrir caminos a ese amor, y evitar limitarlo. Quizá, como casas deben pensarse en medio de las comunidades: ¡qué difícil es expresar y vivir el que sólo a Dios debemos adorar si queremos ser felices! Vivir esta vida como humanos con la finalidad de agradar a Dios. Quizá se resume en unas pocas palabras: esforzarse en vivir la santidad.

Usando las  palabras de un poema de Machado, este libro es como las estelas que dejó tras de sí un genuino filósofo (pienso a Guitton como un hombre que se esforzó en entender y en vivir la sabiduría, es decir, la palabra de Dios). Por ello recomiendo La Mujer en la Casa (1962) como un libro de cabecera. Este es el término que el mismo Jean Guitton usa en El Trabajo Intelectual (1951) para describir a los libros que nos sirven a lo largo de la vida: porque nos recuerdan el rumbo y nos proporcionan vías más o menos claras para seguir adelante en esa dirección. Los ángulos de La Mujer en la Casa son tantos, y creo que cada pasaje se relacionará mejor conforme avanza uno en edad, pero en cierto momento de la vida, las palabras de Guitton nos suenan sólo a medias y nos sonríen como meras promesas, que la vida nos revelará en su momento. El principio con el que concluyo es que vale la pena siempre reconsiderar: reescribir y reconducir siempre con Dios en mente. Al invitar a leer a este filósofo busco sugerir el camino de la genuina sabiduría: que es la de Cristo, si él es el hijo de Dios. A quien debemos seguir para aprender a vivir el amor al que nos sentimos llamados: sepamos ser precoces y vivir día a día, pero también dispongamos nuestra vida al aprendizaje de la sabiduría, que es el método de Dios y el camino de la santidad.

Ilustración del autor
MDNMDN