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Sumergiéndome en la eternidad… y sus maravillas

Sumergiéndome en la eternidad… y sus maravillas

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«El presente es el punto en el que el tiempo coincide con la eternidad»

C.S. Lewis
Y para mí especialmente ahora.

Como una mexicana en sus veinte años nunca me hubiera planteado estudiar Teología como carrera universitaria. Estudiar Teología —para muchos en mi país y por ignorancia— es para sacerdotes y algunas religiosas. Muchos estudiamos catecismo en su momento y pretendemos que conocemos a fondo nuestra fe; en realidad nos falta muchísimo por aprender. Desde hace un par de meses he emprendido una aventura fascinante: viajé a Roma y me matriculé en el Baccalaureato en Teología en una universidad pontificia.

Al llegar a las clases sentí que soy minoría en este mundo. Un aula de cincuenta personas en las que tan solo somos cinco mujeres. Además, somos pocos los laicos que no están ahí para prepararse para el sacerdocio. ¿Por qué estudio Teología? La pregunta la recibo al menos alguna vez por semana. Hasta ahora me dispongo a responderla con cabeza. No para los demás, sino para mí.

Dos cosas son las que principalmente me han motivado a estudiar esto. La primera, Dios. La segunda, Roma. Antes de venir, una buena amiga —con la que comparto ambas profesiones de filósofa y teóloga— me insistió: «Estudiar Teología es conocer lo que Dios quiere que sepas de Él mismo». No necesité más: esa verdad bastó para que me aventurara en esto. Para una católica practicante como yo, estudiar con seriedad las verdades de mi fe resulta completamente fascinante y revelador. Sabía que había todo un mundo por conocer, pero nunca creí que sería tan definitivo para lo que significa ser católica, para lo que significa ser hija de Dios.

Aunado a esto me motiva el hecho de que el Papa Francisco haya hecho un llamado especial a los laicos para su participación en la Iglesia. Su voto en el pasado Sínodo es tan solo un ejemplo de esta actitud de Su Santidad. Como laica, mujer y estudiante de Teología esta actitud me interpela directamente. Me hace sentir la responsabilidad del mundo y de la Iglesia en mis hombros. Me resulta un honor poder cargar con un cachito de esta piedra sobre mis hombros, aún flacos, por todo lo que me queda por estudiar y profundizar. Cuando subo al último piso de mi universidad y salgo al terrazzo veo la cúpula de San Pedro, recuerdo mi colaboración con el Santo Padre y renuevo mi esperanza en que esto vale la pena.

San Pedro, Ciudad del Vaticano.
Foto: Mauricio Fajardo.

Me ha sorprendido especialmente la cultura de las universidades pontificias. En Europa es común —permítaseme esta expresión, aunque sé que implica muchos matices— estudiar Teología a nivel universitario, incluso para personas no cristianas o poco practicantes. Esto lo comprobé en Roma, donde encuentro a muchas personas que deciden emprender esta aventura como yo. No existe mucho prejuicio alrededor de estas universidades. Yo sí tenía este prejuicio, por el pragmatismo del que vengo en el que cualquier estudio lo tiene que avalar un título reconocido por mi gobierno. Lo que he encontrado aquí es un verdadero espíritu de búsqueda de la verdad. El conocimiento no utilitario cobra especial importancia aquí, lo cual es valiosísimo.

Mi segunda motivación es Roma, ¡y qué motivación! Su apodo de città eterna no es trivial. Una amiga una vez me dijo «Roma es de otro mundo y mil mundos al mismo tiempo». No puede tener más razón. Mi universidad tiene Piazza Navona como patio de recreo. Para llegar al centro de Roma camino por Via Flaminia. Esto me permite entrar hacia el centro por la Porta del Popolo: antigua entrada a la gran ciudad. Todos los días me maravillo ante esta entrada. Ahí hay un semáforo que me permite frenar, contemplarla y retomar la conciencia de que estoy a punto de entrar en la historia de esta ciudad, de ayudar a seguir escribiendo esa historia. Al contemplar me repite que no me puedo acostumbrar.

 Vivir en Roma es viajar en el tiempo diariamente. Es respirar y convivir con el caos —aunque viniendo de la Ciudad de México, la palabra caos es sinónimo de cotidianidad—. Es esquivar turistas e italianos enojados. Es, de un mismo vistazo, percibir tres mil años de historia. Es escuchar todas las lenguas, porque todos los caminos llevan a Roma. Fue la capital del gran imperio y sigue siendo capital de Occidente en muchos sentidos. Roma es abrumadora: es enorme, en todos los sentidos de la palabra. Al mismo tiempo llega a ser tan personal y acogedora, de las maneras más extrañas, pero logra serlo. Ante tanta universalidad —con la que convivo diariamente— es imposible que la añoranza del país de origen sea triste. Junto con la nostalgia que el estar lejos de casa conlleva, Roma consigue reunir a todas las naciones y valorar la riqueza de cada una.

Llevo solo unos pocos meses y la aventura acaba de empezar. Pero si con poco tiempo ha conseguido sorprenderme y fascinarme, ¡todo lo que me espera! Lo que más he valorado es que Roma me ha enseñado a contemplar… espero que no se detenga.

Cristo y la nada plenificada

Cristo y la nada plenificada

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Para Jorge Rodriguez Martínez, in memoriam

Pareciera que mirar al Crucifijo es mirar a la nada: al despojo y al triunfo del vacío que es la muerte. La idea de la muerte de Dios no es nietzscheana. Al contrario, Nietzsche sabía muy bien que el origen de este pensamiento está en la experiencia cristiana. Ratzinger también defendió que la experiencia de la nada en la muerte de Dios está enraizada en la relación que el cristiano tiene de Dios en la contemplación del Crucificado. (La angustia de una ausencia, 2006)  ¿Cómo comprender la nada de la muerte de Cristo? ¿Cómo, si no es razonable, a lo menos acercarse a esta experiencia de un vacío en el que Cristo se sumerge? La reflexión filosófica puede ser una herramienta para contemplar el misterio (no así para resolverlo, sino vivirlo).

Se puede proponer que hay dos tipos de nada: la nada del vacío y la Nada soberana. Por una parte, la nada de la vaciedad, o la nada vacía, se ha pensado desde la antigüedad como la oposición a la realidad experimentable en el ámbito del ser o del mundo. Justamente la oposición entre la plenitud de las cosas naturales y su ausencia, dinamizada en los ciclos de los elementos llevó a los filósofos presocráticos a poner las bases de la metafísica. El mundo es de modo inestable, y por ser, su estructura se opone a la nada, que se piensa como lo que no es. Lo ente es, de modo trascendental y estable.

Se opone de modo óptimo a la nada. Esta doble noción de nada se refiere a la ausencia de algo, ya sea inestable o estable. Pero siempre va en contraposición o correlato de algo que es. Esta nada es la del vacío. Por ejemplo: un cajón que debería de tener un libro, pero no lo tiene, tiene nada, porque se nota la ausencia del libro. El mejor exponente de esta propuesta es Parménides, quien incluso llegó a pensar que sólo hay ser y entidad, y que la nada sólo es una imagen en nuestra mente. Aristóteles continuó en esta línea, pues pensaba que toda la naturaleza está llena de entidad, y que la nada, como vaciedad, es un concepto en la mente. El ser humano experimenta el miedo a la nada vacía cuando contempla la fragilidad de su propia vida y asoma por el abismo de la muerte, en pobreza existencial.

Por otra parte, está la Nada del Absoluto o Nada soberana. Esta es una de las grandes conquistas de la filosofía clásica. Sobre todo, es un trofeo obtenido por Plotino y sus seguidores. Las escuelas anteriores habían pensado en la nada como la negación del ser. Esto es, como una categoría aristotélica que, por default, por falta, está vacía de ser. Pues, como se dijo, Aristóteles concibe a la negación como la manifestación lingüística de la ausencia de una substancia. (Metafísica, IV, 7).

De este modo, Aristóteles se acerca a la nada a través de la negación de una substancia, como categoría del pensamiento.  Sin embargo Plotino profundiza su exploración sobre la nada y ahonda más allá de las categorías aristotélicas. Fue Platón quien comenzó a postular esta paradoja en República VI, 22, donde se dice que el principio de las cosas que son está más allá de la substancia. Por su parte, en las Enéadas III, 8, Plotino, el filósofo de Licópolis, explica esta como una de las mayores y mejores paradojas de todo el pensamiento occidental: que el bien sumo está más allá del ser y de las categorías de substancia o accidente. Esto significa que el sumo bien está por encima de la existencia y más allá de sus categorías. El sumo bien vive en una nadeidad no porque sea la ausencia de una realidad, sino porque no es ninguna de las cosas y porque, más bien, es causa de todas ellas. Plotino lo dice así:

“Mas si alguno pensase que aquél es el Uno mismo a la vez que todas las cosas, será según eso, o todas las cosas una a una o todas juntas. Pues bien, si es todas las cosas agrupadas juntamente, será posterior a todas; pero si es anterior a todas, todas serán distintas de él y él de todas. Por otra parte, si es a la vez él mismo y todas las cosas, no será el principio; ahora bien, es preciso que él mismo sea el principio y que exista antes que todas las cosas para que todas existan también a continuación de él. Pero si es todas las cosas una a una, en primer lugar, una cualquiera será idéntica a cualquier otra; en segundo lugar, aquél será todas las cosas juntas y no hará distinción de ninguna. De este modo, la conclusión es que no es ninguna de todas las cosas, sino anterior a todas.”

Enn. III, 8, 9, 45 – 58.

El sumo bien, que Plotino identifica con el Uno, también se puede pensar como Dios. Ninguna cosa se identifica con el Uno. Él no es cosa, en un contexto concreto, ni en contingencia, sino que vive como la causa del ser y de las cosas y, misteriosamente, está en todas ellas, pero no es una de ellas. En este sentido se puede pensar que Plotino piensa en la vida del Uno y sumo bien más allá del ser como una Nada soberana, porque vive de modo absoluto, incondicionada y libre de las categorías del ser y de la substancia. Con esto podríamos decir que Dios no está atado a las categorías del ser, y mucho menos a las categorías de nuestra imaginación o expectativas. Incluso desde la filosofía, acercarse al misterio de Dios es aprender a usar el lenguaje de las paradojas y del asombro.

Platón y Aristóteles. Escuela de Atenas, Rafael Sanzio.

Antes de la aparición de Cristo en el mundo, la filosofía antigua contemplaba estas paradojas mencionadas. Pero con el crecimiento del cristianismo, luego de la aparente derrota de la Cruz, las meditaciones paradójicas sobre la Nada soberana se convirtieron en una poderosa herramienta para esclarecer la doctrina cristiana. ¿Qué predica el cristianismo? Que Cristo es Dios, que murió en el dolor y la ignominia y que volvió a la vida con su Resurrección. Ahora bien, si Cristo es Dios y hombre -al mismo tiempo- y Cristo muere, eso significa que Cristo se sumerge en el abismo de la aniquilación que tanto tememos los hombres. Esto es, Cristo, como Dios, no es cosa, y vive en la soberanía absoluta como principio de la substancia, en trascendencia y plenitud, pero se sumerge en la nada vacía de nuestra fragilidad humana, con la que nos puede plenificar. Aparece aquí uno de los misterios del cristianismo por la que somos unidos a Dios: en Cristo se encuentran dos Nadas, la Nada soberana de su divinidad absoluta, plena, feliz y trascendente, que no es ninguna cosa, que se abaja a la nada nuestra, de vaciedad y contingencia, para llenarla con su presencia solidaria que abre las puertas de la vida verdadera y eterna. Ratzinger lo expresaba así:

“Porque esto es el sábado santo: el día en que Dios se oculta, el día de esa inmensa paradoja que expresamos en el credo con las palabras «descendió a los infiernos», descendió al misterio de la muerte. El viernes santo podíamos contemplar aún al traspasado; el sábado santo está vacío, la pesada piedra de la tumba oculta al muerto, todo ha terminado, la fe parece haberse revelado a última hora como un fanatismo. (…) Tengamos en cuenta que la muerte no es la misma desde que Jesús descendió a ella, la penetró y asumió; igual que la vida, el ser humano no es el mismo desde que la naturaleza humana se puso en contacto con el ser de Dios a través de Cristo. Antes, la muerte era solamente muerte, separación del mundo de los vivos y –aunque con distinta intensidad– algo parecido al «infierno», a la zona nocturna de la existencia, a la oscuridad impenetrable. Pero ahora la muerte es también vida, y cuando atravesamos la fría soledad de las puertas de la muerte encontramos a aquél que es la vida, al que quiso acompañarnos en nuestras últimas soledades y participó de nuestro abandono en la soledad mortal del huerto y de la cruz, clamando: «¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?».

La angustia de una ausencia, 2006.

Podemos ver que la Nada supersubstancial, que no es ninguna cosa, sino que vive de manera inefable, perfecta, feliz, y misteriosa para nosotros, llena nuestro vacío humano que es ausencia. No es que Cristo no sea nada, o que no sea real, sino que, al ser el principio de la realidad, “el Logos por quien todas las cosas fueron hechas” (Jn, 1, 3), se solidariza con los hombres y llena su nada vacía con la plenitud de su soberanía supersubstancial y principial, que no es comparable con ninguna cosa contingente del mundo.

El texto donde mejor se muestra cómo Cristo llena el vacío de la nada humana contingente con su soberanía supersubstancial es el famoso himno cristológico de San Pablo en Filipenses 2, 6-11. San Pablo, como judío de cultura helénica, estaba al tanto de las grandes autoridades del pensamiento griego. Habla como Píndaro sobre los juegos. Conoce la filosofía estoica. Ha oído hablar de poetas sagrados como Homero, Hesíodo y Orfeo. Conoce de lógica y retórica. También conocía sobre la filosofía platónica, y griega en general, y comenzó a usar sus términos para aclarar mejor la Sagrada doctrina. El himno cristológico de Filipenses contiene multitud de términos filosóficos como morfé; forma, yparjo; existir, y kénosis; vacío, etc. Todos estos términos son usados para aclarar cómo Cristo, siendo el principio de las entidades, plenifica el vacío humano con su presencia. El himno dice así:

“Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo: El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús -toda rodilla se doble- en los cielos, en la tierra y en los abismos, -y toda lengua confiese- que Cristo Jesús es SEÑOR para gloria de Dios Padre.”

Flp, 2, 5 – 11, Biblia de Jerusalén.

El himno cuenta y alaba el hecho del vaciamiento (kénosis) de Cristo de su forma de Dios para tomar la forma de siervo humano. Hecho como los hombres, y ya exaltado, abrió para ellos la posibilidad de experimentar la plenitud de la vida. Como el Solidario, Cristo deja la soberanía de no ser ninguna cosa, sino el principio de todas, y llena con su presencia el vacío de la nada humana pobre, y le comunica la vida de su soberanía supersubstancial, que es vida eterna, perfecta y feliz. Es así que Cristo llena nuestros vacíos, existenciales y diarios, con su presencia. Ser cristianos implica siempre vivir maravillado de cara a esta paradoja hermosa, en la que Cristo, tan lejano, se hace el más cercano; y tan trascendente se hace el más inmanente.

¿Tiene sentido la pregunta por el sentido?

¿Tiene sentido la pregunta por el sentido?

Por Salvador Fabre

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Clase de teología en la universidad, alumnos de distintas carreras. Estamos analizando cuál es el método adecuado para intentar responder las preguntas existenciales o fundamentales de la vida: ¿quién soy?, ¿de dónde vengo?, ¿para qué he venido al mundo?, ¿hay vida después de la vida?, ¿el universo se hizo sólo o fue hecho por alguien?, ¿tienen sentido la vida humana y el universo en su conjunto?, ¿existe Dios? Había que comparar el método científico, el filosófico y el teológico, para determinar cuál de ellos era el pertinente ante esos cuestionamientos. De pronto una alumna me saca de mi nube intelectual: “profe, ¿para qué atormentarnos con las preguntas sobre el sentido?, ¿no es más fácil vivir, disfrutar la vida y ya?”

Para mi sorpresa, varias alumnas le hicieron coro, señalando que esa pregunta era manifestación del egocentrismo de la especie humana; sencillamente no saber ocupar nuestro lugar en el cosmos, y creernos especiales, como si de alguna forma el universo estuviera a la espera ya sea de nosotros, como especie humana, o de cada uno, como persona. En realidad, decían, ni el universo ni nosotros mismos tenemos sentido. Lo que debemos hacer, en consecuencia, es aprender a disfrutar de las cosas sencillas de la vida, evitarnos las preguntas trascendentales, pues nos causan sufrimiento innecesario, y aceptar nuestra condición de simples animales, más evolucionados, que aparecimos en el cosmos por casualidad.

De entrada, me asombró su rápida y simple respuesta: “no hay respuesta, no te compliques y aprende a disfrutar de las cosas sencillas de la vida”; “no te obsesiones por el final, disfruta del camino?” No puedo negar que tal actitud intelectual tiene algo de subyugador: su desarmante sencillez y descomplicación. La fluidez de su receta: “aprende a disfrutar de las cosas ordinarias de la vida”, “disfruta del camino y olvídate del final.” Pero también me hizo pensar dos realidades relacionadas entre sí: una filosófica y la otra estadística. La primera es que su postura, sin ser ellas conscientes de ello, coincidía en líneas generales con el planteamiento de Epicuro sobre la muerte. Para este pensador, la muerte no es un problema, pues mientras vivimos no lo tenemos, y al morir, ya no hay sujeto que tenga problemas, de forma que evitar pensar en ella sería la actitud más sana. Nuestra sociedad sería en gran medida epicureísta, pues evita de intento pensar sobre ella; le tiene tal horror, que sistemáticamente mira a otro lado. Pero la dimensión estadística de la muerte, es la que nos empuja a no dejarla de lado. Hace pocos años -antes de la pandemia- el suicidio era la segunda causa de muerte en personas de 19 a 24 años en los Estados Unidos, únicamente superado por los accidentes de tráfico.

Me llamaba poderosamente la atención que una centennial considerara el evitar pensar en el sentido de la vida y del cosmos como la actitud más sana, cuando precisamente entre ese público -los centennials– había crecido dramáticamente el índice de suicidios, es decir, de personas que ya no le encontraban sentido a su propia vida, con sus sufrimientos y dificultades. ¿Están interrelacionados ambos datos?, ¿tienen que ver el rechazo a pensar en el sentido de la vida, con el incremento porcentual de los suicidios juveniles? La lógica más simple nos dice que sí: si la vida no tiene sentido, ¿para qué seguir soportándola cuando se presentan problemas, dificultades o fracasos? ¿Qué sentido tendría afrontar el sufrimiento, que inevitablemente se presenta en nuestras vidas? ¿Para qué? No en vano el epicureísmo es hedonista: la vida vale en la medida en que disfruto de ella y, si ya no la disfruto, no vale. La actitud coherente en ese caso es el suicidio.

Ahora bien, otro coro dentro del grupo sugería: “la vida no tiene un sentido objetivo, no es algo que está allá afuera, esperando ser desvelado o descubierto… somos nosotros los que le damos sentido a las cosas que hacemos. Cada quien tiene su propio sentido de la vida.” Por lo menos estos jóvenes reconocían que deberíamos dotar de sentido a una realidad que en sí misma es indiferente. Personalmente, sin embargo, me sonaba más bien a una especie de placebo, con el que nos entretenemos, mientras esperamos, sin reconocerlo abiertamente, la muerte. Digamos que la cosmovisión relativista en la que habían sido formados no les permitía gran cosa: la realidad no tiene un sentido objetivo, sino somos nosotros los que la dotamos de sentido subjetivo. En esta perspectiva el sentido es necesario, pero no real ni verdadero. Por eso, en épocas de crisis, se descubre lo falaz del intento, y puede uno verse avocado hacia el suicidio o la desesperación. Todas estas opiniones de los centennials, me hacían pensar que necesitamos, urgentemente, una metafísica que nos permita superar el individualismo relativista y autorreferente en el que estamos enfangados ideológicamente. Mientras eso no se consiga, seguirán siendo altos los índices de suicidio juvenil.

Nefarious la película

Nefarious la película

Por Salvador Fabre

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La película dirigida por Chuck Konzelman y Cary Solomon, estrenada en abril del 2023, ha dado ya mucho de que hablar. Es impresionante cómo una producción de bajo presupuesto, pero con un potente mensaje, un gran guion y una excelente actuación, puede impactar en la sociedad. Es una especie de carga de profundidad, en donde, a través de los diálogos, volvemos a plantearnos las preguntas fundamentales de la existencia humana: ¿qué es el bien?, ¿qué es el mal?, ¿hay otra vida además de la que ahora vivimos?, ¿existe Dios?, ¿existen los demonios? Presenta agudamente, también, dos conflictos interesantes: el clásico seudo enfrentamiento entre ciencia y fe, entre un poseso y un psiquiatra ateo, por un lado, y por otro, el triste caso de un sacerdote sin fe en lo sobrenatural, lamentablemente frecuente en nuestros tiempos. El cóctel no puede ser más sugerente y explosivo.

La película puede utilizarse como un buen material de respaldo para el curso teológico de “Historia de la Salvación.” Es decir, el plan de Dios para salvarnos y, por contraparte, el del demonio para condenarnos. Nefarious le va explicando, con mucha paciencia al psiquiatra James Martin -¿velada alusión al sacerdote jesuita James Martin?- cómo dispuso Dios (el enemigo) las cosas y cómo su amo (el diablo), se ha empeñado en corromperlas desde el principio. Deja muy claro que los demonios nada pueden directamente contra Dios, pero indirectamente sí le afectan, matando y destruyendo lo que Él ama: la humanidad. Es particularmente aguda su descripción y actuación, del placer que experimentan los demonios por cada niño abortado, así como el “sufrimiento del Carpintero” (Jesús), por los niños asesinados en el vientre de su madre.

El filme aborda, podríamos decir, a dos niveles, los grandes debates de nuestro tiempo, sin timideces ni ambages, sino decididamente. En este sentido es contracultural y políticamente incorrecto, pero en ello estriba su éxito: en proclamar la verdad y defender la perspectiva sobrenatural, que viene a ser como una trama oculta detrás de toda la historia de la humanidad. La perene lucha entre el bien y el mal, de la cual no podemos abstenernos, aunque en teoría nos mantengamos al margen o indiferentes, pues esa actitud supone ya tomar una postura al respecto.

En un primer momento, toca decididamente y con gran fuerza tres grandes temas de actualidad, los tres relacionados con el “evangelio de la vida”: la eutanasia, el aborto y la pena de muerte. Y Nefarious les llama por su nombre: asesinatos. Profetiza al Dr. James Martin que antes de abandonar la prisión, habrá cometido tres asesinatos. El Dr. Martin se ríe de tal pretensión, pero, poco a poco, a lo largo del filme, Nefarious le va haciendo ver que ya los cometió: la eutanasia de su madre enferma hace 10 años, el aborto de su novia ese mismo día, y la firma de su condena a muerte, cuando ya tenía la certeza de que sí se trataba de un caso de posesión diabólica y que el desdichado poseído Edward Wayne Brady, nada tiene que ver con los asesinatos cometidos.

En una perspectiva más de fondo, la película muestra cómo la historia de la humanidad puede leerse como una gran trama -Historia de la Salvación- en la que se disputa el alma y el corazón del hombre. Y ofrece una clave de lectura a la vez profunda e interesante: el modo de vivir la libertad. El gran don de Dios a los ángeles y a los hombres es la libertad. Pero la libertad -nadie mejor que Dios lo sabe- encierra en sí misma un sentido y un riesgo. Fuimos creados libres, hombres y ángeles, para amar, pero corremos el riesgo de rebelarnos contra ese sentido originario de la libertad, y utilizarla para enaltecernos a nosotros mismos. El eco del “seréis como dioses” de la tentación de Adán y Eva en el paraíso, recorre toda la historia de la humanidad.

Es muy sugerente la “justificación” que Nefarious hace de la rebelión de los demonios contra Dios, la cual sigue seduciendo a muchos de nuestros contemporáneos: Dios nos crea libres, pero a la vez nos convierte en sus esclavos. Somos libres para adorarlo y alabarlo, pero si nos rebelamos, nos espera el infierno. La actitud de satán está llena de señorío: se rebela contra Dios, porque no quiere servir a nadie, porque su libertad es solamente para sí mismo. Él es el fin de su propia libertad, y convence a los hombres de que no sirvan a Dios ni a nadie, sino sólo así mismos. Ahí radica la grandeza de la libertad para el demonio. Se vuelve a cumplir entonces la aguda intuición de san Agustín: “Dos amores fundaron dos ciudades: el amor de Dios hasta el desprecio de sí mismo, la celestial, y el amor propio hasta el desprecio de Dios, la terrena.”

El retrato del Anticristo

El retrato del Anticristo

Por Salvador Fabre

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Leyendo “Los tres diálogos y el relato del Anticristo” de Vladimir Soloviev, filósofo ruso de la segunda mitad del siglo XIX, dedicado al ecumenismo y converso finalmente al catolicismo, encontré, junto con afirmaciones típicas de su época -el diálogo es publicado en 1899- que muestran la ceguera del racionalismo decimonónico frente a la inminente 1ª Guerra Mundial, otras en cambio proféticas sobre el siglo XXI. Concretamente, en la “profecía” de Soloviev, el Anticristo vendrá en el siglo XXI y promoverá una serie de políticas características de nuestra época. En un sentido fracasó como profeta: consideraba imposible una guerra entre las potencias europeas, guerra que se desencadenó tan soló 15 años después de su texto y 14 después de su muerte, en cambio acertó en afirmar que el siglo XX sería el siglo de las “grandes guerras.” Además, previó algunas de las notas típicas de la cultura en el siglo XXI, por lo que sí podemos calificar su texto de actual, de profético y de advertencia.

¿Qué características tendrá este Anticristo? Son de lo más variopintas, aunque la esencial es obvia: no reconocer a Cristo, ponerse en el lugar de Cristo, ofrecer su venida en vez de la segunda venida de Jesús. Esa oposición a Jesús se manifiesta como un rechazo a la verdad; pero se trata de un rechazo disimulado: ofrece cantidad de bienes, promete la paz perpetua, la era del progreso, es un gran altruista y pluralista, incluso se muestra respetuoso de las religiones y promueve un cristianismo en general -es decir, la unión de católicos, ortodoxos y evangélicos- que prescinda de sus contenidos doctrinales y dogmáticos, para centrarse únicamente en una propuesta moral, pacifista e incluso animalista. El mundo secularizado en que vive se caracteriza por el olvido de la trascendencia, la espiritualidad y Cristo; elementos todos ellos suplidos por el progreso y la filantropía.

Portada: “Los tres diálogos y el relato del Anticristo”. V. Soloviev

El “relato del Anticristo” -escrito a finales del siglo XIX- comienza con una profecía sobre el siglo XX: “fue la época de las últimas grandes guerras, de las discordias intestinas y de las revueltas revolucionarias”. Más adelante afirma: “La Europa del siglo XXI fue una unión de estados más o menos democráticos: la Unión de Estados Europeos.” Resulta interesante observar cómo, a finales del siglo XIX, se percibía que la racionalidad política y la democracia iban a confluir con el tiempo en la creación de la Unión Europea, pero no sospechaban el precio: las dos guerras mundiales.

Otra advertencia interesante, para los creyentes del siglo XXI es la siguiente: “Y mientras la enorme mayoría de los intelectuales continuaron siendo no creyentes, los pocos creyentes debían necesariamente convertirse en intelectuales.” Es decir, augura que la supervivencia de la fe depende de la formación, necesitamos una fe ilustrada, instruida, profunda que, al decir de san Pedro, sea capaz “de dar razón de nuestra esperanza.” Precisamente porque la presión externa será muy fuerte.

Vladimir Soloviev. Óleo: Ivan Kramskoi.
Museo ruso, San Petersburgo.

En la presentación de Soloviev, el Anticristo será un humano súper dotado. Física -atractivo- pero, sobre todo, intelectualmente. Incluso, al principio creía en “el bien, Dios, el Mesías… pero al mismo tiempo sólo se amaba a sí mismo.” La “conciencia de su elevada dignidad se manifestaba no obstante no como una deuda moral frente a Dios y el mundo, sino como un derecho y una superioridad frente a los demás y, sobre todo, frente a Cristo.” Hasta que “finalmente, un odio impetuoso se adueñó de su alma. «¡Yo, yo, no Él!»” Escribió un libro que fue mundialmente alabado, donde el nombre de Cristo no aparecía ni una vez, pero los mismos cristianos afirmaban: “está impregnado del espíritu auténticamente cristiano del amor activo y del bien universal, ¿qué más queréis?”

Finalmente se hizo “amo del mundo”, como la novela escrita ocho años después por Robert Hugh Benson. “El nuevo señor de la Tierra era ante todo un compasivo filántropo; así, su amor no se limitaba a los hombres, sino que se extendía también a los animales. Era vegetariano…” Cualquier semejanza con la cultura hodierna es mera coincidencia. Se pone en el lugar de Dios, pide amor hacia él, y causa una apostasía generalizada, tanto en las diversas formas de cristianismo, como del judaísmo. Pero finalmente es desenmascarado:

“¡Gran soberano! Lo que más apreciamos en el cristianismo es el mismo Cristo. Él mismo y todo lo que de Él proviene, pues sabemos que en Él habita corporalmente la plenitud de la Divinidad… Nos has preguntado qué podías hacer por nosotros. He aquí una respuesta precisa: aquí y ahora, confiesa ante nosotros a Jesucristo, Hijo de Dios, que se encarnó, resucitó y de nuevo vendrá. Confiésalo y nosotros te acogeremos con amor como verdadero precursor de su segunda y gloriosa venida.”

MDNMDN