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Caminando hacia el futuro, de Armenia a Rusia. Charla con Diana Hayrapetyan

Caminando hacia el futuro, de Armenia a Rusia. Charla con Diana Hayrapetyan

Por Emiliano Torrina

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Al norte Georgia, al sur Irán, al este Azerbaiyán y al oeste Turquía. Armenia es un país reducido geográficamente más con una basta riqueza cultural . Este pequeño país del Cáucaso central ha sabido permanecer unido en repetidas dominaciones de imperios extranjeros: persas, griegos, romanos y turco otomanos. 

Mapa de Armenia.

Es importante mencionar el -no muy conocido- genocidio que el pueblo armenio sufrió sistemáticamente por parte del imperio otomano, durante ocho largos años (1915- 1923). Bajo el lema “Turquía para los turcos”,  entre 1.5 y 2 millones de armenios fueron asesinados, otros tantos lograron escapar gracias a la ayuda de judíos o turcos contrarios al exterminio. Actualmente la población armenia o de origen armenio es mayor en el extranjero que en territorio nacional.

La historia que voy a contar no va del genocidio, pero está ligada a él. Poco tiempo después de la independencia armenia del estado turco otomano y del imperio ruso, Armenia fue anexada en 1920 por la  naciente Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). La anexión  traía una mediana paz que no duraría mucho, pues con Stalin al poder, en 1924, las cosas se tornarían desfavorables para el pueblo armenio.. Así llegamos a 1991, la caída de la URSS trae consigo la independencia de Armenia; esto marcará un antes y un después en la vida de mi amiga Diana. 

Diana Hayrapetyan estudia para ser intérprete profesional en la universidad de economía de Plekhanov en Moscú, Rusia. Habla inglés, ruso y armenio, actualmente está estudiando francés. Tiene un club de conversación donde enseña inglés a jóvenes rusos.

Diana Hayrapetyan

Diana, gracias por aceptar mi invitación. Cuéntame, ¿Cuál es el origen de tu familia? ¿De dónde viene?

Es un placer hablar contigo Emi, verás, yo soy 75% armenia, mis abuelos paternos son armenios; se llaman Stephan y Roza. Simón, mi abuelo materno es armenio también  y Tamara, su esposa y mi abuela, es rusa.

Que interesante, Diana. Dime, ¿Cómo se conocieron tus abuelos? Especialmente Simón y Tamara.

Simón tenía una compañía que pavimentaba caminos y carreteras, un día le surgió un trabajo en Irkutsk, Rusia; estuvo ahí por un tiempo y se enamoró de mi abuela. Regresó con ella, se casaron y se establecieron en Armenia.

Casa de la familia en Borisoglebsk.

Estoy revisando el mapa y ¡Dios! Es una distancia tremenda.

Lo es. Irkutsk se encuentra en el distrito de Siberia a orillas del río Angará muy cerca del lago Baikal. Mi abuelo vivía en Tashir, una aldea pequeña cercana a la frontera con Georgia.

Ya veo, una gran aventura sin duda. ¿Qué me dices de tu familia paterna? ¿De qué parte de Armenia eran?

También de Tashir, de hecho ahí mismo nacieron mis padres.

Hablando de tus padres, dime, ¿Cómo se llaman? ¿Cómo se conocieron? ¿Por qué dejaron Armenia?

Mi papá se llama Arthur aunque su nombre se pronuncia con una “T” fuerte, no suave como sería la pronunciación en inglés del Reino Unido o Estados Unidos. Mi mamá se llama Silva, pero aquí en Rusia la conocen como Sveta o Svetlana. La hermana de mi papá era compañera de mi mamá, así se conocieron. Con la caída de la URSS las escuelas rusas desaparecieron y muchos trabajos se perdieron. Es por eso que decidieron salir del país tan pronto como pudieron.

Arthur y la pequeña Diana.

¿Cuándo llegaron a Rusia? ¿A qué ciudad llegaron?

Mi madre tenía 18 años y mi papá 25 al momento de casarse, eran muy jóvenes cuando la URSS cayó y tenían miedo que mis hermanos Ararat y Roma tuvieran un mal futuro, además estaban planeando tener otro hijo y querían naciera en un mejor lugar; así que en 2001 mis papás y mis hermanos fueron a la ciudad de Borisoglebsk donde meses después nací yo. Tiempo después, cuando tenía 7 años, fuimos a vivir a Moscú y seguimos aquí.

Debió ser duro para tus padres llegar a un país sin trabajo, con dos hijos pequeños y uno por venir. ¿Cómo se adaptaron a la ciudad?

Honestamente no fue tan difícil pues mis padres hablan ruso a la perfección ya que en la escuela desde niños les enseñaron el idioma. Mi papá junto con su padre y sus hermanos fundaron una compañía de cartón y poco a poco se fueron estableciendo en Rusia, mi mamá  comenzó a hacer manicura y pedicura, ese ingreso extra nos ayudó mucho. Mis hermanos se adaptaron bien al cambio y yo al nacer ahí no tuve ninguna dificultad.

Roza y sus hijas.

A propósito de cambios, cuéntame, ¿Notas alguna diferencia entre tu familia y la de tus amigos? ¿Cómo es una familia Armenia?

 Hay varias diferencias. Los rusos suelen ser más conscientes de la privacidad de las personas y no suelen cotillear sobre otras personas, los armenios al ser tan unidos llegan a molestarme un poco, tengo primos que viven fuera del país y conocen a la perfección mi vida diaria, quiero a mi familia no te lo puedo negar, pero a veces me gustaría un poco de espacio para mí misma. Sabes, es raro, pues amo las reuniones familiares y los cumpleaños, son unas fiestas increíbles donde todo se comparte, ha habido ocasiones en las que hemos viajado largas distancias para reunirnos con nuestra familia en otras ciudades de Rusia y ellos también hacen lo mismo.

Pero no todo es malo con los armenios, Emi. Los chicos rusos son algo perezosos, en mi opinión, especialmente aquellos que viven en grandes ciudades como Moscú, los armenios por el contrario trabajan desde muy jóvenes pues la situación económica allá es algo mala. Esto los hace más considerados y respetuosos hacía las mujeres. Al principio de la universidad mis compañeros, tanto hombres como mujeres, me querían saludar con un beso o un abrazo. Yo no estoy acostumbrada a esto, sólo mi familia me abraza y me besa y así estoy bien. No es que sea antisocial, para nada, sólo que no me comporto igual que los demás. Con el tiempo mis amigos terminaron por entenderme y ahora no me siento rara.

Familia Hayrapetyan.

¿Has visitado Armenia alguna vez? Seguro aún tienes familia ahí, ¿Cierto?

Sí, he ido en tres ocasiones cuando tenía doce, catorce y dieciséis años. Las primeras dos veces estuve en Tashir con mi abuela Roza y mi madre. La última vez fui también con mi madre a Tashir pero con una de mis tías maternas, en esos días visitamos la capital, Ereván. Fue muy bello, los paisajes eran hermosos y el aire mucho más limpio que el de Moscú.

Diana, ha sido un gusto escuchar tu historia y la de tu familia. Agradezco tu disposición y buena voluntad.

Ha sido una experiencia muy bonita para mí, Emi, me has hecho conectarme más con mis orígenes y mi familia. Gracias por darme la oportunidad de hablar de mis países. Mi familia te desea lo mejor, saludos.

Caminando hacia el futuro, de Armenia a Rusia. Charla con Diana Hayrapetyan

Nadar sin mojarse

Por Maria Angeles Arizaleta

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Desde que tengo memoria, siempre quise estudiar una maestría en Estados Unidos; quizá por la enorme influencia de la cultura de este país en mi educación, o porque simplemente me parecía el paso “lógico” habiendo estudiado en México. 

Entré a la carrera de Economía en una Universidad en México, siempre con unos objetivos muy claros: Paso 1. Trabajar como becaria en una multinacional. Paso 2. Graduarme y trabajar en una empresa estadounidense en México. Paso 3. Habiendo conseguido un currículum “adecuado”, irme a hacer una maestría en alguna universidad en la “East Coast” de Estados Unidos. ¿Qué fácil no? El paso 1 sí lo cumplí, consiguiendo un puesto de becaria en Procter and Gamble, el paso 2 también: después de graduarme conseguí un puesto en finanzas en General Mills. Pero el paso 3 se vio desplazado cuando conocí a mi actual esposo. En ese momento, mis prioridades cambiaron, y no quería pasar uno o dos años en Estados Unidos mientras él estaba en México.  

Sin embargo, él también compartía mi sueño de hacer una maestría fuera de México, pero no en Estados Unidos, sino en Inglaterra. Tengo que confesar que nunca consideré ese país como uno que me llamara mucho la atención; fuera de London School of Economics, mis miras académicas no cruzaban el Atlántico. Pero cuando mi entonces novio me propuso casarnos e irnos a hacer la maestría los dos, el sueño americano se convirtió en el sueño inglés.

Los dos aplicamos a varias universidades en Londres, Oxford y Cambridge, y tuvimos la suerte de entrar, los dos, a distintos programas en Oxford. Él entró al MBA de Saiid Business School, y yo entré a una maestría en Economía Política en Oxford Brookes University. Para una pareja de felices recién casados, cualquier lugar es una luna de miel, pero de verdad no me imagino un mejor destino para ello que Oxford.

Con una población de poco más de 150,000 habitantes, Oxford es un “pueblo” comparado con la Ciudad de México, pero es un pueblo mágico en toda la extensión de la palabra. Vivir ahí es como dejar el mundo real y entrar a un mundo de fantasía medieval donde se respira cultura y conocimiento, donde la gente estudia post-doctorados a los 30 años y al mismo tiempo compite en el equipo de remo del “college” al que pertenece. El sistema de colleges, por cierto, es la inspiración para las casas de Hogwarts: todos los estudiantes son parte de la universidad pero cada quien pertenece a un college distinto.

Oxford es una ciudad estudiantil que se mueve al ritmo del semestre académico, en vacaciones los estudiantes se van para dejarle paso a los turistas que corren a ver donde filmaron las películas de Harry Potter; y en época de exámenes los pubs se vacían considerablemente, cediéndole su clientela a las bibliotecas.

Una ciudad de estudiantes como Oxford permite la calidad de vida con la que cualquier pareja de “chilangos” sueña: salíamos juntos a correr todos los días, comíamos juntos también en una escuela u en otra, íbamos a clases por separado, después a alguna conferencia impartida por alguien que jamás pensamos poder ver en persona, para finalmente terminar juntos otra vez tomando una pint con los amigos; ¡y todo esto en un martes cualquiera! 

Quizá este ambiente de Academia influya en la actitud de los estudiantes. El ser “matado” no es la excepción sino la regla; nadie se vuela clases ni festeja que un profesor no llegue a clase a tiempo. Los alumnos llegan desvelados a clase no por haber salido de fiesta la noche anterior, sino por haberse quedado hasta las tantas de la madrugada leyendo algún paper que tiene “algo” que ver con la clase. Aunque claro que los estudiantes de Oxford la pasan bien, los viernes en la noche la ciudad se transforma y las fiestas terminan a las 6:00 am en un puesto de kebabs. Pero sí hay prioridades, y hasta donde pude ver, los estudiantes de Oxford tienen sus prioridades muy claras.

El efecto “Oxford” se notaba tanto en estudiantes de licenciatura como en los estudiantes de maestría, pero era mucho más notable en éstos últimos. Cuando vuelves a ser estudiante (sobre todo si tienes la oportunidad de serlo de tiempo completo y fuera de tu país) ves tu educación con otros ojos. Los “undergrads” (o estudiantes de licenciatura) están ansiosos por terminar la carrera y empezar a trabajar, mientras que los “grads” (o estudiantes de posgrado) ya sabemos lo que es estudiar y lo que es trabajar, y desde luego ya no nos corre la prisa por regresar a trabajar. Mucho menos prisa en dejar el mundo mágico de Oxford, lleno de amigos, risas y anécdotas, para regresar al estrés laboral que muchas veces se respira en México. 

Tanto nuestros compañeros como nosotros teníamos algo en común: una sensación como de presión por aprovechar todo al máximo porque estábamos contra reloj. Sabíamos que esta experiencia increíble iba a durar sólo un año, porque aún cuando muchos de nuestros amigos consiguieron quedarse a trabajar en Londres, o incluso en el mismo Oxford, nunca volveríamos a estar todos en el mismo lugar como estudiantes de tiempo completo. ¡Qué envidia nos daban los undergrads que apenas empezaban su carrera! ¡Cuántas ganas de decirles “aprovechen esta etapa!”, pero nadie escarmienta en cabeza ajena; qué más quisiéramos todos que tener las oportunidades de un alumno de primer semestre y la experiencia de que te da una década de trabajo y responsabilidades al mismo tiempo, pero eso es como querer nadar sin mojarse. 

En este espíritu de concentrar “lo mejor de los dos mundos”, los dos retomamos el papel de estudiantes de una manera mucho más responsable, pero sobre todo mucho más consciente. Cada clase la aprovechamos al máximo, cada tarea la disfrutamos. ¡Incluso recuerdo emocionarme al hablar de mi tesis! Nos convertimos en estudiantes comprometidos con su universidad, involucrándonos en actividades extracurriculares y deportivas que en México la verdad siempre nos dieron flojera, o quizá siempre pensamos que “a lo mejor el próximo semestre”. 

Si tuviera que escoger el aspecto que más disfruté de este año , con ojos cerrados, diría que fue empezar nuestra vida juntos lejos de casa. Los dos pasamos de la casa familiar a nuestro primer departamento (bueno, más bien un mini estudio) en un país en el cual nunca habíamos estado más de unos días. Juntos aprendimos a navegar la cultura inglesa,  aprendimos a compartir cada aspecto de nuestras vidas para formar una familia propia. Viajamos a lugares que en otro contexto hubiera sido imposible visitar. No me aventaría a llevar a mis dos hijas en este momento a los Highlands por ejemplo, ni mucho menos a un partido de la Eurocopa… Forjamos amistades muy profundas, que nada conocían de nuestras vidas de solteros, sino que construimos juntos, como una pareja. No puedo evitar sonreír cada vez que me acuerdo de nuestro año fuera: Oxford fue un lienzo en blanco para empezar nuestra familia; un lienzo con nuestros propios hábitos, rutinas y tradiciones, y sobre todo, muchos chistes y referencias que sólo él y yo podremos entender.

Regresar a estudiar un posgrado es una oportunidad de oro; una oportunidad que agradezco infinitamente a quienes la hicieron posible, sobre todo a mi esposo por invitarme a compartir esta experiencia con él y expandir mis horizontes más allá del país vecino. Aun cuando las cosas se pongan difíciles, siempre tendremos esas caminatas por Roger Dudman Way.

Caminando hacia el futuro, de Armenia a Rusia. Charla con Diana Hayrapetyan

Una maestra afgana en Berlín: La historia de Maryam H.

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Afganistán ha estado varias veces en la mira y como centro de las noticas: país clave para la ruta de la seda, régimen talibán, ocupación soviética, guerra civil, invasión y abandono de las tropas estadounidenses, la captura y muerte de Osama bin Laden y el regreso de los talibanes. Afganistán tiene una vasta historia y cultura, que  desgraciadamente es casi ignorada e incluso intenta ser borrada por el régimen totalitario. Las ruinas arqueológicas no sólo no son estudiadas, sino que incluso son destruidas en un afán de borrar la memoria histórica, dejando al pueblo en la ignorancia de sus orígenes.

Desde hace años, Afganistán tiene una situación precaria: pobreza, corrupción, guerra, violencia y falta de libertad. Debido a estos y otros problemas más, se ha convertido en uno de los lugares más peligrosos del mundo para las mujeres. 

En una provincia cercana a Kabul, nació Maryam H., una de las pocas mujeres afganas que ha podido ir a la universidad. Maryam estudió para convertirse en maestra y trabajaba en una escuela de su localidad. El padre de Maryam era un hombre más liberal, por lo que permitió que su hija estudiara y fuera más independiente; es la única mujer de su familia que ha estudiado hasta la universidad. La mayoría atiende la escuela hasta los 8 o 9 años. Sin embargo, aunque las mujeres estudien y trabajen, siempre van a depender de un hombre que se los permita. La hermana menor de Maryam no corrió con la misma suerte. Cuando su padre murió, su hermano se convirtió en su tutor y decidió que se quedara en casa a ayudar a su madre y cuñada en las labores del hogar. 

Maryam se enfrentó a un régimen retrógrado al estudiar y trabajar, pero también ha luchado constantemente contra los papeles establecidos por la sociedad. En una comunidad que pide sumisión femenina, ella salía con su velo a educar a los niños y ganaba el dinero suficiente para sentirse independiente e ignorar las habladurías. Se dice que el ocio es la madre de todos los vicios, y en efecto, una mala concepción de ocio lo es. El aburrimiento nos hace estar muy al pendiente de lo que hace el vecino. En cuanto nos aburrimos, abrimos Facebook para chismosear lo que otros hacen o al menos los memes que comparten. 

“Stop wars on migration” Detengan la guerra contra la migración. Edificio en Alexanderplatz, Berlín. Foto: AF

En un país en el que casi no hay trabajo y un gran porcentaje de desocupación los cotilleos no se hacen esperar: que si estudia; que si trabaja; que si no limpia bien la casa; que si es mala ama de casa; que no cocina bien; que no es buena anfitriona; que si sale con sus amigas; que si es seria o se ríe; que se compró una blusa nueva con su salario; que no atiende al marido como se debe; que está casada y no ha tenido hijos; que si es buena o mala musulmana e hija. Porque, a fin de cuentas, un pueblo chico es un infierno grande. 

Hace casi cuatro años un cerebro se fugó de Afganistán: Maryam y su esposo tomaron un vuelo hacia Berlín y pidieron asilo político. Afortunadamente, no experimentaron una travesía riesgosa, de vida o muerte, como muchos migrantes que, huyendo de la violencia y la miseria, se ahogan en el Mediterráneo. Alí, el esposo de Maryam, vivió durante varios años en Italia por lo que les resultó un poco más fácil llegar a Alemania y pedir refugio. Sin embargo, esto no significa que la vida súbitamente se haya tornado sencilla. 

Es un error pensar que el migrante se encuentra en una situación por completo privilegiada, si bien ya no teme que le corten la cabeza, en caso de que huyera de la violencia, tiene otras preocupaciones y tristezas.

No por estar en un país primermundista, de pronto, te encuentras nadando en dinero y con lujos. Quizá la mayor tristeza del migrante, y hablo también por mí misma, es tener el corazón partido en dos: estás aquí, en Berlín, pero también estás allá, en tu tierra (Heimat) y con los tuyos. Y tienes el corazón desgarrado: estás en un lugar donde los tuyos no están y piensas en tus padres, hermanos, amigos y en tu gente. Porque aunque estés en otro lugar, el destino de tu país te sigue importando. El migrante vive con un pie aquí y otro allá.

“Así surge algo en el mundo que parece ser la infancia de todos y en el que nadie ha estado todavía: el hogar”. Museo judío de Berlín. Foto: AF.

Hace algunos años conocí a Maryam en el curso de integración, que todos los migrantes que llegan a Alemania deben tomar. En estos cursos, he conocido a muchos migrantes con calidad de refugiados, con historias muy fuertes e interesantes, dignas de una película, de esas que te hacen llorar. 

En esas clases, estaba Maryam, con sus hiyabs coloridos y sonriente, inmediatamente nos hicimos amigas. A pesar de las diferencias culturales e historia de vida, compartimos el hecho de ser mujeres migrantes en Alemania; y eso nos permite ponernos en los zapatos de la otra. Cada vez que en los cursos nos preguntaban de dónde veníamos, qué hacíamos antes, por qué estábamos en Berlín y cuáles eran nuestros planes; me sentía un poco avergonzada porque mi motivo puede resultar banal en comparación con los motivos de mis compañeros. No escapé de la guerra y tampoco me jugué la vida cruzando fronteras. Simplemente tomé un vuelo, con un par de escalas, desde la Ciudad de México con destino a Berlín. Ante aquellas preguntas, rompehielos, respondía escuetamente: me casé con un alemán y por eso estoy aquí. Banal o no, ese es mi motivo e historia.

Por el contrario, aunque Maryam tuviera un trabajo, se fue de Afganistán por la violencia y desempleo que azotaban al país. Maryam era maestra y no cabe duda que hacía un gran bien en Afganistán, sin embargo, su tierra no tenía las condiciones necesarias para que ella se desarrollara ahí; y eso es una mayor pérdida para Afganistán que para ella. 

El camino del migrante en Alemania es más lento en comparación con los migrantes que van a lugares con un idioma más accesible. Primero, tiene que aprender el idioma y muchas veces tiene que replantearse lo que quiere hacer en el futuro.

Maryam era maestra en Afganistán, pero es muy posible que no vuelva a pararse en un salón de clases frente a los estudiantes. Para ello necesitaría un nivel de alemán muy alto, como si fuera su lengua materna, además de revalidar sus títulos (en caso de que sus estudios pudieran ser reconocidos en Alemania) y muy posiblemente tendría que estudiar de nuevo una carrera para ser maestra. No es imposible, pero es un largo camino. Por circunstancias como esta, muchos migrantes, a pesar de sus estudios universitarios y vocación, tienen que dar un giro laboral drástico al dejar su país. La llegada a un país obliga a reflexionar sobre el futuro, a buscar nuevas pasiones y diversas perspectivas.

Panorama berlinés. Terraza Klunkerkranich. Foto: AF

Ser migrante no es sencillo, y creo que ser refugiado es aún más difícil, aunque en ocasiones los refugiados tienen más ayudas gubernamentales que los migrantes, al menos en Alemania.

Maryam vivió por tres años en diferentes campos de refugiados. Al principio, pasó seis meses en una casa de mujeres, separada de su esposo. Después los asignaron a un nuevo refugio (Heim), en el que al fin pudieron estar juntos. Tenían una habitación propia y podían utilizar la sala común, los aseos y la cocina. Para evitarle preocupaciones a su madre, Maryam no le contó cómo vivían, y en una video-llamada le mostró la casa de una amiga como si fuera la suya. Mientras en Afganistán, todos hablaban de ella, sobre todo juzgándola porque no enviaba dinero a su familia ¿Pero qué dinero iba a enviar, si vivía en un refugio y sólo tenía los euros necesarios para la despensa mensual? Y si no la juzgaban por su supuesta fortuna, la juzgaban por su bebé perdido, presionando a su marido para que se divorciara de ella y se casara con una mujer que pudiera darle hijos. 

Las preocupaciones y tristezas de Maryam eran muchas: el idioma, encontrar un departamento, buscar trabajo, la burocracia, que el marido cediera a la presión y la dejara, el bebé que perdió, la salud de su madre, la escasez de su tierra y recientemente el regreso de los talibanes que pone en peligro la vida de su hermana menor. 

Afortunadamente, no todo en la vida es drama. Hace un año le avisaron a Maryam que habían sido elegidos para ocupar un departamento. Al fin tenía un lugar propio, que sí podía enseñar a su madre. Ya no tendría que mentirle para no preocuparla.

Maryam es una afgana moderna, aunque no reniega de su religión y costumbres; estudió, trabajó y se está integrando a la sociedad alemana. Maryam está construyendo una vida en Berlín. Después de mucho tiempo y los cuidados intensivos de un embarazo de riesgo, y soportando la presión social que la apachurraba desde Afganistán, dio a luz a una pequeña. 

Hace un par de meses la visité, me sorprendió que me recibiera sin hiyab, por estar en casa y ser de confianza, en seguida me presentó a la pequeña Diana. Un nombre que me pareció más occidental que afgano. Ella me dijo que es mejor así, sin duda la decisión le facilitará las cosas a la bebé afgano-alemana. Aunque para la sociedad afgana lo más deseable es un varón, esas tonterías tienen sin cuidado a Maryam, quien está desbordada de amor y alegría por Diana. La pequeña tendrá el ejemplo de una mujer fuerte que hizo lo que quiso en una tierra llena de prohibiciones, y la pequeña gozará de libertad de ser lo que quiera en un país que no sofoca a las mujeres.

Foto: AF

En el exilio judío en Babilonia (586 – 537 a. C.), el emperador Nabucodonosor seleccionó a los intelectuales y a los que podrían ser de utilidad para ser deportados a su imperio, uno de los primeros registros de fuga de cerebros. Qué ironía que alguna vez estas tierras pertenecieron a un imperio que, lejos de expulsar cerebros, quisiera acapararlos. 

Lo esperable es que cada miembro de la sociedad mejore la comunidad en que vive, no sólo por el bien propio, sino del país.

¿Qué se espera de una tierra que no ofrece las condiciones para que sus cerebros se desarrollen? Aridez. Así de simple. Alguna razón tendrán para desear que su gente continúe en la miseria, la turbulencia de la violencia y la ignorancia ¿Cuánto bien no habría hecho Maryam en Afganistán? ¿A cuántos niños habría educado? ¿A cuántas niñas habría inspirado a estudiar? Nunca lo sabremos. 

Con certeza, puedo afirmar que Afganistán perdió a un miembro clave de su sociedad, que habría colaborado en transformar a Afganistán en un lugar mejor. Porque el bien común se construye a diario con pequeñas acciones. Maryam perdió su patria, probablemente nunca vuelva a pisar Afganistán; probablemente ni siquiera podrá acompañar a su madre cuando muera. No puede ayudar a su hermana, no verá a sus sobrinos crecer y se convertirán en desconocidos.

Mientras que la pequeña Diana crecerá hablando alemán, con algunas nociones del persa, conocerá a su abuela y a su tía solamente de oídas y sin una relación directa con la tierra de sus padres. Junto con la maestra Maryam, Afganistán perdió el abanico de posibilidades que representa Diana, quien sin duda tendrá más oportunidades en Alemania. El impacto de la fuga de cerebros muchas veces alcanza más de una generación.

Maryam tiene el corazón partido en dos, dividido entre Afganistán y Berlín; entre la familia que dejó y la familia que está formando; entre su pasado y el futuro que espera construir. 

Caminando hacia el futuro, de Armenia a Rusia. Charla con Diana Hayrapetyan

México-Lima, ida y vuelta

Por Pbro. Mario Arroyo

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Soy sacerdote, miembro del Opus Dei. En repetidas ocasiones manifesté por carta al Prelado del Opus Dei mi deseo de “ir a la expansión”, es decir, de apoyar el desarrollo de la labor de la Obra en otros países, distintos del mío. Mi idea consistía en “ir a comenzar la labor de la Obra en un nuevo país”, me parecía una auténtica epopeya espiritual, a la que valía la pena dedicar todos los esfuerzos.

Pasaban los años y veía como se empezaba la labor en Estonia, en Sri Lanka, en Indonesia y nadie me llamaba. Mis servicios ofrecidos no eran requeridos. Por fin, en noviembre de 2010 me llamó mi vicario –la autoridad inmediata, que representa al Prelado en una circunscripción-, me imaginé que ¡por fin, se abría ante mí una aventura! Me dijo: “el Padre (forma cariñosa con la que designamos al Prelado del Opus Dei) me manda preguntarte si estarías dispuesto a irte a Perú. Fue una gran sorpresa para mí, no me lo esperaba; Perú no me parecía una “aventura apostólica”, una “epopeya espiritual”, pues es un país en el que la labor del Opus Dei comenzó en 1953, es decir, apenas cuatro años después que en México y, por lo tanto, tenía una labor desarrollada. De todas formas, con cierto sentido militar del deber, respondí que sí, que estaba dispuesto.

Menos de un mes después ya estaba en Perú. Salí un 28 de noviembre por la noche y llegué el 29 de noviembre temprano a Lima. Me fue a recoger Manuel Viera, mexicano que llevaba a la sazón casi cuarenta años viviendo en el Perú.

Mi primera impresión fue agridulce, por un lado, un cielo gris, deprimente, un caos vial considerable, lo que es mucho decir viniendo de México. La gente subiendo y bajando de las combis en movimiento; una barahúnda de gente cruzando por las calles, de manera que sientes que tarde o temprano atropellarás a alguien –como efectivamente me sucedió, años más tarde-, y el abrumador sonido de los cláxones. La nota positiva y esperanzadora me la dio una majestuosa imagen de la Virgen del Carmen, cercana al aeropuerto, que de alguna manera me hizo sentir: “vas por buen camino, vas conmigo”.

Llegué mareado a mi destino, desayuné algo, me dormí, me levanté al final de la mañana para celebrar misa en un pequeño y elegante oratorio. Comenzaba mi aventura peruana.

La aventura no fue, en absoluto, como me la esperaba. La realidad muchas veces es hostil a los sueños, y así fue. En mi imaginario, Perú aparecía como una simbiosis de montañas y selva, dos realidades que me fascinan. Es verdad, en el Perú hay abundante selva y montañas, pero yo me la vivía en Lima y Cañete, lejos de ambas realidades, con cielo gris y paisaje desértico. La nota de belleza la daba el impresionante malecón de Miraflores y Barranco, donde gustaba de ir a correr y a caminar. Al inicio, además, mi labor pastoral –que me apasiona- estaba hasta cierto punto restringida. Atendía un centro del Opus Dei por la tarde, y por la mañana trabajaba en oficinas –lo que sinceramente, detesto cordialmente-. No, no era mi “hit”. Comencé mi estancia en el Perú cuesta arriba.

Al año vi la luz con un nuevo encargo: Atender a un colegio, que estaba en una zona popular de Lima, en el temido barrio de Comas, el Colegio Humtec. Creo que la Providencia me colocó ahí, porque gracias al Colegio fue disminuyendo, hasta finalmente desaparecer, mi trabajo de oficina. Y ahí sí que pude tener una aventura apostólica particular, que llenó por completo mi vida y me dio abundantes satisfacciones durante mi estancia en el Perú.

Un buen día Adrián, un niño de sexto de primaria, me dijo: “Padre, bautíceme, que yo también quiero ser hijo de Dios”. Me sorprendió mucho encontrarme con un niño sin bautizar en un colegio de inspiración católica. En México me había sucedido solo una vez. Hice una sencilla investigación y me di cuenta de que alrededor de 200 niños no estaban bautizados, una tercera parte del Colegio. Comenzó la aventura de los bautismos masivos, iniciamos con 80, y finalmente fueron más de 200 en los años que estuve, pues se sumaron también papás e incluso tíos, familias completas que se bautizaban. Creo que esa ha sido la labor más satisfactoria, no sólo de mi estancia en el Perú, sino de mi vida.

El padre Mario con niños de la tribu Shipibos.

En ese colegio hice de todo: bautismos masivos, matrimonios colectivos, renovación de promesas matrimoniales, fui ministro extraordinario de confirmación una vez que el obispo no pudo presidir, procesiones del Corpus Christi en las que salíamos a las calles e incluso entrábamos en la escuela pública vecina para dar la bendición… Con el tiempo me encargaron también el colegio de niñas (Miravalles), y creo que nunca me han tratado mejor que el año en el que estuve ahí. Si tuviera que señalar cuales han sido los años de labor como sacerdote más gratificantes, sin duda alguna fueron los que estuve encargado del Humtec-Miravalles.

Pero lo bueno no suele durar mucho tiempo. El 12 de diciembre de 2016 fallecía santamente en Roma el Prelado del Opus Dei. Yo sabía lo que eso significaba: movimiento de fichas, cambio de encargos, presentía que mi estancia en Humtec-Miravalles llegaba a su fin. Estaba apegado a mi labor –ahí me di cuenta- pues ello me generó una crisis de ansiedad, con la que batallo hasta el día de hoy. Finalmente, en marzo de 2017 me notificaron mi cambio, dejaba los colegios para saltar a la universidad. El cambio me costó sangre, visto desde fuera, parecía un ascenso: “lo hiciste bien en los colegios ahora salta a las grandes ligas, sube a la universidad.”

Mi estancia en la Universidad de Piura fue breve, pero maravillosa, aunque marcada por la nostalgia de los colegios: la alegría de los niños da vida. Mi carácter se fue haciendo más serio, y no lograba superar mi crisis de ansiedad, que me impedía dormir, comencé a tomar fármacos para conseguirlo. Disfrutaba enormemente las clases, sobre todo con mis alumnos de medicina y derecho. Ahí nació la aventura en la que desde entonces estoy embarcado: Teología para Millennials. Primero como “almuerzos teológicos”, donde comía con estudiantes de diferentes carreras hablando de temas polémicos relacionados con la fe, sin ningún tipo de pudor o tapujos. A los chicos les encantaba, a mí me daba vida.

Un día, al finalizar el curso académico, fue una chica a mi oficina, le había gustado el curso, y traía una extensa lista de preguntas. Con esas preguntas comencé mi blog Teología para Millennials, que con el tiempo se ha diversificado, y ahora está en You Tube, Facebook, Instagram, Spotify, ya hay un libro publicado, y al momento de redactar estas líneas, dos en prensa. Me sorprendió la pregunta de la chica, porque era la típica a la que parecía no importarle demasiado el curso: guapa, fiestera, inquieta, no participaba mucho en clase. Pero se esperó hasta el final para presentar sus dudas. Su caso era frecuente: había estudiado en colegio católico, había practicado hasta la confirmación, después había abandonado la práctica, y en la universidad se había llenado de dudas de fe, hasta el punto de que no sabía si era o no creyente.

Su caso no era aislado y varias veces se repitió la escena: un chico o una chica que venía con dudas de fe, y gracias a las clases de teología en la universidad se volvía a plantear la posibilidad de regresar a la Iglesia. Ha sido ello, sin duda, una de las experiencias que mayor satisfacción me ha brindado y me ha abierto los ojos al inmenso campo de labor pastoral con universitarios. Digamos que esa experiencia curó en parte las heridas causadas por haber dejado los colegios. Digo en parte, porque la ansiedad llegó para quedarse.

En realidad, gracias a la labor que atendía por las tardes en el Centro Sama -que tiene el mejor ambiente que haya encontrado en alguna casa de la Obra- ya había estado en contacto con universitarios, mayormente de universidades públicas. En ellos se verificaba, con mucha frecuencia el esquema: educación religiosa en la escuela pública –lo que es habitual en el Perú- y pérdida de la fe en la universidad, a causa del ambiente corrosivamente anti-cristiano de la misma. La mayor parte de las veces, esa crisis de fe venía causada por la supuesta incompatibilidad entre la ciencia y la fe. Este patrón recurrente me empujó a escribir un libro: “Ciencia y Fe. Un equilibrio posible”, presentado con gran éxito en la Feria del Libro de Lima 2015.

Labor social en el Lago Titicaca.

Para mi sorpresa, el libro que estaba escrito para confirmar en su fe a los creyentes, le interesó a los ateos. En efecto, muchos ateos que habían dado ese paso motivados por la supuesta incompatibilidad entre ciencia y fe, se sintieron interpelados. Así conocí a Manuel Abraham Paz y Miño, fundador de APERAT (Asociación Peruana de Ateos) y a Henry Llanos Chillet actual presidente de la misma, ambos empeñados en sacar la educación religiosa de las escuelas peruanas (lo que actualmente no se puede, por el Concordato del Perú con la Santa Sede). Quizá ahora, con el gobierno de izquierdas que tiene el Perú y su proyecto de hacer una nueva constitución, consigan su objetivo. El caso es que con ellos debatí en la más importante universidad pública del Perú, la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, la primera de América. Y con el tiempo nos tomamos aprecio y creo que floreció una sincera amistad, a pesar de nuestras diferencias doctrinales.

Gracias al Sama comenzó mi “aventura editorial”. La atención del centro por las tardes me dejaba tiempo para escribir. Escribía y hablaba con chicos universitarios. De ahí fueron saliendo mis libros: Poder, Dinero y Santidad; Ciencia y Fe. Un Equilibrio Posible; Ciencia y Fe. Situación actual donde recogía las objeciones que me hicieron los ateos en mis debates durante el 2015. La Iglesia y los homosexuales. Un falso conflicto, que nació al calor de mi amistad con Henry Llanos, ateo y gay activista. Neurona Mata espíritu, que también surgió en parte de mis diálogos sobre Dios y el alma con Henry, especializado en neurociencias y, finalmente, Teología para Millennials.

Junto a la aventura editorial, el Sama y el Humtec me permitieron tener algunas aventuras en la sierra y en la selva, como había soñado al venir desde México. Con cierta frecuencia subíamos con chicos de colegio a la Laguna de Rapagna, a poco más de 4600 metros de altura y formada totalmente por agua de deshielo. El desafío consistía en meterse a laguna.

En una ocasión, nos quedamos varados una noche en el puerto de Ticlio, casi a 5000 metros de altura. Al amanecer, el espectáculo fue majestuoso, todo el valle nevado, rodeado por montañas igualmente nevadas. Con el Sama pude recorrer lugares fabulosos del Perú, tanto de sierra, como Juli en el Lago Titicaca, como de ceja de selva: Satipo, Oxapampa, Pozuzo, San Ramón, Rioja, Tarapoto, Moyobamba, o las ruinas de Kuelap. Creo que en cada uno de esos sitios dejé parte de mi corazón; y con su belleza compensaron la fealdad depresiva del clima limeño, en el que vivía habitualmente. Notoriamente, no pude visitar Cuzco y Machu Pichu. No me pesa, me recuerda el hecho de que no fui al Perú de turista sino a trabajar por Dios.

Laguna de Rapagna.

También tuve la oportunidad de cultivar buenas amistades con sacerdotes que pensaban muy diferente a mí. Para mis correrías apostólicas en los colegios Humtec-Miravalles, para los bautizos, primeras comuniones, confirmaciones y sobre todo matrimonios, necesitaba una muy buena relación con el párroco de la zona. Esa amistad se fraguó a base de comidas, fundamentalmente de deliciosos mariscos peruanos. Una buena comida puede limar las diferencias doctrinales. No fue banal la cuestión. La primera vez que fui a comer con el párroco, un español que había estado 18 años de misionero en el amazonas, me dijo: “¿tú eres del Opus Dei? Pues yo soy de la Teología de la Liberación y no soporto al Cardenal Cipriani” (que es del Opus Dei). Al calor de unos mariscos se diluyeron las divergencias doctrinales y trabajamos muy bien en equipo. Otro sacerdote de la parroquia me preguntó, “¿eres del Opus Gay?”, a lo que amablemente contesté “Dei para los amigos”. También sus diferencias se desvanecieron al calor de una buena mesa.

Un hito de mi estancia en el Perú fue la visita del Papa Francisco en enero del 2018. Como tenía amigos en los medios de comunicación, me tocó cubrir toda la visita en diferentes programas televisivos y de radio. Toda una aventura mediática, de la que conservo algunos contactos con  portales peruanos, donde sigo escribiendo: Lucidez.pe, La abeja.pe, Crónica Viva, Perú Católico, etc. Ahí pude palpar la intensidad de la fe del pueblo peruano en todo su esplendor.

Pero, si todo iba tan bien, ¿por qué me regresé a México?

En marzo de 2018 hubo una “Comisión de Servicio” en el Perú. El Prelado de la Obra envía a tres delegados a revisar las labores de la Obra y a hablar con toda la gente del Opus Dei para tener información fresca, de primera mano, de cómo está la gente en un país. Venían dos delegados conocidos por mí, Ernst Burkhardt, austriaco, con quien trabajé en Roma, y Josemaría Mayora, mexicano, con quien había hecho varios planes en México. Le dije a este último que quería volver. Motivo, echaba de menos a mis padres, tenía miedo de enterarme un día, por teléfono, a miles de kilómetros de distancia, de que mi padre había muerto. El temor de ya no verlos con vida, de no poder despedirme, pudo más que todo lo bueno que estaba realizando. A ello se unía la ansiedad, que no mermaba y atribuía en parte a este motivo. No dormía bien.

Total, volví a México el 20 de diciembre de 2018, con una sensación de fracaso. Finalmente “me había arrugado”, pudo más “mi corazoncito” que mis afanes apostólicos. A la fecha no sé si fue la decisión correcta. Sí sé que conseguí ambos objetivos: ahora vivo a 15 minutos a pie de casa de mis papás, y por fin encontré un tratamiento psiquiátrico que acabó con mi ansiedad, ahora puedo dormir bien (con un coctel de pastillas). Tengo unas labores más estables, sigo dando clases en la universidad, aunque son virtuales, sin el impacto que tenía en el Perú. Al día de hoy me sigue torturando la pregunta de si fue la decisión correcta y si no debería volver al Perú, donde indudablemente puedo hacer más labor, aunque sea por aquello del evangelio de que “nadie es profeta en su tierra”.

Antes extrañaba a mis padres, ahora extraño al Perú; a veces pienso que mi forma de ser personal me orilla a vivir del pasado, de los recuerdos, a gustar de la nostalgia como condición existencial

Toxi, 30-VII-2021

Caminando hacia el futuro, de Armenia a Rusia. Charla con Diana Hayrapetyan

Es el sueño americano, baby

Por Irene Hernández Oñate
Foto: Jorge Razzo

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Es el sueño americano, baby.

En la segunda mitad de la década de los años ochenta, a mi entonces novio, ahora esposo, la firma de auditores para la que trabajaba le ofreció un intercambio profesional en Estados Unidos por un período de año y medio en las oficinas de su firma asociada Coopers & Lybrand.  Por supuesto que aceptó la oportunidad, nos casamos y nos embarcamos en la aventura más trascendente de nuestras vidas a nivel personal y de pareja.  

Llegamos bastante limitados en  el presupuesto económico y con poca fluidez en el inglés hablado. Sin embargo, la calidad profesional de mi esposo era excepcional (siempre ha sido estudiosito, súper ñoño y muy trabajador). Cuando llegó a la oficina de Coopers & Lybrand, mi esposo sufrió el ostracismo por parte de la mayoría de sus compañeros debido a su cargado acento mexicano y su dificultad para la plática coloquial. Por ello, le sugirieron que se inscribiera a un curso de inglés en Interlingua, cuyo costo sería absorbido por la firma. Mi esposo se inscribió al curso. Tomaba dos horas de clase en la mañana antes de llegar a la oficina en la que durante semanas y felices días no le asignaron ningún trabajo. Él aprovechó el ostracismo al que fue sometido, dedicándose a repasar los principios contables americanos y a leer las revistas técnicas a las que tenía acceso en la oficina hasta que llegó la temporada alta de trabajo para la firma.

Echaron suertes para ver en qué equipo de auditoría trabajaría “el mexicanito cuyo inglés hablado era fatal y que además nadie conocía”. Mi esposo tuvo que medirse técnica y profesionalmente con auditores de Reino Unido, Suecia, Irlanda, Sudáfrica, Australia y los mismos gringos, todos de países anglófonos y poco a poco durante el desarrollo de su trabajo, su equipo se fue dando cuenta de que “el mexicanito” dominaba el inglés escrito y técnico así como los principios contables gringos y todos los aspectos de una auditoría de gran envergadura (en México uno de los clientes que atendía era grupo Ford).

Con orgullo, puedo decir que su calidad profesional y su cultura general, pues es filósofo de corazón con licenciatura y maestría, le ganaron la amistad de varios de sus compañeros de oficina, pues se dieron cuenta de que sus temas de conversación eran muy interesantes, divertidos y para ellos hasta exóticos. También se ganó una admiración intrigada de parte de sus superiores y fue así como fuimos integrados en la vida social de sus compañeros de trabajo, tanto los de intercambio como en la de los nativos del lugar. 

Ensueño americano.
Ilustración: Dario Marcucci

Durante las reuniones sociales en las que comenzamos a participar, me di cuenta de que la gran mayoría de sus compañeros de intercambio a lo que aspiraban era lograr quedarse a trabajar y vivir en Estados Unidos. El intercambio profesional era sólo la plataforma para lograrlo. Todos, excepto el sueco, se quejaban de la mala situación económica de sus países de origen, especialmente el irlandés y el australiano. 

Un día de asueto (Memorial day), uno de los socios grandes de la firma invitó a todos los de intercambio junto con sus respectivas esposas a un brunch en su casa. Ahí convivimos con su familia, y resultó ser que su esposa era norteamericana de padres irlandeses inmigrantes. Enterada de esto y durante la plática “de señoras”, la esposa del irlandés, sin ambages, le pidió a la esposa del socio que la ayudara a encontrar un empleo de secretaria. La amable señora le dijo que haría lo que estuviera en sus manos para ayudarla, pues estaba encantada con “la típica irlandesita pelirroja” a quien veía como la hija que nunca tuvo.  Acto seguido, se dirigió a las otras esposas de los de intercambio y les ofreció la misma ayuda excepto a mí.

Debo confesar que me sentí discriminada, porque la verdad yo también en mi fuero interno rogaba a Dios que mi esposo y yo pudiéramos quedarnos a radicar en un país en el que los trámites de cualquier tipo son expeditos y transparentes, en el que gran parte de la oferta cultural es de calidad y no onerosa (museos, bibliotecas y talleres de todo tipo), en el que la posibilidades de esparcimiento de naturaleza son prácticamente gratuitas y hermosas (parques públicos y parques nacionales), en el que un sueldo medio alcanza hasta para ahorrar, en el que las comunidades parroquiales son auténticamente fraternas, en el que los vecinos no envidian sino que hacen labor comunitaria, en el que las universidades locales son de calidad, y lo que ustedes gusten agregar.

Para no hacer el cuento largo, mi esposo logró dos ascensos dentro de la firma. Primero de semi-senior a supervisor, y después de supervisor a gerente, por lo que pudo extender su intercambio un año y medio más.  Menciono con orgullo que hasta esa fecha ningún mexicano de intercambio había logrado ser ascendido a ese nivel por los gringos.

 ¿Y cómo creen que tomó dichos ascensos la firma en México? Pues muy mal. En vez de felicitarlo, lo presionaron para que no se le ocurriera quedarse a vivir en Estados Unidos. Incluso su situación detonó tensiones entre las firmas (la mexicana y la gringa). Así que,  al término de su segundo período, mi esposo decidió regresar a la firma en México muy a mi pesar.

Así fue como terminó mi sueño de vida americana. A pesar de esto, de vuelta en México, con una bebé mexico-norteamericana en brazos, como familia, siempre hemos ido hacia adelante socioeconómicamente hablando. Durante el tiempo que llevamos de casados, mi esposo ha superado con creces cualquier expectativa mía de una vida confortable aquí en nuestra patria, pero, sin duda, mucha de esa superación ha sido gracias a la experiencia de tres años que vivimos en Estados Unidos. Hoy por hoy, el hecho de que mi esposo haya asimilado perfectamente la mentalidad y la ética de trabajo y de negocios de los gringos ha sido el mayor plus para su desarrollo profesional en México.

Estatua de la libertad
Foto: Darren Patterson

Ahora bien, dada mi experiencia personal arriba narrada ¿Cuál es mi posición respecto de la llamada “fuga de cerebros”? 

El papa Juan Pablo II, en su discurso a los representantes del mundo intelectual y del Colegio “La Salle” de Santa Cruz, Bolivia el jueves 12 de mayo de 1988, señala que “Motivo de seria preocupación para todos debe ser la actitud insolidaria de lo que ha venido a llamarse <<fuga de cerebros y capitales>> que, en lugar de contribuir al desarrollo progresivo de la comunidad nacional, prefieren desvincularse de su propia tierra para buscar otros medios más prósperos donde podrán establecerse supuestamente en condiciones más favorables. Con esto, no queremos negar el legítimo derecho, consagrado por la doctrina social de la Iglesia, a emigrar a otros países y fijar allí su domicilio, cuando así lo aconsejen justos motivos (Pacem in terris, 25), ni tampoco el hecho de que a veces esas migraciones estén provocadas por situaciones de inseguridad reinantes en el propio ambiente”.

Aunque su Santidad Juan Pablo II en aquella ocasión haya tachado la fuga de cerebros como actitud insolidaria, yo estoy a favor de ella, sobre todo tratándose de fugas desde países de origen en los que, como en el nuestro, la meritocracia está subordinada al compadrazgo y a la grilla institucional tanto pública como privada. Situaciones que mis padres, esposo y yo hemos sufrido en nuestra vida laboral. Hoy, a la distancia, sé que a finales de la década de los años ochenta, mi mayor ilusión era que mi esposo y yo fuésemos cerebros fugados de México y avecindados en Estados Unidos.

 Como ven, no todos los sueños se cumplen, pero hoy, en la segunda década del siglo veintiuno, una de mis hijas acaba de terminar sus cuatro años de especialidad en ortopedia y trauma, en adición a seis de medicina general y uno de servicio social y lo que le ofrecen en los hospitales es un sueldo irrisorio. Al no tener padres o familiares médicos, no puede aspirar a ser integrada en los equipos de cirugías programadas. Ni siquiera le ofrecieron apoyo laboral sus profesores y jefes del INR (Instituto Nacional de Rehabilitación) Profesores y jefes que en su momento se beneficiaron de la capacidad sobresaliente de mi hija, ya que, desde el primer año de internado, la incorporaron en cirugías de pacientes particulares y no le remuneraban sus servicios con base en tabulador alguno; sino que “le daban para el Uber” o la gasolina; porque la paga real, decían, era la práctica quirúrgica que le hacían favor de proporcionarle.

Ante esta situación, mi hija se encuentra actualmente en la Universidad de Illinois tomando un curso para intentar lograr su sueño de pasar el examen USMLE (United States Medical Licensing Exam), un examen que se sabe es muy difícil de aprobar para estudiantes mexicanos. Mi hija aspira a poder ejercer su profesión médica en un país en el que no hay castigos tipo arresto militar; donde las jornadas laborales se programan para no dejar exhaustos psíquica y físicamente a los médicos; donde en los hospitales-escuela el gobierno no limita los insumos desde torundas hasta prótesis; donde las cirugías programadas no se cancelan porque llegó una urgencia recomendada de alguna secretaría de estado y donde tus convicciones religiosas no te granjean llamadas de atención y amenazas por parte de tus superiores y/o colegas.  Además, como ella menciona: “siempre puedo participar periódicamente (una vez al año) en las campañas de cirugías de ortopedia que se lleven a cabo en las comunidades marginadas de mi país”.  

Como podrán ver, mi hija, es la encarnación de un cerebro que quiere fugarse a un país donde aprecien su capacidad y pueda ganarse el sustento haciendo lo que le gusta. Y nosotros, sus padres, por supuesto que la seguiremos apoyando en esta decisión de fugarse a un país mejor, mas no perfecto. Su padre y yo sabemos de primera mano que, aunque no lograra obtener un empleo en el vecino país del norte, todo lo que viva, experimente, lea y aprenda allá, le servirá mucho para abrirse paso profesionalmente de regreso en su patria.

MDNMDN