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Monopolios tecnológicos: la resistencia es posible

Monopolios tecnológicos: la resistencia es posible

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No a todos les interesa que surja un movimiento social fuerte en contra de los abusos de los gigantes tecnológicos. Muchos, incluso, no creen que haya abusos. Otros no quieren que surja porque son ellos los abusivos. De cualquier modo, a todos les interesa saber si es posible. A unos para luchar y resistir, a otros para defenderse y a otros para precaverse.

La resistencia a los monopolios exige sabotear las redes sociales que fungen como su mejor herramienta de control. Oponerse al medio dominante representa un cambio estructural respecto de otras protestas sociales que, al contrario, buscaban instaurar su discurso en esos medios. Por otra parte, hay quienes piensan que la cuarta revolución tecnológica, tal como la estamos viviendo, es inevitable. Esa idea, propaganda de los monopolios, promueve una falta de confianza ante la libertad humana.

Las redes sociales no son malas por sí mismas, y siempre han existido desde los albores de la humanidad. La familia es una red social. El problema son las succionadoras de datos y los traficantes de atención digital como Facebook, que se disfrazan de redes sociales. Un cambio social sólo es posible si no subestimamos el poder al que queremos frenar. Para casi todos, la renuncia a estas redes significaría la pérdida de su trabajo, de su red laboral o de sus oportunidades de empleo. La renuncia es impensable, porque nos ataron con unas cadenas que individualmente no lograríamos romper. También nos clavaron un anzuelo emocional: diez años o más de vivencias íntimas y vitales registradas y entretejidas con estas plataformas. Y, sin embargo, hay alternativas para fraguar la resistencia.

Los gigantes tecnológicos no se hacen cargo de su impacto ambiental.

Estar en contra del medio dominante

Las redes sociales son la ciénaga de estos enormes ogros tecnológicos (Alphabet, Facebook, Amazon, etc.). No son las verdes praderas de la convivencia humana. Se presentan a sí mismas como lugares libres, como meros medios. Esto es, como si no fueran un acontecimiento sino sólo el lugar de los acontecimientos. Pero bien saben los comunicólogos que cada medio impone su ambiente, más aún: su estructura. Mientras más violenta la estructura, más corrosión en la vida de los usuarios.

Debido a su configuración particular, cada medio transmite ciertas ideas y moldea de cierto modo a la sociedad que lo usa. Los medios de comunicación no son neutros ni siquiera en tanto que meros medios. Su estructura promueve unas prácticas e ideas, y rechaza, cancela o amordaza otras. Si uno considera dañinas esas ideas y no quiere que terminen por aprisionarnos, mejor que busque cómo hacer la resistencia desde ahora, antes de que sea demasiado tarde.

Luchar contra el medio dominante ¿es descabellado? Como mencioné al inicio, los movimientos sociales suelen triunfar (o al menos diríamos que recorrieron la mitad escarpada del camino) cuando siembran su discurso en el medio dominante. La propaganda gay en el cine o la presencia del feminismo en los medios es ya un triunfo de esos movimientos. Pero sólo es un triunfo para algunos partidarios, porque no todos los homosexuales están de acuerdo con la visión de la sexualidad que Netflix eligió promocionar, ni todas las feministas con las perspectivas de género que los medios de comunicación legitimaron. La existencia de medios tan poderosos catapulta a algunos y se traga a otros, y no siempre ganan los más sensatos. Suelen ganar los que elevan las ventas.

Ahora bien, ¿qué pasa si el objetivo no es instaurar un discurso en el medio dominante, sino derrumbar ese medio? ¿Se necesita un medio alternativo? ¿La solución es simplemente abandonar el medio? Está la opción de resistir a los abusos de las corporaciones desde dentro de sus medios. Si simplemente abandonamos los medios, no podremos llegar a las demás personas a quienes les vendría bien, si no resistir, al menos saber exactamente de qué se alimentan las redes sociales cibernéticas. Sin embargo, la estrategia de minar al medio desde dentro consigue poco a largo plazo. Los dueños de las redes lo advertirán, calcularán las pérdidas de sus negocios y ahogarán la disidencia. O tal vez… tal vez lo hacen ya.

Esto, en el fondo, sugiere que no es posible un movimiento social así. Dados los tamaños de nuestras poblaciones, los movimientos sociales necesitan medios de comunicación para lograr la organización y la unidad indispensables. Aun así, aunque este movimiento no puede erguirse apoyado en los medios que pertenecen a los gigantes tecnológicos, sí puede apoyarse en medios alternativos en los que la tiranía de las corporaciones no sea bienvenida. Como dice una vieja canción: «iremos de uno en uno, después de pueblo en pueblo».

Las revoluciones industriales no son procesos naturales

En las discusiones sobre el tema, siempre hay alguien que recrimina como ‘neoludismo’ a la prudente cautela ante la tecnología que sobrepasa ciertas dimensiones. Porque en toda discusión se suele colar gente más interesada en escupir y sacar la lengua que en conversar y perseguir el bien. Los luditas eran artesanos que se dedicaban a destruir máquinas en el siglo XIX, en especial, máquinas de hilar y telares industriales, porque estos instrumentos les quitaban el trabajo. Suele decirse que, al final, los luditas no lograron nada. Hay una gran diferencia, empero, entre las máquinas de hilar y los sistemas computacionales de las redes sociales. Verdad perogrullesca.

Se suele decir también que vivimos la cuarta revolución industrial, y que los cambios traen cierta inestabilidad para algunas personas pero que, a largo plazo, los problemas se resolverán. Por mencionar un ejemplo, las condiciones laborales son cada vez más precarias. Cualquier cajero, vendedor, obrero o personal administrativo de un puesto no tan alto no estaría equivocado al temer que una máquina lo remplace. Sin embargo, como bien señala Kate Crawford en su reciente libro Atlas of AI, las compañías de la nueva industria necesitan muchísimo personal y trabajadores externos. El problema está más en que los humanos sean tratados como máquinas. Se les exige y explota al ritmo de las máquinas. Crawford observa de primera mano cómo el mantenimiento de la infraestructura y los robots de Amazon es impecable, mientras que sus pasillos están repletos de empleados vendados y de dispensadores de analgésicos. Los humanos no son un recurso y no nacieron para la explotación. En las múltiples huelgas y manifestaciones, los trabajadores de Amazon lo único que piden es el indispensable respeto humano, cosa que resulta demasiado pedir cuando los directivos de la empresa lo comparan con sus ambiciones.

Amazon, Centro de Distribución. Créditos: Megan Farmer.

El cambio tecnológico ha traído injusticia, irrupción a la privacidad, y un daño psicológico y ambiental tremendos. No es tan fácil pensar que la legislación pertinente vendrá y que las cosas estarán mejor que como estaban antes. Al respecto, conviene considerar dos cosas.

La primera es que la resistencia no se daría en contra de este tipo de tecnologías que permiten hablar de una cuarta revolución, sino sólo en contra de las que coincide que son de este tipo y que, específicamente, sirven a los intereses abusivos de los monopolios. La segunda es que la historia no es un proceso natural. Las legislaciones no ‘se dan’. Hay abogados y legisladores que trabajan duro para que los intereses de unos pocos no se sobrepongan al bien común. Los legisladores de este tipo (también hay legisladores perversos) deben estos logros a la práctica esforzada de su ética profesional, y no al determinismo. Lo mismo pasa con cualquier cambio histórico: no se ordenará ni será bueno si nosotros mismos no lo ordenamos y lo hacemos bueno.

Un movimiento así no revertirá la historia y quizás tampoco derribará a estos gigantes, pero sí puede limitar este imperio deshumanizante. Las personas no están hechas para la tecnología, sino la tecnología para las personas. Es posible un mundo en el que lo laboral y lo público no invadan la vida privada e íntima. Un mundo en el que puedas renunciar a darle de comer tus datos al ogro sin perder la posibilidad de un empleo decente.

Fraguar el movimiento

A nadie que esté enterado del funcionamiento de los algoritmos de Facebook y del condicionamiento continuo, subrepticio y agresivo que imprimen en sus usuarios, le parecerá descabellada la resistencia. Las personas que trabajan en puestos significativos de la compañía por supuesto que también saben lo que está en juego. De todos modos, al hablar de esto en algunos círculos sociales, a uno lo miran como a don Quijote queriendo revivir la época de los caballeros andantes. Tal vez sí es un cambio igual o más grande, pero, como no es descabellado, tampoco es imposible.

No conozco a ningún comerciante que no se vería seriamente afectado si se abstuviera de los productos de Facebook Inc. (Facebook, WhatsApp, Instagram, etc.). Trabajadores de otros sectores también perderían oportunidades grandes. En cambio, si todos… todos… lo hicieran, los empresarios pequeños y medianos ganarían un mercado tremendo (con la condición de que sus productos sean de calidad). Lamentablemente, las probabilidades de que todos lo hagan no son más que una posibilidad irrelevante. Por lo pronto, este movimiento sólo puede proponerse que algunos, un número cuantioso, abandone estas redes (no todas). Puede proponerse, eso sí, que estas redes dejen de ser centrales u obligadas.

Además de que abandonar las redes no es una opción para casi nadie en este momento, imaginarlo resulta emocionalmente complicado. Tomemos al 2011 como referencia, año en que Facebook contaba con 800 millones de usuarios y constató un ritmo de crecimiento de 250 millones de usuarios anuales nuevos. Desde entonces, sus usuarios comparten sus recuerdos más entrañables y tienen conversaciones íntimas en el chat (cuando digo íntimo me refiero a una idea más amplia que la de la mera sexualidad; también hay enojos, tristezas, miedos y alegrías íntimas… algunas de estas personas no se atreverían a sostener esas conversaciones cara a cara). En las redes, desde hace diez años aproximadamente, millones de personas han validado sus logros personales, su aspecto y sus ideas, basados en el número de aprobaciones y reacciones de sus posts. Algunos conocieron a sus actuales parejas, otros tuvieron sus más dramáticas peleas o sus más vitales conversaciones. Diez años es un tiempo considerable, y más para las personas menores de veinte. Las redes sociales cibernéticas se inmiscuyeron y compenetraron todas nuestras vivencias, las íntimas y las superficiales, las perentorias y las cotidianas. Nos clavaron un anzuelo gordo. No es raro que algunas personas se sientan ofendidas cuando otros hablan mal de las redes, como si estuvieran hablando mal de ellas mismas.

La manera de fraguar un movimiento que le haga frente a estos medios dominantes no puede ser abandonarlos. El abandono ocurrirá cuando este movimiento alcance algunas de sus metas. El primer paso para lograrlo (o lo que tendrían que evitar sus detractores a toda costa) consiste en establecer una aprobación y un tejido social alternativos. Decir “yo no cerraré mis cuentas, porque perdería demasiado, pero aprecio y apoyo a estos activistas que le hacen frente a los gigantes”.

Se trata de un proceso. Después de, socialmente, aprobar la resistencia y desaprobar los abusos, surgirán nuevos horizontes. Si quieres pero no puedes eliminar tu cuenta de Facebook, Instagram, Twitter, TikTok o lo que sea, una opción es darle actividad esporádica o mínima. Por ejemplo, entrar sólo una vez a la semana. Es difícil. Psicológicamente, están diseñadas para producirnos ansiedad. Cada vez que te alejas, atraviesas un síndrome de abstinencia.

Un punto de partida para un tejido social alternativo es buscar, en viejos o en futuros conocidos, amistades nuevas que también quieran resistirse a los monopolios. Esa es una razón suficiente para entablar amistad. Los movimientos se piensan y organizan mejor en conjunto. Pronto estaremos en lugares en los que nunca habíamos estado, con personas que antes no conocíamos, hablando de la resistencia informática.

Por Alberto D. Horner
Twitter: @HornerAlberto

Monopolios tecnológicos: la resistencia es posible

Resistencia informática

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Reconocemos que la mensajería instantánea y las redes sociales han perjudicado (al menos parcialmente) nuestras vidas. Nos molesta que las personas prefieran consultar su celular en vez de escuchar la conversación. También advertimos lo mucho que las redes sociales espolean la preocupación por las apariencias, y la manera en que inflan la aprobación social como objeto de deseo. Sin embargo, no parece que haya suficientes razones para prescindir deliberadamente de ellas o de la mensajería instantánea (el número de usuarios lo dice todo). Cosa entendible, porque su uso en verdad trae muchos beneficios y abre muchas posibilidades.

Algunos argumentos en contra de las redes sociales han sido malentendidos. Por ejemplo, al hablar de privacidad, he escuchado a varias personas responder «yo no soy tan importante como para que les interese mi información». Tienen razón en el hecho de que no son tan importantes. Es en serio. Ninguna corporación administradora de redes sociales se preocupa por la individualidad de sus usuarios en tanto que individuos (a menos que se trate de una persona realmente poderosa, como sucedió en el caso de Trump). Pero quienes así responden no tienen razón en que su insignificancia como individuos frente a dichas corporaciones los deslinda de todo riesgo y detrimento. Existe un riesgo político y social que nos compete a todos.

El poder que adquieren corporaciones como Facebook, Google, o Amazon no reside (no principalmente) en el chisme o en la amenaza a nuestras reputaciones, sino en la suma de toda esa información que nosotros les regalamos y, al mismo tiempo, en la suma de nuestra atención (también regalada) disponible para recibir la información que ellas deseen taladrarnos. Además de bombardear con comerciales personalizados, la suma de información permite encontrar tendencias políticas y diseñar propaganda política, lo cual causa una disociación entre lo que realmente sería un buen gobierno y lo que públicamente se dice que sería un buen gobierno.

La sustitución de bienes reales por bienes aparentes es un daño inminente. Los fabricantes y las empresas descuidan la calidad de sus productos al preocuparse por la aprobación de sus consumidores. La mercadotecnia es sofistería y nos deja indefensos ante su persuasión cuando dispone de nuestros datos. En la industria alimenticia y en otras más, como la de herramientas electrónicas, cada vez es más difícil para el usuario inexperto discernir la calidad de los productos, puesto que los procesos de elaboración y la tecnología del funcionamiento son cada vez más complejos y opacos. Si las empresas no tuviesen acceso a las bases de datos de sus posibles consumidores, ignorarían la posible futura aprobación del producto y concentrarían su empeño en la efectiva calidad del producto. Dicha concentración conllevaría prosperidad; quizás, incluso, contrarrestaría en alguna medida la obsolescencia programada.

¿La internet ha traído grandes beneficios para la sociedad?

En cuestiones políticas… tomemos el caso de Facebook. Su concentración de poder ha borrado las fronteras entre lo social y lo político. En 2009 trató de instituir reformas de manera democrática; permitió a sus usuarios votar para determinar sus políticas, pero sólo 0.32 por ciento de los usuarios votaron. En 2012 el proyecto fue abandonado. No obstante, el esquema permanece; la corporación es el gobierno, los usuarios son los gobernados y tiene sentido: la plataforma es el territorio. Es un espacio cerrado. En vez de pagar impuestos, se cultivan datos.

Últimamente Facebook intenta crear un consejo supervisor (busca otra forma de gobierno). El consejo, en caso de ser exitoso, supuestamente tendrá más autoridad que Mark Zuckerberg en cuestiones de libertad de expresión dentro de la plataforma. Sobre todo, para decidir qué publicaciones censurar y cuáles no; cuáles promover y cuáles frenar. Por el momento, las decisiones del consejo no sientan precedente; es decir, cuando la decisión les ha sido delegada, tienen la última palabra respecto de quitar o dejar en línea la publicación en cuestión, pero eso no implica que Facebook deba aplicar el mismo criterio a todas las demás publicaciones. El consejo apenas comienza a tener algunas decisiones, mas sí han intentado en las juntas (hasta ahora sólo han sido intentos) llegar a especificaciones que permitan diseñar algoritmos para regular las publicaciones. Es decir, persiguen un sistema legal. (Sobre el consejo supervisor, léase Inside the Making of Facebook’s Supreme Court”, de Kate Klonick, en The New Yorker, 12 de febrero, 2021.)

Los gobernantes de los distintos países están sujetos a las normas de Facebook en tanto que usuarios. Además, puesto que es una empresa internacional, para los gobiernos de los países es más difícil tomar acciones legales contra ella. Países como Australia, Alemania, Francia y Finlandia están preocupados por la justa remuneración a los periodistas cuyo trabajo se difunde en Facebook. Ha sido muy difícil negociar con la compañía. En Francia, las publicaciones de noticias no muestran imágenes ni textos llamativos. En Australia, Facebook consiguió un acuerdo con el gobierno para negociar directamente con los periodistas, luego de eliminar por completo durante un tiempo el contenido de noticias en el país. En Estados Unidos y en Reino Unido (casos excepcionales), hay una sección especial de noticias en Facebook que promueve suscripciones, aunque no está claro si los periodistas están recibiendo la ganancia debida. (Véase el número del 24 de febrero de 2021 de The Wall Street Journal. En primera plana se lee “Facebook enfrenta más peleas por tarifas, en tanto que concreta un acuerdo con Australia” (la traducción es mía).)

Con gazmoñería, Facebook pregona libertad de expresión, pero sus acciones limitan de un modo apabullante las ganancias de los periodistas. Al mismo tiempo, aprovecha el periodismo para capturar más usuarios y crecer como compañía. A pesar de que potencia la difusión del contenido, debilita las ganancias de los periodistas, sin las cuales ellos no siempre pueden solventar las investigaciones necesarias para sus trabajos. Quizás está de más recordar que sin una prensa libre y robusta, todas las demás libertades carecen de protección.

Haber digitalizado el África subsahariana es otra cosa de la que se jacta Facebook, pero el acceso a la red que proporciona a los africanos de ese lugar se da exclusivamente desde su plataforma. Como consecuencia, no hay distinción para ellos entre internet y Facebook; la compañía regula de manera total el acceso a la información en esa región y, por supuesto, no permite que la información que la desfavorece llegue a los usuarios. (Véase La red del engaño, un ensayo de Esteban Illades, en Nexos, marzo, 2020). Esa es la lógica de Facebook: abusar de la vulnerabilidad y de la debilidad humana disfrazado de altruismo por un mero interés de crecimiento empresarial. No reprocho el interés de crecimiento, sino lo que están dispuestos a pisar.

Ray Bradbury retrata la deshumanización que causa la censura del conocimiento y el diálogo.

La historia sobre cómo Zuckerberg conquistó y pervirtió Instagram es otro ejemplo: cuando en 2012 Facebook compró Instagram, le prometió a Kevin Systrom (uno de sus fundadores y, en esos tiempos, director) independencia operativa. Su promesa resultó ser un fiasco. La ambición de Facebook pudo más que sus palabras (acaparar la mayor cantidad de usuarios durante el mayor tiempo posible, para así comerciar con su atención digital). Sobre el caso de Instagram y Facebook, está el reportaje de Sarah Frier “No Filter”, del cual la reseña de Sophie McBain me parece muy buena. En sus inicios, Instagram promovía imágenes artísticas y enriquecedoras, y evitaba la autopromoción nudista. En 2018 Mike Kriegger y Kevin Systrom (los fundadores de Instagram) renunciaron. Para entonces, Facebook se negaba a apoyarlos para combatir la venta de drogas y otros problemas mayores de la plataforma.

El exceso de poder me parece una razón suficiente para plantar resistencia contra las redes sociales vinculadas con Facebook (WhatsApp e Instagram son las más famosas). La ambición inhumana con la que se dirige la corporación es otra razón. No estoy de acuerdo con esa visión de la vida y las relaciones humanas, y tampoco estoy de acuerdo con promoverlas.

Los propósitos de Facebook, su afán de lucro y de poder, no son malvados; sólo son codicia y ruindad: incapacidad para reconocer que hay bienes más importantes que la fama y el placer. Quisiera que esto no se leyera como una serie de motivos para enjuiciar a Zuckerberg. Muchas personas harían lo mismo si estuvieran en su lugar. Lo preocupante es la ingenuidad de nosotros, lo usuarios. No es casualidad que en esto se entrevean similitudes con la resistencia a la tiranía. En los gobiernos autoritarios la mayor responsabilidad la tienen los ciudadanos, que permiten pusilánimes el abuso de poder. Creo que es posible la resistencia a estos gigantes tecnológicos, primero, mediante la difusión de la imagen real de sus corporaciones, pero, más aún, mostrando que es razonable tomar decisiones y hacer sacrificios en favor de esta resistencia.

Ya casi se cumplen dos años desde que abandoné WhatsApp, y creo que cuatro desde que abandoné mi cuenta personal de Facebook. (Es alarmante que esto suene como a confesión de alcohólicos anónimos.) Nunca tuve Instagram. Abstenerme me ha permitido ponderar las ventajas y pérdidas de primera mano. Duré un año entero sin usar una sola red social más allá del correo electrónico; después regresé a Twitter y a Telegram, más por la fuerza de las circunstancias que por convicción propia.

Ya que no he encontrado mucho escrito sobre la posibilidad de abstenerse de las redes en entornos que las imponen, espero que mi testimonio sirva de algo. Me queda claro que se pierde mucho al rechazar las redes. O, puesto al revés, las redes y otras plataformas informáticas nos benefician mucho. Con mi abstención de Facebook y asociados perdí contactos, me distancié de familiares y amigos, y perdí también oportunidades laborales. Afortunadamente estaba en una situación que me permitía aceptar el costo. No sólo me desconecté por razones políticas; también por ideas respecto de las actividades en las que conviene invertir el tiempo, del tipo de discursos que pululan en las redes, y de lo que conviene que sean las relaciones humanas. Para muchas personas las redes son una ventaja económica; para muchas más son una ventaja social, pero eso sólo sucede a corto plazo. A largo plazo nos destruyen más de lo que nos enriquecen. Este esquema de bienes a corto plazo les confiere el carácter de adicciones.

Cuando digo que perdemos más de lo que ganamos me refiero a las corrientes patógenas de la vida política social e individual, a las corrientes consumistas y cosificantes que se abren paso y ensanchan su cauce con nuestro consentimiento (tácito en el mejor de los casos); pero también me refiero a un asunto de mera justicia conmutativa: nuestros datos y nuestra atención (digital o análoga) valen más que lo que ellos nos ofrecen a cambio. Los mecanismos por los cuales estas y otras plataformas se apoderan de nuestros datos son injustos. (Léase sobre esto How Much of Your Stuff Belongs to Big Tech?”, de Elizabeth Kolbert en The New Yorker, 8 de marzo, 2020.)

En “Un mundo feliz”, Huxley muestra una sociedad consumista y superficial.

Entre los casos que muestran el colmo de este abuso en la minería de datos, destaca WeVibe: una marca de juguetes sexuales. La compañía Standard Inovation, dueña de la marca, ofrece una aplicación para configurar y operar los vibradores We-Vibe mediante la cual recopila información vinculada a las personas sobre los momentos en que utilizan los vibradores y, por si fuera poco, sobre la intensidad, la duración y la temperatura con que los utilizan. Más allá de si el uso de juguetes sexuales es una práctica sana o deseable, aquí hay un asunto de injusticia conmutativa. Personas que ya pagaron por los dispositivos con su dinero, ¿por qué tienen que pagar, además, con sus datos?

Las políticas de privacidad están diseñadas para que el usuario sea incapaz de leerlas. Un botón resaltado nos acucia en todo momento para omitirlas: ‘aceptar’. «He leído los términos y condiciones». En las redes sociales no pagamos con dinero por los servicios; nuestra moneda son nuestros datos. La transacción, de cualquier modo (incluso si es legal), es injusta. Lo que las compañías ganan con eso excede desproporcionalmente lo que ellas nos ofrecen. Es que las redes sociales no son un servicio; son una carnada.

Muchas veces no estamos dispuestos a admitir cuánto desmedran nuestras vidas los intereses mercadotécnicos de los grandes monopolios. Oponernos a ellos no es algo sencillo, y la posibilidad de oposición disminuirá conforme la aplacemos, porque el poder de los monopolios crece.

Una instancia de este crecimiento monopólico es Google, compañía subsidiaria de Alphabet. Hace varios años, en 2010, la compañía Oracle compró Sun Microsystems; la transacción incluyó la tecnología Java. Ese mismo año, Oracle demandó a Google por la copia ilegal de más de 11,000 líneas de código Java API en el desarrollo de Android. Oracle estimó los daños en nueve mil millones de dólares. El juicio se resolvió apenas en abril de este año (2021), y se resolvió a favor de Google: según seis de los ocho jueces, que Google dispusiera de esas líneas de código sin el consentimiento de sus dueños no representa injusticia alguna.

Kent Walker, el director ejecutivo de asuntos legales de Google, argumentó que el uso de esas líneas de código fue justo, pero sus argumentos no parecen del todo pertinentes. Adujo que sólo así se puede llevar a cabo la innovación y la interoperabilidad que el mundo necesita. Es verdad que esas líneas de código fueron la base para la innovación e interoperabilidad (compatibilidad con otros programas) de Android. Sin embargo, no era la única manera de hacerlo, y no es verdad que esos propósitos justifican el uso de las líneas de código en cuestión.

Las declaraciones de Oracle son sugerentes: «La plataforma Google sólo creció y su poder mercantil incrementó. Las barreras para entrar [al mercado] se hicieron más altas y la capacidad para competir decreció. Robaron Java y se dispusieron a litigar durante una década como sólo un monopolista puede». Karsten Weide, analista de medios digitales, de International Data, manifestó también su desacuerdo públicamente: «los nuevos emprendedores dirán “invertí mucho tiempo en el desarrollo de este código y Google o alguien más puede venir simplemente y robárselo”».

Imagen tomada de Financial Times.

Parte del problema estriba en los huecos legales respecto de los derechos de explotación (copyright)del código Java API. El reportaje sobre el caso lo publicó The Wall Street Journal en primera plana el 6 de abril de 2021. El punto es que el poder de los monopolios informáticos excede el hurto de nuestros datos con cosas como el despojo del fruto del trabajo ajeno.

Se sabe que la resolución de un caso así sienta precedente en el sistema judicial de Estados Unidos. En la medida en que estas empresas y estos negocios son transnacionales, resoluciones y precedentes como éste afectan directamente a los demás países.

Propongo resistencia. No aconsejo abandonar estos medios de tajo; hay quienes perderían el trabajo si lo hicieran, o el contacto con seres queridos que de otra forma no tendrían (para muchos migrantes, Facebook es el único medio de comunicación con sus familias; lo sé porque ellos me lo han dicho). La imposibilidad de este abandono evidencia un poder que ya se impone: nos ataron la correa en nuestro bolsillo y en nuestros afectos.

Apronto, más bien, las acciones que nos habilitarán en un futuro la posibilidad de abandonar estos medios o, para quien así lo prefiera, la posibilidad de negociar de manera justa y franca en lo que concierne a nuestra información y atención digital. Salir de las aplicaciones de las que aún no dependemos, distribuir el tráfico de nuestra actividad en medios que no estén aún constituidos como monopolios, cambiar de navegador web, consultar las noticias directamente en las plataformas de las revistas y los periódicos (o mejor, aún, suscribirse a las ediciones impresas), llamar a los amigos y procurar las conversaciones rostro a rostro son acciones que nos acercarán a ese futuro. Si no podemos evitar que las compañías dispongan de nuestra información a su capricho, al menos evitemos que quienes la adquieren sean siempre las mismas personas que concentran cada vez más el poder. Podemos también cambiar el discurso: promover la abstención de actividad innecesaria en estos medios, del mismo modo en que se promueven otras causas sociales. En este caso, recuperar medios alternos de comunicación e interacción humana, aunque parezca que desandamos un poco el camino, será un progreso.

Por Alberto Domínguez Horner
Twitter: @HornerAlberto

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