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Shtisel un vistazo al judaísmo ultra-ortodoxo

Shtisel un vistazo al judaísmo ultra-ortodoxo

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Dentro de la literatura hay familias que nos resultan entrañables, tal es el caso de los Buendía (Cien años de soledad de García Márquez), los Buddenbrook (Los Buddenbrook de Thomas Mann), los Compson (El ruido y la furia de Faulkner), los Moskat (La familia Moskat de Isaac Bashevis Singer) y tantas otras más.

Incluso uno de los principios más conocidos de la literatura universal es el de Ana Karenina de Tolstói: “Todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada”.

No es la primera vez que se aborda la historia de una familia judía o aspectos de la ortodoxia judía. Isaac Bashevis Singer provenía de una familia de rabinos jasídicos polacos y con su literatura preservó la cultura yiddish. Dentro del imaginario de Bashevis Singer, siempre encontramos  rabinos, demonios, sinagogas, celebraciones de bodas, shabbats y al judío que se encuentra entre la modernidad y la tradición.

Las sagas familiares están presentes en la literatura y ahora también en la televisión con la serie israelí Shtisel; que también de algún modo evoca los relatos de Singer. 

Shtisel se estrenó en Israel en el 2013 y su éxito fue rotundo, sin embargo, fue hasta que Netflix la incluyera en su catálogo que alcanzó fama internacional. La serie tuvo tan buena acogida y popularidad que a finales de marzo (2021) se estrenó la tercera temporada. En la serie se habla hebreo y yiddish -con subtítulos en varios idiomas- porque son las lenguas que se escuchan en barrios como Geula y Mea Shearim en Jerusalén. Aunque ambos barrios son ortodoxos, Geula es un poco menos ortodoxo que Mea Shearim. Aunque podría resultar extraña una serie cuyo centro es el judaísmo y especialmente la vertiente ortodoxa, justamente es lo que la hace diferente, interesante y entrañable.

El elenco cuenta con un electo famoso en Israel: Michael Aloni, Dov Glickman, Neta Riskin, Zohar Strauss, Shira Haas (Unorthodox) y otros más. 

La familia Shtisel vive en el barrio ultra ortodoxo de Jerusalén; los hombres con barbas, peots (bucles), trajes negros y sombreros; y las mujeres casadas con el cabello cubierto o una peluca empujando una carriola y con muchos niños corriendo a su alrededor.  

Los guionistas, Yehonatan Indusrky y Ori Elon, conocen a profundidad la ultra-ortodoxia y hacen un retrato cotidiano: las camas separadas, la bendición antes de comer o beber, las pelucas, la ausencia de televisiones, Smartphones e Internet; y besar la mezuzá en la jamba de la puerta.

Shtisel 3. Foto yes Studios / Ohad Romano

El patriarca, Shulem Shtisel, es director de una yeshivá (escuela) y tiene dos hijos y una hija: Zvi Arye, Giti y Akiva; cada uno con sus particularidades y problemas. La historia narra los amores y desamores del pintor Akiva; la viudez solitaria de Shulem; las tensiones entre padres e hijos; y la vida matrimonial con sus altos y bajos. Gran parte de la serie gira en torno al matrimonio, ya sea para buscar con los casamenteros a la pareja ideal, o para mostrar las diferencias diarias.  

En las primeras temporadas, vemos como Akiva pinta en secreto y es presionado por Shulem –que fuma y come casi todo el tiempo- para casarse porque cada vez se hace más viejo y menos elegible. Akiva se enamora de una viuda, que es unos años mayor que él; y después de su prima Libbi. Lipa es un carnicero kosher que viaja constantemente a Argentina, mientras su mujer –Giti- se queda en casa cuidando de sus cinco hijos. 

En la tercera temporada, abordan nuevas problemáticas como los trastornos mentales, los vientres de alquiler, una pareja jasídica-sefardí, el anhelo y la dificultad del embarazo e incluso que las mujeres puedan conducir.

La serie nos muestra la vida cotidiana y religiosa de la familia, pero no se trata de un vistazo exterior, sino que entra en la intimidad diaria y nos muestra que en realidad no son tan diferentes de nosotros. La serie juega con un amplio espectro de sentimientos que va desde lo melancólico y conmovedor hasta el humor. Aunque las tradiciones jasídicas podrían alejarlos de nuestra realidad, nos muestran personajes muy humanos con los que podemos identificarnos y simpatizar, porque la cotidianeidad y las vivencias los acercan al espectador. 

Shtisel trailer tercera temporada.

Entre el ruido y la prisa de Jerusalén

El ruido externo y la prisa nos envuelven todos los días. No tenemos tiempo y vamos corriendo de un lado a otro, miramos sin mirar, nada nos detiene. Ni siquiera Jerusalén es una excepción. Caminando por el barrio judío, los hombres vestidos de negro, con camisas blancas, kipás y los hilos que sobresalen de su manto de oración, tampoco se miraba algo diferente. Todos caminaban rápidamente. De pronto, una escena que no duró más de diez minutos, un hombre se arrodilla y comienza a orar. Sabes que ora, porque su oración se acompaña con el movimiento. Entre el ruido y la prisa de Jerusalén, un hombre detuvo el tiempo, sin vergüenza, no como en ocasiones puede ocurrirnos, que nos persignamos rápido para que otros no vean. Abstraído del mundo, en un diálogo personal, hace de su vida una oración constante.

Foto: Mauricio Fajardo

Kotel, padre e hijo

El Bar Mitzvá es un momento crucial en la vida de todo niño judío. A partir de los 13 años el niño es responsable de su propia fe, puede ser llamado a leer la Torá y también seguirá los 613 mandamientos. Sin embargo para llegar a este punto el niño ha sido preparado: vive la fe de sus padres. La fe se transmite de padre a hijo. El padre emocionado, orgulloso y con amor, ora junto con su hijo en el lugar más sagrado para el judaísmo: el Kotel o Muro de los lamentos. Un momento conmovedor, donde padre e hijo, unidos en un mismo abrazo, en una misma fe, levantan juntos una oración.

Foto: Mauricio Fajardo

Shtisel un vistazo al judaísmo ultra-ortodoxo

¿Qué puedo esperar? Que venga tu Reino

“Lo veo, aunque no para ahora, lo diviso, pero no de cerca.”

Nm. 24:17

En ocasiones asociamos la espera con el aburrimiento de una sala medianamente iluminada, con un par de revistas hojeadas sin mucha atención y compañeros que aguardan junto con nosotros lo mismo: que la espera se termine.

Es curioso que se piense la espera como un acto pasivo, una especie de limbo temporal del que esperamos salir lo antes posible. Sin darnos cuenta de que la espera no tiene que ser pasiva –sentarse aburrido mirando una pared blanca mientras las manecillas del reloj avanzan lentamente- sino que por el contrario la espera es activa. Todo depende del modo en que espero. Tomando como ejemplo la misma sala, hay una diferencia entre esperar sin hacer nada –perdonando la contradicción- y esperar mientras leo, dibujo, converso con alguien o incluso dormito. Los matices y aburrimiento de la espera dependen de nosotros mismos. 

Cuando esperamos la ansiedad es crucial, pero no el ansia nerviosa que impide pensar, sino la ansiedad de que el momento que esperamos llegue pronto. En esa prontitud  somos aún más conscientes de aquello que esperamos, en lo que hemos puesto nuestra esperanza y del modo en que aguardamos. 

La naturaleza humana está predispuesta hacia la espera: esperamos que algo termine, que empiece, un resultado, las vacaciones, una fecha especial, esperamos a alguien. Cuando la espera se termina e irrumpe en nuestra realidad todo cambia, porque lo que divisábamos ha llegado.

Y vivimos ese momento como si fuera un eterno presente… hasta que llegue la próxima espera. Vivimos esperando que algo ocurra para poder correr hacia la próxima espera. ¿Qué sucede cuando lo que esperamos no llega pronto? ¿O si llega y no es lo que esperábamos? ¿Y si esperamos toda una vida sin que llegue? Siguiendo la pregunta de Kant, ¿qué puedo esperar?


Puedo esperar que venga el Mesías a restaurar la creación, trayendo justicia al mundo y que, al volver todos la vista hacia él, colmada la espera, la Ley se escriba en el interior de los corazones. (Jr. 31: 33) 

Padre e hijo
Foto: Mauricio Fajardo

Para el judaísmo la espera mesiánica es la esperanza del pueblo, a pesar del devenir de las generaciones y del silencio de Dios, de que Hashem intervendrá en su Reino. La figura del mesías puede trazarse desde el comienzo de la monarquía con la espera de un futuro rey. La esperanza por el Mashíaj puede leerse desde el Génesis (49: 10) hasta en profetas como Jeremías, Ezequiel y sobre todo Isaías con el Cuarto canto del Siervo (Is. 52: 13) 

Se puede decir que se trata de un doble Mesías: que es religioso a la vez que político. Aunque las vertientes filosóficas se concentran sobre todo en una interpretación política del mesianismo. El Mesías será un rey, juez y profeta, un hombre  que servirá a Dios aunque no es Dios, por lo que no puede ser adorado, que restaurará la Ley de la Torá para todos los hombres en los corazones, y que comenzará con la tercera reconstrucción del Templo de Jerusalén, por lo que las ofrendas y la casta sacerdotal regresará para dar plenitud al culto. (Ez. 37: 26 -28)

Aunque el Mesías será un hombre importante, el centro es la intervención de Dios. Que se podrá identificar por la reconstrucción del templo, la reunificación de todos los judíos en Israel (Is. 2:4 y 43: 5 -6), una era de paz (Is. 11: 6 -7), el reinado de Dios en todo el mundo (Zac. 14: 9) y la circuncisión del corazón (Jr. 31: 33 -34). Además de eso el Mesías desciende de la dinastía davídica y sobre todo guardará la Torá. La fidelidad de la Ley es lo que permitiría identificar a un falso profeta y por ende falso Mesías (Dt. 13: 1- 6).

Como sucedió con el polémico caso de Sabbatai Zevi, el falso Mesías sefardí, nacido el mismo día de la conmemoración de la destrucción del Templo de Jerusalén, el 23 de julio, pero de 1623 y que fue excomulgado. La comunidad ortodoxa lo miraba con recelo, aunque el autoproclamado Mesías tuvo muchísimos seguidores, incluso tras su conversión al islam, cuando no pudo realizar un milagro frente al sultán.

Rollos de la Torah
Foto: Mauricio Fajardo

El filósofo Maimónides (S. XII) escribió los 13 preceptos de la fe judía, el onceavo afirma: “Yo creo con toda la fe en la llegada del Mesías y, aunque se demore, seguiré aguardándolo hasta que arribe.” Los primeros preceptos son amar y seguir la Ley de Dios, sin embargo, la esperanza de la venida del Mesías es un componente de fe importante. Tanto así que una canción popular de Mordechai Ben David Moshiach toma el principio para cantar: “Y aunque tarde, no importa esperaré por Él. Esperaré todos los días que venga. Creo. Creo con una fe completa en la venida del Mesías.”

Mashiach, Mordechai Ben David

Al terminar el Shabbat y algunas celebraciones como el Pésaj (Pascua), se invita con el canto Eliyahu Hanavi al profeta Elías a unirse al Séder y llenar un vaso de vino para celebrar con ellos. Porque si viene Elías después vendrá el Mesías. 

Eliyahu Hanavi, Dudi Feldman & Sruly Lipschitz

Cuando la Pascua termina se escucha la expresión “el próximo año en Jerusalén!” (L´Shana Haba´ah B´Yerushalayim) Una vez que han rememorado la esclavitud y huida de Egipto, esperan con confianza que el siguiente año puedan celebrar la Pascua en Jerusalén. La frase es una alusión a la era mesiánica. Esperan la restauración que es sobre todo espiritual: esperan al Mesías.

Toda religión tiene diferentes vertientes e interpretaciones. Tanto el cristianismo como el judaísmo tienen diferentes corrientes y existen entre ambos varios puntos de encuentro. Basta decir que la Biblia se compone de los libros de la Torá y el Nuevo Testamento.

Una corriente aún más estrecha es la de los judíos mesiánicos, que, sin dejar de ser judíos, aceptan a Jesús como el Mesías. Como el profesor de Harvard Roy Shoeman que se convirtió del ateísmo al cristianismo tras una experiencia mística. Shoeman cuenta en sus conferencias, que cuando su padre lo visitó y observó los íconos de Jesús y María en las paredes se escandalizó, a lo que respondió con humor y cariño: ellos también son judíos.

La espera es un componente esencial para las religiones. Se espera algo que apenas se divisa. Sin saber en qué momento la irrupción de Dios en la historia acontecerá, que tanto puede ocurrir mañana como en cien o mil años. Sin embargo, es preciso evitar una espera pasiva, por el contrario, se debe esperar activamente, siempre preparados, con las lámparas encendidas y suficiente aceite.

Bar Mitzvá
Shofar
Foto: Mauricio Fajardo

El Adviento es un tiempo de espera, esperamos que simbólicamente Jesús nazca en nuestros corazones, como una renovación de fe. Pero no basta con esperar pasivamente que el símbolo irrumpa en mi vida, sino que es nuestro deber esperar activamente y construir el Reino día con día. No debemos olvidar que también esperamos la segunda venida del Mesías. Que aunque tarde, esperaremos. Y es por ello que no sólo debemos cuestionarnos: ¿qué puedo esperar? Sino también ¿cómo espero? 

En el Talmud está escrito que al morir, una de las seis preguntas a responder con sinceridad es: ¿con cuánta ansia esperaste al Mesías? Una pregunta directa, que debería arrebatarnos de nuestra zona de confort. Porque a esa pregunta hay que responder que no esperamos pasivamente. Divisamos al Mesías que ya viene y no tarda, que nos preguntará directamente ¿cómo me esperaste? 

Granada

La granada (rimón en hebreo) es una fruta simbólica para el judaísmo. La tradición cuenta que cada granada contiene 613 arilos que equivalen a los 613 mandamientos (mitzvot), de los cuales 248 son positivos, acciones realizables, y 365 son negativos o abstenciones. Cada talit, que es un manto para orar, cuenta con 613 hilos. En suma es un número muy significativo para el judaísmo. La granada también es un símbolo del amor y la fecundidad, es por ello que nunca puede faltar en las bodas y sobre todo en la celebración del Rosh Hashana o año nuevo. Especialmente en este día, los judíos simbolizan con la granada, el deseo de poder cumplir y ser fieles a los 613 mandamientos.

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