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Protagonistas del Adviento: la Virgen

Protagonistas del Adviento: la Virgen

No resulta sencillo escribir sobre la Virgen María. Quizá pueda explicarlo con una anécdota: hace años en un kínder pidieron a los niños que dibujaran a su familia. Un niño dibujó a todos los de su casa, menos a su mamá. La psicóloga del kínder, alarmada, llamó a sus papás a cita, temiendo algún maltrato, algún problema familiar o trauma en el niño. Al preguntarle, con gran delicadeza, por qué no había dibujado a su mamá, respondió con desarmante sencillez: “es que mi mamá es muy bonita y yo dibujo muy feo”. Algo así sucede cuando tenemos que escribir sobre nuestra Madre, pero no queda otro remedio, pues Ella es el personaje central del Adviento, ya culminante.

Una clave para abordar el misterio de María en el Adviento es servirnos de los “prefacios de adviento” (el “prefacio” es una oración de la Misa, que de algún modo expresa el significado de la celebración particular del día). Así, uno de ellos, quizá el más utilizado en los días previos a Navidad, dice lacónicamente lo siguiente: “A quien todos los profetas anunciaron, la Virgen esperó con inefable amor de madre, Juan lo proclamó ya próximo y señaló después entre los hombres”. ¿Cómo quisiéramos esperar la venida de Jesús? Como la Virgen: “con inefable amor de madre”. Lo que pedimos humildemente a Dios estos días, es que colme nuestro corazón de amor a Jesús, porque quisiéramos, por un imposible, amarlo como Ella. Sólo el amor es la respuesta proporcionada de la creatura a su Creador, y quisiéramos que nuestro corazón rebose de él estos días.

Ahora bien, de hecho, hay un prefacio de adviento enteramente dedicado a la Virgen. El prefacio de adviento IV, titulado: “María, nueva Eva”, que ofrece, en un contexto más amplio, una panorámica de la misión de la Virgen en la trama de la redención. Vale la pena recoger por extenso el texto de esa oración:

“En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
alabarte, bendecirte y glorificarte
Señor, Padre Santo,
Dios todopoderoso y eterno,
por el misterio de la Virgen Madre.

Del antiguo adversario nos vino la ruina,
pero en el seno virginal de la hija de Sion recibió la vida
aquél que nos nutre con el pan de los ángeles,
y surgieron para todo el género humano
la salvación y la paz.

La gracia que perdimos por Eva nos fue devuelta en María;
su maternidad redimida del pecado y de la muerte,
se abre al don de una vida nueva,
para que, donde abundó el pecado sobreabundara tu misericordia
por Cristo, nuestro Salvador”.

Son varios los acentos mariológicos en esta oración, que pueden servirnos para encauzar nuestra oración y piedad durante estos días. En primer lugar, agradecer a Dios, fuente de todos los bienes, de todos los dones, por el don eximio de la Virgen: “alabarte, bendecirte y glorificarte por el misterio de la Virgen Madre”. María es “la joya de la corona de Dios”, “el buque insignia de la creación”, “la obra maestra del Creador”. Nada hay superior, en todo lo creado por Dios, que la Virgen (si exceptuamos la Humanidad Santísima de Cristo, ahora viviente en el seno de María). Ella, por especial privilegio, engloba los dos dones que Dios ha concedido, por especial privilegio, a la mujer: la maternidad y la virginidad. En esa “paradoja biológica”, que escandaliza a muchos descreídos, está significada la particular predilección de Dios por la Virgen.

En su “seno virginal recibió la vida” Jesús. “Aquel que nos nutre con el pan de los ángeles, y surgieron para todo el género humano la salvación y la paz”. Para decirlo más simplificadamente, los más grandes bienes nos han venido de la Virgen; de su seno brota “la salvación y la paz”, la Eucaristía, Jesús. Y, en palabras del Papa Francisco: “la gran bendición de Dios es Jesucristo, es el gran don de Dios, su Hijo. Es una bendición para toda la humanidad, es una bendición que nos ha salvado a todos. Él es la Palabra eterna con la que el Padre nos ha bendecido «siendo nosotros todavía pecadores» (Romanos 5,8) dice san Pablo: Palabra hecha carne y ofrecida por nosotros en la cruz”.

“La gracia que perdimos por Eva nos fue devuelta en María… para que, donde abundó el pecado sobreabundara tu misericordia”. Es bonito ver cómo la oración litúrgica parafrasea a san Pablo: “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Romanos 5, 20). El paralelismo entre la gracia y la misericordia es consolador. Hallar gracia equivale a hallar misericordia, recibir gracia a recibir misericordia. Y María es ambas cosas: “Madre de Gracia” y “Madre de Misericordia”. También en la Virgen se verifica un doble paralelismo teológico: Eva y María, por un lado; La Virgen y la Iglesia, por otro. Para comprender mejor el “misterio de María”, podemos servirnos de las figuras de Eva y de la Iglesia.

Con el fin de ejemplificar la profunda y mística relación entre María y la Iglesia nos servimos de una de las lecturas hagiográficas de la Liturgia de la Horas, en este tiempo de adviento:

“Cristo es, pues, uno, formando un todo la cabeza y el cuerpo: uno nacido del único Dios en los cielos y de una única madre en la tierra; muchos hijos, a la vez que un solo hijo. Pues, así como la cabeza y los miembros son un hijo a la vez que muchos hijos, así mismo María y la Iglesia son una madre y varias madres; una virgen y muchas vírgenes. Ambas son madres y ambas son vírgenes; ambas concibieron sin voluptuosidad por obra del mismo Espíritu; ambas dieron a luz sin pecado la descendencia de Dios Padre. María, sin pecado alguno, dio a luz la cabeza del cuerpo; la Iglesia, por la remisión de los pecados, dio a luz el cuerpo de la cabeza. Ambas son la madre de Cristo, pero ninguna de ellas dio a luz al Cristo total sin la otra. Por todo ello, en las Escrituras divinamente inspiradas, se entiende con razón, como dicho en singular de la Virgen María lo que en términos universales se dice de la virgen madre Iglesia, y se entiende como dicho de la virgen madre Iglesia en general lo que en especial se dice de la Virgen Madre María; y lo mismo si se habla de una de ellas que de la otra, lo dicho se entiende casi indiferente y comúnmente como dicho de las dos… En el tabernáculo del vientre de María habitó Cristo durante nueve meses; hasta el fin del mundo vivirá en el tabernáculo de la fe de la Iglesia; y, por los siglos de los siglos, morará en el conocimiento y en el amor del alma fiel” (Beato Isaac de Stella, abad).

Para comprender este texto se necesita conocer la doctrina paulina de la Iglesia como Cuerpo de Cristo. De hecho, una de las definiciones bíblicas de la Iglesia, retomadas primero por el Venerable Pío XII en su Encíclica Mystici Corporis Christi y más tarde por el Concilio Vaticano II en su Constitución Dogmática Lumen Gentium, es “Cuerpo de Cristo”. En este “Cuerpo” la Cabeza sería el mismo Jesús, nacido de María; los miembros de este Cuerpo somos todos los bautizados, hijos de la Iglesia. Un desarrollo de la teología paulina al respecto será la doctrina de san Agustín del “Cristo Total, Cabeza y miembros”. El Cristo Total es la Iglesia, teniendo por Cabeza a Cristo y bajo la Cabeza a todos los fieles de la Iglesia. Por eso se puede decir, como se proclamó al final del Concilio Vaticano II, que María no es sólo “miembro de la Iglesia”, en cuanto salvada por Cristo, sino que también es “Madre de la Iglesia”, en cuanto Madre de Jesús.

Para explicar el paralelismo entre María y Eva nos serviremos de otro texto de la Liturgia de las Horas o Breviario, que se puede leer en las memorias de la Virgen: “Por medio de María hemos nacido de una forma mucho más excelsa que por medio de Eva, ya que por María ha nacido Cristo. En vez de la antigua caducidad, hemos recuperado la novedad de vida; en vez de la corrupción, la incorrupción; en vez de las tinieblas, la luz” (San Aelredo abad). Es decir, gracias a Eva nacimos, pero también por ella morimos. En cambio, gracias a María vivimos y viviremos eternamente. Eva es madre de los vivos que mueren, María en cambio es Madre de los que vivirán eternamente.

Por último, sólo señalar, con otro prefacio, el Prefacio IV de la Virgen, que “María brilla en nuestro camino, como signo de consuelo y firme esperanza”. El adviento es, sin duda, tiempo de esperanza, pero también de consuelo. ¿Consolarnos de qué? De los males del mundo, de la Iglesia y en nuestra propia vida. Por eso, podemos hacer nuestro el consejo de san Bernardo, cuando nos encontremos en medio de las tormentas de la vida, de la parte de la historia que nos toca ser protagonistas: “mira a la Estrella, mira a María”.

Ateísmo maduro

Ateísmo maduro

¿Puede un ateo celebrar a un santo? ¿Puede un protestante venerar a un santo? A primera vista, la respuesta es no. Sin embargo, en realidad, depende. ¿De qué depende? Del lugar donde se celebre. Si en ese lugar han sido superados viejos prejuicios anticatólicos y los clichés que ello lleva consigo, es posible que un católico, un protestante y un ateo vayan de la mano para recordar la figura de un santo, por la impronta que ha dejado en la cultura y en la civilización de ese lugar. Tal es el caso de Alemania, donde ateos, protestantes y católicos celebran a san Martín de Tours (11 de noviembre) o a san Nicolás de Bari (6 de diciembre).

San Nicolás en Alemania

Me lo hacía considerar, recientemente, una amiga que vive en Alemania. Comentando cómo los niños hacen una procesión de velas, al atardecer, durante toda una semana, para celebrar a san Martín de Tours. Son seguidos, mezclándose entre ellos, por católicos, protestantes y ateos. Todos se unen a la fiesta, por considerarla parte del patrimonio cultural alemán. Digamos que la identidad germana incluye la celebración de san Martín, de forma que su fiesta va más allá de las estrictas fronteras del catolicismo, para ser un santo de todos los alemanes (lo que no deja de ser curioso, pues su tumba está en Francia y su origen es húngaro).

Algo análogo sucede con san Nicolás de Bari que, como se sabe, es el antecedente histórico de la figura de Santa Claus (del alemán Sankt Niklaus) y Papa Noël. Originalmente los regalos se entregaban a los niños el 6 de diciembre, día de su fiesta. Se cambió a Navidad la fecha de entrega de los presentes gracias a la reforma protestante, que dio mayor importancia al Christkind, al nacimiento de Jesús, siendo el Niño Jesús quien traía los regalos. Curiosamente también, lo de la chimenea como lugar por donde entra Santa Claus para repartir los regalos, tiene su origen en una tradición, según la cual san Nicolás dejó caer sobre la chimenea de una casa pobre, una bolsa con monedas de oro, ya que el padre de esa familia había decidido dedicar a sus tres hijas a la prostitución, porque no tenía dinero para darles dote.

Procesión de San Martín en Berlín

Ahora bien, lo que vemos en Alemania, supone la existencia de un ateísmo y un protestantismo maduros que, sin renunciar a su propia identidad y a sus propias ideas, reconocen la presencia de elementos católicos en la configuración de la cultura en la cual viven. Tienen la madurez para reconocer un hecho histórico y cultural: cómo los elementos católicos han contribuido a conformar la identidad alemana. Digamos que su culto no es religioso, sino nacional. Son, respectivamente, ateísmos y protestantismos maduros, que han superado el estadio de beligerancia contra el catolicismo, y tienen la capacidad de reconocer las cosas buenas que éste ha proporcionado a su patria a lo largo de la historia.

Dicha madurez me hacía pensar que en América Latina estamos muy lejos de conseguirla. Por acá, con mucha frecuencia, los grupos evangélicos conciben su identidad en clave antagónica con el catolicismo. Es decir, lo que los aúna, muchas veces, es tener un enemigo común: la Iglesia Católica. Por lo tanto, construyen su propia identidad en confrontación con el catolicismo, de manera que son incapaces de reconocer nada bueno en él, pues dejarían entonces de tener una razón para existir. Se trataría, en consecuencia, de protestantismos inmaduros, que necesitan de la confrontación con el catolicismo para definir su identidad. En ese sentido, es difícil que un evangélico practicante reconozca el valor que tiene la Virgen de Guadalupe en la conformación de la identidad mexicana, o el Señor de los Milagros en la cultura peruana.

Procesión del Señor de los Milagros en Lima

También, en América Latina, nos encontramos con frecuencia, con grupos ateos beligerantes. Más que ateos, en realidad son antiteístas, pues definen su identidad en confrontación con los valores católicos, mientras copian los modus operandi de las religiones, por ejemplo, su talante proselitista y agresivamente polémico. Quizá la manifestación más evidente de ello sean algunas de las actividades que organizan, por ejemplo “la parrillada hereje”, una carne asada que se realiza el Viernes Santo. Buscan hacer coincidir su evento social con la conmemoración litúrgica del Viernes Santo, como una especie de bautizo de fuego, en el cual se pone en evidencia cómo han roto definitivamente con sus creencias católicas, aunque, irónicamente, todavía dependen de ellas.

¿Cómo sería un ateísmo maduro en América Latina? A mi entender debería cumplir con dos condiciones: la primera, ser pacífico, operar bajo el lema: “vive y deja vivir”. No entender que “el enemigo” es el creyente, sino dejar a cada quien seguir su camino: si ateo, ateo; si creyente, creyendo. La segunda característica -y la más difícil- es reconocer el valor objetivo de lo que la cultura católica ha proporcionado a las tradiciones del país, contribuyendo decisivamente a forjar su identidad. Bajo ese prisma, nada de extraño tendría que un ateo participara en la procesión del Señor de los Milagros, o celebrara el 12 de diciembre a la Virgen de Guadalupe.

Basílica de Guadalupe el 12 de diciembre

Cristo y la nada plenificada

Cristo y la nada plenificada

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Para Jorge Rodriguez Martínez, in memoriam

Pareciera que mirar al Crucifijo es mirar a la nada: al despojo y al triunfo del vacío que es la muerte. La idea de la muerte de Dios no es nietzscheana. Al contrario, Nietzsche sabía muy bien que el origen de este pensamiento está en la experiencia cristiana. Ratzinger también defendió que la experiencia de la nada en la muerte de Dios está enraizada en la relación que el cristiano tiene de Dios en la contemplación del Crucificado. (La angustia de una ausencia, 2006)  ¿Cómo comprender la nada de la muerte de Cristo? ¿Cómo, si no es razonable, a lo menos acercarse a esta experiencia de un vacío en el que Cristo se sumerge? La reflexión filosófica puede ser una herramienta para contemplar el misterio (no así para resolverlo, sino vivirlo).

Se puede proponer que hay dos tipos de nada: la nada del vacío y la Nada soberana. Por una parte, la nada de la vaciedad, o la nada vacía, se ha pensado desde la antigüedad como la oposición a la realidad experimentable en el ámbito del ser o del mundo. Justamente la oposición entre la plenitud de las cosas naturales y su ausencia, dinamizada en los ciclos de los elementos llevó a los filósofos presocráticos a poner las bases de la metafísica. El mundo es de modo inestable, y por ser, su estructura se opone a la nada, que se piensa como lo que no es. Lo ente es, de modo trascendental y estable.

Se opone de modo óptimo a la nada. Esta doble noción de nada se refiere a la ausencia de algo, ya sea inestable o estable. Pero siempre va en contraposición o correlato de algo que es. Esta nada es la del vacío. Por ejemplo: un cajón que debería de tener un libro, pero no lo tiene, tiene nada, porque se nota la ausencia del libro. El mejor exponente de esta propuesta es Parménides, quien incluso llegó a pensar que sólo hay ser y entidad, y que la nada sólo es una imagen en nuestra mente. Aristóteles continuó en esta línea, pues pensaba que toda la naturaleza está llena de entidad, y que la nada, como vaciedad, es un concepto en la mente. El ser humano experimenta el miedo a la nada vacía cuando contempla la fragilidad de su propia vida y asoma por el abismo de la muerte, en pobreza existencial.

Por otra parte, está la Nada del Absoluto o Nada soberana. Esta es una de las grandes conquistas de la filosofía clásica. Sobre todo, es un trofeo obtenido por Plotino y sus seguidores. Las escuelas anteriores habían pensado en la nada como la negación del ser. Esto es, como una categoría aristotélica que, por default, por falta, está vacía de ser. Pues, como se dijo, Aristóteles concibe a la negación como la manifestación lingüística de la ausencia de una substancia. (Metafísica, IV, 7).

De este modo, Aristóteles se acerca a la nada a través de la negación de una substancia, como categoría del pensamiento.  Sin embargo Plotino profundiza su exploración sobre la nada y ahonda más allá de las categorías aristotélicas. Fue Platón quien comenzó a postular esta paradoja en República VI, 22, donde se dice que el principio de las cosas que son está más allá de la substancia. Por su parte, en las Enéadas III, 8, Plotino, el filósofo de Licópolis, explica esta como una de las mayores y mejores paradojas de todo el pensamiento occidental: que el bien sumo está más allá del ser y de las categorías de substancia o accidente. Esto significa que el sumo bien está por encima de la existencia y más allá de sus categorías. El sumo bien vive en una nadeidad no porque sea la ausencia de una realidad, sino porque no es ninguna de las cosas y porque, más bien, es causa de todas ellas. Plotino lo dice así:

“Mas si alguno pensase que aquél es el Uno mismo a la vez que todas las cosas, será según eso, o todas las cosas una a una o todas juntas. Pues bien, si es todas las cosas agrupadas juntamente, será posterior a todas; pero si es anterior a todas, todas serán distintas de él y él de todas. Por otra parte, si es a la vez él mismo y todas las cosas, no será el principio; ahora bien, es preciso que él mismo sea el principio y que exista antes que todas las cosas para que todas existan también a continuación de él. Pero si es todas las cosas una a una, en primer lugar, una cualquiera será idéntica a cualquier otra; en segundo lugar, aquél será todas las cosas juntas y no hará distinción de ninguna. De este modo, la conclusión es que no es ninguna de todas las cosas, sino anterior a todas.”

Enn. III, 8, 9, 45 – 58.

El sumo bien, que Plotino identifica con el Uno, también se puede pensar como Dios. Ninguna cosa se identifica con el Uno. Él no es cosa, en un contexto concreto, ni en contingencia, sino que vive como la causa del ser y de las cosas y, misteriosamente, está en todas ellas, pero no es una de ellas. En este sentido se puede pensar que Plotino piensa en la vida del Uno y sumo bien más allá del ser como una Nada soberana, porque vive de modo absoluto, incondicionada y libre de las categorías del ser y de la substancia. Con esto podríamos decir que Dios no está atado a las categorías del ser, y mucho menos a las categorías de nuestra imaginación o expectativas. Incluso desde la filosofía, acercarse al misterio de Dios es aprender a usar el lenguaje de las paradojas y del asombro.

Platón y Aristóteles. Escuela de Atenas, Rafael Sanzio.

Antes de la aparición de Cristo en el mundo, la filosofía antigua contemplaba estas paradojas mencionadas. Pero con el crecimiento del cristianismo, luego de la aparente derrota de la Cruz, las meditaciones paradójicas sobre la Nada soberana se convirtieron en una poderosa herramienta para esclarecer la doctrina cristiana. ¿Qué predica el cristianismo? Que Cristo es Dios, que murió en el dolor y la ignominia y que volvió a la vida con su Resurrección. Ahora bien, si Cristo es Dios y hombre -al mismo tiempo- y Cristo muere, eso significa que Cristo se sumerge en el abismo de la aniquilación que tanto tememos los hombres. Esto es, Cristo, como Dios, no es cosa, y vive en la soberanía absoluta como principio de la substancia, en trascendencia y plenitud, pero se sumerge en la nada vacía de nuestra fragilidad humana, con la que nos puede plenificar. Aparece aquí uno de los misterios del cristianismo por la que somos unidos a Dios: en Cristo se encuentran dos Nadas, la Nada soberana de su divinidad absoluta, plena, feliz y trascendente, que no es ninguna cosa, que se abaja a la nada nuestra, de vaciedad y contingencia, para llenarla con su presencia solidaria que abre las puertas de la vida verdadera y eterna. Ratzinger lo expresaba así:

“Porque esto es el sábado santo: el día en que Dios se oculta, el día de esa inmensa paradoja que expresamos en el credo con las palabras «descendió a los infiernos», descendió al misterio de la muerte. El viernes santo podíamos contemplar aún al traspasado; el sábado santo está vacío, la pesada piedra de la tumba oculta al muerto, todo ha terminado, la fe parece haberse revelado a última hora como un fanatismo. (…) Tengamos en cuenta que la muerte no es la misma desde que Jesús descendió a ella, la penetró y asumió; igual que la vida, el ser humano no es el mismo desde que la naturaleza humana se puso en contacto con el ser de Dios a través de Cristo. Antes, la muerte era solamente muerte, separación del mundo de los vivos y –aunque con distinta intensidad– algo parecido al «infierno», a la zona nocturna de la existencia, a la oscuridad impenetrable. Pero ahora la muerte es también vida, y cuando atravesamos la fría soledad de las puertas de la muerte encontramos a aquél que es la vida, al que quiso acompañarnos en nuestras últimas soledades y participó de nuestro abandono en la soledad mortal del huerto y de la cruz, clamando: «¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?».

La angustia de una ausencia, 2006.

Podemos ver que la Nada supersubstancial, que no es ninguna cosa, sino que vive de manera inefable, perfecta, feliz, y misteriosa para nosotros, llena nuestro vacío humano que es ausencia. No es que Cristo no sea nada, o que no sea real, sino que, al ser el principio de la realidad, “el Logos por quien todas las cosas fueron hechas” (Jn, 1, 3), se solidariza con los hombres y llena su nada vacía con la plenitud de su soberanía supersubstancial y principial, que no es comparable con ninguna cosa contingente del mundo.

El texto donde mejor se muestra cómo Cristo llena el vacío de la nada humana contingente con su soberanía supersubstancial es el famoso himno cristológico de San Pablo en Filipenses 2, 6-11. San Pablo, como judío de cultura helénica, estaba al tanto de las grandes autoridades del pensamiento griego. Habla como Píndaro sobre los juegos. Conoce la filosofía estoica. Ha oído hablar de poetas sagrados como Homero, Hesíodo y Orfeo. Conoce de lógica y retórica. También conocía sobre la filosofía platónica, y griega en general, y comenzó a usar sus términos para aclarar mejor la Sagrada doctrina. El himno cristológico de Filipenses contiene multitud de términos filosóficos como morfé; forma, yparjo; existir, y kénosis; vacío, etc. Todos estos términos son usados para aclarar cómo Cristo, siendo el principio de las entidades, plenifica el vacío humano con su presencia. El himno dice así:

“Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo: El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús -toda rodilla se doble- en los cielos, en la tierra y en los abismos, -y toda lengua confiese- que Cristo Jesús es SEÑOR para gloria de Dios Padre.”

Flp, 2, 5 – 11, Biblia de Jerusalén.

El himno cuenta y alaba el hecho del vaciamiento (kénosis) de Cristo de su forma de Dios para tomar la forma de siervo humano. Hecho como los hombres, y ya exaltado, abrió para ellos la posibilidad de experimentar la plenitud de la vida. Como el Solidario, Cristo deja la soberanía de no ser ninguna cosa, sino el principio de todas, y llena con su presencia el vacío de la nada humana pobre, y le comunica la vida de su soberanía supersubstancial, que es vida eterna, perfecta y feliz. Es así que Cristo llena nuestros vacíos, existenciales y diarios, con su presencia. Ser cristianos implica siempre vivir maravillado de cara a esta paradoja hermosa, en la que Cristo, tan lejano, se hace el más cercano; y tan trascendente se hace el más inmanente.

Rezar por el Papa

Rezar por el Papa

A todo el mundo católico nos sorprendió la intención de oración del Papa para este mes de noviembre: él mismo. La intención de la “Red Mundial de Oración del Papa” es el Papa mismo, y se ha dado a conocer, como sucede habitualmente, a través del simpático “video del Papa”. En su mensaje, Francisco explica que no por ser Papa deja de ser humano, y da a entender que cae sobre sus hombros un enorme peso que él no puede llevar en solitario. Necesita, por el contrario, del apoyo de la oración del pueblo fiel, que le da fuerzas y le ayuda a discernir en cada momento qué es lo que Dios quiere.

Al ver, asombrado, el breve pero emotivo video, me sorprendieron particularmente dos cosas de su mensaje. La primera es que pide “ser juzgado con benevolencia”. Que lo miremos con benevolencia. En realidad, no es nuestro papel juzgar a nadie, menos al Papa, Vicario de Cristo en la Tierra. Pero pide que lo miremos benévolamente o, dicho de otra forma, que le otorguemos habitualmente el beneficio de la duda. El Papa, en principio, quiere lo mejor para la Iglesia y para el mundo, y goza de una especial asistencia del Espíritu Santo, confiemos en él. Es verdad que es un hombre como nosotros, y por eso mendiga la oración de pueblo fiel, que en realidad tiene el gozoso deber de rezar por sus pastores, especialmente por el Papa, sea quien sea, hoy es Francisco.

El segundo detalle, que no deja de translucir una pisca de humor, lo constituye el final de su mensaje, cuando lacónicamente dice: “recen por mí. A favor”. Me traía a la memoria una anécdota de la fe sencilla, pero a veces poco ilustrada del pueblo: en una ocasión, en los Andes peruanos, una sencilla indita fue con el cura del pueblo a pedir “una misa de daño” contra otra persona. Es decir, hay que rezar por el Papa, pero no para que se muera pronto, sino para que guíe la Iglesia bajo el impulso del Espíritu Santo, y para que, haciéndolo, Dios lo haga santo.

Las dos peticiones: la benevolencia y rezar a favor del Papa, traslucen una idea de fondo que es basilar en la fe: la unidad o, como dirían los teólogos, “la eclesiología de comunión”. Es decir, muchas veces lo más importante es estar unidos; la unidad prima tantas veces sobre la eficacia, o incluso la razón. En la Iglesia sucede como en los matrimonios: lo importante no es quien tenga la razón, sino estar unidos. Y el Papa es el vínculo visible de la unidad; es decir, sin el Papa, no somos nada, espiritualmente hablando, aunque, hipotéticamente, “tengamos la razón”.

Se comprende entonces cómo la fuerza de la Iglesia es la oración, así como el carácter sobrenatural de la misma. Nos unen vínculos sobrenaturales muy fuertes, la comunión de los santos, que proclamamos cada domingo al rezar el Credo en Misa. Frente a los críticos de Francisco -que no son pocos- en esta actitud se trasluce su marcado sentido sobrenatural y su profunda humildad. Así, de la misma forma que nosotros sin el Papa, no somos nada, católicamente hablando; de igual manera, el Papa, no puede nada sin la fuerza espiritual que le aporta el “santo pueblo de Dios”, como le gusta llamar a la Iglesia. Su petición trae a mi memoria, inevitablemente, un gesto semejante de un santo de nuestro tiempo, san Josemaría Escrivá. Con mucha frecuencia solía terminar las reuniones con públicos más o menos numerosos, pidiendo la limosna de la oración, con una expresión semejante a la de Francisco: “rezad por mí. Para que sea bueno y fiel”. Francisco, al igual que san Josemaría, se encuentran entonces en la misma “longitud de onda” sobrenatural. Es una forma concreta de refutar a los que acusan a Francisco de convertir la Iglesia en una ONG, olvidando su carácter sobrenatural.

Para los fieles cristianos resulta un componente indispensable de nuestra unión con Dios la oración por el que hace cabeza, por el Papa. Cristo, María, el Papa, son los grandes amores del cristiano; no sólo se trata de rezar, sino también de querer, más incluso, de amar. Además, como se deja entrever por lo urgente del mensaje de Francisco, es una necesidad. La fuerza de la Iglesia, al fin y al cabo, no es otra que la fuerza de la oración. Por eso, a pesar de que pudiéramos pensar que hay otras cosas más urgentes por las cuales rezar, y que muy bien podrían ser la intención del Papa para este noviembre, como la paz en Tierra Santa o en Ucrania, Francisco ha preferido que rezáramos por él, para catequizarnos en nuestros deberes de piedad filial, y para que la oración de Francisco, por esas y otras causas urgentes, como el problema de la migración o la crisis ecológica, tengan la fuerza de la oración de toda la Iglesia en unión a su pastor.

Dr. Salvador Fabre

masamf@gmail.com

Depresión de los santos

Depresión de los santos

Por Salvador Fabre

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Hay un clásico de la literatura espiritual titulado: “Los defectos de los santos” de Jesús Urteaga Loidi. Este breve texto busca ser una actualización y complemento de tal libro. En realidad, Urteaga se refiere a los santos de la Biblia y sólo a sus flaquezas morales. El mensaje es claro: busca transmitir esperanza en la búsqueda de la santidad, mostrar que nadie nace santo, y cómo los santos, al igual que nosotros, tuvieron sus luchas y caídas, pero siempre se levantaron. En este texto, también partiendo de personajes centrales del Antiguo Testamento, busco mostrar cómo las flaquezas humanas en general -no sólo morales- sino psicológicas o anímicas, también están presentes en los santos, de manera que no tenemos que extrañarnos por tenerlas, menos aún ponerlas como excusa para no tender a la santidad.

Quizá la forma más brutal de abatimiento y desesperanza ante la vida sea el suicidio. Son desalentadores los índices de suicidio, sobre todo entre jóvenes, los casos han aumentado exponencialmente durante este milenio. Es particularmente alarmante enterarse de que algún amigo o familiar ha tenido un intento de suicidio, y doloroso quizá el experimentar personalmente, en alguna ocasión, el deseo de morir, el desencanto ante la vida, considerarla más como un castigo o una carga que como un don. Pues bien, esta última situación la experimentaron dos de los personajes más egregios del Antiguo Testamento: Moisés y Elías, y no veo motivo por el que un santo posterior a la venida de Cristo o contemporáneo nuestro, la pueda sentir también.

Cronológicamente, el primero en experimentarlo fue Moisés. Abrumado por la carga que Dios había puesto sobre sus espaldas, le pide al Señor que le quite la vida y le reclama su modo de tratarlo. Así lo relata Números 11, 11-15: “… y [Moisés] le dijo a Yahveh: «¿Por qué tratas mal a tu siervo? ¿Por qué no he hallado gracia a tus ojos, para que hayas echado sobre mí la carga de todo este pueblo?… No puedo cargar yo sólo con todo este pueblo: es demasiado pesado para mí. Si vas a tratarme así, mátame, por favor, si he hallado gracia a tus ojos, para que no sea más mi desventura.»”

Moisés, es evidente, por lo menos por un momento se siente desgraciado en su vocación, en el camino y la misión que Dios le ha dado. Y Moisés es calificado en otra parte por Dios mismo como “el más humilde de los hombres” (cfr. Números 12, 3). Es, claramente, lo que podríamos llamar un “consentido de Dios.”

Moisés. Escultura de Miguel Ángel. Iglesia
San Pedro encadenado, Roma.
Foto: Maria Laura Catalogna.

Por su parte Elías, el modelo de los profetas, tuvo también su momento de abatimiento. Escuetamente nos dice 1 Reyes 19, 4: “Él [Elías] caminó por el desierto una jornada de camino, y fue a sentarse bajo una retama. Se deseó la muerte y dijo: «¡Basta ya, Yahveh! ¡Toma mi vida, porque no soy mejor que mis padres!»” El más grande de los profetas “se deseó la muerte.”

Recordemos que Moisés y Elías de alguna forma engloban y simbolizan todo el Antiguo Testamento. No en vano fueron ellos los que se le aparecieron a Jesús en la Transfiguración, comentando con Él las cosas que iban a acaecer en Jerusalén (la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús, el Misterio Pascual). Y sin embargo esos dos grandes se desearon la muerte, le pidieron a Dios que les quitara la vida; consideraron la vida y su vocación como superior a sus fuerzas, se sintieron profundamente desalentados y desdichados.

En la Sagrada Escritura es maravilloso ver cómo se entreteje lo humano y lo divino, la Biblia nos muestra a sus protagonistas como hombres reales, de carne y hueso, con sus grandezas y debilidades, que no hace esfuerzos por disimular. Así nos ayuda a comprender que el ideal de la unión con Dios, la realización de nuestra misión en la vida, el desafío de la vida misma y de la vocación, no son “ideales” (no en el sentido de poseer un ideal, sino en el de representar una quimera, una ensoñación, algo bonito pero irrealizable, un buen deseo), sino “reales”, con todas las consecuencias que las palabras “real” y “humano” tienen. Los más grandes cayeron en ese abatimiento, en ese sótano anímico; pero se levantaron.

La Transfiguración. Óleo Gérard David.

No se trata de una caída propiamente moral, sino anímica, un estar en el fondo de la depresión y el desaliento. ¡Qué diferencia con Judas!, que sí se suicidó, sucumbió a la desesperación. Moisés y Elías se quedaron en el límite, rehicieron su vida y realizaron su vocación. ¿Dónde estaría la diferencia? Es difícil decirlo, ¿predestinación? Tal vez… Lo claro es que tanto Moisés como Elías convirtieron su abatimiento en una forma de diálogo con Dios. Le expusieron a Dios su alma y su corazón tal como estaban, y Dios los escuchó y los levantó. Es decir, convirtieron su depresión en oración, y se abrió para ellos el camino de la esperanza.

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