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¿Habrá alguien que no conozca  El Señor de los Anillos?

¿Habrá alguien que no conozca El Señor de los Anillos?

Por Rodrigo Zubieta del Paso

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“Not all who wander are lost”.

The Lord of the Rings

Si algo hacen bien las películas de Hollywood es llevar a todos los rincones del planeta sus historias. Antes de eso, en México, no eran muchos los conocedores de la obra literaria The Lord of the Rings; aunque no tengo números para sostener esta afirmación. Me baso en el hecho de que México es un país que lee poco y el acceso masivo a los libros siempre ha sido escaso. Pedirle a jóvenes y niños que lean la trilogía que suman más de mil páginas resulta una proeza. Por eso la película, como dicen, vino a “democratizar” la impresionante obra de J.R.R. Tolkien.

En ese sentido, me siento afortunado. Haber leído la trilogía de Tolkien antes de ver las películas me hizo conectar con el autor de la obra, con su amor a las historias épicas y fantásticas que pusieron a trabajar mi imaginación a marchas forzadas. Abrió un mundo nuevo para mí. Como muchos, también vi la película y debo decir que encuentro serias diferencias con Peter Jackson en lo que se refiere a cómo veía en mi mente la Tierra Media, sus personajes y sus batallas. Aun así, me gustan las películas, tratan de ser hasta cierto punto, fieles con la historia y la selección de los actores que representan a los personajes de la historia parecen tomarse en serio la importancia de cumplir fielmente con sus roles.

Tengo que aceptar que ya no era un niño cuando lo conocí. La primera vez que tuve contacto con la trilogía, no fue porque me la contaron o me lo recomendaron. De hecho, mi primer encuentro con la obra fue un acto de censura de mi parte. Aunque suene raro viniendo de un seguidor asiduo de El Señor de los Anillos, la primera vez que estuve cerca del libro, fue para prohibirlo e inhibir su lectura.

En ese entonces tenía quizá unos 15 años y recuerdo que estaba trabajando como voluntario en un campamento de verano. Creo que mis papás aceptaron que fuera como “instructor” porque preferían que hiciera algo de provecho en lugar de estar echado en la alfombra viendo Supervacaciones (así se llamaba la barra de caricaturas matutinas en esa época) por horas. 

Edición conmemorativa por los 50 años. Foto: Vincent M. A. Janssen.

El campamento, como muchos que existen, tenía una larga lista de actividades que mantenía a los niños y adolescentes ocupados. Estaba yo encargado de una tribu (un pequeño grupo de niños de todas las edades que dormían en la misma cabaña) muy heterogénea, con niños de 6 a 13 años, con todo tipo de personalidades, afinidades y gustos. El campamento tenía un sistema de premiaciones grupales; la tribu sumaba puntos conforme iba ganando competencias y cumpliera con ciertas disposiciones, dejara la cabaña limpia, llegara a tiempo a las actividades del día, etcétera.

Me gusta competir y por supuesto, ganar. Para mi desilusión, mi tribu nunca estaba a tiempo para las actividades y cada noche me atrapaba un sentimiento de derrota a causa de esto. Cada mañana me proponía conseguir que mi tribu estuviera a tiempo a todas las actividades, pero sin resultados: siempre me hacía falta uno de sus integrantes: Fernando (nombre falso para tratar de esconder la verdadera identidad del semejante individuo, aunque seguramente ya sobrepasó los cuarenta) un adolescente de 13 años que parecía importarle poco el esfuerzo colectivo.

Un día cansado de esperar y viendo la cara de frustración de los otros miembros del equipo, me decidí buscar a Fernando. Ya era hora de enfrentar el problema y tener una álgida plática que le hiciera ver que, si no ponía de su parte, la tribu no podía ser la mejor del campamento.

Y ahí estaba Fernando, recostado cómodamente sujetando con las dos manos uno de los libros más gruesos que había visto hasta entonces. Estaba tan concentrado con la lectura que no vio que me acercaba. Repentinamente tomé el libro y se lo arranqué de un solo tajo. Fue como si lo hubiera despertado de un trance. Me enfrentó pidiendo que le devolviera inmediatamente el libro. Le dije –Todos te estamos esperando y tú ¿leyendo? – Me pidió de nuevo que le devolviera el libro que estaba en la parte más interesante y que no quería perdérselo. Ante tanta insistencia, por fin volteé a ver la publicación y allí estaba: pesado y denso. En la portada aparecía una enorme torre negra rodeada por un cielo rojo y amarillo. Luego leí el título y el nombre del autor: El Señor de los Anillos, J.R.R. Tolkien. En mi cabeza pensaba, -este chico ha de ser muy brillante, porque tiene en sus manos un libro sin ilustraciones, escrito por un señor con apellido extranjero y definitivamente con tantas páginas que pareciera inacabable-. ¿Cómo era posible que teniendo tantas y tantas actividades divertidas que realizar, Fernando (que no tenía en ese entonces un porte intelectual) pudiera preferir leer un libro tan serio, tan grueso, con tantas palabras y con tan pocas ilustraciones?

Le dije a Fernando que no volvería a ver el libro hasta el final del campamento. Tenía que ver un significativo esfuerzo por participar junto con la tribu en todas las actividades para poderlo tener de vuelta.

Me quedé con el libro, prometí devolverlo una vez terminara el campamento. Lo dejé a lado de mi cama en la cabaña donde dormía. No lo leí, no lo abrí, lo dejé allí reposado en una vieja mesa.

No había otra reacción de parte de Fernando, más allá de pedirme el libro todos los días. Cada vez que me lo pedía, yo le preguntaba intrigado las razones por las que le parecía tan bueno el libro. Y cada día recibía una respuesta diferente. Cada vez que le preguntaba era como si de repente volviera el trance que le hacía describir las maravillosas situaciones por las que tenían que pasar los personajes.

De hablar sobre las aventuras de la Tierra Media saltamos a nuestros intereses y nuestras ingenuas opiniones sobre todo lo que nos rodeaba: los miembros del equipo, nuestras familias, nuestros amigos, el deporte, el estudio y de todos los temas que a dos adolescentes podrían interesar.

Pasaron los días, terminó el campamento. Seguí viendo a Fernando en la escuela, a fin de cuentas, sólo estaba dos grados escolares arriba de él. Nuestra convivencia no era tan intensa como en el campamento, pero cada vez que nos veíamos nos poníamos al día sobre nuestras vidas, gustos y aficiones.

Página de La comunidad del anillo, canción del lamento de Galadriel. Foto: Zanastardust.

Mi gusto por la lectura fue creciendo por esos meses, especialmente por los libros de ficción. Me di cuenta de que en casa tenía la primera publicación de J.R.R. Tolkien: El Hobbit. Me gustó. Fue fácil de leer y de imaginar. Hasta ese momento no había hecho la conexión entre las obras. Al final de esa edición venía una lista de otros libros del autor y allí estaba: El Señor de los Anillos. Fue ahí que todo se conectó. Lo vi y supe que tendría que leer esa enorme obra, tan llena de aventuras como de palabras.

Quedé maravillado. Recuerdo haber visto a Fernando a quien le comenté lo emocionado que estaba con tan magnifica obra. Él, en lugar de abrir las rencillas del pasado, me preguntaba si ya había pasado tal o cual parte del libro. Era uno de nuestros temas favoritos para charlar, además del fútbol, por supuesto.

De ahí nació una gran amistad, una amistad como esas que aparecen en el libro, como esas que existen en la realidad pero que exclusivamente los libros de fantasías recogen con total fidelidad. La obra de Tolkien, es tener a la mano un tratado sobre la amistad, comunidad, solidaridad y heroísmo.

A veces buscamos sin estar perdidos, a veces encontramos tesoros sin la intención de descubrirlos. Así son los libros que más nos impactan la vida, pero así también son las amistades que perduran, las que se encuentran periódicamente en la vida pero que siempre están allí esperando la oportunidad de retomar las conversaciones iniciadas hace más de 35 años.

Me pidieron escribir sobre la importancia de El Señor de los Anillos en la actualidad. Como las grandes obras universales, esta me cambió de muchas maneras e incidió en la forma en que veo la vida. Pido disculpas por lo egoísta y personal de mi relato, pero sólo cumplí con mi deber de reiterar lo que dice Bilbo Baggins: “Don’t adventures ever have an end? I suppose not. Someone else always has to carry on the story.”

Porque para mí, a fin de cuentas, la obra de Tolkien no puede ser más actual ya que refleja lo significa la amistad: una aventura que nos lleva por caminos insospechados.   

¿Habrá alguien que no conozca  El Señor de los Anillos?

Crepúsculo: los Cullen técnicamente son cristianos

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Pocas veces me pongo a analizar en extrema usura las vicisitudes. Empero cuando atrapo mi mente pensando, dándole vueltas a una historia, es porque sé que hay algo en ella que me intrigó y necesito sacar a flote lo que es, descifrar todas sus posibles metáforas y referencias. Estoy en una etapa de reflexión, por lo que he releído algunas historias, misma acción que la palabra religión esconde. 

No cabe duda de que las jóvenes que pasaron por su adolescencia, como yo, entre los años del 2009 al 2013, se vieron “afectadas” por el fenómeno mundial llamado Crepúsculo. La historia capturó el corazón de muchas mujeres que, al igual que la protagonista, están en constante búsqueda del amor a una edad prematura, misma hambre que con los años va estableciéndose conforme a la realidad de sus situaciones (en el mejor de los escenarios). 

Algunas líneas en esta historia están llenas de aprobación, otras causan aversión y controversia. No hay historia perfecta, y todo depende de la lupa con la que se mire… o más bien de la persona. Como no hay negros ni blancos en la literatura, decidiré por el momento enfocarme en los aspectos positivos que encuentro en estas series. 

Muchos datos sobre Stephanie Meyer, la autora de Crepúsculo, no los conocía cuando era adolescente. Stephanie nació y vive, al igual que la protagonista, en Phoenix, y se licenció en Lingüística Inglesa. Es una firme creyente de la Iglesia de los Santos de los últimos días (mormones) y muchísimas de sus creencias se ven realzadas en sus escritos, usando la fantasía para transmitir sus valores, algo muy común en los escritores.

Empecemos por decir que esta iglesia es considerada sectaria, no en el sentido peyorativo, sino en su composición. Esto se ve inconscientemente reflejado cuando se nos presenta a la familia Cullen, cuyos miembros procuran no tener relaciones humanas con la gente del pueblo. Sin embargo, tienen un aspecto cautivante que a los ojos de Bella aparentan ser la familia ideal. Como lectores, sabemos que la cuestión que los enajena es, esencialmente, que son criaturas sobrenaturales y deben ocultar su existencia del mundo humano. 

Aquí yo pregunto: ¿no es acaso así como varios cristianos se sienten en relación con el mundo aplastantemente secular? Es, creo yo, un sentimiento recurrente, independientemente de la denominación cristiana que se profese, porque a aquellos cristianos practicantes serios se nos piden varias cosas, la más importante quizá es la “negación de uno mismo en imitación de Cristo” ya que dentro de nuestra naturaleza rota hay una tendencia hacia el mal, y la figura de Cristo nos enseña cómo sobreponernos a ella. 

Este mensaje de fondo lo encontramos en la auto privación tanto del clan de los Cullen como de los Denali por su sed humana, lo que representa para ellos una cruz que cargar por el resto de una eternidad. Puede subrayarse la negación de los pecados carnales (gula y lujuria) y en el caso de los mormones, la abstinencia del alcohol. Hay demasiadas malas interpretaciones que rondan en las mentes modernas, criticando este aspecto como algo retrógrada y hasta arcaico, pero no se puede estar más alejado de la verdad. 

Bajo la concepción católica, por ejemplo, la negación de los deseos no es por masoquismo ni porque la carne sea en sí mala, ya que la materia es en sí buena porque fue creada por Dios. Dominarse no tiene otra intención más que la de hacerse libre, ya que entonces ninguna otra cosa lo domina a uno. Aquella persona que no se domina ni en palabras, acciones, deseos o pensamientos, sino más bien éstas la gobiernan a ella, no es diferente a un animal. Los vampiros ‘nómadas’ como Victoria tienen un aspecto salvaje por lo mismo. 

En contraste, los Cullen eligen renunciar a esta vida y trascender, optando por alimentarse sólo de animales. Edward Cullen elige mantener estos valores a pesar de la tentación diaria que incluso aumenta cuando conoce a Bella, puesto que su sangre es irresistible. He aquí donde hay un punto de contienda, casi de destino fatal a la griega. La mujer que amas es también a la que quieres matar por tu condición. Parece una burla del destino. La cuestión es cómo enfrentar esta disyuntiva. Conectándolo con la realidad es muy común que un chico sea formado bajo el paraguas de una familia cristiana y que los valores aprendidos en casa sean puestos a prueba en la vida adulta. Edward sufre una transformación en la que la confianza de Bella en él le permite confiar en su propia capacidad para superar la tentación y mantenerla a salvo de sí mismo. No por nada la portada de Twilight es una manzana en las manos de una mujer, y su primera cita es la advertencia del fruto prohibido en Génesis. Hay un error en pensar que el fruto es la invitación al sexo, puesto que el primer mandamiento de Dios a los hombres es reproducirse y poblar la tierra. La alegoría al fruto prohibido se refiere más bien al potencial que hay en Edward de matar al amor de su vida, en lastimar a lo que se quiere. No se necesita ser vampiro para hacer esto. Bastan las palabras hirientes, la ausencia o el egoísmo para destrozar una relación. El autocontrol es un tema destacado en la serie: la palabra aparece unas 125 veces a lo largo de las novelas, mientras que los personajes principales luchan por controlar su sed, misma que en la vida real representa las calamidades de las emociones, la atracción o los celos. 

Portada Crepúsculo.

Edward y Bella deciden mantener a la raya su interacción física, esto no solamente por el hecho de que él es un vampiro y no quiere empujar los límites de su sed, sino porque no quieren que su relación sea endeble. En la vida real no hay nada mejor que esperar a tener relaciones sexuales hasta que no haya un compromiso serio, lo que muchas culturas llaman matrimonio. Esto potencializa la relación a ser transformadora, a ambos crecer en cómo se entienden el uno con el otro y en ver si tienen un futuro o no juntos. Si entras en una relación de forma precoz estás al tope de una adrenalina que dura un par de semanas y después se agota, a parte de que las sustancias químicas que el cerebro libera en el acto de unión, tales como la serotonina y dopamina, están diseñadas para amalgamar y hacer menos los defectos de la otra persona. Por decirlo de otra manera, te ciegan a ver el monstruo que tienes de frente. Ese novio o novia que te trató mal desde un principio, pero puedes durar años con esa persona tóxica porque comprometiste la química de tu cerebro desde un principio, y es difícil romper los lazos neuronales. Es una mentira preponderante del mundo posmoderno el pensar que se puede tratar el sexo como algo casual y sin consecuencias. 

A los cristianos no se nos pide solamente atesorar “nuestra virtud” como desea Edward, sino en efecto, se nos demanda no pecar por amor al prójimo. Eso incluye no asesinar, no robar, no desear el bien ajeno. Los Cullen son puestos en contraste con los Volturi, quienes matan a los humanos con crueldad; quieren robar de otros clanes a los vampiros con dones y apetecen, ante todo, del inflamante y terroso poder. Pero no todos los vampiros que se alimentan de sangre humana son malos. Tenemos otros clanes que, al final de la historia, vienen a apoyar a los Cullen en la batalla final de Amanecer. Estos vampiros podrían ser una alegoría que representa a los gentiles, o bien, a las personas no cristianas pero que tratan de llevar una vida más o menos decente. Edward se desprecia por ser lo que es, mientras que Bella le demuestra que ella ve en él lo contrario, de manera similar en que la figura de Jesús nos dice que nosotros no somos el pecado que creemos ser, sino amados suyos.

Así como estas criaturas sobrenaturales logran sacrificarse, Bella sigue la misma línea y prefiere morir que matar a la criatura gestada en su vientre. Ella sabe distinguir la inocencia donde la ve, más en un alma que no tiene por qué pagar los ‘crímenes’ del padre (por heredar su tremenda fuerza y sed) de la misma manera en que nosotros no debemos de disponer de nuestros hijos, ya sea porque van a ser una inconveniencia a nuestra aparente felicidad, porque heredarán los defectos de la pareja o simple y llanamente por pobreza. Nada está escrito, las mentes más brillantes como Jesús, Washington o Einstein nacieron en hogares pobres y se sobrepusieron a las dificultades. Bella es diligente ante un mundo cruel que no la apoya, y que ante la circunstancia del preponderante sufrimiento, deciden deshumanizar a la criatura, llamándola “feto” en vez de bebé, cosa que molesta a la vampiresa Rosalie, cuyo único deseo fue siempre el ser madre y no necesita de sermones para entender que ahí hay una vida que merece ser protegida a cualquier costo. Bella es la madre carnal de Renesmee. Rosalie se vuelve la madre espiritual, la madrina. Bella recibe la inmortalidad en un acto de auto-sacrificio, de la misma manera que Jesús muere para darnos la vida y, aunque en varias ocasiones haya ella jugado el rol de la damisela en peligro, es la heroína de esta historia. Es por ello por lo que cuando se transforma en vampiro la vemos cazar un león de montaña que estaba a punto de terminar con una joven gacela, representando como Bella, a pesar de su condición de mortífera cazadora, sigue manteniendo y preservando la pureza de su alma.

Hay cierta fascinación en la cultura popular por el mundo de los vampiros y los no muertos, creo que no es más que la realidad extrapolada del deseo del alma por vivir eternamente. Hay un principio en el orden espiritual parecido a la ley de la conservación de la energía. Este estipula que lo sobrenatural, una vez reprimido, no se va, sino que se revela de una manera indirecta y comúnmente de una forma distorsionada en una historia. Esto se relaciona con lo que decía líneas atrás sobre dominarse a sí mismo, y también con el génesis: cuando rechazas la autoridad de Dios, sustituyes esa autoridad con otra que, para tu mala suerte, no te ayudará a ser libre. No se necesita ser religioso para crear una historia semejante o comprender lo que digo. Pero no se puede negar que los valores de la cristiandad han permeado la manera en cómo entendemos y trabajamos las historias en Occidente.

¿Habrá alguien que no conozca  El Señor de los Anillos?

Reflexión seria-jocosa y contumaz acerca del libro electrónico

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Por Uriel Iglesias

(Ofrezco aquí una reflexión donde invito al lector que así lo desee, a acompañarme en mis pensamientos (acotados por paréntesis) frente a la exposición. Siéntase libre de brincarse estos paréntesis o léalos hacia sus adentros).

El debate entre los libros electrónicos y libros físicos tiene ya por lo menos un par de décadas y, en distintos momentos, ha presentado tensiones, seguidas de profecías y retractaciones. No sé hasta qué punto se pueda hablar con detalle de esta inquietud generalizada, pero me queda claro que todos han oído hablar algo del tema y todos, de una u otra manera, se cuestionan sobre esto; sin olvidar, ante todo, que se está consultando una publicación en formato digital.

Las opiniones de los tecnólogos y tecnólatras se habían apresurado a inicios del milenio y quizá un poco más adelante, a dar juicios terminantes, y, cual Daniel en la soledad, sentenciaban: el libro físico será substituido sin duda alguna por el formato digital. Inclusive los más entusiastas, mientras se apuraban a quemar incienso al nuevo e-book, precisaban que, quienes poseen (poseemos) muchos libros, se vayan (nos vayamos) acostumbrando a su eventual desaparición so pena de vernos como anacrónicos modelos. E-book, por supuesto, porque las nuevas profecías deben escribirse en inglés. (Algo del síndrome mesiánico muy propio de los Estados Unidos aquél, que proviene desde ciertos personajes que complementan los Testamentos hasta la profética Hollywood reciente, donde, por supuesto, todo ocurre o en un elegante suburbio neoyorkino o en San Francisco, desde Aliens hasta Godzilla). Al paso del tiempo, parece, sin embargo, que esos entusiastas de la tecnolatría han fracasado, pues entre editoriales, con ciertas excepciones, no se ha documentado esa transmigración y, acaso, lo que hay es una cada vez más generalizada ignorancia que no pasa sólo por los libros electrónicos o los físicos. Parece que, como la Bella y la bestia, a la bestia, además de los modales, se le olvidó leer (Me refiero, por supuesto, a la película de Disney) tras diez años de abandono (¿cuánto lleva el debate?). Otros, mucho más moderados, apuntaban una coexistencia entre ambos formatos donde quizá ciertos textos habrían de ser más leídos en un formato, y otros sí habrían de migrar casi por completo al formato electrónico. Tal es el caso de revistas y periódicos cuyo consumo en medios electrónicos ha sido mucho más abundante que el resto de los textos. La pregunta importante es: ¿por qué? 

Siempre es bueno atacar a los tecnólatras (en parte por incumplir el primer mandamiento de la ley de Dios dada a Moisés), pero más allá de esta siempre correcta actitud de señalar el error, hay que ser más concretos. ¿Por qué no funcionó el libro electrónico como se pensó?, ¿qué pasó con los émulos de Isaías, o habrá pasado algo parecido a los caballos de aquél general que confundió cosa por nombre? (Me refiero, con el mero afán de parecer un poco más culto, a la anécdota que narra Cicerón en su brevísimo texto De fato, o sobre el hado, donde discute si es posible predecir el futuro con base en que ya existe de antemano una determinación del mismo. Quienes sean doctos, conocen que la doctrina estoica, que era apreciada por Cicerón, consideraba un camino marcado por la providencia, ante el hado (de donde proviene el nombre del tratadito, tristemente masticado por los dientes del tiempo), el hombre tenía que padecer. De ahí provienen importantes reflexiones morales; sin embargo, me permito referir brevemente al hecho: cierto oráculo vaticinó la muerte a un rey a manos de un caballo. El rey, aterrorizado, ordenó que todo caballo de su reino fuese eliminado para evitar que se cumpliera la profecía, sólo para morir tiempo después aplastado por una roca en un paso llamado El caballo. La enseñanza, cabe aclarar, se enfoca sobre todo en cómo, al obsesionarse con un fin, podríamos terminar cumpliéndolo. Reflexiona así Cicerón hasta qué punto hay un determinismo o si nosotros somos quienes cumplimos ese determinismo al conocerlo. La reflexión ha sido impresionantemente extensa, y muchos autores a lo largo de la historia se han cuestionado estos temas. En el siglo XX, Karl Popper en La miseria del historicismo haría lo propio bajo el caso que, de intentar predecir, el sesgo humano haría que dicha profecía se vuelva realidad y, por lo tanto, sería imposible saber si se cumplió porque efectivamente la profecía era cierta o porque nosotros con nuestras acciones la llevamos a cabo. El tema no es ajeno y se ha tratado en todavía más textos, desde la interesante Historia del futuro, escrita por el jesuita Antonio de Vieira (una de cuyas polémicas, no directamente relacionadas con él, habría de formar la Carta atenagórica de Sor Juana) hasta los horóscopos contemporáneos. Pero he de reconocer que me separo del tema). 

Retomando el punto, es cierto que al principio hubo una exponencial oferta y compras para los libros electrónicos, que, vistos con frialdad, es algo propio de las modas. Mi padre compró hace poco más de dos décadas uno de los primeros libros electrónicos que sólo contenía una versión de Blancanieves. A la larga, la poca memoria y otros dispositivos superaron con rapidez a este primer libro electrónico que mi padre todavía conserva. (Antes de que el lector se haga una idea de mí, no soy una persona tan entrada en años, aunque sí me tocó ver en el cine Toy Story y Titanic, pero, en mi defensa, era pequeño). Yo mismo recuerdo hace alrededor de una década haber ido a una tienda de electrónicos y observar por lo menos cinco marcas distintas de libros electrónicos, de los cuales recuerdo uno que me llamó la atención: la marca Papyre. No recuerdo más, pero con el tiempo todas estas marcas se acabaron. Que me sea conocido, en la actualidad sólo se popularizan el Kindle de Amazon y el Kobo que lo vende sobre todo Porrúa. Es posible que haya muchos más pero al menos están fuera de la esfera de mi conocimiento. 

Ahora bien, los debates no del todo carentes de sentido, apuntaban ventajas a las computadoras, sobre todo en torno a la tinta electrónica en comparación con las incipientes tabletas cuyo desarrollo parece suplir en algunos puntos las funcionalidades de los libros electrónicos; sin embargo, a pesar de sus capacidades superiores, se olvida lo básico: que un libro electrónico sólo sirve para leer, mientras que una tableta, para muchas cosas más. Podría parecer una ventaja mayúscula, pero, si se piensa en segunda instancia, se verá que no lo es tanto. En resumidas cuentas: distrae. Distrae mucho. Si uno lee con confianza y concentración, al recibir el veinteavo aviso de ofertas o el acoso de cierta compañía que no acepta un no por respuesta, se pierde la concentración y, en contraparte, el sentido de la lectura. Luego entonces, se dificulta la lectura. Las tabletas y teléfonos son productores de ruido, distracción y diversión, y, por lo tanto, no funcionan correctamente para la concentración. Es más, diría que son dos de los más importantes distractores, cuya conectividad sirve para todo menos para estar conectados y para leer. (Léanse en este mismo medio las disertaciones de Alberto Domínguez contra las redes sociales para profundizar más en el tema). En suma: más aplicaciones, más tecnología: una afrenta contra la lectura.

Hay otro punto que, paradójicamente, se debe a fallas tecnológicas y es el que podría sorprender al lector: en efecto, el libro electrónico es arcaico. Y es que el libro electrónico, e-book o en tableta, a pesar de su aparente novedad, se fundamenta en principios sumamente antiguos cuya tecnología fue superada por el libro. Me explico: la tecnología del libro electrónico es la misma que usaba el rollo de papiro, no el libro, sea como codex membraneceus, o como libro actual. Es decir: a usted le están vendiendo una tecnología obsoleta por más de milenio y medio, pero como si fuera nueva. (Dirían los críticos al consumo: una rebranding magistral (recuérdese que se tienen que usar conceptos en inglés, de lo contrario quedaría muy outfashioned), ya que, tras mil quinientos años, la patente ha expirado y cualquiera la puede usar). Use usted, lector ingente, cualquier instrumento como este mismo medio electrónico, y verá que tiene que “enrollar” la pantalla, sea para arriba y abajo o para alguno de los lados en el caso de otros formatos. Eso es justamente un papiro, un volumen papyraceus. Es como si alguien le vendiera alimento para caballos a Volkswagen: simplemente absurdo. (En efecto, los caballos de fuerza de los carros, me enteré bastante tarde en mi vida, no se refieren a caballos en sí, aunque hay una relación en origen).

La razón por la que éste dejó de usarse se debe a tres principales problemas: el primero es la naturaleza propia del papiro, que es difícil de conseguir, al ser sólo endémico de Egipto y que su material lo vuelve frágil al pasar cierto tiempo, y fuera del clima árido se torna muy difícil de conservar. El segundo es su capacidad material, que lo vuelve vulnerable y poco práctico para cargar obras voluminosas, además de ser difícil de guardar y muy espacioso, ya que requiere una cobertura, parecida a una urna, cilíndrica que impide aprovechar su almacenamiento en pleno sentido. Por ejemplo: hay un debate por las muy distintas cifras en torno a la cantidad de libros que contenía la Biblioteca de Alejandría. Algunos sin duda eran papiros y otros libros, pero la disputa radica en si son volúmenes, es decir, número de rollos, u obras como tal. (Para que se entienda mejor: una obra como la Ilíada, que contiene veinticuatro cantos cabía típicamente en un solo libro. Por supuesto, si contiene un comentario puede ser en muchos más, pero en estricto sentido se puede imprimir en un solo volumen, inclusive en forma bilingüe, tal y como aparece la versión de Rubén Bonifaz Nuño en la UNAM (La primera versión apareció en dos hace ya un cuarto de siglo, pero a partir de la segunda se puede encontrar en uno solo, grueso, eso sí, pero uno solo.) Esta misma obra, en el formato antiguo, se encontraría en veinticuatro rollos, ya que un rollo de papiro no puede ser demasiado extenso, so pena de romperse. Para que se me entienda: ponga veinticuatro ollas volteadas y verá el tremendo espacio que éstas ocupan. Se explica así, por qué se prefirió paulatinamente un cambio.) 

La tercera y última razón (y acaso la más importante) radica en que son obras de difícil consulta. Las dos primeras podrán objetarse y en su engrandecimiento tecnológico estarán resueltas, por lo tanto serían poco efectivas en el debate que aquí propongo: el libro electrónico las ha superado con creces, pero no la tercera. El papiro complicaba la consulta porque no podía hacer uso de un objeto sencillo: el separador. (En efecto, este pequeño instrumento que se obsequia en muy variados lugares, contiene la razón para refutar al libro electrónico). No se podía usar porque la propia estructura del papiro al ser doblado perdería el separador y, más bien, podría romper el material si se utilizara un separador que se adhiriera al rollo. (Compare, por ejemplo, las hojas múltiplemente engrapadas y desengrapadas, sobre todo para efectos de burocracia que la gente suele llevar en sobres manila o de plástico, importados por filibusteros chinos y cómo se preservan arrugadas, imperfectas y feas a pesar de tener un uso muy corto). Pero no sólo es la señal en sí, sino la facilidad para brincar entre páginas y hacer, oígalo bien: una lectura interactiva. Es decir, que la computadora no es interactiva, pero el libro sí. Así es. Haga usted, afamado lector, este experimento: agarre un libro que tenga enfrente, el que sea. Sosténgalo con la mano izquierda y con la derecha utilice los cuatro dedos para separarlo en cuatro lugares distintos. Una vez con el dedo puede ir de una a otra página de forma inmediata. Ya si quiere utilizar al máximo, puede usar separadores, desde los sencillos hasta los imantados y separar varias páginas. Esto es más evidente en el uso de los misales y los breviarios, donde normalmente hay varias tiras para poder ir y venir entre el ordinario, el tiempo, el santoral, las oraciones, el propio del tiempo y las distintas rúbricas, pero se aplica para casi cualquier libro, sobre todo aquellos que contienen notas o comentarios al final, lo cual nos da una lectura en varios sentidos sólo por su materialidad, al cual podremos aplicar otros tantos sentidos, sean meras notas personales, sean subrayados tenues con lápiz (pues quienes subrayan con marcatexto en libros y sobre todo libros de biblioteca merecen ser ahorcados, ahorcados y arrastrados por cuatro caballos) o sean los sublimes quattuor sensus ex Scriptura, como enseña San Buenaventura en su décima tercera colación al Hexamerón. (Que, dicho sea de paso, no es sólo una teoría de lectura, sino que la expone en función de la separación entre Iglesia Militante e Iglesia Triunfante, como recordará el lector cuando en su catecismo se comentaron los últimos artículos del Credo que corresponde a la primera parte del catecismo en sí. Es decir: implica comprender su sentido y su acción que, como miembros de la Iglesia Militante, debemos). 

(A propósito de los comentarios de las obras, pienso, por ejemplo, en las obras de Sor Juana Inés de la Cruz editadas por el padre Méndez Plancarte, cuyo extenso y erudito cuerpo de notas se apunta al final. Permítaseme hacer una diatriba: debo decir que lamento en buena medida la substitución del primer volumen por parte de Antonio Alatorre en las ediciones canónicas del Fondo de Cultura Económica. Es cierto que la filología en torno a Sor Juana avanzó desde la edición de Méndez Plancarte, pero no la erudición, que fue substituida por los socarrones comentarios, mínimos en muchos casos, de Alatorre y su muy vergonzoso conocimiento de filosofía que contrasta con la del padre Méndez Plancarte. ¿No acaso se podría haber realizado un punto medio, es decir, incorporar al trabajo del anterior, en vez de sacar sólo una versión omitiendo todo lo que hizo Méndez Plancarte? Me lamento de esto. En este caso, sin embargo, hay un problema que es lo invasivo del comentario, que es la razón por la cual la interactividad del libro funciona mejor. En la edición de Méndez Plancarte, éstos se leen al final, así que uno puede disfrutar del poema y si quisiera un apunte, irse al final. Pero, al tener el comentario molesto de Alatorre a pie de página donde se mezcla desde las variantes textuales y las enmendaciones hasta uno que otro interpretativo, sobre todo con referencias obscuras. En suma: termina uno odiando la entrometida voz de Alatorre). 

Por otra parte, el libro, el codex membraneceus nos da una facilidad para darle un uso mucho más completo al libro en cuanto objeto, ya que puede cambiar de sección de libro en cuantas secciones guste usted, darle circularidad y no perder de fondo el hilo de lo que uno está leyendo. O, si así lo prefiere, puede leer un libro en un solo sentido. Hay libros que lo permiten así, otros que lo demandan y otros que requieren ir poco a poquito y dejar un separador para regresar tiempo después. Nada de eso se puede hacer fehacientemente con el papiro que nos proporciona una lectura lineal. Esto no se puede hacer ni con un papiro ni tampoco con un libro electrónico. Es cierto que uno puede hacer marcas, pero jamás darle esa circularidad. Esto es un defecto de origen que, si bien la tecnología ha tratado de corregir, no puede cambiar todo de inmediato porque está comprometido su principio, y éste, por mucho que se aminore, perfeccione o modifique, no cambia substancialmente las formas que pueden generarse a partir de él.

Por otra parte, hay un aspecto de materialidad que rara vez se toma en cuenta. Libros hay de muchos tamaños, formatos, tipos de letra, caja de texto y demás que tienen una función concreta. Inclusive, el uso de la caja de texto y la ruptura de los párrafos, para una mejor lectura es un proceso gradual para leer mejor. Roger Chartier apuntaba que la famosa biblioteca azul de libros, una editorial popular, popularizó el uso de párrafos más pequeños para que fuese más sencillo leerla como parte de la revolución de la Modernidad. La observación es correcta, aunque la conclusión no. Como buen francés, él parte de que todo surgió en Francia y en la Modernidad, en lo que yo llamo la modernitis, una enfermedad muy grave y para la cual no hay muchos médicos que la curen. La morbilidad consiste en que el mundo se inventó en algún punto de la modernidad, en la imprenta o en Francia, o en los tres si se puede. Yo como no soy francés y estoy más cerca de Zacazonapan (y de los lugares que narra la canción de Antonio Zamora) que de París y mi maestra de geografía me hizo aprenderme muchos países con sus capitales, conozco más del mundo, al menos en memoria. A esto agréguese que tampoco comparto las tesis de la modernitis, y que estoy más cerca de Joseph de Maistre, el honroso contrarrevolucionario, que de Chartier, y creo y quiero decir algo desde estas humildes palabras. (Quejaránse de esto algunos de esta situación, pero algo de lo insular puede dar frente a la gran capital. Recuerdo que una profesora atribuía a cierto jesuita expulsado (¿Clavigero, Cavo? No lo sé) los versos: “Prefiero Tacubaya, pueblo inmundo/ a Roma, capital del mundo”. No he encontrado la referencia, pero así está conservado en mi cuaderno y, como no le daré derecho a réplica a la maestra, tendrá que tomarse por bueno. Seguramente la cita es falsa o por lo menos inconclusa, ya que no suelen los poetas combinar el endecasílabo con el eneasílabo. Lo arreglaría así: “Prefiero Tacubaya, pueblo inmundo,/ por sobre Roma, capital del mundo” para que se balancee el dístico, pues no hay cosa más triste que un verso “mal contado”. (Permítase aquí también aquí enmarcar mi desprecio a los autores de verso libre. No es personal, pero sí profesional mi oposición)). Esta tendencia se observa desde los manuscritos. El corazón de Chartier se detendría si supiera de la existencia del Manual de Dhuoda, una noble mujer que escribió un manual, un librito chiquito, para que su hijo estudiase los fundamentos de la teología por allá del siglo IX. (Dhuoda estuvo relacionada en los escándalos palaciegos de Luis el Piadoso, hijo de Carlomagno). Ojalá, por su salud, nunca lea este texto, pues ya es un hombre mayor. Pero lo cierto es que libros pequeños o grandes o más adornados o más sencillos tienen una razón de fondo y la misma materialidad nos indica cuál es la finalidad del propio libro y preexisten a la imprenta, y a la barbarie asesina y misantrópica que fue la Revolución Francesa. No en balde los libros de arte son grandotes y algunos se pueden llevar en la mano. Depende de la materia que traten, porque ésta depende ciertos fines. Considere este caso: va a llevar un escritorio de un lugar X a uno Y.  ¿Qué hace, agarra cualquier carro o se fija antes en uno que pudiese tener potencialmente la posibilidad de que quepa sin lastimar el mueble? Debe, entonces, adecuarse a la propia necesidad.

(Nota bene: ésta es la razón por la cual cuando usted entra en una librería tradicional, lo recibirán los libros de arte. No tanto por la belleza o porque usted empiece por la parte gráfica, sino porque es grande y pesado, y en nuestro país, tan noble y único, existe una raza que viene de no sé dónde y que tienen varios nombres: los cacos, rateros, ratas o demás, así que hay que protegerse porque la justicia conmutativa no funciona mucho. (Dicen algunos: “Lo mejor de México es su gente”). Haga usted la cuenta: un libro de arte es mucho más difícil de robar. Inclusive para eso nos sirve la materialidad. Un libro electrónico, siempre es igual, no se ostentan estas diferencias.)

Otro tema de fondo es el proceso de aprendizaje mismo. Sin entrar en el debate epistemológico de fondo, el aprendizaje y como lo pueden atestiguar el grueso de quienes educan jóvenes (donde me incluyo), se comprueba el adagio escolástico: nihil in intellectu quod non praeter in sensu (No hay nada en el intelecto que no pase antes por los sentidos). Existen aquí algunas precisiones, pero para no entrar a los pormenores de la sutileza filosófica, implica que, en cuanto a hombres, tenemos cuerpo. Puede usted comprobarlo si se pellizca un brazo o si golpea su cabeza frente a una pared. Este punto nos lleva, en segundo lugar, a que el cuerpo sirve para algo. Seguramente usted lo ha sospechado, independientemente que sea torpe como yo para el deporte, pero hay algo de funcionalidad en el mismo. Y, tercer punto: ese cuerpo es nuestro contacto con el mundo. Es, si usted quiere, un contacto problemático, pero existe y es nuestro medio de conocimiento. No en balde, a los niños se les enseña a partir de elementos concretos que puedan tocar, babear, aventar, y luego percibir y después abstraen: pueden los niños ver dos manzanitas, tocarlas y a partir de ahí aprender el concepto de los números, que es abstracto. Enseñar directamente los números significaría un fracaso en la formación, porque no se rompe el ciclo de aprendizaje, así de sencillo. Y esto no queda únicamente confinado a los niños, sino que también entre los adultos es necesario. 

Esto tiene muchas consecuencias, por supuesto, el primero es el fracaso y error de todos (así es, todos) los racionalistas desde Descartes hasta la fecha (es duro de escuchar, sobre todo para los seguidores de Descartes y otros racionalistas, pero deben saber que estaba equivocado y que dedicarle más tiempo de estudio no aligera los errores, como tampoco podrán salvarlo de éstos), lo cual no es raro, y, en segundo lugar, la resolución de los problemas en torno a problemas tales como la consciencia. Es decir: si usted pensaba que podía salvar sólo su cerebro y consciencia y congelarlo en alguna elegante carnicería para que en un futuro pusieran ese cerebro en un robot o en un trozo de carne motorizado, lamento decepcionarlos, pero no se puede ni se podrá. (Cfr. La película Robocop donde el agente Murphy es una excepción). 

Detrás, además, de estos debates, hay una cierta postura, llamémosle por facilidad y sin demasiado compromiso, racionalista (de ratio, organizar), el cual podría y, a menudo desemboca en un deshumanizar al hombre y pretenderlo una máquina. La irrupción tecnológica ha sido brutal en todos los aspectos, y un tema obsesivo para ser tratado por cuantos textos se encuentren y opiniones, y, sobre todo, en su aplicación educativa. Y ante esto se han desplegado preguntas que no se alejan mucho de lo que aquí estoy planteando, tales como: ¿Se debe involucrar a los niños, a los jóvenes en el conocimiento oculto de la computadora o no? El proceso de llegar a objetos abstractos e irreales, como los que aparecen en la computadora en vez de lo concreto ha generado grandes distorsiones y, no sólo dentro de la esfera de cosas concretas, sino más allá. Los buscadores que indudablemente auxilian para encontrar de forma rápida algunos datos, son muy eficaces para esa finalidad, pero, en contraparte, presentan una terrible desventaja: elimina la necesidad de revisar con más detalle en, por ejemplo, una enciclopedia. En consecuencia, se deja de leer el texto en búsqueda sí de un dato concreto, pero también el trabajo para poder llegar al mismo y, por tanto, el proceso de conocer se vuelve exclusivamente utilitario y, por lo tanto, limitado. 

He procurado a algunos alumnos la búsqueda en enciclopedia de papel no tanto por los datos que podrían encontrar con mayor velocidad en cualquier navegador, sino para que aprendan, desde el momento de buscar correctamente la letra en la cual está el artículo que necesitan, hasta pensar cómo funciona éste y qué partes del artículo son útiles o no y lo difícil que es encontrar un dato preciso. Ya un segundo punto mucho más deseable es la lectura de las fuentes que lo sustentan: he aquí donde se desarrolla el conocimiento. Desde el inicio hay objeciones porque el alumno cree que mi intención es que aprendan datos, pero se equivocan: quiero que se tarden, quiero que no encuentren, quiero que lean y que, acaso se pierdan, se equivoquen, vuelvan a rectificar y acaso encontrar otro artículo que no habían pensado que estaría y que, ojalá, les llamase la atención. Muchas veces a los profesores no interesa el resultado tanto como el proceso para llegar a él, por desaseado o caótico que pudiera pasar. Quizás el resultado sea correcto, pero el proceso no y eso implicaría que, de volver a dejar un ejercicio parecido, lo que fue en uno acierto, en otro un error llegaría a ser. En cambio, la búsqueda de un proceso correcto, aunque yerre el resultado, evaluará que, en otro momento, se comprenderá el tema y, por lo tanto, cuando cambie la finalidad, el aprendizaje quedará. 

Planteo así, de fondo que buscar o seleccionar la tecnología con exclusivos criterios de practicidad es completamente errado. Es cierto que muchos procesos se pueden acelerar y corregir con indudable acierto, pero también existe un arte en la lentitud, pues de lo contrario sólo pasaremos a un cambio de mera acreditación donde todos fingimos hacer las cosas y los demás fingen preocuparse por las mismas. Por eso debo reclamar la urgencia de eliminar los argumentos simplones de la tecnología en los libros y también orillar a que se reflexione que, en muchas ocasiones, la tecnología, por muy innovadora, puede ser proporcionalmente obsoleta.

Así pues, el libro electrónico y su tecnología papirácea es, reitero, como venderle alimento para caballos a Volkswagen, que no usa caballos reales para que sus coches arranquen. El tema es que, como ya se ha perdido esta reflexión y una hojeada a la cultura universal, entonces se asume una especie de tabula rasa y, por lo tanto, se comete una estafa al vender algo obsoleto cual si fuese nuevo. Puedo así concluir con lo evidente: erraron los tecnólatras. Y eso es bueno.

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Nota del editor.- A este ensayo, en realidad, el autor le dio un título un poco más largo, que dice así:

Reflexión seria-jocosa y contumaz acerca del libro electrónico, o sobre cómo venderle alimentos de caballos a Volkswagen, en la que se trata de temas variados que tienen como elemento común la lectura y los títulos extensos que escribió un viandante del antiguo reino de la gran Anáhuac mientras esperaba a que se enfriaran las tortillas antes de comer los sagrados alimentos sobre mesas cubiertas de manteles de plástico usualmente entre la sexta y nona hora donde, según el Breviario, se da gracias ante el sudor de la frente

¿Habrá alguien que no conozca  El Señor de los Anillos?

Para leer en Navidad

Estos días de menor actividad y de frío (al menos en el hemisferio norte) son un tiempo ideal para leer. Colaboradores de SPES presentamos recomendaciones variopintas para esta temporada. ¡Feliz Navidad!

El árabe del futuro. Una juventud en Oriente Medio
Riad Sattouf

El 5 de noviembre de 2020 Riad Sattouf publicó en Instagram una fotografía del quinto tomo de la serie El árabe del futuro y no sólo eso, ya comenzó a trabajar en el sexto y último tomo. Una gran noticia, para mí y sus lectores, pues en el cuarto volumen nos dejó con la angustia al máximo nivel.  Solo tras la muerte de su padre, Riad Sattouf, sintió la confianza de contar su historia y la de su familia. ¿Por qué es tan especial una novela gráfica autobiográfica? Además de las encantadoras ilustraciones, es una ventana a un mundo ajeno: Oriente Medio. Sattouf es hijo de una madre francesa y un padre sirio, que vivió su infancia en Libia, Siria y Francia. Cada tomo nos muestra las diferencias culturales entre Oriente y Occidente, las dificultades de una familia bicultural, los abismos que se generan por los extremismos y la importancia de adaptarse. Los dramas familiares vistos desde la perspectiva del niño Sattouf son divertidos y profundos. (AF)

Maus
Art Spiegelman

Maus es un clásico de la novela gráfica y la única ganadora de un premio Pullitzer. Art Spiegelman –dibujante y editor de la revista The New Yorker– tardó 13 años en desarrollar el proyecto; que además de una intensa documentación, consistió en las grabaciones de las conversaciones con su padre. Parte del proceso, puede leerse en Metamaus. Finalmente fue publicada en 1992, en dos tomos, aunque la nueva edición es de un solo volumen. Maus es una historia íntima, no solo porque narra el horror del holocausto vivido por el padre de Art Spiegelman, Vladek, y las secuelas de haber sobrevivido a la pesadilla, sino porque es un vistazo a la intimidad de la relación padre-hijo.  La peculiaridad del cómic es que los personajes se representan como animales: los ratones son los judíos, mientras que los gatos son los alemanes, los cerdos son los polacos, los franceses son ranas, los ingleses peces y los estadounidenses perros. Si bien durante el régimen nazi los judíos fueron equiparado en el imaginario colectivo como ratones, Spiegelman, utilizó la metáfora y le dio un nuevo sentido. Impresa monocromáticamente, blanco y negro, transmite la oscuridad y el terror de aquellos tiempos. Maus es una novela gráfica imprescindible, que conmueve hasta las entrañas y transmite la dureza de la vida. (AF)

Ensayo sobre la ceguera
José Saramago

En un año de pandemia queda muy bien leer un libro que trata sobre una pandemia de ceguera. Curiosamente, el libro no llegó a mis manos por una “recomendación de libros para leer en una pandemia” sino porque es el libro favorito de mi amiga Lida y me lo regaló por mi cumpleaños.  Todo comienza cuando un hombre queda súbitamente ciego ante un semáforo. De ahí los casos se transmiten de manera exponencial, el médico, los pacientes y todos aquellos que se relacionaron con ellos, exceptuando a la mujer del médico. Nosotros podemos pasar la cuarentena en casa, pero en el Ensayo sobre la ceguera, los ciegos son encerrados en un manicomio y otros desafortunados están condenados a vagar por la ciudad, sin poder volver a casa y buscando comida.  Saramago hace un experimento mental sobre el carácter humano en una situación límite; siempre habrá quien se aproveche de las situaciones, quienes la empeoren y la violencia del más fuerte, pero también la solidaridad y organización de los bien intencionados. (AF)

Suave es la noche
Francis Scott Fitzgerald

Muchos asocian a Fitzgerald como un representante de la Generación Perdida y con su libro más célebre: El gran Gatsby; algunos otros piensan en su tormentoso matrimonio con Zelda Fitzgerald. Suave es la noche es una narración, con tintes autobiográficos, de un encantador matrimonio norteamericano, Dick y Nicole Diver, que en los años 20 se instalan en la Riviera francesa. Dick es un psiquiatra, que lleva años intentando escribir un libro que revolucione la psiquiatría y Nicole es, como lo fue Zelda, un icono de aquellos años, la primera flapper. Aparentemente es la pareja perfecta: bellos, encantadores, inteligentes, elegantes y ricos. Sin embargo, debajo de la aparente perfección y felicidad, se esconde un secreto. Las grietas comienzan a salir a la luz, cuando aparece en la Riviera una joven actriz, que se enamora de Dick, pero también siente una gran admiración por Nicole. La pareja ejerce una gran impresión en aquellos de su círculo. Sin embargo es imposible seguir con el ritmo de las apariencias, el desgaste mental y emocional cobra su cuenta. Los problemas del matrimonio se acrecientan con el tiempo y con sus manías destructivas. Los Diver son un reflejo de la celebridad y los tormentos del matrimonio Fitzgerald. En Suave es la noche, Fitzgerald, narra la superficialidad, el amor, la destrucción, la complejidad y la fragilidad, de las relaciones que en estos tiempos simplemente se catalogan como “tóxicas”. (AF)

The Lord of the Rings
J. R. R. Tolkien

La trilogía de El señor de los anillos no necesita una reseña o presentación. Es un clásico de la literatura y también para muchos estudiosos. Nunca está de más recomendarlo, pues no tiene desperdicio. Y es muy buen gancho para iniciar a los jóvenes en la literatura. Se pueden encontrar diversas ediciones y muy variadas según las traducciones, por lo regular, los tres volúmenes se encuentran separados. Aunque el propio Tolkien intentó publicarlo como un solo libro, los editores en 1954 propusieron dividirlo en tres partes. Un solo tomo puede ser muy pesado incluso si se utiliza un papel ligero. Sin embargo, en el 2004, la editorial Houghton Mifflin Harcourt, por el cincuenta aniversario de la publicación, prepararon una hermosa edición. Los tres libros fueron unificados en un solo tomo, justo como Tolkien lo hubiera querido. La edición fue cotejada con la versión que tenía menos erratas (que el propio Tolkien y sus lectores enviaban a los editores), con los manuscritos y el arduo trabajo de Christopher Tolkien y otros expertos. El volumen es una joya que cuenta con una nota del texto; una palabras de Tolkien sobre las erratas; el prólogo sobre los Hobbits y otras cuestiones; los tres libros (subdivididos en seis libros); un apéndice escrito por Tolkien con leyendas, calendarios, el alfabeto, árboles genealógicos, pronunciaciones y lenguajes; un índice de poemas, canciones y nombres; y mapas de la Tierra Media. (AF)

El seductor de la patria
Enrique Serna

Cuando estudié medicina hubo dos momentos en los que tuve que hacer un alto para reponerme y después continuar. Realicé mi año de servicio social en una comunidad de mi estado que se caracteriza porque la gente es inconforme, voraz y demandante. Este libro me llegó en el momento oportuno para cerrar ese ciclo de mi vida como persona y como profesional y me ayudó a darle su justa dimensión a lo ocurrido. Se trata de una novela inspirada en la vida de un personaje controvertido de la historia de México, que pese a ser ficción, no deja de mostrar una realidad torcida. Esta realidad muestra la parte trastornada, no solo de la mente de un hombre, sino de una sociedad entera. Esta sociedad sumida en su ignorancia y egoísmo, era la misma que un día podía cargar en hombros y decir alabanzas a su gobernante, y al siguiente día lo ponían contra el piso para escupirle en la cara y despreciarlo.  La lectura es ágil, entendible, interesante y risoria al leer la vida de un hombre ordinario que se vuelve atrayente para los de su época. Antonio López de Santa Anna, representa lo absurdo y lo irónico de los acontecimientos humanos. Como un mismo hombre puede inspirar tanto amor, respeto, admiración, odio y repudio. Los años que dura en el poder le permiten observar a la sociedad que gobierna. Descubre los claroscuros de la gente de sus tiempos, la necesidad de definirse como nación, el surgimiento de su independencia  y el estupor que dejaban las guerras internas y externas a un país que estaba en plena restauración. Tal parece que este hombre y la nación tuvieran el mismo destino. Pero no, y él mismo lo deja claro. La patria se debe a todos los hombres y mujeres que viven en ella, no solo depende de una persona. Y en la misma forma que este hombre enfrenta el desprestigio y la condena, él también alza la voz y lo hace no solo para defenderse sino también para otorgar a cada quien su propia culpa, como lo dice en algunas de sus frases: “¿Vender yo la mitad de México? ¡Por Dios! Cuándo aprenderán los mexicanitos que si este barco se hundió no fue sólo por los errores del timonel sino por la desidia y la torpeza de los remeros.” Que chistoso, esta frase me suena políticamente actual. (MTSG)

Nueva historia mínima de México
COLMEX

La Historia es una de las disciplinas más importantes para entender al ser humano, entender por qué estamos aquí, por qué somos lo que somos. Es un espacio creativo donde podemos tener muchas ideas y dónde desechamos otras al darnos cuenta de que algo ya se ha hecho, y nunca rindió frutos. No siempre es fácil, en el camino uno puede dejar de creer en héroes, abandonar el sentimiento patrio e incluso, decidir salir para siempre de un país. Dejas de creer en Buenos y malos, entiendes las reglas del interés y quizá esos ideales que tenías tan arraigados, de pronto, pierden sus raíces. Todo esto es lo que quizás te provoque, si eres mexicano, leer “Nueva Historia mínima de México”, publicada por el Colegio de México. Claro, quizá tengas tan arraigada tu ideología que este libro no te duela y lo edites mentalmente para algún debate acalorado. Sin embargo, aún confío que un poco de esa duda, gracias a una estructura y redacción que cuida bastante el tono objetivo de la investigación, entre a tu sistema de creencias mexicano y te permitas entender mejor a tu país. Si algo necesitamos en esta época es un golpe de realidad bien documentado. Este libro, en su versión electrónica, está disponible completamente gratis en el portal digital del Colegio de México. Da click aquí para entrar. (YM)

Medico de cuerpos y almas
Taylor Cadwell

En otro momento en que hice un alto en mi carrera profesional que me sirvió para decidir cuál sería mi especialidad médica, mi mamá me sugirió este libro. Ella decía que había carreras profesionales y vocaciones profesionales. La medicina es una vocación porque siempre escucha el clamor que pide sanar aquello que además de estar mal, también duele.  A través de este libro entendí lo que me dijo mi mamá acerca de ser médico. Lo mejor es que volvió a encender una llama que se debilitaba entre mis primeras  experiencias  laborales  en  un mundo en el que hasta la vida se cuestiona como  derecho para algunos; y, al ser tan limitado el acceso a la salud, se le termina por poner precio. Taylor Cadwell; es una novelista que se puede disfrutar en varias de sus obras. El protagonista de esta novela fue siempre una obsesión para la autora. La primera versión fue escrita cuando ella solo tenía 12 años. Entre leyendas y datos valiosos del campo de la medicina antigua y moderna Cadwell logra un escrito vibrante y revelador. Lucas, el evangelista, inspira esta obra en la que se habla de la búsqueda de Dios y su revelación final que da sentido a la vida del hombre. Este hombre en su búsqueda descubre la vida de otro hombre de su época llamado Jesús del que le dicen puede mostrarle el camino que le lleve a encontrarse con Dios. Es así como emprende el viaje desde Roma hasta Tierra Santa para ir a los lugares en los que se entera anda Jesús para conocerlo y escucharlo. La vida del protagonista nos atrapa por la creativa narrativa en la que se nos cuentan diferentes episodios: su infancia al lado de las primeras figuras de influencia para Lucas, sus amores, sus viajes, las diferentes personalidades de sus tiempos con las que convivió. Y sin duda uno de los más emocionantes momentos es cuando a través de sus maestros tiene contacto con los conocimientos y las habilidades de los antiguos científicos babilónicos cuyos aprendizajes le ayudan en su formación como médico. Médico de cuerpos y almas muestra cómo el hombre es un todo compuesto por diferentes esferas en las que el cuerpo y el alma no se separan, más bien se mantienen en equilibrio teniendo como manifestación máxima a la salud. Que hermosa y majestuosa enseñanza para un médico la de saber que, cuando toca a otro ser, no sólo está tocando a un organismo o sistema, está tocando a otro igual que él en dignidad y derechos. San Lucas; vivió en la Roma imperial cruel y decadente. Tiempos iguales estamos viviendo ahora. Por eso este libro nos puede recordar el valor de todo hombre y los valores sublimes que pueden llenarnos de fuerza en medio de una pandemia que en este invierno se ha llevado casi todo menos nuestra esperanza de que ha de llegar la primavera. (MTSG)

Larousse de la cocina mexicana
Alicia Gironella

Recetas exquisitas que despiertan todos nuestros sentidos al evocar nuestros recuerdos más entrañables de las cocinas en las que hemos experimentado el amor y las tradiciones familiares de todos los tiempos y de todas las festividades que nos distinguen a cada uno y a los nuestros. Así son las recetas que contiene esta obra tan propia para los que amamos comer y cocinar, aunque lo segundo no sea nuestra mejor habilidad. A través de una estructura básica de las recetas más representativas de cada región de nuestro país, Larousse de la cocina mexicana nos lleva de la mano a los menos experimentados para lograr cocinar diferentes productos y platillos de una forma maestra. Nos enseña a preparar para los que amamos ese patrimonio sin límites de los manjares mexicanos, a través de colores, olores, sabores, texturas y temperaturas distintas. Se aprende a amar lo que se hace y dejarlo plasmado en cada plato que no se sirve de forma ordinaria sino de forma extraordinaria, porque entre sus ingredientes lleva varias rebanadas de amor. Sopas, entradas, platos fuertes, salsas, bebidas y vinos forman parte del aprendizaje contenido en este libro que comparten diferentes maestros culinarios de origen mexicano o extranjero que reconocen la riqueza cultural que se transmite de generación a generación a través de sus guisos y de lo que representa para el mexicano la hora de comer. Ya sea para empezar el día o para terminarlo, una comida corrida o gourmet, el alimento del día o una celebración importante, nunca falta el pretexto para sentarnos y alrededor de la mesa encontrarnos en un viaje por México y por el tiempo con nuestra familia de ayer, de hoy y con la que soñamos en un futuro. Manjares que a los más terrenales nos hacen sentir dioses; y que, en estas celebraciones de Navidad y Año Nuevo, nos pueden llevar a aquellos que ya no están o que no estarán por estos tiempos de pandemia. Deleitarnos con estos sabrosos platillos nos hará sonreír y recordar, pero en los labios nos dejarán la promesa de tiempos en que sustancialmente podremos valorar y disfrutar la presencia de la compañía del otro en mi mesa, tu mesa. 

MDNMDN