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Cuaresma ¿Otra vez?  Cuatro claves para experimentar el desierto

Cuaresma ¿Otra vez? Cuatro claves para experimentar el desierto

Por Mauricio Fajardo

“Miren cómo se aman”

Cuando era mortalmente peligroso ser cristiano en los primeros siglos, antes de la era de Constantino, la Iglesia estaba principalmente formada por hombres y mujeres convencidos de su fe.
La sangre era un precio que estaban dispuestos a pagar por su fe. Se bautizaban personas previamente catequizadas y conversas no sólo en cuanto a los dogmas, sino congruentes en acto y pensamiento. A tal grado llegaba la fe de los cristianos, que los contemporáneos se admiraban, positiva o negativamente, de la fuerza que demostraban ante el martirio y en el día a día: “Mirad cómo se aman…Mirad cómo están dispuestos a morir el uno por el otro.” (Tertuliano)

El día de hoy, no tenemos que escondernos en catacumbas (al menos en occidente), ni ser la deshonra de la familia por convertirnos al cristianismo; podemos afirmar, cuando nos preguntan, que somos “católicos de nacimiento”. Algunos quizás afirman “creo en Dios, pero no en la Iglesia.”
Nos bautizan cuando no podemos elegirlo y, al crecer, nos llevan a la Misa dominical, donde aprendemos a sentarnos y levantarnos, a persignarnos y a decir amén. 

Con el correr de los años, el secularismo parece ganar terreno y, para muchos, ya es raro ir a Misa incluso en los días más solemnes. En muchos hogares, la abuela es quizás el último vestigio de superstición que queda, y la acompañamos a misa o rezamos el Rosario sólo para darle gusto. Algunas tradiciones continúan entre nosotros, aunque con otro significado: en Navidad hacemos fiestas y nos deseamos lo mejor;  el día de reyes partimos roscas de Baby Yoda; en Cuaresma podemos ir a Burger King y pedir la hamburguesa de pollo, en vez de la hamburguesa de carne. No puedo evitar recordar a un amigo agnóstico de la facultad que se espantó al recordar que era viernes de vigilia y había comido carne.

Parece que, en estos tiempos, la religión es más tradición que un modo de vida interiorizado. El calendario sigue pasando y, de nuevo, nos encontramos en el tiempo de Cuaresma para llegar a la Pascua y nos preguntamos: ¿Otra vez? He escuchado algunos comentarios sobre esta fecha, uno que llamó especialmente mi atención fue: “Ya dejen en paz al pobre Jesús, que suficiente tuvo con sufrir una vez, como para que año con año lo estemos recordando.”

Iglesia Dominus Flevit (“El Señor lloró”), Jerusalén.
Arq. Antonio Barluzzi, Foto: Mauricio Fajardo

Así es… otra vez. El calendario se repite año con año, pero la vida no es siempre la misma. Una misma fecha puede vivirse de distintas maneras cada vez, y por eso deberíamos conocer un poco más sobre este tiempo para vivirlo del mejor modo.

El sentido de la Cuaresma

¿Qué significa realmente la Cuaresma? ¿Puede “servirme” de algo vivirla? La Cuaresma es tiempo de purificación y de preparación para la Pascua, es decir, preparación para renovar en el corazón el acto de amor más grande, que tiene el poder de dar verdadero piso y sentido a tu vida. 

La Muerte y Resurrección de Cristo sucedieron históricamente en abril del año 33 d.C., pero no conmemoramos a un maestro de moralidad que murió y ahora vive en nuestra memoria colectiva.  Más bien renovamos nuestra relación con Dios, que se hizo hombre para que todo aquel que ha respirado en esta Tierra -en el pasado, presente y futuro- pueda tener vida eterna ahora y cuando nos vayamos de este mundo. Y así seamos alimentados con el pan del sentido.

Joseph Ratzinger nos explica en su libro Introducción al cristianismo que “el sentido es el pan de que se alimenta el hombre en lo más íntimo de su ser. Huérfano de palabra, de sentido y de amor cae en el <<ya no vale la pena vivir>>, aunque viva en medio de un confort extraordinario.”

En miércoles de ceniza mientras el sacerdote o ministro coloca una cruz en la frente, se recita: “Arrepentíos y creed en el Evangelio” (Mc. 1, 15), citando las palabras con que Jesús comienza su misión después de un prolongado ayuno de 40 días en el desierto cercano a Jericó.


Siguiendo la tradición judeocristiana, los números tienen una carga simbólica muy importante, el número 40, bíblicamente significa “cambio” y también “historia del mundo con relación a Dios”. De ahí que los 40 días que Jesús pasó en el desierto y que nosotros también vivimos, desde el miércoles de ceniza hasta la Pascua, sea un tiempo de transición.

Pantocrator
Icono: M. Fajardo

El lugar privilegiado de los momentos de transición y transformación es el desierto. Es un lugar de soledad y simplicidad, donde ocurre el despojo de lo superficial y el encuentro con lo esencial. El tiempo de Cuaresma es un desierto.

En el libro del profeta Oseas, Dios manda al profeta casarse con una prostituta, simbolizando así como en un espejo, la infidelidad de la humanidad y de mi persona con Dios. Esta prostituta tenía amantes en la carne y en el alma, pues lejos de buscar a Dios, buscaba ídolos, falsos dioses, “Baales” que quiere decir “dueños”. 

En otras palabras, podemos decir que buscaba mentiras que terminaban dominándola.  Pues, como dice Plutarco: “Quien tiene muchos vicios, tiene muchos amos”.


Sin embargo, Dios permanece fiel ante la infidelidad y desea siempre el bien de sus amados, lleva a esta mujer a una purificación. La lleva al desierto: “Así, la atraeré y la llevaré al desierto y le hablaré al corazón” (Oseas 2,16).

El corazón de la Cuaresma

El corazón es el punto donde encontramos la síntesis de lo que somos, pensamos, sentimos y queremos. Es en el desierto donde Dios ayuda al corazón a encontrar esa verdad y esa paz que busca sin encontrar.

Recordando las palabras de San Agustín, nuestros corazones están inquietos y descansarán de esta búsqueda e inquietud hasta que reposen en aquel que nos ha amado antes que cualquiera.


En el desierto de la cuaresma, en medio de reflexión, vigilancia interior y la gracia de Dios, que podemos hallar la conversión.

¿No es una exageración, una provocación e incluso un escándalo pedir en medio de este mundo trepidante y lleno de bagatelas reflexión, vigilancia interior y ayuno? ¿No es acaso una actitud exclusivamente monacal, propia de ciertas personas consagradas o tal vez fanáticos religiosos? No, la actitud interior de la Cuaresma no es ni un resabio exótico de otros tiempos ni una manía religiosa: Cualquiera tiene la capacidad de buscar (y encontrar) a Cristo, para que su vida se llene de sentido, de amor y de una actitud sensible a los movimientos espirituales internos.

Masada, Israel
Foto: M. Fajardo

Conversión y humildad

Para entender un poco mejor esta posibilidad siempre vigente, quizá nos ayude comprender el significado de  la palabra “conversión”. En la Biblia se utilizan dos verbos griegos: epistréphein y metanoéin. Ambos significan volver, dar media vuelta y arrepentirse. Sin embargo, el primer verbo se refiere más a un cambio de conducta externa en nuestras prácticas, conductas observables; mientras que el segundo se refiere a una transformación interior que implica cambiar la orientación del propio pensamiento.

La conversión no consiste en afirmar un credo particular o adoptar ciertas normas y actitudes que corresponden a “las buenas personas”.
La conversión es más bien la transformación de la mente y del espíritu: “Antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto.” (Rm 12,2)
La renovación de la mente es el primer paso que, paralelamente y de forma congruente, transformará los actos externos.

Es interesante conocer el sentido que algunas corrientes psicológicas le dan al concepto de metanoia-conversión. Para Carl Jung “indica un intento espontáneo de la psique por curarse de un conflicto insoportable a través de su desestructuración y posterior renacimiento en una forma más adaptativa”.


Para otros psicoanalistas, la conversión es la explosión de ideas y sentimientos incubados en el inconsciente, que salen a la superficie de la conciencia, impulsados por nuestra tendencia de reemplazar elementos caducos de nuestra síntesis mental, por un principio más fuerte y unificador. Esto nos recuerda la parábola imagen evangélica del escriba sabio: “Y él les dijo: «Así, todo escriba que se ha hecho discípulo del Reino de los Cielos es semejante al dueño de una casa que saca de sus arcas lo nuevo y lo viejo.»” (Mt 13, 52)

El camino de la conversión no se transita solamente una vez, sino muchas. Quizás necesitamos convertirnos todos los días. Pues la plenitud a la que somos llamados no tiene límites. Sin embargo, la austeridad a la que nos invitan la Cuaresma y la Pascua, de manera especial nos conducen a uno de los medios forzosos para encontrar conversión: la humildad.

El buen Pastor
Ilustración: Mauricio Fajardo

No es casualidad, que otra frase utilizada el miércoles de ceniza sea: “Acuérdate de que eres polvo y al polvo has de volver”, citando al libro del Génesis. 3, 19. Después de todo, en la Biblia encontramos que “El Señor formó al Hombre (Adam, en hebreo) del polvo de la tierra (adamá)”. La etimología hebrea Adam (אָדָם) proviene de dos raíces: dam (דַּם) que significa sangre y adamá (אֲדָמָה) que significa tierra; la misma relación sucede en latín, hombre humanus proviene de la palabra humus que a su vez significa tierra. 

Somos tierra, polvo y esta vida es pasajera ¿Acaso se trata entonces de autocompadecerse y mirar con pesimismo nuestra existencia? No.

Esta frase es un recordatorio de la humildad. La humildad tiene como raíz la palabra latina humus que quiere decir “tierra”. La tierra es símbolo de verdad y realidad; es lo que nos sostiene a fin de cuentas. Santa Teresa de Ávila decía que la humildad es “andar en la verdad. “

La conversión es, en conclusión, encontrar la verdad de quién eres, de lo que buscas en realidad y la verdad de quién es Dios para ti. Este piso firme de realidad nos dará descanso. Pues es agotador ir por la vida buscando fantasmas y quimeras de lo que debimos ser. La Cuaresma es un periodo de desierto para buscar la humildad, la realidad y la verdad que iluminará y destruirá todo aquello que no somos, para mostrarnos nuestro verdadero ser.

Volver a Dios, convertirse, significa corregir el rumbo para encontrarnos con la verdad, la belleza y el bien. Bruce Marshall decía que el hombre que toca la puerta de un burdel está buscando a Dios. Buscamos en lugares equivocados el amor y plenitud que sólo puede darnos Aquél que lo ha creado todo. Y es que el sentido y la vida que anhelamos, no es algo abstracto, sino una Persona.

¿Cómo debemos vivir el desierto de la Cuaresma para encontrar la conversión y prepararnos para la Pascua? Te propongo cuatro claves para experimentar el desierto:

“In hoc signo vinces” (en éste signo vencerás)
Foto: M. Fajardo

Oración

La oración es un tratar amistoso con quien sabemos nos ama. Las variantes de la oración son múltiples, y es tarea de cada quien elegir la más adecuada con su personalidad. Hay a quienes les sienta mejor una oración contemplativa, otros se valen más de la imaginación o del intelecto y hay quienes oran a través de la música. 

La clave es determinarnos a orar por lo menos 10 minutos a conciencia y sin prisa. Entablando una conversación de completa sinceridad y sin máscaras con el Dios que nos conoce mejor que nosotros mismos. Es importante que la voluntad le gane al sentimiento de desgane. Incluso, cuando no sentimos nada, hay que perseverar, porque ninguna oración se pierde. Conquistar el hábito de orar ya es un gran trabajo de purificación personal.

Ayuno y penitencia

Es habitual hacer algún ayuno, algún sacrificio o acto de austeridad, y está muy bien, pero hay que tener cuidado: muchos profetas del Antiguo Testamento denunciaban los sacrificios, ayunos y penitencias como actos hipócritas. Así mismo lo hizo Jesús, pues mientras algunas personas observaban rigurosamente preceptos y penitencias, trataban sin justicia a los pobres, guardaban rencores y se encontraban ávidos de respetos humanos.  Este tipo de penitencias y sacrificios, que ejemplifican actos ascéticos o de purificación, son poderosos y útiles cuando se hacen con la intención correcta. Y la intención correcta es la conversión personal.

El sacrificio nos recuerda que podemos crecer en libertad interior, porque quien no se posee no puede entregarse libremente. Si no sabemos decir “no” entonces nuestro “sí” no vale nada. El sacrificio nos recuerda también que, aunque el mundo y los placeres ordenados son buenos, hay realidades y bienes espirituales más valiosos, nobles y trascendentes.

Hay muchas opciones para ejercitarnos en estos pequeños sacrificios: podemos empezar a comer raciones más pequeñas de comida, no tomar postre o bebidas que nos agraden (café, te o alcohol). Podemos ofrecer nuestro tiempo cuando usualmente no lo haríamos. Podemos dejar de mirar las redes sociales a partir de determinada hora del día.

Es muy bueno también, y muy dificil, vigilar nuestra lengua: las cosas que decimos y cómo las decimos. Quizás nos percatemos de que nuestras palabras son en ocasiones “tóxicas”: palabras de críticas y quejas. Un gran ayuno sería corregir nuestro diálogo interno y externo, sustituir la maledicencia por la benedicencia. Practicar el Agere ad contra (actuar en contra) de San Ignacio, que establece un contraataque a todos aquellos vicios que tenemos con la acción opuesta.

Examen interior

El examen interior es un ejercicio de discernimiento. Antes de dormir, en clima de oración, pedir al Espíritu de Dios su guía para encontrar aquellas emociones y pensamientos que a lo largo del día tienen un significado espiritual. Pareciera una práctica trivial, pero el examen cuando se hace bien nos ayudará a revelar malestares prolongados en nuestra vida, sentimientos destructivos como resentimientos o envidias; heridas no purificadas o no atendidas; deseos dañinos como desearle el mal a alguien. Dios quiere que nos conozcamos realmente, para que podamos cambiar y mejorar. Esta vigilancia bajo el impulso espiritual de Dios es indispensable para alcanzar conversión.

La liturgia y la Comunión

Especialmente en Cuaresma podemos darnos la oportunidad de experimentar con una mente nueva la liturgia, que está llena de tesoros espirituales; la oportunidad de escuchar atentamente la palabra de Dios, sin asumir que sabemos lo que dice, como solemos hacer. Podemos darnos la oportunidad de leer el Evangelio de cada día con un espíritu de escucha y aprendizaje. Y sobre todo podemos revalorar el regalo de la Comunión.

El dicho popular afirma: “tú eres lo que comes”, de ahí la importancia de una buena alimentación espiritual. Es preciso alimentarnos de lo que en verdad nutre el espíritu y, en la medida de lo posible, comulgar diariamente. El tiempo del desierto es silencioso, pero nunca será solitario, aunque a veces lo sintamos así, porque Dios estará presente.

Guiados por Dios en la oración, el sacrificio, la reflexión y la Palabra. Caminaremos con paso seguro en el desierto de la Cuaresma y podremos encontrar un significado completamente nuevo de la Pascua. Encontraremos que esta tradición es la oportunidad que tenemos cada año para volver a hablar de “tú” con Dios

Cuaresma ¿Otra vez?  Cuatro claves para experimentar el desierto

El origen de la fiesta de la Navidad ¿Realmente Jesús nació el 25 de diciembre?

Por Tais Gea Guinovart

@bet.tefila

La fecha del 25 de diciembre es para la mayoría de nosotros, de cultura Occidental, uno de los días más hermosos de convivencia familiar y religiosa de todo el año. Sabemos que es el día que se conmemora la fiesta litúrgica de la Navidad la cual recuerda el nacimiento de Jesús de Nazaret quien es venerado por los cristianos como el Hijo de Dios hecho hombre, nacido de María Virgen, para la salvación y justificación de toda la humanidad. Pero ¿por qué se celebra este día? ¿Se sabe realmente cuándo nació Jesús? O ¿por qué se eligió esta fecha y no otra?

El origen histórico de la fiesta de la Navidad, el día elegido en el s. IV, no es una coincidencia, sino que da sentido al arte, al culto, a los textos litúrgicos y al misterio que se celebra en la Navidad.

Los textos que relatan la vida de Jesús de Nazaret son los llamados Evangelios. Los Evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) presentan algunos breves e incipientes relatos de la infancia del fundador del cristianismo. Ninguno de ellos, ni tampoco el Evangelio de Juan, concretan el día exacto del nacimiento de Jesús. Estas fuentes no arrojan luz para saber la fecha exacta del nacimiento del Señor. Recordemos que estos textos no son biografías de la vida de Jesús, sino que son textos escritos para las comunidades cristianas para anunciar una buena noticia. Esa noticia para ellos era la llegada de un salvador, el Mesías esperado, Jesús de Nazaret.

Por lo que no sorprende que los detalles exactos del nacimiento de Jesús, como lo es la fecha, no sean recogidos en esos textos. Incluso, Orígenes, uno de los más importantes padres de la Iglesia, llegará a decir que no se celebra el día del nacimiento de Jesús ya que eso era una costumbre pagana.

Según esta información, la fecha histórica del nacimiento de Jesús es desconocida. El 25 de diciembre, día en el que se celebra el humano nacimiento de Jesús, es una fecha más bien litúrgica. Como se sabe, la liturgia es la celebración de los misterios de la fe para los cristianos. En el calendario litúrgico fueron progresivamente incorporándose las distintas fiestas que recuerdan dichos misterios de la vida de Jesús, de María y de los santos.

En el s. IV, la fecha del 25 de diciembre fue instituida como el día del nacimiento de Jesús. Esta fecha aparece en Roma como fiesta cristiana después de la paz de Constantino. Primero se impone en Occidente y después en Oriente. De hecho, aparece esta fiesta por primera vez en el Cronógrafo del 354 a la par de otras noticias civiles. El calendario señala los mártires más reconocidos de quienes se celebraba su día de nacimiento. A la cabeza de esta lista aparece la fiesta de la Navidad, conmemoración del nacimiento de Aquel por quien los mártires dieron testimonio con su propia vida. 

A partir de este momento los padres de la Iglesia predican esta fecha como histórica y se esfuerzan en demostrarlo. Ahora bien, sabiendo que no es una fecha histórica la pregunta que surge es la siguiente: ¿por qué motivo se celebra ese día y no otro?

Como sabemos la libertad de profesar la fe cristiana en el año 313 hizo que progresivamente el cristianismo se fusionara con el imperio romano tanto de Oriente como de Occidente. En este tiempo, los cristianos del imperio colocan la fiesta de la Natividad de Jesús en la fiesta pagana dedicada al dios-sol; el sol invicto. El motivo de esta fiesta se encuentra en el fenómeno natural del solsticio de invierno. El día 25 de diciembre, después del solsticio de invierno, es el día en que el sol empieza a levantarse desde el punto más bajo al que llega. 

Es así como se fusiona el significado pagano y el religioso con la imagen del sol. Jesús sería entonces el sol que se levanta. Es el que vence la oscuridad y las tinieblas de los hombres trayendo su luz; la luz de Dios. Esto se realiza a partir de su nacimiento histórico. Los cristianos consideran que Jesús es el Hijo de Dios que se hizo hombre para hacer que los hombres se asemejen a Dios a través de su gracia. Y esto es lo que se celebra el 25 de diciembre, día en que Jesús, Dios, nace. Se utiliza para ello la metáfora del sol que sale y vence las tinieblas de la noche y de la oscuridad.

Esta idea es también representada en el icono de la fiesta litúrgica de la Natividad. En la tradición ortodoxa, las fiestas litúrgicas van acompañadas de textos bíblicos que se utilizan para dar sentido a la fiesta. También van acompañadas de himnos litúrgicos con significados dogmáticos y teológicos. Y además van acompañadas de un icono, ventana a la trascendencia, que hace visible ese misterio que se celebra en la fiesta litúrgica.

En el caso de la fiesta de la Natividad el icono litúrgico es llamado: la Natividad según la carne del Señor y Dios y Salvador nuestro Jesucristo. La composición geométrica utiliza una cuadrícula de 9 rectángulos y coloca en el centro de la escena a Jesús niño que nace en Belén. El centro real del icono es la cabeza del niño Jesús que está en el eje vertical simétrico y conecta al Salvador con la estrella y con el vientre de la Virgen con la intención de mostrar el significado de la escena. La estrella muestra a Cristo que es el sol que viene a iluminar al mundo en tinieblas.

La Natividad, Rublev
La Natividad, Rublev s. XV

El sol es imagen de toda la vida de Jesús. Así como el sol sale por la mañana, recorre su camino, muere al final de la tarde y al día siguiente vuelve a salir, Jesús es Dios hecho hombre que nació, vivió, murió y resucitó. Eso se muestra en el centro de la escena del icono de la Natividad. 

Jesús es el sol que nace por eso se representa ligado al vientre de la Virgen María por el eje vertical de la estructura geométrica. Fue envuelto en pañales y por eso es representado con una tela color blanco. Y fue acostado en un pesebre dentro de una cueva en Belén. Estos elementos del icono son aquellos evidentes para la escena de la fiesta de Navidad. Pero en este icono no sólo se representa la Navidad, sino que toda la vida de Jesús, Sol de Justicia.

Jesús es el sol que morirá. La cueva es además símbolo de la tumba. Es pintada con un color negro que manifiesta la oscuridad y la muerte. El pesebre es en realidad un sepulcro más que un sitio en donde los animales se alimentan. Y el niño está recubierto con el sudario color blanco con lo que se envolvía a los muertos. Y finalmente el rostro de María no es de alegría y gozo por el nacimiento de su hijo, sino que de tristeza. Todos estos elementos apuntan a la muerte de Jesús mostrándolo Dios, pero también hombre. Representa el motivo por el cuál Dios se hace hombre, para salvar y justificar a los hombres a través de su muerte en cruz.

Composición geométrica icono de
La Natividad, Rublev s. XV

Finalmente, Jesús es el sol que volverá a salir al día siguiente, es decir, es el sol que resucitará trayendo consigo a todos los hombres dándoles la nueva vida en Cristo. Esto se ve en el color blanco del sudario que cubre al niño que simboliza la divinidad, toda la luz, el mundo divino y la ausencia de color. Jesús es Dios que, a través de su muerte vence de manera definitiva la oscuridad y ofrece a todo el que cree la vida eterna, la resurrección y la vida de la luz.

El siguiente himno litúrgico ortodoxo muestra como en esta fiesta se utiliza el símbolo del sol para hablar del nacimiento de Jesús: «Hoy la Virgen da a luz al creador del universo. El Edén ofrece la cueva, y la estrella indica a Cristo, sol para cuantos están en tinieblas. Los magos lo adoran con dones, iluminados por la fe. Los pastores han visto el prodigio, mientras los ángeles recitaban himnos diciendo: Gloria a Dios en lo alto del cielo.» 

La tradición católica dedica dos momentos litúrgicos fuertes el 25 de diciembre para conmemorar el nacimiento de Jesús además de los oficios de la liturgia de las horas: la Misa de media noche y la Misa del día. Los textos bíblicos utilizados para esta fiesta litúrgica complementan todo este sentido teológico que se ha mencionado. 

Se realiza una Misa, celebración litúrgica católica por excelencia, a media noche. La noche recuerda a los creyentes la condición de oscuridad y tinieblas que viven sin la llegada del Mesías, la Luz, el Sol de Justicia. Esta Misa retoma las palabras del profeta Isaías, profeta del pueblo de Israel que anuncia al Mesías esperado: «El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz; sobre los que vivían en tierra de sombras, una luz resplandeció» (Is 9, 1). Es así como lo que el profeta anuncia se cumple en Jesús.

La Misa continúa entre cantos de júbilo. La asamblea afirma que hoy le ha nacido un salvador y se le invita a la alegría. El Evangelio, texto central de la celebración, es leído y escuchado de pie. Se lee el texto de Lucas quien relata el nacimiento de Jesús: «Le llegó a María el tiempo de dar a luz y tuvo a su hijo primogénito; lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre.» (Lc 2, 6-7).

Además, se puede realizar una Misa en el alba llamada Misa de la aurora. En esta Misa se recuerda a Jesús, el sol que nace para traer luz a los hombres y se lleva a cabo a la hora que el sol sale anunciando un nuevo día. Inicia con una bella antífona: «Hoy brillará una luz sobre nosotros». 

De esta manera, la fecha elegida para la fiesta, día después del solsticio de invierno, centra la atención en el símbolo del sol. A partir de esta imagen se explica todo el sentido teológico de la Navidad el cual se expresa en el arte, es decir el icono, en los himnos de la liturgia, en los textos bíblicos y en el momento del día que se elige celebrar la liturgia (media noche y aurora) constituyendo así una unidad simbólica rica para los creyentes.

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