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Una mexicana muy flamenca: Conversación con la bailaora Carmen Bautista

Una mexicana muy flamenca: Conversación con la bailaora Carmen Bautista

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No es mi intención escribir sobre los orígenes del flamenco, que además bastante depende de especulaciones históricas o elaborar un análisis sobre el ritmo, la división de las estrofas o los palos. No soy especialista en música y mucho menos de este arte en particular y por eso prefiero dejar a los más versados su estudio.

El flamenco es Patrimonio Cultural Inmaterial y quizá una de las artes más representativas de España. Y es que en el imaginario colectivo cuando mencionan a España, te piensas que todas las mujeres van por la calle con los vestidos de puntos de colores, flores, peineta y mantilla… con el traje de flamenca, en pocas palabras, como si siempre fuera la Feria de abril. Y te imaginas a todos apretujados en las casetas bebiendo rebujitos, comiendo un pescaíto y bailando sevillanas con mucho arte.

En esta ocasión quiero reflexionar sobre el arte como esperanza de futuro. Una problemática urgente es la niñez marginal: aquellos niños que por no tener mayores opciones y esperanzas se ven volcados hacia la calle. Una calle que no les promete un buen presente y mucho menos un mejor porvenir. En los barrios marginales la educación ya es un lujo y las actividades extraescolares son casi impensables. Sin embargo, algunas personas se lo han pensado muy bien para atraer a los niños fuera de los peligros de las calles.

Remedios Málvarez muestra en su documental Alalá, que significa “alegría” en calé, como el arte del flamenco ha preservado a varios niños del barrio más conflictivo de Sevilla, el polígono sur, de la calle. El Centro Cívico El Esqueleto y la fundación Alalá, ideada por el guitarrista Emilio Caracafé instruyen a los niños en el canto, la danza y la guitarra. La población es principalmente calé y el flamenco corre por sus venas. Así es como los niños, que quizá no se convertirán en cantaores, bailaores o guitarristas, pueden mirar con mayor esperanza al futuro. Sin embargo, esta no es la única iniciativa. En otros lugares se emplearán otros métodos, actividades, deportes o cursos; pero todos tienen la finalidad de evitar que los niños caigan en la vida “fácil” de la calle.

Esto no significa que por ir a una escuela ya automáticamente serán salvados y tendrán una mejor infancia; sería demasiado inocente creerlo. Pero lo que puede lograr un buen maestro es infundir en un alumno una gran pasión que le ayude a direccionar su vida. Ayudarles a encontrar un futuro, acompañarlos cercanamente para que tengan confianza en sí mismos.

Con la idea del baile, que forma en la disciplina y la educación como la base para un futuro con mayores perspectivas es que pensé en conversar con Carmen Bautista, quien es bailaora y docente. Carmen ha bailado en Zurich, Viena, Sevilla, en varias ciudades de Italia y en México; y combina con su arte muy flamenca el arte de la docencia. Carmen ha inspirado a varias niñas en el baile, con una mano segura, firme y amistosa les ha enseñado a creer en ellas mismas a través del baile.

Carmen, gracias por conversar conmigo para Spes. Ya desde hace varios años dejaste México para vivir en la capital del flamenco. Haz hecho giras por diferentes ciudades europeas y México. Eres bailaora y docente, por lo que además de bailar en un tablao, también enseñas. Tu carrera, como bailaora, va viento en popa, pero en lo personal, ¿qué tal llevas la vida cotidiana como expatriada?

Llevo cuatro años, ya voy por el quinto. Creo que Sevilla es el Disneylandia del flamenco. Ya hice raíces. Al principio es un poco extraño llegar a un lugar completamente nuevo y acostumbrarse a todo, desde lo más simple como el cambio de dinero: como dejar de pensar que cuarenta euros equivalen a cuarenta pesos. Pero puedo decir que ya tengo una familia: los amigos que he hecho.

Me alegra que te encuentres bien en Sevilla y sobre todo muy bien acompañada. Entrando ya en la cuestión del baile; de todos los diferentes tipos de ritmos y bailes, ¿cómo es que surgió en ti la inquietud por el flamenco?

Desde que era pequeña estuve en clases de baile: tahitiano, jazz, ballet y gimnasia, pero nunca hice flamenco. Mi escuela de baile es parte del INBA y antes de estudiar la carrera puedes tomar un nivel previo de formación básica, que dura siete años. Durante la primaria, de estos siete años, a veces me cruzaba con los chicos de la carrera de flamenco y aunque me llamaba la atención, me interesó verdaderamente hasta que tomé la primera clase.

En esta escuela te forman como docente y el último año tienes que hacer prácticas; cuando tenía once años tomé la clase de una chica que estaba por graduarse y me encantó. Y pensé que justamente eso era lo que quería hacer. A los once años tomé mi primera clase de flamenco, después de haber pasado por otros bailes, y ya no lo dejé. Desde los once años estuve segura de que quería estudiar la carrera en danza española.

Mencionas que antes tomabas clases de otros tipos de baile hasta que descubriste tu pasión por el flamenco, pero, aunque se dice que “quien mucho abarca, poco aprieta” y es mejor enfocarse en ser el mejor en un ritmo, ¿por qué decidiste centrarte únicamente en el flamenco y no en el jazz o ballet?

Venía de una crisis de violencia escolar. Las clases de danza son muy fuertes, los maestros tradicionales no tienen una formación docente y antes era mucho peor: a veces utilizaban métodos poco ortodoxos y perdían fácilmente la paciencia. Porque a la vez ellos aprendieron desde esa “metodología”. Por ejemplo, algunos bailarines de ballet practicaban con métodos extremos como colocar la flama de un encendedor debajo de la pierna para poderla sostener en alto el mayor tiempo posible. A mí no me ocurrió, pero me regañaban constantemente e incluso le decían a mi mamá que era la peor del grupo y que tenía sobrepeso. Por eso ya no quería bailar, ya no quería ir porque no le veía sentido, hasta que descubrí el flamenco y una nueva perspectiva de enseñanza.

El baile tiene una exigencia corporal muy fuerte; como las gimnastas que por lo regular deben contar con cierto peso y estatura. Sí que debe ser una gran presión, especialmente para una niña pequeña. Sin embargo, mencionas que hubo un cambio radical en el método de enseñanza. El papel de un buen maestro es fundamental y es algo que tu misma ejerces: aprendiste y enseñas.

Claro, es algo que he observado durante mi formación: la figura del maestro. En México vemos a los maestros desde una perspectiva vertical, pero en Sevilla hay una perspectiva más horizontal, y he aprendido muchísimo.

Y la cercanía no le quita la profesionalidad o respeto al profesor. Cambiando un poco el tema. Es muy común preguntarles a los niños, ¿qué quieres ser cuando seas grande? Y al final muchos terminan haciendo una cosa diametralmente opuesta, porque es muy difícil saber desde tan temprana edad lo que queremos hacer. Sin embargo, tu tenías muy claro que querías estudiar danza española, pero nosotras nos conocimos en un salón de la Facultad de filosofía. ¿Puedes decirme algo más al respecto?

Sí, yo tuve muy claro desde los once años a qué quería dedicarme y cada año escolar lo pasaba como un paso menos para mi meta. En secundaria pensaba, “ahora falta menos”, pero cuando iba a terminar la prepa, pensé que quería estudiar otra cosa. Y para que veas lo fundamental que es un buen maestro: disfrutaba tanto las clases de ética de Adriana Clavel que descubrí que la filosofía también me encantaba.

La carrera de danza era por la tarde y las clases de filosofía por la mañana, pero era demasiado. Imagina, salir de Mixcoac después de clases corriendo hasta el centro para las clases de flamenco en la tarde y en la noche ir hasta el norte. Y así todos los días. A veces llegaba a las clases, estaba muy emocionada y quería aprender, pero el cansancio me ganaba. Me dolió dejar la carrera de filosofía, pero lo hice después de discernir: ¿cómo te ves en realidad? Y me veía más en el flamenco.

Es que era demasiado: un día lleno de actividades y no tenías casi momentos de descanso. Algo que también me resulta curioso es que yo pensaba que igual tendrías una influencia cercana, que te introdujo al flamenco, yo qué sé, una abuela o tía o alguien de la familia que bailara, porque no es tan común.

En México no es tan fácil tener una referencia cercana al flamenco a menos de que se trate de una familia con ascendencia española directa. Así que no es tan sencillo despertarse un día y decir “quiero bailar flamenco” como si fuera algo muy común.
Aunque culturalmente existan referentes, en mi familia no había una conexión directa. Recuerdo que siendo chica, en alguna ocasión le dije a mi mamá que me gustaba el flamenco. Y ella buscó un disco, y según yo, me ponía a bailar con los pasodobles. Que aunque no es flamenco, esa era su referencia. Mi mamá me acercó del modo que pudo y así ayudó a encender la chispa. Pero algo dentro de mí decía: debe haber algo más.

El flamenco además de un baile es parte de una cultura muy española e incluso se podría considerar calé con esta mezcla gitana. Últimamente parece que todo puede ser “apropiación cultural” e incluso ha caído en una sensiblería en la que cualquiera puede ofenderse sin que sea su “cultura” la que es “utilizada”. Eso me recuerda un vídeo en el que un gringo se viste con zarape y sombrero, va por la calle y les pregunta a estudiantes si les parecía ofensivo su vestuario. Y ellos respondían que eso no era un disfraz, que a lo mejor tenía un significado y claro, terminaban con la etiqueta de “apropiación cultural”. Después fue al barrio mexicano y a nadie le molestaba, no era ofensivo, es más les resultaba hasta simpático. Considerando la sensibilidad de algunos sectores por la apropiación cultural, ¿te ha sucedido que alguien te cuestione que bailes flamenco y no danza regional mexicana? ¿O te han puesto la etiqueta de la apropiación cultural?

Eso como tal no, nadie me ha cuestionado que baile flamenco y no otro ritmo, pero sí es todo un tema. Mucha gente viene a Sevilla a bailar flamenco y aquí se queda. Por ejemplo, bailo con un grupo de artistas callejeros, y a veces la gente pregunta “¿todos son españoles?” y respondemos “no, somos mexicanos, argentinos, la otra es de Brasil.” E inmediatamente mencionan que parecemos españoles.

Aunque claro que también hay una distinción entre los estudiantes internacionales y los que son propiamente españoles y no sólo eso, los andaluces.

Además, el flamenco tiene un trasfondo cultural muy amplio, que a veces ni siquiera los locales conocen. Se conoce más en Andalucía, pero tiene una base rítmica de África y de ritmos orientales. Tanta mezcla hubo en España y tantas influencias de ritmos, pero no por ello tiene un origen cien por ciento andaluz. Incluso en la danza y la música se puede encontrar algo muy clásico; el flamenco va evolucionando y se va expandiendo, y creo que por eso puede ser universal. Por ejemplo, en Japón es dónde hay más academias de flamenco.

Qué curioso, nunca me hubiera imaginado tantas academias en Japón o a japoneses bailando flamenco. Es muy internacional. Y es muy interesante lo que mencionas de la mezcla. Yo tenía la idea de que era un baile propio de Andalucía y los gitanos.

Cuando se aloja en Andalucía es por los gitanos, y hay un cataor que recopilaba los cantos de las familias gitanas. Pero no es que sea propio de un grupo étnico, sino que siempre hubo esta apertura de la mezcla. No podía darse desde un grupo cerrado, porque los gitanos iban a los teatros y ahí estaban los payos; entonces esta mezcla fue creando el contexto andaluz.

Carmen, ¿cuál sería el reto más grande para una bailaora?

Me parece que es buscar y encontrar su propio estilo. Porque por mucha técnica que puedas tener es importante tener algo que comunicar. El nivel técnico de alguien puede ser increíble: la cantidad de giros y zapateados que pueda dar. Pero imagina transmitir tu propia historia por medio del baile. Porque no basta con seguir los pasos que aprendes en un curso, eso sería una simple repetición y se podría perder la esencia por la técnica. Buscarnos, recrearnos y dar algo de nosotros en el baile.

Claro y es lo que puede diferenciar a 20 cantaores del Camarón. Entre la técnica y lo espontáneo.

Sí, ahora muchos cantaores cantan como Camarón. Es difícil, porque tampoco se puede hacer todo muy diferente, pero si se necesita dar algo propio. Algo muy tuyo.

El flamenco es un arte y una emoción que ya no puede delimitarse ni por un origen. Porque tanto arte puede tener una sevillana que una mexicana o venezolana. Cuando yo bailo soy más yo, porque conecto con mis emociones y después conecto con mis compañeros. Es como un ritual: la guitarra, el canto y el baile; a veces no tienes que conocer a tus compañeros para poder conectar con ellos.

Tan internacional es el flamenco que hasta escuché la fusión del vídeo “Carmen de la cueva” de Stella Papa en el que participaste, ¿cómo fue rodar este proyecto?

Ella es griega y hay muchos proyectos de fusión, que quedan muy bien por las raíces del flamenco. Stella Papa contrató a otra cantaora flamenca, a mi me enseñaron la canción, la entendí y sólo bailé. La fusión fue muy interesante del griego con el ritmo flamenco, pero justamente por el ritmo es que se puede dar muy bien. Aunque el trabajo en el flamenco es también muy espontáneo, me hablaron de ella, la conocí y grabamos.

Para concluir, a pesar de que estos proyectos soy espontáneos, ¿qué planes tienes a futuro?

He bailado y sigo intentando crecer como intérprete. A veces me puedo bloquear y pensar que no es suficiente, pero busco seguir creciendo. Sin embargo, hay mucha gente y trabajo informal; bailar en los tablaos en Sevilla a veces es complicado. Pero me gusta viajar y enseñar, entonces me gustaría bailar en diferentes partes del mundo y enseñar. Iré a México a bailar y dar varios cursos y espero en un futuro ir a Japón. Mi novio es guitarrista y trabajador social y queremos hacer un proyecto que no sólo sea estético, sino que también se fomente la inclusión. Entonces veremos a dónde nos lleva la docencia y el baile.

Trascendencia

Trascendencia

En México tenemos una curiosa tradición: Hacer “altares de muertos”. A tal efecto se consigue flor de cempasúchil, manteles de rico colorido, calaveras de dulce -chocolate y azúcar principalmente-, platos con alimentos que le gustaban al difunto o a los difuntos, “pan de muerto”, fotografías de los seres queridos que se van a recordar en esa ocasión y veladoras. Suele estar coronado con algún elemento religioso, como una Cruz o una imagen de la Virgen de Guadalupe. Un amigo me hizo notar, curiosamente, que este año, en la universidad que él dirige, se encontró con un altar de muertos dedicado a un perro, a una mascota; no sabía si reír o llorar. Era el ejemplo de una cultura fusión, primero entre la prehispánica pagana y la cristiana española, pero ahora enriquecida con la animalista postmoderna.

Su narración me hizo recordar un percance reciente del Papa Francisco. Él mismo lo relata: se acercó una señora con una carriola, pidiéndole la consabida bendición. El Papa sonrió y se acercó para ver al bebé y bendecirlo. ¡Cuál no sería su sorpresa al descubrir que no era un bebé sino un perrito lo que llevaba! El manso y paciente Francisco se enojó – ¡vaya que tiene mérito conseguir hacerlo enojar! – y regañó a la señora, señalándole que había muchos niños que mueren de hambre y que no era justo tratar así a un animal. Le parecía un exceso ese trato dirigido a un animalito, cuando no cuidamos de igual forma de nuestros semejantes; por su parte, a mi amigo le parecía desproporcionado dedicar un “altar de muertos” a una mascota.

¿Por qué? Por la trascendencia. El animal, la planta, viven y ya está, en su vida está el cumplimiento de su función. A veces incluso en su muerte: los animales y las plantas que son sacrificados para nuestra supervivencia, para nuestra alimentación. El animal no tiene necesidad ni posibilidad de trascender. El ser humano, en cambio, sí la tiene; más incluso, es su aspiración espiritual fundamental. Es la muestra práctica de que no sólo es materia convenientemente organizada -como lo son el animal y la planta-, sino poseedor de un alma espiritual y, por lo tanto, trascendente a nuestras coordenadas de espacio y tiempo.

¿Qué es la trascendencia? Una necesidad espiritual del hombre. Una necesidad vital de su naturaleza, por la cual quiere ir más allá de lo que le ha sido dado materialmente. Es una prueba de la existencia de la realidad espiritual, precisamente porque supone una sed de algo inmaterial, de una realidad que en cierta forma no perciben nuestros sentidos inmediatamente, pero que está ahí, esperando ser descubierta. Es el imperativo de ir más allá de la satisfacción de nuestras necesidades vitales y de la especie: comer, beber, reproducirse, descansar, disfrutar. Es el prurito de romper las barreras del tiempo y del espacio con la fuerza del espíritu.

Son diversos los modos con los cuales el espíritu humano trasciende. Es clásico el refrán de que hay que cumplir con tres requisitos en esta vida: tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro. Los tres son modos de que algo de nuestro yo permanezca a través del tiempo, cuando ya nuestro cuerpo haya vuelto a la tierra de donde salió. Si reflexionamos un poco, descubrimos la increíble envergadura que supone tener un hijo. Porque los padres proporcionan la materia fundamental para su formación -el óvulo y los espermatozoides-, pero Dios le infunde el alma espiritual, de forma que ese nuevo ser creado con la cooperación humana, va a durar para siempre. El cuerpo muere, pero a la larga resucita, mientras que el alma perdurará para siempre, el universo material habrá alcanzado su muerte térmica y, sin embargo, el alma perdurará todavía, es -en expresión teológica- “eviterna”; es decir, tiene un principio, pero no tiene fin. Traer un hijo al mundo es una de las formas por excelencia de trascendencia.

No es la única forma de trascender que tiene el ser humano. El arte, la ciencia y la técnica lo son también. En general todo aquello que manifieste nuestra capacidad creadora, lo que nos permita hacer surgir algo auténticamente nuevo, ya sea para la contemplación -como es el caso del arte: literatura, pintura, escultura, arquitectura, danza, etc.-, o para el uso y servicio de nuestros semejantes, con la ciencia y la técnica. Toda capacidad creadora de belleza, o que sirva para la transformación y mejoramiento del mundo, constituyen formas propiamente humanas de trascender, de las que los animales carecen.

Pero la trascendencia por excelencia es espiritual, religiosa. Consiste en cultivar nuestra vida interior, nuestra riqueza interior, descubrir -asombrados- cómo somos capaces de entrar en un diálogo vivo con Dios. Porque si bien tanto el arte, como la ciencia y la técnica, son formas de trascender, no sacian, sin embargo, nuestras hambres de infinito, de trascendencia. Es como decir: “sí, eso era, pero todavía anhelo más”. Por ello, muy bien dice san Agustín: “nos hiciste Señor para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que no descanse en Ti”. Sólo Dios puede colmar nuestras hambres de infinito y de trascendencia, siendo esta “sed de Dios”, de lo eterno, una prueba de su existencia y de la componente espiritual de nuestra naturaleza.

Por eso tiene sentido hacerle un “altar de muertos” a una persona, pero no a un perro. A un perro se le puede bendecir, pero no puede ocupar el lugar de un hijo, aunque eso parezca estar de moda; en realidad, esta actitud encierra un profundo error antropológico y tarde o temprano pasará factura, sea a las personas en particular que a la sociedad en general.

Dr. Salvador Fabre

masamf@gmail.com

5. México como botín / Muerte por acidia

5. México como botín / Muerte por acidia

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Ir a la parte 1 “Ciudadanos rabiosos”

Ir a la parte 4 “Las virtudes de la anti-política y los vicios de los políticos”

En el origen de estos vicios se encuentra la carencia de una formación política sólida compuesta por ideales, principios e ideas.

Muchos políticos no tienen claro qué ideales son los que orientan su actuar, no han pensado o han olvidado hacia qué metas, anhelos profundos y horizontes dirigen sus acciones. Tampoco tienen claro sus principios: aquellos lineamientos de su actuar en los que no están dispuestos a transigir, al margen del costo electoral que esto pueda tener o de la recompensa monetaria. Sin ideales y principios es muy difícil tener ideas nuevas, que nos ayuden a transformar nuestra realidad.

El vacío de ideales y principios, y la carencia de ideas es quizá lo que ha permitido el auge del marketing político como la dimensión esencial de la actividad política contemporánea. El marketing político es un hijo bastardo de la política  que tiene antecedentes en la práctica sofística denunciada magistralmente por Platón en “Gorgias”, y que adquirió una nueva fuerza con la conjugación del advenimiento de la televisión y el genio norteamericano para vender todo, hasta políticos.[1]

El marketing político es una forma suave de la propaganda, esa estrategia de manipulación de masas perfeccionada por Joseph Goebbels durante el régimen Nazi y tan popular también en el otro totalitarismo stalinista. Pero no por suave es menos peligroso, adictivo y dañino para la vida democrática. El marketing político es propaganda “sin alcohol”, pero no sin azúcar. Y una adicción a las bebidas azucaradas es también dañina.

Afiche de propaganda conmemorativo del partido NSDAP. Nuremberg 1933. Fuente: Alexander Schulz

El marketing político substituye el contenido por la forma: lo importante no es tener un buen candidato, con ideales claros y nobles, principios firmes y muchas ideas. Lo importante más bien es cómo ven las masas al candidato, cómo retrata en televisión, si da la apariencia de ser una persona confiable y amable; o más bien parece un arrogante y egoísta.

En la última década el marketing político ha acaparado la mente y la imaginación de los estrategas de campaña, y ha substituido la creación de un discurso coherente y la presentación de una visión política esperanzadora, ambiciosa y de grandes horizontes, por la obsesión con la apariencia y con los aspectos más triviales del candidato o la candidata: si usa o no bigote, si se presenta con falda o pantalón; si utiliza saco o chamarra; si va o no con corbata; si utiliza colores obscuros o colores pastel; si tiene un “distintivo” como un zarape, o un rebozo.[2]

No es de extrañar por eso ni el hartazgo ni la rabia de millones de ciudadanos frente a campañas insípidas, con las mismas promesas vacías de siempre, las mismas fotografías y frases huecas de los candidatos.

La homogeneidad en los diseños visuales y auditivos de las campañas, y la nula creatividad en la propuesta, deja entrever que en México no existen suficientes agencias de marketing, o que todos los partidos recurren a las mismas malas agencias.

El marketing político, con el complemento de la obsesión por las encuestas, es la mezcla perfecta para reducir el ejercicio político y las campañas para ganar el voto ciudadano a algo similar al lanzamiento y la colocación en el mercado de un nuevo champú o de una crema de afeitar.

Fuente: El País

Uno de los “méritos” del marketing político, es haber transformado el periodo de campañas en México en las semanas más desagradables para ver la televisión o escuchar la radio; bombardeados por anuncios insulsos e idénticos entre sí, la mayoría de los mexicanos añoramos el fin de las campañas y el retorno de los anuncios insulsos e idénticos entre sí de productos, no de candidatos.

La carencia de una visión y formación política sólida, así como los excesos cotidianos del marketing político llevan a muchos mexicanos a pensar que para la llamada clase política México es más un botín, que una promesa; un botín del que hay que apoderarse a toda costa. Un botín de privilegios económicos y jurídicos que permite, a quien es lo suficientemente descarado y temerario, tener más que los demás, violar la ley con impunidad y abusar de los otros.

La actitud cínica y destructiva de tantos políticos muestra que, aunque añoran y viven para alcanzar el poder, no saben qué es el poder, ni para qué sirve: “Macht bessesen, macht vergessen” en la concisa y contundente frase de Richard von Weizäcker[3].


[1] Al respecto es enormemente interesante el artículo de la historiadora Jill Lepore, “The Lie Factory,” New Yorker, 24 de septiembre del 2011. Véase también Robert Shiller y George Akerlof,  Phishing for Phools (Princeton: Princeton University Press, 2015) en específico el capítulo 5 “Phishing in Politics”.

[2] De nuevo es recommendable Jill Lepore, “Politics and the New Machine,” New Yorker, 16 de noviembre de 2015. Y Jill Lepore, “The Party Crashers,” New Yorker, 22 de febrero de 2016. También es muy enriquecedora la reflexión de David Axelrod, Believer (Nueva York: Penguin, 2015) Pg. 74 ss. David Axelrod fue estratega de las campañas de Obama.

[3] La frase podría traducirse así: “Nuestros políticos están poseídos por el poder, y se han olvidado de para qué sirve el poder”. Y era una de las frases de Richard von Weizäcker, sexto Presidente de la República Federal Alemana. Debo la referencia a Mathias Geffrat, „Können Protestbewegungen etwas ändern? Eine Zwischenbilanz der Proteste. Teil 3 von 3.” [¿Pueden cambiar algo los movimientos de protesta? Un balance intermedio de la protesta. Tercera de tres partes.] Programa radiofónico “Essay und Diskurs” emitido el 4 de marzo de 2012.

Con la mirada en la JMJ

Con la mirada en la JMJ

Por Salvador Fabre

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“Luz para ver, fuerza para creer”, así resumía Mons. Fernando Ocáriz, Prelado del Opus Dei, la actitud de aquella persona que está en búsqueda de su vocación, de su camino divino en la Tierra. Cabe suponer que muchos de los miles de jóvenes que participarán en la próxima Jornada Mundial de la Juventud en Lisboa, tengan el tema rondando su cabeza y su corazón.

Pienso que la Iglesia es algo muy grande. Las JMJ son una muestra de lo que afirmaba Benedicto XVI recién elegido, al rememorar la muchedumbre de jóvenes que acudió a venerar los sagrados restos de san Juan Pablo II: “La Iglesia está viva y es joven.” Resulta algo realmente admirable, que me atrevería a calificar de sobrenatural: a pesar de los múltiples escándalos en los que se ha visto inmiscuida la jerarquía de la Iglesia recientemente, la gente tiene fe, los jóvenes tienen fe, acudirán una muchedumbre de ellos a Lisboa y a Fátima para estar con el Papa y visitar a la Virgen. Es una muestra palmaria de que la persona humana, en su interior, tiene sed de Dios, hambre de Dios, necesidad de trascendencia, instinto de lo sobrenatural.

Las JMJ se suceden con regular cadencia, desde que san Juan Pablo II tuviera esa divina inspiración -curiosamente gracias a la ONU, que proclamó 1985 como Año Internacional de la Juventud– y fue precisamente Buenos Aires 1987 la primera que tuvo esa entraña universal. Como su nombre lo indica, son para jóvenes -entiéndase, personas con menos de 30 años-, sin embargo, como Iglesia estamos todos involucrados. ¿Por qué? Porque, como dice san Ambrosio: “Ubi Petrus, ibi Ecclesia, ibi Deus” (Donde está Pedro -el Papa- ahí está la Iglesia y ahí está Dios). Y en las JMJ está el Papa y con él la esperanza de la Iglesia.

No podemos dudar de que los jóvenes son el futuro de la humanidad, y los jóvenes católicos son el futuro de la Iglesia. Tampoco podemos ignorar las matemáticas, y es un dato que la práctica de la fe en los jóvenes ha disminuido drásticamente desde la muerte de san Juan Pablo II. Sin embargo, en las JMJ el Espíritu Santo nos ofrece una bocanada de oxígeno y nos muestra, a pesar de las estadísticas, que “la Iglesia está viva y es joven.” Ahora bien, las JMJ tienen un punto débil, o un efecto perverso no buscado. Quizá exagero con la palabra “perverso” porque simplemente se trata de convertirse en la ocasión de realizar “turismo espiritual.” Es decir, pueden vivirse sí, cristianamente, pero con una profunda superficialidad: como una ocasión de viajar y, si tienes suerte y eres capaz de colarte -toda una aventura- tomarte un selfie con el Papa. Para muchos jóvenes ésta es la meta, de modo que la JMJ pase en su vida como el agua sobre las rocas, sin dejar rastro, como un cúmulo de gratos recuerdos.

Por eso, insisto, la JMJ nos compete a toda la Iglesia -militante, purgante y triunfante-, para que unidos en torno al Papa y en nombre de Cristo, le pidamos a Dios que haya multitud de decisiones de entrega a Dios. La Iglesia lo necesita. Es un dato objetivo que han disminuido drásticamente el número de vocaciones sacerdotales y, sobre todo, las religiosas. Puede verse en el Anuario Pontificio, los números no mienten. Es verdad que todos ponemos nuestro granito de arena en la Iglesia, desde ayudar con ropa vieja, a participar en una misión o colaborar con una catequesis semanal. Pero para que la Iglesia, la gran familia de Dios con los hombres, subsista, no son suficientes las ayudas “part time”, se requiere vivir como los primeros cristianos, como los apóstoles, que sentían el llamado de Jesús y le seguían, le daban toda su vida, no las sobras. En este sentido, no podemos olvidar que “la Eucaristía hace la Iglesia y que la Iglesia hace la Eucaristía.” Para que haya Eucaristía y por lo tanto Iglesia, se necesitan sacerdotes. Personas que le dan a Dios a través de la Iglesia, toda su vida, normalmente desde la juventud.

Pedir por los jóvenes que asistirán, o por los que la verán a través de los medios de comunicación, para que el Espíritu Santo encuentre el camino para tocar sus corazones y les de “luz para ver y fuerza para querer” de modo que más allá del “turismo católico” haya abundantes decisiones de entrega a Dios. La juventud es, en efecto, el momento preclaro para sentir el llamado de Dios y de seguirlo. La oportunidad de comenzar una gran aventura divina y humana, donde el amor une la libertad de Jesús que elige con la de la persona que corresponde a su amor.

Las armas que nos rodean

Por Ulises Vargas

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Hace algún tiempo leí el artículo de José Manuel Ampudia: “A gram per gun”. El cual plantea la idea de que a Estados Unidos le debe interesar el tema del tráfico ilícito de armas en México, pues ellos a su vez sufren de muertes por sobredosis; es decir, un problema de legalidad y seguridad en México tiene consecuencias en la salud pública (y en la seguridad), en nuestro país vecino.

La idea planteada dejó la curiosidad en mi para entender un poco más el fenómeno, pues no en balde la Secretaría de Relaciones Exteriores ha emprendido una demanda en contra de empresas de ventas de armas en Estados Unidos, debido a la laxitud de sus normas que permite la adquisición legal de armas de alto calibre, que terminan en el mercado negro mexicano.

Al intentar adentrarme a este fenómeno me encontré con varios elementos, el primero de ellos: se trata de un análisis de mercado donde encontramos: incentivos, costos, precios, clientes, oferta, demanda, etc; por lo que entender la economía y el comercio de este mercado, es importante para poder analizarlo.

El segundo elemento: hay características socioculturales, tanto en México como en Estados Unidos, que impregna la toma de decisiones.

El último elemento: en México, tanto el Estado como la sociedad, no le han dado la justa dimensión a esta problemática. En Estados Unidos existen cuando menos una docena de asociaciones y grupos en contra de las armas, esto permite un debate abierto.

Regresando al punto del artículo: “A gram per gun”. Me pregunté si realmente había una relación entre muertes por sobredosis en Estados Unidos y la venta de armas en México. La respuesta rápida es NO. Busqué datos de la Agencia de Tabaco, Alcohol y Armas de Fuego (ATF), y del Centro para el control y Prevención de Enfermedades (CDC). Mediante un ejercicio de regresión simple, analicé los datos encontré que no hay una relación significativa entre ambas variables. El resultado era más o menos previsible, pues hay muchos otros factores de detonan ambos fenómenos.

De este ejercicio aprendí que a pesar de las restricciones legales para la portación de armas en México, hemos normalizado el hecho de que las armas van más allá del control del Estado; que además de grupos de presión, organizaciones y asociaciones que hablan acerca de la seguridad, no hay ninguna que se dedique a poner en la agenda pública el fenómeno del tráfico ilegal de armas en nuestro país, de hecho, en México no hay estadísticas acerca del tráfico ilegal de armas, los datos los tiene Estados Unidos.

Este fenómeno tiene muchas aristas, desde lo social, cultural, hasta lo económico, político y comercial. Hay muchas lecciones por aprender y esta primera aproximación me incentiva provoca que se indague más y en el futuro cercano, incidir en políticas públicas que beneficien a nuestra sociedad.

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