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Evolución o degeneración: Emojis, lenguaje y comunicación

Evolución o degeneración: Emojis, lenguaje y comunicación

Por Doris Morales

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Según las estadísticas de Unicode, el 92% de la población mundial que utiliza redes sociales incluyen los emojis en sus comunicaciones. Estos emojis representan rostros, edificios, alimentos, animales, banderas e incluso tienen la capacidad —o se la hemos otorgado— de simbolizar sentimientos, estados de ánimo, ideas y el contexto cultural de los usuarios.

Un emoji es una representación gráfica: un pictograma. Entonces, ¿cómo es que los pictogramas se “colaron” dentro de nuestra comunicación escrita? Para empezar hay que comprender que un pictograma siempre es referencial a un objeto, por lo que el dibujo o signo gráfico expresa un concepto que se relaciona con el objeto.

El uso de los pictogramas tiene sus raíces en la prehistoria, cuando el ser humano sentía la necesidad de materializar las vivencias o aconteceres diarios mediante las pinturas rupestres. Todo esto previo al desarrollo del lenguaje. Con el surgimiento de la escritura, la importancia de los pictogramas aumentó para representar realidades, símbolos y creencias. 

Como ejemplo tenemos a los egipcios, quienes durante su período clásico, utilizaban cerca de 700 signos diferentes, sin embargo para los últimos siglos de su historia alcanzaron más de 5,000 signos. El diseño de los pictogramas y su evolución dio origen a las primeras representaciones de la escritura cuneiforme. 

Kharga, Egipto. Foto: L. Escabia.

Pero si la evolución de los pictogramas dio como resultado el desarrollo de la escritura y posteriormente la aparición del alfabeto ¿por qué seguimos incorporando símbolos gráficos en nuestros textos?

Los pictogramas facilitan la comunicación y derrumban las barreras del idioma debido a que pueden ser comprendidos universalmente; tal es el caso de la señalética urbana como las señales de alto, siga, vuelta a la derecha y curva. La música o el dibujo arquitectónico también son considerados un lenguaje universal ya que no están supeditados a ningún idioma en particular. 

La intención de expresarnos de manera más puntual y exacta nos orilla a buscar alternativas y elementos que precisen la idea que buscamos comunicar. Resulta importante recordar que a diferencia de la comunicación oral, la comunicación escrita no posee entonación, lenguaje corporal y expresiones faciales que nos ayuden a expresarnos con mayor especificidad. Sino que, por el contrario, la comunicación escrita, conlleva cierta ambigüedad. 

Así que los emojis  —como la señalética urbana— son un lenguaje universal. Aunque no son un idioma establecido, facilitan y permiten una comunicación global. Pueden ser considerados un lenguaje paralelo, para un grupo específico de personas definidas por el emisor.

Emojis. Por Roman Odintsov.

Agnese Sampietro, doctora en Lingüística, afirma: “en las interacciones cotidianas entre personas cercanas como familia o amigos los matices extralingüísticos son muy relevantes. Estos usuarios en la comunicación cotidiana quieren entenderse y mantener sus lazos de amistad y afecto. De ahí que las caritas con expresiones positivas sean las dominantes. En otros contextos el uso puede ser diferente”.

Expresarnos de manera más específica, subrayar nuestra intención, matizar nuestro mensaje, reducir la ambigüedad, mostrarnos cercanos, generar ambientes de conversaciones relajadas, expresar nuestros sentimientos y emociones son algunas de las razones del uso de los emojis en nuestras conversaciones cotidianas. 

El uso de los emojis no solo es exclusivo del contexto cultural en el que nos encontramos  sino también depende de la persona quien los usa. Algunos emojis son personalizados por el usuario —el color de piel, el color de cabello— y forman parte de sus elementos de expresión cotidianos.

Estos elementos complementan la comunicación escrita y sin embargo no sustituyen la riqueza lingüística propia de los idiomas.

¿El lenguaje evoluciona o se degenera? Algunos expertos comentan que el lenguaje no puede degenerarse, sino evolucionar. De forma constante, ciertas palabras de nuestro idioma tienden a desaparecer ya que lo que significan deja de existir, se sustituye o cambia su connotación. Por otro lado, también importamos palabras o términos de otros idiomas y los utilizamos en nuestro día a día, por ejemplo: closet, clickear, kindergarten, volován, y muchas otras.

Esto mismo ocurre con los emojis, los incorporamos a nuestras comunicaciones escritas para profundizar y contextualizar nuestros diálogos. Acompañan  nuestros mensajes para darles un sentido más cercano y cálido a nuestras conversaciones. Crean momentos de empatía y ayudan a generar recuerdos, ya que relacionamos los emojis con expresiones propias o expresiones utilizadas por nuestro receptor.

Nos imaginamos a nuestro receptor diciendo el mensaje, sonriendo de medio lado o cerrando un ojito. Normalizamos el uso de emojis para darle un significado más profundo a nuestros mensajes y hemos aprendido a diferenciar la comunicación formal de la casual o de la familiar.

Adoptamos emojis como sello personal, nos identificamos con ellos, ya que a través de un símbolo podemos comunicar más de lo que podríamos expresar con una sola palabra. El lenguaje no se degenera, se enriquece con las adecuaciones e incorporaciones que día a día se suman a nuestro bagaje oral y escrito. 

El lenguaje y la escritura son, como todo, hijos de su tiempo. No puedo imaginarme a Charlotte Brontë escribiendo Jane Eyre e incorporando emojis. Pero, ¿qué sucedería si un joven reinterpretara este clásico de la literatura con la ayuda de los emojis? ¿Estaría adaptándose a su tiempo, contextualizando la lectura y tendríamos como resultado una versión más gráfica, cálida y sobre todo universalmente comprensible? 

Cara divertida con relleno sólido
Evolución o degeneración: Emojis, lenguaje y comunicación

Realidad difusa: entre el byte y el átomo

Por Diego González, DJ y Andrea Fajardo

Paracelso, el padre de la toxicología, afirmó “dosis sola facit venenum”; sólo la dosis hace al veneno. Una dosis exacta y medida puede ser medicinal, pero si cae en el exceso, o si la dosis se pasa medio gramo puede ser fatal. Todo es veneno y nada es veneno; el veneno se conforma por la dosis. La sal puede resaltar los sabores de la comida, pero bastan 60 gramos de sal (ingeridos de golpe) para envenenar a alguien. Del mismo modo, las redes sociales y la digitalización puede tener un gran provecho, pero una dosis inadecuada y excesiva puede causar males, al grado de intoxicar y provocar adicción.

El mundo ha cambiado, la realidad es difusa: nos movemos entre el byte y el átomo. Quizá esto resulte más claro para los millenials y los nativos digitales. Muy a menudo se bromea, con que los niños ahora nacen con el chip incluido; es normal que se acostumbren rápidamente a las nuevas tecnologías, las redes sociales y la digitalización, si desde temprana edad tienen acceso a un celular, una Tablet o una computadora. La tecnología y las plataformas son intuitivas y accesibles para cualquier edad. Se busca la simplicidad, para que –en palabras de Steve Jobs- hasta un niño pueda utilizarlas.

Sin embargo, deberíamos plantearnos seriamente qué tan saludable es que un niño –y nosotros mismos- pase tantas horas frente a una pantalla. Incluso Steve Jobs regulaba -al igual que otros desarrolladores de Silicon Valley- el uso de la tecnología y gadgets a sus hijos. Prefieren que se críen con juguetes tradicionales y libros. Si los creadores, desarrolladores y expertos lo hacen, algún motivo de peso tendrán. No me refiero únicamente a la salud física (problemas visuales ocasionados por la luminosidad de las pantallas), distorsiones cognitivas, sino también a la salud emocional y la capacidad de comunicación. 

Paradójicamente, en la era de la comunicación estamos incomunicados. Podemos escribir, hablar y enviar vídeos a alguien que está en el otro lado del mundo, mientras nos sentamos en silencio, mirando nuestras pantallas, sin importar que estemos en una cena familiar o con amigos. Me pregunto si la comunicación es más efectiva en un grupo de Whatsapp que cara a cara. 

Todos buscamos relacionarnos lo mejor posible con la realidad que nos rodea. Quizá antes era mucho más claro, cuando vivíamos únicamente a nivel atómico. La realidad se ha bifurcado y su frontera es difusa; debemos aprender a movernos y comunicarnos entre lo digital y lo analógico. 

Foto: Billow926

Todos buscamos relacionarnos lo mejor posible con la realidad que nos rodea. Quizá antes era mucho más claro, cuando vivíamos únicamente a nivel atómico. La realidad se ha bifurcado y su frontera es difusa; debemos aprender a movernos y comunicarnos entre lo digital y lo analógico. 

La finalidad de la tecnología es facilitar la vida diaria; nos hemos acostumbrado y ahora nos resultaría casi imposible vivir sin ella. Antes de salir de casa revisamos que no nos falten las llaves, la cartera y el móvil. Ahora nos es indispensable. La tecnología y la digitalización es una herramienta útil, pero no debemos dejarnos encantar por completo, sin considerar sus puntos críticos. La dosis hace al veneno, pero también hay que considerar los usos. El cuchillo es una herramienta de cocina útil y necesaria, pero un cuchillo también puede utilizarse con otros fines y dar muerte. Los usos y finalidades son importantes para toda herramienta, que con un uso inadecuado puede convertirse en arma.

Algunas estadísticas de Global Web Index señalan que los usuarios pasamos en promedio de dos a tres horas diarias en plataformas digitales, lo que corresponde a 90 horas por mes; lo que significa que en un año, un mes entero corresponde a una vida online. Por la pandemia las horas se han incrementado y algunos comportamientos han cambiado. Comenzamos a vivir la digitalización en toda su potencialidad: clases en línea, Webinars, exámenes profesionales y fiestas por Zoom. Y aunque en un principio parecía idílico, el cansancio de las pantallas, las juntas interminables han comenzado a cansar a los usuarios; sin mencionar que el trabajo se ha infiltrado en la casa, borrando la delgada línea de la privacidad. Aunque carguemos siempre con un móvil, esto no debería implicar que estemos siempre disponibles.

La comunicación es un rasgo de la humanidad. Nos comunicamos de forma oral, escrita y corporal. Somos seres sociales y como tales interactuamos en el entorno que nos rodea y en la realidad virtual. Así como existen códigos de etiqueta y de conducta; en la vida online se han desarrollado códigos de comportamientos implícitos que median con el modo de interactuar entre usuarios. La interacción y comunicación se expresa en likes, comentarios, retweets, compartir publicaciones, memes y en algunos casos generar contenido que a su vez pretende causar las reacciones anteriores. 

El mundo online –bytes- y el mundo offline –átomos- se unen cada vez más; lo que parecía ciencia ficción de películas de Hollywood o de la serie Blackmirror, es casi por completo una realidad. Asombroso y perturbador al mismo tiempo: Unheimlich, la estética de lo siniestro. 

Foto: Daria Shevtsova

Irónicamente las redes sociales están creando gente solitaria –una gran paradoja- cuando uno de sus objetivos es ser una forma de enlace entre quienes están separados por grandes distancias. La causa de esto es que hemos dejado de interactuar con quienes están a nuestro alrededor para poder actualizar nuestro estado o hacerle saber a los demás lo que hacemos. ¿Cuántas veces no se enfría un platillo sólo por fotografiarlo? ¿Cuántas horas perdemos intentando encontrar el mejor ángulo? ¿Qué tan real es un momento de Instagram? 

Esto puede ocasionar que nuestras relaciones interpersonales se vean afectadas, hasta el grado de terminar totalmente alejado de nuestros seres más cercanos. Podemos evitar la soledad creada por redes sociales si en vez de pasar tanto tiempo compartiendo estados en Facebook, Instagram, Twitter etc. nos vemos con nuestros familiares y amigos para pasar un rato agradable. 

El hombre moderno vive en un mundo globalizado que transforma de manera acelerada las formas de interacción y comunicación; el impacto del uso de las tecnologías de la comunicación (TIC) acerca y separa –simultáneamente- la comunicación entre individuos. Hace décadas que el ser humano dejó la vida en comunidad y comenzó a aislarse cada vez más, reemplazando las relaciones interpersonales por vínculos virtuales.

La adicción a las redes sociales produce un rápido cambio en la vida de las personas; se crean nuevos hábitos, costumbres, formas de relacionarse y comunicarse, nuevos métodos de búsqueda de información. Pero un aspecto modificado para mal es la falta de resistencia a la frustración, ocasionada por la inmediatez con la que se obtienen las respuestas en la red y sobre todo las deficiencias para interactuar y hacer amigos en el mundo real.

Foto: Roman Odintsov

Las redes sociales fueron creadas con la intención de ser adictivas; aplican la psicología justamente para ello; porque mientras más horas pasamos en ellas -además de conocernos mejor, persuadirnos, polarizarnos y masificararnos- perfeccionan su producto: nosotros. Diversas investigaciones han coincidido en que el prolongado uso de Internet, especialmente de las redes sociales, han deteriorado claramente las habilidades sociales. 

La dosis hace al veneno. La dependencia por el uso excesivo de la vida online puede trastornar la vida offline y producir los mismos síntomas que se manifiestan en otras adicciones. La dependencia comienza por la búsqueda de algo que complete la existencia; lo que significa que el individuo atraviesa una crisis y en el momento de mayor vulnerabilidad puede caer en una adicción, con la que se pretende subsanar el vacío a través de un objeto. Intentamos llenar los vacíos con los likes de nuestras fotos y publicaciones o de distraernos –para matar el tiempo y no pensar- deslizando infinitamente nuestro dedo en la pantalla. Nos desdibujamos al convertirnos en un simple perfil construido por un algoritmo que nos conoce mejor que nosotros mismos. Las dependencias son conductas que alteran el funcionamiento del individuo en todos los ámbitos de su vida, afectando la comunicación, las interacciones y las habilidades sociales.

Foto: Oleg Magni

Otro peligro, especialmente para los adolescentes, son los estándares impuesto por redes sociales, como Instagram, Facebook y TikTok que pueden aumentar o disminuir la autoestima de los usuarios. Es importante considerar el aumento en la tasa de suicidios entre adolescentes, por la imposibilidad de compatibilizar sus propias vidas con los estereotipos de las imágenes con las que a diario son bombardeados; así como el aumento de cirugías estéticas en jóvenes, que quieren parecerse cada vez más a los filtros de las aplicaciones.

Como toda herramienta, puede usarse para construir y destruir. El aspecto constructivo consiste en la practicidad de algunos usos, la facilidad para encontrar información, la comunicación a pesar de la distancia e incluso evangelizar. Además, es posible estrechar puentes generacionales. Casi todas las actividades de los millenials y nativos digitales tienen como intermediario un móvil, una consola o una computadora; mientras que la generación anterior nos es tan cercana a las nuevas tecnologías. Los analfabetas digitales se han apoyado de los millenials, los nietos ayudan a los abuelos a enviar fotografías por Whatsapp, los padres tienen perfiles de Facebook e incluso las iglesias han buscando la ayuda de los más jóvenes para poder transmitir las misas por Youtube

Todo es veneno y nada es veneno, sólo la dosis hace al veneno. Es preciso encontrar la medida adecuada, para no caer en el exceso. El buen uso y tiempo de la tecnología, el Internet y las redes sociales es el medio para equilibrar y combatir el mal uso estas herramientas. No es preciso prohibir el uso, sino limitarlo de la manera adecuada, enseñar a nuestros hijos a administrar el tiempo. Dividir el día en horas y para cada actividad establecer horarios. Durante este tiempo de encierro, intentemos pasar tiempo de calidad con nuestros hijos y no frente a las pantallas. Es necesario no caer en los extremos de la digitalización; como tristemente ha ocurrido en algunas sociedades, por ejemplo la japonesa. En Japón se han abierto centros de desintoxicación de Internet. 

Foto: Mikoto Raw

Los hikikomori son los jóvenes y adolescentes que se recluyen de la vida familiar y social física, que sin embargo en el encierro mantienen una intensa actividad en la red y su comunicación se limita a otros, que como ellos, prefieren interactuar tras las pantallas. La competitividad, problemas psicológicos y una sociedad hiper disciplinaria son las principales causas de la reclusión. Incluso la pandemia ha reforzado esta tendencia.  

Ahora la realidad es difusa: existimos entre los bytes y los átomos y aunque es necesario movernos entre ambos mundos, no debemos olvidar que los bytes son una herramienta que debemos saber usar, pero que somos más que los datos de un algoritmo y más que un usuario. No todo lo que se muestra es auténtico. Pasemos de la apariencia, que nos vuelve más superfluos y banales, a la verdadera interacción y comunicación: el binomio tú y yo. El mundo va más allá de una pantalla: “dosis sola facit venenum”. 

MDNMDN