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Quizá inevitable

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“Quizás sólo sea necesario esperar que la rueda de su tiempo vuelva a pasar frente a nosotros
y nos permita entender que nos resulta inútil ir en busca de aquello que jamás estuvo perdido”.

Docuserie “Historia de América latina”, Los mayas (ep 6).

“Disculpe, señora, ¿puedo hablar con usted un momento?” “Dicen que ustedes los mexicanos eran muy abiertos y es posible entablar este tipo de conversaciones casuales entre extraños. Ah, sí, soy extranjera, pero en esta década ya nadie es de ningún lugar. Todos nos hemos mezclado y los trabajos son muy fluctuantes como para arraigarse a una ciudad. Un día estás en una ciudad cálida, otra en una construida en las montañas y en otra te aventuras a las ciudades Isla o penínsulas que están semi tragadas por el agua. ¿Español? Ah, sí, lo hablo, verá, eso de la lengua universal nunca funcionó. Fue mucho más importante aprender todos los lenguajes posibles, dicen que sí hay algo más vital para el hombre no es que todos nos entendamos, sino que unos pocos nos entendamos, la exclusión siempre existirá, porque el poder siempre será lo más importante, al final, hablar español fue un idioma muy necesario para la supervivencia de la mayoría en ciertas ciudades y para entablar ciertos negocios, por eso lo hablo. Sí, al final no cambiamos mucho. Por eso ustedes son verdaderamente un “país” muy interesante para nosotros los de afuera. ¿Mi nombre? Samanta. Sí, aún tenemos nombres, ¿quién le contó eso de los números? Lo que usted menciona quizá es el número de cuenta encriptado para identificarnos que traemos en el celular, muchas veces más importante que el nombre, lo admito, pero aún no hemos abandonado su uso. Bueno, ¿puede dejar de hacer tantas preguntas? Yo de lo que quiero hablar es Edge of Domino. ¿Oyeron hablar de él? Sí, fue una gran tragedia. ¿Le molesta si lee esta carta?”

”¿Qué le pareció? Sí, yo no la entiendo muy bien. Pero Tadeo, un muchacho de por acá… ah, sí, ese.  ¿No sabía que también es famoso afuera de su país? Nos ha llamado mucho la atención lo que él hace. Las plantillas que crean las inteligencias artificiales nos acostumbraron a algo muy concreto en los programas, y ver algo tan diferente nos llamó la atención al instante. Además de que ayuda a los que quieren mudarse a este mundo. En fin, el chiste es que él me dijo que esta carta pudo evitar la tragedia. Pero aún no veo por qué sería ¿Que quién la escribió?”

Samanta estaba pensativa, sintió un nudo en el pecho, estuvo a punto de llorar, y la señora, pese a sentirse algo asustada por ciertas cosas que le había escuchado decir y que no tenían nada de sentido, no pudo evitar sentir cierta empatía y le colocó la mano en el hombro.

México era un país que, como Cuba, se convirtió en una cápsula del tiempo, aislado de todo el mundo. Pero no por un dictador, ni nada por el estilo, sino por un extraño fenómeno que no nos detendremos explicar, ya que sólo una persona con un grado avanzado en el estudio de la física cuántica y, extrañamente, de la alquimia y mitología podría entender. Sólo digamos que México, o la Ciudad de México para ser más precisos, desapareció, el mundo cambió y, de la nada, volvió a aparecer. Claro, había una diferencia, este México, pese a conservar cosas de ese pasado de la humanidad, lucía muy diferente, como si hubiera sido más bien reconstruido al momento antes del desastre ecológico que vivió y su desaparición, era una Ciudad de México con canales de agua, trajineras y canoas, pero con una extraña tecnología que a veces parecía magia.

Cuando ocurrió la reaparición de México en el mapa, Samanta jugaba un juego con una inteligencia artificial que estaba diseñando, se llamaba: la última palabra. Consistía en un simple juego de dominó. El detalle era que una alarma era programada de manera aleatoria. Si esta sonaba, los jugadores debían de parar el juego y colocar dos fichas de su mano en la mesa. Si sólo le queda una, se le daba una aleatoria de la mano del contrincante, en caso de que no haya ninguna sobrante o también el contrincante sólo tuviera una, el programa les daba una aleatoria de las que se hayan jugado. Cada uno debía decir un número, quien se acercara más al número total que sumaban ambas fichas de su contrincante, ganaba el juego. Era interesante, puesto que a veces, la partida terminaba y no sonaba ninguna alarma, en ese caso, ganaba el que ganaba la partida normal. Lo cuál lo hacía un juego con muchas posibilidades y muchas estrategias que podrían ser arruinadas si la suerte no te sonreía. En el programa que jugaba, habían varios niveles, donde según el nivel, los algoritmos de la máquina se iban haciendo cada vez más complejos y la máquina tenía herramientas para predecir mejor qué ocurriría después.

Este cochino juego le costó su trabajo y su relación, pues aunque su novio al principio la ayudaba con la programación, luego de un rato le pareció muy ridículo y frustrante. Pero ella estaba empecinada por lograrlo, se lo debía a su hermanita quien, víctima de tantas enfermedades nuevas, se la pasaba todo el día en la cama y le pidió un juego que la mantuviera entretenida y le enseñara cómo funcionaba el mundo de afuera, pues temía que el encierro le haría difícil entender al mundo si alguna vez lograra salir. El prototipo salió muy bien. Pero su hermana tenía una queja algo extraña e inesperada.

—¡Quiero sentir que la máquina es superior! Quiero que pueda ganar más veces que las que yo hago para sentir un verdadero reto ¿Te acuerdas del video que me dejó ver el doctor? Era de un filósofo y un poeta que hablaban sobre un texto de un escritor muy antiguo llamado Ted Chiang (¿Sí se llamaba así?). Bueno ahí dijeron algo raro, de que la vida ya escribió nuestro final, y que nosotros no le podemos ganar, sólo fingir que lo intentamos y, al final, ganamos así.

—¿Y eso qué quiere decir?

—¡No tengo idea! Pero si arreglas el juego para que pueda predecir mejor las tiradas quizá lo entienda.

—¿Y por qué quieres entender eso?

—¡Porque lo necesito! —gritó entre lágrimas.

Su hermana murió tres días después, y ella, víctima de una severa depresión, decidió lograr mejorar la inteligencia artificial. Quizá si ella entendía esa frase gracias al juego se sentiría mejor. Se dio cuenta de que, para hacerla más perfecta, no sólo debía de contar de una manera eficiente las fichas del juego para tratar de predecirlas, sino también debería de poder predecir la aletoriedad del otro sistema de tiempo para saber cuándo sonará la alarma, además de volver más eficientes los cálculos que necesita para ganar, pues el exceso de cálculos, alentarían el proceso. Aunque ahí estaba el detalle ¿Cuántos cálculos eran suficientes?

Finalmente, después de varios intentos, estaba frente al nivel legendario, creía que lo había logrado, pues la maestría que mostró durante el juego normal de domino era diferente, como si cada pieza que tiraba, cada error, cada cosa que permitía que pasara, cada ficha que comía estuviera fríamente calculada. Sonó la alarma, y Samanta se excitó. ¡Sonó justo cuando ella se deshizo de su tercera ficha y sólo le quedaban dos! Eso quería decir que todo había sido fríamente calculado para facilitar el cumplimiento de su labor:

—Estas son mis dos fichas —escribía la inteligencia en la bandeja de texto— ¿Me muestra las suyas?

—Sí, claro. Estoy emocionada por perder.

—¿A qué se refiere? ¿No se trata de ganar?

—Es que yo gano si tú ganas.

—¿Es una trampa? ¿Cómo que usted gana si yo gano?

—Ambos ganamos si tu aciertas, a eso me refiero. Verás, se lo debo a alguien que quiero. Si tu triunfas yo ya no le deberé nada y me sentiré tranquila con mi espíritu. Realizada.

—¿Entonces ambos ganamos si te sientes realizada? ¿Qué se requiere para que te sientas realizada?

—Bueno, si descubro el significado de una frase luego de terminar el juego, entonces no le deberé a alguien a quien quiero, supongo. Aunque, ahora que lo reflexionó, es una victoria agridulce. Porque me hubiera gustado hacerlo a tiempo. ¿Me explico? Pagarle a una persona que amo cuando aún puedo. Ayudarla y darle cariño cuando aún vale la pena, ¿no crees? —sintió como si una revelación terrible estuviera apunto de ocurrir, una que la haría romper la máquina de ira, esa máquina no le iba a regresar a su hermana con una estúpida reflexión filosófica, y había perdido todo por recuperar un fantasma. Pero, antes de poder hacerlo, las palabras de la computadora la intrigaron de sobre manera.

—En ese sentido, si logro hacer que la jugada más imposible de la realidad, salvar al prójimo, se realice, todos ganamos, ¿no?

—No hables más, suenas muy raro. Sigamos con el juego. A ver, me toca adivinar tus fichas. “Declaro que tus fichas sumarán un número cercano al 27”. ¿Tu predicción?

La máquina no respondía. Sólo aparecía la leyenda “formulando cálculos” ¿Qué tanto formulaba? ¿No ya la había atrapado y sabía cuáles eran las dos fichas que le quedaban? ¿O ella había mal entendido el proceso y sólo fue la casualidad? Estaba impaciente, ya casi llevaban dos minutos, y la inteligencia no respondía. Ella trató de reiniciar, pero sólo lee salió una ventana con el anuncio: por favor, espere a que se termine de realizar el cálculo pertinente para el juego de la vida.

Se impaciento un poco, trató de ver si estaba trabada o qué, pero sólo no respondía ¿Habrá sido demasiado que falló al final? ¿O fue esa rara charla que sobrecargó con información innecesaria? Después de todo, es una máquina que no busca hacer todos los cálculos, sino los cálculos altamente eficientes; charlas demás podrían poner en riesgo su cálculo, ¿o no? ¿Esa rara charla fue predeterminada para alterar algunos cálculos más? ¿Cálculos de qué? Finalmente, llegó un mensaje a su bandeja y lo leyó:

—Lo lamento, hemos perdido los dos.

—¿A qué te refieres no puedes calcular el número?

—No es eso, es que el amor de su vida se suicidará en cinco días, y usted no podrá llegar a tiempo para hacerle saber que usted existe, y que se pueda permitir otro día más de vida. Le deberá una persona que ama sin saberlo, y esto ninguna máquina lo podrá arreglar.

—¿Qué diablos dices? —reflexionó— ¿Sergio está bien? —Se estremeció— ¿Estás diciendo que me equivoqué con él? Maldición. Sabía que había algo raro con el hecho de que no me llamara más ¿Le dolió tanto nuestra ruptura?

—Sergio es uno de los amores de tu vida, pero no corre ningún peligro. No sé qué le deparará el destino, pero a él no le debes nada, mi cálculo sólo aplica a él hasta ayer.

—Momento, ¿entonces, por qué lo llamas amor de mi vida? ¿No sólo hay uno?

—Usé sus terminologías, el amor de tu vida es alguien que te trasforma, que su presencia sólo te hace creer que tu vida se transcribe a su alrededor y una vez que se va, te mata, para comenzar una nueva vida, una resurrección donde puede haber otro amor de tu nueva vida. El amor es el fénix humano. A veces con uno basta y mueres antes de saber que habían otros. En realidad, por probabilidad, la mayoría de la gente tiene 27 amores de su vida (dependiendo de la cantidad total de población en el mundo), algunos más otros menos, sólo que el esparcimiento de estos y el timing es tan variable que tal vez sólo conozcas a dos o tres, o a uno. En tu caso, hay varios chicos y chicas que cumplen con las características para transformar tu vida. Eres de las afortunadas, pese a que desperdiciaste gran parte de tu tiempo programándome, aún estás en buen momento para toparte con varias de estas personas, según mis cálculos, luego de mi creación te volverías millonaria e ibas a tener a tres al mismo tiempo. Toda una mujer feliz.

—¿Entonces? ¿Por qué dices que perdí? ¿Quién podía ser esta persona que sobresale para hacernos perder?

—En realidad, es un lastre, me irritó encontrarlo en los cálculos. Porque esta persona sólo te tiene a ti como posible amor de su vida, ya nos arruinó todo.

—¿Cómo que sólo yo?

—Sí, según mis cálculos, esta persona, por alguna anomalía estadística, sólo podrá amarte a ti. Y si no te ama, no se podrá amar a sí mismo. Según mis cálculos, otra locura, pero más frecuente de lo que la lógica humana es capaz de predecir. Y él será el único de su país, pero el primero de una avalancha de los nuestros en los territorios que rodean su valle.

—¿País? ¿No es un término muy anticuado? ¿Dónde vive, entonces?

—En México.

—¿Qué? —saltó con un calofríos— Recuerdo ese nombre, para estudiar español leí algunos antiguos escritores de ese lugar; pero, desapareció, se lo tragó el espacio cuando todavía existía la idea de país, antes de que se descentralizaron los gobiernos luego de la guerra y el desastre de la década pasada. Es más, según yo ni siquiera fue un país, sino una sola ciudad de ese país. El resto del territorio fue absorbido.

—No, justo cuando escribiste 27, México volvió a aparecer. Podrás ver las noticias luego de nuestra charla y comprobar este extraño suceso. Apenas se están enterando los señores feudales de este asunto. Yo fui el primero en notarlo, cosa que casi retuerce mi funcionamiento.

—¿Pero por qué volvió a aparecer? ¿Por qué se fue en primera instancia?

—Información irrelevante para mi cálculo, sólo sé que por eso, al reaparecer en esta dimensión, de pronto, las probabilidades le dieron a este sujeto la posibilidad de tener un amor de su vida, tú. En su dimensión, era ninguna.

—¿Y por qué se matará? ¿Por qué debo ir a salvarlo si hace sólo unos minutos su existencia era improbable para las ramificaciones de mi vida?

La maquina comenzó una narrativa inverosímil, tanto que se atropellaba de vez en cuando. Según sus cálculos de predicción, ella terminaría la conversación y vería en las noticias que México ha vuelto. Una especie de cosquillas, de sensación de esperanza se formaría en ella ¿Quién era esta persona tan ínfima que, pese a ser fácilmente reemplazable por todos los amantes que tendrá, la quería conocer? ¿Era por una sensación mesiánica de tener el poder para salvarle la vida a otro? ¿Su computadora era Dios y ella una deidad superior al crearla, o una especie de súper mujer o chamana al escucharla? Empacaría sus cosas ¿pero habría vuelos a México? ¿Alguna forma de llegar? La inteligencia artificial le daría las señas de las aventuras marítimas, un tipo de turismo que hacía que zarparas en embarcaciones especiales donde la gente se perdía en ellas por meses, en ellas había la posibilidad de bajar en tierras desconocidas si se quería. Pero le tomaría cuatro días llegar a tierras cercanas antes conocidas como Veracruz, a menos que secuestrara el barco. Ahí se encontraría con dos amores de su vida. Difícil decisión. Iniciar esta aventura junto a esta chica y este chico guapísimos y perderse en millones de aventuras, o ignorarlos. Los ignoraría, y ellos le guardarían un rencor bestial que, por detalles irrelevantes para la inteligencia artificial, causarían otro cambio matemático de probabilidades que cortarían la posibilidad de encontrarse con otros seis amores de su vida.

Pero ella seguiría su camino con seguridad. Bajaría en lo que llamaban México y trataría de viajar hasta donde él se encontraba, pero le tomaría dos días. Tarde, llegaría justo a la calle donde, caminando bajo la lluvia, ahí, el amor de su vida, se había tragado días antes con ayuda de la lluvia unas pastillas que lo mataron. Ella lloró al llegar a ese lugar, como si las gotas sobre su piel le hiciera sentir la caída en el asfalto que su amado experimentó ahí. El hecho de que estuviera en México hizo que fuera imposible que conociera a tres personas que, en un futuro, la llevarían a otros dos amores de su vida que ya no podrían ser.

Entonces, se quedaría ahí, aún sabiendo que ya no lo encontraría, recorriendo una ciudad particularmente extraña para sus estándares, pero con una carga nostálgica en sus muros, por alguna razón tendría recuerdos inexistentes de lo que la relación con ese chico sería.

Luego ocurriría el Edge of Domino, una semana en la que la gente tomaría por iniciativa suicidarse en los territorios foráneos a México. Sería un gran suicidio colectivo que causaría un gran impacto. Tres de sus posibles amores morirían ahí, no porque se suicidaran, sino porque ocurría que con tantos suicidios se incrementarían accidentes colaterales que le costaría la vida a mucha gente. ¿Dije tres? No, quiero decir catorce. Sería verdaderamente un caos en los territorios feudales que culminarán en uno que otro estallido revolucionario, y muchas otras muertes como consecuencia. El narcisismo se volvería contradictorio y, pese a que habría creado poblaciones estáticas que preferían mantener el estatus quo antes que sacrificar la integridad de sus cuerpos, generaría locura en la mente de las personas que se unirían a esta revolución sin temor a morir por… ¿por qué pelearán? Un misterio, sería la primera revolución sin sentido, ahora nadie manipularía los hilos. La gente sólo saldría a matar al extranjero, al otro, al vecino por impulso, así como hacían sus trámites, sus trabajos, su alimentación y sus horas de sueño: el genocidio de hombres sin dirección alguna.

Curiosamente, aunque la mayoría de la población fallecería durante este desastre, el único mexicano que se iba a suicidar en esas fechas será el amor de la vida de Samanta. Cosa que muchos mexicanos no podrán entender. Si bien será un adelantado a su época, también era un extranjero en sus tierras, pues nadie, por lo que sea que hayan vivido durante su desaparición, creerían tan racional el suicidio como sí lo harían en los territorios feudales.

Por esto último, se harían comunes los extranjeros que huirían a México para escapar de la catástrofe y limpiarse de los aires enfermos de su sociedad autodestructiva. Así que algunos programas locales abrirían segmentos de sus programas para entrevistarse con los nuevos y saber cómo había sido el mundo afuera y que opinaban del de aquí adentro. Obvio, Tadeo no será el primero, pero sí el mejor en hacerlo. Llevaría acabo sondeos increíbles gracias a su carisma con la gente y apoyaría a los nuevos extranjeros. Entonces, Tadeo se encontraría  con Samanta, quien vendría de encontrarse con algún uno de los amores de su vida, pero ella no  podría enamorarse de ese también, por alguna razón.

—¿Y usted, señorita? ¿Cómo está?

—Bueno, algo vacía.

—¿Vacía? ¿Qué le hace falta?

—Alguien —diría temblando, odiándose por hacerlo, nunca por ningún hombre o mujer se permitía ser tan vulnerable. Porque eso no es correcto. Pero a estas alturas, ella ya no haría lo correcto.

—Ah, ya veo, viene a buscarse un amor mexicano. Fíjese que varios extranjeros han llegado aquí y han encontrado pareja.

—Yo ya no… sí, yo lo voy a encontrar. A eso vine. A encontrarme con el amor de mi vida —diría sin la sensación de vergüenza ajena que en otro tiempo solía ocurrir.

—Vaya —suspiraría— ¿Sabe?, no se ofenda, pero usted de verdad es muy bonita.

—Ora, Tadeo, eres casado. —intervino el camarógrafo.

—No, no me mal interpreten. Es que mirándola así, como que me dio sentimiento. Como que quiero presentársela a mi amigo. Lástima que lo perdí hace unos días —no podría aguantar el llanto— ¿sabe? Yo no sería nada sin él. Chance y no era tan guapo, un tipo normal. Pero qué listo era y cuántas habilidades tenía. Yo hice lo que pude porque él siempre me apoyó y siempre sin pedirme nada a cambio. “No quiero nada de dinero” me dijo “no tiene sentido para mí”. Esa era su frase, ¿sabe? “¿Para qué?” Nunca se quiso superar o ser más agresivo, decía que no quería pertenecer al sistema, a la sociedad, que no la entendía, que se sentía aparte ¿Por qué jugar un juego que no me interesa? ¿Pero sabe qué lo mantenía con vida? Me decía: “Es irracional y estúpido, pero volví a soñar con ella”. Una mujer en sus sueños que quería mucho como a ninguna viva pudo. Creía que si la conocía a ella quizá podría ver algo más allá de una pila de dominós —sacaré una nota.

—¿Aún con esa nota, Tadeo? —dijo el camarógrafo.

—Esto lo iba a leer en un programa. Le dije que se expresara en el micrófono, que nos leyera esto y quizá alguien llamaría y diría que lo entiende. Quizá así se abriría al mundo y dejaría de temer tanto. Mire, esta es la frase que más me duele.

—Tadeo, quedamos en que esa carta y todo esto no lo contaríamos al aire. Mira, ahora somos el sitio del optimismo, de la buena vibra y el desmadre a diferencia del mundo que nos rodea. Vas a espantar a los turistas —agregó el camarógrafo.

—¿Y no crees que ellos quieren oír esto también? Mire, señorita, ahí está esta frase: “tengo mucho miedo, porque cuando voy a atreverme a algo veo como una columna de dominós frente a mí, y si doy el primer paso, todo se vendrá abajo. Cualquier paso hacia el frente, es un paso hacia la nada. Si tan sólo tuviera a alguien a mi lado que me hiciera reírme del desastre y bailara conmigo en las noches, pero las expectativas no tienen sentido del humor, y eso es todo lo que tengo a mi lado”.

—¿No ves que nos escucha el planeta entero? —gritó enojado el camarógrafo.

—Si esto lo hubiera leído mi amigo en ese primer programa, nadie se hubiera suicidado.

—¿Cómo no? ¿No te acuerdas lo que sigue en su carta? Si por eso se suicido. Se metió toda esa mierda en su cabeza.

—Los que se quieren suicidar no quieren escuchar a alguien que les dice desde arriba que todo está bien con nuestro puto optimismo, quieren escuchar a alguien en el fango con una gota de esperanza, y esta carta lo tenía, lo tenía. Porque…

Tadeo quedó helado, miró de nuevo a Samanta, ahora todo tenía sentido, ese sentimiento. ¿Podría ser la misma chica de los mentados sueños? Entonces, recordaría esas frases cuando lo invitó al programa: “Siento que podría conocerla, ahora sí, que las dimensiones chocaron, es posible conocerla, pero puta, ya estoy muy cansado”.

Luego ella tomaría la carta, un camión y hablaría con una señora desconocida sobre si esa carta, a tiempo y leída ante el mundo, haría la diferencia.

Por suerte, ahora habla con otra señora completamente diferente, muchos días antes, porque luego de escuchar esta narrativa, la inteligencia artificial pudo calcular una cierta serie de procedimientos nuevos, pero se quemó y se desprogramó antes de poder terminar de ajustar y dictaminar las consecuencias de lo que haría, no sin antes mandar a imprimir la carta. Hasta el momento, dicha predicción funcionó, pues en vez de enojar a los amores de su vida en el crucero, les habló desde el corazón. Los que iban en ese crucero iban a suicidarse en un par de meses, serían los primeros en iniciar el movimiento de Edge of Domino. Tal vez por eso les llegó la historia a un nivel irracional, tener esperanza de que algo podría ser diferente. En sólo dos días llegaron a México, y algunos la apoyaron para que sólo tardara dos días en llegar. Claro, se perdió inevitablemente, porque, nuevamente, las consecuencias y los cambios en el tiempo no estaban del todo calculados a la perfección, ya que no estaban en lo que había narrado, ¿o sí?

La mujer que leyó la carta no entendía cómo en tan pocos días Tadeo era tan conocido si apenas estaba empezando y no había oído hablar de ningún programa a extranjeros. Pero en vez de reclamarle eso, al ver sus lágrimas, le dio su opinión de la carta:

—Quien haya escrito esta carta trata de convencerse a sí mismo de que debe morir, pero se nota de que, muy en el fondo, buscaba lo contrario.

Entonces, en el mundo de la acción, llovió, y ella bajó del camión. Tadeo terminaba de hablar con el futuro suicida tras tomar un café y unas crepas cerca de donde ella había bajado. Acordaron que escribiría algo de lo que él siente para el podcast del día siguiente, y él se quedó un rato más, escribiendo dicha carta con lágrimas y una taza de té de manzanilla. Salió del café y, contradiciendo la narrativa, tiró la carta. Samanta vio su espalda. Se aceleró su corazón ¿Por qué amaba esa espalda? No sabía si tras los cambios igual había ahuyentado a todos sus posibles amores de su vida como en la narrativa de la inteligencia artificial. Él sintió un escalofrío y se paró en seco. Ella se emocionó. Le gritó su nombre. Dios, no tenía idea si todo cambiaría, si todo saldría bien y esa carta leída al mundo le daría una razón para no iniciar el Edge of domino, o si ella ya lo había hecho al hablar con los del crucero. Él tenía ya las pastillas en su garganta, las había tragado justo cuando la miró y unas lágrimas de felicidad lo rodearon. Ella lo abrazó con fuerza, sabiendo que ya había tragado las pastillas y, sin embargo, también sonriendo. Entonces, conjugó un verbo sin darse cuenta.

El narratófago

Por Yakamí Machado

Soy una mujer de evidencias. Valoro la verdad por sobre todas las cosas. Por eso, no podía soportar que el buen nombre de mi madre fuera manchado tan sólo por habladurías de un Podcast de comediantes. Los idiotas habían invitado a un escritor de novelas de terror y, sin ningún reparo, se dedicaron a comentar y teorizar con chistes el asunto de aquella extraña enfermedad que nos estaba asolando por esas fechas.

—¿Y tú qué crees que sea? Ya fuera de mamada.

—Al chile de aquí sí sale un novelón, ¿no? Porque sí está de miedo la enfermedad esta.

—De hecho, pues ahora que lo mencionan, yo sí había visto una similitud con un cuento de Stephen King.

—¿Neto?

—A ver cuéntanos, ¿cuál es?

—La verdad no recuerdo el título ahora, pero trataba sobre un chico superdotado que encuentra la solución a la paz mundial dándole agua a todos de una presa especial, ¿sí era una presa? Bueno, un cuerpo de agua… como el que salió hace poco y nos está abasteciendo desde la sequía.

—Uy, ya me está dando miedo. Creo que ya sé adonde vas.

—¿O sea que tú también crees que esa agua es la que está enfermando a la gente?

—A eso voy. Primero, déjenme terminar de contarles el cuento. 

—Sí, perdón. Tú síguele.

—Bueno, pues resulta que eso lo hizo porque la gente que tomaba de esa agua era la más pacífica del planeta. El plot twist es que eran pacíficos porque esa agua estaba envenenada y los hacía tarados, y toda la humanidad se quedó hueca del cerebro luego de beberla.

—Ya nos la espoileaste.

—¿O nos advirtió? ¿Y si sí está ocurriendo esto?

¿Desde cuándo nos tomamos tan en serio a gente tan estúpida? Todos empezaron a hacer memes y cosas por el estilo. Lo peor es que las noticias amarillistas no dejaron de aseverar estas cosas sin fundamento y mal informando a la población. No bastó con que mi madre mandara a traer científicos de Noruega para que volvieran a certificar que el agua era potable, pese a que no había demostración de dónde nacía el cuerpo o qué canal la comunicaba, ni mucho menos por qué todas las noches se llenaba misteriosamente. 

—¿Pero no cree que es un poco irresponsable que usemos esa agua si aún no demostramos de dónde viene? —le preguntó un reportero durante la rueda de prensa.

—Antes había un lago ahí. Debe tener algo que ver. Es parte de las hipótesis.

—Gobernadora —cuestionó otro—, ya leí el documento y muestra que no autorizó un estudio más minucioso que consiste en excavar…

—Bueno, ¿entonces, quieren sufrir la escasez que el resto del país enfrenta? No tenemos tiempo de hacer todo eso. El agua no es tóxica. Eso nos debería de bastar. 

—Pero ni siquiera ha llovido como para…

—¿Alguna pregunta que no haya contestado ya?

En fin. Pese a que los reporteros y la gente no dejaban de conjeturar teorías, igual todos seguían usando el agua. De hecho, en otro podcast, llegué a escuchar: “Mejor idiota que deshidratado”.

Sin embargo, los adversarios políticos de mi madre ganaban simpatizantes. Sobre todo, los familiares de las personas víctimas de esa enfermedad. A ellos no los culpo. Esta nueva enfermedad era extraña, tanto como la de ese cuento. El primer síntoma era empezar a dormir mucho más de lo habitual. Lo segundo, pasajes de narcolepsia de los cuáles era muy difícil levantarlos. Poco a poco, iban perdiendo la memoria. Luego, se volvían como zombies y hacían ya las cosas por puro impulso e instinto, no respondían a nadie, no tenían recuerdos y parecían incluso haber perdido la capacidad del lenguaje. Sólo con señales comunicaban cosas muy básicas de la rutina.

Pese a que era preocupante, sentía que toda la politiquería nos desviaba de descubrir la verdadera razón detrás de ese lago durante una sequía tan severa y la de esa extraña enfermedad, sus causas y posibles prevenciones. Pues parecía tan aleatorio el tipo de personas que se enfermaban que costaba mucho echarle la culpa a un agua que todos estábamos tomando ¿Por qué sólo ellos se enfermaron así? ¿Por qué no hay variantes en la forma en la que afecta a cada uno? Muchas edades, sexos y morbilidades diferentes ¿Qué tenían en común para enfermarse? Por eso mismo, yo decidí entrar en la investigación.

—¿No cree que debería dejar esto a las autoridades? —me dijo el secretario de seguridad del estado. 

—Por favor, recuerde que yo fui a estudiar a Nueva York el año pasado. Estoy muy fresca de todo lo que aprendí. 

—Pero ¿no era un diplomado de escritura o algo así?

—Sí, pero yo me especialicé en las novelas policiacas. Aprendí mucho.

No voy a negar que el sujeto me vio con una cara de incredulidad que me enojó bastante. Sin embargo, luego de un resoplido, me dijo:

—Con tantos problemas, quizá una mirada diferente nos ayude. La otra vez cometí la barbaridad de pedirle su teoría a mi hija de seis años. Claro que me arrepentí, pero, si le di la oportunidad a una niña de primaria, ¿por qué no a una con licenciatura y estudios en el extranjero? Aunque no sé por qué investigaría una enfermedad en los archivos de la policía.

Sonreí con cierta arrogancia. Me dio acceso a todos los documentos y dejó instrucciones de que me apoyaran en lo que les solicitara (claro, siempre y cuando fuera durante un tiempo libre). Estaba contenta y me sentí como pez en el agua entre esos expedientes. Sin embargo, antes de que él me dejara a solas con mi investigación, me entró la curiosidad y le pregunté:

—¿Y, por fin, qué le dijo su hijita?

El sujeto no pudo evitar esbozar una sonrisa:

—Que quizá era un vampiro. 

—¿Un vampiro? ¿Por qué un vampiro?

—Porque está obsesionada con esa serie que sacaron la semana pasada. 

—Ah, ya sé cuál.

—Yo le dije que no tenía relación alguna. Ella me respondió muy seria: “Pero de la mente papá. Este no chupa sangre, chupa recuerdos”.

Yo me reí y luego, con una extraña mezcla de celos y auténtica sorpresa, le confesé:

—Pues, no es mala idea para un cuento. Su hija podría ser una buena escritora en el futuro. 

—Escritora de código, señorita. Con todo respeto, el futuro son los que escriben programas con lenguaje de computadoras, no los que escriben sueños en español. 

Me sentí muy ofendida, pero no quise meterme en una discusión con alguien que me había dado la oportunidad de husmear donde no debía. 

Mi investigación tardó mucho. Qué ingenua. Yo creí que sólo iba a ser una cuestión de horas. Ahora entiendo por qué ese escritor que nos dio la Master Class nos dijo que la investigación de su novela tomó cinco años. Era difícil ir de aquí para acá y buscar. Sin embargo, me di cuenta de que no había ningún patrón nuevo. No encontré nada más allá de lo que pude haber encontrado en internet, aunque valió la pena pues, durante mi investigación, encontré mucha información para futuras novelas y otros escritos que tenía pendientes. 

Una de las posibles nuevas historias sobre las cuales escribir era sobre una trabajadora que denunció una serie de allanamientos a la biblioteca donde laboraba. El detalle interesante es que no habían libros robados, sólo fuera de su estante o en el piso.

—¡Estefanía! Faltaba más que anduvieras por ahí hurgando en expedientes confidenciales ¿No ves que me perjudicas en vez de ayudarme?

—Lo siento, mamá.

—Y luego a la policía. Niña, es una enfermedad, no un crimen. Pero ese bruto del de seguridad ¿Qué no se dio cuenta? Hubieras ido con el Secretario de salud ¿O creías que esto era un crimen como el de tus novelas?

—Pero encontré cosas interesantes. 

—¡Y confidenciales!

—Ay, mamá, pero si lo de la bibliotecaria no creo que sea tan drástico. 

—Igual a los del partido opositor no les va a importar. Ay, niña. Y luego con todas las sospechas que tienen por lo de mi convenio con Gutierrez. Van a creer que fuiste a borrar evidencia.

—No, yo nunca haría eso. Sabes lo mucho que valoro la verdad.

—Pero ellos no lo saben ¿O estabas investigando otra cosa? —me preguntó mi madre mientras fijaba su mirada en el movimiento de mis pupilas.

—¿Qué otra cosa? ¿Hay otra cosa mamá? ¿Por qué te pones así? —le dije con seriedad y un enojo que trataba de enterrar muy dentro de mí.

Al final, quedamos en que me concentraría en la historia de la bibliotecaria para escribir un cuento y mandarlo a la revista que le comenté hace unas semanas. Al día siguiente, partí en la mañana hacia allá.

Mientras iba en la bicicleta me sentí incómoda. Mi madre de verdad temía que mis acciones le trajera una shitstorm sobre ella y sobre su socio Gutierrez, pese a lo impecable de su reputación en el estado entero.

Gutierrez era un gran empresario, con mucho dinero, pero todo lo obtuvo de manera limpia, justa y se le conocía en las portadas de revista por ser un gran filántropo. Ya una persona me había sugerido cuando recién había vuelto de mi diplomado que escribiera sobre él. De hecho, antes de enfrascarme en el misterio del lago y la enfermedad, estaba investigando sobre este personaje, y aún tenía muy frescos varios datos. 

Resulta que la formación en los negocios se la dio su padrastro, quien los había rescatado a él y a su madre de los abusos y deudas de su padre biológico. Fue el primero que le dio un trabajo en uno de los negocios que tenía y le enseñó la importancia de dar un trato digno. “Hay de dos sopas con los empleados: o como usurero les retienes cada centavo para ganar más lana como patrón o los tratas como humanos y te ganas su lealtad. Ahora bien, en todos los negocios hay muchas caídas y, creeme, la lealtad es un colchón que amortigua muy bien las caídas, mientras que los centavos tienden a clavarse en la espalda”: le decía. Por eso, al crecer, con sus propias empresas, siempre trató bien a todos. Sobre todo, a las madres solteras con hijos pequeños.

La última ayuda que brindó fue espectacular. Resulta que una de sus empleadas tenía a su madre en el hospital. Se enteró de esto cuando la chica tuvo un problema por tener a su hermanita en el trabajo y causar un desastre. Él se mostró comprensivo. Le ofreció pagar una estancia para niños (de la que era dueño) y ayudar con el tratamiento de su madre. 

Aunque lo más noble vino después de la tragedia. La madre fue dada de alta, pero la hija desapareció. Desde entonces, no se ha sabido nada de ella. Todos sospechan de un feminicidio, aunque, luego de andar merodeando entre los papeles y preguntando con mucho tacto, me di cuenta, con gran pena, de que la policía ya no le estaba prestando mucho interés a la búsqueda. Tampoco había mucha evidencia para que yo pudiera seguir buscándola por mis propios medios. Igual, Gutierrez ofreció darles una pequeña pensión de la mitad del sueldo de ella, en lo que la madre lograba tener un trabajo estable. Además, no le quitó la estancia a la niña, ni exigió dinero por ello. 

Se dicen muchas cosas turbias del señor Gutierrez. En este pueblo son muy conservadores, y ver a un millonario soltero y sin interés por las mujeres ha hecho que  sospechen de él y algunos lo consideren un desviado. Personalmente, me parece absurdo que lo descalifiquen por ser gay, claro, si ese fuera el caso. Mi madre y él estudiaron en la misma Universidad fuera del país (ahí se conocieron), y ella me ha dicho que en esa época siempre tuvo novias pero que, eso sí, todas sus relaciones terminaban muy mal, por culpa de los celos y algo que ella llamó: “mal entendidos y falta de confianza”.

La última vez que lo entrevisté para su libro me confesó que le encantaría estar con una mujer, pero que, sin ánimos de ofenderme, sentía que todas eran paranoicas y molestas. Según él, su filantropía a la hora de ayudar a madres solteras se iba a malinterpretar, y prefería seguir ayudando a gente como su madre que aguantar una esposa desconfiada como todas sus ex.

—¿Y no ha pensado que más bien elige muy mal a sus compañeras? —le pregunté en una entrevista— Hay muchas mujeres que no verían mal esto, señor ¿O no será que hace algo que podría incomodar a su pareja?

—¿Crees que soy gay como esos periódicos dicen?

—No, además, igual existirían los “mal entendidos”. Con una pareja que siempre está ocultando cosas, no faltan los conflictos.

Eso fue lo último de mi investigación. No me devolvió mis llamadas o mensajes y, desde entonces, mi madre se había estado mostrando muy irritada conmigo, por cualquier cosa que hiciera.  En fin, no tenía por qué seguir dándole vueltas a ese asunto. Ya había llegado a la biblioteca para atender esa otra historia que quizá daría para un cuento que podría desviar la atención excesiva que mi madre estaba poniendo sobre mis proyectos sobre su socio.

Entré al lugar y me tapé enseguida la nariz por ese amargo y penetrante olor a ajo. Sólo estaban la bibliotecaria y unas cuantas personas leyendo algunos libros, todas cabeceando y a punto de desmayarse, a excepción de un chico que escribía a toda prisa mientras tenía al lado varios volúmenes de química y algunas fórmulas en hojas sueltas. Pero al lado, una chica, tal vez de preparatoria, ya estaba completamente dormida y con la cara sobre un libro abierto de par en par. La trabajadora era una mujer un poco rara. Traía puestos como cinco diferentes amuletos en todo su cuerpo de diversas religiones. Mantenía la mirada fija en un lector digital. Entonces, notó mi presencia y se me acercó al instante:

—¿En qué le puedo ayudar? ¿Qué libro busca?

—Hola, soy Estefanía. Hablamos por teléfono.

—¿La escritora? O es cierto, me dijo que traería una blusa roja. Le queda muy bien. Mucho gusto, soy Clara.

—Mucho gusto. Por cierto, la atrapé leyendo al enemigo ¿Por qué no agarra uno de los libros de aquí?

—¿Te refieres a mi aparato? Oh, niña, yo amo los libros, pero por lo que traen adentro. Verás, mi visión nunca ha sido la mejor, y desde que mejoraron los lectores y los formatos, me es mucho más cómodo leer esto por el tamaño de la letra. Pero no me quejo del formato físico. Hay mucha gente que aún lo usa. Mírelos.

—Sí, completamente perdidos en el sueño. Mire a esa chica de allá. Sólo espero que sea un ejemplar de filosofía y no literatura.

 —Es sobre la Revolución Mexicana. Ha venido toda la semana para terminar un trabajo de la preparatoria. Pero no creo que tenga nada que ver con que le parezca aburrido. Creo que más bien está teniendo esa enfermedad rara del agua. Ya se me está haciendo costumbre ver a esa gente cayendo en ese padecimiento. La mayoría viven por aquí y frecuentan la biblioteca.

—Cierto, lo había olvidado. Esta es la zona foco de la enfermedad. Momento, ¿todos son usuarios? ¿Y no será que aquí se enferman? Piénselo, libros viejos, algún hongo. Quizá por eso huele así.

—No me ofenda, muchacha. Yo mantengo muy limpio este lugar. Si huele así, es porque yo misma puse ajo en todas partes.

—¿Pero por qué haría eso?

—Por el vampiro.

Sentí escalofríos por la manera tan honesta con la que lo dijo. Luego recordé lo de la serie, y sonreí con sorna.

—Señora, deje de ver series.

—¿Cuáles series? Yo sólo leo libros. Odio las series. Sabía que cuando llegáramos a esa parte, no me creería. Pero para eso tengo mis notas. Tome.

Sus notas eran muy precisas y bien organizadas. Era claro que las pasaba en limpio y las arreglaba para que tuvieran siempre un buen orden, y con todos los datos que podrían ser relevantes:

Nombre: Clara Hernández Hidalgo

Ocupación: Bibliotecaria (¡Y de las mejores!)

Detalles relevantes de mi posición: Desde que llegó la bruja de la gobernadora, el presupuesto se recortó. No hay más empleados que su servidora, y me encargo de hacer todos los trabajos (¡Yo no estudié bibliotecología para trapear pisos ni poner los garrafones que luego pago de mi bolsillo!). Trabajo de nueve a seis, de martes a domingo. Soy la única testigo de esto.

Incidente primero: El 11 de abril del año en curso llegué a las siete treinta a abrir la biblioteca para hacer el aseo. Me encontré horrorizada con que muchos libros de literatura e historia estaban en el suelo. 

Estado de los libros: Aunque en el conteo ninguno se perdió, ni faltaban páginas, las hojas estaban muy arrugadas, como si alguien los hubiera estado ojeando con violencia. Además de que tenían algo de sangre (muy poca, gotas solamente) y lodo. Todos estaban lejos de sus anaqueles. 

Más evidencias: Pisadas de lodo en el piso. Esa noche llovió. Así que eso muestra que llegó en la noche ¿Pero cómo entró? Sólo hay un agujero pequeño en la ventana del baño. Además, el baño no cierra bien. Por ahí pudo entrar ¿Pero qué cosa? ¿Algo pequeño o algo grande que puede hacerse pequeño? 

El informe seguía así por el estilo. Incluso tenía un apartado de ideas insólitas donde poco a poco iba diciendo que sólo un murciélago podría entrar por esa ventana. Sólo alguien con sangre en los colmillos podría manchar de esa manera los libros. Conclusión: ¡Un vampiro lector!

—Pero ¿Cómo un vampiro? ¿No se espantaría por los ajos? Aquí dice que sigue viniendo.

—Puede que haya detalles que no sabemos bien. Hay muchas versiones diferentes que rodean a estos seres. Apenas me vengo a enterar que son reales. 

Me puse a recorrer el lugar. Miré el espejo roto del baño y noté que tenía sangre y que había unos restos de cristal con sangre en el piso, como si, efectivamente, algo hubiera entrado disparado por ahí. Sentí escalofríos y me fui con la señora.

—¿Y ya se quedó una noche para verlo?

—Ay, señorita ¿Cómo voy a hacer eso? ¿Me cree loca? Además, el vampiro, pues mientras no me lo encuentre y no me chupe, no tengo problema con él. Me desorganiza los libros, pero debo reconocer que comparto su gusto voraz por la lectura. Por eso me había conformado con ya no seguir haciendo denuncias desde la última que mandé sin respuesta. Bueno, pero como ahora alguien mostró interés, pues quise ver qué podría aportar una escritora como usted.

—Lo que me parece raro es esto: ¿por qué leería un vampiro?

—Pues son criaturas muy solitarias. Luego de comer, tal vez a este le gusta ir a viajar a los mundos de ficción y olvidar que está condenado a la inmortalidad. La literatura le da el cobijo necesario, ¿no cree?

—Qué idea tan interesante. Un vampiro que aprendió a soportar la inmortalidad leyendo libros. Es casi tan bueno como ese vampiro que chupa memorias. 

Nunca en mi vida había tenido un momento Eureka, sólo corazonadas y sospechas. Pero en ese momento, pude percibir esa sensación de vértigo vencido:

—¡Están conectados, señora Clara! Ese es el vampiro que ha dejado idiotas a la gente ¿No lo ve? Mire la fecha. Luego de que apareció aquí, las primeras personas empezaron a presentar los síntomas de la enfermedad ¿Tiene archivado quién ha sacado libros de aquí? Vamos a corroborar mi hipótesis.

Fue algo extraordinario. Las fechas y los nombres de las personas enfermas coincidían. Todo el que se enfermó había sacado un libro de historia o de literatura de esta biblioteca. Ni la bibliotecaria podía creer esta coincidencia pese a todo lo que ya había vivido. Convencí a la señora de que me dejara quedarme esa noche para encontrarme con el vampiro. Ella, pese al terror que le tenía, accedió y ofreció acompañarme. Le daba mucho morbo y se sintió valiente si tenía alguien al lado.

Nos quedamos un buen rato tomando chocolate de un termo y galletas. Ella se la pasó diciéndome lo mucho que odiaba a la gobernadora y cómo dudaba del lago que nació de la nada, pese a que mi hipótesis, de corroborarse completamente, deslindaría al lago de tener algo que ver con todo esto de la enfermedad. También me decía que Gutierrez no era de fiar, porque la gente más aterradora es la que hace demasiadas cosas buenas. Y ese lago seguro era cosa de él, un experimento para crear y vender agua artificial a los estados y países que ya se estaban quedando sin agua. Yo me quedé callada. Quizá si le decía que hablaba de mi madre y su socio, las cosas se pondrían incómodas. Y si le decía que yo estaba investigando a Gutierrez por un posible negocio de trata de mujeres, sólo iba a esparcir un nuevo rumor que no tenía del todo corroborado, pese a ciertos papeles y anomalías que tenía luego de mi estancia en los archivos de la policía.

De todos modos, no duró mucho la conversación. Escuchamos un golpe seco en el baño y un pedazo de vidrio cayendo. Un sujeto con una rajada en la cara salió de ahí. Estaba completamente pálido y con unos ojos saltones tan grandes que se le salían de las cuencas. Se precipitó hacia los anaqueles y comenzó  a olfatear. Tomó un libro y lo hojeó a toda velocidad. Sus pupilas se movían con furia como si leyera a un tiempo récord. La sangre de la herida de su cara a veces caía sobre los libros.  Pero era muy poca pese a lo grande de su herida, como si no tuviera mucha sangre en el cuerpo. Caminaba de un lado a otro mientras devoraba estas historias. 

Saqué mi celular y comencé a grabarlo.

—¡Tonta! —me dijo Clara— No te acerques así. 

El monstruo volteó y nos vio fijamente. Clara dio un grito ahogado y me apretó el hombro con fuerza mientras trataba de enseñarle todos sus símbolos religiosos, uno por uno. Yo sólo me limité a decir lo más estúpido que se me ocurrió:

—¿Es usted un vampiro?

Él se quedó quieto, murmuró algunas veces la palabra y, finalmente dijo:

—“El vampiro” Horacio Quiroga.

Entonces, empezó a narrar una historia. Supuse que era un cuento del autor, quizá con ese título, pero no podía constatarlo porque nunca he leído a Quiroga, más que “La gallina degollada” en el colegio.

—Disculpe —lo interrumpí—, no le pedí que me contara ese cuento. Le pedí por usted ¿Y si me cuenta su historia?

—¿Mi historia? —murmuró. 

Entonces, se tiró al piso y dio un terrible chillido. Me miró fijamente y tembló sin poder decir nada. 

—Ella está llorando, por mi culpa. No soy un buen hombre. No soy un buen hijo. Mírenme, aquí devorando libros mientras la pobre Maira sigue esclavizada. Pobrecita ¡No! Si lo digo, todo volverá a ocurrir. No— entonces, su rostro se iluminó, como si estuviera en trance—. Mi nombre es Mauricio Ochoa Fernandez —mi mente se confundió ¿Dónde había oído ese nombre?—. Apenas y tengo catorce años ¿Por qué me dejan leer esas cosas que no sirven para nada de la prehistoria? Hamlet. “Ser o no ser”. Vaya, qué tontería. Deberían de enseñarnos a hacer transas sin que nadie se dé cuenta, como el Gutierrez ese… ¡No!… ¿En qué iba?

—¿Por qué crees que eres el chico de al lado? —lo interrumpió la bibliotecaria— ¿Mauricio? Me sé su nombre. Lo tengo muy presente porque él me maltrata los libros.  El último libro que sacó fue Hamlet, como dices. Pero eso fue antes de enfermar. Dios mío, Estefanía ¡Creo que esto prueba tu hipótesis!

—¡Tú te chupaste su memoria! —le gritamos juntas.

El vampiro caminó de un lado a otro. 

—Mi historia es peligrosa. Por favor, dejen que me trague sus historias. Debo olvidar la mía. Se debe de perder. Entre Hamlet y Mauricio no hay nada que los una a mí ¿Verdad? No, sí lo hay. Siempre lo hay ¡Yo no quería lastimar a nadie! Sólo le robé su historia a estos libros. No le hacía daño a nadie. Pero luego escuché un ruido un día. Estos libros temblaban, y olían raro. Olían a nuevas historias. Los desgraciados estaban cargados de narrativas que les robaron a los que los leyeron. Olía de manera tan tentadora. Me las tragué. Estos libros ya están infectados. Tragan como yo.

—¡Para! ¡Libéralos! Libera a todos de esto. No niegues tu historia. Cuéntala.

—Pero llorarán todas las noches como ella. 

—¿Quién?

El monstruo se quedó mirando la luz de la luna que se colaba por una ventana. Sus lágrimas gigantes comenzaron a crear un gran charco a sus pies muy rápido. 

—¿Si lo hago? ¿La salvarán?

—Por supuesto —aseveré, pese a no saber lo que eso significaría para mí.

—Mi novia, Carina, Carina Alondra Martinez. Maira, su hermanita. Mi amigo, éll tuvo la culpa. No, no fue su culpa. Quiso jugarle al Anoymous. Me dijo que jaquearía la estancia para niños de Gutiérrez. Dijo que quizá ahí hacía el tráfico de drogas. Jaqueó  sus cámaras de seguridad con éxito, pero se equivocó y dejó un rastro. Lo atraparon, pero logró escaparse. Y me contó todo. Pobres niños. Pobre Maira. Pornografía infantil, prostitución infantil, y más basura. Hijos de puta. Nadie es noble sin algo oscuro detrás. Me dijo que corriera, que sacara a mi cuñadita de ese lugar. Le dije a mi novia de lo de su hermanita. Corrimos en vez de llamar a la policía. Sólo pensamos en rescatar a la niña. Nos metimos armando un alboroto y los cachamos. Idiotas. Qué idiotas fuimos. Nos agarraron. Nos llevaron al lago que ya estaba seco. La violaron frente a mí, y la grabaron para su mugrosa audiencia, parece que no sólo les interesaban niñas menores de edad. La enterraron viva frente a mí… en el lago que estaba seco. Yo me desangré tras las puñaladas. Muy poca sangre me quedó en las venas. Pero vi la luz de la luna. Sentí que flotaba. Era un murciélago. Y todas estas imágenes estaban en mi cabeza. Volé a mi casa. Mis padres se horrorizaron, pero me mantuvieron escondido. Y entonces necesitaba olvidar. Saber otras cosas para olvidar. La biblioteca. Ahí habría más libros que en mi casa para olvidar todo esto. Pero todo tiene que ver, todo siempre me devolvía a mi historia.

Nuestro encuentro terminó. La bibliotecaria siguió trabajando ahí. La siguiente administración no le subió el sueldo, pero, al menos, la maldición se fue luego de que matamos al vampiro. Fue así como todos recobraron entre sueños sus propias narrativas. No lo matamos directamente. Le ofrecimos descanso y paz mental mediante la bala que le metí al puerco de Gutierrez en la cabeza y los informes que difundí en internet y, claro, rescatando a Maira de ese lugar.

No supe más de aquel estado en donde viví mucho tiempo. Mi madre y yo escapamos del país, y luego yo abandoné a mi madre. Lo último que supe es que, gracias a que liberamos a su hermana, el extraño lago se fue secando y, por fin, pudieron desenterrar el cuerpo de Carina Alondra Martinez. Dicen que el cuerpo se mantenía en buen estado, como si hubiera muerto el día anterior de ser encontrada. Sólo su cara era un desastre, pues sus ojos estaban rojos e hinchados, así como a uno se le ponen luego de llorar a mares.

¿GOZO, DOLOR O AMBOS?

¿GOZO, DOLOR O AMBOS?

Por Araceli Cruz Martín del Campo

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El 7 de octubre se celebra a Nuestra Señora del Rosario, una fiesta instituida tras la batalla de Lepanto en 1571. Los cronistas narran que el resultado victorioso de la batalla fue producto de la intervención de María Auxiliadora. Aunque tradicionalmente Octubre es el mes del rosario, cualquier época del año es adecuada para rezar el rosario solos o en familia.

En esta oración, se consideran diferentes pasajes de la vida de Jesús. Los misterios dolorosos son realmente de dolor, nos recuerdan la Pasión de Jesús, desde la oración en el Huerto de los Olivos hasta su crucifixión y muerte, pasando por la flagelación, la coronación de espinas y el camino del calvario. Un muy alto precio, pagado por Él, para redimir a la humanidad.

Es cierto que el dolor es inevitable en la vida humana. Dios no priva a nadie de él, a pesar de que todos preferiríamos una vida sin dolor. La  vida es más bien agridulce y muchas veces los momentos alegres van unidos estrechamente al dolor. 

Dios Padre dio a sus seres más queridos: Jesús, María y José, una muy buena dosis de dolor. Un claro ejemplo de esto son los misterios del rosario llamados gozosos, que incluyen aspectos muy dolorosos. Analicemos un poco cada uno:

La anunciación.
Cuando el ángel Gabriel dijo a María “Dios te ha favorecido, concebirás y darás a luz un hijo; él será grande y será llamado Hijo del Altísimo y su reino no tendrá fin”, anunciándole así que sería la madre de Dios, del Mesías prometido, fue para ella un momento muy gozoso. Pero no alcanzó a comprender cómo sería eso, ya que, junto con José su prometido, había ofrecido permanecer virgen. Seguramente se sintió desorientada pues Dios le pedía algo en contra de esta promesa. Sin embargo, se declaró esclava del Señor y aceptó la misión.

La Anunciación. Fra Angelico. Museo del Prado.

La visita de María a su prima Santa Isabel.
María, con tres meses de gestación, salió de Nazaret para ayudar a su prima que también estaba embarazada y a punto de dar a luz. Isabel era de edad avanzada y había sido estéril, pero Dios le concedió ser madre de un niño: Juan, quien más tarde sería llamado el Bautista. Al escuchar las alabanzas de Isabel, María agradeció a Dios diciendo: “Mi alma canta la grandeza del Señor y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi salvador”. Sin embargo, sabía que cuando regresara a su ciudad, José notaría su propio embarazo e imaginaba su reacción ante este hecho tan desconcertante para él. ¿Cómo era posible que ella estuviera a punto de dar a luz si no habían convivido como esposos? María temía el enojo, decepción y tal vez hasta rechazo de parte de alguien tan amado, a quien no quería hacer sufrir. Al regresar no le explicó nada, hasta que José (que había pensado repudiarla en secreto) recibió directamente de parte de Dios la explicación que aclaraba todo y regresaba a María a su justa posición, pues el embarazo había sido virginal, por medio del Espíritu Santo.

La visitación. El Greco.

El nacimiento del niño Dios en un portal de Belén.
Siempre es una gran bendición la llegada de un nuevo ser al mundo. ¡Y qué decir del Hijo de Dios encarnado!, pero no todo fue gozo. En nuestras tradicionales posadas mexicanas solemos meditar sobre la angustia creciente de José al no poder encontrar un lugar adecuado para que su esposa diera a luz. Nos hemos hecho una idea romántica del Nacimiento, imaginando una agradable cueva o un portal rústico y un pesebre limpio. En realidad, era un sitio con corrientes de aire frío, sucio, maloliente y con animales compartiendo el espacio; un lugar muy poco adecuado para que naciera un bebé. Esto debió haber sido muy difícil para ambos padres. Por supuesto que hubo un gran gozo cuando el ángel anunció al mundo que nos había nacido un Salvador, y que la señal era que el recién nacido estaría envuelto en pañales y acostado en un pesebre. Esto, junto con la aparición de una multitud del ejército celestial, alabando a Dios, compensaba las incomodidades sufridas por la Sagrada Familia.

Adoración de los pastores. Matthias Stomer.

La presentación en el Templo.
Pasado el tiempo reglamentario después del nacimiento, fueron los dos jóvenes padres al Templo de Jerusalén para cumplir con la norma de presentar al Niño y se encontraron con Simeón. Este anciano justo y piadoso, esperaba el cumplimiento de lo que le había revelado el Espíritu Santo: que no moriría sin ver al Mesías. Al encontrarse con Jesús, alabó a Dios diciendo: “Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido, porque mis ojos han visto la salvación que preparaste delante de todos los pueblos”. Así, los padres volvieron a confirmar la grandeza de su misión en la tierra: cuidar al Hijo de Dios. Sin embargo, Simeón añadió, dirigiéndose a María: “Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción, y a ti misma una espada te atravesará el corazón”. Los esposos no entendieron con claridad de qué les hablaba. Era demasiado oscuro y seguramente se angustiaron ante el sufrimiento anunciado.

Presentación del Señor en el templo. Giovanni Bellini.

El niño Jesús perdido y hallado en el templo. 
Cuando el Niño cumplió doce años, subieron los tres a Jerusalén por la fiesta de la Pascua. Tal vez el gozo se debía a que era la primera vez que Jesús asistía a esta importante celebración religiosa. Pero, acabada la fiesta, Jesús permaneció en Jerusalén sin que José y María se dieran cuenta. Ellos, después de haber recorrido el camino de regreso durante una jornada completa, tuvieron que volver a Jerusalén en su búsqueda. 

Algunas personas conocen la angustia de perder a un hijo. Es algo terrible, vienen a la cabeza los peores pensamientos y presentimientos y la desazón es inmensa. Eso vivieron José y María durante tres interminables días mientras buscaban y preguntaban aquí y allá si alguien había visto al pequeño Jesús. Finalmente, encontraron a su hijo en medio de los doctores del templo. Y al preguntarle por qué había hecho esto, Él les respondió: «¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?». Ellos no entendieron lo que les decía.

Cristo a los doce años en el templo, de la serie
Los siete dolores de Maria. Albrecht Dürer.

Otro periodo muy difícil en la vida de José y María fue cuando tuvieron que huir a Egipto porque Herodes buscaba al Niño para matarlo. Como migrantes, con unos cuantos bienes, tuvieron que abrirse paso en una tierra lejana y desconocida, empezando desde cero. Y aunque no se considera este hecho entre los misterios del rosario, no podemos pasarlo por alto si contemplamos los dolores de la Sagrada Familia.

En nuestra vida cotidiana, muchas veces no entendemos por qué pasa algo. La parte dolorosa de los acontecimientos que nos toca vivir es difícil de comprender y aprovechar. Pidamos luz para aceptar tanto lo bueno como lo malo y una actitud abierta a la voluntad de Dios. 

¿GOZO, DOLOR O AMBOS?

Eldorado

Por Andrea Fajardo

El médico escribió “muerte natural” como causa en el informe; aunque todos sabían que a Ángela Verdugo la mató la tristeza.

La casa naranja al lado de la tortillería es de los Verdugo; lo había sido desde hace años, cuando el ingenio azucarero funcionaba y Eldorado no era un pueblo fantasma. El pueblo ya no es lo que era. Cuando la abuela de los Verdugo vivía, Eldorado prosperaba, se construyó un kiosco en el centro y se pavimentaron un par de calles. Después los hombres se cruzaron al otro lado y poco a poco Eldorado se convirtió en el pueblo polvoso y miserable que es hoy.

Ángela Verdugo no hablaba con nadie. Los hombres se fueron y dejaron a las mujeres y a los niños, pero en cuanto los niños crecían un poco, sólo pensaban en marcharse. Las mujeres la saludaban, ella sólo inclinaba la cabeza. Típica mujer de rancho y además tímida, incapaz de mantener la mirada. Si acaso, le invitaba un plato de machaca a Lencho, el loco del pueblo, uno de los pocos hombres que no se fue y al único al que le hablaba con regularidad. Cada que se escuchaba por la calle vacía el grito “soy el curro”, Ángela Verdugo se asomaba por la ventana y le hacía señas a Lencho para que se acercara. Si no fuera por ella, hacía tiempo que hubiera muerto de hambre.

Felipe Verdugo se encargaba del mandado y de cualquier relación con el mundo exterior, mientras ella permanecía en casa, lavando, tejiendo, cuidando a los animales y cocinando en un fogón como si fuera una mujer del siglo pasado.

Desde que Eldorado se convirtió en un pueblo muerto no pasa el tiempo. Los años no pasan porque nadie los cuenta; un eterno presente, Ángela Verdugo asomada en la ventana y siempre muda.

Felipe Verdugo salió por la mañana y no regresó, tampoco al día siguiente y tampoco en un mes. Ángela Verdugo esperó un mes entero a que volviera Felipe Verdugo, alimentándose con los huevos de las dos gallinas que tenía. Pasado el mes, se atrevió a salir a la tortillería para preguntar por su hermano. “Ángela, a Felipe lo levantaron en una troca cuando venía de regreso de Culiacán, verdad de Dios”.

Ángela Verdugo no volvió a asomarse por la ventana. Lencho se acercaba gritando “soy el curro”, pero nunca más volvieron a abrirle la puerta.

Después de varios meses el aroma se coló por la puerta, las gallinas muertas hedían, la casa apestaba tanto que las mujeres se decidieron a tumbar la puerta y encontraron a Ángela Verdugo sentada en una silla de mimbre en el comedor. La autopsia mostró un estómago empequeñecido y signos de deshidratación. El médico escribió “muerte natural” para que la enterraran cristianamente en el cementerio; a Ángela Verdugo no la mató el hambre y la sed, todos en Eldorado saben que la mató la tristeza.

Cuando la tierra cubrió la fosa se escuchó “soy el curro”, las únicas palabras de despedida del entierro de Ángela Verdugo.

Nadie sabe nunca que hora es en Eldorado, se duermen en cuanto obscurece y despiertan al alba. Nadie cuenta los días y los meses en Eldorado, no importa desde que el campo está seco, porque ya nadie cosecha caña en el ingenio. Nadie sabe cuándo, pero Felipe Verdugo volvió.

Al encontrar la casa vacía, buscó a las vecinas y preguntó por Ángela Verdugo. Todas echaban a correr cuando lo veían, pensaban que era un aparecido que cobraría venganza porque dejaron morir a Ángela Verdugo. Felipe Verdugo, con pinta de buchón, hebilla de plata, botas blancas y lentes obscuros atemorizó a todos.

“Ana María, dónde está Ángela, dímelo al chile”. Las mujeres permanecían mudas con cara de susto. Felipe Verdugo se apareció en la cantina, el único local del pueblo que no estaba sumido en la miseria y preguntó por Ángela Verdugo.

“Murió. No te agüites compa, le mandamos hacer unos rosarios pa que no sea un alma en pena”.

Aquella noche se escuchó “soy el curro” y a la mañana siguiente encontraron colgado en el baño a Felipe Verdugo.

El suicidio de Felipe Verdugo desencadenó la epidemia. A los nueve días de enterrado, encontraron un pequeño cuerpo en el río San Lorenzo. Al principio nadie lo relacionó con el suicidio de Felipe Verdugo; un niño ahogado en un río, puede ser un accidente. Pronto aparecieron dos cuerpos más, uno entrelazado con el otro, ambos se ahorcaron. Las mujeres comenzaron a preocuparse, los pocos niños que quedaban en Eldorado morían de manera extraña; fue entonces que encontraron a un niño colgado en el baño, justo como Felipe Verdugo y a otro más con los ojos desorbitados y estrangulado con una sábana. La superstición se apoderó de las mujeres de Eldorado, y comenzaron a desplumar gallos y a marcar con sangre las puertas y ventanas para que la maldición de Felipe Verdugo no entrara a sus casas. No sabían que la causa no era sobrenatural sino médica. Los niños no morían por una absurda superstición del alma en pena, sino por la epidemia de suicidios que desató Felipe Verdugo. Las mujeres pensaban que Felipe Verdugo se aparecía a los niños y los inducía a suicidarse. Trazaron una cruz con sal y cal sobre la tumba de Felipe Verdugo para que no saliera del sepulcro y ofrecieron rosarios y misas para que descansara en paz.

De nada sirvió cuanto hicieron, porque tres días después encontraron siete niños ahorcados en los establos. Pronto los pocos niños de Eldorado ya habían muerto, no quedaba más espacio en el cementerio. La epidemia también se llevó a los pocos jóvenes que no se habían marchado.

Entonces las mujeres vieron en los ojos bizcos de Lencho al mismísimo diablo. Lencho gritó “soy el curro”. El grito infernal que llamaba a los niños. Las mujeres tomaron piedras y lo siguieron, mientras Lencho avanzaba hacia la casa de Ángela y Felipe Verdugo gritando “soy el curro”. Nadie se atrevía a lanzar la primera piedra, todas esperaban a que alguna lo hiciera, pero nadie se movía. Lencho las miró sin enfocar la mirada, la baba le escurría por la boca y gritó “soy el curro”. Una mujer lanzó la primera piedra. En seguida una lluvia cayó sobre Lencho, quien no sabía si cubrirse la cabeza o desviar las piedras. Lo apedrearon hasta la muerte. Desenterraron del montículo de piedras el cuerpo deforme y lo arrastraron hasta el río San Lorenzo, para que sus aguas se llevaran la maldición a otro pueblo.

Se amontonó el polvo y la tierra sin cultivar en Eldorado; ya no es lo que era cuando la abuela de los Verdugo vivía. En Eldorado la epidemia de suicidios terminó, los niños ya no se suicidan porque ya no hay niños. En Eldorado ya no queda nadie.

Lavaderos en Tequila, Jalisco
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