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Nación en llamas: Laicismo, individualismo y la creciente islamización de Europa

Nación en llamas: Laicismo, individualismo y la creciente islamización de Europa

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Manent, Pierre.
Situation de la France.
Paris: Desclée de Brouwer, 2015.

En el libro, Situación de Francia, Manent plantea la cuestión de la relación de la comunidad musulmana y Europa.  Manent aplica sus décadas de experiencia en el campo de la filosofía política al malestar y la crisis actual de Francia y propone una vuelta a la nación reemplazando la sociedad laicista secularizada por una amistad cívica que tenga presente el valor social de la religión. Para Manent, los desafíos de incorporar a los musulmanes a la vida de la sociedad francesa constituyen una crisis cívica derivada de la incapacidad de los ciudadanos franceses en su conjunto para visualizar el bien común. La actual situación francesa se deriva no sólo de la expansión global del islam sino también de la crisis de autocomprensión colectiva francesa y europea.

Como el propio Manent señala, su ambición es “que el análisisde la experiencia europea sea suficientemente adecuado para que [los franceses] podamos ver el islam como una realidad objetiva, en lugar de que permanezca como el reflejo de nuestra propia ignorancia y desconocimiento de nosotros mismos.”

Esta crisis es resultado de varios procesos:

Desde la agitación cultural de 1968, la mayoría de las formas de autoridad se han degradado. Las políticas francesas que combinaron individualismo con rechazo a la ley mermaron la legitimidad de la nación, la Iglesia, y la familia. Se abandonó la idea de bien común, se deslegitimaron las reglas colectivas y se perdió la lealtad a la comunidad. Realmente se vació de sentido la nación francesa que era una república laica con corazón católico. 

La política francesa de laicidad de principios de siglo XX, que armónicamente integraba un estado laico, con educación nacional y una sociedad civil católica, se transformó en un proyecto de secularización de la sociedad y desnacionalización de Francia. El resultado es un espacio social formado por individuos consumidores que tienen derechos y se mantienen parcialmente unidos por una burocracia europea transnacional. 

Portada del libro “Situation de la France”, Pierre Manent.

Hoy se sacrifican las formas de autoridad colectiva en el altar de los derechos individuales. Existen muchos individuos “con derechos” solos y sin ninguna esperanza en la política nacional ni en la religión, pero que aspiran a un estado europeo postnacional donde primen sociedades radicalmente laicistas libres de deberes compartidos. En Francia, el estado laicista ha neutralizado todo lo que su pueblo tenía en común y ha otorgado soberanía ilimitada al individuo.

Ante este panorama, los franceses, tienen problemas para ver y entender el desafío que representa la llegada del islam a lo poco que queda de la vida común francesa. Para Manent, la razón es que los franceses no toman en serio la nación ni la religión católica fuertemente vinculada a su historia. Las élites no logran entender la nueva presencia del islam porque no se toman en serio la religión, en particular el cristianismo y sus efectos en la nación.

Para Manent, hay dos obstáculos para abordar de manera efectiva la cuestión musulmana en Francia. 

El primero es el laicismo cuya versión más radical busca sacar el islam y toda religión de la arena pública, a pesar de la innegable impronta cristiana del país. Manent sugiere que la versión más agresiva del laicismo es impotente ya que no puede unir a los ciudadanos porque va en contra de su experiencia histórica y además es demasiado débil para hacer frente a la fuerza colectiva del islam. Acostumbrados a varios siglos de laicismo como regla de la asociación política “hoy no sabemos más cómo hablar de la religión como un hecho social o político”. Para los occidentales, la religión es un asunto privado y no puede ser motivo legítimo para la acción política. Sin embargo, esta separación no se ha vivido entre los pueblos musulmanes.

Una de las principales tesis de Manent es que el actual laicismo francés es un fracaso. Ciertamente la laicidad como principio de gobierno que separa religión y política ha sido beneficiosa para Europa. Pero, el laicismo que hoy pretenden vivir los franceses es un laicismo “imaginario”, un laicismo que quiere “hacer desaparecer la religión como cosa social y espiritual”. 

El segundo obstáculo para atender esta nueva situación de Francia es la comprensión europea dominante de la religión como algo privado e individualizado.

Esta postura que busca deshacerse del papel social e integrador de la religión, es impuesta como norma política y es central para la comprensión europea de la modernidad como una inevitable marcha hacia la secularización. Esta comprensión de la modernidad y de la religión, constituye un doble problema según Manent. Primero, porque no permite el acercamiento al islam como una tradición orientada hacia la comunidad y fuerza moral en la vida política. En segundo lugar, porque el supuesto punto de vista de la modernidad libre de religión impide a los franceses y europeos involucrarse en este desafío recuperando los fundamentos espirituales de la religión cristiana “propios” de la vida política europea. 

Pierre Manent en la “Semaines sociales de France”, Noviembre 2011.

Otorgar una soberanía ilimitada a los individuos, mantener que la religión es meramente una opinión privada y aceptar las diferencias de la vida siempre que no se violen los derechos de los demás, ha fracasado al tratar con la población musulmana de rápido crecimiento en Francia. La suposición laicista de que todos los problemas con los musulmanes se disiparán porque eventualmente se volverán modernos, seculares y democráticos, ha demostrado ser errónea. La vida pública para los musulmanes es un conjunto de moral y costumbres, no un entorno que garantiza derechos. 

Aunado a esto, los países europeos sufren la deslegitimación de la nación como marco político de la vida y se debilita el Estado y su papel en la articulación e institucionalización del bien común. Europa sufre un debilitamiento del Estado que se ve agravado por el progresivo borrado de fronteras políticas, que indirectamente refuerza la legitimidad de las fronteras religiosas, principalmente del Islam, que se presenta como un “todo” lleno de sentido. Tenemos así, por un lado, la Europa “cristiana”, cuya forma política es el debilitado Estado-nación y que adopta el discurso de los derechos humanos, y por otro, el mundo musulmán, que habla el lenguaje de la ley y las costumbres religiosas, y cuya forma política ha sido inestable. Son dos formas totalmente diferentes de asociarse, pero deben encontrar un principio de convivencia. 

Ante la fortaleza de unos y la debilidad de otros, Manent, concluye que el régimen político francés no tiene más remedio que ceder

Los movimientos culturales de 1968 erosionaron la vida común y dieron paso a la islamización de Francia, ya que no proporcionaron ninguna vía para que sus propios ciudadanos o los inmigrantes musulmanes se unieran. Los laicistas proponen una aplicación más rigurosa del actual laicismo radical y los multiculturalistas proponen intentar preservar la identidad francesa a pesar de la presencia de musulmanes. Sin embargo, ambas posturas tratan a los musulmanes franceses como una abstracción y no como una realidad concreta. Y tampoco proponen ninguna acción política. Ambos apuestan por un proceso de despolitización. Algunos quieren más laicismo y otros simplemente denuncian el suicidio y decadencia nacional.

En contraste con esto, Manent responde que la única “política posible” es una política “igualmente alejada de las ensoñaciones de una “diversidad feliz” y de las inclinaciones mal reprimidas de un “retorno” de los inmigrantes “a sus casas”. Una “política de lo posible” implica un gran compromiso entre los ciudadanos musulmanes franceses y el resto del cuerpo político. Por un lado, Francia renuncia a “modernizar” las costumbres de los musulmanes y les otorga un lugar concreto dentro de las instituciones sociales. Por otro lado, establece claramente prohibiciones para preservar ciertos rasgos fundamentales de su régimen.

“Así que creo que las restricciones que nuestro sistema político está obligado a imponer a las costumbres musulmanas tradicionales se reducen a la prohibición de la poligamia y el velo completo. … El segundo principio que anuncié, se refiere a la preservación, o a la reafirmación de ciertos elementos constitutivos de nuestra vida común que pueden resultarles más difíciles de aceptar… [como] la completa libertad de pensamiento y expresión. Es un requisito que se encuentra en el corazón de la historia europea moderna. 
… La única condición para participar efectivamente en la sociedad europea es dar la cara y aceptar que la ley política no pone límites a lo que se puede pensar, decir, escribir, dibujar.”

La filosofía política detrás de estas propuestas se expone a lo largo de todo el libro La situación de Francia. Manent quiere recordar la naturaleza de la acción política. Los seres humanos tienen una “naturaleza política”,  necesitan y se sienten atraídos por un arreglo de vida común que armonice las diferencias y que los una a todos a algo superior a ellos mismos, es decir, al bien común. 

Manent critica las opiniones dominantes sobre los seres humanos y su convivencia, las cuales se resumen en el individualismo y el laicismo. Ninguno de los dos permite ver la realidad política y social tal como es, y ambos son incapaces de proporcionar alguna fuente de cohesión política. Bajo esta óptica, el desafío que ofrece el islam se suma al planteado por la despolitización contemporánea. 

Sin embargo, esta situación obliga a Francia a plantearse si debe continuar con su búsqueda de un estilo de vida “post-político” –donde no se les pide nada a los ciudadanos excepto ser individuos con derechos y sin membresía en cuerpos políticos intermedios como la familia, la Iglesia y la escuela–, o si sería mejor recuperar aspectos de su antigua constitución como nación y llevar decididamente su “marca cristiana”.

En un auténtico espíritu Aristotélico, Manent escribe que “Toda acción, y especialmente la acción cívica o política, se despliega con miras al bien, especialmente con miras al bien común.” Por ello, para Manent, el principal problema de Francia es la ceguera ante este bien, que históricamente se expresó en términos espirituales, y que ahora se ha combinado con la necesidad de acomodar e integrar a la relativamente nueva población musulmana de Europa. Los estados sacrificaron el bien común (y finalmente a sí mismos) al dar prioridad al individualismo hasta el punto de que los “ciudadanos-individuos” contemporáneos no logran ver la persistencia y el significado político de las relaciones, las familias y el grupo o comunidad. Los europeos de hoy necesitan restaurar la creencia en un bien común.

Foto: Alotrobo.

Para Manent, lo distintivo de Europa es “el gobierno de sí mismo en relación con la proposición cristiana”. Bajo este tenor, la principal contribución política europea no sería el principio de la separación Iglesia-Estado sino la íntima unión entre proyectos políticos y religiosos, que vincula el orgullo de un ciudadano a la humildad de un cristiano. La historia europea no estuvo marcada por la separación radical o completa de la religión y la política (como imaginan los laicistas radicales), sino por la interacción prudencial de la religión y la política. Además, el cristianismo encontró su forma política en la nación, o la pluralidad de naciones que primero se llamó “cristiandad” y luego “Europa”. En palabras de Manent:

“En lugar de considerar la separación como el secreto … del desarrollo europeo, debemos buscar lo que ha sido a lo largo de nuestra historia el principio de reunión y de asociación del hombre europeo. La separación, tan útil e incluso necesaria como se ha vuelto, no es en sí misma un principio de vida. La unidad, o más bien la búsqueda de la unidad, es principio de vida.
… Este es pues el punto de partida, el principio de la historia europea: gobernarse a sí mismo en una cierta relación con la propuesta cristiana.
… Fue en una forma política sin precedentes [la nación] que los europeos emprendieron este proceso político y religioso sin precedentes: gobernarse a sí mismos obedeciendo el plan benévolo de Dios. Se podría decir: buscar constantemente conjugar el orgullo del ciudadano, o en general del hombre activo, y la humildad del cristiano. En este sentido, lo específico de Europa no es la separación entre lo religioso y lo político, sino la búsqueda de una unión más íntima entre ambos.
… Lo que se busca constantemente en Europa puede definirse, en términos teológicos, como la acción común de la gracia y la libertad, y, en términos políticos, como la alianza de la comunión y la libertad.”

Para volver a poner en el centro el bien común y la esencia de la grandeza espiritual de Europa, los musulmanes no necesitan abandonar su religión, sino que deben verse a sí mismos como “ciudadanos musulmanes miembros de una comunidad nacional” y así, al entregarse a Francia y participar como ciudadanos, a la vez que reciben de ella la libertad de vivir su cultura y religión. Un estado laico puede ser neutral a la religión, pero la sociedad nunca puede serlo. Reconocer que Francia es una nación marcada principalmente por el cristianismo no significa que los musulmanes deban ser ciudadanos de segunda. De aquí surge la necesidad de reavivar la vida cívica y el régimen de representación. Los musulmanes deben participar en la plaza pública como musulmanes al igual que los cristianos y cualquier otro ciudadano. Para Pierre Manent, revitalizar la nación europea y la participación cívica ante la entrada del Islam y el agotamiento de un “EuroEstado” secular, es una oportunidad para apostar juntos como nación.

“… acogerlos sin más sería privarlos de su mejor oportunidad de vida cívica, o más bien abandonarlos en una Europa sin forma ni bien común. No es suficiente para reunir a las personas el declarar o incluso garantizar sus derechos. Necesitan una forma de vida común. El futuro de la nación de marca cristiana es un tema que nos une a todos.”

El libro de Manent es un llamado a los europeos a llegar a un acuerdo con el islam y aumentar su aceptación del estilo de vida musulmán tomando en serio el significado social de todas las religiones. Esta reconceptualización de la religión y el repensar el legado del laicismo, tendría dos efectos según Manent. En primer lugar, obligaría a los europeos a recuperar su “antigua constitución” para que el cristianismo pueda volver a vigorizar la vida política; y en segundo lugar, permitiría a los musulmanes encontrar su lugar en un país de marca cristiana y contribuir a la vida pública afirmando abiertamente sus compromisos religiosos. La “comunidad de ciudadanos”, según Manent, no es ni musulmana ni cristiana, pero, el carácter público de las identidades religiosas colabora para revivir el principal proyecto republicano, que es la amistad cívica y una visión compartida de bien común.
En conclusión, los planteamientos de Pierre Manent en su libro Situation de la France ciertamente contribuyen a una mejor deliberación política en Francia sobre la situación de los musulmanes ese país al afirmar que todos los ciudadanos deben tener una responsabilidad y capacidad para contribuir a los ideales del bien común de la nación. Sólo de esta manera se dejará atrás una visión del desafío como una guerra entre “ellos” y “nosotros”. La superación de la crisis cívica consistiría en la conversión de los musulmanes franceses en ciudadanos completamente franceses en una renovada “nación de marca cristiana”.

Nación en llamas: Laicismo, individualismo y la creciente islamización de Europa

Agustín de Iturbide: padre de la Patria mexicana

Por Raúl González Lima

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Agustín de Iturbide, fue el español mexicano “criollo” que se transformaría en el padre de la patria mexicano español. Y con su transformación, México se convertiría en nación independiente. Personaje histórico, controvertido y polémico hasta la fecha. Nace en Valladolid (hoy Morelia), el 27 de septiembre de 1783, seis años antes del inicio de la Revolución Francesa, y catorce años después del nacimiento de Napoleón Bonaparte.  Su nombre completo era: Agustín Cosme Damián de Iturbide y Aramburu. 

El día y mes del nacimiento de Iturbide serían el día y el mes de la entrada del Ejército Trigarante, victorioso, a la Ciudad de México. Todavía hay algunos, los menos, quienes pretendiendo denostar y mostrar a Iturbide como egocéntrico, reclaman a Iturbide haber escogido la fecha de su cumpleaños para hacerla coincidir con la entrada triunfante a la Ciudad de México del Ejército que había formado bajo las tres directrices (garantías) del Plan de Iguala. Ante la ocurrencia de los principales acontecimientos que consumarían la independencia de México (los Tratados de Córdoba en agosto de 1821, y la capitulación de la capital de la Nueva España en septiembre de 1821), era cuestión de un simple acomodo de escasos días para hacer coincidir la entrada del Ejército Trigarante a la Ciudad de México con el 27 de septiembre de 1821. ¡Qué mejor celebración de cumpleaños, para el líder indiscutible que era Iturbide, que el triunfo de la campaña militar y política que había iniciado en Iguala en febrero de 1821, y que terminaba felizmente en ese día!

Es precisamente el 27 de septiembre de 1821, la fecha que muchos historiadores han considerado como el día más feliz en la historia de México, por la inmensa algarabía que significó la entrada del Ejército Trigarante a la Ciudad de México, logrando así la consumación de la anhelada independencia de la nación mexicana, y que lamentablemente dejó de ser considerada como gran fiesta nacional en la primera mitad del siglo XX. Pero antes de esa fecha, hubo varios acontecimientos para hacer posible este inicio de la nación mexicana independiente, los cuales nos permiten comprender mejor la figura del gran personaje de la historia patria que fue Agustín de Iturbide.

Entrada del Ejército Trigarante en 1821,

En 1797, Agustín de Iturbide decide, a los 14 años, seguir la carrera militar en Valladolid, su ciudad natal y una de la más importantes de la Nueva España, nación que era entonces parte de la Monarquía española, y cuya máxima autoridad de gobierno estaba a cargo de un Virrey nombrado por el Rey español. Por nación entendemos, para estos efectos, al conjunto de personas de un mismo origen, que habitan un territorio, y que generalmente hablan un mismo idioma y tienen una tradición común. Eso era la Nueva España, una nación que había comenzado su gestación a partir de la Conquista española iniciada con la caída de Tenochtitlán en 1521, la principal ciudad de los Mexicas, quienes ejercían el control político y militar de una parte importante de Mesoamérica. El territorio conquistado sería llamado Nueva España, por Hernán Cortés, para integrarlo así a la Monarquía de Carlos V, entonces rey de Castilla y de otros territorios en la Península Ibérica y en Europa (Imperio Español), y para expandir significativamente este territorio, hacia el norte y hacia el sur, durante los siglos XVI, XVII y XVIII.

La Nueva España estaba conformada preponderantemente por población indígena que habitaba el territorio mesoamericano; en segundo lugar, por población mestiza constituida principalmente por las distintas combinaciones de indígenas con españoles; y en tercer lugar, por españoles, nacidos en Europa, o por hijos de españoles, nacidos en la Nueva España, y que posteriormente, fueron llamados criollos. Esta circunstancia poblacional, refleja dos aspectos: (i) la Conquista española, que representó la derrota del predominio político, militar y económico mexica sobre otras poblaciones indígenas, fue llevada a cabo por alrededor de 500 españoles en alianza con miles de guerreros indígenas opositores a la opresión mexica; y (ii) el mestizaje natural y cultural que comenzó  a darse por la eventual unión entre hombres españoles y mujeres indígenas, que contribuiría a crear un nuevo perfil racial y cultural, en adición a la población indígena y española, que sería característico de la nación novohispana y mexicana. A principios del siglo XIX, en 1804, la población de la Nueva España ascendía aproximadamente a seis millones de habitantes, de acuerdo con estimaciones de Alejandro von Humboldt, de los cuales aproximadamente 2,400,000 habitantes eran indígenas (40%), 2,400,000 habitantes eran mestizos (40%), 1,130,000 habitantes eran criollos (19%), y tan solo 70,000 habitantes eran españoles (1%).

Con respecto a su territorio, la Nueva España llegó a abarcar, durante sus tres siglos de existencia, gran parte de lo que hoy conocemos como los Estados Unidos, el territorio actual de México, las islas Filipinas, la mayor parte de Centroamérica y una parte del Caribe. Cuando México se convirtió en país independiente, es decir, a partir del 27 de septiembre de 1821, el Imperio Mexicano comprendía un territorio que abarcaba desde los actuales estados de California, Nevada, Arizona, Utah, Colorado, Nuevo México y Texas en los Estados Unidos, hasta lo que es hoy es la República de Costa Rica. Un vastísimo y muy rico territorio novohispano, gran parte del cual México, como nueva nación, habría de perder en los siguientes 30 años de su vida independiente, principalmente por razones políticas y militares, pero también por su incapacidad como nación para gobernarse con estabilidad y eficacia, producto de un divisionismo ideológico estéril que provocó un atraso económico y cultural en la nueva nación, así como un absoluto desorden en la economía y las finanzas públicas, como resultado de innumerables pronunciamientos y asonadas militares, guerras civiles, golpes de estado, y una permanente inestabilidad política y económica.

La Nueva España, además del territorio y población, compartía entre gran parte de su población un mismo idioma, el castellano, una misma religión, la católica, y un mismo gobierno, el virreinal, como parte integrante de la Monarquía Española. Por otra parte, la literatura, la arquitectura, la minería, la medicina, las instituciones educativas y científicas, y otras artes y oficios, florecieron de manera significativa en la Nueva España, llegando a ser una potencia económica y cultural en los siglos XVII y XVIII. 

Óleo, castas: mestizo.

Sin embargo, la Revolución Francesa de finales del siglo XVIII y el Imperio Napoleónico de principios del siglo XIX, habrían de afectar a la Monarquía en España, y terminarían por afectar también a la Nueva España, y a la nueva nación mexicana, con consecuencias políticas y militares a lo largo del siglo XIX, y por tanto, también en la historia contemporánea de México.

La vida militar de Iturbide transcurre principalmente en las primeras dos décadas del siglo XIX, y tiene su punto álgido a partir de una serie de acontecimientos políticos y militares en España en 1808, y sus efectos inmediatos en la Nueva España. La invasión napoleónica al territorio español y el derrocamiento de la Monarquía española sacuden políticamente a la Nueva España, en conjunto con las nuevas ideas liberales, creando la oportunidad para la defensa de la Monarquía española desde América, desconociendo al nuevo gobierno español auspiciado por los invasores franceses, para lo cual se requería la autonomía política de la Nueva España mientras se reponía a la Monarquía española. Las conspiraciones independentistas que surgen en la Nueva España en 1808, tenían este propósito más que el crear una nueva nación independiente, incluyendo la revuelta civil y militar iniciada por Miguel Hidalgo el 16 de septiembre de 1810, que sería contenida por el ejército realista a principios de 1811. Sin embargo, los acontecimientos en España, incluyendo las nuevas ideas liberales, la idea de que la soberanía radica en el pueblo, y la instauración de una constitución liberal en Cádiz en 1812, darían un nuevo aire a los movimientos independentistas, principalmente al insurgente que había iniciado Miguel Hidalgo, y después liderado por José María Morelos. Iturbide participa desde un inicio, como teniente, combatiendo al movimiento insurgente, cumpliendo como militar realista sus funciones de mantener el orden, y derrotando a las guerrillas insurgentes en distintos puntos del territorio novohispano. El movimiento insurgente casi estaba derrotado alrededor de 1815, e Iturbide, quien ya estaba a cargo del Ejército del Norte, había ganado fama como eficaz oficial del ejército realista. 

Después de servir con lealtad a dos virreyes, Venegas y Calleja, Iturbide se ve inmiscuido en algunos asuntos de corrupción y se aleja parcialmente de sus actividades militares en 1816. En enero de 1817, después de derrotar al insurgente Ramón López Rayón, Iturbide confía al entonces Capitán Filisola, su idea de evitar tanto derramamiento de sangre y la facilidad con que se lograría la independencia si se pusiesen de acuerdo las tropas mexicanas que militaban bajo la bandera del Rey con los insurgentes que aún se mantenían combatiendo. Esta idea habría de germinar poco tiempo después. En 1820, siendo Apodaca el último virrey de la Nueva España, y como resultado de la restauración de la constitución liberal de Cádiz en España, que había sido abolida pocos años después de haber sido promulgada en 1812, se acrecientan nuevas conspiraciones para lograr la autonomía política de la Nueva España, incluyendo la conspiración de La Profesa, en la cual sería invitado Iturbide a participar.

Para entonces, Iturbide ya había comenzado a elaborar su propio plan de independencia, y los acontecimientos se irían desencadenando a favor del plan de Iturbide. Los notables de La Profesa recomiendan a Iturbide con el virrey Apodaca para ser nombrado comandante del Ejército del Sur. Iturbide combate a las fuerzas de Vicente Guerrero en enero de 1821, cerca de Acapulco, y en febrero de 1821, Iturbide y Guerrero llegan a un acuerdo para el cese del fuego, y unir sus fuerzas para lograr la independencia de México. El 24 de febrero de 1821, Iturbide proclama el Plan de Iguala, el cual firma Vicente Guerrero. El Plan de Iguala, entre otras cosas, establecía la independencia política de México de España, y que el ejército que se formaría a partir de esta proclama se denominaría “Trigarante” por el lema y las tres garantías de dicho Plan: religión, independencia y unión.

Abrazo de Acatempan. Óleo Román Sagredo.

A propósito de las tres garantías del Plan de Iguala, vale la pena enunciarlas brevemente en cuanto a su significado, y como genialidad de dicho Plan, que constituiría el manifiesto político fundacional de la nueva nación mexicana, cuya autoría intelectual corresponde a Agustín de Iturbide, y que sería secundado y apoyado por los propios insurgentes y otros oficiales realistas. Seguimos el orden en que las tres garantías fueron enunciadas en el Plan de Iguala y representadas en los colores de la bandera Trigarante original, que data de febrero de 1821. Religión: la católica como religión de Estado (simbolizada por el color blanco, e inspirada por la Fe verdadera); Independencia: autonomía política y económica de la metrópoli española (simbolizada por el color verde, e inspirada por la Esperanza en libertad); y Unión: de todos los habitantes y los nacidos en la Nueva España (simbolizada por el color rojo, e inspirada por la Caridad fraterna). Este significado contrasta con los principios antropocéntricos de la Revolución Francesa: Igualdad, Libertad y Fraternidad, que algunos equivocadamente han llegado a equiparar con las tres virtudes teologales cristianas, confundiendo los pretendidos valores enunciados por la Ilustración y la “modernidad”, con la ejemplaridad de las tres virtudes a las que los hombres solo pueden aspirar por intermediación de la Gracia Divina, a través de los sacramentos.

Posterior a la entrada triunfante del Ejército Trigarante, el 28 de septiembre de 1821, se firma el Acta de Independencia del Imperio Mexicano. Agustín de Iturbide queda a cargo de la Primera Regencia encargada de gobernar a la nueva nación independiente, en conjunto con la Junta Provisional Gubernativa, órgano legislativo responsable de crear la primera constitución del México independiente. Todo esto conforme al Plan de Iguala de febrero de 1821, y a los Tratados de Córdoba firmados en agosto de 1821. Faltaba designar también al monarca del Imperio Mexicano, en espera que algún miembro la Monarquía española aceptara dicho ofrecimiento. La Monarquía española no solo no aceptó el ofrecimiento del recién creado Imperio Mexicano, sino que desconoció en marzo de 1822 los Tratados de Córdoba que habían sido firmados en 1821 por Juan O’Donojú e Iturbide. Agustín de Iturbide fue nombrado emperador el 18 de mayo de 1822, por una iniciativa popular y dicho nombramiento fue aprobado por el Congreso al día siguiente.

El nombramiento de Iturbide como emperador despertó todo género de pasiones y ambiciones personales y políticas entre quienes habían jurado lealtad al Plan de Iguala y los Tratados de Córdoba, incluyendo a los antiguos insurgentes, los partidarios de un régimen republicano, los liberales radicales pertenecientes a logias masónicas, los militares del nuevo Ejército mexicano, y los españoles defensores del régimen monárquico borbón. En un de repente, el llamado libertador y consumador de la independencia de México, se convierte en “tirano” y villano a quien derrocar. Ante la efervescencia y desorden políticos generados por las inconformidades de los liberales y la sublevación del ejército liderada por Antonio López de Santa Anna, el 19 de marzo de 1823, Iturbide renuncia (abdica) como emperador, y decide exiliarse para evitar más conflictos en la nueva nación. 

Iturbide queda aislado y traicionado políticamente. Se exilia con su familia en Italia. El 3 de abril de 1824, el Congreso declara a Iturbide traidor a la Patria y fuera de la ley en caso de que regresara al país, lo cual ratifica en el mismo mes el recién creado congreso constituyente. Iturbide ignora estas decisiones, y a principios de mayo se embarca en Inglaterra con destino a México, al enterarse de planes europeos para desconocer la independencia de México y ocupar eventualmente el territorio nacional. Recién llegado a México es detenido y será fusilado en Padilla, Tamaulipas el 19 de julio de 1824, en cumplimiento del decreto que lo declaraba “traidor y fuera de la ley”.

Hasta aquí, el recuento sucinto de la gloria y tragedia de Agustín de Iturbide, consumador de la independencia de México, y de algunos datos para reflexionar sobre la figura histórica del consumador de la independencia nacional, a quien la historia oficial ha denostado y pretendido olvidar. El 7 de octubre de 1921, la Cámara de Diputados acordó borrar el nombre inscrito en letras de oro de Agustín de Iturbide del salón de sesiones, decisión que fue ratificada el 30 de noviembre de 1936 por decreto de Lázaro Cardenas.

México, como nación independiente, sufriría en los 50 años siguientes a la muerte de Iturbide, de muchos infortunios políticos y militares, incluyendo la pérdida significativa de su territorio y guerras civiles que traerían atraso y pobreza material y espiritual a nuestra nación. Posiblemente, los mexicanos todavía estemos “pagando”, en nuestro destino histórico como país, las consecuencias del parricidio cometido en la persona del principal padre de la patria, Agustín de Iturbide.

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Independencia o nacimiento

Por Pbro. Mario Arroyo

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Los días patrios suponen siempre una amable ocasión para sentirnos mexicanos, celebrar la independencia, revivir las tradiciones y, ¿por qué no?, hurgar un poquito en nuestra historia, para tomar conciencia de quiénes somos realmente. Esto último no es sencillo, puesto que durante mucho tiempo se ha intentado adoctrinarnos, ofreciéndonos una visión canónica de nuestra independencia, de nuestros héroes y de nuestra identidad; constructo con fines políticos y de propaganda. No es sencillo acudir a las fuentes, ni encuentran suficiente difusión visiones alternativas de la historia nacional.

Como muestra, un botón: En realidad, es este año el año del bicentenario de la Independencia. No es el 16 de septiembre el día que debiéramos festejar, sino el 27 de septiembre, día del que casi nadie se acuerda. Tanto como a Hidalgo –iniciador– deberíamos reconocer a Agustín de Iturbide –consumador– de nuestra independencia. Pero no es así, porque la historia oficial tiene una fuerte componente doctrinal que no puede ser soslayado.

Impresión de Agustín de Iturbide.

El inicio de México como país, su nacimiento como realidad novedosa emancipada de España, se da el 27 de septiembre de 1821, en pocos días se cumplirán doscientos años de este acontecimiento. Si nos descuidamos pasará desapercibido.

Respecto al nacimiento de México nos hemos creído mitos, que nos remontan miles de años atrás, pero que carecen de fundamento histórico. Nosotros no somos ni los mayas, ni los olmecas, aunque conservemos orgullosos sus vestigios; la realidad mexicana es muy distinta de la que vivieron esos pueblos: el idioma, la cultura, la rueda, la escritura, la religión, son diferentes. Aunque nos pese, y les pidamos que nos pidan perdón, durante tres siglos fuimos parte del Imperio Español, y eso, nos guste o no, conforma parte de nuestra identidad y de quiénes somos. Basta ver el idioma que hablamos, la configuración de nuestras ciudades, nuestros apellidos, para darnos cuenta de que es así.

Rechazar nuestras raíces españolas manifiesta un complejo no superado sobre nuestra identidad. En lugar de “enaltecernos” pone en evidencia el carácter acomplejado de la historia oficial. México es la fusión de dos culturas, como admirablemente expresa el mural de Jorge González Camarena. Y como tal comienza su andar apenas el 27 de septiembre de 1821. Antes no existía México, se estuvo gestando durante tres siglos, y lo que ocurrió antes tiene  una relación con nosotros como la que tienen los celtas con la España actual.

Mestizaje.

Celebramos la independencia aunque yo más bien diría  que celebramos el nacimiento de un país, de una nación. Y digo nacimiento en vez de independencia, porque vista nuestra historia, nunca hemos sido independientes del todo. Desde el embajador Joel Robert Poinsett en los albores de nuestro caminar, hasta Kamala Harris actualmente, nunca hemos sido totalmente independientes. Tampoco es un desdoro: es simplemente resultado de estar en un mundo más grande que nosotros, luchando por abrirnos camino. Pero, por supuesto, hemos recibido influencia francesa, norteamericana, inglesa. Incluso participamos en la Segunda Guerra Mundial.

En diversos aspectos de nuestra vida como nación, la influencia extranjera es innegable, por ejemplo, en los albores de lo que después sería Televisa, la XEW radio, también intervinieron los norteamericanos.

No sería extraño que, en la reciente legalización del aborto por parte de la “Suprema Corte de Injusticia”, haya pesado la agenda abortista norteamericana encabezada por Kamala Harris. ¿Por qué no se dio durante la anterior administración estadounidense pro-vida? No, Estados Unidos, la ONU, y quién sabe cuántos actores más marcan muchas veces la agenda política, social y cultural de México. Las protestas feministas recientes, por ejemplo, son una réplica de las que ya se habían dado en Argentina, Chile y otros países sudamericanos.

Por eso, además de celebrar, debemos trabajar por un México mejor. Lo contrario no nos vuelve patriotas, sino patrioteros. Y aunque orgullosos de nuestro México, muchas de sus realidades –el narcotráfico, la violencia, la corrupción, la pobreza– hacen que, a dos siglos de nuestro nacimiento, todavía falte mucho por hacer. En los rubros mencionados, se nos cae la cara de vergüenza. La independencia tenemos que ganárnosla, día a día, trabajarla, lucharla arduamente, y no solo celebrarla un día al año.

Nación en llamas: Laicismo, individualismo y la creciente islamización de Europa

¡Que viva México! Que llegue a vivir México

Por Jesús Alcántara

A pesar de tener raíces milenarias a ambos lados del Atlántico, ese proyecto, esa empresa, ese sueño al que llamamos México comenzó a nacer apenas hace dos siglos.

Después de 300 años de historia novohispana (deslumbrante, complejísima y casi desconocida para la mayoría de los mexicanos), una mezcla de patriotismo criollo y de entusiasmo liberal engendró a un estado nacional, cuya forma quedó planteada por primera vez con seriedad en la Constitución de 1824, heredera tanto de la Pepa de Cádiz como de la Constitución de los Estados Unidos de América.

En su artículo segundo, la Constitución del 24 consignaba:

La nación mexicana adopta para su gobierno la forma de república representativa, popular, federal.

Esa formulación aparentemente simple define hasta nuestros días las coordenadas de nuestro ideal político nacional. Con pequeñas variaciones, el mismo proyecto fue refrendado por la constitución de 1857, que en su artículo 40 hablaba de una “República representativa, democrática, federal”; y en esos mismos términos, la definición fue luego trasladada, sin cambio, al texto original de la constitución de 1917 (en 2012 se le agregó, además, la característica “laica” a la forma de gobierno de nuestro país).

De modo que los mexicanos atravesamos la primera intervención francesa, la guerra contra los Estados Unidos, el trauma irresuelto de la pérdida de nuestros territorios del norte, la dictadura de Santa Anna, la guerra de reforma, la segunda intervención francesa, el Segundo Imperio, los maltrechos gobiernos liberales que le siguieron, a los que sucedió la dilatada dictadura de Díaz, la revolución mexicana y la construcción del régimen político que emanó de ella; y a lo largo de ese accidentado periplo, una y otra vez nos hemos repetido que lo que andamos buscando es convertirnos en un Estado nacional con una forma de gobierno republicano, democrático y federal.

No quiero ser un aguafiestas, pero por poco que se hurgue en esa historia, de inmediato salta a la vista que, en estos doscientos años, los mexicanos hemos hecho casi de todo, menos construir los valores, las costumbres, las tradiciones y las instituciones propias del republicanismo, de la democracia o del orden federal.

El republicanismo significa, ante todo, horizontalidad social, responsabilidad y participación ciudadana, pesos y contrapesos; en fin, implica la voluntad y la capacidad de compartir el poder. Si me apuran, yo estoy casi dispuesto a afirmar que México no terminó nunca de convertirse en una república, al menos en ese sentido. Nuestra historia política y social ha favorecido una y otra vez –y lo sigue haciendo– la concentración del poder, los liderazgos unipersonales y excluyentes, la cultura del ordeno y mando; en suma, el presidencialismo absolutista, que luego se va reproduciendo en cada estado, en cada municipio, en cada dependencia pública; y muchas veces, también en las instituciones privadas, en las escuelas y universidades, en las casas.

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Por su parte, la democracia supone, para empezar, competencia política efectiva, libre y justa; un sistema de partidos y un entramado institucional que garanticen que la voluntad ciudadana se exprese en las urnas y se traduzca en una ininterrumpida y pacífica transmisión del poder, conforme a reglas y plazos preestablecidos y aceptados por todos. Pero si ya nos ponemos exquisitos, la democracia exige, además: división de poderes, compromiso con la legalidad, transparencia, responsabilidad pública y rendición de cuentas. Con buena fe, estoy pronto a reconocer que al menos desde 1989 (año del primer gobierno estatal de alternancia), comenzamos a dar los primeros pasos en la dimensión electoral de nuestro orden democrático –y sólo nos tomó 165 años desde aquello de la república representativa y popular–, pero como buen mexicano a caballo entre el siglo XX y el XXI, no deja de preocuparme que el poco camino andado en esa dirección pueda fácilmente desandarse. Además, en términos sustantivos estamos todavía muy lejos de ese ideal de democracia en el que muchos aprendimos a creer, pero que, a la hora de la hora, parece que no termina de convencernos a todos.

A su vez, el federalismo no ha dejado de darnos dolores de cabeza. En las pugnas entre conservadores y liberales del siglo XIX, uno de los temas principales era si México debía ser una federación o un estado centralista: El ala liberal abanderaba las reivindicaciones de autonomía y reconocimiento de las realidades locales que se habían desarrollado con notables diferencias desde el periodo novohispano y durante los primeros años de nuestra vida independiente, además de que el federalismo norteamericano les parecía muy atractivo. El partido conservador, por su parte, argumentaba que el tamaño y la complejidad de este país exigían alineación y control en los temas de gobierno, eficiencia en la recaudación y en la administración pública, y que la fragmentación del territorio debilitaría y dificultaría el desarrollo del país.

Aunque formalmente se impuso el modelo federal de los gobiernos liberales, con honestidad hay que reconocer que, durante la mayor parte de su historia, México ha tendido al centralismo gubernamental, hasta el punto de que los presidentes de la república –por lo menos hasta el gobierno de Ernesto Zedillo– mantuvieron el poder metaconstitucional de destituir gobernadores. Veinte años de fortalecimiento del poder local frente al federal nos han dejado un sabor agridulce a los mexicanos, debido a la multiplicación de casos de corrupción desenfrenada por parte de los gobiernos estatales (no que antes no pasara), y hoy parecemos estar en un proceso de nueva concentración del poder en la figura presidencial, o por lo menos en un intento en ese sentido. Sobre la conveniencia o no del federalismo, yo ni quito ni pongo rey, lo único que sí señalo es que un sistema federal funcional y mediamente satisfactorio, tampoco hemos tenido, a pesar de nuestra insistencia en el modelo.

Después de este breve repaso sobre los avatares de nuestro histórico proyecto de nación, recuerdo una experiencia personal: después de una adolescencia y una primera juventud en la que me conflictuaba mucho el rumbo que debía dar a mi vida, la vocación que debía seguir, en fin, el sentido de mi existencia, la terapeuta que me atendía en esa época me dijo, más o menos, estas palabras: “desde hace años has venido a contarme que tenías un sueño por cumplir, pero que distintas situaciones te lo impedían; ahora, todos esos obstáculos ya no están, y sin embargo, estás sufriendo de una ansiedad todavía peor. ¿Por qué no aceptas de una vez que ese sueño no era realmente lo que querías?”

Cada 15 de septiembre, por la noche, nos reunimos (quizá este año no tanto), y juntos proferimos un grito que nos llena el pecho: ¡Viva México! Ese nombre, México, designa muchas cosas, pero entre otras, una vocación política muy clara, la de constituirse en una república, democrática y federal. Vale la pena preguntarnos qué tanto hemos querido, de verdad, que ese México viva, y qué tanto estamos dispuestos a hacer para que así sea.

MDNMDN