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Mirar con los ojos del tiempo la cotidianeidad: Conversación con Domitille Cure

Mirar con los ojos del tiempo la cotidianeidad: Conversación con Domitille Cure

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Con el paso de las estaciones nos damos cuenta del avance de la vida. La temporalidad cambia de colores: los árboles cambian del verde al amarillo hasta perder el follaje; las mandarinas que encontramos en otoño se cambian por las fresas y cerezas del verano; los vestidos ligeros y coloridos de algodón dan paso a los abrigos pesados y obscuros. 

La vida, dividida en cuatro temporadas, nos enseña a lidiar con los constantes cambios. Simbólicamente representamos la primavera con la infancia, el verano con la juventud, el otoño con la madurez y el invierno con la vejez. Las plantas, los animales y los hombres pasan por un ciclo, claramente hay un comienzo y un final; sin embargo no creo que podamos decir con tanta simpleza que la vejez es invernal y la infancia es primaveral. Me parece que somos seres estacionales, a veces nos sentimos más veraniegos, otras veces primaverales y otoñales. A veces una estación puede durarnos años y otras meses. En ocasiones pensamos que un amigo es más solar, siempre sonriente y viste con colores brillantes; y otras veces encontramos una ciudad, como Berlín, casi siempre vestida de negro, como un eterno otoño-invierno. Así que lejos de asociar el invierno con la decrepitud, simplemente hay que observar que así como la tierra necesita de una helada para preparar de nuevo el florecimiento de las flores; del mismo modo nosotros debemos pasar por altos y bajos. 

Colaboración para el Berliner Planze Kalender 2022
Ilustración: La Météo

Nuestros recuerdos también se mueven dentro de esta temporalidad, recordamos la cerveza que tomamos con una amiga en el parque para aprovechar los primeros días soleados de primavera; un verano en la costa; alguna caminata con amigos mientras pisamos las hojas otoñales; la última Navidad de alguien. Y la vida se nos representa con este ciclo que va y viene. Las estaciones son el reloj del mundo.

La Météo, en francés, significa el tiempo o el clima. En palabras más técnicas, la meteorología estudia los fenómenos climáticos y atmosféricos para pronosticar el tiempo o el clima de un lugar específico. Precisamente esto hace Domitille Cure, con su marca de ilustraciones La Météo. Domitille estudia las estaciones, los colores, temperaturas, predice y graba la temporalidad en sus impresiones. 

Podría parecer banal, pero una decoración adecuada puede ayudarte a sentirte en casa. En mi caso, después del caos de la mudanza, me encontré con las paredes desnudas y su palidez me pedía a gritos un poco de color. Diariamente tenemos que lidiar con lo que colgamos en las paredes, así que la imagen que verás mientras bebes tu café diario tiene que encantarte. 

Imagiers La Météo.

Jamás he entendido a los coleccionistas de arte que compran una obra por estatus. Se debería comprar por la estética que te transmite. Como en el caso del famoso falsificador-pintor Wolfgang Beltracchi, quien tiene la habilidad de copiar el estilo de varios pintores y sus copias eran tan fabulosas que cualquiera podía jurar que se trataba de una obra perdida de algún pintor importante. Cuando lo descubrieron, siguió pintando con los diversos estilos que podía imitar, pero firmaba con su nombre. Pues la falsificación se produce solamente hasta que se firma con otro nombre. Sin embargo algunos de los que compraron sus obras, decidieron que perdieron valor, porque compraban una firma y un estatus, no una pintura que les gustara y evocara algo. Pero no es mi intención escribir un texto sobre estética. Quedémonos con una idea: que te guste y disfrutes lo que miras en tu casa.

Era finales de otoño cuando coincidí con Domitille Cure en una clase de alemán. Cuando llegó el invierno con sus mercadillos navideños compré mis primeras ilustraciones: unos limones (citrons) y un gato (chat). Cada vez que entro a la cocina, lo primero que veo son sus colores vivaces que me recuerdan el verano y tierras soleadas lejanas de Berlín. 

Domitille es una artista francesa que estudió diseño en la Universidad de Glasgow y vive en Berlín, una ciudad en la que confluyen artistas internacionales y que cuenta con una gran variedad cultural. Desde hace tres años Domitille, junto con la artista sueca Maja Björk –quien ilustra imágenes de la vida y la cotidianeidad– participan en un mercado de arte. La pandemia cerró por mucho tiempo los lugares públicos y aunque los mercados son al aire libre, la vida cultural berlinesa está regresando lentamente desde el verano pasado; esto dio pie a que los ilustradores pasaran de las exhibiciones al Etsy, que tiene la ventaja de llegar a cualquier ciudad. Las impresiones de Domitille han llegado a México, Corea y varios países de Europa. 

Platón consideraba que el artista era un entusiasmado, con un dios dentro (en-theos) y que su obrar era inspirado. En ocasiones se piensa que la inspiración es un impulso irracional que aparece sorpresivamente, pero me parece que la inspiración, aunque puede llegar a cualquier hora, también requiere del ejercicio constante. En palabras de Picasso: “la inspiración existe, pero tiene que encontrarte trabajando”. Para comprender un poco mejor el trabajo, el esfuerzo y la inspiración de las ilustraciones que adornan mis paredes conversé con Domitille.

Retrato de Domitille Cure por Maja Björk.

Muchas gracias por tomarte el tiempo para esta entrevista, creo que a muchos que conocen tu trabajo les da también curiosidad conocer un poco más a la ilustradora. Elegir una ilustración para decorar tu hogar u oficina es algo íntimo y se produce un vínculo, una relación entre el ilustrador, la imagen y quien la mira. De cierta forma, miramos el mundo a través de tus ojos. Y quisiera que me hablaras un poco sobre ese mundo. Por lo regular tus ilustraciones no son composiciones, sino que son imágenes precisas: tomates, mariposas, flores, animales. ¿Por qué dibujas lo que dibujas? Y ¿qué significan para ti tus ilustraciones? ¿Qué buscas transmitir?

Gracias por tan bello retrato de la esencia de mi mundo. Como bien dices, mi marca, La Météo, se inspira en las estaciones del año, en Francia, en la botánica y sobre todo en la idea de la temporalidad: tomo un elemento efímero de una estación y lo inmortalizo en otra. En los años 90, en Francia teníamos estos carteles inspirados en imagiers, que es un libro de imágenes, con animales o dibujos botánicos que se utilizaban a menudo como decoración de la cocina. Las imágenes se clasifican por temas y tienen su nombre asociado debajo. Es un concepto bastante simple, pero me gustó la idea de reapropiarme de él con mi propia estética y también de perpetuar la idea de un arte popular accesible para todos.

Para mi tus ilustraciones muestran pequeños detalles y escenas de la vida; como una invitación a poner atención a lo cotidiano y aprender a apreciarlo. Quisiera saber un poco más sobre tu proceso creativo, ¿cómo pasas de la observación a la ilustración?

¡Eso es exactamente! Mis dibujos pretenden realzar las cosas cotidianas que pueden parecer banales o que a veces nos olvidamos de mirar, dándoles una nueva mirada o un nuevo color, literalmente. Me gusta pensar que con la elección de paletas brillantes, mis ilustraciones pueden tener el efecto de las vitaminas en invierno, aunque claro, que también a veces son un poco nostálgicas. 
Mi proceso creativo se basa en mis exploraciones en la naturaleza, viajes, libros iconográficos como los de Taschen, imaginarios botánicos clásicos o las películas de la Nouvelle Vague. Me empapo de lo que veo y trato de inmortalizarlo en un boceto, un collage o un juego de colores. A veces mis imágenes son sencillas e iconográficas, como la serie botánica inspirada en los imagiers, otras veces intento expresar un momento concreto, como la escena del desayuno inspirada en la película Le Rayon VertEl rayo verde– que me recuerda los veranos vividos en Francia y evoca la nostalgia de un momento pasado. 

Cuatro postales de paisajes. La Météo.

No me parece una coincidencia tu nombre artístico, La Météo, en relación con tus ilustraciones. Creo que las estaciones influyen en tu proceso creativo. ¿Cómo comenzaste con este proyecto? 

Absolutamente, quería expresar algo cambiante como una estación, pero expresarlo en relación con nuestras emociones y como una metáfora de nuestra espiritualidad. La Météo no trata sólo del tiempo y las estaciones, sino también del paso del tiempo y de los pequeños y sencillos momentos que forman parte de nuestras vidas. En el otoño de 2019 creé La Météo, justo cuando nos conocimos. Había empezado a trabajar en una serie de collages y quería encontrar la forma de imprimirlos. En esa época descubrí la risografía y empecé a imprimir mis ilustraciones en Drucken3000, una imprenta berlinesa especializada en este proceso. Y así comencé a imprimir con ésta técnica, en la que era necesario limitar la elección de colores, pero mantener los atrevidos contrastes de mis collages iniciales.

En cuestiones un poco más técnicas, el papel debe tener cierta porosidad para que el color se vea tan vivaz. ¿Podrías describir brevemente y de forma sencilla el proceso técnico de la impresión? O ¿cómo trabajas en tu taller? 

Por supuesto. Utilizo dos procesos de impresión para mis grabados: la risografía y la serigrafía. Me gustan ambas técnicas por diferentes razones. La risografía por la textura granulada que da la tinta. La tinta es más transparente que la serigrafía y cuando las tintas se superponen, se pueden crear increíbles combinaciones de colores. Con  solamente tres colores básicos se pueden crear varios de tonos diferentes. Y la serigrafía me gusta por los colores vivos y el aspecto casi pintado de la impresión final. Con esta técnica puedo crear contrastes ricos e interesantes. Me fascina el proceso de mezclar cada color antes de la impresión, es una parte realmente importante de mi trabajo porque definirá todo el ambiente de la ilustración final. Finalmente imprimo personalmente las serigrafías en el estudio que comparto con otros artistas en el barrio de Wedding y las risografías en Rosenthaler Platz. Todo mi trabajo se crea e imprime en Berlín, aunque con mi toque personal francés.

Domitille en el taller de impresión.

Quisiera abordar cuestiones más personales con dos preguntas muy concretas. ¿Dibujabas desde pequeña? Y ¿cuál fue la reacción de tu familia cuando decidiste ser ilustradora? 

Sí, siempre me ha gustado dibujar y desde pequeña he sido creativa. Creo que encaja con mi personalidad soñadora y a veces me ayuda a expresarme sin necesidad de utilizar palabras. En el instituto, descubrí el movimiento fauvista, artistas como Gauguin y Matisse que pintaron mujeres y paisajes con colores vivos. El color aportaba mucha emoción a las obras, al tiempo que hablaba de viajes y descubrimientos. Esto me llamó la atención e inspiró mi forma de dibujar o pintar con el color. Más tarde, cuando tenía 20 años, viví una temporada en el sur de Francia siguiendo los pasos de los fauvistas, descubrí la Provence, cuyas paletas han inspirado mi trabajo en los últimos años. 
Sobre tu segunda pregunta, diría que no hubo realmente ese momento teatral –que te puedes imaginar en las películas– en el que anuncié: “mamá, papá, voy a ser ilustradora” (risas). No, fue más bien algo que se estableció orgánica y lógicamente con el tiempo. Mis padres no siempre entendieron a dónde iba y por qué, pero siempre me apoyaron en mis decisiones de ir a vivir al extranjero o de estudiar arte en la Escuela de Arte de Glasgow.

Todos tenemos algún libro, canción o pintura que nos ha influido en nuestra percepción de la vida. ¿Quién o qué ha sido tu mayor influencia?

Creo que la inspiración evoluciona y cambia a medida que conocemos gente nueva y descubrimos cosas nuevas, y esto es lo que principalmente construye y enriquece nuestra identidad creativa. Si tuviera que definir una obra que haya inspirado mi trabajo de forma continua durante años, creo que es el movimiento cinematográfico de la Nouvelle Vague de los años 60, en particular las películas de Eric Rohmer. Me parece que este director domina el arte de la sencillez a la perfección. De hecho, todas sus películas se hacen sin guiones. Representa una Francia del pasado, un poco ingenua y llena de ligereza en una atmósfera muy rica en colores, típica de la estética de este movimiento cinematográfico.

Domitille Cure en Design-Market:
imagiers y Le Rayon Vert. La Météo.

Quizá sea difícil decidir cuál es tu ilustración favorita. Pero ¿cuál es la ilustración más vendida y por qué crees que eligen más esa? 

Me gusta mucho la ilustración del desayuno inspirada en la película Le Rayon Vert de Eric Rohmer. Es la que me resulta más íntima y la que, en definitiva, más evoca esta idea de estacionalidad. Para mi, esta imagen, es mi magdalena (madeleine) de Proust de mis veranos en Francia. Desayunar al aire libre, bajo el sol, leyendo el periódico mientras bebo un café en una taza grande. Es curioso porque otros franceses me han dicho que también les recuerda a eso y me alegro de haber conseguido captar ese fugaz momento.

Muchas veces en las entrevistas de trabajo preguntan: “¿dónde te ves en cinco años?” Esa pregunta siempre me ha parecido difícil de responder, porque en lo personal me cuesta planificar o tener un esquema de la vida. Por el contrario, creo que la vida muchas veces acontece como menos lo esperábamos. Así que me parece un poco injusto preguntarte sobre el futuro y que adivinemos sobre el porvenir. Aunque sí quisiera saber un poco sobre tus planes… no sobre las ilustraciones de los siguientes años, pero al menos si ya tienes una idea de la próxima. Y si te gustaría ilustrar en otros materiales, por ejemplo bolsas de algodón, playeras, cuadernos o libros.

Esa es una buena pregunta. Me interesa mucho seguir trabajando en ilustraciones inspiradas en películas y también quisiera recopilar todos mis dibujos botánicos en un libro infantil. Más allá de las ilustraciones en papel, me encantaría ofrecer artículos de papelería o de moda, como, por ejemplo, unos bonitos calcetines afrutados. Estoy impaciente por seguir desarrollando y perfeccionando este proyecto tan querido para mí.

Auto-retrato.

Si quieres conocer más sobre el trabajo de Domitille Cure o conseguir alguna de sus ilustraciones puedes visitar el Instagram de La Météo o su tienda de Etsy.

Mirar con los ojos del tiempo la cotidianeidad: Conversación con Domitille Cure

Nostalgia

Por Ana Paola Gris Trinidad

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Siempre he sido una persona nostálgica. Desde muy pequeña me hice el hábito de fechar cada dibujo, libro o papelito que pasaba por mis manos. En un par de ocasiones, y para encanto de mi madre, incluso escribí con plumón indeleble mi edad en los muebles de mi cuarto. Así, al día de hoy tengo varios recuerditos, y uno que otro buró, marcados con un “Ana 9 años” o un “abril 2009”. 

Librero: Ana 9 años.

No sé de dónde habré sacado esa costumbre, pero sí recuerdo que cada vez que escribía mi edad o la fecha, lo hacía con la esperanza de volver a aquellos objetos en el futuro y considerar el tiempo transcurrido. Esa misma sensibilidad nostálgica me desarrolló un respeto especial por el pasado. Atesoraba los regalos que me hacían mis abuelas cuando me aseguraban que tal prendedor o aquella estatuilla habían pertenecido a sus madres o a sus mismas abuelas. La antigüedad siempre parecía darle un encanto añadido a las cosas, porque ¡cuántos años, cuánta historia y cuánta vida habían pasado por aquellos objetos!

Aunque pudiera parecer contrario a mi naturaleza que tiende preservar el momento presente, a admirar lo que fue y a guardar “cajas de recuerdos”, decidí darle un giro importante a mi vida cuando terminé la preparatoria. En mi círculo social chiapaneco es muy común salir de casa para estudiar la universidad y, por eso, cuando cumplí 19, cambié mi pequeña ciudad natal por la megalópolis de Ciudad de México, busqué amistad en gente que no conocía desde kínder y pasé de una ruidosa casa de seis personas a un silencioso departamento.

Equipaje

La verdad, salí muy bien librada de la aventura. Me enamoré de mi carrera, de mis nuevas amistades, de un chico que ahora es mi novio y hasta de una ciudad respecto a la que alguna vez tuve tanto prejuicio. Pero así como gané muchas cosas nuevas, poco a poco me fui dando cuenta de tantas otras que perdía. “El día a día de la familia”, como decía una amiga foránea que también compartía la inquietud. Si no sentía suficiente nostalgia con las fotos que subían al grupo familiar de Whatsapp en que mostraban las comidas con la abuela o las carnitas asadas con los tíos, sí que la sentía cuando llegaba de vacaciones a mi casa y mis hermanos menores eran de pronto más altos que yo, cuando los notaba más jóvenes que niños y cuando me hacía consciente de una normalidad doméstica de la que ya no formaba parte.

Primer gran súper. Foto: Ana

Fue un privilegio que el inicio de la pandemia haya supuesto para mí una bondad en este sentido: pude volver a mi familia, en su cotidianidad, cuando ya tenía ojos y corazón para apreciarla como nunca. Pero, una vez más, la añoranza no se hizo esperar, sólo que ahora se trataba de nuevas pérdidas: clases, amigas, novio, la que había sido mi vida desde hacía cuatro años. Comencé a extrañar cosas que no parecían muy significativas en su momento: los esquites y manguitos afuera de la universidad, los descansos que tomaba afuera de la biblioteca, las noches de películas con mi roomie, el parque donde corría, ¡y el clima, sobretodo el clima! Pequeñeces que ahora adquieren una importancia enorme porque ya no pueden volver.

Me rebelé contra el afán de algo que no fuese lo que tenía enfrente. Me desagrada la idea de una insatisfacción inagotable en el ser humano (creo que muchos de los grandes problemas de la actualidad se deben a la codicia sin escrúpulo) pero en el fondo creo que es cierta. He podido comprobar en mi vida esa tendencia constante hacia algo que, incluso cuando me considero feliz, siempre puedo echar en falta. Nunca dejamos de desear. De esa manera, aunque había aprendido a valorar mi vida en Chiapas, me seguían doliendo algunas pérdidas. Recién graduada, enfrentándome a un futuro laboral incierto y en el contexto de un mundo en llamas por la pandemia, me embargó una inquietud, una certeza paralizante: cada elección implica un sacrificio.

Soy consciente de que mi situación no era especial, ni mucho menos: estos años han habido duelos más grandes e incertidumbres más graves de los que no me atrevería a decir que entiendo algo. Pero, como toda experiencia humana, el dolor, la inquietud, se dan de manera personal. Y me afectaba, hasta el grado de no querer decidir más: ¿qué ganar y qué perder? ¿familia o amigos? ¿hermanos o novio? ¿Tuxtla o Ciudad de México? ¿trabajo o maestría? Era mejor quedarme quieta y posponer las preguntas incómodas.

En The Bell Jar, Sylvia Plath hace una bonita analogía de esto último. Cuenta cómo una joven percibe su vida como si estuviese frente a una higuera en la que cada higo representa una posibilidad: uno era un marido e hijos, otro era una carrera como poeta, otro era una vida en el extranjero. A pesar de estar muy hambrienta, la joven se sienta frente al árbol sin poder decidir qué higo tomar. La higuera termina por secarse y los higos, caen negros y arrugados a sus pies.

Al final, como en el relato de la higuera, las determinaciones en la vida llegan con el tiempo, incluso si no es uno mismo quien las elige. En un afán de no querer tener que decidir, no me daba cuenta de que mi aparente inacción ya marcaba cierto rumbo en mi vida. No querer enfrentarme a cosas como buscar trabajo, reconciliarme con alguien o terminar la tesis, no era igual a posponerlas sino que ya estaba eligiendo cierto tipo de vida: estar desempleada, albergar resentimiento y no tener un título. Las decisiones y, más importante, el cambio, son ineludibles; toda elección o no-elección que tome hoy ya me encamina hacia algún lado.

Recuerdos, Ana.

En esto último convendrá recordar al estoicismo y su invitación a aceptar e incluso querer lo que es inevitable (más vale que el perro camine junto al carruaje a que el carruaje tire del perro). Tuve que hacer las paces con esa verdad para poder reconocer que aunque el cambio significa pérdida y renuncia en unos sentidos, también significa oportunidades y crecimiento en muchos otros. Es por el cambio que tomamos distancia de lo vivido, adquirimos perspectiva y podemos transformarnos. 

Así como valoré mi ciudad con el contraste de vivir en otra, y valoré a mi familia con el contraste de vivir sola, la experiencia nos va moldeando. Ahora, aunque aún trabajo en adueñarme más de mis decisiones, el futuro me entusiasma más de lo que me asusta. A veces no es tan claro qué actitud tomar, pero tengo que recordarme que esa tensión entre pasado y futuro es la realidad humana en la que habitamos. Abrazar esta realidad mudable no significa renunciar al pasado, sino asumirlo como algo que nos permite seguir adelante. Al final, las raíces de una planta no desaparecen porque haya algo más que empiece a crecer, sino que es gracias a ellas que algo más puede darse. La Ana que escribía su edad en los muebles ya contaba con aquello y esa misma era la intención: que cuando volviera a ver aquellas marcas fuese alguien más que aquella romántica niña de nueve años. Sólo queda conservar la esperanza de que los cambios que vengan y las decisiones que haya que tomar no sólo me permitan apreciar lo vivido, sino que me sigan transformando en alguien más y, esperemos, en alguien mejor.

Mirar con los ojos del tiempo la cotidianeidad: Conversación con Domitille Cure

Lejos en septiembre: no lloro, nomás me acuerdo

Por Andrea Fajardo

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Cada vez que mi abuela recibía una llamada de Culiacán, algo se activaba en ella; el acento sinaloense que casi había perdido tras años en la Ciudad de México, regresaba inmediatamente. Hablaba recio y golpeado, con otras palabras y, de pronto, ya no decía mucho sino musho. Al colgar el teléfono, el acento desaparecía. Algunas veces frente a un plato de machaca, añorando Sinaloa, me contaba sobre las calles de Culiacán y sus hermanos; en esos momentos volvía el acento. Es hasta ahora –con los 9,727 kilómetros que separan a Berlín de la Ciudad de México– que lo he entendido.

Los mexicanos, a pesar de todo, estamos orgullosos de ser mexicanos: de la gente, la cultura, las tradiciones, el tequila, los tacos y todo aquello que en nuestro imaginario es la mexicanidad y que sale a flote sobre todo en septiembre.

Quizá por el carácter alegre y fiestero de los mexicanos, septiembre transforma nuestro patriotismo y nacionalismo en celebración. La independencia es un pretexto para reunirnos y festejar. Desempolvamos las banderas y las colgamos por todas partes, desde los edificios hasta los autobuses. Los trajes de charro y las blusas bordadas relucen especialmente durante un mes. Todo es verde, blanco y rojo; incluso la comida: no hay nada más patrio que un chile en nogada en la primera quincena de septiembre, cuando a pesar de las diferencias entre el norte, el centro y el sur nos unimos en un grito colectivo: ¡Viva México, cabrones!

Luchador AF

Pasado septiembre, guardamos hasta el siguiente año el nacionalismo exacerbado. O quizá hasta la siguiente gran ocasión en la que el logro de un mexicano se sienta como un logro o una tragedia colectiva: un partido de la selección, un discurso de Guillermo del Toro, reconocimientos a nuestros escritores y pintores o simplemente cuando cantamos Cielito lindo en el extranjero.

     Y es que en el extranjero, los mexicanos, además de padecer “el síndrome del jamaicón”, somos propensos al “síndrome de septiembre”, que se manifiesta de distintas maneras en función de nuestra relación con los otros, dependiendo de si son personas totalmente ajenas a nuestro entorno original, o si son latinos, o si nos encontramos entre mexicanos.

Por ejemplo, lo primero que hace un alemán, o casi cualquier otro europeo cuando conoce a un mexicano en su país es enlistar lo que ha escuchado de México, y comienza la lista: Chicharito, Frida Kahlo, tequila, tacos, mariachi, sombrero y el Chapo. Incluso algún despistado añadirá: cinco de mayo, chimichangas y chilli con carne. Es entonces cuando el síndrome de septiembre se cuela en el mexicano, quien comienza aclarando que el chile con carne es propiamente tex-mex, a las chimichangas ni las menciona y que el cinco de mayo lo festejan solamente los gringos; para seguir argumentando que México tiene mucho más que ofrecer que lo que dicen las noticias y nuestros problemas con la violencia y el narco. Seguramente, mencionará la gran diversidad de flora y fauna, la gastronomía (que nunca puede faltar), hablará de nuestra arquitectura, que va desde las pirámides, lo colonial y el barroco hasta los rascacielos; e incluso terminará describiendo los colores y la celebración del día de muertos como si cada año hubiera recorrido los caminos de cempasúchil en el cementerio de Janitzio, aun cuando nunca lo hubiera hecho. Quizá la única ofrenda en la que participó, fue la que ponían en la escuela.

Mexicano
Ilustración Dario Marcucci

Aceptémoslo, aunque las tradiciones se diluyen día con día, frente al otro no lo admitiríamos. Claro que nos esforzamos para que entiendan que México va más allá del estereotipo -que presentan las búsquedas de Google basadas en un imaginario mundial- del hombre sombrerudo y bigotón que se sienta a la sombra de un nopal (hay que añadir que no tiene sentido tomar una siesta recargado en espinas); o que las mujeres pueden tener otro nombre que no sea “María”, y que no necesariamente un mexicano debe tener cinco nombres y apellidos compuestos, como en las telenovelas. En resumen, queremos mostrar lo mejor, lo que nos enorgullece: nos convertimos en promotores culturales. Entonces deja de avergonzarnos y estamos dispuestos a usar un sombrero o una máscara de luchador para enriquecer el imaginario que los otros tienen de nosotros.

También puede ocurrir que en algún momento viajaron o viajarán a nuestra tierra o que hayan conocido a otro mexicano; y es cuando cruzamos los dedos esperando que el paisano dejara una buena impresión, y para reforzar o mejorar su opinión nos esforzamos en ser más alegres y simpáticos, para que la siguiente vez que se encuentre con otro mexicano, diga que tiene un amigo mexicano amable y divertido.

La segunda forma se presenta entre latinos e hispanos. El oído afinado por el tiempo empleado en aprender un idioma nuevo te mantiene alerta; es por eso que en cuanto escuchas por la calle o en el metro que alguien habla español, se acelera el pulso, como si lo extraño fuera menos desconocido. Es la primera manifestación del síndrome de septiembre. Cuando escuchas el español, además de alegrarte, si es posible, intentas establecer contacto, quizá con una sonrisa, para que sepan que alguien entiende lo que dicen.

Una vez que hemos logrado el contacto, buscamos similitudes entre latinos y nos reímos con las diferencias de las palabras y nos maravillamos de la riqueza de nuestra lengua,  porque algo inmenso nos arropa: hablamos el mismo idioma.

Y de pronto sientes, aunque tu único acercamiento a Colombia son los libros de García Márquez, que aquella chica colombiana y tú tienen mucho en común. El mexicano cuenta sobre México y escucha sobre Colombia, y por dentro sabe que, a pesar de los acentos y las palabras, comparten muchas cosas, que ellos también extrañan, que ellos también se fueron, que ellos también se adaptan.

La falta de unidad entre los hispanohablantes y, especialmente, entre latinoamericanos, desaparece en el extranjero.

La tercera forma es la más interesante: el síndrome de septiembre entre mexicanos. No tienes que explicar nada y tampoco eliminar estereotipos, tampoco buscas similitudes; ya no necesitas explicar lo que entiendes por una palabra, ni aclarar nada, porque los mexicanos sabemos de dónde venimos. Lentamente vuelve a tu boca el no manches, wey, compa, morra y todo aquello que hace a los demás saber que eres uno de ellos, que eres mexicano. Eres tú, cargando con tu propio México, con tu visión de México, con tus recuerdos y tu ideal.

No es que lo hayas olvidado, sino que es como si en aquel momento los tacos del Villamelón con su vista a la Plaza México, la calle empedrada de Francisco Sosa, las esperas en la fuente de los coyotes, el tráfico del Periférico y las cúpulas anaranjadas de Bellas Artes te poseyeran.

Cada vez que mi abuela recibía una llamada de Culiacán, el síndrome de septiembre se activaba en ella; en la nostálgica distancia, Sinaloa era su México. Así como ella empezaba a alzar la voz y a hablar como sinaloense, de pronto me encontré a mí misma hablando casi a gritos entre otros mexicanos. No era la única. El adiestramiento de meses de susurrar en el metro, se desvaneció en el momento en que entramos a nuestro pequeño México.

Panorama Jorge Razzo

Desconocidos que se aceptan por el simple hecho de ser mexicanos; porque todos compartimos la misma nostalgia, el miedo a regresar con las manos vacías y la sensación del fracaso, la añoranza por la familia, los antojos que te hacen agua la boca; porque mientras sostenemos una salchicha y un pan, no dejamos de hablar de birria, carnitas, un buen plato de pozole, de menudo y las mil variedades de tacos. Inevitablemente terminarás hablando de comida. Y sigues hablando fuerte, rápido, con un acento marcado, mientras un tequila –que parece más aguarrás– te quema la garganta y tendrás que conformarte, porque es lo que hay. De pronto resulta que no tienes dos pies izquierdos y hasta puedes bailar las de los Ángeles azules, siguen las canciones de Luis Miguel para preparar la voz para las rancheras y los mariachis, y empezarás a gritar, porque es una simulación de canto, como si estuvieras en Garibaldi con unos mariachis en directo, en lugar de escuchando una lista que Spotify sugirió. Y no sólo eso, también te sabes algunas de banda. Incluso, aunque jamás lo harías en México y te cueste aceptarlo, resulta que te sabes la letra completa de Rata de dos patas y terminas cantándola, sin despecho, sólo porque Paquita suena muy mexicana.

Pero hay una dimensión más del síndrome de septiembre, que se vive a solas y cotidianamente, cuando plantas chiles y tomates verdes, esperando hacer una buena salsa; cuando intentas hacer tortillas, aunque sepas que se te van a romper y te decepcionará el sabor. De la comida pasamos a la decoración, de pronto ya no te resultaría extraño colgar una bandera todo el año, desearías tener un comal, comer en un plato de talavera y beber de un jarrito de barro. Y aunque te cuestionas seriamente si en caso de que un extraño enemigo osara profanar nuestro suelo estarías dispuesto a sumarte al grito de guerra, si quizá no darías la vida por una idea de patria, al menos es claro que siempre recuerdas diez lugares, a cierta gente y tres o cuatro ríos.

En Berlín aprendí la palabra Heimweh, que es el dolor por el hogar, la añoranza por la tierra. Creo que describe muy bien esta nostalgia por el México de tu abstracción, que es el motor del síndrome de septiembre; cuando aquello que te ha sido conocido y querido por tantos años, paradójicamente está distante y tan cercano a la vez.

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