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Mi madre

Mi madre

Para Bárbara.

Me acostaba deseando que amaneciera. La noche era demasiado larga y solo cuando empezaba a iluminarse me sentía aliviado y sin miedo a levantarme. Durante la obscuridad permanecía inmóvil con los ojos abiertos escrutando entre las sombras. ¿Hasta cuándo tengo que soportar esta obscuridad? ¿Cuándo llegará el día? 

Por la noche es más evidente que ya no está. Escucho los sollozos de mi madre. Ella tampoco duerme. Su llanto arrulla la obscuridad hasta que la quiebra con su grito. La escucho sin moverme. “¿Por qué?” No dice más.

Lux
Lux
Foto: AF

Por qué. Por qué. Por qué. Destempla la obscuridad, taladra los tímpanos y aún así no me atrevo a levantarme. No puedo consolarla. Me hago la misma pregunta mientras la tragedia y la muerte me miran desde el borde de mi cama con sus ojos vidriosos. Ni siquiera se divierten, no conversan, mudas, impávidas, las moscas se posan sobre ellas y ni siquiera las espantan. La tragedia y la muerte me miran y sé que me quieren. Quizá ya me tienen y por eso las veo.

Mi madre grita de nuevo “¿por qué?” La escuchan y no les importa. Se acostumbran a las noches desgarradas y al insomnio. Del grito vuelve al sollozo hasta que irremediablemente cae dormida.

Por qué. Por qué. Por qué. Ni siquiera debería molestarme en preguntar. No lo sé. Nadie lo sabe. No sabemos la circunstancia. No sabemos cuándo. No sabemos dónde. No sabemos por qué. Y sin embargo moriremos. Eso sí lo sabemos. En un momento preciso; cuando se ha conjugado y dispuesto que ocurra. En el segundo preciso en el que atravesamos la avenida. En el momento exacto para terminar debajo de las ruedas traseras de un autobús. Sin tiempo para reaccionar. Sin saber cómo y mucho menos el por qué.

Esta pregunta que destroza a mi madre. ¿Por qué? Nadie responde. La muerte mira impasible en silencio. No tiene nada que decir. Tampoco sabe. Ejecuta ordenes que parecerían regidas por el azar. Por eso no mira, porque sus cuencas vacías nada saben. La obscuridad nos sume en el silencio. Hasta la próxima disrupción. Hasta que mi madre despierte de nuevo gritando, y que del grito pase al llanto y después a dormitar.

Cripta Roma
Cripta Roma, Sta. Maria in Aracoeli
Foto: AF

Vengo de un lugar donde las madres entierran a sus hijos. Esa sangre no fecunda la tierra. Se derrama por las calles y nada brota. Tierra infértil plagada de mártires. Las lágrimas lavan la sangre, pero de todo queda un rastro. Aún así no se produce nada.

Faltan demasiadas horas para que amanezca. No entra ni siquiera la luz de la luna por la ventana.

De nuevo los sollozos y luego el grito. Las sombras al borde de la cama me miran contagiándome su impasibilidad. No lo soporto más. Con temor a levantarme, aún cuando sé que las sombras están aletargadas, intento cerrar los ojos. “¿Por qué?” Escucho el grito de mi madre. Por un momento soy valiente. Apoyo los pies en el piso helado. Atravieso el cuarto tropezando con las sombras. Entro en la habitación. Mi madre, con el cabello alborotado, los ojos rojos y la garganta seca me mira sin expresión. No se me ocurre otra cosa que acurrucarme a su lado.

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