Fin de Roe vs Wade

Fin de Roe vs Wade

Por Pbro. Mario Arroyo

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El fin de Roe vs Wade es el resultado, en gran medida, de un puñado de católicos competentes y coherentes: Samuel Anthony Alito, Brett Kavanaugh, Amy Coney Barrett, Clarence Thomas, y John Roberts quienes, basados en un profundo conocimiento jurídico, pudieron mostrar los vicios de fondo de la sentencia que ha enviado a la tumba a millones de niños norteamericanos. Sencillamente reconocen que eso –el aborto- no está en la constitución y le devuelven a cada estado en derecho de legislar al respecto. Se calcula que 26 de los 50 estados de la Unión Americana prohibirán el aborto o le pondrán severos candados a su práctica. Sin lugar a dudas una victoria histórica del movimiento pro-vida.

Mucho se ha escrito con ocasión de la histórica sentencia Dobbs vs Jackson Women´s Health Organization, aquí sólo quisiera poner el lente de aumento en el hecho de que la mayoría de los jueces que aprobaron la sentencia son católicos –sólo había uno protestante Neil Gorsuch- y, a diferencia de los otros “católicos prominentes norteamericanos” (Nancy Pelosi, Melinda Ann French y Joe Biden), ellos sí son coherentes con sus principios religiosos.

Ahora bien, no se piense que impusieron su sentencia por sus principios religiosos, obviamente en la motivación de la sentencia no se enuncian ningún género de argumentación religiosa. Todo es puramente jurídico; no están imponiendo su particular visión del mundo “católica”, sino que están enmendando un abuso jurídico de casi 50 años, basado en un falso testimonio. Como es sabido Norma McCorvey escribió su libro “I´m Roe” (Yo soy Roe) contando como mintió en el famoso juicio de 1971, cuya sentencia se emitió el 22 de enero de 1973, y cómo fue utilizada por los grupos pro-aborto de aquella época. Lo importante es señalar que la argumentación de la sentencia es puramente jurídica; están defendiendo la Constitución Norteamericana y la autodeterminación del pueblo estadounidense en este importante extremo.

En síntesis, no basta ser católico coherente, sino que es necesario ser competente, capaz. Esos cinco jueces católicos de la Suprema Corte de Justicia Estadounidense no llegaron ahí por ser católicos, sino por ser peritos en derecho. Y como tales, quisieron remediar el barbarismo jurídico que suponía Roe vs Wade, y lo consiguieron. Es decir, lo que más necesita la Iglesia, para ser de verdad “luz de las naciones”, es que haya muchos laicos como ellos: competentes y coherentes con su fe.

La verdad estábamos cansados de tantos católicos incoherentes que han llegado a los puestos de influencia más importantes del mundo: Joe Biden, presidente de los Estados Unidos, acérrimo defensor del aborto, lo mismo que Nancy Pelosi, Presidenta de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos. Es devastador el efecto negativo que puede tener para la sociedad la difusión de este tipo de catolicismo light, sin fuerza frente a las modas ideológicas del momento. Y es impresionante, el caso contrario, lo que pueden hacer un pequeño grupo de católicos bien formados, consistentes con su fe, en las mismas posiciones neurálgicas de la sociedad.

¿Qué corolario podemos sacar de tan feliz noticia? Primero, no caer en fáciles triunfalismos. Es una gran noticia, pero no podemos olvidar que hoy por hoy, los Estados Unidos difunden a nivel mundial el aborto como política pública. No podemos olvidar que los jueces cambian, y si hoy hay mayoría republicana, mañana puede ser demócrata, es decir, en política nunca una victoria es definitiva. Pero claro que podemos alegrarnos con este paso histórico, que se antojaba imposible, sobre todo porque el aborto parece avanzar impunemente en nuestro mundo, siendo esta la primera vez que retrocede en forma consistente.

Pero, sobre todo, podemos sacar un corolario personal: tener ilusión profesional, deseos de ser los mejores en nuestro campo de trabajo, para, desde ahí, servir al Reino de Cristo. En síntesis, formarnos muy bien tanto en el ámbito profesional como en el religioso, con la idea de hacer un mundo más acorde con el Corazón de Cristo, más respetuoso de la dignidad humana, más humano por más cristiano.

Fin de Roe vs Wade

¿Futuro o asesino del clima?

Por Pbro. Mario Arroyo

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Así reza una reciente publicidad en Alemania: “¿Futuro o asesino del clima?”, en la imagen se veía a una mujer amamantando a un recién nacido. Es realmente sorprendente el avance de la ecología profunda, la cual considera al hombre como enemigo de la naturaleza. Al ver esa publicidad inmediatamente hice conexión intelectual con dos hechos recientes: una cita de Peter Singer que leí, donde invitaba a esterilizar a todo el género humano para ser voluntariamente la última generación sobre la Tierra y vivir de fiesta hasta la extinción; y una intervención de una universitaria en clase, quien afirmaba que no tendría hijos por motivos éticos, para evitar el sobrecalentamiento del planeta. De pronto todo encajaba: el hombre es el enemigo del planeta; hay un imperativo ético de acabar con él.

“¿Futuro o asesino del clima?” Foto tomada de la estación central de Berlín por TheoBlog.de

La cultura de la muerte tiene una cara aséptica e incluso altruista: la preocupación no por la humanidad, sino por el planeta. Podemos incluso sacrificar la humanidad en el altar del planeta. ¿Es justo hacerlo? Para muchos enemigos de la vida humana parece ser así. Ya no es que se mire con recelo a las familias numerosas, por considerarlas irresponsables, estamos un paso adelante, de forma que traer vida al mundo no se considera un bien, un motivo de alegría o felicitación. Se comienza a cuestionar la moralidad de traer vidas humanas a este planeta cansado y a este mundo enfermo de violencia, injusticia y corrupción.

El desencanto por lo humano está consumado. Se ha cerrado el círculo, como proféticamente vio el Concilio Vaticano II: “sin el Creador, la creatura se diluye”. El humanismo ateo, que parte de la premisa de la negación de Dios, culmina por afirmar la negación del hombre. Quizá alguien pueda objetar que se trata de casos de élites intelectuales, pero que el grueso de la población no piensa así. Dos hechos, uno global y otro casero, me hacen calificar a tal aseveración de optimista: la drástica caída de la natalidad en los países desarrollados; es decir, los que mejor viven no consideran a la vida digna de ser vivida; y, en segundo lugar, la experiencia de mi barrio clasemediero alto: la gran cantidad de personas paseando perros, inversamente proporcional a la presencia de niños. No, la vida humana en los sectores altos de la población ya no se considera como una bendición, una forma de realizarse y trascender. Se recela de ella. 

“Los dinosaurios creían que todavía tenían tiempo. Actúa ahora”. Cartel para la manifestación contra la crisis climática en Berlín.

El recelo tiene una causa subjetiva: el sacrificio que supone. Es mucho más sencillo tener una mascota que un hijo. Pero ahora ese motivo, egoísta, al fin y al cabo, tiene una motivación intelectual fuerte: la defensa y el cuidado del planeta. Cada hijo supone una gran cantidad de consumo, de calor, de energía, de desgaste para el planeta. Es triste que la vida humana, que biológicamente hablando, es la mayor maravilla que pueda contemplarse hasta el momento en el universo –pues finalmente es el único ejemplo de vida consciente del que tengamos evidencia- se vea empobrecida hasta esos límites inauditos.

La visión cristiana, ahora en clara minoría, es diametralmente opuesta. Se siguen considerando a las familias numerosas como una bendición de Dios. Se sigue viendo a cada vida humana como un milagro, cada ser humano se considera único e irrepetible. Cada persona tiene dignidad y por ello un valor inalienable. Sigue viendo en el mundo en particular y en el universo en general, como un inmenso don, que Dios confía al hombre. Se valora al mundo y todo lo que él contiene, pero no como un fin, sino como un medio.

Se debe respetar la naturaleza y cuidar del planeta, pero como parte de nuestra responsabilidad extendida, nuestra responsabilidad con los hombres del mañana. Sigue siendo el hombre el centro de la creación, no se sacrifica a ella. Hace poco me hacían caer en cuenta que las personas que comulgan con esos planteamientos propios de la Deep-ecology no tienen hijos. Están condenados a la extinción.

Yo no soy tan optimista, pues por tratarse de una élite, controlan los contenidos y los programas educativos. Poco a poco tal visión va ir permeando, como la única éticamente solvente, y los que no comulguemos con ella seremos mirados con recelo, cuando no reprimidos social, cultural e incluso penalmente (no quedan muy lejanos los castigos en China por tener más de un hijo). Tal parece que la única alternativa para un futuro esperanzado de la humanidad es la vuelta a un humanismo cristiano. La pregunta es ¿todavía es posible?, ¿todavía estamos a tiempo o es ya demasiado tarde?

Fin de Roe vs Wade

Historia de dos embarazos

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Por Mary Eberstadt

First published in First Things

La mayoría de las personas que consideran que el aborto está mal, sostienen que se trata de una acción intrínsecamente mala. En contraste, aquellos que creen que abortar no es un acto malo siguen una deducción utilitarista: Un niño que llega en un mal momento puede ser algo malo. Por lo tanto, terminar con su vida puede ser algo bueno. Tal posición asume que el derecho a abortar incrementa la felicidad humana.

Ésta lógica casi nunca se enuncia explícitamente. Ejerce su poder como una intuición, una empatía instintiva hacia las mujeres en circunstancias difíciles. Como tal, es una forma de pensar que opera en un plano en el que los argumentos explícitos y razonables rara vez se hacen presentes. Así que dejemos los argumentos a un lado y probemos en su lugar la defensa utilitarista del aborto a partir de dos historias imaginarias de vidas paralelas.

Primavera 1975. Patricia es una estudiante de primer año en una prestigiosa universidad del noreste de Estados Unidos. Espera convertirse en la primera abogada de la familia. Hoy está sentada en la banqueta de una calle tranquila de un pueblo de Nueva Inglaterra, a unos cuantos kilómetros del campus. Después de varios días plagados de preocupaciones y noches de insomnio, acaba de confirmar en la clínica local de “Planned Parenthood” (planificación familiar) el secreto que lleva dentro: está embarazada. Su novio, un estudiante de la misma universidad, fue con ella para escuchar la noticia. Sentada sin moverse, con el rostro bañado de lágrimas, Patricia piensa en el futuro, en sus padres y en lo que viene. Algo tiene que hacer.

A varios estados de distancia y en un mundo socioeconómico totalmente diferente, otra veinteañera también llora. Kelly acaba de escuchar la misma noticia de un doctor local: está embarazada. Kelly no es una estudiante universitaria, sino una graduada de la preparatoria de un pueblo de la otrora región industrial de Estados Unidos conocida, no sin ironía, como “el cinturón de óxido”. Desde hace dos años trabaja como recepcionista en la agencia automotriz más grande del lugar, un trabajo que le gusta. El novio de Kelly no la acompañó a recibir la noticia. El novio trabaja en el turno de la mañana en el molino industrial; Kelly tendrá que darle la noticia hoy por la noche. Al igual que Patricia, Kelly permanece inmóvil mientras piensa en su futuro en sus padres y en lo que viene. Tiene que hacer algo.

Prueba de embarazo

Imbuido en el esquema mental que nos ha dejado el caso Roe contra Wade[1], toda historia contada sobre embarazos no deseados comienza donde Patricia y Kelly se encuentran ahora: inmersas en el tsunami emocional que conlleva el descubrimiento de un embarazo inesperado. Estos relatos también terminan en ese momento, con esa fotografía instantánea. Es como si ninguna otra cosa pudiera suceder en la vida de una mujer o en las vidas de aquellos que las rodean nunca más. Nadie en el movimiento pro-abortista parece preguntarse cómo se vería la decisión de Patricia o Kelly en retrospectiva. Nadie se pregunta por los efectos a largo plazo de un aborto, no sólo en la mujer en cuestión, sino también en las personas que la rodean, que entran y salen de sus vidas.

Así que haremos algo que la narrativa pro-abortista no hace. Preguntaremos qué les ocurre a nuestros personajes después.

Dos meses después. Patricia ya no está embarazada. Tras varias noches terribles y sin decirle a nadie, a excepción de su novio y su mejor amiga, regresó a la clínica local de Planned Parenthood y abortó. Ella sentía que era la decisión más lógica, y no permitiría que ninguna objeción religiosa o de otro tipo interfiriera con su decisión.

El novio de Patricia la llevó y recogió del procedimiento. De hecho, ahora es su ex novio. Como suele ocurrir, el embarazo se convirtió en el Rubicón que el romance no pudo cruzar. Con el novio y el procedimiento superados, Patricia retoma sus estudios. Con respecto al aborto, sólo siente alivio. Nunca olvidará éste sentimiento. Más adelante se convertirá en una defensora apasionada de la causa pro-elección.

Kelly tampoco tiene objeciones religiosas o de cualquier otro tipo sobre el aborto. Pero tras varias noches sin dormir, Kelly optó por la decisión contraria. No sabe por qué se resiste a terminar con su embarazo, más allá de una inexplicable indecisión. Sea cual sea el motivo, decide tener el bebé.

Su madre se molestó mucho con la decisión al principio, pero con el tiempo ha ido cambiando su actitud y ahora está tranquila y ofrece su apoyo. Juntas han comenzado a pensar cómo organizarse una vez que el bebé nazca. El hermano menor de Kelly, curioso y entusiasmado por convertirse en tío, la anima. Con el padre del bebé la situación es diferente: Él dejó claro que no está listo ni para casarse ni para formar un hogar con Kelly y el bebé. Como suele ocurrir, el embarazo se convirtió en el Rubicón del romance. Ahora es el ex novio de Kelly.

Foto: Rafael Henrique.

Hasta el momento en nuestra historia —sobre todo porque nos esforzamos en mantener constantes ciertos detalles de la trama, como el complejo de Peter Pan de los novios y las convicciones seculares— el guion utilitarista puede parecer plausible. Sin embargo, a sólo dos meses en la historia, apenas comenzamos a ver los efectos de cada elección.

Seis meses después. No hay duda de que en este momento particular, preferiríamos estar en los zapatos de Patricia, no de Kelly. Hoy está Kelly en labor de parto y el dolor es intenso. La epidural, ahora tan común en las grandes ciudades, todavía no está disponible en el hospital local en el que dará a luz.

En las pausas que le dan las contracciones Kelly se piensa preocupada en el futuro: ¿Cómo encontrará un novio decente si es madre soltera? ¿Soportará vivir con su madre una vez que el bebé nazca? ¿Cuánto tiempo podrá tomar como permiso de maternidad sin  perder su empleo?

Mientras tanto y en el mismo momento, Patricia ha vuelto a casa a pasar las vacaciones de Navidad. Ha terminado el periodo de exámenes y ella ha tenido buenos resultados. Además de su nota media de 3,8 también obtuvo una puntuación en el examen de admisión a la carrera de Derecho (LSAT) superior a la que ella había imaginado como su nota ideal más alta. Sus padres están orgullosos; la tierra prometida de su futuro se vislumbra en el horizonte. Patricia  espera disfrutar varias semanas de descanso y salir de fiesta con sus amigos a beber y bailar en la nueva moda llamada “discoteca”.

Patricia terminó con su embarazo; sus perspectivas de futuro parecen intactas. Kelly, con toda probabilidad, está por convertirse en una estadística más: una madre soltera sin título universitario, quizás rondando el umbral de la pobreza. Pero si dejamos a un lado el crudo materialismo, descubriremos una realidad más profunda: la decisión de Kelly está transformando radicalmente su mundo y a sus seres queridos.

Foto: Kristina Paukshtite

Incluso desde el útero, el bebé de Kelly estaba tocando las relaciones entre Kelly y aquellos que la rodeaban. Una mujer ansiosa de mediana edad se convirtió  en una abuela emocionada con la espera; un hermano adolescente es ahora un tío en ciernes. Después del parto, el bebé continuará alterando las identidades de aquellos a cuyo círculo se une. Transformará la comunidad en la que nació. Y este proceso continuará por el resto de las vidas de todos los miembros de la familia, incluso alcanzando a las generaciones futuras de sus descendientes.

Cinco años después. La hija de Kelly  ha comenzado a asistir al kínder. Las horas de trabajo de Kelly, su vida social, sus rutinas para las compras, su casa —estos y la mayoría de los detalles de su vida— giran de un modo u otro en torno a esa niña de cinco años. El padre de la niña no la apoya económicamente, por lo que Kelly recurrió a los tribunales. De vez en cuando el padre recoge a la niña y la lleva a McDonald´s o le deja algún juguete. Mientras tanto, el hermano de Kelly, enseña a su sobrina a jugar futbol. Inesperadamente, los padres de Kelly, se han acercado e incluso algunas veces cuidan a la niña.

En efecto, Kelly perdió su trabajo en la agencia automotriz al no volver inmediatamente terminado su permiso de maternidad. Ahora trabaja en la oficina del colegio de su hija, por lo que tienen el mismo horario. La máquina mimeográfica acaba de ser sustituida por la magia de la Xerox. Algunos días, al final de la jornada laboral, Kelly y su hija juegan en la oficina de la escuela. La niña se divierte mientras imprime imágenes fantasmales de sus manos y cara. Kelly manda enmarcar algunas de esas imágenes.

Ni Kelly, ni nadie más en la familia, puede imaginar cómo serían sus vidas sin esta creatura, que alguna vez la propia Kelly consideró no traer al mundo. Ella nunca olvidará la profundidad de sus sentimientos por la inesperada hija. En los siguientes años, Kelly se convertirá en una promotora apasionada de la vida.

Podríamos retocar los detalles de la historia de Kelly e imaginarla más rica o más pobre, más o menos educada, más afortunada o desafortunada en el amor, etcétera. Pero el fundamento permanecería constante y eso es exactamente el punto. La vida de Kelly es complicada y enriquecida, simultánea e inconmensurablemente, por el cuidado de su hija. Sin lugar a dudas su hija es esencial para ella. La elección que amenazaba con hacer la vida de Kelly miserable se ha convertido en el tejido y el contexto de su vida. Es la fuente de su más profunda satisfacción y consuelo, y en diferentes grados, lo mismo sucede con los otros miembros de la familia.

Fiesta de cumpleaños. Foto: Samanta

Después de los mismos cinco años, Patricia, casi nunca piensa en su embarazo. Inmediatamente al terminar la universidad fue contratada por una firma corporativa de abogados muy prestigiosa de Nueva York. Rutinariamente trabaja doce horas al día, casi todos los sábados y a veces incluso más. Vive bien. Por su trabajo viaja a Paris, Londres y Frankfurt. Le fascinan las ventajas de los años ochenta en Nueva York: el portero del edificio, el gimnasio y un apartamento de una habitación en el Village.

Patricia siempre encuentra mejores partidos que Kelly. Patricia, una mujer atractiva en sus veintes, es socialmente muy demandada. Es dedicada con el control de su fertilidad,  y tiene otros detalles de su vida personal controlados para que el error que cometió en la universidad nunca se repita.

Al igual que la historia de Kelly, la de Patricia podría también tener otras variables, pero tiene características inmutables, justo como la de Kelly. La vida de Patricia es la que ensalzan los defensores del aborto: plenitud personal, sin restricciones por la responsabilidad materna. El éxito profesional y el poder adquisitivo no son incidentales en el caso utilitarista; son el summum bonum de la defensa pro-elección. La idea central se explicita en el inicio del manifiesto “Grita tu aborto”: “El aborto es bueno para las mujeres, las familias y las comunidades… el aborto es dos ingresos en vez de uno… el aborto es responsabilidad fiscal.”

Sin embargo el aborto conlleva otras consecuencias que no pueden reducirse burdamente a dólares y centavos. La crianza de los hijos es un trabajo difícil. Pero también es, por lo general y a lo largo del tiempo, una de las tareas humanas más satisfactorias. Muchos padres incluso la considerarían la vocación más noble de todas. Si la felicidad y la plenitud personal son el summum bonum de la elección de Patricia, entonces esta omisión debe añadirse .

Foto: Alexandra Maria.

Es 1995. Kelly tiene cuarenta años. Ahora es madre de tres, se casó con el gerente de la cafetería de la escuela y tuvieron gemelos. La hija de Kelly tiene veinte años y trabaja de tiempo completo en el Denny´s de la localidad. Los gemelos son adolescentes. La vida de sus padres, y en algunas ocasiones la de su hermana mayor, están llenas de juegos escolares y otras actividades sociales típicas de los adolescentes.

Para cuando Patricia tiene cuarenta años también es madre. Tras quince años de trabajar para el despacho, comenzó a notar que sus colegas masculinos, que antes le prestaban tanta atención, ahora preferían la compañía de las jóvenes asociadas. Hace dos años, a sus treinta y ocho, se casó con otro abogado que la había pretendido por años. Ella había visto a demasiadas amigas esperando por demasiado tiempo a que llegara la pareja perfecta; Patricia quería un esposo y un hijo antes de que fuera demasiado tarde.

En el ámbito profesional, Patricia, ha alcanzado lo que quería: es una socia importante de la firma. Viaja a Europa y a donde quiera en Business Class. Con el tiempo estos viajes se han vuelto más cansados y aburridos de lo que eran antes, porque ahora tiene un hijo. Dos años de FIV (fecundación in vitro) han dado fruto: ella y su esposo tienen un pequeño niño al que adoran. Se han informado sobre las mejores guarderías de Nueva York y tuvieron la suerte de dar con una excelente niñera de tiempo completo. Aunque Patricia no ve demasiada televisión, algunas veces ve un show llamado Murphy Brown, y siente una extraña sensación mezcla de auto aprobación y alivio, porque al menos ella, al contrario de Murphy, sí está casada.

Foto: Pavel Danilyuk.

Aquí llegamos a otra verdad que la imagen congelada de una mujer llorando no logra captar. La defensa utilitarista del aborto —la insistencia de que hace a las mujeres más felices— pierde mucho de su aparente verosimilitud cuando Patricia y Kelly llegan a la edad madura. El aplazamiento de Patricia para formar una familia ha resultado en una cuantiosa ganancia material y en libertad personal. Pero también conlleva riesgos como la infertilidad y su tratamiento, y desventajas permanentes: ha hecho que su círculo familiar sea más pequeño de lo que podría haber sido.

En cuanto a Kelly, ya ha dejado atrás el trabajo más pesado, y la consolación del crecimiento de sus hijos y su compañía se incrementa.

En el 2005, Kelly y Patricia, cumplen cincuenta años. Kelly festeja con su familia en el Cheescake Factory del centro comercial. Los hijos de Kelly ya no viven en su casa; su hija está casada y tiene dos niños pequeños. Kelly cuida seguido a sus nietos después de las clases mientras los padres de los niños trabajan.

Cena familiar. Foto: Nicole Michalou

Patricia celebra sus cincuenta años con su esposo en el hotel Relais & Chateaux en la costa de Portugal. Su hijo, tiene doce años, y se quedó en Nueva York con la niñera.

Daremos un salto en el tiempo, de dieciséis años, y llegamos al 2021. Kelly y Patricia murieron este año de cáncer. Como ocurre con la muerte, el mundo de ambas se contrae en un pequeño reparto de personajes: los seres queridos. Kelly estuvo rodeada sus últimos meses por sus hijos, nietos y el resto de la familia. Mientras que el hijo de Patricia, a sus veintiocho años, la conforta. Sus cenizas serán depositadas en el río Hudson, cerca de la cabaña que ella y su esposo compraron cuando ella se volvió socia de la firma.

Al final de las historias de nuestros dos personajes, volvemos a la pregunta inicial, pero desde otro ángulo. ¿Qué tan convincente es la defensa utilitarista del aborto desde la perspectiva del final de la vida? La perspectiva utilitarista niega por completo el hecho de que el aborto legal tiene costos ocultos en forma de alegrías perdidas y pospuestas. Si miramos la “elección” desde el final de la vida de quien elige, y no sólo en el momento de la elección, nos confronta una verdad universal: que la vida es buena y punto; esto nunca es tan evidente como cuando se encara la muerte.

Foto: Bret Sayles

Cuestionar la hipótesis utilitarista no implica “juzgar” o condenar a nadie. Difícilmente existe un personaje en la tierra que despierte más simpatía que una joven aterrorizada con un embarazo inesperado. Por eso, desde la época de Roe, el movimiento próvida ha respondido con los brazos abiertos a las mujeres y hombres atrapados en el aborto, por no hablar de las organizaciones benéficas que van desde residencias hasta servicios psicológicos y médicos. En vez de celebrar y multiplicar la decisión de abortar, los defensores del aborto deberían haberse unido hace tiempo a los próvida para confrontar a las fuerzas que llevan a mujeres, como Patricia y Kelly, a considerar el aborto de entrada como una salida a su situación.

Detrás de cada mujer que opta por terminar un embarazo existen fallos sistémicos: la pérdida de las normas sexuales causada por la revolución sexual; pornografía; consumismo; la sexualización de los niños ocasionada por programas escolares pervertidos; las iglesias que han cambiado las enseñanzas cristianas por las últimas modas consideradas “progre”. De superarse Roe el aborto seguirá existiendo en Estados Unidos y en América. La misión de la siguiente generación del movimiento pro-vida deberá ser diseñar estrategias que reduzcan estos factores ocultos.

Las historias de Kelly y Patricia muestran en última instancia que los argumentos utilitaristas a favor del aborto fracasan evaluados de acuerdo con su propio criterio. La verdadera felicidad no puede separarse de las vidas entretejidas —especialmente por el nacimiento de un hijo. Este es el tapiz sagrado que es necesario reparar. Esto es lo que la espantosa lógica de Roe y Casey[2] intentó hacernos olvidar. El niño no nacido al que tememos al principio de muchos embarazos se convierte en algo totalmente distinto con el paso del tiempo: el nieto que ilumina un asilo de ancianos, la hermana que lleva al hermano menor al baile de graduación, el hijo adulto que sostiene la mano de su madre en el lecho de muerte.

Mientras nos atrevemos a imaginar un mejor futuro para los hombres, mujeres y niños –que aquellos impuestos por la Suprema Corte en 1973- meditemos también sobre estas realidades.

Traducción y edición: Andrea Fajardo y Fernando Galindo. Agradecemos la autorización de R. R. Reno, editor de First Things y de Mary Eberstadt para traducir y publicar este artículo. Aparecido originalmente en First Things.


[1] Se conoce como “Roe vs. Wade” a un caso juzgado por la Suprema Corte de Justicia en 1973 que sentó el precedente jurídico para la despenalización del aborto en Estados Unidos. La opinión mayoritaria de la Corte determinó que declarar como ilegal el aborto atentaría contra el derecho a la privacidad de la mujer. Tal derecho a la privacidad comprendía el derecho a abortar sin restricciones por parte del gobierno federal o estatal. En opinión del juez Blackmun “la maternidad, o hijos adicionales, podrían imponer a la mujer una vida y un futuro llenos de angustias. El daño psicológico puede ser inminente. La salud mental y física puede ser afectada por el cuidado del niño. Y se da también la angustia asociada con el niño no deseado que afecta a todos aquellos relacionados con él.” 410. U.S. at 153 (1973) Op. Cit. Chemerinsky E. Pg. 887 (2019) Este es precisamente el “esquema mental” al que se refiere la autora.  [Nota de los editores]

[2] “Casey” refiere al caso “Planned Parenthood vs. Casey “, juzgado por la Suprema Corte de Justicia en 1992. El querellante en el caso “Planned Parenthood” (organización dedicada a la “salud reproductiva” y principal facilitadora de abortos en Estados Unidos) demandaba la abrogación de 5 regulaciones restrictivas del aborto en la Pennsylvania Abortion Control Act por considerarlas inconstitucionales. Las 5 restricciones eran: 1. Consentimiento informado de la mujer, tras haber recibido información sobre el posible impacto nocivo del aborto en su salud y sobre la viabilidad del nonato. 2) Notificación al cónyuge. 3) Consentimiento de los padres, en caso de tratarse de una menor. 4) Respetar un plazo de 24 horas entre la decisión de abortar y la realización el procedimiento. 5) Las instalaciones que realicen abortos deberán guardar ciertos registros.  Únicamente el requerimiento 2) fue declarado como inconstitucional, pero de nuevo el juez Blackmun en una opinión conjunta con el juez Stevens ejemplifica la mentalidad mencionada por la autora: “La madre que lleva a un niño a término padece ansiedades, constreñimientos físicos, dolor que solo ella debe cargar.” 505 U.S. at 852 (1992) Op. Cit.  Chemerinsky E. Pg. 893 (2019) [Nota de los editores]

Fin de Roe vs Wade

Primum non nocere

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Toda Persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; … así como la libertad de manifestar su religión o creencia individual y colectivamente, tanto en público como en privado por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia.”

Declaración Universal de los Derechos Humanos. Artículo 18.

El pasado domingo 3 de octubre, junto con miles de personas (definitivamente más 100 mil y no los 9 mil que cobardemente mal informan algunos medios), salí a la calle para manifestar mi preocupación por las recientes decisiones de la Suprema Corte de Justicia referentes al aborto y a la objeción de conciencia. 

No pretendo parecer ni presentarme en absoluto como experta en materia legal, pero sí quiero compartir mi humilde opinión sobre lo que sí me atañe; mi pasión, mi vocación, mi profesión: la medicina. 

Hoy, mi México querido, se ha convertido en un lugar que cuesta trabajo concebir. Se ha convertido en un país que criminaliza a los médicos, desconfía de ellos y en varios casos hasta los asesina. Pero, eso sí, en lo referente a la salud, pone su confianza en políticos, jueces y medios de comunicación. A mi parecer, la salud es de lo más preciado que tenemos y que muchas veces damos por hecho.  

Hoy, vivo en un México que agrede física, verbal y psicológicamente a sus médicos por supuestos absurdos como el robo de líquido de las rodillas, por chips de rastreo en las vacunas, por la transmisión del virus de SARS COV -2 y, últimamente, por exigir el respeto a su objeción de conciencia. 

En esta ocasión quisiera exponer algunas consideraciones que no se han tratado hasta ahora.

Marcha por la vida CDMX. Cortesía: Irene González.

La objeción de conciencia es una libertad fundamental y no un capricho de los médicos o personal de salud. Como médicos, comprendemos las necesidades específicas y compartimos las preocupaciones concretas de cada paciente de modo mucho más cercano y científico y, sin duda, mucho mejor que los legisladores, jueces, medios y personas desinformadas. Considero sensato que la sociedad pueda confiar en nuestro criterio, como médicos, como profesionales, y más cuando este criterio viene respaldado por años de estudio, experiencia e integridad. Los médicos no tenemos clientes, tenemos pacientes y velamos por su salud. No tenemos por qué satisfacer sus “deseos” cuando corre peligro su salud y su vida.

La fidelidad de cada médico a su lex artis, que integra tanto lo ético como lo técnico, es garantía de la calidad de la atención ofrecida y es frente a ella que puede ser juzgado cuando no cumpla con sus responsabilidades y obligaciones. 

Cuando ejercemos la objeción de conciencia, no lo hacemos porque busquemos un capricho o una ventaja personal. Lo hacemos como objetores porque consideramos que se encuentra en juego el bien de cada paciente, su integridad y el bien común de la sociedad. En conciencia objetamos cuando algo afecta la salud del paciente con base en criterios científicos y éticos, cuando se pone en peligro la vida o salud de otra persona, y sobre todo porque hicimos el juramento de “primero no dañar” primum non nocere y proteger la vida: el juramento hipocrático.

El desconocimiento de lo que motiva a los objetores de conciencia, así como la caricaturización acerca de sus finalidades, ha contribuido a la errónea idea y percepción de la objeción de conciencia como un “capricho”, y ocasiona una ceguera social ante el verdadero problema que estamos dejando en manos de legisladores, jueces, políticos, medios de comunicación e intereses comerciales: nuestra SALUD individual y como sociedad. 

En temas de salud los médicos somos expertos y cuando personas sin conocimientos y con opiniones desinformadas tratan temas relacionados con la salud se legislan y resuelven barbaridades y aberraciones. Debemos trabajar en conjunto.

Como médico profesional a mi también me interesa que se sancione a los malos médicos cuando haya una mala praxis o negligencia. Lo que corresponde es que objetivamente un comité de peritos de la especialidad en cuestión analice el caso y determine la responsabilidad. 

Incluso si un paciente no está de acuerdo con una opinión médica, está en su derecho de consultar otra. Quizá así pueda darse cuenta que no es una arbitrariedad si varios médicos coinciden en no proceder de cierta forma.

Además, como médicos tenemos el derecho a ejercer la profesión en forma libre y sin presiones de cualquier naturaleza. El médico tiene derecho a que se respete su juicio clínico (sus conclusiones sobre el diagnóstico y el tratamiento) y su libertad de prescribir o indicar tratamientos; así como su probable decisión de declinar o rechazar la atención de algún paciente, siempre que tales aspectos se sustenten sobre principios éticos, científicos y normativos.

Marcha por la vida Auditorio Nacional. Cortesía: Irene González.

Finalmente, cuando no existe la posibilidad de la objeción de conciencia los más afectados son los pacientes. Así se destroza por completo la relación médico-paciente. Cuando un médico o personal de salud tiene la libertad de objetar en conciencia, el paciente debiera considerar que ese profesional de la salud está optando por lo que más salvaguarda su salud. Si no se permite la objeción de conciencia y al contrario se amenaza a los médicos con cárcel -como ya sucedió recientemente en Argentina– o con la pérdida de cédula o cualquier otra sanción obligándolos a conducirse de cierta manera y a realizar algún procedimiento, los pacientes quedan sin la certeza de una buena práctica médica, ya que muy probablemente, los médicos estarán actuando presionados por el miedo a que los encarcelen o pierdan su licencia, sin poder velar por la salud.

La coerción lastima la relación médico-paciente. Si de por sí la gente actualmente ya no tiene mucha confianza en los médicos, esto desgracia por completo la situación. Cualquier autoridad que teníamos como profesionales de la salud queda tirada a la basura. Nos volvemos meros esclavos de lo que diga la legislación y si no, nos corren, y si no, no nos pagan. Pero el que peor sale perdiendo al final es el paciente.

Es una tragedia cuando a los médicos no les interesa el tema, no plantean su postura o no se informan respecto de resoluciones que les atañen, sean creyentes o no.

Sin embargo, la “Marcha a favor de la Mujer y de la Vida” del domingo pasado, dejó en claro que un grupo significativo de profesionales de la salud con capacidad técnica, experiencia y éticamente confiables, consideramos que el aborto, promovido a través de legislaciones y decisiones judiciales, es un acto nocivo para la salud física, psíquica y moral de las pacientes y de la sociedad en general. Me parece que como mínimo razonable, los legisladores y la SCJN nos debieran consultar y otorgar el beneficio de la duda a través de la objeción de conciencia, en los casos en que pudiera surgir un conflicto con la práctica del arte médico. 

La objeción de conciencia –como derecho fundamental que es– se erige hoy como nuestro último recurso como médicos frente a una determinación del poder de atentar contra lo más valioso que tenemos: la vida. 

Soy médico cirujano, especialista, ciudadana mexicana que ha ejercido la medicina en instituciones públicas y privadas de salud y que insiste: ¡México despierta, la vida se respeta!

¿Hay esperanza en una cultura abortista?

Por Ana Fernández Núñez

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Se ha hablado mucho en los últimos días acerca de la resolución de la Suprema Corte sobre la supuesta inconstitucionalidad de la prohibición del aborto en México. Nunca dejará de ser un tema ampliamente polarizado entre pañuelos azules y verdes. Independientemente del marco legal que ahora existe en nuestro país quisiera plantear algunas cuestiones importantes a propósito del comunicado que publicó la Conferencia del Episcopado Mexicano el pasado 8 de septiembre.

            Me sumo a la invitación que hace la CEM a todos los llamados actores sociales: reflexionar, fuera de la polarización ideológica y política, para llegar a un camino común hacia la solución de las grandes problemáticas que existen alrededor del aborto y la realidad de la mujer mexicana. Además me parece sumamente relevante, hoy más que nunca, formar en una cultura de la vida: de la seguridad, del amor y de la entrega.

            Fuera de todos los estudios estadísticos que se han hecho sobre el aborto hay una realidad muy clara: el proceso por el cual una mujer llega a siquiera plantearse abortar es difícil y doloroso. Por eso, como promueve la CEM, hemos de considerar a la mujer que sufre antes de dar nuestra opinión respecto al tema… pero que esto no nos lleve a negar el  valor absoluto que tiene la vida del ser humano en el vientre de la madre. Como mujer, me duelen muchos comentarios que he escuchado en la semana. Por un lado, algunas celebran el día histórico en el que México “superó una legislación retrógrada”. También me duelen quienes pierden la esperanza en el país, pues consideran que no hay marcha atrás.

            Sin embargo, hemos de comprender qué significa la resolución de la Corte. Me alegro por la claridad del comunicado emitido por la CEM. El cuestionamiento más importante al que nos invita es el siguiente: ¿qué estamos valorando como sociedad? Sumándose a una expresión del Papa Francisco, la CEM afirma que vivimos en una época de «patologías sociales». En este punto estoy completamente de acuerdo. Las posturas que adoptamos tienen consecuencias sociales graves. Este no es un asunto para tomarse a la ligera. La posibilidad de un aborto es muy grave, así como las circunstancias que orillan a la mujer a cometerlo.

            Pero hay esperanza. Hay esperanza para todas aquellas mujeres que son violentadas. Hay esperanza para todas las personas no nacidas. Hay esperanza para que México salga de la cultura del aborto y comience una cultura de la vida en la que el marco legal sea lo de menos.

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